ALEMANIA: LAS ELECCIONES DE LA RUTINA

20 de septiembre de 2017

Alemania vota este domingo en un clima de continuidad y distensión que la distingue de otros escenarios europeos y occidentales.

Hace nueve meses, las perspectivas eran algo diferentes. Los sorprendentes resultados de las presidenciales norteamericanas animaron un exagerado temor a una deriva populista en Europa. La derrota de las fuerzas xenófobas y antiliberales en Holanda y Francia y las dudas sobre la viabilidad del Brexit después de retroceso tory en Gran Bretaña le han restado dramatismo a estos comicios alemanes.

A todo ello se añade la evaporación de la perspectiva de cambio político. La canciller Merkel se dispone a obtener un cuarto mandato, tras el espejismo de un ascenso socialdemócrata. El nuevo liderazgo del SPD en la persona del otrora presidente de Parlamento europeo, Martin Schultz, no ha tenido vigor suficiente para acabar con la era merkeliana.

MÁS MERKEL

Así las cosas, la única incógnita aparente de estas elecciones es la fórmula de gobierno que sucederá a la gross coalition actual. Naturalmente, dependerá de los resultados. Por lo pronto, se descarta un ejecutivo monocolor, porque parece imposible una mayoría absoluta de los democristianos (CDU).

Tampoco se baraja la continuidad. La alianza entre los dos grandes parece agotada. La efímera posibilidad de éxito electoral llevó al SPD a romper los puentes de colaboración con la CDU y sería inconsecuente y oportunista restablecerlos ahora.

Lo que resta es una coalición de la CDU con dos de los partidos menores. Si no le alcanza la suma de los liberales del FPD, que debe regresar al Bundestag tras una penosa travesía del desierto, Merkel intentará atraerse los verdes, que se han ido fracturando y moderando. No se espera que la canciller solicite el respaldo de los xenófobos de Alternativa por Alemania (AfD), que entrarán con seguridad en el Parlamento, debido a las insalvables distancias que han mantenido con ella en estos años pasados.

En la oposición restarían también los socialdemócratas y los izquierdistas de Die Linke. Una debacle democristiana podría permitir al SPD componer una coalición con los verdes y con la izquierda, pero este escenario es altamente improbable.

Detrás de esta matemática escasamente especulativa asoma la estabilidad del sistema político alemán. El bipartidismo nunca ha ejercido un dominio absoluto en la Alemania de posguerra, aunque las distintas soluciones de gobierno siempre han pivotado en torno a democristianos y socialdemócratas, o bien sumando fuerzas estas dos formaciones o agregando cada una de ellas a uno de los partidos menores (por debajo del 10%). Por lo tanto, puede hablarse, en cierto modo, de un bipartidismo imperfecto o variable. O, en términos más actuales de un “consenso centrista”.

UNA ESTABILIDAD CON SOMBRAS BAJO CONTROL

El escaso espacio para la sorpresa o el frenazo del populismo que ha provocado alarma en otros países europeos no significa que Alemania sea un plácido lugar sin tensiones ni problemas. Una mayoría de politólogos occidentales –pero sobre todo los norteamericanos- presentan a la Alemania merkeliana como el gran baluarte liberal frente a las turbulencias populistas (Trump, Brexit, xenofobia, neoautoritarismo, etc.)

Esta visión sobrevalora la capacidad de Alemania, e incluso su voluntad. Las ambiciones alemanas tienen más que ver con su bienestar económico que con su liderazgo político. El escarmiento de los dramáticos fracasos del sueño de grandeza alemana en la primera mitad de siglo pasado dio paso a un pragmatismo mantenido en los últimos sesenta años, que ha demostrado ser mucho más eficaz.

Alemania ha pasado de la supremacía militarista a la hegemonía económica haciendo el menor ruido posible. Pero no siempre ha podido pasar de puntillas. El proyecto europeo ha sido el marco en que el liderazgo alemán ha sido asumido en el interior y aceptado en el exterior.

Sin embargo, la rígida posición alemana en la gestión de la crisis económica de la pasada década ha empeorado la percepción que se tiene de Alemania en otros lugares de Europa. Mientras Berlín asumía el rol disciplinario en Europa, le brotaban de nuevo fantasmas indeseables en casa. La apariciónde fuerzas tributarias de antiguas resonancias trágicas bajo nuevos disfraces provocó alarmas dentro y fuera del país.

La crisis migratoria de 2015 otorgó a Merkel una oportunidad única para enderezar esta deriva antipática de Alemania. De canciller de hierro pasa a canciller de seda. El rigor se convirtió en humanitarismo, por efecto de la propaganda y de la propia debilidad, inconsecuencia y miedo de sus socios europeos. Pero la pretendida generosidad (que era más bien conveniencia) hacia los desplazados de las guerras lejanas fue mejor valorada en Europa que en sectores conservadores de su propio país.

Y entonces vino la inevitable rectificación. Angela adoptó una posición menos angelical. Luego, los acontecimientos antes mencionados le ayudaron a presentarse como el exponente de la estabilidad occidental en un orden convulso. El país recuperó su apreciada normalidad, que algunos comentaristas tildan de aburrida.

Alemania tiene aversión a hiperliderazgos y sobresaltos. La reunificación resultó un proceso largo, complicado y penoso, pero ya parece superado. La prosperidad xige una tranquilidad de hierro. Las tensiones son inevitables en el ámbito social y territorial, pero parecen bajo control. La proyección exterior se mantiene bajo parámetros de influencia económica y discreción diplomática, que eclipsan los medidos y muy limitados compromisos militares, siempre éstos bajo paraguas europeo.

Por todo ello, las elecciones de este fin de semana constituirán un ejercicio más de la rutina democrática alemana, que ni siquiera las sospechas de hackeo exterior (ruso) podrán alterar.

EL DRAMA DE LOS ROHINGYA Y LOS LÍMITES DE LA PROTECCIÓN HUMANITARIA

14 de septiembre de 2017
                
En los últimos días estamos asistiendo a un nuevo episodio de uno de los dramas más lacerantes del panorama internacional: el de la minoría rohingya en Birmania, o Myanmar, (denominación que ha adoptado el país desde hace algún tiempo.
                
