DE GAZA A CALIFORNIA: FUERZA SIN LEY

11 de junio de 2025

De Gaza a Los Ángeles se está perpetrando un modelo de descomposición del Estado liberal. A pesar de la inmensa diferencia entre uno y otro caso, hay un denominador común: la falsedad como justificación del uso indiscriminado de la violencia de Estado.

En Gaza, hace mucho tiempo que se han franqueado todas las líneas rojas que deben exigirse a un país civilizado. Israel, ya se sabe, hace ostentación de eludir las normas, leyes y mandatos de la sociedad internacional. Se lo reclama de forma retórica a sus enemigos, pero se reserva la inveterada costumbre de no respetarlos, basado en un artero concepto de derecho a la defensa. Israel hace mucho años que no se defiende. Ataca por sistema, por instinto, por el disfrute de la seguridad que supone no estar expuesto a represalias de envergadura creíble. Israel ha convertido el uso, abuso, exceso y crimen en una filosofía política.

Esas afirmaciones no son fruto de ese antisemitismo que sus cómplices sacan a relucir cada vez que se denuncia el comportamiento intolerable de sus dirigentes, avalado por la gran mayoría de una sociedad cada día más intolerante, mas extremista. Anteriores responsables del gobierno o del Ejército, difícilmente sospechosos de ser enemigos del sionismo, se han sumado a las críticas. En otros tiempos fueron interpretes fieles de sus planes de expansión, pero con ciertos límites impuestos por la decencia o simplemente por un sentido interesado de autocontrol.

El exprimer ministro Ehud Olmert, un liberal que terminó su carrera política bajo la ignominia de ciertas sospechas de corrupción, atacado desde la derecha y la ultraderecha sin piedad, ha vuelto a permitirse una de las críticas más feroces de la deriva de su país, desde dentro mismo del sistema.

En una tribuna que sólo el diario izquierdista Haaretz se atrevió a publicar (más tarde reproducida por algunos periódicos occidentales), Olmert afirma con rotundidad lo que todo el mundo está viendo y permitiendo: que Israel comete “crímenes de guerra en Gaza”. Cada palabra, cada término de su escrito están medidos, para minimizar el riesgo de ser considerado como un antipatriota o, peor aún, como un traidor (1).

Olmert reconoce que, inicialmente, se resistió a aceptar el término genocidio, pero admite que ya no puede considerar exagera esa acusación. Considera al gobierno como el responsable final de una política “intencionalmente mortífera”. Tampoco exonera a los medios, por presentar una “versión edulcorada” de los hechos.

Pero lo más curioso es su ingenuidad, o su diplomacia, al mostrarse candorosamente agradecido por las críticas de los dirigentes europeos. A Olmert parece satisfacerle esa política de complicidad por defecto, de pasividad, de justificación de origen por los ataques de Hamas del 7 de octubre en que se instalaron las grandes potencias europeas. La voz de España, pionera en la denuncia, seguida luego de Irlanda y de otros países nórdicos no ha tenido fuerza suficiente para cambiar el mensaje común.

LA MALA CONCIENCIA NO LO EXPLICA TODO

Europa, dos semanas después de haber puesto el grito retórico en el cielo, sigue sin hacer nada práctico. Se resiste a sancionar a Israel e invoca un alambicado procedimiento de revisión de los acuerdos de cooperación. Alemania se ha convertido en el gran escollo, con su política de defensa a ultranza de Israel convertida en “razón de Estado”, como declaró Angela Merkel ante la Knesset en 2008. Aunque la brutalidad israelí ha sacudido los cimientos de esa política, como sugiere el semanario de centro-izquierda DER SPIEGEL, el actual gobierno de Berlín no se atreverá a ir muy lejos  (2).

La mala conciencia no lo puede explicar todo. El miedo casi irracional de ser tachado de antisemitas ya no puede justificar esas conductas políticas. El abominable holocausto nazi está viviendo una recreación en Gaza con otros protagonistas. Los descendientes de las víctimas se han convertido en los verdugos de este tiempo.

Ni Alemania ni Europa han tenido con Rusia tantos escrúpulos. La guerra económica se desencadenó desde los primeros momentos de la invasión de Ucrania. En Gaza se está disparando contra civiles indefensos cuando tratan desesperadamente de hacerse con alimentos que Israel permite entrar a cuentagotas, en una forma despreciable de crimen de guerra, como afirma Olmert y algún otro dirigente con un rastro de decencia, como el exjefe del Ejército Moshé Yalon, que habló de “limpieza étnica”.

Resulta aún más difícil de digerir el comportamiento de los medios liberales y sus principales gurús, que no escatiman apelativos para juzgar la política de Rusia y. en cambio, se dejan enredar por el lenguaje burocrático de los responsables europeos, lo que les convierte en una especie de anestesistas de lo que está ocurriendo cada día, cada hora a la martirizada población palestina.

La mala conciencia no lo puede explicar todo. El miedo casi irracional de ser tachado de antisemitas ya no puede justificar esas conductas políticas. El abominable holocausto nazi está viviendo una recreación en Gaza con otros protagonistas. Los descendientes de las víctimas se han convertido en los verdugos de este tiempo.

Hay pocos argumentos en esta política europea del avestruz. Comprar, aunque sea con matices, el argumento de que Hamas puede controlar los alimentos que reparten las organizaciones de ayuda internacionales revela una falta de sensibilidad atroz por la suerte de las víctimas. Dar pábulo a que los milicianos fundamentalistas se refugian entre la población para dificultar su localización y aniquilamiento es una exhibición de cinismo. ¿No utilizaban tácticas similares los resistentes contra el nazismo? ¿Eso acaso desautorizaba su lucha?

Europa dice estar contra la ocupación ilegal de Palestina, pero acepta los falsos argumentos de Israel hasta límites que no consiente en otros Estados expansionistas y/o agresivos. Europa ha caído en una cobardía moral que será muy difícil de reparar.

TRUMP NO CALLA, CONSIENTE

Desde Estados Unidos, no cabía esperar, ni con Biden ni con Trump, ni con quien fuera que ocupara la Casa Blanca otra cosa. Que al expresidente no le gustara el Primer Ministro israelí, que lo maltrató y humilló cuando era el segundo de Obama, no impidió que eludiera cualquiera de las opciones que se le presentaron desde el Departamento de Estado para limitar su apoyo militar.

Trump, que hace ostentación de un autoritarismo rancio y de una admiración casi adolescente por los dirigentes saturados de esteroides, se ha desentendido de la tragedia palestina. Con indiferencia, con desprecio, con inhumanidad. Los analistas y medios liberales lamentan esta despreocupación de Trump por guardar las apariencias. Uno de los asesores de varios presidentes demócratas en las interminables, frustrante y quizás fraudulentas negociaciones de paz, Aaron David Miller, se lamentaba de que Israel haya “perdido el paso” de la política norteamericana en la región. Más concretamente, Miller se inquieta porque Trump y Netanyahu, que solían caminar al unísono, ya no lo hagan” (3).

Quizás esa sea otra de las falsas apariencias que Washington practica en lo que a Israel se refiere. El actual Presidente, después de despachar su solución para Gaza con aquella afirmación de una grosera insensibilidad  (hacer de la franja un resort, bajo el control de Estados Unidos y sus socios del Golfo), ha perdido interés, como un niño que, al no saberle sacar partido a un juguete, lo deja abandonado en el desván.

A Israel le importa poco o nada que desde la Casa Blanca le dirijan sermones morales inútiles.  Asegurados el suministro de armamentos y la cobertura diplomática que le libra de incómodos ejercicios hipócritas en la ONU, puede vivir con ese espléndido aislamiento del que se alimenta, con su pose de víctimas convertidas en dueño de unos poderosos mecanismos de impunes represalias.

El último episodio de esta barra libre con la que opera en la escena internacional ha sido la captura, fuera de sus aguas jurisdiccionales, de una flotilla que pretendía desembarcar alimentos y ayuda básica en Gaza. Ya ocurrió en 2010 y se recordará lo que pasó entonces. Quienes podían mover un dedo, no lo hicieron. Turquía se erigió en defensor de la causa palestina, lo que provocó un incidente diplomático y la ruptura de un ensayo de entendimiento entre Ankara y Jerusalén. 

