¿HACIA OTRO VERANO SANGRIENTO EN UCRANIA?

11 de Enero de 2015

La situación en Ucrania parece deteriorarse por días. Las informaciones que nos llegan de las regiones secesionistas son muy inquietantes y, al margen de la propaganda de unos y otros, lo cierto es que la cifra de muertos en combates registrados desde comienzos de mes sigue creciendo.


LA RUINA DEL ALTO EL FUEGO


Observadores de la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, heredada del viejo escenario de confrontación Este-Oeste para prevenir riesgos bélicos y en la actualidad ‘notaria’ de la situación) aseguran que las milicias separatistas iniciaron la semana pasada el asalto a la ciudad de Marinka, un enclave situado unos quince kilómetros al suroeste de Donetsk, la capital de los rebeldes.

En este empeño, desarrollaron una importante actividad artillera y pusieron en movimiento centenares de vehículos blindados y ligeros. Lo más significativo es que habrían empleado también los famosos T-72. Estos carros de combate, joyas del arsenal soviético durante la guerra fría, no son utilizados por el ejército regular ucraniano, según los observadores internacionales; por lo tanto, o bien han sido entregados a los rebeldes por Moscú o han sido manejados directamente por soldados rusos.

Con posterioridad a estos ataques, se habían registrado otras ofensivas de menor envergadura al norte y noreste de Donetsk y posiciones rebeldes al este de Mariupol, ésta última una ciudad costera clave que los rebeldes quieren conquistar para asegurar la conexión con Crimea, península anexionada por Rusia desde al año pasado.

Los objetivos específicos de estas ofensivas de junio no están aún del todo claros. Podrían tratarse de maniobras de diversión. Pero, más allá de los aspectos militares concretos, parece confirmarse que las milicias secesionistas quieren consolidar posiciones y hacer muy difícil un contraataque del ejército regular. 

En todo caso, casi todo el mundo coincide en que los segundos acuerdos de Minsk han saltado por los aires y el cese el fuego acordado en febrero sobre la base de aquel compromiso diplomático está superado por los acontecimientos. Señal inequívoca de esto es la dimisión de la jefa de misión de la OSCE, la diplomática suiza, Heidi Tagliavini.

En su momento, dijimos que habría un Minsk-III (o algo que tuviera ese significado), porque los acuerdos políticos o diplomáticos estaban sujetos a las prioridades militares. Moscú pudo frenar a sus protegidos por conveniencias o exigencias del momento, pero no es seguro que quiera o pueda hacerlo ahora. Los estímulos de una solución pacífica para el Kremlin disminuyen mientras se mantengan las sanciones y los rebeldes demuestren capacidad y estómago para seguir hostigando al Ejército regular.

KIEV SE PREPARA PARA LA GUERRA

El Presidente ucraniano, Petro Proshenko, aseguró hace unos días ante el Parlamento que estas operaciones constituían simplemente el anticipo de una ofensiva militar rusa a gran escala. Volvió a exigir, por enésima vez, “la retirada de tropas, armamento y equipamiento ruso del territorio ucrania y el control de las fronteras por las autoridades ucranianas”. En tono menor, y con absoluto escepticismo, renovó las promesas de celebrar elecciones en las regiones bajo disputa, una exigencia de Occidente para mantener su apoyo.

Pura apariencia. El gobierno de Kiev nunca creyó en la viabilidad de una solución negociada. De hecho, se ha abstenido de tomar decisiones que favorecieran un clima de entendimiento. Nunca confió, comprensiblemente, en las intenciones rusas. Sectores muy influyentes del Estado, la sociedad y los negocios han presionado claramente en favor de una internacionalización del conflicto.

En este clima de escepticismo sobre la estabilidad del alto el fuego, las autoridades ucranianas se olvidaron de las medidas conciliatorias contenidos en los acuerdos de Minsk y han ido adoptando decisiones de fuerza como el creciente aislamiento de las regiones orientales rebeldes, restricciones en la provisión de abastecimiento y en la circulación de mercancías y el impago de pensiones y salarios.

EL DILEMA DE LOS ALIADOS

Estados Unidos y las potencias europeas no se han visto sorprendidas por la negativa evolución de los acontecimientos. La OTAN ha venido informando periódicamente de violaciones puntuales del alto el fuego y de movimientos inquietantes de tropas y material, sobre todo de la parte pro-rusa. Aunque hay un componente de sorpresa en las últimas acciones militares, era un secreto a voces que el frágil o aparente status quo tenía las semanas contadas.

En la cumbre del G-7 en Baviera, los aliados occidentales han renovado el habitual mensaje de firmeza frente a Moscú, excluida de esta cita precisamente en castigo por su apoyo a los rebeldes orientales. Pero hay cierta coincidencia en la limitada capacidad de la estrategia adoptada para forzar un cambio de actitud en el Kremlin. Algunos analistas aseguran que el Kremlin ya ha descontado los peores efectos de la presión económica y financiera occidental y no encuentran estímulos en un giro radical de sus posiciones.

Las inquietudes en ciertos países europeos por el suministro de gas ruso crecerán conforme pasen los meses y se acerque el invierno, sobre todo si se confirma la guerra estival como parece cada vez más probable. Moscú puede intentar una revisión de Minsk en un sentido más favorable a sus intereses, pero los occidentales no pueden debilitar la posición de Kiev sin perder la cara.

Desde el Capitolio, los republicanos presionan a la Casa Blanca para que incremente la ayuda militar a Kiev.
Tampoco Putin puede abusar de su exposición al riesgo. Aparte de las consecuencias sociales que un empeoramiento de las condiciones puede acarrear, ya debe soportar otros efectos inquietantes. Setecientos mil ucranianos han cruzado la frontera no sólo en busca de estatus legal sino también de manutención y abrigo en Rusia.  El apoyo a los irregulares ucranianos del Este ha reforzado la influencia de bandas criminales y mercenarios. La delincuencia ha aumentado en un 23% en las regiones fronterizas rusas con Ucrania (1).

