IRAK: ÉXITOS, SORPRESAS, CONVERGENCIAS Y DESIGNIOS

18 de agosto de 2014
    
La limitada operación decidida por Obama el 8 de agosto para impedir el avance de los combatientes del Estado Islámico y romper el cerco a miles de refugiados yazidíes en el Monte Sinjar ha concluido con aparente "éxito", pero también con alguna "sorpresa" (1).
                
EL "ÉXITO" Y LA "SORPRESA"
                
Vayamos primero con el "éxito". Se considera tal por haberse frenado el avance de los 'yihadistas' hacia el corazón del Kurdistán. Es razonable pensar que el bombardeo intensivo realizado por drones y F18A haya debilitado considerablemente el aparato militar del EI en la zona. No obstante, también es muy probable que el mando del 'Califato' haya decidido lo que ya viene siendo habitual desde su ofensiva a comienzos del verano: no entregarse a un avance precipitado, sobre todo en entornos hostiles o poco favorables, y consolidar posiciones hasta que llegue el momento propicio para acometer nuevas conquistas.
                
Y ahora la "sorpresa". Resulta que al relajarse el cerco del Estado Islámico sobre el Monte Sinjar, se ha podido comprobar que los 'yazidíes' allí refugiados no eran tantos como se había estimado: sólo unos pocos miles, y no decenas de miles (40.000). Más aún: su situación no era tan deplorable como se había temido. De hecho, algunos se sentían seguros en ese entorno, porque consideraban que sus perseguidores no le seguirían hasta allí. Esta evaluación ha sido cuestionada por un portavoz de la minoría 'yazidí' en Estados Unidos, quizás porque se teme que Washington empiece a desentenderse muy pronto de la suerte de los huidos.
                
Resulta "sorprendente" la "sorpresa", si se permite la figura. Aunque estos días expertos en vigilancia y procesamiento de datos de inteligencia recogidos desde el aire han estado evaluando el posible "error" sobre el número de personas atrapadas en el Monte Sinjar y haya un cierto consenso en señalar las dificultades de ofrecer datos exactos, lo cierto es que los antecedentes de equivocaciones, informes exagerados o mentiras descaradas en Irak invitan al escepticismo cuando no a una abierta incredulidad.
                
Los pocos analistas críticos que pueden leerse o escucharse en los medios occidentales señalan estos días que las razones oficiales de esta última intervención militar de Estados Unidos en Irak pueden estar basadas en motivaciones no exclusivamente -ni preferentemente- humanitarias: prevenir el genocidio 'yazidí' y garantizar la seguridad de los norteamericanos.
                
El conocido periodista e historiador Robert Fisk, gran conocedor de Oriente Medio y abiertamente crítico con la política occidental, asegura que "el petróleo es el nervio de la guerra"(2). Señala  Fisk que los bombardeos tenían como verdadero objetivo asegurar una zona, el Kurdistán iraquí, donde se localiza una tercera parte de las extracciones iraquíes de petróleo, una buena parte de las reservas supuestas y también importantes yacimientos de gas. En Erbil, la capital kurda de Irak, residen miles de occidentales, hombres de negocios, diplomáticos, agentes y otros, que vigilan la estabilidad de unas inversiones cifradas en 10.000 millones de dólares, con unos rendimientos netos, en el caso del petróleo, del 20%. Lo que habrían 'protegido' los bombardeos norteamericanos son los intereses de compañías como MOBIL, CHEVRON, EXXON o TOTAL, tanto o más que a los desventurados 'yazidíes'.
               
                
CONVERGENCIAS CRUZADAS ENTRE RIVALES
                
La intervención militar norteamericana ha coincidido, no por casualidad, con el desenlace de la crisis política en Irak. El cambio de primer ministro en Bagdad se presenta como la mejor oportunidad de los últimos años para devolver la estabilidad política al país. La Casa Blanca ya ha prometido al nuevo gobierno más ayuda militar para frenar la amenaza extremista. Aún no se han explicitado los detalles.
                
Las circunstancias del relevo en el poder ejecutivo iraquí son inquietantes. El primer ministro saliente, Nuri Al Maliki, ha sido presentado como el máximo responsable de la degradación política y militar: por su autoritarismo, su sectarismo y su incompetencia. Maliki es un 'bis' del afgano Karzai: elegidos inicialmente por Washington, han terminado siendo unos obstáculos a eliminar (políticamente, claro).
                
Maliki ha sido un desastre en muchos sentidos, pero los manejos para sacarlo de la cancha tienen cierto olor a golpe de Estado, como el propio político ahora apartado denunció. Las últimas elecciones confirmaron al partido de Maliki como el más numeroso del Parlamento, pero sin mayoría suficiente para formar gobierno estable. Ciertamente, sunníes y kurdos se opusieron a prestarle los votos que le faltaban. No por ello, los líderes chíies se atrevieron a discutirle el liderazgo, quizás asustados por las lealtades paramilitares de Maliki.
                
El bloqueo era total. Hasta que se produjo la crisis de agosto; es decir el avance 'yihadista' en el norte. Washington, que se había negado a las solicitudes de armamento de Maliki, decidió intervenir entonces, claramente en apoyo de los kurdos, sin consultar con el primer ministro. Un desplante en toda regla. En paralelo, el cortejo norteamericano de prominentes otros líderes chíies envenenaron las relaciones internas en el partido mayoritario (Dawa), en la coalición electoral (Estado de Derecho) y en el grupo parlamentario (Alianza Nacional) hasta hacer trizas la continuidad de Maliki. La posición favorable al relevo por parte del Gran Ayatollah chií Ali Al-Sistani, cuyas indicaciones son órdenes para la mayoría de la población chií, terminó de decidir a los colegas del primer ministro enrocado. El régimen de Irán, principal protector de Maliki, después de haber enviado asesores militares a Bagdad, se terminó por dar cuenta de que su "hombre en Bagdad" estaba ya quemado. La suerte de Al-Maliki estaba echada (3).
                
El elegido para reemplazar a Maliki es Al Abadi, un exiliado como su antecesor y 'hermano', según el lenguaje oficial. Estos días, altos cargos y medios norteamericanos doran el blasón del nuevo jefe del ejecutivo iraquí, para enaltecer un liderazgo que sólo podrá ganarse en el ejercicio del poder. Que Al-Abadi cuente también con el beneplácito explícito de Irán parece una exigencia del guión. En Teherán no importa quien mande en Bagdad sino la garantía de fidelidad a una alianza estratégica.
                
DESIGNIOS CONTRADICTORIOS
                
Esta convergencia de intereses entre Washington y Teherán pudiera parece otra "sorpresa" de la última crisis iraquí. Pero tampoco lo es. Más allá del propósito compartido en impedir un triunfo extremista sunní en Irak, ¿es descabellado suponer que el clima de trabajo desarrollado en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní puede estar creando un positivo caldo de cultivo para el deshielo entre ambas potencias? Obama coincide con Jamenei o Rohaní es apostar por la estabilidad regional.
                
