DE UN DONALD A OTRO DONALD: LA DESOLACIÓN EUROPEA

22 de febrero de 2017
                
Trump tuitea, se va de la lengua o reinterpreta la política exterior. Sus colaboradores próximos (los sensatos, los profesionales) acuden a enmendar sus ocurrencias, a embellecer sus ideas. O sea, a enmendarle la plana.
                
Con Europa, el inquilino de la Casa Blanca se ha empleado a modo. Con ese gusto que tiene por decir lo primero que se le ocurre (pocas cosas sensatas), ha conseguido algo que parece más que difícil: irritar a los dirigentes europeos. A éstos, si algo les caracteriza, generalmente, por tradición, trayectoria y cultura, es su templanza, o su cinismo, para responder a las críticas o a las declaraciones hostiles.
                
Pero Trump no es un político de la oposición, ni un analista o un periodista ácido, ni el portavoz de un movimiento social o antiglobalización. Es, aunque cada día cueste más aceptarlo, el Presidente de los Estados Unidos. Y lo que dice tal altísimo responsable internacional, sólo por decirlo, tiene consecuencias. No termina de entenderlo.
                
LA DIFÍCIL MISIÓN DEL COMANDO AVANZADO

La Conferencia de Múnich es un foro convencional de la seguridad europea, donde suelen escucharse opiniones, evaluaciones y sugerencias todo menos sorprendentes. De vez en cuando, alguien se sale del guion y agita a los aburridos informadores enviados a cubrir el evento. Como en 2003, cuando el entonces Secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, dijo aquello de que Alemania y los países que se oponían a la invasión de Irak eran la “vieja Europa”; en cambio, la “nueva Europa”, o sea la mayoría de los antiguos países del Pacto de Varsovia (o algunos “iluminados”, como la España de Aznar) comprendían con clarividencia la significación de la decisión del entonces Presidente Bush (W).
                Ya conocemos el desastre en el que se resolvió aquella iniciativa respaldada por la “nueva Europa”. En esa Europa supuestamente emergente han anidado numerosos partidos xenófobos, racistas y populistas sin muchos escrúpulos. Aunque, para ser honesto, en la vieja Europa no están libres de esos mismos peligros. Y en todos ellos, en el viejo y el nuevo continente, admiradores, o al menos oportunistas seguidores, de este otro Donald.
                Estos días en Múnich, cuatro altos miembros del gabinete Trump han intentado que se olvidaran las torpes afrentas cometidas por su locuaz jefe en las últimas semanas (1). Tirando de ese manual diplomático que Trump desprecia con insolente ignorancia, el Vicepresidente Pence, el Secretario de Estado, Tillermann, el de Defensa, Mattis, o el de Seguridad Interior, Kelly (éstos dos últimos, ex generales) han reiterado el mismo mensaje oído desde hace más de medio siglo: compromiso inequívoco e incondicional de EE.UU. con la seguridad de Europa, reafirmación de los valores, principios y objetivos largo tiempo compartidos. Compromiso pleno y solidario con el vínculo transatlántico. Eso sí: paguen usted más por la defensa europea, que si no será difícil convencer por mucho tiempo al Jefe de la utilidad de la Alianza. Con lo que está cayendo, mensaje erróneo (2).

No vale de mucho que los guardianes de la política europea (Tusk, Stontelberg, Junker) recuperen en público la sonrisa y digan lo que corresponde para que parezcan superados los malentendidos. Por si acaso, Alemania y Francia (vieja Europa) recuperan el recurrente proyecto de una defensa europea autónoma (3), aunque sin cuestionar la vigencia de la Alianza Atlántica. Nada nuevo, en realidad, pero la recuperación de la propuesta en estos momentos no puede ser pura coincidencia.

LA SOMBRA DEL IMPEACHMENT

Desde una Casa Blanca donde se trasnocha mucho viendo la televisión, se estropeó el discurso que los afanados escuderos habían intentado recomponer en Múnich. Trump produjo uno de sus creativos tuiter sobre el daño que la inmigración descontrolada había hecho en Suecia (insinuando un atentado terrorista inexistente). Y como le salieron al paso para sacarlo de su error, se despachó de nuevo con los medios (fake media) que no le siguen el juego.
                
Trump ha batido todos los récords de impopularidad de un ocupante de la Casa Blanca a estas tempranas alturas. No existe casi nadie, desde la derecha conservadora hasta la izquierda más crítica que no se tire de los pelos ante la perspectiva de cuatro años así. Ya empieza a molestar tener que escribir todo el rato de lo mismo: el monotema. Pero ¿podemos sustraernos a ello cuando la incompetencia, la irresponsabilidad o el caos parecen haberse instalado en el Despacho Oval?
                
Se le pasan a uno las horas leyendo lo que inteligentes analistas del poder político en Estados Unidos llevan escribiendo desde el 20 de enero, día de la inauguración presidencial.  Algunos se dejaron incluso ganar por la esperanza de que el triunfador de las elecciones (en la suma del Colegio de compromisarios) se dejara arrastrar por la cordura. Pero tras un espejismo inicial de amabilidad y aparente moderación, se desató el caos.
                
Trump se comporta en la Casa Blanca como en los mítines de campaña. Falta, insulta y descalifica más que propone, orienta o indica. La preocupación en EE.UU. alcanza límites desconocidos. Algunos ya ven en el recién estrenado Trump los indicios patológicos del Nixon de los últimos días. La institución, desprestigiada. La clase política, on fire. La nación, en vilo. Los aliados, sobrecogidos. Es la “niebla de Trump”, en palabras de David Rothkopf (2). ¿Acabará su mandato o será destituido? Éste es ya uno de los tópicos de conversación en Washington. No faltan los motivos, pero sus turbias relaciones con Rusia se destacan como las más peligrosas para la estabilidad de su mandato.
                