Las perspectivas, por tanto, son pesimistas. Parece inevitable que vuelva a correr la sangre. Pero quizás sólo un agravamiento bélico transitorio puede desbloquear la situación y abrir la vía a un acuerdo más estable. La paz, como tantas veces ocurrió en Yugoslavia, no será hija de un espíritu de concordia sino del agotamiento de la guerra.

(1)    “Putin’s warlords slips out of control”. ADRIAN KARATNICKY. THE NEW YORK TIMES, 9 de Junio.

                                                         

LA 'SARKO REPÚBLICA'

3 de Junio de 2015
                
No se le puede negar a Nicolás Sarkozy que nunca (o casi) esconde sus intenciones. Ni los fracasos ni la hostilidad de sus adversarios, ni siquiera sus propias limitaciones, le disuaden de perseguir su ambición. Que es inmensa.
                
La audacia de Sarkozy le ha acarreado problemas antes, durante y después de su estancia en el Eliseo (2007-2012). Pero él está convencido de que sólo su audacia le devolverá a la máxima magistratura de la República francesa.
                
Este 'petit-Napoleon' gusta del poder, cuanto más extenso mejor. En las aguas siempre turbulentas de la derecha francesa, no se ha mostrado partidario de practicar el muy habitual juego del “caliente y frío” (brillante fórmula francesa para definir la ambigüedad política o diplomática).  Sarkozy va directo. Siempre que puede. Se recupera pronto de los reveses y casi nunca pierde de vista el objetivo.
                
UN OBJETIVO CLARO: EL ELISEO
               
Como cualquier líder histórico de la derecha francesa que se precie, desde De Gaulle, se ha impuesto la tarea de modelar  a su conveniencia la gran plataforma política que le sirve de respaldo. El propósito ha sido siempre el mismo: construir un potente aspirador potente, capaz de atraer a las corrientes centristas o independentistas.
                
En el cónclave del pasado fin de semana en un hotel de lujo del decimonoveno distrito de París, Sarkozy ha querido escribir un capítulo más de esa evolución de la gran derecha francesa, desde el gaullismo de posguerra hasta un partido conservador europeo con ribetes propios, unificador de tendencias y familias, pero desprendido de las referencias más arcaicas. Con la vista puesta en la reconquista del Eliseo, mantiene la marca unificadora “República”, pero no como referencia, como sus predecesores, sino como patrimonio.
                
Con esa pretensión tan suya de apropiarse de lo que intuye como factor ganador, Sarkozy reclama para él, para los suyos, el símbolo político de la unidad nacional. La formación refundada se llamará "Los Republicanos". Poco importa que la pretensión pueda sonar -y lo sea- excluyente. Quizás se trate de eso. De ‘marquer le scandal’. De provocar.
                
Pero en la intención de Sarkozy hay otro elemento fundamental. No es otro que disputarle al emergente Frente Nacional el liderazgo de la defensa de lo nacional. Es la apuesta por los 'valores' que la noción "republicanos" supuestamente implica. A saber: laicidad, identidad nacional, responsabilidad individual.
                
El hombre que hizo de la preservación del orden (público, social) la divisa de su ideario político cree que ganará su próxima batalla si prevalece sobre el desafío que emerge con fuerza a su derecha. Sarkozy quiere conquistar ese voto desengañado, amargo y feroz que hoy recala en el Frente Nacional, sin desplazarse demasiado del centro. Espera que los sectores moderados de la sociedad francesa abandonen a la izquierda, desgastada por la crisis y dividida, como siempre.
               
                
IDEARIO Y ESTRATEGIA
                
Autoridad e identidad son los dos grandes principios de la refundación sarkoziana,  como advierte oportunamente un analista de LE MONDE (1). ¿Qué implica este doble eje?  El reforzamiento de la autoridad desde una identidad claramente republicana está dirigido a satisfacer las percepciones de inseguridad de ciertos sectores sociales, no sólo frente a la 'amenaza terrorista' sino ante la confusión de valores que provocan las tentativas de multiculturalidad, de pluralidad de creencias religiosas, de reivindicaciones sociales.
                
La propuesta de Sarkozy perfila enemigos sin decirlo expresamente: el Islam, en su faceta militante o activa,  los agentes sociales que se aferran a los activos del Estado de bienestar y, finalmente, las ideologías que cuestionan los fundamentos más tradicionales del orden social nacional: familia y trabajo.
                
La nueva derecha tiene muy poco de nueva, salvo la munición con la que afronta la batalla de la reconquista presidencial. El valor del trabajo tiene connotaciones neoliberales demasiado conocidas. El mérito individual frente a la nivelación social. El esfuerzo de cada cual frente a la asistencia generalizada. La escuela como simiente de los valores nacionales. La 'laicidad confrontacional' (según el reproche de Régis Debray), como garantía de freno a las singularidades religiosas reinvindicativas.
                
Estas contraposiciones, pasadas por el tamiz nacional, fijan los ámbitos de la exclusión o, al menos, pone condiciones al ejercicio de la solidaridad. Se prepara una rebaja de los derechos sociales, de los subsidios de desempleo, de las prestaciones públicas, de los beneficios a los inmigrantes. La 'devolución' se hace más contributiva.             
                
Sarkozy defiende el juego de ataque. "La Republica no debe recular" le dijo como 'mot d'ordre' a LE FIGARO, este mismo mes (2). En realidad, es una táctica de contraataque.  Se trataría de arrebatar al Frente Nacional buena parte de su discurso y de su electorado, haciéndolo más respetable, menos antipático a los espíritus moderados de las clases medias. Utilizar al FN para desgastar a la izquierda, para desplazar hacia el espejismo social-nacional el malestar de esa base social desengañada, aún a riesgo de subvertir la República.  De esta forma, un hipotético duelo final con Marine Le Pen, en 2017, podrá librarse en condiciones de superioridad. Peligroso juego de aprendiz de brujo.  
                
