UN VERANO CALIENTE EN EL MEDITERRÁNEO

10 de mayo de 2023

Se teme un nuevo verano trágico en el Mediterráneo por la deficiente gestión oficial de los flujos migratorios. La tendencia apuntada en los primeros meses del año así lo anticipa. En lo que va de año, el Mediterráneo ha vuelto a ser la tumba de miles de africanos que intentan llegar a la orilla norte, por las costas italianas y griegas, sobre todo (1).

En 2017 la UE alcanzó un acuerdo de control migratorio con Libia, que desde la gran crisis de 2015 había sido el principal foco reciente de procedencia de los migrantes africanos y asiáticos (2). El contenido de aquel acuerdo presentaba ribetes oscuros, como en su día denunciaron no pocas organizaciones humanitarias.

Las potencias europeas, muy divididas y enfrentadas entre ellas, “externalizaron” el control de la migración africana a un país sumido en una guerra interna y con escasas, por no decir nulas, garantías democráticas. Se documentaron numerosos casos de torturas practicadas por la guardia costera libia (3).

Si bien la llegada de inmigrantes irregulares procedentes de Libia se había reducido en más de un 50% hasta finales de 2022, el flujo total en el Mediterráneo ha registrado nuevos aumentos desde 2020.

TÚNEZ, EL ACTUAL FOCO DE MAYOR PREOCUPACIÓN

A pesar de seguir actuando con un alto grado de impunidad, las mafias que controlan el tráfico de personas decidieron desplazar el lugar de origen a Túnez que, por entonces, parecía un lugar más tranquilo. Ha dejado de serlo.

De enero a abril de este año, más de 26.000 personas procedentes de Túnez han llegado a las costas italianas, mientras que en todo 2022 la cifra de arribados fue de 30.000. Por tanto, es razonable pensar que asistiremos a un desbordamiento de la situación, sin que parezca existir un plan de actuación. Más bien al contrario (4).

Este nuevo repunte de la crisis migratoria coincide con un gobierno italiano de nuevo muy represivo en materia migratoria y social. La primera ministra, Giorgia Meloni, como era de esperar, ha optado por la “manera fuerte”, bloqueando la llegada de embarcaciones y dificultando las tareas de socorro de las ong’s que intentan evitar los naufragios. A la mayoría de los emigrantes que, pese a todo, consiguen alcanzar puertos italianos les espera un incierto viaje de vuelta. A mediados de abril, el gobierno de Roma decretó el estado de emergencia nacional, en virtud del cual se facilitan y agilizan las medidas de repatriación de los migrantes

A los miles de subsaharianos que inician cada año el éxodo, debido a la violencia endémica o una miseria sin remedio en sus lugares de origen, se añaden ahora los propios tunecinos. El país que alcanzó gran notoriedad por ser el primero en el que se produjo un levantamiento popular contra los regímenes dictatoriales árabes a comienzos de la pasada década, se encuentra sumido en una crisis múltiple. Un régimen autoritario, ya sin ambages, parece incapaz de resolver una situación económica ruinosa. La pandemia hundió el sector turístico, principal fuente de riqueza y divisas del país. El PIB se ha desplomado casi un 9%. El desempleo oficial supera el 10%, pero la economía informal crece sin parar y la desesperación social se hace insostenible. La deuda atenaza a las arcas públicas. Las autoridades negociaron hace poco un préstamo de unos 2 mil millones de $ con el FMI, pero el presidente Saïed  lo rechazó por considerarlo un “diktat inaceptable” (5).

Entre los observadores internacionales no hay unanimidad a la hora de evaluar la estrategia negociadora tunecina. Hay quien estima que el FMI ahogará al país como ya ocurrió en otras crisis anteriores (6). La conducta arbitraria y dictatorial del presidente complica las cosas. Saïed, un profesor de Derecho, llegó al poder con un mensaje populista de saneamiento general de las instituciones, tras el fracaso de los gobiernos que sucedieron a la dictadura del general Ben Ali. Su fórmula de democracia directa se ha resuelto en su simple y llana voluntad. Ha disuelto el Parlamento, ha puesto bajo su control directo a la judicatura, gobierna por decreto e ignora o desautoriza con frecuencia a sus ministros (7). Su última decisión polémica ha sido detener a Rachid Gannouchi, líder del movimiento islamista moderado Ennahda (Renacimiento), que es la formación política mayoritaria (8). El atento de ayer en una sinagoga de Djerba vuelve a reavivar el peligro de radicalismo musulmán. Europa y Estados Unidos han sido pasivos cuando no benignos con Saïed, de forma similar a cómo han actuado con el general Al Sisi en Egipto, ambos represores, aunque en distinto grado, de los islamistas.

En este contexto tan desfavorable, el fenómeno migratorio se antoja explosivo. Las autoridades europeas están intentando un acuerdo con las tunecinas para asegurar un cierto control fronterizo. Pero si de los libios no se podía esperar un trato muy humano, algo parecido está pasando en Túnez. Saïed es un factor de riesgo añadido. Recientemente se ha despachado con comentarios racistas sobre los subsaharianos que llegan a las playas y costas tunecinas para abordar la travesía mediterránea. La arbitrariedad de Saïed no es la única razón del pesimismo.

TENSIÓN INTERNA EUROPEA

La cuestión migratoria ha provocado, de nuevo, un nuevo foco de tensión intracomunitario, especialmente agudo entre Francia e Italia. La situación se arrastra desde otoño de 2022, cuando el gobierno italiano negó el abordaje en sus puertos del barco Ocean-Viking, de la ONG SOS-Mediterráneo, que acabó recalando en Toulon. París reprochó a Roma su conducta en términos severos. En los dos países, la extrema derecha aprovechó a fondo la crisis. Marine Le Pen acusó al gobierno de “dejadez”. Meloni actuó en parte por instinto y en parte por presión de sus socios xenófobos de la Liga, que están muy atentos al menor signo de “debilidad” de la jefa de gobierno para arrebatarle una base social por la que compiten ambas formaciones.

Este mismo mes, la tensión franco-italiana ha alcanzado un nuevo pico. Después de nuevas actuaciones restrictivas italianas en el Mediterráneo, ante el referido incremento migratorio, el el ministro galo del Interior, Gérald Darmanin, acusó directamente a Meloni de ser “incapaz de gestionar los problemas migratorios”. Las declaraciones fueron deliberadamente provocativas, no sólo por su dureza, poco habitual, entre socios europeos, sino por el momento. Al día siguiente estaba prevista una reunión de los ministros de exteriores de ambos países, que por supuesto fue cancelada (9).

Como es sabido, la inmigración es uno de los principales asuntos de fricción social y política en  Francia. La derecha y la ultraderecha presionan a Macron para que endurezca su posición. El nuevo líder de los antiguos gaullistas (Los Republicanos), Eric Ciotti, pertenece al ala radical del partido, hasta el punto de coincidir básicamente con Le Pen en esta materia.

Después de superar muy malamente el trago de la reforma del sistema de pensiones, la siguiente pesadilla del gobierno Borne iba a ser la nueva ley migratoria. Pero las exigencias exhibidas por LR han aconsejado a la primera ministra aplazar la iniciativa hasta después del otoño. Las elecciones, este mismo mes, en Grecia y Turquía, ambos países claves en el tráfico migratorio, son signos adicionales de un verano muy caliente en el Mediterráneo, y no solo por motivos meteorológicos.

 

NOTAS

(1) https://missingmigrants.iom.int/region/mediterranean
https://data.unhcr.org/en/situations/mediterranean 
https://www.msf.org/mediterranean-migration-depth

(2) https://www.consilium.europa.eu/en/infographics/migration-flows-to-europe/

(3) https://ecre.org/mediterranean-eu-blamed-for-increase-of-departures-from-tunisia-and-loss-of-lives-ngo-rescue-ship-blocked-un-report-notes-systematic-torture-by-eu-supported-libyan-authorities/

(4) “Why are migrants to Europe fleeing from and through from Tunisia?”. THE ECONOMIST, 3 de mayo.

(5) “Le président tunisien dit ‘non’ au FMI. MONIA EN HAMADI. LE MONDE, 6 de abril.

(6) “Tunisia was right to reject the IMF deal”. ALISSA PAVIA (Centro Hariri, del Atlantic Council). FOREIGN POLICY, 19 de abril¸ “Don’t bail out Tunisia’s would be dictator”. SHADI HAMID (Brookings Institute), FOREIGN AFFAIRS, 28 de marzo.

(7) “A wave of repression. Tunisia’s President turns back the clock to authoritarism”. THORE SCHRÖEDER. DER SPIEGEL, 30 de abril.

(8) “Tunisia can rebuild its democracy. Only its president stands in the way”. RACHED GHANNOUCHI. THE WASHINGTON POST, 25 de abril.