LA SOMBRA DE LA DICTADURA

Trump no calla sobre Palestina: consiente. Porque le da igual y porque está ocupado en sus guerras internas, las únicas que, salvando sus negocios internacionales, le interesan. Quiere aniquilar cualquier oposición interna, aprovechar el racismo nunca resuelto de la sociedad norteamericana y usar a los inmigrantes como chivo expiatorio de un malestar social sin remedio. La xenofobia en la que se complace no es ideológica: es oportunista. Como todo lo que hace.

Si ha desplegado unilateralmente 4000 guardias nacionales y 700 marines en Los Ángeles no es porque haya un “riesgo para la seguridad nacional”, como ha proclamado falsamente. El objetivo es doble: castigar a California, un Estado que se resiste a sus delirios xenófobos y, al mismo tiempo, demostrar a uno de sus escasos potenciales rivales actuales en el Partido Demócrata, el gobernador Gary Newsom, que puede cortarle la hierba bajos sus pies (5). Humillarlo, reducirlo a un dirigente local, aunque el Estado que gobierna acaba de superar a Japón como la cuarta economía del mundo. Ante una actuación tan desproporcionada, es lógico que las autoridades estatales hayan presentado una querella contra la Administración federal (6). Los puentes parecen cortados y Newsom habla ya “fantasma de un presidente dictatorial”.

Robert Reich, Secretario de Trabajo con Bill Clinton y hoy profesor emérito de la Universidad de California, asegura que “estamos asistiendo a las primeras fase del estado policial de Trump”. En su visión, los siguientes pasos están definidos: 1) declaración del Estado de emergencia; 2) implicación de agencias federales para aplicar el uso exclusivo de la fuerza (FBI, DEA, Guardia Nacional); 3) detenciones y arrestos sin el debido proceso judicial; 4) creación de campos de detención y prisiones especiales; y 5) declaración de la ley marcial (7). Reich quizá se anticipa demasiado, pero el autoritarismo y violencia física y política de Trump no augura nada razonable.

Por supuesto, estos crímenes contra el Estado de Derecho y las libertades están lejos de los que practica Israel. No sólo, claro ésta, por su alcance y dimensión. También por su inspiración.  Netanyahu y sus fanáticos socios religiosos de gobierno combinan un nuevo fascismo expansionista y aniquilador con intereses políticos de supervivencia política. Trump sólo se mueve por motivaciones personales egoístas, por mucho que sus diversas bases electorales se autoengañen con su conservadurismo redentor.

 

NOTAS

(1) “Israël commet bien des crimes de guerre à Gaza”. EHUD OLMERT. LE MONDE, 4 de junio.

(2) ”How the Gaza War Is Changing Germany's View of Israel”. DER SPIEGEL, 29 de mayo.

(3) ”Trump and Netanyahu Were Marching in Lockstep—Until They Weren’t”. AARON DAVID MILLER (CARNEGIE FOUNDATION). FOREIGN POLICY, 3 de junio.

(4) “Putting the bully in bully pulpit, Trump escalates in L.A. rather than seeking calm”. LOS ANGELES TIMES, 9 de junio.

(5) “Trump vs. California. ANDREW A. GRAHAM. THE ATLANTIC, 9 de junio.

(6) “California Lawsuit Challenges Trump’s Order Sending National Guard to L.A.”. THE NEW YORK TIMES, 9 de junio.

(7) “We are witnessing the first stages of a Trump police state”. ROBERT REICH. THE GUARDIAN, 9 de junio.

EL TRUMPISMO INTERNACIONAL ES UN ESPEJISMO

 4 de junio de 2025

De un tiempo a esta parte cualquier éxito electoral de la ultraderecha en el mundo (y especialmente en Europa) se vincula con la estela de Trump. Lo suelen hacer algunos medios liberales, no pocos políticos del consenso centrista (de los conservadores a los socialdemócratas) y, naturalmente, los propios interesados durante las campañas electoral, sabedores de que, hoy por hoy, el presidente norteamericano “vende” entre las masas descontentas.

Pero un análisis cuidadoso del auge -irregular y discontinuo- de este  nacionalismo populista heterogéneo induce a pensar más en una convergencia de varias familias de pensamiento o de acción que en una suerte de Internacional Reaccionaria (1). Resulta muy forzado encontrar identidad ideológica, política y cultural entre el movimiento que ha colocado de nuevo a Trump en la Casa Blanca y las propuestas de la ultraderecha centroeuropea. Las causas que han llevado al poder a unos y otros son específicas. Pero, además, hay una cuestión cronológica definitiva. El ascenso de la ultraderecha húngara, polaca, eslovaca, checa, rumana o búlgara es anterior a Trump. Y, desde luego, los líderes nacionalistas conservadores en la Europa occidental ya estaban firmemente arraigados en las sociedades y sistemas políticos de sus países antes de la irrupción del empresario inmobiliario al otro lado del Atlántico.

Esta creencia está tan extendida que ya parece difícil, si no imposible, desmontarla, máxime cuando se proyecta desde América (2). Lo hemos visto de nuevo esta semana con el ajustadísimo triunfo del candidato nacionalista conservador polaco Karol Narowcki. En sus portadas y titulares, muchos medios europeos han vinculado su triunfo con el efecto Trump. Es cierto que, en los análisis más especializados, esta impresión ha quedado más matizada (3). Pero lo que le llega al gran público es la imparable influencia del gran perturbador norteamericano.

Que el propio Trump se apunte como propios los triunfos de la ultraderecha europea y mundial contribuye a esta ceremonia de la confusión. Lo sorprendente es que, desde este lado, se le compre con tanta facilidad el relato. Es difícil de entender que se quiera meter en el mismo saco a tipos como Narowcki, o como el rumano  Simion (éste frustrado en su intento por lograr el triunfo que los tribunales le regatearon al candidato anterior afín, Georgescu) o incluso al propio húngaro Orban. Estos dirigentes están sustentados en estructuras políticas de mayor fuste y responden a corrientes de ancladas en sus sociedades desde los primeros momentos del desencanto con el proceso democrático tras la caída del comunismo (4).

El presidente electo polaco está perfectamente alineado con un partido, Ley Justicia (PiS) que ya gobernaba Polonia antes de que Trump se pensara saltar a la arena política. Lo mismo cabe decir de Orban, un liberal trasmutado en ultraconservador. La ultraderecha rumana, menos precoz, lleva años recogiendo el malestar sembrado por la nueva alternancia política entre liberal-conservadores y socialdemócratas.

MANDAN LOS INTERESES

Si giramos el punto de mira hacia el Oeste, no hace falta ser un gran experto en política internacional para saber que los éxitos de la ultraderecha francesa, italiana, alemana, holandesa, belga, austríaca (y hasta la española) tienen poco que ver con el tirón de Trump. Que sus dirigentes imposten simpatía con el norteamericano tiene que ver más con el oportunismo que con la identificación política o ideológica.

El asunto de los aranceles ha hecho que salten las costuras de esta relación ficticia. La italiana Meloni, que pretende jugar un papel de mediación -que nadie le ha pedido- en la disputa comercial transatlántica, no tiene, en realidad, una estrategia muy distinta de la que defienden la Presidenta de la Comisión Europea o los máximos dirigentes de los principales países de la UE. Trump no gusta, es evidente, pero se ha optado por aplacarlo o por dejarlo que se consuma en sus impetuosos caprichos. Cualquiera de los líderes ultras europeos saben que embarcarse con Trump en estrategias compartidas es un mal negocio, porque el inestable líder americano puede dejarlos en evidencia en cualquier momento.

Eso lo ha comprendido muy bien Putin, a quien medios, analistas y políticos del Orden liberal llevan años pintando como un firme aliado de Trump. Otra creencia más que discutible. Que el Presidente regresado le haya dedicado ciertos elogios por sus políticas autoritarias de hombre fuerte no avalaba una coincidencia de posiciones en la escena internacional. A la postre, cualquier Presidente de los Estados -incluido el anómalo actual- es preso de unos intereses que impiden la convergencia entre Washington y Moscú frente a los aliados europeos.

Una cosa es que Trump abronque públicamente a Zelensky en el Despacho Oval y otra muy distinta que el establishment político-militar estadounidense dejara caer a su aliado de Kiev, hoy por hoy imprescindible para la estrategia de debilitamiento de Moscú. Los medios han destacado, con cierta candidez, los mensajes de un “desengañado” Trump, que por fin se habría dado cuenta de que Putin no es de fiar.

