UN MUNDIAL A LA MEDIDA DE TRUMP

10 de junio de 2026

Trump es un personaje rapaz, siempre alerta ante la mínima posibilidad de colmar su vanidad y apuntarse éxitos reales o ficticios. La última de sus presas es el Mundial de Fútbol, que deberá compartir con Canadá y Mexico. Sólo en el aspecto organizativo. Trump no deja espacio a nadie más, y menos a sus dos vecinos, a los que no ha incluido en sus caprichosas guerras comerciales. Y no contento con eso, se ha permitido proferir amenazas de anexión (al del norte) o intervención militar para resolver el problema del narcopoder (al del sur).

El fútbol tiene un inmenso poder de atracción, incluso en un país como Estados Unidos que, pese a los esfuerzos políticos, comerciales y deportivos, sigue sin ser una potencia mundial como en otros deportes.  Una tentación irresistible para Trump, por mucho que él diste mucho de ser un aficionado. Como hace con todo en su vida, intenta convertirlo en ganancia, personal más que nacional.

UNA MÁQUINA DE HACER DINERO

La FIFA, organizadora del mayor evento de masas mundial, es una multinacional que ha llevado hasta la náusea la mercantilización del fútbol, sin privarse de cualquiera de los mecanismos del aprovechamiento sin límites del capitalismo deportivo, como el tráfico de influencias, la corrupción y la utilización de los sentimientos nacionalistas y de los valores universales.

Hay una conexión intangible entre el estilo FIFA y el estilo Trump, que se basa en el ejercicio constante de la manipulación mercantil y emocional. Sólo importa lo que parece. La realidad es un factor incómodo que se puede ocultar, escamotear o convertir en algo distinto y hasta opuesto, si es preciso. El arte de esconder el balón.

Por eso, en la sacralizada ceremonia del sorteo de la fase final del Mundial, Gianni Infantino, el patrón de la FIFA, un suizo de origen italo-libanés que responde al tópico conveniente del self-made man, rozó el ridículo en su exhibición de halagos hiperbólicos a Trump y le concedió un galardón inédito y creado expresamente para él: el premio de la paz de la FIFA. El magnate americano llevaba semanas furioso, rumiando su malestar porque los caballeros del Nobel habían ninguneado sus expresos deseos de recibir la distinción política más glamurosa, para concederla a una política venezolana que quizás él sólo conociera de oídas, María Corina Machado, líder de la oposición ultraconservadora al régimen chavista.

Infantino se puso empalagosamente obsequioso con un Presidente encantado de estar allí, aunque no sepa casi nada de soccer (fútbol en USA). Trump no dijo una palabra de interés sobre el Mundial. Se dedicó a desplegar su ego, en presencia de los otros dos líderes anfitriones vecinos, el Premier canadiense, Mark Carney, y la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que hicieron el papelón de comparsas o mariachis, tratando de no enrojecer demasiado.

Infantino se ha convertido en otro amigo más del corifeo de Trump. Lo invitó a la presentación de su fallida iniciativa sobre el futuro de Gaza, en el que se rodeó de otros halagadores y genuflexos dirigentes de países sumisos. Pero el bromance con Infantino puede no resistir algunos de los estallidos de malhumor del voluble Presidente; sin ir más lejos, cuando se percate de que el fútbol tiene pocas glorias que ofrecerle.

La selección de Estados Unidos, pese a su mejoría desde la última vez que albergó un Mundial, hace 32 años, no es previsible que llegue muy lejos. Cuando los 26 norteamericanos que componen el equipo sean eliminados, es muy probable que a Trump se le escape alguno de sus desprecios y la FIFA quede retratada en una posición incómoda.

Mientras eso llegue, el Mundial es un escenario donde se libran las batallas de propaganda de los conflictos internacionales del momento; en este caso, la guerra contra Irán. El país del antiguo Imperio persa se ha ganado un puesto entre los 48 participantes. Ni siquiera Trump, con su batería de arbitrariedades siempre desplegada, ha podido impedir su presencia e, ironías del destino, le ha tocado jugar en Estados Unidos, y no en Canadá o México (1).

El magnate intentó que se les descalificara y se le diera entrada a Italia, que no logró la clasificación para la fase final por tercera vez consecutiva. Otro gesto de cortesía hacia su preferida europea, Giorgia Meloni, con quien todavía se llevaba bien, antes de que Trump arremetiera contra el Papa Prevost y la dirigente italiana se viera obligada a afearle el gesto: se acabó la luna de miel política.  En todo caso, la treta trumpista no funcionó. Al cabo, la FIFA sabe que en este negocio la credibilidad es esencial y que una cosa es el peloteo y otra los códigos sagrados de la pelota.

