EL CAPITALISMO RENANO SE VISTE DE CAQUI

  6 de mayo de 2026

Trump quiere retirar los soldados norteamericanos de Europa, enfadado por la falta de colaboración de sus aliados en su insensata guerra contra Irán. A golpe de represalias, como en él es habitual, la ha emprendido con el socio mayor, Alemania, pero ha advertido con hacer lo mismo con Italia (decepcionado con Meloni) y con España (a la que no tolera las críticas del gobierno sobre sus decisiones en Oriente Medio).

Aunque las decisiones de Trump no suelen ser fiables debido a sus continuos cambios de humor y opinión, lo que ha dicho de momento es que quiere que vuelvan a Estados Unidos unos 5.000 soldados de los cerca de 40.000 que tiene Estados Unidos desplegados en una treintena de bases e instalaciones militares alemanas.

“YANKEE, COME HOME”

Durante décadas uno de los lemas fundamentales de la izquierda crítica europea era “Yankee, go home”. Quién iba a decir que con una guerra en Europa lanzada por la vieja Rusia, Trump iba a transmutar esa proclama en “Yankee, come home”.

El malestar del Presidente norteamericano con Europa en general y con Alemania en particular viene de lejos. Pero la gota que ha colmado el vaso ha sido un atrevido comentario del Canciller sobre la guerra de Irán. En un coloquio con escolares, Friedrich Merz se permitió decir que Estados Unidos había sido “humillado”, debido al bloqueo del estrecho de Ormuz y a la tenaz resistencia del régimen iraní, a pesar de dos meses de amplios e intensos bombardeos.

Debería sorprender que un dirigente político como Merz, que ha hecho su fortuna en un fondo de inversiones norteamericano, se comporte de forma tan imprudente con un colega que ha demostrado una piel tan fina como el actual inquilino de la Casa Blanca. Pero este Canciller suele cometer estos gafes. Un año en el cargo le ha desgastado enormemente. Su índice de aceptación aparece por debajo del 20%. Su Partido, la CDU, es superado por los ultras de AfD en intención de voto.

La réplica de Trump era de esperar: espetó al Canciller que se ocupará de “arreglar su fallido país”, en vez de criticarlo a él (1).  Y, a continuación,  anunció la retirada de parte de las tropas americanas.

CAMBIO DE ERA

Después de la invasión rusa de Ucrania, el entonces Canciller federal, Olaf Scholz, dijo que Europa estaba asistiendo a una Zeitwende (“cambio de era”).  Ante lo que se percibía como una amenaza directa y reforzada de Moscú, Europa debía de asumir una mayor responsabilidad en su defensa. Ese designio se ha transformado notablemente en apenas cuatro años, no porque haya habido una modificación del comportamiento ruso, sino por el cambio radical en la Casa Blanca.

La vuelta de Trump al poder ha sido devastadora para el vínculo transatlántico. Los desplantes y regañinas de Trump a sus colegas han sido continuos e impropios entre países aliados: represalias comerciales sólo neutralizadas a medias, padrinazgo político de las extremas derechas, exigencias intemperantes sobre el incremento de gasto militar y enfados infantiles ante la mínima discrepancia con las decisiones de política exterior de esta administración estadounidense.

En Europa Occidental, Alemania e Italia (las dos potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, en parte por la participación americana) han sido los partidarios más claros de evitar una ruptura con Trump. Los alemanes por coherencia con una política practicada desde la posguerra frente a las consecuencias de la división del país y la supuesta amenaza de la URSS. Los italianos, por gratitud ante lo ocurrido en la contienda y por su condición de guardianes del flanco sur occidental, a lo que se unió la sintonía ideológica entre la neofascista jefa del gobierno y el oportunista ultraconservador norteamericano.

La dupla germano-italiana se distribuyó los papeles en este juego de contención de daños en la agitada relación transatlántica. Los alemanes se ofrecieron como agente mayor de la defensa europea para contentar al irritable socio mayor, rompiendo con décadas de timidez militar. Meloni se contentó con palabras halagadoras, a cambio de esparcir las proclamas demagógicas de la derecha tradicional y combatir sin complejos la supuesta superioridad socio-cultural izquierdista (el wokismo).

Era de esperar que ese acuerdo para salir del paso no lograra restañar las grietas en la Alianza Atlántica. Las discrepancias eran demasiado amplias y profundas: una relación comercial agria, falta de una estrategia común hacia el desafío chino, políticas contrarias sobre la amenaza rusa, visiones no coincidentes en la cooperación con el Sur global, ásperos enfrentamientos sobre el modelo político y social, etc.

