'LUNA LLENA' EN BOLIVIA

14 de Octubre de 2014
                
El tercer triunfo consecutivo de Evo Morales en Bolivia no ha sorprendido a casi nadie. Pero -algo impensable hasta hace poco- es que ha irritado o molestado a muy pocos. Con el 60% de los votos, apenas cuatro puntos menos que hace cinco años, el líder indigenista ha derrotado a una oposición dividida e incapaz de presentar una alternativa creíble. Su adversario más votado, el empresario Samuel Doria, apenas ha alcanzado el 25% de los votos.
               
LA REIVINDICACIÓN DEL 'INDIO'
                
Así se autocalificaba Evo Morales en una entrevista con este comentarista, en una entrevista realizada para el programa EN PORTADA, de Televisión Española, en 2005, cuando todavía no era ni siquiera candidato. Era entonces parlamentario y líder del MAS (Movimiento al Socialismo), un bloque político articulado en torno a la convergencia de organizaciones populares de base. Sólo le acreditaba su experiencia movilizadora como líder sindical de los pequeños productores de coca. Para sus enemigos, era un peligro, un "tapado de Chávez", un "agente de las FARC", un peligro para la convivencia nacional, una vergüenza mundial teñida de coca. "Etiquetas, descalificaciones para que no gobierne el indio", respondía Evo Morales.
                
El "indio" consiguió armar una candidatura, pergeñar un programa y construir una mayoría social. Ganó las elecciones. Y gobernó. La élite social y política nunca aceptó de buen grado que un hombre como Evo Morales ocupara el Palacio Quemado. Ese lugar, sede de la presidencia boliviana, estaba reservada al criollo. Oligarca o intelectual, pero criollo. Es decir, a la minoría. Más que el palacio, los 'quemados' eran sus inquilinos: de los 83 presidentes anteriores a Morales, 36 duraron menos de un año, la mayoría depuestos por un golpe militar.
                
Los "indios" eran considerados incapaces. Literalmente. Hasta la revolución "nacionalista" de 1952, liderada en por Víctor Paz Estensoro (otro criollo), a los indios ni siquiera se les permitía entrar en el centro de La Paz, "porque estaban sucios", como recuerdan a los periodistas extranjeros que se interesan por la historia boliviana.
                
Hoy en día, Evo Morales ha conseguido encarnar la dignidad triunfante de esa mayoría indígena. Sin violencia, sin dictadura. La clave de este éxito reside en su habilidad para no dejarse atrapar en un discurso redentor. Contrariamente a Chávez, ha sido pragmático sin apartarse de sus objetivos de redistribución de recursos. Algunos datos son ilustrativos. El PIB se ha triplicado en estos años hasta alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2013, según el poco sospechoso Banco Mundial. En similar proporción ha aumentado la renta per cápita (de 1.000 a 2.800 dólares) El crecimiento económico ha mantenido una media del 5% anual (el 6,8% el año pasado). La discutida nacionalización parcial del sector energético ha proporcionado al Estado el 80 por ciento de esos recursos naturales, frente al 20 por ciento en las etapas anteriores, lo que, en términos absolutos ha supuesto quintuplicar los ingresos por exportaciones (de dos mil a diez millones de dólares). Las reservas del país alcanzan los 15.000 millones de dólares, una cifra sin precedentes.
                
Con este considerable capital (económico y político), Evo Morales y su dupla asistente (el vicepresidente Garcia Linares y el pragmático Ministro de Economía, Luis Alberto Arce), han sabido diseñar un ambicioso programa de redistribución, que presenta datos incontestables. Bolivia disfruta hoy de pleno empleo y los salarios más bajos se han elevado notablemente (un 20% sólo en el último año.  La pobreza se ha reducido como en ningún otro país de la región latinoamericana: de un 60% a un 45% (datos de 2011); en el caso de la 'pobreza extrema', el descenso ha sido del 37 al 18,7 por ciento. El gasto público se ha triplicado para sostener unos programas sociales de amplio alcance, que han beneficiado a una tercera parte de la población. La UNESCO acredita que Bolivia ha superado el analfabetismo.
                
RETOS PENDIENTES
                
Los críticos -rivales políticos, empresa privada, medios dominados por capital extranjero-  sostienen que este balance innegablemente positivo se ha debido en gran parte a una coyuntura económica favorable, impulsada por la demanda de materias primas, y también a las inversiones realizadas en los noventa, que arrojaron frutos en estos últimos años y, por tanto, no puede atribuirse a un mérito del actual presidente. Además,  advierten de los problemas estructurales que Morales no ha resuelto y podrían provocar tensiones muy lesivas en poco tiempo (la llamada "trampa del crecimiento").
                
Los escépticos con el 'modelo comunitarista' actual señalan que Bolivia sólo dispone de diez años de reservas energéticas y el Estado apenas invierte 400 millones de dólares en la exploración de nuevos yacimientos. Necesita, por tanto, capital extranjero para financiar nuevas exploraciones y el discurso antiimperialista de Evo Morales no pone fácil su obtención.
                
También denuncian los críticos instintos autoritarios del presidente. O su pretendido proyecto de perpetuarse en el poder, si la mayoría parlamentaria le permite cambiar la Constitución. De hecho, una interpretación polémica de las leyes le ha permitido acceder a este mandato por haber adelantado las elecciones en 2009.
                
Otro reproche habitual en los primeros años del gobierno del ex-sindicalista cocalero era el peso de este producto en la economía nacional, debido a la defensa cultural y emocional que Evo exhibía sin rubor. Cuando el ex-sindicalista expulsó a las agencias norteamericanas del país, se pronosticó un incremento incontrolado de la producción de la hoja mágica. En cambio, la producción de coca se ha reducido en Bolivia en los dos últimos años, según la ONU, debido a los "esfuerzos del gobierno por erradicar y racionalizar" el tamaño de las explotaciones, aunque también ha influido el agotamiento de la fertilidad de las tierras.
                