Es evidente que a Trump le seduce poco la música de la Alianza Atlántica tal y como ha venido sonando en las últimas siete décadas y media, pero no es tan ingenuo como para pretender apagarla, como se ha llegado a escuchar y a leer incluso en medios de cierta solvencia. Más que la ruptura, lo que Trump ha sembrado es desconcierto.

El futuro de Polonia tiene más que ver con la respuesta que los partidos liberales y sobre todo conservadores arbitren contra la permanencia del nacionalismo extremo en la cúspide del Estado que con los alardes trumpistas. Es muy probable que, como presumen los dirigentes del PiS estos días, algunas de las formaciones de la derecha moderada que forman parte de la actual coalición de gobierno cedan a la tentación de cambiar de socio y se echen de nuevo en brazos de los ultranacionalistas (5).

Pronto se verá, si eso ocurre, que el actual apoyo (casi) incondicional que Varsovia brinda a Ucrania será cuestionado en la calle por este nuevo impulso a la ultraderecha y no por la alineación de posiciones entre Trump y Putin. Los nacionalistas polacos empiezan a capitalizar el malestar que la permanencia de los refugiados ucranianos y las ventajas otorgadas a los intereses agrarios del país vecino están provocando en los sectores sociales polacos más tradicionales. El anticomunismo visceral de los ultracatólicos siempre tuvo una base nacionalista tanto o más que ideológica. Rusia será para ellos una enemiga irreconciliable, gobierno quien gobierne en Moscú.

MODELOS PERIFÉRICOS AUTÓCTONOS

Si nos alejamos de Europa y ponemos el foco en otros lugares del mundo donde el movimiento reaccionario ha conseguido arraigarse y convertirse en el factor político hegemónico, podemos comprobar cómo Trump resulta un fenómeno secundario en una corriente nacionalista heterogénea (6).

India es el caso más notable. El partido Baratiya Janata (Unión India) llegó al poder, por segunda vez, antes de que Trump se convirtiera en candidato republicano. En estos años, Modi ha hecho de la necesidad de convivir con Trump  una virtud o una oportunidad de reforzar el viraje ultraconservador en su país. Pero esta India ultranacionalista no tuvo problemas en convivir con potencias liberales de primer orden como EE.UU, Japón y Australia en la plataforma (QUAD) de contención a China en Asia. En contraste, esa supuesta simpatía entre Modi y Trump ha chirriado. Por citar sólo el último episodio, al gobierno de Delhi le sentó muy mal que Trump presumiera de haber evitado ‘in extremis’ una escalada bélica entre India y Pakistán por el enquistado conflicto de Cachemira. Como orgulloso nacionalista, a Modi no le gusta que líderes de otros países se inmiscuyan en asuntos indios.

Japón -por resaltar otro ejemplo- había tomado un camino ultranacionalista en política exterior y de defensa antes de Trump. Y así sucesivamente. Incluso en América del sur, ese “patrio trasero” siempre sensible a los vaivenes del gigante del Norte, la emergencia de figurones como el argentino Milei, el ecuatoriano Noboa o el chileno Kast tienen poco que ver con Trump. Son causas de orden interno y no un puro mimetismo lo que explica la corriente ultraderechista en la región. Por eso, la agresividad de la actual administración norteamericana en materia comercial ha hecho que supuestos afines ideológicos se desmarquen de la Casa Blanca.

El nacionalismo exacerbado es el fenómeno político más vigoroso de nuestro tiempo. Sin duda. Pero Trump es un falso nacionalista, como es un falso defensor de los perdedores de la globalización o de los obreros blancos. Aún más ridículo resulta contemplarlo en ceremonias piadosas con los  evangelistas reaccionarios. No tiene ideología, ni principios, ni programa más allá de sus ambiciones empresariales y personales. Lo que le ha llevado de nuevo a la cúspide del poder político no obedece a una corriente universal, sino a la frustración de un sistema social en profunda crisis.


NOTAS

(1) “L’internationale réactionnaire, ou comment trois familles de pensée se retrouvent dans leur détestation du progressisme”. NICOLAS TRUONG. LE MONDE, 29 de marzo.

(2) “Trump Is Leading a Global Surge to the Right. But not all of the leading conservative populist parties in the world are the same — in rhetoric or on policy”. THE NEW YORK TIMES, 23 de enero; “In the age of Trump, global authoritarianism continues its advance” ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 28 de febrero.

(3) “What Poland’s new hard-right president means for Europe”. THE ECONOMIST, 2 de junio; “Karol Nawrocki, du hooliganisme à la présidence de la Pologne”. ISABELLE MANDRAUD. LE MONDE, 2 junio.

(4) “He is the strongman who inspired Trump – but is Viktor Orbán losing his grip on power? ASHIFA KASSAM y FLORAN GARAMVOLGYI. THE GUARDIAN, 1 de junio.

(5) “Pologne: après l’élection du nouveau président, le premier ministre, Donald Tusk, va demander la confiance du Parlement”. LE MONDE, 3 junio

(6) “Indispensable Nations. The Fall and Rise of Nationalism”. PRATAP BAHNU METHA. FOREIGN AFFAIRS, 25 de febrero.

 

POLONIA: CLAVE DE LA NUEVA ARQUITECTURA MILITAR EUROPEA

28 de mayo de 2025

Polonia celebra este domingo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. El resultado se aventura incierto. El candidato liberal, Rafal Trzaskowski, actual alcalde de Varsovia, apoyado el gobierno, obtuvo el 31,2% de los votos, frente al 29,7% del nacionalista ultraconservador Karol Nawrocki. Una ventaja de sólo punto y medio, muy por debajo de las expectativas.

El nerviosismo cunde en las filas de la coalición liberal-conservadora. Trzaskowski, para ganar, necesita los votos del electorado de izquierda, la moderada y la crítica, que apoyó a dos candidatos distintos en primera vuelta, y aún así es dudoso que le alcanza para convertirse en el candidato más votado. Nawrocki podría contar con el respaldo del universo ultraderechista, dividida en varios partidos, pero unida en torno al propósito de impedir un dominio liberal en el gobierno y en la Presidencia (1).

Polonia ha sido, en cierto modo, un espejo deformado del sistema político francés. Aunque es menos presidencialista, ya que el Jefe del Estado en Varsovia tiene menos poderes que en París, su figura no es puramente representativa o conciliadora, como en Italia. El Presidente polaco puede bloquear decisiones del gobierno, que necesita el apoyo de las 3/5 del Sejm (Parlamento) para superar ese veto. Como en Francia, el paisaje político centrista está muy fragmentado, con numerosos partidos pequeños alineados en torno a una fuerza principal necesitada de acuerdos constantes para afirmar su liderazgo. La ultraderecha, aunque dividida también, tiene un representante muy por encima de los demás, el Partido Ley y Justicia. Pero mientras en Francia aún está lejos del Gobierno, en Polonia ya ha disfrutado del Poder y lo ha ejercido con férreo control de las instituciones del Estado y las instancias de representación social .

POLONIA CONTRA LA UE

En las tres décadas largas transcurridas desde la caída del régimen comunista, la derecha nacionalista y los liberal-conservadores se han alternado en el gobierno. La izquierda sólo tuvo cierto protagonismo a finales de los noventa, con la fallida transformación de los comunistas más aperturistas a la socialdemocracia. Pero desde el cambio de siglo, Polonia ha sido uno de los países más conservadores de Europa. El populismo de signo izquierdista que se ha dejado ver en otros lugares de Centroeuropa es prácticamente inexistente. La derecha ultranacionalista ha dominado el relato político, sólo amenazada por los liberal-conservadores, a los que se contempla, con su aquiescencia, como los representantes del orden europeo.

Con la guerra de Ucrania, Polonia se convirtió en un país clave de la estrategia de contención europea. Los conservadores nacionalistas del PiS se contaban entre las fuerzas políticas europeas más antirrusas, en contraste con sus homólogos franceses. De hecho, el partido de Marine Le Pen y el PiS nunca han sido capaces de constituir un grupo unificado en el Parlamento Europeo. Los polacos tuvieron como socios mayores primero a los conservadores británicos y ahora a los neofascistas de Giorgia Meloni. Pero, a pesar de esta hostilidad hacia Moscú, anclada en los agravios históricos del nacionalismo polaco, nunca hubo sintonía entre los nacionalistas del PiS y el consenso centrista europeo. Las medidas de compensación al agro ucraniano tras el bloqueo marítimo ruso provocaron el rechazo del entonces gobierno de Varsovia, alineado con los campesinos polacos en su protesta por las medidas europeas a favor de Kiev.

