TURQUÍA: EL DOBLE FRENTE CONTRA EL DAESH Y LOS KURDOS Y LA INQUIETUD DE EE.UU.

28 de Julio de 2015
                
La escalada bélica -no puede llamársela de otra forma- contra los militantes kurdos constituye una peligrosa decisión del gobierno turco, derivada de un pacto con Estados Unidos para aumentar la presión contra el Daesh (ISIS) y, quizás,  modificar la estrategia de apoyo a un sector indefinido de la oposición contra el régimen sirio. Una concatenación de objetivos, dudosamente concertados entre Washington y Ankara, al menos en la definición de las prioridades, que genera riesgos evidentes, reconocidos por las partes.
                
KURDISTÁN, PIEZA MÓVIL DEL TABLERO REGIONAL
                
El Kurdistán es, junto con Palestina, la gran nación de Oriente Medio sin Estado. La complejidad de las interacciones con los estados a lo largo de los cuales se extiende (Turquía, Irak, Siria e Irán) es enorme. Y voluble. Como son las confrontaciones y alianzas que las distintas formaciones kurdas (todas ellas militarizadas) mantienen entre sí y con agentes externos, próximos y lejanos, de la región y del exterior.
                
Contrariamente al caso palestino, no hay un proyecto estatal-nacional definido que abarque todo el territorio. Cada facción de cada país -y, en algún caso, en cada país- mantiene agendas diferentes. Convergen o no en funciones de intereses concretos y coyunturales. De ahí la dificultad de entender, y más aún de prever, las derivaciones de una u otra decisión.
                
Turquía e Irak han sido los países donde el asunto kurdo ha tenido un mayor desarrollo en las últimas décadas. Con resultados muy dispares. En Turquía, después de un prolongado periodo de conflicto armado, abierto o soterrado, se abrió un proceso negociador que ahora parece saltar por los aires. En Irak, las dos guerras promovidas por Estados Unidos, han hecho posible una especie de semi-Estado kurdo, con autonomía creciente pero no consolidada con respecto a Bagdad.
                
LA GUERRA SIRIA, FACTOR MAYOR DE DESESTABILIZACIÓN
                
La guerra de Siria, donde el problema kurdo se encontraba bajo el control férreo de las autoridades centrales, ha desbaratado y complicado el tablero, porque ha ligado la suerte de estos territoriales a la inestabilidad general. La relación de Estados Unidos y de las potencias occidentales con las distintas milicias kurdas ha sido siempre interesada y desigual.
                
Turquía, por mucha desconfianza que se perciba en Washington y en otras capitales europeas, antes del AKP de Erdogan y ahora, no deja de ser un aliado de la OTAN, y especialmente sensible como cabeza de puente de la región más turbulenta del planeta. La principal organización militarizada kurda, el PKK, de orientación izquierdista (Partido de los Trabajadores del Kurdistán, significan sus siglas) ha sido y sigue siendo considerada formalmente como "organización terrorista".  El periodo de negociación relajó la actitud occidental, y la guerra de Siria contribuyó a profundizar esa nueva actitud de tolerancia.
                
Los kurdos han sido un aliado clave de Estados Unidos en los intentos de frenar e incluso hacer retroceder al Daesh en Siria e Irak. En el caso sirio, la cooperación ha estado sujeta a contradicciones y riesgos. El principal grupo armado kurdo en el norte de Siria es el YPG (Fuerzas de Protección del Pueblo), que ha actuado en los últimos meses con el apoyo material y logístico de su aliado, el P.K.K., a ambos lados de la frontera sirio-turca. Fueron los kurdos de ambas formaciones los que expulsaron al Daesh de la ciudad de Kobani, tras meses de feroces combates y esta misma semana de Tel Abyad, localidad clave para el abastecimiento de Raqqa, la capital yihadista en Siria.
                
El gobierno turco, nacionalista pero también islamista moderado, ha contemplado con desconfianza este protagonismo creciente de las milicias kurdas, tanto por razones de política interna como de estrategia regional. Para Erdogan, el objetivo prioritario no ha sido, estos últimos meses, la derrota de Estado Islámico, pese al auge experimentado desde sus avances en Siria hasta la conquista de Mosul y otros avances en el noroeste de Irak. Lo que el gobierno del islamista sunní AKP desea principalmente es la caída de Assad, al fin y al cabo, cabeza de los intereses alauíes, una rama local del Islam cercana al chiismo.
                
El aliado turco ha sido casi siempre esquivo y, con Erdogan, un  tanto imprevisible. Bush tuvo que soportar cómo el Parlamento echaba atrás la aparente decisión gubernamental de cederle el uso de las bases aéreas para el bombardeo de Irak. Lo cual hubiera sido impensable sin la aquiescencia del entonces primer ministro.
                
Ahora, un atentado yihadista cerca de la frontera con Siria ha facilitado que Turquía acepte brindar la cooperación que Washington demandaba desde hace meses: la participación directa de la aviación turca en el bombardeo de las posiciones del Daesh en Siria y, por supuesto, el uso de las bases aéreas turcas por los aviones norteamericanos.
                
Este cambio de conducta lleva aparejado  una importante aspiración turca: que se establezca en el norte de Siria una 'zona segura', al norte de Alepo y a lo largo del curso del río Éufrates. Washington acepta este objetivo pero no le otorga el mismo contenido que Ankara. Para los norteamericanos se trata, fundamentalmente, de privar al Daesh de una importante línea de aprovisionamiento. Para los turcos, el propósito es que puedan asentarse los cientos de miles de personas expulsadas de sus hogares por el conflicto, sin temer al bombardeo de la aviación siria. Estados Unidos se resiste a un giro en su estrategia militar que le lleve a un enfrentamiento directo con Assad, sobre todo porque el Presidente sirio ha sido muy escrupuloso en no obstaculizar las operaciones militares norteamericanos contra los extremistas, enemigos comunes. Los norteamericanos se ven atrapados entre la conveniencia de contar con la notable cooperación de Turquía y enajenarse el apoyo local sobre el terreno de las milicias kurdas del YPG, que han sido muy eficaces hasta ahora.
                
