CAUSAS, GESTOS Y POSTUREOS INTERNACIONALES

 23 de noviembre de 2022

Dos grandes acontecimientos internacionales coincidentes estos últimos días (la última cumbre climática y el Mundial de Fútbol) han generado un amplio despliegue de discursos supuestamente morales (o moralistas) que se confunden con las causas a las que dicen servir. La ecología y el deporte son empeños universales a los que se atribuye unos valores por encima de rivalidades políticas. Es una pretensión como mínimo ingenua, cuando no más bien tramposa.

EL COMPROMISO INSUFICIENTE DE LA COP-27

La COP-27, o vigésimo séptima edición de la Cumbre de la ONU para coordinar políticas de protección de la naturaleza ha concluido con un resultado desigual de última hora. El acuerdo sobre el apoyo financiero a los “países más vulnerables” para compensar pérdidas y daños provocados por catástrofes naturales derivadas del cambio climático evitó un fracaso completo. No se pudo, en cambio, alcanzar compromisos sobre el abandono gradual de los combustibles fósiles, al estilo del logrado en la edición del año pasado en Glasgow con el carbón (1).

En realidad, el análisis minucioso del acuerdo COP-27 arroja más sombras que luces. Incluso ese fondo para los pobres no deja de ser un desiderátum. Falta ahora arbitrar medidas y condiciones, o sea la letra pequeña, esos detalles en que se suelen endemoniar estos acuerdos internacionales forzados por la presión social, mediática y diplomática. Es habitual que, en casos como éste, la causa se confunda con el gesto y éste se ponga al servicio del postureo.

Los objetivos internacionales sobre el cambio climático nunca han sido objeto de consenso universal. Bien al contrario, constituyen un terreno de confrontación que refleja los intereses opuestos en liza, como ocurre con otros grandes asuntos económicos y sociales (el desarrollo, la superación de la pobreza, el hambre o el afrontamiento de las enfermedades).

En esta COP-27 asistimos a un polémico cruce de acusaciones. El gobierno norteamericano hace de China el villano principal, por ser el causante principal de las emisiones de gases en las tiempos actuales: el triple que EEUU. Pero Pekín replica que la catástrofe climática es el resultado de decenas y decenas de años en los que EEUU ha liderado la liberación de las partículas nocivas en la atmósfera. Los ecologistas coinciden con esta última apreciación, pero destacan también la escasa voluntad china por afrontar el problema.

La aceptación del fondo para paliar daños y pérdidas se ha visto como una concesión de Estados Unidos -y en cierto modo de la UE-, tras muchos años de oposición y resistencia. Pero este gesto no ha conciliado un ambiente general de crítica a Washington. En la delegación oficial norteamericana no se ocultaba la irritación por el ritual de reproches que, cumbre tras cumbre, les arroja los países emergentes y/o en desarrollo y las organizaciones ecologistas, mientras otras potencias contaminadoras consiguen pasar desapercibidas o menos expuestas.

El debate está plagado de trampas. La deuda climática es algo indiscutible, que destacados activistas y científicos sociales vienen denunciando desde hace mucho tiempo. Incluso algunos destacados políticos norteamericanos en ejercicio demuestran una loable honestidad al admitir la responsabilidad de su país. El senador demócrata Ed Markey, asistente a la COP-27, manifestó: “Una cuarta parte del CO2 en la atmósfera es rojo, azul y blanco [colores de la bandera norteamericana]... EEUU tiene la responsabilidad moral y planetaria de promover y no prohibir una financiación climática equitativa. No podemos permitir que los países menos responsables de la crisis climática se conviertan en zonas de sacrificio y que además soporten en solitario esa horrible carga” (2).

Esta opinión, lamentablemente, no es compartida en el Capitolio, ni por los republicanos, ni por muchos demócratas. Es probable que los fondos que el presidente Biden ha prometido para la lucha contra el cambio climático naufraguen en la Cámara de Representantes salida de las recientes elecciones, ahora bajo control republicano. Sólo si el Presidente declara la emergencia climática podría actuar  mediante orden ejecutiva. Pero es dudoso que queme esas balas en una causa que se presta más a la retórica de los gestos que a las urgencias y componendas políticas.

Mientras se libran estas batallas propagandísticas, la deriva climática sigue causando estragos. El fondo compensatorio, si se concreta, llegará tarde para millones de personas amenazadas por la desertización, la sequía o las inundaciones violentas. Somalia es un caso patético de esta urgencia. Ocho millones de personas se encuentran en estado de desnutrición. Medio millón de niños podrían morir en los próximos meses si no llega ayuda alimentaria de inmediato. La región de Baidoa es el epicentro de esta catástrofe anunciada y repetida: hace treinta años sufrió una plaga idéntica y nada ha mejorado desde entonces (3).

ALIANZAS BAJO PRESIÓN

Las hipocresías climáticas tienen otros actores. No son secundarios los productores de fósiles, muy activos en las maniobras obstruccionistas para evitar compromisos siquiera teóricos de reducción. Arabia Saudí, entre otras potencias, lleva años ejerciendo una activa resistencia contra las iniciativas de protección climática que atentan contra sus intereses económicos. El plan 2030 del Príncipe Mohamed Bin Salman prevé una transición ecológica ambiciosa para su país con proyectos ambiciosos de inversión en energías renovables. Pero para ello necesita que el mundo siga dependiendo del petróleo que el Reino exporta (4). De ahí que haya sido uno de los países que más empeño ha puesto en la COP27 para impedir el compromiso contra los combustibles fósiles. Los gestos quedan ahogados en petróleo.

Estados Unidos contempla con dúplice aprensión las maniobras de sus aliados saudíes (y del resto de las petromonarquías del Golfo). No en vano, es también una potencia extractiva y las tensiones entre el compromiso ecológico y el interés económico es constante e irresoluble. Hace tiempo que Washington y Riad han desacompasado sus políticas. La reciente cumbre de la OPEP decidió rebajar la producción para mantener al alza los precios del crudo, lo que provocó un enorme malestar en la Casa Blanca.

Meses antes, Biden había regresado de su gira por Oriente Medio con el convencimiento de que los saudíes colaborarían en el control de precios, para compensar las tensiones energéticas generadas por la guerra de Ucrania. Para favorecer ese gesto, tuvo que tragarse el sapo del caso Khashoggi, el periodista opositor asesinado por agentes saudíes en Estambul. Según la inteligencia norteamericana, las órdenes del crimen señalaban al Príncipe heredero. La contención de Biden no ha sido tan apreciada por el Palacio Real, que, al final, se ha decantado por aprovechar las ventajas de una sintonía oportuna con Rusia, desairando de nuevo al gran amigo americano. Para cerrar el círculo de la impostura, el departamento de Justicia ha concluido esta semana que Mohammed Bin Salman está protegido por la inmunidad (5). ¿No se habían percatado hasta ahora? Los gestos de condena se disuelven de nuevo en un postureo que ridiculiza  las supremas causas, en esta ocasión la de los derechos humanos y la defensa contra las tiranías y los crímenes de Estado.

PROTESTAS SELECTIVAS EN EL MUNDIAL

En esta ensalada de gestos y postureos, el Mundial de Fútbol está ofreciendo ejemplos muy sustanciosos. En su primer partido del campeonato, los jugadores de Irán se abstuvieron de cantar el himno antes del partido como gesto de protesta por la represión de  las últimas semanas en su país. Un gesto que ha irritado a los más duros del régimen, al punto de reclamar castigos ejemplares para los díscolos deportistas, la mayoría de ellos residentes en el extranjero hace tiempo. Los medios internacionales jalearon a los futbolistas iraníes casi como héroes, mientras sacudían de lo lindo a los dirigentes de la FIFA. Gianni Infantino, el presidente del máximo organismo futbolístico, quiso atemperar las críticas por su pasteleo con la Casa Real qatarí con una declaración retórica de solidaridad con las personas LGTBI, perseguidas en Qatar. Pero cuando los capitanes de algunos equipos plantearon un gesto de apoyo al colectivo -salir al campo con brazalete de color arco iris- fueron advertidos de recibir tarjetas amarillas si lo llevaban a cabo. Los futbolistas se echaron atrás. El gesto quedó en nada (6).

