31 de julio de 2009
El presidente Zapatero le ha dicho al NYT que podría proponer al Congreso el envío de más tropas a Afganistán, si fuera necesario para consolidar el compromiso con el designio norteamericano de estabilizar el país, promover su desarrollo y derrotar al terrorismo internacional y a sus protectores talibanes. España aumentó recientemente su dotación militar para reforzar la seguridad ante las elecciones presidenciales del 20 de agosto. El jefe del gobierno español pretende de esta forma realizar un “gesto de apoyo” al Presidente Obama, cuya política exterior y visión del mundo elogia.
Antes de llegar a la Casa Blanca, todavía como candidato, Obama gustaba de presentar a Afganistán como la “guerra justa”, frente al injustificable, tramposo y devastador conflicto bélico al que Bush había arrastrado a Estados Unidos en Irak. Zapatero, al que le costó la amistad con el anterior inquilino de la Casa Blanca, defender esa misma tesis, se encontró muy a gusto abrazando la tesis del nuevo presidente norteamericano.
Pueden aceptarse las buenas intenciones. De Zapatero y de Obama. Pero hay muchas dudas acerca de que la estrategia de la actual administración sea la correcta. Esta noción de “guerra justa” presenta demasiadas brechas. Es obvio que los talibanes y el régimen político y social que defienden y representan pueden parecernos odiosos, y con bastante razón. Pero la cuestión es si podemos cambiar el destino de ese país, si nos corresponde a nosotros hacerlo y si, en el intento, nos estamos apoyando en los actores adecuados.
El proyecto de Obama se basa en fortalecer política e institucionalmente el país para primer el desarrollo económico y privar a los talibanes de la capacidad de ganarse a la mayoría de la población. Pero la quiebra se produce en el primer eslabón: las tropas internacionales no encuentran un socio fiable ni solvente. La población afgana comprueba con desaliento que los socios locales de la coalición internacional son inútiles y, lo que es peor, corruptos. Que pese a ocho años de presencia militar extranjera, el país sigue viviendo, básicamente, de la ayuda internacional o del tráfico de opio. Que los recursos que se generan no se reparten con mínima equidad, que los familiares, amigos y protegidos del presidente Karzai se enriquecen mientras la calidad de vida de la mayoría de la población no mejora. El propio Obama ha reconocido que el gobierno local al que las tropas norteamericanas contribuyen a mantener no funciona y es indigno de la causa que se defiende. Pero no encuentra alternativas. Los otros candidatos de las elecciones de agosto son débiles o no merecen una confianza mayor que Karzai.
Tampoco está clara la estrategia militar. La guerra no va bien. La reciente ofensiva internacional para debilitar a los talibanes de su feudo en la provincia meridional de Helmand no ha dado los resultados esperados. El mes de julio ha sido el más mortífero para la coalición internacional desde el comienzo de la misión, hace ocho años. Los 21.000 soldados adicionales aportados por Obama no serán suficientes para cambiar decisivamente el rumbo. Una lucha contrainsurgente como la que sería precisa para derrotar a los talibanes y a sus aliados jihadistas exigiría un incremento tan extraordinario de fuerzas que no es posible implementarlo en estos momentos. Además, el supuesto éxito de la doctrina Petraeus en Irak parece inaplicable en Afganistán. Lo explica muy bien Rory Stewart, el director del Centro Carr sobre Política de Derechos Humanos de Harvard, en un largo artículo publicado en la London Review of Books (“La irresistible ilusión: por qué estamos en Afganistán?”):
“No hay partidos políticos sólidos en Afganistán y al gobierno de Kabul le falta la base, la fuerza o la legitimidad que tiene el gobierno de Bagdad. Los grupos tribales afganos no tienen la coherencia de las tribus sunníes de Irak y su relación con las estructuras del Estado; no han sido erradicados barrio a barrio y no tienen con los Taliban la misma relación que los grupos suníes tenían con Al Qaeda”.
El otro elemento clave es Pakistán. El mayor compromiso que el primer ministro Alí Zardari y las fuerzas armadas parecen haber desempeñado en los últimos meses contra los refugios talibanes propios y afganos ha sido reconocido por la administración norteamericana. Pero persisten las dudas en el establishment militar y la debilidad del liderazgo político es terrible. Por lo demás, las víctimas civiles ocasionadas por las operaciones aéreas no sólo están erosionando el apoyo de la población local, sino que están fomentando un clima de desafección creciente en otras zonas fronterizas de Pakistán, en especial en Baluchistán.
Stewart es sólo uno de los numerosos analistas que ponen en duda la viabilidad de la “nueva política” de Obama. Desde la izquierda, el clima es gélido, cuando no claramente hostil. Desde la derecha, se le reprocha que haya criticado demasiado la gestión bélica de los republicanos. En los demócratas centristas es más fuerte el temor al desgaste que la inevitable longitud del conflicto ocasione que la confianza en el éxito final.
No es fácil para el presidente Zapatero eludir la petición de apoyo de Obama, pero debería hacerse un análisis en profundidad de los objetivos a cumplir, de las estrategias empleadas y de los riesgos asumibles, no sólo para los soldados españoles, sino para la credibilidad y solvencia de nuestra política exterior.
LA DOCTRINA OBAMA-CLINTON PARA UN MUNDO CONVULSO
30 de julio de 2009
Ahora que Obama se enfrenta al primer momento delicado de su mandato, puesto ante uno de los dilemas que la sociedad y la clase política norteamericanas llevan décadas sin resolver (la reforma sanitaria), cabe preguntarse si su administración será capaz de destinar energías para abordar también –y simultáneamente- los acuciantes problemas internacionales.
El presidente de Estados Unidos da la impresión de saber cómo afrontar los desafíos mundiales y ha formulado visiones enormemente interesantes en los seis meses que lleva en la Casa Blanca. Lo ha hecho, fundamentalmente, a través de discursos de gran profundidad y solemnidad, con vocaciones de convertirse en cimientos de políticas renovadas. Faltaba una exposición teórica, o académica, o doctrinaria que diera coherencia a la responsabilidad que Obama quiere para Estados Unidos en el mundo del siglo XXI. En cierto modo, esa pieza llegó a mediados de este mes, aunque ha pasado casi inadvertida en los medios de comunicación españoles. La desatención quizás se deba a que no la presentó el propio Obama, sino su Secretaria de Estado, Hillary Clinton.
El pasado 15 de julio, en un discurso ante el influyente Consejo de Relaciones Exteriores, con sede en Nueva York, la capital internacional de Estados Unidos, Hillary Clinton presentó los principios, objetivos y líneas esenciales de actuación de la política exterior norteamericana de la presente administración.
Señalaremos lo más relevante y clarificador, pero antes anticipemos que Clinton habló en todo momento como un alter ego del Presidente. Ningún resquicio de duda o discrepancia. En las últimas semanas se había especulado con desavenencias entre la Casa Blanca y Foggy Botton, con cierta incomodidad de la Secretaria de Estado por el retraso en algunos nombramientos o cierto desplazamiento de responsables en política exterior. El alejamiento de Hillary, debido a un accidente doméstico que produjo lesiones de importancia en un codo, incrementaron los rumores. A día de hoy, esas tensiones, incluso si han llegado a existir, se han disipado por completo o se han revelado insignificantes. El propio Henry Kissinger acaba de confirmar que confesó recientemente a la actual jefa de la diplomacia que difícilmente había conocido él un periodo de tanta armonía entre la Casa Blanca y la Secretaría de Estado.
En discurso ante el CFR, Hillary Clinton afirmó con solemnidad que el rasgo definidor de la política exterior de la administración Obama consistirá en propiciar “una nueva era basada en intereses comunes, valores compartidos y respeto mutuo”. Es decir, se ha acabado el unilateralismo. Las prioridades de Washington serán las siguientes:
- revertir la carrera de armamentos, prevenir su uso y construir un mundo libre de su amenaza.
- aislar y derrotar a los terroristas y contrarrestar a los extremistas violentos, al tiempo que se extiende la manos a todos los musulmanes del mundo.
- alentar y facilitar los esfuerzos de todas las partes para perseguir y conseguir una paz integral en Oriente Medio.
- promover una amplia agenda de desarrollo, mediante la promoción de un comercio libre pero justo y la promoción de la inversión que origine empleos de calidad.
- combatir el cambio climático, aumentar la seguridad energética y poner las bases de un futuro próspero sustentado en energías limpias.
- apoyar y alentar a los gobiernos democráticos que protegen los derechos de sus ciudadanos y sirven sus intereses.
El compromiso con estas prioridades ha ido reflejándose en las diversas actuaciones emprendidas en estos primeros meses de gobierno. Las intenciones del gobierno Obama son buenas, y eso lo admiten muchos analistas independientes e incluso algunos moderadamente escépticos. Pero persisten las dudas sobre la viabilidad práctica de estos principios.
Frente a estas actitudes incrédulas, Clinton aseguró que la política exterior que defienden es una combinación de idealismo y pragmatismo. El argumento va como sigue: los desafíos del mundo son tan abrumadores que nadie puede afrontarlos en solitario. Ni siquiera Estados Unidos. Pero si la hiperpotencia no puede acometerlos sola, nadie puede hacerlo sin la colaboración de ella. Washington se plantea una política que restaure las relaciones con los aliados tradicionales como Europa o el Pacífico –algunas muy dañadas durante los años de Bush-, fomentar lazos con agentes no gubernamentales –despreciados por el anterior presidente- e incluso llegar a otros actores no convencionales.