Las guerras de Oriente Medio han terminado de complicar unas relaciones bajo tensión creciente. Primero, Gaza: en particular los planes de Trump para convertir ese territorio palestino en un resort turístico con desprecio total y absoluto por la martirizada población y sus derechos políticos reconocidos por la mayoría de la comunidad internacional. Y ahora esta guerra bilateral israelo-norteamericana sin aval jurídico alguno, que ha provocado miles de muertos inocentes y ha generado una crisis energética y económica gratuita en casi todo el mundo por el bloqueo del estrecho de Ormuz, enclave de tránsito del 25% del tráfico petróleo.

Por todo ello, Europa parece decidida a reducir la dependencia militar de Washington y construir una  estrategia de defensa más autónoma. Pero el proyecto está aún muy verde. No por razones políticas, sino por imperativos estratégicos, económicos y técnicos. Hay exceso de proclamas y déficit de soluciones viables. Se avanza con mucha cautela, porque se sigue pensando que después de Trump las aguas se calmarán.

UN REARME SIN PRECEDENTES

El modelo económico alemán ha diferido sensiblemente del anglosajón en el orden internacional de las últimas décadas. El fuerte peso del sector público y la participación de los sindicatos en la organización de la producción han sido las principales características de ese “capitalismo renano” que intentó combinar los principios e intereses de la industria y el comercio privados con los derechos de los trabajadores y empleados en una sociedad que se pretendía interclasista. Esa fue la base social del consenso centrista alemán, que ha gravitado sobre la alternancia de gobierno entre democristianos y socialdemócratas desde 1949, cuando no sobre la cooperación entre ambos en la fórmula de la Gross-Koalition.

Ahora, con la crisis desplegada y tres competidores de Europa activos (EE.UU, Rusia y China), Alemania se ve obligada a introducir cambios sustanciales en su modelo. Frente al desenganche norteamericano, tiene que producir armas y sistemas militares efectivos. Frente a la proclamada amenaza rusa, tiene que resultar suficientemente disuasorio y liquidar la dependencia energética que ha tenido de Moscú en las últimas décadas. Y frente al desafío económico chino, tiene que reinventar su modelo productivo para preservar su liderazgo exportador industrial. Ese viejo capitalismo renano se ve obligado a vestirse de caqui, a convertir una inesperada industria militar en motor de un nuevo desarrollo económico.

La fórmula consabida de la Gross-Koalition parecía dar consistencia sistémica a los nuevos propósitos alemanes. Democratacristianos y socialdemócratas se pusieron de acuerdo en impulsar el mayor programa de rearme e inversión militar desde el III Reich. Alemania se gastará más de 160 mil millones de € de aquí a final de la década para fortalecer su sistema de Defensa, lo que supondrá un 3,5% del PIB.

Pero hay numerosos inconvenientes, tal y como se percibe el empeño desde dentro y desde fuera del país. Desde dentro, el supuesto consenso nacional no parece muy sólido. En una interesantísima entrevista con la corresponsal de LE MONDE en Berlín, la economista Philippa Sigl-Glöckner resalta que los gastos consagrados a la defensa e  infraestructuras “no generarán crecimiento o no el suficiente para compensar los problemas estructurales” de la economía alemana (2).

Esta investigadora, independiente pero cercana al Partido Socialdemócrata, considera que el gran desafío del país frente a la creciente competencia de China  debe consistir en cambiar el modelo productivo. Y eso no puede gravitar de manera preferente sobre una reforzada industria militar.

La idea de que la fabricación de armamentos compensará la crisis del sector automovilístico es ilusoria. Si bien la mano de obra empleada por la industria militar se ha incrementado en un 50% en la última década, esta fuerza de trabajo suplementaria (unas 17.000 personas) es insignificante para la que se perderá en la industria del motor, que emplea hoy a casi un millón de trabajadores.

Para Sigl-Glöckner, “Alemania debe modernizar masivamente sus servicios públicos, construir suficientes viviendas, descarbonizar y recuperar el papel puntero en la innovación”. Cada año ingresan 800.000 infantes nuevos en las escuelas. La educación va a precisar de 127.000 millones de euros de inversión en lo que resta de década. Parte de estos fondos deben salir, en su opinión, de lo que ahora se emplea en subvencionar el sobrevalorado coste energético para las industrias tradicionales.