Hay una Europa que ve en Trump una oportunidad inesperada para medrar, para hacer avanzar sus causas demagógicas y peligrosas, para conseguir éxitos electorales impensables hasta hace poco. Pero hay otra Europa que asiste espantada a los que se proyecta desde EE.UU.  De poco sirven cantinelas business as usual como las proclamadas por sus segundos en Múnich. Cuando el Presidente se deje caer por este lado del Atlántico (Londres, obligada primera parada) ya puede anticiparse lo que ocurrirá: protestas, manifestaciones incluso más numerosas que las que en su día se dedicaron al otro Donald y a su jefe (W), una brecha sin precedentes en la alianza atlántica.

En tiempos del Brexit, del desafío xenófobo, del envite nacionalista-populista, una visita de Trump es lo último que se necesita por estos quebrantados pagos. Mejor que no venga, por ahora, le deben estar sugiriendo desde Berlín, París, Roma, Bruselas, ¿Madrid?).

El 8 de noviembre pasado, mientras se desarrollaban las votaciones en el encantador barrio de Georgetown, un enclave liberal del perímetro de Washington, unos apoderados (o lo equivalente de tal figura allí) de Hillary Clinton me decían que confiaban en la victoria de la candidata demócrata, porque, de lo contrario, Estados Unidos se convertiría en el hazmerreír de todo el mundo y en la vergüenza del país. ¿Les parece que exageraban?

NOTAS

(1)    “Trump team meets Europe”. BRUCE JONES. BROOKING INSTITUTION, 19 de febrero.

(2)    “Trump aides try to reassure Europe, but may remain wary”. HELENE COOPER. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

(3)    “Berlin veut fair advancer l’Europe de la defence”. LE MONDE, 14 de febrero.

(4) “The fog of Donald Trump”. DAVID ROTHKOPF. FOREIGN POLICY, 14 de febrero.

FRANCIA: EL NACIONAL-POPULISMO, AVANT LA LETTRE

15 de febrero de 2017
                
A poco más de dos meses de las elecciones presidenciales, Francia tiene en vilo a gran parte de Europa. Cuando aún no se ha digerido la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la perspectiva de que Marine Le Pen ocupe el Eliseo desde la próxima primavera añade un factor de preocupación indisimulable.
                
Quizás como antídoto contra el alarmismo, numerosos analistas políticos y técnicos demoscópicos aseguran que el sistema electoral francés hace muy difícil la victoria de la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta, resignados a que pasará el corte en la primera ronda del 23 de abril. Para ser Presidenta de la República, Marine Le Pen tendría -argumentan los optimistas- que vencer al candidato que supuestamente apoyarían el resto de formaciones políticas: sería Marine contra todos. Con pocas posibilidades de salir victoriosa.
                
¿Puede asegurarse tal cosa? En absoluto.
               
¿EL FINAL DE LA V REPÚBLICA?

Resulta un poco inútil enredarse ahora en unas encuestas u otras. Marine Le Pen aparece como favorita en todas ellas. Sólo esta emergencia reciente de Emmanuel Macron (poco sorprendente, por lo demás), le discute la primera posición en la primera vuelta. El exministro/pupilo de Hollande se perfila como candidato “por encima de todas las ideologías” para frenar la “vergüenza” de un escenario a lo Trump en Francia. El propio Macron se postula de tal guisa cuando dice que hay que superar la fractura derecha-izquierda para vencer el peligro que supone la irrupción ultraderechista. No sería de extrañar que algunos empiecen a compararlo, aquí, en España, con el Ciudadano Rivera, aunque con otro empaque. Y otro aire.
                
Que a Macron le estén saliendo ahora las cuentas no quiere decir que su candidatura sea sólida. Su programa es el no programa. Ambigüedad y vaguedad. El electorado francés está muy apegado a la tradición. Los dos bloques, más o menos elásticos, que han conformado la dinámica de la V República se han percibido hasta ahora como inalterables. Estas elecciones, sin embargo, podrían romper ese molde, si Le Pen y Macron, dos disidentes de ese sistema, cada uno a su manera, se alzan con el privilegio de competir por el Eliseo el 7 de mayo.
                
En la escalada demoscópica de Macron pesa tanto el escándalo que amenaza con minar la candidatura de François Fillon, como la corrosión interna del Partido Socialista y la fragmentación subsecuente de la izquierda más radical. El candidato de Los Republicanos (ex gaullistas y algo más) está enredado en el affair de los empleos ficticios de su señora y sus hijos, y ahora le surge un grano más con un posible fraude fiscal de su portavoz.
                
Las bases socialistas confirmaron el desapego hacia “su gobierno” del quinquenato que ahora se extingue con pena máxima y gloria nula eligiendo como candidato a la cabeza visible de los frondeurs, los diputados rebeldes. Benoît Hamon infunde cierta ilusión en esa masa de funcionarios públicos, intelectuales orgánicos y clases medias que no se dejan seducir por los cantos de sirena lepenistas ni por las propuestas mesiánicas de la izquierda más contestataria. Hamon ha desbancado al izquierdista Melenchón para ocupar una desmayada cuarta plaza, y aspira a unir fuerzas con él para optar a la sorpresa. Se ha rodeado de un equipo entusiasta y cuenta con el respaldo firme de la gran dama del socialismo francés, la exministra Martine Aubry, y la emergente alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Dos generaciones de mujeres del PSF para conjurar una crisis agónica del partido más fragmentado de la socialdemocracia europea.

Nadie cree, sin embargo, que sea suficiente haber vencido al aparato, al Eliseo y a Matignon, a esa inercia destructiva que corroe a la socialdemocracia europea. El PSF llega tarde a estas elecciones. Durante su etapa de gobierno, en vez de adelantar el reloj de los cambios, ha perdido el tiempo en componer un inane discurso de acomodación a la austeridad, la debilidad programática y la fragmentación autolesiva.
                
¿LE PEN CONTRA TODOS?

Ciertamente, la dicotomía centro-derecha/centro-izquierda, santo y seña del devenir político francés y europeo, está cuestionada por un nacionalismo que parece abandonar los cauces de lo correcto para incursionar en el terreno del populismo. La versión francesa de este fenómeno, diferente a la que ha triunfado en Estados Unidos, aúna el auge del sentimiento nacional con la decepción del desempeño de la izquierda. Pero, atención, no es Le Pen después de Trump. Marine había llegado antes, con discurso, con partido y con base social. Al mágico Donald le ha valido con la atracción fatal de los medios y la negligencia de la clase política.

