IRAK: AL-SADR O EL SORPRESIVO TRIUNFO DEL NACIONAL-POPULISMO.

16 de mayo de 2018

                
Década y media después de la invasión norteamericana, dos guerras atroces y batallas cotidianas sin descanso, Irak sigue sumido en el desconcierto y la inestabilidad, aunque los años de sobresalto parezcan haber quedado atrás. Las elecciones generales, relegadas por los medios occidentales a un plano secundario merecen una atenta  cuidadosa reflexión.
                
LA SORPRESA AL-SADR
                
La sorpresa ha propiciado la recuperación del interés mediático. La victoria del otrora “enfant terrible” de la socio-política iraquí ha desconcertado a los analistas y expertos. Nadie aventuró que Moqtada Al-Sadr pudiera resultar el vencedor de los comicios. Sin embargo, su evolución en estos cinco lustros explica razonable su éxito actual (1).
                
El flamígero clérigo se convirtió en la principal pesadilla de las fuerzas norteamericanas de ocupación después de la derrota y eliminación del aparato baasista. Bush (W.) puso precio simbólico a su cabeza. “Un solo hombre no puede comprometer la paz de un país entero”, dijo de el presidente que promovió la guerra causante de cientos de miles de muertos.
                
Sadr organizó a los millares de pobres de los barrios periféricos de Bagdad, Basora y otras ciudades en una fuerza político-militar denominada Ejército del Mahdi (el mesías shií por venir).  Ante las masas seguidoras del culto al yerno del Profeta, el joven clérigo se convirtió en  heredero militante y abrasivo de la autoritas familiar (los ayatollahs Sadr), acuñada durante años de lucha y martirio contra el laico y sunni Saddam Hussein. De ahí que su principal feudo, el turbulento suburbio de Saddam City, fuera rebautizado como Sadr City, en honor a la familia más venerada del shiismo iraquí.
                
La intervención norteamericana no privó a Sadr del discurso encendido, sino al contrario. Para él y sus seguidores, no era aceptable derrotar una tiranía para sustituirla por una ocupación extranjera. Mientras Washington se empeñaba en lubrificar y pastorear a una clase política atenta a sus intereses, Moqtada el Sadr se convertía en la piedra angular de una contestación radical y violenta.
                
La presión norteamericana y el lento pero inexorable control de la seguridad por las fuerzas regulares aminoró el vigor de las milicias del Mahdi. Luego, la insurgencia sunní, primero bajo la divisa de Al Qaeda y luego con la renovada marca del ISIS oscureció la influencia de Al-Sadr.
                
El joven clérigo maduró en esos años de relativo ostracismo. Poco a poco fue variando su discurso y tomando distancias con Irán, centro de peregrinación permanente en su etapa inicial de activismo. Sus milicias no participaron activamente en la contraofensiva contra el Daesh, protagonizada por el Ejército regular y, en los momentos más atroces, por las milicias más claramente proiraníes agrupadas en las Fuerzas de Movilización Popular.
                
En los últimos años, el discurso de Al-Sadr había virado del sectarismo shií y la lealtad al santuario iraní hacia posiciones más claramente nacionalistas, en sintonía con el gran santón del chiismo iraquí, el ayatollah Alí Al-Sistani, que nunca ha aceptado el dominio de Iran en cualquiera de los ámbitos del estado o la sociedad iraquíes. Esta evolución le llevó a escuchar a los saudíes, a no oponerse a una presencia reglada de los norteamericanos, a colaborar con los iraníes sin imposiciones, a entablar cauces de diálogo con los líderes sunníes moderados y con los secesionistas kurdos, a entenderse con no pocos empresarios y, no obstante, a pactar y coaligarse con los comunistas. En definitiva, a instalarse en el pragmatismo (2).
                
PRAGMATISMO PARA MANIPULADOR EL PODER
                
Moqtada Al-Sadr ha transformado su disciplina formación militarista en una suerte de movimiento ciudadano contra la corrupción, la carestía de la vida, el desabastecimiento, la falta de trabajo y oportunidades, la codicia de la élite político-militar. Más allá de sus iniciales credos sectarios, el astuto clérigo ha escuchado las tripas de las masas y ha marginado el imaginario fanático.
                
