OLLANTA HUMALA MERECE CONFIANZA

9 DE JUNIO DE 2011

Ollanta Humala no tendrá fácil su mandato como Presidente del Perú. Su triunfo electoral constituye un logro extraordinario para un hombre de origen indígena, procedente del mundo militar y decididamente de izquierdas. Demasiados inconvenientes para la dupla que, históricamente, ha boicoteado las experiencias progresistas en América Latina: las empresas multinacionales y sus serviles agentes, las oligarquías locales.
El estrecho margen por el que ha vencido a la hija del ex-presidente Fujimori indica que Humala se encontrará con un país agitado. La derecha peruana más inteligente hubiera querido que cualquier otro de sus candidatos más o menos fiables hubiera sido el que presentara batalla en la segunda vuelta. Pero, una vez más, el mundo de los negocios se comporta con un miedo irracional y egoísta y elige la opción más contundente, la que intuya que no va a introducir matices en la defensa de sus intereses. Ése puede ser el sentido del imparable avance de la candidata femenina en la recta final de la campaña. A Keiko Fujimori le ha faltado el último aliento. Y le ha sobrado demasiado lastre. Su equipo de campaña no tuvo suficientes reflejos. Tardó mucho tiempo en desembarazarse de asesores y orientaciones demasiado anclados en los años del "chino".
Humala parecía candidato perdedor en la semana previa a la segunda vuelta. La presión de los medios económicos -el salario del miedo- y de los medios de comunicación -populistas cuando no meros instrumentos de los grandes intereses- parecían haber conseguido abortar de nuevo su designio.
Finalmente, otro "indio" gobernará en América.
UN ENCUENTRO CON HUMALA
Hace tres años, tuve un largo encuentro con Ollanta Humala para un largo reportaje de Televisión Española. Por entonces, se encontraba en plena reestructuración de su opción política de izquierda, tras la derrota frente a Alan García, en 2006.
Humala me pareció un hombre tranquilo, reflexivo, paciente y autocrítico. Muy alejado de ese perfil con el que los medios occidentales simplifican la pujante corriente de izquierdas en América Latina con la socorrida divisa de "populista".
El apoyo que le brindó en 2006 el líder venezolano, Hugo Chávez, lo perjudicó, seguramente. Algunos encuentros entre ambos políticos y algunos aspectos de su programa sirvieron para que el entramado sistémico del Perú lo colocara en el índex de "amenaza" para lo que pomposamente se proclamaba como "el modelo peruano" de desarrollo económico.
"En Perú se está viviendo una etapa de oscurantismo -nos decía entonces Humala-, se persigue al que piensa diferente. Antes a los discrepantes se les llamaba comunistas; ahora, como el mundo es unipolar, en el Perú ya no les llaman comunistas: les llaman chavistas".
Sin embargo, Humala afirmaba notablemente su autonomía del líder venezolano. No es cierto que lo haya hecho simplemente para mejorar sus opciones electorales. En 2008 ya tenía claras dos líneas de divergencia con la vía venezolana: no a la reelección presidencial indefinida e independencia del Banco Central. "Somos independientes y somos autónomos".
Humala no ha modificado sensiblemente su discurso desde entonces. En 2008 ya decía que había que mantener el proyecto de desarrollo, pero hacerlo inclusivo, que llegara a esas capas de la población, abrumadoramente mayoritariamente, que se habían quedado fuera de esa aparente prosperidad. El gobierno de Alan García, desde una socialdemocracia devenida en neoliberalismo dulce, presumía de las cifras de crecimiento económico (cercanas a las cotas chinas, asiáticas), del dinamismo exportador (volcado cada vez más el país hacia el Pacífico) y de su atracción para las inversiones extranjeras (ante las facilidades fiscales y de otro tipo que ofrecía el ejecutivo).
Lo que más molestaba a Humala -lo que sigue criticando ahora- es que la estrategia de desarrollo del Perú haya estado atada a la satisfacción plena de los intereses multinacionales. De ahí que combatiera ferozmente los Tratados de Libre Comercio. No por principio. "Los TLC en general no son malos, pero este TLC no es el mejor. No nos introduce en la economía mundial, como dice el Gobierno, eso es una falacia. El TLC solo beneficia a los que se encuentran en la economía formal y, sobre todo, a un sector muy concreto de importadores, que son los que han desplegado el poder que tienen sobre el Gobierno para imponer el TLC". Eso nos decía Humala en 2008. En 2011, mantiene básicamente esa posición: hay que revisar la estrategia comercial del Perú.
Ahora, hace apenas unos meses, el Banco Mundial ofrecía un balance muy positivo del país, en línea con diagnósticos anteriores. Se resaltaba la buena salud de sus cuentas públicas, el crecimiento de las reservas internacionales, que se han triplicado durante el último periodo presidencial de Alan García. En ese mismo periodo, la pujanza económica ha sido indiscutible y el PIB per cápita se duplicó. Sin embargo, el propio Banco Mundial admitía que "es necesario que el Perú reparta de manera más equitativa los frutos del crecimiento, que el desarrollo sea más inclusivo". Ese era precisamente el discurso de Humala, cuando sus adversarios políticos pretendían sacarlo del terreno político motejándolo como una marioneta de Chávez.
CON LA MIRADA EN BRASIL
El Presidente electo tiene muy claro que deberá mantener ciertos parámetros del modelo implantado por Alan García, pero recuperando sus perfiles más socialdemócratas. Tiene un reto impresionante: incluir en la dinámica de prosperidad a ese 60% de la población que carece de protección social alguna. Precisamente, los informales, los que se encuentran al margen del florecimiento económico del país.
Esa es la asignatura pendiente del brillante alumno peruano en la escena de la concurrencia mundial: la reducción de la pobreza. El primer ministro de la época, Jaime del Castillo, se esforzaba en 2008 por hacerme ver los avances logrados por el Gobierno de García también en esa materia. Entonces, la pobreza se había reducido cuatro puntos. El objetivo era bajarla hasta treinta. Finalmente, en el periodo 2006-2011, la pobreza descendió del 48,7% al 31,3%. No todo lo que se pretendía, pero un resultado apreciable, sin duda, y más en un entorno de crisis, que en Perú ha afectado menos.
Humala decía entonces: "se contentan con eso, cuando, en realidad, no han definido primero qué es pobreza, se agarran a unas estadísticas opacas". Ahora va a encontrarse no sólo con el problema del manejo de las cifras. Los que han intentado por todos los medios echarle de la política, incluso con procesos judiciales que han terminado sobreseídos por falta de pruebas, no han esperado mucho para presentar tarjeta de de visita. El desplome de la Bolsa es un indicador del espíritu de colaboración y del "patriotismo" de ciertas élites.
Mario Vargas LLosa dijo que elegir entre Humala y Keiko era como hacerlo entre el SIDA y el cáncer terminal. Le conocemos mejores figuras literarias. Finalmente, apoyo a Humala, sin entusiasmo, con aire de mal menor, aunque su hijo Álvaro ha sido mucho más positivo con el líder de la izquierda. El premio Nobel gusta de adoptar este tono sancionador con los dirigentes políticos de su país. Después de posicionarse como acérrimo adversario de Alan García por sus políticas erradas y "populistas" de los ochenta, se convirtió en un entusiasta defensor, con escenificaciones sonoras de apoyo y reconciliación. No es probable que llegue a tanto con Humala. Le disgustará saber que el nuevo Presidente tiene en su despacho un retrato del general Velasco Alvarado, líder de una de las raras experiencias militares progresistas latinoamericanas, que Vargas Llosa consideró nefasta para Perú.
La conjunción de asesores de Lula y de Toledo -el candidato peruano preferido de Vargas Llosa- hace esperar un arranque firme pero moderado del nuevo Presidente. Desde su ventana mira más a Brasil que a Venezuela. Que mantenga ese rumbo, le recomienda la izquierda templada, los intelectuales. Pero habrá fracasado si, presentando las buenas cifras de su predecesor, su base social de los Andes y la Amazonía sigue asolada en el atraso y la desesperanza.

