ITALIA: A FALTA DEL MUNDIAL DE FÚTBOL, EMOCIÓN POLÍTICA

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30 de mayo de 2018

Italia se ha colocado, nuevamente, en el centro de la política europea. El hombre escogido por el Presidente Mattarella para frenar a los nacional- populistas, Carlo Cotarelli, es un tecnócrata apóstol de la austeridad e interlocutor de los mercados.

Sin embargo, a primera hora de este miércoles, parece muy dudoso que pueda cumplir el modesto encargo que se le ha hecho: frenar el pánico financiero, formar un gobierno de técnicos, un gobierno de servicio, anclar al país en la eurozona, y servir la mesa para el banquete pantagruélico de elecciones en septiembre. En las próximas horas se sabrá si, como parece, no reunirá los apoyos necesarios para componer un equipo de gobierno y obtener garantías de confianza. En ese caso, puede haber elecciones en julo.
           
EL ENVITE DE MATTARELLA

El Jefe del Estado tiene un papel secundario en el sistema político italiano. La Constitución le reserva la función de llamar a consultas y encargar la formación del gobierno a quien ve con posibilidades de ello. Se reserva la capacidad de descartar a potenciales ministros por motivos de índole moral o legal, no política. Las atribuciones recuerdan, en cierto modo, a las que tenía el Presidente de la II República española. Al vetar al octogenario Paolo Savona como ministro de Economía por sus conocidas posiciones en favor del abandono del euro,  Mattarella desencadenó una tormenta monumental, incluso para un país como Italia, que tiene el listo muy alto en la medición de las convulsiones políticas.

Mattarella no se ha conformado con este papel de arbitro. Se ha erigido en garante de la estabilidad italiana en Europa. En realidad, es la estabilidad de la propia Europa lo que este siciliano conservador, político sobrevenido (se dedicó a ello después de que su hermano muriera literalmente en sus brazos, tras ser acribillado a balazos por sicarios de la Mafia), proclama haber hecho. El desafío de Mattarella ha generado respiros de alivio en no pocas capitales europeas, en la tecno-burocracia de Bruselas y en eso que se llama un poco a la ligera los “mercados” (o sea, el capital).

En Italia, domina el escepticismo. Como siempre. Importa poco que la prensa afirme que “no se trata de una crisis como otra” (LA STAMPA, de Turín) o que esta crisis institucional “no tiene precedentes” (LA REPUBBLICA), porque ha sido sacudida desde el Quirinal, la sede de la Jefatura del Estado. La política italiana ha sido siempre la expresión de un desorden en búsqueda perpetua de equilibrio. Ahora, los agitadores son dos formaciones que no pertenecen a esa cultura forjada en la posguerra; ni siquiera en la post-I República. Es la expresión dual, bicéfala del hartazgo ciudadano frente a un sistema que se reinventa para no morir.

El “contrato” suscrito entre el Movimiento 5 Estrellas y la Lega era un pacto de vencedores que se quedaron cortos (más los segundos que los primeros) en las elecciones del 4 de marzo. Ambos renunciaron a sus coordenadas políticas, si es que las tienen. La Lega abandonó a Berlusconi, que perdió la condición de líder de la otrora alianza de centroderecha, después de superarle en votos. Los antiguos neofascistas del MSI se refugian ahora en una denominación cuasi franciscana (los Fratelli de Italia) y son una fuerza marginal. El MS5, a quien cada analista al que se pregunta sitúa en un lado distinto del espectro político, se empeñó en hacer valer su condición de partido más votado, pactando con quien se avino a ello. Fue la Lega, como había podido ser otro. Pero Berlusconi los despreció y el PD los rechazó sonoramente. Ambos, a priori.

