CUBA. EL PASO MÁS VALIENTE DE OBAMA

18 de diciembre de 2014
                
Obama ha adoptado el paso más valiente de su política exterior: cambiar la dinámica de las relaciones con Cuba, enterrar la lógica de la guerra fría e iniciar un proceso de convivencia y reconciliación.
                
El intercambio de prisioneros, la eliminación de Cuba de la lista de estados que patrocinan o apoyan el terrorismo y el levantamiento de todas las restricciones para viajar a la isla constituyen los primeros pasos de un proceso que será todavía largo.
                
La liberación del contratista norteamericano Alan Gross y de un agente de inteligencia norteamericano que llevaba muchos años preso propició la medida recíproca de Estados Unidos de ordenar la salida de prisión de los tres de los cinco "héroes" (como se les conocía en el lenguaje oficial cubano) que aún cumplían pena en cárceles de Florida.
                
La escenificación de este nuevo tiempo tendrá lugar el próximo mes de abril, con motivo de la cumbre de las Américas, que se celebrará en Panamá, y en la que podría producirse el primer cara a cara entre los líderes políticos de ambos países tras más de cincuenta años siglo de confrontación. Obama y Raúl Castro conversaron telefónicamente este martes, en un anticipo de ese encuentro, el más esperado en el mundo hispano. En la última cumbre, celebrada en Cartagena de Indias, los líderes continentales emplazaron a Obama para que diera el paso que finalmente se ha producido.
                
Fuentes de la Casa Blanca han confirmado lo que ya se sabía extraoficialmente desde hace semanas: la existencia de contactos entre las dos partes para avanzar en el deshielo. Se ha sabido también que el Papa Francisco ha jugado un papel importante en el acercamiento.
                
Obama ha reconocido que el embargo (bloqueo, para los cubanos) no ha funcionado. Desde el comienzo de su presidencia, había dejado entrever que era necesaria una nueva estrategia de relación con Cuba. En 2009 suavizó las restricciones en los viajes y remesas de los cubano-norteamericanos y en 2011 restableció el programa de contactos educativos que Bush había suspendido. Se ha negociado también sobre colaboración en vigilancia costera, control medioambiental de derrames petroleros o restauración del servicio postal. Pero hasta hace un año y medio no se empezaron a registrar avances políticos de consideración.
                
Como es sabido, el sistema de presión norteamericana sobre Cuba no se eliminará por completo sin la aprobación del legislativo. Y tal condición está muy lejos del horizonte. El control completo del Congreso por los republicanos a partir de enero obstaculizará este proceso de normalización entre los países. Uno de los aspirantes republicanos a la Casa Blanca, el senador por Florida Marco Rubio, de origen cubano, ha calificado de "inexplicable" la decisión presidencial de "recompensar al régimen de Castro", con el único propósito de "pulir su legado a expensas del pueblo cubano".

                
En todo caso, como pedían los sectores progresistas norteamericanos, Obama parece haber dado el paso que hasta ahora no se atrevía a completar. Aunque se vaya de la Casa Blanca sin haberlo conseguido del todo, la reconciliación con Cuba podría ser el logro más espectacular de su presidencia.

PAKISTÁN: LAS CLAVES DE UNA CRUEL VENGANZA

18 de Diciembre de 2014
                
La espantosa masacre de escolares y enseñantes en una escuela de Peshawar, a la que asistían niños y niñas de los militares pakistaníes, es el resultado de más de diez años de violencia, odio y desestabilización en Waziristán, la zona 'más peligrosa del mundo', según algunos analistas. Esa región se extiende por la frontera entre Pakistán y Afganistán, donde ambos estados compiten en autoridad, legitimidad y control con las estructuras tribales pastunes.
                
EL 'ODIO A AMÉRICA'
                
Los autores de esta atrocidad han sido militantes pertenecientes a la Federación de los Talibán de Pakistán (Tehrik-e-Taliban Pakistán), una constelación de grupos vinculados pero independientes de sus vecinos afganos. Nacieron en 2007, como movimiento organizado de resistencia de los pastunes, la etnia mayoritaria en el Waziristán, contra la colaboración de Pakistán y Estados Unidos en la denominada "guerra contra el terror".
                
Una vez derrotados los talibán afganos y desmantelada Al Qaeda, algunos de sus líderes se refugiaron en las zonas tribales fronterizas. Washington intentó eliminar ese foco hostil, con éxito desigual. A medida que se prolongaba el conflicto, se complicaban las operaciones y el Ejército pakistaní combinaba la tolerancia con la represión para controlar el movimiento talibán. Estados Unidos nunca aceptó este doble juego e intentó resolver el problema a base de cañonazos o ataques teledirigidos, menos precisos de lo admitido. La muerte de inocentes en ataques erróneos o descuidados ha sido el combustible más activo para encender el odio contra Estados Unidos y, por extensión, contra todo Occidente.
                
EL AMBIGUO JUEGO DE PROTECCIÓN Y REPRESIÓN
                
El Ejército pakistaní, la institución más potente y articulada del país, ha utilizado a los talibán para reforzar su estrategia en Afganistán y en la India, los dos vecinos de los que depende su estabilidad como estado, según la mentalidad invariable de los militares. El principal instrumento de apoyo a los talibán ha sido el ISI, la poderosa agencia militar de inteligencia de las fuerzas armadas, cuya duplicidad ha irritado no pocas veces a Washington.
                
Cuando Pakistán reprimía a los talibán no era por lealtad a la alianza con EE.UU., sino para demostrar a los militantes que no gozaban de carta blanca para actuar a su conveniencia. El mensaje parecía claro: los que aceptaran ponerse bajo control del Ejército serían tolerados, mientras a los díscolos sólo les esperaba la destrucción.
                
