NICARAGUA: EL COMANDANTE EN SU LABERINTO


19 de julio de 2018
           
Nicaragua es uno de los ejemplos más lacerantes de la decepción revolucionaria. La oleada de represión y violencia que vive desde hace tres meses en el pequeño país centroamericano evidencia el fracaso de la última rebelión genuinamente popular del siglo XX, de cuyo triunfo se cumplen este jueves 39 años.

Después de cuarenta años de dictadura de los Somoza, brutal, sanguinaria, auspiciada y protegida por Estados Unidos, han seguido otras cuatro décadas de revolución popular, desencanto, contrarrevolución armada no culminada pero calculadamente desestabilizadora, intentos liberales más o menos fallidos, democracia discutida y discutible, transformación de los ideales revolucionarios en esquemas burocráticos y reflejos de casta. Hasta llegar, en la actualidad, a una amarga reproducción deformada de un autoritarismo torpe y brutal,

Hace tiempo que el sandinismo se disolvió en sus contradicciones y errores, en sus abusos y debilidades personales y de clan, en sus excesos y cortedades. Los líderes de la revolución rompieron dolorosamente y hasta violentamente entre ellos, tomaron caminos distintos y distantes, reclamaron herencias legítimas e ilegítimas y dejaron o no pudieron evitar una deriva indeseable.
          
Daniel Ortega, el primus interpares de aquellos nueve comandantes que  compusieron el mando colegiado de la Revolución, tuvo más voluntad, ambición o audacia que sus colegas para asumir el timón político. Después de ser desalojado del gobierno electoralmente en 1990, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, aún con su denominación original, era irreconocible para la mayoría de sus fundadores cuando recuperó el poder por las urnas en 2007, con Daniel Ortega como estandarte.
        
El segundo Daniel era otro Daniel, como el sandinismo ya no era el sandinismo. Las viejas proclamas revolucionarias y los ardores ideológicos se habían transformado en eslóganes oportunistas. Al espíritu frentista le sustituyó un instinto pactista. Los antiguos enemigos (en particular la jerarquía católica y el empresariado) fueron seducidos por ese Daniel Ortega redivivo, reformado, adaptado a las nuevas realidades del país, aunque conservara, por razones táctica, cierta retórica de antaño para consumo interno, pero sobre todo para seducir a la Venezuela chavista, que le proporcionaría notable apoyo económico y financiero (1).

            
La burguesía nicaragüense, que siempre receló de la transformación del “nuevo” sandinismo, terminó comprando el discurso oportunista de Ortega. No por ingenuidad, por supuesto: por interés, por codicia.
            
La alianza con la Iglesia, o mejor dicho con la jerarquía eclesiástica, tuvo un alcance político mayor. El todopoderoso Cardenal Miguel Obando y Bravo, enemigo histórico principal del sandinismo, y luego inspirador de la contrarrevolución, se convirtió en legitimador esencial de la transformación orteguiana. Algunas versiones explican este giro por un pacto innoble, inconfesable: a cambio de la vista gorda sobre los negocios fraudulentos de un protegido de Obando (un hijo bastardo, según ciertos rumores vox populi), el arzobispo se avino a extender su bendición sobre Ortega y su esposa, Rosario Murillo, con quien había vivido en unión libre (o sea, en pecado) durante veinte años, y los unió cristianamente en el altar (2).
         
Ortega no se conformó con este enjuague de poder. Sinceramente o no, empezó a deslizarse hacia un cristianismo militante, que no era precisamente el de la teología de la liberación, sino el de un fundamentalismo formalista y un tanto místico.
            
Con los empresarios, el Presidente-comandante mostró también una ductilidad muy del agrado de los partidarios hemisféricos de la libre empresa (del neoliberalismo, más bien) en esa parte cautiva del continente. En Washington importó poco que Ortega se alineara con la línea chavista de las izquierdas latinoamericanas, porque proclamaba una cosa, pero, en el frente interno, hacía otra bien distinta.

            
El país creció económicamente, las inversiones extranjeras se sintieron atraídas por el reformismo orteguiano y hasta se agradecía el autoritarismo rampante que garantizaba el control social, el embridamiento, cuando no la neutralización, de la oposición y la progresiva evolución hacia un régimen personal… o familiar. Tanto daba Daniel como Rosario, ya convertida en vicepresidenta, ideóloga, mentora y auténtica líder en la sombra de una Nicaragua cada vez más sombría, más espectral (3).
            
Esta primavera, las contradicciones de tal engendro saltó por los aires, cuando los indicios de crisis obligaron al régimen a recortar beneficios sociales e imponer cargas fiscales para mantener el edificio clientelar construido durante una década. La Iglesia, siempre atenta a los bandazos sociales, empezó a alejarse del régimen, sobre todo cuando Obando abandonó primero la escena y luego este mundo material al que siempre mostró tanto apego (4).
            
La punta de lanza de la protesta social contra el orteguismo (en realidad, el murillismo) han sido los estudiantes. Bajo un impulso ideológico difuso, quizás por el agotamiento de las últimas décadas, los estudiantes asumieron el liderazgo de una sociedad civil narcotizada, neutralizada o desconcertada. En abril, las protestas se tornaron más contundentes, el régimen se asustó, la policía comenzó a tirar a matar y esa violencia latente siempre en Centroamérica emergió de nuevo con la brutalidad habitual. La sombra de Somoza impregnó las memorias y las conciencias: “Daniel y Somoza son la misma cosa”, gritan desde entonces los estudiantes. Una proclama devastadora para la legitimidad histórica del sandinismo (5).    
            
Trescientos muertos en tres meses son muchos muertos para afirmar que los revoltosos son una “minoría tóxica” (Murillo dixit). La policía y las fuerzas de seguridad parecen leales a la pareja gobernante, como suele ocurrir en todos los regímenes autoritarios, apoyados naturalmente por unidades paramilitares. Sin embargo, no existe la misma convicción con el ejército. La politización de los primeros años de gobierno revolucionario dio paso a unas fuerzas armadas más profesionales, menos ideologizadas. Aunque Ortega trató de reinstaurar lealtades originales entre los uniformados, no está claro que los militares unan su destino al del régimen si la represión se mantiene y la sangre sigue corriendo (6).
            