Para conducir con las dos manos, aunque el volante se instale claramente a la derecha, Sarko se apoya en una dupla aparentemente plural: la 'dialogante' Nathalie Kosciusko-Morizet (Vicepresidenta) y el 'combativo' Laurent Wauquiez (Secretario General). Los rivales, antiguos (Juppé) o recientes (Fillon),  son acogidos en esta 'casa común', pero más como rehenes de la estrategia, que como actores autónomos. Han sido silbados este fin de semana, quizás como recordatorio de su deber de pleitesía al patrón.
                
En fin, Sarkozy combina partido disciplinado, ideas sencillas (simples, incluso) y táctica de contraataque, de vaciamiento de las propuestas rivales. Para hacerlo tendrá que frenar el ascenso de Marine Le Pen, debilitada en su drama personal de asesinato (político) del Padre. Vampirizarle el discurso y ‘sanearlo’ con el suyo. Convertirse en Nicolás 'Le' Sarkozy.

(1) "Nicolas Sarkozy définit sa République". JEAN-BAPTISTE DE MONTVALON. LE MONDE, 30 de Mayo.


(2) LE FIGARO, 5 de Mayo,

CHINA SE ECHA A LA MAR

28 de Mayo de 2015

China acaba de adoptar una medida novedosa y en cierto modo rompedora con su cultura política y militar: ha hecho pública su estrategia de expansión naval, tras años y años de escamoteos y secretismo (cuya eficacia, ciertamente, ha sido escasa).
 
Washington llevaba años demandando transparencia a Pekín. Algo que puede parecer extravagante, si tenemos en cuenta la naturaleza del sistema político chino y el asunto en cuestión, de por sí sometido a escasos escrutinios públicos, incluso en los países occidentales que pasan por ser más abiertos.
 
La estrategia naval ha impactado a los expertos y analistas occidentales no porque haya sorprendido, sino por la determinación con que los dirigentes chinos manifiestan su voluntad de alcanzar el estatus de superpotencia regional e incluso de potencia global.
`REJUVENIZACIÓN NACIONAL’
Este concepto resume el pensamiento estratégico chino. Sin complejos, China manifiesta que desea convertirse en un poder marítimo capaz de garantizar la defensa de sus costas, pero también de asegurar la proyección de su expansión comercial en ultramar frente a las amenazas inevitables.
El lenguaje del “Libro Blanco” (1) en el que se codifica la estrategia militar no es agresivo. Parte de la consideración inicial de un entorno actual “pacífico”, asentado en el “desarrollo y la cooperación” y estima, incluso, que la guerra es “improbable”… a corto plazo.
El documento advierte que China no puede ignorar las “nuevas amenazas” derivadas del “hegemonismo”, “el juego de poder” y el “neointervencionismo”. Estos términos apuntan inequívocamente a las potencias vecinas con las que mantiene contenciosos territoriales: Japón (islas Sensaku/Diakou), Filipinas y Vietnam (archipiélago de las Spratley y Paracelso). Pero la auténtica preocupación de los actuales mandarines es Estados Unidos, por ser el garante de la seguridad de sus rivales regionales, al menos teóricamente.
Esta revisión doctrinal no es completamente rompedora. Parte del viejo concepto maoísta de la “defensa activa”, basada en el principio de que China nunca debe dar el primer golpe, pero sí “los cuatro siguientes”. Lo novedoso es el desplazamiento del esfuerzo militar, de las fuerzas de tierra a las marítimas y, complementariamente, las aéreas. Las amenazas ya no se perciben desde el norte y del oeste, donde se extiende el vasto continente asiático, sino desde el este y del sur, desde el mar, cercano, vía de rapiña de los potenciales enemigos, pero también lejano, la avenida de la nueva prosperidad nacional.
Estos horizontes marítimos de la nueva China, rejuvenecida, próspera y orgullosa constituyen, por tanto, la clave del esfuerzo militar futuro. En la actualidad, sólo el 10% de los efectivos militares pertenecen a la Marina y el 17% a la Aviación El glorioso ejército de tierra sigue concentrando casi las tres cuartas partes. Esto va a cambiar. Ya está cambiando.
Pero la clave, naturalmente, no va a estar en la reasignación de los recursos humanos. La gran transformación del aparato militar chino se está produciendo en el armamento. La Marina está experimentando una modernización notoria desde hace dos décadas, pero de formas muy especial desde 2005. El actual Presidente, Xi Jing Ping, es el dirigente chino más afecto al aparato militar desde Deng Xiao Ping. Sus privilegiadas relaciones con el estamento armado, debido a la figura de su padre, es conocida y resultó clave en su ascenso al poder.
UN ESFUERZO MILITAR IMPRESIONANTE
En los últimos tres años, Pekín ha incrementado las patrulleras que navegan por el Mar del Sur de China en un 25%. El año pasado se inició la construcción de 60 buques de guerra, dotación que se duplicará a lo largo del presente ejercicio. China sólo dispone hasta la fecha de un portaaviones, pero ya se anuncia un incremento para los próximos años. En este esfuerzo se incluyen submarinos, destructores, fragatas, barcos anfibios, misiles de nueva generación como el YJ-18, del tipo Crucero, ya operativos y desplegados en las zonas marítimas de mayor tensión con Japón y Estados Unidos (2).
El plan de modernización incluye el arsenal nuclear. La prensa oficial china ha anunciado la conclusión de tres submarinos propulsados con energía atómica (tipo 093-G). Recientemente, se ha podido comprobar que China ya ha desarrollado los MIRV, los famosos misiles de cabezas múltiples, una de las armas más temidas durante la guerra fría y objeto de las negociaciones de desarme más complicadas entre las superpotencias. (3) Un aspecto notable de este esfuerzo militar es que China ha decidido fabricar, no depender enteramente de los suministradores externos (singularmente Rusia, en los últimos tiempos).
El ‘Libro Blanco’ ha disparado de nuevo las alarmas sobre las motivaciones reales de China. La legión de funcionarios, analistas y expertos y lobistas de la industria de armamento (algunos de ellos pertenecientes a las tres primeras categorías) que alertan a los políticos y a la sociedad mediante su aparición en los medios proclaman la necesidad de no permanecer pasivos ante esta realidad de la emergencia militar chino. El antiguo Imperio del Medio está de vuelta, vienen a decir este grupo de considerable influencia en Washington.
En realidad, hay que poner en su contexto este ‘rearme chino’. Para empezar, hay dudas razonables sobre la dimensión exacta del esfuerzo militar (4). Las cifras oficiales indican que en los últimos diez años (2005-2015) el presupuesto militar chino se ha incrementado a razón de un 9,5% de media anual. En el presente ejercicio, el incremento ya llega a los dos dígitos. China es ya el segundo país del mundo con mayor capítulo militar en sus presupuestos en términos relativos, con 145 mil millones de dólares, sólo por detrás de Estados Unidos. 
Los alarmistas sostienen, sin embargo, que estas cifras son, en realidad, mayores, ya que mucho gasto militar chino figura camuflado o enmascarado en otras partidas ‘civiles’. Se basan en algunas estimaciones de solvencia, como las del SIPRI (Instituto para la Paz de Estocolmo), según las cuales entre el 35 y 50 por ciento de los gastos de defensa están fuera del capítulo militar. Los dirigentes chinos responden que el presupuesto militar ha corrido parejo al crecimiento general de la economía nacional y se ha mantenido siempre por debajo del 2% del PIB. Pero los escépticos argumentan que el PIB creció un 12,5% de media entre 1997 y 2007, los gastos militares ascendieron casi al 16% (3).
Más allá de esta polémica de cifras, lo que parece claro es que debe contarse no sólo con una China en lo más alto del poder económico mundial, sino también como potencia militar capaz de influir decisivamente en los asuntos mundiales. Esta consideración de agente global responsable es una demanda constante de Occidente desde que se confirmó su emergencia internacional. Cada día resulta más difícil discutir que el siglo XXI será el siglo de China. El desarrollo económico y el crecimiento de su potencia militar no van acompañados, de momento, de una evolución democrática deseable y conveniente para el país y para el resto del planeta. Ése debe ser ahora uno de los mayores empeños de la comunidad internacional.

