VENEZUELA: TRES CLAVES DE UNA DIFÍCIL SALIDA

19 de julio de 2017
                
La crisis política y social en Venezuela se agrava día a día. El pulso entre el gobierno y la oposición se intensifica. Las iniciativas de mediación exterior consiguen algunos resultados (como parece haber sido el caso de la impulsada por el expresidente Zapatero en el caso del cambio de situación del líder opositor Leopoldo López). Pero se trata de parches puntuales, de pequeñas válvulas de escape en un panorama extremadamente volátil y peligroso.
                
Se abre paso la sensación de que, en esta tensión entre ambos polos políticos, la oposición parece haber tomado la iniciativa. El relato mediático de lo que ocurre en Venezuela está dominado por una visión muy hostil hacia el sistema.  Por supuesto, hay motivos de sobra para considerar la experiencia bolivariana no es tan positiva como proclaman sus promotores. A su vez, la imagen que los medios internacionales proyectan de la oposición es demasiado favorable, con independencia de que muchas de sus reivindicaciones sean justas y razonables.
                
Aun contando con la “contaminación mediática” es imperativo intentar hacer un análisis de los escenarios más previsibles.
                
1.- EL AGRAVAMIENTO DEL CONFLICTO BIPOLAR
                
Esa deriva es la que parece imponerse, a tenor de la escalada de desafíos en que se han empeñado las dos partes. A la “consulta” de la oposición, seguirá, previsiblemente, el próximo 30 de julio, la elección de una nueva Asamblea Constituyente. Ambas iniciativas están diseñadas para deslegitimar completamente al rival (la impulsada por la oposición) o para maniatarlo y privarlo de base política (la articulada por el gobierno). Son propósitos vanos que incitan a la confrontación y alejan la perspectiva de entendimiento.
                
La “consulta” opositora ha contado con una participación amplia, pero no definitiva, no superadora de la división meridiana del país. Siete millones de votos (el 97% contrario a las políticas gubernamentales) puede ser muchos, pero no suficientes para deslegitimar al gobierno por completo. La irregularidad implícita de la iniciativa y la imposibilidad de acreditar garantías son limitaciones adicionales en el alcance de la estrategia opositora.
                
La participación en las elecciones constituyentes será un factor mucho más interesante desde el punto de vista político, porque debe reflejar el grado de cohesión del sistema bolivariano, en el que aparecen grietas tan importantes como para considerar otras vías.
                
2.- LA FRAGMENTACIÓN DEL RÉGIMEN
                
En Venezuela se ha producido un fenómeno de inversión política desde la desaparición de Chaves. Antes, era la oposición la que se encontraba dividida y, por ello, generalmente impotente, mientras las fuerzas que arropaban al gobierno se mantenían bastante unidas. Ahora, las fracturas son más apreciables en el régimen bolivariano, mientras la oposición, parece haber superado sus clásicas rencillas y, sin resolver del todo sus contradicciones, parece capaz de articular un frente unido.
                
Ha sido precisamente la convocatoria de la Constituyente lo que ha agudizado las divergencias en el bando chavista, que se venían incubando desde la sucesión. El sonoro pronunciamiento de la Fiscal General, Luisa Ortega, en contra de esos comicios por considerarlos inconstitucionales y, lo que es más significativo, contrarios a la herencia bolivariana ha abierto una vía de agua en la aparente solidez del régimen.
                
Es difícil identificar a los distintos grupos o familias que aún defienden la resistencia a ultranza. Chavez nunca consiguió la unidad monolítica, aunque lo intentara con ahínco. En el chavismo cohabitaron sectores de la izquierda clásica (comunistas, socialistas revolucionarios, extremistas, populistas, autónomos, etc.). El denominado “socialismo del siglo XXI” fue la fórmula retórica del líder del movimiento para aglutinar a todos esos sectores. Pero diferencias ideológicas o tácticas aparte, existía una dinámica de confluencia y de entendimiento que afianzaba el sistema bolivariano. Junto con los ingresos del petróleo, naturalmente.
                
Con Maduro, las cosas cambiaron. Algunas prominentes figuras del chavismo criticaron la elección del fundador. El actual Presidente nunca fue un candidato de consenso, sino más bien una opción por descarte de otras opciones que se anulaban unas a otras. Maduro se entregó a una retórica exagerada, y por lo general vacía, para tapar sus limitaciones políticas.   La bajada de los ingresos por la caída de los precios internacionales del crudo privó al gobierno de su capacidad para contener el descontento por el deterioro de la situación económica, la crisis de abastecimiento y el empeoramiento notable de las condiciones de vida.
                