Aparte de las críticas de sectores conservadores o liberales, también se han producido tensiones en los movimientos populares. Las más ruidosas han sido las protestas sociales por el aumento del precio de los combustibles (2010) o por el impacto ecológico de nuevos proyectos industriales. Ante estos desafíos provenientes de su base social, Morales ha actuado con firmeza, pero también con flexibilidad, lo que ha desmentido algunos pronósticos de falta de estatura política.

                
En definitiva, Morales ha conjurado los augurios y ha conseguido imponerse ahora en todos los departamentos del este del país (excepto Beni), en esa zona denominada la "media luna" boliviana, que se resistió a su ascenso hace ocho años. De ahí que, para celebrar su triunfo este 12 de octubre (fecha emblemática para un combatiente anticolonialista), Evo proclamara que en Bolivia "hay luna llena".

LA GUERRA DE OBAMA SE COMPLICA

10 de Octubre de 2014
                
La versión 'obamiana' de la 'guerra contra el terrorismo' se está encontrando con problemas crecientes. Enumeremos los más importantes: eficacia menor de lo esperado de los ataques aéreos y navales, resistencia notable de los yihadistas y capacidad táctica para ponerse a salvo, renuencia de algunos aliados a implicarse en el combate, rumores de desavenencias en las esfera militar sobre las decisiones de la Casa Blanca, apoyo demasiado crítico de la oposición, aparición de otros focos de conflictos generados por la propia decisión de intervenir militarmente. Ninguno de estos problemas es de orden menor.
                
UNA RESISTENCIA INESPERADA
                
Después de un mes de sesenta días de bombardeos, no domina la impresión de que el 'enemigo' es más débil y la amenaza más lejana. El EI no sólo mantiene la mayor parte de sus ganancias territoriales (exceptuando la presa próxima a Mosul y el repliegue en el Monte Sinjar, en todo caso, retrocesos menores), sino que se atreve a estrechar el cerco sobre otros objetivos de cierta trascendencia: la ciudad de Kobane, en el Kurdistán sirio, y la provincia iraquí de Anbar, de mayoría sunní.
                
Los combatientes islámicos han sido muy inteligentes en la obligada protección frente a tal lluvia de fuego. Por supuesto, han perdido hombres (no hay cifras fiables), material (camiones, apoyos logísticos) bienes (refinerías de petróleo seriamente dañadas, cuarteles y centros de mando)  y capacidad militar (carros de combate, blindados, piezas de artillería, armas ligeras, cuarteles, etc.).
                
¿'MATAR MOSQUITOS A CAÑONAZOS'?
                
Estos días, algunos medios han ofrecido un ángulo curioso del balance de la operación: el coste económico. El Pentágono asegura que se ha gastado más de mil millones de dólares en combatir al EI desde el pasado mes de junio. Una inversión considerable para unos resultados más bien modestos. El ataque más barato (un avión lanzando una única carga) cuesta no menos de 50.000 dólares. Una hora en vuelo de los principales aviones que bombardean las posiciones islamistas no sale por menos de 10.000 dólares (hasta 20.000, en el caso de los más sofisticados), y eso sin contar las bombas o explosivos empleados. Para destruir carros de combate que tienen un valor de 6 millones de dólares o vehículos blindados de apenas 200.000 dólares, el Pentágono está empleando aviones que cuestan en torno a 200 millones dólares cada uno; o, en la más barata de las opciones, un misil Tomahawk,  valorado en un millón de dólares (1).Para añadir más salsa a estas cifras, la mayor parte de las armas yihadistas son de fabricación estadounidense y fueron vendidas o entregadas por Washington a Irak para elevar la capacidad de combate de sus fuerzas armadas.
               
 LA RENUENCIA TURCA
                
A estas llamativas consideraciones (por lo demás aplicables a otras operaciones militares norteamericanas de los últimos veinte años), se añaden otros elementos más inquietantes. Uno de los más graves es la difícil negociación con Turquía para que impida la toma yihadista de Kobane, en el Kurdistán sirio, a sólo unos kilómetros de su frontera sur.
                
El actual gobierno turco se enfrenta a un dilema de muy difícil resolución. No desea el avance del EI, y menos en sus propias fronteras. Pero teme tanto o más que una intervención militar termine reforzando a los militantes kurdos que son fuertes en esa zona y están aliados al PKK, el partido independentista kurdo de Turquía. Aunque esta formación dice haber renunciado a la separación de Turquía, tras los duros golpes sufridos en los años noventa y las negociaciones con Ankara durante los primeros años de Erdogan, lo cierto es que los dirigentes turcos siguen albergando una enorme desconfianza hacia las intenciones kurdas.
                
El primer ministro turco no comparte la estrategia norteamericana de centrarse en la aniquilación del Estado Islámico, aún a costa de prolongar la vida del actual régimen sirio, aunque ese no sea el objetivo. Erdogan pide a los norteamericanos que equilibre sus esfuerzos militares, pero Obama ya ha dejado claro que no es su intención comprometerse en una operación militar que, de forma directa y precisa, contribuya a debilitar al patrón de Damasco. En esto coincide con el sentimiento de una buena parte de la oposición armada siria, que se declara decepcionada porque Obama, ahora que decide implicarse en la guerra de su país, no lo haga en la forma y con los objetivos que ellos han venido solicitando desde hace tres años.
                
Turquía plantea crear una especie de "zona tampón" en el norte de Siria, donde los combatientes de la oposición se reorganicen y disfruten de una zona segura para relanzar su ofensiva contra el régimen. El Secretario de Estado Kerry se permitió mostrarse interesado por la idea, pero el Pentágono la recibió enseguida con frialdad y la Casa Blanca ha optado por descartarla. Para crear esa "zona tampón", Estados Unidos debería establecer un área de exclusión aérea sobre el territorio, para impedir la actividad militar siria. En definitiva, una diversión del objetivo declarado de eliminar la "amenaza yihadista".
                