(1)    Los medios especializados se han ocupado todos de este ‘Libro Blanco’. Algunas referencias son: “China’s Military Blueprint: Bigger Naval Force, Bigger Global Role”, KEITH JOHNSON, en FOREIGN POLICY; y “China, Updating Military Strategy, Puts Focus on Projecting Naval Power”, de ANDREW JACOBS, en NUEVA YORK TIMES (ambos artículos publicados el 26 de mayo).

(2)    Dos artículos recientes, también en FOREIGN POLICY y en THE NEW YORK TIMES, analizaban el impulso de la industria naval china antes de la publicación del Libro Blanco; a saber: “China is not Backing Down at the South China Sea” (18 de mayo) y “Beijing, With a Eye on the South China Sea, Adds Patrol Ships” (10 de abril).

(3)    Estos misiles de cabeza múltiple se denominan Dong Feng (‘Viento del Este’). THE NEW YORK TIMES publicó en exclusiva esta información el pasado 16 de mayo.

(4)    Un análisis pormenorizado de la evolución del gasto militar chino, enfoques y polémicas que arrastra, en FOREIGN AFFAIRS, “China’s Double-Digits Defense Growth”, por RICHARD A. BITZINGER, el pasado mes de marzo.

LA TENAZA DEL DAESH EN MESOPOTAMIA

24 de Mayo de 2015
                
El Daesh o Estado Islámico vuelva a provocar el pánico. La conquista de Ramadi, en Irak, y de Palmyra, en Siria, y el atentado contra una mezquita de culto chií en Arabia Saudí han revertido la percepción de que esta organización estatal-terrorista se había debilitado en los últimos meses, tras la derrota en Tikrit y la pérdida de territorio bajo su control.
                
Este aparente cambio de tendencia es más psicológico que real y obedece más a la debilidad de sus adversarios que a un incremento de su fortaleza militar o material. El Daesh  combate contra dos Estados en crisis, uno al borde del colapso (Siria) y otro fracturado (Irak). Ciertamente, también contra la única superpotencia mundial (Estados Unidos), pero en este caso se trata de un combate por simulación, por así decirlo, en el que se elude, por ambas partes el choque directo y absoluto. Washington ha fijado una raya y el Daesh aprovecha con inteligencia sus márgenes de actuación sin desafiar los riesgos.
                
Esta tenaza Ramadi-Palmyra agranda la capacidad destructora del Daesh y refuerza su condición de agente amenazante de primer orden contra la 'estabilidad' de la región. No obstante, quizás la apreciación esté demasiado amplificada por el impacto del momento. La guerra de Mesopotamia es una cuestión de percepciones. En la naturaleza del Daesh (contrariamente a Al Qaeda) le es vital conquistar y controlar territorio, para afianzar su proyecto de Estado (Califato) y fortalecer sus recursos económicos y materiales. Pero también para proyectar su ambición de fuerza hegemónica, por no decir exclusiva, del islam extremista. Éste es el verdadero sentido del timing de sus dos últimos éxitos militares.
                
CONTRAOFENSIVA EN IRAK
                
El Daesh no ha conseguido estos éxitos militares en Irak porque haya aumentado notablemente su fortaleza. En realidad, había ocurrido todo lo contrario. La combinación de la presión norteamericana, sin intervenir directamente pero proporcionando valiosa información de inteligencia, y el empuje de las milicias chiíes financiadas y entrenadas por Irán le habían hecho retroceder y entregar Tikrit, la villa natal de Saddam Hussein.
                
En Ramadi no ha ocurrido eso. La ciudad es capital de la provincia iraquí de Anbar, situada al oeste de Bagdad, poblada mayoritariamente por sunníes, enormemente reticentes con el gobierno central por cuestiones sectarias. Ramadi fue, junto con Fallujah, la gran pesadilla para las tropas de Estados Unidos durante la ocupación. Pero también, posteriormente, resultó una localidad clave en la estrategia del general Petreus de cortejar a las tribus sunníes locales para desencadenar la ofensiva exitosa contra la franquicia iraquí de Al Qaeda. Hasta que la deriva sectaria del gobierno del ex-primer ministro chií Al Maliki en Bagdad hizo trizas lo conseguido y creó un caldo de cultivo de resentimiento sunní del que se aprovechado el Daesh en varios momentos desde el repliegue norteamericano.
                
