EE.UU: EL GOBIERNO DE LAS TOGAS

 23 de septiembre de 2020

La muerte de Ruth Bader Ginsburg, una de los nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos (SCOTUS), ha abierto un nuevo frente de agria confrontación en una ya muy enrarecida campaña electoral. A mes y medio de la decisión (al menos sobre el calendario oficial),  nunca han sido tantas las dudas sobre el funcionamiento normal de la provisiones electorales, legales e incluso constitucionales.

La democracia norteamericana, discutible desde su patricios orígenes, está siendo cuestionada incluso por los actores menos sospechosos de espíritu crítico. Más allá del corrosivo “efecto Trump”, al sistema se le están abriendo las costuras. Las fallas estructurales quedan en evidencia, el liderazgo se debilita o se presenta caduco o inmaduro, se atribuye a una inevitable polarización la ausencia de soluciones prácticas y se escamotean las razones profundas de la crisis general. La nación vive una crisis de confianza más profunda aún que la experimentada a finales de los sesenta, durante el clímax del trauma vietnamita.

UN EQUILIBRIO DE DEPENDENCIAS

En Estados Unidos se denomina “Gobierno” al conjunto de los tres poderes del sistema liberal: ejecutivo, legislativo y judicial. En Europa utilizamos “Estado” para referirnos a ese entramado institucional. Tiene sentido práctico esa distinción nominal. El sistema de equilibrio de poderes (check and balance)  funciona de manera algo diferente en la democracia formal norteamericana. Cada rama del “gobierno” ejerce sus atribuciones con plena conciencia no sólo de su poder autónomo, sino de su capacidad para limitar, vigilar y condicionar a los otros dos, de forma diferenciada en cada caso. Y, sin embargo, en este mecanismo de compensación se genera una fuerte dependencia mutua.

El legislativo puede vetar una decisión presidencial y dejarla en suspenso. Pero el Jefe del ejecutivo tiene capacidad para neutralizar el veto del Congreso y hacer efectiva su decisión. Hay materias en las que el Presidente puede actuar sin control parlamentario (las órdenes ejecutivas), aunque el terreno de actuación es siempre polémico.  

El Tribunal Supremo, máximo expresión del poder judicial, constituye una suerte de gobierno paralelo, en el sentido de que sus sentencias condicionan la interpretación de las leyes producidas por el Congreso y validan o impugnan las decisiones de la administración. Y, sin embargo, el SCOTUS depende por completo de los otros dos poderes. El Presidente es el que elige a los aspirantes. Pero, para acceder a la magistratura, el seleccionado debe ser ratificado por el Congreso.

Una vez investido, el juez supremo lo es de por vida, y sólo puede ser recusado tras un complejo y complicado proceso en el que se demuestre delito o incompetencia para ejercer el cargo: una suerte de inviolabilidad, que excluye, al menos teóricamente, interferencia política alguna. Los togados más elevados atesoran un inmenso poder, prestigio social e institucional y no están sometidos al veredicto de las urnas ni a las presiones del juego político. Los nueve jueces del Supremo constituyen el sanedrín más exclusivo e imperturbable de la democracia norteamericana: se sobreponen a todos los frentes de la intensa e inagotable batalla política.

Por eso, la desaparición física, biológica de un juez supremo (jueza, ahora) supone un acontecimiento mayor, y más si acontece en plena campaña electoral. Y que haya sido en la de este año, precisamente, resulta el colmo. El país vive episodios  sublevación ciudadana contra el racismo policial (reflejo del institucional y el social), la desigualdad y la degradación vital.

PRINCIPIOS MARXIANOS

La greña es fácil de entender. Un presidente tan infradotado para el respeto de las normas y antítesis de la elegancia política como es Trump no deja que se le escape una oportunidad. Ginsburg era claramente progresista: feminista, defensora de la elección de la mujer en el aborto y de los fundamentos legales de la reforma sanitaria de Obama (1). Trump pretende sacar partido de su desaparición reforzando la actual mayoría conservadora con la selección de una aspirante (mujer reemplazará a mujer) cuya orientación conservadora esta fuera de dudas. La gran favorita, Amy Coney Barrett, es una ferviente y sólida católica, antiabortista (2) y otras que se manejan en el despacho oval no le van a la zaga.

Los legisladores republicanos están encantados de que así sea (3). Si el establishment GOP ha tolerado al presidente hotelero, a pesar del desprecio que le profesan, es porque se ha avenido a respaldar la agenda ultra del GOP. Se le admiten sus pecadillos de soberbia, incompetencia y pésimo gusto. Lo tratan como a un mal pasajero que deja, empero, un rédito aprovechable para sus intereses.

No les importa a los republicanos contradecirse a si mismos, ni violar intelectualmente los principios que tan ardorosamente proclamaron en 2016, cuando Obama propuso al liberal moderado Merrick Garland para ocupar la plaza vacante tras la muerte del ultraconservador Scalia. Los republicanos argumentaron que resultaba impropio que un presidente saliente (no había posibilidad de reelección porque Obama agotaba su segundo mandato) determinara el pulso futuro de la máxima interpretación legislativa. Amparados en la mecánica dilatoria del filibusterismo parlamentario consiguieron que se agotaran los plazos y Garland se quedó compuesto y sin plaza.  

Obama presentó la candidatura de Garland a ocho meses de las elecciones. Trump se dispone a hacerlo (este próximo fin de semana, dice) cuando falta sólo mes y medio para la decisión ciudadana. Pero a Mitch McConnell, que es el líder de la mayoría republicana en el Senado ahora y en 2016 se le han olvidado los principios. Como el partido de Obama siguió  adelante con su empeño entonces, que se atenga ahora a las consecuencias, ha insinuado. Aplicación práctica de los principios marxianos (de los geniales hermanos).

BIDEN ELUDE LA PELEA

Los demócratas están encendidos, pero no todos por igual. El ala izquierda clama pelea y movilización. Si se sigue adelante con la ignominia, reclaman que de lograrse la victoria en el ejecutivo y en el legislativo, se inicie el proceso para incrementar el número de jueces en el SCOTUS, para compensar la mayoría conservadora actual con el ingreso de nuevos togados liberales/progresistas (4). Observadores más templados reclaman un cambio de reglas (5).

El comedido Biden hace mutis por el foro. En sus comparecencias públicas de estos días elude el asunto: se centra en Trump, en su incompetencia para contener el COVID, en su estilo autoritario y divisor. Cree que el foco en el factor humano desacredita a su rival (6).  Una analista apreciada por los demócratas como Anne Applebaum avala esta estrategia (7).

Al cabo, Biden es coherente con su trayectoria. De un puro producto del sistema como él no cabe esperar otra cosa. Los pesos pesados de su partido que han resultado derrotados en unas primarias erráticas y paradójicas como pocas se han conjurado para apoyarlo, pero le demandan más energía, más determinación y riesgo. Biden se refugia en un discurso prudente y buenista, como si temiera cometer un error fatal (a lo que es muy proclive).

