EL GIRO EUROPEO HACIA ASIA

28 de enero de 2026

Europa está empeñada en su particular pivot to Asia (giro hacia Asia), término que empleó Obama al comienzo de su mandato para indicar un cambio estratégico de preferencias en la política exterior y económica de los Estados Unidos. Para el primer presidente afroamericano, Europa seguía siendo un aliado valioso y esencial para el mantenimiento del orden liberal internacional, pero dejaría pronto de ser la joya de la corona del sistema de alianzas creado durante y después de II Guerra Mundial.

En apenas tres lustros ese pivot to Asia se ha quedado parcialmente detenido, pero no debido a una vuelta a la apuesta preferencial europea de Estados Unidos, sino por la confusa visión de Trump que algunos asimilan al arcaico sistema de competencia entre las grandes potencias (great-power competition).

Europa tiene miedo de Estados Unidos. O esa es al menos la percepción en medios políticos, diplomáticos y estratégicos. A la espera de un restablecimiento de la normalidad en la era post-Trump, el liderazgo europeo parece decidido a adoptar decisiones a largo plazo que preserven los intereses generales de Europa. O de las élites que gestionan el futuro de Europa.

Más fácil proclamarlo para tranquilizar los ánimos que hacerlo efectivo, debido al alto grado de dependencia de Europa con respecto a Estados Unidos en sectores clave del poderío internacional: militar, comercial, energético, tecnológico, etc.

LA DEPENDENCIA EUROPEA DE EEUU

Con motivo de la crisis artificial de Groenlandia, aún lejos de estar resuelta, el diario francés LE MONDE publicó un largo y documentado informe sobre las claves de la debilidad europea en un hipotético pulso recrudecido con Estados Unidos (1). Las cifras resultan más que inquietantes. Condensamos las más significativas:

- la tasa de dependencia armamentística supera el 50% y se acerca al 66% si se excluye a Francia, el país europeo con el sistema de armamento propio más potente.

- las importaciones de armamento en Europa han aumentado un 155% en el periodo 2020-2024, con respecto a los cinco años anteriores; más de la mitad de ese montante (53%) procedieron de Estados Unidos, en gran parte debido a la guerra de Ucrania.

- el acceso al Espacio y la vigilancia espacial europea depende en un 90% de los datos suministrados por el Comando militar espacial de Estados Unidos; la dependencia de la compañía, Starlink, es completa, como se ha comprobado en la guerra de Ucrania.

- 11 de los 21 cables submarinos que conectan ambos lados del Atlántico pertenecen a actores norteamericanos.

- las compañías de servicios digitales de EEUU absorben el 83% de los 265 mil millones de € anuales, gastados en software y la nube de uso profesional en Europa.

- en materia de energía, el Gas natural licuado (GNL) de Estados Unidos ha sustituido al gas ruso en al aprovisionamiento europeo; ya supone el 60% de las importaciones europeas y, si no hay alteraciones dramáticas, alcanzará el 80% en tanto sólo tres o cuatro años (otro factor esperable de la guerra económica contra Rusia).

- el sistema de pagos internacional, por tarjetas y en línea, también deja a Europa a merced de Estados Unidos: VISA y Mastercard aseguran más del 60% de las compras con dinero de plástico de los europeos y Pay Pal, Google Pay, Amazon Pay y AliPay dominan las transacciones en línea.

Este arsenal de datos ofrece un panorama desalentador, en caso de que el actual clima  de acritud en las relaciones transatlánticas empeore aún más; y aunque no  llegara la sangre al río, la capacidad de presión/extorsión de una administración imprevisible no es desdeñable.

Por eso, Europa pretende profundizar en vías alternativas hacia el Este lejano, zona del mundo con mayor dinamismo económico. Al final de ese movimiento oriental se encuentra China, la superpotencia en ciernes, el desafío más importante para el orden liberal occidental, antes de que Trump lo pusiera patas arriba.

En este giro se han incorporado Canadá, el país de la OTAN más expuesto por el cambio de vientos en su vecino del sur. El discurso de su premier, Mark Carney, en el foro de Davos quizás sea algún día comparado, mutatis mutandis, con el famoso discurso de Churchill en la Universidad de Missouri, en 1946, cuando pronunciara aquel famoso vaticinio del telón de acero.

Carney dijo lo que muchos colegas suyos occidentales llevan en la punta de la lengua y sólo dejan que se les escape a cuentagotas: el orden que ha organizado el mundo y la hegemonía occidental en las últimas ocho décadas ha terminado, es hora de construir un nuevo sistema multipolar que no gravite en torno a la órbita hegemónica de los Estados Unidos (2). Carney llegaba a esa tribuna sagrada  del pensamiento liberal procedente de China donde había suscrito una serie de acuerdos comerciales y de inversión, aún muy modestos en cifras, pero ambiciosos en propósitos.

Otros dirigentes europeos han hecho el viejo camino de Marco Polo, con espíritu similar y objetivos aún más amplios. La cooperación occidental en la contención del creciente poderío chino ha saltado por los aires y se impone una dinámica europea, a la que está asociada Canadá, pero sin ataduras políticas o institucionales.

Con sus visitas a Pekín, Macron, Merz y Starmer, las primeras espadas del nuevo directorio informal europeo (E3), han empezado el año intentando recomponer las relaciones con el gigante asiático sobre bases puramente pragmáticas. No se pretenden cambios geoestratégicos dramáticos, pero si asegurarse una pacífica y hasta fructífera rivalidad.

LA CARTA INDIA

En este giro hacia Asia, Europa ya ha cimentado acuerdos comerciales con Indonesia, Japón, Malasia o Filipinas. Pero la estación más significativa es la India, una potencia que muy pronto desbancará a la nipona como cuarta economía mundial (después de EE.UU, China y Alemania) y aspira a convertirse en actor esencial de un nuevo equilibrio internacional.

La visita que esta semana han realizado dirigentes comunitarios europeos (Ursula Von der Leyen y Antonio Costa) ha consagrado un acuerdo de reducción casi total de las tarifas comerciales que ahorrará 4 mil millones de € anuales y otros compromisos de cooperación económica que llevaban veinte años en la cocina de las negociaciones técnicas.  En el sector del automóvil los aranceles bajarán del 110% al 10% para una cuota de 250.000 vehículos (3).

La dimensión en términos cuantitativos de este nuevo eje es menor. En la actualidad, India es sólo el noveno socio comercial de la UE, con sólo un 2,4% del total de los intercambios comunitarios, frente al 17,3% con EE.UU y el 14,6% con China. Con un valor total de 50 mil millones de dólares, las exportaciones europeas a la India son equivalentes a las dirigidas hacia los países latinoamericanos del Mercosur, con los que se acaba de cerrar también un trabajoso y polémico acuerdo de libre cambio relativo.

Para la India, el alcance y las dimensiones de esta iniciativa estratégica es mucho más importante. En 2024, el valor de sus exportaciones de bienes y servicios a la UE (105 mil millones de €) fué similar al de las ventas a Estados Unidos (129 mil millones de €). En todo caso, no estamos ante un liberalización sin limitaciones. Hay muchos sectores que seguirán sometidos a ciertas limitaciones normativas proteccionistas.

Aunque la expresión de Von der Leyen (“este es la madre de todos los acuerdos”) suene un tanto hiperbólica, al gusto de Trump, no se puede minimizar su alcance. El comercio India-UE representa el tercio de los intercambios mundiales, las economías de ambas partes reúnen el 25% del PIB mundial y sus poblaciones suman 2 mil millones de personas (4).

Más allá del campo estrictamente comercial y económico, India y la UE “intentan preservar su autonomía estratégica como actores secundarios en sus respectivas esferas, India vs. China en el Indo-Pacífico y Europa vs América en el Atlántico”, dice el especialista de la Chatham House británica (5).