El triunfo liberal-conservador en las elecciones legislativas de octubre de 2023 se presentaron desde Bruselas como un ansiado cambio de signo. El gobierno del liberal  Donald Tusk, un expresidente de la Comisión Europea, situó a Polonia en la vanguardia de la respuesta de los 27 a la “agresividad rusa”.

No obstante, los nacional-conservadores polacos han obstruido numerosas iniciativas reformistas de la nueva mayoría al mantener la jefatura del Estado en la persona de Andrej Duda, un político gris, a la sombra del poderoso líder del PiS, Jaroslaw Kaczynski. Tusk aspira ahora a contar con la Presidencia de la República para devolver a Polonia a una senda liberal europeísta en la que nunca ha estado firmemente anclada.

EL FRENTE ULTRA

Polonia ha experimentado notables cambios en su estructura socio-económica en las últimas tres décadas, a pesar de la fuerte presencia del sector primario. Como le ocurrió a España en los años noventa, Polonia se ha beneficiado enormemente de los fondos estructurales y de cohesión europeos, lo que, sin duda ha ayudado al discurso liberal-conservador. Pero no lo suficiente para superar el dominio político-cultural del nacionalismo, hegemonizado por la Iglesia católica y sus diferentes (y muchas veces enfrentados) agentes y portavoces políticos.

En la actualidad, el nacional-conservadurismo contempla la Jefatura del Estado como un reducto desde el que resistir lo que considera como una ofensiva Europa para acabar con las tradiciones polacas. El candidato del PiS, Narowcki, es aún más extremista que Duda, y durante las sucesivas fases de la campaña ha endurecido su mensaje para atraerse el voto de formaciones aún mas a la derecha, como Konfederacja (libertarios ultraconservadores) o los tradicionalistas monárquicos. Los dos candidatos ultras obtuvieron más del 20% en la primera vuelta, lo que convierte a sus seguidores en un botín estratégico para el PiS.

Se percibe un creciente nerviosismo en Varsovia estos días, ante la eventualidad de un alineamiento ultra en torno a Narowcki, porque el programa de Tusk podría verse gripado y la estrategia europea de contención de Rusia, obstaculizada (2).

La mayor parte de los ucranianos huidos de su país han encontrado acomodo en localidades polacas. Lo que un principio se vivió como un gesto solidario se ha convertido en creciente incomodidad. Polonia arrastra el mismo problema de debilidad demográfica que otros países centroeuropeos. Si la guerra se prolonga y la reconstrucción de Ucrania se complica, es muy posible que la presencia estable de ucranianos en el país termine reforzando las pasiones xenófobas ya existentes.

Estos riesgos han provocado también la movilización de los medios liberales en Occidente. Como muestra de ello, el semanario británico THE ECONOMIST le ha dedicado la portada de su último número, con un mensaje claro y rotundo: Polonia debe “conservar su puesto en el corazón de Europa” para evitar que se “pierda una fuente de dinamismo en el proyecto europeo”, “un ejemplo de seguridad y una potente voz de apoyo a Ucrania y de disuasión ante Rusia” (3).

EL CUARTO MOSQUETERO

Para los alentadores del rearme europeo frente a Rusia, Polonia se ha convertido en la pieza clave: por su posición de primera línea del frente, por su compromiso con el esfuerzo militar y por el consenso nacional antirruso. Polonia es el país europeo de la OTAN que gasta más en defensa: más de un 4% del PIB, una cifra muy superior a la del resto de sus socios continentales. LVarsovia forma parte del grupo Weimar, junto con París y Berlín, una especie de directorio que marca la estrategia de los aliados europeos contra Moscú. Cuando el eje franco-alemán ha decidido tomar las riendas de confrontación diplomática con el Kremlin, no sólo ha contado en primera línea con Londres, sino también con Varsovia. Esta posición ha convertido a Polonia en lo que alguien ha definido como  “el cuarto mosquetero” contra Putin.

Las fuerzas armadas polacas son ya las cuartas más numerosas del continente. La previsión es que cuenten en 2035 con 300.000 militares (profesionales, reservistas y voluntarios), lo que les colocaría como el Ejército más poderoso de los socios europeos de la OTAN. El programa de rearme polaco es uno de los más ambiciosos del continente. Los planes privilegian el arma de tierra, “con el objetivo de construir una disuasión convencional creíble para paliar la ausencia de disuasión nuclear independiente”, afirma el Instituto francés de Relaciones Internacionales (IFRI), en un informe de hace unos meses (4).

Los representantes del Orden liberal en Europa se movilizan en Polonia, pero las fuerzas nacionalistas ultraconservadoras que se aprovecharon de las tensiones y contradicciones acaecidas tras fin del régimen comunista y la hegemonía social y cultural de la Iglesia católica no han dicho su última palabra.


NOTAS

(1) “Liberal Candidate Takes Unconvincing Lead into Poland’s Presidential Runoff”. BIRN, 19 de mayo.

(2) “Deux Pologne se font face à une semaine d’une présidentielle décisive”. HÉLÈNE BIENVENU. LE MONDE, 26 de mayo.K

(3) “How Poland can keep its place at the heart of Europe”. THE ECONOMIST, 22 de mayo.
(4) “
Pologne, première armée d'Europe en 2035? Perspectives et limites d'un réarmement”. IFRI, 5 febrero.

LA ASIMETRÍA UCRANIA-PALESTINA

21 de mayo de 2025

La guerra de propaganda e información / desinformación que se libra en torno a Ucrania y Palestina condiciona notablemente la percepción de la opinión pública occidental sobre ambos conflictos. Pero resulta imposible, por no decir perverso, compararlos.

El ensañamiento israelí en Gaza despierta un rechazo cada vez mayor en los ciudadanos, pero los gobiernos, salvo en el caso de España y alguno más, se han mostrado hasta ahora reacios a adoptar medidas que pusieran en serios aprietos al gobierno de Netanyahu. Los intentos de resolución diplomática de la crisis tampoco tienen comparación.

Es evidente que Europa se vuelca con Ucrania y Estados Unidos juega ahora a desempeñar un equívoco papel de mediación. En Palestina, Israel actúa a placer, con Estados Unidos en grado de tolerancia máxima. No obstante, la reciente campaña de brutales bombardeos y el intento de sofocar a la población por hambre, ha motivado una discreta intervención de Washington. Israel se ha visto obligada a aceptar la entrada de ayuda humanitaria en la franja de Gaza. Tarde y poco, dice la ONU.

TARDÍA REACCIÓN EUROPEA

Europa ha estado bloqueada por divisiones internas y por su histórica incapacidad para alinear capacidad de presión política con herramientas de influencia económica. Ahora, los dirigentes europeos parecen decididos a revisar el Acuerdo de Cooperación con Israel, aduciendo conculcaciones de los derechos humanos. Lo que España propuso hace más de un año. No está claro en qué se sustanciará este anuncio. La posición alemana, italiana y de otros países europeos pueden obstaculizar la iniciativa (1). Gran Bretaña se ha sumado a la presión al condenar el bloqueo de la ayuda humanitaria y anunciar la suspensión de las conversaciones comerciales bilaterales.

Esta subida de tono en las relaciones euro-israelíes está precedida de un intercambio de acusaciones motivada por la insoportable situación de las población palestina en Gaza. En una iniciativa conjunta, París, Londres y Ottawa condenaron las “acciones escandalosas de Israel” y advirtieron que adoptarían “medidas concretas”, entre ellas su “determinación a reconocer un Estado Palestino, como contribución a la realización de la solución de los dos Estados”. Un lenguaje alambicado, fruto del habitual esfuerzo diplomático de contención.

El jefe del gobierno de Israel, que no deja pasar ocasión alguna de jugar al victimismo, calificó de inmediato esta declaración de los tres gobiernos como una “inmensa recompensa al ataque genocida del 7 de octubre”. Una grosera manipulación, pero sobre todo una prueba de su esfuerzo permanente por convertir la conculcación sistemática de los derechos palestinos en un asunto de terrorismo.

De cuando en cuando, Francia asoma la cabeza para condenar los “excesos” de Israel. Pero siempre con el mayor cuidado, para no soliviantar a la minoría judía francesa, muy atenta a cualquier desliz que pueda ser utilizado con el propósito de denunciar el antisemitismo latente en la sociedad gala.