Las encuestas predicen que la estrategia puede resultar, aunque ya nadie se fía, después de lo ocurrido en 2016. Bien es verdad que la posición de Trump es más débil que hace cuatro años, incluso en sus feudos obreros y blancos de los llamados estados clave. Después de la experiencia abrasiva en la Casa Blanca, el gris y tenue Biden quiere oficiar de bálsamo de la nación. Unificador y pacificador: un healer (sanador). Así se presenta el candidato demócrata y así quiere que el electorado lo vea.

 

NOTAS

(1) “Justice Ginsburg’s judicial legacy of striking dissents”. THE NEW YORK TIMES, 20 de septiembre.

(2) “To conservatives, Barrett has a ‘perfect combination’ of attributes for Supreme Court”. THE NEW YORK TIMES, 20 de septiembre.

(3) “The Supreme Court may be about to take a hard-right turn”. THE ECONOMIST, 22 de septiembre.

(4) “A dangerous moment for the Court. And the country”. MARY ZIEGLER. THE ATLANTIC, 21 de septiembre,

(5) “Judicial term limits are the best way to avoid all-our war over the Supreme Court”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 21 de septiembre.

(6) “Biden’s moderation contrasts with Democrat rage as court fight looms”. THE WASHINGTON POST, 21 de septiembre.

(7) “If you care about the Court, don’t talk about It. Fixating on the open Supreme Court seat will provoke a culture war”. ANNE APPLEBAUM. THE ATLANTIC, 20 de septiembre.

EUROPA: FOCOS DE TURBULENCIA EN LA PERIFERIA

 16 de septiembre de2020

La Unión Europea afronta el inicio del curso político bajo el peso del rebrote de la pandemia, con desigual incidencia según los países pero con un mismo sombrío panorama económico y, sobre todo, social. Según la OCDE la crisis será cuatro veces más grave que la provocada por el caos financiero de 2009. Por si esto no fuera suficiente, la UE tiene que atender al menos a cuatro frentes de conflicto exterior para los que no se avizoran soluciones fáciles ni rápidas.


1) BREXIT: MAGIC JOHNSON

El premier británico tiene sobre su mesa las previsiones económicas más complicadas de Europa, tras una gestión caótica, errática y demagógica del COVID-19. La cómoda mayoría de la que disfruta en Westminster le proporciona cierto margen de maniobra. Pero al recurso que pretende agarrarse es, por supuesto, el Brexit. El divorcio de Europa fue su lanzadera política hacia el 10 de Downing Street y ahora está dispuesto a convertirlo en su barco de rescate. De forma claramente provocadora e innecesaria, ha vuelto a abrir una crisis de confianza con Bruselas y las capitales europeas, reinterpretando de forma muy sui generis el acuerdo de separación. Tras unos contactos fallidos y sospechosamente orquestados por sus cómplices mediáticos, Boris Johnson ha llevado al Parlamento un ley de mercado interior que cuestiona las bases del trabajado y trabajoso Brexit. Su discurso es el mismo de siempre: Europa quiere seguir imponiendo sus normas al Reino Unido, sostiene, ahora mediante trampas en la letra pequeña (1).

Algunos prominentes dirigentes tories del sector europeísta han puesto el grito en el cielo (como el expremier Major, entre otros) o le han escamoteado el apoyo (caso de su antecesora, Theresa May, amparada en un viaje fuera de Gran Bretaña. También algunos de sus en otro tiempo colaboradores directos se han pasado a un confuso y reducido sector crítico. No hay que dejarse confundir con la luz de gas a la que Johnson es tan aficionado. No es un extremista del Brexit, pero juega a serlo de manera oportunista, precisamente para neutralizar a ese sector de su partido que amenaza con reconstituir ese fracción rupturista que gravita en la derecha del partido conservador, como señala agudamente Owen Matthews (2).

La UE tendrá que hacer acopia de paciencia y templanza para no caer en las trampas políticas y enredos tácticos del primer ministro británico, al que no le sobran escenarios placenteros. La confianza en un Tratado de libre comercio con Estados Unidos se antoja más esquiva cada día, a medida que se complica la reelección de Trump.


2) RUSIA Y BIELORRUSIA: TERRENO HELADO

Tampoco será fácil lidiar con Putin, quien, tras muchos cálculos, ha decidido apostar por la continuidad del autoritario Lukachenko en Bielorrusia, sin pillarse los dedos de manera irreversible. La oposición mantiene sus movilizaciones de presión los fines de semana, pero el régimen se pertrecha, reforzado por el auxilio de Moscú y las escasas opciones de la comunidad occidental (3). A priori, Europa cuenta con la baza de una presidencia fuerte como la alemana. Pero la ecuación es más complicada. A pesar de su firmeza frente al Kremlin, la canciller Merkel no ha querido arriesgar la joya de la corona de la cooperación económica con Moscú: la segunda fase del gasoducto Nord Stream. Ahora, Bielorrusia y el caso Navalny pueden obligarla a cambiar de opinión (4) .

Los médicos alemanes que han atendido al principal opositor ruso en un hospital de Berlín aseguran que resultó envenenado con Novichok, una sustancia que suelen utilizar los servicios rusos de inteligencia (por ejemplo, para atentar contra el desertor Skipral, en el Reino Unido).  El Kremlin ha puesto el grito en el cielo y ha exigido pruebas, insinuando que Navalny pudo haber sido envenenado en Alemania. No está el aire limpio para negociar una solución razonable en Bielorrusia.

Aunque de momento no estemos en el escenario Crimea, todo puede agravarse en pocos días. Pero no es Obama quien está en la Casa Blanca, sino un presidente mentiroso, compulsivo y paranoico, enfangado en una campaña que le marcha fatal. Sufre además de  ataques de parálisis cuando le hablan de enseñar los dientes a Putin. Por primera vez desde 1945, Europa no puede contar con Estados Unidos para abordar una crisis internacional.


3) MEDITERRÁNEO ORIENTAL: GAS INFLAMABLE

De gas también , y de los más inflamables, trata el tercer foco de conflicto a la vista para la UE, aunque en realidad cabría hablar, por extensión, de la OTAN. El despliegue naval turco, griego y francés registrado el pasado mes de agosto y aún en desarrollo ha puesto de manifiesto el casi imposible diálogo con el socio turco, el segundo ejército aliado, que cada día se presenta más intratable. Una confusa, enrevesada y muy polémica disputa por la soberanía sobre unos depósitos marinos de gas se ha convertido en una especie de pulso militar propio de otros tiempos  y de otras zonas del mundo (5).

Explicar el conflicto llevaría más espacio del que tenemos en estas líneas. Quedémonos con esto: Erdogan se ve abocado a un conflicto vivo y ruidoso con sus aliados para apuntalar su relato nacional-populista. Grecia es su adversario natural, pero es la Francia de Macron a la que reta con su retórica y con sus buques de guerra (6). Los dos dirigentes ya se cruzaron invectivas muy poco amables hace unos meses, insólitas entre aliados. Es ya tendencia que todo lo que puede empeorar lo haga.