El diálogo, impulsado por la Iglesia y apoyado por una oposición variopinta y desorganizada, parece la opción más sensata. Las cancillerías también abogan por esa vía, con prudencia y cálculo, aún sabiendo que tienen una influencia relativa sobre el gobierno (7). Confían, sin embargo, en que el debilitado patronazgo venezolano y el aislamiento del clan Ortega-Murillo obligue a la pareja a transigir. Porque, en caso contrario, como ha escrito Víctor Hugo Tinoco, otro histórico del sandinismo, si el Comandante se obstina podría perderlo todo.


NOTAS

(1) “Au Nicaragua, Daniel Ortega se cramponne au pouvoir et réprime dans le sang”. FRÉDÉRIC SALIBA. LE MONDE, 11 de julio.

(2) “Church ans State in Nicaragua”. IAN BATESON. FOREIGN AFFAIRS, 19 de octubre de 2017.

(3) “The Unchecked demise of the Nicaraguan democracy”. OLIVER DELLA COSTA STUENKEL y ANDREAS E. FELDMAN. CARNEGIE ENDOWMENT FOR PEACE, 16 de noviembre de 2017.

(4) “Nicaragua’s toppling trees: strike ominous note for Daniel Ortega’s rule”. THE GUARDIAN, 28 de abril.

 (5) “We are Nicaragua. Student’s revolt, bur now face a more dauting task”. THE NEW YORK TIMES,  27 de abril de 2018.

(6) “Can Nicaragua’s military prevent a civil war”. ORLANDO J. PÉREZ. FOREIGN POLICY, 3 de julio.

(7) “Las masacres de Nicaragua exigen una firme reacción de la comunidad internacional”. MANUEL DE LA IGLESIA CARUNCHO.



OTAN: DE 30 AÑOS DE RECORRIDO EN CÍRCULO AL FUEGO AMIGO

11 de julio de 2018


Que no haya sorprendido a cualquiera mínimamente informado no impide que la tronada de Donald Trump contra sus aliados atlánticos en Bruselas deje de ser asunto de interés máximo en Europa. La OTAN soporta fuego interno, del principal socio, en un momento especialmente inoportuno, si es que alguno pueda ser oportuno en una alianza político-militar. Trump regaña a los amigos y éstos temen que se entregue a los abrazos con Putin en Helsinki, capital evocadora de las más célebres ambigüedades durante la guerra fría.
                
La OTAN atravesó momentos de incertidumbre tras el derrumbamiento de la URSS, ante las dudas razonables sobre la necesidad de su mantenimiento, desaparecido el enemigo que había justificado su creación en 1949. La amalgama de intereses políticos, económicos, empresariales y militares que sostienen la organización encontraron la manera de justificar su viabilidad por los desafíos que los nuevos escenarios posguerra fría planteaban.
                
Se realizaron interpretaciones libres o dudosas del Tratado de Washington, se formuló  un nuevo concepto estratégico muy dinámico (adaptado a una coyuntura muy variable) y se convino en definir un “nuevo orden internacional” que transformaba la naturaleza misma de la Alianza. En efecto, en lugar de un pacto contra alguien (la URSS), una especie de gran compañía de seguridad para amigos y exenemigos: una nueva arquitectura de seguridad continental, ahora euroasiática. Con este planteamiento se inició el crecimiento de la OTAN, como efecto ineludible esa nueva visión optimista (no necesariamente realista).
                
Pero esa oferta de brazos abiertos no fue una barra libre. A los países satélites se les recibía con entusiasmo (más aún: se les invitaba a entrar), pero para la heredera de la URSS se orquestó un procedimiento más alambicado (un Consejo de Cooperación). Entre otras cosas, porque la nueva Rusia nunca se sintió cómoda como un “aliado externo”, cuando había sido uno de los polos del poder militar en Europa durante medio siglo.
                
Tampoco Moscú tragó de buena gana que sus antiguos satélites se convirtieran en entusiastas conversos de los antiguos enemigos. A medida que las ilusiones del proclamado por Bush Sr. como “nuevo orden internacional” se convertía en creciente desorden y en Rusia se imponía el nacionalismo como confusa referencia ideológica, la nueva Pax europea se agrió.
                
Superado el shock económico, político y social de finales de los noventa, la flamante Federación Rusa comenzó a resurgir, engrasada por las retribuciones de sus materias primas en los nuevos mercados y alimentada por el sentimiento de orgullo patrio inducido desde el Kremlin. La alianza entre los viejos aparatchiks de seguridad y los nuevos ricos (oligarcas) que surgieron de la delincuente privatización y otros procesos de “transición a la economía de mercado” fue la base de la nueva Rusia de Putin, un personaje de segunda fila convertido en el ‘cirujano de hierro’ que  numerosos sectores de la torturada sociedad rusa anhelaban.
                
La crisis chechena fue la oportunidad que el proyecto encabezado por Putin necesitaba para iniciar el camino de regreso a los esplendores de antaño. Años después, la intervención en Georgia (sesgadamente contada en los medios occidentales), acabó definitivamente con el nuevo orden. Empezó a hablarse del regreso a la “guerra fría”, o de otra “guerra fría”, distinta de la anterior, pero igualmente inquietante. La evolución de este enfriamiento en Europa es conocida y tiene en Crimea su punto de referencia fundamental, definitorio. La visión que en Occidente se ha venido construyendo sobre la actual política exterior de Rusia (ambiciosa, asertiva, sin complejos) ha colocado el debate sobre la seguridad europea (y global) bajo la perspectiva de la confrontación. De Gorbachov a Putin: treinta años de un recorrido en círculo.

... Y EN ESO LLEGÓ TRUMP        
                
El actual presidente norteamericano tiene la insólita virtud de destrozar casi todo lo que toca (e incluso lo que no toca). Y uno de los estropicios más sonoros ha sido el manotazo al mecano de la seguridad europea, que era, hasta ahora, uno de los elementos más sólidos del llamado “orden liberal internacional”.
                
Con su simplista fórmula del America First, Trump ha atentado contra la noción misma de alianza. El presidente-hotelero no es capaz de ver más allá de la relación cliente-proveedor, ni tiene otra referencia que el contrato o la factura. No puede apreciar las ventajas para EE.UU. de una Europa segura o confiada si no le cuadran las cuentas, es decir, si los clientes no pagan lo que consumen. Lo decía antes de ganar la mayoría de los votos del Colegio electoral y lo ha seguido machaconamente recordando en sus tuits y otros conductos de sus regañinas (1) .
                
