HUNGRIA: LA PERVERSION DEMOCRÁTICA EN CASA

10 de Abril de 2014
               
Viktor Orban, el primer ministro húngaro, ha sido revalidado el domingo pasado en las urnas, al obtener su partido, el FIDESZ, un 44% de los votos. Se trata de un porcentaje envidiable, aunque haya perdido más de ocho puntos con respecto a 2010.
                
Lamentablemente, este resultado es motivo de inquietud para Europa. Desde que este abogado, de ideología originariamente liberal, tornada luego en populismo cristiano, ha conseguido consolidar su hegemonía política, Hungría es el mayor punto negro en el mapa de las libertades y derechos de los 28.
                
UN VIRAJE OPORTUNISTA

Orban creó FIDESZ (Alianza de Jóvenes Liberales) un año antes del derrumbamiento comunista. Lo acompañaban jóvenes liberales que al calor de la apertura que se vivía en Hungría a finales de los ochenta, consiguieron abrir un espacio de tolerancia. Fue en Hungría donde se produjo la grieta definitiva que precipitó el fin de la división europea,  al permitir a sus ciudadanos salir del país por la frontera austríaca, en mayo de 1989.
                
En los noventa, se produjo una recomposición del paisaje político húngaro. Como ocurriera en otros países vecinos, el sector más reformista del partido comunista se paso a la socialdemocracia. En el otro lado del espectro político, el Foro Democrático, de orientación conservadora, entró en decadencia. Orban aprovechó esta circunstancia, para convencer a la mayoría de sus compañeros de partido de dar un giro a la derecha y abandonar sus credenciales liberales. La estrategia resultó rentable, ya que FIDESZ ganó las elecciones en 1998. Desde entonces, el liberalismo del partido sólo puede encontrarse en el nombre.
                
La primera experiencia en el poder de Orban fue un fracaso. En 2002 perdió el gobierno. Les tocó el turno a los socialistas, que intentaron atemperar algunas medidas neoliberales de FIDESZ. Pero los casos de corrupción y los efectos de la crisis terminaron desacreditando su gestión. Durante su etapa en la oposición, Orban fue madurando un proyecto basado en tres componentes: autoritarismo, populismo y religión. El éxito fue arrollador: en 2010, se hizo con casi el 53% de los votos y los dos tercios del Parlamento.
                
LA DERIVA AUTORITARIA

Orban abusó de este mandato para sacar adelante una reforma constitucional y más de 800 leyes que sancionan el control y la persecución de los medios no afectos, lesionan la independencia judicial, invaden áreas de la sociedad civil, modelan las circunscripciones electorales a la conveniencia del partido gobernante y restringen derechos y libertades ciudadanas.
                
Este proyecto político y social autoritario se combina con un populismo rampante en materia económica. Sus orígenes neoliberales, propios de los noventa, están ahora camuflados con un retórica populista. Se clama contra las exigencias de austeridad de Bruselas o del FMI. Pero se ejecuta una política económica errática, que combina un confuso intento encubierto de nacionalización bancaria parcial con medidas fiscales claramente neoliberales (como la tasa única del 15%), que han favorecido a los más ricos, entre ellos, a numerosos simpatizantes del gobierno.  El crecimiento económico de los primeros años de gobierno se ha atascado. Las previsiones para este año apuntan a un escuálido 1%, y ello gracias a los fondos europeos para inversiones en infraestructura.
                
Pero el componente más inquietante del proyecto autoritario es el religioso. Orban se ha convertido en un auténtico ‘apóstol’ de un ‘cristianismo renacido’ en Hungría (1). Calvinista de origen, Orban ha ido publicitando una serie de actos propagandísticos propios de un régimen confesional que haría palidecer al nacional-catolicismo franquista. Asiste diariamente a misa y sus visitas al Vaticano son frecuentes. El control de la educación se le ha entregado a un pequeño partido aliado de orientación católica ultraconservadora. Para compensar los efectos fiscales dañinos, Orban ha establecido un sistema de compensaciones o subvenciones a una treinta de comunidades religiosas que están en su línea. Para proteger a la Iglesia católica que colaboró con el comunismo, se han cerrado el acceso a los archivos que albergan los documentos acreditativos de esa lacra histórica.
                
Paradójicamente, esta apuesta oportunista de Orban por el renacimiento católico no va de la mano con las creencias sociales. Los húngaros que se declaran católicos han pasado de cinco millones y medio a menos de cuatro millones en los últimos diez años. Otros casi tres millones se han negado a declarar su pertenecía confesional.
                