Hace dos años, Al-Sadr hizo una exhibición palpable de sus habilidades con las masas al impulsar la irrupción de cientos de bagdadíes en el Parlamento y protagonizar una sonora protesta contra la indolencia de la clase política. Apoyó el programa de regeneración del primer ministro Abadi, frente a las maniobras obstruccionista de su antecesor y compañero del partido Al-Dawa, Nuri Al-Maliki, que había roto con Washington y se había acercado a Teherán.
                
Pero Al-Sadr nunca juega a segundón. El respaldo a Abadi fue táctico. Él tenía su propio el designio de convertirse en lo que ahora parece haber conseguido: el kingmaker (3). Es decir, el depositario de la clave para formar gobierno y liderar el país. No será tarea fácil, empero.
                
Las elecciones han dejado un panorama endiablado, en eso no ha habido sorpresa alguna. El shiismo se ha presentado dividido en cinco grandes facciones: la coalición inter-confesional “Victoria”, de mayoría shií y liderada por Abadi: las milicias proiraníes (MPF), cuyos líderes se han reciclado políticamente en Al Fatih (Conquista); los afines al exprimer ministro Maliki; la formación minoraría “Sabiduria”, encabezada por otro líder religioso histórico, Al Hakim; y finalmente, la coalición de Al-Sadr, denominada Saroon, que se podría traducir como “Marcha” o “Hacia adelante”, lo que inevitablemente recuerda a la formación de Macron (4).
                
Saroon ha ganado en la mitad de las provincias figura en primer lugar en el cómputo estatal, seguido de cerca por Al Fatih. Abadi sólo ha obtenido el tercer puesto. El pulso para formar gobierno se antoja largo y complicado. Al Sadr no es diputado y ni puede ni quiere ser el nuevo primer ministro. Puede apoyar a Abadi, como ha hecho en el pasado, pero no desea enfrentarse a los proiraníes más recalcitrantes. Al único que no traga es a Al-Maliki.
                En todo caso, este consumado manipulador querrá alejarse de enredos y politiqueos excesivos. Le interesa más el prestigio que la púrpura. Uno de sus colaboradores más cercanos ha reconocido que aspira al controlar el Ministerio del Interior, o sea las fuerzas de seguridad. El objetivo es claro: garantizar la seguridad de sus fuerzas, neutralizar a sus adversarios y, si es necesario, intimidar a los enemigos (5).
                
Al-Sadr no sólo tendrá que componer con sus rivales shíies, sino convencer a los desbandados y maltrechos sunníes de que ha enterrado definitivamente el sectarismo y a los kurdos de que puede ofrecerles estímulos para abandonar o al menos aparcar su ambición secesionista.
                
Pero el verdadero reto lo tiene en el exterior: alcanzar un modus vivendi con Teherán y con Washington, con ambos polos en agudizada confrontación tras la ruptura del acuerdo nuclear (6).
                
Ya no sería una sorpresa que el transformado clérigo fuera capaz de hacer virtud de la necesidad y encontrara la fórmula para jugar al caliente y al frío con estos dos gendarmes todopoderosos del equilibrio (o el desequilibrio) iraquí.

NOTAS

(1) “How Moqtada al-Sadr went form anti-american outlaw to potential king-maker in Iraq”. TAMER EL-GHOBASHY y KAREEM FAHIM. THE WASHINGTON POST, 14 de mayo.

(2) “Moqtada Al-Sar has transformed himself-and could emerge as a kingmaker after elections”. KRISNADEV CALAMUR. THE ATLANTIC, 11 de mayo.

(3) “Sadr, the Kingmaker”. OMAR AL-NIDAWI. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo de 2016.
(4) “Iraq elections: fractured shia forces means an uncertain outcome”. IBRAHIM AL-MARASHI. MIDDLE EAST EYE, 1 de mayo.

(5) “Moqtada Al-Sar s’impose comme le faiseur de roi en Irak”. HÉLÈNE SALLON. LE MONDE, 15 de mayo.

(6) “Iraq’s elections: Red flags and opportunities for inclusion”. BILAL WAHAB. WASHINGTON INSTITUTE, 11 de mayo.