Durante meses, esta presión israelí sobre la mala conciencia europea arrastrada desde el Holocausto ha resultado rentable. La hipócrita polémica de Eurovisión es una muestra de ello. Una serie de países siguen bloqueando cualquier medida de sanción siquiera moral o de imagen que perjudique a Israel. España asume el rol de denunciante disidente, con muy pocos apoyos efectivos (Bélgica o Irlanda, si acaso), lo que contribuye a convertir a la UE en cómplice indirecto de la masacre.

DONALD DE ARABIA

En Estados Unidos, no ha lugar a este tipo de polémicas diplomáticas. Pero las escenas de una población martirizada, aterrorizada y asediada por el hambre y las enfermedades alienta otra posible campaña de protestas en universidades y sectores sociales no adormecidos por la demagogia trumpista. La diplomacia norteamericana  ha realizado gestos de incomodidad ante este ensañamiento del aliado gobierno israelí. Algunos portavoces de organizaciones  judías en Estados Unidos se han alineado con sectores disidentes del Ejército israelí en contra la deriva extremista y criminal (2).

Trump ha desertado de hacerse otra foto con Netanyahu en pleno martirio de Gaza. La semana pasada se ha paseado por los salones de mármoles y alfombras de las petromonarquías con las que asegura negocios fabulosos para sus empresas y familias, entreverados en contratos de difícil comprobación con empresas norteamericanas.

Adicto a la concepción de la política como espectáculo, Trump se regocijo en la imagen de un Donald de Arabia a la inversa. Contrariamente a T. E. Lawrence, idealizado personaje de la inteligencia militar británica convertido en ardoroso simpatizante de la causa árabe por motivos ideológicos y morales, Trump se comporta como el mejor aliado de las petromonarquías del Golfo.

El Presidente norteamericano envolvió sus interesadas motivaciones en una crítica a las políticas intervencionistas de Estados Unidos en lo que va de siglo, tanto la de los neocon (supuesta promoción de la “democracia” en la región y construcción de naciones) como la de los liberales demócratas. No es tanto que aspire a construir una ‘doctrina’ al efecto. Su intención se limita a sacar partido de las oportunidades económicas. Para su país y para sí mismo

La famosa “apertura” de esos países con regímenes absolutistas se limitan al dominio económico. Pocos avances o sólo cosméticos se han producido en el terreno de los derechos humanos, sociales o políticos. Esta semana, un abogado saudí ha hecho público que en su país continúa la aplicación de la pena de muerte. En 2024, en 345 casos: prácticamente una ejecución diaria (4) .

UCRANIA: EL JUEGO DEL RATÓN Y EL GATO

En Ucrania, Europa asume el rol que no quiere o no puede jugar en Gaza, es decir, el de vanguardia contra el agresor señalado. Ese directorio europeo formado por Gran Bretaña, Francia y Alemania (una suerte de mini-OTAN o de OTAN sin patrón) se convierte en la punta de lanza de la presión contra Rusia. Con resultados muy pobres.

Trump, que se complace en humillar a Europa tanto o más que en confortar a Rusia, dejó claro que habría avances hasta que Putin y él así lo decidieran. La entrevista bilateral que no pudo celebrarse en Estambul, durante la gira del Presidente norteamericano por el Golfo, se convirtió en una conversación telefónica, que Trump vendió como un éxito anunciado de sus autoproclamadas capacidades de convicción. Moscú rebajó esas pretensiones a un contacto franco y productivo, lo que el lenguaje diplomático equivale a decir que las diferencias prevalecieron sobre las coincidencias. Lo sustancial, lo que Ucrania persigue y Europa exige, es decir, un alto el fuego incondicional, total e inmediato se envía otra vez al limbo.

Algunos comentaristas consideran que el Presidente ruso manipula a su colega a su antojo. Hay otra explicación para lo ocurrido estos días: Trump, aunque haya retocado la retórica de sus relaciones con Ucrania después del bochornoso episodio del Despacho Oval, no ha modificado sustancialmente su política.

Rusia sigue con una ofensiva más propagandística que militar, destinada a minar la confianza de la población en la capacidad de su gobierno para forzar una salida negociada que a alterar la situación sobre el terreno.  Europa endurece el paquete de sanciones, cuya efectividad sigue siendo limitada (5). Analistas occidentales muy optimistas hacen de la necesidad virtud y proclaman que “Rusia ya ha empezado a perder la guerra” (6). No hay constancia clara de ello.


NOTAS

(1) “Le jour où les Européens ont décidé de reconsidérer leur accord d’association avec Israël”. PHILIPPE JACQUÉ. LE MONDE, 21 de mayo.

(2) “Israel Wavers as Far Right and Military Disagree on Gaza Strategy”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES. 19 de mayo;

(3) “Affaires et paix: la doctrine Trump à l’épreuve des réalités au Moyen-Orient”. HÉLÈNE SALLON y PIOTR SMOLAR. LE MONDE, 16 de mayo.

(4) “Saudi Arabia is executing more people than ever”. TAHA AL.HAJJI. FOREIGN POLICY, 16 de mayo

(5) “UK and Europe target Russia with major sanctions after Putin-Trump call”. PETER BEAUMONT y PJOTR SAUER. THE GUARDIAN, 20 de mayo.

(6) “Russia Has Started Losing the War in Ukraine”. MICHAEL KIMMAGE. FOREIGN POLICY, 19 de mayo.

LA CONFUSIÓN QUE VIENE DE WASHINGTON

14 de mayo de 2025

El mundo anda de cabeza. El Orden Liberal Internacional presumía de reglas claras, consultas estableces y decisiones más o menos compartidas. Ya no están vigentes ninguno de estos pilares. Se vive con la sensación de desorden. Casi de caos.

Los académicos lo refieren en sus diagnósticos, con orientaciones diferentes; a modo de ejemplo, se pueden mencionar los trabajos de Michael Beckley y de la exministra española Arancha González Laya (1). Los comentaristas liberales, como la editorialista y exdirectora de LE MONDE, Sylvie Kauffmann, lo reflejan en sus análisis (2). Los dirigentes lo admiten en privado  y lo deslizan o insinúan en sus declaraciones. Se actúa preventivamente. Se adoptan medidas condicionadas a un entorno variable. Lo válido hoy puede resultar obsoleto mañana.

El responsable de todo esto es la nueva administración norteamericana. No hay indicio alguno de un cambio de estilo. Trump no admite errores, en el supuesto caso de que entienda que los haya cometido, que tampoco está claro. Se conduce por el principio del que fuera su primer asesor, el abogado Roy Cohn, un picapleitos camorrista que encajaba como anillo al dedo en el estilo caprichoso y ambicioso sin normas de un entonces aprendiz de empresario.

Trump ha desbaratado gran parte de la manera de trabajar en el sistema de alianzas tejido por Washington desde hace 80 años, con revisiones sucesivas, naturalmente. La OTAN es, hoy, un ente fracturado: con Estados Unidos de un lado (apoyado por algún demagogo nacionalista) y Europa junto a Canadá, del otro.

En Asia, el pulso con China, lejos de tranquilizar a países claves como Japón, Corea del Sur, Filipinas, Singapur o incluso Vietnam, les inquieta sobremanera. El manejo del último sobresalto bélico entre India y Pakistán pone a las claras este comportamiento norteamericano. El primer mensaje que envió Trump fue una mezcla de resignación e indiferencia. Cuando se confirmó la escalada, hubo una reacción, que asumieron el Secretario Rubio y el Vicepresidente Vance. Pero para cuando ésta se produjo, Delhi e Islamabad ya habían comprendido que se estaba a punto de franquear la línea roja (3).

En América Latina, el gusto de Trump por el modelo autoritario puede seducir en Centroamérica. Pero no genera confianza más al Sur, salvo tal vez en Ecuador. Ni siquiera en la Argentina abrazada a la demagogia de Milei. Nadie quiere prescindir de sus relaciones con China: en apenas una década, se ha duplicado el valor de los intercambios entre Pekín y América Latina (4).

