1 de julio de 2026
Las grandes citas deportivas son acontecimientos sociales y culturales, pero, por lo mismo, también políticos. Siempre ha sido así, aunque haya variado la percepción pública, en función de las coyunturas.
El
actual Campeonato Mundial de Fútbol es el más politizado de la historia
reciente. A pesar de que la guerra fría condicionó la organización de los
torneos deportivos en general, el clima de distensión se instauró a finales de
los años 60 e inicios de los 70 y se suavizó el enfrentamiento Este-Oeste. El
recurrente éxito de los atletas de la esfera soviética generó debate en
Occidente. Se llegó incluso a cuestionar la “limpieza” de estos resultados y se
extendió la sospecha del uso de sustancias ilegales para mejorar la prestación
competitiva de los atletas.
Con
el rebrote de la tensión entre bloques, debido a la invasión de Afganistán
(1979) y la subsiguiente de dureza de la Administración Reagan, los torneos deportivos
se vieron claramente alterados. Las Olimpiadas de Moscú fueron boicoteadas por
Estados Unidos y sus aliados occidentales; y las celebradas cuatro años después
en Los Ángeles, por los países del bloque soviético. Los Mundiales de fútbol 1982,
en España, y de 1986, en México, se vieron poco afectados debido al escaso peso
de Estados Unidos en este deporte. En años recientes, Rusia pudo participar,
como organizadora en el Mundial de 2018, aunque por entonces ya las relaciones
con Occidente se habían enturbiado mucho por las operaciones militares rusas en
Georgia y Crimea. Pero no pudo evitar la exclusión en la cita de Qatar, en 2022,
tras la invasión de Ucrania. Curiosamente, las denuncias sobre vulneración
de los derechos humanos y prácticas laborales inaceptables en la construcción
de los estadios en el emirato árabe fueron orilladas.
TRUMP
EMBARRA EL JUEGO
En
esta cita futbolística de Estados Unidos estaba claro que las influencias
políticas iban a ser inevitables, y no sólo las referidas a las tensiones
internacionales entre los nuevos rivales actuales, sino también debido a las
medidas anti inmigratorias y xenófobas de la Administración Trump (1).
El
gobierno norteamericano ha dificultado la entrada en el país de futbolistas,
técnicos, directivos, árbitros y aficionados de ciertos países a los que
considera hostiles y hasta peligrosos. Se ha impuesto restricciones severas a
la selección iraní, lo que cuestiona gravemente la imparcialidad de la FIFA, ya
que ha dificultado sus condiciones de vida durante los días de competición.
Para
complicar aún más las cosas, el alineamiento de la FIFA (y en particular de su
Presidente, Gianni Infantino) con el Presidente norteamericano ha generado una
polémica inevitable sobre este campeonato del Mundo.
Pero,
al margen de estas cuestiones logísticas, el Mundial se ha convertido también
en un corolario de las tensiones y contradicciones internacionales, debido a la
mayor presencia de equipos de países del Sur global, al ampliarse a 48 en el
número de contendientes de la fase final (3). Estos países, que durante décadas
no han sido relevantes en el fútbol, salvo contadas excepciones, han adquirido crecientes
competencias competitivas.
De
la tensión entre bloques de las sucesivas fases de la guerra fría se ha pasado
a la rivalidad entre los agentes del nuevo orden (o desorden) internacional, si
bien no de forma automática. Por ejemplo, China aún no ha conseguido
convertirse en una potencia futbolística, pese a las ambiciones de los principales
líderes de Pekín (4). Esto es extensivo a toda Asía. Sólo Japón y en menor
medida Corea del Sur mantienen cierto nivel competitivo desafiante. Los hijos
del sol naciente han puesto en más aprietos de los esperados a Brasil
(perteneciente al Sur Global, pero principal potencia futbolística histórica del
planeta, con cinco entorchados mundiales), en el primer partido de las eliminatorias.
Corea, en cambio, fue decepcionantemente eliminada en la fase de grupos. Los
países árabes asiáticos tampoco se han destacado por sus éxitos.