Pero quizás el elemento más interesante de la nueva doctrina exterior reside en la formulación de las políticas hacia los elementos refractarios o incluso hostiles. Con ellos se practicará una política de “engagement”, que debería traducirse como “afrontamiento”. Es decir, no se trata de dar por perdido a ningún país o gobierno simplemente porque mantiene posiciones críticas con Estados Unidos, sino de emplear todos los recursos de la diplomacia norteamericana para conseguir que adopte una posición constructiva, sin renuncias a sus principios e intereses legítimos, pero respetuosa con la paz y la cooperación internacionales. La Secretaria de Estado dejó claro, como ha hecho en repetidas ocasiones el Presidente, que esta administración no renuncia al uso de la fuerza militar si fuera necesario para defender sus intereses o a sus aliados amenazados. Pero sólo como último recurso.
La cuestión es si esta interesante exposición de intenciones esta traduciéndose en avances prácticos. Consciente de las dudas que circulan al respecto, Clinton quiso poner ejemplos prácticos de cómo se están aplicando estos principios en los sucesivos escenarios de crisis (Corea del Norte, Irak, Afganistán, Irán, Palestina…) o ante los desafíos globales (cambio climático, desnuclearización y lucha contra el hambre y la pobreza…). A pesar de los esfuerzos de la Secretario de Estado por resaltar los avances y resultados positivos, lo cierto es que
En gran medida, los problemas y contradicciones vienen arrastrados por el daño que han hecho políticas pasadas,. Pero algunos analistas se atreven a señalar que sobra retórica y falta claridad de juicio en los planteamientos de Obama-Clinton, si es que podemos hablar de un tándem. En algunos casos, las nuevas políticas se hacen esperar y se vive demasiado de recetas caducadas; en otros, no se perciben con claridad. A determinados socios no se les consigue convencer de la viabilidad de las nuevas políticas. Y otros tiene una idea muy distinta del partenariado. Por no hablar de los que no tienen el más mínimo interés de cooperar en la construcción de ese mundo nuevo. El caso es que, como dice Fred Kaplan, la combinación de idealismo y pragmatismo arroja más contradicciones que resultados positivos.
Ahora que Obama se enfrenta al primer momento delicado de su mandato, puesto ante uno de los dilemas que la sociedad y la clase política norteamericanas llevan décadas sin resolver (la reforma sanitaria), cabe preguntarse si su administración será capaz de destinar energías para abordar también –y simultáneamente- los acuciantes problemas internacionales.
El presidente de Estados Unidos da la impresión de saber cómo afrontar los desafíos mundiales y ha formulado visiones enormemente interesantes en los seis meses que lleva en la Casa Blanca. Lo ha hecho, fundamentalmente, a través de discursos de gran profundidad y solemnidad, con vocaciones de convertirse en cimientos de políticas renovadas. Faltaba una exposición teórica, o académica, o doctrinaria que diera coherencia a la responsabilidad que Obama quiere para Estados Unidos en el mundo del siglo XXI. En cierto modo, esa pieza llegó a mediados de este mes, aunque ha pasado casi inadvertida en los medios de comunicación españoles. La desatención quizás se deba a que no la presentó el propio Obama, sino su Secretaria de Estado, Hillary Clinton.
El pasado 15 de julio, en un discurso ante el influyente Consejo de Relaciones Exteriores, con sede en Nueva York, la capital internacional de Estados Unidos, Hillary Clinton presentó los principios, objetivos y líneas esenciales de actuación de la política exterior norteamericana de la presente administración.
Señalaremos lo más relevante y clarificador, pero antes anticipemos que Clinton habló en todo momento como un alter ego del Presidente. Ningún resquicio de duda o discrepancia. En las últimas semanas se había especulado con desavenencias entre la Casa Blanca y Foggy Botton, con cierta incomodidad de la Secretaria de Estado por el retraso en algunos nombramientos o cierto desplazamiento de responsables en política exterior. El alejamiento de Hillary, debido a un accidente doméstico que produjo lesiones de importancia en un codo, incrementaron los rumores. A día de hoy, esas tensiones, incluso si han llegado a existir, se han disipado por completo o se han revelado insignificantes. El propio Henry Kissinger acaba de confirmar que confesó recientemente a la actual jefa de la diplomacia que difícilmente había conocido él un periodo de tanta armonía entre la Casa Blanca y la Secretaría de Estado.
En discurso ante el CFR, Hillary Clinton afirmó con solemnidad que el rasgo definidor de la política exterior de la administración Obama consistirá en propiciar “una nueva era basada en intereses comunes, valores compartidos y respeto mutuo”. Es decir, se ha acabado el unilateralismo. Las prioridades de Washington serán las siguientes:
- revertir la carrera de armamentos, prevenir su uso y construir un mundo libre de su amenaza.
- aislar y derrotar a los terroristas y contrarrestar a los extremistas violentos, al tiempo que se extiende la manos a todos los musulmanes del mundo.
- alentar y facilitar los esfuerzos de todas las partes para perseguir y conseguir una paz integral en Oriente Medio.
- promover una amplia agenda de desarrollo, mediante la promoción de un comercio libre pero justo y la promoción de la inversión que origine empleos de calidad.
- combatir el cambio climático, aumentar la seguridad energética y poner las bases de un futuro próspero sustentado en energías limpias.
- apoyar y alentar a los gobiernos democráticos que protegen los derechos de sus ciudadanos y sirven sus intereses.
El compromiso con estas prioridades ha ido reflejándose en las diversas actuaciones emprendidas en estos primeros meses de gobierno. Las intenciones del gobierno Obama son buenas, y eso lo admiten muchos analistas independientes e incluso algunos moderadamente escépticos. Pero persisten las dudas sobre la viabilidad práctica de estos principios.
Frente a estas actitudes incrédulas, Clinton aseguró que la política exterior que defienden es una combinación de idealismo y pragmatismo. El argumento va como sigue: los desafíos del mundo son tan abrumadores que nadie puede afrontarlos en solitario. Ni siquiera Estados Unidos. Pero si la hiperpotencia no puede acometerlos sola, nadie puede hacerlo sin la colaboración de ella. Washington se plantea una política que restaure las relaciones con los aliados tradicionales como Europa o el Pacífico –algunas muy dañadas durante los años de Bush-, fomentar lazos con agentes no gubernamentales –despreciados por el anterior presidente- e incluso llegar a otros actores no convencionales.
Pero quizás el elemento más interesante de la nueva doctrina exterior reside en la formulación de las políticas hacia los elementos refractarios o incluso hostiles. Con ellos se practicará una política de “engagement”, que debería traducirse como “afrontamiento”. Es decir, no se trata de dar por perdido a ningún país o gobierno simplemente porque mantiene posiciones críticas con Estados Unidos, sino de emplear todos los recursos de la diplomacia norteamericana para conseguir que adopte una posición constructiva, sin renuncias a sus principios e intereses legítimos, pero respetuosa con la paz y la cooperación internacionales. La Secretaria de Estado dejó claro, como ha hecho en repetidas ocasiones el Presidente, que esta administración no renuncia al uso de la fuerza militar si fuera necesario para defender sus intereses o a sus aliados amenazados. Pero sólo como último recurso.
La cuestión es si esta interesante exposición de intenciones esta traduciéndose en avances prácticos. Consciente de las dudas que circulan al respecto, Clinton quiso poner ejemplos prácticos de cómo se están aplicando estos principios en los sucesivos escenarios de crisis (Corea del Norte, Irak, Afganistán, Irán, Palestina…) o ante los desafíos globales (cambio climático, desnuclearización y lucha contra el hambre y la pobreza…). A pesar de los esfuerzos de la Secretario de Estado por resaltar los avances y resultados positivos, lo cierto es que
En gran medida, los problemas y contradicciones vienen arrastrados por el daño que han hecho políticas pasadas,. Pero algunos analistas se atreven a señalar que sobra retórica y falta claridad de juicio en los planteamientos de Obama-Clinton, si es que podemos hablar de un tándem. En algunos casos, las nuevas políticas se hacen esperar y se vive demasiado de recetas caducadas; en otros, no se perciben con claridad. A determinados socios no se les consigue convencer de la viabilidad de las nuevas políticas. Y otros tiene una idea muy distinta del partenariado. Por no hablar de los que no tienen el más mínimo interés de cooperar en la construcción de ese mundo nuevo. El caso es que, como dice Fred Kaplan, la combinación de idealismo y pragmatismo arroja más contradicciones que resultados positivos.
OBAMA Y LOS "PERROS AZULES"
23 de julio de 2009
El presidente Obama atraviesa el momento más delicado en la Casa Blanca, precisamente al cumplir el primer medio año en el cargo. El índice de aprobación es del 55%. Modesto, desde luego. Nueve de los doce presidentes desde 1945 presentaron mejores cifras a estas alturas de mandato.
No es que su capital político se haya deteriorado. Lo que ocurre -dicen los analistas- es que la que se apunta como principal batalla política de su mandato le está pasando una inevitable factura. La reforma sanitaria, que ya dañó la presidencia de Clinton y dividió a los demócratas, reaparece, dieciséis años después, para “marcar decisivamente la presidencia de Obama” (NEW YORK TIMES).
