RENZXIT

5 de diciembre de 2016
                
Suele decirse que la política es el arte de lo posible. En los tiempos que corren, sería más acertado corregir el aforismo y proclamar que la política es la capacidad de seleccionar bien los riesgos. Y si hay un riesgo que conviene calcular con particular destreza, para asegurarse que puede convertirse verdaderamente en oportunidad, ése es el del referéndum.
                
Renzi debe estar pensando algo similar, ahora que la ruleta rusa de la consulta a los ciudadanos le ha dejado tumbado sobre la lona. De poco le consolará no haber sido un rara avis, sino uno más de los políticos de su tiempo que apuesta mal, que se cree capaz de sobreponerse a un ambiente envenenado y desfavorable que devora políticos, dirigentes, consensos que parecían firmemente anclados.
                
El primer ministro italiano creyó poder cambiar la arquitectura constitucional de su país, inoperante y cuajada de disfunciones. Era un empeño interesante y hasta necesario. Pero la oferta alternativa que sometió a la consideración de la ciudadanía presentaba elementos muy discutibles y algunos incluso sospechosos.
                
La neutralización del Senado como factor obstaculizador de la vida política o la concesión de mayores poderes al ejecutivo mediante una ley electoral que permitiera mayorías más claras y estables de gobierno parecían propuestas cargadas de sentido en un país en el que la política se asemeja a un juego de ajedrez endiablado y opaco. Sin duda, esa realidad se debía a unas reglas calculadamente complicadas e insidiosas. Pero las reglas obedecen o reflejan culturas y pautas cívicas muy arraigadas.
                
Cuando inició el proceso que ha desembocado en el enésimo referéndum-trampa que hemos vivido en Europa, Renzi creía tener el proceso bajo control. Confiaba en su capital político, en eso que denominamos coloquialmente como “popularidad”. Pero como suele ocurrir en el devenir político, no hay bien más perecedero que el consentimiento ciudadano. En los tiempos que corren, la caducidad se acorta de manera dramática.
                
El referéndum siempre esconde objetivos y propósitos subyacentes al que se plantea públicamente. La reforma del sistema político italiano era ese objetivo nominal en el caso presente. Pero Renzi se dejó arrastrar por la tentación de apostar a doble o nada para reforzar su posición política, que empezaba a renquear, a ofrecer flancos demasiado frágiles.
                
Cuando alguien pierde, es muy fácil poner en evidencia sus errores. Que los cambios institucionales eran necesarios, casi nadie lo pone en duda. Pero en el clima político actual, dominado por un malestar ciudadano casi obsesivo, las consultas directas se convierten en armas cargadas de resentimiento. El tiempo ya no agota políticos: los devora.

EL CÁNCER PERPETUO DE ITALIA

Las razones por las que un porcentaje tan claramente alto de italianos ha rechazado la propuesta de su primer ministro son variadas. Pero al haberse atrapado el propio Renzi en la disyuntiva aprobación o dimisión (por mucho que intentara desmarcarse a medias cuando empezó a presentir una posible derrota), el referéndum se convirtió, de repente, en un arma letal, en una tentación irresistible de rivales y desengañados para castigarlo. El homo politicus italiano es profundamente cínico. Los italianos desprecian profundamente a sus políticos, pero superan claramente a otros europeos en la promoción de las alternativas más dudosas.

Italia arrastra el incómodo privilegio de haber sido el primer país de la Unión Europea que respaldó una alternativa abiertamente populista, en la figura de Silvio Berlusconi, hace más de veinte años. Por mucho que se quiera explicar el ascenso de Il Cavalieri por los efectos devastadores de la tangentopoli, la corrupción sistémica, el pudrimiento institucional y el agotamiento de un modelo injustamente ensalzado como paradigma de las habilidades políticas y una especie de inteligencia innata, los efectos de aquella deriva han sido claramente negativos para el país. Y persistentes.

Una generación después, la liquidación virtual de la I República Italiana no ha generado dinámicas de cambio positivo. Aparte del mencionado timo de la regeneración con que Forza Italia sedujo y engañó a un país falsamente considerado como sabio en política, la eterna crisis italiana no ha dejado de producir subproductos políticos a cada cual más incapaz de generar soluciones reales para el país. A saber: el reforzamiento de un movimiento xenófobo en el norte (la Liga Norte); la tentación tecnocrática de gobiernos supuestamente liberados de la inmunda maquinaria partidista pero a la postre escasamente conectados con las aspiraciones legítimas de la mayoría (ensayo Monti); fórmulas populistas de protesta de ambiguos perfiles sin programas claros de gobierno (el Movimiento Cinco Estrellas), que decepcionan más pronto que tarde (gestión municipal muy discutida en Roma y Turín); o la recurrente figura del líder auto-presentado como renovador, poco o nada apegado a los aparatos políticos  o a las ideologías (Renzi) que presentan el aval de una gestión local (Florencia) como promoción de una ambición nacional.

LENTEJAS POLÍTICAS

¿Y ahora qué? Pues seguramente, más de lo mismo. El Presidente de la República pondrá en marcha el habitual turno de consultas para, calculadora política en mano, descifrar si alguien reúne los apoyos necesarios para formar un nuevo gobierno. Padoan, el actual ministro de Finanzas, es el candidato más citado, al frente de otro “gobierno técnico” contra la “inestabilidad”. Pero, aunque no inevitables, las elecciones son muy probables. En el clima actual de fervor populista y nacionalista no es descartable el repunte de la Liga Norte, del Movimiento Cinco estrellas e incluso el despertar de Berlusconi, alentado por su avatar Trump.