Sin embargo, hay otro elemento de convergencia entre Washington y Ankara en la creación de esta zona tampón: la oportunidad de disponer de territorio franco donde organizar y entrenar a nuevas remesas de milicianos opuestos al régimen de Damasco. Las reticencias de Obama a implicarse más a fondo en la guerra siria, más allá del debilitamiento del Daesh, pueden verse suavizadas por exigencia del acuerdo nuclear con Irán. Los críticos reprochan al Presidente norteamericano que ese pacto permitirá a Teherán destinar parte de los recursos económicos propiciados por el levantamiento de las sanciones para fortalecer a sus aliados regionales, uno de los cuales, el más importante, pero a su precaria situación actual, es el Presidente sirio. Un mayor compromiso norteamericano en apoyo de la oposición moderada siria sería un importante elemento en el debate interno y también de cara a sus aliados regionales, que resaltan la 'ingenuidad' de Obama ante los ayatollahs.
                
LOS CÁLCULOS POLÍTICOS DE ERDOGAN
                
En todo caso, el giro de Erdogan no se debe a las consecuencias que estas variantes regionales puedan acarrear, sino a razones internas.
                
Las elecciones del pasado junio en Turquía propiciaron un cambio de panorama político. El partido pro-kurdo del HDP superó el umbral del 10% de los votos y obtuvo una importante representación parlamentaria. Pero más importante que eso, el AKP perdió la mayoría absoluta y se ha visto obligado a encontrar una coalición sólida, si quiera mantenerse en el poder. Erdogan, como Presidente, le ha dado hasta noviembre al actual primer ministro, su hombre de confianza, Ahmed Davotoglu, para forjar esa alianza poselectoral. En caso de fracaso, cada día más probable, convocará de nuevo elecciones.
                
Un deterioro de la situación en el Kurdistán puede provocar un cambio notable de tendencia en esas eventuales elecciones de otoño. Hacía falta que se produjeran algunas provocaciones, en forma de chispa, para encender de nuevo el conflicto kurdo. Y se han producido. Un coche bomba accionado por un yihadista ocasionó más de treinta muertos el pasado 20 de julio en una localidad kurda próxima a la frontera siria. Éste fue el detonante de la implicación turca contra los extremistas. Pero el PKK respondió incomprensiblemente asesinando a dos policías turcos, quizás interpretando que Turquía mantiene un doble lenguaje frente al Daesh, con el verdadero objetivo de acabar con la resistencia kurda.  La chispa necesaria había prendido. En los últimos días hemos asistido a la dialéctica familiar de acción y reacción entre represalias militares y más atentados, incluido bombardeos turcos de las bases del PKK en el norte de Irak. La tregua de 2013 ha saltado en pedazos y el llamado  'proceso de paz' se da por terminado expresamente.
                
Esta escalada ya está favoreciendo el rebrote de un clima nacionalista en Turquía. La presión contra el HDP aumentará en las próximas semanas, si la tensión continúa.  El Partido socialdemócrata-kemalista parece dispuesto a participar en este clima de desconfianza frente a los kurdos. La escena política recupera lenguaje y tramoya de los años ochenta y noventa.

                
Algunos observadores comparten con el HDP la visión de que Erdogan estaba buscando una 'excusa kurda' para intentar recuperar el control férreo del poder. Una apuesta arriesgada, en todo caso, como señalan algunos analistas turcos independientes. No está claro que, a la postre, la confrontación comporte beneficios a Erdogan y menos al PKK. Y, para Washington,  la cooperación turca puede terminar resultado demasiado costosa o indeseable.

EL LEJANO VERANO DE 1989: LOS MUROS REAPARECEN EN EUROPA

24 de Julio de 2015
                
Por estos días se recuerda en Hungría el aniversario de la crisis de las embajadas, el movimiento de miles de ciudadanos que aprovecharon las vacaciones de verano para solicitar asilo en países occidentales. Aquella chispa que desencadenó el proceso de derrumbamiento de los regímenes comunistas, simbolizado en la caída del muro de Berlín.
                
Veintiséis años después de aquel verano inolvidable de 1989, Hungría, país pionero en las crisis del comunismo, erige ahora otro muro, de otra naturaleza pero igualmente reprobable.
                
HUNGRÍA, COMO SÍNTOMA
                
Hungría es hoy el país más sospechoso de la Unión Europea en materia de derechos humanos y libertades. Gobierna con mayoría cómoda el populista Viktor Orban, aferrado a unas políticas nacionalistas, no exentas de provocaciones exhibicionistas, aunque últimamente haya moderado sus excesos, para apaciguar a sus socios europeos.
                
Aprovechando la falta de una política clara y firme de la Unión Europea en materia de migración, el gobierno de Orban decidió en primavera construir un muro de 175 kilómetros de longitud y cuatro metros de altura a lo largo de la frontera con Serbia. El objetivo de esta instalación es impedir el acceso al país de los migrantes, la gran mayoría procedentes de distintos lugares de conflicto en Oriente Medio (especialmente, Siria, claro está), siguen la ruta de los Balcanes con la pretensión de alcanzar tierras supuestamente seguras en Europa.
                
Las autoridades húngaras aseguran que, en lo que va de año, más de 80.000 personas desplazadas de sus lugares de origen han cruzado las fronteras húngaras. El ministro de exteriores magiar aseguraba estos días que, a este ritmo, a lo largo del año se superaría la cifra de 150.000 inmigrantes itinerantes.
                
La ruta balcánica sigue un trazado que arranca de Turquía, continua por Grecia y luego atraviesa las antiguas repúblicas yugoslavas de Macedonia y Serbia, y desde última se aboca a Hungría. En las últimas semanas se ha experimentado un flujo creciente de personas. Los especialistas de FRONTEX, el dispositivo de seguridad europeo establecido al efecto, creen esto puede deberse a las tragedias de los últimos meses en el Mediterráneo. Aunque se apuntan también a las restricciones en la concesión de visados que se han registrado recientemente en países circundantes de las áreas de crisis. En el caso húngaro, se alude al endurecimiento de las medidas del control migratorio en Bulgaria.

