ESCOCIA: LA PERSPECTIVA DE UNA MAYOR AUTONOMÍA DESCARTA LA INDEPENDENCIA


19 de Septiembre de 2014
                
Escocia seguirá siendo parte integrante del Reino Unido de Gran Bretaña. Una mayoría algo más amplia de lo que auguraban las últimas encuestas (55%) ha dicho "no" a la propuesta independentista. La diferencia entre las dos opciones ha sido de casi cuatrocientos mil votos. La participación ha sido masiva, en torno al  84%. Reacción significativa: la libra ha marcado un récord de dos años con respecto al euro.
                
La clave del triunfo 'unionista' ha podido residir en la percepción de que el auge independentista innegable en los últimos meses obligará a Londres a conceder una mayor autonomía a Escocia, como esta misma semana habían prometido (sin precisiones) los líderes de los tres principales partidos británicos. De esta forma, muchos indecisos durante la campaña,  pero seguramente también parte de los simpatizantes de la independencia, se habrían finalmente convencido de que se podrían conseguir los objetivos de autogobierno sin los riesgos que entrañaba una separación.
                
El primer ministro escocés, Alex Salmond, después de admitir y aceptar elegantemente la derrota, ha instado a los dirigentes británicos a cumplir sus promesas de ampliar la autonomía escocesa.
                
En su declaración institucional, el primer ministro británico, David Cameron, se ha felicitado por el mantenimiento de la unidad del país y ha renovado su promesa de ampliar los poderes autónomos de Escocia. Más aún, ha apuntado, sin mayores detalles, un compromiso más amplio de descentralización en todo el territorio británico, que podría otorgar más competencias a los órganos regionales y locales.
                
Cameron ha confirmado también el calendario avanzado por los tres principales partidos durante la campaña. En el plazo de un mes (finales de octubre) se presentarán las propuestas de ampliación de la autonomía escocesa; en noviembre se publicará un "libro blanco" con el nuevo diseño autonómico;   y a finales de enero podría votarse en los Comunes una nueva ley de devolución para Escocia (o Estatuto de Autonomía, para entendernos).
                
Las propuestas manejadas en campaña por los dirigentes británicos contemplan mayores competencias fiscales del gobierno escocés y un reconocimiento explícito de los poderes constitucionales del Parlamento regional. Está por ver si los tres grandes partidos -conservador, laborista y liberal- son capaces de ultimar una propuesta unitaria, una vez conseguido el objetivo común de frenar el impulso independentista. En todo caso, sería muy arriesgado que la coalición gobernante de centro-derecha impusiera una posición muy restrictiva del autogobierno escocés
                
Los independentistas escoceses tampoco pueden mostrarse ahora demasiado intransigentes. No ocultan ahora su decepción, aunque antes de abrirse los colegios electorales ya cobraba fuerza la percepción del triunfo unionista, después de una semana de sondeos muy ajustados. Salmond ha hecho virtud de la necesidad al insistir en la fortaleza del sentimiento independentista pero sin cuestionar la victoria de sus adversarios.  Su segunda en el gobierno regional, Nicola Sturgeon, se ha declarado "personal y políticamente" decepcionada por el resultado.
                
Este guiño emocional es consistente con el clima político que se ha vivido Escocia, y en particular en el campo independentista, durante la campaña. Las persistentes incógnitas nunca resueltas sobre los principales factores de una Escocia independiente (mantenimiento de la libra como moneda nacional,  disponibilidad real del petróleo como sustento de un ambicioso programa de servicios sociales, gestión de bancos, fondos de inversión, pensiones o mercado energético, pertenencia a la Unión Europea, compromisos con la defensa occidental, etc.) eran a menudos contrarrestadas no sólo con argumentos más o menos racionales, sino también con la invocación de sobreponerse a todas las dificultades.
                
Finalmente, este impulso de la dignidad o el orgullo nacionales no ha sido suficiente para lograr el "triunfo de la voluntad". Escocia no será de momento un país independiente. Pero quizás se le parezca mucho más de los que sus partidarios pueden ahora advertir.

                                

ESCOCIA: INCÓGNITAS Y PARADOJAS EN TORNO A LA INDEPENDENCIA.

17 de Septiembre de 2014               
                
Ante el referéndum escocés de mañana, éstas serían las incógnitas mayores en torno a una decisión que inquieta sobremanera a propios, pero también a ajenos, como se detecta fácilmente por estos pagos.

¿Cuándo tendría la independencia de Escocia efectos prácticos? ¿Estará en condiciones de actuar con plena soberanía? ¿Será reconocida por los países que son ahora principales socios y aliados del estado matriz? ¿Tendrán los escoceses el derecho a mantener el pasaporte británico al separarse de la unión política? ¿Quién controlaría las fronteras? ¿Qué obediencia y/o colaboración cabría esperar de los aparatos del Estado británico en la fase inaugural de la independencia e incluso posteriormente? ¿Qué moneda manejarían los escoceses mientras se confirmaran las intenciones de Londres de privarle del disfrute del uso legal de la libra? ¿Seguiría siendo el nuevo país un país protegido por la Alianza Atlántica o pasará automáticamente a un estatus provisional de neutralidad?
                
Alguna de estas incógnitas no han podido resolverse durante la campaña. Es más, el debate ha hecho aflorar más dudas e incluso contradicciones en cualquiera de los dos campos en disputa.
                
¿Es posible una Escocia independiente dentro de la Unión Europea?
                
Cameron lo ha negado y, con menor vehemencia, le han secundado los líderes laborista y liberal. José Manuel Durao Barroso se implicó en el debate previo poniendo el énfasis en las dificultades de atender la reivindicación independentista escocesa de formar parte de la Unión. Barroso descartó que una región escindida proclamada independiente heredera la condición de miembro de que goza el país unitario al que pertenecía previamente. Por tanto, según esta interpretación del político portugués, el contador de una Escocia aspirante a formar parte de la UE se pondría a cero.
                
En esta cuestión se entremezclan cuestiones jurídicas y políticas. Éstas últimas no son consistentes para negar la aspiración escocesa. Ni el tamaño, ni la dimensión económica, ni mucho menos el bagaje democrático del nuevo país, supondrían un obstáculo. Resulta cuando menos hipócrita que se proteja un Estado unitario en Gran Bretaña frente a una iniciativa independentista cuando, en su día, se alentó políticamente a las repúblicas separatistas de la (en mala hora) desaparecida Yugoslavia a buscar su horizonte político en el seno de una Unión sin límites estrictos de crecimiento.

