EL G-2, O LA COEXISTENCIA INTERESADA

19 de Noviembre de 2009

La visita de Obama a China ha sido la etapa más importante de su gira por Asia, ya nuevo epicentro de la hegemonía mundial. El balance es equívoco. La mayoría de los analistas destacan la “intransigencia”, la “firmeza” o la “solidez” de las posiciones mantenidas por los dirigentes chinos, según bajo qué prisma se analice el comportamiento de Pekín. Los portavoces de la administración norteamericana son más esquivos y prudentes y prefieren hablar de “un primer paso”.
La actitud de la Casa Blanca es razonable, aunque algunas críticas también lo sean. Hay motivos para exigirle a China ciertas garantías de comportamiento, si quiere que se le reconozca internacionalmente su liderazgo en el concierto mundial. La cuestión es cómo conseguirlo. Y en este punto es donde el “método Obama” no es necesariamente compartido por tirios y troyanos, por conservadores y progresistas, por occidentales y por los opositores chinos. Ni siquiera está claro que la nomenclatura china se sienta a gusto.
El aparato chino no ha facilitado la estancia de Obama. Quizás temerosos de que el encanto del joven presidente precipitase unos entusiasmos indeseables, los funcionarios chinos restringieron al máximo movimientos, exhibiciones y despliegues del ilustre huésped. Todo lo que no fueran contactos oficiales fueron resultaron eliminados, o recortados, controlados y codificados de forma asfixiante (encuentros con jóvenes, o con bloggeros, entrevistas con sectores sociales, apariciones informales, etc.). El muy prudente Hu Jintao y sus mandarines dejaron claro a Obama que no querían sorpresas mediáticas. El presidente norteamericano, fiel a su estilo respetuoso, aceptó. No sin resignación.
Esta aparente docilidad de la Casa Blanca no ha sido precisamente bien comprendida. Algunos protagonistas de la nueva sociedad china situados en los márgenes o abiertamente opuestos al sistema se han quejado no sólo de las presiones oficiales, sino de la actitud huidiza de los norteamericanos. EL NEW YORK TIMES nos ha ofrecido estos días algunos testimonios. Miembros de la Casa Blanca sondearon a algunos de ellos para un encuentro con el presidente o para otras actividades informales y luego, cuando los jerarcas consiguieron imponer el veto, no volvieron a llamar para excusarse y suspender el proyecto. Destacados disidentes, opositores o figuras de referencia de la apertura han expresado sin ambages su decepción.
En Estados Unidos, desde la derecha y desde la izquierda, se escuchan voces críticas. Los conservadores recuerdan que Bush (pero también Clinton) no se amedrantaron por esas protestas indignadas de Pekín y evocaron el asunto de los derechos humanos y las libertades políticas e individuales. Algunos, citados por el WASHINGTON POST, aseguran que Obama ha podido despilfarrar el esfuerzo de años anteriores. Los progresistas intentan comprender a la administración, pero no ocultan cierta incomodidad, porque advierten esa misma actitud evasiva en otros asuntos internos que exigirían más decisión y compromiso.
La posición de la Casa Blanca se basa en el convencimiento de que la presión sólo empeoraría las cosas. Pero el asunto de fondo no es una cuestión de estilo. La clave no es la debilidad de Obama, sino la debilidad actual de Estados Unidos. No presiona porque no quiere, sino porque no puede. Después de todo, es China la que está sosteniendo la estabilidad de la macroeconomía norteamericana, como le recordaba estos días el SHANGHAI MORNING POST.
Obama ha propuesto a China una estrategia compartida de partenariado para el liderazgo mundial. No porque simpatice con la visión del mundo que se proyecta desde Pekín, sino porque sólo desde allí se dispone de capacidad similar a la norteamericana para ejercer esa responsabilidad. Es una especie de tácito nacimiento del G-2.
Alguien ha visto en este planteamiento la recuperación de un mundo bipolar. No se trata de eso. Obama parece sinceramente fiel a una visión multilateral. No pretende regresar al viejo esquema de la guerra fría de dos superpotencias al mando del mundo. En los sesenta, después de la resolución de la crisis de los misiles de Cuba, Kruschev propuso la Coexistencia Pacífica, un concepto por el cual cada superpotencia se comprometía a aceptar a la otra y a reconocer sus intereses legítimos. Esa estrategia, con altibajos, se mantuvo hasta la desaparición de la URSS.
Ahora, con China, superada aparentemente la amenaza de la destrucción mutua, se trataría de edificar una suerte de Coexistencia Interesada. Se trataría de combinar la multilateralidad en las relaciones internacionales con esta bipolaridad difusa, no tanto basada en la fuerza disuasoria de los arsenales militares, sino en el juego de intereses pragmáticos dominantes en este mundo de las postideologías.
En este esquema, sin embargo, lo que interesa a Washington no es necesariamente lo que interesa a Pekín. Hay dos categorías de asuntos: los globales y los regionales. En todos ellos, los desacuerdos son más sonoros que los puntos de encuentro. Son conocidas las dificultades de Washington para conseguir el apoyo chino para coordinar la presión sobre Teherán y Pyongyang por sus respectivas ambiciones nucleares. O las desavenencias sobre el reparto de responsabilidades en la detención del deterioro medioambiental. Por no hablar del malestar que provoca en Washington la política monetaria china, aunque Obama también se haya abstenido de airearlo en Pekín. A este respecto, resultan muy interesantes dos artículos recientes de Paul Krugman y del semanario THE ECONOMIST, que comparten algunas conclusiones aunque se sitúen habitualmente en posiciones ideológicas bien distintas.
Pero lo que resulta extremadamente difícil de manejar para Obama son los asuntos que Pekin considera intratables, los internos, podríamos decir: la gestión de los derechos humanos en el interior de China, los conflictos étnicos en Xinjiang, la situación en Tibet o la seguridad de Taiwan. Obama no puede ignorarlos sin arruinar su prestigio internacional. Su respuesta, como parece haber hecho estos días con Hu, es colocarlos fuera del escrutinio público, según han tratado de explicar con discreción sus asesores más próximos.
Los asesores de Obama admiten que el presidente no se trae de Pekín compromisos concretos, pero rechazan el balance de manos vacías. Leyendo entre líneas, la administración convierte su diálogo con Pekín es su tarea más estratégica y seguramente se da todo el mandato para encauzarlo. Es un método distinto al propagandístico empleado por Nixon en 1972, cuando se inauguró el diálogo chino-norteamericano.
Parece inevitable que numerosas organizaciones cívicas se sientan desplazadas y que ciertos valores idealistas se perciban sacrificados en el altar del pragmatismo. A Obama le costará explicar que no los abandona, sino que ha considerado otra forma más eficaz a largo plazo de hacerlos prevalecer.