Ha habido otros ejemplos de inconsecuencia mediática. En contraste con los casos antes señalados de Irán y Qatar, hemos asistido a un mutis absoluto sobre la conculcación de derechos en Arabia Saudí. Sólo a modo de ejemplo, se han registrado 120 ejecuciones en los últimos seis meses (12 en los días previos al comienzo del Mundial), lo que anuncia un nuevo récord anual. La sorpresiva victoria del modesto equipo saudí sobre Argentina de Messi, una de las favoritas para ganar el Torneo, neutralizó cualquier posible referencia crítica. La hazaña deportiva es un alimento más rentable que la siempre escurridiza incursión en las trastiendas políticas.

 

NOTAS

(1) “What are the key outcomes of COP27 Climate Summit”. FIONNA HARVEY. THE GUARDIAN, 20 de noviembre; “Climate talks fall short on the most crucial test”. FINANCIAL TIMES (Editorial), 20 de noviembre; “The 1,5C climate goal died at COP27-but hope must not”. DAMIAN CARRINGTON. THE OBSERVER, 20 de noviembre.

(2) “US receives stinging criticism at COP27 despite China’s growing emissions. OLIVER MILMAN. THE GUARDIAN, 22 de noviembre.

(3) “Trapped between extremists and extreme weather, somalies brace for famine”. DECLAN WALSH. THE NEW YORK TIMES, 21 de noviembre.

(4) “Inside the Saudi strategy to keep the world hooked on Oil”. HIROKO TABUCHI. THE NEW YORK TIMES, 21 de noviembre.

(5) “US declares Saudi crown prince immune form Khashoggi killing lawsuit”. THE WASHINGTON POST, 18 de noviembre.

(6) “Au Qatar, la FIFA remporte la guerre du brassard LGBT”. COURRIER INTERNATIONAL, 21 de noviembre.

EL MUNDIAL Y LA HIPOCRESÍA MÚLTIPLE

16 de noviembre de 2022 

Empieza este fin de semana el mayor espectáculo deportivo del mundo, sólo comparable a los Juegos Olímpicos. El planeta se viste de fútbol de norte a sur y de Este a Oeste. Por su alcance social y económico, el Mundial trasciende lo deportivo. En realidad, el fútbol hace tiempo que ha dejado de ser sólo un deporte o, si se quiere, no es fundamentalmente un deporte: es un enorme negocio y, por lo mismo, una fuente de poder y un terreno de conflicto.

El Mundial es el escaparate de ese entramado de intereses, en los que el juego es sólo una adormecedera que cautiva a miles de millones de personas. La pasión arrastra a las masas, secuestra a los medios y atrae a los políticos, empresarios y banqueros con una fuerza sin par. Ante tal energía, no comparable con cualquier otro fenómeno de masas, el mecanismo fieramente humano de la corrupción se activa de manera incontrolable.

Este año el Mundial es distinto. Porque se juega en otoño y porque se desplaza a una zona inédita y periférica, lejos de las frecuencias de hegemonía futbolera: Oriente Medio. Pero como el fútbol es poder y es dinero y es tráfico de influencias y corrupción, el lugar escogido es emblemático de todo eso: el Golfo de los petrodólares, de las monarquías absolutas, de la exhibición obscena de la riqueza y el despilfarro. En la última deriva del planeta fútbol en su búsqueda de mercados, el giro final ha llevado a Qatar, un minúsculo país de apenas dos millones de habitantes, cuyos naturales duermen cada noche sobre la tercera reserva mundial de gas natural. Un lujo sin disputa.

Este es un emirato con ínfulas, que se ha atrevido a cuestionar el dominio regional de Arabia Saudí y de ensayar iniciativas diplomáticas propias, lo que ha generado tensiones regionales. La dinastía Al Thani se ha sentido lo suficientemente fuerte como para flirtear con Irán o molestar de cuando en cuando a los regímenes más conservadores, para hacerse notar. Qatar ha jugado a ser el joven terrible de Jequelandia. Lo hizo en los noventa con la creación de Al Jazira, que sacudió la molicie informativa de Oriente Medio con una independencia desusada en la zona y llegó a poner en evidencia los sesgos y falacias mediáticas occidentales.

Al despuntar la segunda década de este siglo, encontró un nuevo desafío que acometer: posicionarse con fuera descarada y provocadora en el planeta fútbol. Desde la nada se lanzó a la conquista de las fortalezas balompédicas mundiales, con arrogancia y sin complejos, con la firme voluntad de triunfar y la munición suficiente para conseguirlo. El emirato movilizó todas sus capacidades financieras y, por ende, políticas. Y el ojo del huracán fue París, uno de los templos del Dios fútbol. Desde esa plaza creyó poder conseguir la certificación de su poderío, que pasaba por obtener la concesión del Mundial de 2022. No se buscó apoyos menores para el empeño. Picó en lo más alto: el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy.

La consecución del Mundial, complicada con la venta del PSG a los jeques qataríes,  es uno de los asuntos irresueltos de la última década: en calles, despachos y tribunales. Las causas por supuestos delitos de corrupción, tráfico de influencias y blanqueo de dinero siguen abiertas y salpican a lo más alto (el Eliseo de aquella época), al poder intermedio de los negocios (grupo Lagardère, Cadena hotelera ACCOR, etc) y a caballeros de la Mesa redonda deportiva, (oscuros ejecutivos como Blatter o brillantes viejas glorias como Platini). La historia de la concesión del Mundial es un culebrón gigantesco, a la medida de ambiciones y desvergüenzas de sus protagonistas acreditados y/o presentidos. Un reflejo de la deriva del fútbol como fenómeno global en las últimas tres o cuatro décadas, pináculo de la especulación capitalista y de la extensión del poder por todas las terminaciones nerviosas de la actividad humana. Para los interesados en los detalles, léase el documentado y metódico informe de LE MONDE (1).

Este Mundial estaba condenado a ser “carne de escándalo”. Algunas críticas pretenden ser éticas, debido a la evidente falta de respeto del país (como todos los de la zona) por los derechos humanos básicos y la especial saña con la que se trata a las minorías por esos pagos. O a las mayorías, véase mujeres, al menos la mitad de la población. Otros reproches están orientados por lo social: la construcción de estadios e infraestructuras ha puesto en evidencia la sobreexplotación de las masas inmigrantes, que son las que desempeñan las tareas más penosas en el emirato. Algunas organizaciones ofrecen cifras pavorosas de siniestralidad laboral. Se habla de 5.000 muertos en accidentes ocurridos durante las obras. Si tenemos en cuenta que habrá como mínimo 5.670 minutos de juego (sin contar las más que previsibles prórrogas o el tiempo de los posibles penalties), se puede decir que cada minuto de fútbol habrá costado una vida humana. Los qataríes refutan esas cifras y admiten sólo 34 muertes! Hay una investigación en marcha cuyo recorrido y alcance son dudosos (2).

Desde el mundo del fútbol, se han escuchado ronroneos de reproche de figuras ya retiradas o despliegue de pancartas en algún estadio. El malestar detectable no es ético, sino funcional (3). En Europa, núcleo hegemónico del Planeta Fútbol, no gusta que el Mundial se juega a mitad de temporada, convirtiendo las competiciones nacionales y la adorada Champions League continental en una suerte de coitus interruptus. Los jugadores, piezas financieras tanto o más que deportivas, se ven sometidas a un riesgo de lesión, de fractura; es decir, pueden devenir inversiones ruinosas. Cuando algún gobierno como el alemán se ha sumado a la crítica, ha encontrado respuesta. El jefe de la diplomacia qatarí replicó que el gobierno germano no ha tenido empacho en solicitar cooperación energética al emirato.

Para muchos hinchas, el Mundial, centro de peregrinación cuatrienal futbolística, requiere un templo reconocible, y Qatar no es ni puede serlo. Peor aún: es casi un lugar herético, una encarnación diabólica de los poderes malignos que se han hecho con el control de la maquinaria futbolística europea. Los jeques son amos y señores de viejos clubes de toda la vida. Han comprado las marcas, han puesto nombres a sus estadios, han hecho de los equipos el objeto de capricho de nuevos ricos, ajenos y extraños. Han generado los clubes-estado: el París St. Germain, el Manchester City, el Nottingham Forest, etc...

Pero la xenofobia o el racismo subyacente, que opera de lo lindo en esta corriente de malestar difuso y contradictorio, no empece para que los petrodólares sean muy bien venidos cuando se trata de consolidar, mejorar y ennoblecer las plantillas de jugadores. La locura de los fichajes es una enfermedad senil del fútbol que mina los fundamentos sociales de este deporte, quizás el más popular de todos, el más auténticamente conectado con las raíces más modestas de las sociedades europeas. El deporte de las clases trabajadoras en sus orígenes es hoy un monstruo del desclasamiento deportivo. El llamado fútbol base languidece en las profundidades de zonas vaciadas o en la sordidez de la marginación social, económica y deportiva. Las luces de los estadios futuristas donde, cuando no se juega al balón, se acuerdan tratos millonarios y se ejercen influencias políticas sin cuento, contrastan con la oscuridad de un vivero del que sólo sobreviven los llamados a ser estrellas, dígase activos financieros.