El actual primer ministro iraquí, Abadi, pese a sus intenciones, no ha podido aún fortalecer un Ejército nacional liberado de inclinaciones sectarias. Las presiones de sus correligionarios chiíes, que le reprochan debilidad y le exigen que no vacile en apoyarse en las milicias, son  constantes. Washington es consciente de esta debilidad del gobierno central, pero no puede permitir que la dependencia de los irregulares chiíes consolide la influencia de Teherán en el país. Por eso, cuando se confirmó la ofensiva del Daesh sobre Ramadi, alentó a Abadi a que confiara sólo en las fuerzas del Ejército regular y en la resistencia de las tribus sunníes locales El resultado no fue el esperado. Al parecer, una tormenta de arena impidió que el apoyo aéreo norteamericano fuera lo suficientemente eficaz como para debilitar sustancialmente a los extremistas. Este encadenamiento de temores, indecisiones y circunstancias ha propiciado el triunfo del Daesh en Ramadi.
                
HACIA EL PREDOMINIO EN SIRIA
                
En Siria, la situación es distinta. Palmyra, aparte de sus riquezas arqueológicas de gran valor y belleza, es la puerta abierta al desierto oriental sirio, que conecta, al otro lado de la frontera, precisamente con la provincia iraquí de Anbar. Las informaciones que nos llegan de Palmira hacen temer que se ha asistido a una nueva ceremonia dantesca de terror, ejecuciones callejeras y venganzas terribles contra los soldados del ejército sirio derrotado, pero también contra civiles a los que los extremistas considerados cómplices o simplemente colaboradores.
                
Con la toma de Palmyra, el Daesh  ya controla la mitad del territorio sirio. Otra cuarta parte, o algo menos, está bajo dominio de otros grupos de la oposición, fundamentalmente los cercanos a Al Qaeda. El régimen sirio sólo ejerce su autoridad sobre la cuarta parte restante, pero se trata de  las grandes ciudades, excepto Alepo. No es fácil predecir cómo afectará el cambio de situación en Palmyra  en el devenir de la guerra. Assad parece muy debilitado, pero su resistencia en los principales núcleos urbanos obliga a sus enemigos a un esfuerzo militar que seguramente sobrepase sus capacidades.
                
Washington sigue los acontecimientos con cautela. De la misma forma que intenta frenar al Daesh      en Irak sin comprometerse en un esfuerzo bélico conjunto con los protegidos de Irán, evita implicarse en Siria de forma que favorezca la permanencia en el poder de Assad. Estas contradicciones, que surgen de los alineamientos reforzados en la región entre los dos polos de poder, Riad y Teherán, dificultan la influencia norteamericana y condenan a un lento desenvolvimiento de los conflictos bélicos en marcha.
                
OTRAS APARICIONES INQUIETANTES
                
La guerra de Yemen ha abierto otro frente, con consecuencias desestabilizadoras de gran alcance. Lo quiera reconocer o no, los saudíes han fracasado en su intento de derrotar a los houthies chiíes. De ello se ha aprovechado el Daesh para erigirse en defensor de los sunníes en la península arábiga. Así puede interpretarse el atentado contra la mezquita chií en el este del país. No es la primera acción sectaria de esta naturaleza. Y aunque el gobierno saudí asegura que se persigue intensamente a los autores de estos atentados, la trayectoria de oscuras complicidades con los extremistas hacen dudar de la sinceridad de sus propósitos.

                
Finalmente, en las últimas semanas también se ha incrementado la inquietud por el aparente fortalecimiento de los socios del Daesh en Libia. El grupo Ansar al-Sharia, con unos cinco mil combatientes, según algunas estimaciones, pasa por ser ya el principal grupo yihadista en el país. Italia ha dado la voz de alarma, pero en Estados Unidos no terminan de estar convencidos de que estas apreciaciones respondan a una situación real y se inclinan por considerar que es fruto de la propaganda extremista.              

INMIGRACIÓN: POCO CORAZÓN, MUCHO CÁLCULO Y DEMASIADO MÚSCULO

21 de Mayo de 2015
                
Como era de temer, el acuerdo preliminar europeo para afrontar el desafío de la inmigración, adoptado a finales de abril, ha tenido un recorrido más fluido por el sendero militar que en el tratamiento  humanitario o político. Qué decir del estratégico, donde, por su propia naturaleza de visión a largo plazo, no es previsible una pronta respuesta.
                
Siempre que se produce una catástrofe de grandes dimensiones, se acentúa la presión emocional a favor de actuaciones aparentemente más comprometidas. Pero es cuestión de tiempo que pronunciamientos y  declaraciones  solemnes se vayan disolviendo en una forma suavizada de pasividad cuando no, como ha ocurrido estos últimos días, en la manifestación abierta e indisimulada de las discrepancias.
                
El momento es delicado. Según la ONU, el fenómeno de desplazamiento de personas está alcanzado niveles históricos. Cincuenta millones de personas habían sido expulsadas de sus hogares debido a guerras o conflictos graves hasta finales de 2013. Sólo el año pasado casi un millón de seres humanos demandó asilo en un país ajeno, la cifra más alta en veinte años.


Estas últimas semanas, dos escenarios compiten en la escenificación de esta tragedia, el Mediterráneo y las aguas cálidas de Asia meridional. En el primero, las víctimas son sirios, iraquíes, libios, eritreos o nacionales de otros países africanos; en el segundo, musulmanes de la etnia Rohingya, perseguidos de forma inclemente en Birmania y rechazados de otros lugares. Unos y otros, aunque en distinta medida, parecen abocados a un destino miserable.