Nueva Delhi contempla esta nueva iniciativa exterior como una ampliación de su estrategia de diversificación en la que lleva tiempo empeñado. Durante décadas, la URSS y luego Rusia fueron los principales clientes de la India. Ésta se abastecía de petróleo, gas y armamento rusos y vendía productos manufacturados, tecnología digital y servicios ofimáticos.

Estados Unidos aprovechó el cambio político arrastrado por la liberalización de los primeros años noventa para meter una cuña entre Delhi y Moscú y ofrecer a la nueva generación de dirigentes ultranacionalistas indios de este siglo la atractiva cooperación en materia nuclear y de seguridad. Trump ha alterado los términos del acercamiento, con su política mercantilista de tarifas intimidatorias. A India le impuso un 25% complementario por continuar comprando petróleo ruso. Pero los imperativos estratégicos y la afinidad ideológica con el nacionalismo autoritario de Modi mantienen abiertos los cauces de diálogo y colaboración (5).

India se ha movido entre Rusia y Estados Unidos como pivotes de apoyo frente a Pekín. Pero la modificación de los tiempos y al acercamiento ruso-chino ante la asertividad de Estados Unidos ha estimulado esta apertura de India fuera de la región Indo-Pacífico.

Esto no quiere decir que el nacionalismo indio pretenda romper con Moscú, Por el contrario, como se ha visto en los últimos años, el nacionalismo autoritario en ambas potencias ha permitido mantener los ámbitos de cooperación, como se ha visto en la elusión india de las sanciones norteamericanas a Moscú por la guerra de Ucrania. Las diferencias políticas y de valores y los reproches por las tradicionales conexiones indias con Rusia (energéticas y militares) quedan opacadas por la necesidad de este pivot to Asia europeo.

 

NOTAS

(1) “De la défense aux systèmes de paiement, les multiples dépendances de l’Europe à l’égard des Etats-Unis”. LE MONDE, 24 de enero.

(2) “Canada Flexes on Global Stage With an Eye to Its Own Survival”. MARTINA STEVIS-GRIDNEFF & IAN AUSTEN. THE NEW YORK TIMES, 20 de enero.

(3) https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/en/qanda_26_185

(4)  “India, EU clinch long-delayed trade deal”. FOREIGN POLICY, 27 de enero.

(5) “Europe is aiming to sign a long-awaited free-trade deal with India”. THE ECONOMIST, 25 de enero.

(6) “America Must Salvage Its Relationship With India. Or risk losing a global swing state”. RICHARD FONTAINE. FOREIGN AFFAIRS, 16 de enero.

 

SOBREVIVIR A TRUMP

21 de enero de 2026

Con Trump desatado y un tanto imprevisible, Europa se esfuerza por dar una respuesta conservadora. La elevación del tono de los últimos días tiene más de postureo que de estrategia. El libreto sigue siendo el mismo: firmeza aparente mientras se espera que pase el temporal sin provocar daños irreparables. Algunas afirmaciones sobre el final del orden liberal y la necesidad de crear uno nuevo (eso sí, con las mismas bases) suenan coyunturales, parte del discurso de resistencia hasta que haya un cambio en la Casa Blanca y se restablezca el equilibrio. O un desequilibrio aceptable.

El segundo mandato de Trump es prolífico en ruido y corto en sustancia, atronador en las exhibiciones de fuerza y absolutamente vacío en las propuestas de fondo. La superficialidad de sus decisiones se oculta detrás del tremendismo de sus actuaciones. Se ha visto en Gaza, en Irán, en sus guerras aduaneras, en Venezuela y seguramente pasará lo mismo en Groenlandia. Trump es autor de videoclips políticos pero no productor capaz de construir o inspirar un film consistente. Es reflejo de su tiempo, en su fase final: la decantación de una vida plagada de farsas y delitos de los que ha escapado o a los que ha sobrevivido, amparado en un sistema corrupto y agotado.

Más allá del cruce de declaraciones, de burlas, de amenazas, de acusaciones cruzadas entre los líderes todavía aliados, conviene poner las luces largas e intentar entender las consecuencias a largo plazo de esta fractura que se califica de inédita en los medios. Se olvida que Europa y Estados Unidos se posicionaron en bandos distintos en la segunda guerra post-1945 en Oriente Medio (Suez). O se pone sordina a las mofas arrogantes de dirigentes norteamericanos (la vieja y la nueva Europa: es decir, la Europa que replica si quiera tímidamente y la Europa que simplemente se allana) hace algo más de veinte años. Las fricciones el vínculo transatlántico no son cosa de ahora, aunque nunca llegaran a este nivel de estruendo.

LA VIEJA EUROPA Y EL “NUEVO ORDEN”

En Europa se construyen ahora discursos de aparente originalidad o novedad, cuando en realidad lo que se apunta es la conservación del viejo sistema liberal, con el argumento de que se trata de un orden que merece ser conservado. No da la impresión de que se quiera aprovechar la crisis para revisar ciertos principios que han demostrado su caducidad. La Europa que pretende “resistir” a Trump (no a Estados Unidos y a su lógica imperial, sólo a Trump) ofrece recetas propias de un mundo antiguo embellecido en un envoltorio retórico de multilateralismo, cooperación internacional y predictibilidad jurídica. Sin embargo, se omite reconocer que ese otro mundo emergente ajeno a Europa no se cree esas tomas de posiciones cargadas de aparente razón. El último ejemplo: la acritud de la polémica con Trump ha dejado en segundo plano el debate del Mercosur, en el que han aflorado los viejos prejuicios de una Europa no tan generosa como pintan sus dirigentes.

Hay también una Europa First, aunque se camufle bajo una máscara amable. La ultraderecha europea es anterior a Trump. no producto del impulso del magnate norteamericano. Que ahora cabalgue a sus lomos no explica por completo su auge actual. Las raíces de la xenofobia, del racismo, de los mensajes de odio, del nacionalismo acre y reaccionario no se debe a cables submarinos con origen al otro lado del Atlántico. Los demonios europeos tienen causas propias, autóctonas. Se puede decir más: son más auténticos que ese pastiche norteamericano del MAGA. A los exponentes del orden liberal europeo les viene hasta cierto punto muy bien Trump y estos subproductos de política rápida, para ocultar los fracasos propios.

Estos días se ha estado especulando con la posibilidad de que Europa supere la política de halagos y apaciguamiento seguida hacia el Presidente norteamericano y se ponga seria. Aunque está reciente el cierre en falso de la agresión tarifaria trumpiana con un acuerdo humillante para Europa, algunos han visto en los amagos hostiles de Macron la vanguardia de ese giro. ¿Espejismo? ¿Cortina de humo para oscurecer el desorden mayúsculo en Francia, del cual el Presidente ha sido su mayor causante?

¿Qué pasaría si Trump no rectifica y apaña una operación militar de película para colocar la bandera norteamericana sobre el helado suelo de Groenlandia, como insinúa en un post de Inteligencia Artificial? Pues seguramente se emitirá una salva artillera de comunicados, se harán llamamientos dramáticos a la sensatez, se apelará a la amistad sagrada con el pueblo americano y sus representantes, se recordará Normandía, Sicilia, las Ardenas, los fructíferos años de la Guerra fría, la arquitectura emblemática de San Francisco o las sublimes realizaciones de la paz más longeva de la historia de la humanidad. Y todo ello con ánimo constructivo,  para reconducir la crisis y diluir el ensayo de ocupación militar en un modelo de seguridad compartida en el Ártico, frente a los enemigos de verdad. Una riña de familia a la que no se quitará importancia, pero a la que se opondrá la inevitable reconciliación propia de una amistad, de una familia. 

LAS CAUSAS DE LA DEBILIDAD EUROPEA

La debilidad de la respuesta europea no se trata de flojera política o de prudencia propia de estadistas, sino de debilidad estratégica. Europa se ha movido a lo largo de las últimas décadas con aparente habilidad, pese a su cuádruple dependencia (financiera, militar, tecnológica y energética), exhibiendo músculo del soft-power: su cultura, su orden político más o menos pluralista, su modelo social (cada vez más resquebrajado), su calidad industrial envejecida.