El líder musulmán conservador Nawaz Sharif, que había regresado al poder de nuevo en 2013, intentó la vía de la conciliación, para frenar la sangría e impulsar sus planes de recuperación económica. Pero algunas exigencias de los talibán, como la liberación de todos los prisioneros o la concesión de una 'zona franca' en Waziristán, le resultaron inaceptables. Las negociaciones, que nunca pasaron de la fase tentativa, se interrumpieron.
                
Otro elemento que ha contribuido a deteriorar la situación ha sido la inestabilidad en el liderazgo talibán, iniciada tras la muerte por ataques de drones de los dos Messud, Beitullah (2009) y Hakimullah (2013). Distintas facciones compitieron por el control del movimiento hasta el punto de protagonizar acciones armadas de consideración. El nuevo líder no quiso, no supo o no pudo controlar a los sectores más intransigentes.
                
En junio, tras un atentado de los talibán en el área militar del aeropuerto de Karachi, que provocó casi un centenar de muertos, el Ejército pakistaní, a iniciativa propia o por orden del primer ministro Sharif, inició una feroz campaña de represión en el norte de Waziristán, que se había convertido desde 2009 en el único feudo talibán, después de que una ofensiva militar anterior les hubiera expulsado de su otro enclave, el sureño valle del Swat.
                
Desde el verano, esta ofensiva militar ha causado un millar de muertos en las áreas tribales y, lo que resulta aún más doloroso para la población civil, la expulsión de sus hogares de un millón y medio de personas, incluidos ancianos, mujeres y niños. De ahí el sentido de la venganza talibán en Peshawar: devolver en carne infantil el sufrimiento que el ejército les ha causado en sus pueblos y aldeas natales.
                
Si, como se teme, el Ejército replica ahora con un ahogamiento más tenaz de las zonas rebeldes y el Estado restaura la pena de muerte, como ha anunciado el primer ministro Sharif, sólo cabe esperar una escalada aún mayor de la violencia.
                
LA SOMBRA DEL ESTADO ISLÁMICO
                
Por añadidura, las pugnas internas en el movimiento talibán han contribuido a la falta de control. De hecho, algunos conocedores de este grupo no descartan que el atentado de Peshawar responda no sólo a la sed de revancha contra el Ejército sino también a un ajuste de cuentas entre las distintas facciones de los talibán, para forzar un cambio de liderazgo.
                
El débil jefe actual, Fazlullah, se ha resistido a unirse al Estado Islámico, como pretende un activo sector disidente de los talibán. Fuentes de la seguridad pakistaní aseguran que, aprovechando una creciente radicalización contra los shiíes en la región de Baluchistán, el Califato ha intentado atraerse a su bando a varios de estos grupos talibán, que hasta ahora se habían mantenido más o menos fieles a la alianza histórica con Al Qaeda. De hecho, la brutalidad del atentado de Peshawar parece sintonizar con las tácticas sangrientas de las huestes de Al Bagdadi en Iraq, lo que ha abonado este posible fraccionamiento de los talibán pakistaníes.
                
LA MALDICIÓN ESCOLAR
                
Por lo demás, la crueldad contra las escuelas es una divisa talibán, a uno y otro lado de la frontera. Esta lacra encontró un eco internacional muy vivo este mismo año, al ser galardonada una de sus víctimas, Malala Yousefzai, con el Premio Nobel de la Paz.

                
La organización Global Coalition to Prevent Education from Attack ha documentado más de un millar de asaltos a escuelas y colegios en Pakistán entre 2009 y 2012. Seguramente la cifra es aún mayor, ya que hay zonas de muy difícil acceso, precisamente las más vulnerables a este tipo de agresiones, de las que no se tienen datos. El fanatismo de estos sectores radicales y el fracaso del sistema escolar hace que Pakistán país sea el segundo país peor del mundo en número de niños y niñas que no van a la escuela: uno de cada cinco no lo hace. La tasa de analfabetismo se reduce en casi todo el mundo, pero no en Pakistán.

ISRAEL: ¿ESTADO ‘ADOLESCENTE’ O ESTADO CÍNICO?

11 de Diciembre de 2014
                
La derecha israelí quiere cambiar la naturaleza de su Estado. El Parlamento (Knesset) que salga de las elecciones del próximo marzo deberá pronunciarse sobre un proyecto de ley controvertido, peligroso y discriminatorio.
               
  Si el proyecto sale adelante, Israel no será ya un Estado “judío y democrático”, como hasta ahora, sino el “Estado nacional del pueblo judío”. Es decir, se trata de identificar Estado y Nación, lo que implica consagrar legalmente una discriminación de hecho a los ciudadanos no judíos que viven en Israel. Por si hubiera alguna duda de esta intención, el proyecto de ley contempla la eliminación del árabe como segunda lengua oficial del país.
                
No hacía falta una iniciativa excluyente como ésta para incluir a Israel en la categoría de Estados que discriminan a parte de su población. La discriminación es un hecho palpable ya desde hace tiempo, pero resulta escandalosa desde hace un par de décadas. Los árabes, un 20% de los habitantes de Israel, disfrutan de menos y peores servicios que los judíos, y sólo hay que echar una ojeada a los presupuestos para comprobarlo. Como escribía recientemente un ciudadano árabe-israelí ahora residente en Estados Unidos, desde la creación del Estado de Israel han sido levantadas unos 700 colonias judías y ni una sola árabe. Los árabes tienen vetado el acceso a vivienda en el 80% del territorio israelí (1).
                