La mayoría de los votos de Marine Le Pen no provienen de los ricos, o de la franja más extrema del nacionalismo, sino de cientos de miles, millones de trabajadores decepcionados por la falta de respuesta eficaz del socialismo a la crisis económica, la desindustrialización, el malestar de las banlieus, la inversión social, los aspectos más controvertidos de la inmigración, el incremento escandaloso de la desigualdad. El Frente Nacional no es de izquierdas, ni pretende serlo. Pero sí aspira a convertirse (lo es ya, en gran medida) en el partido de los trabajadores perdedores de la globalización; de los trabajadores franceses, a los que ni siquiera les vale con la compensación menguante de los beneficios sociales para paliar los devastadores efectos del paro. Para escuchar estas voces de obreros transmutados, es muy recomendable un reportaje de hace unas semanas en THE NEW YORK TIMES (1).

Le Pen y Trump comparten esa apelación de voto a los trabajadores “blancos” resentidos por el resultado social de la crisis. “América Primero” es la versión adaptada de “Francia para los franceses”, la divisa con la que el Frente Nacional ha estado resistiendo más de treinta años en los márgenes del sistema. Ha hecho falta que diez años de inclemente crisis haya terminado por hacer saltar las costuras del tensionado modelo social francés para que lo inimaginable se convierta en plausible. La victoria de Trump lo ha hecho factible.

Con la misma convicción con la que los analistas consideraban en octubre que Trump no podía ser Presidente, por miles de razones, casi todas ellas de una solidez aparentemente incuestionable, ahora sostienen que, como ha ocurrido antes, el temido éxito del Frente Nacional se quedará en espejismo.  

Fillon, en una maniobra que huele a desesperación, ha advertido que su eliminación en primera vuelta equivaldría a la consagración de la victoria de Marine Le Pen. “No puedo asegurar que la mayoría de mis votantes le vuelvan la espalda a la candidata del Frente Nacional para respaldar a un candidato de izquierdas”, ha venido a decir. Razonable. Pero, a la inversa, tampoco puede darse por seguro que el electorado de izquierda lo vote a él, sólo para evitar un triunfo de la candidata ultranacionalista, como hicieron con Chirac. Ha pasado mucha agua bajo los puentes del Sena para asegurar tal cosa. La base electoral de la izquierda está desanimada, desconcertada o, algo peor, adherida al engendro xenofóbico del obrerismo nacionalista, o del populismo, para entendernos mejor con el lenguaje al uso.

Pase lo que pase estos dos meses y pico, Francia dejará de ser una esperanza europea para convertirse en un dilema entre lo malo y lo peor.

(1) “Macron, the maverick”. KEMAL DERVIS.BROOKING INSTITUTION, 8 de febrero; “Emmanuel Macron steps into France’s political void”. NYT, 13 de febrero.

(2)    “La peur du loup Front Nationel”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 10 de febrero.

(3)    “Benoît Hamon dévoilé son équipe de champagne”. LE MONDE, 11 de febrero

(4)    “Will France sound the death knell for socialdemocracy”. JAMES ANGELOS. NYT, 24 de enero.

CALIFORNIA, CORAZÓN DE LA RESISTENCIA CONTRA TRUMP

8 de febrero de 2017

California no es el único lugar de Estados Unidos donde se afirma una resistencia encarnizada contra el mandato de Donald Trump. Pero es, quizás, el más emblemático y combativo. Desde la victoria del candidato republicano en el colegio electoral, el pasado noviembre, se percibe en California, desde donde escribo este comentario, la revitalización de los movimientos de protesta ciudadana. Cada vez son más los decididos a no permanecer pasivos ante el retroceso en materia de derechos y libertades.

Pero fue la orden ejecutiva del 27 de enero, que restringía la entrada en el país de ciudadanos procedentes de siete países de predominante religión musulmana y el cierre absoluto a los desplazados por la guerra de Siria, lo que ha colocado a este heterogéneo movimiento de resistencia en modo de conflicto abierto con la Casa Blanca. La protesta tiene varios frentes: institucional, social, profesional e ideológico.

ESTADO Y CIUDADES, CONTRA EL PODER FEDERAL

De todos ellos, el primero es quizás el más sorprendente, por su rapidez y contundencia. El propio Gobernador del estado, el veterano Jerry Brown, ha llegado a decir ante el Congreso local que está decididamente dispuesto a resistir todas las políticas federales de dudosa legalidad y, en particular, las que supongan una merma de los derechos de las minorías. O a proteger la reforma sanitaria de Obama, que California fue el primer estado en adoptar, y que ha reducido el número de desprotegidos a un mínimo histórico.

Los ayuntamientos de las principales ciudades y áreas metropolitanos han sido también muy beligerantes. Denis Herrera, fiscal general de San Francisco, la villa que parece a la vanguardia de las protesta, se ha querellado contra Trump, después de que el Presidente decidiera bloquear los fondos de ayuda federal a las ciudades que no colaboren con su política migratoria restrictiva.

Se calcula que viven en San Francisco 30.000 personas sin papeles, alrededor del 3% de la población. La ciudad recibe anualmente 1.200 millones de dólares, con los que sostiene programas de salud y ayuda social. Herrera evocó el llamamiento de Obama a defender la democracia durante el anuncio oficial de su iniciativa.

San Francisco es una de las llamadas “ciudades santuario”. Llevan décadas aplicando prácticas de tolerancia y protección de los inmigrantes. Otras villas, como la capital del estado, Oakland, Berkeley o San José no han adoptado de momento medidas legales contra la autoridad federal, pero ya han advertido que continuarán con su política de no detener a inmigrantes ni realizar pesquisas policiales para conocer el estatus migratorio de la población.

LABORATORIO DEL CAMBIO SOCIAL

Por esta razón, entre otras, numerosas ciudades de California fueron las primeras en movilizarse contra la orden ejecutiva anti-migratoria del nuevo presidente. En otros tiempos, este estado tuvo un gobernador, Pete Wilson, que promovió medidas restrictivas en materia de migración, la tristemente célebre Proposición 187, que eliminó fondos para programas sociales destinados a los inmigrantes sin papeles.

