7 de octubre de 2026
La
juventud está en el corazón de las protestas en este inicio de lo apunta como
un “otoño del descontento” en Europa. Los jóvenes que claman por un derecho
efectivo a una vivienda digna en España y los bachilleres franceses que
reclaman una enseñanza de calidad que rompa el círculo vicioso de la
infrafinanciación y los recortes presupuestarios. En ambos países se vive en
pleno clima electoral, inmediato el español, a poco más de medio año el
francés.
No
se trata de problemas o coyunturas nacionales. En toda Europa se vive una
situación crítica, con mayor o menor grado de presión. La ultraderecha acecha y
la derecha se aprovecha. Los partidos del consenso centrista tratan de
dulcificar las recetas neoliberales que tantas crisis sociales han provocado,
pero hay muchas contradicciones acumuladas (1).
FRANCIA:
LA IRA DE LAS AULAS
Las
movilizaciones juveniles pueden tener incidencia notable en estas dos citas
electorales. En Francia, el estallido de
las aulas ha cogido por sorpresa a la clase política. No parece de momento
claro quién puede sacar más partido de esta última protesta social, que ha
obligado al cierre de miles de institutos en todo el país. Más de 5.000 alumnos
han sido detenidos, un hecho sin precedentes. El apoyo de algunos sindicatos sacó
este martes a casi medio millón de personas a las calles francesas, según los
organizadores (la mitad, según la policía).
Los
insumisos de izquierda han apoyado vivamente a los estudiantes, pero los
actos de violencia podrían ser utilizado contra ellos. La izquierda crítica se
ha desmarcado de las actuaciones más radicales, aunque no de forma tan clara
como los socialistas y centristas. El primer ministro Lecornu ha dado el tono
al rechazar el concepto “violencias policiales”, que ha denominado “accidentes”.
Si
los incidentes callejeros se agravan y la derecha manipula con habilidad el miedo
al desorden, el giro hacia la ultraderecha se podría consolidar y ampliar. Pero
en estas crisis casi siempre salen ganando los conservadores, que se presentan
como garantes de estabilidad frente al aventurerismo a izquierda y a derecha.
La victimización de la policía, puede beneficiar a los partidos de
orden.
En
medio de una batalla presupuestaria sin resolver, con la deuda pública por las
nubes (119% del PIB), se barajan varias fórmulas para mantener el cordón
sanitario que ha dejado al partido de Marine Le Pen fuera del Eliseo y de
Matignon. El centro quiere ahora un acuerdo con las familias socialistas, tan
divididas como siempre y más desconcertadas que nunca ante el empuje hegemónico
de la izquierda crítica polarizada en torno a La Francia Insumisa. Gabriel
Attal, delfín desventurado de Macron y efímero jefe de gobierno en las rondas
de picadillo del presidente francés, ha propuesto un pacto nacional para
evitar que la política más popular del Hexágono se convierta en Presidenta de
una República a la que pretende dar la vuelta como a un calcetín.
Pero
Attal ni siquiera es el favorito de su espacio político. El que fuera primer
jefe de Gobierno de Macron, Edouard Philippe, aparece como el mejor colocado en
las encuestas. Pero para disputar el Eliseo con garantías necesita dos logros
que no parecen de momento a su alcance: primero, arrebatar al izquierdista
populista Jean-Luc Mélenchon el segundo puesto en la primera vuelta; y segundo,
concitar el apoyo del centro y la derecha (y quizás el centro-izquierda) para
batir a Le Pen en la batalla definitiva (2).
Los
socialistas -qué novedad- andan a la greña. El segundo debate televisivo fue
lamentable. Los ataques personales, algunos con muy mala intención, dejaron en
muy segundo plano las propuestas constructivas. Las aguas bajan muy revueltas
en el PSF y afines desde hace mucho tiempo. El mejor colocado para obtener el
apoyo de los militantes como candidato ni siquiera pertenece a la disciplina
del partido. Se trata de Raphaël Glucksman, líder de la plataforma Place
Publique, que acampó en el Parlamento europeo como megáfono de aspiraciones
políticas mayores. Este dirigente de lejano origen judío ashkenazi, hijo
de André Glucksmann, uno de los “nuevos filósofos” liberales que hicieron era
en los ochenta, pone sordina a las críticas del PSF a Israel, acentuadas
después de la guerra de Gaza. Pero, sobre todo, abomina de cualquier tipo de
entendimiento con Mélenchon.
El
Primer Secretario del PSF, Olivier Faure, no es un entusiasta de ese pacto,
pero no lo descarta, por si fuera necesario, o más bien imprescindible. El
problema es que otros dirigentes del partido, como el jefe de la bancada del
puño y la rosa en la Asamblea Nacional, Boris Vallaud está más cerca de
Glucksman que de su jefe político. En ese torbellino de puñaladas abiertas y/o
esquinadas se ha colado una varias veces exministra y candidata derrotada en
2006, Ségolène Royal, que se ha mostrado más cercana a Faure que a Glucksman,
al que ha reprochado pretender vaciar al PSF.