El mensaje de Trump a sus socios europeos es simple: Ustedes disfrutan del producto militar, Estados Unidos paga el coste y, en señal de “agradecimiento”, nos devuelven una estructura comercial que nos hace soportar un déficit de miles de millones de dólares. Poco importa que el singular empresario sea poco riguroso con las cifras o que haga lecturas tramposas de las balanzas comerciales. Se mantiene en sus trece, pese a todos los intentos de sus colegas por encauzarle hacia una discusión más racional (2).
                
EL DEBATE SOBRE EL ESFUERZO EUROPEO EN DEFENSA
                
Estrategas y cabezas de huevo de la seguridad occidental admiten que algo de razón lleva Trump en sus reproches. Sus antecesores en la casa Blanca no han dejado de reclamar un reparto más equitativo de la factura. Pero lo han hecho con diplomacia, con tiento, sin poner en peligro la solidez de la alianza. A Trump no le van esos modales. Habla para los americanos que no gozan de las virtudes de la finura, que no gustan de entretenerse en los detalles.
                
Algunos especialistas llevan años planteando modificar el sentido del debate. El verdadero problema de la OTAN, argumentan, no es que los aliados europeos gasten poco o menos de lo que deberían en defensa, sino que gastan mal. Lo peor de la presión de Trump sería que esos países aumentaran sus gastos militares, pero lo hicieran en lo que no deben (3).
                
Hubo un tiempo en que las iniciativas europeas de defensa, casi siempre impulsadas por París, suscitaban recelos no sólo en Washington o en Londres, si no en Berlín (o Bonn, en su día), porque se contemplaban como rivales. Ya no. Y Trump ha ayudado a desvanecer esos temores. Merkel no lo pudo decir más claro tras visitar la Casa Blanca el año pasado: los europeos tenemos que empezar a garantizar nuestra propia seguridad (4).
                
En los últimos años se ha avanzado en una iniciativa de defensa europea autónoma basada en la integración de las fuerzas armadas nacionales, la compatibilidad de armamento,  recursos, dispositivos y estructuras de mandos (5). Ese esfuerzo se ha hecho sin ignorar a la OTAN. Al contrario, la Alianza ha reforzado sus capacidades lo más cerca posible de la frontera rusa. Ha crecido y se ha hecho más flexible la fuerza de intervención rápida, con un ojo puesto en los débiles estados bálticos, se está planificando un dispositivo similar para Polonia y ya se plantea un esfuerzo de parecido alcance para las regiones del Mar Negro y los Balcanes (6). Se van a crear dos nuevos mandos para la defensa adelantada y a reforzar la ciberseguridad para las amenazas informáticas, la guerra futura (presente, en realidad. No en vano, se avanza en el cumplimiento del compromiso de Gales (2004) de aumentar las inversiones militares de los países miembros hasta llegar al 2% de PIB en 2024. Ocho aliados ya han alcanzado ese umbral.
                
Alemania, principal objetivo de los ataques de Trump, ha hecho un esfuerzo notable. Después de un lustro de incrementos ininterrumpidos, el presupuesto militar se ha elevado a 38,5 mil millones de euros, todavía medio punto por debajo del objetivo fijado en Gales. Los socialdemócratas han opuesto resistencia, porque sus líderes, militantes y mayoría de votantes no terminan de entender esta necesidad, cuando hay desafíos sociales más apremiantes, pero casi la mitad de los alemanes, quizás contagiados de la fiebre nacionalista, parece ver con buenos ojos estas “atenciones” hacia sus fuerzas armadas, aunque consideren al señor Trump como el mayor peligro actual para la paz mundial (7).
                
Pero a Trump no le van los proyectos a largo plazo. No piensa estratégicamente. No se lo permite su visión populista y egomaníaca. Trabaja en corto y quizás no se vea mucho tiempo como Presidente. Esa es, tal vez, la mejor noticia para la Alianza Atlántica: que la tormenta perfecta del fuego amigo sea efímera.

NOTAS

(1) “Why NATO matters (Editorial)”. THE NEW YORK TIMES, 8 de julio.

(2) “Worried NATO partners wonder if Atlantic allies can survive Trump”. JULIAN BORGER. Editor-Jefe de Internacional. THE GUARDIAN, 8 de julio.

(3) “Trump’s meaningless debate on NATO spending debate”. JEREMY SHAPIRO (Director de Investigación del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales), 9 de julio.

(4) “NATO allies prepare to push back at Trump (but not too much)”. STEVEN ERLANGER. Corresponsal diplomático en Europa. THE NEW YORK TIMES, 9 de julio.

(5) “Letting Europe go on its own way. The case for strategic autonomy”. SVEN BISCOP (Director del departamento de Europa del Instituto Egmont de Relaciones Internacionales de Bruselas). 6 de julio.

(6) “NATO in the age of Trump”. JULIANNE SMITH Y YIM TOWNSEND. FOREIGN AFFAIRS, 9 de julio.

(7) “Spare a thought for the Bundeswehr”. ELISABETH BRAW (Centro para el análisis de la política europea). FOREIGN POLICY, 9 de julio.


MÉXICO: EXPECTATIVAS E INCERTIDUMBRES EN TORNO A AMLO

 4 de julio de 2018

                
Se ha roto el maleficio en México. La izquierda tendrá la oportunidad de gobernar. O al menos una cierta izquierda, la que representa una figura incombustible, contradictoria, polémica y, para algunos, cercanos y opuestos, imprevisible.
                
Andrés Manuel López Obrador ha barrido a la tercera: veinte puntos más que su principal oponente, el derechista Ricardo Anaya, y seis adicionales con respecto a Meade, el candidato del eterno y ya casi irreconocible PRI. Atrás quedan los intentos fallidos de 2006 y 2012, por la desconfianza de una mayoría de electores o por las trampas de un sistema esencialmente tramposo: nunca pudo acreditarse. AMLO (acrónimo por el que le conoce todo el universo político-mediático) cumple el designio de su vida, que excede la ambición personal, para conectar con una misión nacional: acabar con la resignación que impregna el sentimiento profundo de millones de mexicanos. Convencerse de que el cambio es posible.
                