El Comité Helsinki de Derechos Humanos, una organización que tiene sus orígenes en la lucha por los derechos humanos en la fase final del comunismo europeo, se ha destacado ahora por la atención y protección de los derechos de los migrantes. Desde su oficina en Budapest realizado un importante trabajo de información y asesoramiento (1).

Tanto el Comité Helsinki como otras organizaciones humanitarias denuncian acciones populistas del gobierno húngaro para escamotear derechos a los migrantes. Previamente a la construcción de ese muro de contención, el ejecutivo de Orban había lanzado una consulta a la población sobre las políticas a adoptar. Algunas de las preguntas tenían un sesgo xenófobo indudable. Se demandaba a los ciudadanos, por ejemplo, si creían que existía una relación entre la inmigración y el terrorismo. Como era de esperar, tras un trabajo propagandístico ad hoc, el 80% de los participantes reclamó políticas de mayor control y restricción. La maniobra de legitimación estaba concluida.

Los húngaros arguyen que, después de todo, estas medidas de control vienen en parte forzadas por las adoptadas anteriormente en otros países. Bulgaria ya procedido a clausurar ciertos puntos fronterizos con Turquía y Serbia, con medidas similares. El gobierno procederá también a desmantelar cuatro campamentos de refugiados instalados en áreas muy pobladas y trasladarlos a zonas remotas, en las que se reduzca el impacto social (2).

La impresión de las organizaciones humanitarias es que el gobierno húngaro, criticado habitualmente por su retórica xenófoba, nacionalista y populista, ha adoptado medidas coherentes con sus planteamientos políticos e ideológicos, pero antes con una dosis conveniente de apoyo social. Otro factor que puede haber facilitado la tarea a los dirigentes magiares es el desconcierto, la falta de acuerdo y cierta parálisis de sus socios europeos. Aunque se están adoptando medidas de urgencia, es palmario el fracaso de la UE en definir una estrategia a largo plazo. Los propios líderes europeos lo admiten abiertamente.

OTRO ENFOQUE ES POSIBLE

Hace unas semanas, el diario francés LE MONDE publicaba en el suplemento de Cultura e Ideas un formidable informe (3) en el que se recogían las iniciativas más innovadoras e imaginativas sobre el movimiento migratorio global. Destacados especialistas con formación muy acreditada cuestionan algunos tópicos y falsas creencias sobre la inmigración, que los partidos populistas y xenófobos han utilizado para confundir a amplias capas de las poblaciones europeas y “tetanizar” a no pocos dirigentes políticos.

Estos especialistas han analizado históricamente los procesos migratorios y han detectado una serie de constantes que permitirían establecer hipótesis positivas sobre las consecuencias de otras políticas diferentes a las adoptadas hasta el momento. Los recursos consumidos en seguridad de fronteras alcanzan una media de cien millones de euros anuales desde comienzos de siglo, sin resultados satisfactorios.

Las ideas alternativas expuestas en el mencionado están orientadas en el sentido inverso: en vez de cerrar las fronteras, abrirlas. Es muy probable que, como ha ocurrido en el pasado, en ciertos momentos, la migración libre tendría efectos positivos, contrariamente a la propaganda xenófoba. “Una apertura global de las fronteras no conduciría a una explosión de llegadas en Europa”, según François Gemenne. Otro de estos expertos, Michael Clemens, asegura que “una apertura total de las fronteras aumentaría considerablemente el producto interior bruto mundial”.  Estas y otras propuestas son, como poco, sugerentes.

Los partidarios de este modelo creen, entre otras cosas, que las medidas represivas no pueden impedir el movimiento de población, que la situación actual está muy lejos de la saturación migratoria,  que los flujos migratorios tienden al equilibrio y que los gobiernos son poco receptivos a estudios y proyecciones que contradigan el relato político dominante, crecientemente hostil al fenómeno migratorio. El asunto merece, al menos, una amplia y profunda reflexión.


(2)    THE GUARDIAN, 22 de Junio y NEW YORK TIMES, 18 de Julio.


(3)    “Migrants: y si ouvrir les frontiéres générait de la richesse? Idées. LE MONDE, Culture et Idées. 25 de Junio. 

EL ACUERDO CON IRÁN: CONTROL NUCLEAR Y OTRAS CONSECUENCIAS ESTRATÉGICAS

16 de Julio de 2015
               
El acuerdo sobre el programa nuclear con Irán ofrece una solución razonable para uno de los riesgos más desestabilizadores en Oriente Medio, aleja el peligro de otra salida militar en la zona y abre las perspectivas de un nuevo encaje geoestratégico. Estos logros, ventajosos para la mayoría, se convierten precisamente en lo contrario para sus adversarios.
                
Sin entrar en los detalles técnicos del acuerdo, que harían muy largo este comentario, la mayoría de los expertos coinciden en que dos años de negociaciones intensas, extenuantes, han arrojado un resultado convincente.
                
Obama lo ha defendido con brillantez, primero en una comparecencia pública a la hora del desayuno, el martes 14 de julio, y luego, con notable agudeza en una conversación con el articulista estrella en política exterior del NYT, y judío para más señas, Thomas Friedman (1).
                
LA 'CONGELACIÓN' DEL RIESGO
                
Un acuerdo que limita severamente el programa nuclear iraní por debajo del umbral militar durante década y media, que restringe el enriquecimiento del uranio por debajo del umbral militar (3,67%),  que obliga a sacar del país el uranio enriquecido excedente (98%), que recorta sus instalaciones, que bloquea por ocho años el uso de los reactores de última generación, que amplía a un año el periodo de construcción de la bomba ('breakout') en el hipotético caso de incumplimiento del acuerdo, que establece el sistema de verificaciones más rígido de la historia, que establece un embargo comercial de ocho años para los misiles y de cinco para las armas convencionales de Teherán y que contempla la reintroducción rápida de sanciones en caso de trampa no es un mal acuerdo, ni un "error histórico" como se empeña en denunciar el primer ministro israelí.
                