El ejército birmano, uno de los más brutales y sanguinarios del planeta, ha lanzado una nueva campaña de persecución contra esa población de credo musulmán. Casi 400.000 personas se han visto obligados a huir de sus míseros hogares en busca de un incierto refugio en Bangladesh, territorio originario de la mayoría de sus ancestros. Los lugares de acogimiento a los que llegan están saturados y carecen de condiciones decentes de vida.
                
El Consejo de Seguridad de la ONU, reunido este miércoles, ha resuelto el relativo y problema de conciencia de la comunidad internacional con una resolución meliflua, sin nervio, en la que se limita a reclamar a Birmania que efectúe “pasos inmediatos para detener la violencia contra los rohingyas”.
                
Previamente a esta discreta e inane decisión, altos responsables de la Naciones Unidas, como el delegado de derechos humanos o el propio Secretario General habían calificado la represión birmana como “limpieza étnica”. Tal calificación equivale a crimen de guerra en derecho internacional. Justifica una pose de indignación, pero no parece que vayan a derivarse consecuencias. La desesperación y más que probable muerte de decenas de miles de personas por la acción insoportable de un régimen oprobioso merece menos esfuerzo y, por supuesto, menos determinación, que el programa militar atómico de Corea, por ejemplo.
                
UNA HISTORIA ATORMENTADA
                
Como en la mayoría de las catástrofes humanitarias o en las situaciones de abuso estructural en el otrora llamado Tercer Mundo, o el mundo menos desarrollado, el atropello de la minoría rohingya hunde sus raíces en la época colonial. Se agradece el esfuerzo del diario francés LE MONDE por recordarnos el origen de este drama (1).
                
En la tercera década del siglo XIX, después de conquistar el territorio de Arakan, en el oeste de Birmania, el Imperio británico alentó la inmigración de población musulmana desde la fronteriza región de Bengala Oriental. Las razones de esta política son de distinta naturaleza. Desarrollo económico y necesidad de mano de obra abundante, desde luego. Pero también resultaba conveniente neutralizar a la mayoría budista de ese nuevo territorio del Imperio con la aportación notable de población de otro origen étnico y de distinta confesión religiosa.
                
Esta manipulación de la población de diferentes extracciones étnicas o religiosas se produjo más a las claras durante la segunda guerra mundial. Después de la invasión japonesa de Birmania, hubo enfrentamientos violentos entre las comunidades budista y musulmana. Los japoneses apoyaron a los primeros y los británicos a los contrarios, no por simpatía con sus causas, sino para debilitar al adversario.
                
En los años cincuenta, en este territorio ya mixto de Arakan, que adopta el nombre de estado de Rakhin, surge un movimiento activista que reclama la creación de un estado musulmán en condiciones semejantes al del resto de entidades que componen la Unión birmana de posguerra. Las autoridades birmanas y la gran mayoría de la población budista rechazan de forma tajante esta aspiración, niegan la existencia misma de esta población como minoría y considera a sus integrantes como simples exiliados bengalíes.
                
LA EXCUSA INSOSTENIBLE DEL TERRORISMO
                
Esta política birmana favorece la aparición de grupos guerrilleros en los sesenta, que adoptan formalmente el nombre de rohingya. Unos tienen carácter secular y otros adoptan credos islamistas. Los movimientos migratorios de las décadas anteriores han diversificado la población a la que esos grupos dicen representar. Para entonces no son ya sólo personas de origen bengalí, sino también de procedencia árabe, turca y persa.       
                
A comienzos de los setenta, se produjo la partición de Pakistán y la conversión de su territorio oriental (Bengala) en el nuevo estado de Bangladesh, lo que provocó otro drama humano de pavorosas proporciones, que tuvo una repercusión notable en Occidente y generó un movimiento de solidaridad y compasión.
                
La aparición de Bangladesh alentó inicialmente a estos movimientos contestatarios e insurreccionales entre la minoría rohingya, pero sus divisiones internas, la falta de arraigo social, el rechazo de la mayoritaria población budista y el carácter ferozmente represivo del régimen militar birmano los han ido reduciendo a la irrelevancia.
                
En la actualidad, existe un autodenominado Ejército de salvación de los rohingyas de Arakan, que han realizado algunos ataques de baja intensidad contra puestos policiales birmanos, pero que adolecen de una mínima capacidad militar. De ahí que las imputaciones de terrorismo que arguyen las autoridades, militares y ahora también civiles, de Myanmar para justificar la persecución de los rohingyas constituyan una simple excusa para esconder una política xenófoba con tintes genocidas.
                
LA COMPLICIDAD DE AUNG SAN SUU KYI
                 
Especialmente llamativa ha sido la postura de la dirigente birmana Aung San Suu Kyi. Antes de consolidarse como la líder de facto del país, la Premio Nobel de la Paz de 1991 se había pronunciado a favor de una actitud “tolerante, comprensiva y constructiva” con respecto a la minoría rohingya. No ha sido eso lo que ha hecho. Hace unas semanas, en una entrevista con la BBC que produjo gran impacto, aunque no quizá gran sorpresa, rechazó rotundamente el calificativo de “limpieza étnica”. Posteriormente, ha observado un silencio cómplice con las operaciones represivas (2).
                
La Nobel de la Paz paquistaní Malala y otras figuras de la escena internacional han sido muy críticos con la líder birmana y alguno ha habido que le ha solicitado que devuelva el premio del Instituto noruego por no haber hecho honor al mérito que conlleva (3). Otro galardonado con esa distinción, el Presidente Obama amparó la transición democrática birmana, aunque eran más que dudosas las garantías sobre el respeto de los derechos humanos básicos que cabía esperar de las autoridades birmanas.
                
El decepcionante comportamiento de la dama birmana puede explicarse, pero no justificarse, por la falta de autonomía política de la que en la práctica disfruta. El acuerdo impuesto por los militares para aceptar una peculiar transición democrática le impide acceder a un cargo de responsabilidad. Su partido, la Liga por la Democracia, fue el más votado en las últimas elecciones, pero ella no pudo ser candidata a la Presidencia por una absurda ley que niega este derecho a las personas que tengan hijos nacidos en el extranjero, como es el caso de ella. Una ley a medida.          
                
