ORIENTE MEDIO: LOS PUÑALES DEL PRÍNCIPE IMPACIENTE

15 de noviembre de 2017
                
Arabia Saudí e Irán luchan a muerte por el control de Oriente Medio. La pugna excede la brecha religiosa (sunníes contra chiíes). Tiene una dimensión económica, cultural y social. Está en juego una nueva cartografía estrategia de la región, precisamente cuando se cumplen 100 años de la Declaración Balfour, el primer documento de compromiso a favor de un hogar nacional para los judíos de todo el mundo.
                
Que el impulso religioso no explica el alcance real de este conflicto lo demuestra la nómina de aliados que uno y otro bando está tratando de reunir. O los sacrificios o descargos que cada parte está haciendo para situarse en posición óptima de combate.
                
UNA PURGA SIN PRECEDENTES
                
Arabia Saudí es formalmente el aliado occidental en esta disputa, en tanto productor de buena parte del petróleo con el que funcionan nuestras fábricas, circulan nuestros coches y se calientan nuestros hogares, merece una consideración cuidadosa.
                
El reino atraviesa un periodo convulso de transición hacia una supuesta apertura social (cambios de mentalidad sobre todo en cuestiones de género) y económica (con el horizonte de 2030 como meta), sin cuestionar, por supuesto, la naturaleza propia del régimen.  Arabia seguirá siendo, mientras sus dueños puedan asegurarlo, un Estado familiar.
                
Pero en la familia se ha desatado una trifulca colosal. El hijo del Rey Salman, Mohamed Bin Salman (conocido en la prensa internacional por sus iniciales: MBS) parece un sujeto impaciente. Su padre ya se saltó la línea dinástica establecida convirtiéndolo en príncipe heredero. Pero, por si esa amplísima licencia política no fuera suficiente, le invistió de grandes poderes y atribuciones en los dominios de la economía, de la seguridad interna y externa y de la selección de cuadros. Con la socorrida arma de la lucha contra la corrupción puso en sus manos un látigo con el que arrancar la piel política de parientes enemigos/rivales/renuentes.
                
Y el Príncipe ha batido el látigo a conciencia. Doscientos príncipes, semi-príncipes, meta-príncipes y hombres de negocios han sido detenidos, puestos en arresto domiciliario o bajo vigilancia estricta, por orden de este ambicioso, aunque no demasiado enigmático, Príncipe (1). El pasado verano ya fueron apartados de sus puestos influencias notorias figuras religiosas demasiado intransigentes incluso para los estándares saudíes. Y a finales de junio, el hasta entonces Príncipe heredero, Mohammed Bin Nayef, primo del actual sufrió un acoso digno de un guion de cine hasta que se vio obligado a presentar una renuncia forzada a sus pretensiones sucesorias.
                
Con calculada previsión, el heredero se había procurado en meses anteriores no pocas sesiones en cancillerías, mesas de dirección de grandes empresas occidentales y/o globales, medios de comunicación, compañía de relaciones públicas, etc. Ha perseguido con insistencia implantar en Occidente su imagen de modernizador, de renovador, de patrocinador de una especie de viaje al futuro. Naturalmente, sin pronunciar una crítica convincente del sistema, y menos de su propio padre, el Rey Salman, vetusto, carca entre los carcas del clan e incapaz ya de tomar decisiones. Con él se cierra el ciclo de los sudairis, los hijos de la mujer preferida del rey Abdulaziz. Entre otros muchos elementos oscuros, en estas mil y una noche de puñales largos acontecidas y por acontecer, también se ha librado un ajuste de cuentas familiar.
                
Uno de los principales expertos occidentales, vinculado al sector de los hidrocarburos nos ha actualizado el directorio de vips saudíes. Para quien tenga curiosidad... (2)
                
LA DESESTABILIZACIÓN REGIONAL
                
Las potencias occidentales contemplan esta danza palaciega con aprensión. Es cierto que, mientras el petróleo siga fluyendo por los oleoductos de salida, no importará demasiado cuánta sangre o veneno corra por los corredores de palacio. Pero los designios del Príncipe ambicioso están destinados a alterar el mapa regional, y eso ya resulta más inquietante (3).
                
MBS parece convencido de que Arabia debe frenar de una vez lo que considera intolerable y agresivo expansionismo de Irán. En la casa Saud está muy nerviosos por el cariz que están tomando los acontecimientos en Siria tras la derrota militar del Daesh. El régimen proiraní de Damasco parece consolidado, aunque eso sea mucho decir. Y la tutela de Teherán sobre el fragmentado Irak es cada vez más evidente.
                
A estos dos avances de la supuesta estrategia de dominación iraní en el Levante del libreto estratégico árabe se une la inquietud por la situación en el Líbano (4). En este país atormentado, ha venido funcionando un equilibrio de religiones, sectas y comunidades, con la aquiescencia más o menos activa de las potencias regionales que tutelaban a unas y otras. Líbano ha sido siempre un rara avis. Pero cuando la extrañeza ha resultado demasiado para el equilibrio de intereses, ha saltado dramática y sangrientamente en pedazos como en la guerra civil que se prolongó desde 1975 a 1990. 
                
LÍBANO, DE NUEVO ANTE SUS FANTASMAS
                
De entonces acá, el Líbano ha tratado de encontrar una nueva acomodación sin variar demasiado las reglas del reparto del poder entre sunníes, chiíes, cristianos maronitas, drusos y otras comunidades menores. No han faltado los sobresaltos, como el asesinato del primer ministro sunní Rafiq Hariri hace doce años. El crimen se lo atribuyó a Siria, aunque el régimen nunca lo admitió.
                
Como su padre, Saad Hariri se propuso mantener un cierto equilibrio entre sunníes, chiíes y cristianos, al frente de un gobierno de concentración en el que participan agentes tan aparentemente opuestos como el general cristiano Michel Aoun o Hezbollah, la entidad político-militar más poderosa de Oriente Medio, elemento fundamental de la salvación del clan Assad en su lucha contra el tenebrismo sunni y las deslavazadas milicias prooccidentales.
                