(9) “Les propos de Gérald Darmanin sur Giorgia Meloni provoquent une nouvelle crisis franco-italienne sur le question de l’inmigration”. ALLAN KAVAL (corresponsal en Roma). LE MONDE, 5 de mayo.

COREA: EL SEGUNDO TEATRO DE LA NUEVA GUERRA FRÍA EN ASIA

3 de mayo de 2023

Estados Unidos afina su doble estrategia de confrontación en Europa y Asia contra la enemiga Rusia y la rival China. Mientras los servicios de inteligencia, militares, diplomáticos y políticos se preparan para encajar la anunciada contraofensiva ucraniana de primavera, en Asia se van retocando y afinando las alianzas tradicionales.

La reciente cumbre entre los presidentes norteamericano y surcoreano ha recibido menos atención en los medios españoles de lo que merece su importancia. Biden y Yoon Suk-yeol han elevado el rango de una relación bilateral al llevar la cooperación militar al plano nuclear. Se trata de una novedad importante. En este caso, no se trata de una respuesta al refuerzo militar chino, sino, evidentemente, a la escalada del programa atómico norcoreano. Pero, en caso de un deterioro de las condiciones de seguridad en Extremo Oriente, no es descartable que se acumulen dos crisis paralelas en la región: Taiwán y Corea.

La Declaración de Washington, suscrita hace unos días, Estados Unidos y Corea del Sur anuncia la creación del denominado Grupo Consultivo Nuclear, en virtud del cual el primero se compromete a “consultar” con su aliado asiático antes de tomar una decisión sobre el uso de armas nucleares, en respuesta a una eventual ofensiva atómica del régimen norcoreano. Esta novedad excede el plano técnico o puramente militar y supone una elevación del estatus estratégico de Corea del Sur a un nivel similar al que tienen los aliados europeos de EE.UU.

Durante décadas, Estados Unidos ha mantenido un sistema militar de protección de Corea del Sur un tanto paternalista. Además de desplegar casi 30.000 hombres en territorio surcoreano, Washington afirmaba el compromiso adicional de cubrir con su paraguas nuclear cualquier decisión extrema de la dinastía Kim. Pero las autoridades de Seúl no tenían capacidad para decidir sobre el uso del arma atómica (1).

UN DILEMA SIN RESOLVER

La aceleración del programa nuclear norcoreano en los últimos tres o cuatro años ha erizado el debate sobre la seguridad nacional en Seúl, hasta el punto de que, en estos momentos, un 70% de sus ciudadanos se muestran partidarios de dotarse de armamento nuclear propio. Esto ha alarmado al establishment norteamericano, porque supondría una ruptura de Seúl con el TNP (Tratado de No Proliferación Nuclear) y el riesgo de un mayor descontrol en caso de crisis grave.

El origen de esta inestabilidad en la alianza bilateral reside en las dudas sobre la solidez del compromiso protector norteamericano, una vez que Pyongyang se encuentra en el umbral de poder alcanzar el suelo norteamericano con sus misiles nucleares de largo alcance. En términos sencillos: ¿Washington pondría en riesgo Los Ángeles o Seattle para salvar Seúl? (2).

Este dilema existencial replica el generado en la década de los 50 en Europa. Y para encauzarlo, Estados Unidos ha acudido ahora a la misma solución  de entonces: involucrar a su aliado en la planificación de la respuesta nuclear.

El problema es que este mecanismo puede resultar insuficiente, como lo fue parcialmente en Europa. Británicos y franceses no se conformaron con el paraguas participativo de Washington y desarrollaron sus propios arsenales atómicos, aunque Estados Unidos pudo asegurar el control de la panoplia táctica, que culminó con el despliegue de los misiles de medio alcance a primeros de los ochenta, en el último repunte de la guerra fría, bajo el mandato de Reagan.

El presidente surcoreano abandonó Estados Unidos visiblemente satisfecho, y con él una parte de las élites de su país y de los estrategas y expertos norteamericanos (3). Pero lo cierto es que la opinión surcoreana sigue dividida. Este mecanismo de participación en la cooperación nuclear no resuelve decisivamente la duda fundamental, es decir, si los “protectores norteamericanos” estarían dispuestos a arriesgar la seguridad nacional para responder a una agresión norcoreana.

Las críticas o recelos más acerados provienen de la derecha surcoreana, que insiste en proponer la creación de un arsenal nuclear propio, para reforzar la disuasión frente al enemigo del norte. Esta opción es apoyada por ultraconservadores norteamericanos como Doug Bandow (4).

Las relaciones intercoreanas viven otra fase de deterioro, tras la breve distensión que se produjo durante el mandato de Trump. Nunca se sabrá si Kim Jong-un llegó a pensar en algún momento en una coexistencia pacífica con su vecino y, correlativamente, en una neutralización de su programa nuclear. La actuación del anterior presidente fue una chapuza diplomática basada en su presuntuoso instinto de hombre de negocios (¿?), pero careció de disciplina, método y calendario. Nunca pasó del contacto personal. Kim dio cuerda a Trump y facilitó cierto clima de cooperación con el Sur con la esperanza de obtener ciertas ventajas económicas que podrían quitar presión a país empobrecido y generar cierto alivio en su atribulada población. Pero cuando llegó el momento de plasmar en medidas concretas la sucesión de encuentros mediáticos, todo quedó en nada. El espejismo de una solución milagrosa entre Estados Unidos y Corea del Norte se desvaneció y la ilusión de un acercamiento entre los dos vecinos se disolvió en la amargura. El programa nuclear de Pyongyang está en máximos históricos (5).

EL PAPEL DE CHINA

En la coyuntura actual, con el acercamiento instrumento chino-ruso y la sustanciación de la rivalidad estratégica entre China y Estados Unidos, una eventual crisis coreana cobra una dimensión algo diferente a la de las últimas décadas. La ambición nuclear norcoreana era rechazada, aunque en distinta medida, por todas las grandes potencias internacionales. De hecho, ante el régimen de Pyongyang, Pekín cumplía el rol de poli bueno en el denominado grupo 6+2 (seis potencias internacionales y las dos Coreas), debido a su poder de generar incentivos económicos si desistía del programa atómico. La dependencia norcoreana de China es muy intensa. Moscú colaboraba en este empeño, aunque, obviamente, con menor peso.

Ciertamente, algunos estrategas occidentales sospechaban que Pekín practicaba un doble juego. Si bien no le interesaba una Corea del Norte nuclear, la amenaza que representaba para Estados Unidos tenía un valor de presión nada desdeñable.  Por otro lado, China estaba y sigue estando muy interesada en desarrollar sus relaciones comerciales y económicas con Corea del Sur, por razones intrínsecas, pero también como posible factor de debilitamiento, o al menos de compensación del vínculo surcoreano con Washington.

Esto último también está pesando en el debate estratégico actual en el país. La izquierda y en particular los jóvenes no están muy convencidos de incorporarse a la dinámica de confrontación con Pekín inspirada por Washington, según sostiene John Delury, un académico norteamericano de la Universidad Yonsey (Seúl). Un deterioro de las relaciones chino-surcoreanas, se cree en esos círculos, no sólo desestimularía de Pekín de cumplir un rol moderador de Pyongyang; además, tendría efectos económicos perniciosos para el país y hacer crecer el desempleo (6). Esta aprensión se añade a la motivada por las iniciativas proteccionistas de la administración Biden en materia tecnológica y comercial. El mensaje tranquilizador que el presidente norteamericano ha transmitido a su colega surcoreano en su reciente encuentro no ha convencido del todo en empresas y trabajadores de las industrias de automoción y electrónica.

NOTAS

(1) “South Korea’s nuclear options”. JENNIFER LYND y DARYL G. PRESS. FOREIGN AFFAIRS, 19 de abril; “South Korea could get way with the bomb”. RAMÓN PACHECO PARDO. FOREIGN POLICY, 18 de marzo¸“Nuclear energy should be at the forefront of Biden and Yoon’s cooperative agenda”. KAYLA ORTA. WILSON CENTER, 25 de abril.

(2) “America’s ironclad Alliance with South Korea is a touch rusty”. ADAM MOUNT y TOBY DALTON. FOREIGN POLICY, 27 de abril; “Inside the renewed promise to protect South Korea from the nuclear weapons”. DAVID SANGER y CHOE SANG-HUN. THE NEW YORK TIMES, 26 de abril.

(3) “South Korea-American pie: unpacking the US-South Korea summit”. ANDREW YEO y HANNA FOREMAN. BROOKINGS, 28 de abril; “Why Biden and Yoon’s agreement is a big deal”. GRAHAM ALLISON. FOREIGN POLICY, 27 de abril.