El calvario rohingya continuará hasta que la atención mediática se desvanezca, como ha ocurrido en otras ocasiones. El drama de los misérrimos tiene un alcance muy corto.


NOTAS:

(1) LE MONDE, 13 de septiembre.

(2) WASHINGTON POST, 6 de septiembre.


(3) THE GUARDIAN, 5 de septiembre.

COREA DEL NORTE: UN DILEMA SIN SOLUCIÓN

 6 de septiembre de 2017
                
El dilema de Corea del Norte parece lejos de una resolución aceptable. Los sucesivos análisis que se han ido haciendo a lo largo del verano sobre la mejor manera de responder a los desafíos del régimen norcoreano apuntan diferentes líneas de acción, pero todos coinciden en una cosa: no hay una opción clara. Al cabo, el resultado es una sucesión de frustraciones: la respuesta militar arrastra consecuencias inaceptables, la vía diplomática ya se ha demostrado inviable y la presión económica parece impracticable o no decisiva.
                
LA LOCURA DE LA OPCIÓN MILITAR
                
Al dotarse de una capacidad de respuesta disuasoria (núcleo de la estrategia nuclear vigente desde 1945), la dinastía Kim cree haberse garantizado una protección existencial. Pyongyang ha blindado su seguridad bajo riesgo de catástrofe inaceptable para sus enemigos. El régimen pretende mantener su sistema medieval de gobierno (olvídense del comunismo), fortificándose en una ciudadela atómica. Corea del Norte no aspira a ganar. Se ha limitado a convertir en inaceptable su derrota, su extinción.
                
La desaparición de la Unión Soviética y la suerte que han corrido algunos de los dictadores que se amparaban en la implícita protección del mundo bipolar han servido a los Kim (y en particular al actual) de lección decisiva. Kim Jong-Un no quiere acabar como Saddam o como Gaddafi. Tampoco acepta que su suerte dependa de un protector externo, como le pasa a Assad con Rusia o Iran. Prefiere tener todas las cartas en la mano. O la única que puede hacer dudar a sus enemigos: que su extinción signifique un daño insufrible para sus verdugos.
                
Por eso, la retórica militarista de Trump es inútil. Peor aún: “legitima” el programa militar del dictador norcoreano, según Antoine Bondaz, responsable del área de Asia septentrional de la Fundación de Investigaciones estratégicas (1). Ese diluvio de “fuego y furia” que Trump evocó no acabaría sólo con Corea del Norte. En su perdición, Kim Jong-Un podría tener la capacidad de ocasionar una catástrofe inimaginable a su vecino y rival del sur, castigaría horriblemente a Japón y, muy probablemente, podría eliminar de mapa a San Francisco (pongamos por caso). Algo inaceptable para cualquier presidente sensato (o incluso con altas dosis de insensatez como el actual). Los expertos parecen coincidir en la inviabilidad de un ataque preventivo que eliminaría el arsenal nuclear norcoreano antes de que pudiera dispararse el primer misil. Y uno sólo bastaría para infligir un daño inaceptable.
                
UNA APROXIMACIÓN "REALISTA"
                
Algunos reclaman paciencia y consideran que se pueden reconducir la crisis desde la firmeza. El director del Instituto de Estudios USA-Corea del Sur, David Kang, sostiene que la supuesta irresponsabilidad de Kim es un mito. En su opinión, el “lobo de Pyongyang” no se comporta como un loco, sino como el ejecutivo de una multinacional. Sabe muy bien lo que se hace. Pretende no sólo asegurar la continuidad del régimen, sino hacerlo más autónomo, reforzar su base productiva, fomentar el desarrollo y mejorar las condiciones de vida de la población, lógicamente sin aflojar en absoluto su naturaleza ultra autoritaria (2).
                
Por eso, algunos analistas se atreven a plantear lo que parece más plausible o menos malo: ya que no se ha sido capaz de prevenirlo, como reprocha Jeffrey Lewis, experto en política de no proliferación nuclear, hay que asumir el hecho consumado de una Corea del Norte nuclear y limitar el alcance de sus consecuencias (3). Después de todo, como se ha recordado estos días, el mundo ha aceptado algo no menos peligroso como el duelo nuclear implícito entre India y Pakistán.
                
Los “realistas”, como el profesor John Delury, investigador del Centro de Relaciones chino-norteamericanos y profesor de la Universidad de Yonsey, consideran, por tanto, que en vez de airear la amenaza militar, hay que concentrarse en congelar, limitar y someter la potencia nuclear norcoreana a estrictas reglas de actuación (4).
                
Desde Corea del Sur se defiende esta vía, aunque no de forma unánime. El actual presidente Moon, hijo de refugiados de la guerra de los 50, quiere evitar a toda costa la escalada militar. Ganó las elecciones con un programa digamos que pacifista, pero la agudización de la crisis le ha hecho adaptar su discurso. Mantiene su posición a favor de una salida negociada, pero Kim lo desprecia como un peón más del imperialismo americano. Moon se aviene ahora a instalar el sistema antimisiles (THAAD) que rechazaba como candidato y plantea un rearme del país. Otros dirigentes creen que hay que endurecer el discurso, pero no ofrecen alternativas muy claras de cómo hacerlo (5).
                
Trump no ha ayudado mucho volviendo a plantear, en mitad de este último episodio de la crisis, la posibilidad de rescindir el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur, basado en su absurdo y tramposo principio de “América first” y en la falsa pretensión de que los pactos comerciales vigentes perjudican a Estados Unidos.
                
EL DOBLE FILO DE LAS SANCIONES
                
El debate se replica en el asunto de las sanciones. Para los halcones, constituirían un último recurso antes de pasar a la respuesta militar. Para los pacifistas, una palanca que debería sostenerse en la lógica del palo y la zanahoria.  
                
La efectividad de las sanciones pasa por presionar a China, que es donde reside la clave de la supervivencia material de Kim. La embajadora norteamericana en la ONU ha evocado el embargo energético. Pero la guerra económica presenta limites e incógnitas considerables.  
                
