LAS DOS NEGOCIACIONES Y MEDIA SOBRE UCRANIA

31 de diciembre de 2025

El final de la guerra en Ucrania se antoja lejano pese a los ultimátum insolventes de Trump. Mientras en los frente del Este y el sur la situación sigue estancada, como hace meses, con muy  ligeros avances rusos, los ataques con misiles y drones contra infraestructuras en las principales ciudades ucranianas se recrudece, mientras algunos objetivos petroleros rusos son golpeados en respuesta. Los intentos de poner fin a la guerra se solapan en tres negociaciones, no siempre complementarias y a veces contradictorias, pero conectadas y recíprocamente influyentes.

EL FORZADO BAILE TRUMP-ZELENSKY

La primera negociación es la que entablan Kiev y Washington. Básicamente, el tira y afloja consiste en las cesiones que Trump y su equipo híbrido familiar/empresarial le exige a Zelensky y su erosionado gobierno. A cambio de renunciar al territorio del Donbás aún no capturado por el ejército ruso (una parte pequeña) y de ceder a Rusia el control de la central nuclear de Zaporiyia, Washington ofrece una imprecisa protección militar de duración aún no pactada. Ucrania quiere 50 años al menos. Mucho para Washington, que ofrece quince.

Para hacer tragar a los ucranianos esta concesión territorial que equivale a admitir la derrota militar, el acuerdo se presenta como una “desmilitarización” de las zonas en disputa. Pero llevar eso a la práctica es complejo. Trump rechaza una implicación militar terrestre intensa y duradera y deriva ese fardo a las mochilas europeas.

LA TUTELA EUROPEA

La segunda negociación es la que mantiene Ucrania con el triunvirato europeo (E3), compuesto por Alemania, Francia y Reino Unido. En realidad se trata más bien de una coordinación y, por supuesto, de la escenificación de un apoyo económico, militar y diplomático para demostrar que los ucranianos no están solos.

De las tres bandas del juego diplomático, es la menos decisiva, porque depende de las otras dos. Tiene un carácter político, pero no condiciona la salida de la crisis. Europa, relegada por Trump al papel secundario de las consultas (presenciales o telefónicas), hace virtud de la necesidad. Después de haber renunciado a incautarse de los fondos rusos en Bélgica, el respaldo a Ucrania seguirá la pauta de los últimos cuatro años, con las tensiones que eso generará en las cuentas y arsenales europeos. La principal baza europea será asegurar el grueso de la fuerza multinacional de protección, si cuaja.

Merz, Macron y Starmer constituyen una triada de tutores de Zelensky, pero tan debilitados políticamente se encuentran los mentores como el pupilo. La sensación creciente es que, a medida que pasa el tiempo, el centro de gravedad de la crisis se aleja más y más de Europa. El líder ucraniano se aferra al flotador político y propagandístico del E3, pero no se engaña sobre su insuficiencia.

LA CONEXIÓN TRUMP-PUTIN

La tercera negociación, quizás la más importante, es la que mantienen Estados Unidos y Rusia. Condiciona a las otras dos o les marca el paso. El contenido de este juego es tan opaco que precipita especulaciones para todos los gustos.

Los comentaristas más favorables a Ucrania creen que, en realidad, Trump tiene una suerte de acuerdo secreto con Putin para lograr un final de la guerra que se acomode lo más posible a los intereses rusos. Según esta interpretación, se trataría simplemente de que el Kremlin acepte ciertas concesiones aparentes que sean tragables para Kiev. 

Los más neutrales o asépticos estiman que Trump navega entre su instinto autoritario que le hace ser comprensivo con las posiciones rusas y la irritación que le produce la obstinación de Putin en exigir lo máximo para poner fin  la campaña militar.

Las últimas anécdotas en este teatro diplomático son reveladoras del diálogo forzado entre los líderes norteamericano y ucraniano. En vísperas del encuentro entre  Trump y Zelensky en Mar-e-Lago, Rusia aseguró que la residencia de Putin había sido atacada por misiles ucranianos, acción que fue calificada de “terrorismo de Estado” por el Kremlin. Trump pareció darlo por cierto, pero luego dijo que bien podía ser falso. Cuando ambos comparecieron ante los medios tras su encuentro, el Presidente norteamericano dijo, con total seriedad, que “Rusia quiere que Ucrania salga adelante”, lo que motivó una mueca de ironía y perplejidad por parte de Zelensky.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

El problema de este encaje de bolillos diplomático es que las prioridades de las partes no terminan de encontrar un punto de encuentro.

A corto plazo, Trump utiliza la retórica occidental como palanca de presión frente al Kremlin, de ahí que haya jugueteado con la idea de restablecer una línea de suministro militar más efectiva y amenazante para las posiciones rusas: recuérdese que amagó en octubre con entregar a Kiev misiles Tomahawk. Pero en realidad, Ucrania sólo le interesa como oportunidad de negocios futuros. Ambiciona es el botín económico que pueda extraer del país. Ya consiguió garantías para la explotación de los yacimientos de tierras raras. Cuando acabe la guerra, tratará de llevarse pingües beneficios de la reconstrucción y asegurarse contratos con Moscú.

A Putin el apoyo del presidente norteamericano le viene de perlas para consolidar la brecha occidental y, por lo tanto, debilitar la capacidad de resistencia de Ucrania, pero no puede forzar demasiado la paciencia de Trump, porque se arriesga a un giro indeseado del caprichoso dirigente norteamericano. Aunque la capacidad de Rusia para prolongar la guerra sin erosionar la base política de Putin sigue siendo motivo de controversia, es evidente que el margen de maniobra se va estrechando.

A Ucrania, el eslabón débil de esta concatenación diplomática, no le vale solamente el respaldo de Europa, como ha reconocido públicamente el propio Zelensky, ya que sin la protección militar norteamericana la derrota podría ser aún más calamitosa.

A Europa sólo le vale una solución que establezca garantías de neutralización de eso que, en círculos políticos, diplomáticos y militares, se denomina exageradamente como  “expansionismo ruso”. El discurso estratégico europeo está anclado en esta nueva reformulación del miedo a Rusia, como ya lo fuera en siglos anteriores, bien en la época de los zares o durante la existencia de la URSS.

Ucrania se siente ahora como la primera línea de defensa en esa estrategia europea de contención de Rusia. Cuánto más resquebrajada quede, más se percibirá el peligro. Pero el drama europeo es que las invocaciones crecientes a la autonomía estratégica son insuficientes y prematuras. Durante mucho tiempo se necesitará la protección de Estados Unidos, y es en este punto donde los intereses de las élites europeas y de Ucrania coinciden. Parece haberse abandonado ya la pretensión de una integración de Ucrania en la OTAN (una línea roja para Moscú), pero se mantiene el objetivo de lograr un nivel de garantía se seguridad que se asemeje mucho a la que estipula el artículo 5º del Tratado de Washington. Pero no parece que Putin pueda aceptar tal pretensión.

El triunvirato europeo ha minimizado la importancia de la Unión de los 27; primero, porque uno de sus miembros, el Reino Unido, ya no forma parte del Club; y segundo, porque los gobiernos de varios estados miembros, los de Europa central (Hungría, Chequia y Eslovaquia) coinciden en una salida de la crisis cercana que se acomoda a los intereses rusos y de la actual administración norteamericana.

Para aplacar esta impresión de oscurecimiento de la UE, la reunión del pasado 15 de diciembre en Berlín con los delegados norteamericanos y el propio Zelensky contó con la presencia de la Presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, y del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte. Pero lo más significativo fue la presencia de la jefa del gobierno italiano, Giorgia Meloni, que presume de ser la dirigente europea más cercana a Trump, y éste lo acredita. También estuvieron los dirigentes de los países que han señalado su disposición a participar en la fuerza multinacional o que se encuentran más cerca de Rusia y, por tanto, más sensibles a la “amenaza”. No obstante, este tipo de encuentros multilaterales, sin restarles importancia, no son más que antesalas de las reuniones a dos bandas en las que donde se adoptarán las decisiones definitivas.   

 

¿SE DIRIGE EE. UU. HACIA UNA DICTADURA?

24 de diciembre de 2025

Esta pregunta puede parecer exagerada, alarmista o motivada por un rechazo partidista de la actual administración. No obstante, cada día que pase la comunidad intelectual norteamericana y los sectores sociales más críticos se muestran más y más preocupados por el rumbo que está tomando el país. O, mejor dicho, por el rumbo que le está imponiendo Trump al país, al sistema político, legal y social. Las aprensiones que motivaron su regreso a la Casa Blanca no sólo se han demostrado justificadas, sino que se quedaron cortos.

A quienes le preocupa la calidad democrática, el estilo de liderazgo de Estados Unidos en el mundo o las decisiones estrategias para afrontar los desafíos del siglo ya no les cuesta nada hablar el términos de catástrofe. Aún no se ha llegado al punto de considerar todo lo que ocurre como irreparable, pero son muchos los que piensan que el tiempo se agota rápidamente.