Pero esa sensibilidad se ha invertido, en parte por la evolución demográfica (se estima que los blancos dejarán de ser mayoría antes de la mitad de siglo), pero también por la pujanza de movimientos sociales progresistas y multirraciales.

EL MALESTAR DE SILICON VALLEY
Otro frente de resistencia que ha sido especialmente sonoro estas últimas semanas es el relacionado con el sector de las tecnologías de la comunicación, reunido en el Silicon Valley, en el norte de California, a un centenar de kilómetros de San Francisco. Las radicales medidas anti-inmigratorias generaron un movimiento imparable de protesta desde la base. Miles de empleados de las compañías más emblemáticas del sector (Google, Facebook, Twitter, Uber, Amazon, etc.) se han manifestado para  condenar las decisiones de la Casa Blanca. No es de extrañar, pues las plantillas de estas empresas, son racial y culturalmente muy diversas, como corresponde a una actividad caracterizada básicamente por la dinámica de la globalización. La tecnología que producen está destinada a eliminar barreras, no a levantarlas. De hecho, algunos de los ciudadanos que se vieron afectados por las barreras levantadas por Trump trabajaban en Silicon Valley.

En parte presionados por sus empleados, los responsables de algunas de estas compañías se han visto arrastrados a expresar de forma más comprometida sus posiciones contrarias a las restricciones migratorias y a la libertad de movimientos. Tras la victoria de Trump, algunos dirigentes de estas empresas intentaron mantener una cautelosa neutralidad. Incluso otros, como uno de los jefes de Uber, formaba parte del Consejo de asesores económicos del nuevo Presidente. Ya no: dimitió al comenzar la oleada de protestas. Microsoft fue una de las compañías que pasó de un discreto silencio a una posición activa de rechazo.

LA DERIVA VIOLENTA

Finalmente, la protesta anti-Trump ha galvanizado también a los sectores más radicales de la sociedad. Los movimientos anarquistas, que cobraron nuevo vigor con la crisis financiera y los abusos de Wall Street, han revivido con la elección del retrógrado magnate, y California ha sido uno de los escenarios más destacados de su reforzado protagonismo.

En Berkeley, epicentro de la revuelta universitaria de los sesenta, cientos de jóvenes acudieron a medios violentos (quema de neumáticos y otros objetos, rotura de ventanas, irrupción en edificios universitarios) para impedir impidieron que uno de los colaboradores del estratega jefe de la Casa Blanca, el ultraderechista Bannon, pronunciara una conferencia en el campus. Los incidentes adquirieron cierta gravedad. El alcalde demócrata de Berkely, comprometido en el frente anti-Trump, se vio obligado a denunciar la deriva violenta de la protesta y a llamar la atención sobre el riesgo de que estas provocaciones alienten respuestas radicales racistas o xenófobas, como ya ocurrió el año pasado.

En efecto, durante el proceso de las primarias, se produjeron enfrentamientos de cierta gravedad entre grupos de extrema derecha y extrema izquierda, en otras ciudades de California. En Anaheim, grupos antifascistas irrumpieron en una concentración del Ku Klux Klan, y en Sacramento grupúsculos anarquistas protagonizaron una batalla campal contra los skin-headsDe momento, son incidentes contados y aislados.De momento, son incidentes contados y aislados.

En todo caso, el malestar en California es tan notorio que se vuelve a hablar del Calexit, es decir, la separación de la Unión. Algo que, de momento, carece de fundamento real, aunque California se encuentra entre las diez economías más poderosas del mundo y podría ser muy viable como estado independiente. El desprecio que el nuevo inquilino de la Casa Blanca demuestra hacia valores muy preciados en amplios sectores del país podría alimentar esta tentación rupturista, por ahora minoritaria.  

DIEZ DÍAS QUE AVERGONZARON AL MUNDO: TRUMP DEGRADA LA DEMOCRACIA DE EE.UU.

1 de febrero de 2017
         
El nuevo Presidente de Estados Unidos ha ofrecido un anticipo inquietante de lo que puede ser su mandato: demagogia en el relato, distorsión de la realidad, precipitación política, desorden administrativo, desconcierto en la gestión de su equipo y, sobre todo, reflejos autoritarios, antidemocráticos e irrespetuosos con los derechos de ciudadanos y los valores de su país. Y todo en ello en menos de diez días. Ni lo más pesimistas podían prever semejante destrozo. En cantidad y en calidad.
                
Estados Unidos ha vivido el fin de semana más agitado desde los atentados del 11 de septiembre. En esta ocasión, no se trata de una agresión exterior, sino de quien, por mandato constitucional, está obligado a proteger las leyes y el estado de derecho. En nombre precisamente de una amenaza terrorista exagerada y un alarmismo inducido, el desbocado Trump hizo uso de su pluma presidencial para socavar uno de los pilares más positivos del sistema político y social norteamericano: la inmigración, el pluralismo de ideas y culturas y la diversidad racial.
                
El bloqueo de los refugiados sirios y la prohibición de entrada en el país a las personas procedentes de siete países de mayoría musulmana, incluidos quienes ya tenían la carta verde de residencia o estaban habilitados por un visado vigente, dejó atónitos a políticos, abogados, funcionarios y activistas. En apenas una hora, emergió un contrapunto esperanzador de la resistencia cívica frente al atropello. Miles de ciudadanos se congregaron de forma espontánea en los aeropuertos donde viajeros que intentan entrar o regresar a Estados Unidos estaban siendo retenidos por los funcionarios de migración.
                
Aparte de atentatoria contra derechos y libertades, la orden de Trump es incoherente. Y sospechosa. Ninguno de los atentados cometidos en Estados Unidos en los últimos quince años ha sido realizado por terroristas que procedieran de los países puestos en cuarentena. Y, sin embargo, otros como Egipto o Arabia Saudí, de los que eran nacionales muchos de los terroristas del 11 de septiembre, han quedado libres del plumazo xenófobo. Oportunismo, capricho o, como han apuntado sagazmente algunos comentaristas, casual circunstancia de que en esos países exentos tiene el magnate negocios o inversiones.
                
