TURQUÍA: LA LUCHA DE CLASES, SEGÚN ERDOGAN





Los acontecimientos de los últimos días parecen anticipar un periodo de serias turbulencias en Turquía.  El aparente agotamiento de la paciencia del primer ministro con los manifestantes de la plaza Taksim, la contundente intervención policial y el desafío posterior de los díscolos protestatarios indicarían que el conflicto puede alargarse. El enquistamiento puede suponer una complicación para el jefe del gobierno, pero también para otros sectores de la oposición, cívica y política, con influencia muy reducida.
                 
A su regreso de una gira exterior, Erdogan pareció dispuesto a sofocar el movimiento de protesta, tanto política como policialmente. Su reacción no sorprendió a casi nadie. Aunque intentó moderarse en las formas, su discurso resultó muy firme, seguramente porque está convencido de disponer de las bazas suficientes para salir indemne de este desafío.
                 
Erdogan rescató su particular visión de una especie de lucha de clases en su país. Acudió al argumento que en su momento le sirvió para conquistar el poder parlamentario.  Según dijo en su momento, antes de convertirse en primer ministro, Turquía presentaba una fractura entre "turcos blancos" y "turcos negros". Los primeros serían los distintos componentes de la élite del país; los segundos, los más desfavorecidos por su condición socio-económica, pero también -detalle de la mayor importancia- los discriminados por sus creencias religiosas activas. Ni que decir tiene que él se incluyó entre estos últimos.
                 
Obviamente, la visión de Erdogan está desprovista de cualquier evocación marxista. Se ha dicho alguna vez que el proyecto político del neoislamismo turco tiene analogías con la democracia cristiana europea de posguerra. Es cierto, en la medida en que ambos movimientos pretendían dotar de contenido social a una visión confesional de la sociedad y de la política. En el caso europeo de entonces, para frenar el auge de socialistas y comunistas.
                 
Ese esfuerzo por conectar con los sectores populares no implicaba, en ningún caso, un cambio de sistema social; o, por decirlo de otra manera, la superación del capitalismo. Lo que en las sociedades cristianas europeas se presentó como "doctrina social de la Iglesia", en Turquía se afianzó en la lectura piadosa del Corán.
                 
Erdogan aprendió bien las lecciones de los fracasos islámicos anteriores. La confrontación con el poder kemalista, sustentado en la laicidad del Estado, se había hecho desde posiciones más o menos extremistas, pero su debilidad mayor había consistido en no ofrecer un proyecto social. Erdogan no pretendía liderar una revolución que cuestionara las bases del orden social, sino extender los beneficios del sistema actual. Su planteamiento era edificar una suerte de capitalismo popular amparado en la visión social del Islam.
                 
Al cabo, lo que ha generado es algo mucho más pragmático que todo eso. Su extenso y agresivo programa de privatizaciones ha debilitado el sector público, privando de poder a numerosos responsables de empresas públicas moribundas, otra de las canteras del kemalismo, en beneficio de una nueva clase de pequeños, medianos y grandes propietarios, que han asumido los principios religiosos como una seña de identidad de su ascenso social. Sobre esa base social cree ahora apoyarse Erdogan para derrotar el primer reto serio a su poder, protagonizado por la sociedad civil y no por sus habituales 'enemigos institucionales'.
                 
INTEPRETACIONES DIVERGENTES
                 
Entre los analistas de la sociedad turca se ha abierto un interesante debate sobre las lealtades de esta nueva clase media que ha garantizado el creciente poder político del primer ministro y su partido, el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo).
                 
Un sector considera que la prosperidad favorecida por el jefe del gobierno durante estos últimos años ha desencadenado unas aspiraciones de libertad, reclamación de derechos y tolerancia que pueden volverse contra el proyecto inicial, y de forma más inmediata contra el intento de cuestionar sus bases doctrinales.  El director de la sección turca del Instituto washingtoniano de Política medio-oriental, Soner Cagaptay, es el autor de un libro de inminente publicación titulado 'El auge de Turquía: la primera potencia musulmana del siglo XXI'. En una reflexión reciente publicada en THE NEW YORK TIMES, sostiene que "la nueva clase media que el AKP ha construido le está diciendo a su gobierno que la democracia no consiste solamente en ganar elecciones". El partido gobernante -añade Cagaptay- "tendrá que escuchar visiones opuestas, aún cuando continúe siendo el partido más popular del país". Por tanto, Erdogan tendrá que aceptar, tarde o temprano, que sus propias bases, y no los que ahora le critican con saña, lo obligarán a enterrar sus instintos autoritarios.
                 
