LAS IMPOSTURAS DE LA GUERRA DE TRUMP Y NETANYAHU

 4 de marzo de 2026

Estados Unidos e Israel han atacado Irán sin amparo en la legalidad internacional, mientras Trump decía negociar con Teherán. La fuerza empleada (y por emplear) supera con mucho la destrucción de recursos militares y se intuye destinada a eliminar toda una élite de dirigentes y un sistema político. A partir de aquí, el relato de los que han perpetrado los ataques se inscribe en el capítulo de las imposturas geopolíticas, diplomáticas, legales y éticas que conectan con décadas de narrativas similares. A saber:

1) Irán supone una amenaza para la paz y la estabilidad de Oriente Medio y, por ende, de todo el planeta. Es el mantra de Israel y Estados Unidos desde 1979. Esta afirmación es una exageración basada más en propaganda que en realidades. El sistema teocrático iraní es un peligro para su población, pero en absoluto ha supuesto ni supone un riesgo existencial para Estados Unidos, que controla férreamente la región. Ni tampoco para Israel, porque nadie podía pensar seriamente que a Irán se le permitiría llevar a término su proyecto nuclear. Estos días -y los que vendrán- han puesto de manifiesto que la dupla norteamericana-israelí intentará destruir o neutralizar el poderío militar de Irán, sea su amenaza real o imaginada. En junio, Trump dijo que había “obliterado” el proyecto nuclear y ahora resulta que no era así. Esta operación en curso no será sencilla, quizás. Pero su complejidad es manejable para la superpotencia mundial y la potencia regional más poderosa de todos los tiempos.

También constituye una estimación deliberadamente deformada  la capacidad de Irán para responder a los ataques, por mucho que el régimen islámico siga haciendo patéticas proclamaciones de lo contrario. No lo hizo en junio pasado. No pudo contestar ni simbólicamente al martirio de Gaza. No se ha vengado de la eliminación sistemática de sus científicos nucleares. Y nunca hubo una réplica proporcionada al asesinato en 2020 del general Qasem Soleimani, entonces comandante todopoderoso de la Guardia Revolucionaria y el llamado “eje de la resistencia” (aliados regionales de Teherán). El armamento de Irán no es despreciable, pero muy inferior a los arsenales norteamericano e israelí. Puede ocasionar daños humanos o materiales y causar cierta sensación de caos temporal en la región, pero no le basta siquiera para retrasar o entorpecer la oleada militar combinada de sus enemigos.

Esta retórica del enemigo peligroso no es nueva: es una constante de todas las potencias hegemónicas a lo largo de la historia. Hay que agrandar la capacidad del rival para justificar políticas agresivas o de fuerza, elaborar un discurso de rearme y, llegado el momento oportuno, activar la acción militar, según convenga.

Superado el cliché útil del comunismo (otra amenaza sobrevalorada), la dupla norteamericana-israelí en Oriente Medio ha ido utilizando la emergencia de países hostiles, agentes no estatales, milicias religiosas o simples grupúsculos aventureros como amenazas capaces de perturbar el control occidental de la zona.

2) El blindaje interior del régimen iraní es casi impenetrable. Los amos de la región han matado al dictador y a medio centenar de sus principales dirigentes en las primeras horas de su ofensiva. Siempre se ha intuido que la vida de Jamenei y sus aláteres dependía de la voluntad del inquilino de la Casa Blanca y de su sintonía de objetivos con el protegido israelí. Nunca una superpotencia ha tenido esa capacidad para eliminar de un plumazo a sus enemigos exteriores. Pero se han puesto muchos esfuerzos para hacer creer que segar la vida de los altos clérigos iranís exigía un alto precio en recursos materiales y humanos. Ya no será tan fácil seguir con ese relato.

3) El orden internacional liberal es el faro de las actuaciones de los Estados occidentales. Este mito hace mucho tiempo que no se sostiene. Si bien es verdad que Estados Unidos siempre intenta que sus decisiones tengan un encaje jurídico en el sistema normativo de las Naciones Unidas, lo cierto es que, cuando no lo consigue, sigue actuando como si nada. Hace caso omiso a los llamamientos de los políticos, funcionarios y diplomáticos que le recuerdan tímidamente sus obligaciones. Ahora que en el despacho oval se sienta un gobernante al que le traen sin cuidado esas sutilezas o hipocresías, se ha puesto de manifiesto la futilidad de la impostura. Israel ya hace mucho tiempo que deja de ocuparse, siquiera de boquilla, por esas formalidades; de hecho, considera a la ONU como inservible, hostil y  digna de desprecio.