El crecimiento imparable de las estructuras políticas supranacionales europeas se presentaban como muestra de  fortaleza, cuando en realidad alimentaban el riesgo de su creciente debilidad. La exhibición de superioridad institucional ha terminado por convertirse en causa de incomprensión por parte de amplias mayorías de la población, mientras los problemas sociales estructurales  se iban agrandando de crisis en crisis. La brecha entre la Europa oficial y la real se ha hecho más evidente y menos resoluble.

Se han acometido pocos esfuerzos auténticos para superar las dependencias que han lastrado la capacidad de Europa tendente a construir un proyecto político que resultara útil a las mayorías sociales. Sólo se ha actuado cuando ha surgido una necesidad imperiosa, y casi siempre a medias. Y de forma asimétrica. Por mucho que se pretenda ahora, jamás Europa ha tenido la voluntad de construir una defensa autónoma propia. La respuesta, como en casi todo, ha sido institucional y burocrática. En lo material, en lo operativo, Europa no ha dejado nunca de ser dependiente de Estados Unidos, retóricas solemnes aparte. No digamos ya en lo tecnológico. Los intentos han sido protagonizados por intereses corporativos privados, enfocados a la regla del máximo beneficio económico. Las políticas comunes europeas han estado siempre destinadas a blindar intereses sectoriales por lo general conservadores. La política social, la armonización fiscal y otros proyectos más ambiciosos se han topado siempre con vetos y obstáculos interesados.

Los intentos de superar la dependencia energética sólo se avivaron con la guerra de Ucrania. Sorprende la crudeza de la hostilidad europea hacia esta nueva Rusia nacionalista, después de décadas de complacencia y cooperación entusiasta con el entramado político-empresarial mantenido con el Kremlin de Putin desde sus inicios. Los negocios de algunas compañías energéticas europeas con el Estado rusos y sus cómplices oligarcas han pasado desapercibidos para la mayoría de la opinión pública europea y, naturalmente, se han omitido de los más recientes pronunciamientos altisonantes sobre la agresividad rusa.

Es fácil escribir ahora de forma crítica sobre Estados Unidos y su política exterior, debido a la personalidad atrabiliaria y lamentable de su principal dirigente. Pero pocas veces se examina si los excesos actuales no son sino derivadas ineducadas de estrategias que hunden sus raíces décadas atrás. La supuesta amistad de Estados Unidos y Europa no se fundamenta tanto en ideales compartidos de libertad, justicia y legalidad internacionales, sino en el interés mutuo de sus élites por conservar un orden liberal que arropa problemas estructurales y conflictos sociales en la carcasa de un sistema político e institucional convertido en modelo pretendidamente planetario.

Ninguno de los dirigentes políticos europeos (los actuales o los que aguardan la oportunidad de la alternancia) tiene una estrategia para superar la actual disputa agria con el padrino norteamericano. Ni siquiera está claro que lo pretendan de verdad. Más bien da la impresión de que quieren preservar las herramientas de complicidad hasta que amaine la tormenta atlántica y en Washington se vuelva a la normalidad de lo previsible, para hacer frente tanto al irredentismo ruso, como al desafío chino, sin olvidar la incómoda pero más manejable (o eso se piensa) contestación del Sur Global. Más que oponerse de verdad a Trump, lo que subyace en las conductas de las élites políticas en Europa es capear la anomalía. Sobrevivir.

IRÁN: LA REVUELTA CONTRA EL DIOS CLERICAL

14 de enero de 2026

Una pregunta está en el aire desde finales de año: ¿estamos ante el fin de la República Islámica de Irán? La revuelta ciudadana más importante de los últimos años amenaza la estabilidad del régimen político establecido en 1979, tras la caída del Sha y la conquista del poder por la élite de clérigos chiíes que supieron interpretar con astucia y acierto el enorme malestar económico, social y político de una Monarquía brutal y represiva.

Hoy, dos generaciones después, la protesta en la calle se dirige contra un sistema que ha introducido reaccionarias normas religiosas y morales  hasta los rincones más íntimos de la sociedad. Las nuevas élites se han olvidado de todo lo popular y positivo que tuvo la Revolución de 1979 y se han atrincherado en esferas de enriquecimiento y poder abusivo similares a las derrotadas hace 47 años.

PROTESTA ENORME, REPRESIÓN BRUTAL

En esta crisis está jugando un papel indirecto decisivo la desenfrenada actividad de la administración americana. La prudencia calculada con la que actuaron anteriores Presidentes ha sido sustituida por un lenguaje ambivalente (negociador y desafiante a la vez) de la Casa Blanca actual. Israel cuenta ya sin reservas con Estados  Unidos para asestar el golpe definitivo al que considera su principal enemigo existencial.

Después de los ataques combinados de junio y de la operación militar en Venezuela, Trump no esconde sus amenazas de intervención para forzar la caída del régimen, utilizando como pretexto la represión brutal de las protestas contra la carestía insoportable de la vida, la volatilización del rial y los cortes de agua. Pero, no por ello, se muestra abierto a negociar. Libreto similar al empleado con el poschavismo.

El corte de Internet y un apagón informativo mayor aún de los impuestos en ciclos de protestas anteriores impide saber con precisión el número de víctimas, pero parece seguro que se superan las cifras de otros años. Se habla ya de casi tres mil muertos, miles de detenidos y ejecuciones inminentes. Las bolsas con cadáveres se alinean en las morgues de la capital y de muchas otras ciudades del país. Los hospitales están saturados y las comisarías de policía, atestadas (1).

Las autoridades se han visto tan desbordadas que ni siquiera han intentado ocultar o minimizar la dimensión de lo que ocurre. Como suele ser habitual, el Presidente adopta el papel más conciliador, mientras que el Guía Supremo, otros cabecillas religiosos y los portavoces de los aparatos paramilitares (Guardianes de la Revolución y milicias Basiji) reiteran el discurso sobre la conspiración internacional para derribar el régimen y las llamadas a la resistencia contra cualquier operación directa de invasión, agresión o ataque. Lo que no quita que, por cauces diplomáticos públicos y privados, muestren su disposición a negociar con el Gran Satán (Estados Unidos) para intentar salvar la continuidad del régimen. A estas alturas, los ayatollahs están más solos que nunca, tras la derrota de sus principales aliados en la región.

¿HACIA EL FINAL DEL RÉGIMEN?

De crisis en crisis, y acechada por sanciones internacionales continuas y crecientes, la República Islámica empezó a pudrirse en la corrupción y el fanatismo hipócrita de los grandes clérigos que transformaron el nuevo Estado en una teocracia inmisericorde e ineficaz. Analistas y politólogos iraníes afincados en Occidente, parte de una fuga constante de cerebros, coinciden en que el régimen no superará esta prueba.

Alí Vaez, profesor de la Universidad John Hopkins y colaborador del Internacional Crisis Group, cree que “un colapso total de la República Islámica no es necesariamente inminente, pero la revolución iraní se aproxima a su final”. La clave de los próximos acontecimientos podría residir en lo que haga por fin Trump: ”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para todos” (2).

Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).

Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas, Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones: una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.

La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50% y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión económica han terminado de hundir al país. La división de las élites revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.

La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes.  Sus apoyos circunstanciales mayores, China y Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que complete el ciclo terminal del régimen (4).

LA SOMBRA DEL SHAH

La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque, sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la transición hacía un régimen constitucional.

El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor de la Corona, pero sin entusiasmo.

Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak, Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual Monarquía persa restaurada cabalgando a  lomos de un nacionalismo que marginase intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de reserva y revancha.

 

NOTAS

(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979 revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.

(2) Iran’s protests seem different this time. Is the regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.

(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.

(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.

(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.

”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para todos” (2).

Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).

Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas, Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones: una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.

La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50% y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión económica han terminado de hundir al país. La división de las élites revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.

La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes.  Sus apoyos circunstanciales mayores, China y Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que complete el ciclo terminal del régimen (4).