Esta interpretación de carácter sociológico es claramente impugnada por una visión menos optimistas de los reflejos del primer ministro turco y su equipo de liderazgo. Otro profesor turco radicado en Estados Unidos, Daron Acemoglu, afincado en el MIT de Massachussets, considera que el proceso de democratización en su país no está garantizado por la modernización económica y social. Por el contrario, teme que el AKOP utilice el actual clima de revuelta para profundizar en las divisiones ideológicas y políticas, reforzar el autoritarismo y aceptar un pulso total.
                
 En el mismo diario norteamericano, Acemoglu hace un diagnóstico muy negativo de los factores que acreditan una democracia sana y llega a la conclusión de que los años de neoislamismo han generado un retroceso notable en las libertades (especialmente, la de expresión, plasmada en el control eficaz de los medios y la persecución de periodistas no obedientes). El profesor del MIT estima, no obstante, que la protesta de Taksim puede suponer un "giro" en el afloramiento del descontento, por mucho que el equipo gobernante se empeñe en reprimirlo y silenciarlo.
                 
A medio camino entre estas dos visiones, se manifiesta Steven A. Cook, un especialista norteamericano en Turquía, perteneciente al Consejo de Relaciones Exteriores. En un artículo reciente para FOREIGN AFFAIRS, asegura que Erdogan aún puede sentirse seguro y tranquilo por la debilidad y la fragmentación de la oposición y por la vigencia de sus logros económicos y mejoras sociales. De hecho, las encuestas de urgencia efectuadas estos días indican que el partido del primer ministro no ha sufrido erosión alguna en sus expectativas de voto.
                 
Pero el gran peligro para la hegemonía de los neoislámicos turcos -apunta Cook- es que su lógica política de dividir el país entre 'nosotros, los negros turcos' y 'ellos, los blancos turcos', desencadene un clima de confrontación incontrolable.
                 
Otro factor que puede estar influyendo en las protestas es la guerra de Siria. En un artículo para FOREIGN POLICY, Sophia Jones señala que son mayoría los turcos que desaprueban la política de Erdogan en el vecino conflicto bélico: siete de cada diez según una reciente encuesta. Los secularistas turcos no comparten que su primer ministro haya convertido a Assad en su enemigo, puesto que lo contemplan como un baluarte frente a la amenaza del integrismo islámico. A eso se une el apoyo que han prestado a la protesta los alevíes turcos (una deriva local del chiismo, como son los alauíes gobernantes en Damasco), que suman un 15 por ciento de la población.
                 
Haría bien Erdogan en seguir el consejo que él mismo le dio en su día al sirio Assad: negocie.

TURQUÍA: JAQUE AL ‘SULTÁN’

 6 de junio de 2013
            
Hace algo más de diez años, cuando el prometedor alcalde de Estambul se convertía en primer ministro de Turquía, no pocos analistas profetizaron que su mandato duraría poco. Aventuraban que el núcleo duro ‘kemalista’ (militares, jueces, alto y medio funcionariado) se encargarían de acabar con él, en tanto nuevo líder de una pujante ideología islamista. Le auguraban un destino similar al de su predecesor ideológico, Erbakan, que terminó cortocircuitado en una maniobra cuartelera-palaciega.

No han faltado intentos, efectivamente, de frenar el irresistible ascenso de Recep Tayyip Erdogan. Ruido de sables, movimientos de togas, protestas de intelectuales ‘secularistas’, malestar juvenil y el sempiterno desafío de la minoría kurda. Pero Erdogan supo prevalecer y salió reforzado de su primer mandato, lo que le permitió repetir éxito en 2007. En las últimas elecciones (2011), tras una última serie de perturbaciones militares, el primer ministro sobrepasó el 50% de apoyo, duplicando al segundo partido y cuadriplicando al tercero. El temor a la deriva autoritaria era cada vez mayor, ante el desvanecimiento de sus ‘enemigos estructurales’. Erdogan aparecía como incontestable. Más irresistible que nunca. El escritor turco Cinar Kiper le ha comparado estos días con el Emperador bizantino Justiniano.

            
Erdogan combinó una fuerte ambición con una depurada astucia para fusionar un islamismo conservador pero democrático (muy alejado del wahabismo saudí) con un sistema económico muy fiel con los postulados neoliberales. Esto último le granjeó un fuerte apoyo de los medios empresariales, frente a la desconfianza de la izquierda y los sindicatos, partidarios de una mayor intervención estatal y, desde luego, de la laicidad, según los postulados de Kemal Ataturk, el padre de la independencia.

Este fortalecimiento interno se reforzó con el reconocimiento internacional. Aprovechó la denominada ´primavera árabe` para consolidar el ‘modelo turco` como alternativa a los regímenes autoritarios de los países otrora provincias del Imperio Otomano. Su protagonismo en este proceso no ha estado carente de riesgos. De la política “cero conflictos” con sus vecinos árabes ha pasado al virtual estado de guerra técnica con Siria, por su respaldo a la rebelión contra el clan Assad.
             
