CUENTA ATRÁS DEL BREXIT EN EL REINO (DES) UNIDO

29 de marzo de 2017
                
La cuenta atrás de la desvinculación europea de Gran Bretaña ha comenzado. La premier May ha remitido al Presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, una carta con la solicitud formal de activar el artículo 50 del vigente Tratado de la Unión. A esto se añade la presentación ante el Parlamento de un Libro Blanco sobre el que debe construirse la llamada great repeal bill o ‘Ley de la gran derogación’.
                
Si, por sí solo, el Brexit ya plantea dudas, interrogantes e incertidumbres enormes, la convergencia con otro proceso de separación, el posible Scotxit, es decir, la separación de Escocia del Reino Unido, compone un panorama de pesadilla. Para G.Bretaña y para Europa.
                
ESCOCIA: ¿EUROPA O GRAN BRETAÑA?

En la víspera del inicio formal del Brexit, el Parlamento escocés, dominado por los nacionalistas, votó a favor de solicitar de nuevo a Londres el permiso preceptivo para convocar otro referéndum de independencia. En el anterior, celebrado en septiembre de 2014, la iniciativa independista fue derrotada por casi diez puntos de diferencia.
               
Ahora corren otros tiempos. El Brexit fue rechazado en Escocia, igual que en Irlanda del Norte, en Londres, Liverpool o Manchester. Los territorios que gozan de autogobierno y los grandes núcleos urbanos viven mayoritariamente este proceso de separación de Europa con preocupación y escepticismo, como ya se sabe.

Pero Escocia es, sin duda, el terreno más hostil, con diferencia. Los escoceses manifestaron su deseo de permanecer en la UE por amplia mayoría: 62% frente al 38%. En el referéndum de 2014, la permanencia en el Reino Unido triunfó por un margen menor: unos diez puntos. En ese momento, votar independencia suponía desvinculación, al menos inmediata, de la UE, ya que Escocia se hubiera visto obligada a solicitar su ingreso como nuevo estado en el club europeo. Ahora, curiosa paradoja, resulta justo lo contrario. Muchos escoceses que antes preferían seguir en el Reino Unido, podrían ahora cambiar de opinión porque tendrían opción al “premio” europeo.

Naturalmente, no es que independencia del Reino Unido signifique permanencia automática en la UE, al producirse antes de consumarse el Brexit. Algunos países, entre ellos España, se opondrían a la permanencia de Escocia en la UE, tras su desenganche del Reino Unido. Pero el SNP considera que Escocia se encontraría en mejores condiciones negociadoras, ya que Londres, ya fuera de la Unión, no podría ejercer su veto decisivo. La confirmación de Escocia como estado independiente de la UE podría ser una realidad en un plazo de tres años, según algunas estimaciones (1).
                
La solicitud del Parlamento escocés fija la consulta entre el otoño de 2018 y la primavera de 2019, es decir, antes de que deba consumarse el Brexit. Pero Theresa May ya se ha anticipado su negativa, por considerar que ese proceso independentista debilitaría a Londres en la negociación con Bruselas y con las capitales europeas. Sturgeon ha anunciado que después de Pascuas presentará una estrategia para afrontar la negativa de Londres.
                
Los argumentos de ambas tienen fundamento, desde sus respectivas lógicas. A primera vista, el asunto parecería zanjado, puesto que May tiene la llave del calendario,. Pero aquí es donde entran los riesgos políticos de carácter estratégico. Una negativa contumaz de Londres podría engrosar las filas del independentismo y, aunque el eventual referéndum se celebrara después de consumado el divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea, la perspectiva de una ruptura británica sería mucho más probable.

De igual manera, una posición muy rígida de Londres, que derivara en el llamado hard Brexit, es decir, una ruptura radical, con escasos o nulos anclajes al continente, alimentaría también el resentimiento anti-tory no solo en Escocia, sino en los núcleos de población que no respaldan el divorcio (2).

Debido a estos riesgos, las dos dirigentes han tenido mucho interés estos últimos días en ofrecer un talante negociador, cada cual con su retórica y con la vista puesta en sus potenciales apoyos. Sturgeon dice mostrarse flexible en el calendario, ma non troppo. May apela a otro nacionalismo, el británico, la fuerza latente detrás del Brexit, para movilizar el voto unionista en Escocia y evitar que balanza de 2014 cambie de signo.

La analista Jannah Ganesh sostenía recientemente en el FINANCIAL TIMES que Sturgeon presenta un liderazgo independentista más peligroso para Londres, porque resultaba más convincente que su predecesor, Alex Salmond, carismático pero demasiado old style. La actual líder escocesa, aunque tiene posiciones progresistas, también domina el debate económico y financiero y utiliza argumentos más prácticos, menos emotivos.

UN CAMINO PLAGADO DE MINAS

Los laboristas, escoceses o británicos en general, se preparan para una batalla política que no es bienvenida. A la aparente oportunidad que representa una oposición implacable en la gestión institucional, con una defensa cerrada de las atribuciones del Parlamento, como hace un sector importante de la bancada tory, se contrapone el impulso unionista del Partido. Los laboristas escoceses confluyen con los conservadores en rechazar el referéndum antes de la culminación efectiva del Brexit. Una concordia que les puede dar votos en algunas zonas del Reino Unido, pero que le impedirá recuperar parte del electorado que ha emigrado en masa a los caladeros del SNP, desde el giro a la izquierda de los nacionalistas.

La cautelosa May (THE ECONOMIST llegó a denominarla Theresa May-be, por su indefinición en el proceso de gestión del Brexit) seguirá andándose con pies de plomo, debido a las contradicciones en su propio partido. La crítica permanente de los remainers, como el ex-premier John Major o el conspirador por excelencia contra Thatcher, Michel Helsetine, no es el riesgo mayor. Hay dos frentes de mayor zozobra. Uno, el enfrentamiento entre partidarios del Brexit blando y del Brexit duro; y dos, el celo de los parlamentarios tories que no quieren quedar marginados por el Gobierno en la negociación con Europa.

Este mismo mes, el selecto comité de los Comunes que se ocupa de este asunto sacó adelante, con apoyo de los conservadores, una llamada de atención al gobierno, al acusarlo de “negligencia” por no haber prestado adecuada atención a la posibilidad de un fracaso en las negociaciones de divorcio.

En un principio cameronita partidaria de la permanencia, pero luego ejecutora del Brexit sin remilgos, Theresa May pretende presentar una imagen de solidez, unidad y decisión ante la envergadura de la tarea que tiene por delante. La negociación puede tornarse agría, debido a determinados asuntos espinosos, como el estatus de los europeos residentes en Gran Bretaña, la deuda británica con la UE o el nuevo marco comercial (3). En algo coinciden casi todos los analistas, el Brexit no solo define un mandato, sino que puede arruinar una carrera política de los pies a la cabeza. 