LA SOMBRA DEL SHAH

La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque, sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la transición hacía un régimen constitucional.

El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor de la Corona, pero sin entusiasmo.

Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak, Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual Monarquía persa restaurada cabalgando a  lomos de un nacionalismo que marginase intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de reserva y revancha.

 

NOTAS

(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979 revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.

(2) Iran’s protests seem different this time. Is the regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.

(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.

(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.

(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.

VENEZUELA: LA CRUDA REALIDAD

 7 de enero de 2026

Algo no puede negársele a Donald Trump: no envuelve sus acciones en solemnes discursos sobre la legalidad internacional o el orden liberal, como han hecho sus antecesores en la Casa Blanca. Actúa con la brutalidad propia de los negocios en el capitalismo que ha mamado en su país. Las leyes sólo son respetadas si convienen al objetivo deseado: el fin se impone a los medios.

Venezuela ha sido el último, pero no el único ejemplo: los ataques a embarcaciones en el Caribe y el bloqueo marítimo posterior (preludio de la intervención en Caracas), el bombardeo de las instalaciones nucleares iraníes y otras acciones militares puntuales no han contado con las justificaciones teóricas habituales de sus antecesores.

Trump ni entiende las sutilezas estratégicas y políticas de las alianzas internacionales, ni le importan. Es un dirigente medieval; es decir, ajeno a las normas que definieron el comportamiento en las relaciones entre Estados soberanos modernos. Sólo cuando sus asesores le soplan algo a la oreja adopta un discurso aparentemente más civilizado. Pero, contrariamente a lo que hizo en su primer mandato, ahora se ha rodeado de sicofantes que lo alaban, guardan discreto silencio ante sus atropellos o incluso lo alientan a actuar, como el Secretario de Estado y Consejero de Seguridad, Marco Rubio, o el jefe de gabinete adjunto y zar de la política migratoria, Stephen Miller.

El acto de piratería en Venezuela ilustra la cruda realidad. Cruda, por carente del mínimo respaldo legal, ni norteamericano ni internacional; cruda también, por el objetivo expreso perseguido: el control del petróleo. El restablecimiento de la supuesta normalidad democrática, vulnerada por el gobierno de Maduro antes y después de las últimas elecciones venezolanas, según la evaluación occidental, no ha sido ni invocada ni pretendida (1). De hecho, Trump cuenta, a priori, con los otros líderes del poschavismo para asegurar sus objetivos. Siempre que acepten sus órdenes serán mantenidos en sus puestos y respetados sus privilegios. Una apuesta arriesgada (2).

EL PAPELÓN DE CORINA

Se entiende la perplejidad de la oposición venezolana. Corina Machado, bendecida en Occidente, insinuó su disponibilidad a ser llevada en volandas por el aparato militar norteamericano hasta el sillón del Palacio de Miraflores. Pero en los últimos meses se acumularon los desencuentros entre Machado y los fontaneros de Trump (3). Los insignes caballeros del Nobel complicaron involuntariamente las cosas al otorgarla el cada vez más desprestigiado premio de la excelencia internacional, que Trump tanto codicia. No ha sido suficiente que Corina primero le dedicara y ahora le ofreciera a su deseado protector compartir el galardón. Tarde. Según algunos, Trump se ha sentido desposeído por la opositora venezolana. Cruz y raya.  Corina tendrá que esperar, y no poco. Ya no se trata de combatir contra un sistema político en descomposición, sino de replicar o convencer al Emperador que creía amigo y cómplice.

CALOR EN EL ÁRTICO

Los medios liberales se quedan cortos cuando hablan de la recuperación de la doctrina Monroe para describir la actual política exterior de Estados Unidos. El Presidente al que se debe ese concepto planteó una transacción a las potencias europeas en decadencia: yo me inhibo en sus asuntos continentales a cambio de que ustedes no se metan en los americanos, que de eso ya me encargo yo. Trump no propone pacto alguno ni limita su radio de acción: actúa a conveniencia, en América, en Europa y en todas partes. Ya sea con aranceles agresivos para forzar la rendición política de sus rivales, o con otro tipo de amenazas, que se quedan sin respuesta proporcionada.

El trabajoso comunicado de la UE sobre el acto de piratería en Venezuela es buena muestra de ello. Las protestas de legalidad quedaron ahogadas en la impotencia de las actuaciones. Todo se camufla, vanamente, en la artificiosidad del lenguaje diplomático. Los esfuerzos de España por endurecer el tono encontraron poco eco. En Francia, hay frustración, a derecha e izquierda, por la tibieza de Macron (4). Alemania y el eje oriental impusieron la cautela. No se ve claro cómo se puede lograr la “autonomía estratégica” que se proclama, cuando no se demuestra independencia de juicio ni siquiera ante casos tan escandalosos como el presente (5).

Que la opción del apaciguamiento no funciona con ante el belicoso socio mayor se demuestra con el caso de Groenlandia. De repente, lo que parecía un capricho si no olvidado sí al menos postergado cobra de nuevo presencia inquietante. El gobierno socialdemócrata danés anda estos días muy perturbado. Se siente el calor amenazante de Caracas en el gélido invierno nórdico. Los analistas están convencidos de que una operación sería un paseo militar.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha dicho que una intervención militar norteamericana en Groenlandia supondría el fin de la OTAN. Oídos sordos en la Casa Blanca, que ha insistido en las amenazas. Europa ha vuelto a protestar, pero en el reciente comunicado de París se aprecia más aprensión que determinación. En caso de invasión, la UE haría, muy probablemente, virtud de la necesidad. Invocaría el peligro ruso, apelaría al permanente vínculo transatlántico por encima de personas y coyunturas y buscaría una “fórmula imaginativa” para asumir el nuevo estado de cosas. La Alianza Atlántica se debilitaría pero no desaparecería. Perdería su liturgia política de los valores y el orden basado en reglas, pero se mantendría el aparato militar, con la vista puesta en la “amenaza” rusa y el “desafío chino”.

Se dice estos días que Trump está cambiando el Orden internacional. Es discutible. Lo que hace es ignorar el libreto que lo protege bajo un manto de legitimidad. La escuela realista de las relaciones internacionales establece que las conductas entre Estados y/o Naciones están regidas por los intereses, no por los principios. Las consideraciones morales son secundarias, e instrumentales, por lo general. Se ha visto de nuevo ahora.

LA TRAMPA DEL PETRÓLEO

Pero volvamos a la cruda realidad venezolana. Como cualquier otra realidad, no está exenta de contradicciones o complicaciones mayores y menores. Incluso Trump, en su crudeza conductual, necesita de excusas para justificar, que no para esconder, sus actuaciones ante su base electoral y social,

La causa de la lucha contra el narcotráfico tampoco es original de Trump. Ya la utilizó un gentleman de la política norteamericana como Georges Herbert Walker Bush (Bush padre para entendernos), cuando saldó cuentas con el panameño Noriega, un viejo colega de las operaciones encubiertas, ilegales por naturaleza. Otrora a sueldo de la CIA, el militar panameño rindió no pocos servicios a sus jefes de Langley, hasta que creyó poder volar sin obedecer a sus antiguos patrones. Como jefe que fue de la Agencia, Bush le hizo pagar convenientemente sus desvíos narcotraficantes.

Con Maduro, Trump ha emprendido un camino más dudoso. Un memorándum de la Inteligencia norteamericana ya anticipó en mayo que Maduro no dirige las operaciones del cartel Tren de Aragua hacia EEUU. La trayectoria del proceso ahora iniciado es incierta, pero será muy difícil que el depuesto Presidente venezolano salga ileso y rehabilitado. Su carrera política y su fortuna personal están acabadas.

Pase lo que pase, las vicisitudes judiciales se ahogarán en el flujo petrolero venezolano. Que podría no ser tan venturoso como proclama Trump. Los expertos en este sector energético han señalado estos días las complicaciones de esta cruda operación de restitución imperialista.