Este pensamiento crítico es raro en estos tiempos en Alemania. Aunque los dos socios de la Gran Coalición mantienen diferencias importantes sobre el modelo económico y las inversiones sociales, algo habitual en esa fórmula de responsabilidad compartida, no hay discrepancias de peso sobre la política de rearme. El ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius, es tanto o más ferviente defensor del incremento de la inversión en Defensa que el cristiano conservador Canciller Merz

Los socios europeos de Alemania contemplan este entusiasmo militar con cierta aprensión. La historia pesa, y si a todos interesa que la potencia germana tire del carro armamentístico ante las vacilaciones del otro lado del Atlántico, se mide el riesgo de un exceso. La última vez que Alemania se convirtió en primera potencia militar europea es bien sabido lo que pasó. Hoy en día, Alemania es ya el cuarto país del mundo en gasto defensivo. Se teme que si la ultraderecha continua subiendo, esta tendencia a la superioridad militar crezca. Los sondeos otorgan a la AfD (Alternativa por Alemania) un 27% de los votos, si las elecciones se celebraran ahora; es decir, se convertiría en la principal fuerza política del país, aunque no necesariamente podría gobernar si se mantuviera el “cordón sanitario” del resto de fuerzas políticas.

Incluso los analistas favorables a la política alemana actual creen que aparte de  embarcarse en un gasto tan intensivo, los líderes del país deben afrontar dos tareas más importantes. En primer lugar, definir un doctrina de defensa, sin la cual se corre el riesgo de incurrir en una “incoherencia estratégica”, en opinión de Grégoire Roos, director del Programa Europa del think-tank británico Chatham House (3).

El otro esfuerzo, conectado con el anterior, consiste en integrar su sistema defensivo con el de sus vecinos europeos, como resalta Liana Fix, especialista norteamericana en Alemania (4). Pero se está muy lejos de eso. El neonacionalismo, imperante en todos los ámbitos políticos y sociales, es especialmente activo entre los impulsores del esfuerzo militar.

La industria pesada respaldó e impulso el poderío del nazismo. Sin el músculo del hierro y el acero, la maquinaría de guerra de Hitler no hubiera conquistado Europa en apenas dos años. Esa lección no debe olvidarse, en opinión de la mayoría de historiadores alemanes y europeos.


NOTAS

(1) “US withdrawing 5,000 troops from Germany after Merz says US ‘humiliated’ by Iran”. ANGELA GIUFFRIDA & JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 2 de mayo.

(2) “L’Allemagne ne produit plus d’innovations révolutionnaires”. LE MONDE, 3 de mayo.

(3) “Germany rearms-but can it lead? Europe’s hesitant superpower in waiting”, GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 1 de mayo.

(4) “Europe’s next hegemon. The perils of German power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero. 


LA SOCIALDEMOCRACIA, IRRELEVANTE EN LOS PAÍSES CENTROEUROPEOS EX-COMUNISTAS


29 de abril de 2026

Los recientes resultados electorales en Hungría y Bulgaria han sido destacados por la caída de la autocracia de Orbán y la emergencia de un hombre fuerte con sólidas conexiones rusas, respectivamente. Lo que pierde Moscú en Budapest parece ganarlo en Sofía, aunque con menos estridencias. El nacionalismo populista compensa sus fuerzas entre el corazón oriental de Europa y las tierras bajas del Mar Negro.

Pero por debajo del radar se advierte otra tendencia muy inquietante para el centro izquierda europeo: la práctica desaparición de la vida parlamentaria en esos dos países de las fuerzas socialdemócratas. Ni húngaros ni búlgaros adscritos a la Internacional Socialista o al Grupo Socialista-Demócrata del PE tendrán diputados nacionales.

ÚLTIMAS DERROTAS: HUNGRÍA Y BULGARIA

Hungría fue el pionero en el reciclaje de los comunistas en socialistas en el Este de Europa. Los referentes alemán y austríaco eran muy atractivos y exitosos por entonces. Y el gambito funcionó durante bastante tiempo. Los socialistas magiares alcanzaron el 45% en 2006 y participaron en cuatro gobiernos poscomunistas. Pero en 2010 el terremoto Orban los dejo por debajo de la barrera del 20%. Desde entonces, sólo han acumulado penas. La derrota desencadenó división y escisión. Un nuevo partido, Coalición Democrática, consiguió representación en Estrasburgo y terminó siendo el flotador de los socialistas húngaros. Pero en la coalición conservadora que ha acabado con la era Orbán no han tenido hueco. En abril no han llegado al 2% de los votos y quedarán fuera de su parlamento.


En Bulgaria, en cambio,  el liderazgo de los comunistas reconvertidos en socialistas se disolvió en apenas dos años, con una brusca caída en la mitad de los noventa y una lenta pero inexorable erosión hasta la irrelevancia de estos días, pese a haber reunido en una plataforma unitaria a la mayoría de las formaciones progresistas: menos del 3% de los votos


  SOCIALDEMOCRACIA EN BULGARIA


Estas desgracias en Hungría y Bulgaria adquieren categoría de catástrofe al sumarse a la miserable situación en los otros tres vecinos centroeuropeos: Polonia, República Checa y Eslovaquia. En otros países con antiguos regímenes prosoviéticos, el socialismo que creció sobre las ruinas de los partidos comunistas han mantenido cierta presencia, pero tienden a la baja, cuando no a la fagocitación por las tendencias nacionalistas.

