¿QUÉ CELEBRAMOS?

12 de Noviembre de 2009

Los máximos dirigentes europeos, con pocas excepciones, acudieron esta semana a Berlín para celebrar el vigésimo aniversario de la desaparición del muro que dividió durante décadas al país y a Europa.
Se trató de un acto solemne, más espectáculo que acontecimiento político, más destinado a satisfacer las emociones, un tanto ficticias, que a reflexionar sobre el significado de las “revoluciones de terciopelo”.
El muro, efectivamente, desapareció. Nadie lo derribó. Ni los ciudadanos germano orientales. Ni Gorbachov. Ni Reagan. Ni, por supuesto, las propias esclerotizadas autoridades de la RDA. No hubo hazañas, ni revoluciones. Fue un proceso acumulativo que necesitó de un malentendido para culminar en un hecho histórico.
Estos días se ha recordado con detalle la sucesión de errores, incompetencias, desconciertos y casualidades que condujeron a la noche del 9 de noviembre. Un mes antes, con motivo de la visita de Gorbachov a Berlin-Este para asistir al cuadragésimo aniversario de la RDA, fui enviado por Radio Nacional de España para cubrir el evento. La noche del sábado, 6 de octubre, fui testigo de una imponente manifestación con antorchas que recorrió las grandes avenidas del sector oriental de Berlin. Fué una aparente demostración de fuerza del régimen. Los protagonistas de la noche no fueron las camisas viejas que habían derrotado al nazismo, los veteranos militantes del SED, sino jóvenes comunistas que, por millares, desfilaron con un entusiasmo que superaba cualquier consigna propagandística. Pude ver a Gorbachov a pocos metros, departiendo emotivamente con el anciano Honecker. La famosa frase del último líder soviético (“la Historia castiga a quien llega tarde”) se ha interpretado abusivamente como una sentencia mortuoria del régimen comunista alemán. En realidad, se trataba de una invitación a sumarse al campo reformista. En una entrevista con la editora de THE NATION, Gorbachov reitera que nunca quiso liquidar el comunismo, sino hacerlo viable.
El día siguiente al desfile de las antorchas, unos cuantos centenares de personas se congregaron en el entorno de Alexander Platz para manifestar su apoyo a Gorbachov, no exactamente para condenar a sus dirigentes. Pero los medios occidentales presentaron esa discreta manifestación como el síntoma de una imparable protesta. La televisión alemana amplificó ese malestar que, hasta entonces, sólo había estado latente desde el verano, durante la crisis de las embajadas.
En los días siguientes, pequeños grupos de jóvenes, amparados en pequeñas iglesias protestantes de las ciudades germano orientales (Leipzig, Dresde, etc.), comenzaron a salir a la calle pidiendo “reformas”. Las autoridades dudaron entre reprimir o abrir la mano. No supieron hacer ni lo uno ni lo otro. Honecker no supo interpretar el momento, ni tenía salud para hacerlo. Sus propios compañeros de dirección, tan responsables como él, lo sustituyeron para salvar el régimen y salvarse ellos. Pero no demostraron su competencia. El régimen se fue diluyendo sólo, podrido como estaba, por un cinismo represivo y la corrupción de valores, no por una rigidez ideológica. En la oposición no existía la mínima organización. Como le ha dicho el director del Fondo Marshall, Ronald Asmus, al veterano reportero del NEW YORK TIMES, Steven Erlander, los cambios de 1989 fueron “absolutamente sorprendentes”.
Los ciudadanos germano orientales que, con perplejidad, se encontraron con las fronteras abiertas por un error de interpretación de una decisión administrativa, anhelaban tanto la libertad como la promesa de un paraíso de mercancías, de escaparates llenos, que les anunciaban las pantallas germano occidentales, en especial la berlinesa. Durante los años ochenta pase alguna vez a Berlín Este donde la esposa de una persona próxima tenía a su familia. No percibí en aquellos alemanes orientales más que un sombrío deseo de acceder al supermercado occidental.
No se trata de menospreciar el anhelo de libertad ni el alcance político de aquellos acontecimientos y de los que siguieron en el resto de países de la Europa bajo control soviético. Pero tampoco de aceptar sin matices una interpretación demasiado simple de ese proceso histórico.
Veinte años después, es obvio que un balance objetivo nos lleva a equilibrar luces y sombras, logros y fracasos, ilusiones cumplidas y amargas decepciones. En la antigua Europa del Este se han establecido democracias, pero su estabilidad es relativa, Algunos síntomas inquietantes de populismo, xenofobia e intolerancia de viejo y nuevo cuño han enquistado con singular vigor. Las diferencias sociales, que resultaron abrumadoras en los primeros momentos del nuevo capitalismo oportunista, salvaje y, en algunos casos, delincuente –y hasta criminal-, se mantienen y consolidan. Los antiguos directores comunistas de empresas del Estado se transformaron en agresivos emprendedores pseudo capitalistas, debido a corruptos procesos de privatización y saqueo de los bienes públicos. Las libertades públicas han sido manipuladas sin cuento. Los derechos humanos, relativizados.
El escritor Slavoj Zizek, en un artículo publicado en varios periódicos mundiales, ha hecho una disección inteligente del post-Muro. Un nuevo malestar se ha instalado y afianzado en la antigua Europa del Este, con tres componentes: nostalgia comunista, populismo nacionalista y paranoia anticomunista. No necesariamente enfrentados entre sí, sino conviviendo en el imaginario colectivo. Como se idealizó el capitalismo, no se aceptó que trajera inevitables desigualdades. Como los vencedores del cambio, fueron, en muchas ocasiones, los mismos que se habían aprovechado del “paraíso comunista”, una inevitable sensación de fraude caló hasta el tuétano de las capas sociales más vulnerables. Los perdedores creen añorar el viejo régimen, seguramente sin saber que lo que echan de menos es una seguridad mediocre pero firme.
Para Europa Occidental, “el final de la división europea” ha sido también ilusorio. Ahora afrontamos una división de otra naturaleza, pero no menos preocupante. El alemán es el caso más lacerante: todavía no han asimilado una reunificación que pudo hacerse de otra forma, y no sólo porque algunas potencias europeas lo desearan para frenar el auge alemán, sino para suavizar los sufrimientos de la propia población germana. Hoy en día, veinte años después, el paro en el Este es el doble que en el Oeste, pese a las inmensas transfusiones de capital por valor muy superior al billón de euros. Incluso en la glamurosa y artística Berlín, la vida sigue siendo más difícil que en las grandes capitales occidentales, como señala esta semana un extenso reportaje de LE MONDE. Los tratamientos de choque constituyeron un fraude que condenó ilusiones y sepultó proyectos de vida. No era inevitable que fuera así, y eso es lo que les hace, ante el juicio de la historia, imperdonables.

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