UNA GESTIÓN BOCHORNOSA

La orden ejecutiva de Trump no sólo representa un atentado contra los valores del país. Además, resultó una auténtica chapuza administrativa. La precipitación con la que actuó el presidente sorprendió incluso a algunos miembros de su propio gobierno, incluso el responsable político de gestionar la ejecución de la orden, el Secretario de Seguridad interior. El Secretario de Defensa, a quien Trump no para de ensalzar con esa retórica tan suya del elogio vacuo, ni siquiera fue consultado.

Aparte del fondo de la cuestión, algunos medios han detallado estos últimos días el clima de desconcierto que se vivió en los aeropuertos, ya que no había emergencia de seguridad alguna que justificara la precipitación de la medida (1).

El artífice de la medida fue el estratega jefe, Stephan Bannon, el propagandista de ultraderecha, supremacista blanco y xenófobo. Este mismo personaje fue el que inspiró gran parte del discurso de inauguración presidencial, atajo de invocaciones populistas, nacionalistas y catastrofistas que incomodaron a los sectores más templados del partido republicano.
               
La justicia no tardó mucho en actuar, aunque la reacción, ciertamente, no fue generalizada. Una juez de Brooklyn fue la primera en emitir una providencia que suspendía la retención de ciudadanos sin impedimento legal para ingresar en el país. La Secretaria de Justicia y fiscal general en funciones, nombrada por Obama y pendiente de sustitución, dio la instrucción a sus subordinados de no defender la orden ejecutiva por no estar ajustada a las leyes vigentes. Trump respondió a su manera. No esperó a que el Senado confirmara a su escogido para el puesto: la destituyó de inmediato, “por traición”, y nombró como interino a un fiscal de Virginia que se ha allanado a la voluntad del Jefe. Así parece que va a funcionar EE.UU. a partir de ahora, si la sociedad civil, el legislativo o los aliados no lo remedian.
               
Algunos dirigentes europeos ya han manifestado su desacuerdo e incluso su malestar. Unos, con cierta claridad, como Merkel, Hollande o Tusk. Otros, con una cautela excesiva, como la británica May, a quien los periodistas tuvieron que casi extraer una declaración de inconformidad. Millón y medio de británicos han solicitado que se cancela la programada visita de Trump este verano (2). El Presidente del Gobierno español ha ejercido su proverbial tancredismo: por una muy mal entendida prudencia, o por su habitual indolencia.
                
AFRENTA A MEXICO

En otros casos, no es malestar exterior sino afrenta. Es el caso de México. Otra orden-exprés trumpianas, la construcción de un muro, supuestamente para controlar la migración y prevenir la llegada de criminales (sic), constituye un escándalo, por las graves implicaciones diplomáticas y sociales. En Estados Unidos viven más de 30 millones de personas de origen mexicano, que han contribuido poderosamente a la prosperidad del país.
                
Este otro reflejo xenófobo conecta con la conspiratoria narrativa de la ruina americana provocada por acuerdos comerciales perniciosos. El NAFTA, tratado de libre comercio suscrito por Estados Unidos, México y Canadá, no ha significado daño económico y pérdida de empleo para los norteamericanos, como proclama engañosamente Trump. Un artículo antiguo, ahora reeditado, de la delegada de comercio en el gobierno de Bush padre, Carla Hills, pone en evidencia las falsedades en que descansan las invocaciones del actual presidente.

México absorbe la séptima parte de las exportaciones norteamericanas. O dicho de manera más gráfica: más que las destinadas a los emergentes BRIC (Brasil, Rusia, Indica y China), juntos. México le compra a Estados Unidos más productos estadounidenses que las cuatro potencias comercial europeas reunidas (Alemania, Gran Bretaña, Francia y Holanda). El suma y sigue de los datos que ridiculizan el discurso de Trump sería interminable, pero el artículo es imprescindible para hacerse una idea de la magnitud del engaño (3).

La agresiva iniciativa presidencial puede reabrir viejas heridas de humillación y vergüenza en el vecino del sur. Hace unos días, el historiador Enrique Krauze, liberal de vocación y moderado en sus expresiones políticas, advertía que, contrariamente a lo que ha sido tradición en México ante las numerosas ofensas y menosprecios históricos del gigante del norte, en esta ocasión no se puede actuar como si nada hubiera ocurrido. Por el contrario, se impone una respuesta firme e inequívoca de las autoridades de su país frente al atropello. (4).

El estreno de Trump se corona con la selección de un candidato cercano a los ultras para ocupar el puesto vacante en el Tribunal Supremo. Demócratas y progresistas ya han anunciado una resistencia feroz. En definitiva, diez días que han avergonzado a la América decente y a una comunidad internacional circunspecta. Trump parece dar la razón a quienes denuncian que su mandato degradará profundamente la democracia norteamericana.

(1)    “How Trump’s rush to enact inmigration ban unleashed global caos”. NEW YORK TIMES, 30 de enero.
(2)    “There May feels heat over travel ban as Donald Trump stands firm”. THE GUARDIAN, 31 de enero.
(3)    “NAFTAS’s economics upsides”. CARLA HILLS. FOREIGN AFFAIRS, 6 de diciembre de 2013.
(4)    “Trump threaten a good neighbor”. ENRIQUE KRAUZE. NEW YORK TIMES, 17 de enero de 2017.               

                  

TRUMP DESCUBRE A ORWELL Y LOS EXTREMISTAS SACAN PECHO

25 de enero de 2017
     
Donald Trump ha tenido un inicio horrible como Presidente: acusando a los periodistas de mentir por no comprar sus falsedades y manipulaciones, puestas tan palmariamente en evidencia que produce sonrojo y vergüenza ajena.

En un torpe intento por remedar el ridículo, una de sus principales consejeras calificó de “hechos alternativos” la falsa pretensión de su patrón sobre la asistencia récord de gente a la ceremonia de inauguración. Un reflejo orwelliano que puede convertir la proyección pública de su mandato en una pesadilla mediática. La primera comparecencia del portavoz de la Casa Blanca fué un desastre: como ejercicio de relaciones públicas y como producto informativo.