EL DISORDINE NUOVO

Los populistas del MS5 ya están gobernando en algunas alcaldías importantes como Roma y Turín desde hace dos años, con resultados más bien decepcionantes. Nadie daba mucho por ellos hace medio año. Pero los partidos tradicionales (ya es un síntoma que la Forza Italia de Berlusconi se haya ganado esa credencial) siguen pagando la penitencia de la crisis financiera y otras anteriores.

El caso de la Lega es distinto. Se ha fabricado un espacio populista también, pero más definido. Se alinea con ese soberanismo, ese nacionalismo excluyente anti inmigración y antieuropeo, que representa el anterior Frente Nacional de Marine Le Pen, el AfD alemán o el Partido de la Libertad holandés, entre otros. Bajo el liderazgo del enérgico Mateo Salvini, se ha hecho con el liderazgo de una derecha que vive años de fagotización permanente, tras el hundimiento catedralicio de la Democracia Cristiana en las arenas movedizas de la corrupción.

Salvini es el líder de ese disordine nuovo, como ha caracterizado la situación IL MANIFESTO, el histórico diario de la izquierda radical, en un juego de palabras que evoca el sistema político ultranacionalista y fascista de Mussolini. El tiempo, único juez político solvente en Italia, dirá. Pero la Lega es el único partido que se ha beneficiado de este último atasco en la escena política italiana. El último sondeo le otorga una subida de 7 puntos en apenas tres meses. En cambio, el MS5 pierde terreno y está por debajo del 30%, aunque todavía sería el partido más votado.

La Lega se ha aprovechado de esta salida garibaldiana de Mattarella para amplificar su discurso nacionalista. Salvini ha dicho que las próximas elecciones serán un plebiscito entre quienes que Italia sea gobernada por los italianos y los que pretenden entregar el país a los eurócratas, a Merkel y al capital extranjero.

Su socio de “experimento” nacional-populista, el joven y muy inexperto Luigi Di Maio, quizás por miedo a ser rebasado por la soflama nacionalista, ha arrojado dos guantes muy arriesgados. Uno, la promoción de una iniciativa parlamentaria para destituir a Mattarella, por “violar” la Constitución. Dos, la convocatoria de una macro manifestación en Roma para el 2 de junio (fiesta nacional) para defender el veredicto de las urnas frentes a las maniobras internas y externas. Si no fuera porque Di Maio parece muy alejado de las proclamas mussolinianas, se diría que está evocando la terrible Marcha sobre Roma que allanó el camino a la toma del poder por el Duce.

El centro-izquierda está cogido entre estos dos fuegos: el de los europeístas a machamartillo, con el inesperado liderazgo de Mattarella atrayendo para sí el foco, y los nacional-populistas, que hacen más demagogia que auténtica crítica consecuente al directorio europeo. El PD, remedo de remedos, pálido socialdemócrata, si acaso, escuálido socialmente y desorientado políticamente, se ha alineado con Mattarella en esta crisis, más por rechazo de sus antagonistas que por sintonía con el Presidente.

Apeada del Mundial de futbol, Italia se dispone a vivir unas semanas de emoción y espectáculo donde nunca falla: en la arena de la política.

ITALIA: CUÁNTO CUENTA CONTE

23 de mayo de 2018

Casi nada resulta extravagante en Italia. Hablamos de política. La actual situación vuelve a confirmar este axioma. El laboratorio italiano ha sido el pionero de casi todos los fenómenos políticos occidentales y de otros exclusivos. Sobre todo, los que han venido a sacudir los cimientos de ese llamado orden liberal, del que tanto se habla ahora, sin que se pueda estar muy seguro de que todos se refieren a lo mismo en el debate.

El resultado electoral volvió a hacer jirones el sistema político, los equilibrios, siempre precarios desde la crisis de la I República, en los inicios de los noventa. El triunfo de los dos partidos más claramente opuestos al consenso europeo, el Movimiento 5 estrellas (30%) y la Lega (17%) fueron las formaciones más votadas. Son dispares. Pero comparten un rechazo, al menos retórico, por el estatus quo.