¿QUÉ CELEBRAMOS?

12 de Noviembre de 2009

Los máximos dirigentes europeos, con pocas excepciones, acudieron esta semana a Berlín para celebrar el vigésimo aniversario de la desaparición del muro que dividió durante décadas al país y a Europa.
Se trató de un acto solemne, más espectáculo que acontecimiento político, más destinado a satisfacer las emociones, un tanto ficticias, que a reflexionar sobre el significado de las “revoluciones de terciopelo”.
El muro, efectivamente, desapareció. Nadie lo derribó. Ni los ciudadanos germano orientales. Ni Gorbachov. Ni Reagan. Ni, por supuesto, las propias esclerotizadas autoridades de la RDA. No hubo hazañas, ni revoluciones. Fue un proceso acumulativo que necesitó de un malentendido para culminar en un hecho histórico.
Estos días se ha recordado con detalle la sucesión de errores, incompetencias, desconciertos y casualidades que condujeron a la noche del 9 de noviembre. Un mes antes, con motivo de la visita de Gorbachov a Berlin-Este para asistir al cuadragésimo aniversario de la RDA, fui enviado por Radio Nacional de España para cubrir el evento. La noche del sábado, 6 de octubre, fui testigo de una imponente manifestación con antorchas que recorrió las grandes avenidas del sector oriental de Berlin. Fué una aparente demostración de fuerza del régimen. Los protagonistas de la noche no fueron las camisas viejas que habían derrotado al nazismo, los veteranos militantes del SED, sino jóvenes comunistas que, por millares, desfilaron con un entusiasmo que superaba cualquier consigna propagandística. Pude ver a Gorbachov a pocos metros, departiendo emotivamente con el anciano Honecker. La famosa frase del último líder soviético (“la Historia castiga a quien llega tarde”) se ha interpretado abusivamente como una sentencia mortuoria del régimen comunista alemán. En realidad, se trataba de una invitación a sumarse al campo reformista. En una entrevista con la editora de THE NATION, Gorbachov reitera que nunca quiso liquidar el comunismo, sino hacerlo viable.
El día siguiente al desfile de las antorchas, unos cuantos centenares de personas se congregaron en el entorno de Alexander Platz para manifestar su apoyo a Gorbachov, no exactamente para condenar a sus dirigentes. Pero los medios occidentales presentaron esa discreta manifestación como el síntoma de una imparable protesta. La televisión alemana amplificó ese malestar que, hasta entonces, sólo había estado latente desde el verano, durante la crisis de las embajadas.
En los días siguientes, pequeños grupos de jóvenes, amparados en pequeñas iglesias protestantes de las ciudades germano orientales (Leipzig, Dresde, etc.), comenzaron a salir a la calle pidiendo “reformas”. Las autoridades dudaron entre reprimir o abrir la mano. No supieron hacer ni lo uno ni lo otro. Honecker no supo interpretar el momento, ni tenía salud para hacerlo. Sus propios compañeros de dirección, tan responsables como él, lo sustituyeron para salvar el régimen y salvarse ellos. Pero no demostraron su competencia. El régimen se fue diluyendo sólo, podrido como estaba, por un cinismo represivo y la corrupción de valores, no por una rigidez ideológica. En la oposición no existía la mínima organización. Como le ha dicho el director del Fondo Marshall, Ronald Asmus, al veterano reportero del NEW YORK TIMES, Steven Erlander, los cambios de 1989 fueron “absolutamente sorprendentes”.
Los ciudadanos germano orientales que, con perplejidad, se encontraron con las fronteras abiertas por un error de interpretación de una decisión administrativa, anhelaban tanto la libertad como la promesa de un paraíso de mercancías, de escaparates llenos, que les anunciaban las pantallas germano occidentales, en especial la berlinesa. Durante los años ochenta pase alguna vez a Berlín Este donde la esposa de una persona próxima tenía a su familia. No percibí en aquellos alemanes orientales más que un sombrío deseo de acceder al supermercado occidental.
No se trata de menospreciar el anhelo de libertad ni el alcance político de aquellos acontecimientos y de los que siguieron en el resto de países de la Europa bajo control soviético. Pero tampoco de aceptar sin matices una interpretación demasiado simple de ese proceso histórico.
Veinte años después, es obvio que un balance objetivo nos lleva a equilibrar luces y sombras, logros y fracasos, ilusiones cumplidas y amargas decepciones. En la antigua Europa del Este se han establecido democracias, pero su estabilidad es relativa, Algunos síntomas inquietantes de populismo, xenofobia e intolerancia de viejo y nuevo cuño han enquistado con singular vigor. Las diferencias sociales, que resultaron abrumadoras en los primeros momentos del nuevo capitalismo oportunista, salvaje y, en algunos casos, delincuente –y hasta criminal-, se mantienen y consolidan. Los antiguos directores comunistas de empresas del Estado se transformaron en agresivos emprendedores pseudo capitalistas, debido a corruptos procesos de privatización y saqueo de los bienes públicos. Las libertades públicas han sido manipuladas sin cuento. Los derechos humanos, relativizados.
El escritor Slavoj Zizek, en un artículo publicado en varios periódicos mundiales, ha hecho una disección inteligente del post-Muro. Un nuevo malestar se ha instalado y afianzado en la antigua Europa del Este, con tres componentes: nostalgia comunista, populismo nacionalista y paranoia anticomunista. No necesariamente enfrentados entre sí, sino conviviendo en el imaginario colectivo. Como se idealizó el capitalismo, no se aceptó que trajera inevitables desigualdades. Como los vencedores del cambio, fueron, en muchas ocasiones, los mismos que se habían aprovechado del “paraíso comunista”, una inevitable sensación de fraude caló hasta el tuétano de las capas sociales más vulnerables. Los perdedores creen añorar el viejo régimen, seguramente sin saber que lo que echan de menos es una seguridad mediocre pero firme.
Para Europa Occidental, “el final de la división europea” ha sido también ilusorio. Ahora afrontamos una división de otra naturaleza, pero no menos preocupante. El alemán es el caso más lacerante: todavía no han asimilado una reunificación que pudo hacerse de otra forma, y no sólo porque algunas potencias europeas lo desearan para frenar el auge alemán, sino para suavizar los sufrimientos de la propia población germana. Hoy en día, veinte años después, el paro en el Este es el doble que en el Oeste, pese a las inmensas transfusiones de capital por valor muy superior al billón de euros. Incluso en la glamurosa y artística Berlín, la vida sigue siendo más difícil que en las grandes capitales occidentales, como señala esta semana un extenso reportaje de LE MONDE. Los tratamientos de choque constituyeron un fraude que condenó ilusiones y sepultó proyectos de vida. No era inevitable que fuera así, y eso es lo que les hace, ante el juicio de la historia, imperdonables.

