SOBREVIVIR A TRUMP

21 de enero de 2026

Con Trump desatado y un tanto imprevisible, Europa se esfuerza por dar una respuesta conservadora. La elevación del tono de los últimos días tiene más de postureo que de estrategia. El libreto sigue siendo el mismo: firmeza aparente mientras se espera que pase el temporal sin provocar daños irreparables. Algunas afirmaciones sobre el final del orden liberal y la necesidad de crear uno nuevo (eso sí, con las mismas bases) suenan coyunturales, parte del discurso de resistencia hasta que haya un cambio en la Casa Blanca y se restablezca el equilibrio. O un desequilibrio aceptable.

El segundo mandato de Trump es prolífico en ruido y corto en sustancia, atronador en las exhibiciones de fuerza y absolutamente vacío en las propuestas de fondo. La superficialidad de sus decisiones se oculta detrás del tremendismo de sus actuaciones. Se ha visto en Gaza, en Irán, en sus guerras aduaneras, en Venezuela y seguramente pasará lo mismo en Groenlandia. Trump es autor de videoclips políticos pero no productor capaz de construir o inspirar un film consistente. Es reflejo de su tiempo, en su fase final: la decantación de una vida plagada de farsas y delitos de los que ha escapado o a los que ha sobrevivido, amparado en un sistema corrupto y agotado.

Más allá del cruce de declaraciones, de burlas, de amenazas, de acusaciones cruzadas entre los líderes todavía aliados, conviene poner las luces largas e intentar entender las consecuencias a largo plazo de esta fractura que se califica de inédita en los medios. Se olvida que Europa y Estados Unidos se posicionaron en bandos distintos en la segunda guerra post-1945 en Oriente Medio (Suez). O se pone sordina a las mofas arrogantes de dirigentes norteamericanos (la vieja y la nueva Europa: es decir, la Europa que replica si quiera tímidamente y la Europa que simplemente se allana) hace algo más de veinte años. Las fricciones el vínculo transatlántico no son cosa de ahora, aunque nunca llegaran a este nivel de estruendo.

LA VIEJA EUROPA Y EL “NUEVO ORDEN”

En Europa se construyen ahora discursos de aparente originalidad o novedad, cuando en realidad lo que se apunta es la conservación del viejo sistema liberal, con el argumento de que se trata de un orden que merece ser conservado. No da la impresión de que se quiera aprovechar la crisis para revisar ciertos principios que han demostrado su caducidad. La Europa que pretende “resistir” a Trump (no a Estados Unidos y a su lógica imperial, sólo a Trump) ofrece recetas propias de un mundo antiguo embellecido en un envoltorio retórico de multilateralismo, cooperación internacional y predictibilidad jurídica. Sin embargo, se omite reconocer que ese otro mundo emergente ajeno a Europa no se cree esas tomas de posiciones cargadas de aparente razón. El último ejemplo: la acritud de la polémica con Trump ha dejado en segundo plano el debate del Mercosur, en el que han aflorado los viejos prejuicios de una Europa no tan generosa como pintan sus dirigentes.

Hay también una Europa First, aunque se camufle bajo una máscara amable. La ultraderecha europea es anterior a Trump. no producto del impulso del magnate norteamericano. Que ahora cabalgue a sus lomos no explica por completo su auge actual. Las raíces de la xenofobia, del racismo, de los mensajes de odio, del nacionalismo acre y reaccionario no se debe a cables submarinos con origen al otro lado del Atlántico. Los demonios europeos tienen causas propias, autóctonas. Se puede decir más: son más auténticos que ese pastiche norteamericano del MAGA. A los exponentes del orden liberal europeo les viene hasta cierto punto muy bien Trump y estos subproductos de política rápida, para ocultar los fracasos propios.

Estos días se ha estado especulando con la posibilidad de que Europa supere la política de halagos y apaciguamiento seguida hacia el Presidente norteamericano y se ponga seria. Aunque está reciente el cierre en falso de la agresión tarifaria trumpiana con un acuerdo humillante para Europa, algunos han visto en los amagos hostiles de Macron la vanguardia de ese giro. ¿Espejismo? ¿Cortina de humo para oscurecer el desorden mayúsculo en Francia, del cual el Presidente ha sido su mayor causante?