En Europa, a Erdogan se le ha seguido con ambivalencia. Se le ha reconocido su liderazgo, su popularidad, su fuerte respaldo político, pero en esas mismas fortalezas se advertían las amenazas de autoritarismo, populismo y adulteración de las normas democráticas. Las negociaciones de adhesión a la Unión Europea se han ido retrasando y complicando. El apoyo a la integración se ha reducido en el país.
        
UNA PROTESTA INESPERADA

Mira por dónde, una protesta menor, en su origen, ha terminado convirtiéndose en el mayor peligro para su mandato. El episodio no carece de simbolismo. La semana pasada un grupo relativamente pequeño de manifestaron se congregaron en la emblemática Plaza Taksim, de Estambul, para denunciar un proyecto con fuerte hedor especulativo. El gobierno autorizó la eliminación de parte del un parque público en ese enclave de la ciudad para instalar un centro comercial (mall o gran superficie), con forma de antiguo cuartel militar otomano. A esto se unía el proyecto de construcción de una mezquita, para que la zona tuviera, según el propio Erdogan, un aire más familiar (sic). Y es que ese barrio es uno de los estandartes del Estambul más secular. Esos son los dos pilares del poder del primer ministro turco: dinero y religión.
            
Vecinos, ecologistas y jóvenes descontentos se congregaron para rechazar el proyecto y defender la integridad del parque. Las fuerzas del orden actuaron, según numerosos testimonios, con excesiva brutalidad, lo que generó un fuerte malestar en distintas zonas ‘laicas’ de la ciudad. En tan sólo un par de días, la protesta adquirió una dimensión general de rechazo al Gobierno, muy particularmente a Erdogan, y se extendió a otras ciudades del país.
           
El propio jefe del gobierno contribuyó a crispar aún más los ánimos, al descalificar de forma despectiva a los manifestantes y considerarlos poco menos que marginales o títeres de la oposición. Más aún, en esa actitud arrogante que se le imputa desde hace tiempo, se atrevió a desafiar a los descontentos anunciando una movilización que los rebasara en número y contundencia. La protesta se convirtió en cólera. Taksim adquirió aires de Tahrir. Erdogan se encontró con una ‘primavera’ diferida y agria.  A mitad de esta semana ya se cuentan los primeros muertos.
            
En solo una semana, Erdogan ha contribuido a incubar la protesta más peligrosa de sus tres mandatos legislativos, hasta la fecha. El tiempo dirá si incluso a llegado a poner en peligro su proyecto de convertirse el año que viene en Presidente de la República, con muchos más poderes que ahora, tras las reformas legales introducidas merced a su mayoría absoluta. En una maniobra semejante a la de Putin en Rusia, Erdogan ha intentado fortalecerse en el poder y convertirse en la figura política más influyente de la Turquía moderna desde Mustafá Kemal (Ataturk: padre de los turcos).
            
UN LÍDER TODAVÍA FUERTE

No obstante, Erdogan conserva muchas bazas a su favor. En eso coinciden estos días varios medios locales e internacionales. Pese a la propagación, la protesta no ha adquirido una dimensión inquietante. Ni siquiera en Estambul. La ciudad, de catorce millones de habitantes, sigue siendo un feudo del primer ministro, no en vano allí creció como político y allí forjó una red muy poderosa de intereses. En otros lugares de la Turquía profunda, su proyecto de islamización moderada ha calado profundamente. Que la burguesía más moderna, estudiantes e intelectuales, lo ataques es un factor de reacción de los sectores más tradicionales.
           
Otro elemento que podría jugar en favor de Erdogan es la heterogeneidad de la revuelta. En un revelador artículo, el corresponsal de LE MONDE califica de “mosaico” a la fragmentada y escasamente articulada oposición social y política. Alevíes (rama local del chiísmo turco), extrema izquierda, grupos de intelectuales y artistas, centrales sindicales no comparten necesariamente un programa común. Sólo el rechazo a la prepotencia del principal dirigente político del país.

La oposición política es débil y difícilmente podrá capitalizar estos vientos de protesta. Los reveses electorales y los ecos de la corrupción endémica les han impuesto una cuarenta todavía bien vigente. Y, finalmente, los medios están bien controlados por la camarilla gobernante. De hecho, la información mayoritaria de la protesta ha incidido en la cólera de los revoltosos y ha escondido o minimizado la brutalidad policial.

