EL MALEFICIO DESTRUCTIVO DEL BREXIT


16 de enero de 2019
                
Después del contundente rechazo del Parlamento británico al acuerdo sobre el Brexit (432 contra 202), la derrota más humillante para un gobierno desde 1924, la pregunta más escuchada este miércoles en Europa es: ¿Y ahora qué?
                
Nadie sabe la respuesta. O no se atreve a apostar por ella. En realidad, la incógnita que se propaga en todos los círculos políticos, económicos, académicos y mediáticos es el eco de un clamor que resuena desde hace meses. El Reino Unido de Gran Bretaña no sabe cómo salir de un embrollo plagado de trampas, mentiras y ensoñaciones. La situación actual era la única posible tras dos años y medio de incompetencia y confusión.
                
Pero puesto que lo anterior es sobradamente sabido, es lógica la insistencia en la pregunta formulada al principio: y ahora qué. ¿Retirada de la UE sin acuerdo? ¿Aplazamiento más allá del 29 de marzo? ¿Renegociación siquiera aparente del acuerdo? ¿Elecciones generales? ¿Segundo referéndum? Algunas de estas opciones no son excluyentes. Pero ninguna de ellas constituye una solución por sí sola. Detengámonos a analizar los escenarios.
                
RETIRADA SIN ACUERDO             
                
Esta opción parece más plausible y cercana que nunca. Lo ha dicho el siempre locuaz presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al poco de conocerse la votación en Westminster. Este escenario viene cargado de negros presagios sobre la economía británica, de los que no escapará por completo el resto de Europa. Se han manejado cifras de espanto (por ejemplo, caída de 8 puntos del PIB, según el Banco de Inglaterra), cuya solidez está por demostrar.
                
Esta especie de descenso a los infiernos sin demasiado asideros para interrumpir la caída puede llevar aparejada una aniquilación de buena parte de la clase política británica. A la premier May le han hundido los suyos, pero esos mismos quieren preservarla en lo alto del potro de tortura para no entregar las llaves de Downing Street a un “rojo peligroso” como Jeremy Corbyn. La jefa del desgobierno volvería a hacer lo contrario de lo que ha estado defendiendo, un rasgo definidor de su carrera política. En este caso, se verá obligada a gestionar un desenganche del continente en peores condiciones aún, amparada quizás en un discurso de evocación chuchilliana: “sangre, sudor y lágrimas”.
                
APLAZAMIENTO DE LA SALIDA
                
Quizás May siga pensando que, antes de precipitarse en el abismo, tendrá esa última oportunidad que desde su entorno se ha venido apuntando estas últimas semanas. Después de superar la moción de censura laborista, la estólida Theresa tratará de mantener la ficción de un nuevo acuerdo “in extremis”. Necesitará, para ello, de un aplazamiento de la fecha de salida, ya que no hay tiempo. Pero sobre todo, precisará de un último flotador de aquellos de los que se quiere separar: los líderes europeos Sin la luz verde de sus todavía socios continentales no será posible borrar el 29 de marzo del calendario del Brexit.
                
En Europa hay poco humor para las tribulaciones autoinducidas de los británicos. Nunca ha habido una historia de amor entre ambos lados del Canal de la Mancha y un proceso de divorcio no parece el mejor momento para invocarlo. Por añadidura, quienes podrían prolongar la vida de May o están absorbidos en la tarea de salvar la suya propia (Macron, Sánchez), o ya tienen fecha de caducidad (Merkel), o están empeñados en hacer de Europa un solar irreconocible (Salvini, Orban, Kaczynski, Kurz, etc).
                
Y aunque hubiera voluntad política, no hay tiempo, ni margen legal o normativo para algo muy diferente. Como se viene diciendo estas semanas en Bruselas, se pueden cambiar puntos y comas, hacer retórica o aventar los mejores deseos, pero la sustancia del acuerdo no se tocará.
                
La narrativa de May es sorprendente. Se ha intoxicado con su propio autoengaño sobre la viabilidad de una estrategia errática y fallida desde el principio. En un articulo de obligada lectura para los interesados, Charles Grant, el director del Centro para la Reforma de Europa (un think-tank con sede en Londres, no en Bruselas) disecciona la incompetencia y los errores de la premier británica en el desarrollo del Brexit. Ni ella ni sus principales asesores han entendido en modo alguno la lógica de los negociadores europeos. Contrariamente a los diplomáticos y funcionarios británicos, que, en vano, han intentado prevenir a Downing Street del desastre al que se encaminaba. En Bruselas ha prevalecido, según Grant, “las tres Ps” (principios, política y precedente), por encima de cálculos estratégicos o previsiones económicas catastrofistas, las principales bazas de May para lograr una avenencia europea a sus deseos (1).
                
