19 de febrero de 2025
La Alianza Atlántica es una
organización militar, pero por encima de ello, política. El sustento de
cualquier entidad de ese tipo, reside en la confianza y la adopción de
decisiones con un cierto grado de acuerdo. Al menos sobre el papel. El socio
mayor de cualquier alianza es el garante de su continuidad y vitalidad. ¿Qué
pasa cuando el socio principal no sólo actúa por su cuenta, sino que lo hace en
contra de los intereses de sus aliados? La respuesta es sencilla.
En apenas un mes, el gran
patrón ha hecho trizas ese activo fundamental de la Alianza, de la que sus
miembros presumían (quizás con cierta candidez) hasta hace apenas unos meses. Peor
aún: se ha convertido cómplice del adversario (1).
Cuando en campaña Trump
prometía acabar de un plumazo con la guerra de Ucrania, los aliados oponían
gestos de escepticismo más que de desconfianza. La mayoría pensaba que el
Presidente retornado experimentaría otro ejemplo de momento norcoreano:
por exceso de vanidad y arrogancia, por falta de seriedad.
Trump ha superado sus desatinos.
No sólo se embarca en una operación incierta, sino que desprecia a sus aliados,
los reprende y pretende imponerles una “solución”. Y más escandaloso resulta
todavía que, al menos en este arranque de la operación, margine a uno de los
bandos en guerra. Ucrania no ha sido invitada a los prolegómenos; si acaso,
informada de que se le consultará más adelante. Pero ya se le ha advertido que
se olvide recuperar los territorios invadidos. Esto es algo que impone la realpolitik,
pero si se obvia de entrada, ¿qué se negociará en realidad? También se anticipa que Ucrania no será
admitida en la OTAN (o lo que sea en que se convierta después de esto). Ninguna
novedad, es cierto. Pero tampoco se deslizan alternativas de seguridad creíble
para prevenir nuevas violaciones de soberanía (2). El estilo despótico de la administración
norteamericana hace empalidecer el de Kissinger en el cénit de su misiones
viajeras.
Otro factor de malestar ha
sido el comportamiento amateur de los escuderos de Trump en este
desbaratamiento de los fundamentos de la Alianza Atlántica. El emisario
especial para Ucrania, el exgeneral Kellogg, no se cortó en descartar el papel
de Europa. El Secretario de Defensa, sobre cuya idoneidad pesan todo tipo de
dudas, apuntó que pedirían a sus socios europeos esfuerzos militares de estabilización
de una paz en cuyo diseño no habrían participado. Con posterioridad, el
Secretario de Estado, Marco Rubio, en tanto político avezado, corrigió un tanto
esos disparates, pero sin anularlos por completo. Una cacofonía muy propia del
caos que caracteriza el estilo de gobierno del Presidente emprendedor.
Este también ha puesto de su parte, al calificar de “groseramente incompetente”
al gobierno ucraniano y reprocharle el mal uso de la ayuda recibida. Zelenski tendrá
que navegar a vista, en un tiempo de suma debilidad y creciente autoritarismo.
Muchos creen que su destino está sellado (3).
Europa no puede quejarse de
haber sido cogida por sorpresa. Durante el primer mandato de Trump aprendió
cómo se las gastaba el personaje. Que entonces tuviera que dar marcha atrás no
garantizaba un amortiguamiento de sus instintos. Trump ha vuelto con ánimo de revancha, y no
se preocupa por ocultarlo: más bien al contrario. Está por ver qué tiene en la
cabeza Trump en sus negociaciones incipientes con Rusia. A tenor de lo que ha
dejado traslucir y de su estilo de tratante de bazar, lo más probable es que
pretenda obtener minerales y recursos existentes en los territorios ocupados
por Rusia: un 20% de la superficie nacional (4).
