¿1918 o 1945?


8 de abril de 2020
                
¿A cuál de estos dos momentos históricos se parecerá el mundo cuando concluya la  pandemia? ¿Al posterior a la Gran Guerra que cerró una etapa del capitalismo colonialista expansivo? ¿Al remate de un ciclo infernal de conflictos nacionales e inicio de otro orden internacional bajo un nuevo liderazgo, en un mundo bipolar? ¿O a ninguno de los dos, porque se tratará de un entorno nuevo y desconocido, incierto y mucho más inseguro?
                
En estos días de internamiento y de relativa introspección, algunos pensadores, académicos y diplomáticos (más bien ex) tratan de imaginar cómo cambiará el mundo cuando nos liberemos del Coronavirus, superemos la fase sanitaria de las relaciones humanas y afrontemos las consecuencias económicas, sociales y políticas de la gran destrucción.
                
No hay consenso, como es natural, o por razones ideológicas o doctrinarias, o por cuestiones de método, es decir, según el enfoque aplicado o lo que se valore en cada caso.
                
Hay un alto nivel de acuerdo en la dimensión catastrófica cuando se anticipan los efectos económicos, porque ya se están produciendo: no hay que esperar a que se hagan notar. Recesión inaudita (entre seis y veinte puntos, según las estimaciones), desempleo masivo (más de 200 millones de parados, oficiales), sobrendeudamiento generalizado de los Estados, elevación del proteccionismo comercial y tensionamiento aún mayor de las relaciones económicas internacionales, entre otros males definidos y definibles (1).
               
¿Cómo se gestionará la catástrofe? ¿Cuáles serán los actores principales? ¿Bajo qué parámetros? Nadie lo sabe. Los medios tratan de codificar las incógnitas en titulares con gancho o sintéticos. Algunos no se arriesgan y prefieren emplear el recurso interrogativo. Otros utilizan el modo afirmativo pero evasivo (“El mundo será distinto” o “No volveremos a ser los mismos”). Unos pocos se atreven a avanzar la dirección que tomaremos (2).
                
UN MUNDO IGUAL PERO PEOR
                
Uno de ellos es Richard Haas, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, uno de los think-tanks más influyentes de Estados Unidos, y asesor de varias administraciones de su país en las últimas décadas. Su tesis es comprometida: “la pandemia no modificará el rumbo del mundo, sino que lo acelerará” (3). Haas admite su visión pesimista -razonada- del planeta. Hace tres años publicó un libro titulado “A world in disarray” (Un mundo desordenado -o caótico, confuso, etc.), en el que ofrecía una visión sombría del panorama internacional, dominado por una concatenación de fuerzas negativas: rivalidad creciente entre las grandes potencias, ausencia de liderazgo norteamericano, auge del nacionalismo disruptivo, fracaso de las organizaciones supranacionales, etc.
                
El núcleo del lamento de Haas reside en la incapacidad y, aún más, la indisponibilidad de su país para hacer frente a todo ello. No estamos en 1945, cuando Estados Unidos se echó el mundo a las espaldas, rescató a Europa y se impulsó a sí misma, asegurándose un mercado y una influencia social y cultural sin precedentes (soft power). Se erigió en líder del capitalismo frente a la otra superpotencia emergente, la Unión Soviética, que desafiaba el sistema socio-económico dominante y definió una serie de normas que conformaron lo que más tarde se denominó “orden liberal internacional”.
                
Estados Unidos es hoy una superpotencia en repliegue más que en decadencia, más allá de ese aislacionismo que siempre ha estado presente en su corta historia como nación. Lo que Trump ha simplificado como America first no es un pensamiento o una doctrina novedosa, sino un reflejo antiguo, inveterado. Si el presidente hotelero abomina del internacionalismo no es por pacifismo sino por egoísmo. Su visión es pacata y estrecha, si es que tiene alguna: vender más de lo que compra a los demás. Un mercantilismo en zapatillas. Proclama su aversión a las guerras no por respeto a otros países sino por lo que cuestan, pero su presupuesto militar es el más alto de la historia. Por cada dólar de que dispone el servicio exterior, el Pentágono gasta 13.
                
LA OBSESIÓN CHINA
                
Algunos expertos sostienen que la gran paradoja de esta crisis es que China, el país donde surgió el virus dañino, será a la postre el mayor beneficiario. Dentro de poco, si no está ocurriendo ya, poco importarán las mentiras, incompetencias y atropellos que los dirigentes chinos hayan cometido en la gestión de la enfermedad. Se observa cierto allanamiento a su capacidad de proveer material sanitario al resto del mundo en estos momentos de apuro. El capitalismo de estado autoritario que reemplazó al comunismo se presiente más preparado para lograr la recuperación en V, es decir, un remonte muy rápido después del derrumbe.
                
Frente a este peligro, se alzan voces que no son necesariamente optimistas, pero mantienen cierta confianza en las fortalezas no dañadas del potencial americano. Uno de ellos es Stephen Walt, profesor en Harvard. Como buen exponente de la doctrina realista de las relaciones internacionales no se hace ilusiones sobre mundos felices ni motivaciones buenistas en el manejo de los problemas mundiales. Lo ha dejado claro en muchas de sus obras, una de ellas titulada significativamente “El infierno de las buenas intenciones”.
                
Sin embargo, Walt cree que, a pesar de la incompetencia manifiesta de la actual administración en la gestión del Coronavirus y en cualquier otra anterior que le ha tocado asumir (por no hablar de las que ella misma ha provocado), aún hay tiempo y margen para rectificar. Confía en algunas instituciones sensatas (un sector del legislativo, diplomacia, sociedad civil), para evitar que el modelo autoritario chino salga reforzado de esta catástrofe. Walt resulta más persuasivo que convincente, pese a la brillantez de sus argumentos (4). Un empeño similar sostiene su colega de Harvard Nicholas Burns, representante señalado del establishment constructivo e integrante de la administración W.Bush (5).
                
