LA CRISIS DE CEUTA, EN UNA DINÁMICA REGIONAL CONVULSA

  9 de septiembre de 2026

La crisis de este verano en Ceuta ha tenido un amplio eco exterior. Pero las reacciones y comentarios, por lo general, se han centrado en el asunto migratorio y menos en el impacto que un deterioro de la situación de convivencia pueda tener para el Norte de África, una región que vive un agravamiento notable, por encima de lo que desgraciadamente allí es habitual.

Todos los países de Magreb atraviesan momentos que bien puede ser calificados de críticos. Marruecos, el más involucrado en la crisis de Ceuta, parece, a primera vista el que goza de mayor estabilidad. Pero es un espejismo. La aparente mejoría de la situación económica y la solidez engañosa de su sistema político puede inducir fácilmente a la confusión.

MARRUECOS: LOS CÁLCULOS DEL RÉGIMEN

Marruecos se ha beneficiado siempre de un apoyo occidental innegable, en sucesivas etapas de la historia reciente. Por no irnos muy atrás, desde comienzos de este siglo, al ofrecerse a Estados Unidos y Europa como gendarme contra el islamismo radical después de los múltiples atentados del 11 de septiembre. La retórica de la seguridad que proporcionaba Marruecos frente a otros Estados supuestamente más débiles o menos eficaces en la lucha contra el radicalismo islamista saltó por los aires al conocerse la procedencia de algunos de los responsables de los atentados de Madrid en 2004.

Posteriormente, Marruecos supo mantenerse como referencia indispensable para Occidente al sumarse al grupo de países árabes dispuesto a entablar relaciones plenas con Israel, en el marco de los Acuerdos Abraham, auspiciados por Trump al término de su primer mandato presidencial.

El gesto de Marruecos no era gratis. A cambio, la administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, pese a las resoluciones vigentes de la ONU. Esta decisión de Washington supuso un giro en la política de sus aliados europeos, que con Alemania y Francia a cabeza compraron el Plan de Autonomía marroquí sobre el territorio, “pendiente de descolonización”. España, potencia administradora, fue la siguiente pieza que se ganó Marruecos, en una decisión muy controvertida y nunca explicada satisfactoriamente por el gobierno.

El Sahara es la piedra angular de la política exterior de Marruecos. Presiona a los países que puede presionar, con sus armas, poderosas, pero no tanto como al régimen real le gustaría que fueran, y se muestra sumiso y solicito con quienes no puede hacer otra cosa. Trump se ha convertido en un protector muy conveniente para Rabat. Otros presidentes u otras administraciones han sido igualmente favorables a Marruecos en las últimas décadas, pero ninguna había llegado a cuestionar el proceso de descolonización ni a dar por muerto el derecho de la población saharaui a pronunciarse sobre su futuro.

Lo que ofrece ahora Marruecos a Trump es un alineamiento con Israel, en un momento de convulsión de las alianzas regionales. Junto con los Emiratos, el reino alauí va muy delante de otros estados árabes en la senda de la conciliación con el Estado judío. Ante las complicaciones que está ocasionando la estúpida guerra contra Irán, la actual administración se ha visto obligada a reconsiderar el peso de sus aliados en la región y a presionar a favor de fórmulas que incorporen a Israel en una red de alianzas bilaterales o multilaterales solventes. Marruecos no va a regatear su apoyo, si consigue resolver de una vez el dossier saharaui (1).

El silencio de la administración Trump en la crisis de Ceuta resulta ensordecedor. Las referencias a posibles interferencias directas o indirectas de los servicios de inteligencia israelí resultan compatibles con estos realineamientos en la amplia región del Norte de África y Oriente Medio.

Los vecinos de Marruecos también arrastran situaciones internas muy pesadas.

ARGELIA: UN DIFÍCIL EQUILIBRIO

Argelia, en una permanente dialéctica de conflicto/entendimiento con los dos países europeos más cercanos (Francia y España), contempla con inquietud la creciente revaloración de su enemigo marroquí (2). En Argel, principal valedor de los independentistas saharauis, el giro de París y Madrid hizo mucha mella. Con mucha paciencia y trabajosa diplomacia las dos capitales europeas han subsanado el daño infligido, pero no sin dejar un reguero de resentimiento y desconfianza, más profundo e intenso con Francia, debido a otros asuntos conflictivos nunca resueltos, que datan de la época coloniaL.

El caso es que el régimen argelino, que juega a un equilibrio con las potencias occidentales, la emergente China y su tradicional aliada Rusia, no termina de resolver sus problemas económicos endémicos, ni de legitimar un sistema político corroído por el autoritarismo y la corrupción. Las sucesivas crisis argelinas desde los noventa han arruinado la legitimidad originaria de la revolución anticolonialista. En el otrora Tercer Mundo (hoy Sur Global), Argelia ha perdido el poder de atracción del que gozó un tiempo ya muy lejano. El maná del petróleo no ha servicio ni para garantizar la prosperidad del país, ni para favorecer un régimen de derechos y libertades.

Pero los focos más ardientes de la región hay que situarlos en Túnez y Libia.

LIBIA: UN CAOS RENTABLE PARA ALGUNOS

En Libia, quince años después del derrocamiento de Gaddafi, se vive tal situación de caos económico, vacío institucional  e inseguridad crónica que no resulta extraño que algunos añoren los tiempos de la Jamahiriya (la República de las masas del Coronel).

Desde 2014, tras la primera fase de la guerra civil inicial, el país sigue dividido en dos, territorial, económica y políticamente. Y eso sin entrar en detalles, que nos llevarían a incrementar la pormenorización de las fracturas (3). En la región occidental de Tripolitania (en torno a la capital, Tripoli) hay un gobierno reconocido por la ONU en su momento y hoy carente de cualquier legitimidad, al prolongar su vigencia sus cabecillas sin respeto alguno de la legalidad internacional. Está liderado por Abdel Hamid Dbeibah, pero sólo formalmente; en la práctica, quien lleva las riendas es su sobrino Ibrahim, al frente de un tinglado clientelar establecido sobre el control de los pozos petroleros locales.

La región oriental de la Cirenaica, en torno a Benghazzi, es el feudo relativo de un colaborador de la primera hora de Gaddaffi y luego renegado y exagente de la CIA, el general Jalifa Haftar. Pero, como ocurre con sus enemigos del otro lado del país, las segundas generaciones van asumiendo el poder cotidiano. Uno de los hijos de Haftar, Saddam, es el hombre fuerte de este clan, apoyado en un férreo control militar y, también como en el otro lado, alimentado por  exportación ilegal de petróleo. De esta forma, la principal riqueza del país se convierte en la garantía de poder de los dos cabecillas, para desgracia del pueblo libio, que ha visto cómo a una dictadura de un iluminado le ha sustituido el caos tan africano de señores de la guerra sostenidos por la corrupción y el bandidaje.

No sólo estos factores internos explican la interminable guerra libia. Las potencias extranjeras juegan un papel decisivo. Haftar y su clan se han visto apoyados por Arabia Saudí y los Emiratos, desde el Golfo, y por el autoritario régimen militar (sólo en apariencia civil) de Egipto. En su momento, también Rusia apostó por este general de fortuna, aunque últimamente, tras la reestructuración de la política de Kremlin en el Sahel, ha tomado alguna distancia. Como hace cualquier autócrata de la zona, Haftar vendió a Occidente la póliza del seguro contra el islamismo. No le fue difícil. La Cirenaica era un hervidero de milicias inicialmente opuestas al régimen de Gaddafi, que degeneraron en bandas dedicadas a controlar pozos de petróleo y redes de abastecimiento. Haftar ha puesto orden, pero no del todo, y aún se enfrenta a revueltas o amenazas de tales en el Fezzan y otras zonas meridionales del país.

Dbeibah goza del apoyo de Turquía, como principal valedor, sin olvidar a las potencias europeas que han intentado mantener su influencia en el país (Francia e Italia, sobre todo). Erdogan chocó con Putin en Siria y vio en Libia una plataforma importante para proyectar sus intereses en África. La orientación islamista moderada del patrón de la Tripolitania le ofrecía claramente esa oportunidad.