Todo este panorama abrumador se complica con la confirmación de un partido de extrema derecha, Jobbik, que se reclama heredero del mariscal Horthy, el militar que dirigió el país con puño de hierro en el periodo de entreguerras (1920-1944), elaboró las primeras leyes antisemitas en Europa y colaboró abiertamente con Hitler. Ante la pasividad del gobierno, estos años es frecuente contemplar en los espacios públicos de Hungría los estandartes de la Cruz de Hierro, la organización paramilitar aliada de los nazis y responsables de odiosos actos de genocidio durante la segunda guerra mundial. Con el 20% de los votos, Jobbik consolida su alarmante influencia en la sociedad húngara y permite a Orban declarar que la suya no es la opción política extremista. Pero entre el FIDESZ y Jobbik hay numerosas coincidencias de discurso y a nadie extrañaría que se produjera un trasvase de militantes y simpatizantes.
                
La ilustre pensadora húngara Agnes Heller, víctima de Holocausto y marxista disidente, o el respetado disidente y luego presidente de la Republica Checa Vaclav Havel denunciaron en su día las “inclinaciones dictatoriales” del sistema político implantado por Orban. El último embajador norteamericano bajo el régimen comunista, Mark Palmer, sostuvo en su momento que los líderes europeos deberían expulsar a Hungría de la UE debido a las políticas antidemocráticas de su primer ministro (2).
                
La posición del diplomático de EEUU no es tan descabellada. En 1993, los entonces doce miembros de la UE establecieron en Copenhague unos criterios  democráticos de admisión para los aspirantes a formar parte del club. Veinte años después,  muchos de esos estados del este de Europa, ya miembros de pleno derecho, no pasarían una reválida, como reflejaba recientemente el profesor de Princeton, Jan-Werner Müeller (3). La Hungría de Orban se ha situado a la cabeza de los incumplimientos de Copenhague. Los líderes de la UE critican a Putin y sancionan a Rusia, pero tienen entre ellos a un personaje político que, en materia de calidad democrática, es tan reprobable como el presidente ruso.

(1)    Viktor Orban, apôtre de la Hongrie. JOELLE STOLZ. LE MONDE CULTURE ET IDEES, 3 de abril de 2014.

(2)  El profesor James Kirchik recogía estos testimonios en un artículo publicado para FOREIGN AFFAIRS, en julio de 2012.

(3)   Dissapearing Democracy in the EU's Newest Members. JAN-WERNER MÜELLER. FOREIGN AFFAIRS. Abril de 2014.





VALLS Y ERDOGAN: GLADIADORES PARA TIEMPOS DE COMBATE

2 de Abril de 2014
                
Erdogan y Valls han ganado sus respectivas elecciones municipales sin ser candidatos. Estos dos dirigentes, afincados en los dos extremos del Mediterráneo, comparten ciertos rasgos. Los dos gustan de maneras fuertes, carecen de complejos, no temen la etiqueta de autoritarios, responden sin miramientos a sus adversarios en los pocos casos en los que no golpean primero, subordinan la ideología a las exigencias prácticas de la gestión diaria e interpretan con inteligencia rapaz los sentimientos más primarios de sus ciudadanos. Les encanta mandar. En parte por eso, tienen tantos enemigos fuera como dentro de sus 'hogares políticos'. La propaganda vigente los presenta como los mejores dotados para estos tiempos, malos para la lírica y los principios.
                
VIRTUD DE LA NECESIDAD
                
Repasando estos días la trayectoria personal y política del nuevo jefe del gobierno francés, despierta un especial interés su versatilidad, los contornos difusos de su lealtad a los patrones de cada momento y su crudeza a la hora de labrarse su carrera. Tipo duro, este barcelonés, hijo de exiliado y artista, al que más parece haberle calado lo primero que lo segundo, por su instinto para adaptarse a las dificultades y la escasa finura de sus modales.  No es la sensibilidad lo que uno encuentra cuando rastrea su pasado político sino fiereza.
                 
Muy bragado en la lucha mediática o 'agit-prop', le proporcionó músculo al elegante pero blando Jospin y contribuyó a dotar de cierto tono populista a la fallida campaña presidencial  de la altiva Royal. A los dos abandonó en momentos de especial crudeza en las habituales sangrías de los socialistas franceses. Y con los dos se reconcilió. Brevemente. Apoyó a Jospin en las primarias, pero consumado el fracaso se buscó un lugar en el campo de Segoléne. A pesar de la derrota frente a Sarkozy, continuó a su lado, pero no soportó un segundo fracaso, ésta vez interno, ante Martine Aubrey, por el liderazgo del PSF. Se separó de la mujer y su todavía marido, Hollande, no discretamente, sino con sonoro portazo.
                
