IRÁN: EL COMIENZO DE UNA INCIERTA TRANSICIÓN

11 de enero de 2017
                
La muerte de Akbar Hachemi Rafsanjani abre un largo periodo de transición y cambio en Irán, según la mayoría de los expertos. El fallecido fue Jefe de Estado, y antes presidente del Parlamento, pero sobre todo el cabeza de fila del sector pragmático del régimen, expreso defensor de una apertura ideológica, de relaciones constructivas con Occidente, y en particular con Estados Unidos. En definitiva, de nuevos horizontes, para salvar la Revolución Islámica.
                
En el momento de su muerte, Rafsanjani era el responsable del llamado Consejo del Discernimiento, uno de los múltiples centros de poder y control del abigarrado entramado constitucional iraní. La misión de este organismo era dirimir los conflictos de competencias y posiciones entre la poderosa Asamblea de Guardianes (una especie de Comité Central de la jerarquía chií) y el Parlamento, para depurar los proyectos legislativos.
                
Pero más allá de sus responsabilidades institucionales, oscuras como casi todas las que conforman el sistema político y jurídico de la República Islámica, la importancia de Rafsanjani estribaba en su fuerte influencia personal, su acreditada experiencia y el intangible que supone en Irán haber sido una persona de confianza del Ayatollah Jomeni, padre del Irán actual.

La desaparición de Rafsanjani debilita a los sectores moderados que se aglutinan en torno al actual Presidente de la República, Hassan Rouhani, un clérigo que estudió en Gran Bretaña y que ha defendido una línea aperturista y conciliadora, empeñado en alcanzar un acuerdo sobre el control del programa nuclear, con el decisivo apoyo del jefe de la diplomacia, Mohammad Javad Zarif, con formado también en Occidente, en su caso, en los EE.UU.

Si Rouhani y Zarif se han podido mantener en sus puestos y sacar adelante el acuerdo nuclear ha sido por el respaldo persistente de Rafsanjani. Contrariamente a otros pragmáticos o moderados, Rafsanjani gozaba de la amistad y el respeto de Alí Jamenei, el Guía Supremo, una figura que está por encima, moral y operativamente, del Ejecutivo y del Legislativo, y que simboliza en su persona la cristalización institucional de la teocracia iraní.

Es sabido en Irán que Jamenei no habría podido alcanzar la cúspide del régimen islámico sin el respaldo, en su momento, de Rafsanjani. Las amplias discrepancias entre los dos veteranos dirigentes eran públicas y notorias. El propio Guía Supremo lo admitía en su mensaje de condolencias, para añadir que esa circunstancia “nunca pudo romper su amistad”.
                
Ahora, sin el poder equilibrador de Rafsanjani, la gran pregunta es si los duros del régimen, entre los que suele posicionarse el propio Jamenei, aprovecharán para derrotar a los moderados. En junio deben celebrarse elecciones presidenciales y los mecanismos de selección de candidatos, un complicado filtro donde cada facción ejerce su influencia real para vetar o habilitar a los aspirantes, puede convertirse en una trampa mortal para las aspiraciones de continuidad de Hassan Rouhani. 

LA SUCESIÓN CLAVE

Sin embargo, con ser importante, la lucha por la Jefatura del Estado no es la batalla principal. El acontecimiento que se contempla con mayor interés en Irán es la sucesión del propio Jamenei, que no puede demorarse mucho, ya que su salud parece precaria (1).

La elección del Guía Supremo corresponde a los 88 miembros de la mencionada Asamblea de Expertos, según un procedimiento establecido en la Constitución, pero no aplicado a rajatabla hasta ahora, ni en la elección del propio Jomeini, ni en la de Jamenei.  En el caso en que el actual Guía muera de forma repentina y los santones chiíes tarden en alcanzar un acuerdo sobre su sucesor, está contemplado que asuma esa suprema responsabilidad una terna o triunvirato compuesto por el Jefe del Estado, el máximo responsable del aparato judicial (una especie de Presidente del Tribunal Supremo) y un miembro del Consejo de Guardianes, un selectivo comité de la Asamblea de Expertos, designado por el Consejo del Discernimiento, el órgano que precisamente dirigía el fallecido Rafsanjani. Algunos expertos creen que la influencia de los Guardianes de la Revolución, la fuerza paramilitar que no sólo asegura la tutela de los intereses exteriores de la República Islámica, (2), sino que atesora un formidable poder económico, con el control de importantes sectores industriales (3).

Este endiablado equilibrio de poderes esconde una lucha mucho más descarnada y en absoluto piadosa por el poder real. Como quiera que no existe un candidato de consenso entre las distintas facciones, ni siquiera uno claro de cada una de ellas, se anticipa un proceso complicado y muy oscuro. Para no dificultar más la comprensión de este artículo, evitamos ofrecer una lista de los principales favoritos. Lo importante para el lector es que Irán se encuentra inmerso en una transición entre la etapa de consolidación de la Revolución y un futuro incierto. Y en esto, llega un cambio, no menor precisamente, en el Gran Satán, como le siguen denominando no pocos provectos exponentes del régimen a Estados Unidos.

LA INFLUENCIA EXTERIOR

¿Cómo puede afectar el mandato de Trump en las relaciones irano-norteamericanas? Como casi todo lo que se refiere al presidente electo, imposible de pronosticar con razonable índice de verosimilitud. Trump insinuó en la campaña electoral que renunciaría al acuerdo nuclear, pero posteriormente, algunos de los miembros más influyente de su equipo de gobierno, en particular el candidato a dirigir el Pentágono, el ex-general de marines, Mattis, ya ha reconocido que “no hay vuelta atrás”, ya que se trata de un acuerdo con Irán sino con los principales aliados de Estados Unidos y también con la Rusia de Putin, con la que el nuevo Presidente quiere mantener una relación constructiva y de cooperación (4)

El factor ruso en la ecuación Estados Unidos-Irán puede ser decisiva, o al menos muy determinante, y de eso se felicitaba recientemente el embajador de Moscú en Teherán. La guerra de Siria ha servido de banco de pruebas del acercamiento entre Rusia e Irán, con todas las reservas y cautelas precisas. A los dos países se ha unido Turquía, en una arriesgada triangulación diplomática, por atrevida que sea, como sostiene el principal analista sobre Irán en el International Crisis Group (5). En todo caso, este escenario va a obligar a la nueva administración a olvidarse de las simplificaciones demagógicas de campaña para poner en manos expertas la gestión de sus intereses en esa convulsa zona del mundo.