TRUMP LO DESTROZA TODO

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9 de mayo de 2018
            
Con la retirada del acuerdo sobre el control del programa nuclear de Irán, el presidente de Estados Unidos provoca un daño mayor a la estabilidad en Oriente Medio, a la solidaridad entre los aliados occidentales, a los sectores reformistas en Teherán y a la propia población iraní.  Pero no sólo eso, el inquilino de la Casa Blanca menosprecia a sus asesores más preparados, arruina su escaso crédito como dirigente y pone de nuevo en evidencia su narcisismo y su incapacidad para gobernar. 
            
Trump destroza, en primer lugar, la verdad. No es cierto que Irán no haya cumplido el acuerdo. Lo ha hecho, con pequeñas brechas, rápidamente corregidas. Ha sido precisamente Estados Unidos el incumplidor mayor, retrasando el levantamiento de las sanciones, dificultando el calendario de la normalización y creando un clima de hostilidad y desazón, como algunos trabajos bien documentados demuestran (1).
             
Trump destroza el legado exterior más destacado de la era Obama. Esa ha sido su obsesión desde que iniciara su carrera electoral: acabar con todos los avances logrados entre 2009 y 2017, incluso los más modestos, los más contradictorios. El acuerdo sobre el programa nuclear iraní era, sin duda, uno de los logros más brillantes del anterior presidente. Algunos expertos lo califican de la pieza diplomática más cuidadosamente trabajada de los últimos años. No es preciso exagerar para reconocer la virtud de un pacto que puso en sintonía a norteamericanos, europeos, rusos, chinos e iraníes. Y, por cierto, con matices, a algunos israelíes, como, por ejemplo, los principales jefes militares, políticos moderados y miembros de la comunidad de inteligencia. Sólo los políticos extremistas y sectores religiosos fundamentalistas de la sociedad israelí o los interesados jeques saudíes y sus protegidos regionales han conspirado contra el acuerdo desde un principio. O desde antes incluso de alcanzarse.
                       
Trump destroza la solidaridad atlántica como nunca antes, incluso durante la desventurada operación de Irak, al adoptar una medida unilateral. Los europeos han tratado, de formas distintas, con procedimientos variados, hacerle entrar en razón. Muchos, o todos, ya sabían que la racionalidad no forma parte de la gama de conductas del presidente-hotelero. Irán es el último y muy grave eslabón de una cadena de desplantes y medidas unilaterales, como las pataletas comerciales sobre el acero y el aluminio (y otras que puede venir) o el portazo al pacto climático. Macron intentó contener la hemorragia con una patética operación de halagos y relaciones públicas que pasará a la historia de los patinazos diplomáticos. Ahora, Europa tiene que elegir entre ignorar al caprichoso amigo o hacer de tripas corazón y buscar, en estos cuatro meses que contempla el propio acuerdo (2),  una tercera vía que resucite el acuerdo (esto tanto o más importante que lo anterior) preserve los intereses de las compañías europeas que contaban con realizar buenos negocios con los iraníes. Desde 2015, las importaciones europeas procedentes de Irán se han multiplicado por ocho y las exportaciones a aquel país ha superado los cuatro mil millones de euros (3).
             
Trump destroza las expectativas de las propias compañías norteamericanas, que, como las europeas, confiaban en que la consolidación del levantamiento de las sanciones, hasta ahora parcial, abrieran autopistas de ganancias.

Trump destroza las opciones de los moderados en Irán, liderados por el presidente Rouhani, que fiaron la reconstrucción económica y la mejora de las condiciones de vida de la población al levantamiento definitivo y estable de las sanciones, a la recuperación de la inversión extranjera y a la estabilización del mercado petrolero. Desde las protestas de finales de diciembre, hay un clima de tensión y miedo en Irán. Hace tiempo que unos y otros habían descontado la patada de Trump al acuerdo nuclear. El rial, la moneda nacional, ha perdido un 30% de su valor. Se prevén turbulencias sociales muy serias si se profundiza la degradación de la vida cotidiana. Irán ya vende más de dos millones y medio de barriles diarios de petróleo en los mercados internacionales, pero eso no alcanza para satisfacer las necesidades apremiantes del país, reparar el retraso acumulado y entrar en una senda de crecimiento y prosperidad. El verdadero designio de Trump puede ser precisamente ese: favorecer una desestabilización de Irán y provocar un cambio de régimen, aunque sea de forma violenta, al altísimo precio de la represión y el sacrificio de los ciudadanos (4). Al menos ese el discurso público, sin disimulo del nuevo jefe de la diplomacia, el mercurial Pompeo, o, con más entusiasmo aún, del auténtico príncipe de las tinieblas del momento, el consejero de seguridad Bolton, que emerge de la tragedia iraquí sin haber pasado por un tribunal de guerra.