La oposición creció a medida que el gobierno se desacreditaba. Y el gobierno acumuló errores a medida que la oposición lo acosaba con presión política interna y apoyo mediático y diplomático externo. El triunfo opositor en las elecciones legislativas hizo bascular el equilibrio político: la oposición tomó la iniciativa y el gobierno se vió obligado a jugar a la defensiva.
                
Ahora, el sistema ve peligrar no una posición de poder o beneficio, sino el destino mismo de la revolución bolivariana. Dos opciones se dibujan: o el atrincheramiento en posiciones comunes (improbable), o el intento de conformar un nuevo liderazgo, una rectificación, que garantice la continuidad del sistema. Pero ¿quienes serían los actores de esa rectificación? No parece que puedan ser otros que los militares.
                
3.- LA OPCIÓN MILITAR
                
El llamado “poder militar” parece indiscutible en Venezuela. Las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas (FANB) encabezan un tercio de los ministerios y gobiernan la mitad de los departamentos del país. Pero, aparte del poder político, atesoran un importante poderío económico. Controlan empresas en todos los sectores productivos y financieros (agricultura, industria, construcción, turismo, banca, finanzas, etc.). Incluso han puesto un pie en la joya de la corona, el petróleo, con una compañía “autónoma”: no dependiente del Ministerio petrolero ni, por supuesto, de PDVSA (la empresa estatal de hidrocarburos).
                
Esta estructura similar (o calcada) a la cubana, proporciona a las FANB una palanca de primer orden en el juego de poder actual. Además de activos institucionales y materiales, los uniformados asumen un creciente papel en el control del orden público, debido al intratable problema de la delincuencia. La oposición sostiene que el régimen militariza el tratamiento de la criminalidad para enmascarar la represión y organizaciones de derechos humanos avalan, al menos en parte, esta imputación. Pero el gobierno cree que la criminalidad forma parte de la estrategia de los enemigos internos y externos para acabar con la revolución. Mafia y sabotaje económico serían las armas de este combate insidioso contra el proyecto bolivariano.
                
Chávez tuvo tiempo para introducir cambios notables en las Fuerzas Armadas y convertirlas en la retaguardia de la Revolución. El poder popular sería la vanguardia. Se puede discutir si ésta es la ecuación real o es la inversa. En todo caso, esa comunión entre el pueblo y el ejército es el núcleo del sistema bolivariano.
                
La oposición empieza a cortejar a los militares para que abandonen el barco del chavismo. El otro día un destacado parlamentario aseguraba que si el Ejército actuaba en interés del pueblo su iniciativa no podría considerarse golpista.
                
Desde el lado chavista, no se apoya pública o expresamente la “solución militar”. Pero, sotto voce, no es descabellado pensar que los bolivarianos de primera hora, los que hacen otra lectura del legado de Chaves, los críticos con el madurismo, o simplemente los que tienen más que perder puedan ver en una intervención militar la garantía de una necesaria “rectificación”.
               


MIL DÍAS DE CALIFATO, ¿MIL AÑOS DE YIHADISMO?

12 de julio de 2017
                
El Califato ha sido derrotado. La “liberación” o “conquista” o toma de Mosul por las fuerzas militares iraquíes, con el inestimable apoyo de una coalición internacional formada por más de 70 países, acaba con la enésima ensoñación de un pseudo-estado teocrático.
                
Después de Mosul, vendrá el asalto a Raqqa, la ciudad siria donde el EI ha establecido su aparato de gobierno. Se prevé otro ciclo de destrucción masiva, de desamparo descomunal. Mosul y Raqqa son las dos caras de este ensayo condenado desde un principio, pero inevitable para mentalidades mesiánicas.
                
Pero estas son derrotas militares, no morales, advierten los propagandistas islamistas. El Daesh no ha muerto, aseguran los yihadistas. Se repliegan y preparan para el próximo combate. Otros espacios alternativos como Libia o el Sahel tampoco parecen seguros. Ni siquiera el extremo oriente (Filipinas, Indonesia) se antojan áreas libres de riesgo exterminador. No importa. Las profecías de la inminente batalla definitiva contra el Infiel tendrán que ser reescritas. Esa reinterpretación de la realidad, pasada, presente, para anticipar el futuro, se lleva haciendo durante siglos. Los tiempos de Alá son infinitos.
                
