EL BOMBARDEO DE SIRIA NO HA SIDO UN ACTO DE JUSTICIA


18 de abril de 2018          

                
La historia se repite en Siria. Y, en Oriente Medio, es una cadena de repeticiones tramposas cubiertas con el hipócrita envoltorio de la justicia y el humanitarismo. La política internacional tiene muy poco ver que la moral. Sea cual sea la escuela o doctrina que se invoque: realista o idealista, intervencionista o aislacionista. Son los intereses los que determinan las decisiones.
                
Resulta muy difícil de tragar, para quienes llevamos informando décadas sobre los conflictos internacionales, que el reciente bombardeo contra supuestas instalaciones sirias relacionadas con su arsenal químico se presente como una acción reparadora o justiciera de un crimen contra la humanidad. Los escrúpulos selectivos no se sostienen.
                
PRESTIGIO DE LAS ARMAS, DESPRESTIGIO DE LA CONFIANZA
                
No se puede pretender que se ha actuado en Siria por un móvil de humanidad, como afirmó Theresa May en el Parlamento el pasado lunes, mientras se ha hecho la vista gorda (por no decir ciega) ante la monstruosidad que se lleva cometiendo desde hace años en Yemen.
                
No se puede pretender que se castiga al “animal” Assad, mientras el presidente-hotelero apenas ha consentido albergar en EE.UU. a 44 desplazados sirios en los últimos seis meses o poco más de 3.000 durante todo el año pasado, cinco veces menos que en el último año de Obama (1).
                
No se puede pretender que hay un sentimiento de compasión por esas víctimas, cuando el adalid del American first hace gala de desprecio por la suerte de ese o de otros países torturados, en una actitud pasivo-agresiva, como alguien ha definido con agudeza (2).
                
No se puede pretender estar del lado de los perseguidos cuando el justiciero de gatillo fácil protege, justifica, sostiene y ensalza a quienes cometen atropellos groseros continuados contra los derechos humanos en Egipto, Filipinas, Arabia Saudí o Palestina
                
No se puede pretender que se ha respetado la legalidad internacional, cuando se acudió a las armas antes de que se hubiera acreditado que, efectivamente, hubo un ataque con armas químicas en Duma y que el responsable fue el régimen sirio, por muy fundadas que estuvieran nuestras sospechas.
                
No se puede pretender que la precipitación en la respuesta militar respondió al convencimiento de que Rusia vetaría la legitimación del ataque cuando eso es lo que Estados Unidos (y en menor medida Francia y Gran Bretaña) suelen hacer cuando a la mesa del Consejo de Seguridad llegan denuncias sobre violaciones groseras del derecho internacional por parte de regímenes protegidos por Occidente (2).
                
No se puede pretender que los bombardeos sirven para algo más que exhibir una archiconocida superioridad bélica occidental, completamente inútil, por lo demás, para evitar la carnicería en la que lleva décadas sumida la región de Oriente Medio, pero sí para engrosar los arsenales de tiranos y las cuentas corrientes u ocultas de los fabricantes de armamento.
                
No se puede pretender que se puedan repartir certificados de buena y mala conducta en función de la docilidad o la resistencia que dictadores de uno u otro signo o naturaleza (presidente o reyes) demuestran ante la estrategia occidental en la región.
                
No se puede pretender que unas víctimas civiles merecen más reparación que otras según el tipo de armas con que son masacradas, ya sean químicas, biológicas, convencionales o de alta precisión, o según quién provoca la matanza.
                
No se puede pretender, con invocaciones grandilocuentes (Macron o May) o vulgares (Trump), que se imparte justicia cuando sólo se castigan los abusos o crímenes de los dictadores que no nos obedecen o que buscan protección, tutela o escondite en otras grandes potencias tan hipócritas como las nuestras, aunque menos sujetas el escrutinio público interno, como es el caso de Siria con Irán o Rusia.
                
No se puede pretender que una operación militar aislada, propagandista, de dudosa legalidad (o claramente ilegal) pueda sustituir a una estrategia fallida, en Siria y en el conjunto de la región más atribulada del planeta, como ha intentado hace el presidente Macron, fiel seguidor de sus antecesores en el Eliseo cuando, conscientemente o por inercia institucional, evidencia el reflejo colonial en algunas de sus decisiones internacionales.
                