¿Será viable económicamente una Escocia independiente?
                
Éste ha sido el elemento, en negativo, por el que más han apostado los adversarios de la separación. Los análisis técnicos, más o menos objetivos pero en todo caso racionales o fríos, empleados en los orígenes de la campaña, fueron desbordados y reemplazados por los más catastrofistas, a medida que las encuestas respaldaban un posible triunfo del “Si”.

La apelación al 'voto del miedo', la presentación de un horizonte tenebroso de hundimiento económico, incremento del desempleo e inseguridad jurídica ha ido haciéndose cada vez más habitual y sonoro en la intervención de los unionistas y en los medios afines. El críptico comentario de la propia Reina Isabel, apelando al “cuidado” en la opción de voto, pareció en sintonía con esa estrategia de provocar inquietud y acentuar la incertidumbre.  

Por el contrario, los partidarios de la secesión también han cargado las tintas, pero en su caso en los argumentos positivos sobre el futuro económico de un país independiente. Las referencias al mantenimiento, cuando no al reforzamiento, del ‘welfare state’ (Estado del bienestar) o a políticas activas de fomento y estímulo del empleo, suenan más a promesas que a propuestas contrastadas. El recurso económico y financiero que aportaría el petróleo del Mar del Norte ha sido discutido, ya que se cuestiona la amplitud de los yacimientos  presentada por los independentistas, cuando no la capacidad tecnológica del nuevo país para asegurar su extracción a corto plazo.
                
¿Qué divisa tendrá la nueva Escocia segregada del Reino Unido?

El primer ministro británico, David Cameron, aseguró que el triunfo separatista en el referéndum dejaría a la nueva Escocia sin la libra, por voluntad de los partidos mayoritarios británicos y de los ciudadanos que así se habrían manifestado, según las encuestas realizadas durante la campaña.  
                
No obstante, la decisión británica de privar a los escoceses de la libra puede ser más fácil de anunciar que de ejecutar. Como dice el profesor Blyth, de la Universidad de Brown, para prevenir esa “unión monetaria” entre el Reino Unido y la nueva Escocia, el Banco de Inglaterra debería retirar de la circulación billetes y monedas, y esa es “una cuestión que sigue abierta”.

Por otro lado, el deseo de los independentistas escoceses de compartir la divisa pero no el país plantea problemas paradójicos para quienes defienden la escisión como un derecho de soberanía. El economista Paul Krugman, que comparte la orientación ideológica social-demócrata de los nacionalistas, ya ha advertido que tal opción les privaría de voz sobre la política monetaria y ni siquiera podrían acudir al Banco de Inglaterra como “prestamista de último recurso”, ya que se trataría de un banco central extranjero. “Compartir la moneda sin compartir el gobierno resulta extremadamente arriesgado”, ha dicho el economista de Princeton.
La paradoja estriba en que los inacionaistas escoceses, mucho más europeístas que los conservadores e incluso que muchos de los laboristas, optan por la libra antes que por el euro, cuando, en el remoto caso de que se les aceptara compartirla, tendrían nula capacidad de influencia en su gestión.

¿Está bien fundamentada ética y políticamente la escisión por el procedimiento escogido para decidirla?
                               
Durante la campaña los unionistas han planteado dos objeciones básicas. La primera es que no es posible partir un país dejando a la mayoría de él sin capacidad para expresar su opinión. El derecho de los escoceses a decidir si crear o no un nuevo país independiente no puede anular el derecho de los británicos a dejarse amputar una parte del suyo. Por no hablar de los escoceses residentes fuera de Escocia. La segunda réplica es alternativa a la primera: aún admitiendo que la cuestión se dirima sólo en Escocia, no es aceptable que el margen de decisión se establezca con una mayoría simple. Que menos que una mayoría cualificada, por ejemplo de dos tercios, como ocurre en numerosos países europeos cuando se plantean cambios constitucionales de este alcance. Un articulista escocés residente fuera de su patria chica ha calificado esta situación de “tragedia moral”. En un espíritu menos intelectual o elevado, es previsible que este reproche agriaría sobremanera las relaciones entre el Reino Unido y ese país emergido de su seno.
                
¿Qué efecto puede tener la secesión de Escocia para el futuro de las relaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea?
                
Es de temer que las tendencias eurofóbicas se refuercen y terminan de colonizar sectores cada vez más numerosos e influyentes del Partido Conservador, de las instituciones más tradicionales e incluso de amplias masas de población débilmente perfiladas políticamente pero apasionadamente desconfiadas con influencias y condicionantes procedentes del exterior. No sería de extrañar el crecimiento del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido) e incluso la desafección de sectores del electorado laborista, “dolidos” por lo que pueden entender como traición de sus conciudadanos independentistas escoceses, de quien tan cerca están objetivamente en el espectro político británico.
                
¿Qué consecuencias políticas internas británicas puede comportar la separación de Escocia?
                
Se trata de un asunto del que se ha hablado menos, aunque no por ello sea de inferior importancia. La dirección del Partido Laborista se han sumado al campo de “no”, según declaración propia, por coherencia con el proyecto político británico conjunto y por fidelidad al deseo de sus propias bases. Existen, quizás, otras razones menos admisibles públicamente. El laborismo es, de los tres grandes partidos con opción de gobierno en Westminster, el que más votos obtiene del caladero escocés (casi una sexta parte de sus diputados en el Parlamento estatal). Perder Escocia puede significar perder, por mucho tiempo, la posibilidad de recuperar el gobierno en Londres.

Por el contrario, los ‘tories’ apenas dispone de un escaño obtenido en Escocia. La segregación puede ser muy negativa por factores bien conocidos, pero, otra paradoja más, reforzaría su hegemonía política en el país que permanece unido.

Otros analistas matizan, sin embargo, que esta indiscutible repercusión de la secesión escocesa en un escenario político más favorable a los conservadores  puede agudizar otras contradicciones menos visibles en el Reino Unido. Las regiones septentrionales del país (las Middlands y otras) se sienten perjudicadas por la conducción económica y política, aunque no alberguen tentaciones separatistas ni mucho menos. En estas regiones, la percepción de la situación socio-económica es mucho más negativa que en buena parte de Londres o en las zonas ubicadas al sureste de la capital del reino. Es en ellas donde se cosechan los efectos más favorables de la imposición del modelo neoliberal en los ochenta. La percepción de una escisión social será mucho más acentuada al separarse Escocia del país. El “adversario” interno se habría esfumado y se haría más patente en el debate político esta fractura Norte-Sur, lo que perjudicaría, sin duda, a los conservadores.
                