Se ha recordado estos días, con visible oportunismo, que el Mundial anterior se celebró en Rusia, cuatro años después de la ocupación de Crimea, cuando todavía Putin era un socio útil, con el que se podía y quería negociar, pese a su controvertido papel en la guerra de Siria. Algún ruido hubo, pero algún que otro oligarca ruso era el dueño del histórico Chelsea en Londongrado. Por las tribunas de los estadios de Moscú y San Petersburgo pasaron los dirigentes europeos sin demostrar demasiado incomodo. Como habían hecho años antes por el Pekín de las galas olímpicas, antes de que el discurso oficial hiciera de China el rival sistémico y de Rusia el enemigo prioritario. Las condenas internacionales en los tráfagos deportivos son enormes operaciones de propaganda temporal, que el vértigo de las competiciones reduce a basura y olvido.

En esta hojarasca de críticas, algunas bienintencionadas, otras simplemente hipócritas y la mayoría mal informadas, parecen quedar fuera de focos otros actores emergentes en el Planeta Fútbol con ambiciones similares sino mayores. EEUU se quiere sumar al negocio, tras unos inicios vacilantes y dificultosos, en los que las inercias deportivas y empresariales poco ayudaron.

La concesión del Mundial a Qatar en 2010 provocó una enorme irritación entre quienes habían apostado fuerte para llevarse la competición al otro lado del Atlántico, con Bill Clinton como agente visible de la operación de relaciones públicas. Se dice que desde Washington se han movido no pocas palancas para perseguir hasta el final a los protagonistas de la trama que otorgó al emirato el premio gordo. A la espera de las resoluciones judiciales en marcha, el país más poderoso del mundo ya obtuvo su compensación: Estados Unidos organizará el Mundial siguiente (2026), junto con Canadá y México, en una especie de joint-venture, que engrasará esa enorme zona de libre cambio diseñada en el NAFTA (Tratado de Libre Cambio en el Norte de América), precisamente cuando Clinton moraba en la Casa Blanca.

De Qatar a Estados Unidos-Canadá-México (éste último país como legitimador de la esencia futbolera frente a la condición de los otros dos socios neófitos del triunvirato), el Planeta Fútbol gravitará en una órbita inacostumbrada en casi una década. Pero sólo para las masas fieles y descuidadas de este deporte, no para su verdadero motor actual, el que condiciona su realidad cotidiana y secuestra su futuro: el dinero y el poder.

 

NOTAS

(1) “Attribution du Mondial au Qatar: Nicolas Sarkozy, Michel Platini et le rachat del PSG au coeur de l’enquête de la justice française”. RÉMI DUPRÉ y SAMUEL LAURENT. LE MONDE, 14 de noviembre.

(2) “The political debate swirling around the World Cup in Qatar”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 14 de noviembre”

(3) “The World Cup is tarnished. Should fans enjoy it anyway? THE ECONOMIST, 12 de noviembre.

ESTADOS UNIDOS: LA INANIDAD ELECTORAL

11 de noviembre de 2022

Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos han dejado un sabor de desgracia evitada o de alivio inesperado. La llamada “ola roja” (color del Partido Republicano) o el impulso decisivo para el regreso de Trump a la Casa Blanca no se han confirmado.

Según los resultados aún provisionales, el Partido Demócrata tiene serias posibilidades de mantener el control del Senado. Tardará en saberse. El escrutinio es muy apretado en Arizona y Nevada, donde se cuenta y verifica ahora el voto anticipado. Uno de los escaños de Georgia tendrá que dirimirse de nuevo (como hace dos años), al no conseguir ninguno de los contendientes el 50% de los votos. En la Cámara de Representantes, los reds  avanzan, pero menos de lo esperado. La mayoría de los candidatos que han hecho carrera al rebufo del anterior presidente hotelero han sido derrotados, en algunas ocasiones por otros concurrentes más tradicionales de Partido Republicano. Y no menos importante, la movilización demócrata ha permitido que en algunos estados (California, Michigan, Kentucky y Vermont) se hayan aprobado medidas para garantizar el derecho al aborto (1)

EL FRENAZO DE TRUMP

Los liberales o los conservadores tradicionales pueden sentirse moderadamente contentos, pero conviene señalar que el trumpìsmo no ha sufrido un daño irreparable. Por lo siguiente:

a) Trump es él y sólo él. Su popularidad es personal, no ideológica o política. Los proyectos de ultraderecha que respalda (como el racismo o el supremacismo blanco, la xenofobia, el odio racial, la persecución u hostigamiento de las minorías, el ataque a los avances y conquistas socio-culturales, etc.) son puramente instrumentales. Le sirvieron para dinamizar a una masa social descontenta con los cambios culturales impulsados por los sectores más activos de la democracia norteamericana.

b) Los que se han aprovechado del tirón de Trump en los últimos seis años pueden deshacerse con relativa facilidad de su legado y reivindicar nuevos enfoques ultraconservadores más presentables, pero no menos dañinos. Uno de los vencedores en estas elecciones, el candidato al Senado por Ohio, J. D. Vance, no mencionaron ni siquiera de pasada al expresidente en sus primeras palabras tras resultar electo. Otros incluso ya dejaron traslucir cierto alejamiento de su aparente “inspirador” político.

c) Los republicanos utilizaron a Trump en 2016 para canalizar el rechazo a Obama y la repulsa contra Hillary. Luego, el asunto se les fue de las manos. Después del 6 de enero (asalto al Congreso), el partido ha adoptado una posición ambivalente. Sin adoptar por completo el discurso incendiario del derrotado, han dejado que flotaran las dudas sobre la legitimidad de las elecciones de 2020. Perciben la debilidad de la administración Biden y harán lo que haga falta para que eso tenga consecuencias políticas concluyentes en 2024. Por ahora, nada está decidido. El establishment republicano puede lidiar con la disminución del impulso de Trump o volver a subirse a su carro si ocurre lo contrario (2).

d) Se ignora sobre qué bases va a construir Trump su plataforma política de regreso, aparte de la patraña del fraude electoral. La inflación ha sido el factor más rentable ahora y, de no aclararse el panorama internacional, puede serlo también en 2024, si continua la guerra. Algunos reps ya plantean limitar o condicionar el apoyo a Ucrania (nada de cheques en blanco, dicen). Asesores de política exterior debaten si el Partido debe volver al internacionalismo activista de Reagan o atrincherarse en un aislacionismo de miras más estrechas (3).

EL DILEMA DEMÓCRATA

En el campo demócrata, más allá de haber parado el impacto de una derrota sin paliativos que hubiera condenado irremisiblemente a la actual administración, las incógnitas de la segunda parte del mandato de Biden siguen abiertas.

La primera (no necesariamente la más importante, pero sí la que genera más atención mediática y politiquera) es si el actual Presidente aspirará a la reelección, debido a su edad y al alcance limitado de sus ambiciones reformistas. En realidad, hay un falso enfoque en la significación de estos años en la Casa Blanca. Biden quiso aprovechar el desafío del cambio climático y de la creciente hegemonía china para lanzar un ambicioso programa de inversiones públicas. Pero el obstruccionismo de algunos senadores de su propio partido y una estrategia un tanto confusa, así como su escaso vigor personal y político, echaron su empeño por tierra. Al menos parcialmente. A base de presiones y pasteleos, el programa se diluyó y minoró y, aunque aún se trata de un esfuerzo importante, la sociedad no lo percibe. Y lo que es más importante, tampoco las propias bases del partido demócrata.

En la plutocracia norteamericana se tiende a confundir los intereses de las élites políticas, económicas, mediáticas y sus correas de transmisión sociales (como sindicatos, grupos religiosos o asociativos) con las necesidades de la mayoría. Lo cierto es que más de la mitad del electorado potencial no tiene el mínimo interés de participar, y resulta insensible a las contiendas políticas, incluso cuando vienen adobadas del picante trumpiano o de episodios dramáticos como el del 6 de enero. Para una sociedad que asiste con escepticismo a la conculcación del derecho básico a la salud, la violencia policial, las matanzas en escuelas y lugares públicos por el uso y abuso de armas privadas, la degradación imparable de las condiciones de vida en las inner cities (medios urbanos degradados), o al perverso sistema de designación de los jueces del Supremo, el tibio discurso demócrata no tiene la fuerza motivadora suficiente para generar una nueva dinámica política.