La periodista francesa Marie de Vergès, especialista en la materia, argumenta que “después de dos decenios de corrupción, falta de inversiones y robos, se necesitarán años y enormes cantidades de dinero para recuperar el nivel máximo de producción”. El lamentable estado de las infraestructuras y las características del crudo venezolano en los yacimientos del Orinoco, muy pesado y azufroso, exigen inversiones costosas. Por tanto, pese a las ingentes reservas (las mayores del mundo), nada de riqueza rápida.  De ahí que las compañías multinacionales a las que Trump ha invitado a sumarse a la operación se hayan mostrado circunspectas (6).

Lo cual no quiere decir que vayan a desaprovechar la oportunidad. Las acciones de Chevron, única compañía que opera en Venezuela debido a un acuerdo con el régimen, han subido un 5% en los últimos días. Se huele negocio, aunque no sea inmediato.

Pero hay otros inconvenientes, que señalan los propios especialistas norteamericanos en esa zona del mundo. El encargado de los asuntos del Hemisferio en el Consejo de Seguridad de la Casa Blanca durante el mandato de Biden, Juan S. González, advierte que no estamos en los tiempos de Monroe, que esas recetas ya no valen. China tiene intereses en las infraestructuras venezolanas, contratos y compromisos firmados, y exigirá su cumplimiento. “La supremacía militar no echará a China de Venezuela” (7).

González señala tres “caminos” o escenarios para Venezuela. El primero, una “transición controlada”, lo que coincide con lo que dijo Trump el día 3, aunque sus palabras no deben ser tenidas demasiado en cuenta. El segundo, la “continuidad criminalizada”, es decir la persistencia de los agentes del actual régimen, a quienes se permitirá pervivir a cambio de plegarse a las exigencias del tutelaje norteamericano. Y el tercero, la “escalada violenta” entre los “actores armados” y EE.UU, lo que convertiría la pretendida operación de estabilización en un conflicto abierto.

El estratega demócrata evidencia el pensamiento clásico liberal norteamericano sobre esta región: paternalismo y buenas maneras para conseguir lo mismo que Trump pretende por las bravas. La fuerza debe ser utilizada sólo como último recurso, respeto de las normas. Siempre que se escriban y apliquen desde Washington.

No en vano, dirigentes y comentaristas afectos al Orden liberal ya han dicho que lo peor del despliegue espectacular de fuerza norteamericana en Caracas es que sirve de precedente o justificación para lo que puedan eventualmente hacer China en Vietnam o Rusia en cualquier otro lugar (8). Como se ve, los discursos siempre giran hacia el mismo lugar y lo que ha sido estos días lágrimas de cocodrilo por el ninguneo de las normas del derecho internacional podrían convertirse en sólidos motivos para condenar y reaccionar de forma contundente si la vulneración de la ley proviene de latitudes menos amistosas.

 

NOTAS

(1) “Trump leads the world into a geopolitical Wild West”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 4 de enero.

(2) “The many risks to Donald Trump’s plans to ‘run’ Venezuela. The regime that was led by Nicolás Maduro may well prove tricky to control “. THE ECONOMIST, 4 de enero.

(3) “Why Trump Refused to Back Venezuela’s Machado: Fears of Chaos, and Fraying Ties”. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero.

(4) “Les omissions d’Emmanuel Macron sur le Venezuela risquent de sonner comme un aveu d’impuissance”.  SOLEMN DE ROYER. LE MONDE, 5 de enero.

(5) “The Cost of Europe’s Weak Venezuela Response” ROSA BALFOUR. CARNEGIE, 6 de enero.

(6) “Pétrole au Venezuela: relancer l’industrie, un pari risqué au coût colosal”. MARIE DE VÈRGES. LE MONDE, 6 .de enero.

(7) “The End of the Beginning in Venezuela”. JUAN S. GONZÁLEZ. FOREIGN AFFAIRS, 4 de enero.

(8) “Trump’s Foray Into Venezuela Could Embolden Russia’s and China’s Own Aggression”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero; “Trump Sets a Devastating Precedent in Venezuela”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 2 de enero

LAS DOS NEGOCIACIONES Y MEDIA SOBRE UCRANIA

31 de diciembre de 2025

El final de la guerra en Ucrania se antoja lejano pese a los ultimátum insolventes de Trump. Mientras en los frente del Este y el sur la situación sigue estancada, como hace meses, con muy  ligeros avances rusos, los ataques con misiles y drones contra infraestructuras en las principales ciudades ucranianas se recrudece, mientras algunos objetivos petroleros rusos son golpeados en respuesta. Los intentos de poner fin a la guerra se solapan en tres negociaciones, no siempre complementarias y a veces contradictorias, pero conectadas y recíprocamente influyentes.

EL FORZADO BAILE TRUMP-ZELENSKY

La primera negociación es la que entablan Kiev y Washington. Básicamente, el tira y afloja consiste en las cesiones que Trump y su equipo híbrido familiar/empresarial le exige a Zelensky y su erosionado gobierno. A cambio de renunciar al territorio del Donbás aún no capturado por el ejército ruso (una parte pequeña) y de ceder a Rusia el control de la central nuclear de Zaporiyia, Washington ofrece una imprecisa protección militar de duración aún no pactada. Ucrania quiere 50 años al menos. Mucho para Washington, que ofrece quince.

Para hacer tragar a los ucranianos esta concesión territorial que equivale a admitir la derrota militar, el acuerdo se presenta como una “desmilitarización” de las zonas en disputa. Pero llevar eso a la práctica es complejo. Trump rechaza una implicación militar terrestre intensa y duradera y deriva ese fardo a las mochilas europeas.

LA TUTELA EUROPEA

La segunda negociación es la que mantiene Ucrania con el triunvirato europeo (E3), compuesto por Alemania, Francia y Reino Unido. En realidad se trata más bien de una coordinación y, por supuesto, de la escenificación de un apoyo económico, militar y diplomático para demostrar que los ucranianos no están solos.

De las tres bandas del juego diplomático, es la menos decisiva, porque depende de las otras dos. Tiene un carácter político, pero no condiciona la salida de la crisis. Europa, relegada por Trump al papel secundario de las consultas (presenciales o telefónicas), hace virtud de la necesidad. Después de haber renunciado a incautarse de los fondos rusos en Bélgica, el respaldo a Ucrania seguirá la pauta de los últimos cuatro años, con las tensiones que eso generará en las cuentas y arsenales europeos. La principal baza europea será asegurar el grueso de la fuerza multinacional de protección, si cuaja.

Merz, Macron y Starmer constituyen una triada de tutores de Zelensky, pero tan debilitados políticamente se encuentran los mentores como el pupilo. La sensación creciente es que, a medida que pasa el tiempo, el centro de gravedad de la crisis se aleja más y más de Europa. El líder ucraniano se aferra al flotador político y propagandístico del E3, pero no se engaña sobre su insuficiencia.

LA CONEXIÓN TRUMP-PUTIN

La tercera negociación, quizás la más importante, es la que mantienen Estados Unidos y Rusia. Condiciona a las otras dos o les marca el paso. El contenido de este juego es tan opaco que precipita especulaciones para todos los gustos.

Los comentaristas más favorables a Ucrania creen que, en realidad, Trump tiene una suerte de acuerdo secreto con Putin para lograr un final de la guerra que se acomode lo más posible a los intereses rusos. Según esta interpretación, se trataría simplemente de que el Kremlin acepte ciertas concesiones aparentes que sean tragables para Kiev. 

Los más neutrales o asépticos estiman que Trump navega entre su instinto autoritario que le hace ser comprensivo con las posiciones rusas y la irritación que le produce la obstinación de Putin en exigir lo máximo para poner fin  la campaña militar.