Tras los comicios, el bloque de la derecha italiana escenificó un teatral desencuentro. Cuestiones de programa explicaban, pero sólo en parte, la división (más amoldada a Europa la otrora populista Forza Italia, radicalmente opuesta la Lega, en espera los neofascistas). La puja por el liderazgo pesó lo suyo. Berlusconi se vio rebasado por Mateo Salvini, la estrella rutilante del antiestablishment italiano. 

La alianza contra natura se fue perfilando como opción de gobierno. “Roma abre sus puertas a los nuevos bárbaros” tituló con agudeza el FINANCIAL TIMES (1). Sólo esa combinación imprevista podía asegurar cierta estabilidad parlamentaria. Pero había que cuadrar muchas cosas que no cuadraban y encajar muchas ambiciones hasta entonces incompatibles. Un punto de suspense, no menos escénico, que anunció la ruptura… y finalmente el acuerdo, proclamado con un impostado entusiasmo.

Luigi Di Maio, el joven líder del MS5, no es un ideólogo, precisamente. Bebe de ese pragmatismo oportunista que otorga señas inequívocas de identidad a la política italiana. Mantiene una retórica rupturista, de estilos y costumbres más que de ideologías. Pero necesitaba un socio para demoler la inercia que tanto denuncia.

La Lega tiene un discurso más intemperante que el populismo confuso del MS5. La Padania, ese experimento de Bossi, que soñaba  con la Italia septentrional liberada de la cleptocracia romana y de la rémora insolvente del Mezzogiorno, fracasó como proyecto político viable. Pero ha permanecido como mecanismo de respuesta primario en el instinto político de muchos italianos. Las experiencias de gobierno no fueron positivas para los separatistas, que quedaron marcados por los mismos estigmas que habían denunciado. La ruptura territorial terminó en quimera. La Lega Norte conserva en parte su feudo, pero se reconvirtió en partido nacional, con ambición panitaliana.

Las quiebras territoriales dejaron paso a la inmigración como banderín de enganche. La Lega ha aprovechado la mala gestión europea para convertirse en la versión italiana del Frente Nacional lepenista. El MS5 también contempla la inmigración con desconfianza, con recelo y, en ciertos sectores, con rechazo, pero su retórica es más templada. La convergencia, desde esa coincidencia, ha sido decisiva. 

Lega y MS5 acordaron un “contrato de gobierno” plagado de ambigüedades para esquivar sus desacuerdos y una fanfarria anti-UE para mantener la simpatía de sus militantes, consultados al efecto, como era de esperar, pero también del escéptico italiano medio, que suele caminar del brazo del cinismo. 

Se filtró una primera versión del programa más radical y opuesto a las recetas de Bruselas. La versión sobre la que se ha construido el consenso es menos tajante. Mantiene el rechazo de la austeridad y la promoción del crecimiento económico, pero elimina la reducción de la deuda por el mecanismo de descuento de las obligaciones cursadas por el Banco Central Europeo. No se plantea la salida del euro, pero se sugiere “un regreso a los orígenes”: un eufemismo que deja en el limbo la cohabitación entre la moneda común y las divisas nacionales. En la UE se mantiene el recelo.

En el apartado fiscal, se ha pactado el tax-flat o reducción del impuesto sobre particulares y empresas, a dos tipos, 15% y 20%, como reclamaba la Lega. El MS5 obtiene el “salario de ciudadanía” de 780 euros mensuales, con el que ha engolosinado a millones de electores meridionales. A los futuros pensionistas se les seduce con la fórmula 100, es decir, el acceso a la jubilación cuando la suma de la edad y los años cotizados cotización alcance esa cifra.

En el “contrato” ocupa un lugar destacado, por supuesto, las medidas punitivas contra la corrupción, la burocracia y los políticos tradicionales. Se propone la reducción de parlamentarios (de 630 a 400 diputados, y de 318 a 200 senadores). Y se defiende un trumpiano partenariado con Rusia, del gusto de la Lega más que del MS5. 