Desde otros institutos bienpensantes se admite el elevado riesgo del debilitamiento de la democracia (el ejemplo húngaro), el incremento de la vigilancia de los ciudadanos (que la emergencia sanitaria legitimará), las presiones sobre la sociedad civil y otras amenazas. Pero se resaltan los factores compensatorios positivos como la movilización social y la reactivación de los mecanismos de solidaridad contemplados durante el confinamiento (6).
                 
Frente a este optimismo, se han recuperado estos días referencias a enfoques menos alentadores como la doctrina del shock, de Naomi Klein, que alertan sobre el aprovechamiento que las élites hacen de una catástrofe (si es necesario inducidas) para profundizar en sus mecanismos de dominación. En esta hora, el esquema sería el siguiente: “desastre 1: Covid-19; desastre 2: el desmantelamiento de las ya endebles medidas de protección del medio ambiente”. En THE GUARDIAN, donde se refleja este análisis, se citan ya algunos indicios de esta ofensiva antiambientalista, tanto en Estados Unidos como en China. Y todo ello pese a que, según estudios preliminares, con un aire menos contaminado se hubieran podido salvar miles de vidas durante el desarrollo de la actual pandemia (7)
                
Por estas y otras razones, son más numerosos quienes creen que el reforzado desafío chino no será motivo suficiente para reanimar el desfallecido liderazgo norteamericano. Admiten, y con razón, que el repliegue de su país es anterior al virus Trump. Paradójicamente, la desaparición de la Unión Soviética, el némesis de la segunda mitad del siglo pasado, terminó desquiciando la visión internacional de la superpotencia norteamericana.
                
La ensoñación neocon de construir una pax americana a partir del trauma del 11 de septiembre se resolvió en un desastre mayor, con dos guerras interminables (Afganistán e Irak), que provocaron una desestabilización general de Oriente Medio y de buena parte del mundo islámico. Lo que, a su vez, revitalizó otros extremismos como el supremacismo blanco o el fundamentalismo hindú, por ejemplo. No estamos tampoco en un 12 de septiembre, como dice Ben Rhodes, consejero de seguridad con Obama (8).
                
El diagnóstico de Haas es que nos encontramos en un escenario más parecido a 1918, sin un piloto definido al frente de una nave sin rumbo claro, con múltiples turbulencias y unos pasajeros sumidos en un entramado de malestares que generan un riesgo permanente de amotinamiento.
               
NOTAS

(1) Suplemento Les débats éco, de LE MONDE, 4 de abril; “Attention slowly turns to the mother of all Coronavirus questions”. DER SPIEGEL, 27 de marzo.

(2) “How the World will look after the Coronavirus pandemic”. VARIOS AUTORES. FOREIGN POLICY, 20 de marzo.

(3) “The Pandemic will accelerate History rather than reshape it. Not every crisis is a turning point”. RICHARD HAAS. FOREIGN AFFAIRS, 7 de abril.

(4) “The United States can still win the Coronavirus pandemic”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 3 de abril.

(5) “How to lead in a time of pandemic”. NICHOLAS BURNS. FOREIGN AFFAIRS, 25 de marzo.

(6) “How Will the Coronavirus reshape Democracy and Governance Globally”. FRANCES BROWN, SACHA BRECHENMACHER y THOMAS CAROTHERS. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 6 de abril.

(7) “’We can’t go back to normal’. How will Coronavirus change the world”? PETER C. BAKER. THE GUARDIAN (The Long Read), 31 de marzo.      

(8) “The 9/11 era is over”. BEN RHODES. THE ATLANTIC, 6 de abril.         

LA REINVENCIÓN DE LA DOCTRINA DRAGHI

1 de abril de 2020

                
En julio de 2012, el entonces presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, pronunció una de las frases que forman parte ya de la historia de la UE: “Haremos todo lo que sea necesario para salvar al euro. Y será suficiente, créanme”.
                
Lo hizo. Si no todo lo necesario, al menos lo suficiente. Draghi hizo uso de su autoridad y su autonomía para reorientar la rígida política de austeridad que hasta ese momento había impuesto Alemania y otros países afines como receta para superar la crisis financiera, que ya era, por entonces, económica y social. No fue un golpe de timón. No lo hubieran permitido sus colegas de dirección. Fue una rectificación, favorecida por las presiones, y no sólo del sur.
                
El euro se salvó, pero la economía europea siguió en cuidados intensivos. Y ahí seguía, salvo notables excepciones, cuando llegó la plaga del coronavirus. La infección que ha sacudido y desnudado la globalización como modelo productivo universal ha desquiciado al mundo entero -o lo hará- sin que, de momento, se avizore una estrategia compartida para combatirlo.
                
LA GUERRA NORTE-SUR
                
Europa se desgarra de nuevo. La fallida reunión de la eurozona de la semana pasada no fue una sorpresa para nadie. El libreto se conocía de antemano. Reclamación del sur e intransigencia del norte, para abreviar. Se escucharon parecidos argumentos a los de hace una década, aunque los motivos de la catástrofe sean ahora muy distintos.
                
Ahora no se trata del daño ocasionado por el despilfarro, la falta de previsión o la incompetencia gestora, según las imputaciones habituales de los cicutas de la austeridad. Ha sido un agente externo, inesperado e imprevisible (hasta cierto punto). Y, para más escarnio, las heridas persistentes de la austeridad (los recortes en sanidad y otros servicios públicos para reducir el déficit público) han favorecido la amplitud de la crisis actual.
                
El frente meridional (Francia, Italia y España, a la cabeza), que reúne más del 70% de la deuda total de la zona euro, invoca sin mencionarla la doctrina Draghi: hacer todo lo necesario para evitar que la crisis devore las economías europeas y arruine la confianza de los ciudadanos en el proyecto europeísta. Y entre esas cosas necesarias está la mutualización de la deuda, es decir, compartir las consecuencias de echarse el problema. Una espalda común.
                
La alianza virtuosa del norte, o más bien centro-norte (Alemania, Holanda, Austria y Finlandia) opone argumentos viejos y alguno nuevo, o al menos renovado.  No pueden pagar todos por las debilidades de unos, algunas anteriores al virus, por cierto. Y, mutatis mutandis, no se pueden matar mosquitos a cañonazos. No hará falta una especie de Plan Marshall (todo lo que sea necesario), sino prudentes tratamientos particulares, como los préstamos del MES (Mecanismo de Estabilidad europea), acompañados de celosas revisiones de saneamiento (1).
                