Sin exonerar n modo alguno a la jefa del gobierno británico, otro destacado analista de las cuestiones europeas, Matthias Matthijs, sostiene que el acuerdo suscrito por May es la peor opción para el Brexit... con excepción de todas las demás Remedo de otra de las máximas del inefable Sir Winston en su apología de la democracia (ya se sabe: el peor de los sistemas políticos, con excepción de todos los demás). Matthijs apela a consideraciones pragmáticas, sin dudas alentadas por ciertas tendencias en  Europa (2). Pero Grant parece más atinado en su análisis que Matthijs el momento político que sacude los fundamentos europeos.
                
ELECCIONES GENERALES
                
La ensoñación de May tiene un avatar en su némesis político, Jeremy Corbyn. El líder laborista sostiene que un gobierno bajo su dirección puede renegociar el acuerdo con Europa y conseguir un Brexit en mejores condiciones. No ha dicho cómo ni en qué capítulos, aparte de vagas referencias a la justicia social y a los derechos de los trabajadores.
                
El problema es que, para llegar a esa posibilidad (muy dudosa en todo caso), tendría que forzar elecciones inmediatas (casi imposible porque May cuenta con apoyo suficiente para superar la moción de censura laborista y continuar en el cargo), y luego ganarlas. Esta segunda condición es complicada incluso hipotéticamente. Para apoderarse del gobierno en las urnas, Corbyn necesitaría los votos de sus militantes y muchos más. Y lo peor para Corbyn es que ni siquiera tiene asegurado el respaldo de los primeros, si mantiene su actual posición sobre el Brexit. La inmensa mayoría del votante laborista quiere un segundo referéndum para enmendar el fiasco y anclar a Gran Bretaña en Europa (3). Corbyn y su equipo directivo de confianza responsabiliza a la tecno-burocracia europea de la deriva perjudicial para las clases populares, y con gran parte de razón. Pero no se ve claro cómo una salida de la UE puede favorecer esa rectificación del rumbo por la que él combate.
                
La derecha laborista ha intentado destruir el liderazgo de Corbyn desde el principio, pero el diputado por Islington no parece haber escogido la mejor línea de defensa con el Brexit. Corbyn ha respondido con una calculada ambigüedad a las demandas crecientes de las bases laboristas a favor de un segundo referéndum, con confusas apelaciones a la defensa de la voluntad expresadas por los británicos en junio de 2016. Pero Corbyn elude decir con claridad que la campaña del Brexit estuvo plagada de manipulaciones e incluso groseras mentiras sobre las supuestas ventajas de la desconexión europea.
                
SEGUNDO REFERÉNDUM
                
La opción del segundo referéndum es anatema para los brexiteers de uno u otro signo, porque el resultado parece cada vez claro: rectificación y permanencia en Europa. Esto no puede darse por seguro, pero todas las encuestas lo predicen (4). Muchos de los que practican el discurso del respeto por la voluntad popular defienden este status quo sin salida con un cinismo digno de mejor causa. No se trata de hacer profesión de fé europeísta, muy desprestigiada por estos tiempos, sino analizar con seriedad los males del sistema político británico sin derivarlos a otras instituciones.
                
El segundo referéndum tiene un fundamento democrático incontestable: lo votado en 2016 no ha producido los efectos deseados, la aplicación del resultado de la consulta sería muy negativo para los intereses generales, contrariamente a lo proclamado en su días por los adalides del divorcio, y no hay otra salida alternativa a la vista. Si, aún así, el pueblo británico cree que su destino será mejor fuera de las instituciones europeas, puede confirmarlo con un nuevo voto. Tan soberano será el segundo referéndum como el primero.

NOTAS

(1) “In search of los Brexit: how the UK repateadly weakened its own negotiation position”. CHARLES GRANT. THE NEW STATESMAN, 14 de enero.

(2) “The worst Brexit option, except for all the others. Why Theresa May’s deal is the best way forward”. MATTHIAS MATTHIJS. FOREIGN AFFAIRS, 20 de diciembre.