Quedaba por resolver la cuestión del liderazgo, ese fenómeno tan italiano que ahoga el equilibrio de egos (el espíritu de los triunviratos) en la tentación permanente del cesarismo. El veredicto ha resultado ser salomónico: ni uno ni otro, ni Salvini, ni Di Maio. Pero tampoco un tercero, un político de talla. Ni siquiera un tecnócrata al uso. Después de todo, eso no hubiera sido muy innovador. Al cabo, en Italia se ha probado de todo. Ya hubo un Ciampi, ya hubo un Prodi, ya hubo un Monti. Para los populistas, los tecnócratas, en Bruselas o en Roma son simples “usurpadores”. Lo que el MS5 se ha sacado de la manga, con el aparente beneplácito de la Lega, ha sido un jurista. Su jurista: el abogado del movimiento.

Giuseppe Conte es meridional, de Puglia. Presenta una elegancia que contrasta con el populismo de las bases del movimiento. Habla un inglés perfecto. El pedigrí académico es dudoso (aviso a navegantes). Ha llevado pleitos del Vaticano y se trata con cardenales. Técnico, pero no economista, no cabeza de huevo. Siempre ha estado fuera de los focos. Algo que es positivo para algunos; pero, para otros, resulta fallido. Uno de los dirigentes del Partido Democrático ha dicho que “se ha reducido el papel de primer ministro al de un portavoz del gobierno”.

¿Será el jefe de gobierno una simple marioneta, como se preguntaba el CORRIERE DELLA SERA? (2) ¿O el rehén técnico de los dos partidos?, según LA REPUBBLICA (3). En definitiva, si Conte contará algo… y cuánto, o será un puro administrador de la caótica, convulsa e imprevisible finca italiana.


NOTAS

(1) FINANCIAL TIMES, 14 de mayo.

(2) CORRIERE DELLA SERA, 21 de mayo.

(3) LA REPUBBLICA, 21 de mayo.



IRAK: AL-SADR O EL SORPRESIVO TRIUNFO DEL NACIONAL-POPULISMO.

16 de mayo de 2018

                
Década y media después de la invasión norteamericana, dos guerras atroces y batallas cotidianas sin descanso, Irak sigue sumido en el desconcierto y la inestabilidad, aunque los años de sobresalto parezcan haber quedado atrás. Las elecciones generales, relegadas por los medios occidentales a un plano secundario merecen una atenta  cuidadosa reflexión.
                
LA SORPRESA AL-SADR
                
La sorpresa ha propiciado la recuperación del interés mediático. La victoria del otrora “enfant terrible” de la socio-política iraquí ha desconcertado a los analistas y expertos. Nadie aventuró que Moqtada Al-Sadr pudiera resultar el vencedor de los comicios. Sin embargo, su evolución en estos cinco lustros explica razonable su éxito actual (1).
                
El flamígero clérigo se convirtió en la principal pesadilla de las fuerzas norteamericanas de ocupación después de la derrota y eliminación del aparato baasista. Bush (W.) puso precio simbólico a su cabeza. “Un solo hombre no puede comprometer la paz de un país entero”, dijo de el presidente que promovió la guerra causante de cientos de miles de muertos.
                
Sadr organizó a los millares de pobres de los barrios periféricos de Bagdad, Basora y otras ciudades en una fuerza político-militar denominada Ejército del Mahdi (el mesías shií por venir).  Ante las masas seguidoras del culto al yerno del Profeta, el joven clérigo se convirtió en  heredero militante y abrasivo de la autoritas familiar (los ayatollahs Sadr), acuñada durante años de lucha y martirio contra el laico y sunni Saddam Hussein. De ahí que su principal feudo, el turbulento suburbio de Saddam City, fuera rebautizado como Sadr City, en honor a la familia más venerada del shiismo iraquí.
                