El debate no fue, no está siendo, precisamente académico. Aunque se guardan por lo general las formas en los foros públicos, algunas veces la temperatura sube, como los termómetros de los infectados. El primer ministro portugués, Antonio Costa, calificó de “repugnantes” algunos comentarios de la dupla holandesa (jefe de gobierno-ministro de finanzas). Pedro Sánchez se mordió la lengua cuando, desde la lejanía del confinamiento, le preguntaron por las valoraciones holandesas. Macron, elegante y directo a la vez, dijo, sin mencionar a nadie, que no le gustaba esa Europa de la “división y el egoísmo” (2).
                
El coronavirus no es el caducado yogur griego, para ser un poco provocador. No se trata de un afrontar un comportamiento irresponsable de una clase política, empresarial o incluso de una cultura ciudadana despreocupada, como se quiso presentar el caso de Grecia. La desgracia se abate sobre toda Europa, con mayor o menor virulencia, según factores no del todo claros. Los coronabonos (o bonos de reconstrucción, como prefiere denominarlos Pedro Sánchez) pueden ser parte de la solución. Pero no será “todo lo necesario” para salvar a Europa. El programa de estímulo aprobado la semana pasada -impensable hace diez años-, tampoco. Antes del 10 de abril tendrá que encontrarse un consenso. Difícil. Se barajan al menos cinco opciones (3). Un economista español, Antonio García Pascual, presenta una visión del MES más ventajosa para los países del sur y lo aplica al caso de España (4).
                
LUCES LARGAS
                
Como hace una década, hay que distinguir entre autenticidad y postureo. Cada cual juega sus bazas y defiende sus intereses nacionales. Nadie practica un inexistente Europa first. En estos tiempos de auge del nacionalismo en todas sus vertientes (populista, autoritario, conservador o progresista patriótico), prima el problema cercano. Se acepta del exterior lo que contribuya a ayudar, no lo que exija compartir. Honestidad intelectual obliga a reconocerlo.  
                
Dicho esto, la supuesta virtud de la alianza -imprecisa- del centro norte es un camelo. La supuesta superioridad del modelo alemán para inmunizarse ante las crisis no está basada, o no fundamentalmente, en la responsabilidad en la gestión, sino en su estructura productiva orientada a la exportación. El proyecto liberal europeo ha favorecido unas economías sobre otras a cambio de unos mecanismos de compensación que restablecían cierto equilibrio. Pero no por generosidad: sin un mínimo poder de compra los países más débiles no podían ser clientes fiables de la industria exportadora alemana u otras. El fomento de la economía financiera ha favorecido a países como Gran Bretaña.
                
No siempre se ha sido tan riguroso con el cumplimiento de las reglas de la estabilidad: el rigor presupuestario y la vigilancia de la deuda. Los indicadores se dispararon en Alemania durante la década de la unificación, sin que hubiera drama. Entonces, las consideraciones políticas primaron sobre las técnicas. La unificación pudo hacerse de manera distinta, no había una sola fórmula: se optó por la vía rápida por razones políticas, aunque argumentos sociales y  aconsejaban fórmulas de transición.
                
Si se escucha a los economistas estos días, no es fácil apreciar consenso. Unos reclaman más keynesianismo, más Estado, más intervención pública, más ayuda directa a empresas, pequeños negocios, desempleados y otros colectivos más perjudicados. Otros advierten que no se solucionará el problema de la oferta estimulando la demanda (5). Hay quien se desmarca de las recetas ad hoc y piden una reconsideración del sistema, algo como una reformulación de la globalización (6). Y luego están los impenitentes liberales de la mano invisible que, como siempre, aseguran que no hay que hacer nada porque el mercado hará “todo lo necesario”. Los más desconfiados creen que China será la gran vencedora de una crisis que se originó en su territorio, aunque no suscriban expresamente la teoría de la conspiración, salvo algunos centauros nostálgicos de la guerra fría (7).
                
Lo cierto es que domina el desconcierto y falta liderazgo y claridad de visión. Las proclamas solidarias y la buena voluntad son alas muy cortas para navegar por esta tempestad. No es extraño que despunten falsas tentaciones autoritarias, prendidas también al espíritu de “hacer todo lo necesario”, pero sin reparar en medios ni atascarse en complejos (8). La doctrina Draghi necesita ser reinventada y que el remedio no resulte peor que la enfermedad.

NOTAS

(1) “Dutch try to calm north-south economic storm over coronavirus”. POLITICO, 27-29 de marzo.

(2) “La Francia è al fianco dell’Italia, basta a un’Unione Europea egoísta”. LA REPPUBBLICA, 28 de marzo.

(3) “5 options for Europe to fight a coronavirus recession”. BJARKE SMITH-MEYER. POLÍTICO, 30 de marzo.

(4) “A practical solution for Europe to fight COIVID-19”. ANTONIO GARCÍA PASCUAL. BROOKINGS INSTITUTION, 30 de marzo.

(5) “Sept économistes allemands plaident pour l’emissión de 1.000 millones de euros en ‘corona bonds’; “On ne résoudra pas une crisis de l’offre en augmentant la demande”. PASCAL SALIN; “Face au coronavirus, allons-nous enfin apprendre notre leçon”. JEAN TIROLE. Artículos contenidos en el suplemento LE MONDE, LES DÉBATS ÉCO, 28 de marzo.

(6) “How to avoid a Coronavirus depression”. MATTHEW J.SLAUGHTER, MATT REES. FOREIGN AFFAIRS, 26 de marzo; “The Coronavirus could reshape the Global Order”. KURT CAMPBELL, RUSH DOSHI. FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo; “Will the Coronavirus end Globalization as we know it”. HENRY FARRELL y ABRAHAM NEWMAN. FOREIGN AFFAIRS, 16 de marzo.