Ese equilibrio inestable pero útil se hizo añicos hace unos días cuando Hariri viajó a Riad y apareció en una televisión saudí para anunciar su dimisión, pretextando presiones de los iraníes. Un corolario de opereta que completaba la purga simultánea en el Reino wahabí. La comparecencia de Hariri fue tan chapucera que tuvo el efecto contrario al esperado. El líder de Hezbollah se mostró amable con el primer ministro, le rogó que volviera al Líbano y siguiera al frente del gobierno, apuntando que todo se había tratado de una maniobra intimidatoria de sus patrones saudíes (5). En efecto, los negocios particulares de Hariri tienen una dependencia de los intereses saudíes, tan marcada o más que la que pesa sobre el país en su conjunto. Arabia tiene la capacidad de estrangular a modo la economía libanesa, como señala con precisión la investigadora local Hanin Ghaddar (6).
                
Todo este juego podría detenerse, o al menos atenuarse. Lo ha intentado, con más voluntad que éxito el presidente Macron, tan hiperactivo como sediento de protagonismo interno y externo. Si Estados Unidos embridara al ambicioso Príncipe, se contendría el problema. Pero lo que ocurre es todo lo contrario. Con la irresponsabilidad que lo caracteriza, Trump trata de arruinar el acuerdo nuclear con Irán al tiempo que otorga carta blanca a MBS para hacer lo que le plazca (7). Con gran satisfacción de ciertos sectores israelíes, que consideran irremediable la confrontación con los ayatollahs y, en particular, una nueva guerra contra Hezbollah, sin duda bajo el recuerdo ominoso de la derrota con que se saldó la primera. La conformación de una alianza Estados Unidos-Arabia Saudí-Israel parece en marcha (8).
                
Obama ya cometió el grave de no detener la guerra en Yemen, una carnicería pavorosa que se pretende presentar como resultado de otra conspiración shíi inspirada por Teherán (9). El drama pasa vergonzosamente desapercibido en la mayoría de los medios occidentales, en parte por la fatiga de un conflicto que nadie parece interesado en concluir. Si se abre en Líbano un nuevo frente de esta pugna entre las dos grandes potencias regionales, estaríamos ante un riesgo de guerra mayor que dejaría pequeñas a todas los vividas en las últimas décadas.


NOTAS

(1) “The Remaking of the Saudi State”. NATHAM BROWN. CARNEGIE INSTITUTE, 9 de noviembre; “The Saudi crown prince just made a very risky power play. DAVID IGNATIUS. THE WASHINGTON POST, 6 de noviembre.

(2) “Meet the next generation of the Saudi rulers”. SIMON HENDERSON. FOREIGN POLICY, 10 de noviembre.

(3) “A Purgue in Riyadh. What Mohammed Bin Salman’s Crackdown means for Saudi Arabia and the Middle East”. TOBY MATHIESSEN. FOREIGN AFFAIRS, 8 de noviembre; “What Saudi Arabia’s purgues means for the Middle East”. MARC LYNCH. CARNEGIE INSTITUTE, 6 de noviembre; “Crown Prince’s power grab poses new regional risks”. FREDERIC WEHREY. CARNEGIE INSTITUTION, 8 de noviembre.

(4) “Hariri’s resignation and wy the Middle East in on the edge”. HADY AMR.BROOKING INSTITUTION, 7 de noviembre.

(5) “Hezbollah Urges ‘Patience and Calm’ amid Lebanon’s political crisis”. ANNE BARNARD. THE NEW YORK TIMES, 5 de noviembre.

(6) “Saudi Arabia’s War on Lebanon. HAINI GHADDAR. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 13 de noviembre.

(7) “Donald Trump has unleashed the Saudi Arabia that We always wanted -and feared. DAVID AARON MILLER & RICHARD SOKOLSKY. FOREIGN POLICY, 10 de noviembre.

(8) “La dangereuse alliance entre les Etats-Unis, Israël et l’Arabie Saoudite. CRISTOPHE AYAD. LE MONDE, 9 de noviembre.


(9) “Yemeni children starve as ais is held at border”. THE GUARDIAN, 12 de noviembre.

OTROS TERRORES VENDRÁN

 8 de noviembre de 2017
                
La liquidación de la quimera fanática de un pseudo Estado islamista absoluto se ha consumado según el libreto más o menos previsto: sangre, destrucción, sufrimiento de la población civil, resentimiento e incertidumbre sobre el porvenir. El fin del Daesh no augura un periodo de estabilidad y reposo. Al contrario: conviene prepararse para nuevas guerras, para otros terrores. Éstas son las razones que aconsejan una actitud de prevención:
                
1) El Daesh ha perdido su territorio (en realidad, más del 80% conquistado de forma fulminante, pero aún controla más espacio que cuando comenzó a operar en 2006), y millares de sus efectivos, pero cuenta con un ejército de reserva imposible de cuantificar porque se encuentra en continuo desarrollo. No estamos hablando de una fuerza combatiente surgida de levas medievales o encuadramientos propios de un estado moderno, sino de una concepción milenarista en la que cada hombre es un soldado en potencia que no lucha en un frente establecido sino allá donde alcanza su mirada (1).
                
2) Por mucho que la institucionalización de la insurgencia islamista radical, codificada en la formulación del Califato, pareciera la culminación de un movimiento de masas creciente, la fundación de un Estado teocrático no dejó de ser nunca un espejismo en el desierto febril de Oriente Medio. El siempre lúcido profesor de Harvard Stephen Walt sostiene que el Daesh creó un genuino “Estado revolucionario”, pero admite que pudo imponer su ley debido al “vacío de poder creado por la invasión norteamericana de Irak y el subsiguiente levantamiento en Siria” (2). Nadie con un mínimo rigor intelectual sostuvo nunca que el Califato iba a ser una realidad estatal duradera. Ni siquiera sus propios creadores lo creyeron, seguramente.
                