Kerry Brown, profesor de estudios chinos del King College de Londres, pone en duda la capacidad de China para hacer claudicar a su protegido. Y aunque así fuera, es discutible que le compense hacerlo (6). Después de todo, el problema no es de Pekín, es de Seúl y Washington. El perjuicio que a los dirigentes chinos puede producirles el enojo norteamericano por la falta de energía en la presión contra Pyongyang es asumible. Un derrumbamiento de Corea del Norte le crearía a China un problema indesplazable de refugiados, entre otros. Y a largo plazo, tendría a una Corea unificada aliada de Occidente en su frontera sur. Por lo tanto, es preferible para Pekín mantener la carta norcoreana en la baraja que descartarla del juego.
                
La zanahoria que esgrimen los más constructivos consiste en premiar al régimen con reducir la presión, e incluso ofrecerle ciertos incentivos económicos (comercio, inversiones, etc.), si acepta plantarse en su potencial actual y no continuar con su programa nuclear.
                
La duda de quienes se muestran escépticos ante esta opción apaciguadora reside en las incógnitas sobre la verdadera motivación de Kim. ¿Se puede dar por seguro que el líder norcoreano sólo pretender blindar su seguridad, garantizar su existencia? ¿Puede descartarse que no pretenda atacar a Corea del Sur con armas convencionales, terreno en el que es muy superior a su rival, y forzar una reunificación de la península bajo sus condiciones? ¿Qué pasaría entonces? El fracaso estrepitoso de la vía diplomática combinada con la presión devendría de nuevo en el indeseable dilema militar.

NOTAS

(1) LE MONDE, 4 de septiembre.
(2) FOREING AFFAIRS, 9 de agosto.
(3) FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.
(4) FOREIGN AFFAIRS, 22 de agosto.
(5) NEW YORK TIMES, 4 de septiembre.
(6) BBC, 5 de septiembre.

                

PARA EL REGRESO, ARENAS MOVEDIZAS

26 de Julio de 2017
                
El nuevo curso se anticipa agitado. Se da por descontado en los escenarios de crisis, en los que, por supuesto, ni siquiera puede hablarse de pausa estival (Siria, Venezuela, Yemen, Libia, Turquía, Corea del Norte, Irak, Palestina, Afganistán, etc.). Pero el panorama se antoja también inquietante en otros lugares por lo general considerados estables, como Europa y, singularmente Estados Unidos.
                
EL DESGOBIERNO DE TRUMP
                
En los mencionados escenarios internacionales incide de manera especialmente negativa el descontrol cada día más evidente en la única superpotencia mundial. Washington ha pasado a ser, en sí mismo, un factor de preocupación y no un elemento de estabilidad.
                
La deriva caótica del mandato Trump debilita también la gobernabilidad interna del país. Las relaciones entre el Capitolio y la Casa Blanca son cada día más disfuncionales: ahí están la ácida polémica sobre la ley sanitaria o las sanciones del Congreso a Rusia frente a los deseos del Presidente de una normalización con el Kremlin (ensayada en el escenario sirio).
                
Trump desconfía de quienes él mismo ha nombrado, como acredita el desencuentro casi obsceno con el Fiscal General (y Ministro de Justicia) o el destemplado despido del portavoz presidencial (al que nadie echará de menos).  
                
Circulan ahora rumores sobre la dimisión del Secretario de Estado, Rex Tillerson. La diplomacia norteamericana se encuentra bajo asedio. Cientos de puestos sin cubrir. Políticas básicas pendientes de definir. Recortes de fondos sin precedentes. Desconcierto general. Descontento masivo. Y lo que faltaba: nula sintonía con el Presidente. Lo único que funciona es aquello en lo que él no mete mano.
                
Resulta sintomático que, entre los continuos debates que genera el actual desgobierno en Washington, se haya colado también el de auto perdón. Es decir, el perdón de Trump a sí mismo, en caso de que se confirmaran faltas, delitos o crímenes (según calificación) del inquilino mayor que impulsaran el impeachment. A falta de precedentes y de prescripciones constitucionales claras, el debate jurídico está servido.
                
Como ya han señalado algunos analistas, aunque finalmente Trump no pudiera ser destituido por falta de pruebas en la trama rusa, o por cualquier otra razón relacionada con sus prácticas ilegales como candidato, no debe descartarse otra vía para desalojarlo de la Casa Blanca: la incompetencia probada. Esta última imputación más complicada de acreditar en términos jurídicos, pero muy transparente en su dimensión política y mediática.
                
A la vuelta del receso estival, empezará la campaña de las legislativas de mitad de mandato (noviembre de 2018). Es más que probable que los republicanos quieran marcar distancias con un ejecutivo que desacredita y mancha. Pero su división más profunda de las dos últimas décadas es un factor adicional de debilidad.
                
El estrepitoso fracaso continuado de acabar con la reforma sanitaria de Obama es un ejemplo cruel de la duplicidad del Great Old Party (GOP). El revanchismo de sus líderes legislativos se ha estrellado con la sensatez o simplemente el pragmatismo de algunos de sus colegas más moderados, y sobre todo de los gobernadores que atisban, sin grandes dificultades, el enorme daño que provocará el desmantelamiento de un ya de por si modesto sistema de protección sanitaria.
                
MAY: LA PESADILLA DEL BREXIT
                
El Brexit será otro asunto que, tras el receso, tomará fuerza imparable será el Brexit. Aunque se ignora en qué dirección. En Europa se tiene la sensación de que Londres no negocia con seriedad. O porque no sabe lo que quiere o porque no puede, debido a las contradicciones internas, a la debilidad políticas o al agarrotamiento que produce un futuro muy plagado de incertidumbres. El caso es que el gobierno británico no enseña papeles no presenta propuestas. Se limita a perder un tiempo del que, paradójicamente, carece.
                
El acuerdo poselectoral con los unionistas del Ulster, que la Premier May creyó suficiente para salvar los muebles del desastroso resultado del 8 de junio, se ha revelado muy alicorto. Las aguas bajas muy turbias en el Partido Conservador. Se habla de luchas internas y de candidatos para dar el golpe de gracia a una jefa de gobierno que ha resultado menos competente de lo que parecía. La sombra del ocaso Thatcher planea sobre Downing Street.
                
Esta crisis interna en el campo euroescéptico alienta a quienes reclaman otra consulta, pero esta vez sin mentiras, sin propaganda engañosa. Del Brexit means Brexit se puede pasar al Brexit not anymore.
                