(3) “Most Labour members believe Corbyn should back second Brexit vote. Nearly 90% of party member would opt to stay in the EU in a ‘people’s vote’, finds survey”. PETER WALKER. THE GUARDIAN, 2 de enero.

(4) “If Corbyn backs Brexit, he faces electoral catastrophe”. PETER KELLNER. THE OBSERVER, 5 de enero.

ESTADOS UNIDOS: EL MOMENTO VIOLETA

9 de enero de 2019

                
La oposición más activa de la resistencia política y social contra la errática, insostenible y peligrosa presidencia de Donald Trump lleva nombre de mujer. Muchos nombres. Causas y temperaturas plurales, pero un mismo propósito: acortar y, si fuera posible, acabar con el periodo más negro en la Casa Blanca desde los sombríos años de Nixon.
                
El año comienza con el aire fresco que ha entrado en el Capitolio (1). De los 545 miembros de la Cámara de Representantes, más de un centenar son mujeres, el número más alto de la historia.
                
NANCY PELOSI, LA INCOMBUSTIBLE
                
La speaker (presidenta de la Cámara), Nancy Pelosi, no es precisamente un modelo de renovación o cambio. Está a dos años de ser octogenaria, ya ocupado anteriormente ese puesto (durante los primeros años de Obama) y es un exponente del establishment político de Washington. El ala izquierda del partido no la quería como líder parlamentaria de un grupo, que es más progresista que nunca. Pero la habilidad y tenacidad de la californiana y la falta de un liderazgo alternativo aún con experiencia le ha confirmado en el tercer puesto del escalafón del Estado (después de Trump y del vicepresidente y líder del Senado).
               
De Pelosi no se espera una estrategia de confrontación sin concesiones con la Casa Blanca. Pero su olfato político le ha hecho modificar, al menos externamente, su lenguaje y su performance. Unos días antes de su regreso al cargo, protagonizó una agarrada monumental con Trump, a cuenta del shutdown (suspensión de ciertas labores administrativas), en el despacho oval, transmitida por televisión, que dejó boquiabiertos incluso a los más avezado cronistas de la Casa Blanca. El presidente hotelero salió mal parado, pero no así Pelosi, que mantuvo el tipo, no se dejó intimidar y puso en evidencia la falta de aptitudes de su rival para el cargo que ocupa con tan escasa autoridad.
                
En días sucesivos, Pelosi ha contemporizado con quienes en el Partido presionan para forzar el juicio político del presidente, aunque su instinto le dice que, en la cultura política norteamericana el pacto casi siempre es preferible a la confrontación. El sector tradicional no cree que se pueda reconquistar la Casa Blanca simplemente con un discurso de combate y plantea una moderación pragmática para recuperar estados que votaron por Trump (2).
                
ELISABETH WARREN, LA “DESEADA”
                
Desde otras latitudes más a la izquierda, el protagonismo también presenta rostros femeninos cada vez más populares. Estos días ha despuntado Elisabeth Warren, senadora por Massachussets, ya en sus setenta años, y con una larga carrera de servicio público a sus espaldas. Warren anunció el último día del año su intención de presentarse a las elecciones internas del PD. Sus seguidores y simpatizantes en la franja progresista del partido llevan más de una década pidiéndoselo, pero ella nunca se había decidido. 

La presencia de Hillary en las dos carreras anteriores pareció disuadirla, aparte de otras consideraciones personales y políticas. Ahora, ha dado por fin el salto, al menos en intención (falta por concretar su candidatura formalmente), alentada por la corriente de descontento con Trump y el auge progresista en el electorado demócrata (3).
                
Elisabeth Warren ha sido una de las senadoras más señaladas de la oposición frente al presidente-hotelero, y ya es decir. Trump puso en duda sus declaradas raíces nativas (indias) y se burló públicamente de ella, llamándola en público Pocahontas. La senadora se hizo una prueba de ADN para acreditar la veracidad de sus palabras. Pero la gestión de este pique le valió críticas en algunos medios, con la complacencia de algunos compañeros de partido.
                