EL
PESO DE LAS MIGRACIONES
África,
en cambio, ha tenido hasta la fecha un comportamiento excelente. Nueve de los
diez equipos participantes han accedido a la fase eliminatoria, algunos incluso
superando las expectativas más optimistas, como Cabo Verde (antigua colonia
portuguesa), que forzó el empate con España, una de las favoritas del
Campeonato, y contribuyó a la eliminación de Uruguay. Marruecos confirmó consolidado
su auge al eliminar en los penaltis a Países Bajos, que no ha ganado título
alguno, pero ha llegado a tres finales.
El
éxito africano, que contrasta con la depresión económica y social endémica del
continente, se ve reforzado por el peso de los futbolistas inmigrantes o de
origen en las selecciones europeas y norteamericanas. Y viceversa: muchos futbolistas
nacidos en la diáspora han decidido jugar para los países de sus ancestros (1).
La razón de esto último es diversa. En ocasiones, la elección ha sido simplemente
oportunista: era más fácil para ellos estar en el Mundial si escogían ser
elegibles en los países de origen familiar; pero, en otros casos, se ha tratado
de opciones identitarias relacionadas con la fidelidad cultural. En todo ellos
es innegable la significación política.
En
un interesante estudio, dos investigadores han diseccionado la “nueva geografía
de la Copa del Mundo”. Aparte de detallar el impacto de la política migratoria
de Trump en el ecosistema de la competición, Gil Guerra y Diana Roy han
examinado la composición de las selecciones nacionales y determinado el impacto
que han tenido los movimientos migratorios de larga data (5). No sorprende que
África sea el continente donde esto se observa con mayor nitidez, junto a los
países más pobres de América con gran población de origen africano.
Haití
es el caso más singular. Sólo uno de sus 26 jugadores vive en su país, 16 de
ellos nacieron en otros lugares y su técnico nunca ha estado ha pisado siquiera
una vez el territorio nacional.
Los
estímulos de nacionalidad que pusieron en marcha algunos países para dotar de
efectivos competitivos a sus selecciones nacionales obligaron a la FIFA hace más
de veinte años a endurecer las reglas para establecer “conexiones claras” de
los jugadores con el país al que pretendían representar: aparte del nacimiento,
la ascendencia de padres y abuelos o una residencia ininterrumpida de al menos cinco
años.
Con
la extensión de las migraciones en las últimas décadas ha aumentado el porcentaje
de futbolistas que han nacido fuera del país donde juegan. Si hace cien años,
en el primer campeonato mundial, sólo representaron el 5%, en 2022 ya fueron el
16,5% y en esta edición ya han alcanzado el 23,2%. Pero esto es sólo una media.
Hay países en los que la mayoría de sus componentes han nacido fuera de sus
fronteras: Curaçao (96,2%), Congo (76,9%), Marruecos (73,1%), Bosnia-Hercegovina
(65,41%), Argelia (61,5%), Haití (61,5%), Túnez (57,7%), Cabo Verde (53,8%) y Qatar
(52%).
Otro
dato interesante es el peso de estos emigrantes recientes o lejanos en el éxito
de las selecciones de destino. Francia, el mejor equipo hasta la fecha y principal
favorito de esta Copa del Mundo, es el país de nacimiento de un centenar de jugadores
repartidos entre numerosos combinados participantes. Más de la mitad han nacido
en la metrópolis parisina, la verdadera capital del fútbol mundial.
EL
BINOMIO EUROAMERICANO, EN CUESTIÓN
En
el actual contexto de dominio del nacionalismo en el discurso político, una
competición deportiva de alcance planetario como ésta amplifica el uso de la
propaganda. No hay país en que el gobierno de turno no trate de sacar el mayor
partido posible de un posible éxito deportivo. Por el contrario, si las
expectativas se tornan en fracasos, la frustración se convierte también en
amargura política, como ha ocurrido en Turquía, eliminada, para sorpresa de
muchos, en la fase de grupos. El autócrata Erdogan tenía otros planes y se
encargó personalmente de inflar las opciones de la selección (2), pero se ha
metido un gol en propia puerta.