Las consecuencias del referéndum fallido no se agotan en Italia. Se trata de un asunto europeo, que viene a unirse a las úlceras del Brexit. Se temen más temblores en la eurozona por la fragilidad bancaria italiana. Asoma otra vez el ciclo infernal. Si 2016 ha sido un annus terribilis, el que asoma puede traernos terremotos políticos aún más desestabilizadores: un triunfo parcial o total del Frente Nacional en Francia o de los xenófobos en Holanda, por no hablar de la confirmación del fantasma nacionalista en Alemania, el próximo otoño. Es sarcástico que la Canciller Merkel, cuyas políticas han causado tanto sufrimiento en Europa, sea jaleada ahora como la gran esperanza de estabilidad.

La democracia está seriamente cuestionada en Europa, como lo está en Estados Unidos y en casi todos los escenarios del mundo. La crisis financiera mutó en corrosión social, luego en perplejidad política y presenta ya síntomas de alta vulnerabilidad sistémica. El consenso de la posguerra mundial está acabado, y lo peor es que nadie parece a la altura de ofrecer una alternativa que nos aleje de los fantasmas que abocaron al mundo al abismo bélico hace más de setenta años. Una reciente encuesta de la Universidad de Harvard revela que el apego a la democracia de los millenials, de los ciudadanos jóvenes menores de 25 años, es el más débil de las últimas seis décadas, en ambos lados del Atlántico. Pero eso será material para otro comentario. 

LA SEGUNDA MUERTE DE FIDEL CASTRO

28 de noviembre de 2016
                
Fidel Castro ha muerto biológicamente el 25 de noviembre de 2016, pero ya había fallecido políticamente hace más de diez años, el 31 de julio de 2006, cuando cedió el control efectivo de Cuba a su hermano Raúl debido a su enfermedad, que ya le había limitado severamente su capacidad de obrar.
                
Durante algún tiempo, se mantuvo vivo el debate sobre el alcance e influencia de Fidel en la política cubana, después de ceder el testigo operativo del mando a su hermano Raúl. Las frecuentes opiniones del ex-presidente, orales o escritas, orientativas o aparentemente imperativas abonaron la idea de que el Jefe de la Revolución no se había retirado, no había dado un paso atrás (ya se sabe: ni para coger impulso), sino a un lado.
                
Al cabo, importa poco la naturaleza del poder que Fidel haya podido ejercer durante la década pasada. Lo relevante es que, coincidiendo con su apartamiento de la primera línea, se confirmó en Cuba una transición (en absoluto un cambio), hacia otra forma de socialismo. O al menos así lo pretenden sus impulsores, la vieja y la nueva guardia del Partido Comunista, con discrepancias tenues en cuestión de matices o de graduación).
                
La primera muerte de Fidel fue política, que no ideológica. Es decir, no ha habido en estos diez últimos años renuncia alguna al ideario de la revolución, ni siquiera al del sistema económico y mucho menos político. El principio "todo dentro de la revolución, nada fuera de la revolución" ha seguido vigente. Lo que se ha modificado no ha sido el discurso, sino la praxis. O sea, la política. La intransigencia fidelista, santo y seña de la concepción militante y vigilante de la Revolución, se ha ido transformando en la flexibilidad raulista, reflejo de la necesidad de supervivencia  tanto del proyecto revolucionario como del acomodo de las élites del sistema.
                Desde su nueva tribuna en retaguardia -o, si se quiere, de una vanguardia menos avanzada-,  Fidel Castro se permitía ciertos dardos sin destinario expreso. Lo cual en absoluto era novedoso, porque ya practicaba este comportamiento cuando ejercía de hecho y derecho el liderazgo supremo. Era lo que llevó en su día a Gabriel García Márquez a decir que Fidel Castro era el líder del gobierno, pero también de la oposición. Un halago discutible que pretendía ensalzar el espíritu crítico e inconformista del ya por entonces veterano revolucionario.
                
La última veta crítica de Fidel tenía otro significado. En su vejez, en su deterioro físico y anímico, en la conciencia del aislamiento en que se encontraba Cuba, pese al apoyo chavista, el anciano Castro estaba anticipando quizás una Cuba distinta, no necesariamente capitalista a corto plazo, pero sí contaminada por precursores que a él siempre se le antojaron insidiosos, por necesarios que fueran ocasional o provisionalmente, como la propiedad mixta, el pequeño negocio privado más estable que actualmente, la creciente inversión extranjera, etc.
                
En cierta ocasión, ya retirado del primer plano, Fidel admitió con amargura el retroceso del "campo socialista". Pero, con la ambigüedad que lo caracterizaba cuando hablaba de las relaciones internacionales (aparte de sus latiguillos anti-imperialistas), nunca se pronunció sobre la evolución nacionalista de Rusia tras la desaparición de la URSS o el travestismo del comunismo chino en un capitalismo de Estado bajo el autoritarismo de un Partido despojado de su armazón ideológico para convertirse en un mero aparato de poder.
                