APENAS UN ANCIANO PREOCUPADO POR SU PENSION

2 de junio de 2011

Esa es la imagen que estos días hemos obtenido de Ratko Mládic, el jefe militar de los serbios de Bosnia, durante la guerra que destrozó el país durante la primera mitad de los noventa.
Las escasas fotos que hemos visto de él desde su detención nos muestran a un hombre envejecido y resignado a su suerte. Quizás esperando a contar lo que todos estos años no ha podido contar, al menos en público. Una continuación, aclaración o recreación de sus famosos ‘cuadernos’, en los que hizo importantes revelaciones sobre el drama bosnio.
Es difícil, a partir de esas fotos, detectar a un criminal de guerra y a un genocida, que es de lo que se le acusa en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia. El abogado de Mladic hizo un último intento por detener la entrega del exgeneral a La Haya. No prosperó la iniciativa. No obstante, fuentes de la Corte internacional han admitido que la salud del detenido les preocupa seriamente.
Según algunas versiones, habría sufrido dos ataques al corazón y otras dolencias circulatorias de considerable gravedad. Su abogado asegura que padece cáncer linfático. Algunos creen que se trata de una estratagema para retrasar el proceso.
Nada más ser detenido, Mladic pidió que le visitara el doctor Zoran Stankovic, en la actualidad Ministro de Sanidad y amigo desde hace tiempo. “Nada que ver con el hombre que conocí. Ahora es solamente un anciano”, dijo el médico. En poca gente tiene más confianza Mladic que en este doctor, autor en su día de la autopsia de Ana Mladic, la hija del general. Según la historia oficial, se suicidó con una pistola de su propio padre, al no poder soportar la vergüenza por los crímenes de guerra. Mladic asegura que a su hija la mataron. Stankovic ha intentado que se hiciera una investigación en profundidad sobre su muerte, pero las autoridades serbias se han negado.
Este drama personal de Mladic parece poca cosa, en comparación con el sufrimiento que él ha ocasionado a miles, decenas de miles, centenares de miles de personas, con sus decisiones directas, con sus órdenes, con la responsabilidad que le confería dirigir una guerra de usura que atormentó sobremanera a numerosos núcleos de población civil.
En el momento de ser detenido, Mladic no hizo un discurso encendido acerca de su legado, ni justificó sus actuaciones, ni siquiera criticó a sus perseguidores, a sus enemigos, a sus captores. Se limitó a reclamar insistentemente su pensión de exmilitar por valor de 140 euros (¡). Lo contó Bruno Vekaric, el fiscal adjunto para crímenes de guerra, que durante años se ha encargado de su rastreo por encargo del gobierno serbio.
Esta preocupación de Mladic por sus emolumentos de jubilado indica hasta qué punto sus apoyos se habían reducido a la mínima expresión en los últimos años. Comenzó a pasar apuros con la caída de Milosevic –que siempre lo respetó, aunque discrepara con él. Posteriormente, la guarida más o menos segura que tenía en Dedinje, el barrio ‘militar’ de Belgrado se esfumó. Sus protectores y amigos fueron cayendo o alejándose. Los perseguidores le fueron cortando sus vías de financiación y sus apoyos logísticos. Al final, se le ha encontrado en una modesta casa de un primo suyo, desempleado y solemnemente pobre, en un pueblo de apenas tres mil habitantes, en la Voivodina, setenta kilómetros al norte de Belgrado. Muy poca leyenda para un hombre tan temido, tan odiado, tan buscado, tan glorificado por muchos de los suyos, tan odiado por sus adversarios.
En Serbia, la detención de Mladic ha causado alivio momentáneo, porque desaparece el gran obstáculo para hacer avanzar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea. Eso, claro, si no se descubren esas complicidades que con frecuencia se han atribuido a militares y policias serbios –sin olvidar a algunos políticos. Es una sospecha que tendrá poco recorrido. Las propias cancillerías europeas están locas por cerrar este engorroso y superado asunto. El presidente Tadic, que airea un sonoro rechazo de las tesis nacionalistas radicales serbias, quiere evitar que la caída de Mladic propicie un desahogo revanchista. De ahí que haya aprovechado la ocasión para recordar que hay que juzgar también otros crimines y a otros criminales de guerra, en particular los albaneses kosovares. Es lo mínimo que puede hacer para que la opinión pública de su país no se le vuelva en contra, a un año de las elecciones y en un panorama político convulso e incierto. Las violentas manifestaciones de los radicales imputando a Tadic comportamiento de traidor no deben ser tomadas muy en cuenta. Pero el malestar de fondo por otros problemas puede servir de abono, como en otros momentos, a la cólera extremista.
Los religiosos constituyen un elemento inquietante de presión. El otro día un monje del importante monasterio ortodoxo serbio de Trvos, en la Herzegovina, me decía que una de las acusaciones más severas contra Mladic, la matanza de Srebrenica, en julio de 1995, es un ejemplo de la exageración y la propaganda de los musulmanes bosnios y de la falta de rigor occidental. Esta opinión no es personal: refleja el estado de ánimo de una comunidad que, con el tiempo, se ha convertido en feroz depositaria de la conciencia herida y victimista de los serbios más radicales o menos dispuestos a olvidar. De hecho, tanto Mladic como el jefe político serbo-bosnio, Karadzic, y otros destacados dirigentes de la República Sprska durante la guerra encontraron escondite, protección y asilo en monasterios. Como algunos gerifaltes nazis después de la Segunda Guerra Mundial.
Las autoridades actuales de la República serbo-bosnia se han conducido con moderación, aunque no se han eludido los homenajes al ‘último héroe serbio’, una suerte de Lázar de estos tiempos, en forma de manifestaciones, actos públicos, fiestas deportivas y protestas de indignación, pero todo bien calculado y medido.
A los serbo-bosnios les interesa también mirar hacia adelante. Hace unas semanas se desactivó in extremis una grave crisis política e institucional. El presidente de la República Srpska estaba decidido a convocar un referéndum para que la población serbo-bosnia rechazara el modelo judicial que se quería imponer desde las instancias confederales. Finalmente, las insistentes presiones europeas consiguieron aplazar la consulta. Pero a medida que pasa el tiempo las aspiraciones secesionistas de los serbo-bosnios aumentan y no es descartable la ruptura definitiva de Bosnia-Herzegovina (la unión actual es cada día más ficticia), aunque en esta ocasión por métodos pacíficos… en principio.
En cambio, en Sarajevo, ciudad martirizada por las decisiones de Mladic, su detención no ha despertado grandes apasionamientos. Lo que resulta sorprendente si se compara con las demostraciones de entusiasmo que suscitó la captura de Karadzic, hace dos años. Los medios sacaron ediciones especiales. Pero en la calle, en el ánimo de la población, la guerra es una pesadilla lejana que todo el mundo quiere olvidar. Ni siquiera en Srebrenica, donde las madres y viudas han mantenido estos años la llama de la memoria, se han celebrado actos públicos.
En Bosnia no agobia el pasado, sino el fracaso de una paz que se enreda en un complejo e ineficiente entramado político e institucional casi imposible de manejar. La comunidad internacional, en su momento incapaz de detener a tiempo la guerra, se resignó a consagrar un sistema político endiablado que ha consagrado la hegemonía nacionalista. La corrupción sigue erosionando moral y económicamente al país, el desarrollo es muy lento y la prosperidad de los ciudadanos sigue haciéndose esperar.

