TRES GUERRAS SOLAPADAS

27 de diciembre de 2023

La atención mediática se desplaza hacia otro foco potencial de conflicto internacional, derivado de la operación de destrucción israelí de Gaza y muerte masiva de los palestinos. El arsenal compasivo de las primeras semanas se agota o se asfixia por la prohibición israelí de ingresar en la franja, la extinción paulatina pero inexorable de los periodistas palestinos que trabajaban para los medios externos y la fatiga habitual en las coberturas bélicas. Las crónicas del dolor humano empiezan a diluirse en relatos rutinarios y repetitivos de hipócritas negociaciones diplomáticas, consistentes en blanquear las muertes y el sufrimiento, justificar las políticas criminales y alertar de otros peligros “mayores”.

TALÓN DE AQUILES MARÍTIMO

Uno de esos peligros es el estrangulamiento del comercio internacional en la estrategia arteria del Mar Rojo. Por ese segmento de la ruta entre Asia y Europa transita el 30% del comercio mundial, 7 millones de barriles de petróleo y 125 millones de metros cúbicos de gas diarios. Un grupo armado yemení, irrelevante hace apenas doce años, los houthis, pertenecientes a la secta local del credo chií (los zadíes), son aliados de Irán. De este país han obtenido armas, apoyo logístico y económico y orientación estratégica para desafiar -y en la práctica, derrotar- a las petromonarquías del Golfo Pérsico aliadas de Occidente. Tras una década de guerra brutal, los houthis se han convertido en la principal fuerza política y militar del Yemen, con capacidad para controlar el estrecho de Bab el Mandeb, enclave a través del cual el Océano Índico se convierte en el Mar Rojo.

Desde sus posiciones consolidadas en la costa yemení, estos combatientes han decidido dar réplica al aniquilamiento de Gaza, atacando con drones y misiles balísticos y de crucero a los barcos que transportan mercancías con destino a Israel. Lo cual no quiere decir que los objetivos sean propiamente barcos israelíes, debido a la intrincada identificación de los navíos mercantes en el tráfico marítimo internacional. En realidad, los houthis afirman extender su campaña a todos los Estados que ayudan, en cualquiera de sus formas, a los “sionistas”. Es decir, que el enemigo es buena parte del comercio internacional (1).

Y aquí es donde la inquietud o el malestar occidental por la masacre de Gaza se convierten en verdadera preocupación y exigen una actuación inmediata. Estados Unidos ha reorientado su despliegue militar en la zona, reforzado desde mediados de octubre, e intenta ampliarlo aún más con la creación de una de sus habituales “coaliciones internacionales”, para combatir a los díscolos houthis y “proteger la libertad de navegación y comercio” en el Mar Rojo.

No hay garantías, sin embargo, de que esta impresionante maquinaria militar vaya a conseguir resultados factibles o completos; de ahí que las principales navieras hayan suspendido sus rutas por esa arteria y activado las más larga y costosa, que se dirige hacia el sur de África, bordea el Cabo de Nueva Esperanza y toma rumbo norte hacia las costas europeas: es decir, la ancestral ruta marítima previa a la construcción del Canal de Suez enclave septentrional en el que resuelve el Mar Rojo antes de encontrarse con el Mediterráneo.

El analista militar Bruce Jones, de la Institución norteamericana Brookings, ha sintetizado para el gran público las tres opciones que EEUU tiene para “combatir los ataques houthis” (2). La primera es eludir el problema; es decir, cambiar la ruta, en el sentido que se ha mencionado más arriba. La segunda, atacar las bases de drones y misiles de los houthis. De hecho ya se está haciendo. Pero el éxito completo se antoja esquivo: si la acción militar se intensifica, no les sería difícil a los combatientes yemeníes ocultar su arsenal. Además, Irán tiene capacidad para reponerlo en tiempo no demasiado dilatado (3).

La tercera opción sería ampliar la “coalición”, lo cual tampoco parece muy venturoso. De hecho, ya han aparecido las primeras tensiones a causa de esta operación bautizada como “Guardian de la Prosperidad”. Algunos socios de Estados Unidos prefieren guardarse su panoplia para otros frentes más cercanos: los alemanes, el Báltico; los australianos, el Pacífico occidental. Otros no han mostrado especial disposición (caso de España, con las fricciones conveniente aireadas y exageradas por nuestros medios conservadores).

Cada uno de los renuentes tiene sus motivos, ya sea de política interna, de capacidad logística o de prioridad estratégica, pero el caso es que la proclamada “coalición internacional” tiene poco de coalición y su apelativo internacional se reduce al núcleo duro de los aliados de Norteamérica, O de países como Francia, con base propia en Djibuti, que tiene una motivación estratégica y de prestigio, muy lesionado éste tras su humillante retirada del Sahel.

UNA CARNICERÍA CASI OLVIDADA

Pero mientras estas escaramuzas bélicas alteran la navegación en el Mar Rojo, otra guerra más terrible y mortífera se desarrolla y recrudece tierra adentro de la orilla occidental, en Sudán. Este país (en parte, la Nubia del antiguo Egipto faraónico) tiene salida al Mar Rojo y un puerto clave para su economía en la localidad de Port Sudán. Desde abril de este año, dos facciones militares, la del Ejército oficial (SFA: Fuerzas armadas de Sudán) y la de los mercenarios de unas fuerzas especiales (RSF: Fuerzas de Apoyo rápido) están combatiendo a muerte y hundiendo al país en una pavorosa situación. Los muertos superan ya los diez mil. Casi siete millones de personas se han visto forzadas a abandonar sus hogares y la gran mayoría se encuentra en situación de lo que la ONU denominada “inseguridad alimentaria extrema”: o, sea, hambre (4).

Esta enésima guerra africana tiene poco o nada que ver con valores o disputas ideológicas. Responde, en realidad, a una lucha de ambiciones entre dos facciones militares que pretenden apropiarse del botín. Ambas fueron aliadas en la destitución del general proislamista Omar Bashir, un enemigo de Occidente desde que decidiera amparar a Osama Bin Laden a finales de los años noventa. Mantuvieron esa alianza para inutilizar al débil gobierno civil de transición, al que Occidente no se molestó en respaldar de forma eficaz, convencido de que una solución militar provisional podría ser más efectiva para conjurar el potencial regreso de los islamistas. Al final, el corral resultó demasiado estrecho para los dos gallos de pelea: el comandante en jefe del Ejército y presidente de facto, Abdel-Fattah Al-Burhan, y el líder de los mercenarios, general Mohamed Hamdan (aunque todos lo conocen por su apodo: Hemeti)

Pero, como es también norma en África, hay agentes externos implicados a fondo en la guerra. A Burhan lo apoya Egipto y; mientras que Hemeti está respaldado activamente por los Emiratos árabes y, lo que es más perturbador para Occidente, las milicias Wagner rusas. Con el paso de los meses, Sudán se parece cada vez más a Libia: otro monumento de la incompetencia occidental en África. Se acaba con un “dictador” enemigo y la única opción que termina imponiéndose es un caos de militares corruptos, milicias irregulares o mercenarios; al cabo,  todos ellos matones por igual. Las potencias regionales medias los manipulan o se sirven de ellos, permitiéndoles el aprovechamiento del botín más inmediato (5).

En este caso, Burhan, que se ha ido debilitando en los combates y perdido el control de la capital, Jartum, conserva el control del país agrario útil y el control de la ciudad portuaria de Port Sudán. Hemeti se ha hecho fuerte en torno a las minas de oro del oeste del país y está haciendo estragos en la región de Darfur, donde hace veinte años unas milicias antecesoras a las RSF (las de los Janjavid o jinetes) protagonizaron un genocidio de las tribus negras (no árabes) locales (6).

Las informaciones que nos llegan dificultosamente del país indican que se esta produciendo una segunda edición de aquellas matanzas de 2003, que tanta emoción provocaron en Estados Unidos, con la movilización de celebridades como Georges Clooney y otras.

Después de haber perdido el acceso seguro al Mar Rojo por su orilla oriental, la yemení, a los Emiratos les resultaría de gran valor que su aliado en la guerra del otro lado venciera a su enemigo y se hiciera con el control de Port-Sudán. Tal eventualidad, reactivaría la guerra en Yemen, con el objetivo de derrotar a los rebeldes houthis.