UN CATÁLOGO ABERRANTE

Dos profesores de la Escuela de Gobierno de Harvard, uno de los centros de conocimiento más prestigioso sobre políticas públicas acaban de hacer una primera evaluación del segundo mandato de Trump (falta apenas un mes para que se cumple el primer año) en contraste con lo que predijeron en enero de 2025. Se trata de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, quienes han contado también con la ayuda de otro colaborador, Lucan Way, un académico de la Universidad de Toronto.

Estos tres investigadores han llegado a la conclusión de que “Estados Unidos ha descendido a un autoritarismo competitivo”. ¿Qué significa este concepto? Pues “un sistema en el cual los partidos compiten en elecciones pero los titulares del gobierno abusan rutinariamente de su poder para castigar a sus críticos y orientar el campo de juego contra la oposición”.

Levtisky, Ziblatt y Way contrastan sus predicciones con lo que ha ocurrido y concluyen que las perniciosas prácticas políticas de Trump han sido mucho más dañinas para la salud de la democracia americana de lo que ellos mismos temían. En un apretado resumen, este seria el catálogo de lo ocurrido estos casi doce meses:

- Utilización de las instituciones del Estado para purgar a funcionarios del Departamento de Justicia, el FBI y otras agencias públicas y colocar en sus puestos a gente leal, obediente y, en la mayoría de los casos, no cualificada.

- Ordenar a estos nuevos cargos públicos que persigan y castiguen a oponentes pasados y presentes del Presidente, mediante investigaciones y causas judiciales muchas veces sin sustento alguno; y, cuando este camino no resulta productivo, emprender acciones de rastreo en busca de infracciones menores para debilitar su ánimo y resistencia.

- En sentido contrario, utilizar las instituciones para proteger a sus aliados, colaboradores y cómplices, como por ejemplo forzar la anulación del procesamiento del zar de las fronteras, Tom Homan, o el perdón de la práctica totalidad de los asaltantes del Capitolio.

- Perseguir a grupos e individuos que apoyan política o financieramente a la oposición.

- Hostigar a medios de comunicación cuando publican informaciones críticas hacia la Casa Blanca, aunque acrediten su trabajo.

- Promover investigaciones sobre docenas de universidades y congelar los fondos públicos que reciben, hasta forzar la rectificación deseada por la Administración.

- Politizar descaradamente las fuerzas armadas y de seguridad pública al encargarles misiones incompatibles con su función constitucional, como patrullar las ciudades del país en busca y capturas de supuestos delincuentes y criminales; o bien crear cuerpos armados no contemplados en las leyes, cuando no ha sido posible realizar lo anterior.

- Inventar “enemigos internos” para justificar este despliegue de las fuerzas armadas y cuerpos de seguridad estatales, criminalizando a los ciudadanos que no aceptan sus políticas represivas y reaccionarias.

- Suplantar las competencias legales del Congreso mediante  ordenes ejecutivas en materias no contempladas por la ley, como la imposición de aranceles y castigos comerciales a países tanto aliados como concurrentes.

Los autores reconocen que Estados Unidos ha vivido etapas autoritarias en otros momento de la historia nacional, pero, después del Watergate, estas tendencias peligrosas para la democracia se controlaron con un sistema de check and balance  imperfecto pero aceptable. Trump está barriendo con todo eso y eliminando controles y barreras, de forma explícita (removiendólos) o implícita (ignorándolos).

Levitsky, Way y Ziblett consideran, no obstante, que no se ha alcanzado aún el punto de no retorno y que la democracia dispone aún de resortes para resistir la deriva autoritaria hacia la dictadura. Aunque Trump va a intentar manipular el sistema electoral (lo está haciendo ya) para manipular la representación política, la oposición conserva mecanismos de resistencia y respuesta. Pero donde más esperanzas ponen los autores es la sociedad civil organizada (universidades, medios aún independientes, ongs, etc.)

Estos autores no han sido los únicos que se han detenido a evaluar la actuación de Trump. Prácticamente todos los centros de investigación y pensamiento no colonizados por el Presidente parecen dedicados ya a frenar un deterioro político e institucional de inusitada gravedad.

 

LA PRESIDENCIA IMPERIAL

Uno de los cronistas políticos más veteranos del país, Peter Baker, que ha cubierto informativamente los mandatos de seis anteriores presidentes para THE NEW YORK TIMES, considera que con Trump se ha revitalizado la “Presidencia imperial”, concepto que fuera aplicado a Nixon y su truncado ejercicio del poder por el periodista e historiador Arthur M. Schlesinger.  Baker recita alguno de los agravios compilados por los politólogos de Harvard, pero además recrea algunas de las megalomanías trumpianas, como sus pretensiones monárquicas, las amistades obscenas con autócratas de medio mundo y su desprecio por las normas y convenciones de la Presidencia de la Nación.

Lejos de sentirse intimidado por ser un Presidente convicto de delitos serios como el abuso sexual, la evasión fiscal, el tráfico de influencias o la manipulación de las instituciones en su beneficio personal, Trump ha hecho de la ofensiva permanente contra las evidencias su estilo de defensa. Ningún otro Presidente ha sido sometidos dos veces a un proceso de destitución o procesado por cuatro delitos durante su ejercicio del cargo. No parece haberle importado.

Ni siquiera parece preocupado por algo que resulta tradicionalmente inesquivable para los políticos norteamericanos: el índice de popularidad. Baker recuerda que Trump nunca ha contado un solo día, en cualquiera de sus dos mandatos, con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos. A estas alturas, arrastra un nivel de rechazo más alto que cualquiera de sus antecesores de la era moderna. No parece importarle: simplemente califica los sondeos como falsos o fabricados por sus enemigos.

En contraste con su primer mandato, Trump no se ha dejado asesorar, limitar u orientar por sus colaboradores más cercanos. Ha aprendido de sus errores y ha eliminado dudas o recelos en una huida hacia adelante que no parece tener freno. Los colaboradores que ha escogido en esta segunda etapa de gobierno sólo le sirven si le adulan o le secundan. No hay medias tintas, no hay autocríticas, no le interesan límites: solo le valen sicofantes que propaguen sus ocurrencias.

EL ENRIQUECIMIENTO PERSONAL

Es común que los dictadores aprovechen su poder omnímodo para aumentar su patrimonio material. De esto se ocupa, en lo que se refiera a Trump, Tom Burgis, del semanario británico THE OBSERVER (3). Los hijos del Presidente y su yerno se han convertido en agentes de negocios de la Casa Blanca de un manera escandalosa por descarada. Eso ya ocurrió en el primer mandato, pero ahora ha alcanzado niveles nunca vistos. Trump y sus familiares han hecho negocios preferentemente con los monarcas del Golfo y con estados autoritarios como Serbia, Vietnam, India, Corea del Sur o Filipinas, entre otros.

El más sustancioso parece ser el de las criptomonedas. El autor hace un repaso exhaustivo de las interferencias entre las esferas públicas y privadas para conseguir beneficios sustanciosos puramente personales o familiares. A estas alturas, se considera el enriquecimiento de Trump como algo probado, aunque circulan cifras distintas sobre sus beneficios lucrativos.

Desde fuera de Estados Unidos, las críticas a Trump, sus políticas, su estilo, sus zafiedades y sus excesos y abusos se desarrollan en la esfera académica y/o del pensamiento, pero los dirigentes públicos se muestran discretos de manera claramente deliberada, para no provocar respuestas aún más radicales o vengativas del personaje. Algunos senadores y congresistas, incluso republicanos, admiten que “hay miedo” en los círculos del poder político en Washington.

LA SUPERACIÓN DEL MACCARTHISMO

Sylvie Laurent, una historiadora americanista de Sciences Po (París), en un artículo reciente, estimaba que las acciones del maccarthismo, por indecentes y degradantes que fueron, resultan “ una versión menor de lo que ocurre ahora en Estados Unidos” (4). El concepto “enemigos interiores” se ha convertido en un cajón de sastre para la represión y persecución de numerosos colectivos despreciados por el Presidente, como en su día lo fueron los comunistas, verdaderos o inventados, del infausto senador republicano por Wisconsin. Trump persigue con la misma saña pero con menor limite a ecologistas, feministas, izquierdistas, académicos, estudiantes o simplemente críticos o no adeptos de sus caprichos. Si al final fueron los propios exponentes del sistema (jurídicos, políticos o mediáticos) quienes pararon los pies a MacCarthy y propiciaron su caída, Trump cuenta con el amparo del Tribunal Supremo, que le ha garantizado una inmunidad de la que no ha gozado ninguno de sus antecesores, y la cooperación de los sectores más dinámicos del capitalismo norteamericano (las grandes firmas digitales) y algunos de los principales grupos mediáticos, sostiene Laurent.

Este panorama permite hacen temer, sin exageración, que, o se pone freno a las actuaciones de Trump, desde dentro o desde fuera del sistema, o el autoritarismo actual podría derivar en dictadura.


NOTAS

(1) “The Price of American Authoritarianism. What Can Reverse Democratic Decline? STEVEN LEVITSKY, LUCAN A. WAY y DANIEL ZIBLATT. FOREIGN AFFAIRS, 11 de diciembre.

(2) “Trump Takes America’s ‘Imperial Presidency’ to a New Level”. PETER BAKER. THE NEW YORK TIMES, 21 de diciembre.