(4) “Washington might let South Korea have the bomb”. DOUG BANDOW. FOREIGN POLICY, 17 de enero.

(5) “The new North Korea threat”. SUE MI TERRY. FOREIGN AFFAIRS, 19 de enero.

(6) “After warmth from Biden, South Korea’s leader faces a different tune at home”. CHOE SANG-HUN. THE NEW YORK TIMES, 29 de abril.

SUDAN COMO ESPEJO DEL DESASTRE AFRICANO

26 de abril de 2023 

El infierno que vive Sudán en las últimas semanas es sólo la agudización de una crisis cuyos orígenes se remontan mucho tiempo atrás. La mayoría de los analistas remiten a la fallida transición hacia un gobierno civil tras el derrocamiento del general pro-islamista Osman  Bashir, en 2019. Pero, en realidad, los males vienen de antes: sin exagerar, desde el momento mismo de la formal independencia del país del Alto Nilo, en 1956. La primera década del nuevo estado fue turbulenta. En 1969, el general Yaafar al-Numeiri encabezó un golpe militar que sofocó una larga y penosa guerra civil. De inspiración comunista y panarabista-nasserista, el régimen fue deslizándose hacia posiciones conservadoras, que se acentuaron con el cambio histórico de Sadat, el tratado de paz egipcio-israelí y la llegada de Reagan a la Casa Blanca.

Más tarde, la irrupción del islamismo radical contra el orden norteamericano en la región sacudió también Sudán. El general Bashir tomó el mando e impuso un régimen amable con Al Qaeda. Clinton ordenó bombardeó supuestas bases de los integristas en 1998, tras los atentados de Kenia y Tanzania. Bin Laden se trasladó a Afganistán y el nuevo régimen sudanés se estabilizó.

UNA RIVALIDAD INDUCIDA

Bashir nunca se creyó a salvo y, temiendo un golpe inspirado desde el interior o desde el exterior, fragmentó los aparatos militar y de seguridad. Milicias y fuerzas especiales crecieron fuera del control directo del mando militar. De esa escisión operativa y funcional surge la discordia que ahora enfrenta al jefe del Ejército y cabeza de la Junta militar en el poder, el general Abdulfattah Burhan, y su colega Mohamed Hamdam Dagalo (alias Hemedti), jefe de la Fuerza de Reacción rápida, evolución de una milicia represora (los janjanweed), que liquidó brutalmente una revuelta campesina en la región meridional de Darfur en 2003. (1).

Sin embargo, otra rebelión mucho más antigua y poderosa condujo a la secesión del extremo meridional del país, poblado mayoritariamente por cristianos animistas. En 2005, nació Sudán del Sur, tras más de treinta años de guerra.

Cuando una sublevación popular contra la carestía de la vida y la corrupción derribó el régimen de Bashir en 2019, los dos generales antes mencionados se aliaron para controlar el movimiento popular con la falsa promesa de devolver el poder a los civiles para establecer la democracia. No fue eso lo que ocurrió. Los militares siguieron controlando férreamente el poder, como siempre. Pero la rivalidades entre ambos gallos uniformados ha terminado por explotar. El pueblo llano, sobre todo el que no dispone de medios para escapar, paga las consecuencias.

LA DISFUNCIONALIDAD AFRICANA

Esta nueva guerra interna en Sudán reproduce muchos de los factores disfuncionales de los regímenes políticos surgidos de procesos de independencia fallidos e interferencias externas regionales y globales, a despecho de los intereses de las poblaciones locales. A saber: la hegemonía militar en los equilibrios institucionales, la riqueza natural como imán de la codicia de los agentes de poder, la corrupción que gangrena el Estado y los renovados mecanismos de dominación de las antiguas potencias coloniales y de nuevos actores emergentes.

En la mayoría de los países africanos, las élites coloniales fueron sustituidos por liderazgos débiles dependientes en gran medida de fuerzas militares cuya orientación ideológica inicial fue revolucionaria, aunque a medida que sus jefes se consolidaban en el poder, abandonaron el discurso de liberación para ejercer un poder de casta y consolidarse como nueva clase dominante.

El principal estímulo para centralizar y monopolizar el poder ha sido el disfrute egoísta de las inmensas riquezas naturales en el continente. En algunos casos, las compañías occidentales mantuvieron la exploración de los recursos minerales y energéticos, en connivencia con las nuevas élites locales y la vigilancia de las antiguas potencias coloniales; en otros, la ruptura con los antiguos dominadores extranjeros no garantizó, ni mucho menos, el reparto igualitario de la riqueza. África se convirtió en un gigantesco botín para unos pocos (2). La injusticia colonial fue sustituida por la depredación interna alentada o consentida desde fuera.

Este nuevo reparto no ha sido pacífico. La unidad de las Fuerzas Armadas nunca existió salvo en contadas excepciones. Los jefes militares actuaron según lealtades raciales y sobre todo tribales. O surgieron milicias armadas que se han apoderado de ricos recursos con los que financian sus revueltas y estructuras de poder paralelas, mediante contrabando o contratos formales.

Esta corrupción endémica alcanza a casi todos los estamentos políticos, aunque el único decisivo sea el militar, garante del nuevo orden neocolonial. Los movimientos de resistencia o protesta de la sociedad civil o de los sectores desfavorecidos han sido sofocados; y, en los casos en que pudieron ser exitosos, resultaron más tarde neutralizados o cooptados.

A veces, los militares, bien por conveniencia o voluntad propia, bien por presiones externas inducidas por cuestiones de imagen o de propaganda frente a la concurrencia de otros agentes, han permitido la creación de gobiernos civiles y de un sistema institucional más aparente. Pero se presente de uniforme o de traje y corbata, el poder no ha cambiado de manos. En ciertos casos, los mismos militares han cambiado la casaca por la chaqueta (3).

La conflictividad no ha cesado de manifestarse, generalmente en función de la diversidad racial y tribal, de las ambiciones personales insatisfechas, de lealtades traicionadas y de un tejido continuo de apoyos exteriores. Hubo un tiempo en que los golpes de Estado parecían cosa del pasado, tanto por la eficacia en el reparto del botín entre todos los actores capaces de agitar la caja, cuanto por la preferencia de las potencias exteriores por la “estabilidad”.

El auge del islamismo en ciertas regiones y su predicamento en las masas locales ha tenido un efecto múltiple y contradictorio. Si bien en algunos casos resultó útil para acabar con los focos antioccidentales postreros, como en Libia (en el marco de la primavera árabe), en otros ha alterado el orden neocolonial, caso paradigmático del Sahel, donde el fracaso de los sucesivos intentos de control militar francés (operaciones Epervier, Serval y Barkhane) ha sido llamativo. El nuevo “partenariado” proclamado ahora por Macron no presenta mejores perspectivas (4).

Los servicios de inteligencia occidentales sostienen que Rusia ha visto la oportunidad de llenar ese vacío o debilitamiento de la tutela externa, mediante la infiltración de los grupos de mercenarios Wagner, que se extiende ya, en mayor o menor medida, por más de una decena de países, la mayoría en el Sahel (5). En el caso de Sudán, su hombre sería Hemedti, hasta ahora formalmente el número dos de este régimen provisional (6). Sin embargo, Moscú mantiene un acuerdo de cooperación política y militar con su rival, el general Burhan, el fáctico Jefe del Estado. No está claro, por tanto, qué papel juega Moscú en este conflicto, si es que juega alguno.

China, conforme a su proyecto de hegemonía (o respuesta a la hegemonía occidental, según se mire) ha expandido sus tentáculos económicos, con inversiones, obras de infraestructura y préstamos masivos (7). Pekín detenta la mayor parte de la deuda pública y privada africana, lo que preocupa sobremanera en Washington y Bruselas. La iniciativa pro-Democracia de Biden está orientada a neutralizar la influencia económica china y la penetración militar rusa (8).

En la actual crisis de Sudán , la rivalidad militar es el reflejo de intereses corporativos y locales, apoyados por algunas de la potencias regionales que han prolongado la guerra civil en Libia (Egipto, las petromonarquías arábigas, Rusia). La pasividad que algunos ven en la postura de Estados Unidos es sólo aparente. Washington habría actuado a través de sus aliados regionales, pero el actual clima de desconfianza mutua ha complicado las cosas.

Diplomáticos, asesores y académicos con experiencia en Sudán se lamentan estos días de los errores cometidos en las negociaciones para la transferencia del poder tras la caída del régimen de Bachir (9). Con todas las notables diferencias que se puedan señalar, Sudán es una especie de mini Afganistán para Estados Unidos.

 

NOTAS

(1) “Stopping Sudan’s descent into a full-blown civil war”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 20 de abrill .

(2) “Why Africa is one of the most unequal continents in the world”. THE ECONOMIST, 13 de abril.