Washington se encuentra atrapado en esta red de contradicciones operativas y alianzas cada vez sometidas a mayor tensión y menor control. La Casa Blanca no parece capaz de embridar los intereses emiratíes. Como ya ocurriera en la guerra interna de Yemen, las urgencias de sus aliados regionales escapan parcialmente a su control, porque contravenirlas sin más pondría en peligro la estrategia mayor, que es el debilitamiento de Irán en la zona (7).

De todo lo apretadamente expuesto se deduce que en la zona hay en el momento presente varias guerras solapadas: la muy desigual y sangrienta en Gaza; la insidiosa y contenida en el Mar Rojo; y una tercera, brutal, despiadada y parcialmente subsidiaria en Sudán. A las que habría que sumar las dos latentes de Israel contra otros dos aliados de Irán: las milicias chiíes libanesas de Hezbollah y el régimen sirio.

Si la administración Biden se creía hace apenas tres meses descargada de apremiantes “obligaciones” en Oriente Medio, la realidad de los conflictos podridos le ha devuelto a la cruda realidad.

 

NOTAS

(1) “Rising pressure on Red Sea transit”. NOAM RAYDA. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 22 de diciembre.

(2) “The West’s 3 options to combat the Houthis attacks”. BRUCE JONES. FOREIGN POLICY, 20 de diciembre.

(3) “Comment les houthistes ont développé leurs capacités militaires au Yemen”. COURRIER INTERNATIONAL, 20 de diciembre.

(4) “Sudan’s civil war triggers an ‘unimaginable humanitarian crisis’”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 9 de noviembre.

(5) “The War the World forgot”. ALEX DE WAALD y ABDUL MOHAMMED. THE NEW YORK TIMES, 4 de diciembre.

(6) “A genocidal militia is winning the war in Sudan”. THE ECONOMIST, 16 de noviembre

(7) “Washington tries to correct course on Sudan’s civil war”. ROBBIE GRAMER.FOREIGN POLICY, 20 de diciembre.

EL PACTO FÁUSTICO DE MACRON

20 de diciembre de 2023

Macron y su gobierno han conseguido aprobar en la Asamblea Nacional francesa su nueva ley de inmigración. El precio ha sido alto: su propio grupo parlamentario ha quedado dividido y herido, con votos significativos en contra y varias abstenciones, la dimisión de uno de los ministros (el de Sanidad), el malestar explícito de media docena más y una sensación de deslealtad con el proyecto político que llevó al liberalismo reformista al Eliseo. Alguien ha escrito que esta batalla política puede ser más dañina que la reforma de las pensiones.

No obstante, los demoscópicos aseguran que, contrariamente a aquella, la revisión legislativa que regulará y controlará el fenómeno migratorio y la vida cotidiana de las personas de origen foráneo en la Republica cuenta con el apoyo mayoritario de la población francesa. La mayoría -o la mayoría de la mayoría- ha jugado, por tanto, a favor de corriente. Quizás, pero en contra de sus principios o valores, se dice en los sectores críticos. Esos valores son, supuestamente, la humanidad, la universalidad de los derechos, la diversidad social y cultural, todos ellos herencia o desarrollo de los pilares constitutivos de la República fundacional de la Francia moderna: libertad, igualdad, fraternidad. Las grandes palabras que tanto encienden a los franceses. A la hora de la verdad, se impone una realidad más pedestre. En el caso de Macron, una flagrante contradicción con su inicial estilo rompedor, si ello era necesario para “hacer avanzar a Francia”. En su descargo hay que decir que en toda la Unión Europa ese el rumbo que se impone (1).

La nueva ley endurece las condiciones de vida de los inmigrantes, refuerza las medidas de control policial y administrativo, restringe el flujo migratorio con recetas represivas y limita derechos. Para acceder a prestaciones familiares o a la ayuda para vivienda, los inmigrantes tendrán que tener trabajo en el momento de la solicitud o demostrar residencia durante los últimos cinco años. Las condiciones para la reagrupación serán más estrictas. Se les relegará en el disfrute de otros servicios sociales, en aplicación del principio de la “preferencia de los nacionales”, y se criminalizará su condición bajo ciertas circunstancias agravantes (que podrán acarrear pérdida de la nacionalidad). En definitiva, se obviará su contribución a la riqueza y productividad de la nación. La eliminación de la atención médica del Estado ha sido excluida del texto, pero podrá ser incluida, en 2024, cuando se haga una actualización.

UN RECORRIDO LEGISLATIVO REVELADOR

El recorrido de esta ley ha sido azaroso. Y revelador. Un primer texto salido de la  Asamblea Nacional, ya un tanto restrictivo con respecto a las normas todavía vigentes, fue endurecido notablemente en el Senado debido a la mayoría de que goza en esta Cámara la derecha conservadora, cuya política en la materia difiere poco o casi nada de la que sostiene el partido xenófobo tradicional, es decir, el Reagrupamiento Nacional (RN), liderado por Marine Le Pen.

Los gaullistas fueron durante décadas partido habitual de gobierno, pero hoy han quedado reducidos a una fuerza de resistencia conservadora favorecida por su anclaje territorial en zonas sobrerrepresentadas en el Parlamento, merced a un sistema electoral desequilibrado. Estos conservadores fueron rebautizados por enésima vez por Nicolás Sarkozy, quién, pese a su filiación originaria gaullista, sumó a sus muchas ambiciones la de poner fin a la alargada sombra del General en la política francesa. La denominación escogida fue Los Republicanos (LR), ambigua no por casualidad. El nuevo nombre excluía el término Partido en virtud de su proclamada vocación de cobertura nacional y de adscripción a los valores fundacionales del Estado; sin olvidar un guiño de convergencia ideológica con sus homólogos norteamericanos.

Pero LR no sólo parecen haber asumido el olvido de De Gaulle, sino que han eludido la retórica etiológica republicana. Durante décadas, los conservadores proclamaban su distinción de la extrema derecha poniendo en valor los principios básicos de la nación. El triunfo de la facción más derechista en la última elección interna ha emborronado los límites entre las dos derechas. Como ocurre en gran parte de Europa. Y no sólo por cuestiones tácticas, por oportunismo electoral, o por exigencias de matemática parlamentaria. No hay grandes diferencias programáticas entre estos Republicanos y los nacional-identitarios.

Esta convergencia se ha visto confirmada en los debates de la Ley de Inmigración. Aunque Reagrupamiento Nacional dispone de apenas 3 senadores, las posiciones de Los Republicanos les complacía abiertamente. No tuvieron necesidad de agitar el barco desde las tribunas o las calles. La deriva legal cumplía en gran parte sus expectativas. Las organizaciones de defensa de los inmigrantes denunciaron en su momento que las enmiendas introducidas por la derecha “afectan a todos los derechos actuales”, “llevan la marca de las derechas extremas” e “integran todos los clichés posible sobre la inmigración” (3) .

Pero lo grave es que el Ministro del Interior, Gérald Darmanin, no fue muy combativo frente a la derecha conservadora, celoso de conservar en buen estado los puentes de un pacto ulterior, como se ha visto luego. Dijo que, cuando el texto endurecido volviera a la Asamblea, se limarían los aspectos más desagradables. Pero el requiebro tuvo corto recorrido. Como la izquierda no apoyó a la mayoría liberal, el Ministro se encontró entre la espada y la pared. En una votación previa, el texto suavizado fue rechazado. Darmanin presentó la dimisión... pero a Macron, no a la jefa de gobierno, Elisabeth Borne (dicen las malas lenguas que por riesgo a que le fuera aceptada). El presidente se negó a permitir la caída del Ministro e instó a una solución. El recurso al decretazo en esta ocasión había sido descartado de antemano.

Al final, la reglamentaria Comisión Mixta paritaria intercámaras (CMP) produjo un texto de consenso más cercano a las posiciones  conservadoras que a la liberales. Al cabo, el proyecto de Ley ha sido aprobado con una mayoría muy amplia (349 votos contra 186) , pero con los desgarros antes apuntados. Casi una cuarta parte de los diputados de la mayoría (50 de 251) no apoyaron el texto, votando en contra, absteniéndose o ausentándose de la sala. Y algunos de estos díscolos tienen un papel político relevante.

Pero, al cabo, el texto salió adelante con holgura. Ni siquiera hubieran hecho falta los 89 votos de la extrema derecha, que se sumó con proclamas de “victoria ideológica” al campo del . Para salvar la cara, algunos socios de Macron, como el presidente del MoDem, habían sugerido previamente  que la Ley quedara en suspenso si para su aprobación se hubiera precisado de los votos ultras. A Macron le satisfizo la idea, que encajaba con su retórica de no favorecer las opciones del RN. Pero el patrón de LR la calificó de “anomalía democrática”.