LA DEBILIDAD DE FONDO

Estos días asistimos a los análisis casi unánimes de la prensa liberal sobre la salvación de la democracia, sólo porque los “candidatos de Trump” han sufrido, por lo general, un severo correctivo. Y se tiende a exagerar el éxito del esfuerzo de Biden por defender el sistema democrático, la credibilidad de las elecciones y la fortaleza de las instituciones. El formalismo del Presidente sólo llega a quienes no se sienten marginados o castigados por el sistema.

Lo cierto es que todo ello es cuestionable. Las elecciones en Estados Unidos no serían homologables en Europa. Pero no por las razones arteras que despliegan Trump y sus acólitos interesados, sino por todo lo contrario. No es el fraude el problema, sino las limitaciones al ejercicio del derecho de voto, la mil y una trapacerías que privan a los ciudadanos de emitir su sufragio (disenfranchisement). Por no hablar de una estructura socio-política que desincentiva la participación y genera un rechazo pasivo pero sostenido del sistema.

De todo ello se habla poco o nada en los grandes medios, liberales o conservadores, y ese relato dominante es el que se filtra a Europa y el que se asume con naturalidad y sin apenas espíritu crítico. Las elecciones de mitad de mandato, como cualquier otra, solo producen La promoción de carreras en curso (como la del presidenciable Ron de Santis, en Florida) y ajustes entre familias políticas más afines de lo que admiten unos y otros. El frenazo a Trump contenta a los sectores liberales y pone en guardia a los conservadores. Con eso basta para construir los discursos políticos en este tiempo. El resto permanece en la oscuridad de análisis y debates.


NOTAS

(1) “These are Tuesday’s  most important midterm election results. THE WASHINGTON POST (Editorial), 10 de noviembre; “6 takeaways from the 2022 elections”. AARON BLAKE. THE WASHINGTON POST, 9 de noviembre.

(2) “Election denial didn’t play as well as Republicans hope”. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre.

(3) “The fight for the future of Republican foreign policy”. WILLIAM INBODEN. FOREIGN AFFAIRS, 9 de noviembre; “The ‘Florida man’ shaping U.S. foreign policy”. AMELIA CHEATHAM. FOREING POLICY, 26 de octubre.

ISRAEL: UN PASO MÁS EN LA DEMOLICIÓN DE LA DEMOCRACIA

7 de noviembre de 2022 

Benjamín Netanyahu lo ha conseguido. Ha necesitado cinco elecciones en dos años y medio para anclarse en el poder, tras varios espejismos sobre su ocaso e, incluso, su liquidación política, no por las urnas sino por vía judicial. Pero el político israelí más decisivo desde Ben Gurion ha demostrado su férrea voluntad de resistencia a toda costa. Incluso al precio de degradar sin disimulo el sistema democrático.

 Israel se encuentra ante un abismo político, que excede de su indefendible actitud hacia los palestinos: son los propios ciudadanos israelíes los que deberían temer la deriva extremista en que se ha abandonado su clase política ante la debilidad institucional (1).

Con sus 32 escaños, el líder del Likud, el gran partido de la derecha nacionalista conservadora, cumple con su designio de reagrupar bajo su control a todas las formaciones a su derecha, una ultraderecha plural y cada vez más numerosa en votos y en adhesiones sociales, a saber:

-          Las dos alas étnicas de la ortodoxia religiosa: la sefardí (agrupada en el partido Shas, que bate todos sus récords y obtiene 11 diputados) y la  ashkenazi (la formación Yahudat Hatorah o Unión de la Torá, anclada desde hace años en sus 7 diputados).

-          El pujante ultraderechismo religioso sionista (es decir, partidarios de la idea política de Israel, contrariamente a los ortodoxos), que agrupa a colonos fascistoides y segmentos de tradición terrorista (herederos del partido del rabino Kahane) bajo el liderazgo de Ytamar Ben Gvir y Belazel Smotrich, partidarios de la anexión del territorio palestino y de una represión brutal y sin contemplaciones (2). Reclaman incluso la expulsión de los árabes israelíes que se opongan a la línea dura (3). Han obtenido 14 escaños, ocho más que hace año y medio, cuando emergieron de la marginalidad y entraron con fuerza en el Parlamento. Su crecimiento ha sido a costa de las pequeñas formaciones de derecha que brotaron en parte por cansancio o irritación por las manipulaciones de Netanyahu.

-          La ultraderecha nacional-conservadora tradicionalmente procedente de los núcleos de inmigrantes procedentes de la antigua Unión Soviética y los países del Este durante el periodo final de los regímenes comunistas; el partido que mejor les representa es Ysrael Beitenu (Nuestra casa Israel), del muy radical Avigdor Liebermann, que , a pesar de un relativo debilitamiento, ha conseguido asegurar 6 escaños. En sus años como  ministro de Defensa de Netanyahu, el Tsahal protagonizó algunos de los episodios más oscuro en la persecución de la resistencia palestina.

En total, el bloque de las derechas (más radicalizado y extremista que nunca) reúne 70 de los 120 asientos de la Knesset y se asegura una mayoría absoluta aparentemente cómoda. El riesgo puede producirse por la intransigencia de los religiosos sionistas en la política represiva hacia los palestinos o de los ortodoxos en materia socio-cultural. De Liebermann pueden esperarse peticiones más prosaicas. Sin duda, Netanyahu tendrá que ejercer sus consumadas habilidades de maniobrero, siempre con la mira puesta en blindar a su persona de las pesquisas judiciales por corrupción y abuso de poder.

Desde Estados Unidos, el gran protector de Israel, se contempla con incomodidad esta deriva extremista, en particular en el campo demócrata. Es conocida la falta de sintonía de Biden con Netanyahu, desde que éste rozara la humillación cuando el actual Presidente era el segundo de Obama. El consabido lobby judío norteamericano se encuentra muy dividido desde hace años. Los sectores más jóvenes o abiertos no aceptan a pies juntillas todo lo que se hace en Jerusalén, y mucho menos el flirteo con el autoritarismo envuelto en retórica religiosa y providencialista.

Incluso un diplomático como Denis Ross, que ha defendido sin disimulo los intereses de Israel en las desequilibradas negociaciones del proceso de paz con los palestinos, se confiesa alarmado por el peso que personajes como Ben Gvir y Smotrich van a tener en el próximo gabinete y, a buen seguro, en el futuro político israelí a medio plazo, en particular en lo que se refiere a las relaciones con Washington (4).

El regreso de Netanyahu a lomos de estos extremistas pujantes se produce en un momento relevante de la desesperación palestina. Han aparecido organizaciones de base, lideradas por activistas jóvenes, en ciudades con Nablus y Jenin que trascienden las divisiones ideológicas y partidarias clásicas (5) . Son grupos por lo general radicalizados, debido a la persistencia de duras condiciones de vida. Esta nueva forma de lucha supone un desafío tanto para las fuerzas de seguridad israelí como para las anquilosadas estructuras burocráticas de la Autoridad Nacional Palestina o para el liderazgo islamista.

 

NOTAS

(1) “Eléctions en Israël: l’ enjeu n’est pa Nétanyahu, mais l’avenir de la démocratie”. PASCAL FENAUX. COURRIER INTERNATIONAL, 1 de noviembre.

(2) “Ben Gvir, le mauvais génie de la droite israélienne. LOUIS IMBERT. LE MONDE, 3 de noviembre.

(3 ) “What do Israel’s new far-right kingmakers want?” ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 3 de noviembre.

(4) “A narrow government with Ben Gvir and Smotrich threatens US-Israel ties”. DENNIS ROSS  y DAVID MAKOVSKY. TIMES OF ISRAEL, 2 de noviembre (reproducido por THW WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST).

(5) “À Naplous et à Jénine, les nouveaux visages de la résistance palestinienne”. STEPHANIE KHOURIE. L’ORIENT-LE JOUR, 27 de octubre.

BRASIL LOS RIEGOS DEL TERCER MANDATO DE LULA

2 de noviembre de 2022

Lula será presidente de Brasil por tercera vez, a partir de enero... si no sucede algo dramático o o inesperado, improbable pero no descartable a tenor del ambiente generado por el sector más extremista de la élite socio-económica. Bolsonaro se ha quedado a medio camino entre aceptar los resultados del 30 de octubre y fomentar la rebelión, seguramente aconsejado por quienes han favorecido su mandato.

