IRÁN: CUATRO DÉCADAS DE UNA REVOLUCIÓN MALOGRADA

13 de febrero de 2019

                
La teocracia iraní ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la Revolución Islámica con el mismo enfoque y tono monocorde que imprime a su discurso público desde los tiempos fundacionales. Sin apenas sombra de autocrítica, refugiándose en el enemigo exterior como causa casi única de los males de la República (la disidencia interior es presentada como subsidiaria del todopoderoso foráneo), agarrada a los eslóganes, ajena a la realidad (1).
               
UN ENTORNO DISTINTO PERO NO DEMASIADO
                
Hoy el mundo es algo distinto de aquellos finales de la década de los setenta (pero no tanto como algunos analistas proclaman). Formalmente, concluyó la polarización Este-Oeste, aunque se ha recreado con otros supuestos ideológicos pero similares tensiones estratégicas. En el plano regional, la Revolución Islámica pretendió abrirse paso al margen de aquella rivalidad sistémica, generar su propio camino. Recuérdese que Jomeini denominaba Gran Satán a Estados Unidos, pero a la Unión Soviética le reservaba el apelativo de Pequeño Satán. Para una república esencialmente religiosa, el ateísmo comunista era completamente inaceptable. Pero el demonio norteamericano era el que había alentado, armado y protegido al tirano impío interior, era la amenaza más próxima, más peligrosa, el enemigo principal.
                
Esa lógica perdura hoy, que la URSS ha desaparecido y Estados Unidos impera como la única superpotencia. Irán se encuentra más a gusto con el autoritarismo neonacionalista en Moscú, llega a algunos acuerdos pragmáticos con el Kremlin, no exentos de desconfianza y prevención, pero aprovecha la utilidad de esa relación interesada para defenderse de la sempiterna amenaza. Los actores regionales también han experimentado cambios, por supuesto, pero  tampoco demasiado. Ese mundo árabe que se extiende al oeste es mayoritariamente sunní, la corriente islámica opuesta, irreconciliable.
                
Para la revolución resulto existencial la terrible guerra que, meses después de su triunfo, tuvo que librar con el vecino Irak. La suerte de la República Islámica se libró en las marismas del estuario de Shatt-el-Arab y zonas colindantes. Irán se desangró, ante la mirada complaciente de Estados Unidos y de otras potencias occidentales.
                
Es cierto que aquel ha desaparecido aquel Irak gobernado con mano de hierro por una minoría militar sunní, pese a que la mayoría de la población fue siempre fielmente chií. La aniquilación del régimen baasista en Bagdad y la consolidación de un nuevo poder afín confesionalmente debía ser un motivo de alivio en Teherán. Irónicamente, el nuevo sistema de poder central en Irak fue propulsado por Washington. Pero, ciertamente, los actuales dirigentes iraquíes en absoluto obedecen el dictado norteamericano. Se mueven entre la afinidad religiosa con Irán y la dependencia norteamericana, en una tensión contradictoria lejos de pronta resolución.
                
Un poco más lejos, otra potencia regional ha tomado el relevo de la hostilidad sunní. Es el reino de la Casa Saud, menos vocinglero o atrevido que el arrogante Saddam, pero mucho más peligroso porque atesora una alianza estratégica con el Gran Satán, ahora más sólida que nunca, pese al destrozo ocasionado por el caso Khassoghi. Irán y Arabia Saudí lideran una renacida dinámica de bloques irreconciliables en Oriente Medio, con guerra interpuestas, áreas de influencia, regímenes dependientes o directamente vasallos. Esta rivalidad está lastrando sus economías, pero la iraní es la más perjudicada por el acoso norteamericano, debido, aunque sólo en parte, al explosivo asunto nuclear.
                
EL ACUERDO NUCLEAR, CLAVE DEL FUTURO
                
El futuro en Irán pivota sobre la resolución de este dossier. El acuerdo que regía el desarrollo nuclear del país abrió grandes expectativas al régimen. Se esperaba con avidez el fin efectivo de las sanciones y los dividendos subsiguientes Trump ha hecho añicos el pacto pergeñado por Obama y Kerry.
               