En todo caso, no todo está dicho. El Consejo Constitucional debe confirmar que la Ley no conculca la Carta Magna, como algunos señalan. La propia jefa del Gobierno, que ha defendido con su firmeza de libro habitual el texto, ha admitido que “compartía algunas dudas” sobre algunas de las disposiciones impuestas por la derecha (3).

LA PERSPECTIVA DE 2027

De momento, Macron ya tiene su Ley. Puede pensar que ha sofocado otro incendio, pero en realidad, ha colocado cargas explosivos en el edificio reformista. Su mayoría queda visiblemente resentida. La batalla presidencial de 2027, en la que él no será candidato, ha comenzado. El macronismo, como fuerza política inspiradora construida con retales, agoniza. Los liberales franceses tendrá que luchar muy mucho para mantener sus opciones en el centro-derecha.

El gran beneficiario de estas refriegas políticas podría no ser la derecha conservadora, sino el nacional-populismo. Marine Le Pen no sólo va como una flecha ante las elecciones europeas del próximo mes de mayo (siempre obtiene buenos resultados en esos comicios). Su ambición presidencial parece más sólida que nunca. Es de esperar que, en los próximos años, la otrora  agitadora de la política francesa siga limando sus aristas más incómodas y reforzando su alternativa de dirigente respetable.

Los recientes triunfos de Geert Wilders en Holanda y de Giorgia Meloni en Italia (aunque la filiación de ésta pertenezca a una veta ultra europea rival), se unen a las posiciones de gobierno conquistadas por sus afines en el norte del continente. Si se confirmase en septiembre la victoria de sus amigos xenófobos de la AfD en los länder orientales de Alemania, la estatura presidenciable de Le Pen podría ser irresistible. De ser así, el empeño de Macron de sacar adelante un legado legislativo propio “cueste lo que cueste” habrá tenido al aire metafórico del pacto de Fausto con el diablo.

 

 

NOTAS

(1) “Partout en Europe, les portes se referment”. COURRIER INTERNATIONAL, 25 de noviembre.

(2) “Du droit du sol à l’aide médical d’Etat: comment le Sénat a durci le projet de loi ”inmigration”. LE MONDE, 14 de noviembre.

(3) “Loi su inmigration: le texte adopté, crisis ouverte au sein du camp Macron”. LE MONDE, 20 de diciembre.

FATIGAS Y TEMORES ANTE LAS GUERRAS

13 de diciembre de 2023

En las puertas del invierno, las guerras que ocupan la atención internacional (Ucrania y Gaza) parecen abocadas a desenlaces dispares. Israel acelera la destrucción de Gaza en la confianza de que así podrá  destruir (casi) definitivamente a Hamas. Cueste lo que cueste: principalmente las vidas de miles de personas. Ya han muerto en esta guerra más palestinos que en todas las operaciones militares israelíes anteriores juntas en la franja. Y quedan, con seguridad, los días más terribles, por efecto de las bombas y tanto o más por la inanición, la deshidratación y las enfermedades de todo tipo, que el aniquilamiento de la infraestructura sanitaria impide atajar.  La catástrofe humana es la mayor del planeta en estos momentos, como denuncian la ONU y las entidades de ayuda sobre el terreno, completamente desbordadas e indignadas.

En Ucrania, mientras tanto, asistimos a un estancamiento militar desde hace semanas, con escasos movimientos en los frentes y la insistencia en operaciones de usura, de desgaste o de  destrucción de infraestructuras y amedrentamiento de la población civil.

La respuesta de la Comunidad Internacional ha ido evolucionando de forma desigual, en función de la duración y perspectivas de desarrollo de cada conflicto. Ucrania e Israel son socios estratégicos de Occidente, pero pueden volverse muy incómodos, si los conflictos en que están inmersos no entran en una vía de solución. Son crisis muy diferentes, pero sus consecuencias económicas se acumulan. La reducción de la dependencia de Rusia y la relativa solidez de los vínculos con los países árabes autoritarios ha relativizado el impacto energético. Pero no lo suficiente para ser indiferente a la prolongación o la complicación de ambos conflictos.

GAZA: TEMOR A LA EXTENSIÓN DEL CONFLICTO

EE.UU se ha convertido en copartícipe indirecto en la tragedia palestina, al brindar cobertura diplomática y militar a Israel, aunque intente endulzarlo con llamamientos a la moderación de su protegido (1). Le secunda una Gran Bretaña en su tradicional papel de escudero. Los estados europeos están divididos y, por tanto, reducidos a la impotencia o la negligencia. No pasan de pronunciamientos que Israel desprecia. Cuando la voz crítica es un poco más clara, caso de España, la respuesta israelí adquiere tono de fiereza diplomática. Por lo general, Europa, atrapa en la trampa del relato antiterrorista se cuida de no desairar en demasía a Israel.

Ante la carnicería de Gaza, no se detectan grandes tensiones en la avenida que conecta la Casa Blanca con el Capitolio, lo cual no quiere decir que no haya escaramuzas derivadas. Los ultras republicanos agitan la impostura del supuesto antisemitismo para desacreditar cualquier atisbo de crítica a la agresividad israelí. La dimisión forzada de la rectora de una Universidad de Pensilvania ha abierto una nueva caza de brujas: cualquiera que se atreva a cuestionar la manera en la que Israel protege su seguridad será tildado de antisemita, de pronazi o de algo peor, igual que en los años 50 todo aquel que se permitiera cuestionar la política ultraconservadora de la época era acusado de agente comunista y estaba abocado a la ‘muerte civil’.

La oposición a la política gubernamental no procede del extremismo republicano, sino de la base demócrata, mucho más a la izquierda, que ya no acepta fácilmente la desequilibrada política oficial norteamericana de las últimas siete décadas. Israel ha dejado de ser un tabú, pero todavía quema, y mucho, a quienes discrepan de la doctrina imperante.

En Europa, las hipotecas bélicas son siempre o casi siempre más pesadas y menos rentables. Como la pluralidad política es mucho mayor que en Estados Unidos, la instrumentalización de la crisis bélicas son más complejas de gestionar, y más en estos tiempos en que se ha quebrado el consenso centrista y el desafío de las fuerzas centrífugas es más notable. La extrema derecha, que en otros tiempos no sentía mucho aprecio por la causa israelí, se ha reposicionado a su favor. No es tan paradójico. La evolución se debe a la derechización que ha experimentado el estado sionista. Israel es hoy uno de los motores del nacionalismo más extremo. Los valores que atraían inicialmente simpatías del centro-izquierda han sido eliminados por políticas identitarias, racistas y de una agresividad sin disimulo contra los palestinos.

Las políticas de Estado proisraelíes en Alemania o en Francia, por ejemplo, se vieron en otros momentos compensadas con ajustes de acomodo hacia los estados árabes productores de petróleo y con una solidaridad hacia la causa palestina expresada en dádivas económicas. Ese equilibrio se hace ahora más difícil de mantener, tras los golpes del terrorismo islamista en suelo europeo y una menor dependencia del crudo procedente de Oriente Medio. En el imaginario de la ultraderecha se asimila a los árabes con un debilitamiento de la cohesión social y la seguridad  nacional y se culpa a las familias políticas del orden liberal de debilidad y cinismo. La acumulación de conflictos enturbia el entorno económico de estabilidad que los gobiernos centristas europeos necesitan para resistir el desafío de un nacionalismo identitario alimentado por causas estructurales como la inmigración, el envejecimiento de la población, la sostenibilidad de las pensiones y de los servicios sociales públicos, etc.

Se tema que la carnicería de Gaza pueda provocar la erupción de nuevos focos bélicos por la acción de Irán, gran y único enemigo actual de Israel, o de sus aliados regionales no estatales: los chiíes de Líbano, Yemen, Irak o Siria (2). En ese caso, las presiones inflacionistas podrían recrudecerse en Europa. Los huthís yemeníes ya han lanzado drones contra barcos comerciales que surcaban el Mar Rojo con destino a Israel (3) y el Hezbollah libanés está hostigando posiciones militares israelíes en la frontera. Pero, de momento, no parece que Irán esté dispuesto a que se desborden las hostilidades (4). Israel, en todo caso, dispone de potencial intimidatorio suficiente, y no se atiene a límites, ni siquiera legales. Se ha documentado ya un ataque contra posiciones de Hezbollah con bombas de fósforo, prohibidos por la ley internacional (5). En cuanto a la libertad de navegación, no sólo Estados Unidos actúa como garante activo; Francia replicó a los ataques de los huthies esta misma semana.  