(3) “All the president’s millions: how the Trumps are turning the presidency into riches”. TOM BURGIS. THE OBSERVER, 30 de noviembre.

(4) “Le maccarthysme était une version mineure de ce qui se joue aujourd’hui aux Etats-Unis”. SYLVIE LAURENT. LE MONDE, 10 de octubre.

DE LOS ANDES AL ATLÁNTICO: LA DUDOSA CONEXIÓN ULTRA

17 de diciembre de 2025

El esperado triunfo de José Antonio Kast en la segunda ronda de las elecciones presidenciales chilenas ha dado alas suplementarias a la ya muy embravecida extrema derecha latinoamericana, que se frota las manos ante las próximas citas electorales en Perú y Colombia.

Con el viento de cola de que disfruta por el impulso recibido por Trump y su ultraconservadurismo, más oportunista que doctrinario, la marea reaccionaria ha recorrido el Atlántico y provocado cierto oleaje en una Europa que no bien sale de una crisis se enfanga en la siguiente, desde hace un cuarto de siglo.

No es sorprendente que líderes europeos de la corriente ultra al frente de los gobiernos de sus países, como Meloni u Órban, hayan felicitado a Kast, y mucho menos que lo hayan hecho los que, desde esa misma latitud política, cuenten con alcanzar el poder político a corto plazo: el  RN francés, la AfD alemana o el británico Reform UK. Pero el entusiasmo interesado por el triunfo ajeno es una cosa; otra, la posibilidad real de alcanzar el poder en sus respectivos países.

Kast se ha aprovechado del desgaste del gobierno multipolar de izquierdas, debido a una coyuntura económica negativa y al incremento notable de la delincuencia que ha sido falsariamente vinculada con la inmigración.

El nuevo Presidente ultra chileno, admirador confeso de Pinochet, asegura que aplicará las políticas restrictivas y xenófobas de Trump y de su émulo salvadoreño, Bukele. Más de 300.000 venezolanos podrían sufrir en sus carnes un “segundo exilio”, después de la huida de su país, por razones materiales o políticas.

En Perú, otro país de acogida de venezolanos empobrecidos y/o descontentos, la política represiva de Kast puede agravar la presión migratoria y favorecer a los candidatos ultras en las elecciones de abril. De hecho, el actual gobierno ha adoptado ya medidas de emergencia en las regiones del sur, en previsión de un incremento de la afluencia de migrantes procedentes de Chile.

Para los chilenos más pobres, la política neoliberal radical de Kast, similar a la de Milei, augura peores tiempos aún. Esta misma semana se ha escenificado esta conexión con la vista del presidente electo chileno a Buenos Aires y una edición más del numerito de la motosierra. El futuro gobierno chileno se abstendrá de adoptar cualquier medida de corrección de las desigualdades, si nos atenemos a sus anunciadas medidas de recorte del gasto público (1).

Estas últimas recetas son precisamente lo que hace chirriar la supuesta conexión atlántica entre las ultraderechas americanas y europeas. No es fácil encontrar los puntos de anclaje, porque a las singularidades continentales y nacionales se unen la confusión y la ambigüedad programáticas.

LA PRUEBA DE GOBERNAR

En Europa, la italiana Meloni, única ultra de Europa Occidental que ha tocado de verdad gobierno y administración de los bienes públicos, practica una política de zigzagueos entre un liberalismo derechista y un paternalismo social tributario de la ideología fascista. En parte, ello se debe a los apoyos que recibe del partido berlusconiano (en absoluta decadencia) y de la Lega (en la que cohabitan intereses del mundo de los negocios y populistas de derechas).

Las dos publicaciones europeas quizás más importantes en el espectro centrista, LE MONDE y THE ECONOMIST, se han ocupado esta semana de estas incógnitas sobre cómo gobernarían ultraderechistas nominales en Francia, Gran Bretaña o Alemania.

En Francia hay mucho interés por rastrear la eventual política económica de un posible gobierno Le Pen o de un gobierno Bardella (depende de la salida judicial a los problemas de elegibilidad de Marine Le Pen, la refundadora de Reagrupación Nacional). No parece conveniente atenerse a la retórica de estos dirigentes, que encarnan la continuidad generacional del proyecto político ultranacionalista.

Como dice Françoise Fressoz, la editorialista política de LE MONDE, “halagar al pueblo es fácil, pero servirlo es mucho más arduo”. En su opinión, “en este hiato reside el último freno a una posible victoria del RN en 2027” (2). La veterana analista francesa pasa a revista a los fracasos de los concurrentes liberales y conservadores en la definición y aplicación de políticas económicas y sociales que garanticen el crecimiento según el modelo liberal, sin provocar el descontento social. Algo similar puede decirse de los socialistas, que están obligados a mirar de reojo a su izquierda, por el daño que pueden seguir haciendo las propuestas denominadas “populistas” de los Insumisos.

Por su parte, THE ECONOMIST, con su habitual flema liberal, resta dramatismo a este auge de la ultraderecha a ambos lados del Atlántico y advierte que, si esos partidos ganan las elecciones y se someten a la prueba del gobierno, es más que  posible que nos encontremos con acomodos como el de la italiana Meloni, que, a juicio del pragmático semanario de centro-derecha en absoluto son incompatibles con la ortodoxia liberal de las últimas décadas en Europa (3).

Con este enfoque “tranquilizador” contrastan las proclamas alarmistas de los líderes sobre los que pesa la amenaza de la derrota. Macron, con su lengua desenvuelta habitual, ha dicho que Francia podría verse abocada a una “guerra civil”. Palabras mayores para una crisis política que no pasaría de ser un reajuste en los equilibrios de la derecha, posiblemente temporal.

En Gran Bretaña, la ultraderecha tiene un carácter menos doctrinario o mucho más pragmático. Bebe de la inagotable pero no menos farsante teoría de la pureza nacional, alimentada por la insularidad. El partido Reform UK es consecuencia extrañamente duradera del proceso del Brexit.

Extraña, porque, como se supuso desde un principio, el rupturismo con Europa se ha disuelto, si nos atenemos a lo que dicen las encuestas.  Su líder Nigel Farage es un antiguo tory radicalizado que ha sabido explotar el agotamiento de la herencia thatcherista explotando el recurso del enemigo continental. Si las previsiones se confirmaran -que es mucho decir-, el demagogo político derechista necesitaría de la experiencia de algunos de sus antiguos correligionarios conservadores, predice THE ECONOMIST, lo que, sin duda, moderaría algunas de sus proclamas populistas actuales. Por esa y por otras razones, en vez de demonizar a los populistas derechistas, los centristas que se reclaman del orden liberal harían bien en corregir sus políticas, favorecer el crecimiento equilibrado y hacer sostenible el estado del bienestar en sus país y corregir los excesos del burocratismo de Bruselas, recomienda el semanario.

NO TANTO APEGO A TRUMP COMO PARECE

Hay otro factor de desconexión ultra entre ambos lados del Atlántico. Pese a cierta retórica de admiración por algunas políticas de Trump, la extrema derecha europea siente mucha desconfianza por lo esencial del proyecto America First. El director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Mark Leonard, consideraba que esta divisa de la administración norteamericana chocaba con las nacionales de Alemania primero, Francia primero o Gran Bretaña primero que airean los ultras de estos países. Si en un terreno esto resulta más evidente es el comercial. La líder de la AfD ha calificado de “extremadamente malas” las represalias comerciales de Trump contra Europa, “en especial para Alemania”.  Tanto ella como el francés Bardella reclamaron represalias contra Estados Unidos (4)

El populismo derechista no es sólo una reacción ultra a los avances socioculturales en materia de derechos de minorías o frente a la presión de masas de origen extranjero en el drenaje de las arcas públicas, en forma de subsidios y políticas compensatorias de la pobreza y marginación. La ultraderecha también avanza porque desde la izquierda no se planteado políticas que se aparten de manera decidida de las recetas liberales.

En América Latina, han sido precisamente en los países más cercanos al modelo europeo donde han triunfado las opciones más extremas. En Chile, la decepción por las políticas pactistas de la Concertación derivaron en primer lugar en un giro a la izquierda. Las fuerzas rupturistas no han tenido tiempo, ni han gozado de condiciones favorables para completar un proyecto popular. Era de esperar el golpe de timón.

En Argentina, pasó algo similar pero mucho antes y en secuencias más dilatadas. El izquierdismo peronista (kirchnerismo) que siguió a los modelos ferozmente ultraliberales del peronismo menemista  (las dos manos para gobernar de las que siempre habló Perón) disfrutó de una mejor coyuntura por auge del precio de las materias primas. Pero, a la postre, se vio arrastrado por la enorme crisis financiera en el capitalismo nuclear y corroído por la lacra constante de la corrupción.


NOTAS

(1) “What Chile’s New President Means for the World”. MICHAEL ALBERTUS. FOREIGN POLICY, 15 de diciembre.

(2) “Flatter le peuple est facile, le servir est beaucoup plus ardu. C’est dans ce hiatus que réside le dernier frein à une possible victoire du RN en 2027”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 16 de diciembre.