Warren es una abogada doctorada en Harvard, la institución académica elitista de las afueras de Boston y pertenece a esa clase ilustrada típica de la costa este. Pero sus raíces son humildes. Es hija de un portero y ha sido siempre una infatigable defensora de las clases medias y populares. Obama le nombró responsable de una Comisión para estudiar política de control y regulación de las entidades financieras, tras el vergonzoso crack de 2008. Pero el anterior presidente, mucho más moderado que ella, no se decidió a aplicar gran parte de sus recomendaciones. La izquierda demócrata le venera por su integridad y la solvencia de su discurso. En los últimos Congresos, tuvo siempre reservado un espacio destacado. Hace unas semanas publicó un ensayo sobre la política exterior que Estados Unidos debía emprender, en un gesto claro de sus propósitos políticos.
                Pero ella y su entorno son conscientes de representar una posición minoritaria, por creciente que resulte. Trump ha dicho que Warren debería consultar con un psiquiatra si cree que puede ganar las elecciones. Puede limitar el alcance de su empeño la posible competencia con Bernie Sanders, senador vecino, que protagonizó un espléndido papel en el pulso con Hillary. El de Vermont aún no ha decido si repetir experiencia. Una reciente denuncia de sexismo en su equipo, aún por esclarecer, puede resultar un lastre en este momento violeta.
                
LA CORRIENTE RENOVADORA EN EL CONGRESO
                
Pero entre los movimientos sociales y de base las preferencias se dirigen hacia otras mujeres mucho más jóvenes, algunas neófitas o con poco recorrido en política y por tanto muy lejos aún de la carrera presidencial. Algunas ya empiezan a ser habituales en el panorama mediático. Entre ellas, quizás la más destacada es Alexandria Ocasio-Cortez, a quien medios conservadores y gestores ultras de las redes sociales han intentado desacreditar antes incluso de estrenar despacho oficial, con polémicas estériles y artificiales sobre sus aficiones y estilo personales. La representante por el distrito 14 de Nueva York, de origen portorriqueño, abandera causas progresistas en lo social, en lo ecológico  y en lo moral (4).
                
Junto a Ocasio-Cortez, ha tenido notoriedad estos días Rashida Tlaib, flamante congresista por Michigan, de origen palestino, situada en la franja más izquierdista del espectro demócrata. En un brindis celebrado en un bar cercano al Capitolio tras su toma de posesión, hizo una proclama a favor del impeachment del presidente, que prensa y políticos conservadores aprovecharon para denunciar el creciente viento de revanchismo al otro lado del pasillo del legislativo (5).
                
De vuelta a las latitudes más establecidas, otras mujeres se citan como posibles precandidatas: Kristen Gillibrand o Amy Klobuchar, senadoras por Nueva York y Minnesota, y respectivamente, y en particular Kamala Harris, senadora por California (y antes fiscal general del mayor y más rico estado de la Unión), hija de inmigrantes de origen indio y jamaicano (6). Las tres son progresistas, pero con posiciones más templadas que Warren o Sanders.
                
Ya hay un debate abierto interno en el Partido Demócrata sobre la conveniencia de una mujer candidata, tras el fracaso de Hillary (7). Los demócratas obtuvieron 19 puntos más que los republicanos en el voto femenino del pasado noviembre. Las activistas de base del partido son mujeres en abrumadora proporción. La iniciativa #MeeToo avala esta corriente violeta. Pero los sectores más tradicionales plantean objeciones sobre la percepción de género en unas elecciones generales, sin duda un reflejo del machismo político norteamericano.

NOTAS

(1) “Liberal fresmen are shaking the Capitol just days into the new Congress”. THE NEW YORK TIMES, 6 de enero.

(2) “Impeachment is not a high priority for voters, recent polls show”. BROOKINGS INSTITUTION, 3 de enero.

(3) “Elisabeth Warren doesn’t want to be Hillary 2.0”. EDWARD-ISAAC DOVERE. THE ATLANTIC, 31 de diciembre; “Elisabeth Warren has something that Hillary Clinton didn’t”. KAREN TUMULTY. THE WASHINGTON POST, 7 de enero.

(4) “A cautious hope emerges among Alexandra Ocasio-Cortez’s constituents”. ROBERT SAMUELS. THE WASHINGTON POST, 5 de enero.

(5) “Rashida Tlaib calls for taking immediate steps towards impeachment on her first day in Congress”. JOHN NICHOLS. THE NATION, 3 de enero; “Rashida Tlaib said nothing wrong. But the reaction was obscene”. MICHELLE GOLDBERG. THE NEW YORK TIMES, 7 de enero.

(6) “Will It be a black woman who turfs Trump out of the White House”. RICHARD WOLFFE. THE GUARDIAN, 6 de enero.