Con la nueva líder del partido fue tan descaradamente áspero que se ganó una reprimenda pública de ella. Apostó entonces por el desventurado Strauss-Khan, pero la fundición política del ex-director del FMI puso a prueba su instinto de superviviente e intentó ser su propio jefe. La brusquedad con que gestionó su candidatura y su extraña alianza con el proteccionista Montebourg (percibido como izquierdista, pero tan disidente como él), le relegó a un inútil quinto puesto. En otro de sus giros, volvió bajo el manto de Hollande, después de todo más liberal que Aubrey, y pusó al servicio de su campaña su lengua acerada, su espíritu depredador y sus ansias de triunfo.
                
En estos años de dura labranza, Valls ha destacado por sus posiciones iconoclastas, pero siempre inclinadas a la derecha: abandono de las 35 horas, instauración del IVA social, reducción de las cotizaciones empresariales, entierro del apelativo 'socialista', restricciones a la inmigración, mano dura contra la delincuencia, etc.

Hollande 'premió' su dedicación otorgándole una de las 'pommes chaudes' de su Gobierno: Gendarme mayor de la República, al frente del Ministerio del Interior (2012). Tras la herencia sarkoziana, lo que menos quería el inquilino del Eliseo es que las clases medias, pesimistas como nunca y miedosas como nadie, percibieran a los socialistas como blandos con el delito y la inmigración y temerosos con los intelectuales y los instintos 'gauchistas' del electorado progresista. ¿Quién mejor dotado para morder antes (o en vez) de preguntar? El asunto Leonarda (la gitana kosovar) confirmó que Valls sabe leer los sondeos como nadie en la Rue Solférino. Por eso es hoy el político socialista con mejor nivel de aceptación en las encuestas.
Ahora, en Matignon, no dejará de mirar al Eliseo, y no sólo para esperar órdenes. De nadie más determinada la ambición, ninguno más dotado para el combate. Hollande elige un gladiador para acabar con los leones, propios y ajenos, que amenazan con devorar la segunda experiencia socialista en Francia. Pero el ala más a la izquierda, y no pocos moderados, del PSF alertan, sin embargo, del riesgo de corrosión que puede provocar el ácido proceder del nuevo compañero primer ministro.                

EL PATRÓN CONTRA EL PULPO
                
Al otro lado del Mediterráneo, Recep Tayip Erdogan saborea el éxito de las municipales con un ánimo de revancha que no se ha molestado en ocultar. Sus palabras amenazadoras y su invitación al exilio forzado de sus adversarios, sin precisar cuáles ni de qué condición (políticos, económicos, institucionales, ideológicos) aventuran un periodo agitado en Turquía.
                
El primer ministro puede ser candidato a Presidente de la República en agosto, pero necesita un cambio constitucional para dotar a la primera magistratura de poderes ejecutivos que ahora carece. No será fácil. Pero, a la postre, podría conseguir un cambio legislativo menos profundo que le propiciara alargar su mandato en el Gobierno.
                
Como le ocurre a Valls, muchos de sus enemigos se encuentran bajo el mismo techo; en el caso de Erdogan, más ideológico que político. En su partido, el AKP, nadie le discute el liderazgo, aunque el actual Presidente Abdullah Gul manifiesta discreta y moderadamente su incomodidad por las exhibiciones de autoritarismo (véase el control de las redes sociales) o los escándalos de corrupción. Pero el verdadero enemigo acampa fuera del partido hegemónico. Es el entramado económico, educativo, religioso, social, mediático (y tantas cosas más) que se extiende por todo el cuerpo social y el sistema institucional y responde al nombre de Hizmet. El gurú es un clérigo autoexiliado en Pennsylvania llamado Fetullah Gülem. Mentor en su día de Erdogan, se ha alejado de él por razones confesables e inconfesables.
                
Ambos gallos combaten a muerte en el corral del islamismo pragmatico que impregna a la mayoría de la sociedad turca. Del pulso político y propagandístico se pasó al juego sucio, con espionaje, golpes bajos, investigaciones policiales y actuaciones judiciales. Cada uno ha colocado la diana en el corazón del otro: la familia y la persona misma del oponente.
                
Hay un innegable componente de ambición en la disputa, aunque unos y otros se cruzan acusaciones de traición ideológica y perversión política. Los gülemistas reprochan a Erdogan su autoritarismo y su prepotencia, su codicia en el aprovechamiento de los bienes y recursos públicos, su belicosa e imprudente política exterior. Los seguidores del primer ministro acusan al exiliado santón de orquestar un golpe de Estado, mediante la manipulación de los aparatos que tiene infiltrados y corrompidos, por envidia del liderazgo de Erdogan.
                
En su ciega pelea, Gülem ha seducido también a la oposición, de derechas y de izquierdas, y Erdogan ha coqueteado con sus enemigos existenciales (militares y jueces). La guerra, esa es la impresión, está lejos de concluir.
                