No se puede explicar en un par de folios las peculiaridades del sistema de salud norteamericano. Se sabe, a grandes rasgos, lo esencial. Que casi 50 millones de estadounidenses carecen de seguro médico. Que para la mayoría de trabajadores perder el empleo supone quedarse sin seguro médico. Que, a pesar de este dato casi tercermundista, el sistema de salud es el más caro del mundo, un 30 por ciento más que el índice medio europeo. Que una parte insoportable del gasto redunda en el lucro de diferentes agentes parásitos pero no en la calidad de la atención al paciente. Que, por lo tanto, es también el más ineficaz y despilfarrador de la OCDE.
Los Clinton intentaron reformarlo en 1993, pero fracasaron, porque los grandes intereses corporativos movilizaron a sus aliados legislativos, a quienes acostumbran a sufragar campañas y hasta carreras políticas .
Este segundo intento demócrata de reformar el sistema sanitario tendrá que vencer resistencias similares y, además, hacerlo en un entorno de crisis económica y con un déficit público abrumador causado por la administración Bush, por sus desmedidos gastos militares y de seguridad y por los regalos fiscales a los ricos.
Obama ha fijado los objetivos y principios básicos e indisputables de la reforma: que todo ciudadano norteamericano tenga cobertura sanitaria y que la reforma no se haga a costa de las clases medias y bajas.
La Casa Blanca quiere reforzar el sistema público, ampliarlo, si, pero también corregirrlo para mejorar su calidad y eficacia. En modo alguno pretenden Obama y los suyos proceder a una revolución o socializar la sanidad, como le achacan interesadamente los exégetas neoliberales. Se quiere simplemente que haya un sistema público solvente que conviva con los privados.
Se debe y se puede ahorrar, pero habrá que aportar más fondos. Se calcula que un billón de dólares adicionales durante la próxima década; aproximadamente, la mitad de lo que ya cuesta el sistema actual. Obama ha insistido en su última rueda de prensa en que la reforma sanitaria es una oportunidad de inversión, no un gasto. No perjudicará el esfuerzo de recuperación económica, sino que la alentará. Es un argumento con resonancias socialdemócratas, que en Estados Unidos levanta ampollas. Más aún, cuando se trata de determinar de dónde debe salir el dinero, de lo que se están ocupando cinco comités legislativos.
La batalla que se está librando en el Congreso pone en evidencia las contradicciones y deficiencias de representación social del sistema político norteamericano. Los demócratas tienen la mayoría en las dos Cámaras. Pero el presidente no puede contar con todos los suyos. Es verdad que muchos legisladores demócratas -más en la Cámara de Representantes que en el Senado- comparten la visión de la Casa Blanca. Pero los que se resisten a avalar medidas que agraven el esfuerzo fiscal son suficientes para conformar, juntos con los republicanos, una mayoría opositora. Estos demócratas disidentes son los llamados “blue dogs”, (perros azules), por su fiereza en la defensa de la llamada “responsabilidad fiscal”, que no quiere decir otra cosa que bloquear políticas fiscales redistributivas.
Las últimas encuestas les han reforzado. El 50% de los ciudadanos está descontento con la gestión de la reforma sanitaria y el aún más, el 60%, sospecha que la Casa Blanca presiona a favor de más gasto público. Para gran pesar de Obama, que se ha cuidado muy mucho de ofrecer la imagen del político alegre en la subida de impuestos para favorecer el gasto (tax and spend). Por eso, ha advertido que no aceptaría una reforma que perjudicara fiscalmente a la clase media (y menos a las clases bajas). La cuestión es dónde colocar el listón. Se habló primero de lo que ingresaran más de 280.000 $. Como los republicanos y sus aliados sociales se tiraron a degüello, los demócratas rectificaron. La speaker de la Cámara baja, Nancy Pelosi, ha propuesto que se grave al club de los 500.000 $ para arriba o a las familias que superen el millón de dólares de ingresos anuales. O sea, a los millonarios. La pelea continua.
Como viene sosteniendo Paul Krugman, esta actitud de contentar a conservadores propios y ajenos no suele dar resultado ni cala en la opinión pública. La vinculación de fiscalidad y reforma sanitaria es inevitable, pero se trata de un enfoque plagado de trampas y peligros en Estados Unidos. El debate habitual en Europa sobre el sentido, la finalidad y la utilidad de los impuestos toma allí un sesgo sensiblemente diferente. Es paradójico que a veces se oponen a la imposición grupos o sectores ciudadanos que no resultan directamente perjudicados; al contrario, muchas veces se benefician a la postre de ello. Pero esta muy arraigada la conciencia de que el gobierno gasta mucho y mal y que, al final, pagar impuestos no trae cuenta, pague quien pague. La clase media está convencida de que respalda con su dinero a los de abajo. Es un mito alejado de la realidad, pero ha definido mandatos y condicionado muchas elecciones.
Si la reforma de Obama saliera adelante, el 97% de los norteamericanos tendría asistencia médica. En cualquier país europeo desarrollado, ese esfuerzo habría merecido la pena. En Estados Unidos ocurre todo lo contario. Los que consideran moderno y socialmente justo y responsable que haya un sistema público fuerte lo dicen en voz baja, para no perjudicar la causa. Los republicanos huelen el miedo y aprietan. Uno de ellos, sureño y conspicuo conservador, Jim DeMint, ha proclamado que la reforma sanitaria puede ser el “Waterloo” de Obama. Así de marciales están las cosas.
Obama se aviene a prolongar hasta final de año la consecución de la reforma. De esta forma, habrá tiempo para ajustes y componendas. Peligro: cuanto más tarde el proceso, más puntos ganarán los republicanos conservadores y sus aliados de conveniencia, los “perros azules” demócratas.
El presidente Obama atraviesa el momento más delicado en la Casa Blanca, precisamente al cumplir el primer medio año en el cargo. El índice de aprobación es del 55%. Modesto, desde luego. Nueve de los doce presidentes desde 1945 presentaron mejores cifras a estas alturas de mandato.
No es que su capital político se haya deteriorado. Lo que ocurre -dicen los analistas- es que la que se apunta como principal batalla política de su mandato le está pasando una inevitable factura. La reforma sanitaria, que ya dañó la presidencia de Clinton y dividió a los demócratas, reaparece, dieciséis años después, para “marcar decisivamente la presidencia de Obama” (NEW YORK TIMES).
No se puede explicar en un par de folios las peculiaridades del sistema de salud norteamericano. Se sabe, a grandes rasgos, lo esencial. Que casi 50 millones de estadounidenses carecen de seguro médico. Que para la mayoría de trabajadores perder el empleo supone quedarse sin seguro médico. Que, a pesar de este dato casi tercermundista, el sistema de salud es el más caro del mundo, un 30 por ciento más que el índice medio europeo. Que una parte insoportable del gasto redunda en el lucro de diferentes agentes parásitos pero no en la calidad de la atención al paciente. Que, por lo tanto, es también el más ineficaz y despilfarrador de la OCDE.
Los Clinton intentaron reformarlo en 1993, pero fracasaron, porque los grandes intereses corporativos movilizaron a sus aliados legislativos, a quienes acostumbran a sufragar campañas y hasta carreras políticas .
Este segundo intento demócrata de reformar el sistema sanitario tendrá que vencer resistencias similares y, además, hacerlo en un entorno de crisis económica y con un déficit público abrumador causado por la administración Bush, por sus desmedidos gastos militares y de seguridad y por los regalos fiscales a los ricos.
Obama ha fijado los objetivos y principios básicos e indisputables de la reforma: que todo ciudadano norteamericano tenga cobertura sanitaria y que la reforma no se haga a costa de las clases medias y bajas.
La Casa Blanca quiere reforzar el sistema público, ampliarlo, si, pero también corregirrlo para mejorar su calidad y eficacia. En modo alguno pretenden Obama y los suyos proceder a una revolución o socializar la sanidad, como le achacan interesadamente los exégetas neoliberales. Se quiere simplemente que haya un sistema público solvente que conviva con los privados.
Se debe y se puede ahorrar, pero habrá que aportar más fondos. Se calcula que un billón de dólares adicionales durante la próxima década; aproximadamente, la mitad de lo que ya cuesta el sistema actual. Obama ha insistido en su última rueda de prensa en que la reforma sanitaria es una oportunidad de inversión, no un gasto. No perjudicará el esfuerzo de recuperación económica, sino que la alentará. Es un argumento con resonancias socialdemócratas, que en Estados Unidos levanta ampollas. Más aún, cuando se trata de determinar de dónde debe salir el dinero, de lo que se están ocupando cinco comités legislativos.
La batalla que se está librando en el Congreso pone en evidencia las contradicciones y deficiencias de representación social del sistema político norteamericano. Los demócratas tienen la mayoría en las dos Cámaras. Pero el presidente no puede contar con todos los suyos. Es verdad que muchos legisladores demócratas -más en la Cámara de Representantes que en el Senado- comparten la visión de la Casa Blanca. Pero los que se resisten a avalar medidas que agraven el esfuerzo fiscal son suficientes para conformar, juntos con los republicanos, una mayoría opositora. Estos demócratas disidentes son los llamados “blue dogs”, (perros azules), por su fiereza en la defensa de la llamada “responsabilidad fiscal”, que no quiere decir otra cosa que bloquear políticas fiscales redistributivas.