NAVEGACIÓN A VISTA EN ORIENTE MEDIO

En Oriente Medio, la arbitrariedad campa a sus anchas. La mal llamada guerra de Gaza (se trata de una ocupación militar orientada a una anexión territorial ilegal y brutal) depende ya exclusivamente de Israel, sin freno ni intento de supervisión por parte de Washington. Hasta hace unos días, parecía haber un consentimiento tácito sin matices. Pero se escuchan voces de preocupación: el establishment, siempre favorable a Israel, no aprueba que no haya rendición de cuentas ni aparentes consultas de Netanyahu.

Otros creen que a Trump, más que contener los desmanes del actual gobierno extremista israelí, le interesa consolidar las oportunidades de negocio en la región. Su plan de convertir a Gaza en un resort turístico ya había ofrecido alguna pista al respecto. En su gira por la región, deja a Israel fuera del itinerario. Para algunos, quizás un síntoma de ciertas desavenencias con Netanyahu, al comportarse éste de manera demasiado autónoma. Pero hay otra posible interpretación: el primer ministro israelí ha recibido un cheque en blanco. Ninguna diferencia que limar (5).

El gran interés del Presidente retornado está puesto en las petromonarquías del Golfo. No es una consideración geoestratégica lo que le mueve principalmente, sino las perspectivas económicas. Para Estados Unidos y para su familia(6). La combinación de intereses públicos y privados ya fue habitual en su primer mandato. Nada indica que vaya a ser distinto ahora; por el contrario, cada vez hace menos esfuerzos en ocultarlo (7). La sombra de la corrupción se extiende (8). El regalo qatarí de un avión presidencial es sólo un ejemplo de cómo se impone un especial exhibicionismo presidencial. Trump siente que puede hacer lo que quiera y siente un especial placer en demostrarlo.

Acuerdos económicos superiores al medio billón de dólares, suculentos contratos de armamento (las armas, siempre en el centro de los negocios, mientras se dice no querer las guerras) y condiciones ventajosas para empresas norteamericanas en los países del Golfo alimentan la maquinaria obscena de la propaganda trumpista. Una diplomacia sólo enfocada en el dinero, una recreación de la Gold Age (Era Dorada). Las monarquías feudales recubiertas de una pátina de modernidad no le van a reprochar autoritarismo o falta de respeto por las reglas liberales.

No obstante, hay dos asuntos que se han quedado en los márgenes de la gira: el nudo gordiano de las relaciones bilaterales entre Israel y Arabia Saudí y el dilema de la nuclearización de Irán.

El primero es un objetivo perseguido por las administraciones norteamericanas desde hace décadas  y el preferido de Trump. No está nada fácil la cosa. Mas por imagen que por convicción, los saudíes no quieren arriesgarse al proclamar el fin de una enemistad formal mientras prosiga el exterminio de Gaza y las persecución inclemente de los palestinos en Cisjordania. Los planes de Trump de canalizar petrodólares para reconstruir Gaza y blanquear la ocupación en el orilla occidental del Jordán es inviable, sin una fórmula siquiera aparente de atender los derechos de los palestinos.

En cuanto a lo que hacer con Irán, Trump parece compartir la postura pactista del Golfo y habría esquivado la petición israelí de anuencia y complicidad. China logró establecer ese canal de diálogo entre adversarios y Trump ni quiere ni puede romperlo.

EL ENREDO UCRANIANO

Otra derivación de la gira por Oriente Medio ha sido, estos días, la incógnita de la presencia de Trump en Estambul, en espera de confirmación de un encuentro entre los Presidentes de Rusia y Ucrania. Esa foto a Trump le produciría una enorme excitación, siempre y cuando se pudiera coronar con una leyenda que anunciara la paz o al menos una tregua prolongada que permitiera el inicio de unas auténticas negociaciones (9).

El panorama es incierto. Los esfuerzos norteamericanos por forjar una salida inclinada hacia los intereses rusos ha sido contestados por Europa, o por una parte de Europa, esa especie de Directorio regional integrado por Francia, Gran Bretaña (las dos potencias nucleares, es decir, intimidatorias), Alemania (el poder económico, aunque ahora disminuido) y Polonia (el vecino más próximo). El apoyo de este grupo a Ucrania sigue siendo insuficiente para forzar la mano del Presidente ruso, que se sabe con ventaja en la partida. El ultimátum de los Cuatro ha sido despreciado por el Kremlin sin contemplaciones (10). Prueba de esta impotencia europea es la conversación telefónica, un tanto humillante, de los cuatro líderes europeos y el ucraniano Zelensky . Para nada, que se sepa (11).

Putin ha celebrado el octogésimo aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi como había previsto: arropado por China y por otros países del grupo BRICS. La pretensión occidental (ahora, europea) del aislamiento ruso no es ya una quimera: es manifiestamente imposible, con el cambio de política en Washington. Con la fractura atlántica, la guerra de Ucrania esta abocada a un compromiso. Y aunque la tesis de una entente entre Washington y Moscú es exagerada (si no falsa), es evidente que Kiev será obligada a transigir. Ya lo está haciendo a cuentagotas, con un lenguaje sibilino, sin admisiones que suenen humillantes.

Así las cosas, la confusión que viene de Washington se extiende por el mundo, y cada cual busca su acomodo según su potencial. Los chinos acaban de dar una lección de cómo forzar a Trump a rectificar su política de hechos consumados. Las réplicas chinas a los aranceles norteamericanos hicieron tambalearse al sistema capitalista liberal. Se imponía un armisticio siquiera provisional. Pekín, interesado también en un arreglo, no ha tenido muchas dificultades en hacérselo entender al equipo económico de la administración (12). Trump ha vendido como un éxito lo que es una rectificación. Puro guion trumpista.


NOTAS

(1) “The Age of American Unilateralism. How a Rogue Superpower Will Remake the Global Order. MICHAEL BECKLEY. FOREIGN AFFAIRS, 16 abril; “The Resurgence of Europe. How the Continent Can Survive American Antagonism and Come Out Stronger”. ARANCHA GONZÁLEZ LAYA. FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.

(2) “Quatre-vingts ans après la fin de la seconde guerre mondiale, deux Europe se font face, au centre d’un chaos dominé par d’autres”. SYLVIE KAUFFMANN, 7 de mayo.

(3) “From missiles to ceasefire: how India and Pakistan pulled back from the brink”. HANNAH ELLIS-PETERSEN & SHAH MEER BALOCH. THE GUARDIAN, 12de mayo.

(4) “Xi Jinping tries to press China’s advantage in South America”. THE ECONOMIST, 8 mayo; “China Courts Lula and Latin America After Trump’s Tariff Shock”. CHRIS BUCKLEY. THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo.

(5) “What Does Trump Want in the Middle East? America’s Allies in the Region Wish They Knew”. MARC LYNCH (Universidad de Washington). FOREIGN AFFAIRS, 12 de mayo.

(6) “Trump Heads to the Middle East Focused on Business Deals, Not Diplomacy”.  THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo; “President Trump’s High-Stakes Gulf Trip Requires More Than Good Business”. ELISABETH DENT & SIMON HENDERSON. THE WASHINGTON INSTITUTE, 8 de mayo.

(7)“Trump’s Middle East trip marked by potential private business conflicts”. THE WASHINGTON POST, 12 de mayo. “Les bonnes affaires de la famille Trump dans le golfe Arabo-Persique : tours de luxe, Boeing 747 offert par le Qatar…”. ARNAUD LEPARMENTIER. LE MONDE, 12 de mayo.

(8) “Trump’s Plan to Take Jet From Qatar Heightens Corruption Concerns”. CHARLIE SAVAGE. THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo.

(9) “Why Peace Talks Fail in Ukraine”. SAMUEL CHARAP AND SERGEY RADCHENKO. FOREIGN AFFAIRS, 8 de mayo.

(10) “Setback for Europe after Trump insists Ukraine has ‘immediate’ peace talks with Russia”. PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 12 de mayo.

(11) “Uncertainty and tension ahead of possible Ukraine peace talks”. THE ECONOMIST, 11 de mayo.

(12) “Tariff Truce With China Demonstrates the Limits of Trump’s Aggression”. ANA SWANSON Y ALAN RAPPEPORT. THE NEW YORK TIMES, 12 de mayo.

 

 

EL NACIONALISMO AGRESIVO, SIN CONTROL

  7 de mayo de 2025

No hay orden fiable en este mundo teóricamente dominado por un orden liberal. Estados Unidos, agente supremo, no quiere, no puede o no sabe ejercer ahora el control exhibido, con errores, abusos y fracasos, en los últimos ochenta años. Un nacionalismo populista y demagógico, sin base ideológica alguna, se ha instalado en la Casa Blanca. Nada es previsible, todo está sujeto a la improvisación, al capricho.