(7) “Democrats puzzle over whether a woman will beat Trump”. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero.

               

2019: LO QUE NOS ESPERA EN LA ESCENA INTERNACIONAL

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26 de diciembre de 2018

El año que comienza no se presenta muy venturoso que digamos. En realidad, como siempre, pero ahora con una sobrecarga de las previsiones negativas o pesimistas, que se proyectan sobre todas las regiones mundiales sin excepción. Dejamos aquí un apretado avance de la agenda mundial en 2009.

EL DESCONCIERTO EUROPEO

Las elecciones al Parlamento europeo del mes de mayor serán un nuevo test para el nacional-populismo, en el terreno que a sus adalides más les gusta. En estos comicios, los electores suelen dar rienda suelta a sus instintos y enfados, creyendo que sus votos no tienen consecuencias demasiado efectivas. Por lo general, en estas citas se han producido una suerte de salvas políticas que luego no siempre se han traducido en fuego real cuando ha llegado la hora de votar en las elecciones nacionales. Poco importa que el Parlamento europeo, con las sucesivas reformas de los Tratados de la Unión, ya tenga poderes reales. No se percibe así por los electores, que se toman esta convocatoria como un aviso a sus navegantes líderes políticos.

La crisis de los gilets jaunes en Francia, el nuevo brote de inestabilidad político-territorial en Bélgica, la emergencia de la extrema derecha sin disimulo en España (con el telón de fondo de la crisis catalana) y el envalentonamiento del populismo en Italia pueden alentar oleadas catárticas en mayo y arrojar sal en las heridas europeas.

Pero nada como el Brexit para reforzar la sensación de crisis fuera de control. La fecha del 29 de marzo puede significar el fin de un proceso, pero también el comienzo de otro, más incierto y convulso aún: una separación sin acuerdo. Pero también pudiera significar nada en realidad, si hubiera elecciones anticipadas o un acuerdo, improbable pero imposible, para celebrar otro referéndum que deshiciera el nudo gordiano. Los tories están divididos y a la greña, ciertamente, pero los laboristas no lo están menos, con una dirección escindida, reflejo de la fractura existente en su base: remainers (mayoría: clases medidas y jóvenes) contra brexiters (minoría concentrada en zonas desfavorecidas y resentidas por la crisis). Está por ver si este monumental lío (the big mess) se lleva por delante a la premier May pero también al líder de la oposición mayoritaria, Jeremy Corbyn, asaltado desde varios frentes internos.

TRUMP: LA SOLEDAD DEL MANAGER

¿Qué decir del presidente-hotelero, convertido en gran bufón del espectáculo mundial? En las próximas semanas debe sustanciarse el trabajo del fiscal Mueller. Tenga o no consecuencias jurídicas, lo cierto es que, con las nieves de enero a orillas del Potomac, el Individuo 1 (como se le denomina en los documentos de la mega investigación) tendrá que achicar agua en un barco a la deriva, sin oficiales maduros (growns-up) a bordo, tras la última purga de la Casa Blanca.
La Cámara baja del Congreso tiene poderes para prolongar el trabajo de Mueller en una especie de exorcismo político sin piedad. Es verdad que no todos los demócratas están por la labor de convertir el anti-trumpismo en la divisa de identidad del partido. Pero las presidenciales de 2020 aún están lejos, la estrategia está por definir y los candidatos por clarificar. El ánimo de confrontación en Washington es muy intenso. Nancy Pelosi ha tenido que pactar con el ala insurgente de los blues para asegurarse su última reelección como líder de la nueva mayoría y, por tanto, speaker de la Cámara. ¿Facilitará la octogenaria californiana una estrategia de confrontación con la Casa Blanca? ¿Blindarán los republicanos al atribulado presidente, desde el Senado?

EL MALESTAR DE LA PERIFERIA

No todo se juega en Europa y en los Estados Unidos, (o en Canadá, que también votará en 2009, con la inmigración como asunto decisivo). El año que asoma contemplara elecciones en tres grandes países de la periferia: India, Indonesia y Nigeria; en total, dos mil millones de personas, el 30% de la población mundial llamado a pronunciarse. Tres grandes estados que son claves para la seguridad en sus regiones respectivas, todas ellas en permanente riesgo de inestabilidad y violencia, sin atisbos de mejora.

