DESPUÉS DEL BREXIT: UNA BORRASCA BARRE GRAN BRETAÑA Y EUROPA

26 de Junio de 2016
                
La semana que comienza viene dominada por un amplio frente borrascoso que se extiende por toda Europa. Éstas son las principales incógnitas del momento:
                
¿Se puede ignorar, revertir o interpretar el resultado del referéndum?
                
Altamente improbable. Políticamente, sería casi imposible encontrar quien quiera ponerle el cascabel al gato. Cualquiera de los dirigentes que reemplace a Cameron tendrá que descartar expresamente esa posibilidad, o cualquier variante que vaya en esa línea, como retrasar la declaración de separación de la UE, la dilatación de las negociaciones o la apertura de un nuevo pacto británico con la Unión. Escenarios estos que serán rechazados, con acritud, por numerosos líderes comunitarios y de los estados europeos, para desincentivar otras veleidades secesionistas.
                
¿Hasta dónde puede llevar Escocia un nuevo pulso con Inglaterra para celebrar otro referéndum de independencia?
                
Es difícil decirlo. De momento, se han dado los pasos políticos inmediatos: decisión del gobierno de solicitar conversaciones "inmediatas" con instituciones y gobiernos europeos para "proteger la permanencia de Escocia en la UE". El referéndum está "encima de la mesa", ha dicho la primera ministra escocesa. Sturgeon ha recordado que las condiciones en las que se celebró el referéndum anterior han cambiado sensiblemente y, por lo tanto, es legítimo volver a consultar al pueblo. Pero los independentistas tendrán que calcular bien sus pasos, porque desde Bruselas ya se les ha dicho que, para entrar en la UE como nuevo país soberano, tendrán que ponerse a la cola.
                
¿Puede el 'Brexit' hacer rebrotar las tensiones en el Ulster, que votó ampliamente en favor de la permanencia en Europa?
                
Es muy probable, aunque el voto pro-europeo se ha dado tanto en territorios católicos, más inclinados a la secesión y unión con Irlanda, como en los protestantes, dónde prevalecen los partidarios de la vinculación con el Reino Unido. La pacificación entre los bandos rivales del Ulster se había consolidado a lo largo de la última década, pero el Brexit  tendrá efectos muy negativos para ese territorio. Los conflictos sociales y económicos, amén de la liquidación de la frontera abierta con la República de Irlanda pueden reabrir las heridas.
                
¿Cómo puede afectar el resultado del referéndum a la cohesión interna del Partido Conservador?
                
Quizás no demasiado. Aunque una mayoría de parlamentarios tories han comulgado con la línea del Primer Ministro dimisionario o la su número dos, el Secretario del Tesoro, Osborne, no pocos lo han hecho de mala gana y con reticencias. Es el caso de la Secretaria del Interior, Theresa May, que apoyaba la permanencia, pero pretextó el trabajo ministerial para borrarse de la campaña. May es la favorita para suceder a Cameron, pero si los eurófobos consiguen sacar partido de su éxito y hacen bascular al partido hacia su terreno, otras opciones cobrarán fuerza. Aparentemente, la más obvia es la de Boris Johnson, ex-alcalde de Londres. Sin embargo, se sospecha que, pese a su mercurial campaña por el Brexit, en el fondo Johnson estaba casi convencido del triunfo de la permanencia, y simplemente esperaba capitalizar políticamente en su favor las corrientes xenófobas, populistas y eurofóbicas. Otros tories defensores activos del Brexit, como el Secretario de Justicia, Michel Gowe, muy próximos a Cameron, no parecen tener carisma ni estómago para aspirar al puesto. No hay que descartar sorpresas o tapados. El asunto está por madurar.
                
¿Pagará algún precio el Partido Laborista por las contradicciones de su electorado y de un sector de su dirección?
                
Con toda seguridad. El líder laborista, Jeremy Corbyn, ha dicho que la austeridad y la inmigración han sido los dos factores decisivos en el triunfo del Brexit. Siempre se ha declarado un enemigo acérrimo de la primera, y esa fue la razón que le llevo a triunfar en las elecciones internas. Corbyn responsabiliza a la UE de la austeridad, lo cual es manifiestamente cierto, lo que le ha llevado a defender la permanencia con escaso entusiasmo, con muchos matices y con escaso vigor. En muchos lugares de Inglaterra, electorado laborista era partidario del Brexit por las mismas razones, de ahí que Corbyn haya evitado contrariarlo con un discurso demasiado entusiasta hacia la UE. Esta actitud esquiva durante la campaña ya empieza a tener efectos. Los que no aceptan el liderazgo de Corbyn no son solamente ya los antiguos partidarios de Blair o Brown. El Secretario del Foreing Office en la sombra, Hilary Benn, que había venido apoyando a Corbyn en su pulso permanente con el grupo parlamentario, ha pedido su destitución como líder del partido por considerar que no está capacitado para ejercer el liderazgo después de su comportamiento en la campaña del referéndum. El voto de censura es inminente. Corbyn sigue contando con un sector tradicional, obrerista, que mantienen los feudos del partido donde ha triunfo el Brexit, pero también de la juventud desengañada, que se siente fuera del reparto impuesto por la globalización.
                
¿Cómo responderá Europa a la bofetada inglesa?
                
Los primeros indicios sostienen la tesis del enfado, de la indignación. Algunos no se han mordido la lengua, ni han rebajado su malestar con fórmulas diplomáticas. El Presidente del Parlamento europeo, Martín Shultz, opinó que las negociaciones para hacer efectiva la separación británica de la UE deben iniciarse "tan pronto como sea posible". Más áspero ha sido el Presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. "El divorcio debe ser rápido y no será amistoso, porque nunca ha habido una especial relación de amor", vino a decir. Sin embargo, es de esperar que en pocos días se imponga una actitud más templada.  Los ministros de Exteriores de los países fundadores se han pronunciado de manera más suave, pero sin poner en evidencia diferencias de talante, que las hay.
                
Por lo pronto, Cameron tendrá que tragarse algunos sapos en el Consejo Europa de esta semana: se le invitará a abandonar el plenario cuando los jefes de Estado o de gobierno analicen los pasos a seguir tras el Brexit y, desde luego, se anulará el semestre de presidencia británica de la UE, prevista para julio de 2017.
               
¿Puede esperarse una concertación franco-alemana para gestionar la crisis?
               
