11 de febrero de 2026
El escándalo que sacude Occidente por las relaciones entre miembros de las élites políticas, económicas e institucionales (norteamericana y europeas) con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, suicidado en su celda de Nueva York en 2019, está dejando un rastro fétido que está causando una crisis política y de confianza en algunos países.
El
asunto es tanto más corrosivo cuanto que su esclarecimiento se está dilatando
en demasía debido a las obstrucciones y manipulaciones de Donald Trump, el
líder que fue salpicado en primer lugar por las actividades salaces y
delictivas del personaje. Sólo cuando fue presionado por sus teóricos
correligionarios republicanos, el magnate-Presidente se decidió a publicar
millones de documentos de los archivos de Epstein. Pero hay serias sospechas de
que se haya guardado lo más comprometedor de sus contactos y relaciones con el
depredador sexual (1).
Desde
2005, los tentáculos de esa peligrosa amistad acosan a miembros de la realeza
británica (el Príncipe Andrew) y noruega, a un expresidente norteamericano
(Bill Clinton), y a políticos de notable
notoriedad (como el gurú laborista de Tony Blair), el ministro de Cultura de
Mitterrand, Jack Lang, y el exprimer ministro israelí Ehud Barak.
Pero
éstos son solo algunos. Numerosos empresarios, financieros, asesores políticos,
diplomáticos, actores y famosos de la vida social, de todo tipo y condición, se
encuentran en la maraña de las orgías y servicios más o menos a la carta de
Epstein. En algunos casos, sólo se han podido documentar contactos, relaciones
epistolares, visitas, participación en eventos, etc. No todos ellos pueden ser
considerados sospechosos de actos sexuales delictivos, pero tan peligrosa y
desaconsejable compañía o bien pueden arruinar sus carreras, o enturbiar su prestigio.
Quizás
el caso de mayor alcance hasta la fecha sea el que afecta al premier británico,
Keir Starmer, no personalmente, pero si por sus decisiones. El nombramiento de Peter
Mandelson como embajador en Estados Unidos cuando ya sabía de sus relaciones
con Epstein lo coloca ahora en una posición insostenible para muchos colegas de
su propio partido. Lo más peligroso para Starmer es que Mandelson, cuando era
ministro, compartió con el depredador sexual informes confidenciales durante la
crisis financiera y comentarios despectivos sobre Gordon Brown, el entonces PM.
De momento, su jefe de gabinete y hombre de confianza, Morgan Mac Sweeney, ya
ha dimitido, como inspirador de ese envenenada
designación (2).
La
bajísima popularidad del líder laborista por su pésima gestión socio-económica,
las renuncias de la agenda social y los conflictos o fricciones con miembros de
su equipo de gobierno ha convertido su continuidad en 10, Downing Street
en un mar de dudas. Nunca, desde que hay registros, cualquiera de sus
predecesores ha aparecido tan hundido en las encuestas de aceptación, al año y
medio del inicio de su mandato.
Pese
a todo, Starmer parece dispuesto a luchar por su puesto y su proyecto político
(3). Pero en el sistema británico, una vez que la discordia se instala en el
corazón de cada partido, los rivales expresos o potenciales del rival empieza a
oler a sangre, la cacería difícilmente remite. Las elecciones parciales
de mayo dictarán sentencia. El cabecilla
laborista en Escocia, Anar Sarwar, ha sido uno de los primeros en retar a sir
Keir.
Otra
que aparece entre bastidores en la anterior número dos del Gobierno Starmer,
Angela Reyner, cabeza de fila del ala centro-izquierdista del Labour. El
incumplimiento de la promesa de no subir los impuestos a la clase trabajadora y
los recortes sociales, debido a la pésima situación económica del Reino le
costaron el puesto. Aunque Reyner no se ha posicionado formalmente como
alternativa a su antiguo jefe, muchos creen que, de no poder frenarse la
sangría actual, su candidatura será inevitable (4).
Otra
figura que aparece en el horizonte como posible challenger es el alcalde
de Manchester, Andy Burham, éste en el otro lado del espectro laborista. Es un
aspirante desde hace años, pero cuando Starmer lidero la defenestración del
izquierdista Jeremy Corbyn, hoy en día al frente de una formación diferente,
con más problemas que opciones serias de ser una alternativa para el electorado
laborista más crítico.
