7 de enero de 2026
Algo no puede negársele a Donald Trump: no envuelve sus acciones en solemnes discursos sobre la legalidad internacional o el orden liberal, como han hecho sus antecesores en la Casa Blanca. Actúa con la brutalidad propia de los negocios en el capitalismo que ha mamado en su país. Las leyes sólo son respetadas si convienen al objetivo deseado: el fin se impone a los medios.
Venezuela
ha sido el último, pero no el único ejemplo: los ataques a embarcaciones en el
Caribe y el bloqueo marítimo posterior (preludio de la intervención en
Caracas), el bombardeo de las instalaciones nucleares iraníes y otras acciones
militares puntuales no han contado con las justificaciones teóricas habituales de
sus antecesores.
Trump
ni entiende las sutilezas estratégicas y políticas de las alianzas
internacionales, ni le importan. Es un dirigente medieval; es decir,
ajeno a las normas que definieron el comportamiento en las relaciones entre
Estados soberanos modernos. Sólo cuando sus asesores le soplan algo a la oreja
adopta un discurso aparentemente más civilizado. Pero, contrariamente a lo que
hizo en su primer mandato, ahora se ha rodeado de sicofantes que lo alaban, guardan
discreto silencio ante sus atropellos o incluso lo alientan a actuar, como el
Secretario de Estado y Consejero de Seguridad, Marco Rubio, o el jefe de
gabinete adjunto y zar de la política migratoria, Stephen Miller.
El
acto de piratería en Venezuela ilustra la cruda realidad. Cruda,
por carente del mínimo respaldo legal, ni norteamericano ni internacional; cruda
también, por el objetivo expreso perseguido: el control del petróleo. El
restablecimiento de la supuesta normalidad democrática, vulnerada por el
gobierno de Maduro antes y después de las últimas elecciones venezolanas, según
la evaluación occidental, no ha sido ni invocada ni pretendida (1). De hecho,
Trump cuenta, a priori, con los otros líderes del poschavismo para
asegurar sus objetivos. Siempre que acepten sus órdenes serán mantenidos en sus
puestos y respetados sus privilegios. Una apuesta arriesgada (2).
EL
PAPELÓN DE CORINA
Se
entiende la perplejidad de la oposición venezolana. Corina Machado, bendecida
en Occidente, insinuó su disponibilidad a ser llevada en volandas por el aparato
militar norteamericano hasta el sillón del Palacio de Miraflores. Pero en los
últimos meses se acumularon los desencuentros entre Machado y los fontaneros de
Trump (3). Los insignes caballeros del Nobel complicaron involuntariamente las
cosas al otorgarla el cada vez más desprestigiado premio de la excelencia
internacional, que Trump tanto codicia. No ha sido suficiente que Corina
primero le dedicara y ahora le ofreciera a su deseado protector compartir el
galardón. Tarde. Según algunos, Trump se ha sentido desposeído por la opositora
venezolana. Cruz y raya. Corina tendrá
que esperar, y no poco. Ya no se trata de combatir contra un sistema político
en descomposición, sino de replicar o convencer al Emperador que creía amigo y
cómplice.
CALOR
EN EL ÁRTICO
Los
medios liberales se quedan cortos cuando hablan de la recuperación de la doctrina
Monroe para describir la actual política exterior de Estados Unidos. El
Presidente al que se debe ese concepto planteó una transacción a las potencias
europeas en decadencia: yo me inhibo en sus asuntos continentales a cambio de
que ustedes no se metan en los americanos, que de eso ya me encargo yo. Trump
no propone pacto alguno ni limita su radio de acción: actúa a conveniencia, en
América, en Europa y en todas partes. Ya sea con aranceles agresivos para
forzar la rendición política de sus rivales, o con otro tipo de amenazas, que se
quedan sin respuesta proporcionada.