UCRANIA: EL GIRO PERCEPTIBLE

En Ucrania, convergen las posturas y se empieza a cumplir lo que los analistas más lúcidos o menos proclives a la propaganda predijeron desde un principio: el apoyo a Ucrania irá disminuyendo a medida que la guerra se prolongue, sin un resultado claro a la vista. Incluso los más entusiastas empiezan a dudar.

Hasta finales de octubre, según el seguimiento exhaustivo del Instituto Kiel (Alemania), la ayuda global a Ucrania supera los 240 mil millones de dólares. Europa (instituciones y países por separado) han aportado el 47% y EE.UU el 43%. Pero si nos fijamos sólo en el rubro militar, la participación norteamericana (44 mil millones de €) casi iguala a la de todos los países europeos y las instituciones comunes conjuntamente (50,4 mil millones de €) (6). De ahí la importancia clave que tiene para el futuro de Ucrania la resolución de la actual disputa en Washington.

Los republicanos de la Cámara Baja, dominados por los extremistas, supeditaron la aprobación del último paquete de asistencia militar y económica (61 mil millones de dólares) a un mayor endurecimiento de la política migratoria. Biden no accedió y el arsenal ucraniano se agota. Zelenski ha vuelto a viajar a Washington para dirigirse al Congreso y agitar las conciencias, vinculando la suerte de su país al liderazgo mundial de Estados Unidos.

Ucrania es ya, sin discusión, un asunto más de la agenda interna norteamericana. Su suerte se vincula a los cálculos de las maquinarias políticas. Mala cosa para Ucrania convertirse en moneda de cambio en periodo electoral. Cuánto más se empeñe Biden en sacar adelante sus propuestas, más valor tendrá para sus oponentes utilizar esa pieza en el tablero de la confrontación.

Europa tampoco ofrece un panorama despejado. La Hungría de Orban ha vetado el nuevo paquete europeo de ayuda, por valor de 50.000 millones de €, y el inicio del proceso de adhesión de Ucrania a la UE. Detrás de esta posición está la retención de los 10.000 millones de € que Hungría debía recibir de los fondos de recuperación europeos por la pandemia, pero se sospecha que también opera la “mano del Kremlin, dada la buena relación entre el dirigente húngaro y Putin. Si Hungría mantiene su veto en la cumbre de este fin semana, la situación para Ucrania podría volverse crítica (7).

Tampoco ha sido muy oportuno que Zelenski haya ido a la toma de posesión de Milei en busca desesperada de nuevos aliados. No se ve bien qué podía esperar el presidente polaco de un país arruinado y a punto de someterse a otro electroshock económico.

El ánimo occidental es ahora más bien pesimista sobre las opciones reales de que Ucrania gane la guerra en los términos que ésta quiere; es decir, forzando el repliegue ruso a las líneas no ya de octubre de 2022, sino de 1991, cuando nació el estado independiente ucraniano. Nadie, ni en público ni en privado, se atreve a seguir a pies juntillas el discurso de Kiev. Aunque, de momento, se omitan referencias expresas a concesiones, es cada vez más evidente que a Europa no le desagradaría una estrategia binaria que combinara las tentativas negociadoras con presión bélica para mejorar sus bazas. Ya hay voces en Ucrania que lo insinúan. Y Europa tienen motivos para creer que Rusia estaría abierta a esa perspectiva.

A la postre, esa opción mixta podría ser una realidad imparable dentro de un año si, como parece, hay un cambio en la Casa Blanca y un tal Donald Trump ocupa de nuevo el Despacho Oval. Lo que se sabe de los planes del expresidente hotelero en la materia ponen los pelos de punta a los dirigentes ucranianos y alerta a los europeos. El círculo de asesores y consultores de los que se ha rodeado el legalmente asediado businessman llegan incluso a plantear la retirada de la OTAN y una nueva aproximación a Rusia, para concentrarse en lo que realmente les importa: la lucha contra China por la supremacía mundial.

NOTAS

(1) “The U.S. is not actually ‘pressuring’ Israel”. NATHAN J. ROBINSON. CURRENT AFFAIRS, 5 de diciembre.

(2) “A U.S.-Iranian miscalculation could lead to a large war”. THE NEW YORK TIMES, 29 noviembre.

(3) “Why Yemen’s houthis are attacking ships in the Red Sea”. THE ECONOMIST, 4 diciembre.

(4) “The 7 reasons Iran won’t fight for Hamas. ARASH REISINEZHAD(London School of Economics). FOREING POLICY, 4 diciembre.

(5) “Israel used U.S.-supplied white phosphorus in Lebanon attack”. THE WASHINGTON POST, 11 de diciembre.

(6) https://www.ifw-kiel.de/publications/ukraine-support-tracker-data-20758/

(7) “Ukraine’s Zelensky and Hungary’s Orban reflect a divided Washington”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 12 diciembre.

LA SOMBRA DE KISSINGER

 7 de diciembre de 2023

Kissinger ha dejado el mundo de los vivos, que aspiró a controlar, modelar y proyectar para futuras generaciones. En realidad, estuvo a los mandos apenas una década: la de los setenta, en los mandatos de Nixon y la coda de Ford. Fragmento ominoso de la humanidad, incluso en un siglo fértil en desgracias inducidas desde la cúspide del poder. El diplomático/académico/ germano-norteamericano tuvo mucho que ver en las calamidades de la fase final de la Guerra fría: Bangladesh, Vietnam, Camboya, Chile... Se le atribuyen, en contraste, trabajos hercúleos en pos de la armonía internacional: control de las armas nucleares, reequilibrio de poderes, neutralización de las hostilidades en Oriente Medio y punto final a la guerra en Indochina, éste último de dudosa valoración (1).

Se pasó su segunda media vida exprimiendo sus éxitos y ocultando, manipulando o reescribiendo sus fracasos y vergüenzas: construyendo su relato de estadista para todas las estaciones, con la ayuda de hagiógrafos y desmemoriados. Otros, más críticos, o simplemente más honestos, no se le han puesto fácil. En la hora de su muerte el denominado “juicio a Kissinger” sigue pariendo páginas y aportando argumentos (2).

Algunos lo han querido ver como una suerte de Maquiavelo contemporáneo. Pero incluso esta aproximación es tan escurridiza como el personaje de referencia. Maquiavelo ha generado múltiples y muy diferentes lecturas, desde Gramsci a los exégetas del poder sin escrúpulos. Kissinger tomó del florentino la visión de un mundo sin ilusiones ni idealismos.

Quizás por eso, durante algún tiempo se le consideró como el sumo sacerdote de la “doctrina realista” en las relaciones internacionales. Pero casi todos los que se reclaman de esta corriente de análisis y pensamiento refutan hoy esa adscripción, que el propio interesado permitió, aunque no con entusiasmo. Porque, en realidad, lo que realmente caracterizó su trayectoria fue la ambigüedad. O, para ser más claro, el oportunismo: hacer, en cada momento, lo que mejor le conviniera al Príncipe; al cabo una lectura reduccionista de Maquiavelo.

Los críticos le reprochan esta relatividad moral, de la que él llego incluso a alardear, sin que pareciera molestarle el reproche. Otros comentarios poco amables quizás le importunaran más: por ejemplo, que fuera un académico sin lustre, o que, pese a su fama y su muy lucrativa carrera, nunca fuera capaz de armar un cuerpo doctrinal original y propio (3).

La segunda parte de su vida, alejado ya de los pasillos estrechos del poder, se la pasó ganando dinero a cambio de consejos a los poderosos del mundo, a modo de oráculo indiscutible. Poco importó que, en esta faceta postrera pero la más prolongada de su actividad, errara con asiduidad o modificara sus juicios sobre la marcha. Con aplomo impasible recomendaba ora una política, ora la contraria, sin perder credibilidad para los pagadores.

