22 de julio de 2026
Andy Burnham ya es primer ministro británico, sin pasar por las urnas, aunque haya necesitado de los votos (unas elecciones parciales forzadas en mayo) para convertirse en parlamentario y cumplir con la condición para plantear la batalla por el liderazgo en el Partido Laborista. Ha sido una operación política muy propia de Gran Bretaña: la trituradora de un primer ministro por los suyos. Aquí encaja perfectamente ese proverbio por algunos atribuido a Voltaire: “Que Dios me libre de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo”.
El
decapitado político, Keir Starmer, ha vivido unos meses de agonía, similares (mutatis
mutandis) a la de Joe Biden en 2024: después de ganar de manera convincente
las elecciones ese mismo año, el desgaste ha sido más duro y rápido de lo
esperado. Nunca un primer ministro ha dilapidado un capital político tan grande
en tan poco tiempo. El agotamiento del modelo económico y social y las
disfuncionalidades del laborismo no bastan para explicar un fracaso semejante.
El liderazgo de Starmer ha sido confuso, contradictorio, desfalleciente.
Esta
es la razón por la que Burnham se decidió a dar el paso: hace tiempo que se
preparaba para este desafío. Desde su puesto en la alcaldía de Manchester, una
de las ciudades más ancladas en el centroizquierda, ha construido un relato
político alternativo a la política de austeridad blanda de Starmer (1). Pero,
vagas promesas sociales aparte, nadie sabe cómo va a gobernar ahora el país (2).
En
sus primeras palabras desde el 10, Burnham ha demostrado que maneja bien
el uso de los eslóganes: “hay que distribuir el poder por todo el país”
(descentralización); “hay que aceptar que la gente esté harta de los políticos”
(compresivo con la desafección); “hay que darle a la gente un respiro (la
empatía tan resultona como escurridiza); “hay que ser mejores” (autocrítica política
de manual). Todo ello apoyado con gestos en pro del recurrente giro social:
la primera acción del nuevo Primer ministro ha sido visitar un albergue de los sin
techo y proclamar que “hay que acabar con la rudeza de dormir en la calle”
(3).
Más
allá de este empeño por entrar con buen pie y sonar distinto, la prueba de componer
el gobierno ha resultado de lo más convencional: ha repartido poder entre pesos
pesados del partido y ha elegido dirigentes que no puedan resultar
perturbadores para el consenso centrista (4). Incluso se puede decir que ha
compensado su discurso de tibio izquierdismo otorgando las llaves del Tesoro al
exministro de Defensa, John Healey, que le entregó su dimisión a Starmer,
porque el Gobierno no acometía un plan de Defensa más ambicioso. Y aquí puede saltar
la primera contradicción de Burnham: o cañones o mantequilla, que para las dos
cosas no se puede, máxime si se mantiene el compromiso de frugalidad fiscal.
Los
conservadores, no obstante, creen que la elección se debe a que Healey será
dócil y se dejará dictar las decisiones más importantes sobre “tasar y gastar”
(5).
EL
DOBLE JUEGO DE ZELENSKY
Al
otro lado de Europa, en Ucrania, el populismo de Zelenski se ha visto sometido
a otra dura prueba. En realidad, el Presidente suele malgastar en casa el
rédito político que tan relativamente fácil obtiene fuera. Las proclamas sobre
la libertad, la independencia y la defensa de Ucrania se embarran en la
política interna: ni controla la corrupción, ni escapa al favoritismo, ni deja
de un lado un autoritarismo creciente. Ahora parece haber cometido un error en
un terreno en el que él siempre se ha sentido fuerte: frustra los instintos
populares en favor del establishment estatal, en particular militar,
para luego rectificar.
El
cese del Ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, el joven tecno-héroe que
supo construir una flota ganadora de drones con los que amendrentar al Kremlin,
provocó el mayor movimiento de protesta callejera de los últimos tiempos. Zelensky se encontró con una disputa
irreconciliable entre el líder civil de la Defensa nacional y el Comandante del
convencional aparato militar, el general Oleksandr Syrskyi. Según palabras del
Presidente, no tuvo más remedio que elegir bando y optó por el alto cargo
castrense, sabedor de que a su base social y a buena parte de la mayoría no le
iba a gustar (6). No siempre basta un hábil manejo de los eslóganes para
resolver problemas complejos. La estrategia de Fedorov puede haber resultado
exitosa, pero probablemente no lo suficiente para asegurar el éxito de la vigente
campaña militar, que no parece tener fin.
Al
parecer, los mandos militares recelaban de un plan de Fedorov consistente en
reemplazar los blindados, la artillería y gran parte de la infantería por
sistemas robóticos muy sofisticados. Para una guerra que hasta hace bien poco
era corolario de los conflictos bélicos del siglo pasado, este proyecto se
adentraba con vertiginosa rapidez en el siglo XXI. Los analistas occidentales,
generalmente favorables al líder ucraniano, consideraron que el General Syrskyi
y su Estado Mayor están demasiado apegados a las viejas doctrinas militares
soviéticas.
La
oposición ucraniana, que existe, aunque sea débil y esté dividida, va más allá
de esta explicación técnica o profesional y sospecha que con el cese del “padre
de los drones”, el Presidente se quitó de en medio a un potencial rival
político (7). Se trata de una arriesgada e interesada interpretación. Sobre
todo, porque el General Syrskyi ofreció públicamente razonamientos que avalaban
las explicaciones del Presidente.