(3) “The state of Democracy in Africa and the Middle East”. ECONOMIST INTELLIGENCE UNIT https://www.economist.com/graphic-detail/2023/02/01/the-worlds-most-and-least-democratic-countries-in-2022

(4) “En Afrique, le nouvelle ‘partenariat’ proposé par Macron mise a l’épreuve par la crisis en RDC”. CHRISTOPHE CHÂTELOT. LE MONDE, 6 de marzo.

(5) “Comme le groupe Wagner tisse sa toile en Afrique” (artículo del diario suráfricano MAIL & GUARDIAN, reproducido por COURRIER INTERNATIONAL, 15 de marzo; “Wagner group is moving aggressively to establish a ‘confederation’ of anti-Western states in Africa”. THE WASHINGTON POST, 24 de abril.

(6) “How a military leader fell out with the army and plunged the country into war” NESRINE MALIK. THE GUARDIAN (THE LONG READ), 20 de abril.

(7) “How America plans to break China’s grip on African minerals”. THE ECONOMIST, 28 de febrero; “China hasn’t given up on the Belt and Road. MATT SCHRADER y J. MICHAEL COLE. FOREIGN AFFAIRS, 7 de febrero.

(8) “What is the relevance of a second democracy summit for Africa?”. DANIELLE RESNICK. THE WASHINGTON POST, 28 de marzo; “A new cold war looms in Africa as U.S. pushes against  Russians gains”. DECLAN WALSH. THE NEW YORK TIMES, 19 de marzo.

(9) “The violence in Sudan is partly our fault”. JACQUELINE BURNS (ex-asesora para Sudan del Departamento de Estado). FOREIGN POLICY, 23 de abril; “Sudan is tearing itself and Washington lost its capacity to to help”. ALEX DE WAAL (asesor de la OUA). RESPONSIBLE STATESCRAFT, 20 de abril);“In Sudan, U.S. policies pave the way for war”. JUSTIN LYNCH (investigador y analista en Washington). FOREIGN POLICY, 20 de abril.

 

UN MUNDO TRIANGULAR

19 de abril de 2023

Resonaban todavía las declaraciones de Macron a favor de la autonomía estratégica de Europa y las necesidad de no verse atrapados en conflictos no elegidos, cuando la onda de choque sobre la cohesión del mundo occidental se replicaba desde otras latitudes y ubicaciones geoestratégicas. La pretensión norteamericana de alinear al discutiblemente llamado “mundo libre” bajo su liderazgo, frente a la “amenaza” rusa y al “desafío” chino parece hoy una quimera.

El presidente de Brasil acudió a la Casa Blanca para agradecer el apoyo de Biden en la crisis inaugural de su tercer mandato (revuelta desordenada de seguidores de Bolsonaro frente al complejo institucional de Brasilia el 8 de enero) y suscribir una declaración de compromiso con el “fortalecimiento de las instituciones democráticas”. Pero luego viajó a China para respaldar un plan de paz para Ucrania, que Pekín codifica en una docena de puntos ambiguos e interpretables. Días después, Lula recibió al jefe de la diplomacia rusa, para dejar claro que, como su colega francés, el líder del país más grande del patio trasero norteamericano tampoco quiere dejarse en peleas que no elige o en las que percibe que sólo puede perder (1).

De manera simultánea a estos acontecimientos, se desataba el penúltimo (habrá pronto otro, sin duda) caso de filtraciones que desvelan inconsistencias y contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se piensa y lo que se proclama en política internacional. En realidad, sorpresas conceptuales, ninguna. Solo los adeptos o los ingenuos pueden sorprenderse o escandalizarse.

Tampoco es una novedad que las alianzas internacionales son menos sólidas de lo que sus dirigentes pretenden hacernos creer y las lealtades mucho más difusas y dependientes de la geometría variable de intereses cruzados, interdependencias inevitables y desconfianzas tan viejas como la convivencia/hostilidad entre naciones, clases y religiones.

EL MODELO DE LOS BRICS

Macron y Lula no pueden ser más distintos y, sin embargo, están más de acuerdo de lo que quizás ellos mismos están dispuestos a admitir. Representan a dos mundos diferentes, con dos trayectorias históricas incluso opuestas (colonial, el primero; colonizado, el segundo). Ambos dependen de Estados Unidos, aunque en medidas asimétricas, para garantizar íntegramente su seguridad. Pero los dos aspiran a ejercer su parcela de liderazgo regional sin apenas cortapisas.

Las palabras pronunciadas por Lula en la toma de posesión de Dilma Rousseff como nueva Presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo son elocuentes: “Cada noche me preguntó por qué todos los países del mundo tienen que realizar sus transacciones comerciales en dólares. ¿Por qué no podemos emplear nuestra propia moneda? ¿Por qué no innovar? ¿Quién ha decidido que la moneda sería el dólar, después de desaparecer el patrón oro?” (2).

El Nuevo Banco de Desarrollo es la institución financiera creada por los BRICS para asentar su coordinación ante los retos de la economía internacional. Las estimaciones de algunos de sus principales economistas indican que este grupo de países emergentes reunirán más del 50% del PIB mundial al final de esta década. Eso quiere decir que Brasil (B), Rusia (R), India (I), China (C) y Suráfrica (S) son ya un actor indesplazable en la escena internacional. Son cinco todavía pero ya se perfilan nuevos socios, a los que sólo falta formalizar su solicitud de adhesión y que se definan sus condiciones de ingreso.

Los BRICS no aceptan ser considerados como un bloque. No comparten los mismos sistemas políticos, ni la misma cultura. Discrepan en muchas cosas, e incluso, como en el caso de India y China, tienen disputas bilaterales no menores que han provocado choques militares. Pero la dinámica internacional de confrontación los acerca, aunque no de manera uniforme o simétrica. La “amistad sin límites” declarada por rusos y chinos no esconde diferencias incluso territoriales a lo largo de sus 4.000 kilómetros de frontera, por no hablar de una desconfianza recíproca desde los años sesenta, al menos.

Lo que une a estos países es la voluntad de no dejarse condicionar por un orden internacional basado en supuestos valores universales. La desaparición de la URSS proyectó una nueva visión del “mundo feliz” (el final de la Historia, dijeron otros) bajo tutela norteamericana, con la ayuda sustancial de sus socios principales en Europa, Asia y Oceanía. El sistema liberal democrático es la coartada que transforma en valores universales los instrumentos de preservación del equilibrio actual, tanto económicos como militares.

En los BRICS de ahora, o en la composición resultante de futuras incorporaciones, sobresale, naturalmente, China. Su dimensión es superior, según algunas magnitudes, a la del resto de socios conjuntamente. Y si miramos a ese Sur Global, como se dice ahora, no puede pasar desapercibido que Pekín es el acreedor de una deuda de casi 1 billón de dólares. Es decir, estaríamos ante el espejo inverso del Orden liberal.  Con la diferencia de que los BRICS no mantienen una alianza militar formal ni un sistema de valores políticos condicionantes. Nada de obligación contractual de apoyo mutuo que caracteriza a la OTAN, en Europa, y la que aún está por dibujar en AUKUS, en el Pacífico. Los emergentes, en cambio, se adaptan a una geometría estratégica flexible y variable, cuya única norma es el respeto a las realidades políticas de cada cual. Sin interferencias, al menos expresas (3).

ESCALENO, NO EQUILÁTERO

La flexibilidad que caracteriza a los BRICS+X permite acuerdos de distinta dimensión e intensidad con Occidente y con países terceros que se mueven en un terreno menos definido de la escena  Ello da lugar a un mundo triangular, que presenta formas distintas según el caso y el momento. No se trata de un triángulo equilátero, sino escaleno, con lados desiguales y movibles.

India es un buen ejemplo de esta abstracción geométrica que define su comportamiento internacional. Es capaz de acordar estrategias con tres potencias del bloque occidental como Estados Unidos, Japón y Australia en el marco del esquema QUAD, que vigila el desafío chino en la zona Indo-Pacífico, y al mismo tiempo mantiene el diálogo bilateral con Pekín para controlar el diferendo en el Himalaya y el mercado militar con Rusia, sin renunciar a la cooperación nuclear embrionaria con Estados Unidos. El ministro indio de exteriores ha sido muy agudo al replicar a las críticas por la “neutralidad” de su país en la guerra Ucrania: “Los europeos creen que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa” (4).