(7) Et si la China tirait parti du coronavirus”. FRÉDÉRICK LEMAITRE. LE MONDE, 28 de marzo; “Yes, blame China for the virus”. PAUL D. MILLER. FOREIGN POLICY, 25 de marzo.  

(8) “Authoritariarism in the Time of the Coronavirus”.FLOREN BIEBER. FOREIGN POLICY, 30 de marzo; “For Autocrats and others, Coronavirus is a chance to grab more power”. THE NEW YORK TIMES, 31 de marzo; “Do Authoritarian or Democratic countries handle pandemics better?”. RACHEL KLEINFELD. CARNIE ENDOWMENT FOR INTERNACIONAL PEACE, 31 de marzo.

EL CORONAVIRUS AVIVA LA GUERRA FRÍA


25 de marzo de 2020
                
Algunos dirigentes mundiales han acudido a la terminología bélica para referirse a la lucha contra el coronavirus. Resonancias churchillianas se han escuchado en Macron, en Sánchez o en Conte. Menos en Merkel, siempre más comedida. No en Trump, que ha vuelto a dar buena muestra de su incontinencia y su imprudencia.
                
La preocupación de la mayoría de los líderes mundiales ante una situación desconocida por su magnitud y duración es comprensible. Las invocaciones constantes a la unidad nacional, también. La cohesión social está comprometida en situaciones como ésta. Es difícil ceder a la tentación de sacar réditos políticos. Lamentablemente hemos asistido a algunos casos estos días. Las razonables críticas a la falta de agilidad en la respuesta están contaminadas, en algunos casos, por cálculos ventajistas. En las relaciones internacionales, la crisis del Coronavirus ha dejado rastros muy inquietantes.
                
TRUMP DEMONIZA A CHINA
                
En el centro de la tormenta se sitúa China. La pandemia ha vuelto a tensar las relaciones entre las dos superpotencias. Las autoridades de Pekín revertieron una situación desfavorable, con una combinación de autoritarismo sin complejos y una determinación asombrosa. En buena parte del mundo occidental se observa un reconocimiento medido de la actuación china.
                
En la administración Trump, sin embargo, se ha preferido optar por el espíritu combativo de la guerra fría. Desde el absurdo término de “virus chino” empleado por el lenguaraz presidente, hasta los reproches directos o  velados de algunos de sus colaboradores. El secretario Pompeo acusó a Pekín de “provocar un riesgo para su pueblo y para todo el mundo”. El otrora ultraderechista jefe propagandístico, luego despedido, Steve Bannon, dijo que en realidad Trump se equivoca: no es “virus chino”, sino “virus comunista chino” (1).
                
Yanzong Huang, un colaborador del Consejo de Relaciones exteriores de Washington y especialista sanitario ha descrito la secuencia del enfrentamiento chino-norteamericano por el coronavirus (2). Lo curioso del caso es que Washington y Pekín comparten un historial de positiva colaboración en materia de pandemias. Al comienzo de la crisis, parecía que se iba a seguir en la misma línea. Trump charló cordialmente por teléfono el 7 de febrero con Xi Jinping y le ofreció la ayuda del Centro de prevención de enfermedades.
                
Pero algo ya se había torcido horriblemente unos días antes. Comenzaron los cruces de reproches y amenazas y el postureo nacionalista por ambas partes. A los chinos les ofendió la publicación de unos artículos en la prensa americana y expulsó a periodistas de varios medios afincados en Pekín (Wall Street Journal, New York Times y Washington Post). Las palabras subieron de tono hasta alcanzar el ridículo: acusaciones mutuas de haber provocado deliberadamente la producción y extensión del virus. Hasta llegar a la situación actual.
                
Otros veteranos de la cooperación china-norteamericana como Paul Haenle, miembro de las administraciones Obama y Bush Jr., (3) abogan por la recuperación de la confianza, en beneficio de la salud mundial, como han hecho, por ejemplo, Bill y Melinda Gates, que donaron 5 millones de dólares a China el pasado mes de enero, o el multimillonario chino Jack Ma, que envió un millón de mascarillas y 500.000 kits de pruebas a Estados Unidos.
                
EL DESACOPLAMIENTO
                
Todo inútil. Centauros de la guerra fría insisten en el “poder maligno” de Pekín y en la necesidad de adoptar medidas en consecuencia. En esta administración y fuera de ella hay una línea de pensamiento que ha ganado fuerza en los dos últimos años: la promoción de lo que se ha llamado el desacoplamiento de las economías norteamericana y china. Se apreció claramente durante la reciente guerra comercial (inacabada). Mientras unos altos cargos pretendían simplemente obtener concesiones de Pekín, esa corriente radical vio llegado el momento de presionar a favor de desvincular progresivamente las economía de las dos superpotencias  (4).
                
La lógica del desacoplamiento ha resurgido ahora como consecuencia del coronavirus, como era de temer. Los reproches sobre la supuesta estrategia de Pekín de favorecer la dependencia occidental en material sanitario (mascarillas, herramientas de pruebas, equipos de protección individual, etc.) han encontrado eco en el Congreso. Algunos legisladores republicanos han presentado proyectos de ley para reducir los intercambios entre los dos países en el dominio sanitario.
                
Los partidarios de la línea dura en las relaciones comerciales con China aseguran ahora que, debido a la recesión económica provocada por la crisis, Pekín no estará en condiciones de honrar el compromiso que puso fin a la guerra, en particular la compra adicional de productos norteamericanos por valor de 200.000 millones de dólares.
                
LAS VÍCTIMAS MÁS VULNERABLES         
                
Mientras la paranoia de la seguridad cunde, se observa menos preocupación por la suerte de las poblaciones más vulnerables, como son los refugiados, por ejemplo. La ONU y las ong’s han denunciado estos días la pavorosa situación de desprotección en la que se encuentran los 70 millones de personas desplazadas en todo el mundo. Se ha hecho especial hincapié en los cuatro millones de sirios agolpados en Turquía o llegados a Grecia, en otros tantos yemeníes al borde de la desnutrición, en los afganos que malviven en Pakistán o en Irán, o en los rohingya expulsados de Myanmar, o los incontables y olvidados africanos. Sin dejar de tener en cuenta, claro está, a los refugiados más estables o más veteranos, como los palestinos de Gaza y de todo Oriente Medio (5). Para ellos no hay material de protección, ni lo habrá. Y en un hábitat de hacinamiento e insalubridad, no hay lugar para la “distancia social”.
                