Entre sus giros más llamativos, por la actualidad que arrastran, destacan sus juicios sobre la ampliación de la OTAN, la crisis de Ucrania o las relaciones con China. Como supuesto realista, desaconsejó la ampliación de la Alianza Atlántica y luego se dedicó a teorizar su extensión al Este; consideró inicialmente peligrosa la incorporación de Ucrania al sistema defensivo occidental y luego lo defendió vivamente; siempre se mostró ferviente partidario de unas relaciones constructivas con China, pero terminó por elogiar a Trump por tensionar el diálogo con Pekín. Cada momento pide una política, podía ser su máxima. Por eso ninguna escuela lo reclama como uno de los suyos, pese al prestigio que él supo cultivar hasta los últimos momentos de su vida. Como dijo Edward Luce: a veces se comportaba como un realista sui generis y otras como un neocom apasionado (véase su apoyo a la guerra contra Irak de 2003).

Martin Indyk, uno de sus biógrafos, exembajador de Estados Unidos en Israel y participante en algunas de las rondas negociadoras en Oriente Medio, ha escrito recientemente que Kissinger hubiera aplicado su visión incrementalista para abordar la actual guerra en Gaza (4). En la jerga de la política internacional, eso significa que se habría abstenido de intentar, ahora y en lo sucesivo, de perseguir una “solución duradera”, término que suele aparecer en casi todos los esfuerzos diplomáticos en cada conflicto internacional. Kissinger, en efecto, era poco amigo de esas ambiciones perfectas, que consideraba irreales e inalcanzables. Era partidario del “paso a paso” (de ahí el incrementalismo), de los pequeños logros, sin obsesionarse por un final ideal, condenado al fracaso; o peor, a la prolongación de la guerra, debido a lo que él denominó como la “paradoja de la paz”.

En la situación actual de Palestina, tal solución ideal podría asimilarse, para algunos, a la fórmula de “los dos Estados” (uno israelí y otro palestino) que en alguna ocasión reciente, el germano-americano apoyó, a su manera. En su interpretación del supuesto libreto kissingeriano, Indyk sostiene que, en lugar de fijar primero el objetivo final, se trataría de adoptar medidas modestas, parciales. La propuesta de Indyk-Kissinger se asemeja a la imposible construcción de un complejo mecano. Pero lo que para unos se trataría de “paciencia estratégica”, para otros no sería más que la manifestación palmaria del cinismo. A veces, la imposibilidad de un acuerdo ideal o del mejor acuerdo en un conflicto no se debe a una dificultad intrínseca sino al sistemático, persistente y muchas veces insidioso boicoteo.

En una línea de visión muy diferente a la de Indyk, Ben Rhodes, el que fuera Consejero de Seguridad de Obama, califica a Kissinger, de “hipócrita” (5). En realidad, hace extensivo ese epíteto a toda una trayectoria de la política exterior norteamericana, consistente en negar a otros países, si es posible con el uso de la fuerza, lo que Estados Unidos se reserva para sí. O en predicar una cosa y actuar para que, en la práctica, ocurra lo contrario. Kissinger interpretó esa farsa de forma implacable. Sin complejos de culpa ni remordimientos.

Stephen Walt, uno de los exponentes más brillantes del realismo en política internacional, a la sazón profesor de Harvard (como Kissinger, en su día) intentó desentrañar el “misterio” del personaje con motivo de su centenario vital (6) y lo ha completado ahora con un comentario final sobre la impostura realista del fallecido. Poco en el ejercicio de Kissinger o en sus libros y escritos, asegura Walt, merece ser encajado en tal doctrina, aunque, concluye con ironía, tal vez si pueda considerarse como tal su empeño impenitente en aferrarse al poder, o en mantener su influencia en la esfera internacional a toda costa (7).

Lo que ha hecho que perviva esta capacidad para prolongar su pretendida vigencia es quizás su vivacidad hasta los últimos meses de su vida (8). La locuacidad, la ironía, la aparente brillantez de sus juicios o comentarios tenían la habilidad de oscurecer sus gazapos, sus errores, sus contradicciones (9). Al cabo, la diplomacia también es eso: hacer que las cosas parezcan distintas a lo que son. Diplomacia y propaganda son dos caras de la misma moneda con la que se pagan las fechorías en el mundo. La primera tiene o suele tener buena prensa; la segunda, se denigra, aunque, por cierto, se practique cada vez con más sutileza, como señalan en un interesante trabajo dos especialistas en la materia, a cuenta de la guerra de Gaza (10).

En Ucrania y en Palestina el incrementalismo de Kissinger conduciría a un estancamiento muy de su gusto. Las medidas parciales y modestas para afrontar la violencia implícita (y explícita, como ahora mismo) de la ocupación de los territorios palestinos y superar la actual fase de desgaste sin desenlace claro en la guerra ucranio-rusa se antojarían inútiles, si de verdad se quisiera conseguir la justicia o la paz. Tal vez Kissinger se sentiría a gusto con el status quo actual.


NOTAS

(1) “Henry Kissinger, who shaped world affairs under two presidents, dies at 100”. WALTER LIPPMAN. THE WASHINGTON POST, 29 de noviembre;“Henry Kissinger is dead at 100; shaped nation’s Cold War History: DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 29 de noviembre; “Henry Kissinger, colossus on the World stage”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 29 de noviembre.

(2) “Judging Henry Kissinger”, JOSEPH S. NYE Jr. FOREIGN AFFAIRS, 30 de noviembre;

(3) “Did Henry Kissinger further U.S.  National Interests or harm them”. EMMA ASHFORD y MATTHEW KROENIG. FOREIGN POLICY, 1 de diciembre.

(4) “How would Kissinger solve the Israel-Hamas war today? Incrementally. MARTIN INDYK. THE WASHINGTON POST, 30 de noviembre.

(5) “Henry Kissinger, the Hipocryte”. BEN RHODES. THE NEW YORK TIMES, 30 de noviembre.

(6) ”Solving the mistery of Henry Kissinger”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 9 de junio.

(7) “Was Henry Kissinger really a realist”. STEPHEN WALT. FOREIGN POLICY, 5 de diciembre.

(8) “What Henry Kissinger’s diplomacy have to teach the world. THE ECONOMIST, 30 de diciembre; “Half a century later, Kissinger’s legacy is still up for debate”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 29 de noviembre.

(9) “Kissinger`s contradictions”. TIMOTHY NAFTALI. FOREIGN AFFAIRS, 1 de diciembre.

(10) “Gaza and the future of the Information Warfare”. P.W. SINGER y EMERSON T. BROOKING: FOREIGN AFFAIRS, 5 de diciembre.

 

HOLANDA COMO SÍNTOMA

 29 de noviembre de 2023

El resultado de las elecciones legislativas en Holanda ha reavivado la preocupación de políticos y medios liberales y socialdemócratas europeos. El triunfo, por vez primera, del ultraderechista Partido por la Libertad (PVV) no ha sido estrictamente una sorpresa, pero no se esperaba una victoria tan amplia. Con 37 escaños, duplica con creces su representación parlamentaria (tenía hasta ahora 17) y se gana la opción de formar gobierno (1). El Parlamento estatal tiene 150 diputados, de los cuales casi una cuarta parte serán del PVV.

En teoría, los socios de los ultras deberían ser otros grupúsculos nacionalistas conservadores: euroescépticos, calvinistas y populistas agrarios. En todo caso, el PVV necesitaría el apoyo de los democristianos, tantos los más tradicionales o conservadores como los centristas, y desde luego el de los recién llegados del Nuevo Contrato social, una suerte de democristianos populistas. Esta amalgama de fuerzas difícilmente compondrá una mayoría (2).

Los socialdemócratas comparecieron en candidaturas conjuntas con los ecologistas de izquierda y han conseguido ser la segunda fuerza política (25 diputados), después de muchos años de ostracismo. Pero no les ha alcanzado para hacerse con el gobierno, como esperaba su líder, el exvicepresidente de la Comisión Europea, Frans Tindemanns, salvo que consiguiera forjar una especie de gran pacto centrista.

La clave está en la decisión del hasta ahora gobernante Partido Popular Liberal Democrático (VVD), que ha obtenido 24 diputados, uno menos que los socialistas y ecologistas. Durante la campaña se ha conducido con ambigüedad sobre un posible pacto con la extrema derecha, aunque ahora parece cerrado a esa eventualidad. Su líder, Mark Rütte, dimitió en verano después de más de una década al frente de unos gobiernos de coalición muy trabajosamente cosidos con liberales avanzados y democristianos. Discrepancias sobre el asunto de la inmigración (de su limitación, del recorte de derechos de los inmigrantes) dieron la puntilla a un gobierno que ya se había tensionado por otros problemas domésticos.