(3) “Can anyone stop Europe’s populist right? Apocalyptic warnings by mainstream politicians are doomed to fail”. THE ECONOMIST, 11 de diciembre.

(4) “Why Europe’s far-right parties might not love Trump back”. Entrevista de KATRIN BENHOLD con MARK LEONARD. THE NEW YORK TIMES, 10 de diciembre.

 

 

EUROPA Y EE.UU: ¿INDIGNACIÓN O INCONSECUENCIA?

10 de diciembre de 2025

La última actualización de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Estados Unidos, elaborada por la administración Trump, ha levantado ronchas en despachos, gabinetes y medios de comunicación europeos. El actual gobierno norteamericano arremete contra sus aliados por sus políticas “débiles” frente a la “inmigración masiva” y las “invasiones” poblacionales, con sus secuelas de terrorismo, narcotráfico, trata de blancas y espionaje, que provocan la “borradura de la civilización occidental” (1).

La trascendencia del documento, sin embargo, ha sido sobrevalorad, tanto por razones como por complejos políticos. La defensa expresa que la NSS hace de los “partidos patriotas” europeos frente a la hegemonía de los que han gobernado ocho décadas amparados en el ‘consenso centrista’ (desde conservadores a los socialdemócratas) ha escocido lo suyo (2). Aquí radica la clave de la polvareda, no en el supuesto alcance estratégico real del documento.

Lo que ha molestado en el establishment europeo es que el apoyo de Estados Unidos (en absoluto incondicional) se condicione a un cambio del panorama político en el viejo continente. Los partidos adscritos al orden liberal temen, esta vez en serio, ser desbordados por las hasta ahora marginales opciones de la extrema derecha. Y, sin embargo, no dejan de comprar sus recetas precisamente en lo que la NSS pone más énfasis (el control de la inmigración a toda costa), sin combatir de verdad la inconsistencia y demagogia de la propaganda ultra.

Hace unos años, no muchos, fueron los conservadores en Francia y en el centro de Europa los que se apuntaron a la retórica y a las medidas defendidas desde el ámbito cultural xenófobo. Hoy en día, son los partidos liberales doctrinarios (aún minoritarios en gobiernos y coaliciones) y hasta los socialdemócratas (cada día más debilitados e irreconocibles) los que navegan también a favor del viento reaccionario en esa materia. La política migratoria europea la lideran Giorgia Meloni (neofascista italiana) y Mette Fredericksen (socialista danesa). Las dos despiertan admiración y concitan elogios (3).

Los medios liberales se han desgañitado en sus protestas, como lo han hecho ciertos académicos y estrategas, pero los gobiernos son más flemáticos, porque saben que la extrema derecha es un apéndice con el que hay que entenderse. Sólo molesta cuando atenta contra la hegemonía de las élites políticas. Son, o pueden ser, útiles compañeros de viaje y soporte más que fructífero de pactos y  coaliciones (qué vamos a decir en España), pero empieza a ser molesta cuando reclama más pedazo del pastel que los partidos del consenso sistémico están dispuestos a concederle o cuando quieren el pastel entero (como en Francia o, últimamente, Gran Bretaña). En vez de plantearse políticas decididamente distintas de las inspiradas por esas formaciones ultras, las copian, las adaptan a la retórica liberal y las barnizan con una capa de humanismo. La era del cordón sanitaria ya pasó. Y el ejemplo más evidente es la política migratoria.

La deriva restrictiva ha alcanzado estos últimos días su consagración con la aprobación, por los ministros de Interior y Justicia de la UE, de un paquete de medidas que promueven los centros de deportación en países ajenos, la reducción de las cuotas de reubicación solidaria de los demandantes de asilo y la contribuciones que deben pagar los países miembros como compensación por no aceptar los inmigrantes que les correspondan. No llega a lo que Trump quiere y empieza a hacer en Estados Unidos, Europa, con la oposición de España y algún otro país, se le parece mucho (4).

Que personalidades de alto nivel instituciones pero escaso poder real como el Presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, o la inane Ministra (¿?) de Exteriores de Europa protesten con tono indignado por la “interferencia” de Estados Unidos en los procesos políticos de países aliados dice poco o muy poco de la verdadera dimensión de la crisis transatlántica. La Presidenta de la Comisión, la más importante de esta triada de políticos comunitarios, ha guardado un silencio significativo. Difícilmente puede rasgarse las vestiduras, después de haber interpretado el papelón de un supuesto acuerdo para solventar la crisis comercial con Estados Unidos. Estos líderes comunitarios, cuya apariencia en los medios es inversamente proporcional a su peso real, no son quienes deciden las acciones. Ni siquiera puede decirse que haya una política europea frente a las andanadas de Trump. Hay casi tantas como países, hay países cuyos dirigentes están encantados con Trump, y hay tantas estrategias como países de verdad capaces de plantar cierta resistencia al amigo americano.

UN DIRECTORIO PARA LLENAR EL VACÍO

En los últimos meses, ha surgido un liderazgo informal pero real, compuesto por las tres grandes potencias europeas: Alemania, Francia y Gran Bretaña (conocido como E3). Esta “trilateral” europea trasciende el ámbito comunitario. El Reino Unido de Gran Bretaña, decidió hace casi diez años salirse de la UE, con la ilusoria idea de reverdecer glorias del extinto imperio y sacudirse el yugo leguleyo del continente. El otrora celebrado eje París-Bonn (luego Berlín) para la conducción estratégica de la política exterior e institucional de Europa, hace tiempo que dejó de funcionar con eficacia. Otro componente no escrito: los líderes de estos tres países encuentran en el terreno exterior una compensación para sus apuros internos (5).

A falta de una política exterior de los 27, el Directorio asume la conducción del asunto que consume el pensamiento estratégico de Europa: la guerra de Ucrania. Aunque este Directorio mantiene un cierto nivel de cohesión en el sostenimiento de las aspiraciones de independencia real de Ucrania, su poder real para influir en el curso de la guerra es muy escaso. Tanto que, en cada reunión y comunicado correspondiente, el E3 insiste en resaltar la importancia esencial de Estados Unidos para garantizar la seguridad de Ucrania y, por extensión, la de Europa. Nada de entablar un pulso con Trump ni de seguir la “vía china” de la firmeza. El rearme es el camino para lograr la “autonomía estratégica”, pero no la ruptura, se repite insistentemente en París, Berlín y Londres (6).

Ciertamente, la NSS confiere a EE.UU no el papel tradicional de aliado mayor de la OTAN, desempeñado desde 1949, sino el de una suerte de “mediador” para “restablecer el equilibrio estratégico con Rusia” y convencer a Europa de que debe abandonar su “posiciones irreales” ante la guerra de Ucrania. Esto ha provocado una irritación considerable también en el mundo liberal-conservador norteamericano se debe a que su retórica de “guerra cultural” entorpece el liderazgo incuestionable de Washington (7) y su visión del mundo conduce a una “paradoja” inexplicable (8).

No obstante, lo que verdaderamente importa es lo que se hace sobre el terreno. Pocos medios se han hecho eco estos días de una ley votada el domingo en el Congreso de Estados Unidos, que cada año prolonga el despliegue militar norteamericano en Europa y prohíbe que los efectivos caigan por debajo de los 76.000 hombres más de 45 días (6). Que esta administración exija una mayor contribución europea en el gasto su propia defensa  no quiere decir que Washington se inhiba de sus responsabilidades. Europa debe escuchar el mensaje, sostiene una veterana analista de las relaciones transatlánticas como Judy Dempsey (9).

Los intereses vitales de Estados Unidos pasan por afianzar su presencia militar y diplomática en Europa,  y eso se reconoce también en ese documento de la discordia, aunque haya cambiado el tono y las exigencias de la vieja Alianza.

La Estrategia de Seguridad Nacional, ésta como las anteriores, son piezas de papel, grandilocuentes y severas, pero poco prácticas. Igual de irrelevante resultó la estrategia de defensa y promoción de las democracias frente al desafío de las autocracias (doctrina Biden), como resultará seguramente este panfleto xenófobo y reaccionario (doctrina Trump) que denuncia la falsa amenaza a la civilización occidental, vehiculizada por el ‘gran desplazamiento’; es decir, la sustitución de las poblaciones autóctonas por las masas crecientes de inmigrantes de otras culturas y religiones).

Cabe preguntarse, en efecto, si ese documento de la discordia no es otra cosa que un mensaje de un Presidente en apuros para contentar a su base electoral más activa (el movimiento MAGA), en un momento de cuestionamiento de su liderazgo (10).

EL PELOTEO DEL MUNDO DE LA PELOTA

La adulación a Trump se ha adherido a la piel europea. Este comportamiento va más allá de los Estados o de los gobiernos. Sirva como anécdota muestra el bochornoso espectáculo del sorteo de los partidos de la fase final del Mundial de fútbol, que se celebrará en los tres países de América del Norte este verano.