La intervención norteamericana no privó a Sadr del discurso encendido, sino al contrario. Para él y sus seguidores, no era aceptable derrotar una tiranía para sustituirla por una ocupación extranjera. Mientras Washington se empeñaba en lubrificar y pastorear a una clase política atenta a sus intereses, Moqtada el Sadr se convertía en la piedra angular de una contestación radical y violenta.
                
La presión norteamericana y el lento pero inexorable control de la seguridad por las fuerzas regulares aminoró el vigor de las milicias del Mahdi. Luego, la insurgencia sunní, primero bajo la divisa de Al Qaeda y luego con la renovada marca del ISIS oscureció la influencia de Al-Sadr.
                
El joven clérigo maduró en esos años de relativo ostracismo. Poco a poco fue variando su discurso y tomando distancias con Irán, centro de peregrinación permanente en su etapa inicial de activismo. Sus milicias no participaron activamente en la contraofensiva contra el Daesh, protagonizada por el Ejército regular y, en los momentos más atroces, por las milicias más claramente proiraníes agrupadas en las Fuerzas de Movilización Popular.
                
En los últimos años, el discurso de Al-Sadr había virado del sectarismo shií y la lealtad al santuario iraní hacia posiciones más claramente nacionalistas, en sintonía con el gran santón del chiismo iraquí, el ayatollah Alí Al-Sistani, que nunca ha aceptado el dominio de Iran en cualquiera de los ámbitos del estado o la sociedad iraquíes. Esta evolución le llevó a escuchar a los saudíes, a no oponerse a una presencia reglada de los norteamericanos, a colaborar con los iraníes sin imposiciones, a entablar cauces de diálogo con los líderes sunníes moderados y con los secesionistas kurdos, a entenderse con no pocos empresarios y, no obstante, a pactar y coaligarse con los comunistas. En definitiva, a instalarse en el pragmatismo (2).
                
PRAGMATISMO PARA MANIPULADOR EL PODER
                
Moqtada Al-Sadr ha transformado su disciplina formación militarista en una suerte de movimiento ciudadano contra la corrupción, la carestía de la vida, el desabastecimiento, la falta de trabajo y oportunidades, la codicia de la élite político-militar. Más allá de sus iniciales credos sectarios, el astuto clérigo ha escuchado las tripas de las masas y ha marginado el imaginario fanático.
                
Hace dos años, Al-Sadr hizo una exhibición palpable de sus habilidades con las masas al impulsar la irrupción de cientos de bagdadíes en el Parlamento y protagonizar una sonora protesta contra la indolencia de la clase política. Apoyó el programa de regeneración del primer ministro Abadi, frente a las maniobras obstruccionista de su antecesor y compañero del partido Al-Dawa, Nuri Al-Maliki, que había roto con Washington y se había acercado a Teherán.
                
Pero Al-Sadr nunca juega a segundón. El respaldo a Abadi fue táctico. Él tenía su propio el designio de convertirse en lo que ahora parece haber conseguido: el kingmaker (3). Es decir, el depositario de la clave para formar gobierno y liderar el país. No será tarea fácil, empero.
                
Las elecciones han dejado un panorama endiablado, en eso no ha habido sorpresa alguna. El shiismo se ha presentado dividido en cinco grandes facciones: la coalición inter-confesional “Victoria”, de mayoría shií y liderada por Abadi: las milicias proiraníes (MPF), cuyos líderes se han reciclado políticamente en Al Fatih (Conquista); los afines al exprimer ministro Maliki; la formación minoraría “Sabiduria”, encabezada por otro líder religioso histórico, Al Hakim; y finalmente, la coalición de Al-Sadr, denominada Saroon, que se podría traducir como “Marcha” o “Hacia adelante”, lo que inevitablemente recuerda a la formación de Macron (4).
                