Algunos analistas sostienen que los duros del régimen nunca quisieron ese acuerdo, porque estaban atrincherados en su discurso confrontacional y consideraban preferible la vía norcoreana, es decir, acceder al arma atómica como suprema garantía de supervivencia.  Pese a las reticencias del sucesor de Jomeini en la suprema magistratura, se firmó el acuerdo y, lo que es más importante, se ha mantenido pese a la ruptura de Trump. Irán esta respetando las provisiones del pacto, según todas las fuentes, incluyendo la inteligencia norteamericana, en abierta disputa con la propia Casa Blanca.
                
El resto de signatarios se atienen a ese compromiso y no han seguido el diktat de Trump. Europa ha desafiado a su gran aliado al crear un mecanismo de cambio que elude la red sancionadora de Washington (2). Pero es indudable que la economía iraní se ha resentido. La recuperación está congelada. Las promesas de los aperturistas sobre la bondad del acuerdo se han visto defraudadas. El Gran Satán resulta más amenazador que nunca, e incluso los moderados afilan su lenguaje, comprensiblemente. La Revolución encara una nueva década bajo el signo de la incertidumbre.
                
El aldabonazo de las protestas de finales de 2017 en el interior del país (menos sonoras en Teherán) constituyó un fuerte aviso de un innegable malestar social. Cuando una revolución fía su supervivencia a la represión del descontento es que ha fracasado. Algunos analistas consideran que el factor generacional puede ser definitivo en la suerte del sistema. No está tan claro. También el fanatismo se nutre de savia nueva, como ilustra un interesante trabajo sobre los mecanismos de propaganda del régimen (3).
                
La percepción de la amenaza exterior ha sido un elemento de cohesión en todos los movimientos revolucionarios de la era moderna (Estados Unidos, Francia, Unión Soviética, Cuba, etc.) Por supuesto, es un factor que termina agotándose, encerrado en las falsedades o unilateralidades de su discurso. Es necesario, pero no suficiente para consolidar el sistema de poder y termina resultando una justificación de las élites. Al cabo, como apunta el primer presidente de la República Islámica, Abolhassan Bani Sadr desde su exilio en París, en una entrevista con LA VANGUARDIA, “Estados Unidos no quiere un cambio de régimen en Teherán, porque saca provecho de él”. El expresidente exhibe cierta ingenuidad al hablar de Jomeini, de su duplicidad, de su oculto designio dictatorial, pero su análisis de la situación actual es bastante certera (4).
                
Con la moneda nacional derrumbada, el desempleo creciente y la pobreza en expansión, Irán vive horas sombrías. De la trágica sangría de los ochenta se ha pasado a la asfixia lenta. La influencia reforzada en el cercano exterior (Siria, Yemen o Líbano), las alianzas de conveniencia con Moscú, Pekín o Ankara y ese liderazgo moral entre los chíies de todo el mundo no dan de comer al pueblo iraní. El gobierno del moderado Rohani, elegido por una mayoría que quiere cambios reales dentro del sistema, está acogotado por el poder religioso (el supremo) y sus palancas instrumentales (militar, policial y judicial), garantes del inmovilismo. La respuesta debe proceder del interior, de los sectores más dinámicos de la sociedad. Pero la derrotada revuelta verde de 1999 (en el vigésimo aniversario) propició un repliegue del régimen. La ruptura está descartada. Sólo una reforma gradual parecería viable.

NOTAS

(1) Uno de los dossiers más extensos sobre las distintas dimensiones del 40 aniversario de la Revolución Islámica lo ha ofrecido la BROOKINGS INSTITUTION: https://www.brookings.edu/series/irans-revolution-forty-years-on/


(3) “Iran’s other generation gap, 40 years on”. NARGES BAJOGHLI. FOREIGN AFFAIRS, 11 de febrero.