Otros aspirantes se apuntan de buen grado a esta diplomacia triangular de India. Es el caso de Arabia Saudí y de Egipto, hasta hace poco socios imprescindibles de EE.UU en Oriente Medio y seducidos hoy por la triangulación de maniobras a intereses. La petromonarquía ha aceptado de mil amores la mediación china para empezar a poner fin a la sangría de Yemen y encuadrar de forma razonable su enemistad con Irán (5). Y ello sin renunciar al establecimiento de relaciones con Israel, en el marco de los acuerdos Abraham, inspirados por Washington. Si las cosas se torcieran, el reino saudí cree poder contar aún con el paraguas de seguridad norteamericano, sin que ello signifique abandonar proyectos de cooperación económica con China y el precioso instrumento de concertación con Rusia para definir el mercado petrolero mundial (6).

En el caso de Egipto, la debilidad de su estructura económica y la explosividad de su realidad social obligan a sus patrones militares a no hacer ascos a las inversiones chinas, el mercado de armas ruso y la protección norteamericana frente a la sedicente amenaza islamista (7). Que ese triángulo es a veces esquivo o díscolo lo demuestra uno de los episodios de la última filtración aludida. Al Sisi y sus colegas uniformados se creían liberados de seguir a rajatabla la pauta americana en Ucrania. Negociaron el suministro de armas de oportunidad a Moscú y cuando Washington se percató les hizo “comprender” las ventajas de cambiar de cliente y fabricar munición para Ucrania (8). El Cairo ha compartido con Rusia estrategias de actuación en Libia, a favor de “soluciones” autocráticas dispuestas a borrar de un plumazo las alternativas islamistas apoyadas por Turquía, otro país que practica con fruición las dinámicas triangulares con Washington y Moscú, con Israel y Palestina, con Arabia o Irán, o en el Cáucaso.

Ante esta realidad creciente, la estrategia norteamericana de dibujar dos mundos en conflicto, el democrático liberal y el autocrático liberticida, se antoja poco operativo. Si bien es verdad que también Washington, cuando la necesidad y la oportunidad lo demandan, se evade de ese paradigma para practicar su particular versión de la diplomacia triangular. Sin ir más lejos con China, con la que no ha perdido el objetivo de alcanzar grandes compromisos en desafíos globales (emergencia climática, terrorismo, migración...). Y bilaterales: el año pasado, a pesar de las sanciones comerciales de Trump, que Biden ha mantenido, el volumen de las transacciones ha alcanzado un nuevo récord, próximo a los 700 mil millones de dólares.

 

NOTAS

(1) “Brazil’s Lula reaches out to China and Russia, stoking U.S. unease”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 19 de abril; “Brazil’s Lula meets Xi in China as they seek path to peace in Ukraine”. KEITH BRADSHER. THE NEW YORK TIMES, 14 de abril.

(2) “Le visite du président brésilen Lula en Chine illustre les ambitions et les limites des BRICS”. LE MONDE, 15 de abril;

(3) “The Nonaligned World” (Dossier de artículos y análisis de varios autores). FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2023.

(4) “How the Ukraine war has divided the world”. GIDEON RACHMAN. FINANCIAL TIMES, 17 de abril.

(5) En Arabie Saoudite, la nouvelle diplomatie opportuniste de Mohammed Ben Salman. BENJAMIN BARTHE. LE MONDE, 21 de marzo.

(6) ”A new order in the Middle East? Iran and Saudi Arabia’s rapprochement could transform the Region”. MARIA FANTAPPIE Y VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 22 de marzo;

(7) “Beijing reaffirms ties with Cairo” NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 17 de enero.

(8) “Egypt nearly supplied rockets to Russia, agreed to arm Ukraine instead, leak show”. THE WASHINGTON POST, 17 de abril.

MACRON, ¿INCOMPRENDIDO O PROVOCADOR?

13 de abril de 2023

La polémica suele rodear los propósitos verbales del presidente francés. Dentro y fuera del país. Cuando se encuentra aún peleando políticamente para que la oposición política y social acepte o se resigne a la reforma de sistema de pensiones, unas declaraciones suyas sobre la autonomía de Europa en las relaciones con China han hecho furor.

En el avión que lo conducía a Pekín, Macron concedió una entrevista a POLITICO, uno de los medios online más influyentes, y al diario galo LES ECHOS. El presidente francés se extendió en sus consideraciones sobre la necesidad de una “autonomía estratégica europea” (hasta aquí nada nuevo). Pero, en el ámbito de las relaciones con Pekín, se mostró distante con la actual política norteamericana. En su habitual estilo discursivo, Macron se preguntó retóricamente si a los europeos les interesaba “verse mezclados en unas crisis con China que no son nuestras”, en alusión a la tensión sobre Taiwán. La respuesta fue, claro está, negativa. Y contundente: “no debemos hacer seguidismo de la política norteamericana” (1). A continuación, apoyó este juicio en sus muy conocidas reflexiones en favor de una política europea que, sin cuestionar la lealtad atlántica hacia Estados Unidos, evite arriesgar la independencia en las opciones estratégicas.

Se ha escrito en la prensa liberal occidental que Macron ha provocado un “alboroto”, que ha cometido una “torpeza”, que quizás haya “perdido los pedales” o que ha “rebajado los esfuerzos de EE.UU para frenar a China” (2), entre otras valoraciones negativas.  Los medios franceses prefieren hablar de incomprensión (3). Algunos políticos europeos de segunda fila y asesores estratégicos han hecho el gasto mayor. Uno de los más afilados ha sido el presidente de la Comisión de exteriores del Bundestag, el democristiano Norbert Röttgen, un atlantista muy activo, que intentó sin éxito optar a la candidatura a la cancillería tras la renuncia de Merkel: “Macron ha conseguido hacer de su viaje una operación de comunicación para Xi y un desastre diplomático para Europa”.

Hay que recordar que Merkel forzó la firma de un acuerdo de cooperación económica con Pekín, a pesar de las reticencias de algunos socios europeos, en la víspera de dejar la presidencia rotatoria de la UE, en diciembre de 2020. Presionaban los grandes empresarios alemanes.

Junto con Macron, ha visitado China la jefa de la Comisión Europea, la alemana Ursula Von der Leyen, también democristiana, pero no hay una sola imagen conjunta de ambos con los dirigentes chinos. Sus agendas han sido meticulosamente separadas. El canciller Scholz ha guardado un significativo silencio, aunque en otros momentos se ha mostrado contrario al “decoupling” (desacoplamiento) con China. Todos los Estados actúan en función de sus intereses, por mucho que se pregone la solidaridad interna en la UE o, en un ámbito más amplio, en la Alianza atlántica.

En Francia, la oposición ha sido tibia, salvo excepciones, como la del portavoz de los europarlamentarios socialistas,  Raphaël Glucksmann, que le ha reprochado actuar por “narcisismo”. La derecha se ha mostrado circunspecta y otros críticos inciden en la “inoportunidad” de sus palabras.  Pero Macron pensaba todo lo contrario: el momento debió parecerle no sólo oportuno sino pintiparado. En el viaje a China se hizo acompañar por decenas de empresarios deseosos de recuperar el mercado chino tras el frenazo de la pandemia. Macron no quiere perder pie en China.

Quizás no contaba Macron con que nada más abandonar Pekín, los dirigentes chinos decidieran lanzar tres días de maniobras militares junto a Taiwán, en aparente respuesta a la visita que la presidenta de este país giró a California, donde fue recibida y agasajada por el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Kevin McCarthy, y otros congresistas. El calendario quizás le jugó una mala pasada. En Taiwán, las palabras de Macron han provocado escozor.

En todo caso, el presidente francés sabía que su música dulce para los oídos chinos no estaba exenta de riesgo, ya que el servicio de prensa del Eliseo exigió que los dos medios le facilitaran la versión de la entrevista para realizar las ediciones pertinentes.

En realidad, con Macron llueve sobre mojado. Todo el mundo recuerda como hace unos años provocó un revuelo incluso mayor al declarar que la OTAN se encontraba “en estado de muerte cerebral”. Por entonces se sentaba Trump en el despacho oval, las relaciones transatlánticas atravesaban por un periodo de turbulencias sin precedentes y la autonomía estratégica europea recibía parabienes en Berlín.

En la polémica actual (más amplificada que real), como en las anteriores, se mezclan razones estructurales de política europea con el estilo diplomático de Macron. Para los más veteranos en la materia, no se trata de nada demasiado original. En Washington y/o en Bruselas ya están acostumbrados a estos aparentes desmarques de Paris. Ahora como en otros momentos, se ha vuelto a recordar el “reflejo gaullista” que campa en el Eliseo. La Francia del General nunca dejó de afirmar la autonomía francesa en materia de seguridad, si era necesario con medidas radicales como la retirada del Comité Militar y de la estructura del mando integrado de la OTAN, en 1966 (la llamada “política de la silla vacía”). Francia volvió a la integración plena en la Alianza en 2009, precisamente con un nominal neogaullista como Sarkozy en el Eliseo, aunque éste se mostrara como el presidente más pronorteamericano desde el final de la segunda guerra mundial. No sería exagerado decir que en su actitud se podía detectar cierto oportunismo.