La discriminación tiene otros perfiles menos evidentes pero igualmente dolorosos: en salud, en acceso a recursos hídricos, en educación, en cultura. Las propias organizaciones de derechos humanos israelíes, gestionadas por judíos, han venido denunciado el deterioro de las condiciones de vida de los árabes israelíes.
                
LAS CLAVES DE LA “JUDAIZACIÓN”

La gran pregunta es por qué ahora esta iniciativa. No se trata de un impulso ideológico, ni de corregir una “deficiencia” de origen. Jabotinski, el fundador del Likud, el gran partido de la derecha israelí se pronunció a finales de los cincuenta en contra de introducir en las constituciones de los Estados cláusulas específicas que determinaran su carácter “nacional”.
                
Por lo demás, Israel es un Estado “judío” desde que la Asamblea General de la ONU decidiera la partición de Palestina, en noviembre de 1947, para que se crearan en su territorio dos Estados, uno “judío” y otro “árabe”.  Esta decisión fue trasladada a la Declaración de Independencia de Israel, aunque, ciertamente, ésta nunca adquirió el rango de ley. Pero el desarrollo legislativo del nuevo Estado ha tenido en consideración esta realidad desde un principio y como tal se contempla en el ordenamiento jurídico básico de  Israel: Ley del Retorno, Ley de Ciudadanía (1952), Ley de la Libertad de Ocupación (1992) o Ley de Dignidad y Libertad (1994) como señala el analista judío  David Aaron Miller (2).
               
Por lo tanto, no se trata de llenar un vacío legal, sino de realizar una afirmación política y estratégica, si como tal se entiende la voluntad de blindar para una comunidad el gobierno y la administración de un territorio plural. Dos son las claves a tener en cuenta para comprender las motivaciones de la derecha israelí: la evolución demográfica y la perspectiva de creación del Estado de Palestina (con todos las limitaciones y amputaciones territoriales que pudieran consolidarse en su día).
                
La población judía pierde peso relativo con respecto a la árabe, a pesar de todos los esfuerzos de atracción de comunidades externas. Israel ya no es, desde hace mucho, un lugar atractivo para los “judíos errantes”. La oleada inmigratoria procedente de la desaparecida Unión Soviética y países satélites se ha agotado. Algunos ensayos, como el de los judíos etíopes, resultaron de escaso impacto demográfico. Nacen más árabes que judíos dentro del propio territorio reconocido de Israel. Y en los territorios ocupados (Cisjordania), qué decir, La colonización forzosa no puede distorsionar semejante realidad.
               
 Lo que la derecha israelí teme es que si pierde el control sobre el proceso de paz con Palestina, se termine planteando de nuevo el “derecho al retorno” de los ciudadanos árabes (palestinos) expulsados o exiliados desde 1948. Israel nunca ha aceptado ese principio, pero la comunidad internacional si, aunque siempre ha quedado postergado a la fase final de un acuerdo de paz definitivo.
                
El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahyu, ha aludido específicamente a esta cuestión en alguna de las ocasiones en que ha defendido este cambio constitucional. Son muchos, seguramente mayoría, los israelíes que establecen como condición previa para aceptar a Palestina como Estado independiente que los palestinos acepten la existencia de Israel como “Estado de la Nación judía”. Lo que, inevitablemente, significaría su renuncia al derecho a regresar a lugar donde nacieron o vivieron antes de la expulsión o el exilio.
               
Se trata, por tanto, de una cuestión de blindaje que, por su propia naturaleza, levanta nuevos obstáculos al proceso de paz, ya que lo subvierte y lo contamina gravemente.
               
¿UNA MAYORÍA CONTRA LA DISCRIMINACIÓN?
                
Los críticos con la ley se encuentran fundamentalmente en la izquierda, pero también en sectores moderados (3). Shimon Peres ha dicho que el proyecto de ley “perjudica al país dentro y fuera de sus fronteras y erosiona los principios del Estado de Israel”. También el actual jefe del Estado combate a la iniciativa. Como están haciendo las organizaciones cívicas de defensa de los derechos humanos e incluso muchos sectores de la diáspora judía.

También se han opuesto los partidos centristas  de la coalición de gobierno que acaba de hacer crisis, entre otras cosas por este motivo. Líderes como Tzipi Livni (del partido Hatnua) o Yair Lapid (Yesh Atid)  votaron en contra del proyecto cuando se discutió en el Gobierno. Netanyahu aprovechó estas discordancias para dar por terminada la coalición, disolver la Knesset y convocar elecciones anticipadas. El primer ministro espera sacar ventaja de la crisis y agrupar a los partidos de la derecha más radical (Israel Beitenu, del extremista Libermann, y el Hogar Judío, de Bennet) en una nueva coalición. Pero necesitará atraerse también a los partidos de los ultraortodoxos religiosos, que suelen desconfiar del liderazgo de Netanyahu.

La alternativa es incierta, debido a la debilidad del Partido Laborista y la escasa fuerza del resto de las formaciones de izquierda. La sociedad israelí se ha hecho más y más conservadora en los últimos años. Los elementos religiosos y populistas han cobrado mucho ímpetu. No hay un proyecto progresista que parezca concitar un apoyo mayoritario en Israel. Es improbable que Livni y Lapid se unan a los laboristas en un gobierno, aunque todos ellos apoyen el proceso de paz con los palestinos. 

En distintos comentarios y análisis, el diario norteamericano THE NEW YORK TIMES, habitual defensor de los intereses judíos, ha calificado irónicamente el proyecto de ley de judaización del Estado de Israel como “adolescente” (por la pretendida búsqueda  de la identidad), pero también como “cínico”, por los cálculos políticos que lo motivan. Está por ver si una iniciativa tan aberrante y peligrosa pueden alentar la formación de una nueva mayoría más sensata y responsable en Israel.