La victoria anima, pero la derrota enfebrece. La épica de la derrota resulta siempre más seminal que los dividendos de las victorias. Hay una mística del martirio que resulta esencial en el discurso yihadista. La muerte es una forma rápida de tránsito al paraíso cuando se ingresa por la puerta grande del sacrificio y la rendición incondicional a los designios divinos. De ahí que la dudosa muerte del Califa Al Baghdadi no constituya un factor adicional de debilidad yihadista. Como no lo fue la liquidación de Bin Laden. Lo que resulta más perjudicial para estos grupos es la desaparición de sus cuadros medios y operativos (1).
                
Entre los especialistas hay un debate sobre un previsible cambio de naturaleza del Daesh. Incluso sobre su posible transformación en una organización distinta. Esta idea del yihadismo como crisálida que va mutando al albur de la respuesta occidental y de sus propias contradicciones no es nueva. El Daesh fue una respuesta a la crisis de Al Qaeda, a su debilidad y su agotamiento, y no sólo derivado de los golpes recibidos tras el 11 de septiembre.
                
Al Qaeda atesora aún una cierta legitimidad fundacional en el yihadismo más reciente. Y, lo que es igualmente importante en este icónico mundo actual, conserva la patente del atentado más audaz de los tiempos presentes. La imagen del derrumbamiento de las Torres Gemelas constituye un imán propagandístico insuperable.
                
Por esa razón, algunos analistas estiman que la derrota del Daesh podría provocar una especie de resurrección de la veterana organización fundada por Osama Bin Laden. Pero, en opinión de Daniel Byman, director del Centro para Oriente Medio de la Brookings Institution, el declive de Al Qaeda es inevitable. La fractura generacional y la esclerosis de los veteranos discípulos de Bin Laden parece irreversible (2).
                
UNA RESISTENCIA A PRUEBA DE DERROTAS
                
En todo caso, el proyecto de Califato queda congelado por tiempo indefinido. Pero los expertos occidentales advierten que el “terrorismo islamista” no sólo no va a desaparecer, sino que, tras Mosul y Raqqa, es previsible que se incrementen los atentados y se hagan más salvajes, más devastadores (3).
                
Muchos de ellos pertenecen a escuelas de pensamiento y aparatos de seguridad que ignoran o desprecian las causas profundas del yihadismo y se limitan a combatirlo. Para ellos, está más que justificado el mantenimiento de las medidas especiales de seguridad, de los estados especiales o de excepción, con la denominación o la justificación que se le quieran dar. Macron lo ya dejado claro. La prolongación del Estado de guerra ha sido una de las primeras medidas de sus dos primeros gobiernos.
                
Ciertamente, la lucha adoptará sus clásicas formas de guerrilla urbana, de combate informal. Seguirá habiendo atentados en las calles y espacios públicos de nuestro mundo. Con Califato o sin Califato, con el Daesh o con la criatura en la que se resuelva o prolongue. Con medidas policiales y judiciales reforzados o extraordinarias o sin ellas (4). La lucha yihadista, como cualquier otra que se reclame de un propósito divino, nacional o utópico, está plagada de estímulos alentadores mucho más fuertes que el desánimo ocasionado por los fracasos políticos o el encadenamiento de derrotas militares.
                
Más allá del terrorismo de origen islamista, la mayoría de las organizaciones de lucha armada relacionadas con la causa árabe, o más específicamente, palestina, en los últimos setenta años, han demostrado una capacidad indomable de adaptarse a las circunstancias, a los reveses, a las derrotas. 
                
Las guerrillas palestinas de los setenta se transformaron en una energía combativa más enraizada en la vida cotidiana hasta adoptar la forma de resistencia civil y popular, violenta y pacífica a la vez, conocida como Intifada. El terrorismo brutal de oscuros grupúsculos montados o infiltrados en los ochenta por aparatos de seguridad de estados regionales hostiles a Occidente (Siria, Irak, Libia, Sudán) o demonizados por el poder imperial agotó su tiempo y se convirtió en semilla de las nuevas formas de violencia organizadas en el albor del presente siglo.
                