LA ILUSIÓN DEL CAMBIO
                
No hay un solo dirigente en México que concite más apoyo y a la vez más rechazo. Así las cosas, estaríamos anticipando un periodo de fuerte polarización. Algo así como una vía venezolana. Nada más lejos de ello. López Obrador ha sido definido como populista por no pocos analistas y observadores, rivales, neutros y algunos próximos ideológicos. Lo es sólo en tanto en cuanto es el líder político mexicano que mejor conoce y más conecta con la sensibilidad popular. Pero puede acreditar sensatez de gestión. Gobernó la capital federal justo en el inicio del cambio de centuria y lo hizo con pragmatismo. Sin más estridencias que su retórica. Sentó las bases de una ciudad más segura y limpia, estableció puentes y ofreció resultados. Algo que nunca pensaron sus rivales y enemigos que pudiera hacer (1).
                
Después de esa etapa, los fracasos por alcanzar la presidencia agudizaron su perfil más bronco, alimentaron su frustración y extendieron la sospecha de su disolución en el ánimo impotente de la revancha. Pero AMLO conjuró todo ello con el principal rasgo de su carácter, como ha visto muy bien el intelectual Jesús Silva Herzog: la tenacidad (2). Que es lo contrario de esa resignación antes mencionada como lastre del espíritu colectivo nacional.
                
López Obrador no es un ideólogo, si por tal se tiene a un líder que defiende un cuerpo doctrinario de ideas inspirador de propuestas programáticas reconocibles. No es un hombre de partido (ha militado en varios, los ha dirigido, creado, usado y abandonado). Ha construido su proyecto en torno a su carisma, o mejor a su infatigable propósito. Este preponderancia de lo personal sobre lo político, lo partidario, lo ideológico o lo doctrinal es lo que sirve a no pocos para propalar prevenciones sobre una temida deriva autoritaria en su mandato (3).
                
Para buena parte de la mayoría absoluta que lo ha votado (54%), esas prevenciones han quedado relegadas a la necesidad de un cambio, de un giro en el destino nacional. No radical, pero sí nítido, reconocible, contrastable.
                
Obrador no ha ofrecido un programa detallado. No es un tecnócrata, es un visionario. No apela tanto a la racionalidad, cuanto al sentimiento, a la motivación. No confía ni poco ni mucho en las instituciones (que él moteja como la “mafia del poder”), demasiado contaminadas, ciertamente, sino en el compromiso personal. En el principal caballo de batalla de su mensaje, el combate contra la corrupción, AMLO no ofrece un arsenal estructurado de medidas, sino su ejemplo particular. Como él ha sido y es honesto, algo que nadie discute, se confiesa convencido de que su actitud virtuosa se filtrará hacia por  todo el cuerpo político e impregnará el conjunto de la vida nacional. Esta concepción es lo que ha llevado a los Krauze, estandartes de ese liberalismo elitista que es celebrado fuera pero poco entendido dentro, a calificar el discurso de Obrador como “pensamiento mágico” (4).
                
Ciertamente, hay en el  lenguaje de AMLO una dosis excesiva de buenismo, o de virtuosismo. Se comprende que, para muchos intelectuales, incluso los de izquierda, esto sea una manifestación de demagogia. Pero para una amplia mayoría de las capas populares, ese lenguaje es creíble, ilusionante. De eso se trata y ése ha sido el principal motivo de su triunfo.
                
Algo similar ocurre con el resto de sus propuestas ante los grandes desafíos de México: la desigualdad (y su corolario, la extrema pobreza); el estancamiento económico endémico; la triada perversa que forman el crimen organizado (y organizador), la violencia y la impunidad; la debilidad institucional; la fragilidad del sistema educativo; y las contradictorias y explosivas relaciones con el vecino del norte (5).
               
LAS INCÓGNITAS DE UN PROYECTO INDEFINIDO
                
Las soluciones que AMLO propone no superan el umbral de las promesas, dicen con cierta razón sus críticos. Poca o muy poca concreción. Mucho voluntarismo. La confianza popular puede quebrarse demasiado pronto si los resultados positivos se hacen esperar y la inveterada resignación puede ahogar la impetuosa ilusión.
                
Para conjurar este riesgo, Obrador cree tener una herramienta menos expuesta pero bastante acreditada en su carrera: el pragmatismo. Como alcalde del DF negoció y se entendió con empresarios, con magnates, con los que resuelven problemas o tienen capacidad para hacerlo. Como no es un ideólogo, tal maridaje no le produjo problemas de conciencia. No ha tenido empacho en recibir apoyo de sectores evangelistas, que conectan con su visión conservadora en materia de valores. Parece haber pactado con figuras del mundo económico para espantar fantasmas chavistas que nunca han sido de su gusto (6). Quiere revisar ciertos aspectos de la privatización del entramado petrolero, pero parece haber renunciado a sus antiguos postulados de una férrea renacionalización.
                
Con los cárteles del narcotráfico, también se espera que sea cauteloso, que no blando (no lo fue como alcalde de la capital). Pero tampoco suicida o aventurero. Pretende unificar los aparatos de seguridad, ponerse al mando, seguir de cerca estrategias y operaciones de calibre. Pero no desaprovechará cualquier ventana que ofrezca un respiro después de 30.000 desaparecidos en una década y 25.000 muertos sólo el año pasado.
                
Con Estados Unidos tiene otro reto mayor. Por carácter, podrá entenderse con Trump, al que sabrá hablar con un lenguaje que en cierto modo comparten, como indicaría su primera conversación tras las elecciones (7).  A los dos dirigentes periféricos del sistema les separa un abismo, pero les unen ciertos instintos. Los dos grandes desafíos bilaterales son la inmigración y el tratado comercial NAFTA (que incluye a Canadá).
                
México ya no exporta tantas personas como antaño hacia el norte, como pretende Trump con su tramposo lenguaje. La gran mayoría de las personas que quieren alcanzar el engañoso ELDORADO son centroamericanos atormentados por la pobreza o la violencia. México es la plataforma de paso, el salto intermedio y, a veces, el destino provisional de muchos de estos infortunados. Hay un océano de entendimientos posibles y un riesgo muy alto de malentendidos entre México y Washington en esta materia (8). El muro de Trump es sólo uno más de los obstáculos que amenazan con envenenar más las relaciones de vecindad.
                
El dossier comercial es espinoso y puede ser motivo de la primera crisis del mandato de AMLO. Algunas propuestas de autoabastecimiento agrícola que surgen de la experiencia personal del presidente electo en las regiones del atrasado sureste del país pueden chocar con los intereses exportadores de los granjeros norteamericanos.
                