Dicen que Macron se siente a veces solo en Europa. Habría que preguntarse si esto realmente lo incomoda o si aprovecha los reproches para agrandar su estatura como dirigente con sentido histórico ante sus conciudadanos, a quienes poco o nada molesta esta afirmación nacionalista. Incluso en alguien como Macron que presume de estar por encima de nacionalismos anticuados y retrógrados, en nombre de un liberalismo de nuevo cuño, creativo y ambicioso. De puertas adentro, Macron combate el nacionalismo radical del Reagrupamiento Nacional de Le Pen, el más discreto de los antiguos neogaullistas e incluso el populista antiatlantista de la izquierda insumisa. Pero ningún presidente francés puede parecer tibio en la afirmación de la independencia nacional.

En todo caso, el “ruido” en torno a esta última polémica macronita debe interpretarse en el contexto de un nuevo brote de incomodidad entre los dos polos de la OTAN por los recelos europeos ante el reforzamiento de políticas proteccionistas en EE.UU

La ley faro de Biden promueve el desarrollo y una financiación muy generosa de las industrias tecnológicas norteamericanas para mejorar su competitividad frente a Pekín.  Por mucho que desde Washington se hagan esfuerzos por tranquilizar a sus socios del otro lado del Atlántico, no pocos dirigentes europeos, incluidos muchos a los que no les hace gracia las cabalgadas en solitario de Macron, comparten esta preocupación y apoyan una réplica adecuada de la UE en fondo y forma, aunque difieran en la intensidad y los detalles (4).Que Europa y Estados Unidos no están en la misma onda con respecto a China es una realidad, salvo las capitales más “seguidistas” de Washington, como Varsovia, Tallín, Vilnius o Riga.

Esto último se ha visto reforzado desde el comienzo de la guerra en Ucrania. Polacos, bálticos y algún otro no escondieron su malestar cuando Macron pretendió apaciguar a Putin,  a pesar de que los norteamericanos ya había informado a los aliados europeos de que Rusia había ultimado el calendario de invasión. Pero omiten recordar que el propio gobierno de Kiev no se terminaba de creer que el Kremlin llegara tan lejos.

Dicho todo lo cual, es comprensible la satisfacción con que el presidente chino ha celebrado la visita de Macron, la calidez inacostumbrada de los encuentros oficiales y privados entre los dos dirigentes y la retórica opuesta a la política inflexible de “bloque contra bloque”. Es obvio que Xi y Macron ni de lejos piensan lo mismo sobre el orden internacional, sus riesgos y amenazas, ni quieren decir lo mismo cuando hablan. Ni sobre Ucrania, ni sobre Rusia, ni sobre Taiwán. Macron no consiguió que su colega chino se comprometiera a intentar que “Rusia entrara en razón”, a pesar de los halagos que le dedicó sobre su capacidad para conseguirlo. Se puede pensar lo que se quiera de Macron, pero es pueril considerar que es ingenuo o está alejado de la realidad de los actuales equilibrios estratégicos. La preservación de los intereses de las empresas francesas, públicas y privadas, es el factor determinante en la conducta de Macron. Y eso es aplicable a cualquier otro dirigente occidental, sea cual sea la forma en que los defienda y aplique.

Así se entiende también en la Casa Blanca, donde estos gestos franceses ya apenas provocan sobresaltos. Como decía un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, Francia es un socio leal que coordina su política exterior con sus aliados occidentales en la zona del Indo-Pacífico, el nuevo marco de referencia estratégica prioritario para Estados Unidos.

Si esto no fuera poco, la filtración de documentos del Pentágono (aún por esclarecer), parece apuntar contradicciones en el análisis occidental del desarrollo de la guerra en Ucrania, pero también el espionaje de Washington a sus propios aliados, una vez más. Las lealtades no son lo que parecen y ciertas polémicas parecen agitadas por la impostura.

 

NOTAS

(1) “Europe must resist pressure to become ‘America’s followers’, says Macron”. JAMIL ANDERLINI y CLEA CAULCUTT. POLITICO, 9 de abril.

(2)“Macron’s China trip turns into an European uproar”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 12 de abril; “Emmanuel Macron’s blunder over Taiwan”. THE ECONOMIST, 12 de abril; “French diplomacy undercuts U.S. efforts to rein China in” ROGER COHEN. THE NEW YORK TIMES, 8 de abril; “Ist Macron jetzt völlig von Sinnen”. ROLLAND NELES. DER SPIEGEL, 11 de abril.

(3) ”Après sa visite en Chine, Emmanuel Macron suscite de nouveau l’incompréhension chez les alliés de la France”. LE MONDE, 11 de abril”.

(4) “Chine/États-Unies: l’Europe en déséquilibre”, IFRI (institute français des Rélations Intenationales). April 2023.

LA RENTABILIDAD DE DONALD TRUMP

 5 de abril de 2022

El último reality show de Trump ha transcurrido en sordina. Las precauciones policiales y cierto instinto de supervivencia del personaje han evitado una nueva y exageradamente temida demostración de fuerza de sus partidarios durante su comparecencia judicial en Nueva York. Tras el relativo fracaso del 6 de enero de 2021, todo indica que el pulso entre el sistema institucional y el desafío callejero se librará de manera menos bronca. La denominada “vía insurreccional” parece agotada. Es posible que Trump mida mejor sus pasos y aliente una reconquista del poder más convencional, sin renunciar a su retórica de cartón piedra, falsaria y  victimista (1).

La vista judicial del 4 de abril apertura un calendario lento y espeso. El juez estimó que el juicio por 34 delitos de falsedad podría comenzar en enero de 2024. Para esa fecha estaremos en los inicios de un largo año electoral, en el que Trump, salvo un sorpresivo desfallecimiento, se mantendrá como candidato a la Presidencia

El actual titular del puesto (incumbent) sigue aplazando su decisión de repetir. Se dice que por la guerra de Ucrania, las tensiones con China y/o las incertidumbres de la economía. Otros motivos no admitidos oficialmente son la edad, la fatiga o incluso el agotamiento personales. O por cuestión puramente táctica: no habría llegado aún el momento oportuno de declararlo.

Sea como fuera, Trump sigue siendo un activo rentable, por muy cargado de riesgos que se presente. Rentable para todos, empezando por él mismo. Los otros casos judiciales pendientes (1), lejos de constituir un obstáculo, es posible que le sirvan de propulsión (2).

Suele decirse que Trump es una suerte de personaje antisistema, o algo similar. En realidad, no lo es. Al contrario, se trata de un puro producto del sistema capitalista norteamericano, en su versión más descarada, privada de los artificios que enmascaran y blindan a los políticos más convencionales. La trayectoria empresarial de Trump es un trasunto del american way of life en su dimensión más gamberra. Su habilidad para conectar con los sectores más molestos con el reparto de beneficios del sistema le han proporcionado un caudal de apoyos irreflexivo pero sólido. Esa white trash (basura blanca) , es decir, un equívoco sector de la clase trabajadora blanca resentida por una falsa consideración del sistema hacia las minorías, ha comprado el discurso mentiroso de alguien como Trump,  que está en sus antípodas sociales, pero en una similar longitud de onda cultural.

Por otro lado, la impunidad es un elemento enraizado en la democracia norteamericana, como se pone de manifiesto en un reciente estudio conjunto del Eurasia Group y el Chicago Council on Global Affairs, con participación de la ONG International Rescue Committee, dirigida por el exministro laborista de Exteriores, David Miliban (3).

LA ADICCIÓN EXTREMISTA DEL GOP

La persistencia de esta conexión casi telúrica entre líder y adeptos ha seducido a la mayoría del muy conservador Partido Republicano, que lleva más de dos décadas flirteando con el peligro de los extremos como antídoto de cualquier orientación política que pretenda avanzar en agendas de nivelación social, por débiles o tramposas que éstas sean.

El fracaso de los neocon y luego del movimiento Tea Party se debieron a la falta de raíces populares (o populacheras), que el trumpismo, por el contrario, ha aportado como una de sus principales fortalezas. Pese al rechazo instintivo que esta corriente despertaba en el liderazgo convencional de Great Old Party (GOP), su rentabilidad electoral y social le hizo acreedor de un apoyo cada vez menos condicional. A pesar del fracaso de 2020 y del trauma posterior por el berrinche del derrotado, los republicanos no han sido capaces de librarse de la hipoteca Trump.