El fantasma de la recuperación del eje Washington-Teherán, aún con fundamentos y propósitos muy diferentes a los existentes en los años del Sha, provoca auténticas pesadillas tanto en los austeros despachos israelíes como en los suntuosos palacios reales saudíes. De ahí que, desde ambos polos, se estén haciendo esfuerzos intensos para evitarlo. Israel ha apostado por una guerra desmedida en Gaza para reventar la unidad palestina, sin duda, pero también para mantener el 'status quo' regional. Hay motivos para sospechar que Arabia Saudí dejó que desde el reino se ayudara y financiara al ISIS y otros extremistas sunníes, para combatir indirectamente a los regímenes enemigos de Damasco y Bagdad, sin duda, pero también para provocar una amenaza regional que Estados Unidos no puede pasar por alto, obligándolo a una intervención militar que supondría una nueva ruptura con Irán.
                
Quizás no por casualidad, esta aparente doble resolución de la crisis iraquí (en el frente político y en el militar) esté siendo cuestionada por analistas bien conectados con el 'establishment' norteamericano (3) y, por extensión, con Israel. El tono general en estos sectores es claramente favorable a una intervención directa más intensa y comprometida de Estados Unidos (claramente, una 'tercera guerra') para destruir el EI ("más peligroso y potente que Al Qaeda, repiten insistentemente estos analistas)  y consolidar los intereses estratégicos en Oriente Medio (terminar el trabajo que dejaron pendiente los dos Bush y que Clinton no quiso acometer). Tal empeño implica, obviamente, abortar de cuajo la colaboración entre Washington y Teherán y, seguramente, hacer naufragar las negociaciones nucleares.


(1) "Sorpresa" es el término empleado por  GORDON LUBOLD, uno de los editores de FOREIGN POLICY, y coordinador del principal resumen internacional de la revista, en un artículo para la web, el 14 de agosto.

(2) THE INDEPENDENT, 11 de Agosto de 2014

(3) En un comentario de la web MUFTAH, crítica con la perspectiva oriental en Oriente Medio, se hace un buen análisis del desarrollo de la crisis política iraquí. 13 de agosto.

(4) En sú última edición, FOREIGN AFFAIRS, habitual portavoz de ese 'establishment' publica artículos de MICHEL O´HANLON, ROBIN SIMCOX Y REIDAR VISSER que inciden en que la "operación limitada" de Obama no resolverá los dilemas norteamericanos en Irak. Menos explícito, pero igualmente partidario de un esfuerzo militar más resuelto, se muestra el ex-comandante de la OTAN y ex-Consejero de Seguridad Nacional de Obama, el general Jones, en el WALL STREET JOURNAL, del 14 de agosto.

IRAK: PANES Y BOMBAS

11 de Agosto de 2014
                
Obama se fue de vacaciones cumpliendo uno de los rituales de la reciente política exterior norteamericana que más le desagradaba: ordenar ataques aéreos en Irak. Aunque las circunstancias sean muy distintas a las que determinaron las decisiones de sus antecesores (los dos Bush y Clinton), lo cierto es que el actual inquilino de la Casa Blanca se ha resistido a dar luz verde a operaciones militares ofensivas en el atormentado país del Tigris y Éufrates.
                
El presidente norteamericano anticipó cautelosamente la decisión un día antes. No es descabellado pensar que deseaba que el impacto mediático del ataque en si no desplazara el interés de sus motivaciones y, aún más significativo, el propósito de atenerse  a su doctrina de "acción limitada".
                
Los objetivos acotados de los ataques de los F-18 y los drones son dos: primero, detener el avance de las columnas de los yihadistas del Ejército Islámico (EI) hacia Erbil (la capital del Kurdistán iraquí), para poner a salvo al personal militar del consulado norteamericano en esa ciudad; y, segundo, prevenir el genocidio de miles de personas de la minoría yazidí, atrapadas en condiciones deplorables en el Monte Sinjar. De forma complementaria, y para reforzar el segundo objetivo, se han distribuido alimentos y suministros de primera necesidad a esos perseguidos para salvarles de la desnutrición y la deshidratación.  En definitiva: panes y bombas.
                
Las consecuencias han sido fructíferas, de momento, por lo que informa el Pentágono y la Casa Blanca. Los yihadistas han perdido varios vehículos blindados y varios combatientes en número no precisado han sido literalmente destrozados. Los peshmergas o milicianos kurdos han conseguido contraatacar y tomar dos localidades distantes tan sólo media hora de Erbil. Los yazidíes han disfrutado de cierto alivio y parte de ellos han conseguido pasar a Siria o evadir en buena medida el acoso (1).
               
LOS RIESGOS
                
Naturalmente, la decisión de Obama comporta riesgos y, por ello y por otros motivos más interesados, ha acarreado críticas.
                
En primer lugar, por limitada y medida que se quiera presentar y por mucho que se invoquen razones humanitarias o de autoprotección, lo cierto es que los ataques aéreos pueden significar un giro en la guerra iraquí y colocar a Estados Unidos como favorable a uno de los bandos. Los ataques favorecen de forma directa e inmediata a los kurdos, de las tres grandes que componen Irak, la más pro-norteamericana. Ya en 1991 y en 2003, los aviones norteamericanos salvaros a los kurdos del aplastamiento que intentó Saddam Hussein.
                
Algún comentarista norteamericano (2) ha señalado estos días que la intervención beneficia también indirectamente al primer ministro, el chií Nuri Al-Maliki, ya que impide el hundimiento definitivo de su gobierno "en funciones". No está claro. Obama advirtió que el bombardeo de las unidades del EI no sería suficiente para resolver la crisis e insistió en que sólo un gobierno de amplia base nacional podría conseguir ese objetivo.
                
De hecho, los chiíes no han reaccionado con satisfacción. Con cierta amargura, dirigentes chiíes próximos al primer ministro iraquí comentó que los bombardeos llegaban demasiado tarde, y sólo cuando se trataba de proteger a cristianos (objeto de expulsiones y represión de los yihadistas en las últimas semanas) o a otras minorías religiosas. Es decir, no musulmanes. Lo que Maliki y los suyos venían reclamando durante meses es que el Pentágono le proporcionara armas para derrotar a los yihadistas, en ningún caso la acción militar directa de la superpotencia a la que contemplan con una mezcla de recelo e interés.             
                
El giro militar ha coincidido con una fase más aguda de la crisis política interna iraquí. El presidente del país, Fuad Massum, un kurdo, se negó a encargar a Al-Maliki la formación de un nuevo gobierno, al constatar que la mayoría que le otorgó las recientes elecciones no resultaba suficiente para garantizar la estabilidad. Al-Maliki reaccionó como se temía: acusó al Jefe del Estado de "violar la constitución" y anunció que lo denunciaría ante el máximo tribunal del país. Algunas fuentes afirmaron horas después que se habían registrado movimientos de tropas en Bagdad y el refuerzo de la zona de protección, donde se encuentran los edificios oficiales y las embajadas, e incluso que carros de combate habrían cercado el palacio presidencial. Estas informaciones no han sido confirmadas de fuente independiente. En todo caso, el presidente Massum aguantó el pulso y ha encargado la formación del gobierno a otro chií, Haider el Abadi, actual Vicepresidente del Parlamento, que cuenta, en apariencia, con el apoyo de la principal coalición chií, pero no es de los favoritos para reemplazar a Al-Maliki.
                