Este malestar del gobierno turco por la negativa norteamericana a aceptar sus prioridades ha motivado la pasividad ante el cerco islamista de Kobane. Los kurdos del otro lado de la frontera y de otras regiones de Turquía donde constituyen un importante porcentaje de la población han protagonizado fuertes protestas, que el gobierno se ha visto obligado a reprimir con una violencia que hacía años que no se veía en el Kurdistán turco. Como dice un profesor turco residente en Estados Unidos, la política de Erdogan pone en peligro los logros obtenidos en la primera parte de su mandato sobre la cuestión kurda (2).
                
Otros observadores más desconfiados creen que Erdogan no está en el fondo demasiado interesado en la destrucción del EI (después de todo, sunníes, por extremistas que sean), si ello refuerza la supervivencia del régimen sirio (alauí, aliados de los chiíes). Las pretensiones de un cierto liderazgo en la zona podrían orientar las decisiones del presidente turco. Pero es evidente que la perspectiva de un reforzamiento regional de los kurdos alarma no sólo a Erdogan y su partido islamo-conservador, sino a la mayoría de la élite turca.
                
Washington no ha contribuido a tranquilizar al aliado turco con sus contactos discretos con militantes kurdos sirios aliados del PKK, desde hace al menos dos años, como parte de sus esfuerzos por integrar a la oposición contra Assad, a pesar de que ese grupo se encontraba en la lista norteamericana de organizaciones terroristas. En ciertos sectores de la cúspide del poder turco se tiene la impresión de que la Casa Blanca ha hecho distinciones inquietantes entre "terroristas útiles" y "terroristas a destruir" que resultan del todo inaceptables.


(1) Estos datos están recogidos en un artículo de JUSTINE DRENNAN para FOREIGN POLICY,  del 8 de Octubre de 2014.

(2) "Turkey's  dangereous  Bet on Syria". SINAN ULGEN. THE NEW YORK TIMES, 9 de Octubre de 2014.

BRASIL: DERROTA DE LOS ESPEJISMOS

6 de Octubre de 2014
                
Dilma Roussef y Aecio Neves competirán por la presidencia de Brasil en la segunda vuelta de las elecciones, dentro de quince días, con clara ventaja para la actual jefa del Estado. Se desvanece de forma casi estrepitosa el 'espejismo Silva', bajo el peso de un debate político endurecido y de las contradicciones de la candidata autoproclamada como 'tercera vía'.
                
El ascenso y la caída de Marina Silva refleja con claridad la perplejidad política de estos tiempos en Brasil. Su candidatura a la presidencia fue el resultado de una combinación de la casualidad y el oportunismo.
                
Silva, líder del Partido Verde, era la copiloto del candidato del Partido Socialista de Brasil, Eduardo Campos. Un mortal accidente aéreo convirtió a la ex-ministra de Medio Ambiente con Lula en aspirante a la presidencia, en una decisión polémica y discutida en las filas del PSB. Silva se convirtió en "afiliada transitoria" de esta formación política, cuya identidad resulta del todo engañosa. La apelación "socialista" tiene poco que ver con su ideario y su programa. Como mucho, podría asimilarse al ala derecha de los partidos socialdemócratas europeos. Se trata de una impostura muy habitual en Brasil. El segundo partido del país, al que pertenece el rival de Dilma en la segunda vuelta, tampoco es social-demócrata, como indica su denominación, sino rotundamente liberal en lo económico y conservador en lo social e ideológico.
                
A comienzos de verano, una sensación de incertidumbre dominaba el ambiente político de Brasil. Dos trimestres consecutivos de "crecimiento negativo" situaron a Brasil técnicamente en la recesión. Las protestas estudiantiles y ciudadanas de los últimos meses habían revelado el desgaste de la actual presidenta y un cierto agotamiento del modelo de expansión propulsado durante los años de Lula. Finalmente, el despilfarro en la organización del mundial y el no menos escandaloso fiasco deportivo de la selección nacional contribuyeron a colocar a Dilma Roussef contra las cuerdas.
                
El 13 de agosto se produjo el accidente aéreo que costó la vida a Eduardo Campos. En el último momento, Marina Silva decidió no subir al avión y, de repente, se convirtió en aspirante a la presidencia. En un país tan religioso como Brasil, era inevitable que surgiera un discurso con ribetes de misticismo y predestinación. Las creencias evangélicas de la candidata ecologista, sus humildes orígenes sociales y su estrecha colaboración con Lula en el primer mandato de éste propulsaron sus opciones. Marina Silva fue, durante alguna semana de septiembre, la favorita en los sondeos.
                
Silva había roto con Lula aparentemente por los casos de corrupción, pero sobre todo por discrepancias con la política ambientalista del histórico sindicalista. La líder del Partido Verde giró claramente a la derecha, tanto por convicción como por oportunismo, cuando las recetas gubernamentales empezaron a quebrarse por efecto de la crisis mundial. Silva se acercó al social-liberalismo de Campos, o mejor dicho, del ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, que atesora un formidable liderazgo intelectual en el país por el rigor y la seriedad de su gestión en los noventa.
                
Los factores emocionales y humanos desplazaron a los puramente políticos en el tramo medio de la campaña y obligaron al equipo de la presidente a reaccionar, haciendo ver las contradicciones de su ex-compañera y ahora rival. Los excesos de la 'outsider' favorecieron el debilitamiento de sus opciones. Las propuestas de política fiscal y financiera fueron atacadas por el PT como proclives al reforzamiento del poder bancario. El acercamiento a Estados Unidos y la Alianza del Pacífico suponían un cuestionamiento de la estrategia de los BRICS como polo equilibrador de la hegemonía mundial. Los ajustes en el gasto público hicieron temer un retroceso en las políticas sociales de la década contra la pobreza y la exclusión.
                
La pérdida de energía de la campaña de Marina propició la apertura de un segundo frente de rivalidad para ella. El candidato de la derecha más dura, Aecio Neves, que pareció desahuciado cuando la disputa quedó planteada como una ' lucha de damas', modificó su estrategia y en lugar de atacar a la presidenta se concentró en desgastar a la aspirante, para recuperar el segundo puesto y acceder a la segunda vuelta. El mensaje estaba claro: si quieren una alternativa a la actual conducción del país, no compren una copia o una "arrepentida", aquí está la mía, que es la original. Por lo que se ha visto, fue una decisión acertada.
                