NOTAS:

(1) “Four ways a second independence campaign would be different”, DAVID CLARKE. THE NEW STATESMAN, 21 de marzo.

 (2) Editorial. THE GUARDIAN, 17 de marzo.

(3) “Brexit: quatre enjeux pour a casse-tête”. LE MONDE, 29 de marzo.


FRANCIA: UNA CAMPAÑA NEUTRALIZADA

22 de marzo de 2017
                
El primer debate televisivo de los principales candidatos presidenciales marca el inicio informal de una campaña electoral en Francia. El resultado no ha cambiado casi nada: mucho autocontrol de los candidatos, apenas tensión, mensajes previsibles, sustancia limitada.
                
Después de lo ocurrido en Estados Unidos, los analistas se cuidan muy mucho de arriesgar en los pronósticos, pero si se elude el miedo al error, parece, a esta hora, que Macron, un candidato vagamente centrista, y Le Pen, la candidata más segura de sí misma, pasarán el corte el 23 de abril y competirán por el Eliseo en el pulso bis a bis del 7 de mayo.
                
Las posiciones de Marine Le Pen y de Jean-Luc Melenchon fueron las más definidas en el debate. La primera desde el ámbito de la renacionalización de las políticas públicas y de la política exterior, con un eje inequívoco: el control férreo de la inmigración y la recuperación de la soberanía total de Francia en detrimento de ciertas instituciones europeas fallidas. El segundo, desde una posición igualmente combativa, la llamada Francia insumisa, igualmente crítica con Europa, pero no desde sensibilidades nacionalistas sino de solidaridad social. Pero mientras que Marine Le Pen ha conectado con la frustración de las clases trabajadoras con mensajes simplistas y engañosos, Melenchon tiene un techo electoral de acero y Hamon no parece capaz de superar las contradicciones de su propio partido.
                
EL DESGARRO SOCIALISTA

En efecto, Benoît Hamon no es el candidato socialista. No del todo. Es uno de los frondeurs, es decir, de los que abjuraron del quinquenato hollandista, de los que se rebelaron contra la resignación o la rendición ante el austericidio. Interpretó el desencanto de las bases socialistas hacia sus dirigentes y abanderó el ánimo de rebeldía, el impulso de giro a la izquierda, de recuperación de los principios más combativos del socialismo democrático. Un empeño loable, pero igualmente perdedor. Porque llega tarde y porque se ignora, a estas alturas, qué apoyo tiene realmente Hamon en su propio partido.

El otro día, en un diario de fin de semana, el exprimer ministro Valls, el derrotado en las primarias, se defendía de las acusaciones de traición o de deslealtad hacia su compañero de partido, por negarle el padrinaje, una suerte de requisito que los aspirantes necesitan para confirmar su condición oficial de candidatos (1). El primer secretario del PSF, Cambadelis, coquetea claramente con Macron, como han hecho otros prominentes dirigentes socialistas. En suma, el candidato mayoritario de las bases socialistas es cortocircuitado desde dentro. La verdadera dimensión de Hamon se medirá en lo que algunos llaman “tercera vuelta”; es decir, las elecciones legislativas que seguirán a las presidenciales. Si Macron alcanza el Eliseo necesitará un legislativo que no sea un contrapoder, para evitar la temida y desgastante cohabitación (Presidente y Parlamento de distinto signo político). Pero ni eso puede garantizar el candidato socialista: ¿asistiremos a la enésima crisis del PSF? Dependerá del desempeño de Hamon en primera vuelta y de la lucha de clanes dentro del partido. Las perspectivas no son prometedoras.

Macron enfadó a mucha gente del PSF cuando quedó clara su ambición de suceder a su padrino y tutor político, el malhadado François Hollande. El más irritado fue Valls, que no dudó en considerarlo un oportunista. En realidad, le molestó que no esperara a que el Presidente resolviera sus dudas. Pero Macron, con su iniciativa, terminó de enterrar a Hollande y le ganó la posición a Valls. Una jugada muy hábil que el anterior primer ministro tardó en digerir. Pero su posterior fracaso frente al ala izquierda del partido le obligó al pragmatismo.

Si Valls hubiera vencido en las primarias socialistas, no estaríamos asistiendo a la aparente templanza que él ahora muestra hacia Macron, sino a una amarga letanía de recriminaciones redobladas. Muchos analistas piensan que Valls no ha renunciado a sus aspiraciones políticas y que las primarias socialistas pueden vivir una segunda vuelta, una volta face. Como hipotético líder socialista, Valls puede encontrarse más cómodo que Hamon poniendo precio a la colaboración que Macron necesitará como Presidente, porque no parece probable que la formación de éste (¡En Marche!), tenga tiempo para consolidarse como fuerza electoral de importancia. No bastará con una aportación centrista. Tendría que contar con una defección socialista masiva, y eso puede conducir a la liquidación práctica del partido. y otras no serán en absoluto suficientes.

RESONANCIA GISCARDIANA PARA FRENAR A LE PEN

El gran problema de Macron es que puede resultarle más fácil ganar que gobernar. El éxito momentáneo de su mensaje se debe, en gran parte, a la debilidad de sus adversarios en las dos alas del centro. O dicho con más propiedad, en el paisaje político convencional, a izquierda y derecha. Pero no se puede trazar un previsible programa del candidato Macron, más allá de lugares demasiado comunes. Un europeísmo de los noventa, un positivismo facilón, una indefinición imposible de no confundir con oportunismo. Algunos quieren ver en Macron el Giscard del siglo XXI: conciliador, europeo, pragmático. Más etéreo, menos patricio, más cercano, menos altivo (2)  

Marine Le Pen, venenosa sin concesiones, sintetizó el perfil político de su aparente rival de la segunda vuelta con una codificación brillante: es el “vacío sideral”. O en tono más personal: “llevo oyéndole siete minutos y soy incapaz de resumir su pensamiento”.

Macron evitará el choque, la idea de pugnacidad, incluso con la candidata populista, a la que algunos, no sin parte de razón, sigan llamando ultraderechista, pero que acreditará el mayor porcentaje de voto obrero y trabajador… blanco, por supuesto, de todos los candidatos. Como Trump, en cierto modo, pero no exactamente igual. Marine Le Pen podrá no ganar, pero ha fijado los elementos clave de estas elecciones. Ha hecho un trabajo eficaz en liberar al partido de su imagen más bronca, más áspera, más extrema. Ha redefinido el tradicional nacionalismo francés, con trampas, pero también con problemas sociales reales. Sus recetas desagradan, pero sus rivales no han sido capaces, ni en la derecha ni en la izquierda, de oponer mensajes y discursos más creíbles, más coherentes (3). Para la derecha, un bochorno. Para la izquierda, una tragedia, casi una amenaza existencial.