Desde fuera, en los sectores liberales y moderados de Occidente, se percibe un doble alivio por los resultados. El primero y más proclamado se deriva de la derrota del actual presidente ultraderechista, que se vende como una victoria de la democracia sobre la autocracia, en línea con uno de los pilares ideológicos y propagandísticos de Biden y con el actual relato con el que se encuadra la guerra de Ucrania.

El segundo alivio se debe a la estrecha victoria de Lula (apenas dos millones de votos de diferencia). Esto resulta más decisivo y práctico para el futuro inmediato de Brasil. Se destaca, ciertamente, el riesgo de desestabilización que puede generar la polarización subyacente. Pero eso es algo que trasciende la cita electoral: es una realidad convenientemente abonada, con especial énfasis durante el gobierno de Dilma Roussef. El alivio de los poderes económicos se deriva de la necesidad que tendrá Lula de gobernar “desde el centro”; es decir, en realidad, sin alterar la actual estructura de poder socio-económico, ni efectuar sacudidas importantes en el reparto de la riqueza, en un país tan desigual como Brasil (1).

La alianza que ha propiciado esta victoria estrecha de Lula ya prefiguraba esta orientación de su tercer mandato. La presencia de grupos políticos de centro e incluso de la derecha un tanto espantada por las exhibiciones ultras de Bolsonaro condicionaron el mensaje del expresidente candidato y envolvieron su programa en una evidente ambigüedad. Los analistas liberales han venido destacando estos meses las incógnitas sobre los propósitos de Lula (2).

Nada de esto constituye una novedad. En sus dos mandatos consecutivos anteriores (elección primera y reelección posterior), Lula gobernó desde el centro-izquierda, sin socavar los fundamentos socio-económicos del país. Se apoyó en los recursos generados por el aumento de la venta de materias primas alentadas por la enorme demanda de la economía china y de otras potencias emergentes para hacer llegar fondos de rescate de la pobreza (como el programa Bolsa Familia y otros).

Más que intentar poner las bases de un sistema socialista democrático, Lula construyó un populismo social en sintonía parcial con otras experiencias progresistas de la primera década del siglo, pero sin la retórica bolivariana que impregnó los gobiernos de Chávez, Morales o Correa. En cierto modo, conectó más con la gestión de los Kirchner en Argentina, aunque las diferencias políticas y sociales entre los dos países y una difícil sintonía personal entre los líderes imposibilitó un eje regional cohesionado. En las dos izquierdas que cohabitaron esa década en América Latina, Lula estuvo más cerca de Chile que los ensayos izquierdistas.

En una interesante entrevista con la revista izquierdista norteamericana JACOBIN, el que fuera Secretario de Comunicación de Lula, André Singer, expone la transformación de las bases sociales y políticas del entonces presidente del primer al segundo mandato (3). En sus primeros años de Presidente, Lula y el PT se apoyaron en el favor de las clases medias para abordar una estrategia de reducción de la pobreza, no de transformación de las estructuras económicas. Programas sociales como Bolsa Familia y otros (similares a las misiones chavistas, pero sin la mística revolucionaria de éstas) contribuyeron a crear una base socio-política que dio lugar al “lulismo”, según expresión de Singer. Las clases medias comenzaron a sentirse inquietas y encaminaron sus preferencias políticas hacia el PSDB (Partido Socialdemócrata), que sólo en sus orígenes fue de centro-izquierda para situarse enseguida en el muy disputado terreno de la derecha brasileña.

El subproletariado urbano y la incorporación de las muy pobres masas rurales del nordeste constituyeron el apoyo nuclear de Lula en su segundo mandato. Mientras hubo dinero en los cofres del Estado, la atención coyuntural a estas masas míseras de la población cimentaron la popularidad de Lula. Cuando la demanda de materias primas se contrajo, el lulismo se debilitó. Pero el desencanto se produjo en la etapa política siguiente, con Dilma en Planalto. La derecha percibió el descontento social y orquestó una despiada campaña contra la heredera de Lula. Luego vinieron los casos de corrupción, o, para ser más preciso, las sucesivas manipulaciones políticas, mediáticas y callejeras campañas de demolición de esa izquierda populista. No le importó a la derecha socavar incluso los pilares del sistema democrático, lo que favoreció el triunfo electoral de Bolsonaro.

La chapuza del procedimiento judicial que llevó a Lula a la cárcel se volvió contra sus propios instigadores. El expresidente recuperó su libertad, mientras el peligroso Bolsonaro se saltaba todos los controles e iba mucho más lejos de lo que el sector más razonable de la oligarquía brasileña habría deseado. Sin Trump y con el nacional-populismo en relativo retroceso, era hora de volver a los cauces de la democracia liberal. Pero la derecha no había generado una figurar para liderar la normalización. Lula sabía que no podía regresar a la Jefatura del Estado con un programa populista y se ha dedicado en estos últimos años a construir una alianza amplia, interclasista, si se quiere, pero sin abandonar, al menos de palabra, a esa base de pobres absolutos y de obreros y empleados urbanos desconfiados (4).

Si echamos un ojo al mapa electoral del 30 de octubre, observamos que Bolsonaro se ha impuesto claramente en el sudeste industrializado y más rico. Las tradicionales bases obreristas del PT no han podido derrotar al presidente-candidato ultraderechista en esas regiones. Lula ha vencido claramente, en cambio, en las regiones más míseras y atrasadas (de donde él procede, por cierto), donde la población ha votado más que nunca. Pero el antiguo líder sindical no hubiera ganado sin los votos minoritarios pero imprescindible de obreros y empleados del sudeste.

Lula ha dicho que quiere gobernar para todo el país, que quiere ser el Presidente de todos los brasileños. Es una fórmula tan manida como hueca, más destinada a tranquilizar a unos adversarios que velan armas que a alimentar la ilusión de quienes sueñan con el cambio social.

En esa contradicción residen los riesgos del tercer mandato de Lula. Como en todas las sociedades dominadas por una abrumadora desigualdad, el equilibrio entre la estabilidad económica (divisa de las élites) y la justicia social suele ser precario y casi siempre se resuelve a favor de lo primero. Es difícil gobernar como socialdemócrata en un país tan escindido. Las clases medias brasileñas tienen más miedo a las masas pobres (el subproletariado del que habla Singer) que rechazo a la oligarquía financiera y agroindustrial

Por si la debilidad de los apoyos sociales no fuera poco, en el aspecto político, el horizonte político que se le presenta a Lula no puede ser más perturbador. Bolsonaro no ha ganado la presidencia, pero los suyos, afines y potenciales aliados se han impuesto claramente en las legislativas del 6 de octubre, hasta obtener una mayoría que, a buen seguro, obstaculizará la labor del ejecutivo. Si a eso se suma el estado inquietante de la economía (5) y un panorama internacional desfavorable no es difícil augurar un tercer mandato de Lula plagado de riesgos.

 


NOTAS

(1) “Lula da un giro al centro. Jair Bolsonaro, el adversario ideal”. BRENO ALTMAN. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre de 2022.

(2) “How left-wing on economics is Luiz Inácio Lula Da Silva?” THE ECONOMIST, 19 septiembre.

(3) “Lula’s former press Secretary on the meaning of ‘lulismo’”. Interview with André Singer. JACOBIN, 30 de octubre 2022.

(4) “Lula se rapproche du centre-droit ‘pour renforcer l’idée  d’un front républicaine’”. COURRIER INTERNATIONAL (resumen de prensa brasilena)., 12 de octubre; “Pour gouverner le Brésil, Lula devra négocier et construir des alliances”. LE MONDE, 1 de noviembre;

(5) “Lula will be Brazil’s next President. Now for the hard part”. THE ECONOMIST, 1 de noviembre.

 

EUROPA: DEMOCRACIAS DEGRADADAS

26 de octubre de 2022

Las urgencias políticas provocadas por la crisis económica derivada de la guerra de Ucrania (y de otros factores menos publicitados) han agudizado los procesos de degradación del sistema democrático en el mundo liberal occidental. Mientras desde despachos políticos, mediáticos y académicos se sermonea sobre la necesidad de proteger las democracias frente a la amenaza de las autocracias (Rusia, por supuesto; y también China, Irán y otros enemigos habituales), se asiste en estos pagos a un deterioro del funcionamiento político. Recientemente, se han avistado con más claridad los casos de Reino Unido e Italia y, en modo menos aparatoso, también el de Francia.