Se
percibe un creciente declive de las selecciones europeas. La mayor sorpresa
hasta ahora ha sido la eliminación de Alemania por Paraguay. La segunda
potencia futbolística de la historia, con cuatro títulos, se ha visto apeada
por un país latinoamericano que no pertenece a la élite, ni siquiera del
subcontinente. La crisis trasciende lo deportivo: Alemania lleva tres mundiales
frustrantes, y algunos ya ven en estos fracasos un síntoma más del depresivo
clima nacional. Que muchos de sus jugadores sean de origen africano, árabe o
balcánico ha dado pábulo a los propagandistas de la ultraderecha racista. No es
descartable que esto tenga cierto impacto en las elecciones regionales del
próximo otoño.
La
extrema derecha latinoamericana, reforzada tras las victorias muy ajustadas en
Colombia y Perú, también intentarán sacar rédito. Perú, en decadencia futbolística
desde hace años, está ausente de este Mundial. Pero Colombia es una potencia
regional emergente y le disputa la hegemonía a Brasil y Argentina.
Estas
dos potencias latinoamericanas viven momentos muy diferentes. Brasil se
encuentra en crisis larvada. Lleva más de veinte años sin optar al título y en
decadencia de resultados y de juego. Su estilo brillante de los 70 y primeros
80 es hoy sólo un recuerdo. Por primera vez, la potente Federación de Fútbol ha
acudido a un extranjero, el italiano Carlo Ancelotti, para dirigir técnicamente
al equipo nacional, tras sucesivos fracasos, el más sonado y doloroso de todos
en el Mundial que, en plena crisis social y económica, organizó el país en
2014.
En
Argentina, es evidente que el libertario de extrema derecha Javier Milei no
dejará de aprovechar otro posible éxito de la selección para favorecer sus
intereses políticos. De momento, el Mundial le va bien: Messi brilla como
máximo goleador, pese a que se encuentra cerca de los 40 años. Los ultras obvian
que la mayoría de sus estrellas juegan en Europa o en Estados Unidos, desde
hace décadas. Las grandes estrellas salen pronto de los clubes nacionales y
sólo vuelven en el ocaso de sus carreras, para retirarse.
Uruguay
vive estos días su particular drama nacional, al ser eliminada tras no
conseguir ganar ni siquiera a selecciones tan poco potentes como Cabo Verde o Arabia
Saudí, Bicampeón mundial en las primeras ediciones, el pequeño país
suramericano vive agarrado al fútbol como una de sus señales de identidad, pese
a que hace mucho tiempo que dejó de ser una potencia. No en vano decía el
escritor Eduardo Galeano, él mismo un ardiente aficionado, que en Uruguay el
fútbol era “lo más importante de lo menos importante”.
Los
más escépticos dirán que en el fútbol todo es efímero y que no conviene
magnificar las consecuencias de éxitos, fracasos, polémicas y diatribas. Tal
vez. Pero lo cierto es que las encuestas y estudios de opinión dicen lo
contrario. El fútbol, se quiera o no, es materia política de primera magnitud.
Y éste que se está disputando en estado de Estados Unidos, Canadá y México más
que ningún otro hasta la fecha.
NOTAS
(1) “La Coupe du monde commence
aujourd’hui, dans un contexte de tensions géopolitiques, de risques climatiques
et de tarifs hors de Prix”. ALEXANDRE LEMAIRÉ.
LE MONDE, 11 de junio.
(2) “Quand la politique
anti-immigration des Etats-Unis empêche les supporteurs d’accéder au Mondial de
foot”. ALLISON ZAROURI & OLIVIER ESCHER. LE MONDE, 16 de junio.
(3) “The divide World Cup”, RAFAELA
JINICH. THE ATLANTIC, 10 de junio;
(4) “China’s Failed Soccer
Ambitions”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, CHINA BRIEF, 23 de junio.
(5) “The New Geography of the
World Cup. Migration, colonial history, and elite academies have redefined
today’s national teams”. GIL GUERRA & DIANA ROY. FOREIGN POLICY, 24 junio.

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