Irán, por tanto, empieza a transitar una complicada y peligrosa transición, que será generacional, pero quizás también ideológica y de identidad. No parece inteligente un atrincheramiento doctrinal, como pretenderían los más ortodoxos. Pero el programa de apertura que haga posible una verdadera expansión económica, base de la recuperación social del régimen, no puede darse por garantizada. La acción exterior será fundamental, no sólo de Estados Unidos, sino también del resto de Occidente. Las potencias europeas parecen tenerlo claro y lleva meses intentando forjar nuevos vínculos comerciales y de inversión en el país, aprovechando que el levantamiento de las sanciones puede propiciar una mejora de las condiciones económicas para la población, aunque no inmediata (6). Pero la incertidumbre sobre la futura política de la Casa Blanca está dificultando esos esfuerzos.

NOTAS

(1)    “L’Iran prepare la sucession du Guide suprême”. LE MONDE, 23 de Febrero de 2016.

(2)    “Rafsanjani’s death could increase the IRGC’s Succession role”. MEHDI KHALAJI. THE WASHINGTON INSTITUTE OF THE MIDDLE EAST, 9 de enero de 2017.

(3)    “The Iran industrial complex”. ALEX VATANKA. FOREIGN POLICY, 17 de octubre de 2016

(4)    “Can ‘Mad Dog Mattis temper the impulsive President elect”. DAN DE LUCE Y PAUL MCCLEARY. FOREIGN POLICY, 29 de noviembre de 2016.

(5)    “Turkey and Iran’s dangerous collision course”. ALI VAEZ. NEW YORK TIMES, 18 de diciembre de 2016.

(6)    “Why Iran is finding it hard to create jobs”. THE WASHINGTON POST, 5 de Diciembre de 2016.


EL AÑO DEL MIEDO

4 de enero de 2017
                
El año que recién comienza se presenta bajo el signo del miedo. A los procesos inquietantes que arrastramos, a lo que prevemos como altamente preocupante a priori y a todo lo que pudiera desencadenarse como consecuencia de lo anterior.
                
Los principales objetos del temor son varios. Sin despreciar la consolidación de la extrema derecha, que trataremos en un comentario posterior, nos centraremos hoy en dos: Donald Trump y el terrorismo islamista. Por antagónicos que sean, la combinación de ambos puede representar un cóctel explosivo y provocar grandes amenazas a la seguridad internacional.
               
EL DAESH DESPUÉS DE ALEPO Y MOSUL
                
El terrorismo del autoproclamado Estado Islámico persistirá, adopte la forma que adopte, con intensidad variable, dependiente de las circunstancias concretas, de la solidez de sus actuales dirigentes o de quienes le sucedan al frente de la actual organización o de la que venga a sustituirla, se llame como se llame y asuma la retórica que le convenga. También será más o menos frecuente, en función de la capacidad de prevención, control y respuesta de los países en los que quiera o pueda actuar.

La fortaleza del Califato, como muchos temíamos, ha sido exagerada por responsables políticos y pretendidos expertos en materia de seguridad. Su derrota no es, ni puede ser, el final de nada, sino la continuidad de la misma frustración, el mismo empeño, la narrativa martiriológica y mesiánica de siempre.

En Siria, y salvo sorpresa mayúscula, continuará el retroceso del Daesh hasta su práctica extinción, después de que el régimen de Assad haya recuperado la iniciativa militar, con el imprescindible soporte de Rusia, Irán y las brigadas chiíes de Irán y Líbano. El feudo de Raqqa puede ser asaltado antes de primavera, si los cálculos militares se cumplen.

En Irak, la batalla de Mosul se ha convertido en una sangría mayor incluso de lo que se había anunciado, pero parece imposible que el resultado sea otro que la derrota de los combatientes embravecidos y desesperados del califato, a un precio alto de sangre y resentimiento.

La desaparición de las dos capitales califales sellará esta etapa de sedicente violencia islamista y pondrá fin a la ilusión de una aparente arquitectura institucional/estatal de una resistencia con claro perfil de terrorismo nihilista.

Esos expertos que suelen equivocarse tanto como aciertan no se ponen de acuerdo en lo que vendrá después del Daesh o en la mutación que el Califato, en caso de resistir las consecuencias de su derrota, pueda adoptar. Pero antes de que esto ocurra, habrá que asegurar su derrota, darle la puntilla. Y ahí en ese último pliegue del peligro es donde emerge la otra amenaza, el otro motivo del miedo.

LAS PISTOLAS CALIENTES DE TRUMP

El Presidente electo norteamericano sigue ofreciendo guiños inquietantes de gatillo fácil, aunque la tosquedad de su lenguaje se haya diluido en la banalidad de sus trinos electrónicos (tweets), tanto como en la proximidad de la responsabilidad institucional.

Dos son las variables sobre las que gravitará la respuesta de Donald Trump: las recomendaciones de su equipo de seguridad, muy cargado de figuras militares de maneras fuertes, y el presunto y atrevido gambito de la colaboración con Rusia en la liquidación de la amenaza terrorista islamista.

La tentación de aplastar a un enemigo en retirada será muy fuerte, aunque solo sea para colgarse medallas oportunistas en los cálidos primeros momentos del estreno presidencial. Al Daesh lo ha derrotado la paciente contundencia de Obama, con la ayuda de sus socios europeos y del resto de aliados, por mucho que el miedo haya prendido en la conciencia de los ciudadanos. Pero será Trump quien asista a una capitulación no declarada y sin ceremonias. Y lo hará a golpes de trompetas y timbales, a buen seguro.