Las últimas encuestas les han reforzado. El 50% de los ciudadanos está descontento con la gestión de la reforma sanitaria y el aún más, el 60%, sospecha que la Casa Blanca presiona a favor de más gasto público. Para gran pesar de Obama, que se ha cuidado muy mucho de ofrecer la imagen del político alegre en la subida de impuestos para favorecer el gasto (tax and spend). Por eso, ha advertido que no aceptaría una reforma que perjudicara fiscalmente a la clase media (y menos a las clases bajas). La cuestión es dónde colocar el listón. Se habló primero de lo que ingresaran más de 280.000 $. Como los republicanos y sus aliados sociales se tiraron a degüello, los demócratas rectificaron. La speaker de la Cámara baja, Nancy Pelosi, ha propuesto que se grave al club de los 500.000 $ para arriba o a las familias que superen el millón de dólares de ingresos anuales. O sea, a los millonarios. La pelea continua.
Como viene sosteniendo Paul Krugman, esta actitud de contentar a conservadores propios y ajenos no suele dar resultado ni cala en la opinión pública. La vinculación de fiscalidad y reforma sanitaria es inevitable, pero se trata de un enfoque plagado de trampas y peligros en Estados Unidos. El debate habitual en Europa sobre el sentido, la finalidad y la utilidad de los impuestos toma allí un sesgo sensiblemente diferente. Es paradójico que a veces se oponen a la imposición grupos o sectores ciudadanos que no resultan directamente perjudicados; al contrario, muchas veces se benefician a la postre de ello. Pero esta muy arraigada la conciencia de que el gobierno gasta mucho y mal y que, al final, pagar impuestos no trae cuenta, pague quien pague. La clase media está convencida de que respalda con su dinero a los de abajo. Es un mito alejado de la realidad, pero ha definido mandatos y condicionado muchas elecciones.
Si la reforma de Obama saliera adelante, el 97% de los norteamericanos tendría asistencia médica. En cualquier país europeo desarrollado, ese esfuerzo habría merecido la pena. En Estados Unidos ocurre todo lo contario. Los que consideran moderno y socialmente justo y responsable que haya un sistema público fuerte lo dicen en voz baja, para no perjudicar la causa. Los republicanos huelen el miedo y aprietan. Uno de ellos, sureño y conspicuo conservador, Jim DeMint, ha proclamado que la reforma sanitaria puede ser el “Waterloo” de Obama. Así de marciales están las cosas.
Obama se aviene a prolongar hasta final de año la consecución de la reforma. De esta forma, habrá tiempo para ajustes y componendas. Peligro: cuanto más tarde el proceso, más puntos ganarán los republicanos conservadores y sus aliados de conveniencia, los “perros azules” demócratas.
HERMANO BARACK
16 de julio de 2009
El presidente Obama ha cumplido un compromiso altamente simbólico, con su escala en un pequeño pero significativo país africano, en su viaje de vuelta a Estados Unidos después de su participación en la cumbre del G-8 en L’Aquila (Italia).
La prensa regional, algunos asesores del presidente y la población local han querido ver en este episodio una suerte de “regreso a casa” del primer presidente negro de los Estados Unidos. El gesto tiene poco que ver con la realidad, lo que no menosprecia ni mucho menos la importancia de lo ocurrido.
No puede hablarse de “Obama, el africano”. Sus orígenes constituyen una importante fuerza moral, pero –para ser justos-, hay poco en la trayectoria política de Barack Obama que acredite un compromiso sólido con el continente africano, afirma Peter Baker, el corresponsal diplomático del NEW YORK TIMES que ha acompañado al presidente en este viaje.
Hay que reconocer a Obama reflejos por no haber escogido Kenia para fijar su mensaje regional. Puestos a querer explotar la cuestión de los orígenes, ese país del este del continente parecía el más sustancioso desde el punto de vista propagandístico. Como es sabido, Kenya es el país de su familia paterna y uno de los más importantes de África. Los allegados que aún le quedan allí al presidente le esperan con ansiedad. Pero Obama prefirió priorizar el enfoque político. Kenya vive momentos complicados y a duras penas ha superado una crisis con una terrible carga de violencia, en la que han emergido algunos de los peores rasgos de la realidad africana actual. Ha hecho bien Obama en no reforzar con su presencia a una clase política muy mejorable.
Por eso decidió doblar el mapa del continente y recalar en Ghana. Tampoco fue una elección original. Este país, uno de los primeros en proclamar su independencia bajo el liderazgo de N’Krumah, es la “perla africana” de sucesivos gobiernos norteamericanos. Clinton y Bush recalaron allí y apoyaron con generosos programas de ayuda su proyecto político. El éxito de la alternancia política sin sobresaltos y ciertas buenas prácticas poco comunes en el continente han servido de aval y de marco político expreso para el mensaje que Obama ha querido sembrar: Africa debe asumir la responsabilidad de cambiar su propia historia.
Las multitudes que, bajo una lluvia impenitente, querían estar cerca de Obama se vieron un poco frustradas por las cautelas de seguridad que aconsejaron ciertos incidentes en anteriores viajes presidenciales. Pero pudieron dejar su deseo de considerar a Obama como “uno de los suyos”, como un hermano. Era de esperar. Como resultó poco sorprendente que los parlamentarios le recibieran con el cántico de campaña “Yes, we can”.
Obama protagonizó gestos de alto valor, como la visita a uno de los lugares emblemáticos del tráfico de esclavos. Y lo hizo en compañía de su esposa, Michelle, cuyos ancestros sufrieron esa lacra. Luego, en los actos más políticos de su presencia, Obama se comportó como un hermano, si, pero como un hermano mayor. Que protege pero que también recuerda las responsabilidades. Su discurso ante el Parlamento constituye una especie de “doctrina Obama” para África, y es comparable por alcance y trascendencia con el que pronunció en El Cairo, destinado al mundo árabe.
Obama denunció la corrupción, el mal gobierno, el despilfarro, la indolencia, la violencia en sus manifestaciones más bárbaras y crueles como lacerantes señas de identidad. Pero lo más relevante es que, asumiendo las responsabilidades de las potencias coloniales en el origen del atraso del continente, también señaló con el dedo a los líderes locales como culpables directos de la indeseable situación actual.
El corresponsal africano de LE MONDE compara la diferente acogida que ha tenido el discurso de Obama y el que pronunciara Sarkozy hace justo dos años en Dakar. Ambos comparten un tono poco complaciente y lo que Philippe Bernard denomina “retórica de la responsabilidad”. Pero mientras a Obama se le admitió la admonición, a Sarkozy se le despachó con silbidos y malas caras.
Alguien ha querido ver en este doble rasero un componente racista y un prejuicio anticolonial: Obama es negro y pertenece a un país que se sacudió el yugo colonial; Sarkozy es blanco y sigue hablando como un representante de una de las principales potencias coloniales en África. Seguramente no es tan simple. La causa del diferente trato habría que encontrarla en el estilo, según Bernard. Obama habló de forma dura, pero clara, sencilla y directa. Sarkozy se entretuvo en consideraciones antropológicas y sentenciosas sobre el “hombre africano”, que algunos, con razón o sin ella, interpretaron como manifestación de superioridad. Entre las dos retóricas, parece evidente que la figura del hermano es más conveniente y eficaz que la del padrastro.
Por otro lado, en otros pasajes menos evocados del discurso ante el Parlamento de Ghana, Obama no resultó tan novedoso. Como hemos podido leer en algún diario regional, “los africanos hacen suyo el discurso de Accra, aunque el partenariado y las inversiones propuestas por Obama se distinguen poco del ‘trade, not aid’ proclamado por sus antecesores” en la Casa Blanca.
En todo caso, deberíamos aprovechar estas experiencias para una reflexión sobre nuestras relaciones africanas. ¿Cómo tratar, por ejemplo, con Teodoro Obiang? El ministro Moratinos dijo en su reciente viaje a la excolonia que España quería una relación de hermandad no de paternidad, aunque apuntara cierto tono de gravedad. Pero la pésima calidad del sistema político guineano exige algo más que retórica. Obama evitó visitar Kenya, que, como hemos dicho, no constituye un ejemplo democrático, pero presentaría una calificación muy superior a la de Guinea Ecuatorial.
¿Dónde acaba la comprensión y dónde comienza la responsabilidad? Y no sólo con el caso extremo de Guinea. Todo el esfuerzo puesto en la lucha contra el hambre y la pobreza y el compromiso de ayuda a África debería estar sujeto a unos criterios de corresponsabilidad de las élites locales. Porque, después de todo, entre hermanos hay que ser generosos, pero también exigentes.
El presidente Obama ha cumplido un compromiso altamente simbólico, con su escala en un pequeño pero significativo país africano, en su viaje de vuelta a Estados Unidos después de su participación en la cumbre del G-8 en L’Aquila (Italia).
La prensa regional, algunos asesores del presidente y la población local han querido ver en este episodio una suerte de “regreso a casa” del primer presidente negro de los Estados Unidos. El gesto tiene poco que ver con la realidad, lo que no menosprecia ni mucho menos la importancia de lo ocurrido.