En los años anteriores  a Trump, Estados Unidos estuvo apoyando al nominal gobierno de Trípoli. Pero el caprichoso Presidente ha volteado las opciones. Ahora se ha erigido en promotor de una solución de conciliación entre los dos bandos, con su estilo de enviar a un próximo de la familia, el padre del marido de su hija Tiffany, Massad Boulos, para que forje un acuerdo entre los dos cabecillas.  Y, de paso, deje contratos suculentos sobre la explotación futura del petróleo libio. Las multinacionales Chevron y Conoco-Philipps ya han tomado posiciones sobre el terreno.

Por el momento, y salvo unos ejercicios militares impensables conjuntos,  no se han cosechado resultados prometedores de esta operación diplomática tan opaca y carente de legitimidad. Sólo una cosa parece clara: el pueblo libio no va a tener ocasión de pronunciarse sobre estos enjuagues (4).

Europa es, como en casi toda África, un actor cada vez más secundario. Libia, entre otras muchas cosas, es una plataforma de lanzamiento de la migración clandestina y ha sido, en los años del post-gaddafismo, terreno especialmente propicio para las mafias del sector, como está suficientemente acreditado. Ninguna de las dos facciones parece responder a la influencia europea, aunque los de Tripoli suenen más cercanos, aunque sólo sea porque aducen su aval onusiano. Pero las pretensiones de la ONU sobre una consulta popular hace tiempo que dejaron de ser tenidas en cuenta. En los manejos de Trump y su consuegro, ha sido completamente marginada.

TÚNEZ: UNA TIRANÍA CONSENTIDA

En Túnez, estas inconsecuencias europeas se están pagando caras. El apoyo tibio al actual Presidente, Kaïs Saïed, un profesor de Derecho convertido en dictador desde que disolviera todas las instituciones o las conformara a su antojo, en 2021, se ha convertido en un fiasco notable. En la actualidad, Saïed ni siquiera mantiene un contacto fluido con Bruselas ni con las principales capitales europeas. Hace dos años recibió a Von der Leyen y Meloni, como adalides de un control migratorio de dudosa legalidad y de miserable moral. A pesar de las violaciones continuas de derechos y libertades, con más de un centenar de dirigentes de la oposición política y sindical en la cárcel o expulsados del país y el sofocamiento de cualquier iniciativa crítica en el país, la UE siguió enviando dinero al gobierno tunecino, durante al menos dos años desde la deriva dictatorial de Saïed (5).

Como ya ocurrió con el golpe del General Al Sisi en Egipto, en nombre de control del islamismo y, en este caso, de la migración irregular, cualquier déspota parece resultar útil a una buena parte de los dirigentes europeos. Mientras el país se hunde en una miseria política y material, con la crisis económica más profunda de toda la región, se hace la vista gorda. El verano ha sido especialmente tenso, con manifestaciones de protesta por los cortes de electricidad, las carencias de alimentos y de agua, el estrangulamiento de las redes de aprovisionamiento y una sensación de colapso en los servicios públicos, unido a una represión implacable. La división de la oposición entre los islamistas, los partidarios del depuesto régimen militar de Ben Alí en 2011 y los sectores progresistas impide que se haya podido forjar una alternativa de poder creíble. Los observadores creen que la situación es explosiva (6).

EGIPTO: AUTORITARISMO Y AMBIVALENCIA

De Egipto, qué se puede decir. En el corregido sistema de alianzas en Oriente Medio (que siempre ha sido la referencia de las élites del país, y no el Magreb), Egipto parece inclinarse por el lado no completamente entregado a los intereses israelíes. Pero se trata de un espejismo. El Cairo no ha revisado en profundidad las relaciones con su vecino judío, ha participado oscuramente en la gestión del calvario de Gaza y, sobre todo, no puede permitirse incomodar en demasía a Estados Unidos, de cuya ayuda económica y militar depende la estabilidad del régimen.

Al Sisi es uno de los generales africanos que tanto gustan a Trump: autoritario y sin escrúpulos a la hora de machacar a quienes se le oponen o resisten. La población egipcia aguanta a duras penas un vínculo diplomático cada vez más impopular con Israel. Pero tampoco se ha sumado, de momento y pese a las expectativas iniciales, al Pacto de la Meca (ver análisis de la semana anterior), impulsado por Arabia, Turquía y Pakistán. Estos tres países son también dependientes de Estados Unidos, de forma diferente y en distinto grado. Pero Egipto supera a todos ellos en debilidad política y estratégica. Es una incógnita cuánto tiempo puede mantener Al Sisi esta ambivalencia regional (7).

 

NOTAS

(1) “Entre le Maroc et les Etats-Unis, une lune de miel diplomatique et militaire”. CÉLIA CUORDIFEDE. LE MONDE, 6 de febrero.

(2) “Entre l’Algérie et le Maroc, une inquiétante course aux armements”. ALEXANDRE AUBLANC. LE MONDE, 4 de febrero.

(3) “En Libye, quinze ans après la chute de Kadhafi, le modèle autoritaire du maréchal Haftar s’est étendu dans la majorité du pays”. NISSIM GASTELLI. LE MONDE, 2 de febrero.

(4) “Dans une Libye divisée, Donald Trump mise sur son ‘art du deal’ pour se poser en faiseur de paix”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 7 de septiembre.

(5) “Twin protests erupt in Tunisia and Lybia”. NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 29 de julio; “En Tunisie, Kaïs Saïed, qui fait face à une forte colère sociale, s’isole sur la scène internationale”. MONIA BEN HAMADI. LE MONDE, 27 de julio.

(6) “Five Years After Saied’s Power Grab, Tunisia Is Isolated and Unmoored”. SABINA HENENBERG Y SARAH YERKES. CARNEGIE, 27 de julio.

(7)“Egypt’s Tightrope Walk Between Saudi Arabia and the UAE”. HAISAM HASSANEIN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 23 de enero.

 

 

EL PACTO DE LA MECA: UN ENSAYO DE DEFENSA REGIONAL

  3 de septiembre de 2026

El pacto defensivo suscrito este mes de agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán es el acto político más importante de los últimos años en la región que concentra la mayor densidad de población musulmana del mundo.

No es el primer pacto de esta naturaleza ni será el último. No sustituye a otros anteriores, ni pretende convertirse en un modelo o un ejemplo a seguir por otros agentes regionales. Pero ha sacudido la zona, por el momento en que se ha anunciado, las características de sus socios y la ambición que demuestran los tres firmantes, implícita o explícitamente.

LAS CLAVES DEL PACTO

¿Por qué Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se han aliado de forma preferente, sin que pretendan crear una alianza cerrada a otros? Por varias razones:

1) Son las tres potencias político-militares más relevantes de la zona, desde el Mediterráneo a los  confines de la China.

2) Tienen capacidades complementarias: Arabia Saudí dispone de gran músculo energético y financiero; Turquía disfruta de un potente ejército convencional y además está coordinado con la OTAN; y Pakistán es el único de los tres socios que tiene armamento nuclear.

3) Sus intereses particulares no son competitivos: Arabia esta inquieta sobre todo por la inestabilidad en el Golfo Pérsico; Turquía está atenta a la deriva de los conflictos más cercanos al Mediterráneo; y Pakistán mantiene desde hace décadas un pulso con la India, en el otro extremo del rango geográfico del Pacto.

4) Comparten, en términos generales, la misma visión del Islam en el orden de sus sociedades y en la dimensión geopolítica; es decir, sus ciudadanos profesan, en su inmensa mayoría, la confesión sunní y, por tanto, tienen en el chiísmo más reivindicativo o combatiente un enemigo común.

5) Son agentes  regionales preferentes para Estados Unidos, cada cual en su ámbito territorial propio, pero también comparten ciertos agravios y/o dudas sobre la fortaleza y estabilidad del compromiso de seguridad norteamericano.

6) Cada uno de los socios respeta las prioridades del otro y no pretende arrastrar a los demás a un conflicto general si ello no respondiera a necesidades específicas de seguridad.

Este último punto es la clave, a pesar de que es el que ha generado una mayor confusión. La provisión de la solidaridad, igual que está definido en la OTAN, en su famoso artículo 5, puede invitar a pensar que, en caso de ser objeto de agresión, cualquiera de los socios puede demandar a los otros dos su participación en el esfuerzo defensivo que fuera necesario.