A veces estas transformaciones sucesivas sorprenden por su extraordinaria ductilidad. La aparente derrota abrumadora del Baas iraquí sobrevivió a la humillante liquidación física del dictador. El aparato militar y de inteligencia de Saddam, en su día enemigo jurado de cualquier forma de yihadismo, resultó esencial para construir la maquinaria militar y pseudo estatal del Daesh, como pareció demostrar la documentación revelada en su día por el semanario alemán DER SPIEGEL.
                
Incluso se han dado perversiones asombrosas. Como la protagonizada por una secta argelina que, en los terribles noventa, se volvió violentamente contra Alá por haber permitido la derrota del proyecto islamista y se entregó a los actos más repugnantes de terror.
                
Siempre habrá alguien que pueda robar un vehículo y arrollar a unos viandantes en cualquier ciudad. Porque considere que es su obligación como devoto musulmán. O porque haya llegado a la conclusión de que un acto terrible contra los infieles puede lavar los pecados de una vida impía. Los “lobos solitarios” se antojan inextinguibles, aunque algunos analistas hayan puesto en duda la pertinencia, e incluso la realidad de esta figura (5).
                
La atracción por la energía destructiva es la formulación teorizada de un primario sentimiento de frustración que reclama venganza, retribución, oprobio. Los califatos históricos construyeron civilizaciones, sin renunciar a la violencia o incluso al terror, como cualquier otra forma estatal, de cualquier confesión o credo. El Califato de Al-Baghdadi fue una caricatura. Pero ha resultado útil para quienes están dispuestos a morir por no haber encontrado sentido real a sus vidas.


NOTAS.

(1) “¿Is ISIS leader Baghdadi still alive? What his death would mean for the Group’s survival”. COLIN P. CLARKE. FOREING AFFAIRS, 22 de junio.

(2) “Judging A-Qaida´s record”. DANIEL L. BYMAN. MARKAZ. BROOKING INSTITUTION, 29 de junio.

(3) “¿What comes after ISIS? (Varios autores). FOREIGN POLICY, 10 de julio.

(4) “ISIS, despite heavy losses, still inspires global attacks”. BEN HUBBARD y ERIC SCHMITT. THE NEW YORK TIMES, 8 de julio.

(5) “Lone-Wolves no more. The decline of a myth”. DAVEED GARTENSTEIN-ROSS. FOREING AFFAIRS, 27 de marzo.


TRUMP Y KIM: UNA PAREJA DE RIESGO

6 de julio de 2017

El anuncio del exitoso ensayo de un misil balístico norcoreano de largo alcance ha disparado de nuevo las alarmas en Washington y en las capitales asiáticas aliadas. El peculiar líder de Pyongyang no parece arredrarse ante las advertencias de Donald Trump. Al contrario, se ha permitido dar el paso más atrevido hasta la fecha, el mismo día de la Independencia de Estados Unidos. Más allá del simbolismo, el ánimo de provocación es demasiado obvio.

CADENA DE FRACASOS

La comunidad internacional lleva más de veinte años intentando abortar, limitar e incluso controlar el programa nuclear norcoreano, de momento sin éxito estable alguno. Salvo un periodo de cierta aproximación, durante el mandato de Clinton y del padre del actual máximo dirigente norcoreano, el resto de intentos se ha saldado con una acumulación de frustraciones, fracasos y, en el mejor de los casos, malentendidos.

Ese intento negociado se desarrolló de forma multilateral, con participación de los principales actores regionales: Estados Unidos, Rusia, Japón, China y Corea del Sur. El mayor aliciente para el oscuro régimen asiático fue cierta respetabilidad internacional y un margen de cooperación económica que le permitiera superar sus cíclicas crisis en el abastecimiento de la población. Finalmente, también se malogró la ocasión.

Con posterioridad, no se abandonó del todo la vía negociada, pero cada vez se fue haciendo más difícil la superación de obstáculos. Incluso, surgieron otros nuevos. El intento se arruino por completo con la muerte del Kim Jong-Il y el acceso a la cúspide de Kim Jong-Un.

LA LÓGICA DE LOS KIM

Como ya había ocurrido en el proceso sucesorio anterior, la llegada del nuevo líder cierra automáticamente la vía negociada, ya que se quiere evitar por todos los medios que tal la apertura pueda interpretarse como un gesto de debilidad.