Ahora viene lo difícil para Neves. Después de haber demolido el programa "impostor" tendrá que conseguir convencer a ese 14% del electorado que ha votado por Marina y/o por el PSB para que lo apoyen en la segunda vuelta,  y aún así necesitará "morder" votos en otros caladeros para mejorar el 34% obtenido el domingo.
                
Por su parte, Dilma Roussef, sin renunciar a recuperar alguno de los votantes desengañados que se mantuvieron fieles a Silva, es muy probable que dirija su mayor esfuerzo en rescatar a los abstencionistas y desmovilizados de su base social e ideológica y añadir ese diez por ciento mínimo que necesita para enderezar el rumbo y consolidar el más importante proyecto social y político en la historia del país más importante de Iberoamérica.           

EL PIVOTE ASIÁTICO


2 de Octubre de 2014
                
La casualidad ha querido que tres acontecimientos se reunieran esta semana para resaltar la importancia que la administración Obama pretende conferir a Asia ("el continente del futuro inmediato"), resumida en la divisa 'pivot to Asia'. Esta Casa Blanca pretendía responder al desafío de una región que persigue el liderazgo en el comercio internacional. En Asia se encuentran los tres grandes países emergentes (China e India, pero también Rusia, tan asiática como europea) y otros de menores dimensiones pero de gran pujanza, los viejos y nuevos ‘dragones’ (Corea, Singapur, Vietnam, Tailandia....).
                
Los estrategas norteamericanos contaban con la superación de los tradicionales afanes en Oriente Medio y la antigua URSS, para centrarse en una política equilibrada y fecunda frente al inevitable ascenso de China como innegable competidor por el liderazgo económico (que no militar) global.
                
Las cosas no han salido como Obama quería. Por un lado, Oriente Medio ha generado tantas frustraciones como de costumbre y ha consumido más energías de las deseables. De otra parte, Rusia ha exigido una atención muy permanente, debido no sólo a la pretendida reafirmación nacionalista del régimen poscomunista, sino también a los errores y descuidos  acumulados desde 1989. Resultado: Obama se ha distraído de su misión asiática
                
HONG KONG: LA INQUIETUD DEL CONTAGIO
                
Otras complicaciones propiamente regionales han dificultado el plan del presidente norteamericano. China no termina de estabilizar su modelo de capitalismo autoritario, debido a las contradicciones y tensiones sociales y regionales internas y a la resistencia de los vecinos a admitir un 'hiperliderazgo' que perciben como amenazante. Estas incertidumbres y recelos han generado otras pulsiones nacionalistas en Japón, en Corea, en Vietnam  y Filipinas. El habitual campo de conflicto (económico, comercial) se ha extendido a otros de carácter territorial o emocional, más volátiles y escurridizos en gabinetes y negociaciones técnicas.
                
A estos riesgos, se une ahora una preocupación interna. La protesta de Hong Kong, por local y concreta que sea, pone de manifiesto una de esas contradicciones del ascenso chino: la dificultad creciente de conciliar desarrollo económico e inmovilismo político. El riesgo de la extensión de estas 'primaveras de protesta' no radica tanto en el contenido de las mismas cuanto en la capacidad de gestionarlas, digerirlas y absorberlas. Lo que seguramente más preocupa en Pekín es el riesgo de contagio al corazón del país. La opción 'Tiananmen' (represión de escarmiento) resulta hoy mucho más complicada que hace 25 años. Pero estos mandarines ‘pseudocomunistas’ no contemplan la victoria de los manifestantes.
                
NDIA, COMO FACTOR DE EQUILIBRIO
                
El otro acontecimiento de la semana es el estreno occidental del primer ministro indio, Narendra Modi. Su abrumadora victoria electoral de este año auguraba cambios de notable dimensión: por la importancia del país, por la ideología rupturista que se presume y por su efecto en la recomposición de los equilibrios regionales. De momento, las esperadas medidas de liberalización económica y aligeramiento burocrático se hacen esperar, al menos para los analistas occidentales que habían concebido grandes esperanzas con el triunfo de Modi (1).  

En Asia hay un juego a tres bandas (China, Rusia e India, unidos en un contradictorio club de países emergentes) que tiene la teórica capacidad de cuestionar el orden regional de la superada 'guerra fría'. Pero, para ello, esas potencias deben demostrar su capacidad para resolver problemas bilaterales cruzados muy antiguos, complejos y profundos.
                
Modi se presentaba esta semana en Estados Unidos con la etiqueta de "genocida", por su responsabilidad (no completamente esclarecida) en la oscura represión de musulmanes en el estado de Gujarat, en 2002. Abogados que actuaban como representantes de algunas de aquellas victimas aspiraban a amargarle a Modi su estreno internacional.
                
La Casa Blanca maniobró para neutralizar tal sobresalto. El presidente Obama no dudó en acudir a uno de esos gestos tan suyos en el manejo de los símbolos.  Sacó a Modi de la frialdad de los despachos para enseñarle la capital e instruirlo en el monumento al reverendo Martin Luther King. Aunque muy diferente a su invitado en referencias ideológicas y culturales, Obama jugó la dudosa carta de las circunstancias coincidentes: orígenes alejados de la plutocracia política, dirigentes 'naturales' por encima de maquinarias y dinastías, su habilidad para moverse mejor en campañas que en gabinetes y su pretendida prioridad a los asuntos internos por encima de las ambiciones exteriores.
                
Washington se juega mucho en las relaciones con la India: un acuerdo comercial que resuelva unas disputas arancelarias demasiado incómodas, una colaboración técnica y política que aporte tranquilidad en el mapa de los recursos nucleares, y una cooperación diplomática que genere equilibrio estratégico regional.
                