Trump puede cumplir con sus confusos propósitos de otorgarle a Putin carta blanca en Siria, para que siga con la limpieza, mientras su administración se afana en hacer lo propio en el vecino Irak, terminando la faena sangrienta en Mosul. Pero el estado mayor republicano, atrincherado en el Congreso, le presionará sin contemplaciones para limitar el alcance de esta incómoda cooperación con su respetado patrón del Kremlin, tanto por razones de equilibrio de poder global como de geoestrategia regional en Oriente Medio

La estabilización del régimen de Assad, primera consecuencia de la derrota jihadista, será motivo de preocupación en los aliados tradicionales de Estados Unidos en la región. En Arabia Saudí, las monarquías conservadoras de la zona o el atribulado Egipto, por la consolidación del frente chií. En Israel, paradójicamente, pueden hacer virtud de la necesidad, ya que, después de todo, la vuelta al estatus quo anterior a la primavera árabe es un escenario preferible a la agitación del último lustro, sobre todo con un amigo inequívoco en el despacho Oval dispuesto a borrar todas las secuelas de la pesadilla Obama.

El nuevo presidente y su equipo de militares duros puede sentir la presión antes de tomarle la medida a sus despachos. El Trumputismo puede revelarse un constructo político, diplomático y militar ilusorio, imposible, como han señalado ya varios analistas, inquietos ante una revisión demasiado precipitada e impredecible de los fundamentos clásicos de la política exterior norteamericana.

Más allá de las indeseables alianzas del nuevo inquilino de la Casa Blanca en su retórica guerra antiterrorista, el miedo a Trump tiene fundamentos más prosaicos: riesgo a una guerra comercial con China, desenganche de responsabilidades compartidas en Europa y Asia o militarización western-style en escenarios potenciales de crisis seleccionados en base a criterios de restringido interés nacional y desatención a las inquietudes de los aliados tradicionales.

No obstante, este miedo que el año 2017 ha traído prendido en sus pañales es muy diferente del que se experimentó en los años más grises de la guerra fría. Responde a discursos y circunstancias más fluidas y confusas.

La paradoja de Trump es que, habiéndose situado apoyado en los segmentos más conservadores del país, no responde a intereses internacionalistas/militares, sino a impulsos aislacionistas que pueden, o no, acudir a recursos militares potenciales o reales para hacer efectivo su programa. Al cabo, el riesgo para la seguridad global es el mismo, pero los mecanismos que pueden desencadenar la desestabilización son mucho más imprevisibles y peligrosos.               

OBAMA SALDA CUENTAS CON NETANYAHU

29 de diciembre de 2016
                
No es la primera vez que Estados Unidos adopta una resolución en las Naciones Unidas que contraría a Israel, pero la abstención de esta semana en el Consejo de Seguridad, que permitió la aprobación de la resolución 2334, tiene un alcance de particular importancia. La decisión de la administración Obama es más que significativa en el fondo y en la forma, pero sobre todo por el momento en que se produce.
                
Básicamente, la Resolución 2334 (llamada a forma parte de la historia del proceso de paz en Palestina) condena a Israel por su política de expansión de los asentamientos en los territorios ocupados en la franja occidental del río Jordán (Cisjordania) y el sector oriental de Jerusalén. La resolución invoca la Cuarta Convención de Ginebra, que prohíbe expresamente a las potencias ocupantes la anexión del territorio bajo su control, la trasferencia de población ajena o cualquier política destinada a alterar su equilibrio demográfico, que es exactamente lo que Israel lleva haciendo desde 1967.
                
El malestar entre los dos gobiernos adquirió dimensiones muy difíciles de manejar desde la decisión norteamericana de resolver la cuestión nuclear de Irán no por la fuerza, sino mediante un acuerdo de congelación y limitación temporal con fuertes garantías. Para Netanyahu y la derecha israelí, se trató de una auténtica traición. Pero con anterioridad, la extensión de los asentamientos judíos ya había envenenado las relaciones bilaterales.

LA COLONIZACIÓN, EL MAYOR OBSTÁCULO PARA LA PAZ

La colonización judía de Palestina no es el único, pero sí el principal obstáculo para hacer posible la fórmula que la comunidad internacional parece haber convenido en los últimos años para resolver el conflicto más intratable del último medio siglo; es decir, la solución de los dos estados: el actual Israel y Palestina. Ante la creciente deriva de las opciones políticas en Israel hacia posiciones cada vez más intransigentes, tanto en la cuestión palestina, como en otros asuntos de contenido social, ideológico y religioso, el Likud, un partido nacionalista y conservador pero tradicional, ha ido radicalizado su mensaje, para no ser desbordado por las formaciones emergentes de la ultraderecha.
                
Hasta tal punto se ha enrarecido el clima en Israel que el propio Netanyahu ha tenido que frenar una iniciativa legislativa para legalizar asentamientos ilegales, es decir, los que se han levantado sin el preceptivo permiso de las autoridades israelíes. Algunos analistas temen que después del voto en la ONU, el primer ministro no se conforme con represalias más o menos diplomáticas o técnicas y ceda a las presiones para una regularización general.
                
Lo novedoso de la resolución aprobada el 27 de diciembre es que el Consejo de Seguridad establece que no reconoce cambios en las fronteras posteriores al 4 de junio de 1967, cuando comenzó la llamada guerra de los seis días, en la que Israel ocupó territorio de Egipto, Siria y Jordania. La resolución menciona expresamente Jerusalén, lo que ha dolido especialmente a los responsables israelíes, que no han renunciado nunca a que la ciudad sea reconocida algún día, internacionalmente, como la capital eterna del pueblo judío.
                