EL ÚLTIMO GRAN CRIMINAL DE GUERRA

26 de mayo de 2011

Serbia ha confirmado la detención de Ratko Mladic, el hombre más buscado por la justicia internacional, al que se considera responsable militar máximo de miles de crímenes de guerra cometidos durante el conflicto de Bosnia entre 1992 y 1995.
El presidente de Serbia, Boris Tadic, ha anunciado el mediodía de este jueves en Belgrado la captura del jefe militar de la separatista república serbo-bosnia, después del estallido del país.
Tras el arresto del líder político de los serbo-bosnios, Radovan Karadzic, en julio de 2008, y su posterior entrega al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, el ex-general Ratko Mladic se había convertido en el dirigente de las guerras yugoslavas más buscado.
Como es sabido, a Mladic se le imputan las órdenes que condujeron a la eliminación de ocho mil personas en la localidad de Srebrenica, en el este de Bosnia, tras un largo y cruel asedio. Además, Mladic, como antiguo general del desaparecido ejército yugoslavo, sería responsable de otras operaciones de limpieza étnica en distintas zonas del país.
Mladic ha conseguido esconderse muy eficazmente durante más de tres lustros, al parecer protegidos por personal del antiguo ejército yugoslavo y de las fuerzas de seguridad, la mayor parte de las cuales pasaron al control de Serbia, la principal de las repúblicas yugoslavas, después de la voladura interesada de la Federación.
El ex-general serbo-bosnio habría sido detectado en un lugar del extrarradio de Belgrado hace poco más de medio año. Pero su red de contacto y la lealtad de sus protectores le habrían permitido evadir el cerco de la actual policía serbia, que lo perseguía con verdadero interés. El presidente Tadic era consciente de que sin la entrega de Mladic las negociaciones para la incorporación de Serbia a la Unión Europea iban a estar privadas del impulso político imprescindible para alcanzar puerto.
Durante meses, se ha dado por seguro que las complicidades de las fuerzas militares y de seguridad serbias impedían obtener resultados definitivos. Algunos analistas más desconfiados sostenían incluso que en el propio gobierno se temía que la captura y entrega de Mladic supusiera un gran desgaste político. Aunque muchos ciudadanos serbios no aprueban la conducta de los serbios de Bosnia durante la guerra, consideran que el relato público ha considerado a los serbios como los mayores responsables de la tragedia, no siempre con un deseable sentido de la justicia. En parte, no les falta razón.
Mladic nació en Bozanovici, una pequeña localidad del este de Bosnia cercana a Serbia, en el seno de una familia marcada, como tantas otras, por la tragedia. El padre era partisano, seguidor del mariscal Tito, y fue asesinado por las tropas pronazis croatas durante la segunda guerra mundial. Mladic hizo una carrera brillante en el Ejército yugoslavo. En 1992, cuando musulmanes y croatas decidieron en referendum la separación de Bosnia de la Federación yugoslava, la segunda minoría del país, los serbios se opusieron a la medida. Con la ayuda de los oficiales del Ejército Federal destacado en Bosnia lanzaron una rebelión armada que degeneró en una guerra cruel en la que murieron más de 100.000 personas y expulsó de sus hogares a dos millones más, muchas de las cuales aún no han regresado. Mladic asumió enseguida el papel protagonista del incipiente Ejército serbo-bosnio (VRS).
Hace unos meses, la publicación de sus notas o cuadernos revelaron las distintas tramas que condujeron a la voladura y desaparición de la antigua Yugoslavia, la partición de Bosnia y la tragedia de millones de personas. Pero sobre todo confirmaron que, por debajo de esa aparente hostilidad bélicas, muchos de los dirigentes de los bandos étnicos en conflictos, eran buenos socios en el mercado negro y la economía subterránea y colaboraron activamente para enriquecerse y amasar buenas fortunas a costas del sufrimiento de sus respectivas poblaciones.
Algunos ex-oficiales del desaparecido ejército yugoslavo a los que se consideraba parte del equipo de protección de Mladic han ofrecido detalles estos últimos años de todo el mecanismo de seguridad que ha impedido su captura. Según uno de estos testimonios, Mladic vivía rodeado de medio centenar de guardianes, bajo la protección del propio Slobodan Milosevic. Cuando éste fue derribado, fueron sus propios ex-compañeros de armas los que se encargaron de garantizar su custodia. Durante un tiempo estuvo escondido en Dedinje, un barrio de la capital serbia donde viven numerosos militares. Pero en 2002 fue sacado de ese lugar y desde entonces se le perdió la pista.
El gobierno serbio pro-occidental de Zoran Djinjic lo persiguió con notable interés, pero no pudo superar la infranqueable barrera de seguridad levantada en torno a él. Con su asesinato, Mladic tuvo un periodo de alivio. Las medidas de seguridad establecidas por el equipo protector han sido muy estrictas y continuamente revisadas y puestas al día.
El gobierno posterior de Kustunica, de orientación más cercana al nacionalismo, no puso el mismo interés en localizar al fugado. Un fiscal de la época llegó incluso a acusarlo de obstruir las tareas de rastreo.
Con la llegada al poder del actual presidente, el liberal y pro-europeo Boris Tadic, se volvieron a intensificar las tareas de seguimiento y búsqueda. Desde 2006 han ido cayendo distintas figuras próximas a Mladic. En los últimos meses se rumoreaba que su caída era inminente.
Desde el final de la guerra, la reconciliación en Bosnia sólo ha existido sobre el papel. Las potencias occidentales -en realidad, Estados Unidos- impuso una paz negociada en noviembre de 1995 (los denominados acuerdos de Dayton) que, lejos de ofrecer una fórmula estable y positiva, consagraron la efectiva división del país bajo criterios étnicos y nacionalistas, aunque formalmente se mantuvieran estructuras e instituciones unitarias. El crimen organizado, la corrupción y el sectarismo han seguido dominando el país. La reconstrucción se ha abierto paso, pero no es total, porque se han desviado miles y miles de dólares a manos privadas o para fines absolutamente espurios. La prosperidad se hace esperar o sólo ha llegado a escasas capas de la población.