Sin embargo, el Pacto de la Meca no es terminante en ese sentido. Nada es imperativo u obligatorio, o no como supuestamente lo es en la OTAN (aunque esto también es matizable). Los tres firmantes se han cuidado de resaltar en declaraciones expresas que el mecanismo que se activaría en ese supuesto sería el contemplado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que establece el principio inherente del derecho a una autodefensa individual y colectiva. Dicho de otra forma: los socios no se han obligado a una respuesta automática militar en caso de agresión a cualquiera de ellos.

Evidentemente, la solidaridad defensiva que el Pacto de la Meca consagra deja abiertas especulaciones sobre el posible alcance de esa cooperación militar, pero las declaraciones políticas de sus líderes en la ceremonia de signatura del Pacto fueron concluyentes.

¿UNA ALIANZA CONTRA ALGUIEN?

También ha generado cierto debate el objetivo estratégico del Pacto, en dos de sus consideraciones fundamentales: ¿está dirigido contra alguien o es una respuesta a una amenaza específica? y ¿se trata de poner las bases de acuerdos regionales defensas más autónomos de Estados Unidos, como se pretende por ejemplo en Europa y, en menor medida, en el Extremo Oriente?

Los signatarios niegan que estén actuando contra alguien. ¿Son del todo sinceros o simplemente tratan de no provocar a Irán, país que puede ser el más inquieto por este pacto?

Evidentemente, Arabia es el menos creíble, porque ha sido objeto de represalias iraníes, en respuesta a los ataques militares norteamericanos de los últimos seis meses. Más allá de la rivalidad confesional (sunníes vs. chiíes), los dos países compiten por la hegemonía política en Oriente Medio y han apoyado a fuerzas opuestas en distintos conflictos locales. Además, en Riad han sido muy activos en la demanda a Estados Unidos para que no permitiera el desarrollo del programa nuclear iraní, adoptando posiciones de presión análogas a las desplegadas por Israel, aunque de mucho menor alcance.

No obstante lo anterior, Arabia Saudí, a la vista del fracaso de los sucesivos planes de neutralización atómica de Irán, ha hecho esfuerzos de acercamiento a su rival, bajo el patrocinio de China, una gran potencia cada vez más influyente en la región. Antes de la guerra actual, Riad y Teherán disfrutaban de un deshielo en sus relaciones. Este esfuerzo no se ha arruinado del todo, pero se ha complicado visiblemente.

Turquía y Pakistán tienen una relación menos tensa con Irán, no exenta de problemas y falta de confianza, naturalmente, pero sin llegar a comprometer el diálogo de los últimos años. Pakistán incluso ha sido aceptado por Teherán como muñidor de los intentos de mediación para detener o pausar la guerra, lo que se ha evaluado como el mayor éxito diplomático de Islamabad en décadas.

 

A la vista de los acontecimientos más recientes, está por ver si esta Alianza tiene suficiente para contener la presente crisis y prevenir otras nuevas.

Aunque Irán sea la amenaza no mencionada (el elefante en la habitación), estos tres países temen también y casi con la misma intensidad el poder desatado de Israel, más virulento que nunca, debido a la tolerancia sin límites de la Casa Blanca a sus desmanes.

Seguramente no es casualidad que el Pacto de la Meca, en preparación desde hace mucho tiempo y preludiado por el acuerdo bilateral saudí-pakistaní, cristalizara poco después de que el Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, proclamara a los cuatro vientos el nacimiento de un eje por él mismo denominado “Alianza del Hexágono”, compuesto por Israel, Grecia, India, Chipre y otros dos estados signatarios de los acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, que el dirigente judió no identificó.

La enemistad de algunos de esos países con los de la triada de La Meca es más que notoria. Grecia y Chipre no han resuelto sus diferencias históricas con Turquía después de la invasión turca de la isla hace más de 50 años. Las tensiones en el Mar Egeo son continuas, no sólo por cuestiones territoriales, sino también y sobre todo por el control de los yacimientos de gas natural allí existentes. India es el enemigo histórico de Pakistán, con escaramuzas y episodios bélicos recurrentes de mayor o menor intensidad, que comportan el alto riesgo propio de un conflicto entre potencias dotadas de armas nucleares.

Uno de los dos países Abraham no citados por Netanyahu es, sin duda, los Emiratos Árabes Unidos, un rival cada vez más acusado de Arabía Saudí, no sólo en la competencia por el liderazgo en el Golfo Pérsico, sino también en la región de África Oriental y el Mar Rojo, donde apoyan facciones combatientes en la guerra interna de Sudan o en el pulso continuo entre Etiopía y Eritrea, con implicación de guerrillas secesionistas en dos regiones etíopes (Tigray y Oromia), o en la más distante Libia.

LLAMADA DE ATENCIÓN A EE.UU

No se ve muy claramente qué papel puede jugar el Pacto de la Meca en el control de las crisis africanas, ni siquiera en una modificación de de los pulsos estratégicos en Oriente Medio y el Asia meridional. Pero una cosa es segura: se trata de una llamada de atención a Estados Unidos para que cuente con ellos a la hora de decidir sus prioridades en la zona.

Antes de anunciarse este pacto tripartito, Arabía Saudí había elevado el umbral de su cooperación con Washington al sumar el elemento nuclear. Estados Unidos brindaría tecnología atómica a los saudíes, sin descartar el enriquecimiento de uranio, siempre que ello no se utilizara con fines militares. El acuerdo vulneraba el Pacto de No Proliferación Nuclear del que Washington, forma parte, pero es sabido que Trump hace mofa continua de los compromisos internacionales de su país. Con todo, lo que ha sumido el acuerdo en la incertidumbre ha sido que el Presidente lo condicionara a posteriori al establecimiento de relaciones diplomáticas de Arabia con Israel. El trono saudí rechazó abiertamente esta interpretación, porque no se atenía a la literalidad de lo acordado.

Aparte de la inconsistencia que supone bombardear a un país (Irán) porque no se atiene a las normas de la no proliferación nuclear, mientras se pacta con un vecino un marco de cooperación nuclear que se sale de los limites establecidos no sólo por las leyes internacionales, sino también por Estados Unidos en particular, este nuevo derrape de Trump ha tenido implicaciones bilaterales serias.  El fiasco diplomático, de dimensiones enormes incluso para el estándar trumpista, molestó sobremanera en Riad y añadió más dudas a la credibilidad de la actual administración norteamericana entre sus aliados del Golfo.

Todas estas cuestiones gravitan sobre el Pacto de la Meca y le confiere un alcance que va más allá de sus objetivos iniciales. En todo caso, no hay que engañarse: más allá de Trump, el establishment estratégico norteamericano ve con buenos ojos acuerdos de este tipo, siempre que estén supeditados a la convergencia con los intereses generales de Estados Unidos en esta amplia región del mundo.

 

REFERENCIAS:

“The Mecca Agreement: From Imported Security to Regional Joint Security”. JALID AL-JABER. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“What Is the Mecca Joint Defense Pact—and What It Is Not?”. ALI BAKIR. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“The Mecca Agreement: From Diversifying Alliances to Regional Strategic Balance”. IBRAHIM AL-SHEIKH. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 12 de agosto.

“What’s Netanyahu’s planned ‘hexagon’ alliance – and can it work?”. ELIS GJIEVORI. AL JAZEERA, 23 de febrero.

“America Enabled the Gulf’s African Adventurism”. ZURI LINETSKY & MICHAEL WOLDEMARIAM. FOREIGN POLICY, 3 de junio.

“The End of the American Middle East”. MARC LYNCH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.

 

The flow of arms and money feeding the war in Sudan can be cut. What is missing is the Will”. HUBERT KINKOH. CHATHAM HOUSE, 20 de mayo.

 

“Trump’s Saudi Nuclear Deal Is Diplomatic Malpractice”. DANIEL KURTZER & AARON DAVID MILLER. FOREIGN POLICY, 27 de julio.

“The Looming Nuclear Crisis in the Gulf”. YOEL GUZANSKI. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.