(4) Entrevista con Abolhassan Bani Sadr. GEMMA SAURA. LA VANGUARDIA, 11 de febrero. https://www.lavanguardia.com/internacional/20190211/46366564367/bani-sadr-trump-iran-cambio-regimen.html

VENEZUELA: LA INVASIÓN ALIMENTARIA Y OTRAS BELIGERANCIAS BLANDAS

6 de febrero de 2019



La crisis de Venezuela ha entrado en una fase de tensa espera. La ficción de dos presidentes se amplifica con el reconocimiento parcial de uno no electo directamente por los venezolanos y de otro dudosamente electo que depende para su estabilidad de unos recursos amenazados por quienes, desde el exterior, ya no lo reconocen como mandatario.
                
Nicolás Maduro continúa encerrado en su retórica revolucionaria de resonancia arcaica, con invocaciones a la resistencia popular y al orgullo nacional, sin presentar propuestas prácticas que ayuden a desactivar los riesgos de explosión. El típico mensaje de Patria o muerte, acuñado por sus mentores cubanos, se antoja claramente insuficiente e incluso perjudicial para los propios intereses del sistema bolivariano, en el momento presente.
                
Por su parte, Juan Guaidó luce seguro y confiado, se expone con clara desenvoltura en los medios internacionales -en particular los norteamericanos (1)-, proclama una próxima victoria de la atrevida iniciativa opositora e insinúa un progresivo cambio de lealtades en las fuerzas armadas, el factor clave en la resolución del dilema.
                
No se sabe a ciencia cierta cuánto hay de propaganda en la pose numantina y aún desafiante de Maduro o en la galanura cool de Guaidó. Los días pasan y las posiciones se mantienen aparentemente firmes. El régimen confía en que, si los opositores no consiguen resquebrajar la lealtad de los militares, su envite acabará en nada. Los seguidores del autoproclamado presidente parecen fiar su apuesta en un ablandamiento a fuego lento del chavismo residual para aplicar, en el momento dramático oportuno, un incremento de presión que provoque el derrumbe definitivo.
                
SOFT WAR
                
Ese momento crucial puede ser la ayuda humanitaria planificada desde Washington, por un valor inicial publicitado de 20 millones de dólares. Migajas que la oposición vive como bocados de gloria. Esta especie de invasión alimentaria se va a realizar a través de dos vías de acceso: a través de la frontera de Colombia, con centro operacional en la ciudad Cucutá, y desde Brasil, con base en Panaraima. El objetivo: ganar adeptos y poner a prueba a los uniformados venezolanos (2).
                
Si el Ejército, por orden del Palacio de Miraflores, tratara de impedir el ingreso de la ayuda al territorio nacional, la población podría reaccionar con enfado y, quizás, con violencia. O al menos en eso confiarían los opositores. Si, por el contrario, no se ponen obstáculos a la libre circulación de las mercancías alimentarias y sanitarias, la intervención blanda de Washington se iría haciendo aceptable y prepararía el terreno para la asunción de Guaidó como presidente legítimo.
                
Por supuesto, no todo en la resolución de la crisis depende de este factor. Pero su aparente naturaleza pacífica, su carácter práctico, su evidente toque emotivo en un tiempo de escasez y penuria lo convierte en un arma de propaganda de primer grado. Nadie puede llamarse a engaño.
                
Los países que han apostado por Guaidó y han condenado diplomáticamente a Maduro también afinan su arsenal de presión. No son armas despreciables. Las tres cuartas partes de las importaciones de Venezuela provienen de países que han repudiado al régimen bolivariano, según el estudio de una entidad financiera privada afincada en Nueva York (3). El Banco de Inglaterra ha impedido que el gobierno de Venezuela retire de sus cofres reservas en oro por valor superior al mil millones de dólares (4). De calibre superior son las presiones económicas y financieras orquestadas desde primera hora por Washington.
                
