LAS DOS NEGOCIACIONES Y MEDIA SOBRE UCRANIA

31 de diciembre de 2025

El final de la guerra en Ucrania se antoja lejano pese a los ultimátum insolventes de Trump. Mientras en los frente del Este y el sur la situación sigue estancada, como hace meses, con muy  ligeros avances rusos, los ataques con misiles y drones contra infraestructuras en las principales ciudades ucranianas se recrudece, mientras algunos objetivos petroleros rusos son golpeados en respuesta. Los intentos de poner fin a la guerra se solapan en tres negociaciones, no siempre complementarias y a veces contradictorias, pero conectadas y recíprocamente influyentes.

EL FORZADO BAILE TRUMP-ZELENSKY

La primera negociación es la que entablan Kiev y Washington. Básicamente, el tira y afloja consiste en las cesiones que Trump y su equipo híbrido familiar/empresarial le exige a Zelensky y su erosionado gobierno. A cambio de renunciar al territorio del Donbás aún no capturado por el ejército ruso (una parte pequeña) y de ceder a Rusia el control de la central nuclear de Zaporiyia, Washington ofrece una imprecisa protección militar de duración aún no pactada. Ucrania quiere 50 años al menos. Mucho para Washington, que ofrece quince.

Para hacer tragar a los ucranianos esta concesión territorial que equivale a admitir la derrota militar, el acuerdo se presenta como una “desmilitarización” de las zonas en disputa. Pero llevar eso a la práctica es complejo. Trump rechaza una implicación militar terrestre intensa y duradera y deriva ese fardo a las mochilas europeas.

LA TUTELA EUROPEA

La segunda negociación es la que mantiene Ucrania con el triunvirato europeo (E3), compuesto por Alemania, Francia y Reino Unido. En realidad se trata más bien de una coordinación y, por supuesto, de la escenificación de un apoyo económico, militar y diplomático para demostrar que los ucranianos no están solos.

De las tres bandas del juego diplomático, es la menos decisiva, porque depende de las otras dos. Tiene un carácter político, pero no condiciona la salida de la crisis. Europa, relegada por Trump al papel secundario de las consultas (presenciales o telefónicas), hace virtud de la necesidad. Después de haber renunciado a incautarse de los fondos rusos en Bélgica, el respaldo a Ucrania seguirá la pauta de los últimos cuatro años, con las tensiones que eso generará en las cuentas y arsenales europeos. La principal baza europea será asegurar el grueso de la fuerza multinacional de protección, si cuaja.

Merz, Macron y Starmer constituyen una triada de tutores de Zelensky, pero tan debilitados políticamente se encuentran los mentores como el pupilo. La sensación creciente es que, a medida que pasa el tiempo, el centro de gravedad de la crisis se aleja más y más de Europa. El líder ucraniano se aferra al flotador político y propagandístico del E3, pero no se engaña sobre su insuficiencia.

LA CONEXIÓN TRUMP-PUTIN

La tercera negociación, quizás la más importante, es la que mantienen Estados Unidos y Rusia. Condiciona a las otras dos o les marca el paso. El contenido de este juego es tan opaco que precipita especulaciones para todos los gustos.

Los comentaristas más favorables a Ucrania creen que, en realidad, Trump tiene una suerte de acuerdo secreto con Putin para lograr un final de la guerra que se acomode lo más posible a los intereses rusos. Según esta interpretación, se trataría simplemente de que el Kremlin acepte ciertas concesiones aparentes que sean tragables para Kiev. 

Los más neutrales o asépticos estiman que Trump navega entre su instinto autoritario que le hace ser comprensivo con las posiciones rusas y la irritación que le produce la obstinación de Putin en exigir lo máximo para poner fin  la campaña militar.