Castro nunca recomendó un camino concreto para su país que no fuera un irreal continuismo de su régimen. Hubiera sido como aceptar que había que hacer más cambios que los puramente tácticos o instrumentales. Quizás ya se había resignado a que había dejado de ser una fuerza real, una influencia efectiva. En su ambigua aparición en el último plenario de la Asamblea Popular, el pasado mes de abril, evocó su desaparición definitiva, para afirmar a continuación la pervivencia de las ideas comunistas.  Se respetó más al mensajero que al mensaje.
                
Por la misma razón,  importó poco su escaso aprecio -por no decir desdén- por la significación de la visita de Obama, el primer presidente que aterrizaba en la isla en más de medio siglo. Raúl Castro y el resto de equipo dirigente capitalizaron ese acontecimiento sin exagerarlo, pero sin minimizarlo tampoco.

                
Por eso, la segunda muerte de Fidel Castro se ha vivido con tranquilidad absoluta en Cuba, algo que ha sorprendido a algunos medios poco reflexivos.  Hace tiempo que el pueblo cubano ya había descontado su desaparición definitiva. Sus palabras seguirán escuchándose muchos años. Ahora, como desde hace un cuarto de siglo al menos, lo que preocupa es vivir cada día. Resolver. 

EL ESTAMPIDO DE LOS BÚFALOS Y LA SONRISA DE LAS HIENAS

23 de noviembre de 2016
                
Después de Estados Unidos, Francia. El interés político, la curiosidad ciudadana y el morbo mediático harán la travesía atlántica en los próximos meses. Pero muy poco a poco. El foco seguirá puesto durante unas semanas más en América hasta comprobar si lo de Trump adquiere dimensiones de terremoto o se reduce a una farsa sin disfraces. El nuevo presidente de los Estados Unidos habrá agotado esos primeros cien días (tópicos más que míticos) para cuando se esclarezca si Francia confirma el triunfo del malestar como proyecto político o se impone la válvula de seguridad del sistema tradicional.
                
Estos días se libran en Estados Unidos las escaramuzas de los nombramientos, la reorientación de los planes y estrategias de gobierno y el equilibraje de discursos; mientras, en Francia se empiezan a decantar las batallas de las primarias, con algunas sorpresas, que por repetidas, cada vez lo son menos.
                
Estados Unidos y Francia, cada cual por razones propias y con pesos muy diferentes, son referencias políticas inesquivables, anclajes poderosos en la conformación de tendencias y en la generación de ánimo ciudadano y de narrativas públicas.
                
Después del triunfo de Trump, una victoria en Francia de la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, multiplicaría el efecto de shock, profundizaría la sensación de crisis en el sistema liberal actual y desencadenaría una oleada de visiones catastrofistas.
                
Ya casi nadie se atreve a hacer pronósticos ni a mencionar encuestas como referente de autoridad. Se admite que Le Pen puede confirmarse como candidata más votada en la primera vuelta electoral, pero, como ocurriera hace diez años, el fantasma de la ultra derecha victoriosa se neutralizaría mediante un pacto entre derecha e izquierda convencionales.
                
Ese escenario es muy probable. El más probable, tal vez. Pero no se trata de una solución, o una salida, neutra. En ese pacto de las fuerzas convencionales, la izquierda va a resultar perdedora, casi con toda seguridad, porque a estas alturas del desarrollo político se antoja muy difícil que alguno de los varios candidatos visibles pueda obtener más votos en la primera vuelta que el vencedor de la disputa liberal-conservadora, ya sea Fillon o Juppé.
                
Estos dos políticos de la derecha francesa han acabado con Sarkozy con facilidad pasmosa. El expresidente, que hasta hace sólo unos meses se relamía públicamente con la inevitabilidad de su retorno, ha sido víctima de su inconsecuencia política y ha terminado intoxicándose con su propia propaganda. El coqueteo con algunos de los valores ensalzados por la extrema derecha para apropiarse de ellos y ofertarlos en su candidatura con mayor respetabilidad ha resultado una estrategia catastrófica para sus ambiciones de reentrée. Sarkozy se ha ganado a pulso un puesto en el panteón de cadáveres ilustres de Francia.
                
El principal beneficiario de la megalomanía sarkozita parecía que iba a ser Juppé, quien, sagaz y superviviente como pocos de su generación, construyó una narrativa centrista para refutar la estrategia del expresidente y enemigo declarado en la vieja y ya casi olvidada familia gaullista. Se las prometía muy felices con su discurso de barrera frente a la tentación Trump, como garante frente a la amenaza de oleada frentenacionalista. Ni su equipo ni la mayoría de los sondeos preveían hasta hace sólo unos días que su candidatura perdía fuelle irrremediablemente.  Pero, al cabo, ¿qué credibilidad tienen ya los sondeos políticos? ¿Por qué no se acometen las urgentes revisiones de su funcionamiento, los cambios de metodología o la imparcialidad de sus patrocinadores?
               
El vencedor del primer asalto en la contienda conservadora francesa, François Fillon, es el anti-Trump. No por sus credenciales progresistas: al contrario, es un conservador acreditado, un político que no esconde su adscripción a los valores sociales más tradicionales, apegado a un catolicismo sin complejos. Incluso se permite defender criterios neoliberales, a pesar del naufragio de esta corriente y de los millones de cadáveres sociales que ha dejado por toda Europa y el resto del mundo. Pero es un hombre serio, previsible, sensato y razonable. No es un fantasma, no es un payaso, no es un farsante. Es el exponente más tradicional de un estilo reconocible. Un político un poco a contracorriente. Primer ministro durante cinco años con Sarkozy, terminó hastiado y fatigado del estilo bombástico de su patrón. Primero se desmarcó de él, luego se separó con cierta claridad y, finalmente, se colocó enfrente de sus ambiciones de retorno. Todo ello, eso sí, con su proverbial discreción. Haciendo el ruido estrictamente necesario y conveniente.
                