EL DOBLE FILO DE LAS CUOTAS DE REFUGIADOS
                
En Europa, la última polémica ha surgido por la propuesta de la Comisión sobre las cuotas de refugiados que cada país miembro debería asumir. El debate tiene ribetes obscenos. Puede entenderse el agobio de los gobiernos ante la atención necesariamente prolongada de ciudadanos expulsados o huidos de sus países, por razones económicas o políticas. Pero unos y otros deberían haber manejado sus reservas con mayor discreción. Al final, se impone una sensación deplorable de que cada cual aparta groseramente de sí esta 'carga'.
                
La propuesta de la Comisión puede ser discutible, por supuesto, y seguramente presenta algunos fallos o insuficiencias en la consideración de criterios y realidades, pero como sostiene LE MONDE, las quejas del primer ministro Valls son muy discutibles. Francia no resulta tan generosa como su tradición exigiría, aunque invoque la recepción de personas desplazadas por las guerras de Siria e Irak. Algo parecido puede aplicarse a las observaciones escuchadas en Londres, Varsovia o Madrid. Gran Bretaña cuestiona crecientemente el principio fundamental y, de hecho, ésta ha sido una de las bazas fuertes en el triunfo electoral de Cameron. A la postre, Alemania y Suecia, aunque presionados también por fuerzas antiinmigración cada vez más pujantes, mantienen el liderazgo en el esfuerzo de solidaridad (1).
                
Hace unas semanas explicábamos las razones de la incomodidad europea hacia el fenómeno de la creciente presión migratoria. No hay que responsabilizar sólo a los dirigentes. Las sociedades, o sus líderes, intérpretes o portavoces más activos, viven atrapados por contradicciones nada fáciles de resolver. No hay una mayoría social en Europa que apoye una respuesta justa, solidaria y progresista.
                
ALGUNAS CIFRAS DE LA INFAMIA
                
La ONU estima que el actual flujo de emigrantes que intenta llegar a Europa desde las costas libias sustenta una negocio de 170 millones de dólares anuales. El corresponsal en Egipto del NEW YORK TIMES, David Kirkpatrick, se desplazó recientemente a Libia y elaboró un sensacional trabajo (2) que desgranaba la contabilidad de este tráfico contemporáneo de personas. Éstas son, resumidas, las cifras de la infamia:
                
-el incierto viaje hacia la ‘prosperidad’ europea le cuesta de media a un emigrante africano unos 1.600 $ (5.000 durante los años de Gaddafi)
                
-si establecemos una media de 200 ‘pasajeros’ por esos barcos cerberianos, el ingreso para estos negreros de hoy en día asciende a unos 320.000 $.
                
-en el camino al puerto, durante el traslado en carretera, las milicias que se han adueñado del país tras la ‘revolución ‘, cobran un ‘peaje’ de unos 100 $ en cada puesto de control que franquea el autobús con los viajeros (en torno a unos veinte por vehículo).
                
-los edificios en que los negreros hacen esperar a los viajeros mientras se prepara el barco que los arroja al Mediterráneo cuestan unos 5.000 $ mensuales, más una especie de prima que se paga al casero o dueño en concepto de compensación por el riesgo de una intervención policial.
                
-los guardias que protegen estos edificios de esos riesgos y que aseguran el inicio de la partida hacia los puntos de embarque cuestan unos 20.000 $ mensuales.
                
-el flete de la embarcación que efectúa la travesía con capacidad para 250  personas se eleva a unos 80.000 $ y el bote fuera borde que traslada a los viajeros, de veinte en veinte, hasta el barco mayor cuesta no menos de 4.000 $.
                
-los honorarios de  los capitanes rondan los 7.000 $ (según nacionalidades: los hay con más o menos caché).
                
-luego están las ‘minucias’ para el recorrido: un teléfono con conexión por satélite que el capitán utilizar para avisar a la Cruz Roja cuando se llega a aguas internacionales cuesta 800 $; un chaleco salvavidas se vende por 40$.
                
-si los aspirantes a viajar no tienen la ‘suerte’ de llegar al mar, porque son detenidos por las ‘autoridades’ libias, se ven recluidos en miserables centros de retención donde son tratados literalmente como esclavos; se puede escapar de allí, siempre y cuando dispongan de entre 500 y 1.000 $, que es lo que cuesta sobornar a uno de los guardianes sin escrúpulos que los vigilan (el precio incluye toda una familia, si ése es el caso).
                
La Eunavfor Med, es decir, el dispositivo militar de persecución y destrucción de las infraestructuras mafiosas que arroja por miles y miles a los desesperados al Mediterráneo, se ha establecido con relativa rapidez. Pero no termina de verse claro que tal solución vaya a resultar efectiva, mientras Europa no incremente su capacidad de influir positivamente en el control de las crisis que expulsa a las personas de sus lugares de origen. Lo han puesto claramente de manifiesto los guardacostas italianos, que se encuentran en primera línea del drama (3). Proponen que, en vez de 'soluciones' militares de impacto se refuercen las operaciones civiles de búsqueda y rescate; es decir, que se recupere una estrategia más paciente, menos llamativa, quizás más cara (esto es dudoso), pero, a la postre más eficaz en el empeño de salvar vidas.



(1)  "Ce qui se cache derrière les quotas européens de réfugiés". LE MONDE, 17 de Mayo.

(2 ) Before dangers at sea, African migrants face perils of a lawless Lybia”. DAVID KIRPATRICK. THE NEW YORK TIMES, 27 de abril.


(3) "Italian coastguards: military action will not solve Mediterranean migrant crisis". THE GUARDIAN, 19 de mayo.

GRAN BRETAÑA: EL ENGAÑOSO TRIUNFO DE CAMERON

14 de Mayo de 2015

                
El primer ministro británico, David Cameron, disfruta estos días de su inesperado éxito por mayoría absoluta, propiciado por el sistema electoral menos equilibrado de Europa. Más que la obtención de un margen amplio para gobernar, el gran mérito de Cameron ha sido mejorar los resultados de los anteriores comicios, contrariamente a lo que es tendencia en Europa desde el comienzo de la crisis. La canciller Merkel repitió triunfo pero se debilitó y tuvo que pactar con los socialdemócratas.
                