ENTRE NACIONALISMO Y ULTRALIBERALISMO

Los dos países más influyentes de Centroeuropa, Polonia y Chequia, con experiencias distintas de salida del comunismo, gozaron siempre de mejores conexiones con Europa Occidental que sus vecinos. Eso explica que, pese a la presión nacionalista, siempre se hayan mantenido fuerzas centristas de fuste.

En Polonia, los socialdemócratas aguantaron muy bien el nuevo régimen, con alzas constantes hasta el cambio del siglo. En los primeros años del XXI se produjo un desplome enorme: desde una cifra superior al 40% de los votos hasta un pírrico 10% en la mitad de la primera década. Después vino un periodo de oscilaciones suaves hasta el último retroceso (5%). Una fuerza menor obligada a colaborar con la coalición liberal-conservadora (Plataforma Cívica), frente al nacionalismo ultra del PiS (Ley y Derecho).

En la República Checa, las fortunas socialdemócratas no alcanzaron las cotas polacas, pero se mantuvieron en torno a un saludable 30% durante casi dos décadas, después de los confusos años poscomunistas iniciales. Luego descendieron invariablemente hasta aproximadamente el mismo 5%. Desde 2021 no están en el Parlamento nacional.

LA HERIDA ESLOVACA

Pero el caso más sangrante es el de Eslovaquia. Una mirada superficial podría hacer pensar que el país más pobre de Centroeuropa rompe esta tendencia depresiva de la socialdemocracia. Los partidos que siguen considerándose tributarios de ese doctrina han mantenido un liderazgo político con escasos retrocesos desde la década de los noventa. Es un espejismo.

Dirección Socialdemócrata rozó su techo (45%) en 2012 después de una subida constante, para descender ligeramente por encima del 20% en 2020. Y ahí cambió todo. Bajo el liderazgo del populista Robert Fico, el partido protagonizó un viraje sorprendente hacia el nacionalismo de inspiración orbanista, sin el componente católico. Los líderes socialistas europeos en Bruselas se alarmaron, pero a pesar de las severas llamadas de atención, Fico siguió en su línea. La ruptura parecía inevitable. El socialismo eslovaco se ancló en el nacionalismo populista con un oportunismo rentable y en 2023 elevó su marcha ascendente.

Los socialistas del continente habían visto un posible recambio con la escisión del exprimer ministro Peter Pellegrini, quien fundó un nuevo partido socialdemócrata (HLAS: Voz), admitido pronto en el club europeo. Pero este nuevo líder no tardó en tomar el rumbo populista de sus antiguos correligionarios. Del exiguo 3% obtenido en 2020 pasó al 14% en 2023, ya con mensajes nacional-populistas. La cooperación se detuvo y la socialdemocracia continental se quedó sin referente eslovaco. Ambos partidos “rebeldes” suman hoy un envidiable 37%. El socialismo democrático ha dejado de existir en el Parlamento de Bratislava.

LA ENGAÑOSA EXCEPCIÓN RUMANA

Sólo en Rumania el socialismo democrático ha mantenido el tipo estas tres décadas y media, con estabilidad y participación en las alternancias de gobierno. Pero desde hace años, coincidencia con una decadencia que parece imparable desde hace una década, se observa también la tentación del nacionalismo populista, como los eslovacos.

Actualmente, Rumanía está gobernada por una gran coalición de liberal-conservadores (PNL, adscrito al Partido Popular europeo) y socialistas. Pero los ministros del PSD (Partido Social-Demócrata) se han retirado del ejecutivo por discrepancias con sus socios del centro-derecha. Lo que anuncia más que probables elecciones, en las que del socialismo rumano sólo resten las siglas, pero muy poca conexión con su ideario.

SOCIALDEMOCRACIA EN RUMANÍA


EL CONTRASTE EXYUGOSLAVO

En otros dos países excomunistas, en concreto los ex yugoslavos Eslovenia y Croacia, los socialdemócratas se han mantenido con desigual fortuna. La autonomía del sistema autogestionario yugoslavo con respecto a Moscú no favoreció la conversión exitosa de los partidos de la Liga Comunista en socialismos de las nuevas repúblicas, al menos en los primeros años, sin duda por el empuje arrollador de los nacionalismos.

Los eslovenos no pasaron de la barrera del 15% hasta 2004, cuando experimentaron una fuerte subida, hasta sobrepasar el 30%, pero este impulso fue efímero. El efecto rebote les hizo caer al 10% cuatro años después y desde entonces han seguido perdiendo votos, hasta quedar por debajo del 7% en las últimas dos citas electorales.