  No lo parece. Merkel, en la que se fijan todas las miradas, ha jugado al caliente y al frío, como se esperaba. No ha minimizado la gravedad del impacto, ni le ha concedido a los británicos el deseo de alargar el proceso de separación, pero también ha dicho que "no hacía falta correr" para activar el Artículo 50, "ni ser particularmente desagradable en las negociaciones". 
                
Los franceses son más impacientes. Y con razón, porque las urgencias de París son más apremiantes. Hollande ha recibido a todos los líderes políticos nacionales este fin de semana. Para constatar el desacuerdo general, bien sûr. Sarkozy propone un nuevo Tratado europeo; la izquierda, otra Europa  liberada de la austeridad.  Le Pen, aupada por el resultado británico, un referéndum.
               
El nacionalismo xenófobo francés es mucho más fuerte, está más arraigado y representante una amenaza electoral más acreditada que el alemán. De ahí, la distinta temperatura en Berlín y París. Hollande recupera la vieja idea de una Europa a dos velocidades y trata de unir a los países con gobiernos de izquierda (la mayoría, en el sur). Merkel empezará pronto a extrañar a los británicos, si no está haciendo ya, en su política de contrapesos.
             
En todo caso, este equilibrio en el alambre de la Canciller tiene sus límites. Sus socios de Gran Coalición, los socialdemócratas, tiene ya la vista puesta en las elecciones del año que viene, y no quieren componendas con los británicos. Un documento del SPD, publicado el viernes, exige un plan "para refundar Europa" y critica a Merkel por la austeridad. ¿Se dibuja una línea de fractura derecha-izquierda, como sostiene el corresponsal de LE MONDE en Berlín? Es muy probable.
               


TRIUNFA EL ‘BREXIT: EL NACIONALISMO INGLÉS ECHA A GRAN BRETAÑA DE LA UE


Por cuatro puntos de margen (52%-48%), ha triunfado el ‘Brexit’. Siete de cada diez británicos ha votado, un porcentaje estimable, pero no abrumador, lo que indica un desinterés no despreciable de la población y añade amargura a los partidarios de la permanencia. Éstas son las consideraciones más urgentes.

1.       AMAGOS DE PÁNICO.

El escenario del ‘día después’ del ‘Brexit’ se completa por horas e incluso por minutos. Cierto pánico bursátil, desplome del mercado petrolero, el mayor descenso de la cotización de la libra esterlina frente al euro en veinte años y perspectivas de un nuevo frenazo de la recuperación económica continental.

La tentación del catastrofismo es grande. Conviene huir de ella. Pero tampoco sería responsable actuar como si lo ocurrido fuera ‘business usual’. El resultado del referéndum británico supone una crisis sin precedentes en Europa, con alcance planetario, Y exige análisis, respuestas y acciones a la altura del desafío.

Las turbulencias económicas provocadas por el ‘Brexit’, en Gran Bretaña, en Europa y en el resto de este mundo globalizado, serán inevitables y no menores. Pero mucho más inquietantes serán los efectos políticos, porque el resultado del referéndum abre un periodo de inestabilidad, de desconfianza, de incertidumbre.

2.       RIESGO DE DISGREGACIONES INTERNAS EN GRAN BRETAÑA.

El divorcio británico de Europa desencadena riesgos de otras separaciones internas, que serían más dolorosas, más desestabilizadoras. El voto antieuropeo de ayer no es británico: es inglés. Escocia e Irlanda del Norte han votado a favor de permanecer en la UE.

Será muy difícil que la separación británica de Europa no precipite movimientos políticos en favor del mantenimiento en la Unión por parte de los territorios que no desean marcharse. La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, ya ha dicho esta madrugada que Escocia ve su futuro dentro de la UE. ¿Habrá otro referéndum sobre la secesión? Y el Sinn Feinn, fuerza pujante en el Ulster, ha relanzado la idea de una consulta para unirse a la República de Irlanda, su razón de ser.  

3.       EL FRACASO DE CAMERON, EL DESGARRO TORY

Cada cual debe asumir sus responsabilidades en momentos como éste. El primer ministro Cameron ya lo hecho, al anunciar su dimisión para el próximo mes de octubre, cuando se celebre la Conferencia anual tory. La idea del referéndum fue suya. Una idea pésima, como muchos le advirtieron, en Europa y en su país. Prometió la consulta cuando ni siquiera sabía si podía repetir victoria electoral. Atrapado por el compromiso, y por las expectativas generadas, dentro y fuera de su partido, decidió no rectificar y seguir adelante con el riesgo.

Cameron aspira a controlar el proceso de divorcio, previsto en principio por el artículo 50 del Tratado de Lisboa. Pero no le dará tiempo a completarlo. Dos años es el plazo regulado. Una ampliación necesitaría del consenso completo en la UE. No parece probable. Por tanto, todas las acciones del caducado jefe del gobierno británicos están sometidas a presión, a partir de ahora mismo. Habrá quienes, en su partido, pidan un relevo inmediato, lo más rápido posible. Otros, entre los que se cuentan sus “amigos” defensores del ‘Brexit’ le apoyarán en el incierto calendario que ha propuesto. Nada puede anticiparse ahora. Debe recordarse la liquidación política de Thatcher. Sus seguidores, que hasta hace días o semanas antes todavía la empachaban con adulaciones, favorecieron su caída. Sin contemplaciones mayores.

4.       LA RESPUESTA ALEMANA

El otro punto de interés es externo. Las miradas se dirigen a Berlín y París, sobre todo. A los alemanes los sobresaltos les perturban especialmente. Y éste no es de los habituales. Lo más probable es que Alemania combine su habitual discurso de conciliación y firmeza; es decir, tendremos a Merkel desplegando un mensaje moderado, sin estridencias, comprensivo incluso con “la voluntad del pueblo británico”, y a su número dos real y patrón de la Hacienda, Schäuble, sosteniendo el discurso ya deslizado durante la campaña (“dentro es dentro, fuera es fuera”, dijo), y negociando con mano de hierro el proceso de separación y, sobre todo, las condiciones de la nueva relación de Gran Bretaña con la UE, en materia comercial, económica, migratoria, etc.

5.       LUCES ROJAS EN FRANCIA

En Francia, los efectos pueden ser más preocupantes. Hollande tratará de asumir la iniciativa política y diplomática, si es posible con la complicidad de Berlín, presentando la semana que viene, ante el Consejo Europeo, un plan de relanzamiento del proceso de construcción europea. Confíenos en que no sea uno de esos megaproyectos a los que son tan aficionados los franceses, generalmente desdeñosos con los detalles prácticos. A falta de capacidad de liderazgo en Francia, el presidente tratará de erigirse en abanderado de una refundación europea liberada del freno británico: más unión, más ambición.