Y puestos a utilizar referencias teatrales, ninguna como la que le encaja a Fillon, el favorito de hace un par de meses solamente. Fillon pretendía parar a Le Pen como lo intentó hacer Sarkozy: robándole parte de su mensaje nacionalista, pero desde aproximaciones tradicionales, desde el neoliberalismo económico y el conservadurismo social. Y encima, con la seriedad que el expresidente nunca pudo adquirir.
               
El candidato de la derecha ha pasado de presunto ganador a un más que probable ex próximo presidente.El candidato de la derecha ha pasado de presunto ganador a un más que probable ex próximo presidente Una especie de Hillary Clinton de la política francesa. Perfectamente dotado para el cargo, pero abrasado por cuestiones relacionadas con su credibilidad, por una torpeza que pasará a los anales de la política francesa. Le ha lastrado un asunto si se quiera menor, pero muy dañino, porque ha proyectado esa impresión de impunidad propia de una casta que podía hacer casi lo que quisiera, sin temor a una sanción.
             
En fin, de aquí al 23 de abril no deben esperarse muchas novedades. Ni de los favoritos, porque una tiene tiene muy definido su mensaje (Le Pen), y el otro porque no quiere definirlo en absoluto (Macron). Tampoco de los outsiders:  o porque no tienen posibilidad real de ser otra cosa (Hamon y Melenchon), o porque hace tiempo que perdieron el tren de la victoria (Fillon).


(1) JOURNAL DU DIMANCHE, 19 de marzo.

(2) “Le macronisme est un nouveus giscardismo”. THOMAS GUENOLÉ. LE MONDE, 16 de marzo.


(3) “As French election nears, Le Pen targets voters that her party once repelled”. NEW YORK TIMES, 19 de marzo.

HOLANDA: LAS IDEAS ULTRAS AVANZAN MÁS QUE SUS VOTOS

16 de marzo de 2017
               
El avance nacional-populista en Europa parece desacelerarse, a tenor de los resultados (aun provisionales) de las elecciones holandesa. Es comprensible que el actual primer ministro, Mark Rutte, hable de “rechazo del populismo” o que su afín alemana, la canciller Merkel, se exprese en términos casi idénticos, con menos cautela de la que en ella es habitual. Pero el resultado merece un análisis más cuidadoso y las conclusiones no deberían ser muy optimistas.

TRUMP COMO VACUNA

Es cierto que el llamado Partido de la Libertad, del bombástico Geert Wilders, no ha experimentado el auge que se esperaba hace unos meses. Aun así, gana en votos y sobre todo en escaños (tenía 15 y pasará a contar con 20). En realidad, en las últimas dos semanas los sondeos ya anticipaban el frenazo de la euforia que respiraban sus huestes tiempo atrás.

Wilders ya había descontado lo insuficiente de su tirón. Entre los motivos que explican el frenazo pueden citarse ciertos excesos verbales (mayores de los habituales), o su errático fin de campaña, con ausencias dictadas por miedo a un atentado o por guiños tácticos de difícil lectura.  No debe descartarse el efecto negativo que ha podido tener el desastroso inicio de mandato de su inspirador, el imprevisible Trump. Las meteduras de pata del Presidente norteamericano no han embellecido el espejo en el que Wilders se ha proyectado a veces. Pero más que los errores propios o los de sus semejantes de fuera, al nacional-populismo le ha contenido la exitosa estrategia de sus rivales más próximos, los partidos tradicionales de la derecha holandesa.

EL GIRO NACIONALISTA DE LOS CONSERVADORES

El partido gobernante holandés, liberal-conservador, ha conseguido mantener un margen suficiente para encabezar el futuro gobierno, de coalición, por supuesto. Pero en la batalla electoral se ha dejado 8 o 9 escaños y, lo que resulta más inquietante, se ha hipotecado a un discurso que, sin ser xenófobo, se acerca la sensibilidad avivada por los populistas. 

Rutte ha asumido la fórmula sarkoziana de fagocitar los mensajes del Frente Nacional para embellecerlos luego con retórica moderada, liberal o republicana. De la misma manera, el primer ministros holandés respaldó el giro de Merkel y la CDU en el asunto de la inmigración y la política de acogida a los desplazados de países devastados por la guerra.

Un sociólogo de la Universidad de Utrecht lo ha definido con lucidez: algunos de los partidos tradicionales se han movido en una dirección más nacionalista, aprovechando del viento que impulsaba el auge populista”. Efectivamente, los cristiano-demócratas, con un discurso también más nacionalista, han subido apreciablemente (6 escaños), y otros euroescépticos menos estridentes que Wilders suman 5 escaños.

Al cabo, muchos partidos en el Parlamento: algo habitual y natural en Holanda. El sistema proporcional favorece la fragmentación, pero no la explica por completo. El electorado holandés reparte sus apoyos desde hace décadas y apuesta claramente por gobiernos de coalición. La fuerte participación refleja el interés social por estos comicios.

Especial atención merece el derrumbamiento de los socialdemócratas del Partido laborista, socios desventurados en el gobierno de Rutte y paganos estrepitosos de la política de austeridad, que ellos han defendido abiertamente. Pierden 28 o 29 de los 38 escaños y quedarán reducidos a una condición casi marginal en el nuevo Parlamento. Holanda es el último acto de la tragedia socialdemócrata europea, que necesita asumir una autocrítica sincera y convincente, repensar programas y elaborar estrategias coherentes y eficaces.

La sangría del socialismo democrático ha aprovechado a los ecologistas, que, con el triple de diputados que tenían ahora, se convierten en el quinto partido del país y ganan bazas suficientes para entrar en el gobierno, si lo desean. Han encabezado el discurso anti-populista y, juntos con los liberales progresistas del D-66, han recogido los votos de los sectores más alarmador por el auge nacionalista (2).

LA OPORTUNA CRISIS CON TURQUÍA

La mutación discreta y calculada de los liberal-conservadores se ha reflejado en la artificial e innecesaria, pero muy oportuna crisis con Turquía de los últimos días, justo los inmediatos a la cita electoral.

En tiempos de confusión y crispación, nada mejor que la agitación de las pasiones nacionales para pescar en río revuelto, aunque lo obtenido termine a la postre por resultar de lo más indigesto.

La firmeza de Rutte al enfrentar los propósitos demagógicos Erdogan en la campaña del referéndum que debe confirmar el reforzamiento de sus poderes y el giro autoritario en Turquía no responde a la defensa del llamado orden liberal. Rutte ha visto en la crisis una oportunidad para presentarse como un candidato fuerte, sólido y firme frente a los aspectos políticos más negativos de otras culturas, que casualmente vienen acompañadas del peso excesivo de la religión, y más concretamente del credo musulmán.