En Croacia, la marea nacionalista extremista de los primeros noventa, alimentada por la guerra contra Serbia y Bosnia, redujo a los neosocialistas a una posición marginal en el Sabor, el desengaño posbélico les colocó en posición de fuerza alternativa sólida y sus opciones fueron creciendo hasta la segunda década del presente siglo. Luego comenzaron a resentirse de la crisis económico-financiera en el continente y del nuevo auge nacionalista. Con todo, la socialdemocracia se mantiene en torno al 25%, un nivel envidiable en la zona.

 SOCIALDEMOCRACIA EN CROACIA



Aunque muchas de las causas de esta crisis regional de la socialdemocracia radican en especificidades nacionales, hay también factores comunes a todos los casos.

1) La caída del comunismo coincidió con el desarme ideológico del socialismo democrático. El auge neoconservador en lo político y ultraliberal en lo económico de los ochenta inoculó el virus del individualismo y la creencia en la tiranía del mercado.

2) La socialdemocracia no estaba preparada para recoger el testigo del comunismo de forma tan rápida y abrupta. La transformación rápida de los partidos comunistas en socialistas fue una falsa solución, que terminó siendo un inconveniente, cuando las nuevas formaciones liberales y conservadoras desacreditaron la operación como un intento de preservación del viejo sistema.

3) Los nuevos socialismos del centro y este europeo negociaron mal la contradicción entre el espejismo del mercado y las aspiraciones de libertad de las masas sociales. El ultraliberalismo supo seducir a las sedicentes clases medias, pero también a las capas populares. La voz moderada de la socialdemocracia se dejó de escuchar con claridad.

4) Con la crisis económico-financiera de finales de la primera década del siglo, aquellos partidos socialdemócratas que consiguieron a duras penas mantener su presencia en gobiernos de coalición pagaron la factura del desfondamiento social. En lugar de culpar a los partidos conservadores y liberales, los electores castigaron al centro-izquierda, negándole su voto y dirigiendo su malestar hacia propuestas conservadoras o incluso mucho más radicales y de signo contrario.

5) La crisis migratoria de mediados de la segunda década incrementó la tensión sobre estos países, en particular sobre los centrales. Algunos de ellos se convirtieron en lugar de paso de la ruta de los Balcanes para los huidos de la inestabilidad crónica desatada tras la primavera árabe y la fase final de la guerra en Afganistán. Eso provoco un nuevo repunte de la fiebre nacionalista y xenófoba entre las masas populares, privando a los socialistas de su base política natural.

6) Desplazados a la oposición, los partidos socialdemócratas se quedaron en tierra de nadie. Los liberal-conservadores atacaron a los nacionalistas en auge no sólo por sus proclamas de destrucción del orden liberal basado en normas, sino también por sus recetas de centralismo y renacionalización, más propagandísticas que reales, dejando a los socialistas como sospechosos de colaboracionismo con recetas “fracasadas”.

7) En la guerra cultural subsiguiente, los socialdemócratas han sido blanco de ataques tanto de la derecha nacionalista como de la liberal, por sus posiciones progresistas en materia de género, raza y origen.

8) La última deriva ha sido, si cabe, la más perniciosa, consistente en despojarse de los últimos elementos progresistas para convertirse en nacionalistas populistas. La senda eslovaca ya ha prendido en Rumanía y es posible que se extienda por toda la región.


LA ASIMETRÍA ENTRE HUNGRÍA Y BULGARIA

22 de abril de 2026

El entusiasmo de la Europa liberal por la derrota de Orbán en Hungría ha quedado desvaído por los resultados de las elecciones legislativas de este pasado fin de semana en Bulgaria. El anterior Presidente de la República, Rumen Radev, ha conseguido un triunfo de una rotundidad inhabitual en el país, con casi el 45% de los votos y la mayoría absoluta de escaños en el nuevo Parlamento.

Radev es un antiguo general de Aviación, rusófilo y con un historial de buena sintonía con Moscú. Hace unos meses dimitió de su cargo institucional para montar una plataforma política denominada Progresistas, sin un perfil ideológico muy marcado, ecléctico, pero orientado básicamente a combatir la corrupción y superar la inestabilidad crónica. Bulgaria ha celebrado ocho elecciones en cinco años, sin conseguir forjar nunca una mayoría duradera de gobierno.