A lo largo de las negociaciones, los escépticos más neutrales o menos condicionados políticamente, han venido señalando algunas dudas sobre el resultado del proceso. Muchas de las incógnitas han sido resueltas o sus riesgos reducidos. Tanto sobre la capacidad de Irán de volverse atrás como de engañar. Este acuerdo es quizás el mejor de los que podían alcanzarse, como explicó también el Jefe de la diplomacia francesa, Laurent Fabius (2).
                
Por supuesto, el principal elemento de disputa es que al término del periodo de vigencia del acuerdo, Irán  podrá recuperar el programa nuclear. Pero, para entonces, las mismas potencias que ahora han embridado al régimen islámico estarán en mejores condiciones que ahora de seguir impidiendo su conversión en potencia nuclear militar.
                
LAS CONSECUENCIAS LATERALES DEL ACUERDO
                
El acuerdo de Viena tiene otras dimensiones laterales. Para empezar, puede alterar el actual equilibrio estratégico en Oriente Medio. Según los enemigos del acuerdo, el levantamiento de las sanciones permitirá al régimen de los ayatollahs recuperar capacidad económica e influencia para desestabilizar la región, reforzando su apoyo a sus aliados tradicionales, la Siria de Assad, Hezbollah,  las milicias chiíes de Irak, los houthis de Yemen, los grupos radicales palestinos, etc. Obama ha prometido seguir vigilando las actividades desestabilizadoras de Teherán, pero sus adversarios no confían demasiado en su firmeza.
               
Las dudas surgen de algunas urgencias sobre el terreno. Lo insinuaban estos días últimos el negociador jefe iraní y el propio Presidente Rohani. No es que Irán vaya a convertirse de nuevo en amigo de Estados Unidos y Occidente a partir de ahora. Pero el acuerdo remueve algunos obstáculos para ser socio ocasional. Ya lo está siendo, aunque esquinadamente. El apoyo iraní para aniquilar a los extremistas sunníes del Daesh ya resulta muy relevante en Irak. Sin las milicias chiíes, quién sabe hasta dónde hubieran llegado los extremistas en su avance.
                
Un profesor de la Universidad Americana de Beirut, próximo a Hezbollah, lo dice con agudeza: "Estados Unidos ha externalizado en Irán la lucha contra el terrorismo", para no poner botas propias sobre el terreno (3). ¿Es esta posibilidad, y no el potencial nuclear de Irán lo que alarma en Israel y en sus protectores norteamericanos más ciegos o interesados?
                
Otra dimensión del acuerdo es la económica. La eliminación progresiva de las sanciones no sólo constituye una apetitosa oportunidad para China o Rusia, en un momento de tensiones y problemas para sus economías. Las grandes compañías petroleras occidentales no ocultan sus ardientes deseos de hacer negocios muy sustanciosos, porque Irán necesita tecnología e inversiones para recuperar su industria, tanto para ampliar y mejorar su producción (hasta en un 400%) como para asegurar nuevas prospecciones. Irán, no lo olvidemos, dispone del 10% de las reservas mundiales de crudo (4).
                
EL RECHAZO ISRAELÍ
                
En Israel, la derecha, reforzada tras las últimas elecciones,  airea un problema existencial. Puede comprenderse el temor a un enemigo que sigue proclamando su deseo de destruirlo. Pero Israel ha dejado de ser un pequeño país indefenso. Dispone de los mismos potentes aliados de siempre y de mejores medios que nunca, para defenderse de cualquier (hipotética) amenaza. Con este acuerdo, Israel está más seguro que sin él, porque asegura un año de margen para atajar un riesgo militar nuclear, si Irán incumple.
                
El relato de la inseguridad arroja dividendos políticos muy sustanciosos y seguros en Israel. Las elecciones recientes han sido buena prueba de ello. Es sintomático que, tras el varapalo, la izquierda y el centro se sumen a la demonización del acuerdo nuclear. No tanto por el contenido en sí del mismo. En realizan lo están utilizando para acusar a su rival, Netanyahu, de no haber sabido o podido evitarlo, por haberse enfrentado con Obama. Argumento débil y oportunista. Netanyahu no tenía otra alternativa que aliarse con los republicanos. Los electores israelíes no le castigaron por ello, sino al contrario. Obama quería el acuerdo. Es un factor clave de su legado. Nada podía hacer Netanyahu, como tampoco lo hubiera conseguido el laborista Herzog o la centrista Livni, si hubieran ganado los comicios.
                Netanyahu hace populismo al proclamar que "Israel se defenderá con sus propios medios". No puede, y lo sabe, atacar con garantías a Irán sin un apoyo amplio de Estados Unidos. Ahora, bombardear las instalaciones iraníes sería como atacar la Casa Blanca. Pero al primer ministro israelí le queda aún la 'bala de plata' para 'matar' el acuerdo desde dentro: su alianza con la oposición a Obama en el legislativo.
                 
BOICOT DE LOS RIVALES Y RIESGO DE FUEGO AMIGO
                
El Presidente, sabedor de que cualquier acuerdo, por duro que fuera para Irán, iba a ser rechazado por el lobby político israelí, ha reiterado que vetará cualquier decisión del legislativo que pretenda impedir su entrada en vigor. El Congreso puede superar el veto presidencial si reúne a los dos tercios de los legisladores. No es una misión imposible. Los republicanos sólo necesitarían sumar trece senadores demócratas a su causa. La batalla ha comenzado y tendrá que resolverse antes de tres meses. Las vacaciones sólo serán oficiales este año en Washington.
                
El Congreso se pone del lado de Israel, por tradición y por convicción, pero también por oportunismo. Si hay algún asunto en el que los republicanos puedan conseguir fuego amigo contra el Presidente es éste. Muchos demócratas, tan pro-israelíes como sus rivales, si no más, temen perder apoyos y dinero judío para sus campañas políticas. Y en Estados Unidos, el dinero lo es todo en política, y más en las contiendas electorales.
                