Habrá que esperar a que Erdogan regrese de una gira por el Norte de África para saber si adopta un tono más conciliador, en la línea de lo ensayado por su segundo en el Gobierno, o por el mismo Presidente de la República, Abdullah Güll, un fiel del primer ministro, pero que podría albergar ambiciones propias. Si, por el contrario, decide apretar el cerco de la represión y considera conveniente ahogar la protesta antes de que se haga más fuerte, podría afrontar el desafío más serio de su carrera política.  Es seguro que tampoco el propio Erdogan podría imaginar que anónimos ciudadanos, sin organización ni programa definido, pudiera amenazarlo más que la poderosa coalición kemalista que nunca aceptó de buena gana su fulgurante ascenso político.

OBAMA: ¿EL FINAL DE UNA GUERRA INTERMINABLE?

31 de mayo de 2013
                
Resulta más fácil comenzar una guerra que terminarla, dice el clásico. Porque, lo cierto es que, a lo largo de la historia, en muchas ocasiones se ha necesitado tanto coraje para abatir las armas como para levantarlas. Ése podría ser el caso de la proclamada como 'guerra global contra el terrorismo' que Georges W. Bush lanzó en 2001, tras los ataques de Al Qaeda contra Estados Unidos.
                
El Presidente Obama, que se opuso como senador a algunas de las provisiones legales de esa guerra, terminó reforzándola en ciertos momentos delicados. Ahora, en uno de esos discursos que sientan doctrina en el bagaje presidencial norteamericano, ha dicho que ha llegado la hora de ponerla fin. 'Enough is enough'.
                
Se cuidó mucho Obama de hablar en tono triunfalista. Más bien al contrario, satisfizo cierta sensibilidad progresista al recoger muchas de las críticas que se han hecho en esta década larga a los abusos, opacidades, desviaciones e ilegalidades cometidos en 'combate'.
                
Obama cierra el ciclo de Bush y los neocon no porque "haya llegado el momento"; es decir, porque se haya agotado el sentido que impulsó esa guerra contra un enemigo diferente, esquivo, a veces invisible, móvil, insidioso, cambiante. La amenaza terrorista, tal y como la establece y define el establishment norteamericano -y, en gran medida, el occidental- no ha sido derrotada. Eso le reprochan los conservadores, cuando le dicen que se ha precipitado. Por eso, intentarán mantener activa la burocracia militarista para impedir el final de la guerra.
                
UNA GUERRA QUE FABRICA ENEMIGOS
                
Pero hay algo que avala el 'timing' presidencial. Es hora de poner fin a una doctrina que no derrota terroristas, sino que los fabrica. El núcleo central de esta 'doctrina Obama' tiene relación con la legitimidad de los modos en que el Comandante en Jefe puede asumir su responsabilidad para introducir, conducir, mantener y sacar al país de una guerra. Es un elemento que conecta completamente con la formación del presidente, como experto en derecho constitucional. La 'extensión de poderes' que implica la 'guerra global contra el terrorismo' repelía al profesor que es y seguirá siendo, antes que al Presidente, que dejará 'pronto' de serlo.  Recuperar la diplomacia, arrinconada en los años de Bush, es otro de los objetivos declarados en su discurso por el primer líder mundial. Ardua tarea se antoja.
                
Uno de los aspectos más criticados de estos últimos años ha sido la fijación de 'objetivos' y los procedimientos para eliminarlos. Ha habido a lo largo de este periodo una progresiva perversión en la persecución de los enemigos. Liquidados los principales responsables de las redes 'terroristas', Bush, primero, y Obama, después, se dejaron arrastrar por la tentación de apretar el gatillo cuando le ponían delante de los ojos la diana sobre supuestos enemigos del país, estuvieran donde estuvieran. La tiranía de la tecnología militar ha colocado a los líderes civiles ante difíciles dilemas. ¿Podían dejar escapar a alguien que al día siguiente estuviera en condiciones de matar norteamericanos, militares o civiles?
                
Por extensión, esta 'facilidad' para llegar a los enemigos y eliminarlos incluía a ciudadanos norteamericanos que se habían pasado al 'lado oscuro'; es decir, islamistas con pasaporte estadounidense reclutados por las redes 'binladistas' o 'asimilados', como el clérigo norteamericano de origen yemení, Al Awliki. Que un Presidente pudiera eliminar -matar- a un norteamericano con esa facilidad, sin control, sin garantías, se convirtió en la línea roja, a partir de la cual la 'guerra global' antiterrorista provocó un oleaje imparable en la sociedad civil. Obama, después de un mandato moviéndose en la ambigüedad, aunque sin dejar de apretar el gatillo, ha decidido que esa práctica -y su correspondiente justificación- deben cesar.
                