El mandato del último de los Kim no es ni más radical, intransigente o belicoso que los anteriores. Parece responder a la misma lógica. Pero, en su caso, el ajuste interno de cuentas, registrado de forma paralela a las provocaciones internacionales, parece haberse acentuado. Por una razón similar: no se quiere ofrecer la imagen de que el nuevo líder flojea frente al desafío de sus enemigos. En realidad, este aparente endurecimiento podría indicar justo lo contrario: que el régimen se siente obligado a responder de manera expeditiva ante cualquier sospecha de disidencia, justamente porque no se sentiría del todo seguro.

Más allá de estas especulaciones de coreanólogos, persiste un consenso básico sobre la conducta del régimen. El fracaso sucesivo de las distintas estrategias de presión (sanciones, sabotajes, presiones diplomáticas, amenazas veladas de intervención) hace que los expertos se muestren muy circunspectos sobre las opciones disponibles.

LA DISTORSIÓN TRUMP

La llegada de Trump a la Casa Blanca puede alterar estas percepciones más o menos clásicas. A la naturaleza peculiar el actor objeto de la preocupación general, se une el desconcierto que el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha introducido a la hora de validar las estrategias exteriores de Washington.

Dicho de otra manera, la pareja Trump-Kim compone un escenario preocupante. Al actual presidente le cuesta sobremanera entender la lógica de los equilibrios y, mucho más aún, otros intereses que no sean los de Estados Unidos. La torpeza exhibida con Corea del Sur es un ejemplo significativo. Pretendía Trump, y quizás todavía pretenda, revisar el marco de sus relaciones comerciales bilaterales para hacerlo más favorable, e intentar que los surcoreanos paguen por el sofisticado sistema de defensa antimisiles THAAD.

OPCIONES POCO CLARAS

En un análisis publicado nada más conocerse el ensayo del misil intercontinental, el experto en seguridad del New York Times, David Sanger, valora las distintas opciones que el mercurial presidente norteamericano tiene ante sí. Ninguna es suficientemente convincente, al menos según los parámetros vigentes en la consideración del problema norcoreano (1).

Estas opciones serían las siguientes: sanciones adicionales, reforzamiento de la presencia naval norteamericana frente a la península norcoreana, aceleración del programa de sabotaje del programa nuclear (herramienta privilegiada para durante el mandato de Obama), incremento de la presión a China para que haga entrar de una vez en razón a su díscolo protegido y puesta a punto de la preparación de ataques preventivos en caso de que se detecte el lanzamiento inminente de estos misiles. Nada indica que estas iniciativas fracasadas sean ahora más propicias

Las sanciones tienen el respaldo bipartidista en EE.UU., tras la aprobación, hace un año, de nuevas medidas por el Congreso. Algunos creen que Washington no ha agotado todas las posibilidades del arsenal sancionador aprobado por el Consejo de Seguridad (2). Además, el nuevo gobierno de Seúl, más propenso inicialmente a la negociación que el anterior, no opondría mucha resistencia, a la vista de la conducta de Kim.

Pero la eficacia de las sanciones depende de China, y el resultado hasta ahora no ha sido prometedor. Xi Jinping no quiere o no puede ejercer la influencia que se le atribuye. Trump lo ha intentado sin éxito (3). Durante un tiempo se pensó que Pekín no estaba sinceramente interesado en acabar con el permanente incordio norcoreano, porque se podía reservar esa baza ante una crisis mayor en la región, en particular las tensiones en el Mar del Sur de China. Pero crece la impresión de que, en realidad, la capacidad china de embridar a la dinastía norcoreana es limitada. Los Kim han demostrado más resistencia de la prevista a las presiones de los enemigos, pero también a la de colaboradores o ambiguos, como Rusia. Recientes informes indicarían, además, que la situación económica de Corea del Norte está mejorando (4).

La escalada militar es mucho más incierta. Como ha señalado ahora el Secretario de Defensa con Clinton, William Perry, “lo que podía ser una buena idea hace dos décadas, ya no lo es”. Sencillamente, porque el programa norcoreano ha crecido y ahora Pyongyang dispone de muchos y muy variados misiles y de instalaciones donde esconder la mayoría de ellos. Pero, sobre todo, por el temor a una respuesta de represalia contra su vecino del sur, que podría ser devastadora. Con un arsenal estimado de 20 armas nucleares, Corea del Norte cree disfrutar de una posición que le permite evitar el destino de Gaddaffi. De ahí que Mattis, el actual jefe del Pentágono, dijera el otro día en la cadena de televisión CBS que una guerra en Corea sería el peor conflicto imaginable.