Esa estrategia puede representar una huida hacia adelante y entraña riesgos mayores aún que el ‘Brexit’. A nadie se le oculta que la separación británica va a dar alas al Frente Nacional, que proclama abiertamente la ruptura con esta Europa que considera burocratizada, antidemocrática e incapaz de atender las necesidades de la mayoría de la población francesa. Si el partido de Marine Le Pen, a rebufo de estos acontecimientos se consolida como acción real de gobierno la primavera que viene, el impacto del ‘Brexit’ quedará empalidecido por la amenaza de un ‘Frexit’.  Ni siquiera, en un escenario menos catastrófico, haría falta tal cosa: bastaría con una reconsideración general del proyecto europeo, es decir, la renacionalización de Europa: el final del sueño de Monet y Schuman.

6.       IMPULSO NACIONALISTA EN EUROPA.

El nacionalismo, llevado al límite, concita otros nacionalismos de signo opuesto. Europa ha experimentado estas pulsiones políticas en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. O mejor dicho, Europa se ha disgregado, enfrentado, batallado y sufrido cuando el discurso nacionalista extremo se ha impuesto en el relato político y en las pasiones populares, más o menos orientadas, dirigidas, manipuladas.

Otros movimientos nacionalistas se van a sentir reivindicados en Europa por el resultado de ayer en Gran Bretaña. En Alemania, sin ir más lejos, donde despiertan, aunque suavizados, viejos demonios; en los países de más reciente incorporación, de manera más intensa, más virulenta (Polonia, Chequia, Eslovaquia); incluso en los suaves y razonables nórdicos (Dinamarca, Suecia…); hasta en el núcleo de fundadores (Bélgica, desde hace años en el filo de la disgregación, u Holanda, precursora del malestar originado por la inmigración).

7.       EL DESAFÍO DE LA RECTIFICACIÓN

En definitiva, un auténtico desafío para los ciudadanos que comprenden la necesidad de una Europa unida, más justa, solidaria, liberada de prejuicios nacionalistas y xenófobos. La responsabilidad principal recae, sin embargo, en unos líderes que han demostrado escasa capacidad desde hace años. Es hora de superar la absurda, fracasada e injusta estrategia de la austeridad como respuesta obstinada a la macro-depresión. La salida a esta crisis del ‘Brexit’ no pasa por invocaciones grandilocuentes sino por medidas concretas que estimulen el crecimiento, favorezcan la generación de empleo, desacrediten el victimismo nacionalista y recuperen la confianza ciudadana.

Algunos tendrán la tentación de proclamar Good ridance (o sea, ¡ya era hora! o ¡adiós, con viento fresco!). El desafío exige más templanza. En todo caso, Europa debe tomar otro camino. Quizás, si se abren pasos rectificaciones acertadas, dentro de una generación puedan volver a darse las condiciones para un reencuentro.

                

EUROPA SE DEBILITA A FUEGO LENTO

22 de Junio de 2016                
                
Durante muchos años, los euroentusiastas solían invocar el supuesto axioma de que el proyecto de integración europea se construía de crisis en crisis. Parte de verdad había en ello. Pero los tiempos han cambiado. El  marasmo en que está instalada Europa desde hace una década y el debilitamiento, cuando no la extinción, de los factores que permitían sostener un diagnóstico tan positivo auguran lo contario. Las crisis parciales o sectoriales no se cierran para dar paso a otras, sino que solapan, se refuerzan, se acumulan.
                
La incomprensible intransigencia de la austeridad como tratamiento fallido de la crisis ha provocado la mayor desafección social desde 1945. La estabilidad política basada en un anclaje en el centro con desplazamientos moderados a derecha e izquierda está en entredicho. La solidez de los líderes como elemento de referencia en tiempos difíciles se ha desvanecido. La confianza de los ciudadanos en las instituciones se ha erosionado. La percepción es que las crisis ya no sirven para avanzar sino para consumir a Europa.     
                
El foco más reciente nos devuelve un grave deterioro moral provocado por la pésima gestión de la llamada "crisis de los refugiados". La xenofobia creciente ha sido más fuerte que los valores. Europa ha ido rebajando la calidad moral de sus propuestas, y ni siquiera parece capaz de aplicar los pálidos compromisos con los que ha pretendido camuflar el fracaso. En el horizonte se dibujan nuevas borrascas, de las que difícilmente puede esperarse nada bueno.
                
LA LLAGA BRITÁNICA    
                
La primera prueba se empezará a dilucidar este jueves, con el referéndum británico. El asesinato por odio de la diputada laborista Jo Cox añade un elemento de tragedia a la inquietud dominante. Las encuestas predicen un resultado tan ajustado que dificulta los vaticinios. Lo terrible es que, salvo error mayúsculo de las predicciones demoscópicas, una victoria por la mínima de la permanencia no servirá para anclar a ese país a Europa en condiciones fiables. En cambio, un triunfo exiguo del 'Brexit' bastará para generar una serie encadenada de peligros.
                
Las consecuencias del eventual divorcio han sido repetidas hasta la saciedad. Más que repetirlas ahora, conviene quizás señalar que los propios defensores de la permanencia en el Reino Unido han insistido más en dibujar un panorama catastrofista de la separación que en resaltar los aspectos positivos de la unión. Un síntoma más de la fragilidad del status quo.
                
En la línea de las crisis promisorias, hay quienes hacen virtud de la necesidad y proclaman que un triunfo del 'Brexit' no será una amenaza, sino una oportunidad. Gran Bretaña tendrá que asumir su tradicional impulso de peculiaridad (que algunos retrotraen a Enrique VIII), y Europa podrá avanzar sin el permanente freno que Londres ha representado.
                
Lectura triunfalista. La secesión británica puede generar dinámicas disgregadoras dentro y fuera de Gran Bretaña. Dentro, porque Escocia, mayoritariamente favorable a la permanencia en la UE, sentirá de nuevo la tentación de independizarse del Reino Unido para seguir vinculada al proyecto europeo, aunque tenga que pasar por un proceso de readmisión.
                