EL CAMBIO DE GUARDIA EN AFGANISTÁN
                
Por lo demás, India es, además, un actor nada desdeñable en Asia Central  y, en particular, en Afganistán. Delhi puede colaborar en estabilizar este país, siempre y cuando se cuide de no provocar a su gran rival histórico, Pakistán, que contempla a aquel 'estado fallido' como poco más que un 'protectorado'. Modi quiso desmentir a los que pronostican que su nacionalismo a tambor batiente engendra el riesgo de una nueva guerra, realizando una pronta visita al vecino. Sin resultado fructífero aparente.
                
El cambio de guardia en Afganistán es el tercer escenario de la semana. Los norteamericanos confían en que el flamante presidente Ghani entierre pronto la herencia del imprevisible Karzai. Mucho le ha costado a la administración norteamericana reparar la chapuza electoral con un ‘imaginativo’ (para algunos, inverosímil)  reparto del poder con su rival, Abdullah Abdullah (más claramente en la órbita de Washington). Veremos si este apaño funciona en la práctica.
                
Por otro lado, Ghani presenta unas credenciales personales no del todo discretas. Que haya construido su carrera técnica en Estados Unidos, donde adquirió la nacionalidad norteamericana mientras su país se desangraba en un proceso interminable de guerras internas y externas, no parece suficiente. Su concepción de la política como una especie de 'bricolaje' (sic) le capacita teóricamente para los pactos, tomando de aquí o de allá lo necesario para construir. Pero algunos de los que le conocen se muestran un poco escépticos (2).
               
De momento, Estados Unidos ha conseguido enseguida lo que no pudo sacar de Karzai: un acuerdo bilateral de seguridad que asegure hasta 2017 la presencia militar norteamericana  y occidental (10.000 soldados norteamericanos y otros dos mil más de países de la OTAN). Se trata de un tiempo prudencial para asegurar el debilitamiento de los ‘talibán’, estabilizar el país y consolidar cierta recuperación de la economía, hoy en pura ruina.
                
No está claro que este acuerdo de seguridad sea suficiente para obligar a los antiguos estudiantes coránicos a replegarse y aceptar un pacto que los convierta, a los sumo, en una opción política más. Este verano han sido capaces de sostener la campaña militar amplia y sangrienta de los últimos años, lo que ha conseguido inquietar sobremanera al Pentágono. Ghani ha reiterado su oferta de negociación, ya anunciada durante su campaña electoral. Pero antes de aceptar, los ‘talibán’, querrán comprobar si el nuevo gobierno tiene nervio y estómago para soportar el desafío.


(1)    Para las primeras “decepciones” con el primer ministro indio, ver “Modi misses the marks. India’s new government lacks economic visión”. DEREK SCISSORS. FOREING AFFAIRS, 8 de Septiembre de 2014.

(2)    Un análisis interesante de la trayectoria del nuevo president afgano en: “Ashraf Ghani’s struggle. SUNE ENGELS RASMUSSEN. FOREIGN POLICY, 29 de Septiembre de 2014.

EL COMPLEJO DE CARTER

25 de Septiembre de 2014
                
El Presidente Obama se implica cada vez más en una partida que había prometido no jugar. La extensión de los bombardeos a Siria, "para degradar y destruir" a la dudosa amenaza del  'Califato' es un paso más, casi inevitable, del "cambio de estrategia frente al terrorismo".
                
Por muy hábil que sea en la conducción y presentación del relato, Obama no puede disimular su incomodidad. La aproximación militarista a la sempiterna degradación de Oriente Medio constituye uno de los pilares de la doctrina neoconservadora, que Obama rechazó en su periodo de aspirante a la Casa Blanca e intentó superar durante su primer mandato presidencial. Pero cierta inconsistencia de su política en la zona, las presiones de sus adversarios (¡y algunos supuestos correligionarios!) políticos y la desconfianza injustificada de los aliados tradicionales de Estados Unidos en la zona (saudíes, israelíes y egipcios) han terminado por desestabilizar los planes de Obama.
                
Obama no ha sabido o no ha podido manejar la conjunción de todos estos favores adversos. La percepción (que a veces importa más que la realidad) es que el Presidente se ha ido quedando sin apoyos para mantener su visión y, alarmado ante la perspectiva de convertirse en un "otro Carter", ha optado por girar el timón.
                
Jimmy Carter, el presidente en la segunda mitad de los setenta, fué el último de los demócratas que ni siquiera optó a la reelección. Su presidencia resultó destruida por una percepción generalizada de debilidad, en gran parte ocasionada por otra 'amenaza islámica', en este caso la irrupción del Irán de Jomeini y sus 'ayatollahs'. El fracaso de la operación de rescate de los rehenes se sobrepuso a otras operaciones de no poco mérito en política exterior, sobre todo la paz egipcio-israelí, mucho más consistente, sólida  y duradera que cualquiera de los intentos posteriores. A Carter no lo destruyeron los hechos, sino el relato, la propaganda, la manipulación.
                
PERCEPCIONES Y MANIPULACIONES
                
Las últimas encuestas señalan que la mayoría de los estadounidenses desaprueban la forma en que el Presidente está conduciendo la política exterior, la lucha contra el terrorismo y, en particular, la persecución de los emergentes extremistas islámicos. Sin embargo, como era de esperar, comparten con Obama el rechazo a implicar fuerzas de tierra en la actual ofensiva militar en Irak y Siria. Sin embargo, los adversarios del presidente interpretan estos sondeos como una validación de sus críticas a la Casa Blanca, cuando en realidad, lo que refleja la consulta es el desconcierto ciudadano ante lo que está ocurriendo. El norteamericano medio no quiere que su país parezca débil, impotente o derrotado. Pero no está dispuesto, a estas alturas, a seguir arriesgando sangre para evitarlo.
                
Los partidarios de una intervención fuerte, masiva y sostenida no cuentan con el respaldo de la mayoría de la opinión pública, pero han conseguido imponer la percepción de lo contrario y de que el sancionado es el Presidente. Lo inquietante es que los propios mandos del Pentágono, voluntaria o involuntariamente, contribuyen a estos equívocos al señalar, filtrar o insinuar aparentes discordancias con el "Comandante en Jefe" sobre la necesidad o no de enviar soldados al terreno (2).
                