Así las cosas, quizás haya que resignarse a un programa nuclear norcoreano e intentar una salida como la iraní, como sugieren Rhodes y Shellenberger (5).


NOTAS

(1)   “What can Trump do about Norh Korea? His options are very few and risky. DAVID E. SANGER. THE NEW YORK TIMES, 5 de julio.

(2)   “How Trump can get tough on North Korea”. SUN-YOONG LEE. FOREIGN AFFAIRSE, 18 de enero.

(3)   “Trumps  warns China He is willing to pressure North Korea on his own”. THE NEW YORK TIMES, 3 de julio.

(4)   “North Korea. Why the economy is growing. THE ECONOMIST, 28 de junio.

(5)   “Why North Korea should have Peaceful Nuclear Power. FOREIGN AFFAIRS, 24 de mayo.




LA AMBICIÓN DEL PRÍNCIPE

28 de junio de 2017
                
En el creciente caos en que parece convertirse día a día el tablero siempre confuso de Oriente Medio sólo faltaba una crisis interna en las monarquías petroleras del Golfo. No es un conflicto novedoso, desde luego. Pero hasta ahora se había mantenido bajo un control aparente, porque otros problemas resultaban más acuciantes para sus protagonistas.
                
Arabia Saudí ha abandonado su política de presión discreta y ha decidido acabar con el incordio que desde hace años le produce el minúsculo pero influyente emirato de Qatar. Alineando detrás de su liderazgo a los otros micro-estados del Golfo, pero también al dependiente Egipto, los saudíes han lanzado un ultimátum a su vecino rival para obligarlo a claudicar y a abandonar su diplomacia en cierta medida autónoma.
                
La iniciativa tiene pocos antecedentes, por su contundencia, por no decir brutalidad. Como han indicado algunos analistas, las exigencias saudíes suponen la eliminación de la soberanía práctica del emirato (1).  Se le exige cortar sus vínculos con los Hermanos Musulmanes, y los que se le atribuyen con Al Qaeda y Hezbollah, reducir sus relaciones políticas y comerciales con Irán, cesar la cooperación militar con Turquía, expulsar a las organizaciones de oposición de sus vecinos, pagar reparaciones económicas por el supuesto perjuicio ocasionado a los estados demandantes y someterse a un mecanismo de control durante diez años, entre otras medidas intervencionistas (2).
                
Después de conocerse, la terrible lista fue calificada de “borrador” por el responsable diplomático de los Emiratos Árabes Unidos. En todo caso, constituye un auténtico diktat. Salvando las distancias, algo que podría compararse a lo que, en 1991, Saddam Hussein exigió a Kuwait y que, al no recibir satisfacción, propició la invasión del emirato.
                
Es legítimo pensar que el pecado de Qatar consiste, al cabo, en no cumplir con la pretensión hegemónica del clan Saud. La imputación de complicidad terrorista resulta especialmente chocante, viniendo de la teocracia saudí, donde se toleran entidades que financian causas yihadistas. Para ser justos, lo que molesta a los guardianes de La Meca no es que el díscolo emirato proteja la nebulosa islamista radical, sino que elija otros actores distintos a sus preferidos.   
                
La lista de exigencias incluye el cierre de medios de comunicación promovidos desde el emirato, en particular Al Jazeera. La cadena de noticias en continuo mantiene desde sus comienzos una línea crítica con el sistema saudí, denuncia sus excesos y pone en evidencia su hipocresía internacional. Pero si esta rivalidad es muy antigua, ¿por qué se produce ahora este ultimátum?
                
El primer motivo parece relacionado con los cambios internos en Arabia. El octogenario monarca Salman ha roto las normas tradicionales de sucesión. Ha desplazado a su sobrino Mohamed Bin Nayef (hijo del príncipe que llevaba años controlando la política de seguridad interior) y ha colocado en primer lugar de la línea sucesoria a su propio hijo, Mohamed Bin Salman (MBS).
                