4) Estados Unidos está preocupado por los ciudadanos iraníes que son reprimidos brutalmente por el régimen islámico y desea una restauración democrática en el sistema del país. Casi nadie se cree ya este tipo de recursos propagandísticos, pero las élites norteamericanas siguen propagándolos igualmente. Para Washington, la cruel represión de las protestas económicas, sociales, culturales o de cualquier otro tipo importan en la medida en que pueden servir de pretexto para la deslegitimación del régimen y, sobre todo, para dotar de falso contenido moral a sus actuaciones de fuerza.

De hecho, es evidente que Trump no tiene un plan de recambio contrastado. Podría aceptar a una versión edulcorada y sumisa del régimen islámico si actúa de manera similar al nuevo gobierno sirio, que ha transformado sus orígenes fundamentalistas islámicos en una versión adaptada del modelo agradable a Occidente (veremos por cuanto tiempo y con qué sinceridad, porque las denuncias de doble lenguaje son cada día más frecuentes). O dicho de otra forma, una “salida venezolana”. Convertir en cómplices a élites del régimen al que quería liquidar resulta muy tentador para Trump, que no tiene interés alguno en cuestiones éticas. Pero Irán no es Venezuela.

Que ni a Trump -ni a la mayoría de sus antecesores- les importa muy poco los derechos cívicos, lo demuestra la trayectoria de EE.UU en el propio Irán, sin ir más lejos. La CIA aplicó el manual de desestabilización en 1953, simplemente porque el primer ministro iraní de la época no se plegó a los intereses norteamericanos. Washington favoreció la restauración de una monarquía feudal, que enseguida se empleó con una brutalidad extrema en la represión de los derechos de la población.

Israel, todo hay que decirlo, ha ido abandonando estos falsos argumentos morales en la justificación de sus políticas de fuerza y agresión. Como si los derechos humanos y las libertades resultaran conceptos o valores extraños en la región, las élites israelíes no tienen empacho alguno en despojar a sus actuaciones de otra justificación que no sea la de eliminar sin contemplaciones a cualquiera que suponga un riesgo teórico para su dominio absoluto en la región, bajo el mantra de la seguridad y el uso y abuso de la aberrante aniquilación que supuso el Holocausto para la población judía.

5) Los aliados árabes de Estados Unidos en la zona ejercen un papel de equilibrio, moderación o estabilidad. Esos estados, que son monarquías absolutistas, actúan exclusivamente según los intereses de sus élites, sin ninguna o muy poca consideración de los derechos de los demás, ni siquiera de sus propios habitantes inmigrados. Prueba de ello es el papel que están ejerciendo en otros conflictos regionales o de proximidad.

El caso más doloroso es la guerra interna de Sudán, país africano que sufre, en estos momentos, la crisis humanitaria más grave del panorama internacional, según estimación compartida por la ONU y sus agencias, estados vecinos y alejados u organizaciones humanitarias. Los Emiratos Árabes Unidos están apoyando económica, militar y políticamente a uno de los bandos (las fuerzas paramilitares rebeldes) y Arabia Saudí al otro (el Ejército formal). Los dos bandos sudaneses han cometido masacres espantosas y carecen de la mínima legitimidad moral para ejercer el poder en su país. Lo mismo puede decirse de la intervención de estos los reinos del Golfo en Yemen, donde han pasado de ser aliados contra los protegidos de Irán (los hutíes), a respaldar a facciones enfrentadas. O, por agotar el argumento, tampoco están actuando de manera más constructiva en el conflicto latente entre Etiopía (apoyada por Riad) y Eritrea (con el favor de Dubai).

En Washington se sabe todo esto, que gusta más o menos, pero no lo suficiente como para presionar a sus responsables. Y no se diga que esto pasa ahora, con Trump. Biden se tuvo que comer la indignación que provocó la muerte y descuartizamiento del periodista saudí Kassoghi, crítico con los dirigentes de su país, en el consulado saudí en Estambul. La prensa norteamericana y sectores del Partido Demócrata exigieron a Biden una reacción acorde. Pero aparte de calificar de “estado paria” al reino saudí, todo quedó en aguas de borrajas. Pese a las contundentes muestras que había reunido la inteligencia americana sobre la implicación del aparato de seguridad saudí, controlado por el Príncipe heredero y líder de facto del Reino, nada ocurrió. Poco más que una tormenta diplomática diluida en un barril de petróleo o sepultada en las montañas de bonos saudíes que contribuyen a sostener la deuda estadounidense.