En definitiva, las esperanzas y los interrogantes se alinean como fuerzas impetuosas pero contrapuestas en el horizonte del cambio en México. Como siempre, todo el tiempo dirá si el país de Juárez y de Madero encuentra por fin el camino de la justicia social o vuelve a naufragar en el pantano de las ilusiones perdidas.
               
NOTAS

(1) “López Obrador, an atypical Leftist, wins Mexico presidency in landslide”. AZAM AHMED y PAULINA VILLEGAS. THE NEW YORK TIMES, 1 de julio.

(2) “La tenacidad de López Obrador. JESÚS SILVA HERZOG. EL PAÍS, 27 de junio.

(3) “López Obrador and the Future of the Mexican Democracy. Will He Further Erode the Checks of Executive Power? FOREIGN AFFAIRS, 2 de julio.

(4) “The magical thinking of Mexico’s new President”. LEON KRAUZE. THE WASHINGTON POST, 2 de julio.

(5) “Lopez Obrador: five things in the president-elect’s inbox”. BBC, 2 de julio.

(6) “Andrés Manuel López Obrador is no Hugo Chávez”. PAUL IMISON. FOREIGN POLICY, 17 de abril.

(7) “Trump and Mexico’s new leader, both headstrong, begin with a ‘good conversation’”. THE NEW YORK TIMES, 2 de julio.

(8) “What if Mexico Stops cooperating on Migration? Why U.S Needs to Engage constructively. ANDREW SELEE. FOREIGN AFFAIRS, 3 de julio.



EUROPA: LOS FRENTES TURBULENTOS DEL MEDITERRÁNEO

27 de junio de 2018

               
Mientras Europa trata de encontrar la cuadratura del círculo en el intratable asunto de la inmigración, y día a día se va haciendo más grande la posibilidad de un verano dramático en el Mediterráneo, desde los confines orientales se perfila un conflicto que puede adquirir unas dimensiones de crisis de primerísimo orden.
                
La UE, una vez más, como hace tres años, persigue un difícil compromiso para volver a conjurar el problema de la inmigración. No tanto para resolver las causas profundas de este fenómeno imparable, sino para limitar los corrosivos riesgos políticos internos que han destruido gobiernos, alimentado pasiones indeseables y puesto patas arriba el frágil equilibrio.
                
Turquía, por añadidura, presenta un riesgo más a medio plazo, sin desdeñar los efectos más inmediatos. Conviene recordar que hace tres años se llegó a un acuerdo migratorio con Ankara que, en puridad, nunca se cumplió, como tampoco se cumplieron o funcionaron otros compromisos entre todos o algunos países de la Unión.
                
EL GRAN DIVORCIO ALEMÁN
                
Llegarán los líderes europeos a la cumbre de este fin de semana sin un acuerdo claro, atado, fiable. Puede pasar de todo, pero quizás no pase nada; y, si es así, puede augurarse un periodo de fuerte inestabilidad política, en la que la primera pieza en tambalearse puede ser en apariencia la más fuerte, es decir, Alemania.
                
En efecto, el gobierno germano está en el alero por la ruptura latente entre los dos socios democristianos que componen la principal fuerza de la coalición en el poder. CDU y CSU se han emplazado en un desafío teñido de amenazas, recriminaciones y cuentas pendientes puestas al sol. El ministro del Interior y líder de la rama bávara ha dado un ultimátum a la Canciller para que frene la inmigración y adopte una política migratoria restrictiva. Merkel, en su estilo, ha ido adoptando posiciones cambiantes, escurridizas y esquivas, hasta que se ha visto obligado a aguantar el envite. Nadie en el teatro político alemán se atreve a aventurar el futuro inmediato. La mayoría de los analistas y los estados mayores de los partidos han empezado a hacer preparativos para celebrar elecciones anticipadas en septiembre. Con Merkel fuera del cartel, la marca CDU-CSU rota, cada uno con candidatos propios en los feudos del otro, la socialdemocracia sin estrategia convincente y la ultraderecha nacionalista como única beneficiaria del desconcierto (1).
                
El otro polo nacionalista excluyente en auge vocifera desde el lugar del frente, en Italia, en abierto desafío al presidente francés, que tiene un discurso liberal, más o menos acogedor, dialogante o constructivo, pero que mantiene situaciones internas migratorias poco ejemplares. La lección de solidaridad y generosidad del nuevo gobierno español ha sido una ráfaga de aire fresco, pero no tiene el vigor ni la vocación para cambiar el rumbo de las estancadas políticas europeas.
                
LA PESADILLA TURCA
                
Y mientras este oleaje embravecido que azota desde la frontera sur, con escenarios de guerra, inestabilidad, miseria y descomposición institucional crónica, en la orilla oriental del Mare Nostrum se agita con fuerza propagandística y demagógica, pero con peligrosos síntomas de agotamiento, el proyecto nacionalista autoritario de Turquía. Erdogan consuma su proyecto de mega-presidente con plenos poderes, pero al frente de una nación profundamente dividida, que ha perdido confianza en sí misma y vive cada día peor.
                
Europa hace tiempo que ha perdido cualquier esperanza con Erdogan. Trató de controlar su discurso hace unos años, de poner límites a las consecuencias más indeseables de sus delirios de grandeza, se seducir su vanidad. Pero le faltaron herramientas eficaces de contención. El fallido golpe de Estado, que por aquí se condenó con la boca pequeña, reforzó al Sultán y cerró las puertas del entendimiento, quizás para siempre. Hasta su final.
                
En las dobles elecciones presidenciales y legislativas del domingo, Erdogan ha vuelto a salir a flote cuando el agua le alcanzaba hasta el cuello (2). La manipulación de las normas electorales para procurarse el blindaje de una mayoría electoral con la que legitimar su proyecto autoritario se volvió contra él, al propiciar una coalición contra-natura de sus adversarios. (3) En vísperas de los comicios circularon sondeos que predecían una segunda vuelta en las presidencia y la pérdida de la mayoría gubernamental formada por el AKP y los ultranacionalistas. Algunos maliciosos creyeron que se trataba de una argucia para movilizar a la base social erdoganista, desilusionada por el empeoramiento innegable de la situación económica. El aumento asfixiante de los precios y el derrumbe de la divisa nacional habían generado un malestar que algunos pintaron como el embrión de la decadencia de Erdogan.
                