No se puede pretender que el bombardeo de un país se acepte como una operación de prestigio o como un ejercicio moral cuando es un puro acto de fuerza, y en este caso, sin propósito a medio o largo plazo, desconectado de una estrategia sólida y verificable, tras cinco años de martirio espeluznante, que relata detalladamente el especialista Andrew Tabler (3)
                
LA MENTIRA COMO SISTEMA
                
En fin, no se puede pretender, después de Argelia, de Vietnam, de las dictaduras militares iberoamericanas, de Afganistán, de la guerra sucia en Centroamérica, de la antigua Yugoslavia, de Irak, de Palestina, de Yemen, y de todas las “guerras de baja intensidad” pero de alto sufrimiento humano que se nos dice por lo general la verdad, cuando se ha comprobado con lacerante asiduidad que se nos miente por sistema.
                
Hace unos días, Stephen Walt, profesor de Relaciones Internacionales de un instituto de Harvard, por quien este humilde comentarista siente confesada admiración, afirmaba en su último artículo para una publicación especializada que “ya no se podía confiar en América” (4).
                
Esta sentencia, como se pueden imaginar, estaba relacionada con escaso apego a la verdad del principal inquilino de la Casa Blanca, a quien, en sus primeros diez meses de mandato, se le detectaron seis falsedades por cada una imputada a Obama a lo largo de sus ocho años de presidencia.
                
En realidad, la mentira ya formaba parte del decorado del despacho oval y de otros despachos del mundo antes de que el recordman mundial del embuste se instalara en él.
                
Pero el riesgo consiste en que nos resignemos -esto es opinión de quien escribe, no del profesor de Harvard-; no tanto a que se mienta desde el poder, sino a que sólo se mienta. Ya sea para demostrar (Macron o May) que, a golpe de gatillo, conservamos intacta nuestra reputación de poderosos, como afirma mi compañero Rafael Díaz Arias (5), o para presumir de una exhibición de fuerza con lenguaje de adolescente adicto a los videojuegos de guerra (no hace falta indicar a quién me refiero).


NOTAS

(1) “Trump and the rest of the world offer a little hope for Syrian refugees”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 18 de abril.

(2) “More Mayhem in the Middle East”. BRIAN KATULIS y DANIEL BENAIM. FOREIGN POLICY, 16 de abril.
(3) “Despite the Trump’s bluster, it’s unclear what the Syria strikes accomplished”. THE GUARDIAN, 15 de abril.

(4) “How Syria came to this”. ANDREW TABLER. THE ATLANTIC, 15 de abril.

(5) “America can`t be trusted anymore”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 10 de abril.



TENEMOS QUE HABLAR DE VIKTOR (ORBAN)


11 de abril de 2018
            
El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, ha reforzado su control casi absoluto del país, con un tercer triunfo electoral consecutivo. Con el 48% de los votos, dispondrá de mas de    dos tercios del Parlamento. Esta mayoría le permitirá introducir más cambios en el sistema político y diseñar un país a su medida (1). Se teme que un aumento del acoso, hostigamiento y hasta disolución de ongs y medios hostiles, tibios.
           
El caso Orban es único en Europa. Ningún otro dirigente continental atesora tal concentración de poder. Tal circunstancia ya es de por sí inquietante. Pero lo que verdaderamente convierte a Hungría en un caso a considerar sin más dilaciones es el modelo nacionalista autoritario, excluyente, xenófobo y falsario que Orban impulsa. 
            
Este encadenamiento de éxitos se debe a un conjunto de factores: manipulación de la geografía electoral, uso de los medios públicos y privados afines como groseros instrumentos de propaganda, clientelismo social y político, propagación del miedo al inmigrante y fabricación de enemigo exterior (2). Pero no puede omitirse la división y la falta de credibilidad del centro y de la izquierda. Es significativo que el segundo partido de Hungría sea JOBBIK, una formación declarada de ultraderecha, que ahora quiere moderarse.  La esperanza de la oposición democrática de limitar el poder de Orban se ha desvanecido.
            