Trump ha respondido a esta inquietud creciente, a su estilo: limitando aún más un ya escuálido derecho de asilo en Estados Unidos. Estos seres humanos preocupan bastante menos que las supuestas maquinaciones perversas de los enemigos reconocibles.
                
Otros analistas más templados tratan de ofrecer una visión más allá de la angustia  actual sobre cómo el Coronavirus cambiará el mundo. Una docena de expertos en relaciones internacional ofrecen un diagnóstico ligeramente pesimista: un mundo menos abierto, fin de la globalización en su estado actual, mayor dominio de China, más estados fallidos y debilitamiento del liderazgo norteamericano. Pero también se hace virtud de la necesidad y se predice un renovado sentimiento de resistencia, la reinvención de empresas y sectores, la urgencia de diseñar nuestras estrategias de convivencia mundial y una optimista invocación de cada cual a sacar lo mejor de sí mismos (6). Lo que Macron, Sánchez y Conte, por citar sólo a los líderes europeos más agobiados, han tratado de hacer desde ya mismo.

NOTAS

(1) “Coronavirus drives U.S. and China deeper into global power struggle”. MICHAEL CROWLEY, EDWARD WONG y LARA JAKES. THE NEW YORK TIMES, 22 de marzo.

(2) “U.S. and China could cooperate to defeat the Pandemic”. YANZHONG HUANG. FOREIGN AFFAIRS, 24 de marzo.

(3) “U.S.-China cooperation on Coronavirus hampered by Propaganda war”. PAUL HAENLE y LUCAS TCHEYAN. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNACIONAL PEACE, 24 de marzo.

(4) “Beyond the trade war. A competitive approach to countering China. ELY RATNER, ELISABETH ROSENBERG Y PAUL SCHARRE. FOREIGN AFFAIRS, 12 de diciembre de 2019.

(5) “Coronavirus can hit the world’s mos t vulnerable peoples hardest”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 24 de marzo; “10 things you need to know about coronavirus and refugees”. NORWEGIAN REFUGEE COUNCIL, 16 de marzo.; “The next wave”. COLUMN LYNCH y ROBBIE GRAMMAR. FOREIGN POLICY, 23 de marzo.

(6) “How the world will look like afther the Coronavirus Pandemic”. VARIOS AUTORES. FOREIGN POLICY, 20 de marzo.

CUANDO DESPERTEMOS DE LA PESADILLA, CHINA ESTARÁ ALLÍ

18 de marzo de 2020

                
En China empezó todo y China sobresaldrá del resto de los países cuando todo acabe. Esta aparente paradoja no es el resultado sólo de una concatenación de casualidades, sino el reflejo de la actual relación mundial de fuerzas en el capitalismo global.
                
Las noticias más recientes indican que el COVID-19 está ya bajo control en China. Mientras los países más desarrollados caen bajo la presión de la infección como un castillo de naipes, la maquinaria productiva china empieza a recuperarse. Los chinos tendrán que atender sus inmensas necesidades durante las próximas semanas, pero todo indican que le sobrarán recursos para abastecer a las bloqueadas economías occidentales, según las estimaciones de algunos sinólogos. Rush Doshi asegura que China “emergerá como un proveedor mundial de mercancías para combatir el coronavirus” y Julian Gerwitz abunda en esta idea y señala la “defectuosa” respuesta de Trump a la crisis (1).
                
CAMBIO DE CICLO
                
Las tres cuartas partes de las 80.000 personas infectadas en China se han recuperado. Las restricciones a la movilidad se han relajado notablemente y, por tanto, los trabajadores se encontrarán plenamente en sus fábricas en pocos días, se estima. La maquinaria productiva china recuperará su vigor hasta restablecer de nuevo su condición de “fábrica del mundo”, mientras las ciudades, polígonos industriales, campus tecnológicos y otros núcleos de la productividad occidentales seguirán en blanco y negro.
                
Las principales empresas chinas que cotizan en los mercados bursátiles internacionales ya se encuentran a la cabeza, después del derrumbamiento de hace sólo unas semanas. A pesar de que aún no han recuperado el valor con que cerraron 2019, el CSI 300 (índice bursátil de referencia chino) ya ocupa el liderazgo mundial del presente año (2).
                
Aunque la jerarquía china se cuida de no sonar triunfalista, estos datos positivos devuelven al régimen chino el instinto de la propaganda sin complejos. Empieza a detectarse en los medios oficialistas un tono de revancha alimentado por un orgullo herido. La agencia oficial de noticias Xinhua ha calificado de “inmorales y despreciables” a los que aprovecharon la desgracia para desprestigiar al sistema político. Puede imaginarse lo que vendrá a  continuación: purga de quienes se atrevieron a dudar de la capacidad del liderazgo político para sacar a China de la crisis, trato despectivo de las potencias exteriores que criticaron la ineficacia del sistema, etc. (3)
                
Pero la manifestación más importante será la condescendencia hacia el mundo occidental que estará sumido en el desconcierto, con sus sistemas de salud superados, sus economía bajo una presión sin precedentes, la solidaridad del orden liberal bajo mínimos y una previsible sensación de pesimismo en auge, pese al esfuerzo de los líderes por insuflar ánimo.
                
En primera instancia, China empezará a proveer de mascarillas, kits de pruebas, geles de limpieza y desinfección, equipos de protección individual, máquinas respiradoras, etc. Y, más temprano que tarde, de allí vendrá la primera vacuna, para acelerar el fin de la pandemia y prevenir posibles brotes subsiguientes.
                