Al final, el presidente turco, ya investido de plenos poderes en el referéndum que reescribió la Constitución, tenía esa mayoría absoluta que conjuraba una segunda vuelta en las presidenciales y, por lo tanto, una concentración del voto opositor en la figura de Muharrem Ince, el candidato socialdemócrata (4), perteneciente al CHP, el histórico y contradictorio partido de Atartürk, el padre de la nación. Pero su partido, el AKP no alcanzaba la mayoría absoluta en el Parlamento y tendrá que seguir apoyándose en su muleta ultranacionalista del MHP. Esta victoria imperfecta de Erdogan incorpora incertidumbres sobre la culminación del proyecto autoritario construido con más tenacidad que paciencia durante tres lustros (5)
                
La oposición, dividida y enfrentada durante mucho tiempo, ha encontrado aire y  un guion para construir una resistencia activa, agudizar las debilidades del sistema e incidir en la fragilidad del proyecto ultranacionalista. Ince se perfila como una alternativa con cierta solidez, por su afinidades piadosas, su actitud dialogante con los kurdos y su visión de democracia social (6).
                
Entretanto, la demagogia populista de Erdogan se resquebraja, al ponerse en riesgo la prosperidad de las clases populares y medias. Los escandalosos beneficios cosechados por las élites, los negocios de amigos y cómplices, la represión que ha castigado a centenares de miles de funcionarios o el nepotismo que convierte al yerno del presidente y a otros miembros de su familia en exponentes de un modelo dinástico pueden anudarse en la soga que termine cerrándose sobre el cuello de Erdogan. Corrían rumores la semana pasada en círculos políticos y mediáticos turcos de que prominentes figuras del régimen se habían procurado vías seguras de huida si Erdogan no ganaba en primera vuelta y el AKP perdía el control del Parlamento (7).
                
Sin embargo, los militares, finalmente neutralizados por el nuevo Sultán, han dejado de ser una alternativa fiable, incluso como factor instrumental transitorio. La decadencia del régimen puede ser lenta o rápida, pero es difícil que sea tranquila. Demasiados intereses en juego, demasiadas pasiones fuera de control, una acumulación de injusticias y agravios.
                
Y, a la poste, esa crisis de régimen, de sistema no puede dejar a Europa inmune y, por tanto, indiferente. Tampoco a Washington, pero el otrora gran aliado está lejos, distante y en su propio delirio nacionalista. Europa, en cambio, ya incapaz de abordar las consecuencias de inestabilidad en África y Oriente Medio, puede verse abocada a la inimaginable pesadilla que pueda provocar una eventual crisis violenta de régimen en Turquía.

NOTAS

(1) “Migrant policy conflict may spell the end for Merkel. DER SPIEGEL, 23 de junio.

(2) “Erdogan enters Turkey elections with more power bur less support”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 20 de junio.

(3) “The end of the Erdogan’s era?”, AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 21 de junio.

(4) “Muharrem Ince, l’espoir des anti-AKP”. LE MONDE, 19 de junio.

(5) “Erdogan wins reelection. What the campaign revealed of the future of Turkish politics”. HALIL KARAVELI. FOREIGN AFFAIRS, 25 de junio.

(6) “How to read Turkey’s elections results”. KEMAL KIRISCI. BROOKINGS INSTITUTION,                25 de junio.
 (7) “Erdogan’s endgame Turkey’s all-powerful President grabs for more”. MAXIMILIAM POPP. DER SPIEGEL, 22 de junio.


COLOMBIA Y MÉXICO: ¿CAMINOS DIVERGENTES?

20 de junio de 2018

                
Colombia y México han sido durante años pivotes diferenciados pero firmes del control norteamericano sobre la América hispana ("el patio trasero"). No en vano, ambos países han sido ajenos a los procesos intermitentes de crecimiento de las fuerzas transformadoras.

A su vez, esta debilidad electoral de las opciones progresistas se tradujo en la persistencia de los movimientos guerrilleros existentes durante décadas (el FARC y el ELN, entre otros, en Colombia) o en la aparición de nuevas organizaciones armadas (El Ejército zapatista, en México).
                
Igualmente, ambos países han sido no los únicos, pero sí lo más afectados por el fenómeno absolutamente distorsionador de las drogas como elemento relevante de poder, tanto en el ámbito económico y social, como en el político y cultural. Los cárteles se han comportado no sólo como grupos de presión (eso fue en el inicio de su consolidación), sino incluso como factores decisorios en los procesos.
                
Tanto fue así que Estados Unidos, que toleró con cierta pasividad el fenómeno, terminó por( pre)ocuparse, sobre todo cuando en Washington se dieron cuenta que el narcotráfico se convirtió en narco-sistema, un problema global que desestabilizaba sus calles y no siempre se atenía a sus intereses o “recomendaciones”.
                
Siempre que la izquierda estuvo más cerca de vencer, se producían actuaciones de fuerza de los narcos o de políticas rectificadoras de Estados Unidos. Esto ha sido particularmente claro en Colombia, donde las figuras progresistas más prometedoras (algunos exguerrilleros del M-19, por ejemplo) fueron asesinados. No sólo los aspirantes a la Presidencia o al Congreso, sino miles de dirigentes locales. Los sicarios hicieron el trabajo sucio y el obsoleto sistema de alternancia liberal-conservadora no resultó sustancialmente alterado.
                
En México, la rebelión zapatista fue reprimida con rapidez, en cuanto movimiento armado, pero persistió el malestar social y político que la había originado. Los ecos de la selva Lacandona terminaron por resquebrajar el edificio institucional del PRI, poner en evidencia definitiva sus contradicciones más importantes y acelerar su decadencia política. Pero en lugar de surgir una alternativa progresista, las élites sociales mejicanas -nunca a disgusto con el PRI- fueron capaces de hacer viable la opción opositora del Partido de Acción Nacional, mucho más conservadora y, sobre todo, en sintonía con los nuevos aires neocon al norte de Río Grande, en el cambio de centuria.
                
