POLONIA Y EUROPA: LA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA

21 de febrero de 2018

                
Ya se sabe que vivimos en el tiempo de la posverdad. El neologismo, incorporado muy recientemente en el Diccionario de la RAE, se refiere a la “distorsión deliberada de la realidad, mediante la manipulación de creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.
                 
La posverdad es una de las consecuencias de las fake news (falsas noticias), tan en boga en el área anglosajona. A veces, los más vocingleros denunciantes de estas informaciones tóxicas son los principales productores de lo que denuncian. Ahí tenemos el twiteador en jefe del mundo occidental como ejemplo insuperable de referencia.
                
Otra dimensión de la posverdad, relacionada con la anterior, pero con mayor calado político, sociológico y cultural, sería la falsificación, manipulación o mistificación de la historia. La mentira pura y dura.
                
En Europa este peligro, o esta enfermedad, es una constante histórica. Ahí están los ejemplos clásicos como el caso Dreyfuss, o los mitos sobre las amenazas exageradas o simplemente inventadas en las que se refugiaron el antisemitismo, el nacionalismo de distinto pelaje, el nazismo, el estalinismo y la propia democracia liberal.
                
LA MANCHA POLACA
                
En estos días asistimos a la más reciente recreación de la falsedad o el maquillaje de la verdad histórica. Son los mismos perros con distintos collares. En Polonia, la controvertida ley sobre la Shoah ha vuelto a encender las alarmas en organizaciones cívicas defensoras de la memoria histórica. El texto legal minimiza la responsabilidad de los polacos en el genocidio cometido en su territorio. Pero, sobre todo, criminaliza a quien responsabilice al gobierno o a ciudadanos polacos de instigar los crímenes nazis, con penas de prisión de hasta tres años (1).
                
Polonia no tuvo un régimen colaboracionista durante la ocupación nazi, como Francia, Hungría, Austria o Noruega, entre otros. Pero está acreditada la participación de instituciones e individuos polacos en el Holocausto judío. El tono virulento y antiliberal del gobierno local está virando claramente hacia el antisemitismo, según numerosas entidades de memoria. Los responsables de la Maison d’Izieu creen que asistimos a un “revisionismo de Estado” en Polonia. Serge Karlsfeld, miembro de la dirección de la Fundación Auschwitz-Birkenau, recuerda a los polacos que contribuyeron a salvar la vida de miles de judíos y pide un consenso social para modificar la ley impulsada por la derecha polaca ultranacionalista (2).
                
La clave de esta nueva reedición de la falsificación reside en el discurso del victimismo, que aparece como instrumento recurrente de ciertos sectores políticos polacos. El primer ministro Morawiecky ha llegado a decir que, desde la caída del régimen comunista, Polonia se ha comportado como un “conveniente niño llorón”.
                
Sin embargo, como señala Judy Dempsey, la directora del programa europeo de la Carnegie Fundation, Polonia se ha ganado elogios muy notables en el entorno europeo, ha revisado sus cómplices relaciones con Ucrania durante el nazismo, ha establecido nuevas bases de relación con Israel y ha asumido responsabilidades sobre la narrativa antisemita. Ha sido con el gobierno derechista del partido Ley y Justicia (PiS) cuando el país ha sido empujado hacia la senda del revisionismo histórico y la adulteración o el disimulo de la verdad (3).
                
Adam Michnik, uno de los más notables disidentes polacos durante el régimen comunista, y todavía hoy director del diario Gazeta Wyzborca, discrepa de la interpretación general sobre las motivaciones del gobierno polaco y atribuye la Ley sobre el Holocausto al empeño de la derecha nacionalista por mandar un mensaje de orgullo a la población, de superación de las humillaciones históricas (4).
                
UN PROBLEMA EUROPEO
                
A nadie debe extrañar la autoría de la penúltima iniciativa de distorsión de la realidad histórica europea. El gobierno ultranacionalista polaco comparte con el húngaro el innoble liderazgo de la manipulación histórica y política, pero no se trata de una atribución exclusiva. Los distintos movimientos nacionalistas, xenófobos, identitarios, racistas o autoritarios de distinta índole anclan su auge actual en la adulteración de la historia, en la manipulación de los sentimientos, en la contaminación de la memoria. Las tres áreas de expansión de la epidemia son Centroeuropa, el Báltico y el sudeste continental. Todos bajo la influencia, inspiración o el mimetismo de un neo-nacionalismo ortodoxo en Rusia (5).
                