Las últimas anécdotas en este teatro diplomático son reveladoras del diálogo forzado entre los líderes norteamericano y ucraniano. En vísperas del encuentro entre  Trump y Zelensky en Mar-e-Lago, Rusia aseguró que la residencia de Putin había sido atacada por misiles ucranianos, acción que fue calificada de “terrorismo de Estado” por el Kremlin. Trump pareció darlo por cierto, pero luego dijo que bien podía ser falso. Cuando ambos comparecieron ante los medios tras su encuentro, el Presidente norteamericano dijo, con total seriedad, que “Rusia quiere que Ucrania salga adelante”, lo que motivó una mueca de ironía y perplejidad por parte de Zelensky.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

El problema de este encaje de bolillos diplomático es que las prioridades de las partes no terminan de encontrar un punto de encuentro.

A corto plazo, Trump utiliza la retórica occidental como palanca de presión frente al Kremlin, de ahí que haya jugueteado con la idea de restablecer una línea de suministro militar más efectiva y amenazante para las posiciones rusas: recuérdese que amagó en octubre con entregar a Kiev misiles Tomahawk. Pero en realidad, Ucrania sólo le interesa como oportunidad de negocios futuros. Ambiciona es el botín económico que pueda extraer del país. Ya consiguió garantías para la explotación de los yacimientos de tierras raras. Cuando acabe la guerra, tratará de llevarse pingües beneficios de la reconstrucción y asegurarse contratos con Moscú.

A Putin el apoyo del presidente norteamericano le viene de perlas para consolidar la brecha occidental y, por lo tanto, debilitar la capacidad de resistencia de Ucrania, pero no puede forzar demasiado la paciencia de Trump, porque se arriesga a un giro indeseado del caprichoso dirigente norteamericano. Aunque la capacidad de Rusia para prolongar la guerra sin erosionar la base política de Putin sigue siendo motivo de controversia, es evidente que el margen de maniobra se va estrechando.

A Ucrania, el eslabón débil de esta concatenación diplomática, no le vale solamente el respaldo de Europa, como ha reconocido públicamente el propio Zelensky, ya que sin la protección militar norteamericana la derrota podría ser aún más calamitosa.

A Europa sólo le vale una solución que establezca garantías de neutralización de eso que, en círculos políticos, diplomáticos y militares, se denomina exageradamente como  “expansionismo ruso”. El discurso estratégico europeo está anclado en esta nueva reformulación del miedo a Rusia, como ya lo fuera en siglos anteriores, bien en la época de los zares o durante la existencia de la URSS.

Ucrania se siente ahora como la primera línea de defensa en esa estrategia europea de contención de Rusia. Cuánto más resquebrajada quede, más se percibirá el peligro. Pero el drama europeo es que las invocaciones crecientes a la autonomía estratégica son insuficientes y prematuras. Durante mucho tiempo se necesitará la protección de Estados Unidos, y es en este punto donde los intereses de las élites europeas y de Ucrania coinciden. Parece haberse abandonado ya la pretensión de una integración de Ucrania en la OTAN (una línea roja para Moscú), pero se mantiene el objetivo de lograr un nivel de garantía se seguridad que se asemeje mucho a la que estipula el artículo 5º del Tratado de Washington. Pero no parece que Putin pueda aceptar tal pretensión.

El triunvirato europeo ha minimizado la importancia de la Unión de los 27; primero, porque uno de sus miembros, el Reino Unido, ya no forma parte del Club; y segundo, porque los gobiernos de varios estados miembros, los de Europa central (Hungría, Chequia y Eslovaquia) coinciden en una salida de la crisis cercana que se acomoda a los intereses rusos y de la actual administración norteamericana.

Para aplacar esta impresión de oscurecimiento de la UE, la reunión del pasado 15 de diciembre en Berlín con los delegados norteamericanos y el propio Zelensky contó con la presencia de la Presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, y del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte. Pero lo más significativo fue la presencia de la jefa del gobierno italiano, Giorgia Meloni, que presume de ser la dirigente europea más cercana a Trump, y éste lo acredita. También estuvieron los dirigentes de los países que han señalado su disposición a participar en la fuerza multinacional o que se encuentran más cerca de Rusia y, por tanto, más sensibles a la “amenaza”. No obstante, este tipo de encuentros multilaterales, sin restarles importancia, no son más que antesalas de las reuniones a dos bandas en las que donde se adoptarán las decisiones definitivas.   

 

¿SE DIRIGE EE. UU. HACIA UNA DICTADURA?

24 de diciembre de 2025

Esta pregunta puede parecer exagerada, alarmista o motivada por un rechazo partidista de la actual administración. No obstante, cada día que pase la comunidad intelectual norteamericana y los sectores sociales más críticos se muestran más y más preocupados por el rumbo que está tomando el país. O, mejor dicho, por el rumbo que le está imponiendo Trump al país, al sistema político, legal y social. Las aprensiones que motivaron su regreso a la Casa Blanca no sólo se han demostrado justificadas, sino que se quedaron cortos.

A quienes le preocupa la calidad democrática, el estilo de liderazgo de Estados Unidos en el mundo o las decisiones estrategias para afrontar los desafíos del siglo ya no les cuesta nada hablar el términos de catástrofe. Aún no se ha llegado al punto de considerar todo lo que ocurre como irreparable, pero son muchos los que piensan que el tiempo se agota rápidamente.

UN CATÁLOGO ABERRANTE

Dos profesores de la Escuela de Gobierno de Harvard, uno de los centros de conocimiento más prestigioso sobre políticas públicas acaban de hacer una primera evaluación del segundo mandato de Trump (falta apenas un mes para que se cumple el primer año) en contraste con lo que predijeron en enero de 2025. Se trata de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, quienes han contado también con la ayuda de otro colaborador, Lucan Way, un académico de la Universidad de Toronto.

Estos tres investigadores han llegado a la conclusión de que “Estados Unidos ha descendido a un autoritarismo competitivo”. ¿Qué significa este concepto? Pues “un sistema en el cual los partidos compiten en elecciones pero los titulares del gobierno abusan rutinariamente de su poder para castigar a sus críticos y orientar el campo de juego contra la oposición”.

Levtisky, Ziblatt y Way contrastan sus predicciones con lo que ha ocurrido y concluyen que las perniciosas prácticas políticas de Trump han sido mucho más dañinas para la salud de la democracia americana de lo que ellos mismos temían. En un apretado resumen, este seria el catálogo de lo ocurrido estos casi doce meses:

- Utilización de las instituciones del Estado para purgar a funcionarios del Departamento de Justicia, el FBI y otras agencias públicas y colocar en sus puestos a gente leal, obediente y, en la mayoría de los casos, no cualificada.

- Ordenar a estos nuevos cargos públicos que persigan y castiguen a oponentes pasados y presentes del Presidente, mediante investigaciones y causas judiciales muchas veces sin sustento alguno; y, cuando este camino no resulta productivo, emprender acciones de rastreo en busca de infracciones menores para debilitar su ánimo y resistencia.

- En sentido contrario, utilizar las instituciones para proteger a sus aliados, colaboradores y cómplices, como por ejemplo forzar la anulación del procesamiento del zar de las fronteras, Tom Homan, o el perdón de la práctica totalidad de los asaltantes del Capitolio.

- Perseguir a grupos e individuos que apoyan política o financieramente a la oposición.

- Hostigar a medios de comunicación cuando publican informaciones críticas hacia la Casa Blanca, aunque acrediten su trabajo.

- Promover investigaciones sobre docenas de universidades y congelar los fondos públicos que reciben, hasta forzar la rectificación deseada por la Administración.

- Politizar descaradamente las fuerzas armadas y de seguridad pública al encargarles misiones incompatibles con su función constitucional, como patrullar las ciudades del país en busca y capturas de supuestos delincuentes y criminales; o bien crear cuerpos armados no contemplados en las leyes, cuando no ha sido posible realizar lo anterior.

- Inventar “enemigos internos” para justificar este despliegue de las fuerzas armadas y cuerpos de seguridad estatales, criminalizando a los ciudadanos que no aceptan sus políticas represivas y reaccionarias.

- Suplantar las competencias legales del Congreso mediante  ordenes ejecutivas en materias no contempladas por la ley, como la imposición de aranceles y castigos comerciales a países tanto aliados como concurrentes.