El giro a la izquierda alcanzó a casi todos los países de habla hispana, excepto México y Colombia. Las causas difieren según las circunstancias específicas de cada país. Pero hay un patrón claro: ambos representaban los pilares de la estrategia norteamericana en la región. El Plan Colombia se convirtió en la operación estratégica más importante de los Estados Unidos en la región desde la Escuela de las Américas y el apoyo activo a las dictaduras militares de los setenta. México ha sido un vecino blindado, por la cercanía, la presión migratoria, la intensidad de los intercambios comerciales y el mestizaje socio-cultural. Hasta que Trump se ha empeñado en voltear el tablero.
                
Ahora parece que se impone la rectificación conservadora, con o sin reedición del “consenso de Washington”, que orquestó las criminales políticas neoliberales de finales del siglo XX. Colombia parece firmemente en su puesto de vigilancia, pero en México, siempre eslabón frágil, vuelve a surgir el espectro de una opción más progresista. Con matices.
                
COLOMBIA: LA INVOLUCIÓN.
                
En Colombia, las recientes elecciones presidenciales han supuesto el triunfo de la reacción. El vencedor, Iván Duque, es miembro de un engañosamente denominado Centro Democrático, la formación derechista radical que pilota el expresidente Álvaro Uribe, principal opositor al acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC. Aunque Duque y su entorno se hayan empeñado en defender su autonomía, la sombra del caudillo de Antioquia es demasiado larga y muy espesa. Las fuerzas progresistas lo han acusado de tener un  programa oculto para hacer “trizas” la pacificación. “Ni trizas ni risas”, ha replicado el pupilo de Uribe. Las referencias a “correcciones” o “rectificaciones” en el proceso, amparadas en la necesaria reparación a las “víctimas”, bajo estandartes engañosos como “verdad” y “justicia”, hacen temer lo peor (1).
                
La izquierda moderada liderada por el anterior alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, ha tenido un buen resultado: 42%, frente al  54% de la derecha. Ocho millones de colombianos apostaron por un cambio que hubiera sido histórico. Petro quiere convertir a estas “abejitas libres” en una fuerza movilizadora para prevenir un excesivo deslizamiento conservador desde el centro-derecha que representaba el presidente saliente, Juan Manuel Santos (2).
                
Los riesgos de involución que se avizora no sólo afectan al proceso de paz, sino a las dinámicas sociales. Pese a su imagen “moderna” (en realidad, de yuppie), Duque no disimula sus planteamientos retrógrados, anclados en su posición elitista y en su pertenencia a sectores religiosos evangélicos. Su experiencia en entidades económicas supranacionales lo conectan con un neoliberalismo aún activo.
                
MÉXICO: ¿ LA HORA DE AMLO, POR FIN?
                
En México, las elecciones son el 1 de julio. La desastrosa gestión de Peña Nieto parece abortar la reactivación del eterno PRI tras los dos desventurados mandatos conservadores  (neoliberalismo de Fox y militarización de Calderón). Quemadas las opciones derechista (PAN) y todista (PRI), surge de nuevo el candidato incombustible: Andrés Manuel López Obrador (AMLO, como se le conoce en el universo político mejicano).
                
AMLO sigue sosteniendo que ganó en 1994, pero el PRI le robó las elecciones. Siempre pareció cierto. Algunos analistas sostienen que su insistencia en la denuncia del fraude le hizo perder el foco de una necesaria oposición. Se enredó en la disputa y pasó por años de crisis que le hicieron abandonar el PRD, formación que él mismo había creado a partir de una escisión izquierdista del PRI. Le ha costado años recuperar las buenas credenciales que acreditó durante su etapa como Alcalde del DF, la capital federal.
                
Ahora, sobre las ruinas de este país Sísifo que es México, la penosa experiencia de un presidente de telerrealidad le proporciona a López Obrador  una nueva y seguramente última oportunidad. AMLO ha moderado su mensaje, su discurso, su puesta en escena. Dicen que ha tranquilizado a las grandes empresas, que no agitará el barco. En realidad, aunque populista en su estilo, nunca tuvo la tentación chavista. Tampoco es estrictamente un social-demócrata latinoamericano. No es encuadrable en cualquier de esas dos izquierdas (moderada o radical) que se han perfilado en los últimos años en la región. Su propuesta es “muy mexicana”: fue siempre anti-PRI, anticorrupción, anti-inmovilismo.
                
México también es diferente. El efecto Trump puede ayudar al cambio, por moderado que sea, porque ha movilizado ese instinto de rebelión tan peculiarmente contradictorio de los mejicanos, como explica con agudeza Gustavo Castañeda en uno de sus libros (4).


NOTAS

(1) “Diez cosas que se vienen con Duque en la Presidencia”. SEMANA, 18 de junio.

(2) “Petro anuncia que quiere movilizar a la ciudadanía”. TIEMPO, 18 de junio.

(3) “Lopez Obrador runs as Mr. Clean in a corrupt country”. THE WASHINGTON POST, 4 de junio.

(4) “Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos”. GUSTAVO G. CASTAÑEDA. AGUILAR, 2011.

LA DOCTRINA TRUMP: DEL DESASTRE DE CANADÁ A LA IRREALIDAD DE SINGAPUR

13 de junio de 2018

                
En las últimas décadas, casi todos los presidentes norteamericanos desean pasar a la historia dejando una visión inspiradora de un conjunto de políticas coherentes en las relaciones exteriores. Es lo que suele denominarse “doctrina”.
                
‘Paz con los enemigos y guerra con los amigos’. Bien podría ser ésta una improbable “doctrina Trump”. O, para ser más rigurosos, una antidoctrina, en negativo, una impugnación del concepto doctrina. En apenas una semana frenética, caótica y desconcertante, ha quedado perfilada la manera en la que el presidente contempla el mundo exterior.
                
La desastrosa cumbre del G-7 en Canadá no pudo salir peor. Eso dicen todos los analistas con el mínimo sentido común. No para Trump, que quizás obtuvo lo que quería. Dar un desplante a sus aliados, en particular al anfitrión, el primer ministro Trudeau, a quien Ivanka Trump dice admirar.
                
Dos días después, el presidente hotelero puso rumbo hacia un resort exótico muy de su gusto en Singapur, tigre asiático por excelencia, ejemplo pionero de ese modelo capitalista autoritario que tanto lo seduce, para protagonizar el acontecimiento que quizás termine definiendo su mandato: la cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un.
                