En Hungría, el autoritarismo blando del primer ministro Viktor Orban ha conseguido dominar el discurso político institucional y las pulsaciones sociales, con el argumento socorrido de la lucha contra la inmigración. El mandato del líder húngaro puede verse reforzado en los comicios legislativos del próximo mes de abril, debido a la concienzuda manipulación de los distritos electorales (6).
                
El veneno de la manipulación histórica, vinculado a las formas más peligrosas del nacionalismo y sus derivados, es un fenómeno del que no se libre prácticamente ningún país europeo, como sostiene Natalie Nougayrède. “El consenso sobre hechos básicos ya no está garantizado”, sostiene. Ni siquiera en Alemania, la nación que quizás más ha trabajado a favor de la vigilancia de la verdad histórica, debido a sus graves responsabilidades del pasado siglo. La Vergangenheitsbewältigung (noción de difícil traducción) combina las actitudes de análisis, aprendizaje y aceptación (7).
                
Sin embargo, pese a la constante tarea educativa, social y política realizada durante más de medio siglo, surgen también en Alemania grupos, movimientos, partidos y corrientes de opinión que empiezan a atreverse con cierto revisionismo del pasado. Aunque la apología, incluso la justificación o minimización de los crímenes, o simplemente de la ideología nazi, constituyen un delito en aquel país, se asiste a un creciente equilibrismo del discurso xenófobo y nacionalista que despierta menos rechazo que hace unos años.
                
Los síntomas de la adulteración histórica también se perciben en el resto de la Europa occidental, impulsada desde sectores revisionistas, nostálgicos o negacionistas. Ahí están los ejemplos de la Francia lepenista, la Gran Bretaña del Brexit, la España que se aferra a los símbolos y resonancias franquistas, la Italia asustada por la inmigración que acude a gestos e invocaciones fascistas, etc. Nougayréde reclama, con todo sentido, celebraciones, memoriales, programas educativos o museos en los que se reivindique la convivencia de los distintos tejidos nacionales europeos. Habría que añadir el apoyo y la promoción de las iniciativas de defensa de la memoria histórica y democrática. Mientras esas y otras iniciativas no se produzcan y arraiguen en la mentalidad europea, la historia seguirá convirtiéndose en uno de los campos de cultivo de la intolerancia y la violencia en el continente.


NOTAS

(1) “Poland`s Jews fear for the futures under the new Holocaust law”. CHRISTIAN DAVIS. THE OBSERVER, 10 de febrero.

(2) LE MONDE, 19 y 20 de febrero.

(3) Poland’s Narrative of Victimhood. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 6 de febrero.

(4) “In laws, rethoric and acts of violence, Europe is rewriting dark chapters of its past”. THE WASHINGTON POST, 19 de febrero.

 (5) “Rewriting History in Eastern Europe. Poland’s new Holocaust law and the politics of the past. VOLHA CHARNYSH y EVGENI FINKEL. FOREIGN AFFAIRS, 14 de febrero.

 (6) “As West fears of the rising autocrats, Hungary shows what’s possible”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 10 de febrero.

 (7) “Europe’s future now rests on who owns the history orf the past”. NATALIE NOUGAYRÈDE. THE GUARDIAN, 13 de febrero.


LA ESCALADA MILITAR EN EL PANDEMONIUM SIRIO

14 de febrero de 2018
             
Tras los dos graves acontecimientos bélicos de los últimos días en territorio sirio, algunos analistas hablan ya de escalada militar, de traspaso de líneas, de cambio de reglas del juego. Otros, en cambio, creen que esas operaciones, aunque de envergadura, deben interpretarse como maniobras tácticas para probar la resolución de los contrarios. Una interpretación no es necesariamente opuesta a la otra. Ambas coinciden en el riesgo de que una lectura errónea del adversario, o un factor no previsible, desencadene una escalada difícil de controlar, al menos al inicio (1).
                   
Siria, en tanto país unitario, ya no existe. La guerra ha acentuado las divisiones, étnica, territoriales y estratégicas hasta fracturarlo, quién sabe si irremediablemente, como ocurrió en Irak. La evolución de este país no invita a pensar que en Siria va a ocurrir algo mejor. Hay razones para temer un conflicto largo, insidioso y mucho más devastador del que ya conocemos. Para tormento de la mitad de la población, que no ha podido abandonar el solar sangriento al que ha quedado reducido su país (2).