El centro-derecha europeo ha contemplado con desazón cómo los dos bloques afines en Bulgaria no han conseguido sus objetivos políticos en todos estos años. El más poderoso y durante mucho tiempo relativamente hegemónico, el GERB (Ciudadanos por el desarrollo europeo de Bulgaria), encuadrado en las filas del Partido Popular Europeo, ha ocupado la jefatura del gobierno, gracias a una coalición con la UDF (Unión de Fuerzas Democráticas), conglomerado de partidos conservadores desde la caída del régimen comunista en 1989. Pero entre ambas formaciones sólo llegaron a sumar el 25% de los votos, en el mejor de sus resultados, en octubre de 2024.

En años anteriores, el ejecutivo estuvo en manos de una coalición de partidos liberales bajo el liderazgo de dos formaciones (Bulgaria Democrática y Cambio Continuo), quienes, junto a otro partido afín (Movimiento de defensa de Derechos y Libertades), defensor de la minoría turca, han gestionado un gobierno débil e inestable.

XENOFOBIA Y POPULISMO

Bulgaria es un ejemplo más del fracaso de los regímenes poscomunistas en Europa Central y Oriental. La corrupción, el amiguismo, el aumento continuo de la brecha social y la fragilidad institucional han sido constantes. Desde Europa se ha visto con preocupación un tanto hipócrita esta deriva sin freno. En la medida en que las fuerzas prorrusas parecían reducidas a un papel marginal, se pasaban por alto los problemas. No era cosa menor, porque Bulgaria fue considerada durante la guerra fría como una provincia encubierta más de la URSS.

Frente a este dominio blando del centro-derecha, se han ido sucediendo dos corrientes políticas antisistema. La primera han sido iniciativas personalistas supuestamente combativas contra la corrupción, pilotadas por empresarios y hombres de negocio, inspirados en el berlusconismo o en los oligarcas descontentos rusos. Nunca se ha sabido si pretendían limpiar el sistema o más bien atrapar parte del pastel. El más exitoso fue Tal Nación, que participó del gobierno en 2021 y llegó al 7% de los votos hace año y medio, para desplomarse ahora por debajo del 1%.

La otra corriente es la extrema derecha xenófoba, racista y, en algunos caso, nostálgica del nazismo. Pero, como en otros países de la zona, nunca ha sido capaz de unificarse en una sola plataforma política. A lo largo de estos años se han sucedido distintos grupos, con denominaciones aparatosas, como Ataka, o grandilocuentes, como Moral, Unidad y Honor, que apenas superaban el 5%. El grupo actual más fuerte es Revival (Renacimiento), que creció entre el magma de la corrupción y el desgobierno de los últimos años, hasta desafiar los partidos del centro-derecha con un 13% de los votos, pero al que la marea Radev ha dejado ahora en un 4%.

La izquierda, fragmentada y desnortada, ha quedado reducida a un rol por completo marginal. Ni siquiera un esfuerzo de unidad en estas elecciones le ha servido. Con un 3% de los votos, no ha superado el umbral de la representación parlamentaria. El Partido Socialista, heredero del viejo Partido Comunista de la era soviética (aún existente pero como grupúsculo), en su desesperado intento por no desaparecer, formó parte del último gobierno dirigido por la derecha. 

EL PARAGUAS RADEV

Radev ha absorbido votos de todos estas latitudes políticas: de los partidos declarados expresamente prorrusos, de la izquierda en vía de extinción, de los confusos movimientos anticorrupción, del liberalismo debilitado y del conservadurismo teñido por el fraudulento sistema de los negocios. La oferta del expresidente es simplemente estabilidad, orden y limpieza.

Si en Hungría ha dominado el autoritarismo feroz, en Bulgaria se han vivido unos años de desgobierno. La corrupción ha sido común en ambos países, pero en el país de Centroeuropa ha estado centralizada con mano de hierro, mientras al borde del Mar negro, ha campado a sus anchas sin un poder ejecutivo fuerte.

Esta antiguo piloto de guerra ofrece ahora una promesa abstracta de decencia. Su mensaje del domingo es revelador: “Esta es una victoria de la esperanza sobre la desconfianza, una victoria de la libertad sobre el miedo y, finalmente, si se quiere, una victoria de la moralidad”. Palabras densas, ideas celestiales.

Los observadores europeos, que esperaban el resultado, aunque quizás con un margen tan amplio, se debaten entre el alivio de ver a uno de los países más pobres de Europa entrar por una senda de estabilidad, y la inquietud ante las dudas de su relación con Moscú. Radev habla con fluidez el ruso, y ha mantenido unos contactos constructivos con el Kremlin en su etapa de Jefe del Estado. Pero, contrariamente a Orbán, Radev no ha sido provocador ni siquiera polémico con la Unión Europea. Al contrario, durante la campaña se ha mostrado muy cercano a las instituciones europeas e incluso ha prometido un referéndum para decidir unirse al euro el año que viene.