El negocio del balón, como cualquiera de notables dimensiones, no entiende de ética ni de principios cuando se trata de maximizar, asegurar y consolidar beneficios. La FIFA se rindió a la vanidad insaciable de Trump al concederle un denominado “Premio de la paz” por sus atribuidos éxitos en el dominio de la diplomacia mundial. Provocaba vergüenza ajena escuchar cómo Gianni Infantino repetía las mentiras del caprichoso Presidente sobre su eficacia para resolver conflictos bélicos.

Mientras el dirigente más importante del deporte mundial (por el volumen de los negocios que gestiona y la influencia política que acumula) loaba el genio y la capacidad diplomática de Trump, las guerras que éste había supuestamente concluido seguían produciendo muertos en la frontera de Tailandia y Camboya o entre Ruanda y el Congo, y rebrotaban en Gaza y Líbano. El papelón de los ‘teloneros’ de Trump en la charada de la FIFA no es para olvidar. El liberal Carney y la progresista mexicana Sheimbaum, por obligación o por devoción, se vieron arrastrados a una ceremonia que bordeó el ridículo. Los protagonistas naturales del evento, futbolistas y técnicos, quedaron reducidos a un papel de comparsas.

Esta humillación de los supuestos valores universales del deporte han tenido poco eco en los medios liberales. Poco o nada se ha dicho tampoco sobre los centenares de futbolistas de origen africano, asiático o latino que contribuyen decisivamente al éxito de sus clubes y selecciones nacionales. Nunca hubiera sido más oportuno, después de que Trump hubiera decretado unos días antes el cierre de las fronteras a ciudadanos de muchos de los países que competirán en verano en estadios norteamericanos. La hipocresía alcanzó límites insuperables el pasado viernes en Washington.

 

NOTAS

(1) “Trump Administration Says Europe Faces ‘Civilizational Erasure’”. THE NEW YORK TIMES, 5 de diciembre.

(2) “Trumpworld thinks Europe has betrayed the West. Centrist governments across the continent rightly sense a trap”. THE ECONOMIST, 2 de diciembre.

(3) “Soutenue par l’UE, Giorgia Meloni investit en Afrique pour limiter l’émigration”. LE MONDE, 20 de junio; The UK wants to emulate Denmark’s hardline asylum model – but what does it actually look like? MIRANDA BRYANT. THE GUARDIAN, 14 de noviembre.

(4) “Europa allana el camino a la creación de centros de deportación de migrantes fuera de la UE”. EL PAÍS, 8 de diciembre.

(5) “Macron, Merz and Starmer are forming a new trilateral leadership. Three leaders struggling at home, but vigorous abroad”. THE ECONOMIST, 27 de noviembre.

(6) “Les Européens refusent le rapport de force avec les Etats-Unis”. CLAIRE GATINOIS & PHILIPPE RICARD. LE MONDE, 9 de noviembre.

(7) “The Only War the White House Is Ready for Is Culture War”. KORI SCHAKE. FOREIGN POLICY, 8 de diciembre.

(8) “Trump’s Power Paradox. What Kind of World Order Does His National Security Strategy Seek? MICHAEL KIMMAGE. FOREIGN AFFAIRS, 8 de diciembre.

(9) “Europe Needs to Hear What America is Saying”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE, 9 de diciembre

(10) “Trump faces heat from MAGA base on ‘America First’ agenda, Epstein”. HANNA KNOWLES. THE WASHINGTON POST, 13 de noviembre.

TRUMP SE APUNTA A LOS CRÍMENES DE GUERRA


3 de diciembre de 2025

Trump presume falsamente de promover acuerdos internacionales de paz, mientras práctica actos de guerra. Lo hizo la pasada primavera en Irán, sin mediar agresión previa. Si no directamente, también apoyó en todos los aspectos el genocidio palestino de Israel en Gaza y el acoso mortal en Cisjordania.

Ahora, se dispone a atacar ilegalmente a Venezuela pretextando no probadas acusaciones de connivencia del régimen político de ese país con organizaciones narcotraficantes. El preámbulo de la enésima agresión norteamericana en su “patio trasero” ha sido el impresionante despliegue naval en el Caribe, encabezado por el Gerald Ford, el más moderno portaaviones de la Navy. Estos barcos de guerra no están de inspección. Desde septiembre, han realizado veinte operaciones militares contra pequeñas embarcaciones, con un resultado de 83 muertos, a los que se les ha colgado la etiqueta póstuma de traficantes de drogas.

Todos estos ataques son susceptibles de ser considerados crímenes de guerra, porque las actuaciones militares no están sujetas a la legalidad internacional. Las críticas han venido de fuera, pero también del propio Congreso de los Estados Unidos, y no sólo del Partido Demócrata, sino de republicanos escarmentados por operaciones pasadas.

Pero como esta administración no es parca en excesos, se ha sabido ahora que el primero de esos crímenes “justicieros” tuvo ribetes de ensañamiento que van a engrosar la lista de barbaridades norteamericanas en la región. Después del primer bombardeo de una supuesta lancha de narcotraficantes, se advirtió que había supervivientes y volvió a disparar para acabar con ellos. El WASHINGTON POST reveló que el propio Secretario de Defensa (o de Guerra, como ha bautizado Trump el Pentágono) dio la orden de “matarlos a todos”, lo que habría convertido a su titular Pete Hegseth en un presunto criminal de guerra (1). La Casa Blanca salió al rescate en las últimas horas para aclarar que la orden del segundo ataque la dio el Almirante Bradley, jefe de las operaciones, aunque Hegseth posteriormente avaló la iniciativa.

Como suele ocurrir en Estados Unidos, el caso particular eclipsa, siquiera por unos días, el debate sobre la política que lo ampara. La incompetencia de Hegseth, tantas veces expuesta y demostrada, se convierte de nuevo en la acaparadora de titulares. El antiguo presentador televisivo ni siquiera sirve de pararrayos para Trump, si acaso en una especie de “sparring político” que se lleva los golpes cotidianos de la desnortada política militar de su jefe.

Pero para centrarnos en el asunto de fondo, el acoso a Venezuela arrastra todos los aires del rancio imperialismo norteamericano, es decir, no el blanqueado por Kennedy a comienzos de los sesenta, enseguida ensuciado y desenmascarado por el desastre de Bahía Cochinos, y luego rematado con la financiación, promoción y respaldo de las dictaduras de finales de los sesenta y setenta.

¿HAY UNA DOCTRINA ‘DONROE’?

Lo que Trump se dispone a revivir ahora son los fundamentos de la “doctrina Monroe”, formulada por el Presidente James Monroe en 1823, supuestamente para proteger a los países al sur de Estados Unidos de actuaciones neocoloniales europeas. Lo que en realidad se pretendió era reservarse ese territorio para control y explotación de los intereses estadounidense, como pronto se demostró.

Algunos comentaristas hablan ya de ‘doctrina Donroe’ en alusión al nombre del actual Presidente (Donald), sonoramente más afín al original (2). Guiños verbales aparte, el espíritu de la actuación a cámara lenta de la actual administración dista de estar clara. No se sabe muy bien si Trump pretende intimidar al Presidente Maduro para que deje el poder y precipite la caída del régimen o si ya está decidido el plan de ataque.

En apoyo de la primera tesis, Trump dice haber hablado con Maduro, aunque nada se ha dicho del contenido de la conversación. Se especula con que se le ha ofrecido al líder venezolano y a su familia una vía de escape, algo parecido a lo que Rusia brindó al sirio Assad, aunque, en este caso, no es fácil saber qué país sería el protector. Según varios medios, Donald Trump, le dio un ultimátum a Maduro para que dejara el poder antes del Día de Acción de Gracias y se instalara en el país que él eligiera. El mandatario venezolano habría puesto condiciones que no fueron aceptadas por su homólogo estadounidense. Pasado el plazo sin acuerdo, Trump decretó ilegalmente el cierre completo de espacio aéreo venezolano: ‘doctrina Donroe’ en acción.

El régimen venezolano no es una dictadura personalista, como algunos medios occidentales quieren hacer creer. Ni siquiera en la etapa de Chávez lo fue, aunque el factor del liderazgo fuera incomparablemente mayor que en la actualidad. El régimen bolivariano, aunque corroído por el desgaste en el ejercicio del poder, sus fracasos, acosos exteriores e interiores y la corrupción endémica y sistémica, responde a una coyuntura histórica y política que trasciende la ambición personal o de casta. La movilización que se ha puesto en marcha en el país para resistir a una eventual intervención norteamericana, con el despliegue de miles de civiles a los que se presume afectos al régimen, reproduce la mística de  la resistencia cubana, modelo en el que siempre se ha inspirado el chavismo.

A pesar de ello, no parece que Trump esté pensando en una invasión del país a gran escala. El NEW YORK TIMES desveló hace meses que la CIA había sido autorizada por la Casa Blanca para realizar operaciones encubiertas. Pero es muy probable que no se esté pensando en una reedición de Bahía Cochinos (aunque a Trump le encanten este tipo de revanchas de la historia), sino más en bien en algo similar a Abotabbad (la localidad pakistaní donde fue asesinado Osama Bin Laden por un comando de las fuerzas especiales SEAL). Los analistas más serios, como el abogado Brian Finucane,  ya están advirtiendo de los serios riesgos, legales, militares y políticos que supone esta aplicación de la “licencia para matar” que se ha concedido el actual Presidente (3).