(1) “A country that never wanted me”. SAYED KASHUA. FOREING POLICY, 3 de diciembre.

(2) “One nation divided under law”. FOREING POLICY, 5 de diciembre.

(3) El diario HAARETZ, cuya línea editorial es próxima a la izquierda moderada, presentó el pasado 1 de diciembre una síntesis de opiniones contrarias al proyecto de Ley en cuestión.

EGIPTO: LA REVOLUCIÓN ROBADA

4 de Diciembre de 2014
                
La absolución del ex-dictador egipcio, Hosni Mubarak, por los acontecimientos represivos que siguieron a la revolución de enero de 2011, en los que murieron más de 800 personas, cierra de forma simbólica el proceso de cambio conocido como la 'primavera árabe'. El jefe de seguridad y otros altos mandos policiales de entonces también han sido exonerados.
                
Mubarak fue condenado en mayo de este mismo año a tres años de prisión en otro proceso que se seguía contra él y otros gerifaltes del régimen por corrupción, pero como se encontraba detenido desde mayo 2011 por el asunto mayor de la represión, la justicia egipcia establece que en estos años en que se encontraba a la espera de juicio ya ha purgado la pena por el otro caso. Se trata de una provisión procesal que, en este caso, ha beneficiado al reo.
                
Lo chocante de este proceso no es el resultado, sino la propia concepción del mismo. En realidad, como explica uno de los principales activistas de derechos humanos de Egipto, Hossan Baghat, Mubarak nunca estuvo procesado. Una serie de errores de inicio y una compleja red de mecanismos procesales ha permitido a los jueces absolver al ex-dictador (1).
                
En todo caso, más allá de estos tecnicismos, lo cierto es que la absolución de Mubarak no ha sorprendido a casi nadie, aunque haya encolerizado, comprensiblemente, a parientes y amigos de las víctimas y haya indignado a quienes vienen denunciado desde hace año y medio la impostura de las autoridades egipcias.
                
LOS VIEJOS APARATOS DEL ESTADO, AL RESCATE
                
Los generales egipcios robaron la revolución en julio de 2013. Y lo hicieron a punta de pistola, para decirlo gráficamente. Pretendieron presentar su golpe de estado puro y duro como una intervención liberadora de una dictadura islamista en ciernes. Lo peor es que las élites políticas y económicas y la mayoría de los medios y analistas occidentales compraron esa patraña, tan sólo porque el principal país árabe parecía haber quedado fuera de una larga sombra fundamentalista.
                
La contrarrevolución se ha consumado. Asistimos a una sustitución generacional, en el caso de los militares, y escasos cambios, por no decir nulos, en el resto de las instituciones que han servido de soporte al régimen: la judicatura, las fuerzas de seguridad y un complejo político-empresarial corrupto y entregado al auto-enriquecimiento. La cleptocracia, el autoritarismo, la violación sistemática de los derechos humanos y la degradación de la calidad de vida de las mayorías siguen siendo norma en Egipto. Las lamentaciones occidentales por la evolución de los acontecimientos en Egipto se asemejan a lágrimas de cocodrilo.
                
EL CICLO INEVITABLE DE LA VIOLENCIA
                
El presidente constitucional, Mohammed Morsi, continúa recluido a la espera de juicio,  bajo la amenaza de pena capital en base a unas inconsistentes acusaciones de traición. Los errores de su gestión, e incluso los aspectos más repudiables de su orientación política, no justifican la represión de la que han sido víctimas miembros, partidarios y simpatizantes de los Hermanos Musulmanes. Esta semana se han dictado nuevas sentencias de muerte contra decenas de militantes de la cofradía.
                
Pero la represión no se limita a los sectores islamistas, moderados o radicales. Alcanza también a quienes, desde posiciones abierta y decididamente laicas y progresistas, se han atrevido a denunciar la verdadera naturaleza del régimen. Desde el golpe de estado, han sido detenidas unas 50.000 personas, según organizaciones de derechos humanos. La convocatoria de elecciones legislativas sigue pendiente. La actividad política en los campus universitarios ha sido prohibida. La libertad de expresión ha sido cercenada. Una docena de periodistas permanecen encarcelados. Se anuncia una nueva ley de asociaciones que, se teme, restrinja  aún más el trabajo de las ong's. Esta degradación se observa en todo el mundo árabe (2).
                
Esta persecución de toda forma de contestación ha alimentado en los últimos meses a los sectores extremistas, que siempre reprocharon a la cofradía su inútil empeño de aceptar la democracia como sistema de gobierno.
                
El terrorismo islamista en Egipto fue casi erradicado a mediados de los noventa, tras una combinación de represión, penetración en los subsuelos de las organizaciones y agotamiento de las propuestas radicales. Pero el golpe militar, como era de esperar, ha reavivado los rescoldos de la frustración y suministró combustible ideológico y propagandístico a los sectores más radicales del islamismo.
                
El grupo Ansar Beit El Maqdis ("Los seguidores de Jerusalén") ha protagonizado varios atentados en El Cairo contra prominentes figuras del régimen, pero sobre todo en el Sinaí, donde parece gozar de una organización fuerte y una capacidad de actuación mortífera. Recientemente, este grupo ha proclamado su adhesión al Estado Islámico, lo que confirme su decisión de alinearse con los sectores más extremistas del irredentismo islamista.
                
Esta deriva radical favorece el discurso del régimen militar egipcio porque le permite justificar una política represiva dura y persistente. El general-presidente Abdel Fatah Al-Sisi ha destruido todos los puentes que tendió con los sectores laicos y progresistas en las semanas anteriores al golpe contra Morsi y se ha comportado como lo que es: el representante de turno de un régimen autoritario y feroz.
                