GRAN BRETAÑA: EN MANOS DE UN CLUB REDUCIDO

Gran Bretaña ha tenido tres jefaturas del gobierno desde el principio del verano. Lo que ha preocupado más a los poderes reales es la denominada “inestabilidad política”, muy mala para los “negocios”. En realidad, han sido esos “negocios” los que han propiciado la inestabilidad, con sus reacciones determinantemente contundentes a las veleidades políticas.

El Brexit desencadenó un proceso de reconfiguración de las fuerzas políticas británicas. Han sido más visible los cambios en el Partido Conservador, porque es el que ha desempeñado la responsabilidad del gobierno en estos últimos siete años. Pero también el laborismo se ha visto sacudido por el divorcio de Europa. O los liberales, en su estrecho margen de maniobra. O los nacionalistas escoceses, a la espera de una nueva oportunidad separatista. Y también los secesionistas católicos irlandeses, alentados por tendencias demográficas favorables.

Los tories viven un drama permanente. La trituradora de líderes funciona a pleno rendimiento, activada desde dentro, en un reflejo de autodestrucción de una intensidad sin precedentes, incluso en un partido que arrastra una tradición cainita muy refinada. El aprendiz de brujo Cameron, la indecisa hamletiana May, el abrasivo devorador Johnson y la doctrinaria oportunista Truss se han consumido en sus propios errores y en su mal definidas y peor ejecutadas ambiciones. Sunak está llamado a terminar con esta saga de los horrores. Pero no debe darse por descontado. Los cuchillos no se han envainado en Westminster.

Rishi Sunak era una opción cantada a principios del verano. Se le atribuía una competencia para el cargo, que él era el primero en jalear. Un ejecutivo bancario para sostener el timón de una economía a la deriva (1). Un hombre rico de orígenes relativamente modestos. El mito del hombre hecho a sí mismo. Un perfil racial que resulta novedoso y conveniente, en estos tiempos donde los gestos son más importantes que la sustancia (2). Cierto es que también arrastra páginas oscuras (3), como las declaraciones fiscales de su esposa, una multimillonaria perteneciente a una de las nuevas dinastías pioneras de esa oficina del mundo en que se convertido la India (su padre es el fundador y patrón de Infosys).

Para completar el expediente, Sunak también cumplía con la tradición de matar al mentor o, si se prefiere, de apuñalar al líder descarriado. Dimitió del gobierno cuando Boris Johnson aún luchaba por mantenerse en el 10 de Downing St. La mayoría de los parlamentarios lo auparon como el candidato preferido. Pero al brotar otros alternativos, se quedó corto en los apoyos y hubo que activar la consulta a los militantes.  En esa especie de primarias de los tories, la base optó por Lizz Truss, ministra también de Boris Jonhson, leal hasta el final, para guardar las apariencias. Ya se ha comentado aquí el camino que escogió la efímera líder para marcar época: emular a Margaret Thatcher y desenterrar del basurero de los dogmas económicos un neoliberalismo atroz. Se apoyo en Kuarteng, un viejo camarada ideológico, al que hizo Jefe del Tesoro. Los números de su programa de reducción de impuestos a ricos y empresas y de apoyo indefinido a los hogares modestos no cuadraban. Pero los dos pensaron que, a la postre, funcionaría esa economía vudú reaganiana, que consistía en favorecer primero a los adinerados con la convicción de que la riqueza terminaría por filtrarse hacia abajo (‘trickledown’).

Sin embargo, el mundo de los negocios al que pretendían servir les dio la espalda. El momento era pésimo. En sólo unos días, la libra se desmoronó y los fondos de pensiones quedaron expuestos a las turbulencias financieras. El Banco de Inglaterra tuvo que ejercer de salvavidas. Truss entregó la cabeza de Kuarteng a los mercados para salvar la suya. Pero cuando ese tipo de furias se desata, no valen medias tintas. Ella estaba también condenada a seguir el camino del cadalso.

La incompetente primera ministra no tenía actualizadas sus lecturas. El neoliberalismo se ha refinado, se ha hecho más prudente. Ahora se refugia en la seriedad fiscal, que consiste en no apretar al capital, pero tampoco concederle impopulares  avenidas ilimitadas. Sunak es un exponente de esa línea más discreta. Trató de hacerse valer durante el pulso del verano con Truss, pero el discurso de su rival resultó más convincente a una militancia que ha sido emborrachada durante años con ensoñaciones nacional-populistas.

Con todo, lo más relevante de esta crisis no es el debilitamiento de los conservadores, sino la degradación de la democracia. El drama de los últimos meses ha eludido las urnas. La responsabilidad de gobernar se ha dirimido en una disputa interna sin que el conjunto del electorado haya sido convocado. Truss fue elevada al cargo por 160.000 militantes.  Ahora, Sunak solo ha necesitado el aval de un centenar largo de diputados de su partido para disuadir a potenciales rivales internos de contestar su candidatura. Con su cómoda mayoría en los Comunes (365 asientos), los tories podrán respirar. Al menos de momento, porque  Sunak está lejos de ser un líder incontestado (4). Para cubrirse ante lo que viene, ya ha anunciado medidas difíciles, dolorosas impopulares, con las que afrontar una inflación que ha superado el 10%, un agujero fiscal de 35 mil millones de euros y una recesión que podría alcanzar el 2%.

Los laboristas, a quienes los sondeos conceden una ventaja de 30 puntos, han denunciado este escamoteo de la democracia y exigido elecciones generales. Pero cabe preguntarse si ellos no hubieran hecho lo mismo si se hubieran visto en semejante tesitura. Son las normas y no la voluntad de cada cual en cada caso lo que degrada la democracia.

Políticos y analistas eluden este aspecto estructural de la crisis británica. Prefieren destacar la coyuntura, el momento. Es significativo que se haya evocado el fenómeno de la italianización. ‘Britaly’, ha sancionado THE ECONOMIST, para referirse a lo que se está viviendo (5). Las semejanzas se quieren ver en ciertos apuros económicos y en la volatilidad de los gobiernos, en una inestabilidad que se hace crónica. Sin embargo, como el propio semanario liberal reconoce, Gran Bretaña e Italia se parecen más bien poco. Como un huevo a una castaña.

El sistema electoral británico favorece unas mayorías ficticias, en las que el partido vencedor es premiado con un número de diputados mucho mayor que el porcentaje de votos reales obtenido. Eso reduce las opciones políticas en el Parlamento. En Italia, en cambio, se permite una mayor pluralidad, aunque las coaliciones corrigen o limiten esa tendencia. En Gran Bretaña, la inestabilidad reciente se ha debido al debate inacabado en las filas conservadoras (aunque se detecta también en laboristas, liberales y nacionalistas). En Italia, los vaivenes políticos se anclan en un descrédito general de la clase política, en el desdibujamiento de los perfiles ideológicos y el cinismo de un electorado que cambia de humor sin aparente sentido estratégico. Esta realidad se ha vuelto a manifestar estos últimos días.

ITALIA: EL NEOFASCISMO DESCAFEINADO

La alarma de la elección de una neofascista para encabezar potencialmente el gobierno se ha demostrado exagerada, como ya advertimos aquí. Los puestos claves del equipo de gobierno armado por Giorgia Meloni) ahuyentan los temores a una deriva ultra o populista (6).

Los políticos italianos de cualquier tendencia tienen desde hace tiempo muy claro que con las cosas de comer no se juega. No parece que Meloni vaya a desafiar a Bruselas, porque tiene una necesidad perentoria de recibir los fondos de recuperación. Tampoco es previsible que se atreva a aplicar un programa muy radical de revisión de derechos sociales e individuales, porque su observancia es un condicionamiento de las ayudas mencionadas. Meloni no jugará a comportarse como Orbán, cuando éste último juega a una cierta moderación para conseguir de nuevo la indulgencia de los liberal-conservadores europeos.

De esta forma, el electorado que ha elevado a los neofascistas con la esperanza de propiciar un cambio de rumbo real se pueden ver pronto defraudados. Es otro factor de degradación de la democracia. Se vota a unos líderes que proclaman y/o prometen cosas que no pueden cumplir (por no decir que carecen de la mínima voluntad de hacerlo). El círculo infernal del deterioro democrático continua.