MACRON: SE ACABA LA LUNA DE MIEL
                
Tampoco es que el otoño se anuncie muy prometedor en aquellos lugares o para aquellos dirigentes que han concluido el presente curso político como vencedores natos. Son los casos del flamante Presidente de Francia, Emmanuel Macron, o la Canciller de Alemania, Ángela Merkel.
                
Macron ha tenido su primera crisis con la sorprendente (por inhabitual) dimisión del Jefe del Estado Mayor, debido a desavenencias por los recortes presupuestarios. El episodio no debe tener mayores consecuencias en sí mismo. Pero anticipa las dificultades que el nuevo gobierno puede encontrarse a la hora de alinear sus optimistas discursos con las exigencias de la realidad.
                
Una inesperada, abrumadora (y quizá irreal) mayoría parlamentaria no es garantía suficiente de gobernabilidad, por cómodo que le resulte al Ejecutivo. Las frustraciones sociales persisten. El trámite rápido de la nueva contrarreforma laboral será un elemento de malestar cuyo alcance está por ver. El tiempo de los discursos ha expirado. También el de los gestos, cerrado con el estrambótico e innecesario show compartido con el contaminante Trump. La rentreé marcará el ingreso del joven presidente francés en la usura imparable de gobernar.
                
MERKEL: VIENTOS FAVORABLES, PERO...
                
En el caso de la Canciller Merkel, no habrá apenas vacaciones, técnicamente hablando. Se someterá al juicio de las urnas el 24 de septiembre. Las últimas encuestas le predicen una victoria numérica incontestable (unos 15 puntos de ventaja). La rectificación de las políticas migratorias ha frenado a los nacionalistas xenófobos de Alternativa por Alemania (AfD) y ha propiciado la recuperación democristiana (CDU/CSU). El auge de los socialdemócratas (SPD) parece haber tocado techo, al caducar el efecto novedoso del candidato Shulz.

                
La repetición de la gross coalition parece descartada. Los liberales, de vuelta en el Bundestag, podrían proporcionarle la estabilidad que ella persigue y alejar el fantasma de una mayoría tripartita alternativa (SPD, Grünen, Die Linke). Pero en las semanas restantes puede haber alteraciones o sorpresas. De ahí la proverbial cautela de la Mutti (Madre) Merkel.

VENEZUELA: TRES CLAVES DE UNA DIFÍCIL SALIDA

19 de julio de 2017
                
La crisis política y social en Venezuela se agrava día a día. El pulso entre el gobierno y la oposición se intensifica. Las iniciativas de mediación exterior consiguen algunos resultados (como parece haber sido el caso de la impulsada por el expresidente Zapatero en el caso del cambio de situación del líder opositor Leopoldo López). Pero se trata de parches puntuales, de pequeñas válvulas de escape en un panorama extremadamente volátil y peligroso.
                
Se abre paso la sensación de que, en esta tensión entre ambos polos políticos, la oposición parece haber tomado la iniciativa. El relato mediático de lo que ocurre en Venezuela está dominado por una visión muy hostil hacia el sistema.  Por supuesto, hay motivos de sobra para considerar la experiencia bolivariana no es tan positiva como proclaman sus promotores. A su vez, la imagen que los medios internacionales proyectan de la oposición es demasiado favorable, con independencia de que muchas de sus reivindicaciones sean justas y razonables.
                
Aun contando con la “contaminación mediática” es imperativo intentar hacer un análisis de los escenarios más previsibles.
                
1.- EL AGRAVAMIENTO DEL CONFLICTO BIPOLAR
                
Esa deriva es la que parece imponerse, a tenor de la escalada de desafíos en que se han empeñado las dos partes. A la “consulta” de la oposición, seguirá, previsiblemente, el próximo 30 de julio, la elección de una nueva Asamblea Constituyente. Ambas iniciativas están diseñadas para deslegitimar completamente al rival (la impulsada por la oposición) o para maniatarlo y privarlo de base política (la articulada por el gobierno). Son propósitos vanos que incitan a la confrontación y alejan la perspectiva de entendimiento.
                
La “consulta” opositora ha contado con una participación amplia, pero no definitiva, no superadora de la división meridiana del país. Siete millones de votos (el 97% contrario a las políticas gubernamentales) puede ser muchos, pero no suficientes para deslegitimar al gobierno por completo. La irregularidad implícita de la iniciativa y la imposibilidad de acreditar garantías son limitaciones adicionales en el alcance de la estrategia opositora.
                
La participación en las elecciones constituyentes será un factor mucho más interesante desde el punto de vista político, porque debe reflejar el grado de cohesión del sistema bolivariano, en el que aparecen grietas tan importantes como para considerar otras vías.
                
2.- LA FRAGMENTACIÓN DEL RÉGIMEN
                
En Venezuela se ha producido un fenómeno de inversión política desde la desaparición de Chaves. Antes, era la oposición la que se encontraba dividida y, por ello, generalmente impotente, mientras las fuerzas que arropaban al gobierno se mantenían bastante unidas. Ahora, las fracturas son más apreciables en el régimen bolivariano, mientras la oposición, parece haber superado sus clásicas rencillas y, sin resolver del todo sus contradicciones, parece capaz de articular un frente unido.
                
Ha sido precisamente la convocatoria de la Constituyente lo que ha agudizado las divergencias en el bando chavista, que se venían incubando desde la sucesión. El sonoro pronunciamiento de la Fiscal General, Luisa Ortega, en contra de esos comicios por considerarlos inconstitucionales y, lo que es más significativo, contrarios a la herencia bolivariana ha abierto una vía de agua en la aparente solidez del régimen.
                
Es difícil identificar a los distintos grupos o familias que aún defienden la resistencia a ultranza. Chavez nunca consiguió la unidad monolítica, aunque lo intentara con ahínco. En el chavismo cohabitaron sectores de la izquierda clásica (comunistas, socialistas revolucionarios, extremistas, populistas, autónomos, etc.). El denominado “socialismo del siglo XXI” fue la fórmula retórica del líder del movimiento para aglutinar a todos esos sectores. Pero diferencias ideológicas o tácticas aparte, existía una dinámica de confluencia y de entendimiento que afianzaba el sistema bolivariano. Junto con los ingresos del petróleo, naturalmente.
                