El desengaño de las elecciones midterm del año pasado, en las que los candidatos más afines al expresidente fueron cruelmente sancionados en las urnas, se presentó como una oportunidad para cerrar la página del trumpismo. Pero no fue eso lo que ocurrió. Nadie del sector más convencional del Partido ha dado el paso, temeroso de ser abatido por las masas trumpistas aún activas. Se ha avistado una especie de “trumpismo sin Trump”, es decir, una relectura de un conservadurismo militante sin las aristas escandalosas que acarrea el empresario hotelero. El principal exponente de esta corriente es el gobernador de Florida, Ron de Santis. Pero los indicadores no terminan de concederle el margen necesario para lanzarse a la carrera. Lo ha hecho, en cambio, Nikki Haley, que fuera embajadora ante la ONU durante el mandato de Trump y anteriormente gobernadora de Carolina del Sur, aparte de la primera mujer con raíces indias en ocupar un cargo elevado. Al enemistarse con su antiguo jefe, sus posibilidades son mínimas.

Ante esta perspectiva, todo indica que el Partido Republicano seguirá enfeudado a Trump. Que el propio De Santis y los principales portavoces del GOP se hayan adherido a las críticas a la imputación del expresidente constituyen una señal más de esta dependencia enfermiza. La derecha radical norteamericana está atrapada en una retórica de combate frente a la evolución de una sociedad que se descose cada vez más.

ÚTIL PARA LOS DEMÓCRATAS CONVENCIONALES

Pero lo más relevante del fenómeno Trump es que resulta también muy rentable para sus adversarios más directos, los demócratas moderados, a quienes la prensa liberal denomina “centristas”, aunque, en realidad, son una derecha temlada. Biden es, de momento su líder. De circunstancias. Las tensiones y contradicciones internas lo elevaron por encima del ruido. El establishment lo eligió en 2020 como la opción más tranquila, exponente de una clase política convencional, que las bases de clase media aceptaron como mal menor.

El actual presidente tarda en decidirse sobre su voluntad de continuar, porque dejar el puesto a mitad de camino se suele asimilar a cobardía política.  Ante las dificultades para hacer avanzar su agenda de nivelación social con aroma ecológico (muy tímida y coyuntural), se atrinchera en un discurso retórico sobre la “defensa de la democracia”, que le vale tanto para un roto como para un descosido. El roto interno es la agrietada cohesión socio-política norteamericana; el descosido, la crisis del orden internacional liberal, desgarrado por la ruptura de Rusia, el desafío de China, el recelo de Europa y el alejamiento de los países emergentes.

Los demócratas convencionales prefieren que su rival electoral sea Trump y no un par del GOP más próximo, como ha sido habitual durante décadas. Las líneas de fractura están más claras y el desplazamiento de voto es menos fluido con el “gran provocador” como adversario. Tras el fracaso de 2016, la maquinaria demócrata ya está prevenida. Se han reforzado las medidas de protección y se han adaptado las alianzas mediáticas.

El trauma del 6 de enero es un caudal muy fértil para explotar el voto del miedo, como lo fuera el comunismo durante las distintas etapas de la guerra fría. Las supuestas conexiones o simpatías de Trump con Rusia, ahora demonizada de nuevo, añadirán leña al fuego propagandístico. Que los republicanos anden aireando sus dudas sobre la continuidad del actual apoyo de barra libre a Ucrania es otro factor rentable para Biden o para quien tome el relevo.

Esta última eventualidad añade picante a un panorama político incierto. Si Biden finalmente desiste, la Vicepresidenta, Kamala Harris, sería la candidata mejor colocada. Pero su labor ha sido poco agraciada. Parece contar con escasos apoyos y nulo entusiasmo, ni en el aparato ni en las bases. La izquierda del Partido está dividida y carece de liderazgo unificador. Sanders (candidato ajeno al partido, en todo caso) está ya amortizado. Los progresistas apenas disponen de fuerza para superar las trabas de la maquinaria partidista. La derecha demócrata agitará el peligro del regreso de Trump para convocar una unidad falsa pero necesaria. El viejo recurso del voto útil. Con un candidato republicano convencional se disiparía esa convocatoria contra el apocalipsis. Por eso Trump es rentable para sí mismo y para propios, adheridos y adversarios.

Se volverá a hablar de una polarización entre trumpistas y demócratas asentados, cuando la verdadera fractura en Estados Unidos es la que separa a los que defienden y viven directa o indirectamente del sistema y quienes se ausentan de sus ceremonias y liturgias institucionales y electorales, casi la mitad de la población.

 

NOTAS

(1) “Donald Trump: les principales enquêtes judiciaires qui menacent l’ex-président americain“. LE MONDE, 3 abril; “The cases against Donald Trump are piling up”. THE ECONOMIST, 23 marzo.

(2) “Trump flourishes in the glare of his indictment”. PETER BAKER. NEW YORK TIMES, 2 abril.

(3) https://www.eurasiagroup.net/live-post/atlas-of-impunity-2023

 

LOS MALOS EJEMPLOS DE LAS DEMOCRACIAS

30 de marzo de 2023

En plena batalla propagandística sobre el choque sistémico entre democracia y autocracia que confunde los análisis de la guerra en Ucrania y prejuzga la contienda diseñada entre Occidente y China, las disfuncionalidades de los sistemas políticos en algunas democracias hacen chirriar el discurso oficial.

Francia e Israel viven crisis sociales mayores, protestas callejeras de gran amplitud y notables consecuencias para el provenir de sus respectivos equilibrios políticos. Los casos no son semejantes, ni siquiera comparables. Pero ambos reflejan las contradicciones del sistema representativo liberal y una fragilidad que sus defensores se resisten a reconocer.

No por casualidad, las élites políticas en cada caso apelan a la democracia para justificar unas decisiones que, en realidad, ignoran las necesidades de las mayorías. Hay un componente de cinismo, pero también una debilidad estructural del sistema.

FRANCIA: UNA CONSTITUCIÓN DISCUTIDA

En Francia, un gobierno minoritario se vale de una herramienta constitucional para imponer una reforma, la del sistema de pensiones, que incidirá seriamente en las condiciones de vida de los ciudadanos. En Israel, una coalición ultraconservadora pulveriza en la práctica uno de los pilares del sistema democrático como es la supuesta separación de poderes, mediante el control de la justicia por una eventual mayoría parlamentaria.

No hay, en ninguno de los casos, una vulneración estricta de la legalidad. Si se permite el tropo, hay un abuso de legalidad, o dicho de manera más prudente, el uso excesivo de las atribuciones legales para resolver un pulso entre los poderes del Estado.

En Francia, se trata de un párrafo de un artículo constitucional (el 49.3), que garantiza la preminencia del ejecutivo sobre la pluralidad representativa expresada en la Asamblea Nacional. Estamos hablando de un recurso legal que se introdujo en la arquitectura constitucional de la V República en 1958, cuando De Gaulle fue llamado de nuevo como “hombre providencial” para sacar a Francia del marasmo de Argelia y el bloqueo partidista.

Desde entonces ha cambiado profundamente el entorno internacional y, por supuesto, la propia Francia. La Constitución ha cumplido 64 años, ¿no es tiempo de jubilarla?, decía hace poco con sarcasmo un conocido un prestigioso constitucionalista (1). Pero en más de seis décadas no se ha querido modificar este y otros preceptos que blindan la autoridad presidencial. Las élites francesas se han sentido a gusto con un instrumento valioso en caso de necesidad. Nunca ha existido el consenso necesario para eliminarlo o hacerlo menos estruendoso. Francia ha demostrado poder digerir experiencias políticas tormentosas como la cohabitación entre el Presidente y una mayoría parlamentaria de signo político diferente, sin poner en peligro la denominada como “opción nuclear” del sistema político.

El actual gobierno es una combinación entre la emanación de la voluntad presidencial y la debilidad de una posición dividida. El jefe del Estado es un liberal alejado ideológicamente del fundador de la V República, pero ha utilizado uno de los recursos de éste sin empacho alguno. Su gobierno, o el gobierno que él ha nombrado, ha acudido 11 veces al 49.3 en menos de un año de andadura, y no para cuestiones menores, sino para, a falta de mayoría o ante la duda de no obtenerla, sacar adelante los presupuestos generales del Estado, cambios en la ley de la Seguridad social o la mencionada y muy contestada reforma de las pensiones.

En una de esas batallas doctrinales que tanto le gusta entablar, el presidente Macron se ha mostrado desafiante ante el reto de la ciudadanía contestataria. A pesar de presentarse como un dirigente renovador y reformista, sus argumentos han sido tradicionales y políticamente muy convencionales. Frente a la agitación social, el principio de autoridad y el formalismo de la normas legales (2). Es un libreto habitual en Macron. Lo empleó ante la revuelta de los gilets jaunes, para parapetarse detrás de la legitimidad republicana, evadiendo la cuestión de la justicia social. Después de esa crisis, Macron quiso restañar su deteriorada imagen de reformista lanzando una consulta popular sobre las necesidades y preocupaciones de los franceses. Es decir, en el fondo, un recurso de autoridad presidencial sobre las espesas cotidianidades del esclerotizado sistema político francés. El ensayo se quedó en nada o en casi nada.