Para un comentario ulterior queda otra incógnita no menor: ¿cómo alentaría un triunfo independentista a procesos similares en otros lugares de la Europa comunitaria (Flandes, Padania, Tirol meridional, Cataluña, País Vasco, etc.)? 


OBAMA Y LA AMENAZA FANTASMA

11 de Septiembre de 2014
                
El Presidente Obama ha confirmado este miércoles la adopción de una "estrategia antiterrorista global y sostenida", basada en una "campaña sistemática de bombardeos aéreos" en Irak y Siria, con el "claro objetivo" de "debilitar y finalmente destruir" al Estado Islámico. Parece confirmarse, por tanto, una cierta rectificación de la Casa Blanca, aunque no tan radical como preconizan los partidarios de una respuesta militar contundente a la supuesta amenaza terrorista.
                
EL RESISTIBLE ASCENSO DEL 'ESTADO ISLÁMICO'
                
Hay un cierto aire de exageración en la presentación del peligro 'yihadista'. Ya ocurrió con Al Qaeda, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. Pero se repite ahora con el Estado Islámico, convertido por numerosos dirigentes, expertos, académicos y medios nada menos que en una "amenaza para los intereses vitales de Occidente".
                
No parece haber demasiados motivos para creer tal cosa. Ni siquiera están justificados los temores de una desestabilización regional. Tampoco resulta  razonable que la seguridad de los ciudadanos norteamericanos o europeos esté más comprometida por las victorias ocasionales, parciales y temporales de estos  nuevos 'caballeros negros' del extremismo islámico en remotas y aisladas regiones de Irak y Siria.
                
¿A qué viene entonces esta alarma, esta escalada militar?
                
Ciertamente, esta organización surgida de sucesivas discrepancias y escisiones en el movimiento islámico extremista se ha consolidado como heredera indiscutible de la debilitada Al Qaeda. Después de completar el control de un tercio de Siria, aprovechando la división, debilidad y desorganización de la oposición armada  y las limitaciones de resistencia y contraofensiva del régimen alauí, el EI se sintió fuerte para consolidar sus bastiones en el oeste y centro de Irak y, este verano, conquistar Mosul un núcleo petrolero clave. La subsiguiente proclamación del 'Califato' no pasó de ser una operación más o menos eficaz de propaganda.
                
Estas victorias desencadenaron un cierto pánico, justificado hasta cierto punto en las élites iraquíes, entre otras cosas por su incapacidad para afrontar un enemigo claramente inferior, se diga lo que se diga, en efectivos, recursos y apoyos. Pero resulta difícil aceptar, con un mínimo de espíritu crítico, que varios millares de fanáticos representen un peligro para la seguridad occidental.  
                
Un elemento que ha podido pesar considerablemente en la sobrevaloración de la amenaza es la sensación de fracaso, desorden e inestabilidad en Oriente Medio. Se trata de una impresión abonada por el temor de algunas potencias locales a que se resquebraje la complicidad occidental en el status quo. Las revoluciones de 2011, la perspectiva de un acuerdo sobre el programa nuclear iraní y la degradación del apoyo occidental a Israel han socavado muchas certidumbres.
                
A esto se ha añadido, estas últimas semanas, el efecto causado por la exhibición de crueldad que ha supuesto la decapitación filmada de dos periodistas estadounidenses. Según los sondeos, el factor emocional ha movilizado el apoyo de la ciudadanía/electorado estadounidense a una respuesta militar más contundente.
               
                
EL 'GUERRERO RETICENTE' CEDE
                
Era cuestión de tiempo que Obama renunciara a su prudente política de contención para embarcarse en una estrategia ofensiva aparentemente más ambiciosa. Desde círculos políticos, académicos y mediáticos se ha orquestado una campaña de desgaste y desprestigio de Obama, presentándolo como un Presidente indeciso, acomodado, confuso y desnortado en política exterior, y en particular en la convulsa región de Oriente Medio. No es extraña la coincidencia, si tenemos en cuenta que los influyentes 'lobbies' judío y saudí han cosechado efectos muy apreciables en el propicio 'establishment' norteamericano.
                
Estos días, algunos analistas incluso se han entretenido con los términos empleados por Obama para escudriñar sus verdaderas intenciones hacia los 'yihadistas'. Han advertido que no es lo mismo "destruirlos", como dijo en Gales, que "derrotarlos", expresión utilizada en su entrevista televisada del domingo pasado.  Anoche, Obama recuperó el objetivo de la destrucción, quizás para no seguir abonando esa sensación de indecisión o debilidad que a sus adversarios les gusta explotar.
                
Lo más doloroso para Obama han sido las críticas desde su propio campo, incluso de los otrora colaboradores más cercanos, que han venido a cargar de munición las armas de sus rivales. El caso más sangrante ha sido la candidata demócrata 'in pectore' a las presidenciales de 2016. Hillary Clinton ha contribuido a minar la credibilidad del Presidente, bien por convicción, bien por puro cálculo de conveniencia (apartarse de una gestión quemada para mejorar sus expectativas electorales). O por una combinación de ambas motivaciones.
                
Naturalmente, Obama ha cometido errores, entre ellos su actitud vacilante (en Irak, ante un gobierno desacreditado), sus inconsecuencias (como la famosa 'línea roja' en Siria) y cierta impresión de incomodidad e impaciencia ante la complejidad de las crisis exteriores. Después de todo, su proyecto político estaba enfocado a mejorar la vida del norteamericano medio y no a lo que él consideraba como una sobreactuación en la escena internacional.
                
El caso es que Obama ha terminado por dar un paso, extender la zona de bombardeos en Irak y, sobre todo, llevarlos también a Siria, pero sin comprometer efectivos de tierra, más allá de reducidos y selectos grupos de apoyo e inteligencia. Para los entusiastas de la afirmación del poder global, es necesaria una guerra más estruendosa, de las que hacen ondear banderas, acaparar titulares y alimentar programación televisiva en continuo. Por el contrario, los que consideran que con más bombas, misiles y 'drones' sin duda se aniquilará a los yihadistas pero también se fortalecerá a los regímenes corruptos de la región, estamos ante una desviación inoportuna de energía política y de recursos que el país necesita para otras necesidades.
                