Putin debe estar disfrutando
del momento, por varias razones. Primero, porque le facilita la salida de una
situación que complicaba aunque no amenazaba la estabilidad de su régimen, como
sostuvieron numerosos comentaristas liberales desde el inicio de la guerra. En
segundo lugar, y esto es lo que quizás más interesa al Presidente de Rusia, la
irrupción de Trump desbarata la estrategia occidental de aislamiento de Moscú:
pase lo que pase a partir de ahora con Ucrania, la normalización de relaciones
entre el Kremlin y la Casa Blanca es ya un hecho (5). Y el relanzamiento del Orden
Liberal Internacional queda a beneficio de inventario.
UCRANIA YA HA PERDIDO LA
GUERRA; LOS DEMÁS, TAMBIÉN
Antes de que Trump pateara
el tablero internacional era una evidencia que Ucrania ya había perdido la
guerra. No sólo por los avances lentos pero constantes del ejército ruso en
territorio ucraniano. También por la creciente escasez de recursos de Kiev para
revertir la situación. Ucrania se queda poco a poco sin hombres, pese a los
intentos más o menos razonables de mantener la conscripción. El apoyo militar
occidental que le ha permitido mantenerse a flote ha estado lastrado por el
retraso, los condicionamientos y las limitaciones de uso. Sin Occidente,
Ucrania habría perdido la guerra hace mucho tiempo. Con Occidente, simplemente
ha prolongado la agonía.
Pero la derrota de Ucrania
no equivale a la victoria de Rusia. Putin, diga lo que diga públicamente, no
puede estar satisfecho. Ciertamente, ha conquistado terreno, pero sus objetivos
eran más ambiciosos. La dimensión de la “operación militar especial” indicaba
la voluntad de controlar el país vecino, forzar la caída de su gobierno y
precipitar otro más amigable. Eso no lo ha conseguido, de momento al menos.
Tampoco ha alejado a Kiev de los aliados, aunque a día de hoy no se sepa que
garantías de seguridad y en qué condiciones puedan proporcionarle. Ucrania, aún derrotada, seguirá siendo un
vecino hostil, y ahora quizás aún más resentido y vindicativo. Cuando Trump
desaparezca de la escena lo más probable es que otro Estados Unidos intente
reparar los destrozos. En la Alianza y en Ucrania. Pero eso es política ficción,
en estos momentos.
También ha perdido Europa,
que ha visto sus economías sacudidas por el desenganche energético de Rusia.
Alemania lleva tres años en recesión, algo que no ocurría desde el final de la
Segunda Guerra Mundial. Y con la extrema derecha en las antesalas del poder.
Para ese Estados Unidos que lidera el Orden liberal internacional el fracaso es
también evidente. Había apostado a una derrota controlada de Rusia, para evitar
el derrumbamiento un escenario incontrolado de inestabilidad y caos en un país
con arsenales nucleares capaces de destruir el mundo. Rusia se ha debilitado,
pero el régimen ha resistido. El Kremlin ha conseguido reforzar su alianza con
China, aunque lo haya tenido que hacer en condiciones de debilidad.
Pero con lo que no se
contaba, al menos de forma tan cruda y dañina era con este desastre geopolítico
que coloca a la OTAN en el momento más delicado de su historia. Un
entendimiento entre Washington-Moscú, sea cual sea su alcance, se hará a costa
de Europa. Eso lo admiten ya abiertamente los dirigentes de este lado del
Atlántico.
Tampoco puede pasar
desapercibido que Trump haya elegido Arabia Saudí para iniciar esas supuestas
negociaciones de paz. No sólo resulta un lugar ajeno a la comprensión del
conflicto. Se trata, además, de un escenario completamente extravagante para un
diseño democrático de futuro. El disparate es mayúsculo.
EUROPA, SIN RESPUESTA
A pesar de ello, no se
vislumbra una respuesta europea coherente y fiable. Hace un par de semanas se reclamaba
desde estas líneas una cumbre europea para afrontar la emergencia Trump.
Macron -no podía ser otro- organizó esa reunión al más alto nivel, pero con un
formato extraño, que ha provocado malestar entre los no convocados. La cita ha
sido una suerte de cumbre europea, pero al margen de las instituciones comunitarias,
“porque no era conveniente en estas circunstancias”, según la justificación del
Eliseo (6). Macron pensaba sin duda en el lastre de Hungría o Eslovaquia, cuyos
dirigentes no esconden su cercanía a Rusia.