INCENDIOS, ABANDONOS Y RESPONSABILIDADES

29 de julio de 2026

Mientras el sur de Europa arde con una voracidad inusitada. La abrumadora dimensión de esas calamidades, amplificadas por el impacto de unas imágenes aterradoras, reaviva el debate sobre las causas de estas plagas que sólo en parte son naturales. Las referencias actualizadas a la causalidad del cambio climático se enfrentan a una reacción virulenta del negacionismo ultraconservador, inasequible a las evidencias científicas.

Resulta paradójico que poderes públicos y privados europeos se empeñen en priorizar la supuesta “amenaza rusa”, proyectando la invasión y guerra de Ucrania como un probable antecedente de lo que nos espera si no nos rearmamos hasta los dientes, mientras los verdaderos peligros se manifiestan en estos fuegos devastadores, pero también en lacras sociales como la degradación de los sistemas educativos, la imposibilidad real de disponer de hogares asequibles, la saturación de los servicios sanitarios o la desatención de colectivos vulnerables. La calcinación de bosques, campos y núcleos urbanos son más sensacionales, pero igual de dañinas resultan esas otras catástrofes que cancelan el futuro de amplias colectividades humanas.

Todos podemos ver estos días el poder destructor del fuego en Europa, pero no los efectos de unas lluvias torrenciales que están ocasionando daños enormes en poblaciones e infraestructuras de toda Asia, de Afganistán a Taiwán. Si en Francia y España han tenido que ser evacuadas, hasta la fecha, más de 300.000 personas por los incendios, sólo en una región de China (Guangdong) se ha desalojado de sus hogares a un triple más de población. Seiscientos ríos corren serio riesgo de desbordamiento al elevarse su caudal más de un 35% con respecto a sus niveles habituales de los últimos cinco años. Los habituales tifones han adquirido una virulencia inusitada y se prevé que se agrave en los próximos años (1).

Por referirnos sólo al abandono ecológico, la mentalidad belicista que sufrimos ha dejado relegadas las estrategias mundiales de afrontamiento del riesgo climático, pese a las pretéritas declaraciones oficiales. Los objetivos de las sucesivas cumbres internacionales se revisan a la baja. Un ambiente de resignación envuelto en justificaciones poco convincentes se ha apoderado del discurso de las élites mundiales.

En Occidente, la psicosis de una nueva guerra fría privilegia un esfuerzo militar que tendrá -lo está teniendo ya- un efecto pernicioso sobre los planes de transición hacia una economía sostenible y el freno al deterioro ambiental. Se culpa a la actual administración norteamericana de haber provocado este giro o este frenazo (según el grado de pesimismo de la evaluación). Pero la indudable actitud reaccionaria de Trump en esta materia no explica por si sola el abandono creciente de otros máximos responsables políticos.

VOCES NO ESCUCHADAS

El pasado mes de mayo agencias internacionales relacionadas con el análisis del cambio climático y decenas de expertos internacionales lanzaron una advertencia que pasó casi desapercibida: 2026 podría ser uno de los años más extremos en la historia ambiental, sólo por detrás de 2024. El retorno inminente de “El Niño”, uno de los fenómenos más temidos de una naturaleza humanamente alterada, se citaba como una causa más del agravamiento ambiental, pero no la más decisiva.  Los datos disponibles en los primeros meses de años anticipaban males mayores.

Aunque el umbral de alerta del incremento de la temperatura en un 1,5º (fijado en la Cumbre de 2015 en París) aún no ha sido alcanzado (estamos en torno al 1,38º), nos estamos acercando peligrosamente. La temperatura de los océanos se está de nuevo aproximando a su récord histórico, el hielo del Ártico ha retrocedido un año más, tras uno de inviernos más cálidos que se recuerdan (con temperaturas por encima de los 30º por encima del círculo polar). El tórrido verano se ha vuelto a adelantar, comiéndose un año más la primavera.

Organismos oficiales europeos como Copernicus, servicio de monitoreo de la evolución climática, han señalado a este pasado mes de junio como terrible para los objetivos de lucha contra el cambio climático. Las temperaturas en superficie registradas han superado en más de 3º a la media de las últimas décadas, sobrepasando los 2,85º alcanzados el año anterior. Y gran parte de las causas se encuentran en la quema de carbón y otros productos altamente contaminantes en industrias y servicios.

El fuego que arrasa bosques y campos ya había resultado devastador antes de la estación estival. En los cuatro primeros meses de 2026, se quemaron en todo el planeta 150 millones de has., un 50% más que la media reciente para el mismo periodo anual. En Europa, los incendios devoraron un millón de has. en 2025.

Pero la parte más interesante del documento de conclusiones eran las críticas directas a la respuesta de gobiernos y núcleos de poder mundiales, por estimar que la lucha contra el calentamiento global había sido “relegada a un segundo plano” (2). Las emisiones de gas de efecto invernadero provocadas la combustión de energías fósiles no se han detenido al ritmo tantas veces prometido.

LA ABDICACIÓN EUROPEA

En efecto, incluso Europa, que había asumido un liderazgo en la lucha contra la degradación medio ambiental, ha dado marcha atrás en el impulso de una nueva economía ecológica. Se ha flexibilizado el plan de prohibición de fabricación de vehículos de combustión previsto para 2035 y se han rebajado los objetivos de reducción de emisiones (un 40% con respecto a las existentes en 1990, en 2040), justificándose en exigencias de competitividad económica. El llamado “pacto europeo está políticamente muerto, por miedo a que sea utilizado por la extrema derecha en ascenso. El Consejo Científico Europeo sobre el clima profundiza en estos reproches  a los órganos decisorios de la Unión.

Paradójicamente, mientras se evidencia este paso atrás de Europa, China, la gran señalada como responsable principal de la degradación climática en los tiempos presentes, se pone a la cabeza de la economía verde. Hace apenas tres años, los chinos producían casi nueve de cada diez paneles solares y tres cada cuatro baterías de lito, iconos de la nueva energía sostenible. Hoy ya se encuentran por delante de cualquiera en la fabricación y exportación de coches eléctricos. Como dice Leah Aranowsky, una de las principales académicas en el pensamiento ecológico actual, si Occidente fue pionero “en el proyecto de reconstrucción medioambiental y en asignación de recursos financieros para mitigar el cambio climático, China está cosechando ahora los beneficios materiales” (3)

Antes de estos incendios en la Gironda y en el oeste de Madrid, el fuego ya había destruido amplias masas de foresta en el sur de Europa, anticipando la dimensión desbocada de la catástrofe. En Francia se habían quemado a primeros de julio una superior cuatro veces superior a la media establecida desde que hay registros, duplicando las cifras de un país habitualmente asolado por los incendios como es España. Pero los daños no se han limitado al Sur del continente, siempre más expuesto a estos peligros. Si tomamos las cifras disponibles para toda la Unión Europea, al final del primer semestre del año se había quemado un 56% de superficie más que la media de años precedentes (4).

En España se puede escuchar a tertulianos en radio y televisión despreciando el “fanatismo climático” y haciéndose eco de falsedades y atribuciones sectarias de responsabilidades. En Francia, colaboradores presentes y pasados de Macron apuntan a Europa por no haber favorecido la adopción de estrategias comunes para reforzar el  “mecanismo europeo de protección civil que permite a los 27 coordinar su ayuda en urgencias de gran amplitud” (5)

El fuego real de este verano debería de modificar la óptica de prioridades de los gobiernos europeos si no se quiere que otras catástrofes potenciales se ciernan sobre las poblaciones por las que dicen velar.


NOTAS

(1) “Extreme rainfall across Asia brings flash floods and typhoons”, NATASHA MAY & JONATHAN WATTS. THE GUARDIAN, 28 de julio.

(2) “Climat: alors que 2026 s’annonce extrême, des scientifiques s’alarment de voir le réchauffement «relégué au second plan». AUDREY GARRIC. LE MONDE, 12 de mayo. (De la misma autora y en el mismo lugar: “L’Europe, épicentre du réchauffement climatique, à l’épreuve de ses contradictions”).

(3) “The End of Climate Politics. As the West debated a green energy future, Beijing was building it”. LEAH ARONOWSKY. FOREING POLICY,  15 de junio.

(4) “Western Europe records hottest-ever June as heatwaves intensify”. ARIT NIRANJAN & DAMIAN HARRINGTON. THE GUARDIAN, 9 de julio.