LAS ENDEBLES BAZAS DE MADURO
                
Frente a esta ofensiva no militar, pero no menos letal, el régimen dispone de una retaguardia mucho más endeble y menos confiable. Los apoyos externos de dimensión que merezca ser considerada como apreciable se reducen a Rusia y China. Cuba. Bolivia o Nicaragua aportan poco más que el papel moneda de la retórica revolucionaria.
                
Venezuela tiene una deuda de 6 mil millones de dólares con Rusia, y la mitad de esa cantidad se la debe a Rosfnet, la empresa estatal de petróleos. Esta compañía, dirigida Ígor Sechin, uno de los aliados del conglomerado político-económico de Putin, tiene dos explotaciones de gas en Venezuela y activos petroleros que producen más de 20 millones de toneladas de crudo. El gobierno ha cerrado operaciones de compra de armas con el Kremlin y en los últimos meses ha acentuado su vinculación política y diplomática con Moscu, sabedor de que tarde o temprano se plantearía un pulso directo por el poder (5). Para Putin, Madero es la réplica de Poroshenko, el prooccidental presidente ucraniano que intenta mantenerse en el poder en las elecciones de este año, por el momento con débiles perspectivas. Se vuelve, pues, al esquema de la guerra fría, basada en peones y posiciones de amenaza difusa.
                
La dependencia venezolana de China es mayor en términos de penetración económica. El gigante asiático ha metido más de 60 mil millones de dólares en el país, en préstamos e inversiones de obras de construcción e infraestructuras, con la intención prioritaria de asegurarse el abastecimiento de petróleo (6). Pero fiel a su pragmatismo de no poner todos los huevos en el mismo cesto, Pekín no se ha mostrado tan entusiasta estos días en el apoyo a Madura, aunque formalmente sigue reconociéndolo como presidente legítimo. Esta conducta se debe a la tradicional doctrina china de no injerencia en asuntos internos de otros países, para poder exigir que Occidente no condene sus prácticas represivas o su vocación expansionista en sus cercanas zonas de influencia.
                
Así las cosas, la temida batalla en las calles parece ahora lejana (sin que pueda ser descartada por completo). El pulso se perfila en el fuego silencioso de los bloqueos financieros, las ruidosas caravanas del pan y las medicinas y los secretos contactos que puedan estar produciéndose entre las partes para buscar una solución o, a lo peor, para engañar y confundir al contrario.
                
En España, la crisis vuelve a convertirse en materia de consumo interno, de rivalidad política y partidista, con escasa atención a la complejidad de los problemas de fondo. Se hacen  superficiales  y oportunistas apelaciones a la democracia, sin reparar en que se consienten abusos en otros muchos países sin dedicarle atención alguna. La mayoría de los doscientos mil venezolanos que residen en nuestro país tienen simpatías claramente opositoras, como es lógico, porque muchos pertenecen a capas sociales que al menos han podido emigrar. Pero más allá de sus convicciones políticas, merecen algo más que una estéril simplificación de las principales voces políticas y mediáticas españolas.


NOTAS

(1) “Guaidó steers Venezuela to a perilous crossroads”. ERNESTO LONDOÑO (Caracas). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(2) “La llegada de ayuda de EE.UU. medirá el apoyo militar a Maduro”. ANDY ROBINSON (Caracas). LA VANGUARDIA, 5 de febrero.

(3) “Major European Nations back Maduro’s rival as Venezuelan leader”. THE WASHINGTON POST, 4 de febrero.

(4) BLOOMBERG NEWS, 26 de enero.
(5) “Russia’s support for Venezuela has deep roots”. ALEANDER GABUEV. FINANCIAL TIMES, 3 de febrero.

(6) “Venezuelan opposition leader urges China to abandon Maduro”. TOM PHILIPPS (Caracas). THE GUARDIAN, 3 de febrero.