No es seguro que Fillon confirme su espectacular remontada y mande a Juppé al mismo lugar donde ya Sarkozy entorna los ojos. El mejor escudero del expresidente Chirac cree todavía poder rescatar su mensaje centrista (o pseudo-centrista), que lima los aspectos más ásperos del neoliberalismo económico y del conservadurismo social de su rival. Juppé promete lo mismo, o casi lo mismo que Fillon, pero en dosis menos severas, más tragables -o eso pretende- por el electorado centrista, incluyendo la izquierda pálida, pragmática o resignada. Si Juppé suspira por el voto del electorado socialista en una eventual segunda vuelta contra Le Pen, es porque la derecha francesa da por descontado que el Partido Socialista consumará de nuevo lo que constituye su auténtica especialista en el panorama europeo: el suicidio político.
                
No es que los socialistas franceses no tengan candidato. Tienen al menos tres, de momento. Que deberían ser cuatro, si el presidente Hollande, de buena gana o forzado por la responsabilidad histórica, al aquelarre en marcha. Y eso, sin  contar al escapista Macron. El Marco Bruto del actual inquilino del Eliseo se presenta como convertido a una confusa cruzada de inventiva política que, de oler a algo, huele a liberalismo con rostro amable. Desde la izquierda, ecologistas, radicales, comunistas o neo-izquierdistas hacen aún más complicado acordar un cabeza de cartel unitario para disputarle a la derecha el orgullo de frenar al Frente Nacional. Es decir, de impugnar una conexión atlántica maldita Trump-Le Pen.
                
Cuando todos estos remolinos se resuelvan en la acometida final de mayo, el nuevo Presidente norteamericano puede haber cometido tantas barbaridades que Marine Le Pen haya tenido que escenificar renuncias expresas de su simpatía por el neófito rebelde contra el establishment. El influjo Trump podría tornarse en hipoteca o hándicap indeseable para los ultranacionalistas galos. Sería paradójico que lo que ahora se contempla con inquietud notable terminara convirtiéndose en un factor que contribuyera decisivamente a salvar a Francia del bochorno de una xenofobia triunfante.

                
Sin embargo, parece más probable que Trump se acomode a un curso derechista más convencional, menos conflictivo, con ciertos toques de extravagancia y mal gusto, pero diluibles en una previsibilidad política sin demasiadas líneas de fracturas en el sistema. Algo así podría capitalizarlo la derecha francesa como los límites del aventurismo populista. Después de todo, el equipo ultra de Trump que vamos conociendo se asemeja más a la sonrisa de las hienas que al estampido de los búfalos.              

LAS TRAMPAS DE TRUMP

16 de noviembre de 2016
                
América y el mundo se mueven estos días entre el temor, el asombro y la perplejidad sobre el futuro que nos espera con una presidencia de Donald Trump. Con el narcisismo que lo caracteriza, el anti-candidato electo contribuye deliberadamente a extender el suspense para fijar la atención de propios y extraños hacia sus palabras, sus conductas, sus actos.
                
Nada más ganar, cambió bruscamente de registro: se mostró comprensivo y hasta afectuoso con su rival electoral (después de haberla amenazado con llevarla a la cárcel si ganaba las elecciones) y luego se presentó con una humildad extraña por completo en sus zapatos ante el todavía presidente Obama para regalarle con halagos simplistas e insinuar que le gustaría tenerlo como consejero.
                
En la calle, miles de jóvenes norteamericanos no compraron este burdo intento de transformismo político y moral y denunciaron los peligros de un mandato Trump. Estos manifestantes son el exponente de una América que no ha votado por la demagogia, el racismo, la misoginia y la impostura social. Conforta no poco saber que en la costa oeste y en algunas ciudades del nordeste, hay un país progresista y activo sobre el que volveremos (1).
                
Es una ingenuidad creer que Trump ha conectado con los sentimientos, temores y frustraciones de millones de norteamericanos, sin matizar que ese vínculo supuestamente genial (como ahora dicen los aduladores precipitados) ha estado fuertemente reforzado por el excesivo interés que sus demagógicas propuestas han despertado en los medios.
                
Lo visto estos días permiten hacerse una idea de lo que puede ser la era Trump, en sus inicios al menos. El juego de equilibrios contemplado en esta fase de transición entre las corrientes populistas (Bannon, el propagandista ultranacionalista y xenófobo, a la cabeza, designado para el escurridizo cargo de estratega-jefe) y los pro-establishment (el Vice Mike Pence, o el anunciado jefe de personal, Rience Priebus) es muy probable que se consolide en la conformación del gobierno. Pero habrá sobresaltos, casi seguro. Algunos, ya explicitados, como la interferencia disruptiva de los hijos del Jefe elevados a la categoría de asesores de mesa camilla; otros, presentidos, como la solución que se arbitre finalmente para la gestión de sus negocios privados,  o los inevitables cambios de humor e incontinencias del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
                
LA VISIÓN EXTERIOR: PERPLEJIDAD Y CAUTELA
                
En el resto del mundo, el malestar se percibe en la punta de la lengua, pero la exigida contención diplomática se resuelve en una incómoda cautela. Estos días se ha derramado tinta a espuertas, como era de esperar, sobre lo que los distintos gobiernos y agentes de poder esperan de un cambio tan brusco en la Casa Blanca. Se la prometen muy felices los nacionalistas xenófobos europeos y la derecha israelí (la fanática, la extrema y la contenida).
                