UNA AFORTUNADA ESTRATEGIA
                
Cameron sale fortalecido de una gestión discutida, en absoluto brillante, privada de un discurso convincente, pero eficaz en el momento oportuno. El líder conservador parece haber acertado en confundir a la mayoría del electorado inglés mixtificando la estrategia laborista de conquista del poder.Cameron insistió una y otra vez durante la campaña en que Miliban pactaría con los nacionalistas escoceses para ocupar el 10 de Downing Street, poniendo así precio a la unidad nacional frente al separatismo del norte.           
                
Cameron explotó las contradicciones laboristas sin desfallecer. Prefirió recuperar los ecos del "capitalismo popular" de Margaret Thatcher y el repudio al gasto social excesivo como generador de presión fiscal, y apeló a una falsa irresponsabilidad de los laboristas en este terreno. En realidad, el laborismo asumía en su programa la necesidad de seguir recortando el déficit público, pero de forma más suave y escalonada.
                
En política, importa tanto lo que es como lo que parece. Cameron aprovechó la coincidencia de laboristas y nacionalistas escoceses en las críticas a la austeridad para explotar una discordia latente entre ambos partidos, sabiendo que uno u otro, o los dos, saldrían dañados. Y como la emergencia del SNP era palpable, la derrota del laborismo en Escocia, aún a costa de reforzar el independentismo, estaría garantizada. El patriotismo retórico de Cameron no dudó en reforzar al independentismo por motivos partidistas.
                
El líder tory no sólo ha neutralizado una victoria laborista, como pretendía, sino que ha logrado lo que ni los más optimistas en su entorno podían esperar. La mayoría absoluta le permite ordenar el juego sin molestos acomodos con los lib-dem, reducidos de nuevo a la insignificancia parlamentaria y al limbo político, en castigo a una coalición equivocada.
                
DESCONFIANZA EUROPEA         
                
Algunos analistas destacan, sin embargo, que la euforia tory por el triunfo del 7 de mayo puede pronto revelarse efímera. David Cameron dispone de un margen de siete escaños en el Parlamento. La dureza de la tarea que tiene por delante no le permite afrontar con garantías una posible rebelión de partidarios. Los motines conservadores no son extraños cuando la situación política o económica se torna complicada. Le ocurrió a la todopoderosa Thatcher y a su débil heredero Major, como antes le había sucedido al malhadado Heath.
                
El temido motín contra Cameron tiene plazo fijo: 2017, año del prometido y ahora ineludible referéndum sobre la permanencia en la Unión Europa. El primer ministro propuso esa iniciativa precisamente para sofocar una presentida erupción en el alma de los tories y limitar el crecimiento de los escépticos ya desgajados del Partido Conservador. Con esa maniobra consiguió tranquilizar las aguas en la bancada azul pero se comprometió a una apuesta arriesgada para la siguiente legislatura, en caso de renovar mandato. ¿Por cuánto tiempo? Los analistas políticos cifran en unos sesenta los diputados tories euroescépticos, más que en la legislatura anterior. La amenaza de revuelta se mantiene.

Quizás por esta razón, Camerón se está planteando adelantar el referéndum, para aprovechar el rebufo de su triunfo electoral. Pero no se ve muy bien cómo el primer ministro –cuya victoria no ha sido acogida de forma calurosa precisamente en Europa- puede conseguir arrastrar a sus socios continentales hacia esa visión insular que muy pocos comparten. La fricción registrada estos días por la nueva política migratoria es buena prueba de ello.

DOS PINZAS Y MEDIA

El otro referéndum, el de la independencia de Escocia, pudo ser neutralizado a comienzos del otoño pasado, pero también a un precio no menor: el de prometer la ampliación de las atribuciones autonómicas. Sin esa oferta de última hora, cuando las encuestas no descartaban el triunfo separatista, no puede saberse qué resultado hubiera arrojado la consulta.

La emergente dirigente nacionalista escocesa, Nicola Sturgeon, ya le ha recordado estos días a Cameron que no se conforma con la “devolución” (en nuestro lenguaje, el paquete de competencias) que los conservadores tienen preparado para aplacar las reivindicaciones de aquella parte de la debilitada Unión Jack.
                
De esta forma, Cameron se mueve entre Brexit y Scotxit, es decir, entre dos impulsos separatistas, interno y externo, que puede anegar su flamante éxito en un drama político. El líder conservador intentará explotar su brillante victoria electoral para conseguir concesiones de sus socios europeos, pero no tiene garantizado el éxito.
               
Cameron tiene que hacer muchas cuentas para reducir el déficit en 40 mil millones de euros. Sus colaboradores manejan varias propuestas para minimizar el impacto. Pero será difícil cuadrar el círculo. No podrán salvarse del todo la atención sanitaria, las pensiones, el subsidio  por desempleo y otras prestaciones sociales. El tijeretazo va a hacer sangre.
                
pesar de su derrota y de la presión del ala centrista a favor de un regreso a las tesis de Blair, no es previsible que los laboristas se inhiban o se muestren tibios ante los recortes conservadores. A esa pinza, que al menos sería de mediana presión, habrá que añadir las dos más contundentes que  aplicarán los nacionalistas escoceses: la social y la nacional o territorial. En Downing Street se acabó el tiempo del champagne.


EL GRAN ERROR ESTRATÉGICO DEL PARTIDO LABORISTA

 9 de Mayo de 2015
                
La catástrofe laborista en las elecciones británicas del 7 de mayo resulta sorprendente si se atiende a las encuestas electorales, que predecían un resultado mucho más ajustado, aunque nunca apuntaron con claridad al cambio en Downing Street.
                