Saroon ha ganado en la mitad de las provincias figura en primer lugar en el cómputo estatal, seguido de cerca por Al Fatih. Abadi sólo ha obtenido el tercer puesto. El pulso para formar gobierno se antoja largo y complicado. Al Sadr no es diputado y ni puede ni quiere ser el nuevo primer ministro. Puede apoyar a Abadi, como ha hecho en el pasado, pero no desea enfrentarse a los proiraníes más recalcitrantes. Al único que no traga es a Al-Maliki.
                En todo caso, este consumado manipulador querrá alejarse de enredos y politiqueos excesivos. Le interesa más el prestigio que la púrpura. Uno de sus colaboradores más cercanos ha reconocido que aspira al controlar el Ministerio del Interior, o sea las fuerzas de seguridad. El objetivo es claro: garantizar la seguridad de sus fuerzas, neutralizar a sus adversarios y, si es necesario, intimidar a los enemigos (5).
                
Al-Sadr no sólo tendrá que componer con sus rivales shíies, sino convencer a los desbandados y maltrechos sunníes de que ha enterrado definitivamente el sectarismo y a los kurdos de que puede ofrecerles estímulos para abandonar o al menos aparcar su ambición secesionista.
                
Pero el verdadero reto lo tiene en el exterior: alcanzar un modus vivendi con Teherán y con Washington, con ambos polos en agudizada confrontación tras la ruptura del acuerdo nuclear (6).
                
Ya no sería una sorpresa que el transformado clérigo fuera capaz de hacer virtud de la necesidad y encontrara la fórmula para jugar al caliente y al frío con estos dos gendarmes todopoderosos del equilibrio (o el desequilibrio) iraquí.

NOTAS

(1) “How Moqtada al-Sadr went form anti-american outlaw to potential king-maker in Iraq”. TAMER EL-GHOBASHY y KAREEM FAHIM. THE WASHINGTON POST, 14 de mayo.

(2) “Moqtada Al-Sar has transformed himself-and could emerge as a kingmaker after elections”. KRISNADEV CALAMUR. THE ATLANTIC, 11 de mayo.

(3) “Sadr, the Kingmaker”. OMAR AL-NIDAWI. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo de 2016.
(4) “Iraq elections: fractured shia forces means an uncertain outcome”. IBRAHIM AL-MARASHI. MIDDLE EAST EYE, 1 de mayo.

(5) “Moqtada Al-Sar s’impose comme le faiseur de roi en Irak”. HÉLÈNE SALLON. LE MONDE, 15 de mayo.

(6) “Iraq’s elections: Red flags and opportunities for inclusion”. BILAL WAHAB. WASHINGTON INSTITUTE, 11 de mayo.

TRUMP LO DESTROZA TODO

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9 de mayo de 2018
            
Con la retirada del acuerdo sobre el control del programa nuclear de Irán, el presidente de Estados Unidos provoca un daño mayor a la estabilidad en Oriente Medio, a la solidaridad entre los aliados occidentales, a los sectores reformistas en Teherán y a la propia población iraní.  Pero no sólo eso, el inquilino de la Casa Blanca menosprecia a sus asesores más preparados, arruina su escaso crédito como dirigente y pone de nuevo en evidencia su narcisismo y su incapacidad para gobernar. 
            
Trump destroza, en primer lugar, la verdad. No es cierto que Irán no haya cumplido el acuerdo. Lo ha hecho, con pequeñas brechas, rápidamente corregidas. Ha sido precisamente Estados Unidos el incumplidor mayor, retrasando el levantamiento de las sanciones, dificultando el calendario de la normalización y creando un clima de hostilidad y desazón, como algunos trabajos bien documentados demuestran (1).
             