Otro
candidato apunta en el horizonte, por si socialistas y afines terminan de
despedazarse del todo: el expresidente François Hollande. Pese al desprestigio
que lo ha condenado al ostracismo, conserva cierta capacidad de maniobra en su
partido, como representante de su ala más derechista. Podría muñir un acuerdo
con liberales y centristas macronistas para forzar un duelo final contra
Le Pen. Pero esa fórmula no atraería votos de la izquierda. Por el contrario, la
reedición del Nuevo Frente Popular ha quedado enterrada. Sólo la posibilidad de
un acuerdo in extremis con LFI pondría al PSF al borde de la implosión.
LA
ULTRADERECHA, A LA CONQUISTA DEL VOTO JOVEN
El
descontento juvenil no encuentra fórmulas electorales indiscutibles, aunque la
izquierda crítica sigue siendo su opción preferida. La ultraderecha ha percibido
un campo de oportunidad y parece dispuesta a explotarlo, sobre todo en la
población masculina. También en esto hay una brecha de género.
En
Alemania, el SPD parece atrapado en una gross-koalition que le condena a
la militarización de la economía por la obsesión rusa y le desangra a favor de
la ultraderecha en los territorios del Este. La destrucción de la izquierda en
Italia no ha tocado fondo. El espectro político se ensancha por la
ultraderecha, aunque parecía imposible hace apenas un año. A Meloni no le
amenazan sus socios derechistas de coalición, bastante afines, por otro lado,
sino por el exgeneral Vannacci, al frente de Futuro Nazionale, una fuerza anti
musulmana e identitaria aún más radical que los Fratelli (3).
En
los cinco estados más importantes de Europa, por territorio y población, los
sondeos predicen un incremento notable de la ultraderecha, como se refleja en
el siguiente gráfico:
El
incremento en las expectativas de voto es contundente en todos los casos: más
de seis puntos en Alemania (AfD), animado por los recientes éxitos en los
länder orientales; cuatro puntos en Francia (Reagrupamiento Nacional +
Reconquête); tres puntos y medio en Italia (debido a la irrupción de Futuro
Nazionale, con casi 9 puntos en los sondeos); y los 5,5 puntos de crecimiento
que la mayoría de las encuestas conceden a VOX en España.
Que
los bachilleres franceses y los jóvenes movilizados por el derecho a hogar en
España no apoyen a la ultraderecha, no quiere decir que los extremistas
estén privados del voto juvenil: lo
tienen, por despecho o por desconcierto.
Cada
día son más los jóvenes que huyen del consenso centrista, abocado en al voto de
la cúspide de las pirámides de edad. En Francia, los ciudadanos menores de 25
años apoyan mayoritariamente (40%) a los insumisos de izquierda (LFI) y los
siguientes en la escala, hasta los 35, se reparte entre este partido y el de Le
Pen (4).
Estos
datos parecen confirma la progresión del voto joven a la extrema derecha, ya
que en 2024, un tercio de los ciudadanos de entre 18 y 35 años depositó su
confianza en el RN.
En
Alemania, resulta significativo el apoyo por debajo de los varones por debajo
25 años a la AfD, no así las mujeres, lo que redujo la media del voto al 19% en
2024. En el tramo siguiente (de 25 a 34 años), el partido cosechó el mismo
resultado que el nacional general (20,8%). Todo indica que el voto joven
contribuye de forma muy decisiva a incrementar las expectativas de voto general
por encima del 27%, hasta convertirse en la principal formación alemana. Aún
así, conviene recordar que la mayoría de los más jóvenes prefieren votar a la
izquierda radical que a la extrema derecha. Eso explica el triunfo de Die Linke
en Berlín hace sólo unas semanas.
En
Italia, los Fratelli de Meloni ganan en las dos horquillas de edad, lo que
supone un cambio de tendencia, ya que en las elecciones de 2022, el partido
neofascista sólo obtuvo el 10,6% de los votos entre electorado menor de 25 años
y un 16,4% entre los 25 y los 34 años,
ambos guarismos muy debajo del total general (26,1%). Y en España, los más
jóvenes se reparten entre PSOE (más mujeres) y VOX (más hombres), pero los
ultras superan a los socialistas en el tramo siguiente (5).
La
batalla por el voto joven puede ser el gran reto de las formaciones políticas
europeas de los próximos años. La izquierda debería pelear por un espacio que
le ha pertenecido durante décadas y que, como le ha ocurrido con tantas otras
cosas, ha malgastado. Al cabo, ha dicho el alcalde de Nueva York, “si la
democracia no resuelve las necesidades básicas de la gente, no sirve para nada”.
NOTAS
(1) “In both France and Spain, ruling parties must
prove they can give young protesters hope”. JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 5 de
octubre.
(2) “RN et LFI restent très fragiles, car ils sont
confrontés à des contradictions difficilement surmontables”. FRANÇOISE
FRESSOZ. LE MONDE, 6 de octubre.
(3) “En Italie, Giorgia Meloni,
concurrencée sur sa droite, durcit le ton contre l’islam”. ALLAN KAVAL. LE
MONDE, 22 de septiembre