El disgusto indisimulado que ha provocado en Europa el Trump de campaña quedará pronto suavizado, pese a ciertos toques de atención como el del Secretario General de la OTAN sobre el aislacionismo del candidato (2). Después de todo, entre aliados no hay que esperar otra cosa que sonrisas, parabienes y felicitaciones en público y discretas solicitudes de clarificación en privado.
                
En la Europa asediada por las heridas autoinfligidas (austeridad, pasividad de los poderes públicos, inmovilismo político, desigualdad creciente, pérdida de valores, atonía cultural, etc…), la perspectiva de una presidencia como la Trump podría resolverse en una respuesta acomodaticia, superado el impacto inicial.  En la izquierda, es previsible que se reverdezca el anti-americanismo tradicional, pasada la ilusión pro-Obama; en la derecha, puede apostarse a que se impondrá el bussiness as usual de una colaboración tan leal como interesada.
                
Los más señalados como objeto de punción del futuro presidente aparentan diferentes niveles de preocupación. Los mexicanos, gobierno, oposición y agentes económicos y sociales, se saben señalados, pero hay cierta esperanza en que Trump corrija los aspectos más agrios de su demagógico discurso sobre la inmigración. A la postre, la expulsión de tres millones de ilegales, según ha dicho el presidente electo, sería una operación muy arriesgada, no sólo para México y sus vecinos centroamericanos (principalmente). Un empeoramiento del clima social en el patio trasero tendría un posible efecto boomerang sobre Estados Unidos.
                
Otros supuestos amigos del vencedor, como Putin y su   cohorte del Kremlin se muestran más cautos, sabedores de que no es oro todo lo que reluce en la muñeca de Trump y que, a la postre, ese establishment al que supuestamente se ha enfrentado se la puede torcer sin demasiado esfuerzo una vez que se siente en el despacho oval (3).
                
China es un caso bien distinto. La estólida reacción del  mandarinato comunista es la habitual ante los acontecimientos internacionales. Las amenazas de una política duramente proteccionista esgrimidas por el anti candidato pueden convertirse en un arma de doble filo. Es improbable que Trump, una vez instalado, se arriesgue a tomar decisiones que puedan precipitar una guerra comercial. La promesa de recuperar empleos para el obrero americano dificultando la entrada de productos, material y bienes de equipo chinos en Estados Unidos constituye una de las mayores falacias del discurso del demagogo en jefe. La clase media baja norteamericana está muy a gusto comprando mercancías chinas porque no se podría permitir adquirar las made in Usa a precios dos o tres veces más caras (4).
                
Al cabo, todos los que nos hemos equivocado pronosticando que la victoria de Trump era poco menos que imposible estamos obligados a pagar el pecado de la soberbia o a dejarnos guiar ahora por la recomendación de la cautela. Trump es imprevisible, pero los centros de poder capaces de someterlo a control no lo son en absoluto. Por eso, cabe esperar que el Trump presidente sea más tradicional que el Trump (anti) candidato. Que el espejismo de una revuelta contra el establishment se disuelva en agua de borrajas. Que las propuestas más aceradas y heterodoxas se adecúen a los intereses y enfoques más consolidados. Pero bien podríamos asistir a derivas más peligrosas. Un analista de la Brooking Institution lo sintetiza en cuatro escenarios (5). 
                
Sea como sea, no nos engañemos: habrá un giro a la derecha. Los ricos disfrutarán de un sistema fiscal más favorable. Habrá un Tribunal Supremo dominado por los conservadores, en cuanto el nuevo Presidente cubra la vacante dejada por el ultra Scalia con otro juez de parecidos registros. En consecuencia, retrocederán las conquistas sociales y se recortarán derechos y libertades. Trump delegará la gestión de los asuntos delicados en el establishment más afecto a sus caprichos y manías y se reservará la demagogia del discurso.              

NOTAS

(1) "Amid tide of red on electoral map, West coast stays defiantly blue". THE NEW YORK TIMES, 11 de noviembre.

(2) "Going it alone not an option, Nato chief warns Donald Trump". THE OBSERVER, 12 de noviembre.

(3) "Is a Trump Presidency really a big win for Putin?". REID STANDISH. FOREIGN POLICY, 9 de noviembre.

(4) "Getting to investment reciprocity with China". BERNARD GORDON. FOREIGN AFFAIRS, 9 de noviembre.

(5) "Four scenarios for a Trump Presidency". DARRELL M. WEST. BROOKING INSTITUTION, 14 de noviembre.

LAS TRAMPAS DE TRUMP

16 de noviembre de 2016
                
América y el mundo se mueven estos días entre el temor, el asombro y la perplejidad sobre el futuro que nos espera con una presidencia de Donald Trump. Con el narcisismo que lo caracteriza, el anti-candidato electo contribuye deliberadamente a extender el suspense para fijar la atención de propios y extraños hacia sus palabras, sus conductas, sus actos.
                