Fuera, porque el 'Brexit' alienta otros escapes: el más probable, el  'Chexit' (la salida de  Chequia, el país quizás más euroescéptico de la UE junto con Gran Bretaña). El peor de los escenarios sería la aparición del fantasma del 'Frexit' en Francia; o, como mal menor, el aliento reforzado de las opciones eurófobas. El país vecino arrastra una crisis social muy grave, el gobierno se ha quedado sin crédito político, el Partido Socialista está dislocado y parece ya incapaz de nuclear a la izquierda. La derecha parece dispuesta a importar mensajes, valores y propuestas del nacionalismo xenófobo. Pero será el estandarte de esta opción, el Frente Nacional, el principal beneficiario de la desvinculación británica de Europa.
                
EL FIN DEL ESPEJISMO ITALIANO
                
Italia no puede faltar en una ecuación integral de crisis. De forma inopinada, en los últimos meses parecía uno de los países europeos más estables. Y, desde la perspectiva de la izquierda moderada, el más afortunado, con el liderazgo aparentemente sólido de Mateo Renzi. Pero las elecciones municipales han desvelado el espejismo de la estabilidad.
                
El triunfo del Movimiento populista Cinco Estrellas en Roma y Turín ha puesto en evidencia la fragilidad del primer ministro. Renzi pretendió en algún momento asumir el liderazgo de una alternativa pálida a la austeridad, tras el estrepitoso fracaso de Hollande. Sus programas de empleo arrojaban resultados satisfactorios, aunque más aparentes que reales, según algunos críticos. 

El primer ministro italiano ha minimizado el alcance de las municipales, pero no es esa la percepción general. El referéndum sobre la reforma electoral e institucional, programado para octubre, puede convertirse en una especie de plebiscito sobre el liderazgo de Renzi. En todo caso, otra borrasca de malos augurios. En su propio partido (PDI) han resurgido rencillas nunca superadas. El auge de los populistas es más probable ahora que su estridente fundador, Beppe Grillo, parece haber sido relegado al asiento de atrás y los jóvenes han tomado el relevo. Europa no es su prioridad, sino todo lo contrario.
                
EL BLOQUEO ESPAÑOL
                
El otro frente brumoso viene de España. Las elecciones no parece que vayan a servir para resolver el bloqueo político. También aquí los socialistas aparecen como el eslabón frágil. El PSOE se enfrenta al dilema de aceptar la continuidad de la derecha (desde dentro o desde fuera de un futuro  ejecutivo) en aras de la gobernabilidad, o embarcarse en una incierta alianza con fuerzas a su izquierda. 

Si se produce el 'sorpasso' de Unidos Podemos, la opción de convergencia progresista podría ser rechazada expresamente por el sector del partido anclado en el centro y blindado en el poder regional, que invoca el fracaso de Tsipras como antídoto de cualquier ilusión rupturista. Además, todo indica que para alcanzar mayoría parlamentaria se necesitaría la participación de los independentistas catalanes de ERC, una línea roja para esos socialistas reticentes al frentismo de izquierdas. 

Por el contrario, la Gran coalición, cualquiera que sea la modalidad (participación en el gobierno, apoyo externo o ejecutivo técnico de gestión), provocará una gran decepción en las bases socialistas y, muy probablemente, un nuevo relevo en el liderazgo, que difícilmente frenará el declive del PSOE.

                
Esta acumulación de potenciales crisis en los próximos meses desmiente cualquier previsión optimista. No cabe esperar una pronta mejoría económica y social, ni una solución de la presión fronteras afuera. La recuperación política de las opciones con eje en el centro no es para mañana y una alternativa progresista a escala europea es todavía ilusoria. El peor nacionalismo sigue avanzando. Europa se debilita a fuego lento. Puede haber margen de reacción, pero no percibe.

AUTOTERRORISMO

15 de Junio de 2016
                
El terrorismo tiene una lógica simple: ante la imposibilidad de vencer a un enemigo más fuerte, hay que intentar que éste se derrote a sí mismo mediante la generación masiva de miedo colectivo, de renuncia a sus principios, de negación de sus valores.
                
Este diagnóstico no es original ni novedoso. Pero se detecta cabalmente casi siempre que asistimos a un episodio terrorista. Si, además, responsables políticos o líderes de opinión se dejan arrastrar, no resisten la intimidación o tratan de aprovecharse de los acontecimientos, el daño social y moral está garantizado.
                
El espantoso atentado de Orlando ha vuelto a poner en evidencia estas fragilidades. Un crimen cuya motivación aún no parece clarificada (¿homofobia?, ¿terrorismo islamista?, ¿pura frustración individual?) ha sido apresuradamente utilizado como una herramienta política por extremos opuestos de la narrativa política: el engendro terrorista islamista y el engendro político Donald Trump.
                
El DAESH no reclamó la autoría del atentado pero se felicitó que el autor invocara su franquicia, no importa con qué fiabilidad, momentos antes de desencadenar la tragedia. Donald Trump se precipitó a hacer una lectura oportunista, demagógica y falsaria del crimen. A partir de ese momento, un delito común, por horrible que sea, se convertía en una (falsa) disputa política.
                
Esta impostura es doblemente dañina, porque esconde, margina o evita, una vez más, el gran debate pendiente sobre sociedad y violencia en Estados Unidos: el control de las armas de uso individual. Un factor sine qua nom la tragedia de Orlando no se hubiera producido, o hubiera tenido una dimensión muchísimo menor. Con escandalosa celeridad, este aspecto de la promiscuidad armada ha sido relegado del interés mediático y social, salvo en círculos minoritarios, más decentes o comprometidos con una sociedad más responsable.
                
La sarta de barbaridades en la que el candidato republicano ha incurrido tras el crimen masivo de Orlando demuestra que el personaje es irrecuperable, por mucho que sus colegas del GOP intenten construir una imagen presentable de él. Solo algunos notables han resistido la marea de ganar a toda costa y mantienen un honesto rechazo de lo que este engendro político puede representar para el país y para el mundo.
                
El Presidente Obama ha acertado una vez más al no otorgar, por el cauce del silencio, que el discurso neofascista de Trump suene como una voz atronadora en el panorama político y mediático. Que al criticar sus afirmaciones no lo nombrara, no debe interpretarse como un acto de corrección o de cobardía, si se quiere; por el contrario, bien podría reflejar el ninguneo que merece.
                
Lo más peligroso del estilo Trump, no es la inaceptable combinación de xenofobia inclemente, patriotismo primate, sexismo vergonzante, nacionalismo ignorante y agresividad trivializada. Debe preocupar ante todo su capacidad para engañar, para seducir, para confundir, para arrastrar. Si no contara con ello, todo lo demás hubiera sido pura anécdota, o una molestia pasajera.  Trump reproduce y amplifica, con instrumentos de persuasión más numerosos y modernos, los perniciosos reflejos primarios alentados por el nazismo. Importa poco la ideología que diga defender, que, por otra parte, es inidentificable, por el momento.
                