En cierto modo, Radev sigue el camino de Magyar en Hungría. Pero con una diferencia: él no sale del tronco agrietado de los partidos que han usado y abusado del poder en los últimos años. Aunque pertenece a una institución conservadora que desprecia las soluciones aventureras de la ultraderecha y el populismo, no parece teñido, que se sepa, por la lacra de la corrupción.

Para una Europa que ha hecho de Rusia su enemigo, la sombra de un entendimiento bajo radar entre Radev y el Kremlin es una preocupación mayor. De ahí que las reacciones de los líderes y medios liberales haya sido mucho más discreta que hace un par de semanas con los resultados electorales en Hungría.

 

 

HUNGRÍA: ¿HAY MUCHO QUE CELEBRAR?

 15 de abril de 2026

La estrepitosa derrota de Viktor Orbán después de 16 años en el poder ha sido saludada por gobiernos y fuerzas políticas mayoritarias en Europa, como una de las novedades más prometedoras de los últimos años.  Es comprensible. Orbán y su partido, el FIDESZ, se habían convertido en el faro e inspirador de casi todas las formaciones de ultraderecha. No sólo había llegado al gobierno de su país sin apenas oposición viable, sino que ha ejercido un férreo poder durante más de tres lustros y ha puesto en jaque al establishment de Bruselas.

Pero por influyente y dominador que el aún primer ministro húngaro haya sido, su liderazgo no abarcaba a todo el espectro ultranacionalista europeo. Los dirigentes de Ley y Justicia, también dominantes durante mucho tiempo en Polonia, no menos reaccionarios que Orbán en los asuntos sociales e ideológicos y tan desafiantes con las instituciones comunitarias como sus pares húngaros, se distinguían nítidamente de ellos en algo esencial: eran ferozmente antirrusos. El nacionalismo de Putin, conversión oportunista tras el poscomunismo, se sentía como una amenaza en Varsovia, en contraste con la simpatía pragmática que siempre le ha profesado Budapest.

En la ultraderecha occidental se ha replicado esta escisión con la cuestión rusa como parteaguas. En su día, Marine Le Pen o Mateo Salvini hacían buenas migas con Putin, y, según se dice, -y en cierto modo se ha comprobado- se alimentaban en sus abrevaderos financieros y políticos. En cambio, otros grupos de la ultraderecha coincidían con los polacos en el odio al gran Oso del Este, por experiencia histórica. Los más cercanos a Rusia no conseguían sacudirse de ese rechazo que la época comunista contribuyó decisivamente a exacerbar.

De hecho, si la ultraderecha estuvo y sigue estando escindida en el Parlamento y en otras instituciones de la UE es precisamente por esta divergencia insalvable en las relaciones con Moscú. La guerra de Ucrania vino a acrecentar las diferencias internas en esta familia política, por lo demás coincidente en muchos asuntos. Durante los últimos años antes del Brexit, los tories británicos, los polacos de Ley y Justicia y los Fratelli neofascistas de Giorgia Meloni constituían el triunvirato del ultranacionalismo conservador. Su nombre oficial era Conservadores reformistas por Europa. ¿Qué querían reformar? Pues ni más ni menos que la UE: privarla de su impulso plurinacional, de su instinto burocrático y de su deriva elitista. Se trataba de recuperar a toda costa el Estado Nacional, lesionado por años de un europeísmo falaz y voraz. Y todo ello teñido por un anticomunismo enfermizo que sobrevivió a la propia desaparición de la URSS (era el caso de tories y neofascistas).

En otro lado estaban los que, compartiendo toda la retórica antieuropeísta y la reinterpretación nacionalista del proyecto europeo, no veían en Putin lo que no era; es decir, una reencarnación disimulada del comunismo, sólo porque hubiera hecho su carrera en el KGB y conservara sus métodos. Del dirigente ruso del siglo XX admiraron su capacidad para transformar los anclajes del pasado en lanzaderas de un futuro basado en proclamas reaccionarias ligadas al soberanismo nacional, la decadencia del sistema liberal, los valores sociales apegados a las tradiciones, la resonancia de un pasado lejano confusamente imperial e inspirado en referencias religiosas, militares y culturales, como garantes de un Orden que nunca debió ser minado desde dentro.

Cuando la conexión con Moscú empezó a ser un lastre, políticos como Marine Le Pen, o Salvini, o en menor medida los alemanes de Alternativa, intentaron una confluencia con el otro sector ultraconservador. Sin éxito.