Con Maduro, las cosas cambiaron. Algunas prominentes figuras del chavismo criticaron la elección del fundador. El actual Presidente nunca fue un candidato de consenso, sino más bien una opción por descarte de otras opciones que se anulaban unas a otras. Maduro se entregó a una retórica exagerada, y por lo general vacía, para tapar sus limitaciones políticas.   La bajada de los ingresos por la caída de los precios internacionales del crudo privó al gobierno de su capacidad para contener el descontento por el deterioro de la situación económica, la crisis de abastecimiento y el empeoramiento notable de las condiciones de vida.
                
La oposición creció a medida que el gobierno se desacreditaba. Y el gobierno acumuló errores a medida que la oposición lo acosaba con presión política interna y apoyo mediático y diplomático externo. El triunfo opositor en las elecciones legislativas hizo bascular el equilibrio político: la oposición tomó la iniciativa y el gobierno se vió obligado a jugar a la defensiva.
                
Ahora, el sistema ve peligrar no una posición de poder o beneficio, sino el destino mismo de la revolución bolivariana. Dos opciones se dibujan: o el atrincheramiento en posiciones comunes (improbable), o el intento de conformar un nuevo liderazgo, una rectificación, que garantice la continuidad del sistema. Pero ¿quienes serían los actores de esa rectificación? No parece que puedan ser otros que los militares.
                
3.- LA OPCIÓN MILITAR
                
El llamado “poder militar” parece indiscutible en Venezuela. Las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas (FANB) encabezan un tercio de los ministerios y gobiernan la mitad de los departamentos del país. Pero, aparte del poder político, atesoran un importante poderío económico. Controlan empresas en todos los sectores productivos y financieros (agricultura, industria, construcción, turismo, banca, finanzas, etc.). Incluso han puesto un pie en la joya de la corona, el petróleo, con una compañía “autónoma”: no dependiente del Ministerio petrolero ni, por supuesto, de PDVSA (la empresa estatal de hidrocarburos).
                
Esta estructura similar (o calcada) a la cubana, proporciona a las FANB una palanca de primer orden en el juego de poder actual. Además de activos institucionales y materiales, los uniformados asumen un creciente papel en el control del orden público, debido al intratable problema de la delincuencia. La oposición sostiene que el régimen militariza el tratamiento de la criminalidad para enmascarar la represión y organizaciones de derechos humanos avalan, al menos en parte, esta imputación. Pero el gobierno cree que la criminalidad forma parte de la estrategia de los enemigos internos y externos para acabar con la revolución. Mafia y sabotaje económico serían las armas de este combate insidioso contra el proyecto bolivariano.
                
Chávez tuvo tiempo para introducir cambios notables en las Fuerzas Armadas y convertirlas en la retaguardia de la Revolución. El poder popular sería la vanguardia. Se puede discutir si ésta es la ecuación real o es la inversa. En todo caso, esa comunión entre el pueblo y el ejército es el núcleo del sistema bolivariano.
                
La oposición empieza a cortejar a los militares para que abandonen el barco del chavismo. El otro día un destacado parlamentario aseguraba que si el Ejército actuaba en interés del pueblo su iniciativa no podría considerarse golpista.
                
Desde el lado chavista, no se apoya pública o expresamente la “solución militar”. Pero, sotto voce, no es descabellado pensar que los bolivarianos de primera hora, los que hacen otra lectura del legado de Chaves, los críticos con el madurismo, o simplemente los que tienen más que perder puedan ver en una intervención militar la garantía de una necesaria “rectificación”.
               


MIL DÍAS DE CALIFATO, ¿MIL AÑOS DE YIHADISMO?

12 de julio de 2017
                
El Califato ha sido derrotado. La “liberación” o “conquista” o toma de Mosul por las fuerzas militares iraquíes, con el inestimable apoyo de una coalición internacional formada por más de 70 países, acaba con la enésima ensoñación de un pseudo-estado teocrático.
                
Después de Mosul, vendrá el asalto a Raqqa, la ciudad siria donde el EI ha establecido su aparato de gobierno. Se prevé otro ciclo de destrucción masiva, de desamparo descomunal. Mosul y Raqqa son las dos caras de este ensayo condenado desde un principio, pero inevitable para mentalidades mesiánicas.
                
Pero estas son derrotas militares, no morales, advierten los propagandistas islamistas. El Daesh no ha muerto, aseguran los yihadistas. Se repliegan y preparan para el próximo combate. Otros espacios alternativos como Libia o el Sahel tampoco parecen seguros. Ni siquiera el extremo oriente (Filipinas, Indonesia) se antojan áreas libres de riesgo exterminador. No importa. Las profecías de la inminente batalla definitiva contra el Infiel tendrán que ser reescritas. Esa reinterpretación de la realidad, pasada, presente, para anticipar el futuro, se lleva haciendo durante siglos. Los tiempos de Alá son infinitos.
                
La victoria anima, pero la derrota enfebrece. La épica de la derrota resulta siempre más seminal que los dividendos de las victorias. Hay una mística del martirio que resulta esencial en el discurso yihadista. La muerte es una forma rápida de tránsito al paraíso cuando se ingresa por la puerta grande del sacrificio y la rendición incondicional a los designios divinos. De ahí que la dudosa muerte del Califa Al Baghdadi no constituya un factor adicional de debilidad yihadista. Como no lo fue la liquidación de Bin Laden. Lo que resulta más perjudicial para estos grupos es la desaparición de sus cuadros medios y operativos (1).
                
Entre los especialistas hay un debate sobre un previsible cambio de naturaleza del Daesh. Incluso sobre su posible transformación en una organización distinta. Esta idea del yihadismo como crisálida que va mutando al albur de la respuesta occidental y de sus propias contradicciones no es nueva. El Daesh fue una respuesta a la crisis de Al Qaeda, a su debilidad y su agotamiento, y no sólo derivado de los golpes recibidos tras el 11 de septiembre.
                
Al Qaeda atesora aún una cierta legitimidad fundacional en el yihadismo más reciente. Y, lo que es igualmente importante en este icónico mundo actual, conserva la patente del atentado más audaz de los tiempos presentes. La imagen del derrumbamiento de las Torres Gemelas constituye un imán propagandístico insuperable.
                