En esa misma zona irritada del Mediterráneo se está fraguando una nueva edición de la crisis de los refugiados, después del incendio que ha destruido el campamento griego de Moria. Se ha habilitado un parche de emergencia que tendrá un recorrido corto y polémico (7). Merkel recuperó buena parte de su capital político internacional con su posición en la crisis de los refugiados de 2015. Ironías de la historia, bajo su presidencia europea va a tener que responder de nuevo a un desafío menor cuantitativamente pero igualmente espinoso (8). En esta ocasión no podrá contar con la escapatoria de la vía turca, con la que entonces liberó de presión a sus renuentes socios europeos. Erdogan ya no es un socio fiable.

La guerra en Siria se ha sofocado (no terminado). Pero no en Libia, donde esta Turquía oficia de actor de primer orden. Un alto el fuego incierto ha detenido las hostilidades, tras el fracaso del general Haftar en su plan de asaltar Trípoli y derrocar a un débil gobierno de islamistas moderados, apoyado muy discretamente por la comunidad internacional, pero de forma muy efectiva por Turquía. El gas inflamable del Mediterráneo tiene una ramificación explosiva en la atormentada Libia. Las opciones europeas son limitadas y se ven lastradas por la equívoca posición francesa, que formalmente respalda al gobierno oficial, pero no ha dejado de poner huevos en la cesta de Haftar, agudizando así su enemistad creciente con Turquía.

Frentes de turbulencia en la periferia de Europa que la inminencia de las enrarecidas elecciones americanas y el delicado desafío estratégico de las futuras relaciones con China en poco o nada ayudan a afrontar.

NOTAS

(1) “Brexit: internal market bill passes by 77 votes amid Tory party tension”. THE GUARDIAN, 15 de septiembre; “Brexit: pourquoi les négotiations patinent. CÉCILIE DUCOURTOIX. LE MONDE, 8 de septiembre.

(2) “Boris Johnson’s plan to get Brexit Done and ‘hang the consequences’”. OWEN MATTHEWS. FOREIGN POLICY, 10 de septiembre.

(3) “Loukachenko remet son destin dans les mains de Poutin”. BENOIT VIKINE. LE MONDE, 15 de septiembre.

(4) “Germany debates halting contentious Russian pipeline project”. DER SPIEGEL, 4 de septiembre.

(5) “How did the Eastern Mediterranean become the eye of a geopolitical storm”. MICHAËL TANCHUM. FOREIGN POLICY, 18 de agosto; “Turkey’s search for oil may spill over into conflict with Greece”. SIMON HENDERSON. THE HILL, 13 de agosto de 2020.

(6) “Tensions dans le Mediterranée. France au secour de la Grèce fase á la Turquie. LE MONDE, 14 de agosto.

(7) “Réfugiés en Gréce. ‘Moria c’est fini’”. LE COURRIER DES BALKANS, 14 de septiembre;

(8) “The Moria catastrophe and the EU’s hypocrital refugee policy”. DER SPIEGEL, 11 de septiembre.

JAPÓN: SUCESIÓN CANTADA, FUTURO INCIERTO

 9 de septiembre de 2020

La dimisión del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, formalmente por motivos de salud, a finales de agosto, abre un nuevo frente de incertidumbre en Asia, en un momento de grandes zozobras por la inestabilidad en Hong-Kong, los efectos persistentes del coronavirus, la renovada hostilidad entre Pekín y Delhi, los planes de refuerzo militar de China en los archipiélagos marítimos en disputa y el empuje nacionalista en toda esta vasta región mundial.

Lo único que puede asegurarse en la sucesión japonesa es el nombre del futuro primer ministro. Será Yoshihide Suga, el actual secretario general del Gobierno, encargado de la portavocía y comunicación y mano derecha de Abe. Continuismo puro y duro, que la mayoría absoluta del partido gobernante, el Liberal Demócrata (coaligado con el pequeño grupo conservador Komeito) refuerza aún más.

Japón tiene uno de los sistemas políticos más estables del mundo. De los más rígidos y esclerotizados, también. Setenta años de pensamiento único, de alternancia real, de innovación política casi nula. El envejecimiento demográfico del país arrastra, de alguna forma, el endurecimiento de las arterías políticas nacionales (1).

ABE: UN BALANCE DE CONTRASTES

Shinzo Abe ha estado diez años en el poder, en dos etapas: una inicial en 2006-2007 y luego desde 2012 hasta la fecha. En esta segunda es cuando planteó su proyecto de cambio, conservador de talante pero de alcance ambicioso, articulado en tres ejes fundamentales: mayor agilidad de los procedimientos burocráticos en la gestión del país; nueva orientación económica, que combinaba criterios liberales con fomentos keynesianos de crecimiento económico; y una dinámica política exterior que reforzará el papel de Japón en el mundo, mediante una diplomacia personal muy enérgica y una revisión profunda de las capacidades militares.

El balance de la era Abe es complejo. Se le reconocen éxitos en materia económica, el aligeramiento de los abrumadores aparatos, normas y prejuicios tradicionales. El tiempo de la deflación crónica, iniciado en la década de los noventa parece haber quedado atrás, pero los índices de crecimiento prometidos por el dimisionario primer ministro no se han producido. La media supera muy ligeramente el 1% de media anual, por debajo del objetivo fijado (2%).

Japón salió de la crisis financiera mundial 2012, antes que Europa e incluso que Estados Unidos, pero la actual pandemia ha puesto el reloj de nuevo a cero. El PIB ha caído casi un 7,8% en el último trimestre y se espera una detracción anual de un 24% (2).

La política exterior ha sido quizás el campo de mayor visibilidad del liderazgo de Shinzo Abe. Para un político nacionalista y populista como él, la amplitud del escenario internacional era una tentación irresistible.

El gran proyecto de Abe fue sacudirse los complejos de la era imperial, superar esa penitencia del derrotado (y humillado) y recuperar para las fuerzas de defensa nacional misiones, tareas y convicciones propias de una potencia mundial de primer orden. Para ello debía cambiarse la constitución, abrogar el carácter exclusivamente defensivo del aparato militar, modernizar los arsenales armamentísticos y afirmar una nueva política de defensa activa de los intereses nacionales (3).

A pesar de haber realizado avances significativos en materias prácticas, el cambio constitucional no ha podido llevarse a término al no reunir el consenso parlamentario necesario. Sectores pacifistas o simplemente conservadores de la sociedad japonesa se movilizaron para frenar las ambiciones de Abe. Incluso en su propio partido surgieron resistencias palpables.

No obstante, Abe ha sabido proyectar una imagen de líder fuerte, indiscutido e indiscutible, respetado por aliados y rivales y capaz de cubrir vacíos y riesgos. Con Trump ha sabido forjar una relación muy del gusto del presidente hotelero: primacía del toque personal, informalidad del diálogo frente a la dinámica institucional y gusto por la cultura de los negocios como contrapeso a las presiones burocráticas.

El logro más sobresaliente de Abe ha consistido en mantener la interlocución con Trump, sin poner en peligro la relación con Pekín. Ciertamente, los conflictos territoriales con China no han avanzado sustancialmente, debido a la identidad nacionalista de ambos gobiernos. Pero el primer ministro saliente ha caminado sobre el campo de minas con visible habilidad.

