14 de enero de 2026
Una pregunta está en el aire desde finales de año: ¿estamos ante el fin de la República Islámica de Irán? La revuelta ciudadana más importante de los últimos años amenaza la estabilidad del régimen político establecido en 1979, tras la caída del Sha y la conquista del poder por la élite de clérigos chiíes que supieron interpretar con astucia y acierto el enorme malestar económico, social y político de una Monarquía brutal y represiva.
Hoy,
dos generaciones después, la protesta en la calle se dirige contra un sistema
que ha introducido reaccionarias normas religiosas y morales hasta los rincones más íntimos de la
sociedad. Las nuevas élites se han olvidado de todo lo popular y positivo que
tuvo la Revolución de 1979 y se han atrincherado en esferas de enriquecimiento
y poder abusivo similares a las derrotadas hace 47 años.
PROTESTA
ENORME, REPRESIÓN BRUTAL
En
esta crisis está jugando un papel indirecto decisivo la desenfrenada actividad
de la administración americana. La prudencia calculada con la que actuaron
anteriores Presidentes ha sido sustituida por un lenguaje ambivalente (negociador
y desafiante a la vez) de la Casa Blanca actual. Israel cuenta ya sin reservas con
Estados Unidos para asestar el golpe
definitivo al que considera su principal enemigo existencial.
Después
de los ataques combinados de junio y de la operación militar en Venezuela,
Trump no esconde sus amenazas de intervención para forzar la caída del régimen,
utilizando como pretexto la represión brutal de las protestas contra la
carestía insoportable de la vida, la volatilización del rial y los cortes de
agua. Pero, no por ello, se muestra abierto a negociar. Libreto similar al
empleado con el poschavismo.
El
corte de Internet y un apagón informativo mayor aún de los impuestos en ciclos
de protestas anteriores impide saber con precisión el número de víctimas, pero
parece seguro que se superan las cifras de otros años. Se habla ya de casi tres
mil muertos, miles de detenidos y ejecuciones inminentes. Las bolsas con
cadáveres se alinean en las morgues de la capital y de muchas otras ciudades
del país. Los hospitales están saturados y las comisarías de policía, atestadas
(1).
Las
autoridades se han visto tan desbordadas que ni siquiera han intentado ocultar
o minimizar la dimensión de lo que ocurre. Como suele ser habitual, el
Presidente adopta el papel más conciliador, mientras que el Guía Supremo, otros
cabecillas religiosos y los portavoces de los aparatos paramilitares (Guardianes
de la Revolución y milicias Basiji) reiteran el discurso sobre la conspiración
internacional para derribar el régimen y las llamadas a la resistencia contra
cualquier operación directa de invasión, agresión o ataque. Lo que no quita
que, por cauces diplomáticos públicos y privados, muestren su disposición a
negociar con el Gran Satán (Estados Unidos) para intentar salvar la continuidad
del régimen. A estas alturas, los ayatollahs están más solos que nunca, tras la
derrota de sus principales aliados en la región.
¿HACIA
EL FINAL DEL RÉGIMEN?
De
crisis en crisis, y acechada por sanciones internacionales continuas y crecientes,
la República Islámica empezó a pudrirse en la corrupción y el fanatismo hipócrita
de los grandes clérigos que transformaron el nuevo Estado en una teocracia
inmisericorde e ineficaz. Analistas y politólogos iraníes afincados en
Occidente, parte de una fuga constante de cerebros, coinciden en que el régimen
no superará esta prueba.
Alí Vaez, profesor de la Universidad John Hopkins y colaborador del Internacional Crisis Group, cree que “un colapso total de la República Islámica no es necesariamente inminente, pero la revolución iraní se aproxima a su final”. La clave de los próximos acontecimientos podría residir en lo que haga por fin Trump: ”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para todos” (2).
Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne
Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un
libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las
estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la
Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los
últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la
protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente
golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha
desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la
ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).
Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas,
Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta
tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo
estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que
éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones:
una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una
convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En
Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.
La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50%
y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones
internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión
económica han terminado de hundir al país. La división de las élites
revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia
Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar
su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión
convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.
La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar
esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en
torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el
nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las
causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República
Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros
tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos
acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus
protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes. Sus apoyos circunstanciales mayores, China y
Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que
complete el ciclo terminal del régimen (4).
LA SOMBRA DEL SHAH
La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una
democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es
muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de
Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses
norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en
la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en
Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque,
sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la
transición hacía un régimen constitucional.
El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría
aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara
como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres
negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o
marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor
de la Corona, pero sin entusiasmo.
Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero
no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica
Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak,
Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual
Monarquía persa restaurada cabalgando a lomos de un nacionalismo que marginase
intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del
régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de
reserva y revancha.
NOTAS
(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979
revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.
(2) Iran’s protests seem different this time. Is the
regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.
(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE
MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.
(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM
SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.
(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY
DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.
”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si
hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para
todos” (2).
Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne
Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un
libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las
estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la
Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los
últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la
protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente
golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha
desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la
ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).
Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas,
Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta
tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo
estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que
éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones:
una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una
convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En
Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.
La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50%
y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones
internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión
económica han terminado de hundir al país. La división de las élites
revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia
Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar
su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión
convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.
La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar
esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en
torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el
nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las
causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República
Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros
tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos
acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus
protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes. Sus apoyos circunstanciales mayores, China y
Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que
complete el ciclo terminal del régimen (4).
LA SOMBRA DEL SHAH
La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una
democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es
muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de
Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses
norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en
la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en
Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque,
sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la
transición hacía un régimen constitucional.
El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría
aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara
como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres
negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o
marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor
de la Corona, pero sin entusiasmo.
Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero
no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica
Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak,
Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual
Monarquía persa restaurada cabalgando a lomos de un nacionalismo que marginase
intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del
régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de
reserva y revancha.
NOTAS
(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979
revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.
(2) Iran’s protests seem different this time. Is the
regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.
(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE
MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.
(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM
SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.
(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY
DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.