No obstante, el acoso republicano ha sido tan obsceno, que las cosas pueden cambiar, siquiera ligeramente. Hillary Clinton puede presumir de ser una de las mejores amigas de Israel, aunque la administración de su marido avanzara notablemente en un acuerdo de paz con los palestinos. O precisamente por ello. Pero sobre todo por su trayectoria como Senadora por el Estado de Nueva York, uno de los mayores feudos judíos del país. Pues bien, la mega-candidata demócrata ha expresado su apoyo al acuerdo nuclear con Irán. Está por ver quién le discute la nominación. De momento, el socialista Bernie Sanders no se opone al acuerdo, por supuesto. ¿Se atreverá algún centrista a presentarse con el apoyo israelí como elemento diferenciador? Dudoso. La dirección demócrata, aunque no pueda impedir la división sobre este asunto, tratará de evitar la polémica en clave electoral. Complicado empeño.

(1) NEW YORK TIMES, 14 de Julio
(2) LE MONDE, 14 de Julio.
(3) NEW YORK TIMES, 14 de Julio.

(4) FOREIGN POLICY, 14 de Julio.

LAS LECCIONES DE LA CRISIS GRIEGA

14 de Julio de 2015

El resultado del fin de semana más largo en la política europea en los últimos años deja ya una serie de lecciones provisionales, a falta de que se sustancien y  apliquen las medidas adoptadas y se dejen  sentir las consecuencias políticas y sociales correspondientes.

1.- En la fórmula adoptada para seguir encarando la deuda griega, vuelve a imponerse la lógica de la austeridad, en la que la Unión Europea sigue atrapada desde hace siete años, pese al palmario fracaso cosechado en la mayor parte de los países donde se ha aplicado.

2.- El esfuerzo francés exhibido en esta cumbre ha estado centrado en evitar un 'Grexit' y, por tanto, un fracaso conceptual de la unidad europea. Ha quedado marginada, una vez más, la visión socialdemócrata de sustituir, o al menos equilibrar,  la austeridad con el crecimiento, para salir de la crisis. Aunque el presidente Hollande pueda presumir, de haber evitado la salida griega del euro, sigue sin percibirse un giro significativo en la política económica europea. La crisis griega ha sido, en este aspecto, otra oportunidad perdida.

3.- La Unión Europea ha impuesto una lógica implacable de cumplimiento de las normas sin concesiones particulares... sobre todo si el que ha evadido sus responsabilidades es un miembro menor o de peso político y económico más reducido. Esta severidad no fué aplicada con motivo del déficit francés, por ejemplo. O el alemán, durante los años más complicados de la unificación.

4.- El primer ministro Tsipras has pecado de ingenuo...o de temerario al pretender que con una consulta al pueblo podía condicionar la postura del Club, o más bien, de sus vigilantes más aguerridos. Al contrario, si acaso, ha provocado una reacción de firmeza reforzada. No tanto, por 'venganza', como se ha comentado con cierta ligereza, sino por la autoimpuesta obligación de no sembrar dudas sobre la seriedad en la exigencia de cumplir las normas. Lo más reprochable del primer ministro griego no es haber cedido este fin de semana brutal en Bruselas. No tenía opciones. Desafió a un rival mucho más fuerte, le arrojó a la cara el referéndum, como un guante cargado de democracia. La respuesta ha sido la única posible. Contundente y definitiva.

5.- Si Tsipras se ha equivocado en la estrategia (jugar a que una salida de Grecia del euro le blindaba de un tercera ronda de 'reformas' y recortes' o le propiciaba una oportunidad de revisar la deuda) la táctica empleada ha resultado desastrosa. El tiempo no corría a favor de Atenas, con sus bancos al borde de la quiebra y los ciudadanos asfixiados por el 'corralito'. Ni siquiera ha habido juego de póker al borde del precipicio. No es la resistencia de Tsipras lo que se iba debilitando en Bruselas, porque la 'rendición' ya estaba anunciada prácticamente al día siguiente del referéndum. Lo que se iba ventilado durante este fin de semana interminable era la fórmula de la capitulación griega. Francia y Alemania, como no podía ser de otra forma, consiguieron pactar una solución que cada cual pudiera  presentarlos como un éxito conjunto9 y venderlo sin esfuerzo a sus parlamentos y ciudadanos.

6.- La 'decadencia' de Tsipras como alternativa de izquierda radical en Grecia ha comenzado. Es difícil aventurar si es irreversible, o cuánto va a durar el gobierno. O si éste va a tener que cambiar de socios para sostenerse. Es previsible que la división en Syriza, ya visible, se profundice en las próximas semanas y se perfile un acercamiento de la facción de Tsipras a otras opciones de centro izquierda, como el PASOK o TO POTAMI, para garantizar un apoyo parlamentario en las medidas de adopción de la medicina prescrita en Bruselas.

7.- Las invocaciones de la izquierda europea más rebelde (incluida la griega) al 'diktat' alemán o al 'golpe de Estado' pueden servir para mantener un caldo de cultivo contestatario, pero al fallarles el soporte de un gobierno capaz de desafiar a los poderes, por el fiasco de Tsipras, perderá fuerza real. El fracaso de la 'Grecia rebelde' puede perjudicar, a la postre, a otras opciones del mismo signo en el resto de Europa. El correctivo impuesto a Grecia puede ser interpretado por buena parte del electorado contestatario como un 'escarmiento' y reducir el apetito de la rebeldía.

8.- El recurso a las consultas populares, es decir, la derivación hacia la ciudadanía de la responsabilidad de un gobierno de tomar decisiones y adoptar medidas para ponerlas en práctica,  ha sufrido un importante correctivo.  Los referéndums no sólo se convocan para ganarlos, sino para ejecutar la política que se ha decidido legitimamente. Tsipras hizo todo lo contrario: obligó a la mayoría del pueblo a que dijera 'no' a unas condiciones de un tercer 'salvamento' financiero, para luego aceptarlo en todos sus términos, incluso endurecidos. Algunos gobiernos acreedores desmontaron de inmediato el 'argumento' de la democracia directa griega, replicando que podían replicar con hipotéticas consultas similares que arrojarían, con toda seguridad, resultados contrarios al griego.

9.- Si la política deja poco espacio al idealismo, su derivada, las relaciones exteriores, resulta aún mucho más inclemente. Las negociaciones entre Estados siguen una lógica contundente casi siempre vinculada a la preservación o imposición de intereses y pocas veces fiel a ideales.