(5) “A Bordeaux, Emmanuel Macron appelle à l’unité ‘pour gagner la bataille’ contre l’incendie”. NATHALIE SEGAUNES. LE MONDE, 28 de julio.

 

EL ESLÓGAN COMO PROGRAMA POLÍTICO

22 de julio de 2026

Andy Burnham ya es primer ministro británico, sin pasar por las urnas, aunque haya necesitado de los votos (unas elecciones parciales forzadas en mayo) para convertirse en parlamentario y cumplir con la condición para plantear la batalla por el liderazgo en el Partido Laborista. Ha sido una operación política muy propia de Gran Bretaña: la trituradora de un primer ministro por los suyos. Aquí encaja perfectamente ese proverbio por algunos atribuido a Voltaire: “Que Dios me libre de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo”.

El decapitado político, Keir Starmer, ha vivido unos meses de agonía, similares (mutatis mutandis) a la de Joe Biden en 2024: después de ganar de manera convincente las elecciones ese mismo año, el desgaste ha sido más duro y rápido de lo esperado. Nunca un primer ministro ha dilapidado un capital político tan grande en tan poco tiempo. El agotamiento del modelo económico y social y las disfuncionalidades del laborismo no bastan para explicar un fracaso semejante. El liderazgo de Starmer ha sido confuso, contradictorio, desfalleciente.

Esta es la razón por la que Burnham se decidió a dar el paso: hace tiempo que se preparaba para este desafío. Desde su puesto en la alcaldía de Manchester, una de las ciudades más ancladas en el centroizquierda, ha construido un relato político alternativo a la política de austeridad blanda de Starmer (1). Pero, vagas promesas sociales aparte, nadie sabe cómo va a gobernar ahora el país (2).

En sus primeras palabras desde el 10, Burnham ha demostrado que maneja bien el uso de los eslóganes: “hay que distribuir el poder por todo el país” (descentralización); “hay que aceptar que la gente esté harta de los políticos” (compresivo con la desafección); “hay que darle a la gente un respiro (la empatía tan resultona como escurridiza); “hay que ser mejores” (autocrítica política de manual). Todo ello apoyado con gestos en pro del recurrente giro social: la primera acción del nuevo Primer ministro ha sido visitar un albergue de los sin techo y proclamar que “hay que acabar con la rudeza de dormir en la calle” (3).

Más allá de este empeño por entrar con buen pie y sonar distinto, la prueba de componer el gobierno ha resultado de lo más convencional: ha repartido poder entre pesos pesados del partido y ha elegido dirigentes que no puedan resultar perturbadores para el consenso centrista (4). Incluso se puede decir que ha compensado su discurso de tibio izquierdismo otorgando las llaves del Tesoro al exministro de Defensa, John Healey, que le entregó su dimisión a Starmer, porque el Gobierno no acometía un plan de Defensa más ambicioso. Y aquí puede saltar la primera contradicción de Burnham: o cañones o mantequilla, que para las dos cosas no se puede, máxime si se mantiene el compromiso de frugalidad fiscal.

Los conservadores, no obstante, creen que la elección se debe a que Healey será dócil y se dejará dictar las decisiones más importantes sobre “tasar y gastar” (5).

EL DOBLE JUEGO DE ZELENSKY

Al otro lado de Europa, en Ucrania, el populismo de Zelenski se ha visto sometido a otra dura prueba. En realidad, el Presidente suele malgastar en casa el rédito político que tan relativamente fácil obtiene fuera. Las proclamas sobre la libertad, la independencia y la defensa de Ucrania se embarran en la política interna: ni controla la corrupción, ni escapa al favoritismo, ni deja de un lado un autoritarismo creciente. Ahora parece haber cometido un error en un terreno en el que él siempre se ha sentido fuerte: frustra los instintos populares en favor del establishment estatal, en particular militar, para luego rectificar.

El cese del Ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, el joven tecno-héroe que supo construir una flota ganadora de drones con los que amendrentar al Kremlin, provocó el mayor movimiento de protesta callejera de los últimos tiempos.  Zelensky se encontró con una disputa irreconciliable entre el líder civil de la Defensa nacional y el Comandante del convencional aparato militar, el general Oleksandr Syrskyi. Según palabras del Presidente, no tuvo más remedio que elegir bando y optó por el alto cargo castrense, sabedor de que a su base social y a buena parte de la mayoría no le iba a gustar (6). No siempre basta un hábil manejo de los eslóganes para resolver problemas complejos. La estrategia de Fedorov puede haber resultado exitosa, pero probablemente no lo suficiente para asegurar el éxito de la vigente campaña militar, que no parece tener fin.

Al parecer, los mandos militares recelaban de un plan de Fedorov consistente en reemplazar los blindados, la artillería y gran parte de la infantería por sistemas robóticos muy sofisticados. Para una guerra que hasta hace bien poco era corolario de los conflictos bélicos del siglo pasado, este proyecto se adentraba con vertiginosa rapidez en el siglo XXI. Los analistas occidentales, generalmente favorables al líder ucraniano, consideraron que el General Syrskyi y su Estado Mayor están demasiado apegados a las viejas doctrinas militares soviéticas.

La oposición ucraniana, que existe, aunque sea débil y esté dividida, va más allá de esta explicación técnica o profesional y sospecha que con el cese del “padre de los drones”, el Presidente se quitó de en medio a un potencial rival político (7). Se trata de una arriesgada e interesada interpretación. Sobre todo, porque el General Syrskyi ofreció públicamente razonamientos que avalaban las explicaciones del Presidente.

Al final, la calle planteó un ultimátum: o prescindía de Syrskyi o tendría que afrontar una revuelta. En otro de sus gambitos, Zelensky ha preferido ceder, ha destituido al general, y ha nombrado en su lugar a otro militar popular muy bregado en combate, Mijailo Drapatyi. Para coser este desaguisado, el camaleónico Presidente ha ofrecido a Fedorov un indeterminado “puesto prominente” en el Estado y a Syrskyi le ha cubierto de elogios. Todo ello en nombre de la unidad nacional y para no ensuciar el triunfalismo dominante. La cuestión ahora es cómo reaccionarán los militares más conservadores. (8).

TRUMP SE ATRAGANTA CON SU RETÓRICA

Y si alguien gobierna, o desgobierna, con eslóganes es el Presidente de Estados Unidos. Ha utilizado todos los suyos para intentar salir del laberinto en que se ha metido al dejarse convencer por su amigo Netanyahu atacando militarmente a Irán. El tan cacareado Memorial de Entendimiento que debía dar un respiro, restablecer el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz, estabilizar el precio de los recursos energéticos que se exporta desde los países ribereños y ofrecer una perspectiva de acuerdo de seguridad regional (con la resolución del problema nuclear iraní) se ha terminado convirtiendo en un galimatías irresoluble que prolonga la guerra sine die y socava la ya escasa popularidad de Trump.

Como resume con brillantez el analista militar del semanario THE ATLANTIC, “el Presidente sólo dispone de malas opciones”. “O cede el control del estrecho de Ormuz a Irán, aceptando un sistema de peajes (…) que garantiza a un poder hostil la oportunidad de cerrar un importante corredor marítimo (…) O se embarca en una guerra mayor por tierra, ya que las operaciones recientes han evidenciado las limitaciones del poder aéreo” (9).

Ambas opciones resultan devastadoras ante las elecciones de medio mandato, en noviembre, que pueden hacer perder a los Republicanos el control legislativo y debilitar aún más a la Casa Blanca. No parece que los habituales eslóganes de poder fuerte, de sospechas infundadas de amaños electorales o de radicalismo inventado de los demócratas vayan a servir a Trump para evadirse de la deslizante rampa hacia el fracaso.

Después de un viaje a Pekín, plagado de halagos y concesiones a Pekín, acusó a China de interferencia en las elecciones de 2020 y alertó de brechas de seguridad ante los próximos comicios, por supuesto sin ofrecer prueba alguna y en contra los informes al efecto de los servicios de inteligencia norteamericanos.

Mientras, presiona al Congreso para que acepte que su abogado personal sea la cabeza del Departamento de Justicia y del FBI. En paralelo, moviliza el aparato represivo migratorio para combatir la supuesta permisividad de la oposición con el crimen y porosidad de las fronteras.