VENEZUELA, ENTRE DOS IMPOSTURAS


30 de enero de 2019
             
No resulta fácil escribir sobre Venezuela sin dejarse arrastrar por dos relatos enfrentados e irreconciliables durante años. Los intentos por mantener el teclado limpio de prejuicios y contaminación propagandística son cada vez más trabajosos.

Durante cierto tiempo se podía matizar a la hora de criticar y/o analizar el comportamiento del oficialismo y de la oposición. Pero la polarización, obsesivamente presente en la vida política y social venezolana, se ha recrudecido al máximo. Ya no hay posibilidad de acercamiento y mucho menos de conciliación. Es todo o nada. No se trata de perseguir la equidistancia por un prurito de neutralidad profesional. Es más bien un esfuerzo por no dejarse llevarse por las respectivas corrientes de propaganda.

Digámoslo claro: el chavismo ha fracasado. La confusa y retórica revolución bolivariana se ha quedado desnudo e inerte en medio de la ruina nacional. Pase lo que pase con la crisis en curso. Una inflación más allá de cualquier explicación racional no puede justificarse solamente por una supuesta guerra económica promovida desde el exterior. El sistema se ha desintegrado.

Pero para ser igual de sinceros, la llamada oposición democrática no resulta convincente. No lo ha sido nunca, más allá algunos ejemplos personales. Durante mucho tiempo, los opositores han estado lastrados por la falta de proyecto nacional, las ambiciones personales y ese estigma de egoísmo de clase de la burguesía nacional, que nunca supo qué hacer con el país mas allá de satisfacer sus apetitos de consumo y su encapsulamiento frente al malestar sempiterno de las clases populares. No es extraño por eso que la autoproclamación de Guaidó como supuesto líder legítimo haya dejado fríos a los sectores populares, que son los que más han sufrido la descomposición del chavismo. El pueblo no añora el consenso centrista anterior la revolución ni ese liberalismo democrático que ahondó las diferencias sociales.

UN FUTURO INCIERTO

Es difícil ser optimista sobre el futuro de Venezuela. La riqueza del país, como ocurre con el caso de Argentina, distinto pero análogo en esta dimensión del análisis, opera como un agravante y no como un atenuante. Venezuela atesora una riqueza demasiado tentadora como para dejarla pudrirse en el olvido.

Para no repetir lo evocado hasta la saciedad estos días, conviene centrarse en las presentidas intenciones de los principales agentes: las distintas facciones del régimen bolivariano (cuarteado y muy lejos de la solidez y firmeza de los años dorados);  una oposición tradicionalmente dividida e ineficaz pero ahora energizada por la parálisis oficialista y el impulso descarado del exterior; el nuevo activismo de los Estados Unidos, más revanchista que nunca, debido al individuo que se sienta en el despacho oval; y no pocos dirigentes vecinos que están de nuevo en mayor o menos sintonía con el gigante del norte, aunque parecen abocados a reproducir los viejos vicios de la dependencia, la ineficacia y la desigualdad social.

Maduro se ha ahogado en su propia incompetencia. No ha dudado en protegerse con reflejos autoritarios: reduciendo el espacio a los opositores, intentando ahogarlos, sofocarlos y ningunearlos. Se ha refugiado en la retorica hueca y engañosa de una revolución acosada, según el libreto de sus instructores/protectores cubanos. Mientras el país se deterioraba, lo único que se le ha ocurrido es atrincherarse en una ineficaz guerra de contrapropaganda y dejar que la corrupción engordara a los garantes uniformados del continuismo. La riqueza petrolera del país daba para más, por mucha presión económica o boicot orquestado desde fuera, como sostiene el oficialismo. El recurso del supuesto apoyo chino o ruso o chino (potencias que practican el capitalismo de Estado de prestigio) es una muestra de su fracaso como proyecto revolucionario autónomo.