Por esa razón, algunos analistas estiman que la derrota del Daesh podría provocar una especie de resurrección de la veterana organización fundada por Osama Bin Laden. Pero, en opinión de Daniel Byman, director del Centro para Oriente Medio de la Brookings Institution, el declive de Al Qaeda es inevitable. La fractura generacional y la esclerosis de los veteranos discípulos de Bin Laden parece irreversible (2).
                
UNA RESISTENCIA A PRUEBA DE DERROTAS
                
En todo caso, el proyecto de Califato queda congelado por tiempo indefinido. Pero los expertos occidentales advierten que el “terrorismo islamista” no sólo no va a desaparecer, sino que, tras Mosul y Raqqa, es previsible que se incrementen los atentados y se hagan más salvajes, más devastadores (3).
                
Muchos de ellos pertenecen a escuelas de pensamiento y aparatos de seguridad que ignoran o desprecian las causas profundas del yihadismo y se limitan a combatirlo. Para ellos, está más que justificado el mantenimiento de las medidas especiales de seguridad, de los estados especiales o de excepción, con la denominación o la justificación que se le quieran dar. Macron lo ya dejado claro. La prolongación del Estado de guerra ha sido una de las primeras medidas de sus dos primeros gobiernos.
                
Ciertamente, la lucha adoptará sus clásicas formas de guerrilla urbana, de combate informal. Seguirá habiendo atentados en las calles y espacios públicos de nuestro mundo. Con Califato o sin Califato, con el Daesh o con la criatura en la que se resuelva o prolongue. Con medidas policiales y judiciales reforzados o extraordinarias o sin ellas (4). La lucha yihadista, como cualquier otra que se reclame de un propósito divino, nacional o utópico, está plagada de estímulos alentadores mucho más fuertes que el desánimo ocasionado por los fracasos políticos o el encadenamiento de derrotas militares.
                
Más allá del terrorismo de origen islamista, la mayoría de las organizaciones de lucha armada relacionadas con la causa árabe, o más específicamente, palestina, en los últimos setenta años, han demostrado una capacidad indomable de adaptarse a las circunstancias, a los reveses, a las derrotas. 
                
Las guerrillas palestinas de los setenta se transformaron en una energía combativa más enraizada en la vida cotidiana hasta adoptar la forma de resistencia civil y popular, violenta y pacífica a la vez, conocida como Intifada. El terrorismo brutal de oscuros grupúsculos montados o infiltrados en los ochenta por aparatos de seguridad de estados regionales hostiles a Occidente (Siria, Irak, Libia, Sudán) o demonizados por el poder imperial agotó su tiempo y se convirtió en semilla de las nuevas formas de violencia organizadas en el albor del presente siglo.
                
A veces estas transformaciones sucesivas sorprenden por su extraordinaria ductilidad. La aparente derrota abrumadora del Baas iraquí sobrevivió a la humillante liquidación física del dictador. El aparato militar y de inteligencia de Saddam, en su día enemigo jurado de cualquier forma de yihadismo, resultó esencial para construir la maquinaria militar y pseudo estatal del Daesh, como pareció demostrar la documentación revelada en su día por el semanario alemán DER SPIEGEL.
                
Incluso se han dado perversiones asombrosas. Como la protagonizada por una secta argelina que, en los terribles noventa, se volvió violentamente contra Alá por haber permitido la derrota del proyecto islamista y se entregó a los actos más repugnantes de terror.
                
Siempre habrá alguien que pueda robar un vehículo y arrollar a unos viandantes en cualquier ciudad. Porque considere que es su obligación como devoto musulmán. O porque haya llegado a la conclusión de que un acto terrible contra los infieles puede lavar los pecados de una vida impía. Los “lobos solitarios” se antojan inextinguibles, aunque algunos analistas hayan puesto en duda la pertinencia, e incluso la realidad de esta figura (5).
                
La atracción por la energía destructiva es la formulación teorizada de un primario sentimiento de frustración que reclama venganza, retribución, oprobio. Los califatos históricos construyeron civilizaciones, sin renunciar a la violencia o incluso al terror, como cualquier otra forma estatal, de cualquier confesión o credo. El Califato de Al-Baghdadi fue una caricatura. Pero ha resultado útil para quienes están dispuestos a morir por no haber encontrado sentido real a sus vidas.


NOTAS.

(1) “¿Is ISIS leader Baghdadi still alive? What his death would mean for the Group’s survival”. COLIN P. CLARKE. FOREING AFFAIRS, 22 de junio.

(2) “Judging A-Qaida´s record”. DANIEL L. BYMAN. MARKAZ. BROOKING INSTITUTION, 29 de junio.

(3) “¿What comes after ISIS? (Varios autores). FOREIGN POLICY, 10 de julio.

(4) “ISIS, despite heavy losses, still inspires global attacks”. BEN HUBBARD y ERIC SCHMITT. THE NEW YORK TIMES, 8 de julio.

(5) “Lone-Wolves no more. The decline of a myth”. DAVEED GARTENSTEIN-ROSS. FOREING AFFAIRS, 27 de marzo.


TRUMP Y KIM: UNA PAREJA DE RIESGO

6 de julio de 2017

El anuncio del exitoso ensayo de un misil balístico norcoreano de largo alcance ha disparado de nuevo las alarmas en Washington y en las capitales asiáticas aliadas. El peculiar líder de Pyongyang no parece arredrarse ante las advertencias de Donald Trump. Al contrario, se ha permitido dar el paso más atrevido hasta la fecha, el mismo día de la Independencia de Estados Unidos. Más allá del simbolismo, el ánimo de provocación es demasiado obvio.

CADENA DE FRACASOS

La comunidad internacional lleva más de veinte años intentando abortar, limitar e incluso controlar el programa nuclear norcoreano, de momento sin éxito estable alguno. Salvo un periodo de cierta aproximación, durante el mandato de Clinton y del padre del actual máximo dirigente norcoreano, el resto de intentos se ha saldado con una acumulación de frustraciones, fracasos y, en el mejor de los casos, malentendidos.