El libreto que le dio resultado en 2024 ya no parece funcionar. No malgasta ocasión para hacer valer un autoritarismo sin control y una exhibición hueca de poder, dentro y fuera de Estados Unidos. Cuando se ponen en evidencia sus reiteradas contradicciones acude al conocido truco de presentar sus inconsistencias como una más de sus habilidades para desconcertar al adversario.

En el exterior, los eslóganes de Trump ya no intimidan tanto, pero aún tienen cierto efecto. Burnham lo telefoneó antes de anunciar su gobierno. ¿Quería el flamante Primer Ministro despejar el aire y demostrarle que es sensible a su demanda de un mayor gasto militar de los aliados europeos?

No han faltado estos días, claro, nuevas amenazas de represalias comerciales contra sus aliados. Empezó por España, luego Canadá y ahora su mano derecha insinúa que puede extenderlas a más de medio centenar de países, pese a que los tribunales hayan considerado ilegales estas medidas.

Sin que haya resuelto una guerra en curso, amenaza con otra en el Caribe, a la vista de que Cuba no sigue la vía venezolana. La palabrería altisonante se la encomienda a su Consejero de Seguridad y Secretario de Estado, Marco Rubio, quien, con la más rancia retórica de guerra fría, presenta a La Habana como centro de una conspiración comunista y terrorista mundial. Y complementa la acusación con la denuncia de una operación subversión orquestada por la extrema izquierda, a la que pronto le encontrará socios o cómplices locales. En otra administración, este lenguaje resultaría inquietante; en esta, desencadena el sonrojo.

 

NOTAS

(1) “A very quick guide to new prime minister Andy Burnham”. ALEX BOYD & DUNCAM WALKER. BBC, 16 de julio.

(2) “Andy Burnham hits the ground strolling. Britain’s new prime minister promises a lot but reveals little”. THE ECONOMIST, 20 de julio.

(3) “Burnham pledges to end rough sleeping in England in first speech as prime minister”.KIRAN STACEY. THE GUARDIAN, 20 de julio.

(4) “Andy Burnham’s first Labour cabinet: who’s in and who’s out?” ROWENA MASON & PETER WALKER. THE GUARDIAN, 20 de julio.

(5) ”Why Burnham chose Healey”. THE DAILY TELEGRAPH, 21 de julio

(6) “The Rise and Fall of Ukraine’s Drone Warfare Mastermind”. ANDREW KRAMER. THE NEW YORK TIMES, 17 de julio.

(7) “En Ukraine, Volodymyr Zelensky assume d’ouvrir une crise politique avec son remaniement”. ARIANE CHEMIN. LE MONDE, 17 de julio.

(8) “Zelensky sacks Ukraine's top army commander after days of protests”. JAROSLAV KUKIV. BBC, 21 de julio.

(9) “Trump Has Only Terrible Choices With Iran”. BRYNN TANNEHILL. THE ATLANTIC, 17 de julio

 

 

CONVERTIR ENEMIGOS EN MARIONETAS

15 de julio de 2026

Las dos potencias más militaristas de Occidente, Estados Unidos e Israel, no sólo han asolado países, poblaciones y principios legales o asesinado a oponentes políticos exteriores. También han invertido mucho dinero y abundantes recursos humanos o empleado sin rubor cómplices internos para instrumentalizar a elementos de las élites políticas, incluso con trayectorias muy contrarias a sus principios, para emplearlos como marionetas serviles.

Los últimos casos para modelar el mundo a medida de sus intereses han sido revelados por el diario liberal norteamericano THE NEW YORK TIMES, en dos trabajos de investigación de enorme interés, en apenas unos días. En el primero de ellos, se cuenta cómo el secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sólo fue el primer acto de una operación al viejo estilo colonial. O, para decirlo según el libreto del propio Trump, un reciclaje oportunista de la vieja Doctrina Monroe.

Lejos de esa falsa pretensión norteamericana de defender la instauración o el restablecimiento de las democracias en su “patio trasero”, la administración Trump diseñó un mecanismo de control político y económico del país caribeño a medida de sus intereses. En sí misma, esta operación no es en absoluta nueva, sino en todo caso algo diferente de otras emprendidas en el pasado. La novedad más relevante es que ahora no sólo se admite, sino que se presume de ello.

Trump ha hecho del Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, Marco Rubio, su Virrey en Venezuela, sin necesidad de que siquiera pise el terreno del país conquistado. Le basta con asegurarse que la Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, cumpla puntualmente sus instrucciones, con vasalla actitud y vergüenza sin límites para los que creyeron en la Revolución bolivariana (1). Las élites chavistas, salvo contadas excepciones, han sido cooptadas por el “enemigo imperialista”.

Rubio decide qué petróleo exportar y a través de qué sociedades instrumentales, por supuesto norteamericanos, cómo cuadrar el presupuesto nacional y con quién negociar y comerciar en el exterior. Rodríguez es poco más que una Jefa de Servicio bien mandada y apenas si reclama que no se la humille en exceso o se le suministren migajas de reconocimiento.

El Virrey debe estar contento, porque empieza a cumplir su sueño de hijo de emigrados de la Revolución cubana: convertir América Latina en un campo abierto para los proyectos de explotación y desarrollo del capital norteamericano, sin oposición ni riesgo alguno de revuelta de las poblaciones autóctonas o de grupos políticos contestatarios.

EL MODELO TRUMP

Trump le ha enseñado una lección al establishment político, diplomático, militar y académico de su país: no hace falta emprender un costoso despliegue militar para asegurarse la servidumbre de un país dotado de jugosos recursos materiales. En 2003, cuando Bush hijo siguió el consejo de los guerreros neocon y completó la tarea de su padre en Irak, instaló a un diplomático de carrera, Paul Bremer, como cónsul plenipotenciario en el país. Ataviado de unas llamativas botas militares, recorrió el país impartiendo órdenes que pusieron de manifiesto la ineptitud norteamericana sobre la estructura étnica, tribal, social y política del país árabe. Ya se sabe en qué clase de desastre acabó todo aquello: a los cien mil muertos (casi todos ellos civiles inocentes), se unieron decenas de miles más en una carnicería de represión, terrorismo, matanza interconfesionales y nuevo ciclo de bombardeos y operaciones militares norteamericanas, con apoyo de sus aliados occidentales y regionales.

Trump ha elegido ahora a un político de Florida que ha hecho carrera a la sombra de los expatriados cubanos con la principal tarea de acabar con la Revolución de 1959. Lo que no han podido hacer los doce presidentes anteriores, con su arsenal de operaciones militares encubiertas o descubiertas, presión implacable y guerra económica descarada, sabotajes, infiltraciones y desestabilizaciones de todo tipo, lo tiene a su alcance el actual magnate, que sueña con devolver la isla a su estatus de resort de las frivolidades norteamericanas. No se puede descartar que Rubio amplíe su actual territorio jurisdiccional en el Caribe y añada Cuba al botín venezolano. La pareja revolucionaria Castro-Chávez se removerá en sus tumbas.

Ya no hacen falta gorilas militares locales para asegurar el dominio de ese patio trasero para mantener a raya a las poblaciones insumisas latinoamericanas. Son onerosas y, a la larga, ineficaces. Pese a toda la retórica del Orden liberal, nadie ni quiere ni puede mover un dedo para oponerse a este designio neoimperial.

LOS CÁLCULOS DEL MOSSAD

La otra marioneta, ésta tentativa -y parece que fallida- ha sido el expresidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad (2009-2013). El NEW YORK TIMES ha desvelado ahora detalles de una operación que, en trazos gruesos, se conocía desde hace tiempo. Uno de los vástagos más vitriólicos de la República Islámica, miembro del equipo de estudiantes que asaltó la embajada norteamericana en Teherán y tomó como rehenes a decenas de diplomáticos, funcionarios y residentes, se convirtió en Jefe del Estado y resultó en el cargo más papista de que el Papa, es decir, más radical que los vigilantes ayatollahs que siempre lo consideraron una marioneta.