Las últimas anécdotas en este teatro diplomático son reveladoras del diálogo forzado entre los líderes norteamericano y ucraniano. En vísperas del encuentro entre  Trump y Zelensky en Mar-e-Lago, Rusia aseguró que la residencia de Putin había sido atacada por misiles ucranianos, acción que fue calificada de “terrorismo de Estado” por el Kremlin. Trump pareció darlo por cierto, pero luego dijo que bien podía ser falso. Cuando ambos comparecieron ante los medios tras su encuentro, el Presidente norteamericano dijo, con total seriedad, que “Rusia quiere que Ucrania salga adelante”, lo que motivó una mueca de ironía y perplejidad por parte de Zelensky.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

El problema de este encaje de bolillos diplomático es que las prioridades de las partes no terminan de encontrar un punto de encuentro.

A corto plazo, Trump utiliza la retórica occidental como palanca de presión frente al Kremlin, de ahí que haya jugueteado con la idea de restablecer una línea de suministro militar más efectiva y amenazante para las posiciones rusas: recuérdese que amagó en octubre con entregar a Kiev misiles Tomahawk. Pero en realidad, Ucrania sólo le interesa como oportunidad de negocios futuros. Ambiciona es el botín económico que pueda extraer del país. Ya consiguió garantías para la explotación de los yacimientos de tierras raras. Cuando acabe la guerra, tratará de llevarse pingües beneficios de la reconstrucción y asegurarse contratos con Moscú.

A Putin el apoyo del presidente norteamericano le viene de perlas para consolidar la brecha occidental y, por lo tanto, debilitar la capacidad de resistencia de Ucrania, pero no puede forzar demasiado la paciencia de Trump, porque se arriesga a un giro indeseado del caprichoso dirigente norteamericano. Aunque la capacidad de Rusia para prolongar la guerra sin erosionar la base política de Putin sigue siendo motivo de controversia, es evidente que el margen de maniobra se va estrechando.

A Ucrania, el eslabón débil de esta concatenación diplomática, no le vale solamente el respaldo de Europa, como ha reconocido públicamente el propio Zelensky, ya que sin la protección militar norteamericana la derrota podría ser aún más calamitosa.

A Europa sólo le vale una solución que establezca garantías de neutralización de eso que, en círculos políticos, diplomáticos y militares, se denomina exageradamente como  “expansionismo ruso”. El discurso estratégico europeo está anclado en esta nueva reformulación del miedo a Rusia, como ya lo fuera en siglos anteriores, bien en la época de los zares o durante la existencia de la URSS.

Ucrania se siente ahora como la primera línea de defensa en esa estrategia europea de contención de Rusia. Cuánto más resquebrajada quede, más se percibirá el peligro. Pero el drama europeo es que las invocaciones crecientes a la autonomía estratégica son insuficientes y prematuras. Durante mucho tiempo se necesitará la protección de Estados Unidos, y es en este punto donde los intereses de las élites europeas y de Ucrania coinciden. Parece haberse abandonado ya la pretensión de una integración de Ucrania en la OTAN (una línea roja para Moscú), pero se mantiene el objetivo de lograr un nivel de garantía se seguridad que se asemeje mucho a la que estipula el artículo 5º del Tratado de Washington. Pero no parece que Putin pueda aceptar tal pretensión.

El triunvirato europeo ha minimizado la importancia de la Unión de los 27; primero, porque uno de sus miembros, el Reino Unido, ya no forma parte del Club; y segundo, porque los gobiernos de varios estados miembros, los de Europa central (Hungría, Chequia y Eslovaquia) coinciden en una salida de la crisis cercana que se acomoda a los intereses rusos y de la actual administración norteamericana.

Para aplacar esta impresión de oscurecimiento de la UE, la reunión del pasado 15 de diciembre en Berlín con los delegados norteamericanos y el propio Zelensky contó con la presencia de la Presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, y del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte. Pero lo más significativo fue la presencia de la jefa del gobierno italiano, Giorgia Meloni, que presume de ser la dirigente europea más cercana a Trump, y éste lo acredita. También estuvieron los dirigentes de los países que han señalado su disposición a participar en la fuerza multinacional o que se encuentran más cerca de Rusia y, por tanto, más sensibles a la “amenaza”. No obstante, este tipo de encuentros multilaterales, sin restarles importancia, no son más que antesalas de las reuniones a dos bandas en las que donde se adoptarán las decisiones definitivas.   

 

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