Es posible que otras vacunas surjan en Estados Unidos, Europa u otros países del atribulado Occidente actual, pero como las medidas de clausura impuestas también se han extendido al comercio, cada gobierno tratará de retener lo que estime que necesiten sus nacionales. Ya está ocurriendo. Los alemanes temen que Estados Unidos compre la patente de unos ensayos clínicos para controlar el desarrollo de la vacuna.  
                
Algunos economistas como Henry Farrell y Abraham Newman, de la Universidad de Georgetown, han señalado que la recesión que se viene es el reflejo de una debilidad intrínseca de la globalización. La especialización y la eliminación de redundancias productivas, la “profunda interdependencia” entre empresas y naciones, que en momentos de normalidad es un factor de expansión, se convierte en causa principal del bloqueo del sistema productivo cuando acontece un shock como el presente, ya que los recursos subsidiarios locales han sido eliminados o marginados (2).
                
EUROPA: REACCIÓN Y DUDAS
                
En Europa, el abordaje de la infección ha evidenciado ha dejado mucho que desear en cuanto a la solidaridad comunitaria. Las medidas han sido adoptadas por los gobiernos nacionales, cada cual a su ritmo. En cierto modo es comprensible, debido al ritmo irregular de propagación de la enfermedad. Pero quizás hubiera sido recomendable una coordinación más estrecha, según la opinión de algunos analistas.
                
Al menos, los 37 mil millones de euros que la Comisión Europea pondrá en marcha para que los Estados miembros puedan hacer frente a las necesidades más urgentes de sus sistemas sanitarios y otros servicios públicos y productivos aliviarán la sensación de pesimismo existente en estos momentos. Por su parte, los ministros de finanzas del Eurogrupo acordaron adoptar “todas las medidas necesarias para afrontar los desafíos del momento” y anunciaron una inyección fiscal equivalente al 1% del PIB.  
                
Aún es pronto para saber qué desarrollo van a tener estas medidas. El paquete que ya ha adoptado el gobierno español parece razonablemente adecuado a las necesidades tan imperiosas del momento e incluso desbordan las prudentes orientaciones de Bruselas. Pero podrían producirse correcciones o revisiones en función de las circunstancias. Alemania, donde la pandemia ha golpeado pero con menos virulencia que en los estados mediterráneos, debería adoptar una posición de liderazgo en la monitorización inmediata de la crisis. Pero en plena crisis sucesoria de liderazgo, hay serias dudas sobre cuál será su posición (5).

NOTAS


(2) “Control of coronavirus gives China the world best-performing stock market”. THE ECONOMIST, 14 de marzo.

(3) “China appears confident that its coronavirus epidemic has abated”. THE ECONOMIST, 12 de marzo.

(4) “Will the Coronavirus end Globalization as we know it”. HENRY FARRELL y ABRAHAM NEWMAN. FOREIGN AFFAIRS, 16 de marzo.

(5) “The coronavirus is reducing Merkel’s EU legacy to ashes”. BJÖRN BREMER y MATTHIAS MATHJJIS. FOREIGN POLICY, 17 de marzo.

ASUNTOS GRAVES QUE EL CORONAVIRUS HA DESPLAZADO

11 de marzo de 2020

                
El mundo se mueve al ritmo de la propagación del Coronavirus y del relato muchas veces alarmista de unos medios abonados al opiáceo del espectáculo catastrófico. El despotismo informativo hace que los asuntos perentorios desplacen a los necesarios análisis de fondo. El interés se centra prioritariamente en los avances del virus y en los esfuerzos por aislar/proteger/tranquilizar a la población. Los Estados tratan de buscar soluciones que refuercen el control de la infección con la preservación de las libertades y el sostenimiento del sistema productivo. Pero se habla mucho menos de las carencias de los sistemas sanitarios, como consecuencia de años y años de recortes.
                
Entretanto, otros conflictos, potencialmente tan peligrosos o más, quedan fuera o muy marginados en el radar mediático. Intentamos compensarlo con una rápida puesta al día de hechos y claves.
                
SIRIA: ECOS DEL PULSO RUSO-OTOMANO
                
La tensión entre el gobierno local y la vecina Turquía por la evolución de los acontecimiento en la región de Idlib, única parte importante del país que todavía escapa al control del gobierno de Damasco, ha obligado a Moscú a un pacto de contención. Las dos figuras autoritarias más notables de la periferia europea, Erdogan y Putin, tuvieron que emplearse a fondo para combinar su doble juego con una engañosa vocación conciliadora.
                
Tras una tensa cumbre de cuatro horas acordaron un alto el fuego que recordaba al de 2015. Entonces, un caza ruso fue derribado por la defensa antiaérea turca poniendo a las dos potencias al borde de una guerra frontal; en esta ocasión, más de treinta soldados turcos murieron en una emboscada supuestamente perpetrada por el ejército sirio, pero bajo el amparo del dispositivo militar ruso desplegado en Siria.
                
Estos días se han vuelto a evocar los ecos de la histórica confrontación entre los desaparecidos imperios otomano y zarista. Erdogan y Putin han utilizado parte de su retórica y sus recursos propagandísticos para dorar sus blasones políticos. Un juego peligroso cuyos réditos podrían ser de corto vuelo pero de alto potencial destructivo. Putin corteja a Erdogan con el propósito principal de afianzar la brecha en la OTAN (1).
                
GRECIA: UNA NUEVA CRISIS DE REFUGIADOS
                
Derivada del anterior conflicto, se agranda por momentos una nueva crisis de refugiados aunque de dimensión menor a la de 2015. El incremento de los desplazados sirios que las autoridades turcas han permitido dirigirse hacia Grecia, con el consiguiente problema humanitario y político, ha vuelto a agriar las ya ríspidas relaciones entre la UE y Turquía.
                
De nuevo, Erdogan desafía a la indecisa y asustadiza Europa, que hace piruetas imposibles entre su discurso de conciencia y el miedo a que el asunto se le escape de las manos y propicie otro brote del nacional-populismo xenófobo. La Comisión le ha prometido 700 millones de euros al gobierno del conservador Mitsotakis para salir del paso. Pero tendrá que pactar con el líder turco una revisión de lo acordado en 2016. Entonces, tras el repliegue que siguió a la reacción compasiva la UE, puso en manos del aspirante turco la contención del problema (2). Con Alemania en plena crisis sucesoria de liderazgo y Francia en vísperas de unas elecciones que pueden confirmar la fragilidad del presidente, las respuestas serán esquivas. Italia, otro foco de inestabilidad, es ahora epicentro de la amenaza vírica. El ultra Salvini utiliza sin rubor la crisis para agudizar las contradicciones de la acrobática coalición de gobierno.
                