Por lo general, el 'partido bélico', pide guerra a conciencia, sin timidez ni limitaciones, sin repliegues antes de tiempo u operaciones compensatorias de sustitución. Que no exista otro Tora Bora, que no se permitan escondrijos ni santuarios. Y, puesto que no se pondrán "botas sobre el terreno" (fuerzas de tierra), que no haya complejos en la selección de los que deben hacer el trabajo sucio, la lucha cuerpo a cuerpo. Que, para eliminar a los fanáticos del 'Califato' no haya repugnancia en acudir a tipos casi tan sectarios como ellos.

                
En definitiva, parece que poco a poco se impone una variante de la vieja estrategia que ha fracasado siempre. Salvo, claro está, para las grandes corporaciones industriales-militares, los estados cómplices (las monarquías petroleras autoritarias) y el siempre superviviente aliado israelí. No parece que Obama, resistente a entrar en este juego hasta ahora, esté en condiciones de evitarlo por más tiempo. Su presidencia ya está cuestionada, sea cual sea el resultado de su guerra contra esta amenaza fantasma. Si pierde, porque se consagrará su fracaso como líder del mundo. Si gana, porque habrá decepcionado a quienes esperaban un cambio más claro de enfoque, objetivos y prioridades.

UCRANIA: EL PULSO TÁCTICO ENTRE LA OTAN Y RUSIA

5 de Septiembre de 2014 
La guerra de Ucrania se ha convertido en un pulso táctico, en el que la OTAN y Rusia se encuentran incómodos, pero se ven obligados a mantenerlo en defensa de sus intereses estratégicos y por una cuestión de credibilidad y prestigio.
                
Aparentemente, el proyecto de implementar una fuerza aliada de despliegue rápido (vieja idea de los ochenta), compuesta por 4.000 cuatro mil hombres, adoptada en la cumbre aliada de Gales, supone, a primera vista, un endurecimiento occidental ante la proclamada contumacia rusa en determinar el destino de Ucrania acorde a sus intereses. El Secretario Rasmussen presentó la iniciativa con eficacia mediática: "desplazarse rápido y golpear duro".
                
LEYENDO A PUTIN
                
La respuesta occidental parte del pretendido convencimiento de que el Kremlin quiere tragarse el este de Ucrania, como hizo con Crimea, para consolidar su proyecto de 'Novorossiya' ('Nueva Rusia'). Obama ha hablado de agresión y Merkel de "modificación unilateral de fronteras". Son valoraciones discutibles pero aceptadas en el debate político. De ahí que se haya aireado, sin duda intencionadamente, la famosa advertencia de Putin a Durao Barroso: "si quisiera, podría tomar Kiev en dos semanas".
                
Tal aseveración no es una bravata, reconocen los expertos militares. Cabe preguntarse entonces por qué Putin no lo ha hecho ya. No tanto porque el presidente ruso tema una respuesta militar occidental, harto dudosa, dado el peligro que ello entrañaría y las devastadoras consecuencias económicas en estos momentos de recesión pertinaz.
                
Algunos analistas occidentales se hacen eco de comentaristas rusos independientes como Vladimir Lukin o Fyodor Lukianov  (1) para aceptar que las motivaciones de Moscú serían más tácticas que estratégicas. Putin no pretendería la anexión directa o indirecta del Donbass (la cuenca del Don, escenario de los combates), y mucho menos una ocupación o conquista de Ucrania entera, que sería incapaz de digerir. De lo contrario, podría haberlo hecho en primavera tras completar la campaña de Crimea, cuando reinaba el desconcierto absoluto en Kiev. Y, segunda razón, si quisiera incorporar esas regiones orientales de Ucrania a la madre patria rusa, Putin no hubiera permitido la enorme destrucción causada en los últimos meses.
                
El propósito de Putin, mucho más modesto que una "aspiración imperial", sería demostrar a los actuales líderes ucranianos que no pueden actuar sin su consentimiento; es decir, que tiene derecho de veto sobre el futuro político de Ucrania, a través de sus 'protegidos' pro-rusos del este del país . Un modelo de tipo federal como el que persigue el Kremlin haría casi imposible el férreo anclaje occidental de Ucrania y, en particular, la incorporación a la OTAN.
                
De eso se trata, por tanto: de reafirmar que Rusia es un agente poderoso en la escena internacional y, desde luego, en su área de influencia. Que Occidente no puede seguir ninguneando a Moscú, como ha venido haciendo desde comienzos de los noventa, tras la desaparición de la URSS. Que la expansión de la OTAN tiene un límite nítido y claro, y ese límite está en Ucrania.
                
MÁS RUIDO QUE NUECES
                
Esta interpretación es tan plausible que encaja perfectamente con la respuesta 'militar' de la OTAN. La fuerza de despliegue rápido no esta diseñada para confrontar a los rusos en Ucrania. Para entenderlo mejor, basta con recordar algunas cifras.
                
La presencia militar norteamericana, elemento definitorio del poderio aliado en Europa, es un 85% inferior al existente en 1989, al término de la 'guerra fría'. El despliegue aéreo y naval se ha reducido a una quinta y una sexta parte, respectivamente. LA OTAN no está en condiciones de dar una respuesta militar inmediata suficiente a un desafío ruso, como asevera Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos.
                
Una hipotética operación militar en Ucrania sería más que complicada. Al no tener otra vía de acceso naval que el estrecho del Bósforo, en Turquia, hasta el Mar Negro, los barcos occidentales que ahora se han puesto en disposición tendrían muy limitada su capacidad actuación, según expertos militares. Estados Unidos debería utilizar sus aviones 'furtivos' B-2 (inmunes a los radares) para tratar de destruir las defensas antiaéreas rusas. La OTAN se vería obligada a una "escalada militar de enorme intensidad" (2)
                
Es por eso que la OTAN ha renunciado, de momento, a un pulso en Ucrania, para concentrarse, supuestamente, en prevenir otras tentaciones expansionistas rusas (por ejemplo, en el Báltico o en Polonia), algo que se antoja, en todo caso, muy improbable.  ¿Para qué entonces esta exhibición de músculo militar?  Simplemente, como mensaje político. Una cuestión de 'credibilidad', como ha señalado el director de la Chatham House, Richard Nibblet.
                
No obstante, los aliados advierten a Moscú que no tiene barra libre en Ucrania, que debe avenirse a una solución que preserve la soberanía nacional. Para obligarle a ello no se le opondrán armas sino sanciones adicionales  endurecidas, más daño económico, una erosión más profunda de sus herramientas de gran potencia.
                