Irán ha atacado estos y otros reinos de la región, cortados por el mismo patrón, aliados de sus enemigos. Son actos de venganza primaria que no amenazan su estabilidad, asegurada con celo por su gran protector. Por lo demás, las petromonarquías han ejercido operaciones de desestabilización del régimen chií iraní durante decenios.

6) China y Rusia aprovecharán las crisis de Oriente Medio para debilitar la hegemonía de Estados Unidos en el orden mundial. Una vez más hemos asistido a la pasividad de los “amigos” de Irán. Como en el pasado mes de junio, Moscú y Pekín han dejado claro que ni pueden ni quieren arriesgar sus intereses ni prioridades por apoyar a un régimen que en el fondo detestan. La credibilidad de estas dos grandes potencias ha quedado de nuevo en entredicho y sólo quienes se empeñan en hacernos creer que constituyen una amenaza para Estados Unidos pueden seguir defendiendo esta tesis. Otra cosa es que, a medio y largo plazo, China fortalezca sus bazas como proveedor de minerales esenciales, como el galio, para la producción del armamento que se destruya o se dañe en la actual campaña bélica.

7) La diplomacia tiene un papel relevante que jugar en Oriente Medio y, en particular, en la gestión de los asuntos más conflictivos. La experiencia ha demostrado que las negociaciones de todo tipo emprendidas en la región no han servido para acercarnos a una solución justa y duradera de la cadena de conflictos. A lo sumo, han servido para justificar políticas presupuestarias, militares y diplomáticas. Los sucesivos planes de paz no han contentado casi nunca a todas las partes o han sido instrumentos de quienes ejercen la hegemonía regional.

En cuanto al acuerdo sobre el control del programa nuclear iraní, muñido por la administración Obama (JCPOA), lo cierto es que nunca fue del agrado de los sectores intransigentes de la República Islámica. Ni del Partido Republicano de EE.UU; ni siquiera de sectores demócratas. Tampoco de los países de la región, que lo consideraban insuficiente para embridar el riesgo de un Irán nuclear. Y, por supuesto, siempre arrastró la hostilidad belicosa de Israel, mediante sabotajes armados abiertos o encubiertos. La llamada solución diplomática ha sido casi siempre una distracción, nunca una solución. Se apoyaba más desde fuera de la región que desde dentro: sobre todo desde Europa, siempre agarrada al pensamiento mágico de la paz en la región.

Este último intento, sólo para la galería, emprendido por la administración Trump, partía de una base insostenible: o se aceptaban las exigencias norteamericanas o habría ataque militar. Las cartas estaban marcadas antes de iniciarse la partida. Ya lo vimos en el genocidio de Gaza o en cualquier sobresalto con que se desbordan las crisis en Oriente Medio. La diplomacia sólo es un adorno, mientras se afinan las armas.

8) Los aliados occidentales de Washington pueden jugar un papel de moderación o de aproximación de posturas, para alejar el peligro bélico. Después de Gaza, ha quedado claro el papel que este Washington de hoy reserva a Europa en la región: pagar y callar (a lo que habría que añadir adular al Presidente norteamericano, por querer convertir un campo de muerte en un resort para solaz de los ricachones de toda laya y condición. Las discretas críticas escuchadas estos días ponen en evidencia la inanidad de su posición ante la deriva de la región. Para más escarnio, hasta se han escuchado ofertas de colaboración militar restringida, como la alemana y, en menor medida, la francesa.

9) Una guerra puede desestabilizar Oriente Medio y provocar una crisis económica mundial. No es muy probable, aunque depende de la duración de la guerra. Quizás no se vaya más allá de una inquietud pasajera, de una alza efímera en el precio del petróleo o de movimientos en sierra de las cotizaciones bursátiles (al alza los valores vinculados con el sector industria-militar; a la baja, casi todos los demás). Los ataques iraníes a instalaciones petroleras saudíes o emiratíes pueden causar pérdidas e interrupciones, pero es difícil que colapsen el sistema de distribución. Tampoco está claro que una interrupción momentánea del tráfico de petroleros genere un nuevo shock energético en Occidente. No estamos en 1973 o en 1979. La dependencia del petróleo está lejos de los niveles de hace medio siglo. Asia y China (que compra el 80% del petróleo iraní a precios reducidos) serían los más perjudicados, pero siempre estará Rusia para acudir al rescate. Ya se sabe la eficacia relativa de las sanciones.

En todo caso, las repercusiones económicas se le endosarán a Irán, el gran villano de la historia. Una razón más para acabar de una vez con un sistema político que, por muy odioso que sea, no será aniquilado por razones morales, sino por oponerse al designio de los intereses supremos.