EL MALESTAR

5 de Noviembre de 2009

Un malestar muy apreciable, pero no oficialmente admitido, recorre estos días Washington. El aniversario del triunfo electoral de Barack Obama ha llegado rodeado de noticias incómodas para el entorno presidencial, procedentes de dentro y fuera del país.
El éxito de dos candidatos republicanos a gobernador en Virgina y New Jersey es un asunto menor. Por mucho que los conservadores quieran proclamar que se confirma la pérdida de impulso político de Obama, lo cierto es que la clave del resultado hay que buscarla en la situación local de esos estados y en el perfil de los contendientes. Además, los republicanos tienen motivos de preocupación por las divisiones internas entre moderados y radicales que les ha hecho perder un representante, hasta ahora seguro, por Nueva York.
En todo caso, es forzoso admitir que Obama acusa cierto desgaste. Pero no por lo que le reprochan desde la derecha, sino por un estilo de gobernar que, tarde o temprano, tenía que pasarle factura. Un asesor del recientemente fallecido Ted Kennedy lo retrataba con agudeza en las páginas de LE MONDE: “Obama privilegia la opción del menor riesgo político”. Jeff Madrick, de la Universidad New School de Nueva York, afirma que el presidente ha dilapidado parte de su capital político por no atreverse a actuar con más decisión en áreas tan importantes como la reforma del sistema financiero o la reforma sanitaria. “El presidente da la impresión de que se conforma con medidas a medias. Políticamente, actúa como un árbitro, no como una fuerza motor de cambio”.
Algo similar puede detectarse en su política exterior. Hay que admitir, en su descargo, que la herencia desastrosa recibida no ha facilitado su tarea y que gran parte del esfuerzo ha tenido que depositarlo en restañar heridas y restablecer la confianza. Por razones de espacio, centrémonos en los dos asuntos de actualidad de esta semana: Afganistán y Honduras.
Es sabido la antipatía que el presidente norteamericano profesa hacia su colega afgano, Hamid Karzai. No cree en él; o más que eso, lo considera un lastre político. La forma en que Obama asumió en público su revalidación como presidente afgano es reveladora: le pidió que ataje la corrupción, en un tono que apenas disimulaba el convencimiento de que lo ha hecho estos últimos años ha sido protegerla, por no decir fomentarla y hasta beneficiarse de ella. Obama siente que tiene las manos atadas, pero se cuidará de explicitarlo públicamente, para que no se le pueda reprochar. Intentó sumar al candidato rival, Abdullah Abdullah, a un pacto político que desdibujara el poder de Karzai, como si eso fuera posible. Pero cuando se dio cuenta de que Obama no dispone aún de estrategia solvente, hizo virtud de la necesidad y decidió apearse del proceso y denunciar la ilegitimidad del segundo mandato de su rival electoral, debido a la persistente amenaza de fraude.
Obama demora la decisión sobre el futuro del compromiso norteamericano en Afganistán, como si todavía tuviera que ocurrir algo que sea decisivo para fijar su posición. No está claro a qué espera el presidente. ¿A qué Karzai se convenza de que sin cambio de actitud no habrá soldados adicionales? Probablemente, el líder afgano sabe que Obama no se enfrentará frontalmente con sus generales. Y, en caso de que eso ocurra, Karzai dispone de otras armas. Por de pronto, ha respondido ladinamente a las humillaciones silenciosas de la administración Obama.
En el entorno presidencial se cree que la administración Obama está de una u otra forma detrás del reportaje de las informaciones del NEW YORK TIMES, que acusaban al hermano del presidente de controlar el tráfico de drogas. El ministro afgano encargado de la lucha contra el narcotráfico, General Jodaidad, manifestó que “los contingentes americanos, británicos y canadienses de la OTAN tasaban la producción de opio en las regiones bajo su control”. Como recuerda ASIA TIMES el diplomático indio retirado con experiencia en la zona, M. K. Bhadrakumar, esta referencia directa a la implicación de los efectivos militares occidentales en el tráfico de drogas en Afganistán ya había sido evocada por el antiguo jefe de los servicios secretos militar de Pakistán, el general Hamid Gul, y por los rusos, que siguen teniendo alguna información valiosa sobre lo que pasa en el país.
Pero Karzai se guarda otra carta más: el pacto con los talibanes más moderados. O mejor habría que decir, con los más corruptibles. No es un secreto para nadie que los contactos son constantes y al más alto nivel en el entorno de Karzai. Algunas fuentes creen que el acuerdo con un personaje intermedio, el viejo guerrero antisoviético Gulbuddin Hekmatyar, es ya un hecho. Y esta criatura predilecta de la CIA en los ochenta es clave para persuadir a los talibanes de la Shura de Quetta, liderada por el propio Mullah Omar.
El otro escenario donde se han puesto en evidencia las contradicciones de Obama ha sido Honduras. Por supuesto, se trata de un asunto de escaso interés para Washington, por mucha fanfarria que se le haya dado al aparente acuerdo entre Zelaya y los golpistas. La administración estadounidense no ha tenido interés alguno en resolver la crisis como hubiera sido decente hacerla: presionando a los usurpadores y restableciendo al presidente legítimo. Prefirió dejar que los contactos se prolongaran en la ineficiente diplomacia regional, a sabiendas de que la mayoría de los gobiernos más próximos a Washington estaban en realidad encantados con “pararle los pies a Chávez”. Por esa razón, mientras se proclamaba el rechazo al golpismo, se le consentía a los golpistas dotarse del oxigeno necesario para consolidarse.
El acto final, o estrambote, consistente en una visita oficial norteamericana a Honduras para arreglar de una vez por todas el asunto, ha constituido, más que una prueba del compromiso, una demostración de un doble juego. Da la impresión de que Obama, poco interesado en el asunto, ha dejado que la burocracia del departamento de Estado, apegada a sus viejos reflejos, se haya impuesto sobre el difuso discurso ético de la Casa Blanca. La activa campaña de lobby a favor de los golpistas ha conseguido bloquear asuntos corrientes en la política latinoamericana de Obama, hasta convertir en conveniente sus enfoques.
Zelaya no volverá a ejercer como presidente, se celebre o no la mascarada de su regreso a Palacio. La vieja política tiene asegurada su continuidad en las elecciones del 29 de noviembre. Lo de menos es el destino personal del presidente depuesto y sus inmaduros planes de cambio constitucional. El verdadero daño lo sufrirán los sectores populares que habían confiado en que los tiempos del amparo norteamericano a golpes de Estado habían acabado.
Con la mitad del electorado reticente y los grandes intereses crecidos, Obama tendrá ahora que decidir el rumbo de su mandato. El presidente se va a ver obligado, le guste o no, a molestar a sus rivales, si no quiere que éstos consigan hacer prevalecer el malestar entre sus seguidores, los que estaban –aún lo están- ilusionados con un verdadero cambio político en la Casa Blanca.