3) El auténtico desafío de ese estado islámico fantasma fue siempre, y seguirá siendo, con toda probabilidad, su capacidad para inspirar el ánimo de combate de millones de fieles frustrados por una vida de privaciones, falta de oportunidades, corrupción sistemática en las élites dirigentes de sus países, represión, autoritarismo, hipocresía religiosa y servil docilidad hacia los intereses de las grandes potencias extranjeras. Esas lacras no desaparecen con la liquidación del Califato o la derrota militar del Daesh.
                
4) La coalición que ha hecho posible la reconquista del territorio acaparado por ese Estado islámico se disolverá en cuanto alcance sus objetivos declarados. Ya está ocurriendo. En Irak y en Siria. Robert Malley, uno de los principales asesores de Obama en el diseño de la ofensiva contra el ISIS y hoy vicepresidente de International Crisis Group anuncia “la guerra después de la guerra”, basándose precisamente en esta realidad. Para la mayoría de los aliados o colaboradores de Estados Unidos, sostiene, “la guerra contra el Estado Islámico no ha sido nunca su principal preocupación” (3). El conflicto que viven como esencial es el que anida en lo más profundo de sus sociedades.
                
5) Sólo hace falta hacer un rápido repaso mental para detectar un panorama de segura inestabilidad: los kurdos perseguirán con más empeño su sueño estatal, los turcos y los otros tres estados con minorías kurdas se dedicarán con fruición a impedirlo; las facciones sirias tendrán que resolver la guerra que libraron antes de que el ISIS se aprovechara de la debilidad de unos y otros para ocupar parte del país; saudíes e iraníes se sienten indefectiblemente destinados a resolver a su favor una confrontación regional inesquivable; los iraquíes tendrán que afrontar una nueva espiral de sectarismo; y otros estados sunníes, como el egipcio, el qatarí, el jordano o los emiratos tendrán motivos, reales o pretextados para continuar el combate contra sus franquicias extremistas locales. Esta miríada de conflictos, regionales y locales, sectarios o étnicos, abonarán el caldo de cultivo para la reproducción de futuras recreaciones terroristas. O, mejor dicho, para la persistencia de una manifestación no admitida del terror entre otras institucionalizadas, amparadas y promovidas por estados legales pero dudosamente legítimos.
                
5) Incluso si la derrota militar y la pérdida de efectivos obliga al Daesh a un repliegue temporal, otros analistas temen que de su debilidad se aproveche el movimiento que lo antecedió en el imaginario de los musulmanes radicalizados. El resurgimiento de Al Qaeda ha sido evocado por algunos expertos como un potencial riesgo no deseado de la victoria contra el ISIS. Como recuerda uno de los principales especialistas occidentales en el integrismo islamista, el investigador de la Brooking Institución Daniel Byman, “Al Qaeda siempre ha denunciado que el Estado Islámico declaró prematuramente el Califato” (4), y ese error ha resultado perjudicial para la causa islamista. Los herederos de Bin Laden tratarán de convencer a los seguidores del Daesh de la conveniencia de regresar a la casa madre, de agruparse todos bajo el liderazgo del “fundador”, del líder más visionario del Islam contemporáneo.
                
6) Otra opción compatible con la anterior es la enésima transformación de la causa islamista en una organización que no sea formalmente ni el Daesh ni Al Qaeda, o bien una fusión de la dos, sin vencedores ni vencidos, esa reconciliación mística que forma parte del imaginario musulmán desde la muerte del Profeta, superadora de todas las divisiones y herejías. De forma tan acabada no parece posible, desde luego. Pero bastará la habilidad propagandista demostrada por el Daesh y la reserva teórica de los binladistas para construir una nueva utopía de la guerra santa que anime la sed de desquite.
                
7) El regreso de los yihadistas occidentales combatientes en los frentes iraquíes o sirios a sus países de origen fue evocado hace unos meses como otro factor de riesgo de nuevas amenazas terroristas. La prolongación de la guerra exterior abierta en una suerte de guerra interior larvada y silenciosa daría nuevo vigor al concepto de “lobos solitarios”, de veteranos alimentados por el resentimiento de la derrota y la sed de venganza. Sin embargo, una acreditada conocedora de este universo, Vera Mironova, acaba de concluir un estudio (5) en el que se pone de manifiesto que muchos de estos veteranos lo que quieren, en gran parte, es olvidarse del Daesh, o bien porque se han dado cuenta de su error, o porque se han sentido estafados. Los que conservan intactas sus creencias y lealtades al Califato sin tierra están teniendo muchas dificultades en superar el filtro turco u otras paradas intermedias. Pero basta con que unos pocos centenares completen su regreso para esperar desagradables noticias.  
                
8) Es un riesgo exagerado, tal vez, pero no desdeñable. Que la mayoría de estos combatientes estén identificados por los servicios de seguridad occidentales, no quiere decir que sean completamente controlables, como lamentablemente se ha podido comprobar. Resulta imposible impedir la acción de un individuo que decide convertirse en soldado de Dios, secuestra un coche o una camioneta y atropella a unos ciudadanos, sin importarle lo que pueda pasarle a continuación.   
                
En resumen, se cierra un ciclo del extremismo islámico, pero se abren demasiadas incógnitas como para concluir que se ha resuelto un problema. No es la amenaza fantasma de un Califato ilusorio lo que desestabiliza Oriente Medio y provoca sobresaltos terroristas en las calles europeas o norteamericanas, sino un sistema de poder ineficaz, injusto y protegido por Occidente.


NOTAS

(1) “With the loss of Its Caliphate, ISIS May Return to Guerrilla Roots”. RUKMINI CALLIMACHI et als. THE NEW YORK TIMES, 18 de octubre.