Está por ver la reacción sunní, de momento no explicitada. Aunque los exponentes de esta minoría que colaboran con el sistema se han distanciado del EI, no puede descartarse que se recuperen alianzas de conveniencia si los chiíes, además de los kurdos, salen directamente beneficiados de los bombardeos norteamericanos.
                
LAS CRÍTICAS
                
Los republicanos y algunos demócratas que se han distanciado de la Casa Blanca (recuérdese: disgustados por lo que consideran falta de decisión del Presidente en Siria) reprochan a Obama que le cueste tanto afirmar el poderío militar norteamericano cuando se trata de influir en procesos que pueden ser de importancia estratégica para el país. La oposición no juega limpio, porque no ha definido una estrategia clara en Irak, pero critica hipócritamente la de su rival demócrata, más como un reflejo de revancha, ya que Obama construyó su ascenso político sobre la lanzadera del rechazo a la intervención de 2003 en Irak. En cuanto a los afines, incluidos medios y 'think-tanks' escarmentados por el fracaso de la década pasada, lo que se reprocha a Obama es que tarde tanto en adoptar decisiones, sin duda desagradables, pero al fin y al cabo inevitables.
                
Todo indica que Obama afrontará los últimos dos años de su mandato sin haberse librado del todo de la pesadilla iraquí. Puede hacer virtud de la necesidad si tiene éxito con su estrategia de acción limitada y consigue contener el avance de los extremistas islámicos. El discurso humanitario tiene cierto respaldo exterior, pero suele desvanecerse a medida que se prolonga, y el propio Presidente ya ha advertido que, una vez iniciada, la intervención no será sólo cuestión de semanas. Serán meses, anticipa los observadores. Lo que permite augurar que el apoyo inicial se irá diluyendo, si el EI se muestra correoso, inteligente y competente, como ha ocurrido hasta ahora, como se desprende de un interesante análisis del Instituto de estudios internacionales DELMA, en Abu Dhabi. (3).
               
(1) ROD NORLAND AND HELEN COOPER. Capitalizing U.S. bombings, Kurds retake iraqui towns. THE NEW YORK TIMES. 10 Agosto 2014.

(2) STEVE SIMON. Obama's Bombshells. The Unintended consequences of airstrikes in Iraq. FOREIGN AFFAIRS, 8 Agosto 2014.


(3) HASSAN HASSAN. ISIS, the jihaists who turned the tables. THE GUARDIAN, 10 Agosto 2014.

DE UN SIGLO A OTRO: ¿OTRA VEZ UN MUNDO SIN CONTROL?

31 de Julio de 2014
                
Ahora que se cumplen cien años del inicio de la I Guerra Mundial y se refrescan hechos, se evocan vivencias, se establecen paralelismos y divergencias  y se afinan análisis de causas y consecuencias, parece percibirse de nuevo que el mundo –dicho así: con cierta simpleza, para no hacer más complicada esta introducción-  se encontrara ‘fuera de control’.

Es decir, que las doctrinas, dinámicas y relaciones de poder que se ha ido generando durante este siglo, en sucesivas crisis, catástrofes ampliadas, dinámicas de control, de equilibrio y de pactos, compromisos y garantías, se hayan descosido y nos encontremos de nuevo ante la sensación de no hay autoridad capaz de impedir, con certeza, un nuevo ciclo de inestabilidad y destrucción.
                
En la literatura, histórica y de ficción, periodística y académica, de divulgación y de investigación, que ha proliferado en los últimos meses al calor del centenario, se abre paso la idea fuerza de que aquella Gran Guerra, coronación de un siglo largo de lucha por la hegemonía (que empezó siendo europea para convertirse finalmente en mundial), no fue inevitable en modo alguno, y que sólo la ceguera, incompetencia, inmadurez, y  rigidez del circulo más reducido de las élites de entonces precipitaron la catástrofe, al no ser capaces de corregir la esclerosis del sistema europeo  y establecer un sistema de garantías.
                
Desde una posición marxista o simplemente crítica de la Historia, la I Guerra Mundial, sin embargo, no es que fuera estrictamente inevitable, pero sí resultó una consecuencia lógica y poderosa de las contradicciones del sistema capitalista en su fase imperialista y los pilotos de los intereses de clases no fueran capaces de gestionar las tensiones de una manera que resultaran menos dramática para las poblaciones.
                
Es bien sabido que la I Guerra Mundial, además de su pavorosa herencia de muerte y destrucción, provocó un vuelco mundial y generó nuevos centros de poder, pero no hizo el mundo más estable. Las torpezas de esas élites dirigentes y el agotamiento cíclico del sistema económico y social dominante alumbró fenómenos odiosos de autoritarismo, revanchismo, falsas redenciones y,  a la postre, una fuerza irresistible de destrucción. Como si los cadáveres esparcidos por los campos sin cultivar se hubieran convertido a la postres en semillas de una destrucción aún más devastadora y cruel, que terminó germinando apenas una generación después en una Segunda Guerra, ‘más mundial’ aún, en sentido de universalidad.
                
Esta segunda experiencia, de una dimensión traumática aún mayor que la primera, no por la mortandad, sino por el grado de crueldad que desató, parecía haber creado la conciencia de que, fueran cuales fueran las contradicciones, conflictos entre naciones o clases, tensiones sociales, raciales, religiosas o ideológicos, el mundo no se podía permitir un tercer ciclo destructor, por la razón determinante, entre otras, de que el acelerado desarrollo tecnológico militar podría conducir al planeta a la extinción.
                
El medio siglo largo que siguió a la segunda gran posguerra ha sido considerado por numerosos líderes e intérpretes de la Historia como un periodo positivo de estabilidad que, pese a sus imperfecciones y limitaciones, de sus grietas y fracasos locales, puntuales y menores o medianos, ha mantenido la paz mundial, entendida como ausencia de una guerra general y descontrolada.
                
La clave de este periodo de ausencia de ‘Gran Guerra’ radicó, en primer lugar, en la confirmación de dos grandes polos de poder (Estados Unidos y la Unión Soviética), como líderes indiscutibles de dos sistemas (el viejo orden capitalista remozado y, supuestamente libre de sus perversiones más destructivas; y el socialista, que pretendía derribar al anterior, pero no mediante una conflagración militar, sino como consecuencia de su capacidad para satisfacer las necesidades de toda la población mundial y cumplir con el devenir histórico).
                