Los autores reconocen que Estados Unidos ha vivido etapas autoritarias en otros momento de la historia nacional, pero, después del Watergate, estas tendencias peligrosas para la democracia se controlaron con un sistema de check and balance  imperfecto pero aceptable. Trump está barriendo con todo eso y eliminando controles y barreras, de forma explícita (removiendólos) o implícita (ignorándolos).

Levitsky, Way y Ziblett consideran, no obstante, que no se ha alcanzado aún el punto de no retorno y que la democracia dispone aún de resortes para resistir la deriva autoritaria hacia la dictadura. Aunque Trump va a intentar manipular el sistema electoral (lo está haciendo ya) para manipular la representación política, la oposición conserva mecanismos de resistencia y respuesta. Pero donde más esperanzas ponen los autores es la sociedad civil organizada (universidades, medios aún independientes, ongs, etc.)

Estos autores no han sido los únicos que se han detenido a evaluar la actuación de Trump. Prácticamente todos los centros de investigación y pensamiento no colonizados por el Presidente parecen dedicados ya a frenar un deterioro político e institucional de inusitada gravedad.

 

LA PRESIDENCIA IMPERIAL

Uno de los cronistas políticos más veteranos del país, Peter Baker, que ha cubierto informativamente los mandatos de seis anteriores presidentes para THE NEW YORK TIMES, considera que con Trump se ha revitalizado la “Presidencia imperial”, concepto que fuera aplicado a Nixon y su truncado ejercicio del poder por el periodista e historiador Arthur M. Schlesinger.  Baker recita alguno de los agravios compilados por los politólogos de Harvard, pero además recrea algunas de las megalomanías trumpianas, como sus pretensiones monárquicas, las amistades obscenas con autócratas de medio mundo y su desprecio por las normas y convenciones de la Presidencia de la Nación.

Lejos de sentirse intimidado por ser un Presidente convicto de delitos serios como el abuso sexual, la evasión fiscal, el tráfico de influencias o la manipulación de las instituciones en su beneficio personal, Trump ha hecho de la ofensiva permanente contra las evidencias su estilo de defensa. Ningún otro Presidente ha sido sometidos dos veces a un proceso de destitución o procesado por cuatro delitos durante su ejercicio del cargo. No parece haberle importado.

Ni siquiera parece preocupado por algo que resulta tradicionalmente inesquivable para los políticos norteamericanos: el índice de popularidad. Baker recuerda que Trump nunca ha contado un solo día, en cualquiera de sus dos mandatos, con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos. A estas alturas, arrastra un nivel de rechazo más alto que cualquiera de sus antecesores de la era moderna. No parece importarle: simplemente califica los sondeos como falsos o fabricados por sus enemigos.

En contraste con su primer mandato, Trump no se ha dejado asesorar, limitar u orientar por sus colaboradores más cercanos. Ha aprendido de sus errores y ha eliminado dudas o recelos en una huida hacia adelante que no parece tener freno. Los colaboradores que ha escogido en esta segunda etapa de gobierno sólo le sirven si le adulan o le secundan. No hay medias tintas, no hay autocríticas, no le interesan límites: solo le valen sicofantes que propaguen sus ocurrencias.

EL ENRIQUECIMIENTO PERSONAL

Es común que los dictadores aprovechen su poder omnímodo para aumentar su patrimonio material. De esto se ocupa, en lo que se refiera a Trump, Tom Burgis, del semanario británico THE OBSERVER (3). Los hijos del Presidente y su yerno se han convertido en agentes de negocios de la Casa Blanca de un manera escandalosa por descarada. Eso ya ocurrió en el primer mandato, pero ahora ha alcanzado niveles nunca vistos. Trump y sus familiares han hecho negocios preferentemente con los monarcas del Golfo y con estados autoritarios como Serbia, Vietnam, India, Corea del Sur o Filipinas, entre otros.

El más sustancioso parece ser el de las criptomonedas. El autor hace un repaso exhaustivo de las interferencias entre las esferas públicas y privadas para conseguir beneficios sustanciosos puramente personales o familiares. A estas alturas, se considera el enriquecimiento de Trump como algo probado, aunque circulan cifras distintas sobre sus beneficios lucrativos.

Desde fuera de Estados Unidos, las críticas a Trump, sus políticas, su estilo, sus zafiedades y sus excesos y abusos se desarrollan en la esfera académica y/o del pensamiento, pero los dirigentes públicos se muestran discretos de manera claramente deliberada, para no provocar respuestas aún más radicales o vengativas del personaje. Algunos senadores y congresistas, incluso republicanos, admiten que “hay miedo” en los círculos del poder político en Washington.

LA SUPERACIÓN DEL MACCARTHISMO

Sylvie Laurent, una historiadora americanista de Sciences Po (París), en un artículo reciente, estimaba que las acciones del maccarthismo, por indecentes y degradantes que fueron, resultan “ una versión menor de lo que ocurre ahora en Estados Unidos” (4). El concepto “enemigos interiores” se ha convertido en un cajón de sastre para la represión y persecución de numerosos colectivos despreciados por el Presidente, como en su día lo fueron los comunistas, verdaderos o inventados, del infausto senador republicano por Wisconsin. Trump persigue con la misma saña pero con menor limite a ecologistas, feministas, izquierdistas, académicos, estudiantes o simplemente críticos o no adeptos de sus caprichos. Si al final fueron los propios exponentes del sistema (jurídicos, políticos o mediáticos) quienes pararon los pies a MacCarthy y propiciaron su caída, Trump cuenta con el amparo del Tribunal Supremo, que le ha garantizado una inmunidad de la que no ha gozado ninguno de sus antecesores, y la cooperación de los sectores más dinámicos del capitalismo norteamericano (las grandes firmas digitales) y algunos de los principales grupos mediáticos, sostiene Laurent.

Este panorama permite hacen temer, sin exageración, que, o se pone freno a las actuaciones de Trump, desde dentro o desde fuera del sistema, o el autoritarismo actual podría derivar en dictadura.


NOTAS

(1) “The Price of American Authoritarianism. What Can Reverse Democratic Decline? STEVEN LEVITSKY, LUCAN A. WAY y DANIEL ZIBLATT. FOREIGN AFFAIRS, 11 de diciembre.

(2) “Trump Takes America’s ‘Imperial Presidency’ to a New Level”. PETER BAKER. THE NEW YORK TIMES, 21 de diciembre.

(3) “All the president’s millions: how the Trumps are turning the presidency into riches”. TOM BURGIS. THE OBSERVER, 30 de noviembre.

(4) “Le maccarthysme était une version mineure de ce qui se joue aujourd’hui aux Etats-Unis”. SYLVIE LAURENT. LE MONDE, 10 de octubre.

DE LOS ANDES AL ATLÁNTICO: LA DUDOSA CONEXIÓN ULTRA

17 de diciembre de 2025

El esperado triunfo de José Antonio Kast en la segunda ronda de las elecciones presidenciales chilenas ha dado alas suplementarias a la ya muy embravecida extrema derecha latinoamericana, que se frota las manos ante las próximas citas electorales en Perú y Colombia.

Con el viento de cola de que disfruta por el impulso recibido por Trump y su ultraconservadurismo, más oportunista que doctrinario, la marea reaccionaria ha recorrido el Atlántico y provocado cierto oleaje en una Europa que no bien sale de una crisis se enfanga en la siguiente, desde hace un cuarto de siglo.

No es sorprendente que líderes europeos de la corriente ultra al frente de los gobiernos de sus países, como Meloni u Órban, hayan felicitado a Kast, y mucho menos que lo hayan hecho los que, desde esa misma latitud política, cuenten con alcanzar el poder político a corto plazo: el  RN francés, la AfD alemana o el británico Reform UK. Pero el entusiasmo interesado por el triunfo ajeno es una cosa; otra, la posibilidad real de alcanzar el poder en sus respectivos países.