El terrorismo es un factor favorable para la narrativa de Trump. Como lo es para las distintas corrientes del nacionalismo europeo y de otras latitudes. Nada mejor que la amenaza de la violencia externa para justificar la interna. Ante el terrorismo, el autoterrorismo: que no mata personas, pero sí principios, valores, derechos.
                
De la misma manera que Estados Unidos se niega a afrontar el control de las armas del uso individual, por desproporcionadas que sean para el supuesto fin que se invoca, la defensa personal, en Europa se forja un discurso tramposo contra la inmigración o el peligro exagerado del islamismo extremista. Se descuidan o se minimizan otros riesgos mayores, no tanto por su potencia de fuego, por así decirlo, sino por su capacidad de destrucción y perversión del tejido social. Veamos los últimos ejemplos.
                
Francia está sometida a la angustia de un macro atentado terrorista islamista por la celebración de la Eurocopa de fútbol. Las fuerzas de seguridad e inteligencia están abrumadas por el control y la vigilancia de centenares de potenciales terroristas. Uno de ellos ha matado ya, a un policía y a su compañera, y sembró el terror al amenazar, durante horas, con ejecutar al hijo de las víctimas, un niño de 3 años, y pronosticar que la Eurocopa "será un cementerio".
                
Días antes, hinchas rusos e ingleses arrasaron Marsella en una orgía de violencia de la que puede decirse cualquier cosa menos que fue inesperada. Esa especie de terrorismo vulgar, al que se entregan esos fanáticos no se esconde, no conspira: es exhibicionista, retador. Pero deja una sensación de impunidad intolerable.
                
La posibilidad de un atentado en Francia estas semanas debe tomarse en serio, muy en serio. Pero esa violencia callejera, ebria y bípeda también es un fenómeno cierto, que se repite de forma invariable, en cada acontecimiento deportivo de cierta relevancia. Se dirá que no es terrorismo porque no está organizado para crear terror, pero es una afirmación discutible. La confusa violencia de los hinchas invoca un nacionalismo más primario, salvaje, ciego. Es el apéndice suelto de un sentimiento de intolerancia creciente. Pero muy peligroso.
                
Peligroso, porque los medios tienden a olvidarlo rápido, en cuanto se levanta el polvo y rueda el balón. Y, sobre todo, porque la sociedad lo trivializa o lo reduce a un asunto de delincuencia común. No se trata de exagerar, pero tal conducta contribuye involuntariamente a su pervivencia, su expansión, su nocividad.
                
Hace muchos años que las camadas de hinchas son nidos de extremismo, de violencia, de crimen. Se han creado unidades de investigación especializadas, se han dispuestos fuerzas de seguridad adaptadas a la amenaza puntual que representan, se han adoptado medidas administrativas y cautelas de acceso a estadios. Pero el fenómeno no remite, como se acaba de comprobar. Y no lo hace, no porque esos individuos sean muy hábiles, sino porque se aprovechan, sin que ellos mismos lo adviertan, de un caldo de cultivo favorable, no siempre identificado, casi nunca descifrado. Es el mismo caldo de cultivo que ha generado la derrota auto infligida. El autoterrorismo.
   
               

                

LOS DESAFÍOS DE HILLARY CLINTON

8 de Junio de 2016                 
                
Hillary Clinton ya cuenta con los votos suficientes -entre delegados elegidos por los votantes demócratas registrados y los superdelegados, o notables del partido por sus cargos, su autoridad o su posición­- para asegurar su nominación como candidata del Partido Demócrata en las elecciones presidenciales de noviembre.
                
Bernie Sanders, pese a todo, asegura que continúa con su campaña. No se trata de obstinación, contestación de los resultados o mal perder. El senador por Vermont, aunque públicamente haya dicho siempre otra cosa, no podía aspirar a conseguir la nominación. Su objetivo ha sido otro: hacer avanzar un programa progresista, de mayor justicia social, de control de los poderes económicos y de limitación del poder financiero en la lucha política. Más que discutirle a Hillary la candidatura, Bernie ha pretendido cuestionar las posiciones tradicionales del partido y combatir la orientación convencional de una Casa Blanca privada del impulso del cambio.
                
El resultado de las primarias demócratas, para quienes no desean una vuelta al conservadurismo más arcaico y peligroso en Washington, ha sido útil y provechoso. Con excepción de algunos momentos contados, ha prevalecido la cordialidad, el debate y el contraste de posiciones. Los dos candidatos principales han eludido la descalificación, el insulto, la impostura. No nos equivoquemos. Hillary ha ofrecido una imagen más a la izquierda de la que quizás esté luego dispuesta a defender con sus actos en la presidencia, por supuesto. Pero se ha dado cuenta de que, al menos hasta noviembre, debe aceptar algunas de las propuestas de su oponente en las primarias, o explicar con claridad convincente que hay opciones mejores para el pueblo norteamericano.
                
La izquierda del Partido Demócrata cree que Sanders no ha sido derrotado, porque sus ideas han encontrado más respaldo del que cualquiera podía imaginar hace sólo seis meses. Y es verdad. Pero eso no quiere decir que los votantes demócratas hayan caído presos de una especie de esquizofrenia política; es decir, que prefieran un programa, el de Sanders, pero hayan optado por elegir al candidato que no lo propugna, Clinton.
                
El Partido Demócrata es, en cierto modo, el más representativo de Estados Unidos, porque es el que tiene mayor anclaje en todos los segmentos de la población heterogénea del país. Los ciudadanos blancos, masculinos y pertenecientes a los estratos obreros o de clase media baja, y los estudiantes, son los más reticentes con la figura de Hillary, con su trayectoria de política avezada y de colmillo ya retorcido por décadas de experiencia y de “politiqueo”, y por eso han preferido apoyar a Berni Sanders, por razones diversas e incluso, conflictivas entre sí.  Clinton, en cambio, se ha asegurado la mayoría del voto de las minorías, que cada vez tienen menos esta condición, porque la suma de todas ellas las acerca a la mayoría social: mujeres, afro-americanos, latinos, blancos de clase media alta, profesionales, etc. Lógicamente, no se trata de bloques sociales, sino de tendencias.
               