ENTIERRO DE LA 'PRIMAVERA ÁRABE'
                
La absolución de Mubarak deja en mal lugar a quienes, en Washington, criticaron en su día a Obama por respaldar ("prematuramente", dijeron) al movimiento revolucionario, con el hipócrita argumento de que Estados Unidos necesitaba un aliado fiable en Egipto para proteger los intereses occidentales y de Israel. Tras el golpe militar, las vacilaciones de la Casa Blanca a la hora de imponer y mantener sanciones creíbles y efectivas ha sido aprovechado por el nuevo 'hombre fuerte" de El Cairo para reafirmarse en el poder, neutralizar a los sectores contestatarios y crear un clima social en el que el blanqueamiento del ex-dictador sólo provoque protestas de muy fácil manejo.
                
Al sangriento caos de Siria, el 'pandemonium' de Libia, el aborto de las aspiraciones de cambio en el Golfo, Jordania, Marruecos o Argelia, se une ahora la culminación de esta revolución robada en Egipto. Sólo Túnez parece, con todas las limitaciones y cautelas, haber sobrevivido a la decepción. La 'primavera árabe' es ya un cruel espejismo.


(1) El análisis de Bahgat puede leerse en la publicación en línea llamada Madar Mser: http://www.madamasr.com/opinion/politics/qa-mubarak-trial-verdict-%E2%80%93-what-just-happened.


(2) La investigadora del Carnegie Endowment for Peace, Michele Dunne, señala que todas las organizaciones árabes de derechos humanos temen por su futuro, debido a la involución que se está registrando en sus respectivos países como consecuencia del fracaso de la 'primavera árabe'.  Su comentario puede leerse en: http://carnegieendowment.org/syriaincrisis/?fa=57349&reloadFlag=1. 

Con respecto a los medios, esta misma línea de reversión de las libertades se trata en el artículo de SLATEAFRIQUE titulado "Il faut sauver les webmédias du monde arabe" (http://www.slateafrique.com/525875/internet-avenir-medias-numeriques-monde-arabe)

EL DESENGAÑO MÁS AMARGO

27 de Noviembre de 2014
                
Ningún Presidente de Estados Unidos como el actual habrá sentido una amargura tan grande por el caso de Fergusson, Missuri. Llueve sobre mojado. En el asunto de la violencia racial, sigue lloviendo sobre suelos empapados de sangre en Estados Unidos.
                
La decisión del Gran jurado de no procesar al policía que mató a tiros al joven afro-americano Michael Brown el pasado mes de agosto ha encendido de nuevo la cólera en la pequeña localidad del Medio Oeste norteamericano y en otras muchas ciudades de todo el país. Barack Obama hizo de tripas corazón en su comparecencia pública para unirse al mensaje responsable de calma, serenidad y respeto por el sistema judicial que un poco antes había lanzado ejemplarmente la familia de la víctima.
                
Pero el presidente dejó traslucir su amargura, su decepción... o su resignación, según quien interprete su reacción y sus gestos. Mucho antes de su llegada a la Casa Blanca, Obama había hecho esfuerzos ímprobos por convencer a la comunidad afro-americana de que el racismo es marginal en Estados Unidos. "Yo mismo soy un ejemplo", ha dicho en varias ocasiones".
                
Claro que también dijo, cuando el joven afroamericano Trevor Martín fue abatido por un vigilante, en Florida, hace dos años que la victima podía ser él mismo hace tres décadas, cuando vivía en el turbulento South Side de Chicago, como un negro más.
                
Obama sabía que ser el primer presidente afroamericano no podía convertirse en una plataforma para impulsar políticas que pudieran enseguida interpretarse como revanchistas o raciales, pero en una dirección inversa a la dominante. Esta conducta, políticamente calculada, ha terminado por crearle los mismos problemas de credibilidad que quería evitar.
                
UN SISTEMA FALLIDO
                
Según publica el diario USA Today, citando fuentes del propio FBI, cada año las fuerzas policiales matan a un centenar de afroamericanos en Estados Unidos. Los homicidios cometidos por los encargados de hacer aplicar la ley debido a causas consideradas como "justificables" fueron 461 (oficiales) en 2013, la cifra más alta de las dos últimas décadas. Un dato que debe escocer, sin duda, al Presidente Obama.
                
No hace falta advertir lo escurridizo que resulta el término "justificable".
                
En un artículo espléndidamente documentado escrito para el semanario progresista THE NATION, el periodista Chase Madar parte de estos datos para diseccionar el fallido sistema judicial norteamericano, auténtica razón por la que seguirán produciéndose casos como el de Trevor Martin o Michael Brown.
                
Varios casos de homicidios de afroamericanos en la segunda mitad de los ochenta fijaron una especie de jurisprudencia sobre las circunstancias en que la policía podía usar fuerza letal contra un sospechoso. El problema es que los criterios eran demasiado ambiguos (resistencia, intento de escapada, amenaza seria contra los agentes o terceros) como para que, en la práctica, se haya impuesto sistemáticamente la percepción subjetiva de los policías.
                
La realidad es que las sucesivas capas del sistema judicial no han generado un sistema de protección para las minorías, sino obstáculos crecientes para depurar responsabilidades por violación de los derechos cívicos. "El primer paso para controlar a la policía es zafarse de una vez por todas de la fantasía que supone pensar que la ley está de nuestro lado. La ley está firmemente del lado de la policía que abre fuego contra civiles desarmados", afirma Madar.
                