Netanyahu reprocha a Obama que haya ido tan lejos, cuando en 2011 defendió, como habían hecho algunos de sus antecesores, que en las negociaciones pudiera procederse a intercambios de territorios, con un doble propósito: consolidar garantías de seguridad para Israel, pero no sin perjudicar una razonable continuidad territorial del futuro Estado palestino. Este empeño se asemeja a un puzzle endiablado que la incesante actividad colonizadora hace cada día más difícil. Es a lo que John Kerry se ha referido este miércoles cuando ha denunciado que la colonización israelí hace inviable la solución de los dos Estados.
                
El cruce de reproches vuelve a ser agrio entre Israel y Estados Unidos. Netanyahu ni siquiera se privó de una lacerante ironía al declarar que mientras Siria se deshace en pedazos a a la administración Obama no se le ocurre otra cosa que emprenderla con sus amigos en el Consejo de Seguridad. Más grave aún es que el primer ministro israelí haya acusado al gobierno norteamericanos saliente nada menos que de haber orquestado la resolución. Washington y algunos de los otros catorce miembros del organismo han desmentido categóricamente esta acusación.

Kerry ha replicado este miércoles a Netanyahu que a los amigos hay que hablarles con franqueza y respeto y que Israel ha estado desoyendo durante años los consejos de Estados Unidos sobre lo peligroso de sus actuaciones. El Secretario de Estado ha recordado, como era de esperar, que la actual administración norteamericana ha superado todos los récords históricos en ayuda militar a Israel y ha votado siempre en la ONU a favor de sus intereses. Pero el asunto de la colonización se ha convertido en una línea roja porque perturba muy gravemente, ha insistido Kerry, la solución de los dos estados
                
Esta renovada irritación tiene un cierto aire a saldo de cuentas. Obama y Netanyahu nunca se han entendido, esa es la verdad. La confianza se ha quebrado en numerosas ocasiones. El primer ministro israelí abusó de las influencias judías en Washington para inmiscuirse en la política interior norteamericana en momento muy sensibles de confrontación entre la Casa Blanca y un Congreso dominado por los republicanos.

Ahora, la administración Obama está a tres semanas de echar el cierre y muchos de los responsables de la política regional, incluido el propio Presidente, están persuadidos de que Netanyahu no ha favorecido avances en el proceso de paz, aunque también atribuyan parte del fracaso a los palestinos. 

ESPERANDO A TRUMP

Por su parte, los sectores más conservadores de Israel creen que este periodo negativo está a punto de acabar. En el horizonte se avista, con alto grado de seguridad, un giro radical en la política de Washington mucho más favorable a Israel. El presidente electo norteamericano ha seleccionado como aspirante a embajador en Israel a un hombre de negocios claramente contrario a la solución de los dos estados y en absoluto contrario a la colonización, que se sepa. Incluso el nuevo líder de la minoría demócrata en el Senado ha disentido de la abstención en el Consejo de Seguridad, igual que uno de los mediadores más veteranos, el exsenador Mitchell.

En realidad, la abstención, por mucho que irrite a Israel, era la opción más prudente y moderada de las que había barajado estos últimos meses la administración Obama. Europa, con Francia a la cabeza, favorece iniciativas más rotundas para avanzar en el proceso y garantizar la viabilidad de un Estado palestino. De hecho, a mediados de enero hay programadas citas diplomáticas inmediatas que podrían arrojar novedades. Para entonces, presidirá el Consejo de Seguridad Suecia, país conocido por sus tradicionales posiciones pro-palestinas (ya ha reconocido el Estado palestino, de hecho). Trump puede inaugurar su mandato con una crisis con sus aliados europeos por el asunto de Oriente Medio. Un mal comienzo para un mandato que el mundo espera con el corazón encogido.

EL DOBLE GOLPE TERRORISTA EN EL TRIÁNGULO ANKARA-MOSCÚ-BERLIN

21 de diciembre de 2016
                
En el momento de escribir este comentario no hay indicios de que los atentados Ankara y Berlín del pasado 19 de noviembre estén conectados o coordinados. Y, sin embargo, no sería extraño que así fuese… Si no e vero…

Después de la escenificación del acto final de la tragedia de Alepo, era de esperar una acción terrorista singular, de gran impacto mediático, tras varios meses de relativa pausa. En este caso, el efecto propagandístico no ha consistido tanto en la magnitud del golpe, sino en la práctica simultaneidad de dos acciones. La primera, el asesinato ante las cámaras del embajador ruso en Turquía, durante un acto cultural; y la segunda, el atropello de un camión de gran tonelaje a los visitantes de un mercado navideño en Berlín, siguiendo un patrón similar al ejecutado en Niza el verano pasado.

Dos atentados, tres países directamente afectados y un propósito aparentemente claro: incidir en las tensiones que traban la lucha antiterrorista internacional y las distintas posiciones ante la guerra en Siria. Alemania, Rusia y Turquía bien podrían constituir un triángulo virtual en una hipotética estrategia del Daesh para contrarrestar sus derrotas militares en Mesopotamia con acciones efectistas de pretendido valor propagandístico.
                
SIRIA COMO INSPIRACIÓN… PARA LARGO

Para el yihadismo, Rusia se ha convertido en la potencia enemiga preferente por su compromiso militar explícito en la defensa y recuperación del otrora tambaleante régimen sirio. Turquía es un rival más ambiguo, con el que no se termina de romper completamente los puentes, pieza frágil del rompecabezas occidental en la zona y campo fértil de tensiones étnicas y provocaciones armadas. Alemania es la líder no discutida, aunque discutible, de la apagada, contradictoria y bloqueada Europa, pero en todo caso, país clave en el debate sobre la acogida de refugiados, y también en la filtración de un selecto ejército de reserva de los combatientes islamistas.
                
El policía turco que ejecutó de manera tan impactante al diplomático ruso deja bien clara la motivación que impulsó su acto criminal: “No olviden Siria, no olviden Aleppo. Mientras allí no haya seguridad, ustedes tampoco gozarán de ella”. Mensaje claro, acción directa, efecto garantizado.
                