La sustituta de Rütte en el VVD es Dilan Yesilgoz-Zegerius, hija de refugiados kurdos. Sin embargo, su posición en materia de inmigración es notoriamente más dura que la sostenida por su antecesor (3). Este desclasamiento también lo vemos en Gran Bretaña, donde la Secretaria del Interior, Suella Braverman, recientemente cesada, es de origen indostánico y mantenía posiciones ultras en materia migratoria. No muy distintas, por cierto, que las del propio Primer Ministro, Rishi Sunar, de la misma procedencia étnica.

LA INMIGRACIÓN ROMPE EL ‘CORDÓN SANITARIO’

El centro-derecha se ha apuntado al discurso restrictivo de la ultraderecha sobre la inmigración, sabedor de que es una apuesta segura para atraer votantes. Socialdemócratas y ecologistas tampoco están exentos del contagio, véase el giro en Alemania (4). Los extranjeros que llegan a Europa han sido convertidos en chivos expiatorios de los problemas sociales crecientes: carestía y escasez de vivienda, agotamiento de los servicios sociales, aumento real o percibido de la criminalidad, tensiones convivenciales por diferencias culturales y religiosas, etc (5).

Holanda ya fue un termómetro temprano de esta respuesta reaccionaria a comienzos de siglo, con la aparición de las primeras formaciones islamófobas en el centro y norte de Europa, en países que hasta entonces habían mantenido unos servicios sociales amplios y robustos. Una tendencia similar a la experimentada en los países nórdicos, con quien Holanda ha compartido un modelo social más avanzado que el predominante en el resto de la Europa continental.

 

Geert Wilders, el líder ultraderechista holandés, ha visto finalmente premiada su constancia, tras varias décadas de activismo radical. Recogió el testigo de Pym Fortuny, un político gay procedente del mundo del cine, que combatió lo que él consideraba como el peligro del islamismo retrógrado para la tolerante sociedad neerlandesa. A la postre, opuso a una intolerancia presentida otra forma de intolerancia más agresiva y real. Fue asesinado por un activista animalista durante una campaña electoral y su sangre sirvió de semilla a Wilders para afianzar una opción ultra con posibilidades de gobierno a largo plazo.

La cantera de votos de Wilders se encuentras en las áreas rurales (compartidas con el BBB), pero también en los núcleos urbanos con gran densidad inmigrantes como Rotterdam (38% de la población tiene origen foráneo). En cambio, los socialdemócratas y ecologistas han conseguido mejores resultado en otras ciudades con menos extranjeros, como Ámsterdam y Utrecht.

El PVV ha merodeado los contornos del poder, pero sin amenazarlo frontalmente. Wilders no ha dudado en denigrar el Islam, o a sus practicantes, los inmigrantes procedentes de países empobrecidos, muchos de ellos perseguidos por gobiernos dictatoriales o destrozados por las guerras. Los ha denominado “chusma” y los ha vinculado continuamente con la delincuencia.

Nada diferente a lo que, en la primera década del siglo, hizo el entonces Presidente francés, Nicholas Sarkozy, cuando dedicó idéntico epíteto a los jóvenes magrebíes que protagonizaron protestas violentas en los suburbios de París y otras ciudades. Para contener a la ultraderecha de Marine Le Pen, Sarkozy decidió asumir su lenguaje y gran parte de sus propuestas políticas, con una apariencia de “respetabilidad republicana”.

Esta ósmosis entre las derechas europeas (conservadores y ultranacionalistas) se ha extendido como una mancha de aceite y alcanza hoy a otras familias centristas. Los democristianos, que durante algún tiempo y bajo el impulso de la entonces canciller alemana Merkel, mantuvieron un “cordón sanitario” frente a los grupos radicales, se han convencido de que ya no pueden contenerlos externamente y muchos creen que no hay más remedio que coaligarse para intentar neutralizar la influencia que ejercen sobre una ciudadanía insatisfecha y confusa (6).

Esta colaboración es ya una realidad en los países nórdicos. La ultraderecha está ya en el gobierno o en pactos legislativos con la derecha conservadora en Suecia y Finlandia, o ha obligado a políticas restrictivas, en Dinamarca, ahora con gobierno socialdemócrata. Los ultras no se conforman con esto. Este fin de semana, los ‘Demócratas de Suecia’ (equívoco nombre) han celebrado su congreso con un mensaje claro: lo conseguido es sólo el comienzo. Y es que las encuestas otorgan a los DS más apoyo que los partidos del centro y la derecha juntos (7).

Italia también ha sido un motor de este cambio de paradigma político. De ser fuerza menor en la habitual coalición de las derechas, los ultraconservadores nacionalistas alcanzaron la posición hegemónica, y ello a pesar de su división entre los neofascistas centralistas romanos y los antiguos separatistas nordistas de la Liga. El centro-derecha italiano es ya testimonial.

El virus alcanza también a las formaciones liberales. Macron a duras penas pudo contener esa tendencia, con su afamado triunfo en 2017, que se quiso ver como un frenazo al Frente Nacional. Con el tiempo y las sucesivas crisis, el partido de Marine Le Pen mantiene sus opciones de abiertas, aunque el sistema electoral limita sus recursos, lo que obliga a la actual mayoría a limitar los derechos de los inmigrantes y establecer severos controles de entrada.

El debate actual sobre la reorientación de la política migratoria, plasmado en una nueva Ley, está poniendo de manifiesto esta derechización de Macron y los liberales. El texto ya restrictivo que salió de la Asamblea Nacional ha sufrido un endurecimiento aún mayor en el Senado, donde el partido del gobierno tiene una presencia menor que Los Republicanos (derecha conservadora). En los debates parlamentarios, el ministro del Interior y sus diputados afines se han mostrado muy tibios o incluso complacientes con las restricciones en materia de asilo, servicios sociales a los inmigrantes, condiciones de expulsión, etc.. Los macronistas más a la izquierda confían en que la Asamblea Nacional purgue estas aportaciones extremistas. En todo caso, el gobierno ya ha descartado acudir al mecanismo del decretazo, el famoso artículo 49.3 (8).

La operación es arriesgada, se mire como se mire. Los movimientos políticos han sido muy intensos los últimos días. Un grupo de 17 diputados Republicanos se ha expresado a favor del consenso, pero el liderazgo del partido y la dirección del grupo parlamentario están ancladas en la línea dura e insiste en un referéndum, que Macron ya ha descartado. El ministro del Interior, Gérald Darmanin (presumible candidato presidencial en 2027), hurga en las contradicciones de la derecha y advierte que si Los Republicanos quieren seguir siendo un “partido de gobierno” deben apoyar el proyecto, aunque se suavice (9).   

Este dilema sobre el alineamiento con la ultraderecha corroe ahora a los liberales holandeses del VVD, aliados de Macron en Europa. La opciones están sobre la mesa: o se avienen a una coalición amplia según el nuevo modelo nórdico, con presencia dominante de los ultras del PVV, o se deja el gobierno a una frágil combinación de las derechas conservadoras, que profundizarán en los retrocesos sociales y reforzarán las políticas identitarias.

NOTAS

(1)“Long a bastion of Liberalism, the Netherland takes a sharp right turn”. THE ECONOMIST, 23 de noviembre.

(2) “Législatives aux Pays-Bas: pour l’extrême droite victorieuse, former une coalition est loin d’être gagné”. LE MONDE, 23 de noviembre.

(3); “Dilan Yelsigöz, la fille des refugiés qui veut durcir la politique migratoire”. COURRIER INTERNATIONAL, 22 de noviembre.

(4) “Scharfer schwenck. In der migrationspolitik sind jetzt aus SPD und Grüne für mehr härte”. DIE ZEIT, 8 de noviembre (reproducido en COURRIER INTERNACIONAL, 28 de noviembre).

(5) “Partout en Europe, le portes se referment”. COURRIER INTERNATIONAL, 25 de noviembre.

(6) “Geert Wilders’s election win leaves the Dutch in a awful quandary. Will the cordon sanitaire against the far-right hold?”. THE ECONOMIST, 23 de noviembre.

(7) "En Suéde, l’extrême droite a le vent en poupe, un an après l’arrivée de la droite au pouvoir”. LE MONDE, 26 de noviembre.

(8) “Du droit du sol à l’aide médical de’Etat, comment le Senat a durcit le projet de loi ‘immigration’. LE MONDE, 14 de noviembre; “Projet de loi ‘immigration’: le gouvernement veut éviter le 49.3”. LE MONDE, 22 noviembre.