Poca o nula definición estratégica, por ahora. Quizás por este arranque fallido, sus primeros días en la Casa Blanca parecen dominados por el empeño de demostrar lealtad a ciertos compromisos de campaña, para recuperar una popularidad malgastada en torpezas.

A GOLPE DE IMPACTO

Trump está actuando como acostumbraba como candidato: a golpe de impacto. Por un lado, pretende afianzar su agenda proteccionista: insistencia en levantar un muro para detener la inmigración ilegal desde México, endurecimiento de los controles de entrada en el país de inmigrantes y refugiados, posible reapertura de prisiones opacas para sospechosos de terrorismo, vagas promesas de protección de la industria e insinuación de castigos fiscales a las empresas deslocalizadoras.

El otro impulso inicial de Trump está consagrado a desmontar, con más prisa que tiento, políticas emblemáticas de Obama: el modelo de atención sanitaria, el Tratado de libre comercio, las ayudas a grupos extranjeros de planificación familiar en el mundo en desarrollo o la protección medio-ambiental, simbolizada en la prohibición de dos polémicos oleoductos.

LA AMÉRICA CONSCIENTE

Frente a esta desagradable realidad, se ha alzado la América consciente, una sociedad civil comprometida con la defensa de los derechos de las minorías… y de las mayorías. Las manifestaciones promovidas por distintos colectivos feministas y multirraciales es la respuesta correcta e imprescindible. Se preguntaban estos días no pocos científicos sociales si estamos ante un movimiento estable y sólido o sólo ante una expresión momentánea y efímera de desagrado y protesta. El tiempo lo dirá.

La confirmación de una presidencia extremista o lesiva con derechos y libertades, despectiva en el exterior y agresiva en el interior puede ser el mejor cemento para la consolidación de un frente de resistencia activo. El Partido Demócrata, que gobierna en numerosos estados muy hostiles al actual Presidente, tiene una responsabilidad especial en articular una defensa inteligente del legado de Obama y resolver algunos de sus aspectos más vacilantes y contradictorios.

Después de todo, parte de esa América que no ha votado a Trump, tampoco respaldó la alternativa demócrata, o ni siquiera entregó su voto a una causa perdida de antemano, como la representada por la candidata verde. El voto es una asignatura pendiente en EE.UU. El voto de los pueden y no quieren y el voto de los que quieren y no pueden. 

ALIENTO A LOS EXTREMISTAS DEL MUNDO

En el mundo, impera la cautela. Con una excepción: el apresuramiento de los radicales israelíes en aprovecharse del momento para embarcarse en proyecto de colonización de tierra palestina ocupada, contraviniendo escandalosamente la legalidad internacional.

En los márgenes del extremismo europeo cunde cierta euforia por el efecto Trump, reforzado con el impulso Brexit. Las formaciones ultranacionalistas y xenófobas se sienten alentadas por el resultado de las elecciones norteamericanas y hacen una lectura oportunista. Así lo han proclamado en una especie de mini-cumbre de Coblenza, aunque se hayan cuidado de no unir su suerte a la deriva de la Casa Blanca.

Más que otra cosa, esta cita ha tenido un evidente componente electoralista. En Holanda, Francia y Alemania (Italia podría ser la siguiente) se juega este año el porvenir inmediato de estas propuestas demagógicas. Pero es improbable, y hasta desaconsejable para sus intereses, que pueda surgir una especie de internacional xenófoba o internacional ultra-nacionalista, porque sería una contradicción in-terminis. Las dificultades para forjar una estrategia común en el Parlamento europeo han puesto en evidencia sus debilidades ideológicas y programáticas.

Esa Europa de las naciones que proclama la francesa Le Pen, o libre de contaminación cultural, como airea el holandés Wilders o, con otra retórica, la alemana Petry es un eslogan incompatible con la realidad mundial. Una cosa es corregir o encauzar los efectos de la globalización y otra es negar el fenómeno.

En realidad, el verdadero peligro de estos partidos extremistas reside tanto en su fuerza propia cuanto en la capacidad para contaminar el discurso de los demás. Lo estamos viendo en Holanda, donde el primer ministro conservador, Mark Rutte, ha empezado a adoptar mensajes de tono xenófobo, al denunciar ciertos comportamientos de los inmigrantes “que abusan de nuestra libertad”. El candidato de la derecha francesa, François Fillon, gusta de otro tono, pero no esconde su intención de acercarse a las destempladas propuestas de su presunta rival en la ronda final de las presidenciales de mayo.

Y en este panorama, la izquierda europea sigue atrapada en la perplejidad y el desconcierto. Los socialistas franceses se aprestan a señalar un candidato que, salvo aplicación concienzuda e inspiración monumental, está condenado a una derrota humillante. El triunfo provisional del crítico Benoît Hamon por delante del continuista Manuel Valls debe confirmarse o revertirse el domingo. Parece improbable que el exprimer ministro pueda remontar, a tenor de las recomendaciones de voto de los descartados a sus seguidores.

Hamon fue uno de los líderes de los “frondeurs”, los contestatarios de Hollande en la Asamblea Nacional. Sus orígenes de líder contestatario estudiantil y juvenil aporta cierta frescura ingenua a su perfil. Si afianzara su victoria interna, podría convertirse en una versión francesa, más light, más ambigua, del corbynismo laborista.
               


UN DÍA GRIS EN AMÉRICA

20 de enero de 2017
                
Se ha consumado el traspaso de poder en Washington. Donald Trump ha jurado como el 45º Presidente de los Estados Unidos, en un día grís, de cielos cubiertos, corazones encogidos, el mall central de la ciudad con más claros que en ocasiones precedentes y un ambiente de expectativa e incertidumbre.
                
El primer discurso de Trump como Presidente ha sido un extracto de su oratoria electoral, que puede resumirse en cuatro conceptos fundamentales: populismo, patriotismo, nacionalismo y providencialismo. El paradigma del momento político en auge en todo el mundo.
                