Los actores de la guerra siria pueden describirse en tres niveles: local, regional y global. Esos tres niveles están vinculados por relaciones multilaterales, variables y contradictorias, lo que constituye una razón de más para la prolongación del conflicto.

a) Nivel local.

- Los contendientes son las fuerzas gubernamentales (NDF), bajo la autoridad de presidente Assad y su clan alawi, no tan homogéneo como al comienzo de la guerra; 

-  las fuerzas kurdas, que controlan dos porciones de territorio en el norte, uno en la región noroccidental de Afrín y otro en Rojava, en la cuenca alta del Eufrates, con Manjib como centro de operaciones; 

-  la oposición árabe de vocación liberal o democrática, con todos los matices que debe hacerse a estas denominaciones simplistas.

- las milicias islamistas árabes, con objetivos estratégicos y políticos distintos al grupo anterior, pero enfrentadas al Daesh.

- los restos de un ejército islámico en desbandada, dispersos en torno a Deir el Zour, en la ribera baja del Éufrates y en algunos reductos de la frontera sirio-iraquí.

b) Nivel regional.

- Irán. Es el principal aliado del gobierno central, con quien comparte afinidad sectaria (los alauíes constituyen una rama local, aunque autónomo del chiísmo). Los ayatolás han salvado el régimen de Assad, porque le garantiza (al menos hasta ahora), una influencia decisiva en la región y la conexión territorial ininterrumpida entre sus aliados regionales desde el territorio iraní hasta el Mediterráneo (Irán-gobierno moderado y milicias chiíes de Irak, minoría gobernante de Siria y Hezbollah, el partido-ejército chií del Líbano).

- Israel. Enemigo declarado de Siria, con el que sigue vigente el estado de guerra y ocupante de una parte de su territorio, los Altos del Golán, fuente de parte de sus recursos hídricos. Se mantuvo al margen de la guerra civil siria hasta que la presencia iraní en el destrozado país se percibió como una amenaza de primer orden. Israel no quiere que la alteración del estatus quo en Siria signifique una mayor amenaza. Igual que se mostró inquieto por la “primavera árabe”, los estrategas israelíes temen que el despedazamiento de Siria consolide el fortalecimiento estratégico de Irán y tratarán de impedirlo de cualquier manera posible.

- Turquía. Su principal objetivo en la guerra es similar al israelí: que la debilidad del gobierno sirio degenere en una situación de amenaza a sus intereses. Erdogan, cada vez más autoritario y sin oposición en su país, trata de evitar que la debilidad del gobierno sirio facilite la creación de un territorio kurdo independiente de facto en el norte de Siria y considera a las milicias kurdas que dominan estas regiones (YPG) como terroristas, inseparables de las milicias kurdas de Turquía (PKK). Apoyó a las fuerzas de oposición árabes sunníes contra Assad desde el principio, pero luego hizo la vista gorda cuando los jihadistas del Daesh se hicieron fuerte a costa de los kurdos. Cuando los extremistas islámicos fueron derrotados, el ejército turco lanzó sendas ofensivas en las zonas de Afrín y Manbij, para expulsar a las milicias kurdas de esas zonas del norte de Siria.

- Irak. Actor muy secundario, no por desinterés, sino por su propia fragilidad interna. Pero no puede ser indiferente a lo que ocurra en un vecino que ha sido durante muchas décadas rival, con quien comparte frontera, vínculos étnicos y destino estratégico. Siria es un espejo en llamas del drama iraquí. Los efectos de la guerra aún no se han absorbido. El gobierno central se encuentra desgarrado entre la influencia de Irán, política y económica, pero también militar, a través de las potentes milicias chiíes, y Estados Unidos, con su apoyo militar, aunque cada vez más secundarios e incierto, y la dependencia económica que Washington utiliza como arma persuasiva.

c) Nivel global:

- Rusia. Es la fuerza aparentemente dominante en el conflicto. Desde que, en septiembre de 2015, emprendiera la intervención militar para rescatar a su aliado Assad de las ofensivas militares de la oposición democrática, islamista local e islamista asociada al Daesh, ha consolidado su influencia. Ha conseguido que el gobierno central controle el territorio útil del país y asegure el núcleo duro y básico de la hegemonía alauí, en cooperación, más que en alianza, con los iraníes y con los kurdos. Pero la prolongación de conflicto es indeseable para Moscú. La guerra le cuesta dinero y, desde ya, vidas, prestigio y seguramente fracasos a medio o largo plazo. Quiere que el régimen sirio continúe bajo las premisas actuales, con o sin Assad. Admite la influencia de Irán mientras no sea excesiva, maneja con ambivalencia el poderío kurdo en el norte con ambivalencia y tolera los legítimos intereses de seguridad de Israel, hasta el punto de evitar cualquier confrontación militar directa con el estado sionista (2)

- Estados Unidos. Mantiene una posición confusa y ambigua, debido a los sucesivos dilemas en que está atrapada la administración Trump, debido a los irresolubles enfrentamientos entre sus aliados o socios locales. Defiende, por encima de todo, la seguridad de Israel, de ahí que rechace de manera contundente el incremento de la influencia iraní. No contempla con buenos ojos la consolidación de Rusia como agente global en la zona, pero trata de sacar provecho de este cierto regreso a la lógica de la guerra fría. Le inquieta, pero acepta, el diálogo provechoso entre Moscú y Jerusalén (3). La gran espina para los norteamericanos es el nacionalismo turco. El Pentágono no está dispuesto a dejar vendidas a las milicias kurdas que hicieron el gasto mayor en los combates contra los extremistas islámicos. Pero el Departamento de Estado trata de no romper todos los puentes con los turcos, los aliados más al este de la OTAN. Aunque las relaciones entre Turquía y Estados Unidos atraviesan por el periodo más delicado en las seis décadas de alianza, la ruptura definitiva sería demasiado devastadora para que pueda producirse.

 ESCENARIOS INCIERTOS: ¿PODRÍA CONTROLARSE UNA ESCALADA?

Es muy difícil prever el rumbo de los acontecimientos. Se cree que todas las partes quieren mantener la situación bajo control, pero los riesgos son altos.

- La escalada bélica entre Israel e Irán no es querida por los dos superactores del nivel global, pero, llegado un punto de fricción, podrían no estar en condiciones de evitarla.  Los militares israelíes creen que el derribo del dron iraní que penetró en cielo iraquí, supuestamente en misiones de inteligencia, ha sido un test de la resolución judía. Comprobada la respuesta contundente, se cree en Jerusalén que las fuerzas paramilitares iraníes se abstendrán de ulteriores provocaciones, al menos por ahora. Los rusos no intervinieron para detener el ataque aéreo israelí que propició el derribo del dron iraní, pero tampoco impidió la respuesta antiaérea siria que destruyó el F-16 israelí, y se mantuvo también al margen cuando los israelíes bombardearon las baterías antiaéreas sirias y bases con presencia iraní (4).

- El pulso entre el ejército turco y las milicias kurdas en el norte parece bajo control en los últimos días, después de las visitas del Consejero de Seguridad Nacional, el general Mac Master, y del Secretario de Estado Tillerson a Ankara. Pero parece que estamos ante una tregua y no ante un principio de solución.

- El riesgo de confrontación directa entre Estados Unidos y Rusia, por el apoyo que cada parte presta a sus protegidos y/o aliados se ha puesto en evidencia este fin de semana con la escaramuza en torno a Deir el Zour, en sureste sirio. El ataque de las milicias sirias encabezadas por fuerzas iraníes con apoyo ruso contra posiciones de la oposición moderada árabe desencadenó una contundente respuesta aérea de la aviación norteamericana (F-16, F-22, Ac-10s y helicópteros Apache). Resultado: un centenar de muertos entre los cuales figuran efectivos rusos, cuya filiación, misión y objetivos aún están por aclarar (5).


NOTAS

(1) “Israel signalling a heavy Price for iranian ‘entrechment’ in Syria. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 12 de febrero.

(2) “Syria’s war mutates into a regional conflict, risking a wider conflagration” THE WASHINGTON POST, 12 de febrero.

(3) “Les limites de la stratégie syrienne du Kremlin”. MARC SEMO. LE MONDE, 5 de febrero.

(4) “Israel believes round of hostilities with Iran and Syria is over, but another isa ll byt inevitable”. AMOS HAREL y YANIV KUBOVICH. HAARETZ, 11 de febrero.


(5) “Crossing redlines: escalation dinamics in Syria”. MICHAEL EINSENSTADT Y MICHAEL KNIGHTS. THE WASHINGTON INSTITUTE, 13 de febrero.