Trump destroza el desarme iraní, puesto que la retirada del acuerdo aliente a los duros a recuperar de inmediato el programa. Según algunos negociadores veteranos, en un año aproximadamente el régimen de los ayatollahs puede alcanzar el umbral (break-in) del designio armamentista, previa retirada previsible del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Este escenario catástrofe, no inevitable, pero posible, no dejaría a Trump muchas opciones útiles que no fueran la respuesta militar norteamericana, israelí o conjunta, con inciertas perspectivas de éxito. Sería como soplar con avidez sobre las llamas de una región en perpetua combustión (5).

Trump destroza las escasas posibilidades de una estabilización del escenario regional, ya comprometido seriamente por el aún inaccesible final de la guerra en Siria, la confrontación inacabada e insidiosa entre Irán y Arabia Saudí, la emergencia del proyecto ultranacionalista y autoritario en Turquía, el cancerígeno estancamiento de las relaciones israelo-palestinas, el previsible incremento de los agentes proiraníes en distintos países de la zona y la nueva tormenta que se anuncia tras la liquidación del Daesh. Estados Unidos arruina una vez más su condición de bróker independiente o neutro (si no neutral) en la región. El machacón discurso del presidente-hotelero contra la involucración de Washington en los conflictos regionales no se compadece con decisiones irreflexivas como ésta. Lo quiera o no, la administración Trump va a desencadenar una miríada de consecuencias a las que no podrá volver la cara, como ya ocurriera con la lamentable invasión, destrucción y descomposición de Irak.

Trump destroza a su propio círculo de asesores más experimentados en seguridad. El magnate ha ignorado los consejos de esos generales de los que se ha venido rodeando desde su llegada a la Casa Blanca, supuestamente para “hacer fuerte y grande a América otra vez”. Los militares que han intentado establecer un gobierno prudente se han visto desbordados, exasperados y finalmente rebasados en sus trincheras políticas y burocráticas por el fuego amigo de un patrón desnortado.

Trump destroza, o al menos estropea, su propia operación de teatro exterior, ya que difícilmente podrá convencer al norcoreano Kim de que se puede llegar a acuerdos fiables con él, sobre todo si se trata de contenido nuclear. La propaganda oriental puede obrar milagros, pero la anunciada cumbre de primavera puede acabar en aguacero.

Trump, en fin, se destroza a sí mismo, porque ha arruinado el escaso margen de credibilidad que aún tenía en círculos republicanos o afines, no porque estos fueran entusiastas defensores del acuerdo nuclear, sino porque entendían que era preferible mantenerlo e intentar su revisión que hacerlo jirones sin un plan B en la recámara. El presidente-hotelero es un “sin techo” político, acosado por las sombras de una conducta atrabiliaria y vergonzosa y bajo la sospecha creciente de colusión, obstrucción a la justicia e incapacidad para tomar decisiones con un mínimo sentido común. 

Quizás como un guiño de la realidad, su esposa Melania (6) ha sido objeto esta semana de perfiles periodísticos que la retratan alejada cada vez más de su marido, refugiada en una cotidianeidad familiar y en una discreta pero reconocible actividad pública, alejada de los escándalos machistas y vulgares del hombre con el que ya no duerme y con el que apenas habla.


NOTAS

    (1)   “Trump may already be violating the Iran deal”. PETER BEINART. THE ATLANTIC, 29 de abril.

  (2) “As Trump mulls the Iran’s deal fate, a three-ring circus ensues”. SUZANNE MALONEY. BROOKINGS INSTITUTION, 2 de mayo “.

   (3) “The Challenging of reinstating sanctions against Iran. It is not as simple as withdrawing of JCPOA””. PETER HARRELL. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo.

    (4)   “Le pari risqué de Trump sur le nuclear iraní” VASIL NASR. COURRIER INTERNATIONAL, 25 de abril (traducido al francés del articulo original en THE ATLANTIC).