PUTIN ENTIENDE EL MENSAJE...Y LO DEVUELVE              
                
Putin entendió perfectamente el mensaje, antes de incluso de que se oficializara. Por eso quisó 'participar' en la cumbre aliada, al proponer un 'plan de paz' que, en primera instancia, se centra en un alto el fuego y medidas humanitarias, dejando los aspectos políticos para más adelante. Las negociaciones han comenzado este viernes en Minsk, la capital bielorrusa, muy leal al Kremlin. El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, perfectamente consciente de que sin la involucración militar occidental no le podrá ganar la guerra a los separatistas 'pro-rusos', se ha avenido a participar, sin airear demasiadas ilusiones.
                
El claro propósito del presidente ruso es abonar el malestar y las dudas europeas, pero también la repugnancia de Obama en involucrarse en estas aventuras propias de una mentalidad de "guerra fría". Putin sabe que la población ucraniana está harta de guerra, tanto en el este como en el Oeste. Los entusiasmos de Maidán son ya puras cenizas, después de dos mil seiscientos muertos, la prolongación de las privaciones y la extendida sensación de ser teatro de intereses y ambiciones sin arraigo en las necesidades populares.
                
Es más rentable para el Kremlin que la devastada región del Donbass permanezca bajo responsabilidad de Kiev, que tendrá que pagar, con el crédito occidental, su restauración. Pero una arquitectura política que reconozca a estas provincias surorientales un efectivo derecho de veto sobre las opciones exteriores del país es suficiente premio para Rusia.


(1) La referencia a Lukin está contenida en el último artículo de Alexander Motyl para FOREIGN AFFAIRS, "Putin's trap. Why Ukraine should withdraw from Russian-Held Donbass", publicado el 1 de Septiembre. En cuanto a Fyodor, se le cita en un artículo del corresponsal en Moscú de THE NEW YORK TIMES, el 3 de septiembre.        

(2) Opinión esta de Loren B. Thompson, del Instituto Lexington; ésta, como las estimaciones anteriores, están recogidas en el artículo del NEW YORK TIMES "Military cuts render NATO less formidable as deterrent to Russia", del 26 de marzo pasado.


EL PRÍNCIPE 'CORNELIANO' Y LOS DEMONIOS DEL PSF

28 de Agosto de 2014
                
En el panorama de las familias políticas europeas, quizás no haya un caso más tormentoso de convivencia interna que el Partido Socialista francés. Sin remontarnos a los tiempos de la escisión comunista, e incluso a los años más reciente de fragmentación de la divisa socialista en varias formaciones recelosas entre sí, el PSF post-Mitterrand arrastra un legado de división, tensiones, desconfianzas internas y debilidad política endémicas.
                
CRISIS DE PARTIDO, CRISIS DE GOBIERNO
               
El último episodio, cuyo desenlace se ha vivido esta misma semana, no es más ni menos grave que los anteriores  (que no enumeramos ahora, para no hacer indigerible al comentario con una letanía de líderes, sublíderes, pseudolíderes y barones). El descontento de un tercio  de los diputados socialistas por lo que  consideran como rendición del gobierno Hollande-Valls a los dictados de la austeridad se propagó de forma pública y ruidosa al interior del gabinete con manifestaciones críticas expresas y rotundas de dos de sus integrantes, el ministro de Economía, Arnaud Montebourg, y de Educación, Benoît Hamon, y la aquiescencia más discreta pero inequívoca de Aurélie Filippetti, responsable de la cartera de Cultura.
                
Estas discrepancias en el seno del gobierno eran conocidas. Pero el triunvirato disidente atravesó una línea roja al presentar estas discrepancias como insuperables, con una intención que no podía ser otra cosa que rupturista.
                
Aunque la entrevista que el siempre polémico y mercurial Montebourg le concedió el fin de semana a LE MONDE estaba plagada de propósitos amables  y de referencias personales hasta cálidas hacia el primer ministro Valls, el tono adoptado al desarrollar sus posturas sobre el fondo del debate no podía ser menos contemporizador.
                
Su colega, correligionario y compañero de iniciativa rupturista, Benoît Hamon, tampoco podía haber pretendido evitar una reacción como la que luego aconteció, al proclamar que los críticos en el interior del gobierno no estaban muy alejados de los 'frondeurs' (término que en la cultura política francesa indica rebelión contra el poder establecido, pero también contra la autoridad en el seno mismo de una clase, partido o institución).
                
Los pronunciamientos de Montebourg y Hamon y la aquiescencia de Filippetti constituían un desafío que Valls, por temperamento personal y talante político, no podía pasar por alto. Ni siquiera el habitualmente flemático Hollande, que era, en realidad, el verdadero objetivo de las críticas.
                
A decir verdad, este pulso se había iniciado antes, cuando el jefe del gobierno había dejado claro a propios y extraños que no iba a cambiar la política económica del gobierno (bajo la eufemística fórmula de "programa de reformas"). Los críticos debieron entender con claridad que ni siquiera los decepcionantes resultados recientes de la economía francesa (dos años de estancamiento, desempleo masivo persistente, impacto insignificante de las "reformas") iban a obligar a reconsiderar a Hollande y Valls sus decisiones, alineadas, lo reconozcan o no, con las exigencias de austeridad del eje Berlín-Frankfurt-Bruselas.

ATRAPADO EN LA TRAMPA DE LA AUSTERIDAD              
                
Hollande se ha convertido en un personaje 'corneliano', muy al gusto de la tradición dramática francesa, desde su creador, Pierre Corneille. Esa opción perversa entre dos opciones que inevitablemente van a causa un perjuicio al que las adopte persigue Hollande desde su llegada al Eliseo, y se ha acentuado ahora cuando sus políticas, su credibilidad y su imagen se encuentra en caída libre.
                
La austeridad, que Hollande prometió combatir como principio director en la Unión Europea, ha terminado envolviéndolo, primero sutilmente y ahora de forma descarada hasta el punto de aceptar asumir sus criterios aunque modificando el lenguaje. Recuérdese cuando Valls, como flamante primer ministro, lanzó el debate sobre diferenciar 'austeridad' de 'rigor'.
                