Nada más ganar, cambió bruscamente de registro: se mostró comprensivo y hasta afectuoso con su rival electoral (después de haberla amenazado con llevarla a la cárcel si ganaba las elecciones) y luego se presentó con una humildad extraña por completo en sus zapatos ante el todavía presidente Obama para regalarle con halagos simplistas e insinuar que le gustaría tenerlo como consejero.
                
En la calle, miles de jóvenes norteamericanos no compraron este burdo intento de transformismo político y moral y denunciaron los peligros de un mandato Trump. Estos manifestantes son el exponente de una América que no ha votado por la demagogia, el racismo, la misoginia y la impostura social. Conforta no poco saber que en la costa oeste y en algunas ciudades del nordeste, hay un país progresista y activo sobre el que volveremos (1).
                
Es una ingenuidad creer que Trump ha conectado con los sentimientos, temores y frustraciones de millones de norteamericanos, sin matizar que ese vínculo supuestamente genial (como ahora dicen los aduladores precipitados) ha estado fuertemente reforzado por el excesivo interés que sus demagógicas propuestas han despertado en los medios.
                
Lo visto estos días permiten hacerse una idea de lo que puede ser la era Trump, en sus inicios al menos. El juego de equilibrios contemplado en esta fase de transición entre las corrientes populistas (Bannon, el propagandista ultranacionalista y xenófobo, a la cabeza, designado para el escurridizo cargo de estratega-jefe) y los pro-establishment (el Vice Mike Pence, o el anunciado jefe de personal, Rience Priebus) es muy probable que se consolide en la conformación del gobierno. Pero habrá sobresaltos, casi seguro. Algunos, ya explicitados, como la interferencia disruptiva de los hijos del Jefe elevados a la categoría de asesores de mesa camilla; otros, presentidos, como la solución que se arbitre finalmente para la gestión de sus negocios privados,  o los inevitables cambios de humor e incontinencias del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
                
LA VISIÓN EXTERIOR: PERPLEJIDAD Y CAUTELA
                
En el resto del mundo, el malestar se percibe en la punta de la lengua, pero la exigida contención diplomática se resuelve en una incómoda cautela. Estos días se ha derramado tinta a espuertas, como era de esperar, sobre lo que los distintos gobiernos y agentes de poder esperan de un cambio tan brusco en la Casa Blanca. Se la prometen muy felices los nacionalistas xenófobos europeos y la derecha israelí (la fanática, la extrema y la contenida).
                
El disgusto indisimulado que ha provocado en Europa el Trump de campaña quedará pronto suavizado, pese a ciertos toques de atención como el del Secretario General de la OTAN sobre el aislacionismo del candidato (2). Después de todo, entre aliados no hay que esperar otra cosa que sonrisas, parabienes y felicitaciones en público y discretas solicitudes de clarificación en privado.
                
En la Europa asediada por las heridas autoinfligidas (austeridad, pasividad de los poderes públicos, inmovilismo político, desigualdad creciente, pérdida de valores, atonía cultural, etc…), la perspectiva de una presidencia como la Trump podría resolverse en una respuesta acomodaticia, superado el impacto inicial.  En la izquierda, es previsible que se reverdezca el anti-americanismo tradicional, pasada la ilusión pro-Obama; en la derecha, puede apostarse a que se impondrá el bussiness as usual de una colaboración tan leal como interesada.
                
Los más señalados como objeto de punción del futuro presidente aparentan diferentes niveles de preocupación. Los mexicanos, gobierno, oposición y agentes económicos y sociales, se saben señalados, pero hay cierta esperanza en que Trump corrija los aspectos más agrios de su demagógico discurso sobre la inmigración. A la postre, la expulsión de tres millones de ilegales, según ha dicho el presidente electo, sería una operación muy arriesgada, no sólo para México y sus vecinos centroamericanos (principalmente). Un empeoramiento del clima social en el patio trasero tendría un posible efecto boomerang sobre Estados Unidos.
                
Otros supuestos amigos del vencedor, como Putin y su   cohorte del Kremlin se muestran más cautos, sabedores de que no es oro todo lo que reluce en la muñeca de Trump y que, a la postre, ese establishment al que supuestamente se ha enfrentado se la puede torcer sin demasiado esfuerzo una vez que se siente en el despacho oval (3).
                
China es un caso bien distinto. La estólida reacción del  mandarinato comunista es la habitual ante los acontecimientos internacionales. Las amenazas de una política duramente proteccionista esgrimidas por el anti candidato pueden convertirse en un arma de doble filo. Es improbable que Trump, una vez instalado, se arriesgue a tomar decisiones que puedan precipitar una guerra comercial. La promesa de recuperar empleos para el obrero americano dificultando la entrada de productos, material y bienes de equipo chinos en Estados Unidos constituye una de las mayores falacias del discurso del demagogo en jefe. La clase media baja norteamericana está muy a gusto comprando mercancías chinas porque no se podría permitir adquirar las made in Usa a precios dos o tres veces más caras (4).
                
Al cabo, todos los que nos hemos equivocado pronosticando que la victoria de Trump era poco menos que imposible estamos obligados a pagar el pecado de la soberbia o a dejarnos guiar ahora por la recomendación de la cautela. Trump es imprevisible, pero los centros de poder capaces de someterlo a control no lo son en absoluto. Por eso, cabe esperar que el Trump presidente sea más tradicional que el Trump (anti) candidato. Que el espejismo de una revuelta contra el establishment se disuelva en agua de borrajas. Que las propuestas más aceradas y heterodoxas se adecúen a los intereses y enfoques más consolidados. Pero bien podríamos asistir a derivas más peligrosas. Un analista de la Brooking Institution lo sintetiza en cuatro escenarios (5). 
                