POPULISMO
                
El populismo ha inspirado sus primeras palabras al frente del país más poderoso de la Tierra. “Hoy no sólo estamos transfiriendo el poder de una administración a otra, de un partido a otro, estamos devolviendo el poder de Washington a vosotros”, ha dicho.
                
“Vosotros”, o “the people”, el pueblo, la gente, o “the nation”, la nación. Trump ha apelado continuamente a la brecha entre el poder y la gente, el “establishment”, la élite (aquí,  la casta) “se protege a sí misma, pero no protege a los ciudadanos de nuestro país”. Es el asunto sobre el que construyó el inicio de su carrera como candidato. Lo ha recuperado en el día uno de su mandato, como un imperativo prioritario: “el cambio empieza aquí y ahora, porque este momento os pertenece a todos vosotros”. No un cambio cualquiera: “un cambio como no se ha visto otro antes”, ha sentenciado el nunca modesto Trump.
                
De todas sus promesas de Trump, ésta parece una de las más difusas y esquivas. Trump arremetía contra la élite en presencia de la élite, rodeado de sus exponentes más provectos. De alguna forma, les ha llamado usurpadores: “El pueblo volverá a gobernar este país de nuevo”, ha dicho. Establecer un antes y un después, con él como factor divisorio es como trazar una raya en la arena de la playa. El oleaje político no tardará en borrarla.  
                
Las otras promesas populistas tienen que ver con la reconstrucción del país, la recuperación de la prosperidad. barrios seguros, trabajos decentes, mejores carreteras y vías de ferrocarril, más puentes, puertos y aeropuertos. “La masacre que ha sufrido el país en los últimos tiempos acaba aquí”, ha dicho, en referencia al atraso en infraestructura y a la pérdida de puestos de trabajo. Trump ha prometido otra vez un país nuevo, un país más grande y más fuerte, levantado o reconstruido con “manos americanas”. La marca América enlaza al pueblo con su nacional, al populismo con el nacionalismo.
                
NACIONALISMO
                
Trump, más diplomático que en sus agresivos discursos de campaña, no se ha desprendido, empero, de la soflama nacionalista. “Desde hoy, una nueva visión gobernará nuestro país. América, primero, América, primero”, ha proclamado. “Cualquier decisión sobre comercio, sobre impuestos, sobre inmigración se hará en beneficio de los americanos”, ha añadido.
                
Ha sido condescendiente con el resto de los países. Incluso ha parecido evocar a Reagan cuando ha dicho que no impondrá el modelo americano a nadie. Ha prometido amistad y buena voluntad a los demás, pero bajo el claro concepto del derecho que cada cual tiene a poner sus intereses por delante.
                
Frente al mundo exterior, ha señalado claramente al principal enemigo (sólo ha mencionado) uno, nada de fórmulas contenidas o prudentes: “uniremos al mundo civilizado contra el terrorismo del Islam radical hasta hacerlo desaparecer de la faz de la tierra”.

Ni una referencia concreta más a cómo serán las relaciones exteriores de su presidencia. Un silencio significativo y atronador. ¿Para qué?, podría preguntarse. Después de todo, en sus propias palabras, “cuando América está unida, es imparable”.

PATRIOTISMO

Trump ha ido enardeciendo su discurso en el tramo final, a lomos de un patriotismo convencional, casi tópico. “Cuando abrimos nuestro corazón a los demás, no hay espacio para fisuras”, ha sido uno de sus principales esfuerzos “poéticos”.

“Blancos, negros o marrones, todos derramamos la misma sangre roja de los patriotas”, ha proclamado envuelto ya en la bandera e inspirado por el sacrificio de los soldados.

Asuntos recurrentes no sólo de Estados Unidos, sino de cualquier arsenal retórico nacionalista que se precie. La patria como refugio (“No tengáis miedo. Estamos protegidos y estaremos protegidos”). La patria como promesa (“Ha llegado la hora de la acción. No permitamos a nadie decir que algo no se puede hacer”). Ecos kennedyanos. O el optimismo tradicional del relato americano, donde todo es posible, nada está negado desde un principio.

PROVIDENCIALISMO

Y todo ello, claro, con la ayuda de Dios. Después de todo, América es tierra elegida, tierra de promesa y destino. Una nación con una misión universal. “Estaremos protegidos por nuestros policías y nuestros soldados. Y estaremos protegidos por Dios”

El tono final del discurso ha estado impregnado de esta retórica grandilocuente del destino manifiesto, de la aceptación optimista de todos los desafíos, de la voluntad de prevalecer, del poder de la confianza frente a la resignación o el temor al fracaso. Porque América es tierra bendecida.

SE ACABÓ EL SHOCK

En definitiva, un discurso que ha combinado el mensaje demagógico de la campaña con la exigencia solemne del momento inaugural. Una oportunidad perdida más para saber cómo será este inquietante experimento político, al que hay que prestar una atención inteligente, pero no obsesiva. Como decía hace unas semanas Rosa Brooks, una comentarista sagaz: ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones. Se acabó el shock. Trump es el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, el amo formal del mundo, si se quiere. A los demás nos queda la tarea de permanecer vigilantes, denunciar sus excesos, combatir sus políticas perniciosas: en fin, de ejercer el papel irrenunciable de ciudadanía.

“La democracia se protege cada día”. Esta cita final no es de Trump, sino de otro presidente, el saliente, Barack Obama, a quién, con todos sus errores, echaremos de menos.

EL FRÍO QUE LLEGA DEL ATLÁNTICO

  18 de enero de 2017
                
Europa vive una intensa ola de frío. Climatológico y político. Nos interesa el segundo, claro. Sopla con intensidad y cierto descaro. Masas de aire gélido soplan desde el otro lado del Atlántico, en vísperas de que Estados Unidos inicie la experiencia más incierta y arriesgada desde que se convirtió en la primera potencia del planeta. Más de cerca, sus primos británicos, en su día feroces enemigos en la guerra de independencia y luego “amigos especiales”, se aprestan a vivir otra experiencia no menos inquietante: el desacople de una Europa a la que, por mucho que protesten, han estado siempre ligados.
                