10.- Grecia pierde, por supuesto, pero la UE también, porque la humillación de uno de sus miembros es una lección malísima de cara al futuro. La percepción positiva de pertenencia se ha debilitado durante la crisis griega. Con razón o sin ella, la impresión que se abre paso es que existe poca sensibilidad por los problemas agónicos de los ciudadanos más desfavorecidos, en este caso los griegos. O para decirlo más exactamente, la solidaridad europea no ha salido reforzada de la 'solución' con la que se ha pretendido cerrar la crisis griega.


LA CONFUSA POSICIÓN DE LA SOCIALDEMOCRACIA EN LA CRISIS GRIEGA

 9 de Julio de 2015
             
¿Tiene la socialdemocracia europea una posición común ante la crisis griega? No lo parece. Peor aún: ¿tiene alguna? Más allá de generalidades, no se ha escuchado.
                
Corren tiempos de 'renacionalización' de las políticas europeas. Todo aquello que no puede ser explicado o vendido desde posiciones estrictamente nacionales tiene poco futuro y ningún presente político.  Puede decirse incluso de forma más terminante: cualquier postura o aproximación a una problemática, por global que sea, que responda a un criterio ideológico o de valores que supere el enfoque nacional (ista) está condenado al fracaso o al escarnio.
                
Los medios, de cuando en cuando, airean el 'peligro' de eventuales victorias o avances de los partidos populistas, o ultranacionalistas, o xenófobos. En realidad, no hace falta que el actual clima se sustancie en triunfos electorales  de esa naturaleza, completos o relativos. Sin que tal cosa ocurra, las consecuencias ya se están detectando ampliamente en el mapa europeo. El populismo nacionalista (en sus variadas manifestaciones) ha conseguido envenenar el debate político europeo y condicionar las agendas, nacionales y comunitarias.
                
Lo hemos visto en el monumental fiasco de la política migratoria, con una decisión que remite a otra decisión futura, mientras la llegada de desamparados continúa. Y lo estamos viendo, aunque con perspectivas distintas,  en el desarrollo de la crisis griega, donde se alienan las posturas más por países que por ideas o planteamientos políticos. En ese torbellino demagógico de lo que 'interesa' a cada país, se ha visto arrastrada, de forma decepcionante, la socialdemocracia europea. Lo que confirma su crisis, largo tiempo incubada.
                
En la crisis griega, hemos apreciado la cacofonía provocada por las declaraciones divergentes, en el fondo y en la forma, en el propósito y en la metodología, de diferentes líderes socialistas europeos. La única alternativa a esta confusión ha sido el silencio de quienes o no estaban seguros de lo que debían decir, o ni siquiera sabían si debían decir algo.
                
Este desconcierto socialdemócrata contrasta con la aparente uniformidad del discurso  liberal-conservador (defensor a ultranza de la política de austeridad por fracasada, absurda y dañina que esté resultando) y, por supuesto, de la posición izquierdista (donde se reúnen los críticos acérrimos de lo anterior y se propaga una especie de ética de la resistencia).
                
Los socialistas europeos no siempre, o casi nunca, han sintonizado sus mensajes. Generalmente, se han refugiado en una prudente moderación, en vagas invocaciones al diálogo y a la negociación, sin cuestionar a fondo las políticas de austeridad y sus derivados. Cuando no, en algunos casos estridentes,  incluso han encabezado el rechazo a Grecia. El caso más claro es el del Presidente del Eurogrupo, el socialista holandés Dijsselbloem. Aparte de sus choques de ego con el dimitido Varufakis, algunas de sus manifestaciones han sido espacialmente agrias y quizás innecesariamente descalificadoras.
                
Por lo demás, resulta llamativo que, en la noche del domingo, las dos únicas voces europeas que se escucharon, entre el tumulto del entusiasmo de los seguidores de Syriza, fueron las de dos socialdemócratas alemanes, Gabriel el jefe del SPD y Vicecanciller, y Shultz, el Presidente del Parlamento Europeo. Ambos reprocharon al primer ministro griego que con su actitud hubiera hecho casi imposible un acuerdo y empujado a su país fuera del euro. O casi. Ambos decidieron hablar como "alemanes"; es decir, cerraron filas con el gobierno de gran coalición, donde el SPD juega el papel de socio menor (como les ocurre a los socialistas en Holanda). Tal circunstancia no les hace ser más conciliadores, sino al contrario: quizás se ven obligados a mostrar una dureza que no les enajene el apoyo de unas bases poco comprensivas con la situación de emergencia en Grecia.
                 
EL INSUFICIENTE ESFUERZO FRANCÉS
                
Frente a este coro dudosamente constructivo, los socialistas franceses han ensayado una posición más conciliadora, sobre todo en este tramo último de la crisis, pero no sin contradicciones o discordancias. François Hollande recibió a Merkel la noche siguiente al varapalo del referéndum griego, con la declarada intención de recuperar el control político y orientar una salida que no estuviera dominada por el enfoque tecno-burocrático. Esta semana, Hollande y Valls han sido los vocales más activos en favor de la permanencia griega en el euro.
                
Este esfuerzo de París en pos de una solución negociada, que obligue a cesiones de ambas partes (para simplificar la ecuación), no quiere decir que no haya contradicciones en el socialismo francés. Sería imposible, si atendemos a lo que está ocurriendo en el terreno propiamente nacional, con un sector del partido clara y ruidosamente enfrentado al gobierno, precisamente por la oportunidad y la justicia de las políticas de ajuste ( o de rigor, como le gusta decir al primer ministro Valls, para escapar de la odiosa etiqueta de la 'austeridad).
                
Nuevamente, en algunos casos, la presión institucional se ha impuesto a la ideológica. El mensaje del Comisario de Economía, Pierre Moscovici, un veterano de la política europea, no ha sido exactamente el mismo que el del Eliseo, por ejemplo, aunque en los últimos días haya optado por el silencio.
                