    (5)   What happens if US bows out of the Iran nuclear deal?”. VARIOS AUTORES. FOREIGN POLICY, 7 de mayo.

  (6) “Inside Melania’s complicated White House life. Separate schedule, different priorities”. THE WASHINGTON POST, 7 de mayo.

EL GRAN TEATRO DEL MUNDO

3 de mayo de 2018

                
Las decisiones más trascendentales para el equilibrio -o el desequilibrio- mundial son adoptadas por muy pocas personas y con la mayor discreción posible. Sin embargo, se tiene la percepción de lo contrario. Desde el comienzo de la era de la televisión, y sobre todo en la fase más reciente del “directo continuo”, (live on, breaking news, etc.), se transmite (nunca mejor dicho) la sensación de que todo ocurre a los ojos de todo el mundo, en vivo y en directo. La liquidez del acontecimiento contribuye a digerir la consistencia de los fenómenos.
                
Todo es ilusorio, o casi todo. La irrupción de la tecnología digital, la aceleración de la información, su categorización definitiva como producto de consumo ha reforzado hasta el extremo esa evolución imparable. Se ha conseguido instalar en el público, en los públicos, la idea de que no somos meros receptores, o receptores pasivos, sino protagonistas activos, en cierto modo, al menos. Las redes sociales han cultivado en el ciudadano la noción de que cualquiera puede ser parte del relato, de la historia. Lo más importante no es lo que ocurre, es lo que se transmite, lo que se representa. Y todos tenemos, o podemos tener, un papel en ella.
                
La historia como representación, la narración del mundo como teatro de la realidad. A eso nos enfrentamos ahora. Cada poco asistimos a ejemplos palmarios. Y hay semanas, como esta última, en la que se pueden identificar varios de ellos, con mayor o menor intensidad o claridad, en formas y estilos diferentes: solemnidad, farsa o drama.
                
SOLEMNIDAD EN EL PARALELO 38
                
El encuentro de los líderes de las dos Coreas es un ejemplo superior del teatro más solemne. Casi un auto sacramental. La culminación de un proceso rápido y acelerado del reverso de la historia, como una sucesión trepidante de cinco actos: 1) una larga noche con los tambores batientes de la guerra amenazante; 2) el amanecer de una sorprendente conciliación en el muy simbólico escenario de unos juegos olímpicos; 3) el mediodía reluciente de un ceremonial encuentro sobre la línea divisoria, que anuncia el clímax (o acto quinto) de una paz para la que se reserva la solemnidad que tal acontecimiento merece.
                
Falta la pieza 4 en esa puesta en escena: la cumbre Kim-Trump. Es el momento más esperado de la representación en la medida en que resulta el más morboso.  Una dupla dispar por excelencia, el otrora imposible encuentro entre los dirigentes a priori más opuestos del espectro mundial. Sólo en apariencia. Los dos dirigentes no comparten ideología y visión del mundo (suponiendo que en realidad los tengan), pero sus vidas públicas están construidas de la materia del engaño y la falsedad. Ambos son pura artificiosidad.
                
Estos días, analistas y expertos desmenuzan riesgos y oportunidades de ese próximo acto teatral con abundancia de argumentos y indisimulado espíritu especulativo. Por falta de espacio, no es este el lugar para sintetizar la variedad y ductilidad de esos encomiables empeños. Baste con referenciar algunos de ellos.
                
Se evoca el peligro de las percepciones acertadas o equivocadas, es decir, las distintas interpretaciones que cada parte hace de las intenciones del otro (1), cuánto  hay de cálculo honesto de opciones y/o soluciones y cuánto de pura impostura, las pulsiones que han impulsado a cada una de estas dos figuras esperpénticas a fotografiarse con la otra (2), la influencia que en este empeño han tenido tanto los intereses y las burocracias de cada parte como las motivaciones egocéntricas de los individuos que las representan (3), el peso y la influencia de terceros pero en absoluto secundarios actores: aparte de Corea del Sur, Japón y China, por supuesto, y el resto de estados de la cuenca Asia-Pacífico (4); o, para finalizar, sin que sea lo último reseñable, lo decidido de antemano y el margen de lo imprevisible (5).
                