El dilema 'corneliano' que Hollande ha arrastrado en estos dos años de gobierno ha consistido en, o bien abandonar la austeridad y plantear un desafío a los dogmas de la Unión para provocar una 'fronda' (sic) en los miembros del club, algunos de ellos visiblemente incómodos con la situación, o bien aceptar las reglas del juego y tratar de suavizar sus exigencias o de complementarlas con medidas reactivadoras. Cualquiera de las dos comportaba riesgos. La primera opción no garantizaba el respaldo de otros países, que se encontraban con situaciones límites y no podían permitirse el lujo de sanciones inclementes. La segunda tampoco garantizaba un resultado apetecible, porque los sacrificios que comportaba aplazaban la introducción de decisiones compensatorias. Hollande optó, en todo caso, por la segunda,  a sabiendas de que arrastraría fuertes inconvenientes, como en el caso de la primero, pero al menos evitaría el riesgo mayor.
                
No sabremos hubiera pasado si Hollande hubiera tomado el primer camino y si el escenario pesadilla hubiera adquirido la misma dimensión que ha provocado el segundo. El caso es que, al intentar afrontar el fracaso de una adaptación a la austeridad sin perder la identidad política e ideológica que debe caracterizar a una opción política, Hollande se ha visto abocado a otro dilema 'corneliano', en esta ocasión de orden interno.  O atendía a la mayoría de su base social, que le reclama un alejamiento claro y sustantivo de las políticas de austeridad y descarga el gobierno en figuras prominentes de su partido en quienes su instinto político no le otorga confianza (cuando no una auténtica desconfianza), o se decidía por una suerte de huida hacia adelante, descansando el timón en una "mano fuerte", como la que se jacta continuamente de ser Manuel Valls, aunque eso provocara una ruptura aún más acentuada en las filas socialistas y, lo que es aún más preocupante, una desafección más resentida de sus militantes, seguidores, simpatizante y votantes.

               
Hollande ha elegido lo último, con lo cual tranquiliza a sus socios europeos más severos, con Merkel a la cabeza, pero decepciona a Renzi, el italiano, que sigue haciendo equilibrios en el alambre, ahora más solo que nunca. El PSF se fragmentará aún más, aumentando el riesgo de otra debacle electoral, éste siguiente con consecuencias más traumáticas.  Conociendo a Valls, no deben esperarse muestras de debilidad. Al contrario. Primero, pretende reducir la protesta a los tres señalados, limitando al mínimo la remodelación  gubernamental. Segundo, promueve una declaración expresa de apoyo de la mayoría del grupo parlamentario socialista al Presidente y al Gobierno. Seguirán otras más, que tratarán de reducir a cenizas mediáticas y políticas a los 'frondeurs'. 

LA BOLSA O LA VIDA: PRINCIPIOS Y PRIORIDADES

22 de Agosto de 2014
                
La decapitación televisada de un periodista norteamericano por un combatiente del sedicente 'Califato' sirio-iraquí  ha reavivado una polémica sorda sobre los secuestros de grupos terroristas y la conveniencia de pagar o no rescate para salvar a los rehenes.
                
James Foley era un periodista 'freelance' perteneciente a esa familia de profesionales peligrosamente atraídos por los conflictos bélicos, hasta el punto de sólo sentirse a gusto con su trabajo en condiciones extremadamente hostiles. Ejerció su trabajo en Libia y luego en Siria, estuvo a punto de resultar gravemente herido en este último país, a donde, sin embargo, regresó, en esta ocasión para ser secuestrado (hace 21 meses) por el ISIS (ahora EI) y finalmente ser asesinado de manera ignominiosa.
                
Las razones por la que el EI ha asesinado a Foley están sometidas a debate. Sus propios verdugos aseguran que se trata de la respuesta a los recientes bombardeos norteamericanos en Irak, que han invertido la tendencia bélica, desde hace meses favorable a los 'yihadistas'. Sin embargo, es obvio que hay motivaciones económicas. Los jefes del Califato habían pedido, al parecer, 100 millones de dólares (una cantidad exorbitante) por la entrega de Foley, además de la liberación de combatientes suyos prisioneros. Al no recibir una respuesta satisfactoria, habrían cumplido su terrible amenaza.
                
¿PAGAR ES AYUDAR AL TERRORISMO?
                
¿Era una exigencia realista por parte del EI? ¿O puro ardid propagandístico? Es públicamente conocida la política norteamericana de no pagar rescate por los rehenes. Sólo Gran Bretaña secunda a los norteamericanos en esta posición de aparente firmeza frente al terrorismo. Hace unas semanas, un trabajo de investigación en el NEW YORK TIMES (1) reveló con datos sustanciosos lo que más o menos se sabía: que los gobiernos europeos preferían pagar discretamente los rescates, antes de recuperar a sus conciudadanos en bolsas funerarias. Se estima que los grupos yihadistas habrían percibido entre 125 y 165 millones de dólares por este concepto en los últimos cinco años. Los rescates empezaron a valorarse en cientos de miles de dólares, pero ya se satisfacen en millones (2).
                
La discrepancia no obedece a distintas consideraciones morales ni a estrategias diferenciadas en la lucha contra el denominado 'terrorismo islámico', sino a presiones de la opinión pública y a los efectos internos que las decisiones concretas puedan comportar.
                
Algunos especialistas (3) sugieren que, en realidad, Washington y Londres son más coherente que sus aliados europeos, ya que se han aprobado normativas jurídicas que criminalizan la entrega de dinero a terroristas, bajo cualquier forma, y declaraciones conjuntas en las que se rechaza explícitamente el pago de rescates.
                
Así, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 2133, por la cual se insta a los estados miembros a impedir que los terroristas puedan beneficiarse del cobro de rescates. Y el G-8, el selecto club de las principales potencias económicas mundiales, en su última reunión, advirtió que el pago de rescates favorece el "reclutamiento de terroristas", alimenta la inestabilidad, incentiva la realización de más secuestros y aumenta la vulnerabilidad de los potenciales objetivos.
                
No obstante, estos solemnes posicionamientos, hay pruebas suficientes de que los gobiernos de París, Berlín, Madrid y Roma, aunque lo nieguen, habrían vulnerado sus propios compromisos. Los defensores del rechazo a pagar argumentan que al hacerlo, los gobiernos 'débiles' no sólo incrementan los recursos de los secuestradores; también elevan el riesgo de los ciudadanos de países 'firmes', porque obligan a los terroristas a demostrar su credibilidad.
                
En realidad, este debate ya se suscitaba en los tiempos de 'terrorismo interno o local'. Los gobiernos solían asegurar que no pagaban rescates, pero se mostraban tolerantes o hacían  la vista gorda cuando los particulares pagaban para recuperar a sus seres queridos.
                