En gran parte, esto se ha debido a su capacidad para ejercer un cierto liderazgo regional. Tras la retirada de Estados Unidos del Tratado de libre comercio en la zona de Asia Pacífico, Abe asumió la responsabilidad de mantener en espíritu y en la práctica esta piedra angular del orden liberal en Extremo Oriente. 

En los últimos años, Japón ha incrementado sus relaciones bilaterales con Australia e India, dos actores regionales que, en mayor o menor medida, contrarrestan la voluntad hegemónica de China. Sin embargo, las relaciones con Corea del Sur se han agriado notablemente, debido a la arrogante manera de gestionar el eterno dossier de las mujeres coreanas utilizadas como esclavas sexuales durante la segunda guerra mundial (4).

AUSENCIA DE CARISMA

Suga no parece especialmente dotado para mantener este protagonismo exterior de Abe. Carece de experiencia en política internacional, apenas si ha viajado fuera del país y no se le conocen ideas propias en este terreno. Su baza reside en el conocimiento de los aparatos de poder (legislativo, partidista y burocrático), la fidelidad al modelo que parece asentado en el país y una garantía de estabilidad sin sobresaltos que dopa la política japonesa de las últimas tres generaciones. Nada excitante pero aparentemente seguro.

Los analistas contraponen estas dos realidades. La apreciada estabilidad no alcanzar para acometer los cambios profundos que el país necesita y la audacia que se precisa para avanzar en las tareas que Abe ha dejado incompletas. Suga parece carecer de ambición para un propósito de esa envergadura.

Hace décadas que Occidente dejó de contemplar a Japón como un gran rival que se tragaba empresas y amenazaba con imponer su dominio sobre la economía mundial. Hoy es un socio distante, viejo y remolón, con algunos accesos del mal humor, pero no demasiado inquietantes.

China sabe que ha superado en casi todos los terrenos a su ancestral adversario regional, pero debe contar con él para afianzar sus intereses. Japón sigue siendo, con todas sus contradicciones, el principal baluarte del orden occidental en Asia.


NOTAS

(1) “Le départ de Shinzo Abe, une chance pour la démocratie au Japon”. ASAHI SHIMBUN, 31 de agosto; “Course à la succession de Shinzo Abe dans un Japon inquiet”. PHILIPPE PONS Y PHILIPPE MESMER. LE MONDE, 3 de septiembre.

(2) “Abe’s legacy is more impressive tan his muted exit suggests”. THE ECONOMIST, 3 de septiembre.

(3) “Abe’s resignation is en unexpected test”. JAMES L. SCHOFF. CARNEGIE, 3 de septiembre.

(4) “Abe ruined the most important democratic relationship in Asia”. S. NATHAN PARK. FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.

TRUMP SE DESLIZA HACIA LA PARANOIA

3 de septiembre de 2020

A dos meses exactos de las elecciones presidenciales, el ambiente político en Estados Unidos se enrarece por momentos. La crisis racial se agrava y amenaza con producir nuevos episodios de violencia y enfrentamiento social, la emergencia sanitaria está lejos de estar controlada, aunque parece disminuir en los últimos días (seis millones de casos y 183.000 muertos) y la perspectiva de una agria polémica sobre los resultados parece inevitable. 

En una entrevista con Fox Televisión y en sus habituales exabruptos en redes sociales, el presidente de las 20.000 mentiras atribuyó a su rival una sarta de imputaciones negativas falsas, envueltas en una confusa y deshonesta narrativa de conspiraciones. Biden estaría manejado por elementos “tenebrosos” relacionados con la extrema izquierda (1). Incluso para lo que Trump nos tiene acostumbrado, estas manifestaciones son fruto de un desesperado intento por revertir el pulso de las encuestas y sugieren un estado mental paranoico incompatible con la función que supuestamente ejerce (2).

El candidato demócrata trata de denunciar la deriva demencial de su rival, con mensajes de moderación y de conciliación, como haría, con mayor o menor sinceridad, cualquier dirigente político merecedor de tal responsabilidad. Frente a la aseveración de Trump de que Biden será una especie de marioneta de esas fuerzas oscuras, el vicepresidente con Obama aporta su trayectoria de político moderado, partidario de la ley y el orden, alejado de cualquier radicalismo. La selección de Kamala Harris como número dos refuerza este antídoto frente a la demagogia trumpiana.

Pero no es la vileza de las imputaciones de un presidente desmandado lo que más inquieta, sino un conjunto de amenazas a la normalidad del proceso electoral. Aparecen de nuevo indicios preocupantes sobre interferencias de Rusia, o sus agentes, en forma de mecanismos informáticos de desinformación o intoxicación (3), que no son sino una prolongación de otras formas más burdas de propaganda de los sectores más serviles a Trump.

LA SOMBRA DE UNA LARGA NOCHE ELECTORAL

Más grave son los indicios de una crisis constitucional si, como ya hemos señalado en estas páginas, el actual inquilino de la Casa Blanca se agarrase al sillón del despacho oval, se negase a conceder la victoria de Biden y denunciase un inventado intento de fraude. Las dificultades puestas al voto por correo (4), preludiado por el intento fallido de reducir fondos al servicio postal (Trump se ha visto obligado a dar marcha atrás), o una interpretación sesgada y maliciosa del voto popular son algunos de los desvelos recurrentes estas últimas semanas entre no pocos expertos en el sistema político y electoral norteamericano. Trump, con sus veladas y expresas amenazas, no ha hecho nada por reducir esa inquietud, sino todo lo contrario. Ya lo hizo en 2016, precisamente por estas fechas, cuando Hillary Clinton le aventajaba en todas las encuestas. Con más motivo ahora que las previsiones son más negativas y su gestión esta sepultada bajo la catástrofe sanitaria, el descrédito internacional y la incitación al odio y la confrontación racial.

En efecto, Biden acredita una sustancial ventaja en todas las encuestas fiables, aunque esto represente poco después de lo ocurrido hace cuatro años. Pero el candidato demócrata en esta ocasión despierta mucho menos rechazo entre las bases demócratas e incluso en los sectores republicanos más templados.

Más decisivo puede resultar el cambio de ánimo entre las bases que dieron a Trump la victoria en 2016. El estudio detallado de las preferencias declaradas en circunscripciones donde puede decidirse la votación refleja una quiebra de la confianza en las recetas expeditivas y milagrosas de Trump y un respaldo, con mayor o menor convicción, a Biden, como ha puesto de manifiesto un trabajo de la delegación estadounidense del semanario THE ECONOMIST (5).

“SORPRESAS” Y MANIPULACIONES

En todo caso, es aún muy pronto y pueden ocurrir muchas cosas que alteren esta tendencia. Biden puede cometer errores (no sería extraño en un político famoso por sus gafes). O Trump puede usar sin empacho sus prerrogativas presidenciales con fines descaradamente electoralistas. Ha roto, desconocido y hecho mofa de muchas normas de neutralidad institucional como para no esperar que continúe con la misma tónica.