Ni las querellas civiles, ni las investigaciones internas ni cualquier otra supuesta herramienta de control y persecución de los abusos policiales tienen la fuerza suficiente para imponerse a un sistema que genera impunidad. En los pocos casos en que los policías han podido ser imputados y sancionados con castigos económicos, la factura han terminado pagándola las autoridades o, como sumo, los sindicatos corporativos.
                
LA LIMITADA ACCIÓN DE LA CASA BLANCA
                
El propio Obama y el todavía Fiscal General y Ministro de Justicia (está en proceso de sustitución), Eric Holder, han recordado que aún está abierta una investigación federal por el caso de Fergusson. Pero fuentes del propio departamento, citados por algunos medios, han admitido su escepticismo sobre el resultado de la misma, porque las pruebas disponibles no parecen encajar con las que se consideran concluyentes en los casos de violencia policial. 
                
Algunas iniciativas protagonizadas por la sección de Derechos civiles del propio Departamento de Justicia han servido para introducir algunas reformas y mecanismos de control de las fuerzas policiales de varias grandes ciudades norteamericanas. Pero estas medidas no han acarreado sanciones y castigos a policías abusadores.
                
Otros factores contribuyen a agravar el problema. La tantas veces denunciada y nunca atajada pasión por las armas (hay más pistolas que habitantes en Estados Unidos) o la militarización creciente de las policías locales incrementan el riesgo de violencia.
                
Recuérdese que después de la masacre de Newton (Connecticut),  hace dos años, se llegó a creer que había llegado el momento de atajar la locura del supermercado armamentístico a cielo abierto. Otro espejismo. La poderosa Asociación del Rifle, la complicidad del Partido Republicano, la timidez de los demócratas y una confusa conciencia ciudadana sobre lo que son sus derechos a la defensa terminaron disolviendo el compromiso de Obama, como ha ocurrido en tantas otras cosas.
                
En esto también, el Presidente no se ha sentido con fuerza o decisión suficiente para agotar todas sus posibilidades constitucionales, hasta que, como ha ocurrido con la reforma migratoria, se ha encontrado literalmente entre la espada de la oposición y la pared de las comunidades afectadas.
                
A la postre, el riesgo es siempre preferible a la amargura. Nadie le ha pedido a Obama una especie de "revancha histórica" durante su paso por la Casa Blanca. Pero los que comparten el color de su piel tenían derecho a esperar sentirse más seguros en las calles cuando uno de los suyos fuera el primer ciudadano del país. No parece que vayan a conseguirlo.

                

RUSIA Y CHINA: ¿HACIA UNA GRAN ALIANZA EUROASIÁTICA?


20 de Noviembre de 2014
                

Eurasia no es sólo la ficción literaria que construyó el novelista británico George Orwell en su afamada '1984'. Hoy en día es la proyección geopolítica de un  eje aún difuso, desde luego inmaduro y en muchos aspectos contradictorio que define las relaciones (futuras más que presentes) entre China y Rusia.
                
Estados Unidos hace tiempo que considera el escenario asiático como el principal asunto de su agenda internacional. Por mucho que se vea 'entretenido' en conflictos 'tradicionales' como Oriente Medio y el este de Europa, Obama ha sido el Presidente que con más claridad ha definido esta prioridad estratégica ('pivot to Asia') y el que más frustración ha sentido por no poder dedicarle más tiempo, energía y recursos y obtener más resultados.
                
'Asia es el futuro'. A fuerza de escucharlo de labios y plumas de expertos en relaciones internacionales anglosajones (y algunos europeos continentales), esta aseveración se convierte en auto-profecía cumplida. Lo que ocurre es que el futuro sigue lastrado por viejos vicios del pasado. Ese espacio de libertad de comercio, crecimiento económico, avance tecnológico y vigor productivo es una visión ilusoria.
                
Asia, el Extremo Oriente, es, todavía, un espacio cargado de demonios: autoritarismo, conculcación extendida de derechos humanos, represión, explotación laboral, desigualdad social, individualismo feroz. Frente a la visión norteamericana de crear algo parecido a lo que ha sido el proyecto europeo (prosperidad económica, democracia política y equilibrio social), en Asia persiste una inercia muy alejada de los intereses de las mayorías.
                
CLAVES DEL ACERCAMIENTO
                
El eje China-Rusia es hoy el elemento central de la realidad asiática, aunque ambos países no hayan forjado formalmente una alianza. Lo que convierte a esta dupla en la realidad geopolítica más poderosa de Asia es una amplia convergencia de intereses, pese a que, en algunos aspectos, se enfrenten a contradicciones no poco sustanciales.
                
El profesor Gilbert Rozman, de la Universidad de Princeton, acaba de publicar un libro sobre el "desafío chino-ruso" al "Orden mundial". En él sostiene que hay seis razones por las cuales la actual cooperación entre Pekín y Moscú no es pasajera (1):
                
1) la proximidad de ideologías funcionales para justificar su dominio interno, lo que se traduce en un respeto mutuo y recurrente.
                
2) el discurso de reproche a Occidente, al que acusan de no haber cambiado su mentalidad de la 'guerra fría'.
                
3) el convencimiento de que el modelo económico occidental ha entrado en una crisis irreversible desde 2008 y se ha mostrado inferior al de ellos.
                
4) el fortalecimiento de las relaciones bilaterales como mejor antídoto frente a las percibidas amenazas exteriores.
                
5) el esfuerzo de mantenerse en el mismo lado durante las disputas internacionales, evitando las innegables discrepancias existentes.
                
6) el sostenimiento de campañas de promoción de la 'identidad nacional', herramiento para justificar el rígido control y la represión de las contestaciones internas.
                