Gane quien gane, el segmento mayoritario de la sociedad turca habrá perdido, según sostiene Halil Karaveli, un profesor turco de la John Hopkins, porque la escisión en el islamismo conservador ha producido una herida que parece duradera.
                
Otro intelectual turco en residente en Estados Unidos, Soner Cagaptay, acaba de publicar un libro, en el que expone su visión de Turquía como primera potencia musulmana del presente siglo, pero considera condición previa una amplia reforma constitucional que, entre otras cosas,  consagre principios liberales como la garantía de las libertades cívicas, la clara división entre Islam y Estado (para reconciliar las dos mitades, religiosa y laica, del país) y un modelo económico integrado en el mercado mundial.
                
Más cerca de este proyecto, como en el de la regeneración de una Francia en declive, los gladiadores Valls y Erdogan tendrán que librar combates mucho más inmediatos y de menor altura.


               





FRANCIA. PRIMERA LECTURA DE LAS MUNICIPALES

31 de marzo de 2014

La segunda vuelta de las elecciones municipales en Francia ha dejado tres grandes lecciones:

1) Un número creciente, y ya preocupante, de ciudadanos no confía en la capacidad del actual sistema político para ofrecer soluciones. Abstención record en unas municipales durante los cuarenta años de V República. Anticipo más que probable de las europeas de mayo. El desinterés o la falta de confianza en el sistema es el elemento más importante de estos comicios, por encima de otros alarmismos excesivos.

2) La izquierda no puede seguir prendida a las recetas liberales y a la medicina de la austeridad para gestionar la crisis. La gran derrota de los candidatos socialistas (pierden un centenar y medio de municipios) es, también, la sanción electoral al Presidente Hollande. La rectificación es un clamor. Pero no puede limitarse al sacrificio del primer ministro Ayrault, a la confirmación de Valls como recambio populista o a una limpieza de ministros grises. Es un cambio de rumbo, como le exige el ala izquierda del partido. Y si el líder socialista cree que tal enmienda no es deseable o posible, debería afrontar al electorado progresista y asumir sus responsabilidades.

3) La derecha más o menos moderada o conservadora toma el relevo en más de un centenar de ciudades francesas mayores de 9.000 habitantes y frena el impulso demasiado publicitado del Frente Nacional. El ascenso de la ultraderecha nacional-populista es más que resistible. La decena de alcaldías conquistadas suponen un avance reconocible, pero, con menos del 7% del voto total, es excesivo hablar del "fin del bipartidismo". La UMP y el PS han concentrado máS del 90% del favor de quienes han creído útil ir a votar. Hay cierta exageración en algunos analistas sobre el "peligro ultra". El voto del malestar no ha tenido una deriva extremista inquietante. La crisis ha producido una alternancia dentro de los cauces.


FRANCIA: LA ABSTENCION, NO EL EXTREMISMO, ES EL GRAN PELIGRO

26 de marzo de 2014
                
No por esperado, el ascenso del Frente Nacional en la primera vuelta de las elecciones municipales francesas ha provocado una ostensible preocupación no sólo en los partidos democráticos y en sectores sociales e intelectuales franceses, sino también en otros muchos lugares de Europa, con o sin amenaza cercana de un fenómeno similar.
                
Marine Le Pen proclamó el mismo domingo el fin del ‘bipartidismo’. Se trata de una pretensión prematura. El Frente Nacional, efectivamente se ha consolidado como un factor perturbador de la política francesa: podrá conquistar algunas alcaldías, tener representación en ayuntamientos relevantes y agudizar contradicciones en el partido conservador UMP, de cara a posibles pactos para la segunda vuelta. Pero, con el 5% de los votos emitidos, frente al 47% de la UMP o el 38% del castigado PS, el Frente Nacional sigue siendo un actor secundario.      

Hay muchas razones para considerar que el ascenso del populismo derechista en Francia –como en otros lugares- es claramente resistible. No está claro, ni mucho menos, que el FN haya conseguido superar la etiqueta de partido beneficiario del malestar a partido confiable para gestionar. Ya ocurrió en las anteriores municipales. No pudieron o no supieron gestionar victorias entonces sonadas. Como han señalado algunos analistas, la carencia de cuadros es una debilidad no resuelta de los nacional-populistas franceses.

EL RESISTIBLE ASCENSO DE LA EXTREMA DERECHA EUROPEA

Otro elemento que causa preocupación en medios liberales y progresistas europeos es que las municipales francesas puedan ser un anticipo de las europeas de mayo y, más aún, la confirmación de una supuesta tendencia al alza de las propuestas extremistas, populistas, nacionalistas y euroescépticas (no todas iguales y no necesariamente coincidentes) en las próximas citas electorales.