Ese intento negociado se desarrolló de forma multilateral, con participación de los principales actores regionales: Estados Unidos, Rusia, Japón, China y Corea del Sur. El mayor aliciente para el oscuro régimen asiático fue cierta respetabilidad internacional y un margen de cooperación económica que le permitiera superar sus cíclicas crisis en el abastecimiento de la población. Finalmente, también se malogró la ocasión.

Con posterioridad, no se abandonó del todo la vía negociada, pero cada vez se fue haciendo más difícil la superación de obstáculos. Incluso, surgieron otros nuevos. El intento se arruino por completo con la muerte del Kim Jong-Il y el acceso a la cúspide de Kim Jong-Un.

LA LÓGICA DE LOS KIM

Como ya había ocurrido en el proceso sucesorio anterior, la llegada del nuevo líder cierra automáticamente la vía negociada, ya que se quiere evitar por todos los medios que tal la apertura pueda interpretarse como un gesto de debilidad.

El mandato del último de los Kim no es ni más radical, intransigente o belicoso que los anteriores. Parece responder a la misma lógica. Pero, en su caso, el ajuste interno de cuentas, registrado de forma paralela a las provocaciones internacionales, parece haberse acentuado. Por una razón similar: no se quiere ofrecer la imagen de que el nuevo líder flojea frente al desafío de sus enemigos. En realidad, este aparente endurecimiento podría indicar justo lo contrario: que el régimen se siente obligado a responder de manera expeditiva ante cualquier sospecha de disidencia, justamente porque no se sentiría del todo seguro.

Más allá de estas especulaciones de coreanólogos, persiste un consenso básico sobre la conducta del régimen. El fracaso sucesivo de las distintas estrategias de presión (sanciones, sabotajes, presiones diplomáticas, amenazas veladas de intervención) hace que los expertos se muestren muy circunspectos sobre las opciones disponibles.

LA DISTORSIÓN TRUMP

La llegada de Trump a la Casa Blanca puede alterar estas percepciones más o menos clásicas. A la naturaleza peculiar el actor objeto de la preocupación general, se une el desconcierto que el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha introducido a la hora de validar las estrategias exteriores de Washington.

Dicho de otra manera, la pareja Trump-Kim compone un escenario preocupante. Al actual presidente le cuesta sobremanera entender la lógica de los equilibrios y, mucho más aún, otros intereses que no sean los de Estados Unidos. La torpeza exhibida con Corea del Sur es un ejemplo significativo. Pretendía Trump, y quizás todavía pretenda, revisar el marco de sus relaciones comerciales bilaterales para hacerlo más favorable, e intentar que los surcoreanos paguen por el sofisticado sistema de defensa antimisiles THAAD.

OPCIONES POCO CLARAS

En un análisis publicado nada más conocerse el ensayo del misil intercontinental, el experto en seguridad del New York Times, David Sanger, valora las distintas opciones que el mercurial presidente norteamericano tiene ante sí. Ninguna es suficientemente convincente, al menos según los parámetros vigentes en la consideración del problema norcoreano (1).

Estas opciones serían las siguientes: sanciones adicionales, reforzamiento de la presencia naval norteamericana frente a la península norcoreana, aceleración del programa de sabotaje del programa nuclear (herramienta privilegiada para durante el mandato de Obama), incremento de la presión a China para que haga entrar de una vez en razón a su díscolo protegido y puesta a punto de la preparación de ataques preventivos en caso de que se detecte el lanzamiento inminente de estos misiles. Nada indica que estas iniciativas fracasadas sean ahora más propicias

Las sanciones tienen el respaldo bipartidista en EE.UU., tras la aprobación, hace un año, de nuevas medidas por el Congreso. Algunos creen que Washington no ha agotado todas las posibilidades del arsenal sancionador aprobado por el Consejo de Seguridad (2). Además, el nuevo gobierno de Seúl, más propenso inicialmente a la negociación que el anterior, no opondría mucha resistencia, a la vista de la conducta de Kim.

Pero la eficacia de las sanciones depende de China, y el resultado hasta ahora no ha sido prometedor. Xi Jinping no quiere o no puede ejercer la influencia que se le atribuye. Trump lo ha intentado sin éxito (3). Durante un tiempo se pensó que Pekín no estaba sinceramente interesado en acabar con el permanente incordio norcoreano, porque se podía reservar esa baza ante una crisis mayor en la región, en particular las tensiones en el Mar del Sur de China. Pero crece la impresión de que, en realidad, la capacidad china de embridar a la dinastía norcoreana es limitada. Los Kim han demostrado más resistencia de la prevista a las presiones de los enemigos, pero también a la de colaboradores o ambiguos, como Rusia. Recientes informes indicarían, además, que la situación económica de Corea del Norte está mejorando (4).

La escalada militar es mucho más incierta. Como ha señalado ahora el Secretario de Defensa con Clinton, William Perry, “lo que podía ser una buena idea hace dos décadas, ya no lo es”. Sencillamente, porque el programa norcoreano ha crecido y ahora Pyongyang dispone de muchos y muy variados misiles y de instalaciones donde esconder la mayoría de ellos. Pero, sobre todo, por el temor a una respuesta de represalia contra su vecino del sur, que podría ser devastadora. Con un arsenal estimado de 20 armas nucleares, Corea del Norte cree disfrutar de una posición que le permite evitar el destino de Gaddaffi. De ahí que Mattis, el actual jefe del Pentágono, dijera el otro día en la cadena de televisión CBS que una guerra en Corea sería el peor conflicto imaginable.

Así las cosas, quizás haya que resignarse a un programa nuclear norcoreano e intentar una salida como la iraní, como sugieren Rhodes y Shellenberger (5).


NOTAS

(1)   “What can Trump do about Norh Korea? His options are very few and risky. DAVID E. SANGER. THE NEW YORK TIMES, 5 de julio.

(2)   “How Trump can get tough on North Korea”. SUN-YOONG LEE. FOREIGN AFFAIRSE, 18 de enero.

(3)   “Trumps  warns China He is willing to pressure North Korea on his own”. THE NEW YORK TIMES, 3 de julio.

(4)   “North Korea. Why the economy is growing. THE ECONOMIST, 28 de junio.

(5)   “Why North Korea should have Peaceful Nuclear Power. FOREIGN AFFAIRS, 24 de mayo.