LA FRUSTRACION PERPETUA

25 de mayo de 2011

La reciente propuesta del Presidente Obama de tomar las fronteras de 1967 (con ajustes e intercambios de territorio consensuados) como base de un acuerdo definitivo de paz en Oriente Medio fue inicialmente presentada como la reactivación del proceso negociador. Una semana y pico después, el pesimismo y el desánimo vuelve a dominar el ambiente y la escena.
En realidad, la proposición de Obama no es tan novedosa como la opinión pública en general ha podido percibir. Las fronteras de 1967 están implícitamente reconocidas por la comunidad internacional en sucesivas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU (singularmente, la 242 y la 338). Otra cosa es que Israel nunca las haya admitido y que Estados Unidos las haya obviado, con el mismo vigor con el que ha defendido otras más acordes con sus intereses estratégicos o políticos.
En la valoración de la oportunidad operan varios factores, que, a la postre, resultarán tan importantes como la sustancia de la propuesta, si no más.
En primer lugar, la supuesta falta de empatía entre Obama y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Ambos dirigentes no sólo han tenido discrepancias muy serias, sino que las han evidenciado hasta límites que exceden la habitual discreción diplomática, hasta llegar al desplante, el gesto agrio y la polémica entre sus asesores más directos. En esta ocasión, Netanyahu no tuvo el mínimo reparo en rechazar de plano la propuesta de las fronteras de 1967 y reprochar al Presidente norteamericano falta de sensibilidad hacia "las garantías que precisa Israel".
LA 'CONSPIRACIÓN INTERIOR'
Hay parte de realidad y parte del teatro en este aparente alejamiento entre la Casa Blanca y los conservadores israelíes. Lo que menos cuenta son las razones ideológicas, que en política exterior suelen desvanecerse rápidamente, cuando raramente se presentan. En el caso concreto de las relaciones entre Obama y Netanyahu, la comunicación personal no parece haber sido óptima. Demasiadas diferencias de estilo, de sensibilidad. Aunque ambos comparten una notable habilidad como comunicadores. Tampoco conviene exagerar la proclamada pretensión de Obama de restaurar y reconstruir las deterioradas relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe. Aunque los procesos de cambio hayan favorecido inicialmente esta oportunidad, el comportamiento de la Casa Blanca ha dejado tantas dudas como esperanzas. Las demoras, dudas, contradicciones y errores se han dejado notar tanto o más que el compromiso de últimas en favor de las aspiraciones populares.
Probablemente, un factor que ha resultado perturbador en la comunicación personal y políticas entre los líderes norteamericano e israelí ha sido las interferencias, en particular las protagonizadas por la derecha norteamericana. Los republicanos, ya cuando aparecieron los primeros síntomas de desavenencia, al comienzo del mandato presidencial, vieron la ocasión de echar leña al fuego y crear mal ambiente contra la Casa Blanca en el entorno judío norteamericano. Ahora se ha vuelto a repetir la historia. El presidente del Congreso, el republicano, John Boehner, invitó a Netanyahu a dirigirse ante las dos Cámaras del legislativo estadounidense, para escenificar el compromiso de los 'representantes del pueblo' con la causa de Israel. Obama se encontró con una visita no preparada desde su staff. Incómodo.
Los republicanos no sólo pretenden satisfacer a los israelíes. Pretenden seguir arrebatando base electoral a los demócratas. No lo tienen fácil. Si bien los dirigentes del denominado lobby judío se encuentran más cómodos con la derecha norteamericana, los votantes siempre han sido mayoritariamente demócratas. Con Obama, especialmente: lo votaron ocho de cada diez judíos. Recientemente, frente al tradicional Comité de Asuntos públicos judío-americano, crece el activismo de otra organización denominada J-Street ( o calle de los judíos), de orientación claramente progresista y declaradamente demócrata en su expresión partidista. Naturalmente, los integrantes de J-Street han defendido sonoramente la propuesta de Obama. A los republicanos les gustaría que en 2012, muchos judíos le negaran la reelección al Presidente, pero sobre todo, ambicionan su dinero, sus fondos, su apoyo económico, su discurso conservador, en el caso de los sectores más religiosos, en buenas migas con los evangelistas y otros sectores retrógrados del partido republicano.
Frente a esta 'conspiración interior', y quizás para demostrar que no se iba a dejar comer el terreno o arrebatar la iniciativa, Obama hizo la propuesta de las fronteras de 1967. Aunque añadió que le parecían esenciales los acuerdos complementarios sobre intercambio de territorios, la garantía de la seguridad de Israel, e incluso la desmilitarización del futuro Estado palestino, amén de las garantías de protección de Estados Unidos, la espinita estaba clavada. No importa que otros presidentes anteriores evocaran la cuestión de las fronteras de forma análoga. Lo diferente, en el caso de Obama, es que, llegado el momento de las negociaciones, la derecha israelí teme que los negociadores -o muñidores- norteamericanos se lo tomen realmente en serio. Es decir, que se empeñen en ser coherentes con su propia propuesta.
LA DESCONFIANZA PALESTINA
Por el lado contrario, los palestinos demostraron escaso entusiasmo por la propuesta de Obama, sabedores de que el estrambote añadido a la cuestión de las fronteras, es decir, los intercambios de territorio (swaps) pueden constituir una trampa de dolorosas consecuencias. En corto, la legitimación de las colonizaciones. Por no hablar de la referencia de Obama al necesario reconocimiento de Israel como 'estado judío', puesto que tal concesión aleja todavía más la aspiración de regreso de decenas de miles de palestinos de la diáspora. Tienen bastante razón los palestinos en temer que los norteamericanos harán lo que siempre o casi siempre: en los momentos decisivos, los presionarán para que cedan. De esta forma, si ello vuelve a suceder, se consagrarán conquistas territoriales condenadas por la comunidad internacional y ni siquiera reconocidas por Washington a lo largo de décadas.
Es evidente, por tanto, que la propuesta de Obama no constituye un giro propalestino, ni debe interpretarse como un cambio notable en la tradicional posición norteamericana. En todo caso, se muestra poco considerado con la sensibilidad de la derecha israelí, por lo demás insaciable. Pero, en cambio, el creciente peso que en la Casa Blanca ha adquirido Dennis Ross, un proisraelí sin disimulo, como elemento más influyente en Obama del círculo de diplomáticos y expertos, contrarresta con creces la impresión de que el Presidente de Estados Unidos es el mejor amigo que han tenido los intereses árabes desde James Carter.
El verdadero motivo de la iniciativa presidencial es evitar que la Autoridad Nacional Palestina consiga forzar en septiembre una voto en la Asamblea General de la ONU en favor de la creación inmediata del Estado palestino. Es decir, un hecho diplomático consumado incómodo de gestionar, para una administración que ha proclamado su intención de volver a tomar en cuenta a las Naciones Unidas por lo que representan. Y la otra motivación del presidente es abortar la reconciliación palestina - el acuerdo entre Fatah y Hamás- antes de que cuaje por completo y ponga en riesgo su capacidad de influencia ante la dirigencia palestina moderada.
De ahí que a los palestinos le decepcionara la lectura completa de la propuesta del presidente Obama y demandaran clarificaciones y actuaciones más claras, naturalmente sin renunciar al acuerdo con Hamás ni a la solicitud de Estado ante la ONU. Todo indica que el presidente Abbas se dedicará este verano a acumular apoyos entre sus colegas árabes. Pero muchos de ellos se encuentran más preocupados por asegurar sus poltronas que por ayudar a resolver el intratable conflicto israelo-palestino. Incluso los dirigentes sirios, en pleno desafío existencial, parecen poco interesados. Salvo que, por una ironía del destino, las negociaciones de paz se conviertan en un salvavidas con potencial para desactivar la propuesta popular.