(2) “What the End Means”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 23 de octubre.

(3) “What comes After ISIS”. ROBERT MALLEY. FOREIGN POLICY, 10 de julio.

(4) “How the Islamic State will grapple with defeat in Raqqa”. DANIEL L. BYMAN. BROOKINGS INSTITUTION, 19 de octubre.

 (5) “The Lives of Foreign Fighters Who Left the ISIS”. VERA MIRONOVA et alas. FOREIGN AFFAIRS, 27 de octubre.


CHINA: LA AMBICIÓN PARADÓJICA DEL TIMONEL DEL SIGLO XXI

2 de noviembre de 2017
                
Xi Jingpin es el hombre más poderoso del planeta. No lidera el país más rico ni el más fuerte. Pero sí el más poblado. Y, por encima de todo, el que dispone de la clase dirigente más compacta. China camina con paso firme hacia el liderazgo mundial con el horizonte de mitad del siglo. Es muy probable que ese sueño, ya explícito, se consume. Pero nadie, ni siquiera sus principales actores pueden anticipar la solidez de esa hegemonía. Inevitable, tal vez, pero quizás resulte más efímera que las contempladas por el mundo hasta la fecha.
                
HACIA EL SIGLO CHINO
                
El decimonoveno congreso del Partido Comunista chino se ha cerrado sin grandes sorpresas. Dos grandes designios con sus fechas límite: el primero, superar los desequilibrios sociales mediante la reducción de la pobreza y la orientación del crecimiento económico al servicio de la prosperidad general (2035); el segundo, la confirmación del país como gran potencial global, con ambiciones nacionales, pero también con responsabilidades para el conjunto de la humanidad, como la preservación del planeta (2050).
                
Esta dupla de dimensiones descomunales, envueltas en la retórica tradicional china, puede resultar pretenciosa o una cuidada elaboración propagandística. Pero no está privada de fundamento. A pesar de sus desequilibrios persistentes, el crecimiento económico, aunque desigual, es sólido. El potencial militar aumenta lenta, pero inexorablemente. En el lenguaje oficial, se trataría de hacer posible el “sueño chino del rejuvenecimiento nacional”
                
El Congreso, por tanto, no ha hecho más que codificar doctrinalmente una ambición que alimenta cada día el empeño de la dirección y el ánimo de la gran mayoría de la población.
               
  LA ELEVACIÓN SUPREMA DE XI
                
Tal vez por eso, no ha sido el diseño o el anticipo del futuro lo que ha atraído el interés de los observadores por el desarrollo y el resultado del Congreso. Como casi siempre ocurre, el foco se ha puesto en las dinámicas de poder. China no es una democracia. Pero tampoco, hasta ahora, una dictadura unipersonal. Hay pocas potencias en la historia en las que el juego de poder se practique de forma tan sutil, tan codificada.
                
Desde la muerte de Mao, hace cuarenta años, el equilibrio del poder entre las élites del sistema político ha respondido a reglas pactadas, respetadas y, por lo general, cumplidas. Un propósito rector ha inspirado los mecanismos del poder político: el equilibrio. Plasmado o expresado en un liderazgo colegiado, sin menospreciar el valor ceremonial del primus inter pares. El partido nunca ha renunciado al acuerdo entre facciones, para evitar experiencias traumáticas como la Revolución Cultural. Fue Deng, victima señalada de esta gran purga a muerte, quién estableció el consenso como método para resolver las luchas de poder.
                
La novedad del este 19º Congreso es que, de manera lenta, cautelosa y pactada entre los herederos de quienes hasta ahora habían venido actuando de otra manera, esas reglas han sido revisadas. La cita quinquenal del PCCH ha podido consagrar, sin proclamarlo, una apuesta por un liderazgo más personal. No a favor de una ambición particular, sino como instrumento más eficaz de un proyecto compartido. Mao está de vuelta. No sus principios o ideas, sus ensoñaciones o la idealización de su memoria. Es la recreación de su poder máximo lo que emerge. No como fin en sí mismo. Más bien como modelo o herramienta de los designios de una sociedad más fuerte, dentro y fuera. Más rica, más próspera, más fuerte.
                
Discrepancias menores aparte, casi todos los sinólogos, ya sean occidentales o chinos, coinciden en resaltar la consagración de Xi Jinping como el dirigente más poderoso del país desde la muerte del fundador de la China moderna. El actual líder ha logrado lo que nunca otro había conseguido: que sus orientaciones, proyectos o visiones sean reconocidos como “pensamiento”, es decir, como doctrina en una próxima reforma de la Constitución. Ni siquiera el pequeño gran Deng Xiaoping, el ave fénix que resurgió de las cenizas y modificó el rumbo del país tras la muerte del fundador, pudo aspirar a tanto.
                
El último gobernador de Hong-Kong, Chris Patten, ha visto en el triunfo de Xi la coronación de un “nuevo emperador” (1). Más en línea con el lenguaje simbólico chino, la analista Rebecca Liao lo ha definido como el “nuevo Gran Timonel”, honor con que se coronó a Mao hace más de medio siglo (2). Minxin Pei, uno de los principales politólogos chinos, natural de Shanghai, también ve en lo ocurrido una vuelta al “gobierno del hombre fuerte” (3). Un analista de riesgo que elabora informes para gobiernos y empresas, como Andrew Gilholm, ha acuñado el término de “Xitocracia” para definir la nueva realidad del poder en Pekín (4).
                
Estas fórmulas semánticas resumen análisis bastante coincidentes sobre el estilo y la metodología del nuevo y parece que indiscutible líder chino. A saber: 1) suprema maestría en la eliminación no sólo de los potenciales rivales actuales, sino de los presentidos como futuros; 2) lucha contra la corrupción como herramienta ambivalente de limpieza y purga; 3) manipulación de las reglas de sucesión pactadas desde hace cuatro décadas para legitimar su más que probable continuidad en el poder más allá de los dos mandatos hasta ahora respetados; y 4) paciente conformación de una alianza con los cabecillas locales para hacer efectiva la aplicación de las políticas decididas en la cúspide.
                