Se vincula el auge de estas formaciones al malestar social originado por la crisis económica y social y a la insatisfacción por las respuestas orquestadas desde las élites europeas. Aunque esta interpretación es ampliamente aceptada, resulta provocadora la tesis de un profesor norteamericano de la Universidad de Georgia, Cas Mudde. En una conferencia pronunciada este mismo mes en Bonn, de la que ha extraído un artículo para la publicación CURRENT HISTORY, Mudde cuestiona dos supuestas creencias: una, que la Gran Recesión haya conducido al ascenso de la extrema derecha en Europa; y dos, que estas formaciones radicales vayan a obtener un resultado muy mejorada en las elecciones europeas del próximo mayo.

El profesor norteamericano recuerda que en cuatro de los cinco países más afectados por la crisis (Grecia, España, Portugal, Irlanda y Chipre) sólo en el primero la ultraderecha ha entrado en el Parlamento. De los 18 estados en que hay partidos radicales activos, sólo en la mitad estas formaciones han experimentado un alza  durante la crisis, y sólo en cuatro de esos nueve casos ese aumento del apoyo electoral ha superado el 5%. Francia es, después de Hungría, el país donde la extrema derecha ha obtenido el mayor avance. A finales de 2013, sólo 12 países de la UE tenían partidos ultras en sus parlamentos. La realidad es que el fortalecimiento de las opciones radicales se produjo antes de la crisis, en periodos de crecimiento y estabilidad.
                
En cuanto a las proyecciones electorales inmediatas (comicios europeos), Mudd considera que el factor protesta es el elemento que más puede favorecer a los extremistas, pero señala que ese fenómeno sólo cuando las elecciones de segundo orden (europeas, por ejemplo) se celebran a la mitad más o menos de un mandato electoral nacional.
                
Mudd extrapola la composición de los parlamentos nacionales para prefigurar una hipotética configuración de la Eurocámara. No anticipa un aumento de la extrema derecha en Estrasburgo, sino todo lo contrario: tres escaños menos. Incluso si se utilizan los sondeos más recientes, los partidos ultra sólo ganarían siete escaños, lo que representaría menos del 6% de aumento con respecto al hemiciclo actual. De esos 44 escaños que anticiparían las encuestas, los partidos francés y holandés aportarían más de la mitad; en todo caso, más de los 25 que son necesarios para formar un grupo parlamentario propio.
                
Mudd avala la teoría de Roland Ingelhart (Silent Revolution, 1977), según la cual son los factores socio-culturales y no los socio-económicos los que impulsan las opciones extremistas de derecha. En una crisis, y más de la gravedad y amplitud de la actual, esos grupos radicales no son percibidos como competentes o experimentados para administrar. Es cuando se estabiliza la situación y el electorado vuelve a ocuparse de los asuntos socioculturales (como la identidad nacional o la percepción de seguridad) cuando esas opciones extremas han encontrado históricamente más predicamento.

PSF: UNA RECTIFICACION NECESARIA  

Por supuesto, esta interpretación es discutible, aunque los datos le proporcionen un sustento razonable. El caso francés, como se ha dicho más arriba, constituye un elemento diferenciador, porque el Frente Nacional ha subido durante la crisis y tiene perspectivas de mejorar su presencia en la Eurocámara. Pero hay otros elementos que pueden explicar este ascenso, como señalábamos en un comentario anterior.

Francia atraviesa por un tiempo de reforzado pesimismo y aguda falta de confianza. La percepción de declive nacional está muy presente no sólo en el debate intelectual o político, sino en el ánimo de amplios sectores de la la ciudadanía. El Frente Nacional incide en estos factores de identidad nacional o de pérdida de la misma, aprovechándose de un impulso que el expresidente Sarkozy se empeñó en alentar, con ánimo electoralista. Una reciente encuesta de Ipsos indica que la mitad de los franceses creen que el FN es un “peligro para la democracia”, pero un tercio lo considera “útil” y “próximo a sus preocupaciones e intereses”.

Con todo, debería alarmar mucho más la abstención (un 36%, la tasa más baja de los últimos cuarenta años en una primera vuelta de las elecciones municipales), que el voto a la ultraderecha. Que el FN no se haya aprovechado más del indudable malestar y no haya sido capaz de reducir en su beneficio la abstención, a pesar de la moderación forzada de su discurso, debería rebajar la percepción del entusiasmo exhibido estos días por sus líderes. Más que aventar riesgos de extremismo, el socialismo francés debería esforzarse en superar la doctrina europea de la austeridad y resolver la confusión en que se han diluido sus dos años de gestión. La gran inquietud consiste en saber si todavía se está a tiempo de rectificar y, con más claridad y precisión, hacer distinguibles, en Francia y en Europa, las políticas progresistas y conservadoras para salir definitivamente de la crisis. 