INMIGRACION: LOS COCODRILOS DE OBAMA

19 de mayo de 2011

La cuestión migratoria tendrá un importante peso en la campaña electoral del año que viene en Estados Unidos.
La visita que el presidente Obama hizo a la frontera la semana pasada tuvo una moderada repercusión mediática, en gran medida debido al absorbente interés por los coletazos del caso Bin Laden. Quedaba pendiente, por tanto, una reflexión sobre el alcance de un fenómeno de una enorme trascendencia económica, social y cultural. No sólo en Estados Unidos, sino también como elemento referencial de contraste en el debate público europeo, con los efectos de las revoluciones árabes aún por calibrar.
Los últimos datos fiables disponibles, proporcionados por el Centro Hispánico Pew (Pew es la gran entidad de encuestas sociológicas en Estados Unidos), indican que existen 11,2 millones de inmigrantes llamados ilegales (no legalizados) viviendo en Estados Unidos. De ellos, se calcula que alrededor de ocho millones tiene un trabajo, lo que significa un 5% de la fuerza laboral norteamericana.
El pico se alcanzó en 2007, cuando se llegó a los 12 millones de 'ilegales'. Aunque parece que se ha registrado un ligero descenso en los últimos dos años, el flujo de personas que han entrado de forma no autorizada en el país, procedentes de México y Centroamérica mantiene una gran estabilidad. De ahí que esta levísima tendencia descendiente no pueda compensar situaciones de enorme dramatismo, como la hecha pública estos días. Un camión con 500 personas (la mayoría centroamericanas), transportadas como animales, fue interceptado en la frontera entre México y Estados Unidos.
Obama viajó a la localidad fronteriza de El Paso la semana pasada para confirmar que la resolución del asunto migratorio formaría parte de su arsenal electoral estratégico. Es otra de las asignaturas pendientes del presidente. El voto hispano contribuyó sobremanera a su éxito electoral, después de que, en las dos elecciones anteriores, el 'filohispano' Bush le arrebató a sus rivales demócratas buena parte de esa cantera electoral.
Con Obama se restauró la hegemonía demócrata en este colectivo, por lo demás crecientemente desigual, como es lógico, a medida que se va ensanchado la inclusión social de los hispanos, por supuesto con muchas limitaciones y matices. Distintos estudios electorales sugieren que un candidato republicano necesita al menos el 44% del voto republicano para imponerse en unas presidenciales. La última encuesta, realizada por ImpreMedia Latino y publicada en LOS ANGELES TIMES, indicaba que sólo un 20% de los votantes latinos registrados se inclinaba por votar al partido republicano en 2012.
Sin embargo, sería peligroso que los correligionarios del presidente se confiaran sobre la seguridad de este voto el año que viene. Y ello a pesar de la actuación notablemente anti inmigratoria protagonizada por ciertos sectores radicalizados del Partido Republicano. Los estados especialmente hostiles con la inmigración ilegal, en efecto, se encuentran bajo hegemonía republicana. Arizona fue pionero y luego siguieron Georgia, Oklahoma y Carolina del Sur. Lo que no impide la hipocresía de algunos que como electores respaldan candidaturas que defienden propuestas restrictivas y persecutorias, pero como empresarios acuden a esta mano de obra barata, cautiva y desarmada. Pero ya se sabe que, en Estados Unidos, los perfiles individuales de los candidatos priman sobre los ideológicos o los partidistas. Los discursos presentan terrenos pantanosos donde las minorías quedan atrapadas, confundidas o seducidas, con efectos a veces paradójicos en el electorado.
Obama decidió en su momento ofrecer resistencia a algunas de las medidas más hostiles. Como por ejemplo, las redadas en los sitios de trabajo. Pero aún así, algunas cifras sobre la persecución de la ilegalidad invitan a la reflexión. El otro día, en El Paso, Obama aseguró que la presión migratoria ha disminuido, y prueba de ello es el descenso del 40% en el número de detenciones registradas en la frontera. De esta forma, defendía su política de vigilancia y criticaba la pretensión republicana de endurecer las medidas disuasorias. "Lo que quieren es que pongamos cocodrilos en el foso", comentó con ironía el Presidente.
Sin embargo, como le recordaba el conservador WALL STREET JOURNAL, las cifras no cuadran completamente con una visión estrictamente positiva del control migratorio. En los dos últimos años, bajo la actual administración, las autoridades federales (o sea, del gobierno de Washington) han deportado a 400.000 'ilegales', el número más elevado en la historia, desde que se dispone de este tipo de datos. Las deportaciones tenían como objetivo desincentivar la llegada de nuevos inmigrantes no autorizados o incluso animar al regreso de muchos de ellos. Como vemos por los datos más recientes, ni una cosa ni la otra.
Uno de los asuntos que más irritan a los republicanos es la concesión automática de la ciudadanía a los nacidos de padres inmigrantes ilegales. El citado informe de Pew estima que en 2009 nacieron 350.000 en el seno de familias en las que al menos uno de sus miembros carecía de permiso legal de residencia en el país. Los sectores más beligerantes están promoviendo iniciativas para que se modifique la decimocuarta enmienda de la Constitución, que ampara la concesión automática de ciudadanía a los hijos de 'ilegales'. El argumento de que estas parejas tienen descendencia inmediata para consolidar su situación legal es escurridizo, porque se calcula que los dos tercios de los nacimientos se dan en familias cuyos miembros llevan viviendo más de cinco años en Estados Unidos.
Obama afronta un dilema político con la cuestión migratoria. Si no actúa de forma contundente contra las tendencias más irritantemente xenófobas de los republicanos, puede desencadenar la hostilidad de un importante sector la minoría hispana. Pero si se presenta como defender de estos grupos, se arriesga a fortalecer el discurso del tea party en contra del 'peligro de los ilegales'.
La lectura múltiple de las cifras, el carácter enormemente conflictivo del dossier, la emotivi INMIGRACION: LOS COCODRILOS DE OBAMA
La cuestión migratoria tendrá un importante peso en la campaña electoral del año que viene en Estados Unidos.