TURQUÍA: TURBULENCIAS EN EL PUENTE

29 DE OCTUBRE DE 2009

Es lugar común en el análisis geoestratégico considerar a Turquía como puente entre Oriente y Occidente. A la clase política tradicional esa figura les ha resultado siempre atractiva, aunque para los kemalistas militares, auténticos dueños de las orientaciones estratégicas del país, el compromiso férreo con Occidente ha sido innegociable.
Las cosas están cambiando, sin embargo. La guerra contra Irak, en 2003, puso en evidencia el largo proceso de erosión de la posición turca. El triunfo de los islámicos en dos oleadas –una más radical, abortada por el ejército, y otra moderada, que parece consolidarse- ha profundizado esa revisión. El debate se centra en si el cambio es de estilo o de sustancia.
Consciente de su importancia para los intereses occidentales, Obama visitó Turquía en abril y evocó la manida fórmula del puente, citando expresamente los esfuerzos de la diplomacia turca en el conflicto árabe-israelí y en el anclaje de Rusia en un sistema internacional de convivencia. Otros actores no se muestran tan comprensivos como Obama.
OTRA MIRADA A ORIENTE
Israel ha mimado las relaciones con Ankara, desde el pacto de cooperación militar suscrito en 1996. Con el triunfo del AKP, esta relación se mantuvo, a pesar del islamismo suavizado de su líder, el actual primer ministro Erdogan. Pero las cosas se complicaron con la intervención militar israelí en Gaza, a finales del año pasado. Algunos medios turcos hablaron claramente de “brutalidad israelí” y el gobierno no disimuló su malestar. En enero, durante el encuentro suizo de Davos, Erdogan chocó con el presidente israelí, Shimon Peres, a quien reprochó ásperamente la conducta del Tsahal y el maltrato de la población civil palestina. A partir de aquí, todo se torció. El último desencuentro fue negativa de Ankara a participar en las maniobras militares de este año, para no coincidir con los “aviones que sobrevuelan Gaza” (Erdogan dixit). El ministro de Exteriores suspendió su visita oficial a Israel al no permitírsele visitar la franja. El puesto diplomático turco en Tel Aviv lleva meses sin cubrir.
Los líderes turcos aseguran que no quieren romper la alianza con Israel, pero tampoco “permanecer en silencio” ante “errores” de su vecino. El jefe del Estado, Abdhullah Gull, (exministro de exteriores y sustituto de Erdogan durante la suspensión temporal de éste en sus funciones de jefe de gobierno por decisión judicial) irritó a los dirigentes israelíes al comentar que “Turquía no estado jamás del lado de los perseguidores, sino que ha defendido siempre a los oprimidos”. No hizo falta más para que se anunciara en Israel el boicot a los productos turcos. En la sociedad civil, la hostilidad hacia Israel es perceptiblemente creciente. Una serie de la televisión estatal turca sobre la tragedia de Gaza presentaba una pésima imagen de los militares israelíes. Más de la mitad de los turcos se confiesan incómodos por la vecindad judía.
En contraste, la diplomacia turca ha estrechado relaciones con Siria. Las visas han sido eliminadas. Hace unos días, se ha celebrado un Consejo de Ministros común en Alepo, donde se anunció la próxima celebración de maniobras militares conjuntas, lo que ha agudizado la desconfianza israelí y provocado cierta perplejidad occidental.