LA IMPROBABLE RESTAURACIÓN DE LA 'GUERRA FRÍA'

19 de marzo de 2014
                
La anexión rusa de Crimea, tras el resultado favorable del referéndum en la península y la inmediata acogida del Kremlin a su antiguo territorio, amenaza con pasar definitivamente página en las relaciones de Occidente con Rusia.
                
En algunos medios se habla ya de un retorno a la 'guerra fría'. Es una visión precipitada y emocional. Naturalmente, no es descartable al cien por cien. Pero es altamente improbable. Si Moscú no intenta replicar la obtención de otras regiones del sur y este de Ucrania, la crisis entrará en una fase de estabilización. No sin daños, por supuesto, pero libre de sobresaltos incontrolables. Veamos las razones de esta estimación :
                
EL SÍNDROME BOOMERANG
                
Occidente perdería más de una confrontación prolongada con Moscú que de la digestión incómoda de la 'satisfacción' rusa en Ucrania. Rusia no es ya la superpotencia comunista asentada en la capacidad disuasoria de su arsenal nuclear. Ahora se la percibe sobre todo como un vasto territorio que alberga la mayoría de las materias primas de planeta y un extraordinario campo de oportunidades para el capitalismo internacional.
                
Es conocida la dependencia energética europea del gas ruso. Es desigual en dimensión e impacto, pero condiciona una política consensuada. Hay alternativas en marcha, pero llevarán tiempo. Es el caso del Corredor meridional, que arranca en Azerbaiyán y concluye en Italia. O el plan estadounidense de incrementar las exportaciones de gas natural licuado (LNG) a Europa, pero no se trata de algo inmediato ni está garantizado su éxito (1).  
                
Se sabe menos de la interdependencia del capital financiero ruso y occidental es inmensa. Una cuarta parte del billón de dólares inyectado en el sistema financiero tras la crisis de 2008 ha ido a parar a fondos vinculados a las grandes empresas estatales rusas (con Gazprom a la cabeza). El gestor líder de este mercado global, PIMCO, tiene colocada casi la tercera parte de todo su capital en bonos de las empresas y el gobierno de Moscú. Reconducir ese flujo de capital hacia áreas menos problemáticas es una operación muy compleja y arriesgada debido a normas de vinculación de fondos. Rusia es el líder en el índice JP Morgan Chase, que mide el mercado de bonos corporativos de los países emergentes (2).
                
UN MUNDO POR FIJAR
                
Más allá de los intereses económico-financieros, hay otras áreas de cooperación con Rusia que Occidente quiere preservar. Aunque Moscú no tenga la capacidad de incidir en los equilibrios mundiales como en la segunda mitad del siglo pasado, aún conserva una notoria influencia. El entendimiento diplomático con el Kremlin no es desdeñable. Es significativo que Putin haya manifestado expresamente su deseo de continuar cooperando con las potencias occidentales.
                
Oriente Medio es la zona más obvia e Irán el frente más inmediato a corto plazo. Es llamativo que pese al cruce de recriminaciones y reproches de estos días, los preparativos de la reanudación de las negociaciones de Ginebra sobre el plan nuclear iraní se han desarrollado con cierta fluidez. Siria es otro elemento de gran interés, aunque las posibilidades de un acuerdo global para concluir la guerra se antojen muy esquivas todavía. En todo caso, tarde o temprano, Moscú será imprescindible para cualquier arreglo, del tipo que sea.
                
Más a largo plazo, Rusia resulta imprescindible para estabilizar el mapa estratégico del Lejano Oriente. La ambivalencia con la que China ha reaccionado a la crisis de Ucrania no debe sorprender. Pekín se reserva todas sus bazas. No comprometerá el proceso de estrechamiento de relaciones económicas con Moscú por un asunto menor para sus intereses, aunque tampoco otorgará un cheque en blanco a Putin. China podría ser la gran beneficiaria del enfriamiento entre Occidente y Rusia, porque ambas partes podrían verse en la conveniencia, sino en la necesidad, de cortejar su favor.
                
¿UN DIVORCIO ACEPTADO?
                
Otra razón por la que no es previsible un desbordamiento de la situación es el relativo impacto de la pérdida de Crimea para Ucrania. Las nuevas autoridades de Kiev, en sintonía con muchos ucranianos del oeste del país, no contemplan lo ocurrido como una tragedia nacional. Es la tesis defendida por el analista Taras Kuzio (3).
                