El establishment parece desarmado o a la expectativa, confiado, dicen algunos, al derrumbamiento de un gobierno sin sustancia ni proyecto más allá de la vanidad personal de su líder. Los partidos de la alternancia sistémica parecen cada día más irrelevantes. Los republicanos, teóricamente en el poder, están sometidos a un jefe importado, errático, despectivo cuando no vengativo hacia quienes no le siguen el juego. Los demócratas, salvo algunos exponentes del ala izquierda, siguen desaparecidos, con sus líderes de referencia mudos o ensimismados en sus intereses particulares de nuevos ricos progres.

Cuando desde el supuesto faro del mundo, se emiten señales tan preocupantes y faltas del mínimo rigor, lo más lógico es que otros países poco respetuosos de las normas internacionales sientan que tienen luz verde para actuar a su antojo. Y algo similar se puede decir de las fuerzas políticas que han vivido agazapadas durante décadas: emergen ahora con un triunfalismo comprensible aunque quizás un poco ilusorio.

Las guerras africanas (como la de Sudán o la congelada en Congo) , las agresiones descaradas (la israelí en Gaza y Cisjordania) , los duelos sobre el abismo (entre India y Pakistán, dos potencias nacionalistas extremas y con armas nucleares) parecen ajenas al control que habitualmente ejercía Washington desde la caída del régimen soviético. Entiéndase, nunca hubo un control neutral. Por encima de la naturaleza de los conflictos, siempre mandaban los intereses norteamericanos. En la desmadrada situación actual, los contendientes periféricos se consideraban libres de actuar a sus anchas, sin temer una intervención correctora del gran patrón. No obstante, hay matices importantes.

ISRAEL, FUERA DE UN MÍNIMO CONTROL

En la tragedia palestina, las anteriores administraciones estadounidenses sin excepción han actuado de manera sesgada a favor de Israel, pero se han cuidado de aparentar una neutralidad suficiente para reclamar y desempeñar un engañoso papel mediador. Trump ni siquiera cuida estas formas. Ha proclamado su apoyo incondicional a Israel: su sintonía con un dirigente tan nacionalista y oportunista como él, tan dudosamente honesto como él, tan perseguido por las causas judiciales como él, tan irrespetuoso con las instituciones del orden liberal como él. Después de casi 20 meses de una operación militar que organismos acreditados ya han calificado como constitutiva de crímenes contra la humanidad, se aguarda el último acto de la tragedia palestina (1).

Por supuesto, Biden es responsable de lo ocurrido en Gaza el último año y medio, pero intentó parecer que le ponía límites a Netanyahu, que le condicionaba su apoyo, que frenaba su ambición arropada en una aparente sed de venganza. Trump, en cambio, le ha animado a continuar y profundizar en una política de exterminio, de sometimiento por hambre de una población martirizada por décadas de ocupación, represión y asfixia económica y vital.

Ahora, el primer ministro israelí, desatado y sin control, enseña todas o casi todas sus cartas. Quiere ocupar gran parte de la franja y arrinconar a la población en zonas reducidas e invivibles, para expulsarlas luego por completo. Hasta ciertos altos mandos del Ejército consideran que su estrategia no está motivada por razones de seguridad nacional, ni orientada a la salvación de los rehenes restantes (2). Netanyahu puede hacer ahora lo que le plazca, porque ninguna de las potencias occidentales moverá un dedo para impedirlo. El orden liberal ha sido aniquilado en Gaza.

LA PELIGROSA ESCALADA INDO-PAKISTANÍ

En el subcontinente indio, a los pies del Himalaya, se libra otra contienda que amenaza la paz mundial. En las últimas horas, la aviación india ha bombardeado supuestas bases en Pakistán de las organizaciones musulmanas que combaten con las armas al gobierno de Delhi en Cachemira, en respuesta al último atentado que costó la vida a 26 turistas.

Washington no ha logrado contener la escalada, como en ocasiones anteriores. El Secretario de Estado, Marco Rubio, único representante del establishment en esta administración, ha intentado ejercer ese papel de gendarme clásico, pero no está claro el respaldo que ha tenido de la Casa Blanca (3). A Trump no le importan demasiado los conflictos mundiales. Y, en todo caso, ante el espectro de guerra entre India y Pakistán, dos potencias nucleares, el instinto le llevaría a apoyar a un nacionalista como Modi y no a los imprevisibles militares islamistas pakistaníes.

El último atentado de las milicias musulmanas en la Cachemira india coincidió con la estancia en Delhi del Vicepresidente Vance. ¿Fue una provocación o una coincidencia? No lo sabemos. Pero es muy probable que, una vez liquidada la guerra en Afganistán, el régimen militar de Islamabad se sienta irrelevante para Washington y hubiera querido dar un aviso del poder que aún conserva para provocar un sobresalto mundial.

EJEMPLOS A LA CONTRA

Desde otras latitudes occidentales periféricas se ha dado una respuesta muy clara a este trumpismo internacional. Marc Carney ha recuperado para el Partido Liberal un triunfo que hace unos meses parecía perdido. El líder conservador, Pierre Poilivre, se jugó toda su fortuna política en una apuesta trumpista y fracasó estrepitosamente: ni siquiera pudo conservar su escaño. La agresividad comercial del vecino del sur y sus amenazas de absorción, han provocado una reacción de defensa nacional.

Algo similar ha ocurrido en Australia. El triunfo laborista ha despejado los temores de una implantación del trumpismo en el Pacífico sur. La coalición liberal-conservadora se ha estrellado contra una sociedad anclada desde hace décadas en una moderación que rechaza cualquier deriva radical (4).

EL TRUMPISMO AVANZA EN EUROPA

Pero estas excepciones alejadas del centro del orden liberal contrastan con los avances ultras en Europa. Rumania es el último ejemplo. El consenso centrista se derrumba ante la presión del nacionalismo xenófobo. La victoria de George Simion, candidato extremista en la primera vuelta de las elecciones presidenciales (41%), ha provocado no sólo la caída del gobierno y la ruptura de la gran coalición entre socialistas y liberal-conservadores (5).

El otro candidato que competirá en la segunda vuelta tras obtener el 21%, el alcalde de Bucarest, Nicusor Dan, no pertenece a esta alianza, sino a un formación anticorrupción de orientación liberal progresista opuesta a la mayoría centrista. Por eso es improbable que se componga un cordón sanitario para frenar a la ultraderecha. Algunos analistas locales creen que puede haber una crisis en el socialismo rumano, poderoso en las zonas rurales, pero mucho más endeble en las grandes ciudades.

Simion está alineado con la italiana Meloni en Europa y mantiene una posición crítica hacia Rusia (6). Pero, por intereses de poder, se ha aliado con otro líder ultraderechista, el rusófilo  Calin Georgescu, que triunfó en las elecciones presidenciales de hace unos meses, anuladas luego por supuesta interferencia del Kremlin. Esta convergencia del nacionalismo agresivo, que suscribe explícitamente el programa MAGA de Trump, podría crear un bastión en el sureste de Europa, entre Ucrania y los Balcanes.

Otro ejemplo de este trumpismo oportunista ha sido el buen resultado obtenido por la extrema derecha nacionalista antieuropea en las elecciones locales de Gran Bretaña. Aunque no parece que las consecuencias políticas sean decisivas, los dos grandes partidos británicos han acusado el golpe, porque el Reform Party ha mordido en territorios relativamente seguros de ambos. “Un problema para los laboristad, una amenaza existencial para los conservadores”, diagnostica THE ECONOMIST (7).

El sistema electoral británico, uninominal y mayoritario, blinda al sistema de un vuelco político, pero no puede evitar esta sensación de desafección que se extiende elección tras elección.

En definitiva, el efecto Trump no es irresistible, pero sí poderoso. Pudiera no ser duradero, pero creará distorsiones notables en los equilibrios políticos occidentales. Si se confirman las medidas punitivas comerciales, el oportunismo ultraderechista tendrá el camino abonado.


NOTAS

(1) “As Gaza Siege Grinds On, Gazan Children Go Hungry and Patients Die”. THE NEW YORK TIMES, 4 de mayo.