No obstante, de algo han servido las presiones de Trump, que amenazó con regatear con los visados de los jugadores, técnicos y auxiliares iraníes. Al final, la selección persa jugará en Estados Unidos la fase de grupos, pero tendrá que cruzar la frontera sur para descansar y dormir en México (2). Infantino no ha tenido más remedio que plegarse a esta otra sanción no declarada contra la República Islámica. Después de todo, los Mundiales no son los Juegos Olímpicos, donde el COI actúa como plenipotenciario organizador y es soberano sobre el perímetro donde se disputan los torneos.

El Mundial y las Olimpiadas coinciden, en cambio, en su condición de escenarios ocasionales de los pulsos geopolíticos. En Qatar, hace cuatro años, Rusia no pudo aspirar a estar entre los elegidos, por la invasión de Ucrania unos meses antes. La tarjeta roja del mundo occidental continúa. A las potencias del Orden Liberal les repugnaba Putin, pero no las flagrantes violaciones de los derechos y libertades universales en el emirato organizador y las leyes laborales que favorecían la explotación de los obreros que construyeron los estadios e infraestructuras en torno al Campeonato. Infantino vió la oportunidad de seguir llenando las arcas de petrodólares y concedió el Mundial de 2034 a Arabia Saudí. La hipocresía política ha adoptado forma de balón para rodar sobre el verde tapete de la geopolítica.

Otra preocupación ronda en la FIFA. Es muy probable que Trump utilice algún que otro incidente en México para reprochar al gobierno de Sheinbaum su “floja” posición en seguridad (3), lo que crearía un indeseable conflicto diplomático en ese universo de placidez ficticia que ha tratado de configurar el patrón del fútbol mundial.

EL PAPA INFANTINO

Infantino es el repartidor de juego en este campo híbrido del deporte, la política y los negocios. Pese a que hace una década accedió al puesto para limpiar las corruptelas de su antecesor, el también suizo Blatter, prometiendo austeridad y juego limpio, el patrón del fútbol mundial tiene ahora unos ingresos cuatro veces superiores al que se puso al comienzo de su gestión (4).

Desbarata los ataques de los contrarios -que los hay- con destreza. Entra el corte con sutileza, sin que se note demasiado, nutre de balones (contratos) a las Federaciones de cada país miembro, asegura para la FIFA bazas ganadoras para seguir sumando tantos y se reserva el gol de oro: todos participan en la circulación del juego, pero él es al final quien define.

Una de las facetas más destacadas en su manejo del balón es la habilidad con que ha sabido ganarse a las Federaciones africanas y del mundo árabe. Pese a su trayectoria inequívocamente occidentalista, las naciones emergentes que están a las puertas de la élite del binomio euroamericano le agradecen las oportunidades que les ha brindado para sacar rédito de las competiciones más afamadas y rentables. Suráfrica organizó el Mundial de 2010 (el que ganó España) cuando Infantino aún no era titular indiscutible en el primer equipo de la FIFA, pero ya gozaba de minutos para demostrar sus habilidades.

En la edición actual estarán presente 10 países africanos y 8 asiáticos, un 37,5% del total. De esos 18, siete son árabes. Marruecos se ha ganado el privilegio de sentarse a la mesa con los grandes. Infantino le premia al otorgarle, junto a España y Portugal, la sede del próximo Campeonato. Por primera vez, dos Mundiales consecutivos se jugarán en países árabes, los dos aliados de Occidente. Marruecos es algo más: es país Abraham, es decir, socio de Israel, mientras Arabia Saudí aún no se ha dado ese paso, por imagen.

En este Mundial agigantado hay hueco para selecciones cuyos países no son potencias futbolísticas ni políticas, como Haití, Cabo Verde, Curaçao o Uzbekistán. China no ha conseguido alcanzar nivel de competitividad suficiente, al contrario que Japón y Corea del Sur, sus competidoras estratégicas prooccidentales. Todo sea por ese guiño de multiculturalidad con el que adornar una gestión plagada de sombras.


NOTAS

(1) “Iran’s Soccer Team Allowed Into U.S. for World Cup, but Many Staff Denied”. TARIQ PANJA. THE NEW YORK TIMES, 5 de junio.

(2) “Sleeping in Mexico, Playing in America”. The journey of Iran’s World Cup team sets a dangerous precedent for international soccer. BOBBY GHOSH. FOREIGN POLICY, 5 de junio.

(3) “The World Cup will test Mexico’s control over its territory”. THE ECONOMIST, 7 de junio.

(4) “Gianni Infantino, l’empereur décrié du foot business”. YANN BOUCHEZ, RÉMI DUPRÉ & ALEXANDRE LEMARIÉ. LE MONDE, 4 de junio.