EL GAS, COMO FARO DE LA COOPERACIÓN
                
Estos parámetros de coincidencia se traducen en acuerdos de cooperación de alcance estratégico. La energía es el dominio principal: en el plazo de sólo unos meses se han suscrito dos acuerdos de gran alcance.
                
El primero consistió en la venta preferencial de gas ruso a China, por valor de 400 mil millones de dólares. Operación muy ventajosa para Pekín, porque el precio era realmente bueno y ayudaba a satisfacer imperiosas necesidades chinas de energía; pero también para los rusos, porque se aseguran un contrato sustancioso y con proyección de continuidad, en un momento de clara hostilidad occidental, debido a la crisis de Ucrania.
                
El segundo acuerdo, aún provisional, anunciado en la cumbre de la APEC, contempla la apertura de un segundo gasoducto desde Siberia Occidental hacia las regiones occidentales de China, que permitirá suministrar 30 mil millones de metros cúbicos de gas ruso a China, durante 30 años a partir de 2018. Falta por concretar el precio. Pueden surgir problemas ya que estos contratos del gas se fijan en función del precio de mercado del petróleo, que ahora se encuentra ahora muy claramente a la baja. Otros elementos técnicos hacen que el contrato sea menos sustancioso para Rusia. Pero la voluntad de cooperación es innegable.
                
Que el socio chino crezca en dimensión e importancia hace que Rusia dependa menos de sus tratos con Europa Occidental y, por lo tanto, que contemple con menos preocupación las sanciones presentes y futuras por Ucrania u otras crisis eventuales en su zona de influencia.
                
China valora el gas ruso porque le permite reducir su dependencia del carbón y otras fuentes menos limpias de energía. Esta es una de las razones de su mayor flexibilidad en el asunto de las emisiones, que ha permitido el reciente acuerdo inicial con Estados Unidos, clave del esfuerzo internacional por afrontar el cambio climático.
                
Pero, además, la ruta siberiana occidental resulta mucho más segura que la marítima. Eso es al menos lo que se percibe en Pekín, donde crece el recelo por la actividad creciente de la maquinaria militar norteamericana en el Pacífico.
                
LA PREOCUPACIÓN DEL BLOQUE OCCIDENTAL
                
Uno de los principales expertos de las relaciones chino-norteamericanas, Michael Pillsbury, afirmaba hace poco que "China y Estados Unidos se están preparando para la guerra"  (2). La afirmación parece alarmista, pero refleja un estado de desconfianza creciente entre Washington y Pekín, pese a los intentos de ambos presidentes de establecer un diálogo sincero y productivo. Es un hecho que ambos países compiten por la hegemonía en Asia. El intercambio de información militar, pese a las promesas, sigue sin producirse. Los ejercicios militares de ambas partes abonan recelos mutuos. El riesgo de escalada no está controlado.
                
El otro frente de confrontación es el económico y comercial. Al proyecto norteamericano de una Zona TransPacífica, de la que excluye a China, Pekín responde con otro de similar alcance pero limitado a países asiáticos, lo que deja fuera a Estados Unidos. Otro elemento de importancia en la consolidación de su hegemonía regional es la creación de un banco de financiación de infraestructuras, iniciativa muy seductora, porque se perfila como alternativa a las instituciones actuales controladas por Washington.

Los vecinos de China, casi sin excepción, confían en que Estados Unidos no se repliegue. Pero algunos de ellos, como Japón o Corea del Sur, no se fían completamente del compromiso norteamericano y ensayan fórmulas de distensión con Pekín. Mientras, China desea contar con Rusia como un elemento invaluable de reequilibrio regional, ya que ésta es también una potencia asiática a la par que europea. Pero tampoco descuida las oportunidades de abrir grietas en la alianza regional liderada por Estados Unidos.
                
En definitiva, las claves de la hegemonía mundial, en un futuro inmediato, se ventilarán en el Extremo Oriente.
               

(1) Artículo para FOREIGN AFFAIRS, 29 de Octubre de 2014.

(2) Artículo escrito para FOREIGN POLICY, publicado el pasado 13 de noviembre.

MÉXICO,LA TRIADA PERNICIOSA: VIOLENCIA, CORRUPCIÓN, IMPUNIDAD.