Lo que en Canadá fueron tensiones, incomodidades, dificultades para encontrar un lenguaje común o fijar criterios afinados sobre asuntos que vienen siendo compartidos desde hace más de medio siglo, en Singapur se transformaron en palabras grandilocuentes y huecas, calidez de cartón piedra, invocaciones a futuros paradisíacos, etc.
                
TRUMP PERFILA UN G-8 A SU MEDIDA
                
Trump no se encuentra a gusto en el club de países democráticos aliados. Eso ya era de todos conocido. Prefiere retratarse con autócratas, sin necesariamente asociarse con ellos. Acuerdos rápidos, puntuales, genéricos y revisables. Sin compromisos. Sin seguimiento. Sin agotadoras sesiones de negociación y puntillosos comunicados que resuelvan o suavicen las inevitables discrepancias. Es la política del contacto, del apretón fuerte de manos, del abrazo sin contemplaciones, de la carcajada fácil, del discurso inflado y vacío.
                
Dice Dana Milbank, un articulista iconoclasta del WASHINGTON POST, que Trump necesita abandonar el G-7 y hacer un grupo afín (1). Los siete componentes más ricos de la alianza occidental son cosa del pasado para Trump. El futuro pertenece a un grupo con guts (con huevos). Es decir, dirigentes autoritarios con los que el testosterónico mandatario norteamericano confiesa sentirse a gusto: los presidentes de China (Xi Jinping), Rusia (Putin), Filipinas (Duterte), Egipto (Al Sisi), Turquía (Erdogan), el líder de Corea del Norte (Kim Jong-un) y el príncipe heredero saudí (Mohammed Bin Salman). Siete autócratas acreditados. Y Trump de padrino.
                
Otro padrino, pero de ficción, Robert de Niro, ha servido de portavoz de muchos norteamericanos, a quien les apetece decirle cuatro frescas a su presidente. La vergüenza ajena desborda las redes sociales. Los politólogos ya no se atreven a codificar el comportamiento de un individuo que se ha saltado casi todos los límites y exigencias responsables de su cargo. Los más optimistas esperan la decisión del fiscal especial Mueller. Pero crece cada día la impresión de que el riguroso servidor público evitará un conflicto constitucional de primera magnitud y Trump se salvará de la amenaza del impeachment.
                
Tanto da que en el propio Partido Republicano no se hayan arrepentido lo suficiente por haber vendido su alma al diablo y haberlo respaldado electoralmente. Poco importa que los dirigentes decentes del mundo se esfuercen por embridar al “amigo americano” en un comportamiento razonable. Trump se ha salido de los raíles. Es un easy rider.
                
A Trump le importa todo eso un ardite. Siempre habrá un Kim con quien hacerse fotos imposibles de imaginar hace apenas unos meses. Un Putin que le haga los coros. Un Erdogan que le ayude a teorizar el poder de la convicción. Un Duterte que le embellezca la persecución ilegal (y criminal) del crimen. Un Al-Sisi que haga escarnio de la sociedad civil y de los disidentes. Un Mohamed Ben Salman que le sirva sustanciosos contratos (antes y después de su paso por la Casa Blanca).
                
UNA CUMBRE DE CARTÓN PIEDRA
                
Los analistas se han pasado semanas haciendo evaluaciones, pronósticos, propuestas y quimeras (2) sobre el resultado de la cumbre internacional más atrabiliaria desde la celebrada en  Múnich hace ochenta años, entre Hitler y las potencias aliadas europeas.
                
Habrá que esperar a ver si lo que se ha alumbrado en Singapur no es más que una hamburguesa diplomática. La declaración conjunta y las manifestaciones de Trump y Kim apenas si dejan lugar a la reflexión seria. Términos como “nueva era”, “brillante futuro de paz”, “ruptura con el pasado” , etc. son tan huecos que no merecen más de una línea.
                
A esta hora, poco se sabe de los compromisos más serios y concretos, si es que ha habido alguno en realidad. Se sabe, al menos, que Estados Unidos abandonará sus “juegos de guerra” conjuntos con Corea del Sur para seguir ganándose la confianza del joven líder norcoreano.  A cambio, éste confirma sus vagas promesas de abandonar la nuclearización y empezar a destruir algunas de sus instalaciones más temidas. Pero se está lejos aún, por lo que parece, de ese acrónimo un poco endemoniado (CVID) que ha codificado las ambiciones de Washington: completa, verificable e irreversible desnuclearización de Corea del Norte. Por eso, cautela mínima, las sanciones económicas se mantendrán, por el momento.
                
Una antigua agente de la CIA en Corea (3) asegura que muchas de las apreciaciones que se han manejado en Occidente sobre Kim son equivocadas, precipitadas y estereotipadas. Quizás porque la comunidad de inteligencia y los líderes políticos ponen sus prejuicios por encima de sus análisis. Afirmación impecable, y la historia aporta numerosos ejemplos.
                
Trump no buscaba la paz con este encuentro ficticio de Singapur, sino el reconocimiento personal. Es la vanidad y no su responsabilidad de hombre de Estado lo que le mueve, lo que inspira sus actos. No se puede pasar de despreciar a un semejante a convertirlo en un socio en apenas unas semanas. No se disuelven instintos racistas, prejuicios xenófobos, reflejos prepotentes de un día para otro.
                
En cuanto a Kim, seguramente tiene lo que buscaba. Reconocimiento y legitimidad, si no internacional, al menos sí la que, con carácter oportunista, le regala el discutible líder de la única superpotencia mundial. Después de que sus antecesores hayan reducido al hambre, la humillación y el desconsuelo a sus conciudadanos, el titular de la dinastía norcoreana se propone un cambio de timón según el libreto chino: más consumo, cero libertades y derechos.
                
Nada de eso parece importarle a Trump que ha pasado del “infierno de furia y fuego” al un ficticio paraíso de paz cuyo alcance y significación reales tardaremos en esclarecer.

NOTAS

(1) “Finally, a president with the guts to stand up to Canada”. DANA MILBANK. THE WASHINGTON POST, 11 de junio.

(2) “A better North Korea strategy. How to coerce Pyongyang without starting a war”, VICTOR CHA  y FRASER KATZ”. FOREIGN AFFAIRS, 1 de junio; “The nine steps required to really disarm to North Korea”. DAVID SANGER y als. THE NEW YORK TIMES, 11 de junio.

(3) “The education of Kim Jong-un”. JUNG H. PAK. BROOKINGS INSTITUTION. Febrero 2018.