AFGANISTÁN: LA GUERRA DE NUNCA ACABAR

7 de febrero de 2018

                
En las guerras, la perdurabilidad es una de las condiciones esenciales del olvido.
                
Afganistán es ya el conflicto bélico más prolongado librado por Estados Unidos en toda su historia. Aún no se ha olvidado, porque, de cuando en cuando, un atentado atroz se cuela en los minutados de los noticiarios. Esas salvajadas no son las que más afectan a la vida cotidiana de la mayoría de los habitantes del país, pero sí las que más interés mediático suscitan.
                
El impacto, en todo caso, es efímero. Ya no hay efecto shock. Lo que predomina es el síndrome de la fatiga, de la frustración, de la indiferencia. La guerra de Afganistán apenas preocupa a la opinión pública: en Estados Unidos y en el resto de los países que componen una coalición cada vez menos plural, más exigua.
                
Los dos atentados de finales de enero (de los taliban y del Daesh) propiciaron algunos análisis en la prensa más seria, en un esfuerzo de recapitulación, de evaluación y de prospección. Merece la pena reseñar las conclusiones más relevantes.
                
DEBILIDADES COMPARTIDAS
                
La veterana corresponsal en el Pentágono del NEW YORK TIMES, Helene Cooper, firmó un artículo en el que desnudaba la mentira institucional asentada en el discurso político-militar norteamericano desde el comienzo del conflicto. Un mensaje engañoso se repite de manera invariable y tramposa: la guerra está a punto de acabar... y, naturalmente, con éxito. Cooper desgranaba las declaraciones más significativas y las coteja con la sostenible realidad opuesta. La guerra ha continuado, cada vez resulta más evasivo el final, y más incierta la victoria, si se entiende como tal el cumplimiento de los objetivos fijados, se antoja imposible. Han muerto más dos mil soldados norteamericanos y se han gastado 100 mil millones de dólares
                
En contraste con esta visión, SETH JONES, analista de FOREIGN AFFAIRS, sostenía, a comienzos de enero, antes de los macro-atentados, que los taliban “no están ganando la guerra”, porque son muy débiles para hacerlo”, aunque admitía también que “son demasiado fuertes para ser derrotados”.
                
La debilidad de los taliban se evidencia en cuatro factores fundamentales: son muy  extremistas para una población que aspira a una vida de libertad, educación y bienestar; su liderazgo es casi exclusivamente pastún, la etnia mayoritaria, y ajeno a las minorías; sus tácticas de combate son brutales y producen pánico y rechazo en la población;  más de la mitad de sus recursos económicos proviene del tráfico de droga, lo que convierte en papel mojado su discurso crítico sobre la corrupción, innegable, del gobierno central; y, por último, siguen siendo muy dependientes del apoyo extranjero, es decir de los servicios de inteligencia pakistaníes (el ISI).
                
Otro esfuerzo de análisis lo aporta la sección THE INTERPRETER, también del NYT, un rara avis, en el panorama mediático, por el empeño que ponen sus autores en ofrecer las claves, las causas de los conflictos, y no sólo la enumeración de hechos o la abusiva tendencia a contar historias personales que ha ido colonizando el periodismo de las últimas décadas.
                
MAX FISHER ha dedicado dos entregas de esta sección a la guerra de Afganistán, algo que se sale de las pautas actuales del seguimiento periodístico, como queda dicho. En las dos, el informador consulta a una nómina amplia de investigadores especializados; en la primera, acerca de la derivación del conflicto; y en la segunda, propone distintos escenarios futuros.
                
LOS RASGOS DEL CONFLICTO ACTUAL
                
En la primera entrega de su interpretación, Fisher se esfuerza por presentar los cuatro rasgos que definen el estado actual del conflicto serían:
                
- la hegemonía del caos, como consecuencia de la fallida estrategia norteamericana de perseguir una victoria total sobre los taliban, cuando la dinámica bélica indica que ninguno de los dos bandos locales (gobierno e insurgencia) son capaces de imponerse al otro.
                
- la escalada militar norteamericana, lejos de amedrentar a los taliban, los anima a perfeccionar sus tácticas guerrilleras, a salir de sus reductos rurales, infiltrarse en Kabul y golpear con atentados como los de enero.
                
- la venenosa relación con Pakistán, de colaboración y desconfianza a la vez, no será resuelta, sino agravada por la suspensión de la ayuda militar, ordenada por Trump en una de sus habituales decisiones irreflexivas.
                