El
trabajoso comunicado de la UE sobre el acto de piratería en Venezuela es buena
muestra de ello. Las protestas de legalidad quedaron ahogadas en la impotencia
de las actuaciones. Todo se camufla, vanamente, en la artificiosidad del
lenguaje diplomático. Los esfuerzos de España por endurecer el tono encontraron
poco eco. En Francia, hay frustración, a derecha e izquierda, por la tibieza de
Macron (4). Alemania y el eje oriental impusieron la cautela. No se ve claro
cómo se puede lograr la “autonomía estratégica” que se proclama, cuando no se demuestra
independencia de juicio ni siquiera ante casos tan escandalosos como el
presente (5).
Que
la opción del apaciguamiento no funciona con ante el belicoso socio mayor se demuestra
con el caso de Groenlandia. De repente, lo que parecía un capricho si no
olvidado sí al menos postergado cobra de nuevo presencia inquietante. El
gobierno socialdemócrata danés anda estos días muy perturbado. Se siente el
calor amenazante de Caracas en el gélido invierno nórdico. Los analistas están
convencidos de que una operación sería un paseo militar.
La
primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha dicho que una intervención
militar norteamericana en Groenlandia supondría el fin de la OTAN. Oídos sordos
en la Casa Blanca, que ha insistido en las amenazas. Europa ha vuelto a
protestar, pero en el reciente comunicado de París se aprecia más aprensión que
determinación. En caso de invasión, la UE haría, muy probablemente, virtud de
la necesidad. Invocaría el peligro ruso, apelaría al permanente vínculo
transatlántico por encima de personas y coyunturas y buscaría una “fórmula
imaginativa” para asumir el nuevo estado de cosas. La Alianza Atlántica se
debilitaría pero no desaparecería. Perdería su liturgia política de los valores
y el orden basado en reglas, pero se mantendría el aparato militar, con la
vista puesta en la “amenaza” rusa y el “desafío chino”.
Se
dice estos días que Trump está cambiando el Orden internacional. Es discutible.
Lo que hace es ignorar el libreto que lo protege bajo un manto de legitimidad.
La escuela realista de las relaciones internacionales establece que las
conductas entre Estados y/o Naciones están regidas por los intereses, no por
los principios. Las consideraciones morales son secundarias, e instrumentales,
por lo general. Se ha visto de nuevo ahora.
LA
TRAMPA DEL PETRÓLEO
Pero
volvamos a la cruda realidad venezolana. Como cualquier otra realidad,
no está exenta de contradicciones o complicaciones mayores y menores. Incluso
Trump, en su crudeza conductual, necesita de excusas para justificar, que no
para esconder, sus actuaciones ante su base electoral y social,
La
causa de la lucha contra el narcotráfico tampoco es original de Trump. Ya la
utilizó un gentleman de la política norteamericana como Georges Herbert
Walker Bush (Bush padre para entendernos), cuando saldó cuentas con el panameño
Noriega, un viejo colega de las operaciones encubiertas, ilegales por
naturaleza. Otrora a sueldo de la CIA, el militar panameño rindió no pocos
servicios a sus jefes de Langley, hasta que creyó poder volar sin obedecer a
sus antiguos patrones. Como jefe que fue de la Agencia, Bush le hizo pagar
convenientemente sus desvíos narcotraficantes.
Con
Maduro, Trump ha emprendido un camino más dudoso. Un memorándum de la
Inteligencia norteamericana ya anticipó en mayo que Maduro no dirige las
operaciones del cartel Tren de Aragua hacia EEUU. La trayectoria del proceso
ahora iniciado es incierta, pero será muy difícil que el depuesto Presidente
venezolano salga ileso y rehabilitado. Su carrera política y su fortuna
personal están acabadas.
Pase
lo que pase, las vicisitudes judiciales se ahogarán en el flujo petrolero
venezolano. Que podría no ser tan venturoso como proclama Trump. Los expertos
en este sector energético han señalado estos días las complicaciones de esta
cruda operación de restitución imperialista.