LA LARGA MARCHA

Orban es un caso paradigmático del desencanto poscomunista. En la Europa central y oriental, no pocos dirigentes querrían ser como él. De hecho, algunos lo imitan. Más que su estilo personal, su discurso. Y sus estratagemas (2).

El rápido derrumbamiento del comunismo obligó a improvisar liderazgos de corte liberal, occidental. Algunos de los viejos apparatchiks se pasaron al socialismo democrático. Otros se convirtieron en capitalistas conversos. Orban era en 1989 un joven revolucionario que estudió sociología política bajo amparo norteamericano. Fundó el FIDESZ como organización juvenil liberal, pero los reveses electorales de los primeros años democráticos le hicieron recapacitar. Poco a poco se fue haciendo más conservador. Hasta que, en 2011, Orbán cabalgó sobre la ola del malestar ocasionado por la crisis financiera iniciada en 2008, con un mensaje identitario, nacionalista, xenófobo. Como otros muchos líderes extremistas europeos, Orban escarbó en las pulsiones más primarias de un electorado airado (3)

Las citas electorales se han convertido en plebiscitos de una gestión tramposa. El gobierno magiar presume de una gestión económica exitosa. Maquilla cifras macroeconómicas y utiliza el dinero público para hacer bajar artificialmente el desempleo (4). Utiliza las crisis migratorias como chivo expiatorio (como en 2015). Apela a oscuras resonancias medievalistas para proclamar la defensa de la cristiandad frente a la amenaza islamista. Se inventa enemigos externos y vitupera a prominentes húngaros (como el judío millonario Soros, que financia actividades de la oposición liberal) como caballos de Troya de un supuesto designio extranjero contra el país.

LA DESAVENENCIA EUROPEA

Ante este despliegue de poder autoritario, que sólo puede compararse a la Rusia de Putin, a quien Orban admira aunque últimamente haya modulado sus manifestaciones de entusiasmo, ¿qué hace Europa?

Europa vacila. No se atreve a responder con la firmeza que la situación exige. Orban ha cimentado parte de su base política con dinero europeo. Abre la mano para recibir euros (5.500 millones en 2016), mientras arremete contra la tecno-burocracia de Bruselas. Esta hipocresía se duplica en la respuesta comunitaria. Pese a que se han abierto expediente, se ha evitado invocar el artículo 7 del Tratado de la Unión, que contempla la imposición de sanciones a los estados miembros. La voluntad política europea de actuar con determinación es cuando menos frágil.

Orban se alinea con los partidos nacionalistas de ultraderecha como el Frente Nacional francés, la Liga italiana, el UKIP británico o el partido xenófobo holandés de Geert Wilders. De ellos ha recibido estos días felicitaciones sin cuento. Sin embargo, FIDESZ no forma parte del grupo que estas formaciones han constituido en el Parlamento europeo: está adscrito al Grupo Popular Europeo, de centroderecha.

Hay una suerte de doble discurso entre los conservadores europeos sobre Hungría. Les repugna el despliegue retórico por su proximidad, cuando no plena coincidencia con las formaciones extremistas, pero, en privado, o en la práctica, asumen su política.  Uno de los principales valedores activos de Orbán en Europa es Horst Seehofer, líder de la rama bávara de la democracia cristiana; es decir, el socio por antonomasia de Ángela Merkel. La canciller critica a su colega húngaro, pero comparte gobierno y estrategia política con el padrino de Orbán.

Como en “Tenemos que hablar de Kevin”, la novela de la periodista y escritora norteamericana Lionel Shriver, la negación de un problema no sólo impide su solución. Lo agrava, lo prolonga, contribuye a su expansión. La izquierda y los liberales europeos denuncian esta hipocresía conservadora, pero los rígidos mecanismos del procedimiento político y parlamentario europeo no permiten avances. Ya se sabe que expulsar a un miembro de la UE es tan difícil o más que admitirlo. Pero, aparte de los escollos normativos, hay una complicidad política cada día más difícil de escamotear.