El joven heredero era ya el verdadero hombre fuerte del reino. Ha venido acumulando poder y cargos desde la llegada de su padre al trono: Ministro de Defensa, responsable del programa de reformas económicos (con horizonte 2030) y otras palancas de influencia y decisión. Pese a la propaganda oficial la viabilidad y solidez de sus planes no terminan de convencer dentro y fuera del país (3).
                
TRUMP DE ARABIA
                
El encumbramiento del favorito ha venido precedido de una intensa campaña de relaciones públicas internacionales. El espaldarazo se lo terminó de dar el Presidente de Estados Unidos durante su reciente visita. MBS venía siendo tratado por la administración como una especie de valido todopoderoso. La alfombra roja con que Trump fue recibido en Casa Saud cautivó a un personaje del que se conoce su egomanía y su apego al halago. A saber si la decisión del rey Salman no fue consultada previamente con la Casa Blanca. Lo ocurrido es muy del estilo del Mr. Trump.
                
El imprevisible Presidente ha actuado de manera poco cuidadosa en el frágil equilibrio regional. Aunque en el conflicto palestino-israelí se ha mostrado un poco más discreto de lo que se temía, en la pugna irano-saudí, factor mayor de riesgo en la zona, Trump se ha alineado de manera imprudente con Riad. Sus reiteradas invectivas contra Teherán y las referencias negativas al acuerdo nuclear, aún no concretadas en una ruptura, han hecho las delicias del reino arábigo.
                
Trump parece haber dado carta blanca al joven príncipe para proseguir la espantosa, fracasada y criminal guerra de Yemen, que se ha convertido en una terrible catástrofe humanitaria, denunciada por la ONU y numerosas organizaciones no gubernamentales. Sin el armamento y la complacencia norteamericana, esa carnicería ya hubiera acabado hace tiempo, sin que los saudíes pudieran haber celebrado su victoria. La irreflexiva conducta de Trump contribuirá a prolongar el sufrimiento de una población atormentada (4).
                
No contento con esto, Trump ha celebrado, si no instigado esta política de acoso a Qatar, de la que MBS ha sido, por supuesto, el principal inspirador y promotor (5).
                
No es fácil determinar si el Presidente norteamericano ha actuado más por ignorancia que por capricho.  En todo caso, ha generado un importante revuelo en su propia administración, que se parece cada vez más a una auténtica jaula de grillos.
                
POLÍTICA EXTERIOR SIN RUMBO
                
Como en otros conflictos latentes, el jefe de su diplomacia ha intentado corregir el tiro de su patrón, sin conseguirlo.  Rex Tillerson, tirando de su experiencia como primer ejecutivo de una petrolera multinacional, era partidario de favorecer el status quo y favorecer la resolución paciente de las disputas internas en ese club del Golfo donde las diferencias no son de sustancia. Esta crisis no es el único campo de divergencia entre la Casa Blanca y el titular del Departamento de Estado (6).
                
El sanedrín de generales que dirige el día a día de la política norteamericana de defensa, por incomparecencia del Presidente, trata también de limitar las ocurrencias trumpianas. El exgeneral Mattis visitó hace unas semanas Qatar y quedó satisfecho del compromiso del emirato con los intereses regionales de Estados Unidos. En su minúsculo territorio, Washington mantiene dos bases esenciales para sus operaciones en Oriente Medio.
                
El trabajo de diplomáticos y militares será ahora ofrecer la protección necesaria al pequeño aliado sin molestar al grande. Es probable que la disputa termine disolviéndose o minorándose en simulacros de propaganda para consumo interno.


NOTAS

(1) LE MONDE, 24 de junio.

(2) “Gulf crisis with Qatar challenges the United States”. SIMON HENDERSON. THE WASHINGTON INSTITUTE, 21 de junio.

(3) “Can Mohamed Bin Salman Reshape Saudi Arabia? The Treacheorus Path to Reform”. BILAL Y. SAAB. FOREIGN AFFAIRS, 5 de enero.

(4) “Mohamed Bin Salman can rule Arabia Saudi for another 50 years”. ELIZABETH DICKINSON. FOREIGN POLICY, 21 de junio.

(5) “Trump takes credit for Saudi move against Qatar, a U.S. military partner”. MARK LANDER. THE NEW YORK TIMES, 6 de junio.


(6) U.S. State Department distances itself from Trump, creating an alternative U.S. foreign policy. THE WASHINGTON POST, 7 de junio.