Al
final, la calle planteó un ultimátum: o prescindía de Syrskyi o tendría que
afrontar una revuelta. En otro de sus gambitos, Zelensky ha preferido ceder, ha
destituido al general, y ha nombrado en su lugar a otro militar popular muy
bregado en combate, Mijailo Drapatyi. Para coser este desaguisado, el
camaleónico Presidente ha ofrecido a Fedorov un indeterminado “puesto prominente”
en el Estado y a Syrskyi le ha cubierto de elogios. Todo ello en nombre de la
unidad nacional y para no ensuciar el triunfalismo dominante. La cuestión ahora
es cómo reaccionarán los militares más conservadores. (8).
TRUMP
SE ATRAGANTA CON SU RETÓRICA
Y
si alguien gobierna, o desgobierna, con eslóganes es el Presidente de Estados
Unidos. Ha utilizado todos los suyos para intentar salir del laberinto en que
se ha metido al dejarse convencer por su amigo Netanyahu atacando militarmente
a Irán. El tan cacareado Memorial de Entendimiento que debía dar un
respiro, restablecer el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz, estabilizar
el precio de los recursos energéticos que se exporta desde los países ribereños
y ofrecer una perspectiva de acuerdo de seguridad regional (con la resolución
del problema nuclear iraní) se ha terminado convirtiendo en un galimatías
irresoluble que prolonga la guerra sine die y socava la ya escasa
popularidad de Trump.
Como
resume con brillantez el analista militar del semanario THE ATLANTIC, “el
Presidente sólo dispone de malas opciones”. “O cede el control del estrecho de
Ormuz a Irán, aceptando un sistema de peajes (…) que garantiza a un poder
hostil la oportunidad de cerrar un importante corredor marítimo (…) O se
embarca en una guerra mayor por tierra, ya que las operaciones recientes han
evidenciado las limitaciones del poder aéreo” (9).
Ambas
opciones resultan devastadoras ante las elecciones de medio mandato, en
noviembre, que pueden hacer perder a los Republicanos el control legislativo y
debilitar aún más a la Casa Blanca. No parece que los habituales eslóganes de
poder fuerte, de sospechas infundadas de amaños electorales o de radicalismo
inventado de los demócratas vayan a servir a Trump para evadirse de la
deslizante rampa hacia el fracaso.
Después
de un viaje a Pekín, plagado de halagos y concesiones a Pekín, acusó a China de
interferencia en las elecciones de 2020 y alertó de brechas de seguridad ante
los próximos comicios, por supuesto sin ofrecer prueba alguna y en contra los
informes al efecto de los servicios de inteligencia norteamericanos.
Mientras,
presiona al Congreso para que acepte que su abogado personal sea la cabeza del
Departamento de Justicia y del FBI. En paralelo, moviliza el aparato represivo
migratorio para combatir la supuesta permisividad de la oposición con el crimen
y porosidad de las fronteras.
El
libreto que le dio resultado en 2024 ya no parece funcionar. No malgasta
ocasión para hacer valer un autoritarismo sin control y una exhibición hueca de
poder, dentro y fuera de Estados Unidos. Cuando se ponen en evidencia sus
reiteradas contradicciones acude al conocido truco de presentar sus inconsistencias
como una más de sus habilidades para desconcertar al adversario.
En
el exterior, los eslóganes de Trump ya no intimidan tanto, pero aún tienen
cierto efecto. Burnham lo telefoneó antes de anunciar su gobierno. ¿Quería el
flamante Primer Ministro despejar el aire y demostrarle que es sensible a su
demanda de un mayor gasto militar de los aliados europeos?
No
han faltado estos días, claro, nuevas amenazas de represalias comerciales
contra sus aliados. Empezó por España, luego Canadá y ahora su mano derecha
insinúa que puede extenderlas a más de medio centenar de países, pese a que los
tribunales hayan considerado ilegales estas medidas.
Sin
que haya resuelto una guerra en curso, amenaza con otra en el Caribe, a la
vista de que Cuba no sigue la vía venezolana. La palabrería altisonante se la
encomienda a su Consejero de Seguridad y Secretario de Estado, Marco Rubio, quien,
con la más rancia retórica de guerra fría, presenta a La Habana como centro de
una conspiración comunista y terrorista mundial. Y complementa la acusación con
la denuncia de una operación subversión orquestada por la extrema izquierda, a
la que pronto le encontrará socios o cómplices locales. En otra administración,
este lenguaje resultaría inquietante; en esta, desencadena el sonrojo.
NOTAS
(1)
“A very quick guide to new prime minister Andy Burnham”. ALEX BOYD & DUNCAM
WALKER. BBC, 16 de julio.
(2) “Andy
Burnham hits the ground strolling. Britain’s new prime minister promises a lot
but reveals little”. THE ECONOMIST, 20 de julio.
(3) “Burnham
pledges to end rough sleeping in England in first speech as prime minister”.KIRAN
STACEY. THE GUARDIAN, 20 de julio.
(4) “Andy
Burnham’s first Labour cabinet: who’s in and who’s out?” ROWENA MASON &
PETER WALKER. THE GUARDIAN, 20 de julio.
(5)
”Why Burnham chose Healey”. THE DAILY TELEGRAPH, 21 de julio
(6)
“The Rise and Fall of Ukraine’s Drone Warfare Mastermind”. ANDREW KRAMER.
THE NEW YORK TIMES, 17 de julio.
(7) “En Ukraine, Volodymyr
Zelensky assume d’ouvrir une crise politique avec son remaniement”. ARIANE
CHEMIN. LE MONDE, 17 de julio.
(8)
“Zelensky sacks Ukraine's top army commander after days of protests”. JAROSLAV
KUKIV. BBC, 21 de julio.
(9) “Trump
Has Only Terrible Choices With Iran”. BRYNN
TANNEHILL. THE ATLANTIC, 17 de julio