Dirigentes del Partido Popular europeo minimizan el riesgo (como hace Franklin con su hijo Kevin, a pesar de las pruebas alarmantes que le presenta su esposa Eva). Los populares consideran que Orban es muy ruidoso, pero hace muchos menos destrozos de lo que proclama. Por supuesto, admiten que la interferencia en la justicia, el control autoritario de los medios, las manipulaciones del censo y de los distritos electorales, la utilización propagandista de los fondos europeos y otras herramientas típicas y tópicas del populismo nacionalista son prácticas condenables. Pero aseguran que no vulnera principios y leyes europeas. Los conservadores formulan críticas, pero se niegan a tomar medidas punitivas (5). El propio jefe del grupo parlamentario popular, el francés Joseph Daul, deseó el triunfo electoral de Orban, para que “siguiera proporcionando prosperidad y estabilidad a los ciudadanos húngaros”.


NOTAS

(1) “Hongrie: le nationaliste Viktor Orban triomphe aux législatives”. LE MONDE, 8 de abril.

(2) “How Viktor Orban and central european leaders attack civil society”. MICHAEL ABRAMOWITZ Y NATE SCHENKKAN. FOREIGN AFFAIRS, 6 de abril.

(3) “How a liberal dissident became a far-right hero, inMI Hungary and beyond. THE NEW YOR TIMES, 6 de abril.

(4) “An economic miracle in Hungary, or just a mirage? THE NEW YORK TIMES, 3 de abril.

(5) “EU center-right bloc accussed of sheltering Hungary’s Orbán”. THE GUARDIAN, 5 de abril.


           

ORIENTE MEDIO: GALERÍA DE MONSTRUOS PROTEGIDOS


4 de abril de 2018
                
La última carnicería israelí en Gaza, la farsa de las elecciones presidenciales egipcias y la tragedia humanitaria en Yemen vinculan a sus responsables con la protección de gobiernos blindados, regímenes subsidiarios y suministradores de productos básicos en Oriente Medio.
                
PALESTINA, LA ÚLTIMA CATÁSTROFE
                
Al actual gobierno extremista israelí le parece muy adecuado que el Ejército utilizara fuego real para dispersar una manifestación en uno de los enclaves más calientes de la franja de Gaza. Con el pretexto de la supuesta filtración de elementos armados de Hamas, la fusilada dejó un reguero de docena y media de muertos y algo tan o más lacerante: la humillación que provoca la impunidad (1).
                
Europa y la ONU piden una investigación, pero la respuesta oficial israelí ha sido más desdeñosa de lo habitual. La diplomacia de la UE está resignada al papel que corresponde a las potencias continentales: pagar gran parte de las facturas del pseudo estado palestino y esperar a que el primo de Washington arregle el interminable conflicto.
                
No corren tiempos venturosos precisamente. La actual administración se entrega a una retórica de respaldo sin matices a Israel, promete regalos que se saltan líneas rojas (como el reconocimiento de la capitalidad en Jerusalén) y extiende carta blanca a todos los excesos. Europa sabe que con Trump poco se puede hacer (2).
                
La hipocresía de la Casa Blanca sólo es superada por la imprudencia de su principal inquilino. La embajadora Haley se rasgó las vestiduras con la represión de las manifestaciones iraníes en diciembre pasado, que se saldó con un número de víctimas sensiblemente menor, pero ahora se hace la sueca con la masacre del 30 de marzo en Gaza. El Consejero de Seguridad in pectore, bigote de morsa Bolton, está destrozando desde bambalinas el acuerdo nuclear con Teherán antes de la temida revisión de seguimiento. Para regocijo de Netanyahu, un primer ministro acosado judicialmente por corrupción y tráfico de influencias. Y para alarma de Europa, que no está dispuesta a malbaratar muchos años de trabajo.
                
Esta imprevisible administración norteamericana alimenta con iniciativas erráticas el principal monstruo de la galería regional: la deriva extremista y autoritaria de un Estado israelí que cada día se aleja más del proyecto igualitario y progresista de sus orígenes.
                