(2) “Announcement of Israel’s Gaza occupation plan is carefully timed”. JASON BURKE. THE GUARDIAN, 5 de mayo.

(3) “Washington’s India-Pakistan Balancing Act”. JOHN HALTIWANGER. FOREIGN POLICY, 1 de mayo.

(4) “A New Trend in Global Elections: The Anti-Trump Bump”. MATTINA STEVIS-GRIDNEFF. THE NEW YORK TIMES, 4 de mayo.

(5) “La Roumanie bascule dans une crise gouvernementale après la performance de l’extrême droite au premier tour de la présidentielle”. JEAN-BAPTISTE CHASTAND. LE MONDE, 5 de mayo.

(6) “George Simion, l’irrésistible ascension d’un national-populiste?”. COURRIER DES BALKANS, 4 de mayo; Far-Right Populist Wins First Round of Romania’s Presidential Election”. MARIAN CHIRIAC. BALKAN INSIGHT, 5 de mayo.

(7) “The fallout from Reform UK’s big win in local elections.For Labour, it’s a problem; for the Conservatives, an existential threat. THE ECONOMIST, 2 de mayo.

 

 

 

LA GUERRA VECINAL MÁS PELIGROSA

30 de abril de 2025

Hay vecinos que parecen condenados a enfrentarse. Por motivos territoriales, ideológicos, sistémicos, económicos, raciales, religiosos. O por un sumatorio o combinación de estos.

Sin discusión, la guerra vecinal más peligrosa (activa o latente, según el momento) es la que enfrenta a India con Pakistán. Los dos países son el resultado de la fractura de la gran colonia británica (la joya de la corona), al final de la segunda guerra mundial. Los sangrientos enfrentamientos étnicos, raciales y religiosos entre hindúes y musulmanes dieron lugar a dos Estados que nunca han sido capaces de construir una relación de mínima confianza.

UNA CONFRONTACIÓN DE NACIMIENTO

A estos problemas básicos originales se unió el contencioso territorial de la frontera septentrional en torno a la región de Cachemira, territorio dividido entre los dos nuevos Estados. En la parte india, el maharajá Hari Singh, consiguió la independencia del territorio, pero la presión de las tribus de credo musulmán en el noroeste le obligó a buscar el apoyo de la India y, al cabo, de integrarse en este país, aunque con un régimen formal de autonomía. Esta deriva contradecía la fractura racial y religiosa, ya que la mayoría de la población de Cachemira era musulmana y la India cuatro de cada cinco habitantes era hindú.

A partir de ese momento, la inestabilidad ha sido crónica. La guerra no tardó en estallar. Pakistán apoyó a los musulmanes de Cachemira y consiguió recuperar una parte del territorio. India prometió un referéndum de autodeterminación que nunca celebró. Otras dos guerras vinieron por conflictos territoriales que fueron en realidad excusas de una enemistad originaria. Tan irreconciliable llegó a ser el conflicto que ambas partes se dotaron de la mayor amenaza disuasiva posible: el arma nuclear.

Este mes de abril, Cachemira ha vuelto a ser detonante en la explosividad de las relaciones bilaterales. Un atentado cometido por un oscuro grupo musulmán partidario de la independencia del territorio se cobró la vida de 26 turistas, la mayoría indios, que visitaban aquellos bellos parajes montañosos. El denominado Frente de Resistencia parece ser un camuflaje del grupo Laskhar-e-Toiba, amparado por Pakistán y autor de la aún no olvidada matanza de Mumbai en 2008. El régimen militar de Islamabad ha utilizado esta y otras formaciones para hostigar a la India desde finales de los cuarenta.

India ha perdido ocasionalmente la paciencia con estos atentados y con el juego encubierto de su vecino. La tensión ha tenido sus picos bélicos intermitentes, que no siempre han sido satisfactorios para Delhi. La lista de incidentes es larga e inquietante.

En 2019, un atentado en Cachemira se cobró la vida de 40 agentes paramilitares indios. Delhi respondió con un ataque aéreo contra instalaciones pakistaníes. Uno de los aviones fue derribado. Islamabad en un gesto que fue más propagandístico que conciliador, entregó el piloto sano y salvo a su estado enemigo no sin exhibirlo previamente. La mediación norteamericana impidió una muy peligrosa escalada. Años después, el Secretario de Estado americano de aquel momento, Mike Pompeo, confesó que India y Pakistán estuvieron entonces al borde de una guerra nuclear (1).

La crisis no se saldó sin daño. A pesar de una retórica engañosa de normalización y promoción del turismo como factor de desarrollo económico, el gobierno indio suprimió la autonomía de Cachemira invocando un dudoso plan de integración del territorio en el sistema político nacional. Modi ha practicado una política autoritaria de control policial, restricción informativa, acoso de líderes políticos regionales y cancelación de las elecciones locales. Estas decisiones han irritado aún más las pasiones en el régimen militar pakistaní. La tensión en el disputado territorio no han cedido desde entonces (2).

Tras este último atentado, ambos estados se han infligido medidas de retorsión, como la expulsión de personal diplomático o la suspensión de los visados. Pero lo más grave ha sido la suspensión india del Tratado de utilización conjunta de los ríos que nacen en las alturas de Cachemira y cuyas aguas son esenciales para la agricultura pakistaní, siempre amenazada por la sequía. Dirigentes políticos pakistaníes han calificado esta medida de “terrorismo del agua”. Islamabad ha suspendido el acuerdo sobre las fronteras en la región de Cachemira (3). En los últimos días se han registrado intercambio de disparos en la zona (4). El riesgo de escalada vuelve a ser máximo.

EL ENTORNO GEOESTRATÉGICO

La hostilidad indo-pakistaní se ha complicado a lo largo de décadas por el efecto de otras tensiones de mayor envergadura. India y China no han conseguido resolver sus conflictos fronterizos en el Himalaya, lo que ha dado lugar a guerras de baja intensidad y duración. Esta enemistad favoreció el acercamiento de China a Pakistán, dos países que originariamente tenían muy poco en común, aparte de la hostilidad hacia la India. La cooperación de las últimas décadas ha forjado una sólida red de infraestructuras plasmada en un corredor económico que atraviesa la Cachemira pakistaní.

A su vez, la India este país estrechó relaciones con la Unión Soviética, durante décadas rival de China en Asia, tras el cisma comunista de los años cincuenta. Moscú se convirtió en el principal suministrador de armas de Delhi hasta los tiempos presentes, en que China y Rusia parecen haber recuperado su alianza de la era comunista.

Esta dimensión geopolítica regional complica el enfrentamiento indo-pakistaní, pero paradójicamente pudiera ser uno de los factores que contribuyera a su resolución. China e India no van a ser amigos seguramente nunca, pero sus ambiciones estratégicas aconsejan un nivel de entendimiento que podría favorecer la relajación de las tensiones entre los dos países nacidos de la descolonización británica en la región.

A India no le llega este nuevo episodio de tensión vecinal en el mejor momento. Los aranceles de Trump también pesan sobre la economía india. El gobierno ultra nacionalista de Narendra Modi confiaba en que su afinidad ideológica con el Presidente norteamericana le hubiera blindado de su hostilidad comercial, pero no ha sido así. Pakistán, por su parte, teme que ese potencial acercamiento entierre de una vez la alianza de conveniencia con Washington. La duplicidad de los militares pakistaníes durante la persecución y muerte de Bin Laden y la fracasada guerra contra los taliban afganos ha despertado siempre una feroz antipatía en Trump. Por eso no puede ser casual que este último atentado en Cachemira haya coincidido con la visita a Delhi del Vicepresidente D. J. Vance, una de cuyas misiones eran tranquilizar a los nacionalistas indios acerca de las  intenciones estratégicas de Trump en la región.

 

NOTAS

(1) “Kashmir Attack Shatters Illusion of Calm”. SUMIT GANGULY (Universidad de Stanford). FOREIGN POLICY, 28 de abril.

(2) “India and Pakistan Are Perilously Close to the Brink. The Real Risk of Escalation in Kashmir”. SUSHANT SINGH (Universidad de Yale). FOREIGN AFFAIRS, 29 de abril.

(3) “India must prove Pakistan’s complicity in the attack in Kashmir”. THE ECONOMIST, 29 abril.

(4) “Tensions entre l’Inde et le Pakistan: nouveaux échanges de tirs entre les soldats des deux pays dans la nuit de dimanche à lundi”. LE MONDE, 28 de abril.