La
periodista francesa Marie de Vergès, especialista en la materia, argumenta que
“después de dos decenios de corrupción, falta de inversiones y robos, se
necesitarán años y enormes cantidades de dinero para recuperar el nivel máximo
de producción”. El lamentable estado de las infraestructuras y las
características del crudo venezolano en los yacimientos del Orinoco, muy pesado
y azufroso, exigen inversiones costosas. Por tanto, pese a las ingentes
reservas (las mayores del mundo), nada de riqueza rápida. De ahí que las compañías multinacionales a
las que Trump ha invitado a sumarse a la operación se hayan mostrado
circunspectas (6).
Lo
cual no quiere decir que vayan a desaprovechar la oportunidad. Las acciones de
Chevron, única compañía que opera en Venezuela debido a un acuerdo con el
régimen, han subido un 5% en los últimos días. Se huele negocio, aunque no sea
inmediato.
Pero
hay otros inconvenientes, que señalan los propios especialistas norteamericanos
en esa zona del mundo. El encargado de los asuntos del Hemisferio en el Consejo
de Seguridad de la Casa Blanca durante el mandato de Biden, Juan S. González,
advierte que no estamos en los tiempos de Monroe, que esas recetas ya no valen.
China tiene intereses en las infraestructuras venezolanas, contratos y
compromisos firmados, y exigirá su cumplimiento. “La supremacía militar no
echará a China de Venezuela” (7).
González
señala tres “caminos” o escenarios para Venezuela. El primero, una “transición
controlada”, lo que coincide con lo que dijo Trump el día 3, aunque sus
palabras no deben ser tenidas demasiado en cuenta. El segundo, la “continuidad
criminalizada”, es decir la persistencia de los agentes del actual régimen, a
quienes se permitirá pervivir a cambio de plegarse a las exigencias del
tutelaje norteamericano. Y el tercero, la “escalada violenta” entre los
“actores armados” y EE.UU, lo que convertiría la pretendida operación de
estabilización en un conflicto abierto.
El
estratega demócrata evidencia el pensamiento clásico liberal norteamericano
sobre esta región: paternalismo y buenas maneras para conseguir lo mismo que
Trump pretende por las bravas. La fuerza debe ser utilizada sólo como último
recurso, respeto de las normas. Siempre que se escriban y apliquen desde
Washington.
No
en vano, dirigentes y comentaristas afectos al Orden liberal ya han dicho que
lo peor del despliegue espectacular de fuerza norteamericana en Caracas es que
sirve de precedente o justificación para lo que puedan eventualmente hacer
China en Vietnam o Rusia en cualquier otro lugar (8). Como se ve, los discursos
siempre giran hacia el mismo lugar y lo que ha sido estos días lágrimas de
cocodrilo por el ninguneo de las normas del derecho internacional podrían
convertirse en sólidos motivos para condenar y reaccionar de forma contundente
si la vulneración de la ley proviene de latitudes menos amistosas.
NOTAS
(1) “Trump leads the world into a geopolitical Wild
West”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 4 de enero.
(2) “The many risks to Donald Trump’s plans to ‘run’
Venezuela. The regime that was led by Nicolás Maduro may well prove tricky to
control “. THE ECONOMIST, 4 de enero.
(3) “Why Trump Refused to Back Venezuela’s Machado:
Fears of Chaos, and Fraying Ties”. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero.
(4) “Les omissions
d’Emmanuel Macron sur le Venezuela risquent de sonner comme un aveu
d’impuissance”. SOLEMN DE ROYER. LE
MONDE, 5 de enero.
(5) “The Cost of Europe’s Weak Venezuela Response”
ROSA BALFOUR. CARNEGIE, 6 de enero.
(6) “Pétrole au Venezuela: relancer l’industrie, un pari risqué au coût colosal”. MARIE DE VÈRGES. LE MONDE, 6 .de enero.
(7) “The End of the Beginning in Venezuela”. JUAN
S. GONZÁLEZ. FOREIGN AFFAIRS,
4 de enero.
(8) “Trump’s Foray Into Venezuela Could Embolden Russia’s and China’s Own Aggression”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero; “Trump Sets a Devastating Precedent in Venezuela”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 2 de enero