Rusia, principal, aunque no único, apoyo militar del régimen sirio, había asumido el riesgo de sufrir una represalia terrorista (o varias, quizás una cadena), dentro o fuera de sus fronteras. Que la primera de estas acciones encajadas haya sido en Turquía puede ser casualidad. Pero el entorno estratégico justificaría que hubiera sido seleccionado a propósito. Rusia y Turquía mantienen una inestable y oscilante relación, porque quieren cosas distintas en Siria y apoyan bandos enfrentados en sus empeños respectivos, pero comparten hasta cierto punto un enemigo común. Ankara y Moscú se necesitan mutuamente para contrarrestar la estrategia occidental, de la que Turquía forma parte, pero con no pocas reservas, por no decir discrepancias abiertas, en particular el rechazo frontal a colaborar con los kurdos, que son muy buenos aliados de Washington, pero enemigos mortales del régimen turco.  
                
Si el atentado de Ankara hubiera estado inspirado directa o indirectamente por el Daesh, o por cualquier otra facción islamista vinculada en mayor o menor grado de pertenencia a la franquicia de Al Qaeda, sería difícil considerarlo como una simple acción caliente de venganza por el martirio de Alepo. Se pueden barajar dos hipótesis.

La primera, que golpear simbólicamente a Rusia en territorio turco, en la persona de su embajador, tendría como objetivo humillar a los aparatos estatales de ambos países.

La segunda, que los autores pretendieran provocar un nuevo foco de tensión entre Ankara y Moscú, al desencadenar una polémica por las evidentes fracturas de seguridad. El asesino superó los supuestos filtros de vigilancia turcos, ayudado por su condición de policía, aunque no estuviera de servicio. Pero los rusos no pueden construir un reproche creíble, puesto que el propio diplomático asesinado había rechazado protección específica.

En cualquier caso, si la intención era perjudicar la relación bilateral, el resultado ha sido el contrario. Putin y Erdogan convinieron de inmediato en rechazar la eventual provocación y reforzar la colaboración en materia antiterrorista y en cooperación económica (comercial y energética).

Después del incidente del avión ruso derribado por la fuerza antiaérea turca en 2015, que puso a los dos países al borde de la ruptura, la evolución de los acontecimientos en Siria, el fallido golpe militar en Turquía, los reproches turcos a Estados Unidos por el amparo al clérigo que supuestamente inspiró la intentona, las tensiones entre Bruselas y Ankara y el empeoramiento del clima entre Washington y Moscú se han combinado para favorecer un acercamiento entre los dos grandes rivales de la conjunción euroasiática. A la que se ha sumado ahora Irán, justo después de del atentado de Ankara. ¿Casualidad?

BERLÍN: ALIENTO DEL AUGE EXTREMISTA

Sobre el atentado de Berlín pesan más incógnitas, pese a la autoría expresa del Estado Islámico. Hasta hace poco, Alemania no parecía un objetivo prioritario de los yihadistas. No figura en el grupo de cabeza de la operación militar contra el Daesh; y, en el plano diplomático, Berlín ha sido el principal agente en el alejamiento europeo tanto de Rusia como de Turquía.

La canciller Merkel es la principal abogada del mantenimiento de las sanciones contra Moscú por la ocupación consolidada de Crimea y el enquistamiento de la situación militar en las provincias orientales de Ucrania; a lo que se ha venido a añadir el fuerte malestar germano por la responsabilidad rusa en el sufrimiento de Alepo. Aunque otros países europeos participan de esta postura, Berlín ha asumido un rol más protagonista, más activo.

En relación a Turquía, la jefa del gobierno alemán no oculta su frustración por la conducta de Erdogan. Berlín ha tenido un papel importante en el parón de las negociaciones de adhesión de Turquía a la UE. La inmensa purga efectuada por el régimen tras el intento de golpe militar ha hecho imposible un diálogo fructífero con Bruselas. El acuerdo para limitar y controlar el flujo de refugiados procedente de las zonas de guerra en Oriente Medio se está aplicando en términos generales, aunque el flujo de huidos se haya desplazado hacia otras rutas y con menor intensidad.

¿Por qué entonces, esta fijación de los extremistas islamistas con Alemania? Porque los actos de terror agudizan las contradicciones en la política alemana sobre los refugiados. Merkel tendrá que soportar -ya está ocurriendo- nuevas embestidas de la extrema derecha, que la hace responsable, por negligencia, de los atentados que han sacudido Alemania durante el presente año. La canciller defendió en su momento una política aperturista ante la demanda de asilo, pero la presión de sus propias bases y los sucesivos actos de violencia terrorista le han hecho adoptar posiciones más restrictivas. Cada atentado es una amenaza para su liderazgo interno y un acicate para la crítica oportunista de los sectores alemanes más reaccionarios. 

VOTOS EN LA NIEBLA

14 de diciembre de 2016
                
Hay un cierto aire de extravagancia en el debate sobre la supuesta interferencia encubierta de Rusia en las recientes elecciones norteamericanas. La gravedad de este turbio asunto contrasta con la aparente mala gestión del problema. Casi nadie se salva de ser señalado: el Kremlin, la Casa Blanca, la CIA, el FBI, los dos grandes partidos y Trump.
                
La primera noticia de que oscuros agentes rusos podían estar intentando influir en las elecciones emergió el pasado verano, durante la convención demócrata. Cuentas de correo electrónico del Comité Nacional y de John Podesta, jefe de campaña de la candidata Clinton, estaban siendo pirateadas desde hacía un año. Los datos extraídos fueron enviados a Wikileaks y a Guccifer, una web fantasma controlada desde Rusia. Algunas revelaciones indicaban que la dirección del Partido Demócrata no estaba siendo neutral y favorecía a Hillary o perjudicaba a Bernie Sanders con sus actuaciones. El escándalo obligo a dimitir a la Presidenta del partido.
                