La gran incógnita de estas elecciones presidenciales es si la división sociológica del voto demócrata en las primarias se unificará en apoyo de la candidata triunfadora, en noviembre. Porque, en efecto, no está claro que la convergencia demócrata sea lo suficientemente completa como para imponerse al peculiar candidato republicano. Hillary Clinton tiene que combatir duramente con Trump para recuperar ese segmento de población blanca, masculina, de clase media-baja que, en su orientación progresista, ha optado por Sanders. No es que los votantes del candidato de izquierda vayan a pasarse a Trump, pero si pueden quedarse en casa, no votar antes de hacerlo por una candidata que consideran ajena a sus intereses.
                
Hillary tiene muchas bazas para convertirse en la primera mujer que alcanza la presidencia de Estados Unidos. Obama le cerró el paso hace ocho años con la divisa de la “ilusión”, del “cambio”. En esta ocasión, los partidarios del cambio, aunque más de contenido que de discurso, han sido los votantes de Berni Sanders. Pero el senador carecía del carisma, del dominio de los modernos medios comunicativos, del aurea de lo novedoso. La sustancia no es lo que decide las elecciones en Estados Unidos. Es el dinero, la imagen, la estrategia, la apariencia. Sanders era un candidato rompedor por su programa, pero de apariencia antigua, envejecida, o incluso imposible, la de una América, vigorosa pero minoritaria, que se compromete con la protesta y el inconformismo, que impugna ese optimismo engañoso con que la élite dirigente acompaña su liturgia del destino manifiesto.
                
El problema para Hillary es que se la asocia demasiado con intereses ajenos a la militancia demócrata: Wall Street, el aparato corrompido y corrupto del entramado político-lobbístico, etc. No despierta la “ilusión” de Obama ni el espíritu de rebeldía de Sanders. Lo que ofrece es eficacia, competencia, experiencia. Que es lo que se ofrece siempre cuando no se tiene nada con que arrastrar a los indecisos, los escépticos o los desmotivados.
                
Hillary tiene que ganar desde la convención, desde la costumbre, desde plataformas demasiado conocidas, demasiado lejanas. Cuando su rival se presenta como “viento fresco”, “algo distinto”. Poco importa que sea perverso, demagógico, falaz y peligroso. Pero la novedad es capital en estos tiempos de desnaturalización política. Y Clinton es lo de siempre. Casi un producto dinástico. De ahí que, pese a la indiscutible novedad histórica que la cuestión de género plantea, su candidatura se perciba como convencional, como poco motivadora.
                
Otro factor negativo que lastra las posibilidades de Hillary es el rechazo que provoca en los votantes republicanos. Los Clinton son casi odiados por los conservadores. Ella casi más que él, que gobernó ocho años, con gran éxito, pese a los escándalos, porque, después de todo, siempre lo vieron como un simple chico sureño que llegó a más, o sea, el típico y tópico sueño americano. Ella, en cambio, no se ha librado de esa imagen altiva, de sabionda que despreciaba el rol tradicional de la mujer, que tragó carros y carretas, incluidas infidelidades de alcoba, con tal de preservar su ambición política, que ahora está a punto de culminar.
                
Curiosa paradoja la de Hillary Clinton: lleva años siendo la candidata más clara entre los demócratas, pero también la más vulnerable, la más rechazada por los adversarios y la que más recelos primarios despierta entre sus partidarios. Gestionar esta contradicción, hacer virtud de la necesidad, prolongar el control demócrata de la Casa Blanca es un reto difícil, porque, en el fondo, nadie está seguro de cómo sería una presidencia (Rodham) Clinton. Su instinto le empujará a revertir, sobre todo en política exterior, algunas de las posiciones (e indecisiones) de Barack Obama; y es casi seguro que lo hará, aunque sin el intervencionismo selectivo de los tiempos de su marido. En política interior, será más continuista, más afín al actual presidente, y compartirá, por ellos, sufrirá también una feroz e incluso desleal competencia de los republicanos.

                
Hillary se decía defensora de la clase media cuando inició esta segunda carrera por la nominación presidencial. Las primarias han desdibujado esa pretensión. Ya no hay una mayoría natural en Estados Unidos. Los cambios demográficos y sociales son profundos. Su baza no es la centralidad, sino la capacidad. Sin duda, necesita demostrar que, pese a la cordialidad con Bernie, no desprecia a los progresistas de su partido. Pero sobre todo necesita una empatía, de la que no anda sobrada, para convencer a esos ciudadanos de clase media de que no sólo los defiende, sino que los comprende, que puede pensar y comportarse como ellos.

ISRAEL: EL EJÉRCITO SE PLANTA ANTE EL AUGE ULTRANACIONALISTA

1 de junio de 2016
             
La imagen convencional que se tiene del Tsahal, el Ejército israelí, es la de una fuerza a menudo brutal, que irrumpe en los territorios palestinos ocupados y reprime protestas sin contemplaciones. En sintonía con esta visión, desde la fundación del Estado sionista, los militares han desempeñado el rol de duros, de halcones frente a los enemigos árabes, en comparación con una clase política, por naturaleza más inclinada teóricamente al compromiso, a una cierta diplomacia.
                
El Tsahal  ha tenido, en efecto, páginas negras y actuaciones escandalosas, tanto en la represión de los sucesivos levantamientos palestinos (intifadas) como en operaciones militares externas (invasión del Líbano, por ejemplo, donde amparó las horribles matanzas de sus aliados falangistas en los campos de refugiados palestinos de Sabra y  Shatila, bajo el mando del general Sharon); o en las últimas campañas militares en Gaza, de una desproporción absolutamente injustificada.
                
Y, sin embargo, de un tiempo a esta parte, los militares se han vuelto más comedidos, más moderados, más cuidadosos. No es exactamente que el Ejército haya hecho autocrítica. Pero estos excesos, abusos y atrocidades han propiciado una reflexión interna profunda y una cierta revisión de sus procedimientos de actuación en relación con la protesta palestina. Más aún, algunos observadores exteriores, consideran que el ejército es el mejor garante de la colaboración con la Autoridad Nacional Palestina en materia de seguridad (1).
                
La moderación del Ejército contrasta con la radicalización creciente en otros ámbitos del Estado y de la sociedad israelíes. El ultranacionalismo, inspirado por inclinaciones ideológicas o por presiones religiosas, no sólo está erosionando los valores más positivos de Israel como sociedad democrática, sino que está poniendo en peligro la convivencia y la seguridad nacionales (2).
                
Ante este panorama inquietante, se han elevado voces en una sociedad civil crítica, por lo general bastante activa e inconformista, aunque cada día más intimidada. Pero lo más llamativo ha sido las ya numerosas llamadas de atención de las más altas autoridades militares.
                