Al populismo autoritario e islamista conservador de Erdogan, Rutte parece haber optado por oponer una intransigencia basada aparentemente en principios liberales, pero orientada a afianzar otro tipo de nacionalismo, menos bronco, más presentable. De otra forma no se entiende que se haya impedido a miembros del gobierno turco participar en actos políticos destinados a sus emigrantes nacionales en Holanda. También en esto Rutte sigue la estela alemana, aunque sus urgencias electorales eran mayores y las circunstancias lo han colocado en vanguardia de la crisis, mientras el gobierno de Merkel ha podido situarse en una posición relativamente menos expuesta.

A Erdogan le ha venido bien esta refriega, de ahí que haya avivado el fuego con todo tipo de acusaciones e imprecaciones. La alusión a los nazis constituye una provocación calculada, más que el efecto de la ofuscación producida por la humillación infligida a los altos cargos turcos. Un analista y académico turco residente en Europa, Cengiz Candar, coincide con el exembajador europeo en Ankara, Marco Pierini, en que la política exterior turca es sólo un apéndice de la política interna y en concreto de los planes y ambiciones del Presidente. Sin duda, es así, pero no es algo exclusivo de Turquía. Hay motivos para pensar que ese mismo reflejo ha operado en Holanda y se puede detectar en potencias europeas de superior rango.  

Lo más probable es que, después de las elecciones, las aguas vuelvan a su cauce. La bronca entre aliados no es nueva, pero suele resolverse de manera más diplomática. Incluso la llaga greco-turca ha permanecido bajo control durante décadas, con algunos episodios aislados de mayor virulencia. Por mucho que Erdogan multiplique sus gestos amistosos e interesados con el Kremlin, Turquía necesita a la OTAN, es decir a Estados Unidos, pero también a Europa Occidental, si quiere que su proyecto político genere una hostilidad que no pueda dominar.

NOTAS

(1) “Geert Wilders falls short as wary Dutch scatter their votes”. NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(2) LE MONDE, 15 de marzo (varios artículos).

(3) “Turkey’s domestically dirven foreign policy”. MARCO PIERINI. CARNEGIE EUROPE, 27 de febrero.


LA DERIVA AGRIA DE LA OTRORA PLÁCIDA HOLANDA

8 de marzo de 2017
                
Comienza la semana próxima el maratón electoral más inquietante en la reciente historia de la perpleja Europa. Nunca antes las formaciones políticas moderadas se habían visto sometidos a tantos y tan amenazantes desafíos en las urnas.
                
Holanda es la primera prueba del año. Insólito hasta hace poco tiempo. Como en otros países fundadores de la Unión, los nacional-populistas (creo que ésta formulación es más precisa que la de extrema-derecha) figuran como favoritos en las encuestas, aunque su fuerza parece que se ha debilitado en las dos últimas semanas.
                
UNA FIGURA PROVIDENCIAL

El gran líder es Geert Wilders. O más que líder, hombre orquesta, casi un sumo sacerdote de la holandidad, si se permite el barbarismo. Se le corta el traje ideológico con pocas palabras: nacionalista a ultranza, xenófobo sin disimulos, enemigo declarado de la integración europea, adicto a los redes sociales y enfant terrible de la escena nacional. Amigo confeso de Israel, desde que pasó un periodo de juventud en un kibutz, curiosamente un modelo de inspiración socialista. El provocador político holandés es un especialista en agitar el debate con todo tipo de manifestaciones, tuiters y pronunciamientos gruesos. (1) En suma, el estilo Trump de incorrección política que tanto parece seducir a Esperanza Aguirre.

No en vano, Wilders es, de todos estos líderes nacional-populistas europeos, el más cercano al inquilino de la Casa Blanca (el único, en todo caso, que consiguió entrada en la Convención del pasado verano en Cleveland). Incluso tiene su Bannon, el diputado Martin Bosna, uno de los teóricos de este neo-nacionalismo europeo. Pero incluso sus críticos le conceden mayor inteligencia y habilidades políticas que al magnate estadounidense. Con estas credenciales, Wilders es algo así como el macho-alfa de la camada ultra en Europa (2).

Así lo contemplan también algunas organizaciones ultraconservadoras de Estados Unidos, que le han brindado apoyo económico, tanto para sus actividades políticas como para afrontar causas judiciales por panfletos y documentales anti-musulmanes (3)
               
Wilders teme por su seguridad. Mucho. Hasta el punto de interrumpir su campaña, o de refugiarse en los tweets y eludir actos públicos. Hace poco, los servicios de seguridad detuvieron a un ciudadano de origen marroquí relacionado con el hampa local que preparaba, supuestamente, un atentado contra él. Lo pusieron pronto en libertad, al comprobar que el individuo era un fanfarrón y poco más. Pero Wilders no se fía y ha restringido sus apariciones públicas. No se sabe si para protegerse o para blindar su ventaja en los sondeos (4).

UN PARLAMENTO FRAGMENTADO, UNA COALICIÓN TRABAJOSA

El Parlamento holandés cuentan con 150 diputados. Los nacional-populistas del Partido por la Libertad (extravagante nombre para lo que representan) podrían obtener en torno a un 20%, es decir, unos 30 escaños. Los liberal-conservadores del actual primer ministro Rutte rondan el 16%. A continuación, aparecen en los sondeos los liberales europeístas del D-66, los ecologistas del Partido de la Izquierda Verde y luego los dos partidos del espectro socialistas los socialistas de izquierda y los laboristas (social-demócratas), éstos últimos muy debilitados por su apoyo a las políticas de austeridad: uno de sus dirigentes, el ministro de finanzas, Jeroen Dijsselbloem, es el actual presidente del eurogrupo.

Todos los cálculos probables anticipan que será preciso una coalición de cinco partidos para asegurar una mayoría eficaz de gobierno. Nadie acepta entenderse con el partido de Wilders, ni siquiera los liberal-conservadores que ya experimentaron esa agria experiencia en otro tiempo, hasta que Wilders rompió la baraja. El problema es que, sin Wilders, las cuentas se quedan muy estrechas. Todos confían en que se repita lo que hasta ahora viene siendo habitual: que los nacional-populistas se desinflen en las urnas. Pero este momento es distinto.

UNA CARRERA METEÓRICA

El auge de Wilders se apoya en dos asesinatos. El político Pym Fortuny y el cineasta y documentalista Theo Van Gogh, dos destacados portavoces de la supuesta “islamización de Holanda”, fueron asesinados en 2002 y 2004, respectivamente. Hasta esa fecha, la xenofobia parecía controlada en el país. En la última década ha crecido de manera inquietante y Holanda ha aportado algunos de los teóricos más vociferantes de la xenofobia europea, aunque cueste creerlo en un país con unas tradiciones de libertad, tolerancia y protección social más sólidas del continente. Wilders, por tanto, no ha inventado nada, pero le ha dado a la xenofobia populista un alcance que no había tenido antes. Con toda soltura utiliza expresiones como “chusma marroquí” y otras lindezas.