LA HIPOCRESÍA DEL MOMENTO

La justificación en la que Trump envuelve un costoso y exagerado despliegue militar es ridícula e hipócrita, como están denunciado congresistas de ambos lados del espectro político y, con sordina, algunos países de la región que temen las represalias vengativas de este Tío Sam con esteroides (4).

La supuesta lucha contra el narcotráfico, “que ha matado a 200.000 americanos” (Trump dixit), no se sostiene. En la propaganda de la Casa Blanca se ha convertido a Maduro en el jefe del ‘cartel de los Soles’, una de las organizaciones criminales del país, junto con el “Tren de Aragua’. La teoría de la connivencia del régimen con las redes de la cocaína fue utilizada hace años por la oposición conservadora, pero ha tardado en prender al norte de Río Grande. Ahora ha sido apadrinada por Trump, para reforzar su discurso de virtud, justo cuando han salido a relucir más informaciones sobre su vinculación con las red más oscura del tráfico sexual (la trama Epstein) en Estados Unidos. La quiebra que ha provocado este escándalo en el mundo MAGA y la constelación de grupos cristianos ultraconservadores que apoyaron el regreso de Trump al poder ha sido notable (5). El Presidente necesita un alarde de empeño moral para escapar al desgaste, que se traduce en las cifras más altas de impopularidad nunca alcanzadas.

Pero la hipocresía diluye esta pretensión propagandística. En plena exhibición de fuerza en el Caribe, Trump ha cometido la aparente torpeza de indultar al anterior Presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado por un juez neoyorquino a 45 años de prisión por introducir cocaína en Estados Unidos. Esta decisión coincide también, y no por casualidad, con las elecciones hondureñas de este pasado fin de semana, en las que Trump ha apostado, como suele hacer, por un candidato ultraconservador. Proyectando su victimismo en otras figuras políticas que alardean de admirarlo, el vanidoso inquilino de la Casa Blanca considera a sus émulos víctimas de la persecución política en sus países (6).  De esta forma, un exdirigente iberoamericano condenado por la justicia norteamericana se convierte en héroe redimido y otro en ejercicio sobre el que no hay pruebas acreditadas de su actividad delictiva es señalado como objetivo por la política justiciera de la Casa Blanca.

Con esta nueva demostración de las chapuzas exteriores que caracterizan el mandato de Trump, la actual administración se pone en curso de actuaciones similares a la que definieron a la de G.W. Bush hace dos décadas con su igualmente falsaria “guerra contra el terror. Al cabo, Trump es mucho más ‘mainstream’, más convencional, de lo que sus críticos del ‘establishment’ sostienen y de lo que él mismo presume. Pese a sus cacareos propagandísticos, a Trump, como a sus antecesores, también le atraen esa política de “guerras sin fin” o “guerras elegidas” (frente a las “guerras de derecho”). Toda esa palabrería de estrategas, expertos y analistas afectos no es otra cosa que la justificación de una vieja lógica imperialista de toda la vida.

NOTAS

(1) “Hegseth order on first Caribbean boat strike, officials say: Kill them all”. As two men clung to a stricken, burning ship targeted by SEAL Team 6, the Joint Special Operations commander followed the defense secretary’s order to leave no survivors”. THE WASHINGTON POST, 28 de noviembre.

(2) “The ‘Donroe Doctrine’: Trump’s Bid to Control the Western Hemisphere”. JACK NICAS. THE NEW YORK TIMES, 17 de noviembre.

(3) “America Unbound in the Caribbean. The Real Costs of Washington’s Use of Force”. BRIAN FINUCANE (Asesor legal del International Crisis Group, professor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York y abogado del Departamento de Estado durante el mandato de Obama). FOREIGN AFFAIRS, 26 de noviembre.

(4) “Latin America’s Disjointed Reaction to Trump’s Drug Boat War”. JOHN HALTIWANGER. FOREIGN POLICY, 10 de noviembre.

(5) “Trump faces heat from MAGA base on ‘America First’ agenda, Epstein”. HANNAH KNOWLES. THE WASHINGTON POST, 13 de noviembre.

(6) “Trump move to pardon Honduras’s ex-president shows counter-drug effort is ‘based on lies and hypocrisy’”. TOM PHILIPS, corresponsal en Latinoamérica. THE GUARDIAN, 1 de diciembre; “The glaring ‘hypocrisy’ behind Trump’s war on drugs”. ISHAAN THAROOR, THE WASHINGTON POST, 3 de diciembre.

 

TRUMP INYECTA EL CAOS EN LA DIPLOMACIA OCCIDENTAL

26 de noviembre de 2025 

A Trump le divierte sembrar el caos en las relaciones internacionales. Y en las relaciones institucionales también. Dicen quienes creen que lo conocen que se trata de una táctica para conseguir el máximo beneficio. Son estratagemas de comerciante marrullero. A juzgar por lo que vemos, los resultados reales son discutibles, pero las versiones para la propaganda tienen el efecto buscado. Los dirigentes internacionales se toman en serio al Presidente norteamericano, desde el punto y hora en que tratan de adecuarse a sus excentricidades y sobre todo de no provocar su enfado.

Esto es lo que ha pasado estos últimos días con las “negociaciones de paz” en Ucrania, oscuras y confusas hasta decir basta. Un primer plan conocido el viernes pasado a cuentagotas provocó alarma en el gobierno de Kiev y en sus protectores europeos. Los 28 puntos, tal y como se filtraron, parecían un resumen de las principales aspiraciones rusas (1). Surgieron enseguida dudas sobre la autoría del documento y algunos sostuvieron que ha  había sido escrito con la pluma de Moscú. Trump, supuestamente hastiado de la encomienda que él mismo se impuso desde antes de regresar a la Casa Blanca, querría haber infligido un nuevo escarmiento a Zelensky.

Tenía sentido la interpretación. Después del rapapolvos del despacho oval, el 28 de febrero, el presidente MAGA ha intentado contenerse, en parte por presión de sus principales colaboradores, quizás por observaciones muy respetuosas de sus aliados, y también por un cierto malestar con Putin, que no le sigue el juego tanto como él y otros muchos esperaban.

Sea como sea, Trump ha jugado al caliente y al frío con Ucrania. Ora  le ofrece armamento hasta ahora prohibido, ora le pone condiciones de uso; ora, corteja a Putin como habitualmente, ora le amenaza con sanciones que no llegan a hacer el daño que deberían si fueran realmente adoptadas en serio.

Mientras este juego del ratón y el gato se prolonga, la guerra ha continuado con resultados no concluyentes para los objetivos del Kremlin, pero muy penosos, en todo caso, para Ucrania, cuya población parece abocada al frío y la oscuridad en el invierno que asoma (2). La infraestructura energética ucraniana se encuentra al límite. Los contrataques contra objetivos similares en el interior de Rusia no parecen suficientes para disuadir a Moscú de estas operaciones de desgaste.

LA CORRUPCIÓN, COMO LUBRICANTE

Pero el asunto que podría haber precipitado este nuevo empuje de Trump en contra de los intereses ucranianos ha sido el gigantesco escándalo de corrupción que ha alcanzado a las altas esferas del gobierno de Kiev. Ministros, altos cargos y empresarios relacionados con Zelensky se han visto implicadas en un cobro de comisiones ilegales por contratos de la empresa nacional de energía atómica (3). Esto socava la credibilidad del sistema político y económico ucraniano y pone en solfa la inmensa ayuda económica recibida en los últimos 3 años y medio por Kiev.

Trump huele la sangre a distancia y todo parece indicar que ha sentido herido a Zelensky, necesitado de un apoyo para rescatarlo del agujero negro en que se encontraba metido desde hace un par de semanas. El momento parecía propicio para esta oferta con apariencia de chantaje, vestida de “realpolitik con esteroides”, como lo ha definido un destacado editorialista estadounidense en asuntos internacionales (4).

El plan no sólo legitimaba las conquistas rusas en el este y sur de Ucrania, o la anterior de Crimea (esto último ya casi ni se discute de verdad). También le concedía a Moscú el control del territorio de la región del Donbás que sus tropas aún no han ocupado. Una concesión preventiva. Además, se le reconocía a Moscú una de sus pretensiones estratégicas: que la OTAN cierre de una vez por todas la puerta a Ucrania y que la orientación prooccidental de Ucrania esté sometida a la aprobación rusa. Todo ello con un ejército reducido a la mitad, con los supuestos crímenes de guerra olvidados y con otra serie de medidas favorables para Rusia.

La reacción de Ucrania fue, inicialmente, depresiva. “O perdemos la dignidad o renunciamos a nuestro principal aliado”, manifestó Zelensky. No exageraba. Europa asumió por enésima vez la misión de rescate. Con resignada paciencia, aceptó el Plan Trump (o de quien fuera) como “base de negociación”. El presidente norteamericano se lo tomó a bien, quizás porque esperaba esa cautelosa respuesta europea, y afirmó que el documento “no era su última palabra”. Reunidos en Ginebra, diplomáticos europeos, norteamericanos y ucranianos alumbraron otra cosa.