La palabrería de Ahmadineyad a lo largo de su ascendente carrera política lo acreditaba como uno de los peores enemigos de Israel: negación reiterada del Holocausto, proclamaciones insistentes de la necesaria destrucción del Estado judío, instrucciones aventadas a sus agentes locales en la región para hostigar a los países regionales colaboracionistas con el sionismo, etc.

Pero su suerte cambió cuando abandonó la Presidencia (según se dice, antes, al perder el favor del aparato teocrático militarizado). Ahmadineyad fue marginado progresivamente de puestos de responsabilidad y de dignidades asociadas, hasta convertirse en figura incomoda, primero, y algo parecido a un marginado, después.

El fanático líder islámico se mantuvo fiel a los principios originales de la Revolución y no renegó de sus fundamentos, pero se unió a las denuncias de autoritarismo y corrupción que han ido creciendo en la última década pese a que su mandato se inició con unas elecciones de escasa credibilidad y prosiguió con una dinámica represiva implacable. Los reformistas nunca le admitieron en su bando, así que se convirtió en una figura casi marginal de la clase política iraní.

Las condiciones parecían propicias para que el implacable pragmatismo israelí lo convirtiera de enemigo existencial en marioneta política. Empezó a invertir en su vasallaje, mediante operaciones de financiación y promoción de sus actividades, con la cautela exigida. Se contactó con él en Budapest, a través de una institución académica afín al entonces primer ministro húngaro, Orban, entre otros lugares.

Hasta que la marioneta cambió de manos. En los planes norteamericano-israelíes de posguerra, el expresidente iraní parecía a comienzos de este año totalmente recuperado para la contienda política, como opción alternativa a la élite dirigente iraní actual. En otras palabras, se trataba de convertirlo en otra Delcy Rodríguez.

Todo parecía ya dispuesto, con el ataque militar conjunto israelo-americano contra Irán el último día de febrero de este año. Pero Ahmadineyad se vio atrapado en su residencia bombardeada, en una extraña operación. El Mossad, en una de sus celebradas operaciones, acudió en su rescate, lo extrajo del lugar en un coche Peugeot negro y lo puso a resguardo. Sin embargo, sin saber cómo y por qué, Ahmadineyad abandonó el piso franco en que lo habían instalado los agentes israelíes. Los servicios de inteligencia de los Guardianes de la Revolución lo retuvieron en lugar desconocido. Hasta que se le volvió a ver en público hace sólo unos días, en los funerales por el asesinado Guía Supremo, Ali Jamenei, asesinado en los primeros bombardeos israelíes de la guerra. ¿Ha sido rehabilitado? ¿Se trataba de un agente doble? La historia quizá continuará.t

MARIONETAS O SIMPATIZANTES DEL PASADO

Hay otros ejemplos en la historia lejana y también en la reciente de esta utilización de personajes en la cúpula de los Estados como marionetas de potencias extranjeras, aunque no siempre se haya demostrado o reconocido. En la Europa del Este la represión de la disidencia y las purgas en el interior del sistema comunista gozaban del beneplácito cuando no de la instigación directa de Moscú. Dirigentes como Gierek o incluso Jaruzelski, en Polonia; o Husak, en Checoslovaquia, difícilmente pueden escapar a la consideración de marionetas del Kremlin. Los dictadores latinoamericanos y asiáticos (el filipino Marcos, el coreano Park, etc.) no podrían haber perpetrado sus fechorías sin apoyo y financiación de la CIA y otras agencias norteamericanas.

A veces, no hacía falta que esas figuras interpuestas recibieran órdenes o actuaran al dictado. Tomaban decisiones alineadas con los intereses extranjeros por convicción o simple adecuación a sus instintos de supervivencia. El caso quizás más paradigmático es Yeltsin, el primer Presidente de la Rusia moderna, que ganó unas elecciones en relativa buena lid, pero se rodeó de asesores inspirados por las recetas del neoliberalismo salvaje de los ochenta.

Se pretende ahora incluir en este último grupo de dirigentes convencidos afines a los líderes europeos de la ultraderecha que han estado cultivando relaciones y recibiendo dinero de Putin, pero la experiencia ha venido a demostrar que ninguno de ellos ha operado como marioneta del actual Presidente ruso.

Ucrania ofrece un ejemplo complejo. Políticos locales de las dos últimas décadas han sido presentados como instrumentos de los intereses rusos en distinto grado y condición (Yulia Timoshenko, Leonid Kuchma o Víktor Yanúkovich). ¿Pero no lo fueron menos de Occidente Víctor Yushenko, Petro Poroshenko y ahora Volodímir Zelenski? Estrictamente, no. No al menos, como Delcy Rodríguez o como podía haber sido Mahmud Ahmadineyad. Aunque, a efectos prácticos, la diferencia no sea grande.

 

NOTAS

(1) “How Marco Rubio Is Running Venezuela From Afar”. TYLER PAGER & ANATOLY KURMANAEV. THE NEW YORK TIMES, 11 de julio.

(2) “Inside Israel’s Secret Operation to Cultivate Ahmadinejad”. MAR MAZZETTI, JULIAN BARNES, FARNAZ FASSIHI & RONEN BERGMAN. THE NEW YORK TIMES, 13 de julio.

 

 

 

 

TRUMP NO RETIRA LA TARJETA ROJA A EUROPA

 8 de julio de 2026

Trump vuelve a encontrarse con sus aliados formales de la posguerra mundial después de haber pervertido los festejos del 250 aniversario de la Independencia americana y de haber ofrecido una muestra más de su tóxica relación con el jefe de la FIFA para favorecer a la selección estadounidense de fútbol

El Presidente que más se ha enriquecido en el cargo provocó otro escándalo muy de los suyos al incurrir en un tráfico de influencias de libro. Telefoneó a Gianni Infantino para que se le retirara la sanción de suspensión de un partido a su delantero norteamericano más goleador (Folarin Balogun), que había recibido una tarjeta roja en un partido anterior. En su habitual inversión de la realidad, Trump presentó su gesto como “reparación de una injusticia”. Su compinche futbolístico, Gianni Infantino, se calló pero logró que los órganos disciplinarios de la FIFA accedieran a la petición /exigencia del presidente norteamericano. Jugarreta inútil: pese a que Balogun jugó el partido contra Bélgica, Estados Unidos perdió por goleada (1-4) y se despidió del Mundial. Se hizo justicia cósmica, contrapuesta a la falsa justicia que Trump predica y ejerce.

Bélgica, el rival a priori perjudicado por la cacicada del tándem tóxico que ha pilotado el Mundial de fútbol, no sólo es un país europeo, sino que además es la sede central de la OTAN. Una casualidad paradójica. De hecho, Trump no termina de perdonar las tarjetas rojas que le ha sacado a sus aliados europeos: deben cumplir su sanción, que consiste, básicamente, en gastar un dinero equivalente al de Estados Unidos en la defensa común.

LOS AFANES DE RUTTE

El Infantino de la OTAN es el propio Secretario General de la Organización, el holandés Mark Rutte, un liberal conservador que gobernó su país durante una década y ha encontrado acomodo dorado en la burocracia atlantista. Desde su puesto político-propagandístico-diplomático, Rutte ha halagado hasta la náusea al “papaíto Trump”, para incomodidad de sus propios colegas y de los fervientes atlantistas. Pero se le disculpa por el bien de la causa, como ha codificado THE ECONOMIST: “si una ridícula adulación de Trump puede salvar la OTAN, asumámosla” (1). Curiosa aplicación de los principios marxistas-grouchistas del semanario liberal británico

El empeño de Rutte ha consistido en que su insistente peloteo rindiera frutos en la cumbre de Ankara. O sea, que Trump le perdonara la tarjeta roja a Europa y suspendiera sus amenazas de retirada de armamento y soldados del continente. En mayo, se hicieron públicos los planes norteamericanos de traer de vuelta un tercio de los aviones de combate, la mitad de los bombarderos estratégicos B-52, todos los misiles Tomahawk y Dark Eagle estacionados en Alemania, cientos de buques de guerra y miles de soldados. Según cálculos del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington, para reemplazar estos efectivos, Europa debería gastarse casi 900 mil millones de euros, una suma imposible de asumir (2).