A su vez, la oposición ha tardado mucho tiempo en ofrecer una alternativa unitaria, y al final o ha hecho de la peor manera posible: al dictado de Washington. Por muy simpática o refrescante que les resulte a ciertos medios la imagen de Guaidó, su gran padrino es el el más impresentable de las últimas décadas. El joven líder opositor puede presumir de liberal y moderno, pero le será difícil sacudirse el sello de haber sido teledirigido desde Washington. Los norteamericanos tampoco le ayudan mucho en la tarea del disimulo. El senador Marco Rubio, cubano de origen y anclado en Florida, representa los instintos mas clásicos del revanchismo frente al castrismo o sus epígonos (léase este bolivarismo desacreditado). Bolton, el neocon reciclado por Trump para su America first, se ha comportado con la arrogancia que ya exhibió en los calamitosos años de Bush W. No sabremos si su comparecencia en rueda de prensa dejando ver claramente apuntes en su libreta sobre el envío de fuerzas militares a la vecina Colombia fue un descuido o una muestra más de su bravuconería.

LOS MILITARES, CLAVE DE LA CRISIS

En este juego la clave reside en la decisión de los militares venezolanos. Las fuerzas armadas han sido un componente esencial del régimen bolivariano, no en vano su fundador salió de sus filas y se ocupó de convertirlas en el garante de su proyecto, en sintonía con ese imaginario del Libertador sobre el que Chávez construyó la legitimidad historicista de su movimiento.

Lo primero que hizo Maduro tras el órdago de Guaidó fue asegurarse de que la plana mayor militar compareciera ante las cámaras jurando lealtad al gobierno. Ese gesto, empero, tiene poca consistencia. Se sabe que hay grietas en la cadena de mando castrense, que hay descontento en los cuarteles y que el rumor de sables no es sólo una esperanza de la oposición. También Pinochet prometió lealtad a Allende y algo parecido hizo la cúpula argentina antes de deponer a la viuda de Perón.

Guaidó pretende cerrar la etapa chavista ganándose precisamente al principal pilar del régimen. Persigue sin ambages que haya un pronunciamiento militar para culminar la crisis. Promete amnistía y tabla rasa, pragmatismo que casa mal con la democracia y es opuesto a una noción decente de justicia. Los militares han sido, en los últimos años, los depositarios de los privilegios que todo ejercicio abusivo del poder conlleva. Se les promete mirar para otro lado con tal de que cambien de bando.

LA POSICIÓN EUROPEA Y ESPAÑOLA

Unas líneas sobre Europa y, en particular sobre España, a la que sus socios de la UE le reconocieron el papel de conductor de una posición más o menos común. Una supuesta vía intermedia, electoral, inicialmente desmarcada del golpismo crudo alentado por Washington, se terminó diluyendo. Finalmente, se ha lanzado un ultimátum a Maduro para que convocara elecciones en una semana, lo cual resultaba políticamente ficticio e imposible en la práctica.

España ha quedado atrapada en la crisis venezolana lo quiera o no su bienintencionado presidente, porque sus dos antecesores correligionarios se han comprometido a fondo en el devenir político del país. Uno, Felipe González, como defensor comprometido y sin reservas de la oposición; y otro, José Luis Rodríguez Zapatero, como mediador poco afortunado entre dos partes irreconciliables.

Dijo Pedro Sánchez hace unos días que Maduro representa todo lo contrario de lo que la izquierda española defiende. Desde luego, hay un océano entre el PSOE y ese Partido Socialista Unificado que representa la expresión política del chavismo. Pero no es fácil creerse que los militantes socialistas españoles se identifiquen con una oposición venezolana que, si finalmente triunfa, se lo deberá a unos militares corrompidos y acomodables y a la superpotencia exterior que pone siempre sus intereses por encima de las necesidades de las necesidades y derechos de los pueblos de la región.