No puede hablarse de “Obama, el africano”. Sus orígenes constituyen una importante fuerza moral, pero –para ser justos-, hay poco en la trayectoria política de Barack Obama que acredite un compromiso sólido con el continente africano, afirma Peter Baker, el corresponsal diplomático del NEW YORK TIMES que ha acompañado al presidente en este viaje.
Hay que reconocer a Obama reflejos por no haber escogido Kenia para fijar su mensaje regional. Puestos a querer explotar la cuestión de los orígenes, ese país del este del continente parecía el más sustancioso desde el punto de vista propagandístico. Como es sabido, Kenya es el país de su familia paterna y uno de los más importantes de África. Los allegados que aún le quedan allí al presidente le esperan con ansiedad. Pero Obama prefirió priorizar el enfoque político. Kenya vive momentos complicados y a duras penas ha superado una crisis con una terrible carga de violencia, en la que han emergido algunos de los peores rasgos de la realidad africana actual. Ha hecho bien Obama en no reforzar con su presencia a una clase política muy mejorable.
Por eso decidió doblar el mapa del continente y recalar en Ghana. Tampoco fue una elección original. Este país, uno de los primeros en proclamar su independencia bajo el liderazgo de N’Krumah, es la “perla africana” de sucesivos gobiernos norteamericanos. Clinton y Bush recalaron allí y apoyaron con generosos programas de ayuda su proyecto político. El éxito de la alternancia política sin sobresaltos y ciertas buenas prácticas poco comunes en el continente han servido de aval y de marco político expreso para el mensaje que Obama ha querido sembrar: Africa debe asumir la responsabilidad de cambiar su propia historia.
Las multitudes que, bajo una lluvia impenitente, querían estar cerca de Obama se vieron un poco frustradas por las cautelas de seguridad que aconsejaron ciertos incidentes en anteriores viajes presidenciales. Pero pudieron dejar su deseo de considerar a Obama como “uno de los suyos”, como un hermano. Era de esperar. Como resultó poco sorprendente que los parlamentarios le recibieran con el cántico de campaña “Yes, we can”.
Obama protagonizó gestos de alto valor, como la visita a uno de los lugares emblemáticos del tráfico de esclavos. Y lo hizo en compañía de su esposa, Michelle, cuyos ancestros sufrieron esa lacra. Luego, en los actos más políticos de su presencia, Obama se comportó como un hermano, si, pero como un hermano mayor. Que protege pero que también recuerda las responsabilidades. Su discurso ante el Parlamento constituye una especie de “doctrina Obama” para África, y es comparable por alcance y trascendencia con el que pronunció en El Cairo, destinado al mundo árabe.
Obama denunció la corrupción, el mal gobierno, el despilfarro, la indolencia, la violencia en sus manifestaciones más bárbaras y crueles como lacerantes señas de identidad. Pero lo más relevante es que, asumiendo las responsabilidades de las potencias coloniales en el origen del atraso del continente, también señaló con el dedo a los líderes locales como culpables directos de la indeseable situación actual.
El corresponsal africano de LE MONDE compara la diferente acogida que ha tenido el discurso de Obama y el que pronunciara Sarkozy hace justo dos años en Dakar. Ambos comparten un tono poco complaciente y lo que Philippe Bernard denomina “retórica de la responsabilidad”. Pero mientras a Obama se le admitió la admonición, a Sarkozy se le despachó con silbidos y malas caras.
Alguien ha querido ver en este doble rasero un componente racista y un prejuicio anticolonial: Obama es negro y pertenece a un país que se sacudió el yugo colonial; Sarkozy es blanco y sigue hablando como un representante de una de las principales potencias coloniales en África. Seguramente no es tan simple. La causa del diferente trato habría que encontrarla en el estilo, según Bernard. Obama habló de forma dura, pero clara, sencilla y directa. Sarkozy se entretuvo en consideraciones antropológicas y sentenciosas sobre el “hombre africano”, que algunos, con razón o sin ella, interpretaron como manifestación de superioridad. Entre las dos retóricas, parece evidente que la figura del hermano es más conveniente y eficaz que la del padrastro.
Por otro lado, en otros pasajes menos evocados del discurso ante el Parlamento de Ghana, Obama no resultó tan novedoso. Como hemos podido leer en algún diario regional, “los africanos hacen suyo el discurso de Accra, aunque el partenariado y las inversiones propuestas por Obama se distinguen poco del ‘trade, not aid’ proclamado por sus antecesores” en la Casa Blanca.
En todo caso, deberíamos aprovechar estas experiencias para una reflexión sobre nuestras relaciones africanas. ¿Cómo tratar, por ejemplo, con Teodoro Obiang? El ministro Moratinos dijo en su reciente viaje a la excolonia que España quería una relación de hermandad no de paternidad, aunque apuntara cierto tono de gravedad. Pero la pésima calidad del sistema político guineano exige algo más que retórica. Obama evitó visitar Kenya, que, como hemos dicho, no constituye un ejemplo democrático, pero presentaría una calificación muy superior a la de Guinea Ecuatorial.
¿Dónde acaba la comprensión y dónde comienza la responsabilidad? Y no sólo con el caso extremo de Guinea. Todo el esfuerzo puesto en la lucha contra el hambre y la pobreza y el compromiso de ayuda a África debería estar sujeto a unos criterios de corresponsabilidad de las élites locales. Porque, después de todo, entre hermanos hay que ser generosos, pero también exigentes.
UNA SOCIEDAD MUY POCO ARMONIOSA
9 de julio de 2009
El actual presidente de la República Popular de China, Hu Jintao, consagró en el pasado Congreso del Partido Comunista consagró la fórmula “sociedad armoniosa” para definir el modelo que pretende estabilizar la clase dirigente china. Hu y sus colegas de la jerarquía neocomunista son muy conscientes de las tensiones sociales, étnicas y nacionales que el proceso de modernización de la economía china está provocando a lo largo y ancho del país. Por no hablar de las contradicciones que origina la conversión de China en superpotencia del siglo XXI, dentro y fuera de sus fronteras. La revuelta uigur de estos días resulta un ejemplo muy revelador de ese panorama conflictivo, en el que se mezclan, en explosiva combinación, algunas de esas variadas tensiones.
Xinjiang, la provincia escenario de los disturbios, que han causado más de un centenar y medio de muertos y millares de heridos y detenidos, se extiende por el Occidente de China y ocupa una sexta parte de su superficie. Comparte frontera con Afganistán, Pakistán y varias repúblicas centroasiáticas exsoviéticas . Por su posición geográfica, en la antigua ruta de la seda, pero sobre todo por sus yacimientos de petróleo y gas, Xinjiang (en español Sinkiang: “nuevos territorios”) tiene una importancia no menor para Pekín.
En el siglo XVIII, China había conquistado la región, antiguo Turkistán oriental, uno de los territorios más alejados del antiguo Imperio Otomano, y enseguida empezó a enviar allí a chinos musulmanes, los hui, a pesar de lo cual no pudo impedir sublevaciones importantes. Para los interesados, recomiendo el Atlas de los pueblos orientales de Jean y André Sellier. Cuando se proclama la República Popular, en 1949, la abrumadora mayoría de la población de Xinjiang la constituían todavía los uigures autóctonos. Los nuevos dirigentes comunistas consideraron de importancia vital repoblar la provincia con efectivos de la etnia dominante en el país, los han, para evitar peligros secesionistas en el futuro. Esa política ha dado sus frutos, ya que en la actualidad casi se ha alcanzado el equilibrio demográfico: los uigures representan el 45% y los han el 41% de los veinte millones de habitantes de Xinjiang, aunque están distribuidos de forma desigual por la provincia. En Urumqi, donde se han producido la revuelta, los han son mayoría, pero en el sur dominan por amplio margen los uigures.
El origen de estos disturbios hay que buscarlos muy lejos de Xinjiang, en Guangdong, una de los grandes centros fabriles de la industria manufacturera china. La protesta de unos obreros inmigrantes uygures en una fábrica de juguetes desencadenó la reacción violenta de algunos sectores de la población huan mayoritaria. Resultado: dos obreros uigures muertos.
Los hechos fueron conocidos enseguida en Xinjiang, donde se acumula un malestar de mucho tiempo. Aunque Urumqi no es precisamente el feudo más potente de los uigures, lo cierto es que, por causas que se desconocen en detalle, allí fue donde prendió la mecha. La protesta de los uygures por lo ocurrido en Guangdong provocó la réplica inmediata de los han y la intervención, muy lejos de la neutralidad, de las fuerzas de seguridad.
En un gesto que un comentarista de la BBC consideraba como prueba de la modernización acelerada de las formas de gobierno en China, el Presidente Hu Jintao abandonó la cumbre del G-8 en L’Aquila para ponerse al frente del seguimiento de la crisis. Es cierto que hace unos años, un jerarca chino no modificaba su agenda por un conflicto interno.
Las autoridades chinas han acusado al Congreso Mundial Uigur de orquestar las protestas. La principal dirigente de esta organización en el exilio ha negado estas acusaciones. En unas declaraciones al diario francés LE MONDE, por correo electrónico desde Munich, donde reside, Rebiya Kadeer, sostiene que las autoridades chinas practican una deliberada política de transferencia de población uigur fuera de Xinjiang, con dos propósitos: primero, favorecer que los han se conviertan en el grupo étnico mayoritario en la región; segundo, suministrar mano de obra barata a las fábricas de las localidades costeras chinas, donde se concentra el aparato industrial chino.