A sus rivales políticos les preocupa su capacidad para poner en evidencia e implantar en los votantes las debilidades, contradicciones, incumplimientos y fracasos de los demás. Quizás por eso, sin asumir de forma clara el discurso xenófobo, algunos partidos holandeses se han mostrado mucho más proclives al control migratorio y se han desmarcado de la idea merkeliana, ya corregida, de puertas abiertas a los refugiados (5). Como hizo Sarkozy en su momento ante el auge del Frente Nacional.

Wilders ha conseguido también debilitar el compromiso de la sociedad holandesa con el proceso de construcción europea. Durante décadas, los dutch figuraban siempre entre los más adeptos, como integrantes del núcleo fundador (e incluso antes, con la constitución del Benelux). Pero como sostiene Kem Korteweg, analista del londinense Centro para la Reforma europea, las cosas están cambiando muy sensiblemente (6).

Desde fuera de Holanda sorprende que, entre algunas minorías por lo general discriminadas en no pocos países, como los homosexuales, crezca el apoyo electoral a esta Partido por la Libertad. La explicación parece sencilla. Esas minorías ven en el Islam, o al menos en algunos de sus exponentes, una amenaza de intolerancia y negación de la libertad individual. De hecho, Fortuny era gay y su discurso ahondaba en esta desconfianza hacia el crecimiento de la población musulmana en Holanda.

Con 17 millones de habitantes y una superficie similar a la de Extremadura, Holanda es el país más densamente poblado de Europa, como es de sobra conocido, y el peso de la población de origen extranjero ha crecido en las últimas décadas, sin duda, pero no llega a la cuarta parte del total. Dos de las comunidades más numerosas son los marroquíes y los turcos, con 400.000 cada una, en números muy redondos. La acumulación de estas minorías en determinados barrios de ciudades neerlandesas ha disparado la xenofobia.

Pero el factor fundamental ha sido el debilitamiento del estado de bienestar. Holanda ha sido considerado muchos años por el Instituto Brueghel como un país más del llamado “modelo nórdico”, debido a la fortaleza y amplitud de su sistema de protección social. La crisis ha deteriorado eso notablemente. La conocida sensación, en parte real, en parte inducida, de que “no hay para todos” es un mantra también ya en Holanda.

Los nacional-populistas apelan a las capas más modestas de la población autóctona, porque son ellas las que “compiten” con los inmigrantes por la consecución de las ayudas. Este discurso de protección de los trabajadores nacionales, un mantra en Le Pen, en Trump, de la Liga Norte italiana o en los alemanes de AfD, es también el reclamo electoral de Wilders. El líder populista acusa a los partidos de izquierda de haberse refugiado en un electorado funcionarial o de empleados públicos, cuando no de la burguesía acomodada, y de haberse olvidado de los obreros y empleados, de los más vulnerables ante la crisis económica  y social.

NOTAS

(1) “Why the Dutch are drawn to right-wing populist Geert Wilders”. SEBASTIAN FABER. THE NATION, 21 de febrero.

(2) “Geert Wilders, reclusive provocateur, rises before Dutch vote”. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.

(3) “Before the elections, Dutch fear Russian medling, but also U.S. cash”. NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(4) “Dutch Trump even scares his own brother”. NADETTE DE VISSER. THE DAILY BEAST, 28 de febrero.

(5) “Aux Pays-Bas, le leader d’extrême droite Geert Wilders domine la campagne des legislatives”. LE MONDE, 28 de febrero.

(6) “How the Dutch fell out of love with the EU”. KEM KORTEWEG. CARNEGIE ENDOWMENT IN EUROPE, 2 de marzo.    


ALEMANIA: ¿DEL PROBLEMA A LA SOLUCIÓN?

1 de marzo de 2017
                
Europa mira al Oeste (Estados Unidos) con inusitado estupor y al Este (Rusia) con creciente aprensión. En estos momentos de perplejidad y desconcierto, el proyecto europeo se fragiliza, escasean las visiones lúcidas y transformadoras, se agotan los discursos que han conformado el relato colectivo durante más de medio siglo y se percibe una ansiedad excesiva por aferrarse a una referencia de solidez y estabilidad. Y muchas miradas, aunque no haya un consenso absoluto, convergen en el corazón del continente: en Alemania.
                
Quién lo habría de decir: Alemania, como esperanza de eso que ha convenido en llamarse el “orden liberal mundial” (1). Alemania, la gran potencia desestabilizadora del siglo pasado, renace de sus cenizas (materiales y morales), para erigirse de nuevo en el faro y motor del destino europeo.
                
En la segunda mitad del siglo XX lo hizo bajo el signo de la contrición y la autocrítica, de la modestia de gigante sin ambiciones de poder, para purgar un pasado de poder ilimitado. Se acuñó una fórmula resultona para definir el papel de Alemania la Europa próspera de las post-post-guerra: un gigante económico y un enano político.
                
Hasta que llegó el derrumbe de la Unión Soviética y se alumbró la oportunidad de la reunificación. La Alemania entera, sin divisiones, superada la humillación de la derrota y sus consecuencias prácticas, jugó un papel un tanto equívoco desde 1990 hasta la gran recesión de primeros del presente siglo. Se mantenía el discurso de la modestia política, pero su influencia, su peso, su descomunal capacidad para imponer su modelo de “capitalismo renano” se ha terminado imponiendo. Incluso a costa de factores que se consideraban intocables, como el famoso eje franco-alemán, motor y elemento equilibrador del proyecto europeo.
                
Esa visión un tanto anestesiada del nuevo poderío alemán saltó por los aires en Europa con los efectos devastadores de la austeridad, del modelo defendido a machamartillo desde Berlín (o desde Frankfurt). Algunos críticos, con ácido resentimiento, vieron en la política económica alemana la cristalización actual de las divisiones mecanizadas hitlerianas.
                
Por eso, durante esta última década, los defensores de un proyecto europeo de progreso focalizaron en Alemania, en el relativo consenso nacional en torno al nuevo poderío germano, el núcleo del problema: la intransigencia, la rigidez germana, como tópico distintivo de un supuesto carácter nacional o cultural. En realidad, el retroceso de los derechos sociales, el incremento de la desigualdad y otros elementos negativos que ha dejado la crisis no sólo ha sido consecuencia de esa visión obsesivamente anti-inflacionista imperante en Alemania, sino de las concepciones neoliberales de inspiración y desarrollo anglosajonas.
                
Ahora, en plena sacudida exterior, desde el Este y el Oeste, Europa se siente más insegura que nunca en medio siglo, con la eclosión de amenazas que se suponían superadas (el expansionismo ruso) y el aparente desestimiento del gran aliado al que se consideraba impertubable (la América egoísta/egotista que Trump representa).
                
Y en este panorama de incertidumbre sin precedentes, Alemania pasa a convertirse en la gran esperanza de esa “Europa de siempre”. Se olvidan las heridas de la austeridad y se evoca la Europa de los valores. El elemento catalizador de esta transformación un poco mágica fué la crisis de los refugiados, ese espejismo de Alemania como protectora de los más débiles, de los desamparados, en una Europa asustada, replegada, ahogada en su miedo (2).
              