13 de Noviembre de 2014
La suerte de 43 estudiantes mexicanos del atrasado estado de Guerrero, ha terminado por corroer el discurso de modernidad y reforma del Presidente Peña Nieto.
El origen del caso nos remite a la oscura noche del 26 de septiembre, en la ciudad de Iguala. La versión oficial es confusa, incompleta y contradictoria. Las autoridades sostienen que un centenar de estudiantes de magisterio de la aldea de Ayotzinapa habían viajado a la ciudad de Iguala (ambas localidades, en el estado de Guerrero) para realizar una colecta con el objetivo de costearse un viaje a la capital de la República para participar en los actos de conmemoración de la matanza de Tlatelolco, en 1968.            
Inicialmente se dijo que los estudiantes fueron tiroteado por la policía cuando intentaron hacerse con autobuses municipales para regresar a su aldea de origen. Otras versiones sostenían que los muchachos pretendían boicotear un acto oficial local. Seis de ellos murieron, otros 25 resultaron heridos y 43 más desaparecieron. Posteriormente, la investigación concluyó que estos últimos fueron entregados por la policía a unos narcotraficantes conocidos como 'Guerreros Unidos'. Algunos de estos confesaron que mataron y quemaron a los muchachos y arrojaron sus restos a un vertedero. Un cabecilla narco aseguró luego que confundieron a los estudiantes con miembros de una banda rival.             
Las contradicciones y numerosas interrogantes sin resolver han alarmado y escandalizado a la familia y a las colectividades locales y, por extensión, a los sectores más sensibles de todo el país. Por otro lado, los estudiantes de Ayotzinapa habían expresado anteriormente su posición crítica con algunos aspectos de la reforma educativa del Presidente Peña Nieto. Guerrero es un estado pobre con una historia de militancia revolucionaria ligada al Che y a otras figuras del imaginario libertador mexicano.
El caso adquirió una envergadura mediática mayor cuando se supo que la orden de intervención narco-policial fue dada por el Alcalde de Iguala, José Luis Abarca, quien, al saberse descubierto, se dio a la fuga, en compañía de su mujer, hermana de tres narcos conocidos y llamada a suceder a su marido en el cargo. Ni siquiera supieron exhibir un mínimo de dignidad cuando ambos fueron capturados. No cabía esperar otra cosa: la siniestra pareja mantenía una sociedad “perfecta” con los 'Guerreros Unidos'. Unos y otros gozaban de la protección, o al menos de la pasividad, del gobernador del Estado, ya dimitido.
El Alcalde, su mujer y el Gobernador de Guerrero pertenecen al PRD, el principal partido de la izquierda mexicana, al que se ha conseguido hasta ahora impedir que conquiste la jefatura del Estado, a veces de forma claramente fraudulenta. Lo que no impide que este partido, surgido de una escisión de PRI a finales de los ochenta, se haya mostrado incapaz de depurar sus propias filas de elementos indeseables como estos.
Dos acontecimientos radicalizaron la protesta de familiares, amigos y ciudadanos. En primer lugar, la noticia de que el estado de los restos no podían ser identificados debido al estado en que se encontraban. Se ha pedido ayuda a un laboratorio austríaco para completar el análisis. Una delegación de familiares se personó en el lugar, pero no quedaron convencidos de la versión oficial y exigieron que no se cerrara la investigación, porque de ninguna manera estaba claro que todos los estudiantes desaparecidos hubieran sido asesinados y quemados.
El Procurador General de la República, Jesús Murillo, (Fiscal General y Ministro de Justicia a la vez, como en EE.UU) concluyó el viernes una rueda de prensa en la que los periodistas insistían en demandar aclaraciones con una torpe afirmación: “Ya me cansé”. Numerosos portavoces de la protesta replicaron al alto cargo que si se había cansado dimitiera del puesto. En el muro del edificio de la Procuraduría General de la República alguien escribió: “Ya me cansé del miedo”
Al destaparse la red de complicidades y encubrimientos, varias organizaciones cívicas organizaron este último fin de semana un acto de protesta en la Plaza del Zócalo del Distrito Federal, el corazón político del país. La manifestación se complicó al final con la quema de una de las puertas del Palacio presidencial. Algunos de los participantes denunciaron una maniobra de provocación. Pero otros defendieron la radicalización como una consecuencia lógica de la falta de respuestas solventes y convincentes de las autoridades.
Esa es la una de las claves principales para entender lo ocurrido estas últimas semanas en México. La violencia ha hartado a la población. La corrupción política e institucional, también. Pero todo ello podría gestionarse dentro de unos cauces aceptables, si no fuera por el tercer elemento de la tríada que hace insoportable la situación: la impunidad.
Lo que desespera a familias, amigos, vecinos y ciudadanos de esta enésima catástrofe delictiva es que, muy probablemente, nunca se llegue a esclarecer de forma completa y cabal lo ocurrido y, por lo tanto, jamás se depuren todas las responsabilidades.
Las palabras del PGR delatan lo que un representante de la élite política mexicana tiene en la cabeza cuando se afronta el problema de la delincuencia violenta, organizada y protegida: que no conviene tirar demasiado de los cabos sueltos, porque nunca se sabe hasta dónde pueda llevar el ovillo. En consecuencia, mejor dejarlo así: con hipócritas condenas y manifestaciones de dolor, la purga de peces pequeños (o, a lo sumo, medianos) podridos y una timorata gestión de la indignación ciudadana, confiando en que el tiempo termine recolocando de nuevo el manto de la impunidad sobre la terrible realidad cotidiana.
Las marchas del poeta Javier Sicilia, durante la última fase del mandato del anterior Presidente, Felipe Calderón, sacudieron algunas de estas conductas encubridoras y facilitadoras de la impunidad. Durante algunos meses, se albergó la confianza de que la sociedad mexicana había dicho basta. Una cierta desaceleración de la violencia contribuyó, sin embargo, a relajar el clima de protesta cívica.
Con el regreso al poder del PRI, en la persona de uno de los exponentes más endebles de la nueva generación, se temió lo peor. Muchos dudaron de la solvencia intelectual y política de Enrique Peña Nieto para afrontar todos los desafíos que el país presentaba, incluido el de la violencia. Los alardes oficiales de su programa de reformas (educativa, energética y fiscal) ocuparon los titulares y captaron el interés nacional e internacional.
La detención del principal capo del narcotráfico, el jefe del Cártel de Sinaloa, Joaquín “Chapo” Guzmán, el pasado año confundió aún más a buena parte de la opinión pública. El impacto mediático de esta captura desplazó a otras informaciones menos llamativas pero inquietantes sobre la persistencia de la triada perniciosa: violencia, complicidad, impunidad.           
La tragedia de Iguala no sólo ha agotado el crédito abierto por la caída del “Chapo”, sino que amenaza con teñir de sangre y vergüenza el resto del mandato de Peña Nieto, si desde Los Pinos (residencia presidencial) no se lidera una acción política contundente, clara y certera para lo único que es ahora decente: aclarar absolutamente todo lo ocurrido, depurar todas las responsabilidades a que hubiere lugar y poner de inmediato los medios para que salvajadas como ésta sea muy difícil que vuelvan a repetirse.