Desde la primera guerra contra Irak, en 1991, existe la convicción en la clase política  que la abrumadora superioridad tecnológica estadounidense permite maximizar éxitos y minimizar riesgos haciendo un uso intensivo del arsenal aéreo y naval. No hay fuerza en el mundo capaz de contrarrestar un ataque combinado de aviones y misiles lanzadas desde navíos. La experiencia ha demostrado que esta estrategia puede debilitar en extremo a un adversario inferior. Pero en sucesivos conflictos (Somalia, Yugoslavia, Irak), se ha demostrado  que no se puede prescindir completamente de las fuerzas de tierra, si se quiere fijar y asegurar una victoria militar, y no sólo destruir técnicamente al enemigo.
                
UNA APUESTA ARRIESGADA    
                
En el caso que nos ocupa, Obama ha querido solucionar este "problema" descargando la responsabilidad sobre el terreno en las fuerzas 'locales'; es decir, en esa especie de miríada de semiejércitos, milicias y simples combatientes aficionados que son enemigos a muerte del Estado Islámico. En Irak, un fantasmal y sectario 'Ejército nacional', las milicias chiíes (más sectarias aún, por su propia naturaleza) y las fuerzas kurdas (peshmergas). En Siria, un 'pandemonium' de grupos armados opuestos tanto al régimen como al Estado Islámico, casi nunca capaces de unir fuerzas; o peor, en ocasiones avenidos con los extremistas por cuestiones tácticas o de oportunidad.
                
Una consecuencia indeseable de esta táctica de responsabilidad compartida es que al   debilitar al Estado Islámico se fortalezca a otras fuerzas no menos peligrosas. En Irak podría verse reforzado el sectarismo chií, pese a las esperanzas puestas en el nuevo primer ministro. De hecho, los líderes tribales sunníes denuncian que Ias persecuciones continúan (1). En Siria, podrían resultar favorecidos o el régimen de Assad o las filiales de Al Qaeda enemigas del EI, como Al Nusra o Jorrasan. A ésta última organización se le atribuye ahora un "complot" para introducir explosivos en pasta dentífrica y provocar atentados en Occidente. De ahí que los bombardeos se hayan dirigido también contra esta facción islamista radical, más fantasmal aún (su líder, hombre de confianza en su día de Osama Bin Laden, habría sido "eliminado").
                
Ese es el eslabón más débil de la última línea de resistencia de Obama en el giro de su política contra el terror. Nunca confió en la oposición siria, porque no sabía muy bien cuál era el interlocutor fiable, si había alguno. No consiguió que el gobierno iraquí se aviniera a un pacto de seguridad que facilitara la retirada militar que él deseaba sin dejar al país expuesto al caos. El resultado ha sido el fracaso. Pero resulta una deshonestidad palpable afirmar que la evolución de los acontecimientos en estos dos países es consecuencia de las indecisiones de Obama. Pocos analistas norteamericanos se atreven a señalar esta impostura (3).
                
El año pasado, Obama dijo en el discurso de apertura de la Asamblea General de la ONU que Estados Unidos no podía convertirse en el "gendarme del mundo". Trataba de justificar entonces su decisión, muy criticada por sus adversarios internos y externos, de no implicarse en la guerra de Siria. Este año, su intervención no ha podido por menos que reflejar el giro realizado. Obama ha puesto el énfasis en el "liderazgo" de Estados Unidos en la guerra que debe librarse en estos países para derrotar al extremismo. Lo que va de un año a otro es el debilitamiento de su presidencia.
                
Le queda el multilateralismo, última barrera de resistencia frente al fantasma acechante de los neoconservadores y sus enloquecidas visiones intervencionistas. Lo malo es que, al depender de unos aliados locales muy poco fiables, su equilibrio en la cuerda tensa fracase de modo estrepitoso.
                
El gran riesgo para Obama es que, en su preocupación por sacudirse el complejo Carter, termine por aproximarse a otro fracaso, el más lacerante de la reciente historia norteamericana, el de Nixon en su intento por evitar la derrota en Vietnam, confiando su suerte a unos ineptos amigos locales.


(1) NEW YORK TIMES, 22 de septiembre de 2014.

(2) "Rifts widen between Obama and U.S. military over strategy to fight against Islamic State" CRAIG WHITLOCK. THE WASHINGTON POST, 18 September 2014.

(3) "The six fictions that we have to stop teling ourselves about Obama, the Islamic State and what United States can and can't do to save Iraq and Siria". DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 23 de September 2014.
                



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ESCOCIA: LA PERSPECTIVA DE UNA MAYOR AUTONOMÍA DESCARTA LA INDEPENDENCIA


19 de Septiembre de 2014
                
Escocia seguirá siendo parte integrante del Reino Unido de Gran Bretaña. Una mayoría algo más amplia de lo que auguraban las últimas encuestas (55%) ha dicho "no" a la propuesta independentista. La diferencia entre las dos opciones ha sido de casi cuatrocientos mil votos. La participación ha sido masiva, en torno al  84%. Reacción significativa: la libra ha marcado un récord de dos años con respecto al euro.
                
La clave del triunfo 'unionista' ha podido residir en la percepción de que el auge independentista innegable en los últimos meses obligará a Londres a conceder una mayor autonomía a Escocia, como esta misma semana habían prometido (sin precisiones) los líderes de los tres principales partidos británicos. De esta forma, muchos indecisos durante la campaña,  pero seguramente también parte de los simpatizantes de la independencia, se habrían finalmente convencido de que se podrían conseguir los objetivos de autogobierno sin los riesgos que entrañaba una separación.
                
El primer ministro escocés, Alex Salmond, después de admitir y aceptar elegantemente la derrota, ha instado a los dirigentes británicos a cumplir sus promesas de ampliar la autonomía escocesa.
                