LA MADRE SEVERA PERO JUSTA


Y a falta de proyecto, de programa, de compromiso político colectivo, se perfila la búsqueda afanosa de la figura ancla o providencial, no en el trágico sentido de la historia alemana, sino en la moderna concepción protectora. Ahí se reinventa a Ángela Merkel (3).
                
La solidez de la canciller como potencial líder europea no proviene de unas maneras fuertes, del tradicional autoritarismo prusiano. Por el contrario, lo que la ha afirmado durante unos años como referencia ha sido su capacidad para hacer valer su agenda sin estridencias, con firmeza, pero sin estrépitos. Una madre severa pero justa.
                
Y, sin embargo, la incuestionabilidad de la gran dama europea empieza a diluirse. Con inesperada rapidez y con sorprendente origen. Ha sido dentro y no fuera de su país donde ha empezado a minarse el liderazgo de Merkel. Más aún: no ha sido desde la oposición, ni siquiera desde sus socios/rivales socialdemócratas donde empezó a cuestionarse su invulnerabilidad política. Ha sido desde su partido, o desde la formación gemela de su partido en la siempre incómoda Baviera (4).
                
¿Por qué este cambio más o menos brusco? ¿Por qué se ha pasado la solidaridad de las estaciones de ferrocarril acogiendo a los refugiados expulsados de Centroeuropea al ‘síndrome de nochevieja’, es decir a la visión de los refugiados, de los extranjeros procedentes de regiones de guerra o de pobreza como potenciales terroristas, violadores o delincuentes?
                
Por los atentados, por supuesto. O quizás habría que decir: por la lectura deformada, por las exageraciones conscientes e inconscientes de la amenaza terrorista. Pero también por la tensión subyacente, no siempre explicita, en el seno de la sociedad alemana. Hace tiempo que una corriente xenófoba, populista, neonacionalista iba cobrando fuerza y tomando cuerpo en Alemania. Como en el resto de Europa. Y del mundo. Alemania no estaba tan vacunada de sus demonios, como los propios alemanes pensaban y los demás ciudadanos europeos habíamos llegado a creer (5).
                
Ahora que aguardamos con sobrecogimiento el resultado de las elecciones en Holanda o en Francia, debemos preocuparnos seriamente por la dimensión que esas fuerzas del desprecio sean capaces de alcanzar en Alemania el próximo mes de septiembre. Pero debemos desterrar la inmadura idea de que Merkel es una especie de tótem imprescindible para conjurar ese peligro. No es la afirmación de la Alemania que ella representa la solución a los errores, fracasos, miedos y fantasmas de Europa. No es la idea de un liderazgo personal como timón de un orden liberal a la deriva lo que debe imponerse en el discurso europeo.

LIMITES DE LA POSIBLE RECUPERACIÓN SOCIALDEMÓCRATA

Surge ahora la posibilidad de una nueva oportunidad de la socialdemocracia en Alemania (6). El candidato del SPD a la cancillería, Martin Schulz, ha impulsado en las encuestas al viejo partido de los trabajadores alemanes, tras una década larga de derrotas (7). Pero sería un error pensar que la relativa recuperación electoral de la socialdemocracia alemana puede ser, por si sola, un principio de solución a los problemas europeos.

Schulz pertenece a un sector menos acomodaticio del SPD, pero no es un recién llegado ni un exponente inequívoco de renovación. Ha presidido durante años un Parlamento europeo incapaz de conjurar la deriva. Ha criticado la austeridad, sin duda, pero se ha mantenido en la disciplina de un partido que erosionó los principios del socialismo europeo con la famosa agenda 2000 del excanciller Schröder.  

Además, aún ganando, el SPD y el propio Shulz tendrán que encontrar socios para gobernar, y lo más probable es que se vean obligados a repetir la fórmula de la gross coalition. La rivalidad de campaña puede resolverse en la convergencia de la gestión de gobierno: invertido el orden de los factores, pero inalterado el producto final

NOTAS

(1) “Merkel and the defense of the liberal order”. JUDY DEMPSEY. BROOKING INSTITUTION, 5 de enero.

(2) “Looking to Germany. Whar Berlin can do and can´t do for the liberal order”. STEFAN FRÖHLICH. FOREIGN AFFAIRS, 29 de enero.

(3) “Merkel, last stand”. PAUL HOCKENOS. FOREING AFFAIRS, 14 de febrero.

(4) “Merkel Should Beware Bavarians, Not Populists”. DAVID CLAY LARGE. FOREIGN POLICY, 3 de enero.

(5) “Germany’s Far Right now flirts with Hitler”. JOSEPHINE HUETLIN. THE WASHINGTON POST, 16 de febrero.

(6) “Angela Merkel, peut-elle perdre les prochaines elections législatives allemandes? THOMAS WIEDER. LE MONDE, 23 de febrero.

(7) “Meet Martin Schulz, the Europhile populist shaking up Germany’s elections”. CONSTANZE STENZENMÜLLER. THE WASHINGTON POST, 27 de febrero.


DE UN DONALD A OTRO DONALD: LA DESOLACIÓN EUROPEA

22 de febrero de 2017
                
Trump tuitea, se va de la lengua o reinterpreta la política exterior. Sus colaboradores próximos (los sensatos, los profesionales) acuden a enmendar sus ocurrencias, a embellecer sus ideas. O sea, a enmendarle la plana.
                
Con Europa, el inquilino de la Casa Blanca se ha empleado a modo. Con ese gusto que tiene por decir lo primero que se le ocurre (pocas cosas sensatas), ha conseguido algo que parece más que difícil: irritar a los dirigentes europeos. A éstos, si algo les caracteriza, generalmente, por tradición, trayectoria y cultura, es su templanza, o su cinismo, para responder a las críticas o a las declaraciones hostiles.
                
Pero Trump no es un político de la oposición, ni un analista o un periodista ácido, ni el portavoz de un movimiento social o antiglobalización. Es, aunque cada día cueste más aceptarlo, el Presidente de los Estados Unidos. Y lo que dice tal altísimo responsable internacional, sólo por decirlo, tiene consecuencias. No termina de entenderlo.
                