FRANCIA: GOBERNAR POR DECRETO

En otros casos, la democracia se atasca en la letra pequeña. Asistimos estos días en Francia, a una manifestación concreta de esta tendencia. El gobierno del Presidente Macron, ante la falta de una mayoría parlamentaria tras las elecciones de la pasada primavera, ha decido recurrir al decreto ley (que allí se codifica en el artículo 49.3 de la Constitución), para aprobar la ley de Presupuestos y la de financiación de la Seguridad Social.  La izquierda y la extrema derecha han coincidido en promover y respaldar una moción de censura, sin efectos prácticos. El uso del 49.3 ha sido empleado por Macron cuando se ve en dificultades. Se escamotea en este caso la voluntad popular delegada en la Asamblea Nacional. El reparto de poderes se transforma en una jerarquización de los mismos con primacía del Ejecutivo, en nombre de la gobernabilidad. O de la “responsabilidad”, como dijo la primera ministra, Elizabeth Borne, haciendose eco de pronunciamientos similares efectuados en otro momento por el Jefe del Estado.

Macron hace pasar unos Presupuestos que vuelven a reforzar las sospechas de protección de los más favorecidos, de ser el “presidente de los ricos”, como acusa la izquierda o la extrema derecha, por mucho que a él le duela (7). El espectro de la revuelta de los ‘gilets jaunes’ aparece de nuevo en el horizonte de un otoño y un invierno inciertos como pocos.

En esta danza turbia de las vicisitudes políticas, dos líderes tan aparentemente opuestos como Macron y Meloni se dejan fotografiar juntos para poner de manifiesto la superioridad de los intereses de ambas naciones por encima de las diferencias ideológicas de sus dirigentes. Otra escena habitual del teatro político. Macron, que se erige en baluarte frente a la extrema derecha francesa, se muestra ahora conciliador con los afines italianos de Marine Le Pen. Y Meloni, que atiza sonoramente el elitismo de la clase política liberal italiana, comparte sonrisas con el líder europeo que más claramente defiende lo que ella ataca con tanta pasión.

  

NOTAS

(1) “Rishi Sunak is anointed Britain’s new prime minister”. THE ECONOMIST, 24 de octubre.

(2) “Rishi Sunak and curious arc of History”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 25 de octubre.

(3) “Coke, car trouble and class: some awkward Rishi Sunar moments”, THE GUARDIAN, 24 de octubre.

(4) “Will Rishi Sunak find the fractured Tory party is ungovernable. THE GUARDIAN, 25 de octubre.

(5) “Welcome to ‘Britaly’”. THE ECONOMIST, 19 de octubre.

(6) “Italie: la dirigeante  d’extrême droite Giorgia Meloni presente un gouvernement destiné a rassurer les partenaires de Rome”. LE MONDE, 22 de octubre.

(7) “L’examen du Budget reactive le procès contre Emmanuel Macron, ‘president des riches’”. CLAIRE GATINOIS. LE MONDE, 25 de octubre.

CHINA: UNA CERTEZA Y NUMEROSAS INCÓGNITAS

 19 de octubre de 2022     

El XX Congreso del Partido Comunista de China confirmará la designación de Xi Jinping para un tercer mandato. Esto es lo único que se da por seguro en medios diplomáticos, estratégicos y académicos occidentales. El resto son incógnitas o, en el mejor de los casos, percepciones, suposiciones o derivaciones de declaraciones o documentos escritos generalmente ambiguos o de una solemnidad opaca.

 La incomodidad occidental hacia China no es nueva ni puede anclarse en la reforzada deriva autoritaria que se le asigna al actual máximo dirigente. La desmaoización provocó cierto entusiasmo en las élites occidentales durante los años ochenta. Se vio en Deng Xiao Ping un referente de pragmatismo y racionalidad, de potencial cooperación y hasta de una profunda transformación sistémica desde dentro, hacia una economía más abierta, incluso mixta, con un terreno desconocido para la iniciativa privada, antesala de la penetración extranjera, es decir, occidental. El ejemplo chino resultaba estimulante frente al deterioro galopante de la URSS, atrapado en la guerra de Afganistán, la esclerosis del sistema y una gerontocracia terminal.

Ya se sabe, sin embargo, cómo acabó la apertura china. Tiananmen corrigió todas las falsas expectativas. Deng quería una China fuerte económicamente, próspera socialmente, pero no libre al estilo occidental. Nunca se sintió seducido por la democracia liberal. Recientes estudios abonan este juicio (1). Si bien algunos de sus delfines, como el jefe del gobierno, Zhao Ziyang, eran partidarios de ir más allá e incluso de negociar con los estudiantes que reclamaban un largo catálogo de libertades, el “pequeño gran líder” optó por la mano dura y la represión.

Desde entonces, China ha seguido ese libreto. Los dogmas son puramente ceremoniales. Se acude a ellos en la medida en que sean útiles. El comunismo (la sociedad sin clases) es una referencia retórica, una creencia tan vaporosa como la vida eterna. La democracia liberal, un concepto extraño, engañoso, peligroso e innecesario. Lo que ha importado es crecer, crecer y crecer. Aún a costa de sacrificar cada vez más los parámetros de la igualdad doctrinaria. El propio Deng admitió que durante cientos de años China tendría que vivir con notables segmentos sociales de pobreza antes de vislumbrar n un horizonte venturoso para todos.  

El menudo dirigente inspirador de esa nueva clase posmaoísta desideologizó el Partido. Lo anestesió. Lo convirtió en una cantera de tecnócratas y administradores. Incluso después de Tiananmen, al capital extranjero le costó poco convencerse de lo rentable y jugoso que era invertir en China. En Occidente se secaron pronto las lágrimas por la represión. China era un mercado impresionante. Pero a medida que el país se sentía cada vez más seguro y se atrevía a desafiar, sin alharacas, el control occidental sobre la economía mundial, brotaron los primeros síntomas de inquietud. Manejables, en todo caso, porque a Pekín le faltaban los instrumentos tecnológicos, financieros y disuasivos para imponer sus condiciones.

 

La revolución silenciosa china (o contrarrevolución, según se mire) se abría camino, favorecida por una política exterior discreta e incluso conciliadora. China no quería voltear el orden liberal, fiel a la máxima del líder inspirador: “esconde tu fuerza, aprovecha tu momento”. Nada de exhibiciones de fuerza, de propósitos amenazadores, de reclamaciones desestabilizadoras.

Pero por debajo de esa aparente tranquilidad brotaba cierta incomodidad de las élites chinas, que aspiraban a una proyecto nacional más ambicioso, menos constreñido por las normas del capitalismo global impuestas por Occidente y, en particular, por Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, se agudizaban en el interior las contradicciones de ese “capitalismo de Estado” que había tomado el relevo de las sucesivas colectivizaciones forzosas. La sociedad china era cada vez más desigual, la nueva riqueza estaba mal repartida, como corresponde a una economía capitalista, sea cual sea el ribete que se le ponga. Para asegurar un crecimiento equilibrado y prevenir estallidos sociales indeseables, China debía expandir su nuevo poderío, abrirse al mundo, es decir, crear mercados en condiciones favorables. Dictar sus términos. Y para ello no bastaba su pujanza productiva, su disciplina social. La fase de la cooperación sumisa o complaciente con Occidente debía dar paso a la competencia. O a la competitividad. China podía ser el número uno y no un eterno número dos. Y eso exigía enseñar los dientes y flexionar los músculos.

Este nuevo enfoque necesitaba un nuevo estilo de liderazgo. La pose administrativa de Jiang Zemin (1993-2003) y la tecnocrática de Hu Jintao (2003-2013) ya no servían ( ). Era preciso un jefe más asertivo, con un designio más ambicioso, con una visión más amplia. Se abrió paso Xi Jinping. No era un recién llegado. Pertenecía a una de las ‘dinastías’ revolucionarias. Hijo del general Xi Zhongxun, guerrillero de la primera hora, luego purgado en los sesenta, como uno de tantos millones. El propio Xi Jinping bebió del cáliz amargo de la Revolución Cultural entre finales de los sesenta y primeros de los setenta.

Xi Jinping no era especialmente brillante, según afirma Cai Xia, un veterano dirigente, en su día profesor en la escuela de Partido y hoy residente en Occidente (2). Pero sus  credenciales eran impecables. Resistió la dura prueba de resistencia y conservó el favor de los militares por el prestigio paterno. Otros analistas sostienen incluso que Jiang Zemin lo promovió en la escala jerárquica provincial por considerarlo más manejable que otros dirigentes ambiciosos.