El último acto de este cortejo del obsequioso holandés fue su última visita a la Casa Blanca. Apoyado en un bizarro despliegue de mapas y gráficos en el propio Despacho oval, Rutte trató de convencer a Trump de los esfuerzos aliados por acercarse a ese objetivo del 5% del PIB en gasto militar en 2030 (3,5% directo y 1,5% en infraestructuras relacionadas). Los datos desplegados por Rutte son más que discutibles, según los analistas, pero él sabe mejor que nadie lo poco que le importa a Trump la realidad. En pleno berrinche del magnate americano por la renuencia europea a participar en la guerra israelo-norteamericana contra Irán, lo importante era suavizar sus ánimos ante la cumbre de Ankara.

LAS ILUSIONES DE LA DEFENSA EUROPEA

Las cifras reales de ese esfuerzo por aplacar la ira trumpista indican que los plazos fijados en Copenhague para 2035 difícilmente se cumplirán. Pero para entonces Trump ya no estará en la Casa Blanca y el sucesor, por conservador MAGA que sea, seguramente tendrá una visión más pragmática y menos rupturista con el viejo orden. No obstante, es cierto que los gastos militares están aumentando en toda Europa. Se alcanzó el objetivo del 2% del PIB fijado 2025, después de un incremento del 20% el año anterior al plazo. En lo que va de década, la contribución de los aliados de Washington en la defensa común pasó del 30 al 40 por ciento, un incremento considerable que supuso alcanzar un monto total superior al medio millar de millones de dólares (3).

Mientras tanto, los líderes europeos no presentan este esfuerzo militarista como una concesión a Trump, sino como una necesaria y realista adaptación a un entorno estratégico en el que el paraguas de acero norteamericano ya no está garantizado.  Pero la tarea es políticamente discutible y económicamente inasumible, según la mayoría de expertos y observadores. Para ponerse al día con las supuestas necesidades de seguridad, la mayoría de los países europeos tendrían que rebajar muy ostensiblemente su ya debilitado sistema de protección y/o promoción social. Algo que puede ser socialmente explosivo y resultar electoralmente ruinoso.

Ni siquiera los gobiernos más decididos a emprender este esfuerzo militar son capaces de armar un discurso político para convencer a sus electorados. La Gross Koalition alemana está penando para cuadrar cuentas y maquillar el inmenso desplazamiento de gasto que esos planes comportan. Ante el riesgo de dar munición a la ultraderecha (que discrepa de la “amenaza rusa”), Berlín trata ahora de vender un programa económico que haga compatible el gasto militar y el modelo social (4). Cuadratura del círculo.

En Gran Bretaña, con el nuevo líder laborista y primer ministro en ciernes, aupado por un vago discurso de reconstrucción económica y social, la hipoteca militar exigida se antoja un inconveniente insoportable. Andy Burham no ha enseñado aún todas las cartas de su programa de gobierno. Pero sería suicida que comprometiera parte del acervo social laborista para fortalecer la agenda militar (5). Starmer tuvo la tentación, pero se frenó y precipitó la dimisión de su Secretario de Defensa. Es admitido que para impulsar el presupuesto militar no hay más remedio que reducir la inversión en hospitales y escuelas.

En Francia, el Presidente es un pato cojo que ni siquiera ha conseguido asegurar la continuidad de su proyecto mediante la cohesión de su mayoría política. Los macronistas han dejado de existir como grupo compacto, la derecha se prepara para pasar factura a un liberalismo que la ha despreciado y la ultraderecha está dispuesta a librar la batalla de su vida para romper el tabú que le ha cerrado las puertas del Eliseo durante décadas.

Aunque a Marine Le Pen la justicia no le haya perdonado la tarjeta roja por el desvío de fondos (salarios de asesores de parlamentarios europeos empleados en otros gastos de su partido), se le ha permitido, con restricciones jugar el siguiente partido, el decisivo y quizás último de su vida política: la elección presidencial de 2027 (6).

No está claro que Marine Le Pen pueda quebrar el sistema de la V República, diseñado para impedir el acceso al poder de formaciones fuera del núcleo aceptable de la política francesa. No le vale con revalidar e incluso ampliar su condición de partido mayoritario: necesita una mayoría absoluta que el el establishment (de los exgaullistas conservadores hasta los socialistas pasando por la dispersa galaxia liberal) le niegan contumazmente. Pero la perspectiva de riesgo por sí sola es un factor limitador adicional para estos planes europeístas de defensa. Le Pen ve con ojos aún más críticos que sus rivales políticos la sumisión de la industria militar francesa en un confuso conglomerado europeo.

Pero, además de estas dificultades socioeconómicas, hay factores técnico-militares que alejan la perspectiva de una defensa “más europea”. Los aliados europeos han avanzado poco, pese a la retórica, en hacer compatibles sus sistemas militares y en superar sus “egoísmos nacionales” en la promoción de una industria defensiva común, entre otros obstáculos.

Según Elie Tenembaum, especialista en la materia del Instituto francés de Relaciones Internacionales (IFRI), “la autonomía de capacidades aún no está al alcance de Europa”. Se precisa de un “esfuerzo sostenido” de inversión de capital productivo, investigación y desarrollo (I+D) y otros elementos que garanticen la “independencia operativa y tecnológica” (7).

Otros expertos señalan las carencias operativas: defensas antiaéreas, escasos arsenales de armamento ofensivo flexibles (drones, misiles) y de materiales de vigilancia, por no hablar del factor humano, escaso y renuente.

La lentitud, por decirlo suavemente, de las iniciativas de integración es otro factor debilitador adicional. Mientras Estados Unidos tiene 33 distintos tipos de armamento, Europa alcanza los 174 (12 modelos de carros de combate y 14 de aviones de combate), según ha recodado Timothy Garton-Ash (8).

Francia se agarra a su “nacionalismo militar” desde la época gaullista y recela del nuevo impulso armamentístico alemán. Polonia no desea comprar armas preferentemente a sus socios europeos y confía más en el mercado americano. Los países del sur, muy lejos de Rusia, arrastran los pies en este esfuerzo tan insuficientemente fundamentado. El abandono reciente del proyecto de caza europeo evidencia que la división práctica se impone sobre los discursos políticos retóricos (9).

En este panorama de manipulación de las cifras, proyección de giro “favorable” en la guerra de Ucrania, debilidades crecientes en el poder de Putin (sin que de ello se derive disminución del “peligro ruso”) y desorden generalizado en la estructura industrial de defensa, la cohesión aliada parece comprometida más que nunca. No todas las tarjetas rojas las saca o las perdona Trump a su antojo. Por mucho que el comunicado final de la cumbre de Ankara pinte un escenario prometedor, lo cierto es que la zozobra seguirá dominando las relaciones entre ambos lados del Atlántico durante el futuro inmediato.


NOTAS

(1) “If ludicrous Trump flattery can save NATO, bring it on”. THE ECONOMIST, 6 de julio.

(2) “Sommet de l’OTAN : face au désengagement américain, les armées des pays européens gagnent en puissance mais de façon dispersée”. PHILIPPE JACQUÉ. LE MONDE, 6 de julio.

(3) “The Transatlantic Alliance Can’t Survive Without Trust”. WOLFGANG ISCHINGER. FOREIGN AFFAIRS, 6 de julio.

(4) “As Far Right Rises, German Leaders Look to Jump-Start the Economy. JIM TANKERSLEY & CHRISTOPHER SCHUETZE. THE NEW YORK TIMES, 2 de julio.

(5) Andy Burnham urged to be radical on economy to help Labour win next election”. RICHARD PARTINGTON. THE GUARDIAN, 2 de julio.

(6) “Marine Le Pen candidate à la présidentielle: le jour où la députée RN a repris la main et défié la justice”. CLÉMENT GUILLOU & CORINE LESUEUR. LE MONDE, 8 de julio.

(7) “Quelle autonomie capacitaire pour l’Europe? Une analyse multi-domaine”. ELIE TENEMBAUM y OTROS. IFRI, 29 de octubre de 2025.

(8) “Germany’s military power is on the rise. This time it must be firmly embedded in Europe”. TIMOTHY GARTON-ASH. EUROPEAN COUNCIL ON FOREIGN RELATIONS, 7 de mayo-

(9) “Europe Is Struggling to Lead NATO”. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 7 de julio.