DRONES: NUEVAS REGLAS, MISMO MÚSCULO
                
Otro elemento de consideración ha sido el tratamiento de los 'drones', el instrumento que ha hecho posible la continuidad de la guerra sin arriesgar demasiadas vidas de los nuevos 'guerreros' norteamericanos. Estos sofisticados aviones, joya de los arsenales modernos, pieza codiciada de los ejércitos de todo el mundo, han sido objeto de numerosas polémicas, que definen bandos muy enfrentados. Obama se ha decidido por fin a controlar o encuadrar su uso, fijar normas "más estrictas" frente a la 'barra libre' de los últimos años. El Presidente, con el apoyo de muchos expertos, sostiene que estos aviones sin piloto 'in situ' son más precisos que cualquier otro sistema de eliminación de enemigos, aunque admite lamentables errores que hay que corregir. Otros estudios solventes indican que la supuesta efectividad, limpieza y precisión de los 'drones' es pura propaganda.
                
En todo caso, los 'drones' seguirán siendo la estrella del reparto. Pero serán los militares quienes lo utilicen de forma masiva. La CIA vuelve a sus cuarteles clásicos, tras más de diez años de militarización de los servicios de inteligencia. Ya se aventura un cierto 'remake' de 'guerra fría',  con la Rusin de Putin y una China en expansión como enemigos señalados.
                
LA HERIDA DE GUANTÁNAMO
                
También se permite el Presidente una rectificación, casi obligada, en el asunto de Guantánamo. Estamos aquí ante una de las promesas incumplidas más clamorosas de su primer mandato. Más escandalosa  por la vehemencia con la que el entonces candidato, en 2008, anunció su desaparición si llegaba a la Casa Blanca. Ahora, Obama se enfrenta a una huelga de hambre masiva en esa cárcel ilegal e ignominiosa. Aunque a la mayoría del electorado esta espina les escueza poco, lo cierto es que la conciencia liberal, y legal, del presidente quedó seriamente comprometida. Los asesores del Presidente han venido diciendo que las torturas y otras prácticas ilegales de la administración Bush hacían pesar serios riesgos sobre el procesamiento judicial ordinario de muchos de los sospechosos internados en Guantánamo, con la indeseable consecuencia de una eventual libertad por anulación de cargos.  Los que defienden a Obama tienden a responsabilizar al Congreso dominado por los republicanos del bloqueo de la situación. Ahora, el Presidente parece dispuesto a dar un paso adelante y cerrar también este capítulo negro de la 'guerra contra el terrorismo'
               
En todo caso, como era de esperar, Obama ha cosechado poco respaldo a derecha e izquierda del espectro político. Lo que es excesivo para unos se convierte en escaso para otros. El Presidente puede afianzarse en ese gravitante e impreciso centro que supone oscilar entre unas demandas sin otras, sin comprometerse a fondo con un desplazamiento excesivo que le cierre los caminos de vuelta. Lo ha hecho con la economía y ahora parece dispuesto a hacerlo con el recurrente binomio seguridad/libertad.  De nuevo, por mucho que lo criticara en su momento, Barak Obama se parece cada vez más a Bill Clinton. más a Bill Clinton. 

PAKISTÁN: TERCER ACTO PARA SHARIF


23 de Mayo de 2013
        
Para muchos, no es el político más carismático de Pakistán, pero sí el más astuto. Nawaz Sharif gobernará su país por tercera vez, tras una convincente victoria electoral. No tendrá mayoría absoluta, pero sí un margen suficiente para compensar sus frustrados periodos anteriores. A comienzo y finales de los noventa, la turbulencia política y el intervencionismo militar abortaron sus mandatos. Ahora, la democracia pakistaní parece más estable, aunque no tanto como parece indicar que, por primera vez en la historia nacional, un mandato político concluye con unas elecciones y no con un golpe militar directo o indirecto.
                 
Pakistán es un país clave para Estados Unidos y, por extensión, para sus aliados occidentales. Sin Pakistán resulta imposible estabilizar Afganistán y privar al sector más peligroso del radicalismo islamista de su principal bastión. Pero, por eso mismo, el país anida grandes amenazas. La porosa frontera afgano-pakistaní, ese pequeño mundo tribal pastún, es un polvorín. La lucha contra los `talibanes’ afganos ha generado el crecimiento, desarrollo y fortalecimiento de los correligionarios locales, menos poderosos aparentemente, pero un desafío al gobierno por sus ambivalentes relaciones con las omnipresentes fuerzas armadas pakistaníes.