Por mucho que ahora se eleve el tono con el incidente militar, lo cierto es que el nuevo gobierno ucraniano no siente la mínima tentación de desafiar el control ruso de Crimea. Digerida la humillación,  se apreciarán las ventajas: Kiev eliminará de su presupuesto pesados fardos como los subsidios agrarios y las pensiones, se librará del peaje que suponía albergar la Flota rusa del mar Negro y se privará del riesgo de inestabilidad que podría provocar la minoría tártara si prendiera el ánimo islamista.
                
AIRES DE DESQUITE
                
Obama y Merkel parecen competir por demostrar firmeza y han elevado el tono verbal de las advertencias, pero el juego de máscaras de las sanciones revela esta improbabilidad de la restauración de la 'guerra fría', bajo la forma que fuere. Que ni siquiera Estados Unidos y Europa hayan querido adoptar un paquete conjunto indicaría el malestar que subyace en esta decisión. No le ha pasado inadvertida a Moscú esta circunstancia, tan importante como el alcance de las medidas. De ahí el desdén y la mofa con que prebostes o secundarios del régimen se han tomado las supuestas medidas de castigo.
                
Putin está disfrutando de su éxito sin disimulo. Una buena parte de la opinión pública le sigue en esta manifestación de orgullo nacional. No era posible perpetuar la humillación sufrida durante los últimos veinticinco años. Gorbachov se ha sumado a las celebraciones endosando la anexión de Crimea como un acto de reparación y justicia. Ese gesto no le rehabilitará entre los sectores soviéticos y/o nacionalistas, pero indica hasta qué punto Occidente ha menospreciado el sentimiento de la población rusa este último cuarto de siglo.

(1) Ukraine Isn't Europe's Biggest Energy Risk. BRENDA SHAFFER. Centro Euroasiático de la Universidad de Georgetown. FOREIGN AFFAIRS, 11 de marzo de 2014.

(2) Foreign Investors in Russia vital to sanctions debate. NEW YORK TIMES, 17 de marzo 2014.


(3) Why Ukrainians Don't Mind Losing the Territory to Russia. TARAS KUZIO. Centre for Political and Regional Studies at the University of Alberta.FOREIGN AFFAIRS, 13 de marzo de 2014.

PUTINOLOGÍA

13 de Marzo de 2014

Mientras los dirigentes occidentales continúan dudando acerca de la respuesta más adecuada (y conveniente) a la crisis de Ucrania, analistas, expertos y entendidos tratan de escudriñar las motivaciones y estrategias del Kremlin. Con matices,  sin duda importantes, lo cierto es que  la gran mayoría de las evaluaciones que han podido leerse estas dos semanas coinciden en fijar la responsabilidad de lo ocurrido en una especie de designio personal o particular del presidente ruso.     Putin sería el gran villano. Un zar moderno. O una siniestra combinación de ‘superespía’ y ‘apparatchik’ adaptado a las exigencias actuales.
                 
El comportamiento de Putin en su década y media de funambulismo en las alturas del Kremlin le otorga una merecida mala fama democrática. Pero muchos analistas que ahora lo consideran como el ‘némesis’ de Occidente fueron condescendientes cuando ese acendrado autoritarismo parecía puesto al servicio de la construcción de un sistema neocapitalista, liberado de la anarquía y el desastre de los primeros años del post-sovietismo.
               
La expansión de los primeros años del siglo, motivada por alto precio de las materias primas y los productos energéticos, forjaron intereses cruzados entre los nuevos capitalistas rusos, incluidos los patronos de las empresas estatales, y potentes inversores occidentales. Las dudosas maneras del ‘gran patrón Putin’ preocupaban poco en gabinetes y consejos de administración de este lado del mundo.
                 
La crisis que sacudió los cimientos del capitalismo occidental terminaron por alcanzar también a las potencias emergentes en los últimos dos años y la estrategia integradora de Putin mostró sus limitaciones y contradicciones. El presidente ruso puso en práctica entonces una estrategia alternativa, más autárquica o de repliegue, menos vinculada a Occidente. No pocos analistas creyeron ver en esa rectificación un plan hasta entonces oculto, encaminado a recuperar para Rusia la condición de superpotencia. La treta política de retirarse al banquillo como primer ministro para retornar luego a la jefatura del Estado fue considerada como un síntoma  más de sus aviesas intenciones. Ucrania ha sido la confirmación definitiva. Y dolorosa.
                  
MENSAJES DE GUERRA FRÍA

Repasemos lo que algunos de estos expertos convertidos en ‘putinólogos’ han escrito estas dos semanas sobre el designio estratégico del Zar Putin.
                
          - Putin no pretendería proteger a la población rusa o asegurar la protección de la flota del Mar Negro, sino “demostrar que la gran potencia rusa ha vuelto (…) con la pretensión de  dominar a sus vecinos tanto económica como, ahora, militarmente”. (Kathryn Stoner, Universidad de Stanford).