CONTRADICCIONES Y PARADOJAS
                
Pero los mismos analistas contrapesan los atributos exitosos del reforzado líder con la persistencia de problemas estructurales que parecen escapar a su control. Lo que Roach recuerda como la “contradicción principal” en el análisis marxista aplicado a China: “la tensión entre un desequilibrado e inadecuado crecimiento y la creciente necesidad de una vida mejor para el pueblo” (5). Asumida esta “contradicción”, el resto parece preocupar menos. Xi y sus aliados del Comité Permanente (7 miembros) y del Politburó (25) no parecen tan interesados  en el fortalecimiento del sector privado o en el saneamiento de las empresas públicas. Hay confianza plena en el sistema, avalada por los indicadores económicos oficiales.
                
Por supuesto, hay que olvidarse de nociones ajenas a la cultura política china como la democratización o la promoción de la sociedad civil. La proclama del gobierno mediante las leyes y no tanto del gobierno de la ley anuncia un control más estricto de la Asamblea Popular. La mano derecha de Xi en la dirección se ocupará de asegurar una subordinación plena de este órgano legislativo del sistema de poder chino.        
                
Otra incógnita es el comportamiento de la burocracia que Minxin Pei considera como la única resistencia real al poder pleno de Xin. Sus métodos serán, asegura este analista, los mismos que han practicado los oficiales mandarines durante siglos: una pasiva obstaculización de las órdenes supremas.     
               
En definitiva, un gran país, un proyecto ambicioso y sin complejos, un líder supremo y un poder sin fisuras, ante la paradójica persistencia de unas debilidades, contradicciones o paradojas sin resolver.

NOTAS

(1) “China’s New Emperor”. CHRIS PATTEN. SYNDICATE PROYECT, 25 de octubre.

(2) “China’s New Helmsman. Where Xi Jinping Will Take the Middle Kingdom Next”. REBECCA LIAO. FOREIGN AFFAIRS, 30 de octubre.

(3) “China’s Return to Strongman Rule. The Meaning of Xi Jinping’s Power Grab”. MINXIN PEI. FOREIGN AFFAIRS, 1 de noviembre.

(4) “China’s Xitocracy. Hoe It’s Undermining the Deng Consensus in Beijing”. ANDREW GILHOLM. FOREIGN AFFAIRS, 11 de agosto.

(5) “China’s Contradictions”. STEPHEN S. ROACH. SYNDICATE PROYECT, 23 de octubre.

(6) “The Paradox of Xi’s Power”. MINXIN PEI. SYNDICATE PROYECT, 27 de octubre.



EL NACIONALISMO PLURIFACÉTICO, AGITADOR DEL MALESTAR EUROPEO

25 de octubre de 2017

EL NACIONALISMO PLURIFACÉTICO, AGITADOR DEL MALESTAR EUROPEO
               
                
Las recientes elecciones austríacas han confirmado el auge de la ultraderecha nacionalista. El Partido de la Libertad (engañoso nombre, como ocurre en tantos otros casos análogos) ha desplazado a la socialdemocracia y se ha convertido en la segunda fuerza política del país. Su entrada en el próximo gobierno se da casi por segura, de la mano del nuevo líder conservador, Sebastian Kurz, muy moderno en su estilo y maneras, pero cómodamente cercano a los postulados ultranacionalistas. De hecho, estos le reprochan, no sin razón, que les haya robado el programa.
                
En la vecina República Checa, otro magnate mediático, Andrej Babis, combinación local de la fórmula Berlusconi-Trump, ha ganado las elecciones legislativas, consolidando el ascenso iniciado en 2013, que le permitió participar en un gobierno de coalición. Los socialdemócratas, socios malaventurados de aquella extraña alianza, han caído al quinto puesto y se han convertido en irrelevantes, como en la mayoría del antiguo bloque comunista, o en otros países de la Europa occidental. La formación de Babis se llama ANO, nombre que suena sarcástico en castellano, pero que en la lengua local significa “SI” y responde al acrónimo de Acción de Ciudadano insatisfechos. Y ése es su leit-motiv: la supuesta expresión/manipulación del malestar de un sector de la población, por los efectos de la crisis y el impacto de la inmigración. Igual que en Austria, por cierto.
                
Estas dos nuevas manifestaciones triunfantes del nacionalismo populista y turbador se suman a otros casos más consolidados y amenazantes, en Polonia, Hungría y Eslovaquia, para componer un panorama inquietante en eso que un día se conoció como la Mittleuropa.
                
INFARTOS EN EL CORAZÓN DE EUROPA
                
La Mittleuropa es un concepto con resonancias geoestratégicas, políticas y culturales que surgió en el periodo de entreguerras, aunque estuviera arraigado en ideas y realidades ya un siglo antes. Reapareció luego, con formulaciones adaptadas al momento, en la fase terminal de la Unión Soviética, cuando se deshizo el bloque que se apretaba bajo el paraguas político-militar del Pacto de Varsovia. Desde entonces acá, ese espacio difuso que se extiende desde el Báltico al Mar Negro, con su centro de gravedad en el núcleo del extinto Imperio austrohúngaro, se ha visto sacudido por una transición que no termina de cuajar en una realidad sociopolítica estable y satisfactoria.
                
A día de hoy, la práctica totalidad de los estados que podían reunirse bajo ese concepto de la Mittleuropa presentan las realidades políticas y axiológicas más inquietantes del vasto espacio europeo. Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría constituyeron el llamado Grupo de Visegrado para defender sus intereses en la Europa ampliada a la que se incorporaron durante los noventa. Posteriormente, ese mecanismo ha servido para componer un frente nacionalista duro e intransigente frente al europeísmo abierto y liberal.
                