El estilo Trump cunde. Maneras fuertes. Lenguaje desenvuelto. Diplomacia, la justa. Intereses, primero los nuestros, luego los nuestros, y, al cabo, si hay espacio, atenderemos los otros, amigos o socios incluidos. El nacionalismo autoritario y otros, el confuso, el oportunista, el coyuntural, de repente ven en Trump quizás no un ejemplo a seguir (resulta imposible de replicar al caballero de la Torre), pero sí un tirón aprovechable de su retórica ventajista y engañosa.
                
Putin lo hace, claro, pero menos de lo que los algunos medios proclaman, porque tiene motivos para no creer del Presidente en ciernes más que lo mínimo para componer la figura en público. Lo hace Netanyahu, que contempla el cambio en la Casa Blanca como agua de mayo para las sedientas huertas de las colonias ilegales en la Palestina ocupada. Lo hace Marine Le Pen, pavoneándose sobre las debilidades de la post-derecha y las ruinas de la izquierda francesa. Y lo hace toda la caterva de políticos autoritarios que han encontrado un discurso primitivo sobre las cenizas del post-comunismo, del Don al Danubio, del Báltico al Mar Negro.
                
Pero quien parece haber encontrado en el estilo Trump una aceitosa inspiración sin vincularse del todo a sus derivas es la insular Britannia. Después de amagar y no dar, de esperar respuestas veniales del continente para intentar remedar el paso sobre el alambre del Brexit, la primera ministra salida del sobresalto, Theresa May, parece haberse decantado por el hard-Brexit, según algunos escépticos; o el clean-brexit, según ella misma y los partidarios de un abandono limpio y claro, sin medias tintas.
                
La sucesora de Cameron se lo ha pensado durante seis meses. La falta de claridad generó confusión y nerviosismo, en los parqués de la City y en las bancadas de Westminster; por extensión, en cada despacho de la atribulada Unión Europea. Esa actitud indecisa le valió un aguijonazo del siempre incisivo semanario liberal THE ECONOMIST, que la denominó “Theresa May-be”. No se ha sabido todo este tiempo de qué lado se iba a decantar la estólida jefa de gobierno británico, mas allá del socorrido Brexit means Brexit.
                
Aquí está ahora el resultado: ya que Europa no parece avenirse a una membresía a la Carta, se rompe la baraja, pero con clase, con maneras de gentlemen. Si no hay mercado único ni unión aduanera para la Gran Bretaña, tampoco jurisdicción del Tribunal Europeo ni dinero para el presupuesto común. Como se dice por allá, una relación “on a day to day basis”. Al día. O según qué y cómo, como lo expresamos por aquí.
                
Este clean-Brexit, que tiene la ventaja aparente de no generar confusión, empezará a embarrarse cuando empiecen las negociaciones. Como han dicho algunos comentaristas poco proclives a aplaudir a la primera ministra, May ha sido clara en los objetivos, pero en absoluto en los detalles; por no hablar de los resultados probables, que se antojan muy, pero que muy dudosos y poco o nada tranquilizadores (para nadie).
                
Los tories saludan el pronunciamiento de su líder con cierto alivio y con niveles aceptables de satisfacción, teniendo en cuenta que por allí no se llevan las adhesiones partidistas inquebrantables a las que estamos acostumbrados en estas otras latitudes mediterráneas. Hay una cierta arrogancia contenida en las palabras de May y en las exégesis que le dedican sus partidarios, cuando se refieren a que Europa no debería sucumbir a la tensión de la represalia, porque se infligiría daño a sí misma. Por debajo de la blusa, la señora ha deslizado la carta de convertir a las islas en paraísos fiscales. “Un aguijón thatcheriano”, ha dicho el comentarista D’Ancona en las páginas de THE GUARDIAN.
                
Esta mera insinuación ha hecho brincar de rechazo al líder laborista, Jeremy Corbin, quien desde el rincón más izquierdoso de la socialdemocracia europea se debate entre la repugnancia al modelo austeritario europeo y la música de derechos laborales, sociales y distributivos que permanecen en la cultura política continental. Otros líderes laboristas, tan desconcertados como molestos, se preguntan si serán capaces de encontrar una voz propia en la orquesta atronadora en que se convertirá su país en estos dos años de espeso y ruidoso proceso de separación. Al final, tendrá que ser el Parlamento quien apruebe los términos del divorcio y habrá que retratarse con pretendida claridad.
                
En Europa, el discurso de May ha caído tan mal como corresponde y tan contenido como exigen las formas. Los menos obligados por las exigencias de su cargo, como el portavoz de la bancada liberal en Estrasburgo, el belga Verhofstadt, ha advertido que la bala de plata del paraíso fiscal puede convertirse en un peligroso boomerang para Londres. Agradece la claridad pero no compra el esfuerzo.

Los pares de May en la Europa que decide, no la que opina o acompaña, guardan una obligada cautela. París se apresta una primavera del corazón en el puño, y no precisamente en alto, sino bien pegado al pecho, en espera de que se evite el sobresalto. En Berlín, no agrada este juego de damas con temple. May no quiso pasar por alto en sus palabras que Alemania no había tenido interés en negociar los derechos de los 3 millones de europeos residentes en el Reino Unidos en el escenario del Brexit. Un recadito a su colega Merkel.   

Así las cosas, Trump irrumpirá en el teatro europeo como un bisonte de las praderas. Se contiene la respiración, porque, como ha dicho el casi siempre coloquial Vicepresidente Biden, “no tenemos ni puñetera idea de lo que piensa hacer”. Mejor resumido, imposible. El anti-candidato y enseguida ignoto-presidente puede decir (y hacer) una cosa y la contraria antes de que se haya digerido la primera de sus decisiones. No podrá improvisar, ha dicho con candor Obama en su despedida pública. Puede hacer eso y mucho más.

En realidad, con Trump hay dos grandes peligros: o no tomárselo en absoluto en serio o tomárselo demasiado a la tremenda. Y lo peor es que una tercera opción, la del término medio, no casa con su temperamento ni con su arquitectura mental. Conclusión: una atenta espera a la pantalla. O al tweet.