AFGANISTÁN: LA PELIGROSA GUERRA DE OBAMA

23 de febrero de 2009

El presidente Obama se está tomando su tiempo para decidir una estrategia que funcione en Afganistán. Durante la campaña electoral dejó claro que ésta era la prioridad exterior de Estados Unidos: acabar la misión que la administración Bush inició después del 11-S, y que luego desatendió para embarcarse en la guerra equivocada en Irak.
El anuncio del envío de 17.000 soldados suplementarios en los próximos seis meses constituye un avance de la decisión final. Con toda seguridad, se añadirán más tropas (en torno a trece mil), cuando la revisión estratégica esté completada y aprobada. Se estima que la Casa Blanca quiere duplicar los más de 35.000 efectivos actuales. Pero con sus soldados no bastará. Obama reclamará a sus aliados atlánticos en la reunión que mantendrá con ellos en abril que aporten más militares, policías y ayuda civil. El jefe político del Pentágono, Bob Gates, ha hecho una prospección previa en la reunión de ministros de Defensa celebrada en Cracovia, pero básicamente ha obtenido evasivas. Aunque muchos aliados desean dar una satisfacción a Obama, las incertidumbres de la guerra y la crisis económica lo ponen muy difícil.
Estados Unidos parte de una situación incómoda en Afganistán. El gobierno al que ha apoyado, sostenido, armado y financiado hace aguas por todas partes. Apenas controla la capital, Kabul. Los funcionarios hasta los niveles más altos, están enfangados en una corrupción escandalosa. El presidente Karzai, que afronta unas inciertas elecciones en agosto, se encuentra fuera de sintonía no sólo con sus ciudadanos, sino también con sus protectores. En un cálculo quizás precipitado deslizó hace semanas la eventualidad de una negociación con los talibán. Éstos, mientras tanto, intentan agotar el invierno para consolidar sus posiciones y se preparan para resistir la cantada ofensiva occidental.
Algunos testimonios de periodistas occidentales acreditan la insostenible posición del gobierno afgano en el sur y en regiones montañosas del este, en la frontera con Pakistán. En el sur, su bastión tradicional, los antiguos estudiantes islámicos controlan con absoluta comodidad las zonas rurales y tienen prácticamente cercada la capital regional, Kandahar. Tres mil soldados canadienses tienen asignada la seguridad de la ciudad. Pero su presencia es casi fantasmal, según el testimonio de Dexter Filkins, a mediados de enero, en el New York Times. Algunos observadores creen que los talibán no toman Kandahar porque no les hace falta.
En esta región meridional de Afganistán se produce el 90% de todo el opio que se cultiva en el mundo, lo que proporciona a los talibán un ingreso de 300 millones de dólares, según un informe de la ONU. Pero además de residenciar allí su principal sustento, los talibán disponen en esa zona de sus principales vías de abastecimiento de armas. Es de prever que los soldados suplementarios que Obama pueda obtener de los aliados se desplieguen en esta zona, para estrangular a los talibán.
La otra región delicada es el este montañoso, una porosa extensión donde los talibán encuentran apoyo natural en las tribus pastunes a uno y otro lado de la frontera con Pakistán. Es aquí donde Osama Bin Landen se refugió en 2001 y donde se le perdió la pista. Estados Unidos acumula ahora 22.000 soldados, a los que se añadirán la mayor parte de los 17.000 ahora anunciados y los que puedan sumarse más tarde, cuando se complete la estrategia.
En todo caso, la solución del conflicto afgano no es exclusivamente militar. Para algunos observadores, ni siquiera es fundamentalmente militar. Hace unas semanas, en la única presentación pública de los análisis que está realizando la actual administración, el Secretario de Defensa, Robert Gates, y el Jefe del Estado Mayor Conjunto, general Mullen, establecieron algunos elementos básicos:
- la presencia militar norteamericana (y occidental) precisará entre tres y cinco años para cumplir sus objetivos.
- la prevención del restablecimiento de las redes terroristas es el principal objetivo, pero no el único.
- lo anterior no estaría garantizado, si no se consigue asegurar la prestación de los principales servicios a la población; la seguridad el más crítico de todos, pero los programas de asistencia humanitaria también tienen un valor estratégico
- estas misiones no pueden ser acometidas sólo por Estados Unidos, por lo que se juzga imprescindible la colaboración de los aliados.
En la conformación definitiva de la estrategia se están utilizando al menos cinco evaluaciones: la más antigua, heredada por la administración Bush; la elaborada por el Comando Regional del Sur; la que ha preparado el jefe militar norteamericano en Afganistán; el estudio realizado por el General Petraeus, jefe del Comando Central y autor de la famosa estrategia del incremento de tropas en Irak, que contribuyó decisivamente al cambio de tendencia de la guerra; y, finalmente, el plan de campaña de la OTAN.
Y a estas evaluaciones militares se añaden las consideraciones políticas y diplomáticas recabadas por Richard Holbrooke, el enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán, que ha realizado ya su primera gira, sin que de momento haya trascendido nada relevante de sus primeras conclusiones.
La guerra de Afganistán podría convertirse en una pesadilla para Obama, en opinión de los sectores más progresistas que apoyaron su elección. Destacados dirigentes demócratas también comparten esta aprensión. Hasta el propio Zbignew Brzezinski, poco sospechoso de paloma, ha manifestado que “se corre el riesgo de repetir el error de la Unión Soviética”.
Las operaciones militares consumen 65.000 dólares por minuto, un gasto cada día más difícil de defender en plena crisis económica. Mientras tanto, la vida de los afganos sigue siendo pésima: el 85% continua por debajo del umbral de la pobreza. Los 11 mil millones de dólares gastados por Estados Unidos en mejorar la situación social y humanitaria parecen haberse malgastado. Por si fuera poco, los bombardeos sistemáticos están ocasionando un creciente número de víctimas civiles (no menos de 500 mensuales), cada vez más mujeres y niños, lo que esta aumentado el rechazo a las tropas norteamericanas, hasta el punto de obligar al propio Karzai a protestar públicamente.
El despilfarro, el riesgo y la pérdida de vidas inocentes no necesariamente van a servir para debilitar el terrorismo, porque muchos especialistas consideran que las redes de Al Qaeda se encuentran ya en otros lugares, especialmente en Pakistán, que sufre un elevado peligro de desestabilización extremista. Es significativo que el gobierno de Islamabad se haya visto obligado a ceder ante sus talibán locales en la región fronteriza de Swatt. La “afganización”de Pakistán sería devastadora para los intereses norteamericanos.
Por eso, desde esos sectores escépticos con la orientación que la administración está adoptando, se reclama una estrategia alternativa que cuente con el compromiso de potencias regionales (Irán, Pakistán, India) y globales (China, Rusia, UE), para consolidar el desarrollo sostenible de Afganistán, prevenir el incremento del extremismo en Pakistán, favorecer el acercamiento entre Islamabad y Nueva Delhi y, a la postre, debilitar la amenaza terrorista.

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