En realidad, las exégesis que estos dos grandes polos de poder hacían de su propia misión histórica no se basaba en un discurso tan positivo. La conjura de otro ciclo de terror se edificó haciendo el riesgo intolerable; es decir definitivo y terminal para la humanidad, mediante el desarrollo de los arsenales nucleares y de la tecnología de uso. La doctrina militar de la ‘destrucción mutua asegurada’ (o, en sus siglas en inglés, MAD: no por casualidad, LOCURA) se afianzó en Occidente como una garantía frente a la amenaza de una nueva guerra. 

En el bando opuesto, la irrenunciable misión de extender el socialismo para abocar a un mundo sin clases se configuró como un rosario de luchas parciales, de agudización de las contradicciones locales o regionales; en definitiva, se renunció a la confrontación frontal y se apostó por la denominada ‘coexistencia pacífica’ de los dos sistemas, hasta que la madurez de los procesos históricos decantara la sustitución del capitalista por el socialista.
                
No hubo ‘Tercera Guerra Mundial’, en efecto, pero si dos procesos bélicos paralelos que disimularon la continuidad de la destrucción. En los centros de poder mundial, fue la llamada ‘Guerra fría’, caracterizada por el ‘equilibrio del terror’ y la manipulación de élites y sistemas locales y regionales de poder. En esa periferia, provista de la vacuna contra la destrucción bélica, se libraron decenas y decenas de conflictos locales y regionales, que aniquilaron millones de vidas, pero no provocaron una gran conflagración a escala universal. La propaganda hizo que estos conflictos fueran codificados como ‘de baja intensidad’, una cínica interpretación de la catástrofe y el sufrimiento, según la cual, se admitiera o no, se establecían distintas categorías de muertos y víctimas.
                
Este sistema mundial hizo crisis cuando el fundamento sobre el que estaba basado: el equilibrio entre los dos grandes polos capaces de provocar la destrucción del rival, se vino abajo. El periodo de transición aceptado por la ‘nomenklatura’ soviética concluyó de modo opuesto a sus previsiones. No porque el capitalista supiera a la postre resolver mejor los problemas universales, sino por la impericia, corrupción y agotamiento de las élites ‘revolucionarias’.           
                
Los más optimistas  -o los menos honestos, intelectualmente hablando- pensaron que el final de la era bipolar conduciría a un mundo más equilibrado, pero no sobre la base de la amenaza del terror, sino de la cooperación internacional, como en 1945. Pero ni hubo ‘final de la Historia’, ni el capitalismo demostró su capacidad de regenerarse para afianzarse como sistema incontestable, ni los viejos enemigos de Occidente supieron encontrar su acomodo en un orden internacional sin tensiones. Y, sobre todo, las ‘guerras calientes’ del último medio siglo empezaron a cobrar una virulencia mayor, al no haberse no ya solucionado sino simplemente mejorado las condiciones que las habían provocado.
                
En ese momento estamos ahora. Desaparecida la Unión Soviética, cuestionada la capacidad de la otra superpotencia, la triunfante, Estados Unidos, de garantizar un orden mundial sin sobresaltos, basado en las garantías de provisión de vidas dignas de ser vividas para el conjunto de la humanidad, se abre paso la percepción de que el mundo empieza a parecerse, salvando las enormes distancias, al que existía hace un siglo: en el sentido de inestabilidad, proliferación de conflictos con potencial reforzado de contagio y ausencia de un poder  moderador con capacidad para poner un freno a los ciclos destructivos.
               
El oportunismo político y una cierta pereza intelectual intentan hacer recaer sobre una supuesta incapacidad de liderazgo mundial del actual presidente norteamericano la responsabilidad de este mundo de nuevo sin control. Es manifiestamente falso. Sin entrar en un análisis más detallado, debido a la extensión que ya ha adquirido este comentario, baste decir que el actual encadenamiento de conflictos locales o regionales ahora registrados o registrables son imputables más bien a esos campos de ‘pensamiento’ o ‘canteras políticas’ que irresponsable y deshonestamente apuntan a la actual Casa Blanca.

No es la falta de liderazgo o el ‘nuevo aislacionismo’ la causa de la inestabilidad internacional, sino la falta de soluciones reales a los conflictos, presentados como locales o regionales o de ‘baja intensidad’, pero que han generado situaciones enquistadas de injusticia y frustración. Ni la herencia del equilibrio del terror de la ‘guerra fría’, ni la propaganda de un sistema económico y social ‘capaz de hacer avanzar el mundo’ han podido detener ese deterioro. La actual crisis económica y social en éste nuestro mundo supuestamente preservado de la amenaza de destrucción apocalíptica está eliminando las percepciones de seguridad. El mundo no es ya un lugar seguro, porque en realidad nunca lo ha sido. Simplemente, ahora se están cayendo las tapaderas de la falsedad.

UCRANIA Y GAZA: EL VALOR DE LOS MUERTOS

24 de Julio de 2014
             
Es un tópico demasiado asumido por dirigentes, informadores y público en general que los muertos en conflictos 'no valen lo mismo' (en términos propagandísticos y emocionales; y, por tanto, políticos), por mucho que todos esos agentes concilien este axioma con el latiguillo ético de que cada vida es única e irrepetible y, por tanto, todas tienen el mismo valor.
                
En este verano sangriento (evocador de otro aún más desgarrador, hace exactamente un siglo), los muertos en conflictos internacionales arrojan un peso muy diferente (en minutos, en contactos, en esfuerzos diplomáticos, humanitarios, en dedicación social). Recapitulemos, sólo para poner a punto las conciencias.
                
UCRANIA: LA BALANZA DE LAS RESPONSABILIDADES
                
El conflicto de Ucrania había quedado fuera de las portadas, a pesar de que en las últimas semanas se habían registrado más muertes, destrucción y sufrimiento que en otros momentos de la crisis (ocupación de Crimea y extensión del dominio de las milicias pro-rusas en el Este del país). La llamada 'fatiga del conflicto' no lo explica todo.
                
El 'interés informativo' da un vuelco cuando un avión malayo de pasajeros, la mayoría europeos, es destruido en vuelo por un misil tierra-aire. El acontecimiento, como es lógico, devuelve la guerra de Ucrania al centro de interés.  Este comportamiento, que es mediático pero también político, responde a mecanismos subterráneos pero ciertos.
                
La razón no estriba simplemente en que esas víctimas últimas fueran 'civiles' (también lo eran los ucranianos muertos en las últimas semanas) sino en que eran 'nuestras', es decir, occidentales y europeas en su mayoría; y, sobre todo, ajenas al conflicto: cabe decir,  inocentes. Como si no fueran inocentes la mayoría de los muertos ucranianos de las semanas anteriores (de cualquier bando), ya que nadie había contado con ellos sobre la conveniencia de acudir a las armas.
                
A medida que parece confirmarse la autoría de los 'pro-rusos', los prejuicios alimentados por la propaganda aconsejan resaltar la terrible realidad: que esas milicias no respetan nada y a nadie para lograr sus objetivos. Curiosamente, nadie reparó en lo que al final la inteligencia norteamericana ha resaltado: que la destrucción del avión malayo obedeció muy probablemente a un trágico e irreparable error, por la sencilla razón que esas muertes pesaran políticamente sobre las milicias pro-rusas. Las guerras yugoslavas nos habían ofrecido ejemplos similares de la manipulación de las víctimas en los años noventa.
                
