LA ASIMETRÍA ENTRE HUNGRÍA Y BULGARIA

22 de abril de 2026

El entusiasmo de la Europa liberal por la derrota de Orbán en Hungría ha quedado desvaído por los resultados de las elecciones legislativas de este pasado fin de semana en Bulgaria. El anterior Presidente de la República, Rumen Radev, ha conseguido un triunfo de una rotundidad inhabitual en el país, con casi el 45% de los votos y la mayoría absoluta de escaños en el nuevo Parlamento.

Radev es un antiguo general de Aviación, rusófilo y con un historial de buena sintonía con Moscú. Hace unos meses dimitió de su cargo institucional para montar una plataforma política denominada Progresistas, sin un perfil ideológico muy marcado, ecléctico, pero orientado básicamente a combatir la corrupción y superar la inestabilidad crónica. Bulgaria ha celebrado ocho elecciones en cinco años, sin conseguir forjar nunca una mayoría duradera de gobierno.

El centro-derecha europeo ha contemplado con desazón cómo los dos bloques afines en Bulgaria no han conseguido sus objetivos políticos en todos estos años. El más poderoso y durante mucho tiempo relativamente hegemónico, el GERB (Ciudadanos por el desarrollo europeo de Bulgaria), encuadrado en las filas del Partido Popular Europeo, ha ocupado la jefatura del gobierno, gracias a una coalición con la UDF (Unión de Fuerzas Democráticas), conglomerado de partidos conservadores desde la caída del régimen comunista en 1989. Pero entre ambas formaciones sólo llegaron a sumar el 25% de los votos, en el mejor de sus resultados, en octubre de 2024.

En años anteriores, el ejecutivo estuvo en manos de una coalición de partidos liberales bajo el liderazgo de dos formaciones (Bulgaria Democrática y Cambio Continuo), quienes, junto a otro partido afín (Movimiento de defensa de Derechos y Libertades), defensor de la minoría turca, han gestionado un gobierno débil e inestable.

XENOFOBIA Y POPULISMO

Bulgaria es un ejemplo más del fracaso de los regímenes poscomunistas en Europa Central y Oriental. La corrupción, el amiguismo, el aumento continuo de la brecha social y la fragilidad institucional han sido constantes. Desde Europa se ha visto con preocupación un tanto hipócrita esta deriva sin freno. En la medida en que las fuerzas prorrusas parecían reducidas a un papel marginal, se pasaban por alto los problemas. No era cosa menor, porque Bulgaria fue considerada durante la guerra fría como una provincia encubierta más de la URSS.

Frente a este dominio blando del centro-derecha, se han ido sucediendo dos corrientes políticas antisistema. La primera han sido iniciativas personalistas supuestamente combativas contra la corrupción, pilotadas por empresarios y hombres de negocio, inspirados en el berlusconismo o en los oligarcas descontentos rusos. Nunca se ha sabido si pretendían limpiar el sistema o más bien atrapar parte del pastel. El más exitoso fue Tal Nación, que participó del gobierno en 2021 y llegó al 7% de los votos hace año y medio, para desplomarse ahora por debajo del 1%.

La otra corriente es la extrema derecha xenófoba, racista y, en algunos caso, nostálgica del nazismo. Pero, como en otros países de la zona, nunca ha sido capaz de unificarse en una sola plataforma política. A lo largo de estos años se han sucedido distintos grupos, con denominaciones aparatosas, como Ataka, o grandilocuentes, como Moral, Unidad y Honor, que apenas superaban el 5%. El grupo actual más fuerte es Revival (Renacimiento), que creció entre el magma de la corrupción y el desgobierno de los últimos años, hasta desafiar los partidos del centro-derecha con un 13% de los votos, pero al que la marea Radev ha dejado ahora en un 4%.

La izquierda, fragmentada y desnortada, ha quedado reducida a un rol por completo marginal. Ni siquiera un esfuerzo de unidad en estas elecciones le ha servido. Con un 3% de los votos, no ha superado el umbral de la representación parlamentaria. El Partido Socialista, heredero del viejo Partido Comunista de la era soviética (aún existente pero como grupúsculo), en su desesperado intento por no desaparecer, formó parte del último gobierno dirigido por la derecha. 

EL PARAGUAS RADEV

Radev ha absorbido votos de todos estas latitudes políticas: de los partidos declarados expresamente prorrusos, de la izquierda en vía de extinción, de los confusos movimientos anticorrupción, del liberalismo debilitado y del conservadurismo teñido por el fraudulento sistema de los negocios. La oferta del expresidente es simplemente estabilidad, orden y limpieza.

Si en Hungría ha dominado el autoritarismo feroz, en Bulgaria se han vivido unos años de desgobierno. La corrupción ha sido común en ambos países, pero en el país de Centroeuropa ha estado centralizada con mano de hierro, mientras al borde del Mar negro, ha campado a sus anchas sin un poder ejecutivo fuerte.

Esta antiguo piloto de guerra ofrece ahora una promesa abstracta de decencia. Su mensaje del domingo es revelador: “Esta es una victoria de la esperanza sobre la desconfianza, una victoria de la libertad sobre el miedo y, finalmente, si se quiere, una victoria de la moralidad”. Palabras densas, ideas celestiales.

Los observadores europeos, que esperaban el resultado, aunque quizás con un margen tan amplio, se debaten entre el alivio de ver a uno de los países más pobres de Europa entrar por una senda de estabilidad, y la inquietud ante las dudas de su relación con Moscú. Radev habla con fluidez el ruso, y ha mantenido unos contactos constructivos con el Kremlin en su etapa de Jefe del Estado. Pero, contrariamente a Orbán, Radev no ha sido provocador ni siquiera polémico con la Unión Europea. Al contrario, durante la campaña se ha mostrado muy cercano a las instituciones europeas e incluso ha prometido un referéndum para decidir unirse al euro el año que viene.

En cierto modo, Radev sigue el camino de Magyar en Hungría. Pero con una diferencia: él no sale del tronco agrietado de los partidos que han usado y abusado del poder en los últimos años. Aunque pertenece a una institución conservadora que desprecia las soluciones aventureras de la ultraderecha y el populismo, no parece teñido, que se sepa, por la lacra de la corrupción.

Para una Europa que ha hecho de Rusia su enemigo, la sombra de un entendimiento bajo radar entre Radev y el Kremlin es una preocupación mayor. De ahí que las reacciones de los líderes y medios liberales haya sido mucho más discreta que hace un par de semanas con los resultados electorales en Hungría.

 

 

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