¿Qué pasaría si Trump no rectifica y apaña una operación militar de película para colocar la bandera norteamericana sobre el helado suelo de Groenlandia, como insinúa en un post de Inteligencia Artificial? Pues seguramente se emitirá una salva artillera de comunicados, se harán llamamientos dramáticos a la sensatez, se apelará a la amistad sagrada con el pueblo americano y sus representantes, se recordará Normandía, Sicilia, las Ardenas, los fructíferos años de la Guerra fría, la arquitectura emblemática de San Francisco o las sublimes realizaciones de la paz más longeva de la historia de la humanidad. Y todo ello con ánimo constructivo,  para reconducir la crisis y diluir el ensayo de ocupación militar en un modelo de seguridad compartida en el Ártico, frente a los enemigos de verdad. Una riña de familia a la que no se quitará importancia, pero a la que se opondrá la inevitable reconciliación propia de una amistad, de una familia. 

LAS CAUSAS DE LA DEBILIDAD EUROPEA

La debilidad de la respuesta europea no se trata de flojera política o de prudencia propia de estadistas, sino de debilidad estratégica. Europa se ha movido a lo largo de las últimas décadas con aparente habilidad, pese a su cuádruple dependencia (financiera, militar, tecnológica y energética), exhibiendo músculo del soft-power: su cultura, su orden político más o menos pluralista, su modelo social (cada vez más resquebrajado), su calidad industrial envejecida.

El crecimiento imparable de las estructuras políticas supranacionales europeas se presentaban como muestra de  fortaleza, cuando en realidad alimentaban el riesgo de su creciente debilidad. La exhibición de superioridad institucional ha terminado por convertirse en causa de incomprensión por parte de amplias mayorías de la población, mientras los problemas sociales estructurales  se iban agrandando de crisis en crisis. La brecha entre la Europa oficial y la real se ha hecho más evidente y menos resoluble.

Se han acometido pocos esfuerzos auténticos para superar las dependencias que han lastrado la capacidad de Europa tendente a construir un proyecto político que resultara útil a las mayorías sociales. Sólo se ha actuado cuando ha surgido una necesidad imperiosa, y casi siempre a medias. Y de forma asimétrica. Por mucho que se pretenda ahora, jamás Europa ha tenido la voluntad de construir una defensa autónoma propia. La respuesta, como en casi todo, ha sido institucional y burocrática. En lo material, en lo operativo, Europa no ha dejado nunca de ser dependiente de Estados Unidos, retóricas solemnes aparte. No digamos ya en lo tecnológico. Los intentos han sido protagonizados por intereses corporativos privados, enfocados a la regla del máximo beneficio económico. Las políticas comunes europeas han estado siempre destinadas a blindar intereses sectoriales por lo general conservadores. La política social, la armonización fiscal y otros proyectos más ambiciosos se han topado siempre con vetos y obstáculos interesados.

Los intentos de superar la dependencia energética sólo se avivaron con la guerra de Ucrania. Sorprende la crudeza de la hostilidad europea hacia esta nueva Rusia nacionalista, después de décadas de complacencia y cooperación entusiasta con el entramado político-empresarial mantenido con el Kremlin de Putin desde sus inicios. Los negocios de algunas compañías energéticas europeas con el Estado rusos y sus cómplices oligarcas han pasado desapercibidos para la mayoría de la opinión pública europea y, naturalmente, se han omitido de los más recientes pronunciamientos altisonantes sobre la agresividad rusa.

Es fácil escribir ahora de forma crítica sobre Estados Unidos y su política exterior, debido a la personalidad atrabiliaria y lamentable de su principal dirigente. Pero pocas veces se examina si los excesos actuales no son sino derivadas ineducadas de estrategias que hunden sus raíces décadas atrás. La supuesta amistad de Estados Unidos y Europa no se fundamenta tanto en ideales compartidos de libertad, justicia y legalidad internacionales, sino en el interés mutuo de sus élites por conservar un orden liberal que arropa problemas estructurales y conflictos sociales en la carcasa de un sistema político e institucional convertido en modelo pretendidamente planetario.

Ninguno de los dirigentes políticos europeos (los actuales o los que aguardan la oportunidad de la alternancia) tiene una estrategia para superar la actual disputa agria con el padrino norteamericano. Ni siquiera está claro que lo pretendan de verdad. Más bien da la impresión de que quieren preservar las herramientas de complicidad hasta que amaine la tormenta atlántica y en Washington se vuelva a la normalidad de lo previsible, para hacer frente tanto al irredentismo ruso, como al desafío chino, sin olvidar la incómoda pero más manejable (o eso se piensa) contestación del Sur Global. Más que oponerse de verdad a Trump, lo que subyace en las conductas de las élites políticas en Europa es capear la anomalía. Sobrevivir.