La visita que el presidente Obama hizo a la frontera la semana pasada tuvo una moderada repercusión mediática, en gran medida debido al absorbente interés por los coletazos del caso Bin Laden. Quedaba pendiente, por tanto, una reflexión sobre el alcance de un fenómeno de una enorme trascendencia económica, social y cultural. No sólo en Estados Unidos, sino también como elemento referencial de contraste en el debate público europeo, con los efectos de las revoluciones árabes aún por calibrar.
Los últimos datos fiables disponibles, proporcionados por el Centro Hispánico Pew (Pew es la gran entidad de encuestas sociológicas en Estados Unidos), indican que existen 11,2 millones de inmigrantes llamados ilegales (no legalizados) viviendo en Estados Unidos. De ellos, se calcula que alrededor de ocho millones tiene un trabajo, lo que significa un 5% de la fuerza laboral norteamericana.
El pico se alcanzó en 2007, cuando se llegó a los 12 millones de 'ilegales'. Aunque parece que se ha registrado un ligero descenso en los últimos dos años, el flujo de personas que han entrado de forma no autorizada en el país, procedentes de México y Centroamérica mantiene una gran estabilidad. De ahí que esta levísima tendencia descendiente no pueda compensar situaciones de enorme dramatismo, como la hecha pública estos días. Un camión con 500 personas (la mayoría centroamericanas), transportadas como animales, fue interceptado en la frontera entre México y Estados Unidos.
Obama viajó a la localidad fronteriza de El Paso la semana pasada para confirmar que la resolución del asunto migratorio formaría parte de su arsenal electoral estratégico. Es otra de las asignaturas pendientes del presidente. El voto hispano contribuyó sobremanera a su éxito electoral, después de que, en las dos elecciones anteriores, el 'filohispano' Bush le arrebató a sus rivales demócratas buena parte de esa cantera electoral.
Con Obama se restauró la hegemonía demócrata en este colectivo, por lo demás crecientemente desigual, como es lógico, a medida que se va ensanchado la inclusión social de los hispanos, por supuesto con muchas limitaciones y matices. Distintos estudios electorales sugieren que un candidato republicano necesita al menos el 44% del voto republicano para imponerse en unas presidenciales. La última encuesta, realizada por ImpreMedia Latino y publicada en LOS ANGELES TIMES, indicaba que sólo un 20% de los votantes latinos registrados se inclinaba por votar al partido republicano en 2012.
Sin embargo, sería peligroso que los correligionarios del presidente se confiaran sobre la seguridad de este voto el año que viene. Y ello a pesar de la actuación notablemente anti inmigratoria protagonizada por ciertos sectores radicalizados del Partido Republicano. Los estados especialmente hostiles con la inmigración ilegal, en efecto, se encuentran bajo hegemonía republicana. Arizona fue pionero y luego siguieron Georgia, Oklahoma y Carolina del Sur. Lo que no impide la hipocresía de algunos que como electores respaldan candidaturas que defienden propuestas restrictivas y persecutorias, pero como empresarios acuden a esta mano de obra barata, cautiva y desarmada. Pero ya se sabe que, en Estados Unidos, los perfiles individuales de los candidatos priman sobre los ideológicos o los partidistas. Los discursos presentan terrenos pantanosos donde las minorías quedan atrapadas, confundidas o seducidas, con efectos a veces paradójicos en el electorado.
Obama decidió en su momento ofrecer resistencia a algunas de las medidas más hostiles. Como por ejemplo, las redadas en los sitios de trabajo. Pero aún así, algunas cifras sobre la persecución de la ilegalidad invitan a la reflexión. El otro día, en El Paso, Obama aseguró que la presión migratoria ha disminuido, y prueba de ello es el descenso del 40% en el número de detenciones registradas en la frontera. De esta forma, defendía su política de vigilancia y criticaba la pretensión republicana de endurecer las medidas disuasorias. "Lo que quieren es que pongamos cocodrilos en el foso", comentó con ironía el Presidente.
Sin embargo, como le recordaba el conservador WALL STREET JOURNAL, las cifras no cuadran completamente con una visión estrictamente positiva del control migratorio. En los dos últimos años, bajo la actual administración, las autoridades federales (o sea, del gobierno de Washington) han deportado a 400.000 'ilegales', el número más elevado en la historia, desde que se dispone de este tipo de datos. Las deportaciones tenían como objetivo desincentivar la llegada de nuevos inmigrantes no autorizados o incluso animar al regreso de muchos de ellos. Como vemos por los datos más recientes, ni una cosa ni la otra.
Uno de los asuntos que más irritan a los republicanos es la concesión automática de la ciudadanía a los nacidos de padres inmigrantes ilegales. El citado informe de Pew estima que en 2009 nacieron 350.000 en el seno de familias en las que al menos uno de sus miembros carecía de permiso legal de residencia en el país. Los sectores más beligerantes están promoviendo iniciativas para que se modifique la decimocuarta enmienda de la Constitución, que ampara la concesión automática de ciudadanía a los hijos de 'ilegales'. El argumento de que estas parejas tienen descendencia inmediata para consolidar su situación legal es escurridizo, porque se calcula que los dos tercios de los nacimientos se dan en familias cuyos miembros llevan viviendo más de cinco años en Estados Unidos.
Obama afronta un dilema político con la cuestión migratoria. Si no actúa de forma contundente contra las tendencias más irritantemente xenófobas de los republicanos, puede desencadenar la hostilidad de un importante sector la minoría hispana. Pero si se presenta como defender de estos grupos, se arriesga a fortalecer el discurso del tea party en contra del 'peligro de los ilegales'.
La lectura múltiple de las cifras, el carácter enormemente conflictivo del dossier, la emotividad con que la crisis empuja a abordar este asunto y el habitual juego presidencial de equilibrios contribuyeron a que Obama sonara ambiguo en esta su primera comparecencia preelectoral relacionada con el asunto migratorio. Se lo reprochaba suavemente el NEW YORK TIMES en un reciente editorial. Después de reconocerle algunos méritos y avances y la buena orientación de su discurso, le reclamó "hacer más": es decir, iniciativas legislativas, tanto federales como estatales, medidas concretas, compromisos contrastables. Y, sobre todo, "coherencia y orden" en su política migratoria que, a veces, presenta contradicciones indeseables.
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PAKISTÁN Y EL JUEGO DE SOMBRAS