CUESTIÓN DE PRIORIDADES
                
En realidad, la cuestión es mucho más compleja. Estados Unidos, con independencia de las consideración políticas legítimas que pueda hacer sobre la respuesta más adecuada al chantaje de un secuestro, adoptó en 2001, después de los atentados de Al Qaeda, una legislación antiterrorista muy estricta, que incluía medidas enormemente agresivas sobre la el sustento de las organizaciones 'yihadistas' y sus fuentes de financiación. Washington promovió la creación de un organismo denominado Financial Action Task Force, con el propósito de rastrear el mínimo movimiento de dinero que pudiera servir para financiar la actividad terrorista en cualquiera de sus niveles e imponer duras sanciones a quienes directa o indirectamente las favorecieran o toleraran.
                
La normativa generada por este grupo sabueso ha sido empleada por Washington para perseguir a países como Irán, Corea del Norte o Rusia, pero naturalmente se ha abstenido de hacer lo propio con Francia, Alemania o España, por ejemplo, por razones obvias. Otra cosa es que las autoridades norteamericanas no pierdan la ocasión de recordar a sus aliados europeos que deben cumplir estas normas y no dejan intimidarse por el chantaje terrorista.
                
En el caso de Foley, el presidente Obama no se ha limitado a responder con firmeza e ignorar el órdago del 'Califato'. Se ha sabido, con gran disgusto de los responsables de seguridad, que la Casa Blanca autorizó una operación encubierta de unidades militares de élite para intentar rescatar a Foley y otros rehenes en Siria, con resultado fallido. La legalidad de estas actuaciones militares en territorio extranjero es también dudosa, pero las razones de orden político han ahogado las renuencias de los juristas o de organizaciones socio-políticas más escrupulosas.  Por no hablar de la propia operación militar norteamericana, que por muchos apoyos políticos que concite, carece de un respaldo jurídico expreso. Y es que no son consideraciones jurídicas o morales las que presiden las actuaciones de los máximos responsables políticos en estos casos, sino la fortaleza de las oportunidades políticas, la sensibilidad de las opiniones públicas y el balance, en cada caso, de las habituales tensiones entre libertad y seguridad.
                
Para Obama podría resultan tan devastador que se supiera -algo al cabo inevitable- que se hubiera pagado el rescate de Foley y de otros rehenes ya amenazados directamente por los verdugos del EI, como para Hollande, Merkel o Rajoy realizar una exhibición de firmeza y arriesgarse a que las sucursales de Al Qaeda en el Sahel decapitara a ciudadanos franceses, alemanes o españoles. Cameron no lo hizo y tuvo que recibir el cuerpo sin vida de un conciudadano asesinado en Mali.
                 
(1) RUKMINI CALLIMACHI. "Paying ransoms, Europe bankrolls Qaeda terror". NEW YORK TIMES, 29 de Julio de 2014.
 (2) La cifra más baja la proporciona el propio Callimachi, mientras que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos cree que es demasiado conservadora y asegura que la cantidad es mayor.
(3) TOM KEATINGE. "The price of freedom. Why the Governments pay ramsons". FOREIGN AFFAIRS, 13 de Agosto de 2014.




IRAK: ÉXITOS, SORPRESAS, CONVERGENCIAS Y DESIGNIOS

18 de agosto de 2014
    
La limitada operación decidida por Obama el 8 de agosto para impedir el avance de los combatientes del Estado Islámico y romper el cerco a miles de refugiados yazidíes en el Monte Sinjar ha concluido con aparente "éxito", pero también con alguna "sorpresa" (1).
                
EL "ÉXITO" Y LA "SORPRESA"
                
Vayamos primero con el "éxito". Se considera tal por haberse frenado el avance de los 'yihadistas' hacia el corazón del Kurdistán. Es razonable pensar que el bombardeo intensivo realizado por drones y F18A haya debilitado considerablemente el aparato militar del EI en la zona. No obstante, también es muy probable que el mando del 'Califato' haya decidido lo que ya viene siendo habitual desde su ofensiva a comienzos del verano: no entregarse a un avance precipitado, sobre todo en entornos hostiles o poco favorables, y consolidar posiciones hasta que llegue el momento propicio para acometer nuevas conquistas.
                
Y ahora la "sorpresa". Resulta que al relajarse el cerco del Estado Islámico sobre el Monte Sinjar, se ha podido comprobar que los 'yazidíes' allí refugiados no eran tantos como se había estimado: sólo unos pocos miles, y no decenas de miles (40.000). Más aún: su situación no era tan deplorable como se había temido. De hecho, algunos se sentían seguros en ese entorno, porque consideraban que sus perseguidores no le seguirían hasta allí. Esta evaluación ha sido cuestionada por un portavoz de la minoría 'yazidí' en Estados Unidos, quizás porque se teme que Washington empiece a desentenderse muy pronto de la suerte de los huidos.
                
Resulta "sorprendente" la "sorpresa", si se permite la figura. Aunque estos días expertos en vigilancia y procesamiento de datos de inteligencia recogidos desde el aire han estado evaluando el posible "error" sobre el número de personas atrapadas en el Monte Sinjar y haya un cierto consenso en señalar las dificultades de ofrecer datos exactos, lo cierto es que los antecedentes de equivocaciones, informes exagerados o mentiras descaradas en Irak invitan al escepticismo cuando no a una abierta incredulidad.
                
Los pocos analistas críticos que pueden leerse o escucharse en los medios occidentales señalan estos días que las razones oficiales de esta última intervención militar de Estados Unidos en Irak pueden estar basadas en motivaciones no exclusivamente -ni preferentemente- humanitarias: prevenir el genocidio 'yazidí' y garantizar la seguridad de los norteamericanos.
                
El conocido periodista e historiador Robert Fisk, gran conocedor de Oriente Medio y abiertamente crítico con la política occidental, asegura que "el petróleo es el nervio de la guerra"(2). Señala  Fisk que los bombardeos tenían como verdadero objetivo asegurar una zona, el Kurdistán iraquí, donde se localiza una tercera parte de las extracciones iraquíes de petróleo, una buena parte de las reservas supuestas y también importantes yacimientos de gas. En Erbil, la capital kurda de Irak, residen miles de occidentales, hombres de negocios, diplomáticos, agentes y otros, que vigilan la estabilidad de unas inversiones cifradas en 10.000 millones de dólares, con unos rendimientos netos, en el caso del petróleo, del 20%. Lo que habrían 'protegido' los bombardeos norteamericanos son los intereses de compañías como MOBIL, CHEVRON, EXXON o TOTAL, tanto o más que a los desventurados 'yazidíes'.
               