Se pretendía evitar la división, pero, al cabo, se ha generado otra.
La presencia del Reino
Unido, después del doloroso proceso del Brexit, tampoco ha resultado una
bicoca. En la víspera, el premier Starmer metió presión a sus colegas al
ofrecer soldados británicos para garantizar una supuesta misión de pacificación
en Ucrania, cuyos contornos estaban aún por definir. La respuesta del canciller
alemán, calificando la iniciativa de “prematura”, tiene todo el sentido del
mundo. En esa posición reticente le secundaron el presidente del gobierno
español y el jefe del gobierno polaco. Sir Keir tuvo que rectificar y apelar al
“necesario apoyo americano” (7). Del Eliseo Europa no ha salido reforzada. Está
más débil si cabe, al no haber transmitido una actitud unitaria ni una
alternativa viable (8).
Lo ocurrido estos últimos
días tiene un aire de opereta. Las comparaciones con la Conferencia de Múnich en
1938 son claramente extemporáneas. En 1938 hubo un intento de apaciguar a
Hitler y darle vía libre en Checoslovaquia para evitar una guerra. Lo que se
teme ahora es la voladura de una alianza para consolidar las conquistas de un
conflicto bélico casi concluido.
Otro asunto que ha provocado
la ansiedad europea ha sido el refuerzo explícito de los segundones de Trump a
los líderes de la extrema derecha continental. Las reprimendas del
Vicepresidente Vance o sus desplantes al canciller alemán para animar a su rival
xenófoba en las elecciones del 23 de febrero resultan insólitas entre países
aliados. No hay precedentes. Cuando en los años sesenta De Gaulle se retiró del
Comité Militar de la OTAN (“la silla vacía”) no se fue a conspirar con el
Kremlin. Ni se permitió dar lecciones a sus aliados sobre la forma de gobierno
o los valores que debían defender.
Finalmente, otro rasgo
preocupante es el discurso militarista de los agobiados líderes europeos a
favor de un incremento desaforado de los gastos en defensa. Sostener que Rusia
puede invadir cualquier otro país europeo (los bálticos o Polonia) es abusivo,
cuando menos. Si Moscú no ha sido capaz de completar una operación victoriosa
en Ucrania, ¿qué se puede esperar de otra aventura que sería mucho más compleja
y claramente fuera de su alcance? Las resonancias de la guerra fría cobran de
nuevo un vigor irracional.
Es pronto para decir si estos
destrozos tienen arreglo, y, puestos a ser positivos, cuánto puede tardar la
restauración y el precio que habría que pagar. Por ahora, Europa está en modo
control de daños. Y la crisis, muy lejos de ser atajada.
NOTAS
(1) “Under Trump, a U.S. that once united Europe now
divides it”. MICHAEL BIRNBAUM. THE WASHINGTON POST, 16 de febrero.
(2) “How Can It End? A Step-by-Step Guide to a
Possible Ukraine Deal” ANTON TROIANOVSKI. THE
NEW YORK TIMES, 17 de febrero.
(3) “La grande solitude de
Volodymyr Zelensky”. ARIANE CHEMIN. LE MONDE, 17 de febrero.
(4) “Ukraine Rejects U.S. Demand for Half of Its
Mineral Resources”. THE NEW YORK TIMES, 15 de febrero.
(5) “What Does Putin Hope to Gain From Ukraine Talks
With Trump? TATIANA STANOVAYA. CARNEGIE, 13 de febrero.
(6) “Lâchés par Trump, les
Européens cherchent la parade face à Poutine”. SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE,
17 de febrero.
(7) “US ‘backstop’ vital to deter future Russian
attacks on Ukraine, says Starmer”. PATRICK WINCOUR. THE GUARDIAN, 17 de
febrero.
(8) “Marginalisés par Trump et Poutine, les Européens
divisés sur l’envoi de troupes à l’issue du minisommet de l’Elysée”. ALLAN KAVAL.
LE MONDE, 18 de febrero.
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