12 de mayo de 2011

La eliminación de Bin Laden ha relegado al segundo plano el resto de los asuntos de la agenda internacional durante al menos una semana. Siguen conociéndose detalles de la operación militar norteamericana en el corazón de uno de los reductos militares pakistaníes y persisten -lo harán durante mucho tiempo- numerosas dudas sobre la planificación, ejecución, naturaleza, conocimiento y evaluación de lo ocurrido.
De momento, Washington e Islamabad cumplen con calculada corrección los papeles asignados desde que se hiciera pública la desaparición definitiva del líder de Al Qaeda. Los distintos responsables norteamericanos que han aparecido en público para explicar, comentar o valorar la operación se han cuidado de atenerse a los siguientes objetivos:
- solventar las dudas sobre la moralidad de la actuación militar
- atribuir los fallos o desajustes en su presentación pública a la emoción del momento, la comprensible demanda de información inmediata y la clarificación de algunos extremos que sólo los ejecutores del comando estaban en condiciones de realizar.
- responder al aparente malestar de las autoridades pakistaníes, reafirmando la importancia de la cooperación bilateral y minimizando la polémica pública, como si se tratara de un malentendido.
- reafirmar la continuidad de la estrategia en la "guerra contra el terror", que incluye la campaña militar en Afganistán y la persecución, localización y liquidación de los distintos focos locales del jihadismo.
EL ALCANCE DE MALESTAR PAKISTANÍ
Desde Pakistán, las cosas se proyectan de otra manera, efectivamente. No puede invocarse el 'todo ha salido perfectamente', porque el liderazgo del país y su principal institución, la columna dorsal del régimen, sus Fuerzas Armadas, han sufrido un duro golpe en su prestigio, en su orgullo.
De esta manera se entiende que, frente a la prudencia exhibida en Washington, bate fuerte el tambor de la indignación. En estos últimos días, hemos escuchado:
- al Primer ministro Gilani acusar a los norteamericanos de violación de la soberanía territorial pakistaní.
- al Jefe del Ejército, general Kayani, advertir con una revisión unilateral por parte pakistani de los términos de la cooperación antiterrorista.
- al responsable del poderoso centro de inteligencia interservicios (ISI), general Pachá, acusar a sus colegas norteamericanos de ingratitud y lealtad por no reconocer el importante papel jugado por los servicios pakistaníes en la lucha contra el terrorismo.
- al Presidente Zardari, en un artículo aparecido en el WASHINGTON POST, haciendo equilibrios entre las protestas de una nación humillada y los logros de una colaboración bilateral que merece ser mantenida y ampliada.
Más allá de las palabras, se han adoptado algunas decisiones que tienen algo de extravagante (aunque en absoluto novedoso). Como, por ejemplo, filtrar a un periódico conservador pakistaní la identidad del principal responsable de la CIA en Islamabad. Puede ser una anécdota, pero el nombre filtrado tenía algún error ortográfico. En todo caso, la persona referida era perfectamente reconocible. Sin comentarios en Washington.
Las próximas semanas ayudarán a clarificar hasta donde llega el malestar pakistaní. Probablemente tardaremos mucho más tiempo en ratificar o revisar la impresión de que las autoridades de Islamabad no sabían nada de la operación para liquidar a Bin Laden. De momento, lo prudente es darle a las distintas versiones oficiales el valor que tienen; es decir que son simplemente versiones oficiales, una versión de la verdad, por tanto, pero no necesariamente la verdad sin sombra de duda.
No se trata de un gusto por las tesis conspirativas. Estos días, el diario THE GUARDIAN aseguraba que, en 2002, después del fracaso de las operaciones de rastreo pakistaní de la pista de Bin Lades en las montañas fronterizas de Tora Bora, los entonces presidentes Pervez Musharraf y George W. Bush acordaron que Estados Unidos podría ejecutar una operación para capturarlo o eliminarlo si conseguía localizar su escondite. La fuente es un "antiguo responsable norteamericano conocedor de las operaciones antiterroristas".
Según este enfoque, como decíamos en nuestro comentario anterior, la 'versión oficial' de la operación Bin Laden ni es verdadera ni es falsa. Estados Unidos estaría actuando conforme a un pacto en vigor. El diario británico asegura que los militares mantuvieron la vigencia del acuerdo secreto tras la retirada de Musharraf y durante el periodo de transición a la recuperación del gobierno civil. Lo curioso (o a lo mejor, no tanto) es que Musharraf, desde su discreto exilio en Londres, criticó la operación de liquidación de Bin Laden, por considerar que constituía una violación de la soberanía pakistaní. En el momento de hacer esta declaración no se había publicado la existencia de este supuesto acuerdo secreto.
Entretanto, un interesante artículo en LE MONDE del experto en esa zona del sur de Asia, Didier Chaudet, nos ofrece algunas claves sobre lo que Pakistán espera de su cooperación con Washington, más allá de los fuegos de artificios o de espectaculares operaciones antiterroristas.
Chaudet nos recuerda oportunamente que, desde su nacimiento en 1947, Pakistán vive bajo el síndrome del aislamiento y la amenaza de extinción. Si bien, Islamabad recibe una cuantiosa ayuda de Washington, esta cantidad, sobre la que circulan estimaciones diferentes según los conceptos que se manejan, es, en todo caso, muy inferior a lo que le ha costado al país esta guerra global contra el terrorismo. Pero, sobre todo, lo que más inquieta al liderazgo pakistaní es que, como ocurrió en los ochenta, con la derrota de los soviéticos en Afganistán, Estados Unidos les abandone una vez que se cumplan sus objetivos: ahora, la derrota de los talibanes y jihadistas y la anulación del peligro islamista (en y desde el país). Si eso ocurriera, se agudizaría el sentimiento de desprotección y se dispararán todas las alarmas. "Pakistán hará todo lo que está en su poder para evitar que Afganistán caiga bajo influencia india", concluye Chaudet. En India es ya clásica la réplica a este enfoque: los militares pakistaníes utilizan a la India para eternizar el dominio que ejercen sobre el destino del país.