Esta política de recomposición demográfica es contestada fuertemente por los uigures. En un editorial de esta semana, LE MONDE considera esta política china “condenable” y la equipara con la que practicaron las potencias coloniales europeas en Africa y en el Magreb.
Los uigures se quejan de una creciente discriminación en la provisión de empleos. Estos agravios se añaden a otros de carácter cultural, linguistico y religioso, que ha ido creando un clima de resentimiento y hostilidad interetnias. La organización Human Rights Watch, que conserva un prestigio de neutralidad, afirma que el gobierno chino ha creado un ambiente de « insoportable presión » para los uigures en Xinjiang, convirtiendo cualquier manifestación de crítica en una actividad contra la soberanía china en la región.
Uno de los medios que han estudiado con más detalle el desarrollo de la crisis, el diario de Hong Kong APPLE DAILY, cree que el comportamiento represivo chino responde a un patrón ya ensayado en crisis étnicas anteriores, singularmente la del Tibet, en la primavera pasada. El periódico distingue tres fases de actuación: impedir la información y no prevenir a la población local, emplear una represión durísima cuando el conflicto se envenena y, finalmente, acusar a la disidencia étnica en el exilio de orquestar la protesta. En efecto, en ningún momento, las autoridades chinas han dado muestra alguna de querer dialogar con las poblaciones locales, de rebajar la tensión o de proteger a la población civil. Al contrario, los medios oficiales transmiten imagenes que presentan a los hans como las victimas, lo que contribuye a exacerbar los ánimos y endurecer la persecución de las minorías étnicas.
Esta actitud pone en peligro la construcción de esa « sociedad armoniosa » que proclama el presidente Hun Jintao. En realidad, el gobierno de Pekín se encuentra, en estos asuntos étnicos, ante un dilema notable, según el WALL STREET JOURNAL: si se excede en la represión, provoca el malestar de Occidente y perjudica la incorporación de China a organismos internacionales en los que les interesa estar con presencia influyente ; pero si da muestras de debilidad o de tibieza corre el riesgo de encolerizar a la población han, que mantiene posiciones intransigentes hacia las minorías.
No es menos cierto que en la resistencia uigur han anidado algunos movimientos extremistas, como el Movimiento Islámico del Turquestán oriental. Esta organización esta implantada sobre todo en el sur de Xinjiang. Como su nombre sugiere, ni siquiera reconoce la autoridad de China sobre el territorio y pertenece a la constelación de Al Qaeda. Sus origenes están bien acreditados en la lucha contra el Afganistán prosoviético. Como le ha ocurrido a Estados Unidos, China está pagando la factura de haber alimentado a fundamentalistas islámicos para debilitar a Moscú en su aventura afgana de los ochenta. Hoy en día, Estados Unidos ha colocado a ese grupo en la lista de organizaciones terroristas. Lo que ha facilitado a Pekín la descalificación y el desprestigio de la disidencia uigur. ¿Para justificar la represión ?
El actual presidente de la República Popular de China, Hu Jintao, consagró en el pasado Congreso del Partido Comunista consagró la fórmula “sociedad armoniosa” para definir el modelo que pretende estabilizar la clase dirigente china. Hu y sus colegas de la jerarquía neocomunista son muy conscientes de las tensiones sociales, étnicas y nacionales que el proceso de modernización de la economía china está provocando a lo largo y ancho del país. Por no hablar de las contradicciones que origina la conversión de China en superpotencia del siglo XXI, dentro y fuera de sus fronteras. La revuelta uigur de estos días resulta un ejemplo muy revelador de ese panorama conflictivo, en el que se mezclan, en explosiva combinación, algunas de esas variadas tensiones.
Xinjiang, la provincia escenario de los disturbios, que han causado más de un centenar y medio de muertos y millares de heridos y detenidos, se extiende por el Occidente de China y ocupa una sexta parte de su superficie. Comparte frontera con Afganistán, Pakistán y varias repúblicas centroasiáticas exsoviéticas . Por su posición geográfica, en la antigua ruta de la seda, pero sobre todo por sus yacimientos de petróleo y gas, Xinjiang (en español Sinkiang: “nuevos territorios”) tiene una importancia no menor para Pekín.
En el siglo XVIII, China había conquistado la región, antiguo Turkistán oriental, uno de los territorios más alejados del antiguo Imperio Otomano, y enseguida empezó a enviar allí a chinos musulmanes, los hui, a pesar de lo cual no pudo impedir sublevaciones importantes. Para los interesados, recomiendo el Atlas de los pueblos orientales de Jean y André Sellier. Cuando se proclama la República Popular, en 1949, la abrumadora mayoría de la población de Xinjiang la constituían todavía los uigures autóctonos. Los nuevos dirigentes comunistas consideraron de importancia vital repoblar la provincia con efectivos de la etnia dominante en el país, los han, para evitar peligros secesionistas en el futuro. Esa política ha dado sus frutos, ya que en la actualidad casi se ha alcanzado el equilibrio demográfico: los uigures representan el 45% y los han el 41% de los veinte millones de habitantes de Xinjiang, aunque están distribuidos de forma desigual por la provincia. En Urumqi, donde se han producido la revuelta, los han son mayoría, pero en el sur dominan por amplio margen los uigures.
El origen de estos disturbios hay que buscarlos muy lejos de Xinjiang, en Guangdong, una de los grandes centros fabriles de la industria manufacturera china. La protesta de unos obreros inmigrantes uygures en una fábrica de juguetes desencadenó la reacción violenta de algunos sectores de la población huan mayoritaria. Resultado: dos obreros uigures muertos.
Los hechos fueron conocidos enseguida en Xinjiang, donde se acumula un malestar de mucho tiempo. Aunque Urumqi no es precisamente el feudo más potente de los uigures, lo cierto es que, por causas que se desconocen en detalle, allí fue donde prendió la mecha. La protesta de los uygures por lo ocurrido en Guangdong provocó la réplica inmediata de los han y la intervención, muy lejos de la neutralidad, de las fuerzas de seguridad.
En un gesto que un comentarista de la BBC consideraba como prueba de la modernización acelerada de las formas de gobierno en China, el Presidente Hu Jintao abandonó la cumbre del G-8 en L’Aquila para ponerse al frente del seguimiento de la crisis. Es cierto que hace unos años, un jerarca chino no modificaba su agenda por un conflicto interno.
Las autoridades chinas han acusado al Congreso Mundial Uigur de orquestar las protestas. La principal dirigente de esta organización en el exilio ha negado estas acusaciones. En unas declaraciones al diario francés LE MONDE, por correo electrónico desde Munich, donde reside, Rebiya Kadeer, sostiene que las autoridades chinas practican una deliberada política de transferencia de población uigur fuera de Xinjiang, con dos propósitos: primero, favorecer que los han se conviertan en el grupo étnico mayoritario en la región; segundo, suministrar mano de obra barata a las fábricas de las localidades costeras chinas, donde se concentra el aparato industrial chino.
Esta política de recomposición demográfica es contestada fuertemente por los uigures. En un editorial de esta semana, LE MONDE considera esta política china “condenable” y la equipara con la que practicaron las potencias coloniales europeas en Africa y en el Magreb.
Los uigures se quejan de una creciente discriminación en la provisión de empleos. Estos agravios se añaden a otros de carácter cultural, linguistico y religioso, que ha ido creando un clima de resentimiento y hostilidad interetnias. La organización Human Rights Watch, que conserva un prestigio de neutralidad, afirma que el gobierno chino ha creado un ambiente de « insoportable presión » para los uigures en Xinjiang, convirtiendo cualquier manifestación de crítica en una actividad contra la soberanía china en la región.
Uno de los medios que han estudiado con más detalle el desarrollo de la crisis, el diario de Hong Kong APPLE DAILY, cree que el comportamiento represivo chino responde a un patrón ya ensayado en crisis étnicas anteriores, singularmente la del Tibet, en la primavera pasada. El periódico distingue tres fases de actuación: impedir la información y no prevenir a la población local, emplear una represión durísima cuando el conflicto se envenena y, finalmente, acusar a la disidencia étnica en el exilio de orquestar la protesta. En efecto, en ningún momento, las autoridades chinas han dado muestra alguna de querer dialogar con las poblaciones locales, de rebajar la tensión o de proteger a la población civil. Al contrario, los medios oficiales transmiten imagenes que presentan a los hans como las victimas, lo que contribuye a exacerbar los ánimos y endurecer la persecución de las minorías étnicas.
Esta actitud pone en peligro la construcción de esa « sociedad armoniosa » que proclama el presidente Hun Jintao. En realidad, el gobierno de Pekín se encuentra, en estos asuntos étnicos, ante un dilema notable, según el WALL STREET JOURNAL: si se excede en la represión, provoca el malestar de Occidente y perjudica la incorporación de China a organismos internacionales en los que les interesa estar con presencia influyente ; pero si da muestras de debilidad o de tibieza corre el riesgo de encolerizar a la población han, que mantiene posiciones intransigentes hacia las minorías.