Obviamente,  la barbaridad cometida no tiene disculpa ni justificación. Pero la reacción de los líderes de uno y otro 'bando' reflejan esa concepción oscura pero real del distinto valor de los muertos. Occidente anuncia más sanciones a Rusia. ¿Hubiera sancionado a Ucrania, si la acción hubiera partido del gobierno de Kiev? Putin responsabiliza a Ucrania por haber prolongado la guerra; es decir, por intentar recuperar el control de ese sector del país en disputa, lo que en absoluto obligaba a derribar un avión sin antes verificar su identidad. La propaganda se superpone y emborrona la naturaleza misma del conflicto.
          
GAZA: CULTURA Y PROPAGANDA
                
Tomemos ahora el ejemplo de Gaza. Los dirigentes de las potencias asisten con cierta pasividad al inicio de esta fase de la conflagración (bombardeo masivo israelí de la franja, en respuesta al lanzamiento de cohetes palestinos contra el sur de Israel, la casi totalidad de los cuales resultan interceptados por la defensa antiaérea).  En los medios, se asume esta última guerra de Gaza como un 'déjà vu'. Lo es, sin duda, aunque el momento, las circunstancias, los motivos de los actores principales y el comportamiento de los secundarios hayan modificado sustancialmente este guión y la 'película' se convierta en algo distinto de un 'remake'.
                
Los días pasan. El contador de los muertos palestinos se asemeja al de un surtidor de gasolina y el de los israelíes al gota a gota de su autóctono sistema de riego. Los líderes de Hamas enseñan sus muertos, las organizaciones humanitarias los replican, los medios elaboran cuadros atractivos para sus audiencias y la opinión pública se pregunta cuántos serán necesarios para parar la guerra. Es el comportamiento habitual en este conflicto desigual y tramposo, en el que la hipocresía es la regla general.
                
El primer muerto debería importar tanto como el setecientos, pero no es así, obviamente. Como si hubiera un umbral a partir del cual fuera exigible intentar 'hacer algo'. Lo que sea, mientras quede claro que se ha intentado. El 'turning point' (momento del giro) es el comienzo de la operación terrestre israelí. ¿Es un factor que puede elevar la cifra de víctimas? Sólo en el caso israelí, ya que sus víctimas, hasta entonces, eran cifradas con un sólo digito.
                
Se confirma la expectativa. La ofensiva israelí para acabar con la 'guerra de los topos'; es decir, cegar los túneles que las milicias palestinas emplean para sembrar muerte en  los hogares israelíes fronterizos. Los muertos israelíes superan la barrera del doble dígito en un solo día (el pasado domingo).  Se activa la distinta percepción de los muertos. En todos los bandos, incluido los supuestamente 'neutrales'.
                
La comunidad internacional intensifica unas gestiones hasta entonces al ralentí, es decir, limitadas a una propuesta de alto el fuego egipcia condenada al fracaso por la falta de credibilidad del proponente (el nuevo 'hombre fuerte' de El Cairo, hostilmente posicionado frente a Hamas).  Las escenas de dolor de familiares, amigos y compañeros de los soldados israelíes caídos comparten cabecera con la destrucción de Gaza y una condición más anónima o menos personalizada de los muertos palestinos. Salvo los niños, claro está, cuyo valor (en el sentido antes señalado) es siempre mayor.
                
Pero hay otro elemento que puede tener un impacto decisivo. Ya circulan declaraciones que conceden a Hamas una victoria psicológica por haber sido capaz de matar israelíes y no sólo 'aterrorizarlos' con cohetes. Que hayan muerto más de treinta israelíes (casi todos soldados) parece pesar más estos días para los líderes de Hamas que 'sus' setecientas victimas. Esto abona un conocido argumento propagandístico israelí: que ellos valoran más la vida que los palestinos (o los árabes, en general). Un muerto para los israelíes es ya una tragedia, dicen. El argumento israelí sigue así: a los dirigentes palestinos no les importa tanto su gente; en caso contrario, no dispararían sus cohetes desde colegios, hospitales, mezquitas o densos núcleos de población, sabiendo que exponen a la población a la inevitable y contundente réplica enemiga.
                
Es más, no ya muertos: un prisionero adquiere grado de conmoción nacional. Que tiene continuidad a la hora de gestionar la cautividad: en los intercambios, un prisionero israelí suele canjearse por decenas de palestinos. Una vez más, el distinto valor de los número  (1) .
                
En esta lógica, algo hay de cierto y mucho de falso. Cada familia palestina siente sus muertos como la mayor tragedia imaginable. Los dirigentes, ciertamente, han elevado el umbral de lo insoportable, pero no por falta de solidez de sus convicciones morales, sino por la disponibilidad y capacidad de sus recursos militares. En todo caso, caer en la tentación de presentar como un 'éxito' esta guerra por el número de víctimas infligido al 'enemigo sionista' es inaceptable.
                
A la postre, se impone una cierta levedad de los muertos. No serán ellos, por valiosos que resulten para la narrativa inmediata de unos y otros, los que decidirán la duración de conflicto y sus consecuencias. Dentro de poco, se olvidarán los muertos, todos ellos, y se impondrán la relación de fuerzas y la calibración de intereses.


(1) Para comprender algo mejor la narrativa del conflicto israelí, resulta muy estimula la lectura del libro "La lluvia amarilla", del novelista israelí, DAVID GROSSMAN, una inteligente voz crítica en su país, cada vez más capturado por una propaganda de Estado que justifica todas las perversiones de la ocupación. 
               
               


GAZA, CAMPO DE EXTERMINIO POR ANALOGÍA.

17 de Julio de 2014
                
Gaza es, ya desde hace tiempo, lo más parecido a un campo de exterminio de estos tiempos. El término no es provocador ni antisemita: el millón y medio largo de sus residentes en un territorio rectangular irregular de 40 a 50 kilómetros de largo por 11 de  ancho (aprox.) es objeto de bloqueo continuo, asfixia permanente y bombardeo periódico y sistemático. Es una gigantesca cárcel de la que no se puede salir y a la que no se puede acceder libremente. Casi un campo de concentración que diezma sistemática y cruelmente a sus residentes, que mina la credibilidad de sus líderes y destruye la estatura moral de sus carceleros asediadores.
                
Esta última crisis responde, inicialmente, a un crudo impulso de revancha, de venganza, de linchamiento. El vil secuestro y asesinato de tres estudiantes judíos de una escuela religiosa de Hebrón, en el otro sector de la Palestina ocupada/colonizada, por supuestos activistas de Hamas, provocó una reacción colérica en Israel, en dos niveles. El privado, repugnante, protagonizado por extremistas judíos, que secuestraron a un joven palestino y lo quemaron vivo, en una escalofriante versión despiadada del sacrificio ritual. El oficial, delirante aplicación de la ley del Talión, consistente en una redada de militantes islamistas y la demolición de las casas de los sospechosos.
                