UNAS CREDENCIALES TURBULENTAS

Sharif es, históricamente, un enemigo de los militares. Él mismo ha cultivado esa imagen, por rigor histórico, pero también por interesado cálculo político. En 1999, el entonces jefe del Ejército, el general Musharraf, lo desalojó del poder, esgrimiendo razones de interés nacional. Como le ha ocurrido a cualquier gran dirigente político pakistaní, las imputaciones de corrupción y abuso de poder sirvieron de argumento y excusa para desprestigiarlo y privarlo de legitimidad. No menos importantes fueron las acusaciones de debilidad frente a las pretensiones indias. Acusación curiosa ésta, ya que fue precisamente bajo el primer mandato de Sharif cuando Pakistán se convirtió en potencia nuclear, para contrarrestar la entonces superioridad de la India en este campo.

Sharif encontró refugio en Arabia Saudí, donde no dejó desde el primer momento de preparar su regreso político. Dejó a sus fieles en su feudo del Punjab, la principal y más rica provincia del país, consolidó su imperio industrial familiar en el sector del acero y forjó una alternativa de islamismo conservador pero colaborador con Estados Unidos. Sharif vivió el 11 de septiembre y sus consecuencias para la zona con la ventaja de no tener que soportar la usura de un poder muy limitado.

En estos años, el líder de la Liga Musulmana ha hecho todo lo posible para debilitar al clan Bhutto, sus grandes enemigos históricos. Las nacionalizaciones de Zulfikar Alí Bhutto, el padre de la dinastía, supusieron la quiebra del padre de Sharif. hombre fuerte de la época, el general Zia Ul Haq, un musulmán devoto, derrocó y ahorcó a Bhutto. Bajo su férreo control, Sharif forjó su carrera política y llegó por primera vez a la jefatura del gobierno a comienzos de los noventa, desde donde ejercería su vendeta contra Benazir, la heredera del clan.

Años después, desde el exilio saudí, Sharif contempló seguramente con cierta complacencia la desaparición física de la carismática rival, víctima de un atentado todavía no esclarecido. Su triunfo póstumo elevó al poder a su viudo, Alí Zardari, perseguido por un aura de corrupción nunca blanqueada. Contra todo pronóstico, Zardari ha resistido la animadversión militar y la desconfianza de Estados Unidos, en el periodo de mayores amenazas de la moderna historia pakistaní, y ha cumplido su ciclo con normalidad institucional.
                
No obstante, el PPP se ha desfondado y tardará en recuperarse. Pero aún, el clan Bhutto se ha dejado su identidad en estos años. Zardari ha construido su propia base de poder, frente a los viejos compañeros de Benazir, con el desplazamiento incluso de su propio hijo, llamado a continuar la dinastía. En una muestra solemne de falsa de entusiasmo, Bilawal ha hecho campaña a ocho mil kilómetros de distancia, desde su ‘exilio’ voluntario en Londres. Aunque sólo tiene 24 años, quizás nunca se interese de verdad por continuar la saga familiar, según ha podido detectar Frederic Bobin, el corresponsal de LE MONDE.
              
También parece neutralizado el ‘outsider’ de estas elecciones, Imran Khan, antiguo jugador de cricket. Su celebridad y su discurso anticorrupción le llegaron a atribuir la capacidad de quebrar ese bipartidismo político tradicional. No ha sido así. Sus 28 diputados no constituyen un factor de oposición serio para Sharif.
              
AMIGO DE ESTADOS UNIDOS, CON MATICES
            
De Sharif se espera un mandato moderado. La supuesta hostilidad que le reservan los militares parece aminorada. El propio interesado se ha encargado de matizar en la campaña que sus problemas eran con el general Musharraf, quien por cierto, desde su regreso al país, se enfrenta a la amenaza de la pena de muerte. Sharif ha insistido en mensajes conciliatorios, aunque la tensión puede reanudarse en cuanto se pongan en evidencia discrepancias serias.
                 
Una de ellas puede ser la forma en que el futuro primer ministro conduzca las relaciones con los sectores más radicales del mundo político-religioso. Sharif se ha mostrado partidario de negociar con los `talibanes’. No se trata de una cuestión de principios, ya que los propios militares han jugado a dos barajas con los radicales, a través de las oscuras maniobras de infiltración y manipulación del poderoso servicio de inteligencia, el ISI. Pero hay un cierto resquemor militar por las concesiones o los términos de un ‘armisticio’ de Sharif con los militares. En realidad, sería la pérdida de control de ese pacto lo que motivaría la inquietud de los generales.

La casta armada pakistaní ha querido conservar a los `talibanes’ como elemento de presión, con la vista puesta en la neutralización de la India. Todas las estrategias del estamento militar pakistaní están dominadas por el empeño de controlar al poderoso vecino, y el acercamiento entre Estados Unidos y la India en las últimas dos décadas no ha hecho sino reforzar esa obsesión. Que Sharif quiera ahora avanzar en una política de entendimiento con el vecino rival y haya prometido que los extremistas no gozarán de impunidad para atacar territorio indio acrecienta la desconfianza militar.