Pero no nos engañemos: habrá un giro a la derecha. Los ricos disfrutarán de un sistema fiscal más favorable. Habrá un Tribunal Supremo dominado por los conservadores, en cuanto el nuevo Presidente cubra la vacante dejada por el ultra Scalia con otro juez de parecidos registros. En consecuencia, retrocederán las conquistas sociales y se recortarán derechos y libertades. Trump delegará la gestión de los asuntos delicados en el establishment más afecto a sus caprichos y manías y se reservará la demagogia del discurso.              

NOTAS

(1) "Amid tide of red on electoral map, West coast stays defiantly blue". THE NEW YORK TIMES, 11 de noviembre.

(2) "Going it alone not an option, Nato chief warns Donald Trump". THE OBSERVER, 12 de noviembre.

(3) "Is a Trump Presidency really a big win for Putin?". REID STANDISH. FOREIGN POLICY, 9 de noviembre.

(4) "Getting to investment reciprocity with China". BERNARD GORDON. FOREIGN AFFAIRS, 9 de noviembre.


LA ERA TRUMP, MÁS ALLÁ DE LAS APARIENCIAS

10 de noviembre de 2016
               
Después del shock electoral, se van perfilando poco a poco las primeras tendencias del cambio político inminente en Estados Unidos. A pesar de las apariencias, la supuesta ruptura con el pasado podría ser no tan profunda como se espera o se teme.

1.- EL NUEVO MAPA POLÍTICO

Los analistas insisten en el cambio del mapa político de Estados Unidos. El triunfo de Trump es estados industriales en crisis como Wisconsin, Pensilvania, Ohio y quizás también Michigan (aún se desconoce el resultado al escribir este comentario) confirma el apoyo de numerosos trabajadores blancos sin estudios superiores a un candidato multimillonario construido con cantos de sirena populistas. Este segmento de población se siente abandonado, cuando no traicionado, por los demócratas. De ahí que algunos sostengan ahora que Bernie Sanders, con su mensaje social-demócrata, podría haber obtenido un mejor resultado.

Es un cálculo discutible. Si bien el voto obrero ha sido el talón de Aquiles de Clinton, como se esperaba, el apoyo obtenido por ella entre las minorías demográficas y raciales ha sido más que aceptable. Hillary ha conseguido el voto de casi 9 de cada diez afroamericanos votantes y dos de cada tres latinos. Sanders no podía haber mejorado estos resultados. Y, sin embargo, este flujo de votantes ha sido menor al obtenido por Obama en 2012, debido a una abstención que, como se temía, ha resultado muy perjudicial para los intereses demócratas, por les ha impedido compensar la retirada del apoyo de los trabajadores blancos.

Sorprende el caso de las mujeres. Pese a la misoginia descarada del candidato republicano, el dominio de Hillary en este grupo demográfico ha sido menor de lo esperado. Trump ha conseguido cuatro de cada diez votos femeninos, en el segmento de menor nivel de estudios. Parece confirmarse que las mujeres conservadoras mantienen su antipatía visceral hacia la candidata demócrata.

2.- EL PRESENTIDO GIRO DEL DEMAGOGO EN JEFE

Lo primero que hizo Donald Trump tras conocer su victoria electoral fue cambiar el tono de su discurso. Sin renunciar a su retórica patriótica, adoptó una pose conciliadora. Se mostró amable y hasta elogioso con su rival, a la que insultó continuamente durante la campaña e incluso llegó a amenazar con llevarla a prisión si él ganaba las elecciones.

Los analistas de los programas electorales se apresuraron a destacar este cambio de temperatura del vencedor. El Presidente Obama hizo alusión a ello en su sobrio mensaje post-electoral en el que prometió una transición cordial y colaboradora.  La derrota Clinton, más elegante que sincera, pidió una oportunidad para su rival, ante el silencio de sus seguidores. Se percibe una corriente de superar la división nacional y restañar heridas.

3.-RESISTENCIA CIUDADANA FRENTE A LA TRUMPMANÍA

Miles de ciudadanos, la gran mayoría jóvenes, no parecen dispuestas a dejarse seducir por estas consignas interesadas En la noche del miércoles salieron a la calle, avergonzados y preocupados por el rumbo futuro del país, para recordarle al Presidente electo que están dispuestos a defender los valores democráticos del país. En varias ciudades, todas ellas de mayoría demócrata, los manifestantes marcharon por las calles (en algunos casos hacia los hoteles del magnate) para vocear proclamas en favor de los inmigrantes, de las minorías y de los derechos civiles y en contra del racismo y del propio Trump. “No es nuestro presidente”, proclamaban.

4.- UNA GRAN PARADOJA EN CIERNES

La gran paradoja del mandato de Trump es que, a pesar de haber sido elegido como reflejo del ajuste de cuentas con la clase política, es más que probable que los políticos conserven e incluso incrementen su control del país.

La inexperiencia del futuro Presidente no tiene precedentes cercanos. No se puede gobernar un país, y menos uno tan grande y complejo como Estados Unidos sólo con eslóganes y un puñado de simplezas como las aireadas por Trump. No sólo necesitará de rodearse de un equipo avezado y unos asesores muy influyentes. Precisará de una estrategia muy elaborada.