LA ALARMA IRANÍ
Pero lo que realmente ha hecho encender las alarmas en Israel y en Occidente ha sido el acercamiento de los neoislamistas turcos a los ayatollahs iraníes, precisamente en este momento de cerco internacional a la República islámica por sus ambiciones nucleares.
Erdogan acaba de visitar Irán, donde ha sido recibido como un “amigo”. Más que eso, como un socio que puede acabar siendo estratégico. En una entrevista reciente con THE GUARDIAN, el primer ministro turco defiende apasionadamente las relaciones con Teherán, califica de “rumores” los proyectos de armamento nuclear iraní, considera “irracionales” las posibles sanciones y tacha de “locura” que se este barajando la posibilidad de ataques militares contra las instalaciones iraníes de producción atómica.
El acercamiento entre Irán y Turquía es paulatino. Sus intercambios comerciales, todavía débiles, han alcanzado ya los 8 mil millones de euros, pero se espera que aumenten un 50% en los próximos dos años, según LE MONDE. Irán es el segundo suministrador de gas de Turquía. Durante la visita de Erdogan, se han revisado importantes proyectos de cooperación. La frontera entre ambos países se presenta como un espacio de encuentro, no de separación: construcción de un gasoducto de casi 2.000 kilómetros, creación de una zona franca comercial y persecución concertada de los guerrilleros kurdos del PKK.
REEQUILIBRIOS EUROPEOS
Tan importante o más que la apertura al Este resulta el descubrimiento de las oportunidades de relación con Rusia. Rivales durante la guerra fría, Moscú y Ankara encuentran cada vez más terreno de entendimiento. Rusia está por muy delante de Irán en la provisión de gas natural a Turquía, ya que le proporciona las dos terceras partes del que compra fuera. En contrapartida, las inversiones turcas en Rusia se han incrementado notablemente. A largo plazo, la visión turca es transparente: convertirse en la puerta de acceso del gas ruso a Europa.
En el espacio sumamente volátil del Cáucaso, donde antes se libraba la hostilidad rusa turca, se construye ahora un espacio de cooperación. Rusia ha facilitado el acuerdo histórico entre Armenia (su aliado cristiano en la zona) y Turquía, impensable siquiera hace poco años. El reconocimiento del genocidio armenio practicado por los moribundos otomanos (1915-1918) y el protocolo para entablar relaciones diplomáticas es uno de los acontecimientos internacionales más trascendentes del año. La iniciativa es muy rentable porque permite a Ankara demostrar que no actúa en el exterior por criterios religiosos o culturales estrechos, sino por una sincera voluntad de reconciliación con todos sus vecinos.
En reciprocidad, Turquía ha presionado a Azerbaiyán (su protegido islámico), para que no dificulte las ambiciones rusas de controlar las reservas de gas locales. Por añadidura, Rusia cuenta con que Turquía contribuya a debilitar el apoyo occidental a Georgia.
Occidente percibe turbulencias en el puente. Del lado oriental, se consolidan los pilares, mientras por este lado se amplían las grietas. El mayor disgusto turco es con Europa. La ilusión de formar parte con pleno derecho en la UE se ha tornado en desencanto. Dos de cada tres turcos piensan que nunca serán admitidos y la mitad ni siquiera lo desea ya. El rechazo expreso de Sarkozy y la frialdad de Merkel han dañado la percepción de Europa, incluso en los círculos más pacientes y favorables como el empresariado. Son cada vez más los turcos que creen que las objeciones reales no tienen nada que ver con el respeto de los derechos humanos y la situación de Chipre, sino con su condición de musulmanes. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero apenas ha podido compensar este desánimo.
Desde Estados Unidos, esta recomposición de las alianzas de Turquía se ve también con preocupación. Los sucesivos presidentes norteamericanos se han ofrecido a defender la causa turca en Bruselas, pero el intento ha sido poco sincero o poco eficaz. Este desencuentro en el sur de Europa inquieta muy relativamente a Estados Unidos, contrariamente a sus amistades iraníes o rusas. Pero en Washington se es consciente de que la pertenencia a la UE anclaría a Turquía en este lado de orilla. Hoy en día, sólo uno de cada tres turcos considera imprescindible la vinculación con la Alianza occidental
DESMENTIDO TURCO
Los dirigentes turcos desmienten un cambio de orientación de su diplomacia y confirman su fidelidad hacia Occidente y su candidatura a la UE. La doctrina exterior turca está inspirada en los conceptos de “profundidad estratégica” (los intereses nacionales, primero) y “problema cero” con sus vecinos (o sea, diversidad de alianzas). El hombre que dirige la política exterior turca es Ahmet Davutoglu, uno de los principales ideólogos del AKP. En los últimos meses ha presentado con elocuencia los ajustes diplomáticos. Para que un puente sea estable, es preciso asegurar sus dos extremos. Muy cierto. O si se nos pide que facilitemos el diálogo con el mundo islámico a espaldas de Occidente, necesitamos afianzar su confianza. Impecable. Lo que puede resultar menos fácil a los neoislámicos turcos es sortear la dinámica de las líneas rojas. Que se dibujan no tanto en las cancillerías occidentales, cuanto en los cuarteles propios. Los militares turcos siempre han tutelado la democracia turca con la excusa de la preservación de la laicidad kemaliana. Es seguro que ahora tratarán de impedir a toda costa que se alteren los equilibrios en el puente.