LA DIFÍCIL MISIÓN DEL COMANDO AVANZADO

La Conferencia de Múnich es un foro convencional de la seguridad europea, donde suelen escucharse opiniones, evaluaciones y sugerencias todo menos sorprendentes. De vez en cuando, alguien se sale del guion y agita a los aburridos informadores enviados a cubrir el evento. Como en 2003, cuando el entonces Secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, dijo aquello de que Alemania y los países que se oponían a la invasión de Irak eran la “vieja Europa”; en cambio, la “nueva Europa”, o sea la mayoría de los antiguos países del Pacto de Varsovia (o algunos “iluminados”, como la España de Aznar) comprendían con clarividencia la significación de la decisión del entonces Presidente Bush (W).
                Ya conocemos el desastre en el que se resolvió aquella iniciativa respaldada por la “nueva Europa”. En esa Europa supuestamente emergente han anidado numerosos partidos xenófobos, racistas y populistas sin muchos escrúpulos. Aunque, para ser honesto, en la vieja Europa no están libres de esos mismos peligros. Y en todos ellos, en el viejo y el nuevo continente, admiradores, o al menos oportunistas seguidores, de este otro Donald.
                Estos días en Múnich, cuatro altos miembros del gabinete Trump han intentado que se olvidaran las torpes afrentas cometidas por su locuaz jefe en las últimas semanas (1). Tirando de ese manual diplomático que Trump desprecia con insolente ignorancia, el Vicepresidente Pence, el Secretario de Estado, Tillermann, el de Defensa, Mattis, o el de Seguridad Interior, Kelly (éstos dos últimos, ex generales) han reiterado el mismo mensaje oído desde hace más de medio siglo: compromiso inequívoco e incondicional de EE.UU. con la seguridad de Europa, reafirmación de los valores, principios y objetivos largo tiempo compartidos. Compromiso pleno y solidario con el vínculo transatlántico. Eso sí: paguen usted más por la defensa europea, que si no será difícil convencer por mucho tiempo al Jefe de la utilidad de la Alianza. Con lo que está cayendo, mensaje erróneo (2).

No vale de mucho que los guardianes de la política europea (Tusk, Stontelberg, Junker) recuperen en público la sonrisa y digan lo que corresponde para que parezcan superados los malentendidos. Por si acaso, Alemania y Francia (vieja Europa) recuperan el recurrente proyecto de una defensa europea autónoma (3), aunque sin cuestionar la vigencia de la Alianza Atlántica. Nada nuevo, en realidad, pero la recuperación de la propuesta en estos momentos no puede ser pura coincidencia.

LA SOMBRA DEL IMPEACHMENT

Desde una Casa Blanca donde se trasnocha mucho viendo la televisión, se estropeó el discurso que los afanados escuderos habían intentado recomponer en Múnich. Trump produjo uno de sus creativos tuiter sobre el daño que la inmigración descontrolada había hecho en Suecia (insinuando un atentado terrorista inexistente). Y como le salieron al paso para sacarlo de su error, se despachó de nuevo con los medios (fake media) que no le siguen el juego.
                
Trump ha batido todos los récords de impopularidad de un ocupante de la Casa Blanca a estas tempranas alturas. No existe casi nadie, desde la derecha conservadora hasta la izquierda más crítica que no se tire de los pelos ante la perspectiva de cuatro años así. Ya empieza a molestar tener que escribir todo el rato de lo mismo: el monotema. Pero ¿podemos sustraernos a ello cuando la incompetencia, la irresponsabilidad o el caos parecen haberse instalado en el Despacho Oval?
                
Se le pasan a uno las horas leyendo lo que inteligentes analistas del poder político en Estados Unidos llevan escribiendo desde el 20 de enero, día de la inauguración presidencial.  Algunos se dejaron incluso ganar por la esperanza de que el triunfador de las elecciones (en la suma del Colegio de compromisarios) se dejara arrastrar por la cordura. Pero tras un espejismo inicial de amabilidad y aparente moderación, se desató el caos.
                
Trump se comporta en la Casa Blanca como en los mítines de campaña. Falta, insulta y descalifica más que propone, orienta o indica. La preocupación en EE.UU. alcanza límites desconocidos. Algunos ya ven en el recién estrenado Trump los indicios patológicos del Nixon de los últimos días. La institución, desprestigiada. La clase política, on fire. La nación, en vilo. Los aliados, sobrecogidos. Es la “niebla de Trump”, en palabras de David Rothkopf (2). ¿Acabará su mandato o será destituido? Éste es ya uno de los tópicos de conversación en Washington. No faltan los motivos, pero sus turbias relaciones con Rusia se destacan como las más peligrosas para la estabilidad de su mandato.
                
Hay una Europa que ve en Trump una oportunidad inesperada para medrar, para hacer avanzar sus causas demagógicas y peligrosas, para conseguir éxitos electorales impensables hasta hace poco. Pero hay otra Europa que asiste espantada a los que se proyecta desde EE.UU.  De poco sirven cantinelas business as usual como las proclamadas por sus segundos en Múnich. Cuando el Presidente se deje caer por este lado del Atlántico (Londres, obligada primera parada) ya puede anticiparse lo que ocurrirá: protestas, manifestaciones incluso más numerosas que las que en su día se dedicaron al otro Donald y a su jefe (W), una brecha sin precedentes en la alianza atlántica.

En tiempos del Brexit, del desafío xenófobo, del envite nacionalista-populista, una visita de Trump es lo último que se necesita por estos quebrantados pagos. Mejor que no venga, por ahora, le deben estar sugiriendo desde Berlín, París, Roma, Bruselas, ¿Madrid?).

El 8 de noviembre pasado, mientras se desarrollaban las votaciones en el encantador barrio de Georgetown, un enclave liberal del perímetro de Washington, unos apoderados (o lo equivalente de tal figura allí) de Hillary Clinton me decían que confiaban en la victoria de la candidata demócrata, porque, de lo contrario, Estados Unidos se convertiría en el hazmerreír de todo el mundo y en la vergüenza del país. ¿Les parece que exageraban?

NOTAS

(1)    “Trump team meets Europe”. BRUCE JONES. BROOKING INSTITUTION, 19 de febrero.

(2)    “Trump aides try to reassure Europe, but may remain wary”. HELENE COOPER. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

(3)    “Berlin veut fair advancer l’Europe de la defence”. LE MONDE, 14 de febrero.

(4) “The fog of Donald Trump”. DAVID ROTHKOPF. FOREIGN POLICY, 14 de febrero.

FRANCIA: EL NACIONAL-POPULISMO, AVANT LA LETTRE

15 de febrero de 2017
                
A poco más de dos meses de las elecciones presidenciales, Francia tiene en vilo a gran parte de Europa. Cuando aún no se ha digerido la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la perspectiva de que Marine Le Pen ocupe el Eliseo desde la próxima primavera añade un factor de preocupación indisimulable.
                
Quizás como antídoto contra el alarmismo, numerosos analistas políticos y técnicos demoscópicos aseguran que el sistema electoral francés hace muy difícil la victoria de la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta, resignados a que pasará el corte en la primera ronda del 23 de abril. Para ser Presidenta de la República, Marine Le Pen tendría -argumentan los optimistas- que vencer al candidato que supuestamente apoyarían el resto de formaciones políticas: sería Marine contra todos. Con pocas posibilidades de salir victoriosa.
                