LA ESQUIVA VERDAD DEL CASO BIN LADEN

5 de mayo de 2011

La liquidación -por qué no decir claramente el asesinato- de Bin Laden va camino de convertirse en el culebrón más sensacional del mandato de Obama. Como era de esperar, las primeras informaciones sobre la operación militar no fueron precisas, o más bien resultaron bastante imprecisas en aspectos sensibles. Ya estamos habituados a ello. La novedad, en este caso, es que las contradicciones, errores o inexactitudes han salido muy pronto a la luz. Los principales responsables atribuyen estos problemas a la precipitación por dar una noticia tan esperada por la población, a la voracidad de los medios y a una cierta desconexión entre servicios. Puede ser. (1)
INFORMACION Y VALORES
Durante horas, la Casa Blanca ha estado considerando hacer públicas las fotos del supuesto cadáver del líder de Al Qaeda. Finalmente, para sorpresa de muchos, no lo hará. Esta decisión ha motivado una fuerte polémica, política y mediática. Aparte del morbo, que opera en cantidades nada despreciables, los observadores señalan los dos polos opuestos del debate. Por un lado, mostrar el resultado tangible de la operación permitiría despejar los rumores o leyendas sobre la identidad de los muertos en Abbottabad y privaría a los jihadistas de propalar la tesis de que su emir sigue vivo y que todo habría sido un montaje, por extravagante que resulte. Desde una visión contraria, la difusión de las fotos podría suponer un abono del martirologio islamista, debido al terrible estado de los restos de Bin Laden.
Pero, más allá de estas consideraciones, el otro gran asunto de política interna en Estados Unidos gira en torno a la legalidad e ilegalidad de la acción, la moralidad, los principios, los famosos values, que tanto gusta evocar en aquellos pagos, como elemento activo de identidad política, pero también de propaganda.
Resulta incómodo para la administración Obama admitir ahora que Bin Laden no iba armado, contrariamente a lo proclamado en un principio. O que tampoco sea cierto que intentara emplear a una mujer -al parecer, una de sus esposas- para protegerse. Distintos portavoces han señalado en segunda instancia que los asaltantes abrieron fuego legítimamente, porque no podían saber si el 'objetivo' tenía dispuesto un cinturón de explosivos y podía inmolarse en cualquier momento, provocando una masacre.
El episodio altera el discurso humanitario de la administración en materia antiterrorista, ya de por si cuestionado por el incumplimiento de promesas relacionadas con la gestión del dossier Guantánamo. En cambio, a los norteamericanos, a los ciudadanos de a pie, que se respetaran escrupulosamente las normas o no parece bastante secundario, a juzgar por las celebraciones callejeras, las emotivas ceremonias públicas o las encuestas de urgencia.
La popularidad de Obama ha subido como la espuma, entre otras cosas, porque sus seguidores no se atreven a ir contra-corriente y los adversarios le reconocen con los dientes apretados el valor demostrado. Naturalmente, haría muy bien el presidente en no fiarse de estos apoyos envenenados. De hecho, destacados dirigentes republicanos, vinculados directamente o no a la administración Bush, ya andan aireando que la información más relevante en la localización del correo que sirvió de cebo para llegar hasta el líder de Al Qaeda fue obtenida a través de los métodos que Obama y muchos demócratas criticaron cuando estaban en la oposición. Uno de los más denostados, el waterboarding (una especie de simulación de ahogamiento) le fue aplicado al arquitecto del 11-S, como a muchos de sus secuaces, y de una de esas eficaces sesiones brotó la identidad de eslabón mágico. Tampoco nada nuevo en el guión de esta secuencia.
LA BRUMOSA CUESTION PAKISTANÍ
Pero lo que probablemente tenga más alcance de este episodio sea el impacto en las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán. El gobierno pakistaní se ha referido a la operación como una "acción unilateral no autorizada", y no -distinción capital- como una "violación de la soberanía territorial" (expresión en cambio utilizada por el ex-presidente Musharraf).
Resulta un poco extraño que, en una zona de alta concentración militar como ésa, la irrupción de los helicópteros pakistaníes pasara inadvertida durante tanto tiempo. Resulta también extraño que, tras la operación, las autoridades militares pakistaníes hayan asumido la custodia de algunos detenidos ilustres (el hijo y algunas esposas de Bin Laden, entre otras personas cuya identidad de momento desconocemos).
La versión oficial norteamericana es que "no se compartió información con ningún otro país, incluido Pakistán". Esta afirmación puede ser verdadera, falsa, parcialmente verdadera o parcialmente falsa. Nos explicamos.
Puede ser verdadera, según la tesis de que los servicios de seguridad estadounidenses se fían poco o nada de sus homólogos pakistaníes y, por tanto, cualquier información previa sólo podría perjudicar, si no arruinar la operación.
Puede ser falsa, y que determinados sectores de la inteligencia, de las fuerzas armadas o del gobierno, pudieran estar al corriente (a última hora y sin capacidad de maniobra, eso sí), pero que se negara en público para no exponer aún más a las iras integristas la colaboración con Washington.
Puede ser parcialmente verdadera, en el sentido de que se hubiera mantenido un silencio férreo acerca de los detalles operativos, pero no tanto sobre los aspectos generales, sobre todo aquellos que se derivaran del intenso intercambio de información producido en la última década entre ambos países.
O puede ser parcialmente falsa, si consideramos que pudo haber algún tipo de alerta, aviso o señal en círculos o ámbitos que no pusieran en peligro en modo alguno la ejecución de la operación.
La prensa pakistaní, portavoz de distintos intereses y sensibilidades en el país, se rasga las vestiduras estos días. Se mueve entre el lamento por "la violación de la soberanía de Pakistán, mucho más grave que en el caso de los ataques aéreos sin piloto" (THE NEWS); la incómoda sensación de incompetencia por no haber detectado "cómo un terrorista de primer orden como Osama ha podido esconderse en Abbottabad"; o, peor aún, la "vergüenza" por haber negado durante tanto tiempo que Bin Laden estuviera en Pakistán (THE TRIBUNE); y la humillación por haber expuesto a las fuerzas de elite pakistaníes al ridículo de no haberse enterado de una incursión militar extranjera, lo que abre interrogantes serios sobre la solidez de la seguridad en el país (DAWN).
Existen motivos para suponer que hay mucho de impostura en las supuestas fricciones entre Pakistán y Estados Unidos. Por muchas diferencias, insatisfacciones, cortocircuitos y deslealtades que puedan destacarse, existe un interés estratégico compartido que data de los años ochenta. No hace falta acudir a las tesis conspirativas para recordar que una dosis bien administrada de 'amenaza islámica' puede resultar enormemente conveniente para justificar ciertas políticas.
Si bien parece cierta la duplicidad pakistaní con respecto a la amenaza islamista, no es menos evidente el doble lenguaje en Washington y ciertas "lágrimas de cocodrilo". Destacados parlamentarios, republicanos y demócratas, reclaman reducir o incluso suprimir los 3 mil millones de dólares de ayuda anual a Pakistán. Sin embargo, al término de una reciente gira por el país, una delegación del Congreso encabezada por el flamante presidente de la Cámara, se ha deshecho en elogios sobre la actitud de Islamabad en la lucha antiterrorista y ha advertido contra la tentación de interrumpir o cuestionar la cooperación bilateral.
POCOS CAMBIOS A LA VISTA
Esta situación, que algún incauto podría reputar de 'esquizofrénica' tiene la ventaja de proporcionar un manto de ambigüedad, que resulta muy beneficiosa cuando se trata de un asunto tan resbaladizo como la lucha contra el terror islamista. No cabe esperar grandes cambios después de la desaparición de Bin Laden. Hace mucho tiempo ya que la guerra en Afganistán no está motivada por el peligro operativo de Al Qaeda, que resulta mucho más amenazante en otros lugares. Lo que se pretendería evitar es el retorno al poder de los talibanes. Pero esta eventualidad puede neutralizarse mejor con un acuerdo pactado que mediante una prolongada, desgastante y carísima intervención militar. Lo que probablemente actúa de fondo es el seguimiento y control de la tensión indo-pakistaní, el mayor foco de riesgo de una conflagración nuclear, el punto más crítico del planeta para la paz mundial.
(1) Muy recomendable el artículo de JEREMY SCAHILL en THE NATION sobre la operación y la unidad de élite que la realizó:
http://www.thenation.com/blog/160332/jsoc-black-ops-force-took-down-bin-laden