La reciente dimisión del Ministro de Defensa, el ex-general Moshe Yaalon, un antiguo jefe del Ejército y de los servicios de inteligencia militar, responde a este clima de contestación en el seno de las Fuerzas Armadas.  Yaalon no sólo abandonó el Gobierno; también dejó la Knesset (Parlamento) y causó baja en el Likud, al filtrarse las negociaciones de Netanyahu con el político extremista Lieberman, lider de la formación Israel Beitenu (Nuestra Casa Israel), con el objetivo de incorporarlo a la coalición de gobierno, ofreciéndole la cartera del propio Yaalon sin el conocimiento previo de éste.
                
Aunque el motivo precipitante de su abandono de la escena política haya sido los tejemanejes de Netanyahu para consolidar su base parlamentaria y su descarada deriva nacionalista, Yaalon se encontraba ya en situación delicada y muy incómoda dentro del gobierno. Desde la última fase de protesta palestina, con acuchillamientos y otro tipo de atentados contra ciudadanos israelíes en Jerusalén y distintas ciudades del país, se viene manteniendo un debate muy caliente sobre la manera de atajar este peligro.
                
Los políticos extremistas, algunos desde el propio gobierno, han defendido una actuación represiva dura que elimine a los sospechosos sin miramientos ni consideraciones sobre garantías y derechos humanos. El Ejército ha evocado sus "reglas de intervención", mucho más contenidas y ajustadas a procedimientos matizados y controlados. El primer ministro, sin desautorizar por completo a la cúspide militar, ha sido demasiado conciliador con las voces radicales, no sólo porque necesita de su apoyo para mantener la estabilidad de su gobierno, sino por la presión de numerosos sectores sociales, arrastrados por el miedo y la inseguridad frente a la frecuencia e intensidad de los ataques palestinos en las calles (3).
                
Hasta hace unos años, eran muy pocos quienes se enfrentaban al Ejército, o incluso lo criticaban. De hecho, era y, pese a todo, sigue siendo la institución más respetada del país. Al fin y al cabo, cada ciudadano israelí es miembro de la milicia, durante muchos años de su vida, primero en servicio activo y luego como reservista. No pocos jefes militares han terminado siendo miembros del gobierno  e incluso primeros ministros. El Ejército no sólo es respetado por sus éxitos militares históricos frente a los enemigos árabes, sino porque ha sido capaz de mantenerse neutral y ajustado a su papel constitucional en todos los momentos de crisis graves y momentos de excepcional riesgo para la seguridad nacional.
                
Pero recientemente, la crispación entre políticos extremistas y la jerarquía militar ha llegado a tal punto que el Jefe adjunto del Ejército, el general Golán comparó recientemente la actitud de estos sectores extremistas con la conducta de los nazis en la Alemania de los años treinta y cuarenta. Y no lo hizo en privado, sino en un discurso celebrado nada menos que durante la celebración del Día de la Shoah, el holocausto judío.
                
Nunca un dirigente israelí, civil o militar, se había atrevido a llegar tan lejos en la denuncia de la radicalización en Israel. Pero las palabras del General Golán no constituyeron un fenómeno aislado. Días antes, sus superiores, el Jefe del Ejército, general Eisenkot, y el propio ministro de Defensa, Yaalon, habían censurado pública y severamente la conducta de un sargento, Elor Azaria, por haber rematado a un joven palestino que había resultado herido por tropas israelíes después de haber acuchillado a un soldado israelí en la ciudad palestina de Hebrón. Tal conducta, afirmaron reiteradamente, "atenta contra los valores de las Fuerzas de Defensa israelíes" (nombre formal del Ejército).
                
Los ultranacionalistas, entre ellos Lieberman antes de convertirse en Ministro de Defensa, criticaron a la cúspide militar y defendieron al Sargento Azaria y volvieron a vocear su respaldo a la política de "tirar a matar" en el control de la insurgencia palestina. Por tanto, el primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha promovido a responsable directo del Ejército a un político que no solamente es un enemigo acérrimo de la moderación, sino que discrepa abierta y ruidosamente de sus normas de funcionamiento, avaladas y aprobadas en el Parlamento.
                
En otros momentos, el Ejército o el Gobierno, se han enfrentado con actitudes intransigentes y violentas de los colonos o de minorías fanatizadas. Pero nunca se había estado tan cerca de una confrontación directa entre ambas instituciones, debido al peligroso circulo vicioso que consiste en exagerar el "peligro terrorista" para justificar una política represiva extrema, que alimenta más que neutraliza la violencia de la protesta palestina.

(1) "The Israel  Defense Forces fills the void". DAVID MAYOVSKI. FOREIGN AFFAIRS, 6 de mayo.

(2) "Israel's Army goes to war against politicians". RONEN BERGMAN. NEW TORK TIMES, 21 de mayo.


(3) "A deadly shooting, a general's revolt and the rise of Israel's new right". AMOS HAREL. FOREIGN POLICY, 25 de mayo.

AUSTRIA: UN ALIVIO ENGAÑOSO

25 de Mayo de 2016                                                                      
                
La derrota por la mínima del candidato ultraderechista en las elecciones presidenciales de Austria ha producido un comprensible alivio en las élites políticas, mediáticas y económicas, y en el sector más consciente y sensible de la ciudadanía europea. Es comprensible. Pero el peligro de la marea nacionalista en sus distintas formas, extremas y perturbadoras, no ha sido conjurado. Ni en Austria, ni en cualquier otro lugar del continente. Hofer, el candidato en cuestión, ha dicho que ese resultado tan apretado (seis décimas) es una “inversión de futuro”. Lo preocupante es que no es una bufonada.

Ya hubo un sobresalto en Austria en los noventa con la eclosión del Partido de la Libertad, del bombástico Jörg Haider, coincidiendo precisamente con otro momento de crisis europea, nutrida por una coyuntura económica desfavorable y la presión migratoria real o presentida tras la disolución del bloque oriental. Pero entonces el envoltorio ideológico no lo aportaba en exclusiva el nacionalismo. El neoliberalismo se arrogó la paternidad de la derrota definitiva del sistema socialista soviético y arremetió contra el socialismo que entonces funcionaba, es decir, la socialdemocracia y sus aliados o colaboradores centristas.