- Para movilizar el apoyo político que necesita, Putín habría  apelado a un “nacionalismo emocional” que “desdeña a Occidente y alienta el rechazo al supuesto intento de imperialismo cultural”  (Daniel Treisman, Universidad de California, autor del libro ‘The Return: Russia’s Journey From Gorbachev to Medvedev).  

- Putin ha mostrado un “instinto político astuto”, pero se ha arriesgado a una “furiosa reacción de la minoría tártara”, una “batalla con el relativamente fuerte ejército de Ucrania” o una “explosión de violencia entre los grupos étnicos rusos y ucranianos por todo el país” (Kimberley Marten, profesor de la Universidad de Columbia)

- El “objetivo estratégico” de Putin “no es la secesión de Crimea, como los recientes acontecimientos podrían sugerir, sino provocar una crisis constitucional que recompondría Ucrania como estado confederal,  con un centro muy débil, el sector oriental más integrado con Rusia y el occidental con Polonia y la UE”. Uno de los inspiradores de Putin sería Iván Ilyn, filósofo e ideólogo de la Unión Militar Panrusa. Putin se vería a si mismo como el “último bastión del orden y los valores tradicionales” de la vieja Rusia que vuelve con renovada fortaleza, para resistir el “contagio del liberalismo occidental”, que constituye “un peligro real” para los intereses nacionales (Ivan Krastev, Presidente del Centro de Estrategia liberales de Sofía e investigador del Investigador del Instituto de Ciencias Humanas de Viena).

- Putin sería un “megalómano” que aspiraría a “desafiar el orden internacional”. No puede ser interpretado “en términos exclusivamente racionales”. Su “irracional demostración de fuerza podría reformar su legitimidad interna y estabilizar el sistema que ha construido”; pero, al cabo, “el comportamiento imperialista convertirá a Rusia es un estado gamberro y a Putin en persona non grata” (Alexander Motyl. Universidad Rutgers, New Jersey).

- Putin “puede guardarse Crimea ‘en compensación’ por la ‘pérdida’ de Ucrania, como baza de una negociación en la que imponga a los occidentales un derecho preferencial sobre Ucrania. Puede tratarse del anticipo de una intervención militar más amplia” (Richard Haas. Presidente del Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos).

- Putin es un ”game changer” (literalmente, un alterador del sistema internacional). Con él no funcionará la política de “pequeños pasos”; es decir, la respuesta flexible de sanciones escaladas y medidas (Strobe Talbott. Presidente de la Brooking Institution y ExSecretario de Estado).

- Putin “tiene una visión, una doctrina, fundada sobre una convicción: la desaparición de la URSS ha sido ‘el desastre geopolítico más importante del siglo XX’. Se ha dado a sí mismo una misión: restaurar todo lo que pueda el imperio soviético. Putin no imagina Rusia sin una especie de imperio a su alrededor, como si el expansionismo fuera un componente de la identidad rusa” (Alain Franchon. Editorialista de LE MONDE).

UNA VISIÓN MÁS EQUILIBRADA

Hasta aquí la muestra de una visión parcial o sesgada de lo ocurrido. Son muchos menos los analistas que resaltan otros factores que han contribuido a desencadenar la crisis. O que explicarían con más equilibrio el comportamiento o el instinto del presidente ruso.

Uno de ellos es poco sospechoso. Robert Gates, el que fuera Secretario de Defensa con Bush Jr. y con Barack Obama, a la sazón veterano combatiente de la guerra fría, admite que la “arrogancia occidental ha alimentado el revanchismo ruso”. La pretensión de los círculos de poder norteamericanos (y también europeos) de ampliar la OTAN hasta las mismas fronteras rusas  no ha hecho mucho para favorecer un ánimo constructivo en el Kremlin.

En 2008, cuando la OTAN amagó con invitar a Ucrania a incorporarse a la Alianza militar occidental, Putin dio un puñetazo verbal y frenó la iniciativa. Ahora, después de que los aliados occidentales no honraran el acuerdo político alcanzado para superar la crisis en Kiev –y obligaran a la oposición a hacer lo propio-, ¿no era de esperar que se reavivarán en Moscú las percepciones de acoso?

También  tiene particular interés tiene la reflexión de otro profesor norteamericano, Keith Darden (Profesor de la Escuela del Servicio Exterior de la Universidad Americana), en FOREIGN AFFAIRS. Lejos de refugiarse en clichés simplistas, Darden resalta factores esenciales como la división real del país entre la opción rusa y la europea o la crisis de legitimidad de las nuevas autoridades de Kiev, tanto por la forma de conquistar el poder como por los cargos y prebendas otorgados a las fuerzas más extremistas y reaccionarias, o las medidas dudosamente democráticas como la abolición del ruso como lengua oficial.