A continuación, se activó el enfermizo ciclo de la acción-reacción que inutiliza cualquier tentativa racional de contener el conflicto. Hamas respondió a la dinámica represiva lanzando cohetes casi inanes sobre el sur de Israel. A su vez, el Estado israelí, irreconocible hace tiempo en sus orígenes democráticos, replica con un bombardeo de Gaza, masivo, desproporcionado, preciso o ciego según conveniencia, que acaba con líderes enemigos, pero también con sus familias o con civiles de toda edad y condición.
               
LAS LACRAS DE LA TRAGEDIA

Como en operaciones similares anteriores ('Lluvias de verano', 2006; 'Plomo endurecido', 2007; 'Pilar de defensa', 2012; ésta última, 'Margen protector', 2014), la causa inicial de la crisis queda enseguida desbordada por las lacras permanentes, cuya victima principal y casi única es una población atrapada, prácticamente indefensa y cada ya casi totalmente desesperanzada. Esas lacras son las siguientes:
                
- la violación sistemática de los acuerdos de paz de Oslo (1993).
                
- la deriva extremista, más o menos controlada, del gobierno de Israel.
                
- la inconsistencia y contradicciones del liderazgo palestino en Gaza.
               
- la parálisis de la comunidad árabe, agravada ahora por un conflicto sectario reavivado
               
- la indiferencia (por no decir hipocresía) de las principales potencias internacionales.
                
Después de dos décadas, el proceso de paz israelo-palestino está en ruinas. Apenas si ha quedado una carcasa institucional, burocrática, que sólo legitima formalmente  a las élites dirigentes, pero no ofrece soluciones a la población palestina y deja sin tranquilidad a la israelí. En Gaza se conculcan con especial saña los principios recogidos en el Tratado de paz negociado en Oslo y suscrito en septiembre de 1993 en Washington (1). La población está ‘presa’. A muchos agricultores no se les permite siquiera acceder a lugares donde tienen sus huertas y plantaciones. No pueden viajar al otro territorio palestino (Cisjordania) para procurarse un sustento. Siete de cada diez palestinos viven de la ayuda internacional. Gran parte del resto no está mucho mejor, ya que son funcionarios y empleados (más de 40.000) que llevan meses sin cobrar el salario.
                
Israel exagera notablemente el 'peligro terrorista' de Gaza para justificar una dinámica represiva innecesaria, alocada e incluso perjudicial para sus intereses a corto plazo. Esta conducta puede explicarse por dos motivos: el peso creciente del extremismo, cívico y religioso en las élites políticas y militares (2) y la ansiedad ante la evolución del contexto regional, debido al descontrol de los procesos revolucionarios y desestabilizadores en la vecindad árabe, las negociaciones entre Occidente e Irán sobre el dossier nuclear y la falta de entendimiento en éste y otros asuntos con la actual administración norteamericana.
                
Hamas se encuentra también atrapada en una contradicción insalvable: garantizar su continuidad como fuerza política, social e ideológica influyente entre la población palestina y no renegar de sus orígenes resistentes y enemigos acérrimos e irreconciliables del ocupante. El contexto regional les ha debilitado: el nuevo régimen egipcio (militar, pese a las apariencias), la ruptura con el régimen sirio por las fracturas sectarias en la zona,  y el acercamiento entre Irán (su principal protector y suministrador de armamento) y Estados Unidos colocan a Hamas entre la espada israelí y la pared ruinosa de un territorio donde han sido, hasta hace poco, dueños y señores, pese a los asedios (3). 

La reconciliación con la OLP, asentada en abril de este año, obliga a Hamas  a entregar el gobierno a un equipo de técnicos, exentos de nervio ideológico, capaz de enderezar la administración, en Gaza y en Cisjordania, y garantía de la continuidad del apoyo financiero internacional. Pero Hamas no ha sido coherente con los acordado, la aplicación de los acuerdos de reconciliación se han retrasado y la presión de las facciones ‘jihadistas’ contrarias a una evolución 'pacífica' de la resistencia palestina han terminado por hacer estallar las costuras de la formación (4). 
                
De la comunidad árabe, poco puede decirse, salvo que, atrapada en la insolvencia de sus élites dirigentes, la incompetencia de sus aparatos estatales, los viejos y nuevos desgarros internos (eclosión ahora de las amenazas sectarias), ni siquiera se muestran capaces sus dirigentes de hacer oír su voz a tiempo. Egipto, promotor de una tregua condenada de antemano al fracaso, no está en condiciones de influir notablemente en el control de la contienda, debido, entre otras cosas, a falta de credibilidad del flamante régimen.
                
Finalmente, las potencias internacionales se limitan a llamamientos bien intencionados pero ineficaces. La diplomacia norteamericana, tras el enésimo fracaso de las negociaciones de paz, está absorbida estas últimas semanas en evitar el desfondamiento de Irak; en ‘cocinar’ una 'solución' institucional en Afganistán a la amenaza de 'guerra dentro de la guerra' o conflicto interno en el bando que protege, arma y financia, frente a la interminable amenaza talibán; o en forjar un acuerdo que impida a Irán dotarse de armamento nuclear, que sea eficaz y creíble para todas las partes afectadas. Europa sostiene el aparato palestino y financia la ayuda humanitaria, manteniendo a duras penas a la población. El resto son actuaciones de trámite, palabras compungidas y, a la postre, una resignación palmaria.

(1)    BENJAMIN BARTHE. “Le compte à rebours avant la prochaine confrontation israélo-palestienne a déjà commence”. LE MONDE, 15 de Julio de 2014.

(2)    BARAK MENDELSOHN.”The Near Enemy. Why the Real Threat to Israel Isn`t in Gaza”. FOREIGN AFFAIRS, 14 DE Julio de 2014.

(3)    “Le Hamas ne cédera pas face à Israël”. Entretien avec JEAN-FRANÇOIS LEGRAIN, investigador del Institute de recherches et d’études sur le monde árabe et musulman, en LE MONDE, 9 de Julio de 2014.

(4)    INTERNATIONAL CRISIS GROUP. “Gaza e Israel: New Obstacles, New Solutions”. Middle East Briefing, nº 39, 14 de Julio de 2014.