AFGANISTÁN: LA PAZ DE LAS PRISAS
                
El acuerdo de alto el fuego entre norteamericanos y taliban en Afganistán sigue sin convencer al gobierno de Kabul, marginado en las negociaciones y sometido a una división interna en absoluto novedosa, con dos autoproclamados presidentes. La sociedad civil tiembla ante las prisas de Trump por dejar el país antes de noviembre y la más probable reanudación de la guerra. Otro fracaso del proyecto neocon, que Obama no pudo o supo atajar (3).
                
ISRAEL: LAS VIDAS POLÍTICAS DE NETANHAYU
                
El bloqueo político en Israel después de tres elecciones en menos de un año. Las correcciones de las urnas han sido mínimas. Netanyahu se mantiene pero no araña los apoyos suficiente para tener la mayoría que le permita formar gobierno. El partido de los generales (Kavol Lahan: Azul y Blanco) fracasa de nuevo en su empeño de poner fuera de circulación al primer ministro aireando sus casos de corrupción, que la Justicia abordará la semana que viene. Los partidos árabes, unidos en una sola lista, alcanzan su mejor resultado histórico y dificultan un acuerdo flexible.
                
Para evitar unas cuartas elecciones que difícilmente trajeran la solución, se vuelve a plantear un gobierno de unidad nacional, pero los adversarios de Netanyahu, centristas o extremistas, se resisten, para no dar más vida al mayor gato político en la historia del país (4).
                
INDIA: EL PELIGRO PROYECTO NACIONAL-AUTORITARIO DE MODI
                 
El creciente malestar de la comunidad musulmana y de otras minorías de la India por el empuje del programa nacional-autoritario del primer ministro Modi y sus organizaciones racistas aliadas (5).
                
Desde la última crisis de Cachemira, a finales del pasado año, la hindutva, una suerte de proyecto de depuración étnico, religioso y político del gobierno está agravando las tensiones sociales. La represión de los focos de protesta, como el de hace un par de semanas en Delhi, agitan un peligroso polvorín y agudiza los factores de fricción con el vecino Pakistán.
                
USA: LAS DECEPCIONANTES PRIMARIAS DEMÓCRATAS
                
El triunfo de Biden en Michigan y otros estados del Alto Medio Oeste le pone la nominación al alcance de la mano. El establishment se ha salido con la suya. Podrá manejar sin problemas a un candidato flojo, proclive al gafe y a la confusión, coequipier de Obama pero antagonista en estilo, empuje y sustancia. Las bases demócratas progresistas no ocultan su decepcionadas. El relato de un triunfo más probable frente a Trump en noviembre es más que discutible. La incógnita ahora es si Sanders seguirá peleando, como en 2016, o se avendrá a un engañoso frente unido.
                
El coronavirus (con su cadena imprevisible de efectos) podría ser un enemigo mucho más fuerte para Trump que Biden, incluso con un partido demócrata aparentemente cohesionado. Si EEUU entra en recesión, como se temen algunos analistas, los apoyos del presidente actual se podrían volatilizar rápidamente. Aunque la  trama ucraniana, generadora del proceso del impeachment, podría reaparecer, el debate se centraría en la supuesta fortaleza de América que Trump prometió en 2017.  


NOTAS

(1) “Putin and Erdogan reach accord to halt fighting in Syria”. NEW YORK TIMES, 5 de marzo. “Russie, Iran et Tuquie auront bon multiplier les accolades au sommet; ells n’ont pas le mêmes desseins sur l’avenir de la Syrie”. ALAIN FRANCHON. LE MONDE, 7 de marzo.

(2) “Europe’s morality is dying at the Greek border”. PAUL HOCKENOS. FOREIGN POLICY, 5 de marzo; “Refugiés: la Grece refuse toujours d’ouvrir ses frontiers”.LE COURRIER DES BALKANS, 5 de marzo; “L’UE face le cinisme de la Turquie”. EDITORIAL. LE MONDE, 6 de marzo.

(3) “Us-Taliban peace deal: a road to nowhere”. JOHN ALLEN. BROOKINGS INSTITUTION, 7 de marzo; “After 18 years, is this peace deal or just a way out”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 1 de marzo; “Afghanistan: une paix en forme de défaite. EDITORIAL. LE MONDE, 4 de marzo.

(4) “Strike three: How a ruling coalition still eludes Israel’s Nentayahu”. DAVID AARON MILLER. CARNEGIE ENDOWMENT, 5 de marzo.

(5) “How Hindu supremacists are tearing India apart”. SAMAN SUBRAMANIAN. THE GUARDIAN, 20 de febrero.

EE.UU.: DOS OCTOGENARIOS OPUESTOS SE DISPUTARÁN EL ALMA DEMÓCRATA

4 de marzo de 2020

                
La contestación interna demócrata por la Casa Blanca ha quedado despejada. Ni siquiera hizo falta el Supermartes para depurar la abultada lista inicial de candidatos. Cuando se abrieron las urnas en los 14 estados que reúnen una tercera parte de los delegados, algunos aspirantes ya se habían retirado (Buttigieg, Klobuchar, Steyer). La victoria, el sábado, del exvicepresidente Biden en Carolina del Sur confirmó su arraigo en el votante afroamericano moderado, por el influjo de Obama.  
                
En el Supermartes ha ocurrido más o menos lo esperado. Sanders se ha impuesto en el estado con más delegados de la jornada (California) y también en Utah, Colorado y en el suyo, Vermont. Biden obtiene el segundo estado, Texas, además de Virginia, Minnesota, Massachussets y cinco estados sureños. Queda por decidir Maine. Un duelo repartido, aunque el auge del exvice, favorecido por la retirada previa de los centristas, le ofrece el impulso esperado. Con su victoria en California, el candidato socialista conserva sus opciones.
                