GUION AFGANO PARA ANTES DEL INVIERNO

22 de octubre de 2009

El embrollo electoral en Afganistán se ha resuelto sin demasiados miramientos con las formas. Como corresponde a un estado de guerra. Y a la descomposición política reinante. La llamada Comisión Electoral Independiente no parece haber sido ni Comisión ni independiente; ni siquiera electoral: lo que ha habido en Afganistán ha sido un simulacro de sufragio para ratificar a un gobierno del que se ignora su apoyo real. Un equipo de investigadores de la ONU ha tenido que cocinar in extremis una fórmula tragable.
Habrá segunda vuelta el 7 de noviembre. Obama tendrá entonces un gobierno “legitimado” y un argumento para enviar más tropas. O para no hacerlo. Todo aparente y ficticio. Como la propia realidad política del país.
El conjunto de actuaciones que ha concluido en la convocatoria de la segunda vuelta refleja muy bien lo difícil que resulta confiar en una mínima institucionalidad. Karzai se ha visto literalmente obligado a aceptar que los resultados no le permitian confirmarse como presidente aún, en primera vuelta. Distintos responsables norteamericanos, políticos y militares, han ejercido una presión sin disimulos sobre el desprestigiado presidente afgano para que cejara en su obstinación de pretender haber ganado ya la reelección. El espectáculo de estos últimos días no ha sido edificante y alimenta los argumentos de quienes combaten, con o sin armas, al régimen. Los resultados finales oficiales del simulacro electoral del 20 de agosto atribuyen a Karzai el 49,7%. Una cifra envuelta en sospecha de pacto: lo justo para evitar la proclamación automática, que hubiera sido sonrojante; lo necesario para que el actual presidente se presente como reivindicado a falta del empujoncito final.
Obama estaba impaciente por resolver la chapuza electoral, porque mientras se mantuviera la incertidumbre sobre el proceso supuestamente democrático, resultaba imposible decidir el incremento del esfuerzo militar. El Presidente norteamericano utilizó precisamente esta carta para doblegar la resistencia de Karzai: si no hay segunda vuelta, no hay más soldados; si no hay más soldados, vuestra suerte estará echada. Este es el mensaje que –según narra el NEW YORK TIMES- el jefe del Pentágono Gates y el Consejero de Seguridad Jones le espetaron por teléfono al ministro de Defensa afgano. Más conciliador, el senador Kerry, presidente de la Comisión de Exteriores y reconocible aliado de Obama en el Senado, le susurró lo mismo al oído al propio Karzai, cuando en Washington se apercibieron de que las advertencias de Hillary Clinton no habían logrado doblegar al incómodo protegido. El premier Brown también actuó de telonero en este entremés de la tragedia afgana.
LOS RIESGOS QUE KARZAI QUISO EVITAR
La segunda vuelta se ha fijado para primeros de noviembre, por mandato constitucional. Pero se trata de un margen muy estrecho teniendo en cuenta lo trabajoso que es organizar unas elecciones en ese país. Una demora mayor podría haberse justificado, como cualquier otra irregularidad en este proceso, pero no había tiempo: el crudísimo invierno afgano arruinaría definitivamente cualquier tentativa electoral. En estas tres semanas –resume el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR- hay que arbitrar fondos para otros funcionarios electorales menos sospechosos, financiar la intendencia y movilizar a observadores y protectores. Todo menos sencillo.
Karzai se resistía a la segunda vuelta porque teme que se le complique la victoria. En primer lugar, por la reacción negativa de su propia base social. Algunos analistas que conocen con cierto rigor el terreno aseguran que el presidente había dado garantías a numerosos jefes tribales pastunes de que este trámite iba a resolverse con el simulacro de agosto. Muchos se arriesgaron a arrastrar a sus subordinados a las urnas, asumiendo los riesgos de represalia de los talibanes. Incidir en el riesgo de nuevo podría ser temerario, y muchos jefes locales lo van a meditar cuidadosamente.
El segundo temor de Karzai es que su contrincante, el locuaz exministro de Exteriores, Abdullah Abdullah, con un 28% oficial de los votos en primera vuelta, en su condición de tayiko, sea capaz de concentrar el voto de las etnias minoritarias, las no pastunes, y superarle en la segunda vuelta. El establishment pastún que apoya a Karzai sospecha que Washington considera golosamente esta opción, de ahí que la contemple como un “complot anglosajón”, como ha detectado LE MONDE.
EL DILEMA DE OBAMA
La preocupación pastún seguramente es exagerada. Obama no es Bush: Karzai no le importa nada. Su hombre en la zona, Holbrooke, lo desprecia y Clinton considera que ha edificado un “narcoestado”. Pero Obama teme que propiciar un presidente no pastún sería como inyectar energía devastadora a los talibanes, pastunes irredentos.
Conscientes de que no les conviene dejar caer a Karzai, aunque no conserven hacia él simpatía ni respeto, los asesores de Obama han intentado discretamente ensayar el gobierno de coalición o unidad nacional. Son fórmulas de consumo corriente en Occidente, pero virtualmente inaplicables en el entorno afgano. Abdullah se deja querer, pero Karzai se resiste. Veremos si aguanta.
Por si finalmente no hay pacto y es preciso llegar a las elecciones, los soldados de la ISAF tienen que centrarse desde ya en reconstruir el cordón protector. La preocupación se centrará en la seguridad, en que no haya mucha sangre, más que en la limpieza del proceso. Los resultados probablemente se pactarán de una u otra manera.
En paralelo, el vecino gobierno de Pakistán tendrá que reducir o devolver a los agujeros a los talibanes del Waziristán fronterizo antes de que en las zonas más altas asomen las nieves. El ejército paquistaní cumple la misión con el recelo y malestar acostumbrados y con la confianza de que la operación no tenga consecuencias mayores. Los humillantes atentados recientes parecen provocaciones destinadas a forzar al máximo las contradicciones en la institución armada, precisamente en un momento en que la cúspide militar le había puesto las peras al cuarto al propio Presidente, el cada día más desamparado viudo de Benazir.
Obama se ha encerrado en este callejón oscuro llamado af-pak, sin tener nadie fiable en quien apoyarse. Sólo un milagro podría abrirle una salida: dar con Bin Laden, vivo o muerto, en algún lugar de ese avispero, antes del Día de Acción de Gracias. Luego, el invierno apagará los fusiles y aplacará los ánimos. Hasta la primavera, claro, que promete ser la más salvaje desde 2001.