¿Puede asegurarse tal cosa? En absoluto.
               
¿EL FINAL DE LA V REPÚBLICA?

Resulta un poco inútil enredarse ahora en unas encuestas u otras. Marine Le Pen aparece como favorita en todas ellas. Sólo esta emergencia reciente de Emmanuel Macron (poco sorprendente, por lo demás), le discute la primera posición en la primera vuelta. El exministro/pupilo de Hollande se perfila como candidato “por encima de todas las ideologías” para frenar la “vergüenza” de un escenario a lo Trump en Francia. El propio Macron se postula de tal guisa cuando dice que hay que superar la fractura derecha-izquierda para vencer el peligro que supone la irrupción ultraderechista. No sería de extrañar que algunos empiecen a compararlo, aquí, en España, con el Ciudadano Rivera, aunque con otro empaque. Y otro aire.
                
Que a Macron le estén saliendo ahora las cuentas no quiere decir que su candidatura sea sólida. Su programa es el no programa. Ambigüedad y vaguedad. El electorado francés está muy apegado a la tradición. Los dos bloques, más o menos elásticos, que han conformado la dinámica de la V República se han percibido hasta ahora como inalterables. Estas elecciones, sin embargo, podrían romper ese molde, si Le Pen y Macron, dos disidentes de ese sistema, cada uno a su manera, se alzan con el privilegio de competir por el Eliseo el 7 de mayo.
                
En la escalada demoscópica de Macron pesa tanto el escándalo que amenaza con minar la candidatura de François Fillon, como la corrosión interna del Partido Socialista y la fragmentación subsecuente de la izquierda más radical. El candidato de Los Republicanos (ex gaullistas y algo más) está enredado en el affair de los empleos ficticios de su señora y sus hijos, y ahora le surge un grano más con un posible fraude fiscal de su portavoz.
                
Las bases socialistas confirmaron el desapego hacia “su gobierno” del quinquenato que ahora se extingue con pena máxima y gloria nula eligiendo como candidato a la cabeza visible de los frondeurs, los diputados rebeldes. Benoît Hamon infunde cierta ilusión en esa masa de funcionarios públicos, intelectuales orgánicos y clases medias que no se dejan seducir por los cantos de sirena lepenistas ni por las propuestas mesiánicas de la izquierda más contestataria. Hamon ha desbancado al izquierdista Melenchón para ocupar una desmayada cuarta plaza, y aspira a unir fuerzas con él para optar a la sorpresa. Se ha rodeado de un equipo entusiasta y cuenta con el respaldo firme de la gran dama del socialismo francés, la exministra Martine Aubry, y la emergente alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Dos generaciones de mujeres del PSF para conjurar una crisis agónica del partido más fragmentado de la socialdemocracia europea.

Nadie cree, sin embargo, que sea suficiente haber vencido al aparato, al Eliseo y a Matignon, a esa inercia destructiva que corroe a la socialdemocracia europea. El PSF llega tarde a estas elecciones. Durante su etapa de gobierno, en vez de adelantar el reloj de los cambios, ha perdido el tiempo en componer un inane discurso de acomodación a la austeridad, la debilidad programática y la fragmentación autolesiva.
                
¿LE PEN CONTRA TODOS?

Ciertamente, la dicotomía centro-derecha/centro-izquierda, santo y seña del devenir político francés y europeo, está cuestionada por un nacionalismo que parece abandonar los cauces de lo correcto para incursionar en el terreno del populismo. La versión francesa de este fenómeno, diferente a la que ha triunfado en Estados Unidos, aúna el auge del sentimiento nacional con la decepción del desempeño de la izquierda. Pero, atención, no es Le Pen después de Trump. Marine había llegado antes, con discurso, con partido y con base social. Al mágico Donald le ha valido con la atracción fatal de los medios y la negligencia de la clase política.

La mayoría de los votos de Marine Le Pen no provienen de los ricos, o de la franja más extrema del nacionalismo, sino de cientos de miles, millones de trabajadores decepcionados por la falta de respuesta eficaz del socialismo a la crisis económica, la desindustrialización, el malestar de las banlieus, la inversión social, los aspectos más controvertidos de la inmigración, el incremento escandaloso de la desigualdad. El Frente Nacional no es de izquierdas, ni pretende serlo. Pero sí aspira a convertirse (lo es ya, en gran medida) en el partido de los trabajadores perdedores de la globalización; de los trabajadores franceses, a los que ni siquiera les vale con la compensación menguante de los beneficios sociales para paliar los devastadores efectos del paro. Para escuchar estas voces de obreros transmutados, es muy recomendable un reportaje de hace unas semanas en THE NEW YORK TIMES (1).

Le Pen y Trump comparten esa apelación de voto a los trabajadores “blancos” resentidos por el resultado social de la crisis. “América Primero” es la versión adaptada de “Francia para los franceses”, la divisa con la que el Frente Nacional ha estado resistiendo más de treinta años en los márgenes del sistema. Ha hecho falta que diez años de inclemente crisis haya terminado por hacer saltar las costuras del tensionado modelo social francés para que lo inimaginable se convierta en plausible. La victoria de Trump lo ha hecho factible.

Con la misma convicción con la que los analistas consideraban en octubre que Trump no podía ser Presidente, por miles de razones, casi todas ellas de una solidez aparentemente incuestionable, ahora sostienen que, como ha ocurrido antes, el temido éxito del Frente Nacional se quedará en espejismo.  

Fillon, en una maniobra que huele a desesperación, ha advertido que su eliminación en primera vuelta equivaldría a la consagración de la victoria de Marine Le Pen. “No puedo asegurar que la mayoría de mis votantes le vuelvan la espalda a la candidata del Frente Nacional para respaldar a un candidato de izquierdas”, ha venido a decir. Razonable. Pero, a la inversa, tampoco puede darse por seguro que el electorado de izquierda lo vote a él, sólo para evitar un triunfo de la candidata ultranacionalista, como hicieron con Chirac. Ha pasado mucha agua bajo los puentes del Sena para asegurar tal cosa. La base electoral de la izquierda está desanimada, desconcertada o, algo peor, adherida al engendro xenofóbico del obrerismo nacionalista, o del populismo, para entendernos mejor con el lenguaje al uso.

Pase lo que pase estos dos meses y pico, Francia dejará de ser una esperanza europea para convertirse en un dilema entre lo malo y lo peor.

(1) “Macron, the maverick”. KEMAL DERVIS.BROOKING INSTITUTION, 8 de febrero; “Emmanuel Macron steps into France’s political void”. NYT, 13 de febrero.

(2)    “La peur du loup Front Nationel”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 10 de febrero.

(3)    “Benoît Hamon dévoilé son équipe de champagne”. LE MONDE, 11 de febrero

(4)    “Will France sound the death knell for socialdemocracy”. JAMES ANGELOS. NYT, 24 de enero.