Los demócratas denunciaron la interferencia y exigieron una investigación. La polémica perduró durante toda la campaña, alentada por el propio candidato republicano que no se privó de realizar comentarios sarcásticos y aprovechar el caso para reforzar su estrategia de cuestionar la honestidad de su rival.
                
Más tarde, cundió el temor de que los servicios de inteligencia rusos pudieran manipular o inutilizar las máquinas de votación e incluso interferir en los programas informáticos de recuento de los votos. Pero la Casa Blanca, acorde con las agencias de seguridad, creyeron más conveniente tranquilizar a la ciudadanía.
                
Tras los sorprendentes resultados electorales y el contraste entre el voto popular (triunfo de Hillary Clinton por casi tres millones de sufragios) y el voto del Colegio Electoral (victoria de Donald Trump, gracias a la ligera ventaja de apenas unos millares de votos en estados como Pensilvania, Michigan y Wisconsin), brotaron iniciativas a favor de la revisión del recuento. El equipo de Hillary se mostró remisa (como ya le ocurriera e Al Gore en 2000), pero terminó por apoyar la iniciativa de la candidata verde Jill Stein.
               
Mientras se sustanciaba el complicado procedimiento, saltó la noticia que ha removido el clima político preinaugural. La CIA dio a conocer un análisis en el que concluye, “con alto grado de certidumbre”, que las interferencias informáticas rusas pretendían influir en las elecciones presidenciales, perjudicando a Clinton y favoreciendo a Trump. Según la agencia, los hackers piratearon también al Partido Republicano, pero no proporcionaron la información extraída a terceros, contrariamente a lo que habían hecho con el Partido Demócrata.
               
El Presidente electo enterró el ánimo conciliador que exhibió en los primeros días posteriores a su victoria y volvió a mostrarse provocador y desafiante. Se mofó de la CIA y cuestionó de nuevo su competencia, al comentar que “éstos son los mismos que dijeron que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva”. Trump intentó zanjar las protestas de los demócratas acusándolos de malos perdedores.  Portavoces republicanos fueron más cautos y se limitaron a negar, poco convincentemente, que hubieran sido infiltrados por los rusos.

Las miradas se dirigen también a la Casa Blanca, que previamente había descartado una influencia efectiva de Rusia en el proceso electoral y había dado por bueno el resultado, igual que la candidata derrotada. Una extensa investigación del New York Times plantea ahora interrogantes sobre las decisiones de la actual administración, la profesionalidad de FBI, el comportamiento de los medios, la intención de Wikileaks y otras variables del caso (1).


EL ‘JAMÓN DEL SANDWICH’

Las revelaciones de la CIA no mejoran el prestigio de la agencia, ni mucho menos. Todo el mundo se pregunta por qué no ha revelado hasta ahora la información, ya que disponía de ella antes de las elecciones. Debido al carácter reservado de su tarea, las especulaciones priman sobre las certidumbres. Por lo general, estas instituciones de inteligencia tratan de situarse al margen de las rivalidades políticas, de no ser el “jamón del sándwich partidista”, como comentaba sardónicamente estos días un profesional veterano.

No siempre ocurre así, desde luego. Otro de los asuntos más controvertidos de la reciente campaña lo protagonizó precisamente el FBI, la agencia de seguridad interior. Su directo, James Comey, originó una gran tormenta política al revelar que se iban a estudiar comunicaciones informáticas del exmarido de una colaboradora de Hillary, por si ofrecían algún dato sobre el famoso asunto de los correos de la candidata demócrata mientras era Secretaria de Estado. En el momento de esta decisión, Hillary aventajaba sustancialmente a su rival en todos los sondeos. En sólo unos días, las distancias se acortaron notablemente hasta rozar el empate técnico. Sólo entonces, Comey rectificó y suspendió las investigaciones por considerar que carecían de relevancia. Según recientes trabajos de análisis, la interferencia del director del FBI parece haber sido decisiva en el giro de las preferencias electorales (2).

UNA INAUGURACIÓN BAJO SOSPECHA

La acumulación de elementos circunstanciales sobre la influencia del Kremlin en la política de Estados Unidos se ha reforzado con candidatos gubernamentales que disfrutan de muy buenos contactos en Moscú. Es el caso del escogido para dirigir la diplomacia, Rex Tillerson, actual Presidente de la petrolera Exxon, que ha realizado importantes negocios con la compañía estatal rusa y ha sido condecorado por el Kremlin; o del virtual Consejero de Seguridad Nacional, el general Michael Flynn, un estruendoso defensor de la colaboración estratégica con Rusia, por citar sólo lo más destacados.

La dirección republicana, mal que bien, se había esforzado por encajar con su nuevo líder político. Pero algunos de los nombramientos anunciados, los procedimientos exhibidos en el proceso de selección de nombres, la influencia excesiva de su entorno familiar (en particular, el yernísimo Kusher), el ruido que hace el propagandista reaccionario, Bannon, por no olvidar la incógnita siempre latente sobre el conflicto de intereses entre el Presidente y el hombre de negocios, han enrarecido el clima pre-inaugural.

Lo único que faltaba era la revitalización del thriller de espionaje en que se ha convertido esta oscura trama de intereses entre Rusia y el círculo Trump, que ha irritado a pesos pesados como McCain o Rubio.  Tanto es así que los legisladores republicanos se han visto obligados a aceptar la creación de una comisión de investigación parlamentaria.

El sistema electoral norteamericano, como hemos denunciado aquí muchas veces, está plagada de irregularidades y defectos que desnaturalizan seriamente el sistema democrático. La sombra del Kremlin, real, imaginada o imaginable, sólo agrava aún más la percepción de que otros factores ajenos a la voluntad popular han podido torcer el destino de América.

(1) “The Perfect Weapon: How Russian Cyberpoer invaded the U.S.”. NEW YORK TIMES, 14 de diciembre.