Sin embargo, en el ánimo y en la maquinaria electoral de los laboristas se presentía la tragedia política como una sombra insidiosa. Los nubarrones cargados de presagios oscuros soplaban fuertemente desde el norte (Escocia) sin que la siembra realizada en el sur de Inglaterra y Gales terminara de resultar convincente. El Partido Laborista ha sido destrozado por una contradicción ideológica que se ha materializado en una hostilidad territorial.
                
LA SANGRÍA ESCOCESA
                
La oposición a la política austeridad del gobierno conservador-liberaldemócrata sólo parece haber prendido clara y rotundamente en Escocia. Pero en este territorio el giro a la izquierda no le ha servido al laborismo para capitalizar el descontento social, porque la fuerza emergente, como se esperaba, han sido los nacionalistas. El SNP no es el típico partido nacionalista de derechas, conservador, apegado a tradiciones sociales o religiosas. Aunque su gestión en el gobierno local ha sido moderada, su discurso político ha ido claramente evolucionando hacia la izquierda. No es de extrañar que desde hace años, muchos laboristas cambiaran de bando, abandonaran su partido de toda la vida y recalaran en el SNP.
                
Tras la derrota en el referéndum de independencia de septiembre, los nacionalistas no se derrumbaron ni se desanimaron. Por el contrario, emprendieron una concienzuda tarea de fortalecimiento orgánico y rearme ideológico. La militancia se ha duplicado con creces. Mientras, la confianza en los laboristas, entre trabajadores y sectores populares, disminuía.
                
Los laboristas sabían que iban a perder en Escocia. Incluso se contaba con un resultado similar al finalmente registrado. La nueva líder nacionalista escocesa, consciente de su fortaleza, ofreció reiteradamente a los laboristas un pacto para impedir un nuevo mandato conservador en Londres. Pero Miliban lo rechazó, incluso de forma intemperante, con una arrogancia que ha resultado ruinosa.
                
Algunos estrategas laboristas confiaban en que esta estrategia de rechazo del pacto con quienes siguen aspirando a romper la unión nacional podía resultar provechosa en otras regiones del país, en particular aquellas de Inglaterra donde más negativamente se han sentido las políticas de austeridad de los tories. No ha sido así. Los laboristas no han ganado a los conservadores prácticamente en ninguna de las circunscripciones en las que parecían tener opciones. Incluso han perdido algunas que parecían seguras.
                
El gran error de Miliban ha sido proclamar un discurso ideológico de giro a la izquierda, de superación del centrismo o 'nuevo laborismo' de Tony Blair y luego desplegar una estrategia de rechazo de alianza con la única fuerza progresista alternativa, el SNP, por una cuestión de unidad nacional o de nacionalismo inverso.
                
La paradoja es que fue precisamente un líder laborista, precisamente el denostado Blair, quien cambió la dinámica centralista que durante siglos había reprimido la aspiración nacionalista escocesa. Tras su aplastante victoria, en 1997, el flamante primer ministro laborista hizo uso de su amplia mayoría parlamentaria para aprobar la ley que instituyó, dos años después, un Parlamento y un Gobierno autónomos en aquel territorio. Esa iniciativa, de gran audacia política, propició la consolidación del liderazgo laborista en Escocia. No pocos dirigentes del partido eran originarios de Escocia, entre ellos el segundo de Blair y luego su rival y sucesor, Gordon Brown.       Posteriormente, las políticas económicas y sociales de tinte neoliberal  y su alianza desventurada con Bush en la guerra de Irak arruinó la popularidad de Blair en Escocia y arrastró al partido hacia la decadencia.
                
El SNP llenó el vacío político que las políticas de Blair habían creado. La independencia no se planteó sólo como una cuestión nacionalista, sino como una respuesta política frente a la austeridad y las recetas neoliberales. Los laboristas no lo entendieron o creyeron que la expresión de simpatía con la tendencia secesionista les costaría cara en el resto del país y optaron por oponerse tajantemente. Se aferraron a la opción autonomista expresada en el lema Better Togheter (Mejor juntos). Ganaron el referéndum al precio de aliarse con los conservadores.      Esa estrategia, que pareció exitosa a corto plazo porque sirvió para neutralizar el "peligro separatista", ha resultado  fatal a la postre, porque los laboristas han perdido ahora gran parte de su base social en Escocia, en beneficio de los nacionalistas.
                
Ciertamente, no puede afirmarse con rotundidad que si el Partido Laborista hubiera sido menos beligerante con la tendencia de autogobierno reforzado en Escocia habría conseguido retener parte de sus apoyos políticos y aplacar el auge nacionalista.
                
NI EL VOTO OBRERO NI EL DE LA CLASE MEDIA
                
La estrategia patriótica y la recuperación de un discurso más tradicional de izquierda no han servido para recuperar por completo la confianza del voto trabajador en el centro y sur del Reino Unido.  En efecto, muchos obreros y empleados se han sentido atraídos por el mensaje anti europeo y anti-inmigración del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), aunque esta opción no esté tan consolidada como en Francia con el Frente Nacional. En todo caso, los resultados son engañosos, porque aunque el partido el ultra Nigel Farage sólo haya obtenido un escaño, debido al sistema electoral mayoritario por circunscripciones pequeñas, este partido ha obtenido el 13% de los votos, no mucho menos del registro consolidado de Marine Le Pen. Por otro lado, al afianzar ese giro programático a la izquierda, el laborismo ha perdido el respaldo de ciertos sectores de las clases medias que se sintieron confortadas o más identificadas con el discurso de Blair.
                
Otros factores han influido, sin duda, en la derrota laborista. La debilidad del liderazgo de Miliban ha sido muy analizada antes y en el arranque de la campaña, pero la mayoría de los observadores creen que a medida que se acercaba la cita electoral el papel del candidato fue mejorando y sus propuestas parecían más convincentes. En todo caso, no ha sido suficiente.

                
El proceso de soul-searching, es decir, de búsqueda de la identidad ya ha comenzado. Se habla de aspirantes al liderazgo, pero sobre todo se pone el acento en la necesidad de encontrar un modelo de partido y una propuesta de gobierno que conecte de nuevo con la base social. La gran pregunta es: ¿está identificada la base social del laborismo?