Kast se ha aprovechado del desgaste del gobierno multipolar de izquierdas, debido a una coyuntura económica negativa y al incremento notable de la delincuencia que ha sido falsariamente vinculada con la inmigración.

El nuevo Presidente ultra chileno, admirador confeso de Pinochet, asegura que aplicará las políticas restrictivas y xenófobas de Trump y de su émulo salvadoreño, Bukele. Más de 300.000 venezolanos podrían sufrir en sus carnes un “segundo exilio”, después de la huida de su país, por razones materiales o políticas.

En Perú, otro país de acogida de venezolanos empobrecidos y/o descontentos, la política represiva de Kast puede agravar la presión migratoria y favorecer a los candidatos ultras en las elecciones de abril. De hecho, el actual gobierno ha adoptado ya medidas de emergencia en las regiones del sur, en previsión de un incremento de la afluencia de migrantes procedentes de Chile.

Para los chilenos más pobres, la política neoliberal radical de Kast, similar a la de Milei, augura peores tiempos aún. Esta misma semana se ha escenificado esta conexión con la vista del presidente electo chileno a Buenos Aires y una edición más del numerito de la motosierra. El futuro gobierno chileno se abstendrá de adoptar cualquier medida de corrección de las desigualdades, si nos atenemos a sus anunciadas medidas de recorte del gasto público (1).

Estas últimas recetas son precisamente lo que hace chirriar la supuesta conexión atlántica entre las ultraderechas americanas y europeas. No es fácil encontrar los puntos de anclaje, porque a las singularidades continentales y nacionales se unen la confusión y la ambigüedad programáticas.

LA PRUEBA DE GOBERNAR

En Europa, la italiana Meloni, única ultra de Europa Occidental que ha tocado de verdad gobierno y administración de los bienes públicos, practica una política de zigzagueos entre un liberalismo derechista y un paternalismo social tributario de la ideología fascista. En parte, ello se debe a los apoyos que recibe del partido berlusconiano (en absoluta decadencia) y de la Lega (en la que cohabitan intereses del mundo de los negocios y populistas de derechas).

Las dos publicaciones europeas quizás más importantes en el espectro centrista, LE MONDE y THE ECONOMIST, se han ocupado esta semana de estas incógnitas sobre cómo gobernarían ultraderechistas nominales en Francia, Gran Bretaña o Alemania.

En Francia hay mucho interés por rastrear la eventual política económica de un posible gobierno Le Pen o de un gobierno Bardella (depende de la salida judicial a los problemas de elegibilidad de Marine Le Pen, la refundadora de Reagrupación Nacional). No parece conveniente atenerse a la retórica de estos dirigentes, que encarnan la continuidad generacional del proyecto político ultranacionalista.

Como dice Françoise Fressoz, la editorialista política de LE MONDE, “halagar al pueblo es fácil, pero servirlo es mucho más arduo”. En su opinión, “en este hiato reside el último freno a una posible victoria del RN en 2027” (2). La veterana analista francesa pasa a revista a los fracasos de los concurrentes liberales y conservadores en la definición y aplicación de políticas económicas y sociales que garanticen el crecimiento según el modelo liberal, sin provocar el descontento social. Algo similar puede decirse de los socialistas, que están obligados a mirar de reojo a su izquierda, por el daño que pueden seguir haciendo las propuestas denominadas “populistas” de los Insumisos.

Por su parte, THE ECONOMIST, con su habitual flema liberal, resta dramatismo a este auge de la ultraderecha a ambos lados del Atlántico y advierte que, si esos partidos ganan las elecciones y se someten a la prueba del gobierno, es más que  posible que nos encontremos con acomodos como el de la italiana Meloni, que, a juicio del pragmático semanario de centro-derecha en absoluto son incompatibles con la ortodoxia liberal de las últimas décadas en Europa (3).

Con este enfoque “tranquilizador” contrastan las proclamas alarmistas de los líderes sobre los que pesa la amenaza de la derrota. Macron, con su lengua desenvuelta habitual, ha dicho que Francia podría verse abocada a una “guerra civil”. Palabras mayores para una crisis política que no pasaría de ser un reajuste en los equilibrios de la derecha, posiblemente temporal.

En Gran Bretaña, la ultraderecha tiene un carácter menos doctrinario o mucho más pragmático. Bebe de la inagotable pero no menos farsante teoría de la pureza nacional, alimentada por la insularidad. El partido Reform UK es consecuencia extrañamente duradera del proceso del Brexit.

Extraña, porque, como se supuso desde un principio, el rupturismo con Europa se ha disuelto, si nos atenemos a lo que dicen las encuestas.  Su líder Nigel Farage es un antiguo tory radicalizado que ha sabido explotar el agotamiento de la herencia thatcherista explotando el recurso del enemigo continental. Si las previsiones se confirmaran -que es mucho decir-, el demagogo político derechista necesitaría de la experiencia de algunos de sus antiguos correligionarios conservadores, predice THE ECONOMIST, lo que, sin duda, moderaría algunas de sus proclamas populistas actuales. Por esa y por otras razones, en vez de demonizar a los populistas derechistas, los centristas que se reclaman del orden liberal harían bien en corregir sus políticas, favorecer el crecimiento equilibrado y hacer sostenible el estado del bienestar en sus país y corregir los excesos del burocratismo de Bruselas, recomienda el semanario.

NO TANTO APEGO A TRUMP COMO PARECE

Hay otro factor de desconexión ultra entre ambos lados del Atlántico. Pese a cierta retórica de admiración por algunas políticas de Trump, la extrema derecha europea siente mucha desconfianza por lo esencial del proyecto America First. El director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Mark Leonard, consideraba que esta divisa de la administración norteamericana chocaba con las nacionales de Alemania primero, Francia primero o Gran Bretaña primero que airean los ultras de estos países. Si en un terreno esto resulta más evidente es el comercial. La líder de la AfD ha calificado de “extremadamente malas” las represalias comerciales de Trump contra Europa, “en especial para Alemania”.  Tanto ella como el francés Bardella reclamaron represalias contra Estados Unidos (4)

El populismo derechista no es sólo una reacción ultra a los avances socioculturales en materia de derechos de minorías o frente a la presión de masas de origen extranjero en el drenaje de las arcas públicas, en forma de subsidios y políticas compensatorias de la pobreza y marginación. La ultraderecha también avanza porque desde la izquierda no se planteado políticas que se aparten de manera decidida de las recetas liberales.

En América Latina, han sido precisamente en los países más cercanos al modelo europeo donde han triunfado las opciones más extremas. En Chile, la decepción por las políticas pactistas de la Concertación derivaron en primer lugar en un giro a la izquierda. Las fuerzas rupturistas no han tenido tiempo, ni han gozado de condiciones favorables para completar un proyecto popular. Era de esperar el golpe de timón.

En Argentina, pasó algo similar pero mucho antes y en secuencias más dilatadas. El izquierdismo peronista (kirchnerismo) que siguió a los modelos ferozmente ultraliberales del peronismo menemista  (las dos manos para gobernar de las que siempre habló Perón) disfrutó de una mejor coyuntura por auge del precio de las materias primas. Pero, a la postre, se vio arrastrado por la enorme crisis financiera en el capitalismo nuclear y corroído por la lacra constante de la corrupción.


NOTAS

(1) “What Chile’s New President Means for the World”. MICHAEL ALBERTUS. FOREIGN POLICY, 15 de diciembre.

(2) “Flatter le peuple est facile, le servir est beaucoup plus ardu. C’est dans ce hiatus que réside le dernier frein à une possible victoire du RN en 2027”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 16 de diciembre.

(3) “Can anyone stop Europe’s populist right? Apocalyptic warnings by mainstream politicians are doomed to fail”. THE ECONOMIST, 11 de diciembre.

(4) “Why Europe’s far-right parties might not love Trump back”. Entrevista de KATRIN BENHOLD con MARK LEONARD. THE NEW YORK TIMES, 10 de diciembre.