Pero, como suele ocurrir con este tipo de cálculos selectivos, nada o casi nada sale como se había previsto. Xi interpretó con audacia los nuevos tiempos y dibujó la necesidad de una nueva asertividad. Acabó con los complejos o con la discreción. Sin temeridades, eso sí. Sin precipitarse. Desde el principio de su mandato, en 2013, pilotó la modernización y refuerzo de las Fuerzas Armadas, proclamó la voluntad de recuperar la soberanía sobre territorios en disputa con sus vecinos asiáticos, desplegó visiblemente medios militares para hacer creíbles  sus declaraciones, renovó el designio de la reunificación nacional (mediante la absorción de Taiwan, cuando fuera conveniente) y se empeñó en un plan de penetración económica en el mundo emergente o en desarrollo, en abierta competencia con Occidente. En apenas diez años, China ha cambiado y ha transformado también al mundo (3).

Sin embargo, mientras se hacía fuerte frente al exterior, la nueva potencia china empezaba a dar muestras de fatiga. Xi heredó las consecuencias de la crisis financiera internacional, de la que salió no con facilidad. No pudo zafarse de las tensiones sociales arrastradas desde décadas atrás, de fragilidades notables (como la bancaria o la inmobiliaria) y de quiebras estructurales. La exigencia doctrinaria de rearmarse frente a la creciente hostilidad occidental le llevó a cuestionar ciertas bases del desarrollo de los veinte años anteriores. Se ha concedido más poder, (más crédito, también) a las empresas estatales mientras se ha vigilado y constreñido a la iniciativa privada. Las condiciones de las ‘joint-venture’ con las empresas extranjeras se han hecho más duras. Algunos interpretan estos cambios como una vuelta a la ortodoxia ( ). No parece que se trate de eso. Xi Jinping no pretende la recuperación de un comunismo ortodoxo, de un colectivismo doctrinario. Trata simplemente de crecer sobre un capitalismo de Estado que sirva a su proyecto nacional de “rejuvenecimiento”, según dicen los textos oficiales.

En este proceso, Xi ha encontrado obstáculos entre esos diez millones de afiliados al Partido, pero sobre todo en el millón que compone su vasta élite dirigente y sus aliados de los negocios. El engranaje que mueve toda esa maquinaria estaba engrasado por una corrupción institucional y sistémica, capaz de ralentizar y boicotear los cambios. Por eso, una de las primeras y más sonadas iniciativas de Xi Jinping fue lanzar un campaña masiva y extensa para erradicar la corrupción. Cientos de miles de altos cargos fueron purgados; los más destacados, o los más peligrosos para el nuevo liderazgo, simplemente eliminados. Desde dentro y desde fuera del sistema, se dice que Xi aprovechó el tirón popular de la lucha contra la corrupción para deshacerse de rivales reales potenciales o pretendidos. Como en los viejos tiempos.

Esta “limpieza” de las cañerías era sólo una parte del afianzamiento del nuevo poder. Era preciso también prevenir las protestas y el malestar de la sociedad civil ajena a las luchas palaciegas y/o partidarias. XI ha reforzado el aparato represivo, vigilado más de cerca a las ong’s y dificultado la labor de las organizaciones de apoyo extranjeras. Los recursos tecnológicos de nueva generación como el reconocimiento facial y el rastreo cibernético facilitaron esta nueva sociedad de la vigilancia que impera sobre todo el tejido social (5).

Jinping se sintió lo suficientemente fuerte como para completar el círculo del control absoluto. Hizo que esa nomenklatura fidelizada aceptara la ruptura de la norma sucesoria vigente y la eliminación del límite de dos mandatos en la cúspide del Partido y del Estado, para convertir el periodo de liderazgo en indefinido, quién sabe si en vitalicio. Surge la sombra de la dictadura, dicen los más críticos. El “Partido de Uno”, según Jude Blanchette (6).

Desde Occidente se ha asistido con creciente preocupación a esta deriva del autoritarismo y la asertividad exterior de China. De la cooperación cautelosa de Obama se pasó a la abierta confrontación de Trump, con sanciones comerciales apresuradas y poco inteligentes. Biden está más cerca de su antecesor que de la administración en la que sirvió como número dos. Para EE.UU, China es ya un “competidor” al que hay que “contener”: con alianzas político-militares regionales (QUAD, AUKUS), con programas de modernización militar y con una arquitectura reforzada de poder económico, comercial y tecnológico.

En este panorama de confrontación, agravado por la crisis de Ucrania, se llega al XX Congreso del PCCH. Xi Jinping será investido por un nuevo periodo de diez años o tal vez incluso ni se ponga plazo a su “reinado” (7). Es la única certeza del cónclave en la Ciudad prohibida. Se ignora quienes lo acompañarán o asistirán en el desarrollo de su proyecto, más allá de unos pocos fieles desde su etapa dirigente en las provincias de Fujian y Zhejiang (8). Se ignora si habrá correcciones en la estrategia económica, tras las catastróficas consecuencias de la estricta política de Cero-Covid, que ha encerrado a la población durante meses y paralizado el aparato productivo (9). Se ignora si se continuará con el reforzamiento del control estatal sobre las empresas privadas o habrá una suavización. Se ignora si habrá un alejamiento más claro y pronunciado del apoyo a Rusia o se mantendrá ese juego ambiguo entre el apoyo a Moscú y el deslizamiento de pronunciamientos con cierto deje crítico. Se ignora si habrá una posición más específica sobre Taiwán o se seguirá en el terreno de las declaraciones fuertes, las exhibiciones sonadas y la prudencia estratégica, como hasta ahora. Se ignora si se favorecen las áreas de cooperación con Estados Unidos y Occidente en materias de civilización como la lucha contra el cambio climático, la crisis energética, el hambre y el subdesarrollo o las amenazas globales contra la salud y futuras pandemias.

Para profundizar en esta incertidumbre sobre el futuro inmediato de China, algunos incluso se plantean si esa única certeza del liderazgo sólido, único y hasta ilimitado de Xi Jinping es lo que realmente parece. ¿Hay o puede haber movimientos internos en la élite que se atrevan a desafiarlo? (10) ¿Puede una derrota de Rusia comprometer el prestigio del líder, demasiado fiado durante meses a una resolución favorable de la guerra? ¿Pueden los problemas económicos generar un clima social de insatisfacción y malestar primero en la periferia para alcanzar luego los muros del poder central? ¿Puede arrugarse esta China prepotente frente al rearme de Estados Unidos y sus aliados del Pacífico y convertir en pólvora mojada sus esfuerzo militar? Tardaremos en saberlo.


NOTAS

(1) “The alternate History of China”. ANDREW J. NATHAN. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre; “China’s road not to taken”. JULIAN GEWIRTZ. FOREIGN AFFAIRS, 29 de septiembre.

(2) “The weakness of Xi Jinping. How hubris and paranoia threaten China’s future”. CAI XIA. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre.

(3) “The world according to Xi Jinping”. KEVIN RUDD. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre.

(4) “Xi Jingping’s mixed economic record”. DAVID DOLLAR. BROOKINGS INSTITUTION, 1 de septiembre; “How China is trapped itself. The CCP economic model has left it with only bad choices”. MICHAEL PETTIS. FOREIGN AFFAIRS, 5 de octubre.

(5) “Will Xi Jingpin’s paranoia defeat him?”. SUSAN SHIRK. FOREIGN POLICY, 13 de octubre.

(6) “Party of One. The CCP Congress ant Xi Jinping’s quest to control China”. JUDE BLANCHETTE. FOREIGN AFFAIRS, 14 de octubre.

(7) “Un Congrès du Parti Communiste chinois sous l’emprise de Xi Jinping”, FRÉDÉRIC LEMAÎTRE. LE MONDE, 11 de octubre.

(8) “Xi’s three difficulties: the leadership lineup at the 20 th Party Congress”. CHENG LI. BROOKINGS INSTITUTION, 13 de octubre; “En Chine, le ‘génération dorée’ aux portes du pouvoir”. FRÉDÉRIC LEMAÎTRE. LE MONDE, 15 de octubre.

(9) “Xi’s grand industrial ambitions are likely to flop”. CHRISTOPHER MARQUIS. FOREIGN POLICY, 14 de octubre; “China’s rulers seem resigned to a slowing economy”. THE ECONOMIST, 20 de septiembre; “Why China aims too high?”. JEREMY WALLACE. FOREIGN AFFAIRS, 18 de octubre.

(10) “Who are Xi’s enemies?” DENG YUWEN. FOREIGN POLICY, 15 de octubre.