Tampoco han faltado los patinazos. El polémico Ministro de Economía, Emmanuel Macron, ha expresado opiniones un tanto desconcertantes. Dijo que Syriza era asimilable al Frente Nacional  (una especie de 'boutade' de la que tuvo que retractarse y pedir disculpas) y, al mismo tiempo, afirmar que no se debería activar de nuevo el Tratado de Versalles, en referencia a las penosas condiciones impuestas a Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial (otra exageración fuera de contexto).
                
En los países del sur, sometidos siempre a la sospecha de mal gobierno por los celosos austeros septentrionales, el discurso tampoco ha sido clarificador. El italiano Matteo Renzi gusta de realizar declaraciones altisonantes. No se ha privado incluso de sermonear a sus colegas europeos, como hizo tras consagrarse el enésimo fracaso en la conformación de una política migratoria común, hace un par de semanas. Con Grecia demostró el mismo lenguaje de franqueza brusca, cuando compareció en compañía de Ángela Merkel, aunque en compañías menos severas se haya mostrado más proclive al acuerdo.
                
Finalmente, para no eludir el caso más cercano, el PSOE ha mantenido un 'perfil bajo' en estas últimas dos semanas. Los dirigentes que han comparecido ante la opinión pública se han protegido bajo un discurso institucional, con apelaciones a la negociación, en un tono similar al del Presidente francés, pero evitando señalar la discrepancia con  los correligionarios alemanes.  

                
¿Se teme en la dirección socialista que una posición flexible hacia Tsipras pueda ser utilizada por el PP para seguir vendiendo esa deriva hacia el radicalismo que implicaría un acercamiento a PODEMOS? ¿O es que se prefiere mantener la ambigüedad para no resultar desacreditado, en caso de que triunfe la línea dura en Europa?

GRECIA: LA RESPUESTA ES SÓCRATES, NO SÓFOCLES

6 de Julio de 2015
                
El resultado del referéndum griego obliga a Europa a realizar un ejercicio de flexibilidad y, sobre todo, de algo que ha carecido en los últimos años: liderazgo.
                
La interpretación del voto del domingo varía según las perspectivas ideológicas. Alexis Tsipras ha echado un órdago y parece haberlo ganado, según los que apoyan o comprenden su posición. Para los escépticos, y aún más en estimación de los hostiles, su victoria está plagada de riesgos, porque puede acarrear consecuencias diferentes a las pretendidas por él.

Pero lo que parece indiscutible es que el referéndum devuelve la crisis griega al lugar del que nunca debió salir: el terreno político. Por mucho que hable de deuda, de ayuda financiera, de ajustes fiscales, de reducción y redistribución de gastos, materias claramente económicas, es sabido que  la dimensión de problema pertenece clara y fundamentalmente a la Economía política.

No hay salida sin un acuerdo. De la misma forma que los acreedores no han doblegado a un gobierno griego que cuenta con amplio apoyo popular, no es posible pensar que un 60% de los griegos obliguen a los Estados europeos a que acepten sin más sus condiciones, porque también ellos cuentan con mayorías que podrían expresarse en sentido opuesto a como lo han hecho ellos. La negociación no es que sea posible: es el único camino hacia la solución.

Ahora le toca mover ficha a Europa. Es buena señal que la cumbre europea venga precedida del habitual ejercicio de sintonización franco-alemán. El encuentro Merkel-Hollande, previsto para la noche del lunes, confirma que la respuesta va a ser política y no tecno-burocrática. Buena señal. Pero, atención, no hay que dar por hecho que se vaya a lograr un compromiso pronto. La división europea ante el desafío griego es difícil de ocultar. Francia promueve un cambio de enfoque, más flexible, más conciliador. Alemania se resiste.

Pero es un error hablar de Berlín como un bloque férreo. Merkel, tan denostada, es posiblemente la más interesada en evitar una ruptura drástica con Atenas. La canciller se debate entre su estatus de jefa de un gobierno en un país que mayoritariamente siente como un agravio la posición griega y su condición de primera dirigente europea e internacional. Como líder doméstica se atiene a la intransigencia que exhibe su partido y los otros alemanes; como dirigente internacional se ve obligada a contemplar una perspectiva geoestratégica que desaconseja una respuesta rupturista.

Hace unos días, el anterior Jefe de la OTAN en Europa, el general norteamericano de origen griego James Stavridis, daba la voz de alarma ante un eventual ‘Grexit’. La salida griega del euro resultaría catastrófica, en su opinión, para la estabilidad del sur de Europa, debido a la situación siempre potencialmente desestabilizadora en los Balcanes y un frente múltiple de guerras y conflictos en Ucrania y Oriente Medio. Un alejamiento griego de Europa introduce elementos visibles de inquietud. Una Grecia rechazada por Europa abriría la perspectiva, siquiera hipotética, de acercamiento a Rusia y China, en busca de alivio financiero y respaldo político. Algo que hace temblar mucho más a las élites occidentales que el impago de la deuda. 

Por encima de todos los factores económicos complejos que han hecho fracasar las negociaciones este año, prevalece un imperativo moral, político y estratégico que empuja hacia el compromiso. Ahora hace falta más racionalidad y menos tragedia. Más Sócrates y menos Sófocles.


LO QUE COMPARTEN MERKEL Y TSIPRAS

  2 de Julio de 2015               
                
La Canciller alemana, Ángela Merkel, y el primer ministro griego, Alexis Tsipras, aparecen ante la opinión pública europea como dos rivales casi irreconciliables. Hasta cierto punto lo son. Y, sin embargo, paradojas de la política, comparten una presión similar: conciliar sus principios y la presión de sus respectivos partidos y electorados con su responsabilidad como dirigentes internacionales que detentan cierto liderazgo en la defensa y promoción de visiones ideológicas diferentes.
                
TSIPRAS, EN SU LABERINTO
                
Ante el bloqueo de las últimas semanas en las negociaciones para evitar el impago al FMI, el primer ministro griego se encontró en un callejón sin salida. Su disposición a negociar, demostrada durante los últimos meses, no le había reportado los frutos esperados. Los acreedores no le dieron lo que necesitaba para poder convencer a su partido de la necesidad de aceptar renuncias. Tsipras se vio entre la espada de la troika y la pared de Syriza.
                