No es menos cierto que en la resistencia uigur han anidado algunos movimientos extremistas, como el Movimiento Islámico del Turquestán oriental. Esta organización esta implantada sobre todo en el sur de Xinjiang. Como su nombre sugiere, ni siquiera reconoce la autoridad de China sobre el territorio y pertenece a la constelación de Al Qaeda. Sus origenes están bien acreditados en la lucha contra el Afganistán prosoviético. Como le ha ocurrido a Estados Unidos, China está pagando la factura de haber alimentado a fundamentalistas islámicos para debilitar a Moscú en su aventura afgana de los ochenta. Hoy en día, Estados Unidos ha colocado a ese grupo en la lista de organizaciones terroristas. Lo que ha facilitado a Pekín la descalificación y el desprestigio de la disidencia uigur. ¿Para justificar la represión ?
HONDURAS: ¿POR QUÉ DURA TANTO LA CRISIS?
8 de julio de 2009
¿Por qué la crisis de Honduras está durando tanto tiempo? O mejor ¿Por qué se demora la perspectiva de una solución viable, aunque su ejecución lleve tiempo?
No estamos ante un problema de gran complejidad, sino ante un conflicto institucional manejado con escasos resultados por la comunidad internacional.
Hemos visto a presidentes y cancilleres latinoamericanos implicados en la gestión de la crisis y hemos apreciado la frustración que ha producido el fracaso de sus esfuerzos. La frustración es comprensible; la sorpresa, no.
Más allá de la retórica y de las encendidas proclamas a favor del sistema democrático, han faltado medidas verdaderamente disuasorias para los golpistas. El intento de regreso del presidente Zelaya a su país ilustra perfectamente las limitaciones de la actuación diplomática regional. Con todo el respeto que merecen, ni Cristina Fernández, ni Rafael Correa, ni el propio José Miguel Insulza impresionan lo suficiente al entramado tradicional de poder que se ha hecho con el control efectivo del poder en Honduras.
Eso lo sabe muy bien la burocracia diplomática del Departamento de Estado, y ha dejado hacer. Las manifestaciones de Obama a favor de la restauración constitucional han podido satisfacer a muchos observadores en Europa y América, aunque sólo sea por la novedad que representa. Bienvenido que Estados Unidos pase de planificar, organizar, financiar y respaldar golpes de Estado a condenarlos. Pero en este tiempo tal avance resulta insuficiente. ¿Hubieran los golpistas impedido el aterrizaje del avión del regreso de Zelaya, si a bordo hubiera estado Hillary Clinton o incluso su segundo para Latinoamérica?
La diplomacia norteamericana tiene una larga lista de asuntos exteriores que ocupan prioritariamente su atención. Con toda seguridad, entre ellos no está Honduras. Por muy claros que se tengan ciertos principios de decencia, los consejeros de Obama no están seguramente cómodos con los aliados de reciente adscripción del presidente hondureño.
En las reuniones de trabajo, los funcionarios norteamericanos se han opuesto a la adopción de sanciones. La anunciada suspensión de la cooperación militar bilateral se hace esperar. Hasta ahora, simplemente se han cancelado algunas maniobras de poca importancia. Podemos apostar a que en Washington preocupa mucho más el mantenimiento de las bases militares que el Pentágono utiliza en Honduras para las operaciones contra el narcotráfico en la región que el restablecimiento de la normalidad constitucional en el país.
Si los intereses de Estados Unidos peligrasen, la diplomacia norteamericana no dejaría que la crisis se alargara demasiado. Que el canciller de facto hondureño se refiera a Obama como “el negrito” no quiere decir que no haya dejado saber en los despachos correspondientes del Departamento de Estado que Washington no va a perder nada con esta “corrección institucional” en Tegucigalpa.
¿Por qué la crisis de Honduras está durando tanto tiempo? O mejor ¿Por qué se demora la perspectiva de una solución viable, aunque su ejecución lleve tiempo?
No estamos ante un problema de gran complejidad, sino ante un conflicto institucional manejado con escasos resultados por la comunidad internacional.
Hemos visto a presidentes y cancilleres latinoamericanos implicados en la gestión de la crisis y hemos apreciado la frustración que ha producido el fracaso de sus esfuerzos. La frustración es comprensible; la sorpresa, no.
Más allá de la retórica y de las encendidas proclamas a favor del sistema democrático, han faltado medidas verdaderamente disuasorias para los golpistas. El intento de regreso del presidente Zelaya a su país ilustra perfectamente las limitaciones de la actuación diplomática regional. Con todo el respeto que merecen, ni Cristina Fernández, ni Rafael Correa, ni el propio José Miguel Insulza impresionan lo suficiente al entramado tradicional de poder que se ha hecho con el control efectivo del poder en Honduras.
Eso lo sabe muy bien la burocracia diplomática del Departamento de Estado, y ha dejado hacer. Las manifestaciones de Obama a favor de la restauración constitucional han podido satisfacer a muchos observadores en Europa y América, aunque sólo sea por la novedad que representa. Bienvenido que Estados Unidos pase de planificar, organizar, financiar y respaldar golpes de Estado a condenarlos. Pero en este tiempo tal avance resulta insuficiente. ¿Hubieran los golpistas impedido el aterrizaje del avión del regreso de Zelaya, si a bordo hubiera estado Hillary Clinton o incluso su segundo para Latinoamérica?
La diplomacia norteamericana tiene una larga lista de asuntos exteriores que ocupan prioritariamente su atención. Con toda seguridad, entre ellos no está Honduras. Por muy claros que se tengan ciertos principios de decencia, los consejeros de Obama no están seguramente cómodos con los aliados de reciente adscripción del presidente hondureño.
En las reuniones de trabajo, los funcionarios norteamericanos se han opuesto a la adopción de sanciones. La anunciada suspensión de la cooperación militar bilateral se hace esperar. Hasta ahora, simplemente se han cancelado algunas maniobras de poca importancia. Podemos apostar a que en Washington preocupa mucho más el mantenimiento de las bases militares que el Pentágono utiliza en Honduras para las operaciones contra el narcotráfico en la región que el restablecimiento de la normalidad constitucional en el país.
Si los intereses de Estados Unidos peligrasen, la diplomacia norteamericana no dejaría que la crisis se alargara demasiado. Que el canciller de facto hondureño se refiera a Obama como “el negrito” no quiere decir que no haya dejado saber en los despachos correspondientes del Departamento de Estado que Washington no va a perder nada con esta “corrección institucional” en Tegucigalpa.
LA ÚLCERA IRAQUI
2 DE JULIO DE 2009
El ejército norteamericano ha completado la primera fase de su retirada de Irak, en un clima de euforia nacionalista fabricada e irreal en Bagdad y de preocupación creciente en Washington.
La fecha del 30 de junio es una más en un calendario plagado de plazos y compromisos más formales que reales. Es cierto que la presencia militar norteamericana no se dejará notar en las ciudades a partir del 1 de julio, pero 130.000 soldados permanecerán movilizados en las afueras de las zonas urbanas, por si acaso su concurso vuelve a antojarse necesario.
A pesar de este movimiento de tropas a zonas fuera de foco, lo cierto es que los militares norteamericanos continúan siendo la principal garantía de seguridad, en un escenario cada vez más convulso. A numerosos analistas norteamericanos les resulta grotesca la exhibición nacionalista del primer ministro, el chíi Nuri Al Maliki, lanzando proclamas de soberanía nacional y de autosuficiencia en materia de seguridad. Nadie se lo cree, empezando seguramente por él mismo. El jefe de los efectivos norteamericanos, General Odierno, se ha tomado con un cinismo pragmático los comentarios extemporáneos de Maliki y con una habilidad esperable le ha dejado en su sitio, sólo reproduciendo las palabras de agradecimiento que le ha trasladado estos días el propio jefe del gobierno iraquí. Un mensaje público y otro privado, por tanto.
La charlotada se ha completado con una programación especial de la televisión estatal, saturada de exaltación nacionalista, desfiles militares y un exagerado festival de fuegos artificiales que ha dejado fríos a los iraquíes e indiferentes a los protectores norteamericanos.
Pero más allá de este espectáculo privado de credibilidad y sensatez, emerge tozudamente la fragilidad del sistema político iraquí y las amenazas de desestabilización. El incremento de los enfrentamientos cotidianos y la escalada de ataques terroristas preludian una nueva etapa de violencia y miedo. Sólo el mes de junio murieron 300 iraquíes y 10 norteamericanos en actos violentos. La propaganda complaciente del gobierno no convence a la población ni genera confianza alguna, y las dudas sobre la unidad del poder arrecian.
Los sunníes llevan meses advirtiendo que el autoritarismo creciente del gobierno Al-Maliki amenaza la reconciliación. Los esfuerzos del ejército norteamericano de “comprar” a destacados dirigentes de la insurgencia para alejarlos de los extremistas jihadistas e insertarlos en el proyecto de reconciliación se ven ahora gravemente comprometidos al no haber cumplido el gobierno las entregas prometidas de dinero. Los líderes más prominentes del denominado “Consejo del Despertar” exigen que se coloque a sus casi cien mil miembros en puestos de la seguridad, la administración o la industria, como se había pactado. En vez de cumplir las promesas, el gobierno ha respondido al desafío con detenciones temporales de los portavoces más ruidosos o amenazantes, para disgusto de Washington, que ve peligrar los esfuerzos de una reconciliación inducida.