Nadie sabe qué, sin embargo. Ucrania dice que puede aceptar el Plan reformado. Europa se da un margen de alivio, pero afirma que “queda mucho por hacer”.  De momento, más ideas y venidas: a Abu Dhabi (lejos de Europa, pero cerca de los intereses trumpianos) y a Moscú.  Ucrania dice que puede aceptar el plan retocado. ¿Por virtud o por necesidad? Pero la cita Zelensky-Trump se descarta a corto plazo.

EUROPA, EN UN DIFÍCIL EQUILIBRIO

El estilo de Trump ha terminado por contaminar los métodos de trabajo de la diplomacia europea. Primero, porque los caprichos y cambios de humor del magnate condicionan claramente sus comportamientos. Segundo, y esto ha pasado más desapercibido, porque la corrosión trumpista ha puesto en evidencia las fracturas diplomáticas europeas, como describen con agudeza dos periodistas de LE MONDE, la corresponsal en el Eliseo y el corresponsal diplomático (6).

Y luego están lo que hacen su propia guerra. El papel del gobierno posfascista de Roma es incierto, pero muy activo, a pesar de que Italia no forma parte del E3, una suerte de directorio europeo (que no comunitario), compuesto por Francia, Alemania y Gran Bretaña para lidiar con Trump en la crisis ucraniana.

Fuentes diplomáticas europeas han reconocido que Trump saca de sus casillas a la diplomacia europea, porque es capaz de hurgar en sus divisiones y egoísmos nacionales. También atribuyen a Rusia esta intención, pero sin que el Kremlin pueda presentar resultados ni de lejos parecidos a los que el “el líder del mundo libre”  airea.

La diplomacia europea lleva semanas intentando aplicar la palanca que, según algunas estimaciones, podría forzar la mano del Kremlin y empujarle a una negociación más equilibrada. Se trata de la apropiación de los 300.000 millones de dólares del Banco Central ruso en territorio europeo. Pero la mayor parte se encuentra en poder de un administrador con sede en Bélgica. El gobierno belga, pese a la presión combinada de sus socios, no ha querido dar ese paso, por temor a que, un fallo jurídico internacional lo considerara ilegal y permitiera a Moscú obtener una indemnización enorme.

Una de las mayores especialistas en la gestión de las sanciones occidentales contra Moscú, Agatha Demarais, detalla cómo la Comisión Europea ha intentado resolver este dilema con una complicada vinculación entre los fondos retenidos, el eventual pago de reparaciones de guerra y un préstamo a Ucrania respaldado en los dos esquemas anteriores. Esta experta opina que el interés de Trump por el acuerdo reside en la cláusula que permite a empresas norteamericanas obtener una tercera parte de esos fondos para financiar la reconstrucción de Ucrania y al gobierno de Washington recibir el 50% de los beneficios obtenidos en la operación. La Comisión podría desbaratar estos planes -argumenta Demarais- si se incauta de los fondos, los convierte en respaldo de un préstamo a Ucrania junto con las eventuales reparaciones de guerra que se le impondrían a Moscú (7). Pero, de nuevo, los mecanismos políticos europeos son más lentos que la ambición de Trump.

Europa está exangüe por la crisis de Ucrania. Política, económica y socialmente. Los dirigentes se han metido en una espiral de gasto militar que va a tensionar aún más la cohesión social.  La retórica les obliga a no ceder, a mantenerse formalmente como principal garante de la independencia y la libertad ucranianas. Pero la fatiga es más que notable. Al no contar con el socio mayor del otro lado del Atlántico su capacidad para forzar un cambio de actitud en Moscú es prácticamente nula (8).

Como ocurre en otros conflictos, Europa paga y se mantiene “en el asiento de atrás”. Está marginada de las ecuaciones estratégicas y atrapada en las maniobras tácticas. Sólo a título de recordatorio, cuando se cumple el trigésimo aniversario de los acuerdos de Dayton sobre Bosnia, resulta útil repasar la deriva europea en una crisis mayor en el continente y cómo Estados Unidos terminó acaparando el papel decisorio.

Ucrania no es Yugoslavia, pero el libreto de la aparente resolución del conflicto se le parece mucho. A expensas de lo que la diplomacia europea haya conseguido retocar o cambiar en el mal llamado Plan Trump, lo cierto es que no es probable que se le haya dado completamente la vuelta. El caos dominará la escena, si Rusia se llama a andanas y continua apurando su superioridad militar y la división en la OTAN.


NOTAS

(1) “Ce que l’on sait des 28 mesures du plan américain”. LE MONDE, 21 de noviembre; “U.S.-Russian Peace Plan Would Force Ukraine to Cede Land and Cut Army” ANDREW KRAMER & MARIA VARENIKOVA. THE NEW YORK TIMES. 19 de noviembre; “US and Russian officials draft plan to end Ukraine war based on capitulation from Kyiv”. LUKE HARDING, ANDREW ROTH & PJOTOR SAUER. THE GUARDIAN, 19 de noviembre

(2) “Russia Aims to Freeze Ukraine Into Submission”. KEITH JONHSON. FOREIGN POLICY, 29 de octubre.

(3) “Everything you need to know about Ukraine's ongoing corruption scandal involving a nuclear power company and top officials”. OLEG SUKHOV. THE KYIV INDEPENDENT, 11 de noviembre; “Energy Sector Embezzlement Amid Blackouts: Anti-Corruption Bureau Investigation – What We Know So Far”. SERGII KOSTEZH. KYIV POST, 11de noviembre; “The Corruption Scandal Engulfing Ukraine Won’t Die Down Anytime Soon”. KONSTANTIN SKORKIN. CARNEGIE, 18 de noviembre.

(4) “Trump’s hard-sell Ukraine deal is realpolitik on steroids”. DAVID IGNATIUS. THE WAHINGTON POST, 21 de noviembre.

(5) “Ukraine survives another crisis with Donald Trump.” THE ECONOMIST, 23 de noviembre; “Le soulagement et les doutes des Européens et de Kiev après le remodelage en profondeur du plan de Trump”. CLAIRE GATINOIS Y PHILIPPE RICARD. LE MONDE, 25 de noviembre.

(6) “L’ ère Trump, un cauchemar pour la diplomatie européenne, entre flagornerie et humiliations”. CLAIRE GATINOIS Y PHILIPPE RICARD. LE MONDE, 23 de noviembre.

(7) “The U.S.-Russia Plan Gives Trump a $300 Billion Signing Bonus”. AGATHA DEMARAIS. FOREIGN POLICY, 24 de noviembre.

(8) “Disarray over leaked US-Russia peace plan is ideal scenario for Putin”. PJOTR SAUER. THE GUARDIAN, 24 de noviembre.

 

CHILE: UN ADMIRADOR DE PINOCHET ACARICIA LA MONEDA

19 de noviembre de 2025

El viento ultra cruza los Andes y proyecta su sombra sobre Chile. Si no median sorpresas, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, a mediados de diciembre, significarán una vuelta al pasado. Sin uniformes, sin campos de concentración, sin matanzas oscuras. Pero con el mismo propósito: arrebatar a las clases populares lo poco que recuperaron en tres décadas largas de democracia liberal.

La comunista Jeanette Jara consiguió un triunfo insuficiente en la primera vuelta, un 26,8% de los votos, frente al candidato más votado de una derecha que se fragmenta para luego unirse cuando de verdad importa. José Antonio Kast obtuvo el 23,9%, pero, en realidad, sabe que puede contar con el 14% de los otros ultras que juegan a ser más ultra, del 12,5% de la derecha conservadora (Vamos por Chile) que dice no ser ultra, pero que lo es en las cosas de comer, y quizás hasta el 20% de un denominado centro (Partido de la Gente), que se escora a la derecha cuando la izquierda actúa como tal.

Así las cosas, la Unión por Chile -que ha quitado el término “Popular”, definitorio del proyecto liderado por Allende en los 70- sólo contará con los votos de esa amplia coalición de centro izquierda y los residuos ínfimos a sus lados del espectro político. Insuficiente para mantenerse en el poder institucional.

Chile importa por su peso económico, social y cultural, pero también por las lecciones que nos ha dejado su historia. Como tantas veces se ha dicho, atesora el único experimento de un socialismo latinoamericano que no renunció a las libertades del sistema liberal (eso que se suelen llamarse libertades formales). Para la reacción salvaje de los 70, esa moderación no sirvió de salvaguarda. El gorilismo alentado, entrenado, financiado y armado por Washington decidió acabar con un ejemplo tan pernicioso para sus intereses.

LA PESADA HERENCIA DE LA CONCERTACIÓN

Cuando Chile recuperó la democracia en los años noventa, aquel experimento había pasado definitivamente a la historia. Los herederos de Allende (muchos, demasiados) consideraron que había que aliarse con antiguos adversarios que se hastiaron de la crueldad pinochetista, particularmente la Democracia Cristian (partido que representaba a distintos sectores de la burguesía), para superar los coletazos de la Dictadura. Surgió entonces eso que dió en llamarse la Concertación, una gran alianza de centro-izquierda, variable en su composición, pero casi siempre estable en su núcleo fundamental (socialistas, radicales, demócratas progresistas y democristianos). Por la izquierda, algunas veces se sumaban los comunistas; por la derecha, los liberales y otros grupos menores. Era la versión chilena del “compromiso histórico” de Enrico Berlinguer. El dirigente comunista italiano nunca fue profeta en su tierra, pero estudió a fondo el caso chileno y llegó a la conclusión de que el imperialismo capitalista nunca aceptaría el socialismo aunque este respetara las reglas del juego liberal.