TEMBLOR EN LAS PIRÁMIDES
                
El segundo monstruo preferido del orden occidente en Oriente Medio anida en tierra de faraones. Tras el fracaso del experimento nasserista, Egipto se convirtió en el pivote del acatamiento árabe a la estrategia norteamericana.
                Sadat protagonizó el cambio histórico rompiendo con una URSS en decadencia, hizo el viaje iniciático a Jerusalén, firmó la paz con el enemigo irreconciliable, soportó un rechazo vocinglero pero inoperante de sus hermanos árabes y asumió el libreto norteamericano. Su asesinato marcó el inicio de un nuevo desafío mucho más inquietante, el del integrismo islamista. Mubarak, prosaico y en absoluto visionario, hizo más ricos a los que ya lo eran y administró la herencia con la contrapartida ventajosa de la impunidad ante robos, atropellos y crímenes.  Hasta que se produjo la primavera árabe, y Obama admitió que en la tierra del poder divinizado por excelencia podía y debía haber cambios promovidos desde abajo.
                
El islamismo moderado y conservador emergió del caos de la protesta, ante el regocijo secreto de las tres pirámides del poder egipcio moderno: el ejército, el aparato burocrático y de seguridad y la élite socioeconómica. El general Al-Sisi fue el escogido para estabilizar las cosas, es decir, para colocar a cada cual en el sitio que le corresponde. Los militares, como interpretes máximos del destino de la nación; los ricos, recuperando ganancias sin estorbos; la burocracia de despacho y sótano, cercenando cualquier atisbo de protesta; los islamistas, en la cárcel, el exilio o la clandestinidad; y el pueblo, en la miseria y desesperanza.
                
El monstruo Al-Sisi es tan ambicioso o más que sus predecesores. Pero tiene más patronos bajo los que protegerse. Trump le ha reservado un lugar de privilegio en su galería de autócratas predilectos. Putin ha olvidado la ruptura egipcia con el Kremlin y trata al actual faraón con lucrativa consideración (3). El gran patrón saudí le garantiza liquidez para aplacar los apretones económicos y las angustias sociales más preocupantes, aunque sea a cambio de regalos territoriales que provocan malestar en las salas de banderas.
                
Al Sisi acaba de ser reelegido en una farsa electoral sonrojante. Ha obtenido el 97% en unos comicios sin adversario, o, para ser exactos, con un único contrincante que bien pudiera ser calificado como filial del mega-candidato o marca blanca del régimen. La participación no ha superado el 40%, una cifra escuálida para las pretensiones del general-presidente.
                
El liderazgo de Al-Sisi, sin embargo, no es indiscutido. Por mucho que sea uno de los suyos, los propios militares empiezan a preguntarse si es rentable seguir respaldando las maneras represivas de su general-presidente. La clave de su permanencia en el poder reside en dos factores: el desafío islamista en el Sinaí y las condiciones de vida de la población. Si no hay pronto resultados positivos en estas dos áreas, la suerte de Al-Sisi estará echada (4). De momento, el faraón se siente fuerte para purgar las fuerzas armadas de quienes se resisten a su autoridad, lo que incluye a su propio consuegro (5).
                
LA IMPACIENCIA DEL AMBICIOSO HEREDERO
                
El tercer monstruo de la galería occidental se presenta con libro de familia. La Casa Saud está de reformas. Por primera vez desde el inicio de la dinastía, el Rey es una pieza decorativa, la generación que espera su turno toma las riendas desde la antesala del Trono y el consenso familiar salta en pedazos. El impaciente hijo del rey, Mohamed Bin Salman (MBS para los amigos de Occidente), hace y deshace, encarcela en jaulas de oro a primos, sobrinos y magnates, insinúa medidas “feministas”, anuncia planes de activación económica a quince años vista y se pasea por salones y gabinetes occidentales predicando su buena nueva
                
Pero la gran losa del mega-heredero es su responsabilidad en la guerra de Yemen, que no pocos observadores imparciales califican ya abiertamente de “crimen de guerra”. El martirio de la población civil es salvaje. Pretextando la artera estrategia de desestabilización de Irán, con el apoyo a sus protegidos huthies, los saudíes han hecho barbaridades sin cuento. Tres de cada cuatro habitantes necesitan ayuda humanitaria urgente. No hay agua corriente. El cólera amenaza. Cada diez minutos muere un niño menor de cinco años por causas evitables, como ha denunciado el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres (6).
                
Obama quiso poner freno a la carnicería, pero las relaciones entre Washington y Riad, debido al dossier iraní, no propiciaban una entente decente en Yemen. Trump, encantado con estas hazañas bélicas miserables, ha otorgado carta blanca al príncipe impaciente, para escándalo de las personas con conciencia. Ya se sabe que los negocios privados del hotelero-presidente y su familia planean sobre su “política exterior” (7).
                