Por su parte, los kurdos refuerzan sus posiciones militares con vistas a convertir en hechos consumados el control de importantes zonas ricas en petróleo en el norte del país. Los peshmergas o milicianos kurdos están en condiciones de asegurar un estado dentro del Estado. Los árabes sunníes a quienes Saddam benefició en perjuicio de los kurdos, no se resignan a perder el control de estas bolsas petroleras y han acudido a la protección de los jihadistas pertenecientes al grupo denominado Al Qaeda de Mesopotamia para defender sus intereses. En medio de este conflicto, las garantías del gobierno central sobre la unidad del país suenan a palabrería hueca.
Una gestión política lamentable se ve agravada por una competencia militar y policial absolutamente quebrada. La tarea de formación y adiestramiento de los norteamericanos no ha dado aún los resultados esperados. El NEW YORK TIMES aseguraba esta semana en un editorial desacostumbradamente largo que las fuerzas armadas iraquíes “estaban minadas por la corrupción, problemas de disciplina, escasez de equipamiento y brechas de seguridad”. El gobierno puede seguir jugando a ser soberano y edificar una ruidosa propaganda, pero su dependencia de los norteamericanos en inteligencia, logística y apoyo aéreo es absoluta.
A estos problemas y desafíos se une la insatisfacción de la población civil, que sigue sin ver el día en que los servicios públicos básicos estén normalizados. O la desesperación de los cuatro millones de refugiados que tienen muy difícil el regreso.
Obama es muy consciente de la oscuridad que domina el panorama, de ahí la discreción con que ha dejado correr esta enésima fecha del calendario de desactivación militar, heredado de la anterior administración.
El destacado editorialista del WASHINGTON POST Dan Balz advierte cierto desinterés de la opinión pública norteamericana sobre el futuro de Irak, tal vez por el cansancio ante un problema cuya resolución sigue pareciendo lejana. Pero el presidente Obama no puede escapar a un dilema apremiante: o relajar la tutela sobre todos los grupos de poder iraquíes para que se vean obligados a entenderse, o implicarse más activamente en el control remoto del país para prevenir una influencia más decisiva de los vecinos.
El que más inquieta, sin duda, es Irán. El primer ministro Al Maliki cada vez hace más guiños de complicidad a Teherán y el discurso de su formación política, Al Dawa, está cada vez más en sintonía con el integrismo iraní. Los analistas norteamericanos, a derecha e izquierda, coinciden. El WALL STREET JOURNAL asegura que la línea dura que se ha impuesto en Irán cuenta con aumentar su influencia sobre sus correligionarios chíies en Irak y no dudará en utilizar la fuerza si es necesario. Robert Dreyfuss, en el semanario progresista THE NATION, afirma que Al-Maliki “se parece cada vez más a un dictador” y se ha asegurado el control de la disidencia mediante un sistema reforzado de agencias de espionaje interno y el amparo externo de las autoridades iraníes.
En enero están previstas elecciones generales, momento en el cual Al Maliki cuenta con consolidar su base de poder. En agosto de 2010 está previsto que las fuerzas de combate norteamericanas abandonen Irak y a finales de 2011 no quedará un solo soldado norteamericanos en el país. Demasiado tiempo y demasiados riesgos para cantar victoria.
El ejército norteamericano ha completado la primera fase de su retirada de Irak, en un clima de euforia nacionalista fabricada e irreal en Bagdad y de preocupación creciente en Washington.
La fecha del 30 de junio es una más en un calendario plagado de plazos y compromisos más formales que reales. Es cierto que la presencia militar norteamericana no se dejará notar en las ciudades a partir del 1 de julio, pero 130.000 soldados permanecerán movilizados en las afueras de las zonas urbanas, por si acaso su concurso vuelve a antojarse necesario.
A pesar de este movimiento de tropas a zonas fuera de foco, lo cierto es que los militares norteamericanos continúan siendo la principal garantía de seguridad, en un escenario cada vez más convulso. A numerosos analistas norteamericanos les resulta grotesca la exhibición nacionalista del primer ministro, el chíi Nuri Al Maliki, lanzando proclamas de soberanía nacional y de autosuficiencia en materia de seguridad. Nadie se lo cree, empezando seguramente por él mismo. El jefe de los efectivos norteamericanos, General Odierno, se ha tomado con un cinismo pragmático los comentarios extemporáneos de Maliki y con una habilidad esperable le ha dejado en su sitio, sólo reproduciendo las palabras de agradecimiento que le ha trasladado estos días el propio jefe del gobierno iraquí. Un mensaje público y otro privado, por tanto.
La charlotada se ha completado con una programación especial de la televisión estatal, saturada de exaltación nacionalista, desfiles militares y un exagerado festival de fuegos artificiales que ha dejado fríos a los iraquíes e indiferentes a los protectores norteamericanos.
Pero más allá de este espectáculo privado de credibilidad y sensatez, emerge tozudamente la fragilidad del sistema político iraquí y las amenazas de desestabilización. El incremento de los enfrentamientos cotidianos y la escalada de ataques terroristas preludian una nueva etapa de violencia y miedo. Sólo el mes de junio murieron 300 iraquíes y 10 norteamericanos en actos violentos. La propaganda complaciente del gobierno no convence a la población ni genera confianza alguna, y las dudas sobre la unidad del poder arrecian.
Los sunníes llevan meses advirtiendo que el autoritarismo creciente del gobierno Al-Maliki amenaza la reconciliación. Los esfuerzos del ejército norteamericano de “comprar” a destacados dirigentes de la insurgencia para alejarlos de los extremistas jihadistas e insertarlos en el proyecto de reconciliación se ven ahora gravemente comprometidos al no haber cumplido el gobierno las entregas prometidas de dinero. Los líderes más prominentes del denominado “Consejo del Despertar” exigen que se coloque a sus casi cien mil miembros en puestos de la seguridad, la administración o la industria, como se había pactado. En vez de cumplir las promesas, el gobierno ha respondido al desafío con detenciones temporales de los portavoces más ruidosos o amenazantes, para disgusto de Washington, que ve peligrar los esfuerzos de una reconciliación inducida.
Por su parte, los kurdos refuerzan sus posiciones militares con vistas a convertir en hechos consumados el control de importantes zonas ricas en petróleo en el norte del país. Los peshmergas o milicianos kurdos están en condiciones de asegurar un estado dentro del Estado. Los árabes sunníes a quienes Saddam benefició en perjuicio de los kurdos, no se resignan a perder el control de estas bolsas petroleras y han acudido a la protección de los jihadistas pertenecientes al grupo denominado Al Qaeda de Mesopotamia para defender sus intereses. En medio de este conflicto, las garantías del gobierno central sobre la unidad del país suenan a palabrería hueca.
Una gestión política lamentable se ve agravada por una competencia militar y policial absolutamente quebrada. La tarea de formación y adiestramiento de los norteamericanos no ha dado aún los resultados esperados. El NEW YORK TIMES aseguraba esta semana en un editorial desacostumbradamente largo que las fuerzas armadas iraquíes “estaban minadas por la corrupción, problemas de disciplina, escasez de equipamiento y brechas de seguridad”. El gobierno puede seguir jugando a ser soberano y edificar una ruidosa propaganda, pero su dependencia de los norteamericanos en inteligencia, logística y apoyo aéreo es absoluta.
A estos problemas y desafíos se une la insatisfacción de la población civil, que sigue sin ver el día en que los servicios públicos básicos estén normalizados. O la desesperación de los cuatro millones de refugiados que tienen muy difícil el regreso.
Obama es muy consciente de la oscuridad que domina el panorama, de ahí la discreción con que ha dejado correr esta enésima fecha del calendario de desactivación militar, heredado de la anterior administración.
El destacado editorialista del WASHINGTON POST Dan Balz advierte cierto desinterés de la opinión pública norteamericana sobre el futuro de Irak, tal vez por el cansancio ante un problema cuya resolución sigue pareciendo lejana. Pero el presidente Obama no puede escapar a un dilema apremiante: o relajar la tutela sobre todos los grupos de poder iraquíes para que se vean obligados a entenderse, o implicarse más activamente en el control remoto del país para prevenir una influencia más decisiva de los vecinos.
El que más inquieta, sin duda, es Irán. El primer ministro Al Maliki cada vez hace más guiños de complicidad a Teherán y el discurso de su formación política, Al Dawa, está cada vez más en sintonía con el integrismo iraní. Los analistas norteamericanos, a derecha e izquierda, coinciden. El WALL STREET JOURNAL asegura que la línea dura que se ha impuesto en Irán cuenta con aumentar su influencia sobre sus correligionarios chíies en Irak y no dudará en utilizar la fuerza si es necesario. Robert Dreyfuss, en el semanario progresista THE NATION, afirma que Al-Maliki “se parece cada vez más a un dictador” y se ha asegurado el control de la disidencia mediante un sistema reforzado de agencias de espionaje interno y el amparo externo de las autoridades iraníes.
En enero están previstas elecciones generales, momento en el cual Al Maliki cuenta con consolidar su base de poder. En agosto de 2010 está previsto que las fuerzas de combate norteamericanas abandonen Irak y a finales de 2011 no quedará un solo soldado norteamericanos en el país. Demasiado tiempo y demasiados riesgos para cantar victoria.
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