Esos países centroeuropeos presentan peculiaridades distintivas, pero no resulta forzado detectar un patrón común: el rechazo visceral de la inmigración, la recuperación retórica de la identidad nacional amenazada, la demonización de cualquier crítica procedente del exterior, la asimilación de la disidencia interior con la traición y la conspiración extranjera, el debilitamiento de los mecanismos de control democrático o la paulatina desaparición de la división de poderes.
                
Durante los últimos años, el liderazgo europeo, ejercido por el eje franco-alemán con el apoyo institucional de Bruselas y Estrasburgo, ha tratado de embridar las acometidas más inaceptables de este desafío autoritario. Se han empleado los mecanismos institucionales y las más informales presiones políticas y diplomáticas, pero con escaso éxito. Las agendas xenófobas y populistas han seguido avanzando. Peor aún: han logrado contaminar el discurso europeo global hasta sintonizarlo con el ruido demagógico triunfante en Estados Unidos.
                
LA FRAGILIDAD DEL EJE FRANCO-ALEMÁN
                
Ese frío inclemente que llega desde la Mittleuropa se torna gélido con la aportación de los vientos que soplan en el gigante alemán. La fuerza tantos años residual del nacionalismo irredento germánico acaba de encontrar desahogado acomodo en el establishment político, al conseguir casi un centenar de asientos en el Parlamento federal y consagrarse como la tercera fuerza política.
                
La supuesta fortaleza alemana como bastión y muro de contención de estos brotes nacionalistas perturbadores ha quedado en entredicho después de las elecciones de septiembre. La autoridad moral de Angela Merkel, fruto tanto de méritos propios como de una excesiva e interesada adulación mediática, se encuentra más cuestionada que nunca. Se le puede reconocer a la canciller un esfuerzo inicial para combatir el auge antiliberal en sus fronteras, pero su tradicional estilo sobrecalculador ha terminado por traicionarla. Bastante tendrá, en el ocaso de su carrera, con limitar daños en casa como para liderar un movimiento de regeneración paneuropeo.
                
El alivio con que se acogió el frenazo del Frente Nacional en Francia puede resultar prematuro. El sistema electoral galo camufló el peligro y anestesió el malestar que sigue subyaciendo en el país. El inicio de la era Macron ha puesto al descubierto la fragilidad de su programa. La ambigüedad resultó muy rentable para ganar unas elecciones que se plantearon como una lucha existencial contra la deriva xenófoba. Pero cada día que pasa se le hace más difícil al presidente aglutinar una mayoría social que avale las acciones de un gobierno difuso y demasiado ocupado en presentar sus políticas como algo distinto de lo que son.
                
Consciente de estas contradicciones, Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, parece dispuesta a efectuar una nueva mutación, limar sus propuestas más chirriantes y avanzar en su propósito de convertirse por fin en opción de gobierno, seguramente convergiendo con una derecha republicana, siempre tentada por el nacionalismo rampante.
                
EL APLACAMIENTO DE LAS FUERZAS CENTRÍFUGAS ITALIANAS
                
Este panorama se completa con las recurrentes manifestaciones de inestabilidad italiana, aunque últimamente parecen más apagadas. El abrumador efecto corrosivo de la crisis catalana ha opacado los referéndums autonomistas en las regionales italianas de la Lombardía y el Véneto. Otrora defensora de proyectos confusa pero insidiosamente independentistas, la Liga Norte y sus asociados septentrionales han ido suavizando sus posiciones hasta hacerlas más tragables a una población que lleva mucho tiempo escuchando una música a la que no termina de ponerse una letra convincente. Recuérdese el fallido proyecto de la Padania.
                
El resultado de la consulta del pasado fin de semana parece arrojar un respaldo sólido a un nuevo equilibrio territorial. Pero no da la impresión de que vayamos a vivir allí lo que está ocurriendo de este lado de los Pirineos. En Italia, el indigesto plato de la independencia, nunca seriamente cocinado, ha sido introducido en el congelador. Como maestros consumados del drama y de la farsa políticas, los italianos se han tomado este último gambito nacionalista con el escepticismo que les caracteriza. Acostumbrados a ir muchas veces a la contra, o a la suya, los distintos partidos políticos italianos parecen convencidos de poder encontrar la fórmula para encajar la última manifestación de la indignación septentrional. Curiosa inversión de talantes entre la pasión italiana y el seny catalán.
               
               
                                              
               

               
               

                

KURDISTÁN: LA INDEPENDENCIA COMO SIMULACRO

18 de octubre de 2017
                
Kurdistán es uno de esos territorios en los que una buena parte de su población desea convertirse en Estado independiente. Se trata, como suele ocurrir con estos casos, de una aspiración muy controvertida, que genera una fuerte oposición y serias amenazas de conflicto y desestabilización. Pero lo que en Europa o en otras partes del planeta (Canadá, por ejemplo), el pulso entre los Estados y los secesionistas se desarrolla básicamente en el terreno político, la región en la que se plantea el desafío kurdo es un polvorín permanente.
                
El pasado 25 de septiembre, el gobierno autónomo del Kurdistán iraquí consiguió celebrar un referéndum de independencia, apoyado por el Parlamento regional y por la mayoría de las fuerzas políticas locales, no sin superar previamente divisiones históricas y recientes desavenencias internas. El resultado fue el previsto: apoyo masivo a la independencia.
                
UNA NACIÓN, CUATRO ESTADOS
                
No resulta sencillo contar en espacio reducido de este comentario el designio independentista del Kurdistán. Lo que se puede entender como nación kurda se extiende por cuatro países del Medio Oriente que mantienen entre sí relaciones volátiles y conflictivas: Irak, Irán, Turquía y Siria. Cada uno de estos países combaten con más o menos dureza a sus minorías kurdas, pero respaldan económica, funcional y/o militarmente a las organizaciones separatistas de los estados rivales.  Esta trama de apoyos cruzados y contradictorios ha hecho imposible la unidad de un movimiento kurdo pan-estatal.
                