EL 'CALIFATO' DEL SIGLO XXI: PERCEPCIONES E IMPLICACIONES

10 de Julio de 2014
                
Los frentes bélicos en Irak parecen haberse estabilizado en las dos últimas semanas. Los principales actores del conflicto se han dedicado a reorganizar sus fuerzas y renovar sus urgencias institucionales. Está pendiente la conformación de una nueva mayoría de gobierno, tras la negativa de Maliki a hacer concesiones a sunníes y kurdos y el rechazo de éstos a colaborar con la formación dominante (Al Dawa) de la mayoría chií. Los insurgentes, por su parte, han proclamado el 'Califato' en los territorios bajo su control y han modificado ligeramente su nombre: pasan a denominarse simplemente Estado Islámico (EI). (1)
                
Por su vocación y ambición, este grupo no sólo aspira a heredar la capacidad amenazante de una declinante y envejecida Al Qaeda, sino a sustituirla, a superarla, a convertirla en irrelevante o en un recuerdo. La cúpula dirigente del EI parece haber comprendido que la 'jihad', para seguir viva, necesitaba pasar de la fase de revuelta a la de consolidación. Los dos elementos estructurales que pueden garantizar esa transición son las finanzas y el aparato militar. A ellas se ha consagrado Abu Baker Al Baghdadi y su estrecho círculo de confianza.
                
Varios analistas e investigadores han rastreado recientemente lo que se conoce del funcionamiento de este grupo y casi todos ellos coinciden en que nos encontramos ante un modelo más acabado, sólido y estable de entidad revolucionaria, pero con ánimo de convertirse, como ellos mismos han declarado, en una entidad estatal o 'Califato' (2).
                
¿DESESTABILIZACIÓN REGIONAL?
                
Esta maduración de la 'jihad' no sólo apunta a establecer como organización asimilable a un 'estado' en las zonas 'liberadas' de Irak y Siria. Tiene la pretensión de extenderse por el resto de esos dos países y más allá, aseguran los analistas mencionados. Líbano y Jordania serían los dos objetivos siguientes en la lista.             
En el caso del Líbano, es bien sabido que nada de lo que ocurra en Siria puede dejar de tener consecuencias directas en el pequeño país de los cedros. La participación activa en la guerra siria de uno de los principales actores políticos libaneses, el movimiento chií Hezbollah, mediante el apoyo militar de sus unidades de élite a su protector Assad, lo convierten en un objetivo claro para el EI, representante del 'sunnismo' más intransigente.
                
Jordania representa un caso singular, por la vinculación económica y tribal que tiene este país con Irak. Aparte de consideraciones prácticas y utilitarias, recuérdese que el rey Hussein fue uno de los pocos líderes árabes que mantuvo un diálogo más o menos fluido con el derrocado Saddam Hussein durante los años de acoso occidental. Por extravagante que resultara, el monarca hachemí veía en el dictador iraquí un protector frente al otro vecino indeseable, el sirio Hafez El Assad, padre del actual presidente y fundador de la 'dinastía' alauí.
                
El EI ha manifestado su deseo de incorporar a Jordania a su 'califato', lo que se antoja más como una bravata que como una amenaza digna de tenerse en cuenta, aunque algunos analistas no descartan incursiones esporádicas (3). Por si acaso, el Estado jordano ha duplicado sus efectivos militares a lo largo de sus casi doscientos kilómetros de frontera con Irak. Es evidente que la eventualidad de una acción militar 'jihadista' contra Jordania resultaría intolerable no sólo para Washington, sino también para Israel, y sólo el riesgo de desestabilización del reino provocaría una intervención armada norteamericana (4).      
                
Pero la amenaza del EI en Jordania no debe leerse como un intento de asalto directo al poder o conquista militar, como en Siria o Irak, sino como una propagación del proselitismo jihadista local, hasta ahora más o menos contenido. En los últimos años, el nuevo rey, Abdallah, ha conseguido asimilar el malestar palestino (comunidad muy influyente y numéricamente dominante en Jordania) y canalizar los brotes democratizadores de la 'primavera árabe'. Más dificultades ha tenido en desarraigar el peligro integrista. No hay que olvidar que el jefe de Al Qaeda en Irak y auténtico jefe de la insurgencia sunní contra la presencia norteamericana en el país, Al Zarqaui, era jordano. En la actualidad, un clérigo jordano lidera el reclutamiento de combatientes para la guerra en la vecina siria (5).
                
¿MIEDO A OTRA OLEADA TERRORISTA?
                
Robin Simcox,  uno de los analistas que ha investigado al EI, considera que Occidente debe prepararse también para una próxima amenaza quizás más intensa y peligrosa que la protagonizada por Al Qaeda en la década anterior. El propio coordinador de la unidad antiterrorista de la UE, Gilles de Kerchove, estimaba como "muy probable" que el ISIS pudiera estar "preparando, entrenando y destinando a algunos de sus combatientes extranjeros para que realizaran ataques en Europa, o fuera de Europa". Simcox menciona algunos antecedentes de intentos de atentados (Glasgow, Estocolmo, Bruselas), que alcanzaría también a Estados Unidos y Canadá (6).
                
En la mayoría de estos análisis se percibe un cierto tono alarmista y quizás exagerado de la capacidad desestabilizadora de la nueva organización islamista emergente liderada por Al Baghdadi. No obstante, pueden encontrarse valoraciones más mesuradas que rebajan notablemente el alcance de la amenaza. Es el caso de otro investigador del Centro Brookings de Doha, F.Gregory Gause III, para quien, pese al daño que pueda hacer, incluida una momentánea fracturación del país, "es casi imposible" que el EI gane la guerra de Irak (7). Cuanto más que se encuentre en disposición de desestabilizar a los países vecinos.
                
En lo que todos los analistas coinciden es en afirmar la repercusión directa de la guerra sirio-irakí en el reavivamiento de las tensiones regionales, que incluye conflictos directos como el de Palestina, y pulsos latentes como el que protagonizan los dos grandes actores de la zona, Arabia Saudí e Irán.
                
No es un secreto que el trono de los Saud se encuentra más que inquieto por las consecuencias de un acuerdo nuclear de Occidente con Irán, y mucho más con una posible colaboración entre Washington y Teherán para prevenir el colapso o la partición efectiva de Irak. De hecho, aunque el EI se pueda declarar enemigo del régimen saudí (no lo ha hecho explícitamente) y Riad haya tomado medidas militares de protección suplementaria, no son pocos los que sospechan o piensan que la monarquía wahabí mantiene una relación ambivalente con círculos de apoyo de la organización 'jihadista', como lo ha hecho tradicionalmente con Al Qaeda, por mucho que sus portavoces oficiales lo hayan desmentido reiterada y ruidosamente.

(1) En el nuevo nombre, simplemente se suprimen las referencias territoriales de "Irak" y "Levante". No obstante, en este comentario seguirá citado en ocasiones como  ISIS , porque esas son las siglas en inglés de su antiguo nombre, como aparece en los artículos que se referencian.

(2) BARAK MENDELSOHN, investigador del Haverford College y del Instituto de Investigación de Política Exterior, ha diseccionado la evolución divergente de ambas organizaciones 'jihadistas' en "The rise of ISIS and the fall of Al Qaeda". FOREING AFFAIRS, 15 de Junio de 2014.

(3) CHARLES LISTER (Centro Brookings de Doha). "What will ISIS do next?". BBC, 27 de junio de 2014.

(4) DAVID ROTHKOPF. "The real red line in the Middle East. FOREING POLICY, 30 de Junio 2014.