Naturalmente, no hay consenso, no todo el mundo con un conocimiento acreditado del asunto lo ve igual. Hay quien se congratula por el giro que ha dado el guion de la historia y contempla esperanzado el desenlace como el previsible triunfo de la paz; éste es el caso de un antiguo negociador en el conflicto intercoreano (6). Y hay quién, miembro de la administración Bush W., contempla lo que está ocurriendo como una farsa más de las orquestadas por el siniestro régimen paleocomunista, y se atreve a contarlo en la primera persona simulada de un alto mando militar norcoreano (7).  
                
FARSA EN EL ESCENARIO MEDIO-ORIENTAL
                
Lo que es solemnidad en los lejanos escenarios del Extremo Oriente se transforma en farsa en las polvorientas barracas de Oriente Medio. La semana pasada, el primer ministro israelí hizo una presentación “muy teatral” (calificada así por el New York Times y aceptada por buen número de editorialistas y analistas) de las mentiras de Irán sobre su programa nuclear. Estaba clara la intención: influir en el muy influenciable presidente norteamericano, en vísperas de su pronunciamiento sobre la revisión y anulación del acuerdo.
                
Los que conocen en detalle este asunto coinciden plenamente en que Netanyahu no ofreció nada nuevo, porque la información presentada ante las cámaras, con despliegue de carpetas y CD’s, se refería a los planes iraníes anteriores al acuerdo internacional. Pero eso daba igual. Lo importante era consolidar en la mente de Trump y de quienes lo secundan que Iran ha mentido, miente y seguirá mintiendo. Todo ello adobado con la peliculera narración sublineal de la obtención del material exhibido: el asalto de un almacén abandonado y secreto, en una operación muy al estilo del Mossad.
                
Esta conexión telúrica entre Netanyahu y Trump viene guarnecida por ciertos apuros compartidos. No sólo comparten una visión muy estrecha de la realidad internacional. Lo que les convierte en cómplices frente a sus ciudadanos y socios y/o enemigos externos es su condición de personajes públicos acosados por investigaciones judiciales que podrían muy bien acabar con su preeminencia política. El israelí, por corrupción; el norteamericano, por colusión.
                
EL DOCUDRAMA DE LA CASA BLANCA
                
Estas representaciones teatrales, y las que vendrán sobre estos dos grandes asuntos del panorama internacional, palidecerán por contraste con el gran acontecimiento que se diseña desde hace meses en discretos despachos a orillas del Potomac.
                
El fiscal especial Mueller, según se ha sabido estos últimos días por filtraciones periodísticas, tiene elaborado ya el libreto del docudrama más intenso de la política norteamericana desde el Watergate: el cuestionario (bajo forma de interrogatorio directo o no) que se someterá al presidente Trump por las sospechas de complicidad de su campaña con la Rusia de Putin, la aparente ocultación de los nexos entre sus negocios y los asuntos públicos, el atrabiliario manejo de nombramientos y destituciones o las supuestas maniobras de obstrucción a la justicia.
                
Contrariamente a la solemnidad ceremoniosa de la paz (o la guerra) en Corea, o la farsa de enredo, mentiras, engaños y falsedades en Oriente Medio, la obra que se dibuja en Washington tiene un aroma de drama, que quizás diluya el esperpento de una presidencia que nunca fue, que nunca llegó a ser. Prepárense para la función.

NOTAS

(1) “Perception and misperception on the Korean península”, ROBERT JERVIS y MIRA RAPP- HOOPER. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2018.
(2) “Yes, Trump and Kim can make a deal that’s good por everyone”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 25 de abril.
(3) “What does Kim Jong-un want? U.S. fears answer is ‘give a little, gain a lot’. MARK LANDER y CHOE SANG-HUN. THE NEW YORK TIMES, 21 de abril.
(4) “U.S. Soldiers might be stuck in Korea forever”. CLINTON WORK. FOREIGN POLICY, 1 de mayo.
(5) “Optimism with North Korea will kill us all”, JEFFREY LEWIS. FOREIGN POLICY, 30 de abril.
(6) “A real path to peace on the Korean peninsula”. CHUNG-IN MOON. FOREIGN AFFAIRS, 30 de abril.
 (7) “Pyongyang is playing Washington and Seul. MICHEL J. GREEN. FOREIGN AFFAIRS, 27 de abril.