(9) “Projet de loi ‘immigration’: Gérald Darmanin accroît la pression sur Les Républicains”. LE MONDE, 28 de noviembre.

ARGENTINA: MÍSTER HYDE Y DOCTOR JEKILL

22 de noviembre de 2023         

La elección de Javier como Presidente de Argentina ha sido contundente (más de once puntos de ventaja sobre su rival), pero deja más incógnitas sobre el futuro inmediato que certezas de un cambio tan radical como se teme. El shock de la victoria de Milei no es un espejismo. Hará daño, y mucho, como lo hizo Macri (que jugará un papel importante en esta nueva singladura) o el propio peronista renegado Menem, e incluso el radical De la Rúa.

Al elegir a Milei para que dinamite la ruina de un edificio institucional carcomido por la clase política (1), Argentina coquetea con el abismo. Se trata sin duda del “voto de la rabia” expresión del hartazgo y la desesperación social por una inflación superior al 140% y el avance imparable de la pobreza (40%). Es una reedición del “que se vayan todos” de principios de este siglo. Una apuesta peligrosa la del confiar al lobo el cuidado de los corderos. Estas pueden ser las claves del nuevo tiempo:

1.- DIVISIÓN DEL PAÍS

El triunfo electoral de Milei confirma un mapa de país dividido, con las zonas más favorecidas como soporte casi exclusivo de su candidatura y el rechazo, aunque haya sido insuficiente, de aquellas que están por debajo de la media de la renta nacional. En la provincia de Buenos Aires (sur y oeste de la capital), bastión tradicional del peronismo más militante, Milei ha tenido poco predicamento. En cambio ha ganado en provincias que han sido casi siempre hostiles a las prácticas nacional-sindicalistas del peronismo en sus distintas versiones y mutaciones.

2.- RADICALIDAD INICIAL, MODERACIÓN POSTERIOR

No está claro que Milei pueda, ni incluso pretenda, aplicar algunas de las demagógicas y lunáticas propuestas que ha venido defendiendo en su meteórico ascenso al poder. De hecho, se ha retractado, ha corregido o matizado algunas de las más escandalosas, alegando que hablaba en sentido figurado (como la venta de órganos y otras relacionadas con derechos individuales). A pesar de su discurso en la noche de la victoria confirmando que “no habrá gradualismo”, debe  su “audacia” en política económica (dolarización forzosa, supresión del Banco Central, privatización completa de empresas estatales y medios públicos, eliminación de servicios sociales gratuitos, etc) podría verse rebajada por la realidad socio-económica y política del país.

La dolarización sin anestesia como la que anuncia Milei es inviable, según los propios liberales, ya que precisa de tiempo de preparación y de un acopio de dólares en el sistema bancario, del que Argentina carece (2). El FMI exige medidas de austeridad para aligerar y reestructurar una deuda de 43 mil millones de dólares, pero no avalará disparates provocadores que puedan generar una insoportable conflictividad laboral y social. Los sindicatos, por desprestigiados que estén, conservan poder de movilización popular.

La debilidad política de Milei es palmaria. Su partido (La Libertad avanza) tiene menos de 40 diputados (de 257) y únicamente 8 senadores de un total de 72. Aunque lo apoye la derecha macrista, no le alcanzará para una mayoría. Su poder provincial es nulo. Si comienza la agitación en la calle, los radicales que le negaron su apoyo en la segunda vuelta, redoblarán su rechazo.

3.- OPORTUNIDAD DE RECONSTRUCCIÓN DE UN PERONISMO DEGRADADO

El desvaído peronismo tiene de nuevo la oportunidad de rehacerse en la adversidad. Es una de sus constantes históricas. El disfrute del gobierno siempre le ha brindado al peronismo la capacidad de fortalecer su clientelismo esencial. Pero cuando ha forjado su nervio reivindicativo y ampliado su base social ha sido en las etapas en que las circunstancias le obligaron a configurarse como movimiento popular de resistencia y combate. En las sucesivas dictaduras, el peronismo supo monopolizar el discurso de la oposición, bien como alternativa institucional de recambio (años 60 y 70, con el líder carismático moviendo los hilos desde su exilio madrileño), bien en forma de lucha armada (Montoneros) con más peso que organizaciones izquierdistas (el ERP troskista). El único momento en que el peronismo salió mal parado de un periodo de proscripción fue en 1983. Entonces la figura de Raúl Alfonsín, un radical con tintes socialdemócratas, se impuso al peronismo blando post-Malvinas y post-dictadura.

Ahora, se dibuja un nuevo periodo de combatividad, similar a lo que en su día fue el kirchnerismo, alineación del peronismo izquierdista contra la penúltima oleada neoliberal. Las guerras intestinas que han existido siempre se han replicado con más crudeza si cabe en estos últimos años, debido a la crisis de identidad del Movimiento, a la personalidad conflictiva de algunos de sus dirigentes y a la persistencia de una nueva izquierda alejada de los moldes populistas. El peronismo tampoco ha conseguido integrar a esa izquierda crítica ajena a su movimiento que ha mantenido su autonomía política durante la agitada etapa kirchnerista.

4.- RIESGO DE AISLAMIENTO REGIONAL

La actual configuración política aboca a Milei a un aislamiento regional, con gobiernos de centro-izquierda en Brasil, Chile, Bolivia, Colombia (y en cierto modo, México) y una derecha moderada en Uruguay. Las bravuconadas de Milei contra los presidentes de los países más cercanos se disolverán seguramente por propia conveniencia.

Aunque no habrá complicidad, es probable que dirigentes como Lula, Boric o Petro facilitarán una convivencia razonable, si los esperpentos se disuelven, como es previsible. El encaje de un modelo liberal más o menos radical podría no ser un problema en la región, que ya ha vivido varios, aunque evidentemente se malogrará un enésimo intento de coordinación regional que, por otro lado, siempre ha sido limitado.

5.- DEPENDENCIA DE UN TRIUNFO DE TRUMP

Para su anclaje internacional, Milei confía en una victoria de Trump en las elecciones del año próximo. Convertirse en sucursal de una América trumpista es una inversión de alto riesgo. Ofrecer explotación de materias primas (privatización total de la compañía estatal de petróleo, apertura del mercado del gas y el litio, etc.) a cambio de una ilusión de “plata dulce” es una de las quimeras fracasadas del ultraliberalismo que Milei pretende resucitar de entre los muertos. Y si Trump no ganase en 2024, Milei corre el riesgo de “bolsonorizarse”; es decir, de quedar reducido a una especie de bufón internacional sin capacidad de influencia (3).

6.- ¿USAR Y TIRAR?

Los grandes poderes económicos  confían en que un lunático sin complejos aparentes haga el trabajo sucio que Macri no fue capaz de culminar por un contexto desfavorable y falta de reaños políticos. Pero, a la postre, da la impresión de que el empresario bonaerense opera como Doctor Jekyll (promoviendo nombres para su equipo de gobierno) y deja que Milei interprete el papel de Mr. Hyde: respetabilidad burguesa frente a oscurantismo marginal. Más que demoler a martillazos y motosierra un Estado esculpido por ocho décadas intermitentes de peronismo e intervalos de ultraliberalismo feroz, la derecha tratará acabar de una vez por todas con eso que denomina despectivamente “populismo argentino”. Para ello nada mejor que un pirómano, al que obligarán a convertirse en bombero o a perderse en una curva del camino.


NOTAS

(1) “La derrota de una cultura política y la irrupción de lo desconocido”. LUCIANO ROMÁN. LA NACIÓN, 19 de noviembre.

(2) ”In Argentina, Javier Milei faces a massive economic crisis”. THE ECONOMIST, 20 noviembre.

(3) “Javier Milei’s next challenge: governing Argentina”. OLIVER STUENKEL (Fundación Getulio Vargas, Brasil). FOREIGN POLICY, 21 de noviembre.


LA GUERRA DE GAZA TAMBIÉN SE LIBRA EN OCCIDENTE

15 DE NOVIEMBRE DE 2023

Seis semanas de guerra en Gaza. Seis semanas de muerte, horror y odio. Para la gente que aún sobrevive entre los escombros, nada volverá a ser como antes. Contrariamente a otras operaciones de castigo israelíes, esta vez la vida seguramente no dará otra oportunidad.