Durante tres décadas, la Concertación dominó el juego político chileno y logró eso que tanto se aprecia en las democracias occidentales: la estabilidad. Democristianos  y socialistas y democristianos se alternaron al frente de la coalición, en elecciones internas que aseguraban la lealtad del pacto.

La derecha sin complejos, sin arrepentimientos por las barbaridades de una dictadura, a la que siempre apoyó, no dejó de conspirar para romper ese compromiso histórico a la chilena. Pero ya no estaban los tiempos para golpes y pinochetadas. El esfuerzo de la derecha se centró en no permitir cambios sociales profundos, alteraciones en los desequilibrios de clase. No le costó mucho.

Aunque la Concertación cosechara éxitos económicos notables, bendecidos y elogiados por los templos de la ortodoxia liberal occidental, resultó mucho menos brillante en la reducción de las diferencias sociales. El 1% más rico aún posee el 40% de la riqueza nacional. La deuda social de esta fórmula estable de Gobierno terminó por agrietar la base electoral de esa izquierda del centro.

Cuando concluía la primera década de este siglo, la derecha conservadora se encontraba en condiciones de romper la hegemonía de la Concertación. Y lo hizo, aunque tuviera que recurrir a un populista magnate de la comunicación  Aun así, la era de Sebastián Piñera fue accidentada e interrumpida por otro mandato de la Concertación, con el regreso de Michelle Bachelet, para terminar barrido por lo más parecido a una revolución chilena desde el golpe militar de 1973.

EL “ESTALLIDO”, UNA REVUELTA ABORTADA

En 2019 se produjo el “estallido”, una revuelta social preludiada por anteriores movimientos estudiantiles, obreros e indígenas. En términos políticos, se produjo la ruptura que no había ocurrido con la vuelta de los militares a los cuarteles. Una nueva forma de organización y de proyectos políticos desde la izquierda barrió las fórmulas envejecidas de la Concertación y prometió un nuevo tiempo para el país. Uno los líderes de esa “nueva política”, Gabriel Boric, ganó las elecciones presidenciales de 2021 con un programa que prometía la conquista de derechos sociales y una Constitución nueva que encuadrara jurídica y políticamente la ruptura con el pasado. A esta operación se sumó el Partido Comunista,  más allendista que los socialistas en su día, alternativamente socio y adversario de la Concertación, y ahora convertido al nuevo ensayo de revolución social sin violencia.

Resulta más fácil recordar lo que ha sido de esta nueva experiencia autóctona chilena. La pandemia frenó las movilizaciones de las que se nutría este estilo de política. Los siempre activos condicionamientos económicos, las divisiones típicas de la izquierda y otros factores de bisoñez terminaron por hacer fracasar el proyecto. Lo más palpable, el rechazo de la nueva Constitución en referéndum. Lo más doloroso, la incapacidad de la izquierda transformadora para satisfacer las necesidades populares (2).

La derecha conservadora se echó a un lado al ver irrumpir con fuerza a la derecha más extrema, alentada por Trump y sus émulos regionales. José Antonio Kast logró diez puntos menos que Boric en 2021, pero afianzó su posición de hegemonía entre las fuerzas antipopulares. Crecido por su auge espectacular, promovió una Constitución reaccionaria. Calculó mal sus fuerzas y no consiguió su propósito. El regreso de Trump a la Casa Blanca y el éxito de Milei al otro lado de los Andes le ha devuelto un impulso que ahora parece irrefrenable. Aunque haya tenido que soportar una escisión aún más ultra en el figura de Johannes Kaiser (siempre la sombra filo nazi en la política de Chile) y la resistencia de la derecha conservadora a desparecer, Kast no tendrá problemas en obtener el apoyo de ambas en diciembre para conquistar la Moneda sin cañonazos.

La candidata de esa convergencia entre la nueva política y los vestigios de la Concertación es sólida. La comunista Jeannette Jara ha sido ministra de Trabajo y asuntos sociales con Boric y fué subsecretaria con competencias en esas mismas materias en el segundo mandato de Bachelet. Jara representa lo más exitoso del gobierno saliente: la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas, el incremento del salario mínimo, leyes laborales progresistas y sobre todo una reforma del sistema pinochetista de las pensiones que ha puesto fin al modelo de capitalización individual.  Para ser originaria de una barriada popular del extrarradio de Santiago, Jara se ha manejado muy bien con la clase empresarial y financiera, que no le ha regateado el reconocimiento de su seriedad y competencia. De ahí que su  triunfo en las internas del centro-izquierda no pudieran ser estrictamente una sorpresa. La alternancia democristiana-socialista hacía tiempo que emitía claras señales de agotamiento.

TRES FACTORES DE DESGASTE DE LA IZQUIERDA

Pero a Jara les esperaban desafíos muy potentes, que no parece en condiciones de remontar. El incremento de la inmigración y de la delincuencia han compuesto un binomio en el que se alimentan, crían y crecen las fórmulas de la extrema derecha. A pesar de que los índices de criminalidad en Chile son inferiores a los de otros países de la región, el aumento brusco y la aparición de delitos hasta ahora casi desconocidos como los asesinatos por encargo y los secuestros han resultado devastadores para el actual gobierno y un lastre para Jara. En 2024 se contabilizaron más de ochocientos, un incremento del 74% desde 2021. Los homicidios han pasado de 2,5 a 6 por 100.000 habitantes en este último decenio (3).

A pesar de la falacia de la conexión, a la derecha le ha resultado fácil vincular estas cifras con el aumento muy acusado de la inmigración, en gran parte debido a las consecuencias de las crisis venezolana y boliviana. El número de extranjeros en Chile se ha duplicado durante los años del gobierno Boric, hasta alcanzar la cifra de casi el 9% de la población total del país. La frontera norte del país es un hervidero de tensiones migratorias y de conflictos policiales.

El tercer elemento que ha complicado la continuidad del proyecto progresista ha sido el empeoramiento del clima económico, en particular la inflación, que ha alcanzado cotas no sufridas desde los años inaugurales de la Concertación, en los primeros años noventa. Hay un desánimo en las clases populares, a pesar de las mejoras señaladas. Un quinto de la población dice querer emigrar, según algunas encuestas (3). Todo ello explica que Boric se despida de La Moneda con menos de un 30% de apoyo popular, lejos del 58% de votos que obtuvo en las elecciones de 2019 (4).

EL UNIVERSO DEL PINOCHETISMO SOCIOLÓGICO

Kast, al frente de una coalición nuclear entre su partido, el Republicano, y el catolicismo más integrista (Partido Social-cristiano), concentra el sector más activo del pinochetismo sociológico. A su derecha, como fuerza de carga, se encuentra el Partido Nacional Libertario, los ultras con motosierra, escindidos en su día del Partido Republicano. Y en su costado “moderado”, deseando colaborar, cuenta con la “derecha nacional”, alianza de grupos como Renovación Nacional (creación de Sergio Jarpa para darle un barniz institucional a la dictadura militar, en los ochenta), de la UDI (Unión de Demócratas Independientes (funcionarios y beneficiarios del pinochetismo) y otros grupúsculos más recientes, todos ellos bajo el actual liderazgo de Evelyn Matthei. Esta veterana dirigente derechista, pinochetista de pro, hija del Jefe de la Fuerza Aérea en la segunda Junta Militar (1978-1980), tiene un largo curriculum de blanqueamiento de la Dictadura. Luego se recicló con Piñera, no sin puñaladas de por medio, y fue su Ministra de Trabajo. Desde entonces ha sido una presidenciable permanente y adepta del neoliberalismo radical. Pero el impulso de Trump y Milei le ha relegado a un papel secundario en su otoño político.

Kast será, si nada lo remedia, el próximo Presidente de Chile. En eso han desembocado las dos experiencias de la izquierda, la Concertación (mucho más larga y fecunda en el tiempo, pero también más decepcionante) y la nueva política (muy fugaz, más atrevida, pero igualmente frustrante). Pinochet se regocijaría en su tumba.


NOTAS

(1) El sociólogo Alexis Cortés ha hecho un interesante análisis de este periodo y sus antecedentes, en JACOBIN (versión en castellano para Latinoamérica), 12 de noviembre.

(2) “La communiste Jeannette Jara et l’ultraconservateur José Antonio Kast s’affronteront au second tour”. LE MONDE, 17 de noviembre.

(3) “Chile Is Making an Unprecedented Right Turn”. MICHAEL ALBERTUS (Profesor de la Universidad de Chicago). FOREIGN POLICY, 12 de noviembre.

(4) Entrevista con Patricio Nava, politólogo de la Universidad Diego Portales. AMERICAN QUARTERLY, 13 de noviembre.