El último indicio de esto último es la comunicación del Centro de prevención de enfermedades sobre una posible vacuna contra el COVID a primeros de noviembre. Los profesionales más prestigiosos y neutrales han sido neutralizados y este organismo supuestamente técnico ha sido puesto al servicio de la propaganda presidencial. Trump necesita urgentemente una “bala de plata” con la que revertir una trayectoria calamitosa en la gestión de la crisis sanitaria. Tras los sonoros fracasos de sus ocurrencias anteriores, la ansiada vacuna tiene un enorme poder de seducción para una población harta y desesperada.

También debe esperarse alguna que otra “sorpresa de Octubre”, como ocurre en casi todas las campañas electorales norteamericanas. Hace cuatro años fue el asunto de los correos electrónicos de Hillary Clinton, comandado por el entonces director del FBI, que terminó rompiendo de manera escandalosa con un Trump ya presidente. Comey reconoció posteriormente que su decisión pudo haber perjudicado a la candidata demócrata, pero nunca se arrepintió de su iniciativa, por sensible que fuera el momento en que se produjo.

Será difícil que Trump consiga, vacuna aparte, otra carta ganadora, por ejemplo, en política exterior, salvo alguna acción espectacular que hiciera resentirse a China. La ya conocida operación diplomática entre Israel y los Emiratos, presentada como un éxito espectacular, no tiene ni gancho electoral ni recorrido diplomático consecuencial. Ni cosechará votos, ni proporcionará prestigio a una administración que ha destrozado las bases del liderazgo norteamericano en el mundo occidental.

INCITACIÓN AL ODIO

Por el contrario, el clima de enfrentamiento social y de aliento de los sectores más extremistas y violentos que defienden el odio racial podría convertirse en un boomerang para Trump. Su viaje a Kenosha, Wisconsin (uno de los estados claves en las elecciones) ha sido una autentica provocación (6). Lejos de mostrar una simpatía elemental hacia la última víctima afroamericana del exceso policial, el presidente incendiario ha alentado de nuevo las prácticas represivas más abusivas (7). Si, a modo de aprendiz de brujo, pretende atizar un clima de violencia para justificar una respuesta policial contundente bajo su liderazgo y dejar en evidencia la supuesta debilidad de Biden, no puede descartarse que la situación se le vaya de las manos y se produzca un incendio aún más incontrolable del que tuvo lugar tras el asesinato de George Lloyd (8). El juego de la manipulación de las pasiones raciales es muy peligroso en Estados Unidos, como nos enseña la Historia.


NOTAS

(1) “Trump blames ‘far-left politicians’ for violence in wake of police shooting on visit to Wisconsin”. THE WASHINGTON POST, 2 de septiembre.

(2) “Trump’s paranoia commands the government”. JEET HEER. THE NATION, 2 de septiembre.

(3) “American intelligence knows what Russia is doing”. EDITORIAL. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto; “The Kremlin’s plot against democracy. How Russia updated it 2016 playbook for 2020”. ALINA POLYAKOVA. FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre.

(4) “Will you have enough time to vote by mail in your state”. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto.

(5) “Donald Trump’s re-election hinges on another Split between the popular vote and the electoral college”. CHECK AND BALANCE SECTION. THE ECONOMIST, 29 de agosto.

(6) “Trump isn’t calling for unity. He’s stoking rage”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 31 de agosto.

(7 “Trump fans strife as unrest roils the U.S.”. PETER BAKER y MAGGIE HABERMAN. THE NEW YORK TIMES, 31 de agosto.

(8) “Trump looms over a new age of far-right militancy”. ISHAM THAROOR. THE WASHINGTON POST, 1 de septiembre.

FRAUDES, PORRAZOS Y VENENOS

26 de agosto de 2020

La crisis política en Bielorrusia se prolonga, sin que se aviste una solución. El supuesto fraude electoral con el que el presidente Lukashenko querría perpetuarse en el poder ha provocado una oleada de protestas, inicialmente originadas en los núcleos sociales de la oposición, pero extendida luego a los sectores más afines al régimen.

El Kremlin, aliado incómodo y últimamente reñido con el déspota, medita su próxima jugada. En los últimos días había crecido la presión europea contra Rusia, ante el riesgo de una intervención de rescate.


VIOLENCIA EN LAS CALLES, DILEMA EN LOS DESPACHOS


En realidad, Putin tiene poco apetito para una operación de ese tipo. No aceptaría que Bielorrusia siguiera el camino de Ucrania, desde luego, pero tal eventualidad es remota. La principal candidata de la oposición, Svetlana Tijanovskaya, predica un cambio liberal y la apertura del país al capital extranjero, entre otras medidas (1). Pero no son esas las preferencias de buena parte de la población (2).  La mayoría de los ciudadanos que se manifiestan desde el pasado 9 de agosto buscan un cambio de gobierno, pero no un giro radical de la orientación geopolítica del país (3). No hay un rechazo frontal a Rusia ni un entusiasmo ciego por la vía prooccidental (4). Lo cual resulta lógico si nos atenemos a lo ocurrido en Ucrania. Los obreros de las industrias estatales que han dado la espalda a Lukashenko no quieren la venta del país y la incertidumbre que supondría para sus medios de vida (5).

Una periodista polaca que conoce Bielorrusia ha ofrecido una visión interesante. Contempla la crisis no como una recreación del Maidán ucraniano, sino como un eco de la revuelta de Solidarnosc en Gdansk, hace ahora cuarenta años (6). La interpretación es discutible. Pero también el relato dominante en los medios occidentales. Por supuesto, es sospechoso ese 80,1% que los resultados oficiales atribuyen al actual presidente en las elecciones, pero no parece razonable que se conceda sin más la victoria a Tijanovskaya. La propuesta del presidente ucraniano de repetir las elecciones parece más lógica, pero ya se sabe que el neófito político cotiza a la baja desde el enorme barrizal en que Trump lo metió el año pasado.

Putin no olvida que Lukashenko lo acusó de presionarlo hace unos meses, tras un progresivo enfriamiento de las relaciones. Una intervención de rescate ahora es más que improbable, porque tendría consecuencias negativas para el Kremlin en la escena exterior y tampoco las ventajas resultan evidentes. Lo más probable es que el presidente ruso aliente una tercera vía que ancle a Bielorrusia a los intereses rusos, con otro protagonista al frente (7). Tampoco será fácil porque el rudo Lukashenko parece dispuesto a morir matando, con su kalashnikov al hombro y su nutrida escolta de siloviki (fuerzas de seguridad) (8).


UN ENVENENAMIENTO INOPORTUNO


Cuando aún no se avistaba una solución a la crisis política en Bielorrusia irrumpía el escándalo del presunto envenenamiento de Aleksei Navalny, el líder más mediático de la oposición rusa. El político cayó enfermo en un vuelo desde Siberia a Moscú. En su entorno proclamaron desde un principio que había sido envenenado. Como no ingirió nada en el avión, las sospechas se centraron en el aeropuerto de Omsk, ciudad de origen del viaje, donde tomó un té. Los médicos rusos afirmaron luego que no habían encontrado restos de elementos tóxicos en su organismo. Las autoridades rusas permitieron el traslado de Navalny a Berlín, reclamado por Alemania. Los médicos del Hospital de la Caridad discreparon de sus colegas rusos y mencionaron la existencia de una sustancia que afecta al sistema nervioso. No se teme por su vida, pero se anuncian secuelas importantes y, en todo caso, un obligado reposo que puede prolongarse semanas o meses.