- la falta de interés, o de capacidad, internacional en forjar un acuerdo de paz, que necesitaría mucho tiempo, mucha energía y mucha capacidad de resistencia a la frustración.
                
ESCENARIOS DE FUTURO            
                
En la segunda entrega de FISHER se dibujan las perspectivas, ninguna de ellas idónea.
                
1) Un país (o nación) escindido, con un gobierno central que ejecutaría funciones de mediador entre distintas facciones, señores de la guerra y cabecillas locales. Para Frances Brown investigadora del Instituto Carnegie, ésta sería la opción menos mala (buenas, no hay).
                
2) Un reseteo (‘start over’), propiciado por la retirada norteamericana y el colapso definitivo del actual (des)gobierno. De esas cenizas surgiría un poder fragmentado de caudillos y jefes de bandas, de clanes o tribus que convivirían en una suerte de reino medieval, según el investigador de la Universidad de Columbia, Dalily Mukhopadhiyay
                
3) El modelo Somalia de poder compartido: el gobierno central en las grandes ciudades y los taliban y el resto de los actores armados (ahora también el Daesh, que allí opera como franquicia, rival descarnado de unos y otros).
                
4) Una paz nominal frágil e insatisfactoria, que exigiría concesiones a todas las partes. Aún en el caso de que pudieran llegarse a tal aparente solución, se reforzarían las facciones extremistas de la insurgencia y los sectores oficiales que ahora se benefician de la corrupción podrían conspirar para liquidar el acuerdo si pierden prerrogativas o ganancias.
                
5) El estallido de una nueva guerra interna, a semejanza de lo que ocurriera en los noventa, tras la retirada soviética (1992), que culminó con la victoria de un grupo de estudiantes coránicos por los que nadie apostaba: los taliban.
                
6) La persistencia del status quo actual, una guerra de intensidad variable, estacional, enquistada y sin solución a la vista.

                
En cualquiera de los casos, y salvo las intermitentes apariciones en pantalla cuando las salvajadas superen listones invisibles de víctimas o patrones asumidos de brutalidad, la guerra de nunca acabar se hundirá en el abandono internacional y el olvido.


NOTAS


(1) “Attacks reveal what US won’t: victory remains elusive in Afghanistan”. HELENE COOPER. THE NEW YORK TIMES, 29 de enero.  

(2) “Why the Taliban isn’t winning in Afghanistan. Too weak for victory, too strong for defeat”, SETH G. JONES. FOREIGN AFFAIRS, 3 de enero.

(3) “Why attack civilian afghans? Creating Chaos rewards Taliban. MAX FISHER. THE NEW YORK TIMES, 28 de enero.

(4) “In Afghanistan’s unwinnable war, what is the best loss to hope for? MAX FISHER. THE NEW YORK TIMES, 1 de febrero.



LA PUNCIÓN TURCA EN SIRIA

31 de enero de 2018
             
Hay una suerte de axioma en Oriente Medio que se repite invariablemente: el final de una guerra no conduce a la paz sino al comienzo de otra guerra. O a la réplica de la misma guerra con manifestaciones diferentes pero intercambiables.
        
Liquidada esa suerte de distopia de un Estado medieval y fanático en una de las zonas geoestratégicas más sensibles del planeta, emergen los conflictos enquistados, a los que no se ha sabido, no se ha querido o no se ha podido encontrar solución.
                     
No se quiere encontrar solución al conflicto palestino cuando Trump plantea de manera tan torpe, sesgada o ignorante la cuestión de Jerusalén.
           
No se puede encontrar una solución al inestable equilibrio en Iraq, cuando en nombre de falsos peligros, responsabilidades terroristas ficticias e hipócritas motivaciones, se destruye un Estado odioso al que previamente se había fortalecido.
           
Y no se sabe resolver ahora la guerra inacabada de Siria, donde lo único que parece importar es que Rusia mantiene su única cabeza de puente regional o que Irán asegura un corredor de influencia hasta el Mediterráneo.

La guerra contra el Daesh ha concluido con el fin lógico, más allá de unos pronósticos errados o interesados, que inflaron el riesgo desestabilizador del Califato.
Después de una sucesión de desaguisados, se llega a la situación actual en que ni las alianzas de medio siglo sirven, o no sirven para lo que han servido todo este tiempo, es decir, para mantener un engañoso equilibrio.