(2) “How did Trump win? The FBI and the Russians”. MOTHER JONES, 12 de diciembre.

RENZXIT

5 de diciembre de 2016
                
Suele decirse que la política es el arte de lo posible. En los tiempos que corren, sería más acertado corregir el aforismo y proclamar que la política es la capacidad de seleccionar bien los riesgos. Y si hay un riesgo que conviene calcular con particular destreza, para asegurarse que puede convertirse verdaderamente en oportunidad, ése es el del referéndum.
                
Renzi debe estar pensando algo similar, ahora que la ruleta rusa de la consulta a los ciudadanos le ha dejado tumbado sobre la lona. De poco le consolará no haber sido un rara avis, sino uno más de los políticos de su tiempo que apuesta mal, que se cree capaz de sobreponerse a un ambiente envenenado y desfavorable que devora políticos, dirigentes, consensos que parecían firmemente anclados.
                
El primer ministro italiano creyó poder cambiar la arquitectura constitucional de su país, inoperante y cuajada de disfunciones. Era un empeño interesante y hasta necesario. Pero la oferta alternativa que sometió a la consideración de la ciudadanía presentaba elementos muy discutibles y algunos incluso sospechosos.
                
La neutralización del Senado como factor obstaculizador de la vida política o la concesión de mayores poderes al ejecutivo mediante una ley electoral que permitiera mayorías más claras y estables de gobierno parecían propuestas cargadas de sentido en un país en el que la política se asemeja a un juego de ajedrez endiablado y opaco. Sin duda, esa realidad se debía a unas reglas calculadamente complicadas e insidiosas. Pero las reglas obedecen o reflejan culturas y pautas cívicas muy arraigadas.
                
Cuando inició el proceso que ha desembocado en el enésimo referéndum-trampa que hemos vivido en Europa, Renzi creía tener el proceso bajo control. Confiaba en su capital político, en eso que denominamos coloquialmente como “popularidad”. Pero como suele ocurrir en el devenir político, no hay bien más perecedero que el consentimiento ciudadano. En los tiempos que corren, la caducidad se acorta de manera dramática.
                
El referéndum siempre esconde objetivos y propósitos subyacentes al que se plantea públicamente. La reforma del sistema político italiano era ese objetivo nominal en el caso presente. Pero Renzi se dejó arrastrar por la tentación de apostar a doble o nada para reforzar su posición política, que empezaba a renquear, a ofrecer flancos demasiado frágiles.
                
Cuando alguien pierde, es muy fácil poner en evidencia sus errores. Que los cambios institucionales eran necesarios, casi nadie lo pone en duda. Pero en el clima político actual, dominado por un malestar ciudadano casi obsesivo, las consultas directas se convierten en armas cargadas de resentimiento. El tiempo ya no agota políticos: los devora.

EL CÁNCER PERPETUO DE ITALIA

Las razones por las que un porcentaje tan claramente alto de italianos ha rechazado la propuesta de su primer ministro son variadas. Pero al haberse atrapado el propio Renzi en la disyuntiva aprobación o dimisión (por mucho que intentara desmarcarse a medias cuando empezó a presentir una posible derrota), el referéndum se convirtió, de repente, en un arma letal, en una tentación irresistible de rivales y desengañados para castigarlo. El homo politicus italiano es profundamente cínico. Los italianos desprecian profundamente a sus políticos, pero superan claramente a otros europeos en la promoción de las alternativas más dudosas.

Italia arrastra el incómodo privilegio de haber sido el primer país de la Unión Europea que respaldó una alternativa abiertamente populista, en la figura de Silvio Berlusconi, hace más de veinte años. Por mucho que se quiera explicar el ascenso de Il Cavalieri por los efectos devastadores de la tangentopoli, la corrupción sistémica, el pudrimiento institucional y el agotamiento de un modelo injustamente ensalzado como paradigma de las habilidades políticas y una especie de inteligencia innata, los efectos de aquella deriva han sido claramente negativos para el país. Y persistentes.

Una generación después, la liquidación virtual de la I República Italiana no ha generado dinámicas de cambio positivo. Aparte del mencionado timo de la regeneración con que Forza Italia sedujo y engañó a un país falsamente considerado como sabio en política, la eterna crisis italiana no ha dejado de producir subproductos políticos a cada cual más incapaz de generar soluciones reales para el país. A saber: el reforzamiento de un movimiento xenófobo en el norte (la Liga Norte); la tentación tecnocrática de gobiernos supuestamente liberados de la inmunda maquinaria partidista pero a la postre escasamente conectados con las aspiraciones legítimas de la mayoría (ensayo Monti); fórmulas populistas de protesta de ambiguos perfiles sin programas claros de gobierno (el Movimiento Cinco Estrellas), que decepcionan más pronto que tarde (gestión municipal muy discutida en Roma y Turín); o la recurrente figura del líder auto-presentado como renovador, poco o nada apegado a los aparatos políticos  o a las ideologías (Renzi) que presentan el aval de una gestión local (Florencia) como promoción de una ambición nacional.

LENTEJAS POLÍTICAS

¿Y ahora qué? Pues seguramente, más de lo mismo. El Presidente de la República pondrá en marcha el habitual turno de consultas para, calculadora política en mano, descifrar si alguien reúne los apoyos necesarios para formar un nuevo gobierno. Padoan, el actual ministro de Finanzas, es el candidato más citado, al frente de otro “gobierno técnico” contra la “inestabilidad”. Pero, aunque no inevitables, las elecciones son muy probables. En el clima actual de fervor populista y nacionalista no es descartable el repunte de la Liga Norte, del Movimiento Cinco estrellas e incluso el despertar de Berlusconi, alentado por su avatar Trump.