En su declaración institucional, el primer ministro británico, David Cameron, se ha felicitado por el mantenimiento de la unidad del país y ha renovado su promesa de ampliar los poderes autónomos de Escocia. Más aún, ha apuntado, sin mayores detalles, un compromiso más amplio de descentralización en todo el territorio británico, que podría otorgar más competencias a los órganos regionales y locales.
                
Cameron ha confirmado también el calendario avanzado por los tres principales partidos durante la campaña. En el plazo de un mes (finales de octubre) se presentarán las propuestas de ampliación de la autonomía escocesa; en noviembre se publicará un "libro blanco" con el nuevo diseño autonómico;   y a finales de enero podría votarse en los Comunes una nueva ley de devolución para Escocia (o Estatuto de Autonomía, para entendernos).
                
Las propuestas manejadas en campaña por los dirigentes británicos contemplan mayores competencias fiscales del gobierno escocés y un reconocimiento explícito de los poderes constitucionales del Parlamento regional. Está por ver si los tres grandes partidos -conservador, laborista y liberal- son capaces de ultimar una propuesta unitaria, una vez conseguido el objetivo común de frenar el impulso independentista. En todo caso, sería muy arriesgado que la coalición gobernante de centro-derecha impusiera una posición muy restrictiva del autogobierno escocés
                
Los independentistas escoceses tampoco pueden mostrarse ahora demasiado intransigentes. No ocultan ahora su decepción, aunque antes de abrirse los colegios electorales ya cobraba fuerza la percepción del triunfo unionista, después de una semana de sondeos muy ajustados. Salmond ha hecho virtud de la necesidad al insistir en la fortaleza del sentimiento independentista pero sin cuestionar la victoria de sus adversarios.  Su segunda en el gobierno regional, Nicola Sturgeon, se ha declarado "personal y políticamente" decepcionada por el resultado.
                
Este guiño emocional es consistente con el clima político que se ha vivido Escocia, y en particular en el campo independentista, durante la campaña. Las persistentes incógnitas nunca resueltas sobre los principales factores de una Escocia independiente (mantenimiento de la libra como moneda nacional,  disponibilidad real del petróleo como sustento de un ambicioso programa de servicios sociales, gestión de bancos, fondos de inversión, pensiones o mercado energético, pertenencia a la Unión Europea, compromisos con la defensa occidental, etc.) eran a menudos contrarrestadas no sólo con argumentos más o menos racionales, sino también con la invocación de sobreponerse a todas las dificultades.
                
Finalmente, este impulso de la dignidad o el orgullo nacionales no ha sido suficiente para lograr el "triunfo de la voluntad". Escocia no será de momento un país independiente. Pero quizás se le parezca mucho más de los que sus partidarios pueden ahora advertir.

                                

ESCOCIA: INCÓGNITAS Y PARADOJAS EN TORNO A LA INDEPENDENCIA.

17 de Septiembre de 2014               
                
Ante el referéndum escocés de mañana, éstas serían las incógnitas mayores en torno a una decisión que inquieta sobremanera a propios, pero también a ajenos, como se detecta fácilmente por estos pagos.

¿Cuándo tendría la independencia de Escocia efectos prácticos? ¿Estará en condiciones de actuar con plena soberanía? ¿Será reconocida por los países que son ahora principales socios y aliados del estado matriz? ¿Tendrán los escoceses el derecho a mantener el pasaporte británico al separarse de la unión política? ¿Quién controlaría las fronteras? ¿Qué obediencia y/o colaboración cabría esperar de los aparatos del Estado británico en la fase inaugural de la independencia e incluso posteriormente? ¿Qué moneda manejarían los escoceses mientras se confirmaran las intenciones de Londres de privarle del disfrute del uso legal de la libra? ¿Seguiría siendo el nuevo país un país protegido por la Alianza Atlántica o pasará automáticamente a un estatus provisional de neutralidad?
                
Alguna de estas incógnitas no han podido resolverse durante la campaña. Es más, el debate ha hecho aflorar más dudas e incluso contradicciones en cualquiera de los dos campos en disputa.
                
¿Es posible una Escocia independiente dentro de la Unión Europea?
                
Cameron lo ha negado y, con menor vehemencia, le han secundado los líderes laborista y liberal. José Manuel Durao Barroso se implicó en el debate previo poniendo el énfasis en las dificultades de atender la reivindicación independentista escocesa de formar parte de la Unión. Barroso descartó que una región escindida proclamada independiente heredera la condición de miembro de que goza el país unitario al que pertenecía previamente. Por tanto, según esta interpretación del político portugués, el contador de una Escocia aspirante a formar parte de la UE se pondría a cero.
                
En esta cuestión se entremezclan cuestiones jurídicas y políticas. Éstas últimas no son consistentes para negar la aspiración escocesa. Ni el tamaño, ni la dimensión económica, ni mucho menos el bagaje democrático del nuevo país, supondrían un obstáculo. Resulta cuando menos hipócrita que se proteja un Estado unitario en Gran Bretaña frente a una iniciativa independentista cuando, en su día, se alentó políticamente a las repúblicas separatistas de la (en mala hora) desaparecida Yugoslavia a buscar su horizonte político en el seno de una Unión sin límites estrictos de crecimiento.

¿Será viable económicamente una Escocia independiente?
                
Éste ha sido el elemento, en negativo, por el que más han apostado los adversarios de la separación. Los análisis técnicos, más o menos objetivos pero en todo caso racionales o fríos, empleados en los orígenes de la campaña, fueron desbordados y reemplazados por los más catastrofistas, a medida que las encuestas respaldaban un posible triunfo del “Si”.

La apelación al 'voto del miedo', la presentación de un horizonte tenebroso de hundimiento económico, incremento del desempleo e inseguridad jurídica ha ido haciéndose cada vez más habitual y sonoro en la intervención de los unionistas y en los medios afines. El críptico comentario de la propia Reina Isabel, apelando al “cuidado” en la opción de voto, pareció en sintonía con esa estrategia de provocar inquietud y acentuar la incertidumbre.  