En India, el nacional-populista Modi se juega su prestigio y la continuidad de un proyecto semifallido, mientras a sus puertas se vivirán momentos decisivos de la guerra afgana, con un previsible fracaso definitivo de la aventura norteamericana, el crónico malestar pakistaní, ahora con un presidente que navega entre el populismo y la tutela militar, y una eventual reprogramación de alianzas internas y externas.

Nigeria no tiene ya el mismo influjo que en otros tiempos sobre el devenir del continente africano, asolado por los problemas de siempre y por los más recientes, como el afloramiento del yihadismo, entre otros. El desenganche de Trump y la perplejidad francesa puede abrir nuevas vías de influencia a terceros actores en el continente y promover focos de inestabilidad. La región seguirá arrojando seres humanos desesperados en busca de otro futuro, sin que en destino se les brinde una acogida no ya generosa, sino simplemente organizada y acordada.

Los argentinos, uruguayos y bolivianos también votarán el año que entra. Después del resultado cosechado en Brasil, se verá si hay una estabilización del giro a la derecha, es decir, otro de los vaivenes cíclicos en la región latinoamericana. El arranque de de López Obrador puede ser un contrapeso, pero tendrá que convocar un sortilegio para convencer a Trump de que hay soluciones mejores.

Entre las expectativas más favorables sobresale la que se dibuja entre las dos Coreas. Pero no se puede dar por seguro. Este eslabón perdido de la pasada guerra fría bien podría ser víctima ineludible de la nueva que parece en gestación. La paz definitiva entre esos dos estados de un mismo país puede fraguar y disolverse en un corto espacio de tiempo, si las tensiones mundiales reverberan con especial virulencia en Asia, donde confluyen conflictos territoriales, de soberanía, hegemonía económica, desconfianzas ancestrales, autoritarismo y crisis de gobernanza.

El conflicto que parece abocado un año más a la frustración es el palestino-israelí. Trump, pese a la exagerada proclamación de una iniciativa confiada al superyerno Kushner, será el decimotercer presidente que fracase en el empeño (en su caso, el menos solvente y más desequilibrado de la serie). Lo previsible es que todo se agote en un fuego de artificios que ni siquiera llegue al show de Singapur (caso norcoreano).

Las elecciones en Israel, adelantadas a primavera por las tensiones en la coalición derechista. Netanyahu ha aprovechado la situación para que las urnas distraigan al país de los escándalos de corrupción que le acosan ya desde el juzgado. Es de esperar un reforzamiento de las opciones intransigentes. El año termina con la enésima operación militar, en este caso, en la frontera norte, para destruir los túneles con los que la milicia chiita libanesa de Hezbollah amenaza, dicen, la seguridad nacional.

Debe temerse más inestabilidad en la región. Tras la anunciada retirada militar de Estados Unidos, está ya anunciada una ofensiva turca en el norte de Siria, con el objetivo de derrotar a las milicias kurdas que tanto han contribuido a derrotar al ISIS. Erdogan ha invitado a Trump para “agradecerle” una iniciativa que le deja las manos libres. Sería asombroso que el presidente turco deje pasar una oportunidad como ésta para seguir con su designio de hacer sombra a Atatürk.

Tampoco podemos esperar buenas noticias en Yemen, aunque el debilitamiento del heredero saudí y la nueva correlación de fuerzas en el Congreso norteamericano frene a los jeques de Riad y sus aliados del Golfo. Sólo una respuesta desesperada de Irán, por el impacto de la nueva ronda de sanciones tras la interrupción del acuerdo nuclear, podría vigorizar la alianza de Washington con las monarquías petroleras feudales.


NOTA.

Para quienes desean ampliar esta visión, es recomendable el trabajo del CIDOB, una rara avis en el pobre panorama español de análisis de las relaciones internacionales. https://www.cidob.org/es/publicaciones/serie_de_publicacion/notes_internacionals/n1_208/el_mundo_en_2019_diez_temas_que_marcaran_la_agenda_global


YEMEN: LA MAYOR VERGÜENZA DE LA DÉCADA


19 de diciembre de 2018
           
El sistema de seguridad internacional arrastra muchos fracasos y alguna que otra vergüenza de envergadura sonrojante. De muy distinta índole y naturaleza, por supuesto. Todos importan, en todos sufren sobremanera millones de seres humanos y muchos son evitables o limitables. Pero en algunos de ellos la incuria o el desprecio se hacen más escandalosos.