Trump destroza el legado exterior más destacado de la era Obama. Esa ha sido su obsesión desde que iniciara su carrera electoral: acabar con todos los avances logrados entre 2009 y 2017, incluso los más modestos, los más contradictorios. El acuerdo sobre el programa nuclear iraní era, sin duda, uno de los logros más brillantes del anterior presidente. Algunos expertos lo califican de la pieza diplomática más cuidadosamente trabajada de los últimos años. No es preciso exagerar para reconocer la virtud de un pacto que puso en sintonía a norteamericanos, europeos, rusos, chinos e iraníes. Y, por cierto, con matices, a algunos israelíes, como, por ejemplo, los principales jefes militares, políticos moderados y miembros de la comunidad de inteligencia. Sólo los políticos extremistas y sectores religiosos fundamentalistas de la sociedad israelí o los interesados jeques saudíes y sus protegidos regionales han conspirado contra el acuerdo desde un principio. O desde antes incluso de alcanzarse.
                       
Trump destroza la solidaridad atlántica como nunca antes, incluso durante la desventurada operación de Irak, al adoptar una medida unilateral. Los europeos han tratado, de formas distintas, con procedimientos variados, hacerle entrar en razón. Muchos, o todos, ya sabían que la racionalidad no forma parte de la gama de conductas del presidente-hotelero. Irán es el último y muy grave eslabón de una cadena de desplantes y medidas unilaterales, como las pataletas comerciales sobre el acero y el aluminio (y otras que puede venir) o el portazo al pacto climático. Macron intentó contener la hemorragia con una patética operación de halagos y relaciones públicas que pasará a la historia de los patinazos diplomáticos. Ahora, Europa tiene que elegir entre ignorar al caprichoso amigo o hacer de tripas corazón y buscar, en estos cuatro meses que contempla el propio acuerdo (2),  una tercera vía que resucite el acuerdo (esto tanto o más importante que lo anterior) preserve los intereses de las compañías europeas que contaban con realizar buenos negocios con los iraníes. Desde 2015, las importaciones europeas procedentes de Irán se han multiplicado por ocho y las exportaciones a aquel país ha superado los cuatro mil millones de euros (3).
             
Trump destroza las expectativas de las propias compañías norteamericanas, que, como las europeas, confiaban en que la consolidación del levantamiento de las sanciones, hasta ahora parcial, abrieran autopistas de ganancias.

Trump destroza las opciones de los moderados en Irán, liderados por el presidente Rouhani, que fiaron la reconstrucción económica y la mejora de las condiciones de vida de la población al levantamiento definitivo y estable de las sanciones, a la recuperación de la inversión extranjera y a la estabilización del mercado petrolero. Desde las protestas de finales de diciembre, hay un clima de tensión y miedo en Irán. Hace tiempo que unos y otros habían descontado la patada de Trump al acuerdo nuclear. El rial, la moneda nacional, ha perdido un 30% de su valor. Se prevén turbulencias sociales muy serias si se profundiza la degradación de la vida cotidiana. Irán ya vende más de dos millones y medio de barriles diarios de petróleo en los mercados internacionales, pero eso no alcanza para satisfacer las necesidades apremiantes del país, reparar el retraso acumulado y entrar en una senda de crecimiento y prosperidad. El verdadero designio de Trump puede ser precisamente ese: favorecer una desestabilización de Irán y provocar un cambio de régimen, aunque sea de forma violenta, al altísimo precio de la represión y el sacrificio de los ciudadanos (4). Al menos ese el discurso público, sin disimulo del nuevo jefe de la diplomacia, el mercurial Pompeo, o, con más entusiasmo aún, del auténtico príncipe de las tinieblas del momento, el consejero de seguridad Bolton, que emerge de la tragedia iraquí sin haber pasado por un tribunal de guerra.

Trump destroza el desarme iraní, puesto que la retirada del acuerdo aliente a los duros a recuperar de inmediato el programa. Según algunos negociadores veteranos, en un año aproximadamente el régimen de los ayatollahs puede alcanzar el umbral (break-in) del designio armamentista, previa retirada previsible del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Este escenario catástrofe, no inevitable, pero posible, no dejaría a Trump muchas opciones útiles que no fueran la respuesta militar norteamericana, israelí o conjunta, con inciertas perspectivas de éxito. Sería como soplar con avidez sobre las llamas de una región en perpetua combustión (5).