Por el contrario, los partidarios de la secesión también han cargado las tintas, pero en su caso en los argumentos positivos sobre el futuro económico de un país independiente. Las referencias al mantenimiento, cuando no al reforzamiento, del ‘welfare state’ (Estado del bienestar) o a políticas activas de fomento y estímulo del empleo, suenan más a promesas que a propuestas contrastadas. El recurso económico y financiero que aportaría el petróleo del Mar del Norte ha sido discutido, ya que se cuestiona la amplitud de los yacimientos  presentada por los independentistas, cuando no la capacidad tecnológica del nuevo país para asegurar su extracción a corto plazo.
                
¿Qué divisa tendrá la nueva Escocia segregada del Reino Unido?

El primer ministro británico, David Cameron, aseguró que el triunfo separatista en el referéndum dejaría a la nueva Escocia sin la libra, por voluntad de los partidos mayoritarios británicos y de los ciudadanos que así se habrían manifestado, según las encuestas realizadas durante la campaña.  
                
No obstante, la decisión británica de privar a los escoceses de la libra puede ser más fácil de anunciar que de ejecutar. Como dice el profesor Blyth, de la Universidad de Brown, para prevenir esa “unión monetaria” entre el Reino Unido y la nueva Escocia, el Banco de Inglaterra debería retirar de la circulación billetes y monedas, y esa es “una cuestión que sigue abierta”.

Por otro lado, el deseo de los independentistas escoceses de compartir la divisa pero no el país plantea problemas paradójicos para quienes defienden la escisión como un derecho de soberanía. El economista Paul Krugman, que comparte la orientación ideológica social-demócrata de los nacionalistas, ya ha advertido que tal opción les privaría de voz sobre la política monetaria y ni siquiera podrían acudir al Banco de Inglaterra como “prestamista de último recurso”, ya que se trataría de un banco central extranjero. “Compartir la moneda sin compartir el gobierno resulta extremadamente arriesgado”, ha dicho el economista de Princeton.
La paradoja estriba en que los inacionaistas escoceses, mucho más europeístas que los conservadores e incluso que muchos de los laboristas, optan por la libra antes que por el euro, cuando, en el remoto caso de que se les aceptara compartirla, tendrían nula capacidad de influencia en su gestión.

¿Está bien fundamentada ética y políticamente la escisión por el procedimiento escogido para decidirla?
                               
Durante la campaña los unionistas han planteado dos objeciones básicas. La primera es que no es posible partir un país dejando a la mayoría de él sin capacidad para expresar su opinión. El derecho de los escoceses a decidir si crear o no un nuevo país independiente no puede anular el derecho de los británicos a dejarse amputar una parte del suyo. Por no hablar de los escoceses residentes fuera de Escocia. La segunda réplica es alternativa a la primera: aún admitiendo que la cuestión se dirima sólo en Escocia, no es aceptable que el margen de decisión se establezca con una mayoría simple. Que menos que una mayoría cualificada, por ejemplo de dos tercios, como ocurre en numerosos países europeos cuando se plantean cambios constitucionales de este alcance. Un articulista escocés residente fuera de su patria chica ha calificado esta situación de “tragedia moral”. En un espíritu menos intelectual o elevado, es previsible que este reproche agriaría sobremanera las relaciones entre el Reino Unido y ese país emergido de su seno.
                
¿Qué efecto puede tener la secesión de Escocia para el futuro de las relaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea?
                
Es de temer que las tendencias eurofóbicas se refuercen y terminan de colonizar sectores cada vez más numerosos e influyentes del Partido Conservador, de las instituciones más tradicionales e incluso de amplias masas de población débilmente perfiladas políticamente pero apasionadamente desconfiadas con influencias y condicionantes procedentes del exterior. No sería de extrañar el crecimiento del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido) e incluso la desafección de sectores del electorado laborista, “dolidos” por lo que pueden entender como traición de sus conciudadanos independentistas escoceses, de quien tan cerca están objetivamente en el espectro político británico.
                
¿Qué consecuencias políticas internas británicas puede comportar la separación de Escocia?
                
Se trata de un asunto del que se ha hablado menos, aunque no por ello sea de inferior importancia. La dirección del Partido Laborista se han sumado al campo de “no”, según declaración propia, por coherencia con el proyecto político británico conjunto y por fidelidad al deseo de sus propias bases. Existen, quizás, otras razones menos admisibles públicamente. El laborismo es, de los tres grandes partidos con opción de gobierno en Westminster, el que más votos obtiene del caladero escocés (casi una sexta parte de sus diputados en el Parlamento estatal). Perder Escocia puede significar perder, por mucho tiempo, la posibilidad de recuperar el gobierno en Londres.

Por el contrario, los ‘tories’ apenas dispone de un escaño obtenido en Escocia. La segregación puede ser muy negativa por factores bien conocidos, pero, otra paradoja más, reforzaría su hegemonía política en el país que permanece unido.

Otros analistas matizan, sin embargo, que esta indiscutible repercusión de la secesión escocesa en un escenario político más favorable a los conservadores  puede agudizar otras contradicciones menos visibles en el Reino Unido. Las regiones septentrionales del país (las Middlands y otras) se sienten perjudicadas por la conducción económica y política, aunque no alberguen tentaciones separatistas ni mucho menos. En estas regiones, la percepción de la situación socio-económica es mucho más negativa que en buena parte de Londres o en las zonas ubicadas al sureste de la capital del reino. Es en ellas donde se cosechan los efectos más favorables de la imposición del modelo neoliberal en los ochenta. La percepción de una escisión social será mucho más acentuada al separarse Escocia del país. El “adversario” interno se habría esfumado y se haría más patente en el debate político esta fractura Norte-Sur, lo que perjudicaría, sin duda, a los conservadores.
                
Para un comentario ulterior queda otra incógnita no menor: ¿cómo alentaría un triunfo independentista a procesos similares en otros lugares de la Europa comunitaria (Flandes, Padania, Tirol meridional, Cataluña, País Vasco, etc.)?