            
Desde que en 2015 Putin decidió apuntalar al régimen sirio, Occidente ha estado buscando la forma de organizar, adiestrar, financiar, armar y respaldan en foros y despachos un conglomerado incoherente y autodestructivo de fuerzas opositoras. Sin resultado satisfactorio.

            
Cada cual busca sacar tajada del caos sirio, sin un agente mayor capaz de poner orden, ni siquiera aparente. Si Assad se mantiene en el poder no es sólo porque Moscú lo haya propiciado, sino porque sus enemigos se han empeñado en destruirse entre ellos y no forjar un futuro un poco más racional que acabe con el martirio de la gente.

            
LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

La Turquía erdoganita es un actor de especial importancia. Durante los tres o cuatro primeros años del pandemónium sirio jugó un papel ambiguo y contradictorio. No simpatizaba con el extremismo islámico, pero lo consideró útil siempre que fuera controlable. Al cabo, los fanáticos gangrenaban al régimen de Assad y dominaban la franja fronteriza, conjurando el peligro de un fortalecimiento de los kurdos sirios, aliados de sus congéneres turcos.

Erdogan sólo lanzó su potencial militar contra el Daesh cuando hubo un riesgo cierto de que la alianza anti-Assad liderada por los kurdos y respaldada por Estados Unidos capitalizara la victoria contra los extremistas. Lo que años antes parecía muy difícil empezó a tomar forma: un corredor fronterizo entre Siria y Turquía, entre las regiones de Afrin (al este) y Rojava (oeste), bajo hegemonía kurda. La peor pesadilla de cualquier nacionalista turco, civil o militar, conservador o liberal.

La intervención turca del verano de 2016 frenó ese proyecto autonomista kurdo, que Rusia y Assad no consideraban el peor de sus problemas. Para ellos, como para Obama, lo primero era derrotar al Daesh y luego ya habría tiempo de repartir cartas de nuevo para jugar la siguiente baza.
          
El cambio de guardia en Washington aportó lo que menos necesitaba la situación: desorden, inconsistencia, caos. Durante el pasado año ha sido imposible saber qué planes tiene la administración Trump en el conflicto sirio, si es que tiene alguno. Después de elogiar la inteligencia de Putin, sólo para vituperar a su antecesor, el peculiar presidente actual se ha entregado a la dinámica errática en sus caprichos, mientras sus colaboradores se contradecían con asombrosa insistencia (1).
                       
Erdogan ha aprovechado el desconcierto para resolver unilateralmente el “problema”. En las últimas semanas ha desencadenado una operación denominada (no es ironía) “rama de olivo”, con el objetivo de aniquilar militarmente a los kurdos, que llegaron a controlar 600 de los 900 kilómetros de esa franja fronteriza (2)

Rusia ha dejado hacer a los turcos. Después de todo, los kurdos no han dejado de ser una fuerza instrumento, como para Estados Unidos. Serán sacrificados, si no hay más remedio, si la narrativa de la guerra interminable lo exige. Hasta que vuelvan a ser necesarios o simplemente útiles (3).

El Pentágono, apoyado por ciertos think-tanks deudos del establishment, tratan de buscar la cuadratura del círculo entre la decencia de no abandonar a sus aliados más solventes contra el Daesh (los kurdos) y la conveniencia de satisfacer las legítimas preocupaciones de ese aliado molesto, y por momento indeseable, en que se ha convertido esa Turquía cada vez más nacionalista y autoritaria (4). Soner Cagaptay, un investigador turco muy escuchado en Washington, afirma que “es hora de los líderes de la OTAN tengan una franca conversación con Erdogan, a puerta cerrada” (5).

No es el tiempo de los actores principales en Oriente Medio. Obama lo vio claro, o lo intuyó, pese a las críticas de los intervencionistas, a los que el profesor de Harvard, Stephen Walt denuncia con meridiana lucidez. No hay intereses vitales de Estados Unidos –y, por extensión, de Occidente- en estas guerras mediorientales. 

Ahora que la película de Spielberg sobre los papeles secretos el Pentágono nos recuerda las mentiras que justificaron la guerra interminable de Vietnam y los esfuerzos para impedir que se supiera la verdad, viene a cuento preguntarse si aquello no fue una enfermedad transitoria que agarrotó a cuatro administraciones, sino la persistente y arraigada manifestación de una lógica perversa.