También se seguirán con lupa las relaciones con Estados Unidos. Los militares pakistaníes han  jugado al caliente y al frío con Washington, tanto en la gestión del dossier afgano, como en el control de los elementos radicales internos. Sharif debe entenderse con Estados Unidos, pero no sin obtener un precio razonable por su colaboración y lealtad, según estiman los analistas del NEW YORK TIMES. Su estancia en Arabia Saudí le ha proporcionado una experiencia muy interesante de cómo obtener réditos políticos en Washington. Sharif ya ha dicho que quiere acabar con la práctica de los ‘drones’, como arma preferente de persecución y aniquilamiento de radicales a uno y otro lado de la frontera afgano-pakistaní.
                
 Los desafíos exteriores y de seguridad pueden resultar de menor envergadura en comparación con el reto de la prosperidad del país. Aunque el país mantiene una tasa de crecimiento cercana al 4%, lo cierto es que Pakistán vive en debilidad estructural insoportable. La deuda supera el 60% del PIB y las reservas en divisas apenas dan para un mes y medio de importaciones. El sistema eléctrico del país se encuentra al borde del colapso.

Se espera de Sharif un programa liberal, como corresponde a su trayectoria empresarial. Los medios de negocios extranjeros lo reciben con entusiasmo, pero sectores críticos citados por el analista local Ali Shah para FOREIGN AFFAIRS temen que los principales beneficiarios de esta política sean sus aliados económicos del Punjab. Las contrapartidas sociales de una interesada liberalización pueden ser muy gravosas. La pobreza puede resultar un factor enorme de inestabilidad social. 
               
En definitiva, el tercer mandato de Sharif al frente de Pakistán no está carente de oportunidades pero presenta riesgos de enorme envergadura.

               
               

BANGLA DESH: LA SUCIEDAD QUE LLEVAMOS PUESTA

16 de mayo de 2013

Se han necesitado más de mil muertos y una alerta mediática concentrada para que se adopten medidas contra la 'esclavitud del textil' en Bangla Desh. Los gigantes de la confección y la distribución que deslocalizan su producción en aquel rincón del mundo sin derechos y con  leyes moldeables y autoridades corrompibles se han dado un lavado de conciencia y han acordado la adopción de una serie de medidas ligeramente más protectoras de la mano de obra. No demos por garantizada que se cumplan. Ni siquiera que entren en vigor.
                
Al comprador de ropa occidental no le puede chocar que encuentre qué ponerse por un precio comparativamente razonable con respecto a otros objetos de consumo. Es un lugar común atribuir 'a los chinos' la confección de bajo precio y dudosa calidad, aunque no siempre nos molestemos en comprobarlo. Pero cuando adquirimos eso que se llama "ropa de marca" hay quien se convence de que, se fabriquen donde se fabriquen, esos productos están sometidos a ciertas normas. Lo único que se acepta con resignado interés es que los manufactureros deben percibir salarios bajos que aqui. Cuando 'aqui' se hacía ropa, claro.
                
La tragedia ocurrida el 24 de abril en Rana Plaza, una macrofábrica de Dacca, la capital, ha puesto en evidencia la desinformación sobre lo que llevamos encima. Lo que nos cubre o nos abriga huele a podrido y mancha, aunque no percibamos el olor y la suciedad que desprende.
                
Un incendio pavoroso destruyó la fábrica textil. El derrumbamiento de la defectuosa instalación sepultó a miles de trabajadores. Más de mil cien perecieron o desaparecieron sin esperanza. A medida que se recuperaban los cadáveres iban filtrandose los datos que reflejaban una situación a todas luces criminal: la falta de controles, de medidas de seguridad, de garantías elementales. Pero también otras condiciones menos inmediatas del trabajo.
                
Bangla Desh es el gran telar del mundo. La consultora MacKinsey, una de esas empresas que se dedican a señalar el terreno del negocio a las empresas ávidas de extender los márgenes de beneficio, animaba recientemente a seguir localizando la producción textil en aquel país al menos durante los próximos años: estimaba que la producción podía duplicarse en apenas dos años más y triplicarse en los cinco siguientes. La ropa confeccionada ya representa más del 80 por ciento de las exportaciones nacionales. Es decir, que 'el país vive de eso'. En realidad, sus habitantes están encadenados a esa 'prosperidad'. Cada día es más competitivo. Lo que quiere decir que los productores viven comparativamente peor.
                 