Los principales líderes republicanos, reticentes con Trump hasta el mismo día de las elecciones, pueden convertirse de manera casi inmediata en los maestros del juego político. Sobre todo, los aspirantes a sucederlo en la Casa Blanca, quien sabe si dentro de cuatro años y no de ocho. La confirmación del control republicano del legislativo refuerza esta impresión. No sería extraño que Trump se acomodara a un papel puramente simbólico o propagandístico, muy ajustado a la vanidad incontrolada de su personalidad, mientras otros se encargasen de cocinar las políticas. El Presidente podría seguir en el centro de los focos, pero permanecer bastante alejado de la sala de máquinas. De esta forma, un voto contra el establishment puede convertirse en el refuerzo de las élites políticas de Washington.

5.- UN PROGRAMA DE GOBIERNO POR DEFINIR

El candidato republicano prometió medidas rápidas en las primeras semanas (rechazo de la reforma sanitaria de Obama, lucha activa contra la inmigración ilegal y acciones armadas contundentes contra el Daesh, entre otras). Más allá, el gobierno del futuro Presidente Trump sigue siendo una incógnita, no porque carezca de programa, sino por las dudas sobre su voluntad de cumplirlo con fidelidad.

Hay muchas probabilidades de que Trump lime (e incluso elimine) algunas de sus recetas más radicales y que ni siquiera intente ejecutar algunas de sus propuestas de creación de empleo, como los programas de obras públicas e infraestructuras. Cuando llegue la hora de hacer las cuentas, las promesas pueden desvanecerse o encogerse significativamente. Otra cosa será la rebaja de los impuestos, que pueden muy bien servir de anestesia cuando empiece a manifestarse la frustración por la falta de cambios significativos.

En política exterior, le costará muy poco desmarcarse del Tratado de Libre comercio entre Estados Unidos y Europa, porque parecía ya arruinado antes de las elecciones. Más difícil le será convencer a sus aliados de compartir los gastos de defensa y otras de sus confusas visiones sobre el equilibrio internacional. La pretendida relación constructiva con la Rusia de Putin puede ser una de sus primeras renuncias, aunque lo enmascare con operaciones de relaciones públicas.

En definitiva, en contra de la impresión general, la percepción de estar en puertas de un gran cambio político puede disolverse lenta pero inexorablemente en una narrativa más convencional. Trump no es Reagan. No hay una revolución conservadora a la vista. Si acaso, una corrección. Otro discurso, otra retórica, otro relato. Pero pocas novedades en la sustancia. 

TRUMP PONE A ESTADOS UNIDOS AL FRENTE DEL MALESTAR OCCIDENTAL

9 de noviembre de 2016                

La América del malestar ha elevado a Donald Trump a la cúspide del país. Contra la inmensa mayoría de los pronósticos y expectativas, el candidato más extravagante de la historia reciente se convierte en el próximo presidente de los Estados Unidos.
                
El triunfo de Trump ha sido muy ajustado en votos populares -apenas un punto de diferencia, según resultados aún provisionales- pero convincente en el reparto de votos del colegio electoral. El magnate inmobiliario ha ganado en casi todos los estados reñidos (Ohio, Florida, Pensilvania, Carolina del Norte, Wisconsin). Sólo se le escapó Virginia. Y a esta hora seguía sin decidirse Michigan.
                
En su discurso de celebración de la victoria, Trump se ha mostrado conciliador y ha adoptado un tono humilde, muy diferente al empleado en la campaña. Incluso se ha permitido reconocer los servicios de su adversaria. Pero ha sido absolutamente evasivo acerca de sus intenciones de gobierno, más allá de tópicos y vaguedades sobre la reconstrucción del país, la superación de la división nacional y la promesa de un futuro brillante para todos.
                
La incomparecencia de Hillary Clinton en la noche electoral ha sido chocante. Llamó a Trump para felicitarlo y admitir su derrota, pero no ha aparecido públicamente para pronunciar el habitual y casi obligado discurso de concesión de la victoria de su rival.
                
La América más progresista, consciente de las desigualdades o simplemente educada se encuentra en estado de shock. Como escribía a última de la noche el Nobel de economía, Paul Krugman, intuyendo la victoria de Trump, esa América “quizás no entiende en el país en el que vive”.
                
El análisis meditado de los resultados permitirá en las próximas horas o días explicar con más rigor lo ocurrido. Pero puede avanzarse que la elevada abstención de las minorías afroamericana y latina ha podido ser decisiva para la derrota de la candidata demócrata en los estados de Ohio, Pensilvania y Carolina del Norte. Por el contrario, buena parte de esa clase obrera blanca malestar por la crisis económica y social y los efectos negativos de la globalización ha comprado el discurso populista y engañoso del candidato republicano.
                
Con el triunfo de Trump, se confirma de la manera más contundente posible la deriva del mundo occidental por la senda del extremismo, el populismo y el nacionalismo exclusivista. Después del Brexit y del auge de los partidos y movimientos xenófobos en Europa, el rumbo que se dibuja en Estados Unidos no puede ser más inquietante.

Es más que probable que, una vez instalado en la Casa Blanca, Donald Trump rectifique buena parte de su discurso y se avenga a encajar sus promesas en el cauce mucho más clásico del acervo político tradicional. Puede ayudar a esta acomodación con el establishment la mayoría republicana en las dos cámaras del legislativo, confirmada en estas elecciones.