La división kurda no se limita a las diferentes realidades estatales. En el interior de cada una de ellas, los combatientes kurdos, con distintos niveles de desarrollo, organización, institucionalización y potencia militar, también se presentan muy fragmentados. La entidad kurda de Irak es la más fuerte y autónoma, pero  (o precisamente por ello) constituye el caso más claro de este faccionalismo endémico, que en ocasiones ha dado lugar a enfrentamientos militares. El Partido Democrático y la Unión Popular del Kurdistán tienen sus propias milicias (peshmergas), que se han convertido, con el tiempo en embrión de un ejército nacional.
                
El Kurdistán -iraquí, iraní, turco o sirio- nunca interesó demasiado a Occidente hasta la primera intervención militar contra el Iraq de Saddan Hussein, cuando los peshmergas se convirtieron en una fuerza decisiva en el combate contra un ejército baasista debilitado y desorganizado.  La protección aérea norteamericana favoreció la creación de un mini-Estado de facto que Saddam no tuvo más remedio que tolerar. En la segunda guerra contra Irak, en 2003, se consolidó y amplió este desanclaje del poder central de Bagdad. Pero ha sido el combate contra el Daesh desde 2014 lo que ha elevado el valor y la consideración de este mini-Estado kurdo-iraquí en despachos y estados mayores occidentales.
                
Sin el concurso militar kurdo no se habría producido la derrota de los yihadistas. En Irak, los actores decisivos fueron los peshmergas del PDK. En Siria, sus aliados kurdos del norte de (las milicias del YPG), recuperaron poco a poco el territorio conquistado inicialmente por los extremistas islámicos hasta expulsarlos por completo.
                
A medida que los kurdos se convertían en la fuerza más fiable para norteamericanos y occidentales, iba creciendo la inquietud de los estados de los que dependían, o de sus vecinos,, provocando tensiones cada vez más difíciles de gestionar para Estados Unidos.          En tiempos de Obama, se hizo un esfuerzo intenso y constante en equilibrar esas alianzas de estado a estado con el apoyo y el reconocimiento a los combatientes kurdos iraquíes y sirios. Ankara y Bagdad vivieron de forma distinta esta ambivalencia de Washington.
                
En el caso de Turquía, las milicias kurdas propias no han conseguido nunca atentar seriamente con el control estatal de parte alguna del territorio nacional. Pero las milicias kurdas de la vecina siria (YPG), apoyadas por los kurdo-turcos del PKK, estuvieron a punto, durante varios meses, de consolidar un corredor continuo en la frontera sirio-turca. Este éxito militar provocó la alarma del ejército y del gobierno turcos y obligó a Washington a trazar en el Éufrates una raya roja para detener los avances militares de sus protegidos kurdos. 
                
LA QUIEBRA DE LA CONTENCIÓN IRAQUÍ
                
El gobierno iraquí, más débil y en proceso de reconstrucción, se mostró más dócil, aunque siempre reticente. El Kurdistán iraquí aprovechó sus éxitos militares para reforzar y ampliar el ámbito territorial de su autogobierno local. El control de los pozos petrolíferos de la región y de algunas zonas anejas ha sido un factor clave en la confianza creciente de los dirigentes kurdo-iraquíes sobre la viabilidad de sus aspiraciones independentistas.
                
La influencia de Irán en el gobierno y en las fuerzas armadas y de seguridad iraquíes, a pesar de los esfuerzos norteamericanos, ha sido otro de los factores que han empujado al liderazgo kurdo a apostar fuertemente por la vía secesionista. El referéndum fue una iniciativa arriesgada. Estados Unidos trató de evitarlo y luego lo desautorizó. Los otros estados se opusieron plenamente, pero carecían de medios para impedir que se realizara.
                
Especialistas y conocedores acreditados de la realidad kurda (1) han venido advirtiendo en los últimos meses que el objetivo de la consulta nunca ha sido la independencia inmediata, sino el cambio en la dinámica regional, para favorecer la separación efectiva en unos diez años.
                
Las divisiones internas y los conflictos interpartidarios kurdo-iraquíes terminaron diluyéndose por el fuerte impulso de la propaganda secesionista y al final la independencia se convirtió en una causa unitaria. La administración Trump no parece haberse preocupado mucho de presionar a los kurdos. Esta actitud desganada de los norteamericanos, reflejo de las contradicciones y confusiones actuales en Washington, ha podido ser una de las razones de la respuesta militar de Bagdad. Convencidos los dirigentes iraquíes de que tendrían que resolver por sí solos el desafío kurdo, unidades del ejército han llevado a cabo una operación rápida y decisiva en la localidad de Kirkuk y se han apoderado de instalaciones petrolíferas y militares.
                
Irán, protector del gobierno iraquí, pero atento sobre todo a sus intereses propios, también ha terminado involucrándose en el conflicto. El jefe de las unidades paramilitares Al Qods, el célebre general Soleimani, ejerció la influencia iraní en la otra facción kurda-iraquí, el UPK, que ejerce el control de Kirkuk, para facilitar el control de la ciudad por Bagdad.

                
Después de esta exhibición contenida de fuerza, es de esperar que las partes se avengan a la negociación. Puede ayudar a la estabilidad regional la caída del feudo yihadista sirio de Rakka, confirmada estos días, pero la resolución del conflicto kurdo exige paciencia, voluntad y capacidad real de embridar los excesos de las partes, algo que sólo puede aportar Estados Unidos. Nunca ha estado menos garantizado que ahora. 


NOTA:

(1) El investigador militar MICHAEL KNIGHTS, colaborador del WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY ha venido publicando en los últimos meses varios análisis sobre la política norteamericana en el Kurdistán. En este mismo think-tank resultan de interés las observaciones de FARZIN NADIMI sobre el punto de vista de Irán. En FOREIGN AFFAIRS, es recomendable un completo análisis sobre las consecuencias del referéndum, por el periodista local GALIP DALAY, en la edición digital del pasado 2 de octubre.