Con la reforma de las pensiones ha ocurrido otro tanto, pero en peores condiciones, porque le faltaba al Presidente la mayoría parlamentaria de la que entonces si disponía. Para proteger su figura o su función, encargó el dossier a su primera ministra fusible, una tecnócrata como él, ambos cooperadores en el anterior gobierno socialista de la facción más moderada o liberal. Elisabeth Borne ha interpretado fielmente la voluntad del Eliseo de no ceder, de no hacerse pequeña, de no incurrir en el complejo del déficit democrático. El discurso es conocido porque pertenece a la biblia tecno-burocrática que el neoliberalismo ha usado durante los últimos cuarenta años: hay que hacer lo necesario pese a las presiones demagógicas. El Estado no puede sostener unos beneficios como los contemplados en el sistema actual durante mucho más tiempo. En ningún país se repite el actual modelo francés. En nombre de la eficacia y la sostenibilidad, se aborda la operación quirúrgica con la que debe sanarse el sistema.

La calle no ha comprado el discurso, en parte porque cuesta renunciar a una conquista social, naturalmente, pero sobre todo porque Macron y sus gobiernos arrastran una trayectoria de beneficios a los ricos, incluidas las grandes fortunas, y de erosión de los intereses populares. Macron ha hecho poco para desprenderse de esa imagen de elitista insensible ante las necesidades de las mayorías sociales, mientras propaga grandes proyectos nacionales e internacionales desde su torre de marfil (3).

La paradoja de la democracia francesa es peculiar, pero no muy distinta de la norteamericana o de cualquier otra occidental. Se trata de un sistema político basados en normas funcionales más que en respuestas a necesidades ordinarias de la gente. La democracia se ha convertido en una mal menor, una codificación convencional de la convivencia pública a la que ya no se le exige resultados prácticos. Por eso se desiste de ella, por lo general de forma pasiva, por abstencionismo o por rutina. De cuando en cuando, el ciudadano díscolo se ampara en la lista de derechos formales para protestar ruidosamente contra la dura realidad del día a día.

Con la crisis de las pensiones, se ha puesto fin al “macronismo original”, decía recientemente un cronista político de LE MONDE (4). El diagnóstico quizás sea demasiado benigno. Y tardío: los franceses habían dejado de creer en él al privarle de una mayoría sin la cual ha tenido que refugiarse en el uso abusivo de la autoridad para gobernar.

ISRAEL: LAS PARADOJAS INSTITUCIONALES

El caso israelí es más dramático. Durante décadas, la democracia presumía de su espléndida soledad en un entorno de dictaduras y autocracias. La ilusión de la democracia israelí se basaba en un sistema electoral representativo puro, sin correcciones ni trucos para cocinar mayorías en nombre de una supuesta gobernabilidad. Para muchos, una ingenuidad desprendida de los orígenes del Estado, como esa utopía igualitaria de los kibutz. Con los años, el fragmentado panorama político israelí se ha convertido en una trampa. Las minorías sociales pero sobre todo religiosas (sionistas o anti sionistas) han utilizado su poder de bisagra para debilitar o condicionar a las dos familias tradicionales del sistema político: conservadores y laboristas. Hoy en día, los primeros son marginales y han dejado de ser opción de gobierno. Los segundos se han ido radicalizando. O peor, se han envilecido, al entregarse a la fortuna electoral de un político demagogo como Benjamin Netanyahu, carente de escrúpulos para proteger sus intereses particulares (5). Las disensiones en la derecha han tenido corto vuelo, entre otras cosas porque han surgido casi siempre de rupturas o rivalidades personales con el gran líder.

Pero, en realidad, la causa más profunda de la ulceración de la democracia israelí es la que más cuesta admitir: la ocupación de los territorios palestinos. Salvo algunos grupos críticos muy minoritarios, la sociedad israelí no ha querido ver ni escuchar. La bomba demográfica ha creado una angustia sobre el futuro y una hipoteca del presente. La democracia se ha ido vaciando de contenido al vulnerar enconadamente los derechos palestinos. Ahora se ha llegado al extremo. El actual gobierno está condicionado por unos partidos dominados por colonos extremistas y religiosos decididos a negar incluso la existencia de ese pueblo sometido (6).

Netanyahu coquetea con esta deriva teocrática del Estado con la imprudencia del equilibrista (7). Cree poder controlar a los extremistas, con tal de que le presten sus votos para imponer una reforma judicial que permitirá anular sentencias incómodas o indeseadas, basándose en que la autoridad de los diputados emana del pueblo. A nadie se le oculta que se trata de un atajo temerario para neutralizar tres procesos que pesan sobre él por corrupción y abuso de poder.

La amplitud de la respuesta crítica ha sido inesperada. El primer ministro creía que la izquierda o incluso los liberales no tendrían capacidad para tanto. Pero no contaba con el activismo del Ejército, que es la institución más prestigiosa del Estado, por encima de los jueces. La milicia es una institución popular, porque nadie es ajeno a ella: pobres o ricos, conservadores, liberales o progresistas, hombres o mujeres (8). Netanyahu tenía motivos para no recelar del Ejército. Desde la primera Intifada palestina, a finales de los ochenta, los militares han sido la punta de lanza de la represión. Las normas de procedimiento de sus actuaciones han sido cada vez más laxas; los abusos, más frecuentes.

Pero una cosa es el desigual combate contra los palestinos y otra la claudicación de sus funciones no escritas como garantes de un tipo de Estado, formalmente democrático. Cuando el ministro de Defensa sacudió la cohesión gubernamental al demandar la retirada de la reforma judicial, Netanyahu se apresuró a cesarle, para demostrar que nadie puede ganarle un pulso de poder. Las reacciones se produjeron en cascada. Desde los uniformados arreció el malestar. Y el padrino norteamericano se sumó a la contienda.

Aunque el primer ministro se ha puesto tieso con Biden, apelando a la soberanía nacional, es evidente que su decisión de paralizar la reforma y entablar negociaciones con la oposición se deben al mensaje inhabitualmente seco de la Casa Blanca, donde llevan meses alarmados por lo que ocurría en Israel, en un momento especialmente inoportuno (9). Frente a los desafíos directos e indirectos de la entente ruso-china se quiere hacer gala de exhibición democrática, con ceremonias como la Cumbre internacional de estos días en Washington.

Resulta sin embargo paradójico que Biden regañe a Netanyahu por su pretensión de doblegar a los jueces. El presidente norteamericano nombra a los magistrados más influyentes (los del Supremo y los federales), en teoría conforme a su competencia, pero en realidad por afinidad ideológica, aunque debe contar el aval del Senado. La división de poderes en Estados Unidos es formal, porque enmascara la hegemonía del ejecutivo, a su vez reflejo de la verdadera fuente de poder político que es la capacidad económica para hacer funcionar la maquinaria política.

NOTAS

(1) “Il faut arrêter le bricolage. Le momento est venu de changer de Constitution”. DOMINIQUE ROUSSEAU. LE MONDE, 13 de marzo.

(2) “Réforme des retraites: la posture securitaire de Emmanuel Macron fase au mouvement social”. IVANNE TRIPPENBACH. LE MONDE, 23 de marzo; “The trouble with Emmanuel Macron’s pension victory”. THE ECONOMIST, 23 de marzo;

(3) “Macron faces an angry France alone”, ROGER COHEN. THE NEW YORK TIMES, 18 de marzo.

(4) “La crisis des retraites signe la fin du ‘macronisme original’”. MATTHIEU GOAR. LE MONDE, 28 de marzo.

(5) “Netanyahu’s party consists primarily of extremist ideologues”. JULIA AMALIA HEYER. DER SPIEGEL, 14 de febrero.

(6) “Belazel Smotrich, le colon radical qui impose sa marque au gouvernment israélienne”. LOUIS IMBERT. LE MONDE, 7 de marzo.

(7) “The end of Israeli Democracy”. ELIAH LIEBLICH y ADAM SHINAR. FOREIGN AFFAIRS, 8 de febrero.

(8) “Netanyahu’s legal crusade is sparking a military backlash in Israel. AMOS HAREL (analista militar del diario de izquierdas HAARETZ). FOREIGN POLICY, 23 de marzo. “How an elite israeli comando built a protest movement to save his country”. YARDEN SCHWARTZ. THE ECONOMIST, 27 de marzo.

(9) “Israel’s majoritarian nightmare should be a US concern”. NATAN SACHS. BROOKINGS, 23 de febrero.