Si echamos la vista no demasiado atrás, cada década -por establecer un ranking ficticio del dolor- nos ofrece casos de sobresaliente gravedad. Vietnam y Biafra (en los 60); Bangladesh y Líbano (en los 70), Centroamérica, Afganistán y el cuerno de África (en los 80); Rwanda, Congo, la antigua Yugoslavia y Chechenia (en los 90); Irak (en el arranque del siglo XXI); y en está década que concluye, el drama de la minoría Rohingya en Birmania, Siria y, sobre todo, la guerra de Yemen (1).

UNA GUERRA CRIMINAL

La guerra de Yemen, como casi todas las que atormentan el Oriente Medio, presenta causas complejas, difíciles de resumir en poco espacio/tiempo. Como suele ocurrir, todos los actores involucrados, en mayor o menor medida, son responsables, ya sean en su acción sobre el terreno, como inductores y/o protectores.

Yemen es un país fracturado. O un estado fallido, en la jerga de las cancillerías o y think-tanks. Junto a Siria o Libia, ha sido uno de los ejemplos de la deriva catastrófica de la impropiamente denominada primavera árabe. Territorio supuestamente benigno en una zona de terribles condiciones climatológicas (la Arabia feliz de los romanos), Yemen ha sido casi siempre objeto de ambiciones y codicias de sus poderosos vecinos.

En el tiempo presente, dos grandes potencias regionales, Irán y Arabia Saudí (ésta última con el respaldo activo de su aliado regional, los Emiratos) han convertido el país en un sangriento y devastado campo de batalla.

La revuelta democrática árabe de 2011 prendió también en Yemen, El entonces presidente Saleh, protegido de los saudíes, fue contestado en la calle, en parte por las adversas condiciones de la vida que soportaba la población. El autócrata resultó sacrificado en beneficio de su segundo, Abd-Rabbo Mansur Hadi, un hombre débil y sin base de poder: una marioneta. Saleh, al frente de tribus y comunidades agraviadas, se alió con sus hasta entonces enemigos houthies, una minoría de confesión zaidí (versión local del chiísmo), para intentar recuperar el poder.

Los saudíes y emiratíes, alarmados por lo que contemplaron, de manera exagerada, como una injerencia de los ayatollahs iraníes, se comprometieron a fondo en la guerra, en apoyo de su nuevo hombre de paja. La guerra se regionalizó irremediablemente. En realidad, se internacionalizó, desde el punto y hora en que la administración Obama decidió apoyar, siquiera materialmente, a sus aliados saudíes, en un intento fallido por demostrarles que el acuerdo nuclear con Irán no desatendía los compromisos estratégicos de Washington con Riad.

Obama se arrepintió muy pronto de este error lamentable. El cambio de guardia en palacio elevó al megaheredero Mohamed Bin Salman (MBS), que se convirtió en gran factótum de la acción militar. Lo que éste concibió como una gran operación de prestigio terminó resultando un fiasco clamoroso y una espantosa pesadilla humanitaria, debido a una estrategia de tierra quemada que ha machacado a la población civil. Pese a una superioridad abrumadora, los houthies han resistido. Se han hecho fuertes en la capital, Sanaa, han aguantado el asedio de los Emiratos en el puerto occidental de Hodeida (punto de entrada del 70% de las importaciones del país y vía de acceso de la ayuda humanitaria) y han cobrado una altura inesperada como combatientes. Irán, patrón lejano, no participante directo en la guerra, ha conseguido debilitar a su rival sin comprometer tropas ni prestigio. Las dos petromonarquías del Golfo han arruinado su escaso crédito como naciones civilizadas al practicar en Yemen un auténtico crimen de guerra, en opinión de numerosas instituciones independientes.

Trump pretendió proporcionar oxígeno a los saudíes, halagándolos hasta la náusea, cuando desde no pocas instancias nada sospechosas de hostilidad hacia el trono absolutista se recomendaba distanciamiento. Tuvo que ocurrir el monstruoso asesinato del periodista disidente Khashoggi para que se abriera paso un viraje significativo. Los republicanos han hecho finalmente de tripas corazón y han hecho valer su mayoría en el Senado para sacar adelante una resolución que prohíbe la venta de armas que los saudíes emplean en Yemen. Esta iniciativa se ha solapado, no por casualidad, con la iniciativa diplomática más sólida hasta la fecha, comandada por la ONU. Lejos aún de unas negociaciones de paz, la comunidad internacional ha muñido un acuerdo del alto el fuego en Hodeida, el punto más caliente de la guerra en estos momentos. Sin embargo, como era de esperar, el silencio de las armas se deja esperar.