OTOÑO DE INCERTIDUMBRE EN EUROPA

11 de octubre de 2017

            
Después de la derrota del nacional-populismo en Holanda y Francia y del frenazo a los sectores más intransigentes del Brexit en el Reino Unido, la pasada primavera, se anunciaba un verano de alivio y mejoría, con la vista puesta en la consolidación de Alemania como ancla fiable del proyecto europeo. No ha sido eso lo que ha ocurrido.

            
VOLANTAZO A LA DERECHA EN ALEMANIA

El retroceso llamativo de Merkel y el varapalo a los socialdemócratas ha colocado a Alemania en el mismo escenario de dudas e inestabilidad que acosa al resto de la UE. No es tanto el ascenso inquietante de los xenófobos y su entrada en el Bundestag con casi un centenar de diputados lo que más amenaza la estabilidad alemana. Los liberales, imprescindibles socios de gobierno, no comparten la visión que la canciller tenía del espacio abierto europeo y se alinean con el sector duro de su partido en materia fiscal.

Para resolver esta contrariedad, Merkel se ha avenido ya a aceptar un techo de acogida de 200.000 refugiados anuales, confirmando su rectificación preelectoral. Una concesión tanto al ala bávara de su partido como a los propios liberales, para favorecer la negociación. ¿Cómo lo recibirán los Verdes, el tercer socio de la combinación Jamaica?

¿PRESIDENTE SOUFFLÉ?

Aparte de la ducha alemana de agua fría con que se cerraba el verano, el otro supuesto polo de la dinamización europea, el macronismo francés, experimentaba de manera repentina un brusco descenso a tierra. No hizo falta esperar a que el otoño enfrentara al nuevo presidente francés con la prueba de la contestación social. A finales de verano, las encuestas indicaban una caída de su popularidad de 24 puntos, un récord de desencanto temprano. Incluso en estos tiempos tan volátiles en el estado de ánimo político de la ciudadanía en Europa, el desinflamiento del presidente francés resulta significativo. Pero quizás no debe sorprender tanto. ¿Acaso no sabíamos que el encanto de Macron era tan consistente como un soufflé?

¿MAY, COMO THATCHER?

Malas noticias, en todo caso, en el ánimo de quienes contaban con el renovado tándem franco-alemán para poner el proyecto europeo de nuevo sobre las vías de alta velocidad y, antes que eso, para afrontar con firmeza y unidad el desafío del divorcio británico. El correctivo electoral había obligado a Theresa May a hacer virtud de la necesidad y aceptar una negociación más constructiva. Pero, paradójicamente, la debilidad de la primera ministra no sólo ha fortalecido la posición de sus socios europeos. También ha alentado a los elementos más activos del Brexit duro. La enésima provocación del secretario del Foreign Office, Boris Johnson (la versión más aproximada de Trump en Gran Bretaña) y una serie de desgracias triviales pero inoportunas dibujan un escenario de tensión y lucha por el control de Downing Street. Cada día que pasa, el tiempo presente de Theresa May se parece más al ocaso de Margaret Thatcher: privada de confianza exterior y abandonada por los suyos.

EL EFECTO DEL PROCÉS

El otro acontecimiento que ha terminado por ensombrecer el panorama político y arruinar las esperanzas de un periodo más tranquilo en la política europea ha sido el proceso independentista en Cataluña. La pasividad del gobierno central y su encastillamiento en la posición legalista, sin atender las implicaciones políticas, sociales y emocionales de la presión nacionalista, generó una actitud de espera en Europa.

Pero la jornada del 1 de octubre, condicionada por el efecto de la actuación policial (torpe o provocadora: el tiempo lo dirá), cambió el relato de la situación. Los gobiernos y partidos centristas europeos se mantuvieron en su discurso del “asunto interno” y descartaron las llamadas de mediación, entre otras cosas porque no existe base jurídica para ello. Pero las escenas de violencia policial activaron todos los clichés existentes y no pocos medios y analistas exteriores dejaron sentir una incomodidad creciente por la manera en la que se había gestionado la crisis, sin posicionarse con claridad en bando alguno.

En los últimos diez días, la derrota del gobierno español en la tribuna mediática internacional se ha visto compensada con cuatro grandes movimientos: la respuesta de quienes no desean separarse de España, las fracturas en el interior del bloque independentista, el intento de los conciliadores por hacer escuchar sus mensajes de diálogo y, sobre todo, la decisiva actuación de algunas grandes empresas de trasladar, al menos de momento, sus sedes sociales fuera de Cataluña. Todo ello ha devenido en la monumental ceremonia de la confusión de la jornada del 10 de octubre, que prolonga y ahonda la incertidumbre y la preocupación también en Europa.El procés se agrega a otros fenómenos secesionistas europeos, con recorrido propio, naturalmente, pero con el aliento adicional que proporciona a cualquier episodio nacionalista la emotividad de las escenas catalanas. Las consultas en el norte de Italia, en apenas unos días, podrán reactivar la siempre latente crisis política en el país transalpino y abrir un nuevo foco de estabilidad. Y qué decir en Gran Bretaña, donde las zozobras del Brexit pueden dar nuevos bríos a los nacionalistas escoceses, quienes, después del retroceso electoral de junio, se habían decidido por aplazar durante unos años su aspiración de celebrar una nueva consulta de independencia.


            
En definitiva, que la cadena de elecciones de este año, aparentemente saldada con tranquilidad para el abanico centrista europeo, va camino de resolverse en un periodo adicional de inestabilidad, desafíos nacionalistas, debilidad de los líderes a priori más sólidos e incertidumbre política. A punto de completarse la década más negativa del proyecto europeo desde su fundación, las perspectivas no parecen demasiado halagüeñas.