El ejemplo austríaco es significativo, pese a la dimensión reducida del país (poco más de ocho millones de habitantes). Austria fue uno de los casos más logrados del modelo europeo de posguerra basado en la alternancia política ajustada al centro, de estabilidad económica y de sólidos programa de bienestar y solidaridad social. Los giros a derecha o izquierda no modificaban los pilares del sistema. Las diferencias se limitaban a la intensidad, a los ritmos, a los discursos. Lo fundamental no se alteraba.

El discurso de Hofer en Austria es muy similar al de Le Pen, el de Wilders, el de los euroescépticos británicos, los neonacionalistas alemanes y flamencos, los xenófobos nórdicos o los legistas italianos, por hablar sólo de los más poderosos (1). Rechazan la Europa de las recetas neoliberales, a pesar de defender a ultranza el capitalismo. Rechazan la Europa de la tecnocracia, aunque se apoyan en buena parte de las burocracias nacionales. Rechazan el discurso universalista de la socialdemocracia, pero se apuntan a sus programas clásicos de bienestar social, eso sí, con preferencia para los nacionales frente a los inmigrantes. Rechazan, en definitiva, cualquier modelo que iguale derechos, y supeditan las libertades individuales a la preeminencia nacional, sin explicar en qué consiste eso y adónde conduce.

EUROPA, A LA BAJA

Es un síntoma de lo que está ocurriendo. La renacionalización dominante no es sólo una cuestión de política, o de táctica. No es una receta facilona para ganar elecciones. Se trata de una cuestión estratégica.

Cada elección europea está significando un sobresalto, casi sin excepción. La próxima cita será el referéndum británico sobre la permanencia en la UE: algo más trascendente incluso que unos comicios generales, porque está en juego no sólo el destino de uno de los principales países europeos, sino de la propia Unión, al menos durante una generación.

Se están analizado los efectos de un posible NO a Europa desde la óptica británica, pero se habla menos de las consecuencias para el proyecto europeo. No es por descuido o exceso de focalización en el miembro díscolo. Para inducir el SI se está tratando de fomentar la sensación de que el rechazo perjudica sobre todo a Gran Bretaña. Muchos de quienes abogan por la permanencia sienten que cometerían una torpeza si mencionaran demasiado los riesgos o amenazas para Europa. El nacionalismo imperante ha conseguido que los defensores y detractores de la permanencia orienten el debate desde la perspectiva insular.

La UE ha perdido prestigio y crédito. Quien ahora hable de la unidad europea o, con más ambigüedad, del proyecto europeo, está apostando a perdedor. No es sólo cuestión de manipulación o propaganda exitosa del nacionalismo en auge. Los líderes que pivotan sobre el eje del centro político han cometido demasiados errores en la última década. La arrogancia con que se han desempeñado las distintas instituciones europeas controladas por estas fuerzas políticas, bajo la orientación y supervisión de ciertos intereses económicos y corporativos, han alimentado esta respuesta alborotada de una parte de la ciudadanía.
                
La recuperación del proyecto europeo empujo a la extrema derecha a la marginalidad política de la que había asomado. Ahora, sale de nuevo de la gruta, con menos ferocidad en el discurso, pero con mucha más fuerza y determinación en sus propuestas. El neoliberalismo sigue determinando las políticas socio-económicas, pero ha perdido su vigor ideológico y propagandístico. Como no se han recuperado los discursos de solidaridad y utilidad de las políticas públicas, se ha creado un vacío, una fatiga. Que está llenado el nacionalismo. Resulta muy curioso, por no decir muy inquietante, que este sentimiento dominante arremete con más virulencia contra el neoliberalismo que contra el socialismo democrático, no porque pretenda pactar o forjar alianza con éste, sino porque lo considera derrotado, amortizado.
                
LA LECCIÓN DE LA HISTORIA

Estos días últimos en Berlín, he podido repasar y refrescar las bases ideológicas de la ascensión nazi. Advierto, de antemano, que no pretendo comparar la actual situación con la pesadilla de los años treinta. Pero hay síntomas similares, sólo matizados por el desarrollo social y el efecto de las experiencias históricas. La atracción de las masas por soluciones enérgicas, ‘sencillas’ y ‘salvadoras’ se ha transformado pero no se ha conjurado. El miedo es uno de los principales factores de movilización política.

El miedo implica un enemigo, no basta con un adversario. Da igual que ese enemigo sea pequeño o minoritario (entonces, el judío; ahora, el inmigrante). El ‘otro’, el distinto, el extranjero cobra una importancia desmedida cuando los problemas se estancan y las soluciones no llegan. Y no llegan, según la propaganda extremista, no porque no existan, sino porque los gobernantes no se dedican a proteger el hogar común sino a garantizar su estatus privilegiado. En ese reducto de privilegiados, se viaja, se habla idiomas, se comparten gustos y patrones de consumo. El modelo de posguerra no sólo estrechó las diferencias sociales. También fue disolviendo las fronteras: primero para el comercio, luego para el capital, más tarde para una ciudadanía ávida de curiosidad y conocimiento (2).

Pero a esos logros se les busca ahora una cara oscura: la voracidad de las grandes empresas ‘sin patria’ arruinando los negocios familiares tradicionales (muy nacionales, por supuesto), la facilidad con la que los delincuentes (en su mayoría extranjeros) huyen o amplían sus tramas criminales, las masas hambrientas (que sean pobres por negligencia o por el mal gobierno sufrido en sus países les resulta indiferente) llegan para ‘quitarnos’ el trabajo, el pan y los beneficios sociales pagados (por nosotros) durante tantos años de esfuerzo.  

Cuestionado el liberalismo como sospechoso de defensor de los grandes intereses multinacionales, derrotado el socialismo por los supuestos pecados de molicie, despilfarro y adocenamiento, cuando no corrupción, de sus líderes, denostadas las ‘democracias cristianas’ por blandas, o cómplices del modelo keynesiano, el nacionalismo agita la bandera nacional frente a todos esos adversarios políticos que han gestionado la crisis con decepcionantes resultados. Juega a su favor la fragilidad de la memoria histórica. Prima el aquí y el ahora.

Seguramente, la locura nazi sigue siendo una vacuna contra un extremismo violento y agresivo. Pero hay mucho daño potencial en las propuestas nacionalistas y xenófobas. Aunque no corra la sangre, los relojes europeos han empezado a dar marcha atrás. El alivio del frenazo austríaco es engañoso. 

(1)    “How far is Europa swinging to the Right”. NEW YORK TIMES, 22 de mayo.

(2)    “Fear, anger and hatred. The rise of Germany’s new right”. DER SPIEGEL, 12 de noviembre de 2015.