Las relaciones de Alemania con Rusia se han degradado notablemente en los últimos años. Berlín bloqueó a primeros de año la iniciativa francesa de una revisión de la política europea de sanciones y enfriamiento. Merkel arrastra un historial de frías relaciones con Putin, incluso en lo personal. Las sospechas de ciberataques rusos contra instituciones alemanas complicaron cualquier acercamiento.

Sin embargo, resulta extravagante este episodio. Navalny ha sido hostigado en repetidas ocasiones, pero, en general, su actividad ha sido tolerada por el sistema, ya que no representa un serio desafío al poder omnímodo de Putin. Además, el momento no podía ser más inoportuno. En este contexto enrarecido y confuso, lo menos que le interesa a Putin es al mediático Navalny en coma inducido en una cama de Berlín. El envenenamiento de “traidores” (espías) o de disidentes (opositores) fue una práctica habitual en las tácticas de guerras del KGB que el oficial Putin conoció de sobra. Los servicios de seguridad rusos que heredaron ese know-how lo aplicaron en los casos de Litvinenko y Skripal, que se conozca. Navalny tiene consideración de agente político prooccidental pero no de agente que ha vendido información al enemigo extranjero.  Veremos en qué queda esta serpiente venenosa del verano.


TRUMP, TÓXICO


Desde la Casa Blanca se observa un clamoroso silencio ante el caso Navalny y una burocrática respuesta a la crisis de Bielorrusia. Y no sólo porque el patrón se encuentra apurado por sus pobres expectativas electorales y sus cambalaches para dificultar la victoria de su rival demócrata. Trump se encuentra atrapado entre su oscura relación con Putin y su inconsistente retórica nacionalista. El secretario Pompeo, que le lleva la carpeta exterior cada vez con mayor confianza, oficia de muñidor de iniciativas históricas, junto al yernísimo Kushner, como se ha puesto de relieve con el acuerdo entre Israel y los Emiratos. Una iniciativa diplomática de relativa elegancia con la que salir del atolladero de un fantasmal “plan de paz” que avalaba la anexión israelí de la ribera occidental del Jordán, algo que nadie en la escena internacional decía aceptar.

Poco interesado por el veneno misterioso y menos aún por los porrazos con los que el autócrata de Minsk quiere acabar con la revuelta, Trump destila otras sustancias tóxicas, que son más que mentiras o manipulaciones, contra su rival demócrata. Su intervención en la Convención republicana no se ha apartado un centímetro de su discurso agresivo y falaz. Patético papel el de los teloneros del GOP (Great Old Party), con discursos complacientes hacia un líder que, en el fondo, desprecian. El Partido Republicano ya se ha convertido en el Partido de Trump y costará rehacerlo sobre bases más decentes.

En plena ceremonia de la impostura, estallaba un nuevo episodio de brutalidad policial contra un afroamericano, Jacob Blake, en una localidad de Wisconsin. El ciudadano sobrevivirá, pero quedará inválido, según los médicos que lo han atendido. Esta es la deprimente realidad norteamericana y no el socialismo de Biden que predican los trumpianos. Nadie está seguro de que elecciones habrá en noviembre, si el presidente hotelero aceptará una eventual derrota o se agarrará a todo tipo de excusas para obstaculizar el relevo. El otro escenario, una segunda sorpresa pesadilla (la reelección), es relegada a la condición de una indeseable distopia.


NOTAS

(1) “The women who started a revolution in Minsk”. GARETH BROWNE. FOREIGN POLICY, 17 de agosto.

(2) “The end of Lukashenkismo? On the knife edge in Belarus”. CHRISTIAN ESCH. DER SPIEGEL, 21 de agosto.

(3) “Belarus goes on its own way”. MARYIA SADOUSKAYA-KOMLACH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.

(4) “Belarus’s protests aren’t particularly anti-Putin”. RAJAN MENON. FOREIGN POLICY, 19 de agosto.

(5) “Minsk, capital d’une Biélorrusie divisée”. MOSKOVSKY KOMSOMOLETS, 26 de agosto (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL).

(6) “Un scénario a la ‘Solidarnosc” est en course en la Biélorrussie”. ALLA DOUBROVIK-RUKHOVA. DEN (Kiev), 13 de agosto (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL).

(7) “Game over for Lukashenko: the Kremlin’s next move”. DIMITRI TRENIN; “Turmoil in Belarus: looking beyond the horizon”. EUGENE RUMER. CARNEGIE ENDOWMENT, 17 de agosto.

(8) “Biélorrussie: derrièrre le maintien d’ Alexandre Loukachenko, la loyauté de ses forces de sécurité”. BENOÎT VITKINE. LE MONDE, 22 de agosto.

KAMALA HARRIS: DEL BUS ESCOLAR CONTRA LA SEGREGACIÓN AL DESAFÍO DE FUTURO

 18 de agosto de 2020   

Los demócratas abren una fría y distante Convención en medio de trauma nacional por el fracaso en contener el virus más globalizado de la historia, pero con el convencimiento de que están llamados a pilotar la mayor rectificación política desde el periodo de entreguerras. 

Han elegido al candidato presidencial menos carismático y movilizador de las dos últimas generaciones. Lo que se compensa con su condición de mínimo denominador común, o, mejor dicho, de comodín para cualquier rumbo que se adopte. A sus 77 años, con toda una vida en el legislativo y/o en el Ejecutivo, Joe Biden es un hombre-puente. Por primera vez se admite sin sonrojo que se puede elegir a alguien para un solo mandato. Un presidente de transición, un facilitador del cambio generacional.

Con eso en mente, la elección de nº 2 era esencial. Pero hay que decir enseguida que no se trataba de una decisión abierta o amplia. Las cartas venían marcadas por la demografía electoral y por el contexto político de los últimos años (1). Había que elegir una mujer y, preferentemente, afroamericana. Tras aplicar esa criba, más o menos aceptada por la mayoría, las opciones de reducían notablemente.  A última hora, se trataba de una decisión binaria: Kamala Harris (senadora por California y malograda precandidata presidencial) o Susan Rice, consejera de seguridad con Obama. Una tercera candidata, Karen Bass, congresista por California, tenía un historial de opiniones radicales, incluso en estos tiempos de claro viraje a la izquierda del Partido Demócrata, amén de ser una desconocida para el propio Biden.

Rice quedó eliminada por su falta de experiencia electoral (demasiado teórica, perfil tecnócrata, producto de la élite de las relaciones exteriores). Harris triunfó por decantación, pero también por sus propios méritos. Hace un año era una de las principales favoritas en la carrera por la nominación, pero su ambigüedad ideológica, su trayectoria polémica como fiscal y su pobre campaña electoral le privaron del reconocimiento partidario demasiado pronto. Se ha recordado estos días hasta la saciedad la agresividad con que Harris asaltó la idoneidad de Biden mediante un ataque directo, a la yugular, en el primer debate de precandidatos. En efecto, el exvicepresidente quedó en evidencia, no tanto por su presunta falta de sensibilidad de hace décadas sobre la desigualdad racial, que Harris le imputó, sino por su ausencia de reflejos y su resignación ante la agresividad de un rival, algo que no se perdona en la política norteamericana.