LA BATALLA DE HONDURAS SE LIBRA EN WASHINGTON

15 de Octubre de 2009

La crisis política provocada por el golpe de Estado en Honduras no termina de resolverse. Las gestiones diplomáticas no han conseguido hacer entender a los golpistas que su iniciativa no puede tener futuro. La intransigencia de los golpistas explica sólo en parte que aún no se haya restaurado la legalidad constitucional.
Esta semana se anunciaba un posible desbloqueo, después de las conversaciones mantenidas por delegados de la Organización de Estados Américanos (OEA) con representantes del presidente legal, Manuel Zelaya, y del líder de los golpistas, Roberto Micheletti. Pero, como ha ocurrido anteriormente, enseguida llegó el desmentido.
La clave del acuerdo manejado en las últimas horas consistía en que Zelaya aceptaba la celebración de las elecciones presidenciales del 29 de noviembre, si antes era restituido en el cargo que constitucionalmente debería seguir ocupando.
Micheletti sostiene que tal solución tiene implicaciones legales y, por tanto, correspondería a la Corte Suprema autorizarla. El argumento es puramente dilatorio, porque la legalidad la hizo trizas la propia Corte Suprema dando soporte al golpe. En realidad, llegados a este punto, cualquier salida de la crisis es política. Las invocaciones a las formas jurídicas resultan de muy escasa credibilidad.
La prolongación de la crisis solo puede explicarse por la tibieza de Estados Unidos. La administración Obama ha condenado el golpe y ha adoptado ciertas sanciones –tímidas- contra el régimen de facto. Pero no se ha atrevido a presionar de forma decisiva a las nuevas autoridades, como ya denunciamos en su día. La impresión es que la Casa Blanca está ocupada en otros asuntos internacionales a los que concede prioridad y tampoco está convencida de desear, de verdad, la restitución de Zelaya.
Recientemente, se ha conocido que Micheletti y sus secuaces se han gastado casi medio millón de dólares en contratar servicios de influencia (lobbies) y poderosos caballeros norteamericanos con inquietantes credenciales (Otto Reich, Roger Noriega o Daniel Frisk). A través de ellos, han conseguido que una decena de congresistas norteamericanos respalden directamente al régimen golpista y obstaculicen ciertas decisiones sobre política latinoamericana de la administración Obama. En la operación de marketing de Micheletti y los suyos están contratadas algunas firmas como Cormac Group, muy cercanas al Senado McCain (si, el último candidato republicano), pero también a la Secretaria de Estado Clinton.
Recordemos algunos datos biográficos de los promotores del régimen de Micheletti. Otto Reich, un fijo en los gabinetes de Reagan y Bush hijo, fue una figura clave en el escándalo Iran-Contras y uno de los grandes ideólogos de la presión contra Cuba y la combatividad contra las opciones progresistas en América Latina. Roger Noriega fue uno de los ayudantes en la redacción de la Ley Helms-Burton (que reforzó el bloqueo contra Cuba en los noventa y sancionaba a las empresas extranjeras que se resistieran a aceptarla) y trabajó también como lobista de una poderosa empresa hondureña. Daniel Fisk era el segundo funcionario en la sección del Departamento de Estado de Bush encargado de América Latina y fue asesor político del senador por Florida, Mel Martínez, uno de los principales apoyos de los anticastristas cubanos afincados en Miami. Estos tres veteranos militantes anticomunistas de la guerra fría han sido los encargados, en una u otra forma, de reunir a destacados miembros del Senado y de la Cámara de Representantes para que presionen a la administración Obama. Y no sólo con argumentos. Dos nombramientos, uno de ellos el de embajador en Brasil, está congelado por un arsenal de iniciativas obstaculizadoras en el legislativo.
Reich ha dicho públicamente que el golpe de Estado en Honduras se considerará en el futuro como un freno al “intento de Chávez por minar la democracia en América Latina”. Fisk y Noriega han declarado públicamente su satisfacción por el interés que los senadores han puesto en hacer ver a su gobierno que se equivocó al presionar a los golpistas.
Mientras tanto, Amnistía Internacional ha denunciado el incremento de la agresiones policiales, las detenciones masivas de manifestantes y la intimidación de los abogados de derechos humanos” desde el regreso del Presidente Zelaya a Honduras, el 21 de septiembre. El Comité de Familiares de Detenidos y Desaparecidos en Honduras (COFADEH) ha denunciado torturas, y malos tratos cometidos por veteranos del Batallon 316, uno de los escuadrones de la muerte de los años ochenta con peor reputación, que Micheletti ha reflotado.

Micheletti ha intentado desacreditar las denuncias. Pero, por su naturaleza locuaz, se traiciona a sí mismo. En declaraciones a un reportero del diario argentino CLARIN, afirmó que “sacamos a Zelaya porque se fue a la izquierda y puso a comunistas”. Añade también, claro, que el Presidente derrocado se entregó a la corrupción, “robó 700 millones de lempiras (divisa local) y “sacó en carretilla del Banco Central fondos para su reforma constitucional”.

Lo cierto es que Micheletti resiste porque sabe que puede contar con ciertas complicidades en Washington y que el resto de gobiernos e instituciones internacionales participantes en las negociaciones no son decisivos. Pero sus apoyos se debilitan, porque la crisis dura demasiado y las encuestas reflejan malestar con los golpistas. Uno de los líderes empresariales ha propuesto convertir a Micheletti en senador vitalicio (como a Pinochet) y restituir a Zelaya temporalmente y con poderes restringidos. Una chapuza política para salir del enredo.