La mejor candidata, Elisabeth Warren, ha perdido incluso en el estado donde es senadora  (Massachussets), en beneficio de Biden y es cuestión de horas su retirada. El mil millonario Bloomberg sólo ha ganado en el mini enclave de Samoa, a pesar de los 500 millones que habían invertido en su debut electoral: un fracaso sin paliativos preludio del fin.
                
El duelo Biden-Sanders será una disputa por el alma del partido. Moderados contra progresistas. Centro o izquierda. Establishment frente a bases. No será, como en 2008, una lucha de egos (Obama/Hillary), sino más bien una versión corregida y empeorada de 2016 (Hillary/Sanders). Empeorada, porque Biden tiene una estatura y una competencia mucho menor que la única mujer candidata a la presidencia, hasta la fecha.
                
MEDIOCRIDAD VS RUPTURA
                
La élite demócrata deposita sus esperanzas de triunfo en un candidato mediocre, con reflejos políticos escasos, trayectoria gris aunque prolongada, vigor dudoso y carisma mínimo. Su mayor activo consiste en haber sido el vicepresidente de Obama, que no precisamente su hombre de su confianza. Más allá del afecto del contacto, de las horas pasadas juntos, de difusa proximidad ideológica, en Biden hay muy poco de Obama. Ni siquiera el recuerdo ( ).
                
En Sanders se reúne el espíritu de rebeldía de las bases demócratas más combativas, hartas de las componendas de la dirección, mientras la mayoría se empobrece cada día. La obsesiva preocupación por ocupar el centro ha dejado sin respuestas a millones de ciudadanos. La moderación y la templanza no le sirvieron a Obama para avanzar sustancialmente en la defensa de los derechos y las reivindicaciones sociales de la mayoritaria clase media baja o de las minorías.
                
En 2016, Sanders le discutió a Hillary el pulso del partido, movilizó a la juventud, conectó con los sectores tradicionales de la clase trabajadora blanca, pero no fue capaz de atraerse a latinos y afros. La poderosa atracción de los Clinton en esas minorías ancló a los demócratas en ese centro inercial que es, en realidad, una derecha civilizada, frente al radicalismo cada vez más acusado de los republicanos.
                
El fracaso de Hillary frente a Trump evidenció las limitaciones de la estrategia centrista de la dirección demócrata. La derrota de la candidata en los estados industriales en decadencia de los grandes lagos (Michigan, Wisconsin y Minnesota) le costó la presidencia, pese a lograr tres millones más de votos en el total nacional.  
                
COMBATE POR EL ELECTORADO FRUSTRADO
                
Frente a Trump, Sanders aparece ahora favorito claro en esos lugares claves, un año más, en la conquista de la Casa Blanca, según los sondeos. El candidato de la izquierda habla un lenguaje que entienden los perdedores del neoliberalismo de las últimas décadas. Competirá en el mismo terreno que Trump, pero con un registro muy diferente, en realidad opuesto, al de Trump. El discurso de la gente guapa en despachos blindados se ha convertido en sospechoso. Es la hora de la discusión en la mesa de la cocina.
                
Biden juega con la maquinaria partidista a su favor y eso lo convierte, en cierto modo, en favorito. Pero la lección de 2016 está fresca. La apuesta por lo que parecía seguro resultó fallida. Los activistas de la izquierda están muy vigilantes ante cualquiera de las maniobras que el aparato puede realizar para favorecer al candidato del establishment. Biden tendrá que ser mucho más convincente de lo que ha sido hasta ahora para despegar, para llegar a Milwaukee en verano con los deberes hechos. No lo tiene asegurado.
                
Los debates han desnudado al exVice. Salvo algunos destellos, no le ha visto con ideas claras, con reflejos dispuestos. Continuas invocaciones al legado de Obama. Eslóganes vacíos. Y poco más. El resto ha sido silencios, despistes, frases hechas, torpes defensas de las invectivas de sus rivales. Biden es un candidato apático escondido detrás de una sonrisa floja.
                
Pero cuenta con el voto del miedo, de la precaución, de la inercia. Pueden acudir a él todos aquellos que temen el discurso socialista de Sanders, su propuesta por el cambio, por el crecimiento de los servicios públicos, por una política exterior más atenta a las necesidades de las sociedades y menos por los intereses de las élites serviles de Washington.
                
Sanders, no lo olvidemos, ni siquiera es miembro del Partido Demócrata. Se une a los senadores azules en comisiones y bancadas, pero va por libre. Es un independiente: de carné y de espíritu. Resulta misterioso su predicamento en la juventud a su edad avanzada. Su estado de salud puede resultar un baldón considerable. Ha superado un reciente infarto, pero asegura encontrarse en condiciones de luchar por el liderazgo de la nación. No todos le han creído.
                
La ventaja que Sanders tiene sobre Biden en los feudos industriales se invierte en los enclaves afroamericanos, un sector clave en cualquier victoria demócrata. Es previsible que Obama, espantado con Sanders, le echa una mano a su antiguo segundo en ese terreno. Debe pesar considerablemente su influencia, aunque hasta la fecha el expresidente ha sido muy cauto, quizás por una falta no confesable de fe en Biden.
                
La contestación demócrata ha dejado otra amarga realidad social. No es exagerado decir que Hillary Clinton y Elisabeth Warren -situadas en latitudes ideológicas diferentes- han sufrido un sesgo negativo de género. Poco ha importado su indudable calidad como candidatas frente al prejuicio de buena parte de la sociedad norteamericana, mucho menos avanzada que la europea en este aspecto.
                
Como en otras elecciones, la participación será decisiva. El hartazgo de Trump puede empujar al electorado demócrata a implicarse este año y no repetir el inmenso error de 2016. Todo dependerá de la marcha de la campaña, del contraste final entre los dos aspirantes. La democracia norteamericana envejece aunque la sociedad sea cada vez más joven y más plural. Una paradoja apasionante.