Las consecuencias del referéndum fallido no se agotan en Italia. Se trata de un asunto europeo, que viene a unirse a las úlceras del Brexit. Se temen más temblores en la eurozona por la fragilidad bancaria italiana. Asoma otra vez el ciclo infernal. Si 2016 ha sido un annus terribilis, el que asoma puede traernos terremotos políticos aún más desestabilizadores: un triunfo parcial o total del Frente Nacional en Francia o de los xenófobos en Holanda, por no hablar de la confirmación del fantasma nacionalista en Alemania, el próximo otoño. Es sarcástico que la Canciller Merkel, cuyas políticas han causado tanto sufrimiento en Europa, sea jaleada ahora como la gran esperanza de estabilidad.

La democracia está seriamente cuestionada en Europa, como lo está en Estados Unidos y en casi todos los escenarios del mundo. La crisis financiera mutó en corrosión social, luego en perplejidad política y presenta ya síntomas de alta vulnerabilidad sistémica. El consenso de la posguerra mundial está acabado, y lo peor es que nadie parece a la altura de ofrecer una alternativa que nos aleje de los fantasmas que abocaron al mundo al abismo bélico hace más de setenta años. Una reciente encuesta de la Universidad de Harvard revela que el apego a la democracia de los millenials, de los ciudadanos jóvenes menores de 25 años, es el más débil de las últimas seis décadas, en ambos lados del Atlántico. Pero eso será material para otro comentario. 

LA SEGUNDA MUERTE DE FIDEL CASTRO

28 de noviembre de 2016
                
Fidel Castro ha muerto biológicamente el 25 de noviembre de 2016, pero ya había fallecido políticamente hace más de diez años, el 31 de julio de 2006, cuando cedió el control efectivo de Cuba a su hermano Raúl debido a su enfermedad, que ya le había limitado severamente su capacidad de obrar.
                
Durante algún tiempo, se mantuvo vivo el debate sobre el alcance e influencia de Fidel en la política cubana, después de ceder el testigo operativo del mando a su hermano Raúl. Las frecuentes opiniones del ex-presidente, orales o escritas, orientativas o aparentemente imperativas abonaron la idea de que el Jefe de la Revolución no se había retirado, no había dado un paso atrás (ya se sabe: ni para coger impulso), sino a un lado.
                
Al cabo, importa poco la naturaleza del poder que Fidel haya podido ejercer durante la década pasada. Lo relevante es que, coincidiendo con su apartamiento de la primera línea, se confirmó en Cuba una transición (en absoluto un cambio), hacia otra forma de socialismo. O al menos así lo pretenden sus impulsores, la vieja y la nueva guardia del Partido Comunista, con discrepancias tenues en cuestión de matices o de graduación).
                
La primera muerte de Fidel fue política, que no ideológica. Es decir, no ha habido en estos diez últimos años renuncia alguna al ideario de la revolución, ni siquiera al del sistema económico y mucho menos político. El principio "todo dentro de la revolución, nada fuera de la revolución" ha seguido vigente. Lo que se ha modificado no ha sido el discurso, sino la praxis. O sea, la política. La intransigencia fidelista, santo y seña de la concepción militante y vigilante de la Revolución, se ha ido transformando en la flexibilidad raulista, reflejo de la necesidad de supervivencia  tanto del proyecto revolucionario como del acomodo de las élites del sistema.
                Desde su nueva tribuna en retaguardia -o, si se quiere, de una vanguardia menos avanzada-,  Fidel Castro se permitía ciertos dardos sin destinario expreso. Lo cual en absoluto era novedoso, porque ya practicaba este comportamiento cuando ejercía de hecho y derecho el liderazgo supremo. Era lo que llevó en su día a Gabriel García Márquez a decir que Fidel Castro era el líder del gobierno, pero también de la oposición. Un halago discutible que pretendía ensalzar el espíritu crítico e inconformista del ya por entonces veterano revolucionario.
                
La última veta crítica de Fidel tenía otro significado. En su vejez, en su deterioro físico y anímico, en la conciencia del aislamiento en que se encontraba Cuba, pese al apoyo chavista, el anciano Castro estaba anticipando quizás una Cuba distinta, no necesariamente capitalista a corto plazo, pero sí contaminada por precursores que a él siempre se le antojaron insidiosos, por necesarios que fueran ocasional o provisionalmente, como la propiedad mixta, el pequeño negocio privado más estable que actualmente, la creciente inversión extranjera, etc.
                
En cierta ocasión, ya retirado del primer plano, Fidel admitió con amargura el retroceso del "campo socialista". Pero, con la ambigüedad que lo caracterizaba cuando hablaba de las relaciones internacionales (aparte de sus latiguillos anti-imperialistas), nunca se pronunció sobre la evolución nacionalista de Rusia tras la desaparición de la URSS o el travestismo del comunismo chino en un capitalismo de Estado bajo el autoritarismo de un Partido despojado de su armazón ideológico para convertirse en un mero aparato de poder.
                
Castro nunca recomendó un camino concreto para su país que no fuera un irreal continuismo de su régimen. Hubiera sido como aceptar que había que hacer más cambios que los puramente tácticos o instrumentales. Quizás ya se había resignado a que había dejado de ser una fuerza real, una influencia efectiva. En su ambigua aparición en el último plenario de la Asamblea Popular, el pasado mes de abril, evocó su desaparición definitiva, para afirmar a continuación la pervivencia de las ideas comunistas.  Se respetó más al mensajero que al mensaje.
                
Por la misma razón,  importó poco su escaso aprecio -por no decir desdén- por la significación de la visita de Obama, el primer presidente que aterrizaba en la isla en más de medio siglo. Raúl Castro y el resto de equipo dirigente capitalizaron ese acontecimiento sin exagerarlo, pero sin minimizarlo tampoco.

                
Por eso, la segunda muerte de Fidel Castro se ha vivido con tranquilidad absoluta en Cuba, algo que ha sorprendido a algunos medios poco reflexivos.  Hace tiempo que el pueblo cubano ya había descontado su desaparición definitiva. Sus palabras seguirán escuchándose muchos años. Ahora, como desde hace un cuarto de siglo al menos, lo que preocupa es vivir cada día. Resolver.