THE NEW YORK TIMES sigue sosteniendo que “Zelaya tiene que ser restituido en el cargo ya, si se quiere que el gobierno que salga de las elecciones de noviembre obtenga reconocimiento internacional”. Los medios progresistas insisten en la tibieza de la Casa Blanca. Chris Sabatini, el editor de AMERICA’S QUARTERLY, afirma que “ha habido un vacío de liderazgo en la administración Obama, que han llenado los que respaldan a Micheletti, con fuerza relativa pero suficiente para mantener como rehén a la política del gobierno”.

El presidente de Costa Rica, Óscar Arias, empeñado en una solución más o menos salomónica, ha terminado reconociendo que la Constitución de Honduras “es una de las peores del mundo y una invitación al golpismo”. Micheletti ha puesto a las élites de Honduras en una situación sin salida, provocando una situación paradójica. Lo subraya también el analista Greg Grandin en THE NATION: “el asunto que sirvió de chispa para la crisis –el intento de Zelaya de promover una asamblea constituyente para reformar la notoriamente antidemocrática carta hondureña- puede ser la única vía para resolverla”.

Las maniobras políticas del depuesto presidente pueden ser criticables en muchos aspectos y sus cambios de humor político justifican cierta desconfianza, pero eso es ahora secundario. El golpe ha fracasado por la movilización popular, más que por las presiones diplomáticas o por el apoyo de Chávez a Zelaya. Pero no está claro que eso lo entiendan en los pasillos de la Casa Blanca.

UN NOBEL DEMASIADO MEDIÁTICO

9 de octubre de 2009
No creo ser muy original en este comentario. Ante la concesión del Premio Nobel de la Paz al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, me siento como millones de personas atentas a la realidad internacional: perplejo y confundido.
El Comité Nobel arrastra una serie de decisiones polémicas, en más de un siglo de existencia. Puede admitirse que la valoración de una acción política, diplomática o humanitaria dedicado a fortalecer la paz sea, inevitablemente, objeto de discusión y no concite un acuerdo general. En algunos casos, la distinción ha sido especialmente discutible y ha provocado incomodidad indisimulable en numerosos colectivos. No podemos olvidar que en la nómina de premiados del Comité figuran personajes tan controvertidos como Henry Kissinger, Isaac Rabin, Menahem Begin, Anwar El Sadat o Yasser Arafat.
En el caso de Kissinger, el argumento en el que se fundamentó su distinción fue su contribución a los acuerdos de paz entre Estados Unidos y Vietnam, tras unas interminables negociaciones con su contraparte Le Duc Tho. Es discutible que firmar la paz signifique trabajar por ella, cuando lo que en realidad hizo Kissinger fue constatar la derrota norteamericana en una guerra que él no inicio, pero si contribuyó a mantener y prolongar. Por no hablar de su infame papel los golpes militares latinoamericanos de los setenta, que produjeron muerte y sufrimiento a raudales.
Rabin, Begin, y Arafat representaban a dos pueblos irreconciliables. Su papel es asimétrico. Rabin y Begin fueron –sin entrar en detalles- dirigentes destacados de un Estado que ha hecho una larga travesía de la esperanza a la agresión. Arafat era el símbolo de un pueblo despojado de su territorio y sus derechos que acudió a la violencia para recobrarlos.
Lo que hace poco creíble la decisión de este año en Oslo no son las credenciales de Obama, sino la ausencia de ellas. Dice el Comité que se le otorga el premio “por sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”.
Me apresuro a reconocer la esperanza de mejora en el panorama internacional que Obama ha creado. Sus propuestas le hacen merecedor de comprensión, apoyo y colaboración. Pero es demasiado pronto para los reconocimientos. La política exterior de Obama es tan prometedora como incierta. En Afganistán, se mueve entre la tentación de reforzar la militarización del conflicto o de hacerlo simplemente más gestionable. En Oriente Medio ha cambiado el tono con el discurso de El Cairo, que ha sembrado reconciliación con el mundo árabe, pero no ha conseguido que las partes avance ni siquiera más allá del territorio de la frustración. Con respecto al desarme nuclear, no ha prometido algo muy original con respecto a otros presidentes norteamericanos anteriores. Y sería un error de bulto magnificar su decisión sobre el escudo antimisiles, porque lejos de eliminarlo como algunos suponen, lo que ha hecho es modificarlo. En América Latina, se ha movido con cautela poco conmovedora (Cuba) con una ambigüedad sospechosa (Honduras). Del resto de conflictos en África o Asia, ha tenido tiempo de ocuparse poco o nada, más allá de palabras dulces.
Hay dos “explicaciones” para la decisión del Comité Nobel. La primera es que sus miembros no hayan sabido encontrar otro candidato mejor. Desde luego, el panorama internacional no ofrece grandes candidatos; pero no menos este año que en muchos de los anteriores. Y algunos nombres que han circulado como favoritos, sin ser de gran conocimiento público, acreditan más méritos. O también cabía la posibilidad de dejarlo desierto, como ya ha ocurrido varios años.
La otra explicación es que los provectos miembros del Comité se hayan dejado arrastrar por la “obamamanía” más allá de lo razonable. Es bien sabido que la política ha sido engullida por el arte de la seducción y que los líderes mediáticos ofician de sacerdotes de la ceremonia. Pero, si ésa fuera una de las razones, la concesión del premio debería aumentar nuestra preocupación. Cabe una última razón. Que los “hombres buenos” del Nobel hayan querido ayudar a Obama, apoyarle para convertir en realidad las promesas, en hechos las palabras. Si es así, lo comprendemos. Pero nos cuenta sacudirnos la incredulidad.