La candidatura de Kamala, hija de padre jamaicano y madre india, vino impulsada por la poderosa corriente de las minorías raciales, que son cada vez más decisivas en el alma del Partido Demócrata. Pero no basta con esgrimir orígenes; al menos no en Estados Unidos: hay que acreditar actuaciones. De aquella niña Kamala, hija de inmigrantes a la que un autobús contra la segregación recogía cada mañana para asegurar su escolarización sin discriminación, a esta candidata del siglo XXI hay un abismo en forma de hoja de servicios muy tradicional como fiscal en San Francisco y California. Demasiado establishment para presentarse como un apóstol de la renovación.

Tras su prematuro fracaso como candidata, Kamala viró a la izquierda para sintonizar con los sectores más dinámicos del partido, defensores de una oposición sin cataplasmas institucionales al presidente más peligroso en la historia de América. Harris no ha hecho un viaje ideológico a la izquierda: se ha dejado impulsar por la dirección que lleva el viento. Con la inteligencia política y una pugnacidad discursiva que nadie le discute. Un vigor indiscutible (2).

Después de haber cargado de plomo las alas de Biden, y una vez que éste obtuviera la nominación del miedo a perder de nuevo, o del mínimo denominador común, Kamala se ofreció discretamente para formar parte del empeño por sacar a Trump de la historia. Y el candidato no se dejó cegar por el resentimiento: fiel a sus décadas de política pragmática, hizo virtud de la necesidad, pelillos a la mar y descalificaciones a la papelera. Kamala reunía lo que el libreto recomendaba como mejor opción, y ella debía ser, por tanto, la elegida. Ni siquiera hizo falta que la senadora se disculpara por aquel ataque lejano. Más honor para Biden, que ni siquiera se lo pidió. Pragmatismo disfrazado de generosidad. Por las dos partes (3).

Pero, si ha sido el pragmatismo y no la ideología o la vocación de cambio lo que ha impregnado la decisión sobre la número 2, ¿por qué la izquierda demócrata la ha aceptado con tan aparente docilidad? Muchos de sus portavoces coinciden en que la “maleabilidad” de Kamala no es un inconveniente, sino una oportunidad (4). Si la ocasión social lo propicia, la segunda de un Presidente Biden no se opondrá a un impulso progresista. Puede que trate de atemperarlo o canalizarlo, pero no lo combatirá. Sobre todo, si quiere preservar sus opciones como candidata en 2024, en caso de que la salud jubile a Biden. Y aún más, si Trump renueva su triunfo: será Biden quien pierda ahora, no ella.

La evolución demográfica empuja al Partido Demócrata hacia la izquierda. El consenso centrista se ha debilitado. Los republicanos lo han hecho trizas, pero no ahora, con Trump, sino desde el canto de sirena del tea party. El conservadurismo compasivo de W Bush fue ahogado por el impulso neocon. Las elecciones primarias demócratas de los últimos meses han confirmado este giro político. Los moderados siguen conservando el control de los caucus legislativos, pero la contestación de la base es cada vez más pujante. Que una recién llegada como Alexandra Ocasio-Cortez sea una de las estrellas de esta Convención demuestra la fortaleza de la izquierda. Por primera vez en generaciones, se habla de socialismo democrático en el Partido sin miedo a dejar rastro. Sanders puede ser un outsider, pero no sus ideas.

Kamala (nombre indio que significa flor de loto) deberá tener en cuenta esa tendencia si quiere ser una opción de futuro. Ya no vale sólo con ser mujer y afroamericana, condiciones que no se eligen, que vienen dadas. Hay que optar, hay que tomar decisiones políticas, no vale con no molestar, con buscar el centro. Ese papel ya está adjudicado a Biden, porque para eso ha sido elegido: para desalojar a alguien nefasto de la Casa Blanca, pero no para diseñar y construir el futuro. Por eso, la selección de Kamala Harris es también relevante: se trata de un relevo generacional anunciado. Sin saltos en el vacío. Para que las Ocasio-Cortez, el squad de vanguardia de las minorías combativas tenga algo que decir en su momento, hay que transitar por un sendero intermedio de cambios sin sobresaltos o derivas radicales

Los demócratas tendrán la oportunidad de definir la nueva generación, mientras los republicanos purgan sus pecados de la última década, con mayor o menor inteligencia, como ha escrito David Brooks con su agudeza habitual (5). Pero no está garantizado que lo consigan. Obama, visiblemente excitado por la selección de Harris, sabe mejor que nadie que ya no sólo se vive de símbolos, de estereotipos, de identidades raciales o de género. Ser el primer presidente afroamericano de la historia no cambió sustancialmente pautas sociales injustas en América. Ser la primera mujer negra que entra en la Casa Blanca tampoco es un salvoconducto para la transformación. Kamala Harris ha dotado a la candidatura de Biden de un vigor innegable. Pero, si los demócratas ganan el 3 de noviembre, contra todas las trampas políticas e institucionales de las elecciones norteamericanas, sólo habrá sido el principio de una marcha tan larga como la campaña por los derechos civiles iniciada cuando Kamala se subía a aquel autobús escolar.

NOTAS

(1) “How Joe Biden chose Kamala Harris as VP”. THE NEW YORK TIMES, 14 de agosto.

(2) “Kamala Harris’s nomination is a turning point for the Democrats”. RON BROWNSTEIN. THE ATLANTIC, 12 de agosto.

(3) In picking Harris, Biden makes history and plays safe”. DAN BALZ. THE WASHINGTON POST, 12 de agosto.

(4) “The big reasons Lefties aren’t upset about Kamala Harris”. ELAINE GODFREY. THE ATLANTIC, 12 de agosto; “The ambition of Kamala Harris will serve Kamala Harris”. JEET HEER. THE NATION, 12 de agosto.

(5) “What Will happen to the Republican Party if Trump loses in 2020”. DAVID BROOKS. THE NEW YORK TIMES, 8 de agosto.

LÍBANO: EL ABISMO

 12 de agosto de 2020

Las causas de la horrible doble explosión en el puerto de Beirut, que causó la muerte de 160 personas, herido a miles más y privado de sus casas a centenares de miles, tardarán en esclarecerse, si es que alguna vez se llega a saber lo ocurrido. El almacenamiento fraudulento e incomprensible, durante años, de 2750 toneladas de nitrato de amonio, un compuesto altamente volátil, ha evidenciado la quiebra del Estado libanés: descontrol oficial, información deficiente, falta de seguridad básica y descoordinación de los servicios públicos.

Desde octubre, se habían registrado intermitentes manifestaciones de protesta, como en Irak o en Argelia, ecos tardíos de la llamada “primavera árabe”. Pero Líbano presenta características peculiares que lo hacen especialmente insolvente. Carece de recursos naturales potentes y ha soportado el enorme peso de los huidos de la guerra de Siria, su otrora poderoso país. Lo que terminó por precipitar el colapso fue el derrumbamiento del sistema financiero y la ruina del tejido comercial, sus principales garantías de estabilidad durante décadas, incluso en los peores momentos de la interminable guerra civil (1975-1990).