Hasta hace sólo unos años, Bangla Desh era un rincón de miseria azotado por los ciclones y resignado a mortandades pavorosas. La evolución de la economía mundo produjo ciertas condiciones que favorecieron la emergencia manufacturera del país. Los salarios se elevaron en China como consecuencia del desarrollo industrial. El retraso de Bangla Desh se convirtió en su principal atractivo. Cuatro millones de brazos disponibles y una cultura de sumisión casi absoluta se conjugaron para suministrar a las grandes marcas de la confección 'lo necesario' para seguir compitiendo salvajemente por un consumo bajo la amenaza de la crisis.
                
En los telares de Bangla Desh no hay derecho de sindicación. Los intentos de organizar a los trabajadores se castigan con la persecución, el despido y peligros aún peores. Las presiones de la producción obligaron, sin embargo, a elevar los salarios un 30% hace apenas tres años. Aparentemente, una mejora notable. Otra percepción equivocada. Después de la subida, un trabajador medio no gana más de 25 o 30 euros al mes. Una miseria maquillada. Enumerar el resto de las condiciones laborales equivale a desgranar un catálogo de horrores. El flamante Papa Francisco ha calificado la situación de los trabajadorex textiles bengalíes de "exclavitud". No es una figura retórica ni piadosa.
                
Bangla Desh vive una lógica perversa, conocida en el sector como el momento 'tee-shirt' o 'momento camiseta'. Significa esto que se encuentra atrapado en una fase de  acumulación de excedentes de los grandes imperios de la confección. La dependencia es máxima porque el país no dispone aún de los medios para dar el salto a otra fase del desarrollo industrial y económico. No dispone de alternativas para mantener su fuerza de trabajo activa. Otros países vivieron esa fase productiva antes; los más recientes, vecinos asiáticos como Vietnam, Camboya, ciertas regiones de la India o Sri Lanka. Los antecedentes del Reino Unido o la Norteamerica sureña constituyen una recreación literaria o cinematográfica.
                
La tragedia no es casual, no es fruto de una negligencia puntual, de un fallo humano, ni siquiera de una cadena de errores. Es una característica estructural, como nos recuerdan estos días algunas organizaciones como CLEAN CLOTHES. En Bangla Desh consitituyen una condición necesaria de la competencia, del 'exito del país-factoria'. En los últimos veinticinco años se han ido acumulando muertos más o menos silenciosos. El estruendo del 24 de abril no ha podido taparse bajo el manto de esa engañosa 'prosperidad'. Un viento de cólera ha recorrido el país y ha agitado la preocupación de los 'clientes' mayores.
                
En la actualidad, como revelaba un diario local estos días, sólo hay 51 inspectores para vigilar 200.000 factorías mientras otros tantos puestos juzgados imprescindibles estan vacantes. Conscientes de que, evocando a Lampedusa, algo hay que hacer para no poner en peligro lo fundamental, gigantes europeos como la sueca H&M (primera productora en el país), las españolas Inditex (Zara) y El Corte Inglés, las británicas Mark&Spencer, Primark y Tesco, la holandesa C&A o la italiana Benetton se han avenido a suscribir un acuerdo que mejore la seguridad de las instalaciones fabriles, promovido por los sindicatos. Con una pose no exenta de hipocresía, estas grandes firmas proclaman ahora que aceptarán el "examen completro y riguroso" de "inspectores indepedientes" para acreditar el cumplimiento de las normas y reglamentos en materia de salubridad y seguridad de las plantas.
                
La mayoría de las competidoras norteamericanas, algunas tan señaladas como WalMart o Gap se han mantenido de momento al márgen con esquinados argumentos legales (Si ha consentido a firmar, en cambio, PVH, la matriz de Calvin Klein y Tommy Hilfiger). En sus comunicados mediáticos, esas firmas multinacionales tienden a responsabilizar a las autoridades locales y a las empresas subsidiarias, como si ellas fueran concurrentes pasivas de la situación.
                
Veremos donde quedan esas buenas intenciones forzadas por la presión del momento. Uno de los principales asesores del gobierno comentó escandalizado ante los reclamos laborales y sindicales que sería suicida matar a la "gallina de los huevos de oro". La frase no es una muestra de insensibilidad.
                
Es un reflejo fiel de la realidad parcial de la economía local. En este lado del proceso mercantil, el desagrado o la mala conciencia que provocan tragedias de este tipo soportan fechas de caducidad muy cercanas. Por otro lado, la tentación del boicot tiene las alas cortas. Y, más significativamente aún, como advertía estos días una bloguera en THE GUARDIAN, muy activa en asuntos de deslocalización  y explotación, el castigo a estas empresas cómplices se ejercerá en primer término sobre los 'esclavos de Bangla Desh'. No dejaremos de comprar ropa en nuestras tiendas de moda. Por mucho que manche o apeste.