AFGANISTÁN: EL DILEMA GUERRA O PAZ

23 de enero de 2019

                
Afganistán es una de esas guerras que se va perdiendo lentamente en la conciencia occidental. De vez en cuando, emerge a golpe de atentado u operación espectacular, por la dimensión de la carnicería o la audacia de su realización. Eso fue lo que ocurrió el pasado lunes. Los taliban hicieron explosionar un coche bomba frente a un edificio de los servicios de seguridad en la provincia de Wardak, donde son entrenados centenares de milicianos gubernamentales. El ataque causó decenas de muertos, lo que le convierte en uno de los más mortíferos de su categoría en 17 años de guerra.
                
Lo más significativo es que los talibanes firmaron esta operación en vísperas de una nueva ronda negociadora con delegados norteamericanos en Doha (Qatar), un conducto con más de ocho años de existencia, que se ha vigorizado en los últimos meses (1).
                
Nadie está interesado en prolongar una guerra tan inútil como casi todas y devastadora como pocas. La OTAN ya se retiró en 2014, con una sensación encontrada de fracaso y responsabilidad semicumplida. Obama quiso concluir con honor la pesadilla que su antecesor había iniciado sobre los escombros de las Torres Gemelas, sin éxito y después de penosas disputas con algunos generales discordantes. Dejó la Casa Blanca con los efectivos norteamericanos reducidos al mínimo. Trump prometió liquidar el expediente, pero, como le ocurre con la mayoría de sus promesas, sus bravatas sofocan los resultados reales.
                
Los taliban también están hartos de guerra, pero no quieren dejar las armas a toda costa. Cuando consiguieronque Washington aceptara negociar con ellos y no solamente con el gobierno (según ellos, una pura marioneta de los americanos), se anotaron un triunfo político indudable. Que refleja, ni más ni menos, su capacidad militar para controlar los tiempos. O al menos para participar en el diseño de la solución.
                
Por si fuera preciso demostrar que la vía diplomática no es señal de debilidad, los taliban dejan su sello sangriento de cuando en cuando, con especial interés en diezmar los servicios de seguridad o inteligencia y en eliminar figuras señeras o emblemáticas del gobierno en provincias de singular importancia estratégica. La nueva ofensiva, denominada Al Khandaq, en homenaje a una batalla legendaria del Profeta, coincidió precisamente con el inicio de la misión del enviado especial de Trump, el exembajador en Kabul, Zalmay Jalilzad.
                
Este aparente doble juego es, en realidad, un comportamiento clásico de los grupos guerrilleros e incluso de no pocos ejércitos convencionales en periodos concretos de un largo conflicto. Nada mejor que exhibir el músculo militar sobre el terreno en disputa para mejorar las bazas políticas en las lejanas mesas donde se discute el futuro.
                
A este respecto, hace un par de semanas, Michael Semple, en su día representante adjunto de la Unión Europea en Afganistán, establecía un interesante paralelo entre la pretendida táctica de los taliban y el Vietcong. La guerrilla norvietnamita consiguió forzar la ronda negociadora que desembocó en los acuerdos de paz de París con una campaña de ofensivas sucesivas que pusieron en evidencia la dependencia que el incompetente y corrupto régimen de Saigón tenía del apoyo militar y económico de Estados Unidos.
                
Semple estima, no obstante que Afganistán no es Vietnam, y señala varias razones: el nuevo estado afgano es más viable de lo que fuera el Vietnam del sur de comienzos de los setenta; la idea de democracia, derechos humanos y servicios públicos está comenzando a arraigar en el país, pese a la debilidad gubernamental y el cáncer de la corrupción y el nepotismo; los taliban no gozan de los mismo apoyos internacionales que el Vietcong; y, finalmente, la base social y confesional de los extremistas islámicos es muy reducida, lo que les impide garantizar la unidad nacional en la posguerra (2).
                
Estas consideraciones avalarían el interés objetivo de los taliban por concluir la guerra. Siempre y cuando, claro, obtuvieran ciertas concesiones irrenunciables. Formalmente, la primera de ellas es la completa retirada militar norteamericana, por mucho que ahora la presencia sea de apenas 7.000 hombres en tareas secundarias de instrucción, inteligencia y asesoramiento. Otras exigencias sobre el reparto de poder y el sistema social siguen en la agenda taliban, pero se plantean de manera menos rotunda y rígida que hace unos años.
                