El
drama del Labour es que, como ya ocurriera en Francia con el hundimiento
de la izquierda a favor del Frente Nacional, el debilitamiento vertiginoso y
contundente del histórico partido de Attlee y Wilson está engordando a la
ultraderecha nacionalista, xenófoba y brexiter radical de Reform UK, que
acaricia el 30%.
Aunque
este partido hecho de remiendos de tories insatisfechos y outsiders
políticos empieza a convertirse en atractivo para muchos políticos
conservadores desconcertados, el electorado que lo ha llevado a la cúspide de
los sondeos no procede solamente de latitudes derechistas. Grandes masas de la
clase media trabajadora se dejan seducir por un mensaje simplista y
nacionalista, ante la falta de vigor del Labour, su pésima gestión económica
y la mediocridad de sus dirigentes.
La
crisis provocada por las conexiones entre Epstein y Mandelson, quizás el
exponente más destacado de la tercera vía o Nuevo Laborismo de Blair,
es lateral, una especie de venganza del pasado. Pero en estos tiempos
convulsos, cualquier cosa sirve para hundir aún más a Starmer y a su
desorientado gobierno. Como dice THE ECONOMIST, “el Primer Ministro es
un enfermo que no se puede permitir coger un resfriado” (5).
El
escándalo Epstein empieza a ser algo parecido al de la pederastia para la
Iglesia, aunque su extensión y amplitud no pueda compararse. Ha causado estupor
la cantidad de celebridades que se apuntaban a esas depravaciones de bajos
vuelos. La atención pública no sólo
responde al habitual e imparable reflejo del morbo, sino también a la
demostración, una vez más, de la hipocresía social de unos dirigentes o
personajes influyentes que pontifican sobre los valores occidentales, mientras
hacen de su vida privada un lodazal repugnante o miran para otro lado.
TRUMP
ATRAPADO EN SUS FALSEDADES
Trump
es un ejemplo de la mentira descarada de sus proclamas propagandísticas. Aunque
era un secreto a voces sus amistades peligrosas desde su irrupción en el
famoseo de los noventa y su desapego a cualquier forma de moral pública, en los
últimos años había tratado de cimentar su carrera política aproximándose a los
grupos religiosos ultraconservadores. Se trataba de una operación falsaria de
beneficio mutuo. La agenda extremista se aprovecha de tener un aliado en la
Casa Blanca y de la posible continuidad, desde 2029, en la figura del Vice
Presidente Vance (ese sí, genuinamente uno de los suyos), a cambio de los
millones de votos que los movimientos de bases y las plataformas religiosas de
recolección de dinero e influencia social y mediática le aseguraban a Trump.
Las
relaciones más que estrechas entre el magnate neoyorquino y el libertino agente
de pretendidos placeres inconfesables supone una complicación en un momento de
estancamiento de su proyección presidencial por la caída libre de sus índices
de popularidad y la acumulación de fracasos domésticos e internacionales. Sus
cacareados éxitos diplomáticos se esfuman o se enredan, sus órdagos quedan
reducidos a faroles, y sus amigos activos o pasivos empiezan a cuestionarse la
rentabilidad de sus alianzas.
Trump
dispone aún de un amplio margen de maniobra y de una cuota de atención
mediática desproporcionada para remontar el vuelo, según los cabecillas de sus
huestes más fieles. Pero está tocado y quizás en el momento más delicado de su
segundo mandato.
NOTAS
(1) “How Trump Appears in the Epstein Files”. THE
NEW YORK TIMES, 1 de febrero.
(2) “Starmer’s Chief of Staff Resigns, Citing Role in
Hiring Friend of Epstein”. MICHAEL SHEAR. THE NEW YORK TIMES, 8 de febrero.
(3) “Keir Starmer says he is ‘not prepared to walk away’ after call for
resignation”. PIPPA CRERAR Y JESSICA ELGOT. THE GUARDIAN, 9 de febrero.
(4) ”‘Rayner for leader’ site proves race to succeed
Starmer is well under way”. KIRAN STACEY. THE GUARDIAN, 9 de febrero.
(5) “Keir Starmer: a sick man who can’t afford to
catch a cold”. THE ECONOMIST, 9 de febrero.

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