OBAMA PROMETE UN NUEVO SIGLO AMERICANO

7 de noviembre de 2008

En su primer discurso como presidente electo, Barack Obama anunció un nuevo siglo americano y propuso un contrato ambicioso: construir una nación más unida, más justa y más humana.

¿Por qué ha ganado Obama?

Porque ha sintonizado con la marea de cambio que ha brotado del país. Un cambio generacional, un cambio cultural y un cambio político. Lo acredita y refuerza el triunfo de los demócratas también en el Congreso. Los Estados Unidos han terminado exhaustos de un nefasto experimento neoconservador que ha provocado desprestigio en el exterior y división y cinismo en el interior. Obama representa ilusión, confianza y renovación, por encima de todas las dudas que no han sido despejadas durante un larguísimo año de campaña.

Porque ha liderado la mejor campaña electoral en la historia de los Estados Unidos, la más imaginativa, la más inteligente, la más versátil, la más innovadora. El propio candidato hacía un reconocimiento público de su equipo la noche del martes, en su discurso de la victoria.

Porque ha reunido más dinero que nunca, en términos absolutos y relativos, hasta el punto de convertir en inevitable el apoyo de quienes, al comienzo de la campaña, no se habían planteado ni por lo más remoto respaldarlo. Veremos en un futuro próximo si Obama ha contraído hipotecas o si su promesa no tan lejana de modificar la financiación de la política ha quedado definitivamente enterrada.

Porque ha demostrado con creces sus cualidades personales e intelectuales para liderar el país en este momento de crisis económica profunda, de desconcierto ideológico, de tensión social, de incertidumbre internacional. Más que su celebrado idealismo, el gran activo de Obama es su sólida formación, serenidad y sentido de equilibrio en la toma de decisiones.

¿Por qué ha perdido McCain?

Porque no ha conseguido convencer a la población de que su administración no sería una continuación de la de Bush. No lo tenía fácil, porque su supuesta rebeldía ha sido más propagandística que real. En lo más importante, el senador de Arizona ha votado a favor de las políticas de la administración republicana. Pero peor aún, en aquellos asuntos en los que ha disentido, no ha sabido, querido o podido mantener la independencia.

Porque es un hombre de otro tiempo. McCain era un candidato del siglo XX, que no se ha dado cuenta de que el nuevo siglo exigía una nueva nación. El heroísmo y el patriotismo invocado por McCain ha dejado un sabor desesperadamente rancio.

Porque ha desarrollado una campaña errática, desafortunada e incoherente, tanto en la fijación de prioridades, como en la administración de los tiempos o en la elección de colaboradores. Las improvisaciones se han impuesto a la planificación, el oportunismo a las convicciones, lo táctico a lo estratégico.

Porque pretendió convertir en claves de éxito lo que en realidad han sido errores de bulto. Por mencionar sólo los más gruesos: su espantada de la campaña por una pretendida dedicación a la crisis, sin que nadie lo convocara; o, peor, aún, la elección de una política inmadura y sin acreditación de competencia para acompañarlo en la candidatura. En la línea de improvisación, eligió a la gobernadora de Alaska aunque sólo había hablado con ella en un par de ocasiones. Dijimos en estas páginas que el efecto Pallin sería de corta duración y de consecuencias perjudiciales para McCain. No está claro si en algún momento de octubre McCain se dio cuenta de su error, pero lógicamente no tenía margen para admitirlo.

¿Cómo será la administración Obama?

Al menos al principio, tendrá ciertas dosis de bipartidismo. Es muy probable que incorpore personalidades republicanas, incluso en las más altas esferas del gobierno. Desde luego, parece que contará con prominentes colaboradores de Clinton. Para el área económica, los más situados a la derecha (Robert Rubin, Larry Summers, Paul Volcker), no lo más keynesianos (Robert Reich, Laura Tyson, Joseph Stiglitz). Para el área política, experimentados “fontaneros” (Podesta, Emanuel

Será más innovadora, más atrevida en cuestiones políticas o culturales, en las actuaciones de mayor repercusión mediática. Cabe esperar ciertas iniciativas de campanillas para hacer más tragable decisiones duras en materia económica. Quizás ciertas reformas fiscales (tampoco inmediatamente, por imperativo legal), seleccionadas políticas sociales, discurso ecológico renovado, apertura en materia de costumbres. Sin estridencias, eso si.

Más amable en política exterior, no exenta de contradicciones. Restablecerá un diálogo sensato y tradicional con los aliados, pero no tardará en chocar cuando pida un esfuerzo equivalente en la denominada “lucha contra el terror” en Afganistán, o en la presumible “firmeza” hacia la Rusia que vuelve a enseñar los dientes. Difundirá aire caliente y discursos cálidos hacia los países en desarrollo, será más condescendiente con la ONU y el sistema internacional multilateral, pero no es previsible inmediatos cambios materiales y asignación de recursos, por no hablar de adhesiones a los tribunales internacionales de justicia. Por eso, es más probable que elija a un senior del Congreso para dirigir la diplomacia (Richard Lugar, John Kerry), que a un outsider (Bill Richardson).

¿Nos decepcionará Obama?
Decepcionará antes a quienes creen que han elegido a uno de los suyos que a quienes creemos que el senador por Illinois era la mejor opción posible, para cumplir una cita con la Historia, para enterrar un periodo nefasto del liderazgo norteamericano y recuperar ciertas dosis de justicia y racionalidad en la sociedad internacional.

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