(5) BRIAN KATULIS, MOKHTAR AWAD Y HARDIN LANG. "Gatekeeper of the Jihad". FOREIGN POLICY, 18 de Abril de 2014.

(6) ROBIN SIMCOX."ISIS' Western ambitions". FOREIGN AFFAIRS, 30 de junio de 2014.


(7) "Can Iraq survive the ISIS storm". Entrevista de Mohamed Aly Sergie a F.Gregory Gause III, en COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS, 15 de Junio de 2014.

PALESTINA: UNA ATROCIDAD CALCULADA


                
La aparición de los cadáveres de los tres colonos adolescentes secuestrados el 12 de junio en las afueras de Hebrón (Palestina) ha desencadenado las habituales represalias del Gobierno israelí. Nada más confirmarse la tragedia, las fuerzas armadas realizaron una treintena de “precisas” operaciones  de castigo en la banda de Gaza, demolieron las casas de los dos sospechosos del secuestro y asesinato, dos palestinos (un barbero y un comerciante, en paradero desconocido desde la desaparición de los muchachos), realizaron una redada masiva y detuvieron a 400 personas militantes o simpatizantes de Hamas. Asimismo, un adolescente palestino ha sido secuestrado y asesinado, sin que de momento se conozcan las causas. Se sospecha que pudiera haber sido ajusticiado por extremistas judíos.
                
Por su intensa carga emocional, estos trágicos acontecimientos contienen todos los ingredientes para detonar una conflagración más amplia y de efectos más devastadores en Palestina. El secuestro de los muchachos a la salida de una escuela religiosa ha inflamado a los sectores más intransigentes de la sociedad y de la clase política israelí.

En los últimos años, la apuesta irresponsable y provocadora del gobierno israelí por la colonización continuada en los territorios palestinos ocupados han aislado a Israel de la comunidad internacional y, lo que resulta más grave, de su principal valedor exterior, Estados Unidos. Obama ha intentado en numerosas ocasiones que el primer ministro Netanyahu abandonara una política absolutamente incompatible con el proceso de paz. La acumulación de fracasos ha generado la mayor tensión en décadas entre Washington y Jerusalén.

El drama de estos días ha provocado una corriente de simpatía y solidaridad de la gran mayoría de la sociedad israelí por los colonos, según encuestas publicadas estos días en la prensa local. Es un fenómeno tan comprensible como seguramente efímero, ya que nunca como ahora ha estado la sociedad israelí tan escindida. Los sectores laicos, progresistas y moderadamente pacifistas están absolutamente convencidos de que la deriva extremista de Netanyahu, en parte forzada por las exigencias de sus socios ultras, pero también como fruto de sus propias convicciones cada vez más radicales , conduce al país al desastre.

La atrocidad de Hebrón y las consecuentes están cargadas de amenazas de más largo alcance. Si en el bando israelí, las tres semanas que han transcurrido entre el secuestro de los adolescentes y la aparición de los cadáveres han estado cargadas de tensión política y emocional, no menos ha ocurrido en el lado palestino.

LA UNIDAD PALESTINA, AMENAZADA

El presidente de la Autoridad Nacional, Mahmud Abbas, aparte de condenar los secuestros, se ofreció a colaborar con las fuerzas de seguridad israelí en las operaciones de rastreo y búsqueda de los muchachos. Esta decisión provocó un fuerte malestar en Hamas, que se niega a simpatizar con Israel por motivo alguno, aunque su dirección negara con rotundidad la implicación en el secuestro que le han atribuido desde un principio las autoridades israelíes.

El desencuentro palestino por este asunto es la primera carga de profundidad contra el gobierno nacional de unidad, formado recientemente, tras el histórico ‘acuerdo de reconciliación’ suscrito en abril. Aunque el ejecutivo palestino está formado en su integridad por independientes de perfil claramente técnico, con el inteligente propósito de no verse corroído por disputas políticas y/o ideológicas, la tensión entre Fatah y Hamas, las dos principales entidades políticas, puede desestabilizar en cualquier momento al gabinete del primer ministro Hamdallah´.

El presidente Abbas es consciente de que abundaban las fuerzas que intentarían boicotear la ‘unidad palestina’ desde el principio. Por eso, no ha querido dejar a Israel la mínima posibilidad de reprocharle complicidad o incluso pasividad en el caso del triple secuestro. Sus esfuerzos han sido parcialmente inútiles, porque el gobierno israelí ha despreciado la colaboración del presidente palestino con el argumento del doble juego: rechazar el terrorismo y seguir gobernando en colaboración con Hamas.

Aunque pueda resultar repugnante, lo cierto es que a Netanyahu le puede resultar políticamente rentable la tragedia de Hebrón, porque tiene un enorme potencial destructivo de la unidad palestina. Enfrentar a Fatah con Hamas es el objetivo de los líderes conservadores israelíes desde antes incluso de haberse fraguado la reconciliación. Si ya resultaba peligroso el gobierno palestino de unidad, la aceptación del mismo por Estados Unidos, con los correspondientes efectos de financiación (500 millones de dólares anuales) y reconocimiento diplomático lo convertían en insoportable.

Esta realidad, que nadie pone en duda, dispara las especulaciones sobre la autoría y motivaciones del secuestro y asesinato. Aunque los dirigentes de Hamas no hubieran ordenado secretamente la acción, no es descartable que sectores radicalizados o rebeldes de la organización, frustrados por el acuerdo con Fatah, decidieran actuar por su cuenta  y, aparte de cobrarse venganza, debilitar la unidad palestina. Sin embargo, algunos analistas israelíes (1) apuntan hacia otros presuntos responsables: Jihad Islámica, células salafistas de Al Qaeda o el Comité de resistencia popular. Todos estos grupos condenan el acuerdo de reconciliación, acusan a Hamas de entreguismo con el propósito de arrebatarle gran parte de su base social.

La debilidad de la otrora poderosa organización palestina es palpable y causa directa, precisamente, de su decisión de pactar con Fatah. La caída, hace ahora un año, del gobierno de los Hermanos Musulmanes en Egipto le colocó en una situación de extrema vulnerabilidad política y operativa. El nuevo gobierno, controlado enteramente por los militares, aunque bajo una engañosa apariencia civil y democrática, es completamente hostil a sus intereses.

En estas condiciones, Netanyahu puede sentir la tentación de aniquilar a Hamas o precipitar su regreso a posiciones radicales, lo que sería probablemente suicida y, en consecuencia, también destructivo. De momento, y aparte de las represalias señaladas, el primer ministro ha conseguido frenar los impulsos más vengativos del gobierno y aplazar la votación de ulteriores medidas, como ataques militares masivos o incremento de colonias. No ha debido pasarle desapercibido el tono de la reacción del presidente Obama, al urgir a “todas las partes a abstenerse de acciones que pudieran desestabilizar aún más la situación”.

(1) Entrevista a Shlomo Brom, ex-alto cargo militar israelí. en LE MONDE, 1 de julio de 2014.