Un miembro de la delegación del gobierno Obama en las conversaciones de Qatar, John Walsh, se cuestionaba a finales del verano la sinceridad de los propósitos insurgentes. Ciertamente, Walsh avalaba la flexibilidad de los taliban, incluso en el asunto de la retirada militar norteamericana. Según su relato, en conversaciones privadas con enviados extranjeros, portavoces del movimiento se habían apartado del maximalismo y mostrado abiertos a negociar calendarios y condiciones del yankee go home. Al parecer, los taliban temen que, como ocurrió en Irak o como se anuncia en Siria, una retirada norteamericana demasiado precipitada genere un caos que ninguna de las fuerzas afganas podría prevenir o resolver. Es significativo señalar que, en los últimos años, los soldados del Pentágono han estado concentrados no tanto en perseguir a los taliban cuanto en destruir efectivos y redes del ISIS, rivales de los antiguos estudiantes coránicos en el propósito de medievalizar el país (3).
                
El mayor inconveniente de la vía diplomática es el calendario. En abril se celebran elecciones presidenciales. El actual gobierno (una suerte de coalición de las fuerzas apoyadas por Occidente) tiene intención de continuar, no sólo por supervivencia política, sino por temor no confesado a un péndulo revanchista, si los coránicos volvieran a controlar las palancas del poder. El presidente Ghani y el primer ministro Abdullah pretenden confirmarse (en su posición actual o invertida, o en una versión más clásica de gobierno-oposición). Si los taliban no fuerzan un compromiso convincente en los próximos tres meses, intentarán boicotear el proceso electoral como intentaron hacer con las legislativas de octubre, a base de irrupciones en sedes de votación, atentados llamativos y toda suerte de intimidaciones y deslegitimación del proceso político (4).
                
Este doble camino, a veces paralelo, a veces convergente, presenta riesgos enormes y dificultades de una dimensión tan compleja que exige una administración inteligente, flexible y paciente en Washington. Justo todo lo contrario de lo que existe en la actualidad. A Trump no le interesa Afganistán en absoluto, y ahora ni siquiera tiene a sus generales llevándole de la mano.

John Bolton, el supuesto hombre fuerte en materia de seguridad internacional, es un neocon superviviente, ideólogo extremista, unilateralista, obsesionado con Irán y poco amigo del compromiso. Que Trump no haya segado los pies bajo la hierba del embajador Jalilzad responde menos a la convicción del presidente-hotelero en las oportunidades de paz que a la pereza que le produce examinar a fondo el dossier afgano.
                
El dilema guerra o paz en Afganistán es un juego equivoco por la volatilidad del escenario interno, la confrontaciones de ambiciones en cada bando y la falta de una cultura de pacto tras tres décadas de hegemonía guerrerista. Lo complica todo más el caos de la Casa Blanca, con una oposición política capaz por fin de poner al presidente contra las cuerdas y la amenaza latente de una destitución o una neutralización del Comandante en Jefe.
                 
NOTAS

(1) “After deadly attack on afghan base, Taliban sit for talks with US diplomats”. THE NEW YORK TIMES, 21 de enero.

(2) “The Taliban’s battle Plan. And why it’s unlikely to succeed”. MICHAEL SEMPLE. FOREIGN AFFAIRS, 28 de noviembre.

(3) “Is the Taliban prepared to make peace?”. JOHN WALSH. FOREIGN AFFAIRS, 7 de septiembre.

(4) “Elections en Afghanistan: le talibans au centre du jeu politique”. JACQUES FOLLOROU. LE MONDE, 27 de octubre; “Ballots and bullets in Afghanistan”.VANDA FELBAB-BROWN. BROOKING INSTITUTION, 23 de octubre.