Trump destroza las escasas posibilidades de una estabilización del escenario regional, ya comprometido seriamente por el aún inaccesible final de la guerra en Siria, la confrontación inacabada e insidiosa entre Irán y Arabia Saudí, la emergencia del proyecto ultranacionalista y autoritario en Turquía, el cancerígeno estancamiento de las relaciones israelo-palestinas, el previsible incremento de los agentes proiraníes en distintos países de la zona y la nueva tormenta que se anuncia tras la liquidación del Daesh. Estados Unidos arruina una vez más su condición de bróker independiente o neutro (si no neutral) en la región. El machacón discurso del presidente-hotelero contra la involucración de Washington en los conflictos regionales no se compadece con decisiones irreflexivas como ésta. Lo quiera o no, la administración Trump va a desencadenar una miríada de consecuencias a las que no podrá volver la cara, como ya ocurriera con la lamentable invasión, destrucción y descomposición de Irak.

Trump destroza a su propio círculo de asesores más experimentados en seguridad. El magnate ha ignorado los consejos de esos generales de los que se ha venido rodeando desde su llegada a la Casa Blanca, supuestamente para “hacer fuerte y grande a América otra vez”. Los militares que han intentado establecer un gobierno prudente se han visto desbordados, exasperados y finalmente rebasados en sus trincheras políticas y burocráticas por el fuego amigo de un patrón desnortado.

Trump destroza, o al menos estropea, su propia operación de teatro exterior, ya que difícilmente podrá convencer al norcoreano Kim de que se puede llegar a acuerdos fiables con él, sobre todo si se trata de contenido nuclear. La propaganda oriental puede obrar milagros, pero la anunciada cumbre de primavera puede acabar en aguacero.

Trump, en fin, se destroza a sí mismo, porque ha arruinado el escaso margen de credibilidad que aún tenía en círculos republicanos o afines, no porque estos fueran entusiastas defensores del acuerdo nuclear, sino porque entendían que era preferible mantenerlo e intentar su revisión que hacerlo jirones sin un plan B en la recámara. El presidente-hotelero es un “sin techo” político, acosado por las sombras de una conducta atrabiliaria y vergonzosa y bajo la sospecha creciente de colusión, obstrucción a la justicia e incapacidad para tomar decisiones con un mínimo sentido común. 

Quizás como un guiño de la realidad, su esposa Melania (6) ha sido objeto esta semana de perfiles periodísticos que la retratan alejada cada vez más de su marido, refugiada en una cotidianeidad familiar y en una discreta pero reconocible actividad pública, alejada de los escándalos machistas y vulgares del hombre con el que ya no duerme y con el que apenas habla.


NOTAS

    (1)   “Trump may already be violating the Iran deal”. PETER BEINART. THE ATLANTIC, 29 de abril.

  (2) “As Trump mulls the Iran’s deal fate, a three-ring circus ensues”. SUZANNE MALONEY. BROOKINGS INSTITUTION, 2 de mayo “.

   (3) “The Challenging of reinstating sanctions against Iran. It is not as simple as withdrawing of JCPOA””. PETER HARRELL. FOREIGN AFFAIRS, 4 de mayo.

    (4)   “Le pari risqué de Trump sur le nuclear iraní” VASIL NASR. COURRIER INTERNATIONAL, 25 de abril (traducido al francés del articulo original en THE ATLANTIC).

    (5)   What happens if US bows out of the Iran nuclear deal?”. VARIOS AUTORES. FOREIGN POLICY, 7 de mayo.

  (6) “Inside Melania’s complicated White House life. Separate schedule, different priorities”. THE WASHINGTON POST, 7 de mayo.