Sólo una jugada audaz le podía permitir recuperar la iniciativa. Creyó encontrarla sometiendo a referéndum las condiciones europeas para liberar el último tramo crediticio. Pero su comportamiento de los últimos días ha sido confuso y contradictorio. La propia pregunta puede resultar incomprensible para muchos ciudadanos griegos. Y sus pretendidas garantías de que un rechazo de las condiciones europeas no significa la salida del euro no han resultado convincentes, porque la falta de un marco jurídico preciso provoca incertidumbre. El remate final ha sido su intento de última hora, ya convocado el referéndum, de aceptar el paquete de la troika con "algunas modificaciones". El desdén europeo ha sido humillante.
                 
Tsipras puede creer que ha efectuado una brillante maniobra política. Pero contrae un riesgo enorme. Si lo gana, si triunfa el NO a las condiciones de los "acreedores que quieren humillar al pueblo griego", se vería empujado a un camino incierto, plagado de peligros. No está garantizado que Grecia pueda seguir en el euro si no se reconducen las negociaciones, aunque tampoco puede asegurarse lo contrario.
                
Quizás no sea maquiavélico pensar que Tsipras puede gestionar mejor el SI. Su honestidad política no habría quedado comprometida, aceptaría el veredicto del pueblo, dimitiría y convocaría elecciones. Se presentaría entonces como el mejor garante de los intereses populares y nacionales, para encarar una nueva ronda negociadora con los acreedores. Y si perdiera los comicios anticipados, podría construir, de nuevo desde la oposición, una alternativa con garantías, en espera de que la situación mejore y pueda tener de nuevo opciones de poder en un contexto más favorable.
                
EL DILEMA DE MERKEL
                 
En el otro lado del escenario público donde se representa la crisis aparece Europa. Pero sobre todo Alemania, el gran gigante implacable dispuesto a someter a la pequeña Grecia a sus condiciones, arrastrando al resto de sus socios continentales, si es preciso. Al frente de esta fuerza estaría la Canciller Merkel, como expresión máxima de la villanía. Esta visión, aunque contenga cierta verdad, resulta un poco simplista. Ni Alemania es la única que presiona, ni Merkel es la más desalmada de los dirigentes políticos europeos.
                
Naturalmente, pocas dudas pueden tenerse sobre la firmeza de la Canciller germana. Pero quizás se hayan cargado las tintas sobre su persona. Estos días hay abierto un debate en Alemania sobre las actitudes ante la crisis griega y posibles alternativas para salir del atasco.
                
En lo fundamental, reina un acuerdo absoluto. Grecia es considerada la principal responsable. Y el actual gobierno de Atenas es blanco de fuertes invectivas por su empeño en derivar la culpa hacia los acreedores. Pero la mayoría de los ciudadanos griegos y europeos no están tan al cabo de los matices.
                
Resulta de particular interés lo que parece estar ocurriendo en el interior del principal partido alemán, la Unión Cristiano-Demócrata (CDU). Corren rumores cada vez más intensos sobre desavenencias notables entre la Canciller y su Ministro de Finanzas, Schäuble. (1).
                
Ángela Merkel, consciente de imagen cada vez más áspera de Alemania en Europa, intenta equilibrar su dureza en los principios con su obligación de estadista. Ante todo quiere prevenir el 'Grexit' (la salida griega del euro) porque sabe que podría ser un golpe político tremendo para el proyecto europeo. En esta sensibilidad no parece acompañarle su ministro de Finanzas, quien no ha tenido problemas en declarar que para estar en un club hay que cumplir las normas, sin excepciones ni indulgencias.  Wolfgang  Schäuble mantiene una línea aún más dura que Ángela Merkel con respecto a Grecia. No le importa frisar la incorrección. O la provocación. Durante uno de sus recientes encuentros  en Berlín, se permitió regalar a Varufakis unos euros de chocolate. Para calmarle la ansiedad, vino a decir.
                
Discapacitado físico por un atentado sufrido hace 25 años, Schäuble es un líder natural para muchos cargos altos y medios de su partido. Un escándalo de financiación irregular al término del mandato de Kohl le cerró las puertas del liderazgo. Fue obligado a detentar puestos secundarios, pero sólo en apariencia. Merkel nunca hubiera llegado a la cumbre sin su consentimiento. Algunos medios alemanes sostienen que Schäuble, a sus 73 años, está dispuesto a echarle un pulso a su jefa si ésta flojea frente a Grecia. Su poder no es desdeñable, porque controla el grupo parlamentario democristiano, sin el cual cualquier acuerdo con Grecia es inviable. En la escena política alemana apunta la sombra de Thatcher.
                
La dureza de Schäuble reposa en un hecho fundamental: la defensa del contribuyente alemán. DER SPIEGEL ha efectuado un estudio que cifra en 84 mil millones de euros el coste que podría tener para la Hacienda alemana una suspensión total de pagos de Grecia. En todo caso, algo improbable y de efecto diferido hasta más de la mitad del presente siglo (2).
                
Los socialdemócratas, socios menores en el gobierno, no quieren parecer más tímidos en la defensa de los trabajadores alemanes. La dirección del SPD ha sido incluso más asertiva que la propia Canciller en la denuncia de lo que se considera como maniobras propagandistas de Tsipras y Varufakis. El vicecanciller y líder socialdemócrata, Sigmar Gabriel, ha llegado a acusar al gobierno griego de aprovechar la crisis "para forzar un cambio de funcionamiento de la zona euro acorde a sus visiones ideológicas y políticas" (3).
                
En definitiva, la lógica de los intereses nacionales se impone sobre una visión común. Como ha denunciado estos días THE GUARDIAN, el diario británico más europeísta, en la crisis griega "está en juego el proyecto europeo mismo" (4).


(1) "Brewing conflict over Greece: Germany's Finance Minister mulls taking on Merkel". DER SPIEGEL, 12 de Junio.
(2) "Germany faces billions in losses if Greece goes bust" DER SPIEGEL, 30 de junio.
(3) LE MONDE, Crónica de su corresponsal en Berlín, 1 de julio.
(4) THE GUARDIAN, Editorial, 1 de julio.