Los monstruos de la galería occidental en Oriente Medio ya no son tan controlables. Se han ganado márgenes considerables de maniobra. Y en el desconcierto regional imperante, aspiran a que su tutor ejerza la menor presión posible.

NOTAS
(1) “Dans le band de Gaza, la marche du désespoir des Palestiniens”. LE MONDE, 31 de marzo.
(2) “Israel rejects UN an UE calls to inquiry into Gaza bloodshed”. THE GUARDIAN, 1 de abril.
(3) “The arc of the Egypt history is flat, and it bends towards autocracy”. STEVE COOK. FOREIGN POLICY, 30 de marzo.
(4) “Egypt’s Sham Election”. ANDREW MILLER y AMY HAWTHORNE. FOREIGN AFFAIRS, 23 de marzo.
(5) “Egypt’s Election should be a lock. So, why is President Sisi worried”. NEW YORK TIMES, 23 de marzo.
(6) “The Yemen war is the world’s worst humanitarian crisis”. CNN, 3 de abril.
(7) “Saudi crown prince’s Washington visit is overshadowed by the war in Yemen”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 21 de marzo.

UNA VELADA (IMAGINARIA) DEL PRESIDENTE TELEADICTO


28 de marzo de 2018
      
De todo el mundo medianamente informado es sabido que Trump es un teleadicto. Por las noches, se tumba (solo) en su cama, se provee de abundantes latas de Coca-Cola y se aferra al mando a distancia para alimentar ese mundo paralelo, imaginario y atrabiliario en que parece discurrir su presidencia (?).
            
El hotelero-presidente no es un espectador exquisito, of course. Una vez que ha despachado los cotilleos políticos, galería de insultos e historias exageradas o inventadas con que la Fox intoxica a sus sumisos seguidores, Trump pasa del info-enterteinment al enterteinment a secas. De la política ficción a la ficción como política.
            
Los canales entre los que navega últimamente el inquilino number one de la Casa Blanca son previsibles. Nada de cine de autor (antes arte y ensayo), o de docus de historia y política, o de ciencia prêt a porter. Sus gustos van por otro lado.

UNA DE GUERRA PARA ANIMARSE
            
Después de unas cuantas sesiones en el War Room, Trump descubrió una pasión oculta por la cacharrería bélica. Bomba aquí y bomba allá, para ilustrar el eslogan de “América fuerte otra vez”. Manos libres a los generales y oficiales al mando sobre el terreno para accionar los drones, disparar primero y ocultar después. Y que no falte, para coronar todo este festín, un buen desfile militar, primicia en Washington.
           
En su papel de Comandante en Jefe, a Trump se le ocurrió formar un gobierno de generales, una especie de estado mayor para fortificar su Álamo personal y político. La Casa Oval se fue pareciendo a un cuarto de banderas. Pero el experimento no resultó. Los generales empezaron a dudar del buen juicio del Jefe máximo. Cada cual se resistió a su manera. El muy franco Mac Master, azote de políticos durante la guerra de Vietnam, se permitió discutirle al patrón opiniones muy sensibles en materia estratégica (relaciones con Rusia, Corea del Norte, acuerdo nuclear con Irán). La cabeza le olió a pólvora muchas semanas ante de que el voluble presidente lo destituyera como Consejero de Seguridad Nacional.
            
El jefe de Gabinete Kelly tampoco atraviesa por senderos de gloria, según los insiders políticos. Se encuentra en esa fase muy trumpiana de la indiferencia o la irrelevancia, que es antesala de la fulminación en la psicología presidencial.
            
El otro espada mayor, el jefe del Pentágono, James Mattis, atraviesa por una zona muy extensa de turbulencia. Trump lo respeta o lo teme, o no sabe cómo hincarle el diente. Con la salida de Mac Master y la evicción del petrolero circunspecto Tillerson de Foggy Botton, Mattis se debate entre la soledad del soldado atrapado entre el fuego amigo y la melancolía del excombatiente. “Perro loco” ha pasado a ser una especie de “lobo estepario” en la fauna canina de Washington.