Los dirigentes occidentales, que desean liberarse cuanto antes y con el menor daño posible de este apoteosis de destrucción y dilemas morales y políticos, permanecerán atados a sus efectos por mucho tiempo. Los analistas y estrategas tratan de anticipar cómo quedará la región al terminar el conflicto. No hay una respuesta clara. El optimismo de la manida máxima “en cada crisis hay siempre una oportunidad” no es compatible con Oriente Medio, donde domina otra de significado contrario: “todo lo que puede salir mal, sale mal”.

Biden y su administración son los principales paganos políticos, hasta la fecha. La guerra les consume en una crisis que no esperaban. Es el segundo revés decisivo en su diseño de política exterior. Ya tuvieron que abandonar la centralidad del pulso con China, para atender la urgencia de Ucrania. La guerra en el Este de Europa no ha salido bien, en la medida en que se prolonga y no se avista un final claro y mucho menos pronto. Los arsenales americanos -igual que los europeos- están exhaustos. No se produce al ritmo e intensidad que la guerra demanda.

Lo que menos necesitaba Biden y su administración plagada de liberales intervencionistas era una guerra en la región más enrevesada y complicada como es Oriente Medio. El apoyo de primera hora a Israel está resultando caro, en términos estratégicos y políticos.

Estratégicos, porque debilita el compromiso de Estados Unidos en otros frentes de conflicto, se quiera o no reconocer públicamente. Biden cometió un error al unir estos dos conflictos en su patriótico mensaje a la nación. Se trató en realidad de una treta: sabedor de que el apoyo republicano a Ucrania se resquebraja y se escamotea la provisión de fondos, vinculó este esfuerzo al salvamento de Israel frente a lo que se presentó exageradamente como nueva amenaza a su existencia. El intento fue fallido. Los republicanos le devolvieron el truco, pero con otro sentido: para ayudar más y mejor a Israel, quizás habrá que rebajar el apoyo a Ucrania. En un pacto “in extremis” en el último voto presupuestario en el Congreso, se excluyen las dos. En los últimos días álgidos de la guerra fría, Washington se había asegurado poder afrontar “dos guerras y media”. Pero esos tiempos hace tiempo que pasaron. Hoy la superpotencia no puede asimilar ese dobles desafío a “comer chicle y caminar”.

El desgaste político es más doloroso, por dos razones: el plazo de pago es casi inmediato (apenas un año, con las elecciones) y la cuantía, inesperada e inoportuna. Para un presidente en ejercicio como Biden, octogenario y visiblemente fatigado, ganar unas elecciones supone un esfuerzo mayúsculo. No le basta con fidelizar a los afines: le es imprescindible atraerse a los indecisos, a los volubles, a los escépticos.

Las encuestas predicen una tarea más difícil aún que en 2020, y ello a pesar de que el rival más probable es el mismo que el que fuera derrotado entonces. Trump, de confirmarse su triunfo en las primarias que empiezan dentro de apenas dos meses, vendría con una mochila mucho pesada, cargada de procesamientos judiciales, problemas financieros y rechazo reforzado de adversarios y neutrales. En una país “normal”, sería inverosímil un Trump 2.0. Pero Estados Unidos hace tiempo que dejó de ser un país “normal”. A pesar de las lecciones de democracia que sus dirigentes liberales se empeñan en impartir por el mundo, ese nacionalismo populista, ese supremacismo del movimiento MAGA (Make America Great Again) afecto a Trump domina hoy el discurso político.

Biden fue elegido hace cuatro años, en gran parte porque muchos ciudadanos identificados con un Partido Republicano “moderado” (más bien no extremista) vieron en el candidato demócrata una opción de urgencia. Pero desde entonces, el Great Old Party ha despreciado, marginado y finalmente laminado esa moderación. Sólo ciertos cargos ya envejecidos y en la rampa del retiro subsisten. La mayoría parece dispuesta a lo que sea para imponer sus agendas, como se vio en la batalla interna por el control de la Cámara.

En estas condiciones, Biden no se puede permitir perder un voto, ni propio ni prestado. Y las dos guerras le están haciendo perder los dos. Ucrania ya es una sangría electoral desde hace meses. Gaza empieza a serlo (1). Entre las bases demócratas hay una división creciente ante la guerra. Los progresistas, los jóvenes no aceptan la parcialidad del Presidente a favor de Israel. Biden ha “corregido el tiro”, con una actitud retóricamente compasiva hacia la población palestina, exigido por sus bases demócratas. Ya antes de la guerra, el sector más dinámico, más joven e interracial del partido reclamaba una política más ecuánime en Oriente Medio. La brutalidad de la actuación israelí tras el ataque de Hamas ha reforzado su posición (2).

Si esto no fuera poco, los árabes norteamericanos, pocos pero concentrados en estados clave en noviembre del próximo año, se han movilizado como nunca. Michigan es el más importante. Biden gano allí, después de que Trump arrebatara este otrora feudo demócrata a Hillary Clinton en 2016. Allí se concentra buena parte del poder de los sindicatos del automóvil que acaban de ganar una huelga de varios meses, con el apoyo más bien simbólico de Biden.

De uno de los distritos de Michigan con mayor peso de la población árabe es representante en la Cámara Baja Rashida Tlaib, palestina de origen, que tiene a gran parte de su familia viviendo en Cisjordania. Esta diputada no suscribió una declaración de sus colegas parlamentarios en defensa de Israel y condena de Hamas, contrariamente a otros progresistas y compañeros de fatiga en el caucus progresista de la Cámara, que adoptaron una posición de equilibrio.  Se da la circunstancia de que en el distrito de Rashida Tlaib hay también bastantes electores judíos, que se sienten indignados por sus posiciones políticas. En contraste, los árabes le han apoyado calurosamente. La guerra de Gaza ha encontrado en Michigan una potente caja de resonancia. Los encuestadores creen que si los árabes de Michigan no votan a Biden, éste puede perder el Estado y quizás las elecciones (3).

Biden intenta flexibilizar a Israel, convencerlo de que evite ataques contra hospitales como el de Al-Shifa, en el norte de Gaza, epicentro actual de las operaciones terrestres. Pero es muy difícil que lo consiga. Israel emite videos e información que presentan el hospital como uno de los centros operacionales de Hamas.

Los aliados europeos se encuentran en situación de parecidas urgencias. Macron, como suele hacer, ya ha cambiado el tono y temperatura de su discurso. La movilización ciudadana, a cuenta del antisemitismo, ha mantenido vivo el apoyo al “derecho de Israel a defenderse”. Pero la manifestación del domingo a favor de la comunidad judía no ha hecho disminuir el peso de la indignación por el martirio palestino.

En Alemania, se mantiene el consenso proisraelí. La memoria del Holocausto tiene la sombra muy alargada en el país. Pero la incomodidad por la masacre empieza a manifestarse en la izquierda, sin temor a que la ínfima minoría nazi o filonazi pueda aprovecharse de ello.

En Gran Bretaña, el regreso de David Cameron a la primera línea de la política, al frente del Foreign Office, viene acompañado de la patata caliente de las dos guerras. Su experiencia se valora, pero también se recuerda estos días sus errores de juicio como primer ministro, tanto en Oriente Medio como en las relaciones con Putin, aunque en este caso podría decirse lo mismo de sus coetáneos Obama y Merkel (4). Si Cameron es el caballo blanco de ese giro centrista que ha intentado el Premier Shunak para recuperar al electorado moderado, la apuesta es arriesgada. No parece que la política exterior sea hoy una ruleta favorable.

Seguramente, la guerra no cambiará nada en el escenario regional, como argumenta muy bien argumenta Steven Cook, experto en Oriente Medio del Consejo de Relaciones Exteriores, ya que los bandos se aferrarán a sus posiciones y sus aliados y/o protectores pondrán por delante sus intereses políticos, económicos o estratégicos (5). Pero el conflicto está generando facturas que se harán difíciles de pagar.

 

NOTAS

(1) “Biden is getting squeezed over Isralo-Hamas war. Will it cost the White House. MICHAEL COLLINS. USA TODAY, 14 de noviembre.

(2) “The longer and bloodier the war, the harder it will be for the Democrat coalition”. THOMAS EDSALL. THE NEW YORK TIMES, 8 de noviembre.

(3) “Rashida Tlaib, censured by the House, is praised and condemned at home”. CHARLES HOMANS. THE NEW YORK TIMES, 13 de noviembre.

(4) “David Cameron is a big international figure, but what will he do as UK foreign secretary? PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 14 de noviembre.

(5) “This war won’t solvethe Israel-Palestine conflict”. STEVEN A. COOK. FOREIGN POLICY, 11 de noviembre.