LA MAYOR CATÁSTROFE HUMANITARIA DEL MOMENTO

Hasta aquí un resumen apretado de los hechos. El corolario de la guerra deja un balance pavoroso. En estos cuatro años de conflicto bélico han muerto más de diez mil personas, la inmensa mayoría civiles. La tres cuartas partes de la población, unos 22 millones de personas, se encuentran en riesgo altísimo de perecer de hambre y/o de enfermedades como el cólera y otras. La infraestructura del país está destruida casi por completo. El tejido productivo se ha hecho añicos y tardará años en rehacerse. Los reportajes de Declan Walsh en THE NEW YORK TIMES, entre otros, son aterradores (2).

Yemen se ha ganado la triste consideración de mayor catástrofe humanitaria del momento, debido a la actuación saudí (sin olvidar la iraní, por supuesto), y la necesaria complicidad norteamericana. Como ahora reconocen muchos analistas, Washington podría haber evitado, primero, y concluido, más tarde, este conflicto sólo con embridar a la casa Saud. Obama no se atrevió, o lo hizo tarde y tímidamente. Trump alentó y ahora, avergonzado por el caso Khashoggi, deja que sus colaboradores y sus socios políticos actúen con más propiedad.

En uno de los artículos más reveladores escritos recientemente sobre la guerra de Yemen, Jeffrey Feltman, subsecretario de Estado con Obama y luego alto cargo de la ONU, admite que los “Estados Unidos y otras potencias cerraron los ojos ante las consecuencias de la intervención saudí” y sostiene que “la única forma expeditiva de concluir esta guerra” es presionar a Arabia Saudí para que suspenda su campaña militar de forma unilateral y retar a los houthies a que actúen en consecuencia” (3).

Se trata de una posición compartida por otros analistas. Bruce Riedel, un veterano responsable de la CIA con un profundo conocimiento de los desaguisados norteamericanos en la región, sostiene que Washington podría haber acabado de un plumazo con la pesadilla simplemente con no proporcionar las piezas de las máquinas de guerra, lo que hubiera dejado a los aviones saudíes y emiratíes en tierra (4).

Aparte de detener la guerra (objetivo aún por conseguir), preocupa y mucho la estabilización posterior (con el antecedente de Libia como referencia). Daniel Byman avizora un catálogo de peligros (ruptura definitiva del país con la repetida secesión del sur y fortalecimiento de las facciones yihadistas). En línea con la corriente de pensamiento que contempla a Irán como la gran amenaza regional, Byman considera que, con la guerra concluida, los Estados Unidos pueden reconducir la ayuda a sus protegidos saudíes sobre bases mejor fundadas, con el objetivo de frenar el supuesto expansionismo de Teherán en la región (5). Otro analista, Dana Stroul, detalla los retos que tendrá que abordar la misión diplomática de la ONU (6).

Cabe preguntarse si el complejo político, militar, diplomático e intelectual norteamericano ha sacado todas las conclusiones de ocho décadas de alianza con el régimen absolutista saudí. Todo indica que se encuentra atrapado en una lógica de interdependencia, obsoleta y notoriamente perjudicial para sus intereses.


NOTAS

(1)   “Yemen conflict explained in 400 words”. BBC, 13 de junio; “Yemen: Why is there a war”. BBC, 20 de noviembre.

(2)   “The tragedy of the Saudi Arabia’s war”, 26 de octubre; “In Saudi Arabia’s war on Yemen, no refuge by land or sea”17 de diciembre; “Life in Yemen is Sophie`s choice”. THE ATLANTIC, 29 de noviembre; “Yemenis are left so poor they kill themselves before the hunger does”, THE GUARDIAN, 11 de diciembre.

(3)   “The only way to end the war in Yemen”. JEFFREY FELTMAN. FOREIGN AFFAIRS, 26 de noviembre.

(4)   En una larga serie de artículos para la BROOKINGS INSTITUTION detalla su posición. https://www.brookings.edu/search/?s=bruce+riedel+yemen

(5)   “Yemen after a Saudi withdrawal. How much would change”. DANIEL S. BYMAN. BROOKINGS INSTITUTION, 5 de diciembre.

(6)   “How to build on new Yemen agreement”. DANA STROUL. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 13 de diciembre.