                
CONVERGENCIAS CRUZADAS ENTRE RIVALES
                
La intervención militar norteamericana ha coincidido, no por casualidad, con el desenlace de la crisis política en Irak. El cambio de primer ministro en Bagdad se presenta como la mejor oportunidad de los últimos años para devolver la estabilidad política al país. La Casa Blanca ya ha prometido al nuevo gobierno más ayuda militar para frenar la amenaza extremista. Aún no se han explicitado los detalles.
                
Las circunstancias del relevo en el poder ejecutivo iraquí son inquietantes. El primer ministro saliente, Nuri Al Maliki, ha sido presentado como el máximo responsable de la degradación política y militar: por su autoritarismo, su sectarismo y su incompetencia. Maliki es un 'bis' del afgano Karzai: elegidos inicialmente por Washington, han terminado siendo unos obstáculos a eliminar (políticamente, claro).
                
Maliki ha sido un desastre en muchos sentidos, pero los manejos para sacarlo de la cancha tienen cierto olor a golpe de Estado, como el propio político ahora apartado denunció. Las últimas elecciones confirmaron al partido de Maliki como el más numeroso del Parlamento, pero sin mayoría suficiente para formar gobierno estable. Ciertamente, sunníes y kurdos se opusieron a prestarle los votos que le faltaban. No por ello, los líderes chíies se atrevieron a discutirle el liderazgo, quizás asustados por las lealtades paramilitares de Maliki.
                
El bloqueo era total. Hasta que se produjo la crisis de agosto; es decir el avance 'yihadista' en el norte. Washington, que se había negado a las solicitudes de armamento de Maliki, decidió intervenir entonces, claramente en apoyo de los kurdos, sin consultar con el primer ministro. Un desplante en toda regla. En paralelo, el cortejo norteamericano de prominentes otros líderes chíies envenenaron las relaciones internas en el partido mayoritario (Dawa), en la coalición electoral (Estado de Derecho) y en el grupo parlamentario (Alianza Nacional) hasta hacer trizas la continuidad de Maliki. La posición favorable al relevo por parte del Gran Ayatollah chií Ali Al-Sistani, cuyas indicaciones son órdenes para la mayoría de la población chií, terminó de decidir a los colegas del primer ministro enrocado. El régimen de Irán, principal protector de Maliki, después de haber enviado asesores militares a Bagdad, se terminó por dar cuenta de que su "hombre en Bagdad" estaba ya quemado. La suerte de Al-Maliki estaba echada (3).
                
El elegido para reemplazar a Maliki es Al Abadi, un exiliado como su antecesor y 'hermano', según el lenguaje oficial. Estos días, altos cargos y medios norteamericanos doran el blasón del nuevo jefe del ejecutivo iraquí, para enaltecer un liderazgo que sólo podrá ganarse en el ejercicio del poder. Que Al-Abadi cuente también con el beneplácito explícito de Irán parece una exigencia del guión. En Teherán no importa quien mande en Bagdad sino la garantía de fidelidad a una alianza estratégica.
                
DESIGNIOS CONTRADICTORIOS
                
Esta convergencia de intereses entre Washington y Teherán pudiera parece otra "sorpresa" de la última crisis iraquí. Pero tampoco lo es. Más allá del propósito compartido en impedir un triunfo extremista sunní en Irak, ¿es descabellado suponer que el clima de trabajo desarrollado en las negociaciones sobre el programa nuclear iraní puede estar creando un positivo caldo de cultivo para el deshielo entre ambas potencias? Obama coincide con Jamenei o Rohaní es apostar por la estabilidad regional.
                
El fantasma de la recuperación del eje Washington-Teherán, aún con fundamentos y propósitos muy diferentes a los existentes en los años del Sha, provoca auténticas pesadillas tanto en los austeros despachos israelíes como en los suntuosos palacios reales saudíes. De ahí que, desde ambos polos, se estén haciendo esfuerzos intensos para evitarlo. Israel ha apostado por una guerra desmedida en Gaza para reventar la unidad palestina, sin duda, pero también para mantener el 'status quo' regional. Hay motivos para sospechar que Arabia Saudí dejó que desde el reino se ayudara y financiara al ISIS y otros extremistas sunníes, para combatir indirectamente a los regímenes enemigos de Damasco y Bagdad, sin duda, pero también para provocar una amenaza regional que Estados Unidos no puede pasar por alto, obligándolo a una intervención militar que supondría una nueva ruptura con Irán.
                
Quizás no por casualidad, esta aparente doble resolución de la crisis iraquí (en el frente político y en el militar) esté siendo cuestionada por analistas bien conectados con el 'establishment' norteamericano (3) y, por extensión, con Israel. El tono general en estos sectores es claramente favorable a una intervención directa más intensa y comprometida de Estados Unidos (claramente, una 'tercera guerra') para destruir el EI ("más peligroso y potente que Al Qaeda, repiten insistentemente estos analistas)  y consolidar los intereses estratégicos en Oriente Medio (terminar el trabajo que dejaron pendiente los dos Bush y que Clinton no quiso acometer). Tal empeño implica, obviamente, abortar de cuajo la colaboración entre Washington y Teherán y, seguramente, hacer naufragar las negociaciones nucleares.


(1) "Sorpresa" es el término empleado por  GORDON LUBOLD, uno de los editores de FOREIGN POLICY, y coordinador del principal resumen internacional de la revista, en un artículo para la web, el 14 de agosto.

(2) THE INDEPENDENT, 11 de Agosto de 2014

(3) En un comentario de la web MUFTAH, crítica con la perspectiva oriental en Oriente Medio, se hace un buen análisis del desarrollo de la crisis política iraquí. 13 de agosto.

(4) En sú última edición, FOREIGN AFFAIRS, habitual portavoz de ese 'establishment' publica artículos de MICHEL O´HANLON, ROBIN SIMCOX Y REIDAR VISSER que inciden en que la "operación limitada" de Obama no resolverá los dilemas norteamericanos en Irak. Menos explícito, pero igualmente partidario de un esfuerzo militar más resuelto, se muestra el ex-comandante de la OTAN y ex-Consejero de Seguridad Nacional de Obama, el general Jones, en el WALL STREET JOURNAL, del 14 de agosto.