El único general a quien Trump parece escuchar aún con ganas es a Mike Pompeo, designado patrón de una diplomacia desconcertada, desanimada o irritada. Si el muy profesional y capacitado cuerpo diplomático creía que con el indescifrable Tillerson había tocado fondo, se equivocaban. Pompeo es una especie de Tony Soprano del universo Trump. Su mente no parece capaz de leer las medias tintas propias de la diplomacia, incluso la norteamericana.

UNA DE PISTOLEROS PARA LA REVANCHA
         
Decepcionado por esos generales en que tanto confiaba para su retórica de mano dura, Trump cambia de canal y pone una de pistoleros para inspirar su errática política exterior. Se encuentra con una estrella rutilante en los títulos de crédito: John Bolton. Lo rescata del panteón de héroes caídos en desgracia de la era Bush (W.) y lo recicla como nuevo zar de su política de “seguridad”.

El nombramiento de Bolton como Consejero de Seguridad Nacional ha puesto los pelos de punta a todo el mundo sensato de Washington, incluidos los republicanos. En la constelación de neocons que sumió al mundo en una pesadilla criminal, Bolton no era el que más brillaba, pero sí el más ruidoso. No se mordía la lengua por temor a envenenarse y arremetía contra todo aquel (amigo o enemigo) que osara cuestionar el principio de “America alone”. Cheney se lo quiso colar a Bush (W.) al frente de la diplomacia, pero al presidente compasivo le pareció demasiado y lo consoló con el ominoso cargo de embajador ante la ONU. Un lobo para bailar con los corderos. Cuando el “bigotes de morsa” asomaba por los pasillos del megatemplo internacional, temblaba la diploburocracia onusiana. Todavía hoy, Bolton se complace en decir que si al edificio de la Primera Avenida de Manhattan le volaran diez plantas no pasaría nada. “Besa a los que están encima de él y patea a los que están por debajo”, dice de él un colega que lo conoce sobradamente.

Bolton quiere cargarse el acuerdo nuclear con Irán, cuando se revise el dossier en mayo, y no se fía del juego de trilero del norcoreano Kim. Tendrá el mercurial consejero que gestionar su aversión a Rusia, único asunto internacional que el Boss maneja con delicadeza. Quizás porque lo teme más que a un nublado.
            
Trump suda tinta cada vez que oye el oleaje de la investigación del fiscal especial Mueller azotando las orillas del Potomac. Va cargándose abogados al mismo ritmo que Nixon destruía las cintas del Watergate en la soledad alcohólica de la trastienda más oscura del 1600 de Pensylvania Avenue.
   
ESPÍAS PARA DESPISTAR
            
Ante estos embrollos internacionales, y después de pensárselo mucho para no ofender en exceso a su admirado patrón del Kremlin, Trump se ha avenido a expulsar a 60 diplomáticos y staff diverso en la nómina de rusos residentes en Estados Unidos. Formalmente, es un gesto de solidaridad con la prima británica por el envenenamiento de un agente doble en Gran Bretaña, atribuido a los discípulos de Putin. Quién sabe. Trump se ha abstenido de tuitear improperios contra su homólogo ruso y ha dejado que los fontaneros de la Casa Blanca expliquen este último atasco diplomático, con hedor insoportable a gas.

Y EN LATE NIGHT... PORNO BLANDO

Pero antes de ponerse a dormir, para relajarse de tanto embrollo, el desvelado presidente busca una de porno. Con los ojos a medio cerrar lee Stormy Daniel en los títulos de la parrilla, tiene un déjà vu y se le dispara el dedo sobre el mando a distancia. Y hete aquí que aparece la famosa porno-star, muy recatada, con gesto grave y cara de niña buena, confesándose a uno de los periodistas más impolutos de la televisión, Anderson Cooper, en el legendario 60 minutos.

La actriz de serie sin catalogar desgrana su memorial de agravios, engaños, intimidaciones y amenazas. La cotización del despacho Oval alcanza mínimos históricos, incluso en estos tiempos de saldo. No hay informaciones fiables sobre el tiempo que aguantó el inquilino teleadicto contemplando a su alegada amante accidental. Lo que parece claro es que la enésima noche televisiva del solitario navegante acabó en pesadilla.