La gestión bancaria y la política monetaria han sido asombrosamente incompetentes. La clase dirigente se entregó a prácticas ilegales o arriesgadas en extremo que terminaron arruinando al país y obligando a pedir un rescate financiero al Fondo Monetario Internacional, sin que de momento hayan concluido las negociaciones para obtener los miles de millones requeridos para el rescate (1). La divisa nacional ha perdido el 80 % de su valor y la pobreza alcanzará pronto a tres cuartas partes de la población. La pandemia había agravado la situación. La devastadora destrucción de la semana pasada en Beirut ha sido la puntilla (2).

El gobierno ha dimitido, pero no será suficiente para aplacar la revuelta social (3). Los ciudadanos no resisten ya la incuria del sistema político. No es algo reciente. Líbano se encuentra atrapado en un pacto comunitario y confesional de reparto de los puestos más altos del Estado, pero, por derivación, de toda la estructura de poder. Desde hace ocho décadas, los cristianos (maronitas: una rama local) tienen reservada la Jefatura del Estado y una serie de altos cargos en las instituciones; los musulmanes sunníes detentan la jefatura del gobierno y gran parte del entramado burocrático; los musulmanes chiíes, mantienen la presidencia del Parlamento y el dominio de gran parte de los órganos legislativos.

Este acuerdo resultaría aparentemente pacificador y previsor de conflictos mayores si no fuera porque ha generado un sistema extendida y profundamente clientelar. Los sucesivos intentos por modernizar la estructura de poder han resultado baldíos, cuando no han servido para afianzarlo bajo una falsa modernización. El sistema está arraigado en la herencia colonial y en la perniciosa influencia que las potencias vecinas han ejercido sobre el país.

Pero esta explicación esquemática no agota la caracterización de la profunda crisis libanesa. Líbano es uno de los países más complejos del mundo y, desde luego, de Oriente Medio. Las alianzas no siempre son naturales o responden a las fracturas religiosas o sectarias habituales en otros lugares. Ya ocurrió durante la guerra civil, cuando los sirios se aliaron con los cristianos para combatir y casi aniquilar a los palestinos, a los que antes había protegido. Las distintas facciones cristianas (nacionalistas, falangistas, tradicionalistas) pelearon entre sí encarnizadamente en procura de la hegemonía política en su comunidad y luego se dividieron aún más, cuando tomaron distinto partido ante la invasión israelí de los primeros ochenta, que algunas promovieron y otras contemplaron con creciente recelo.

La irrupción de la República Islámica de Irán modificó los equilibrios en toda la región, con especial impacto en Líbano. Las facciones chiíes tradicionales se vieron desbordadas por Hezbollah (Partido de Dios). En su triple dimensión de formación política, organización social y milicia combatiente, Hezbollah se fue convirtiendo no sólo en el principal actor de la vida nacional, sino también en el factor decisivo de la derrota de Israel, la primera después de décadas de éxitos militares en la región.

La fortaleza de Hezbollah alteró el alineamiento político libanés. Las injerencias externas modificaron definitivamente el panorama. Líbano ha sido un territorio muy activo en la pugna entre Arabia Saudí e Irán. El asesinato, en 2005, del entonces primer ministro, Rafik Hariri, se interpretó como una batalla más de ese conflicto externo. Una de las teorías que circulan estos días en Beirut es que la explosión del puerto fue provocada para retrasar la fase final del juicio por aquel asesinato, que debía tener lugar a mediados de este mes. Cuatro agentes de Hezbollah son los principales acusados, como supuestos agentes de Siria y de Irán.

En el campo sunní, dominado por las petromonarquías del Golfo, no siempre ha habido armonía. Sus líderes han sido intérpretes de los intereses de sus protectores. Lo cual no ha impedido episodios bochornosos, como la detención en Riad, durante varios días, del entonces jefe del gobierno, Saad Hariri (hijo de Rafik). Nadie se creyó la versión oficial (denuncia de un supuesto complot de los chiíes); más bien, los saudíes le habrían leído la cartilla para obligarlo a una mayor firmeza frente a Hezbollah. Difícilmente podía hacerlo y confirmó su dimisión.

En el liderazgo cristiano se han profundizado las diferencias. El actual jefe del Estado, el exgeneral Michel Aoun, es uno de los militares más galardonados del ejército. Nunca aceptó las presiones de Israel y mucho menos de Arabia Saudí. Al cabo, prefirió avenirse con las fuerzas proiraníes, a quienes le podía ofrecer su influencia en el estamento militar.

Paradójicamente, el reparto sectario del poder no se corresponde ya con las nuevas alianzas electorales intercomunitarias (8 de marzo y 14 de marzo, respectivamente), que pretenden ser intercomunitarias. Antiguos enemigos en la guerra civil son hoy aliados. Esta recomposición ha blindado a la clase dirigente y de la disidencia ciudadana no ha surgido alternativa funcional alguna.

Tampoco ha ayudado mucho Occidente. Washington se ha borrado de la región. Francia, el poder colonial, nunca ha renunciado a su influencia. Es curioso que Macron viaje a Beirut para exigir cambios profundos para favorecer la ayuda internacional, en un tono poco habitual en un dirigente extranjero (4), cuando París ha sido el principal garante internacional de ese reparto arcaico de poder y sigue apostando por un gobierno de unidad (5).

El presidente Aoun le reprochó a Macron su inapropiada injerencia y rechazó una investigación internacional sobre la catástrofe, insinuando que podría perjudicar el esclarecimiento de lo ocurrido. Reclamó las imágenes de satélite, quizás sabedor ya de que en ellas se podía apreciar en el cielo un elemento extraño (bomba, misil), segundos antes de las explosiones. Se ha interpretado que el jefe del Estado apuntaba a Israel, que habría ejecutado una operación encubierta de destrucción del material explosivo supuestamente almacenado por Hezbollah. Hassan Nasrallah, su veterano líder, ha negado cualquier relación con el nitrato de amonio. Pero es bien conocido que la milicia chií controla el puerto de Beirut desde hace años, aparte de otras infraestructuras básicas del estado.

Este relato sobre conspiraciones ficticias o reales y las discusiones sobre las responsabilidades de la catástrofe complicarán aún más cualquier fórmula de salida de la crisis. El malestar social irá en aumento y la presión exterior podrá jugar un papel determinante.


NOTAS

(1) “Lebanon as we know is dying”. STEVE A. COOK. FOREIGN POLICY, 30 de julio.

(2) “A big blow should lead to a big change in Lebanon”. THE ECONOMIST, 8 de agosto.

(3) “Lebanon’s government has resigned. That’s not early enough. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 10 de agosto; “Beirut’s deadly blast reignites anger against Lebanon’s ruling elite”. REBECCA COLLARD. FOREIGN POLICY, 5 de agosto.

(4) “Emmanuel Macron à la foule libanaise: ‘Je comprends vôtre colère’. LE MONDE, 7 de agosto.

(5) “Lebanon needs transformation, not another corrupt unity government”. HANIN GHADDAR. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 11 de agosto.