Orbán se movió siempre entre dos aguas. No estuvo ni con los polacos ni con la dupla Le Pen-Salvini. De hecho, supo engatusar a la CDU alemana, que no quiso desperdiciar las mayorías absolutas del FIDESZ para asegurar su predominio europeo sobre los socialdemócratas. No en vano era un aliado incómodo pero útil. El Partido Popular Europeo sólo aceptó abrir un expediente de expulsión contra el partido de Orbán, cuando la situación ya se había hecho insostenible. Las continuas afrentas a la Comisión, al Parlamento y a otras instituciones europeas llegaron a salpicar a los gobiernos. La cercanía cada vez más peligroso a Putin fue el factor decisivo de ruptura.

Orbán navegó en su aislamiento con bastante habilidad durante los últimos años. Fue muy eficaz al presentar el ascenso de la ultraderecha de la última década como producto del éxito de su ejemplo. Se podía llegar al poder y gobernar, se podía desafiar a Europa sin correr riesgos excesivos. Y se podía tener un amigo en el Kremlin, sin ser un problema, sino más bien una garantía.

Los polacos, incapaces existencialmente de aceptar esta última premisa, se limitaron a una alianza no expresa con los afines húngaros, sin renuncia a su autonomía. Partían con ventaja. Polonia cuadriplica en población a Hungría. Ninguno de los dos países ha alcanzado nunca la pujanza económica de los checos, pero siempre han estado por encima de eslovacos, rumanos y búlgaros en la lista de pariente pobres de Centro y Este de Europa.

Tarde o temprano, los equilibrios de Orbán en la UE y los abusos reiterados en el interior de su país, con una ocupación asfixiante de las instituciones y de las palancas del poder económico, tenían que resquebrajarse. La guerra ucraniana ha expuesto a polacos y húngaros en medida similar, pero mientras los primeros dejaron ver enseguida sus instintos xenófobos, prohibiendo la llegada de más refugiados procedentes de Ucrania, los segundos plantearon la hostilidad hacia Kiev con argumentos puramente económicos. Se presentaba a los dirigentes ucranianos como los responsables del encarecimiento del gas procedente de yacimientos rusos mediante supuestas operaciones fiscales y obstructivas. Orbán sostuvo su alianza interesada con el Kremlin presentado a Ucrania como una enemiga no sólo de Rusia, sino también de Hungría.

De ahí que, cuando los Estados Unidos de Trump empezaron a regatear la ayuda militar y económica a Zelenski y Europa se convirtió en la única garante de la supervivencia ucraniana en una guerra estancada pero horriblemente desgastante, Orbán vetó el paquete de 90 mil millones de euros que suponía una línea de vida para Kiev.

Sin embargo, la propaganda anti ucraniana de Orbán dejó de tener recorrido cuando las consecuencias de la guerra empezaron a dejarse notar muy negativamente en el nivel de vida de los húngaros. Si a eso se suma el cansancio comprensible por tres lustros de dominio autoritario en todos los ámbitos del país, se entiende la incubación  de la crisis terminal. Orbán era el dirigente más longevo de Europa en la actualidad. Pero convertirse en perpetuo o emular los récords de Putin en la Rusia poscomunista se trataba de una apuesta difícil de ganar.

Dicho todo lo anterior, el autócrata húngaro no ha caído por la presión de los sectores más dinámicos, y muchos menos progresistas, de la sociedad húngara. El recambio que se dibuja en Budapest es inequívocamente conservador y muy nacionalista. Péter Magyar, se ha dicho hasta la saciedad, es cuña del árbol criado por Orbán. Era uno de sus colaboradores cercanos, hasta que se dio cuenta de que el supremo e incontestable líder estaba agotado y que el enfrentamiento continuo con Europa era una rémora para las élites a las que él pertenece por su activismo político ligado al FIDESZ.

La formación TISZA, acrónimo de Respeto y Libertad, fue recibida con alborozo por el Partido Popular Europeo, que vio llegado el momento de recuperar un aliado junto al Danubio. Los dirigentes conservadores y democristianos de la derecha europea se frotan las manos con un Partido que tendrá una mayoría absoluta inédita en Europa: 138 diputados de los 199 del Parlamento húngaro. El FIDESZ se ha quedado en 55, de los 135 que tenía (si se suman también los escaños de su aliado menor, la democracia cristiana húngara más ultra). No es aventurado predecir que el partido de Orbán se disolverá o que muchos de sus diputados se unirán a la marea victoriosa. Como anticipo de esta previsión, en las últimas semanas se ha producido una deserción masiva de altos cargos del Gobierno y del Estado. Cuando se hunde el barco...

Lo inquietante de ayer es que los otros 6 escaños que completarán la Cámara han sido ganados por el Movimiento de inspiración neonazi Mi Patria. Los admiradores del Almirante Horthy, el aliado de Hitler durante el Tercer Reich, emergerán en el  impresionante edificio del Parlamento húngaro.

La izquierda socialista, ecologista y crítica ha sido borrada del mapa político. Ni uno solo de los 56 diputados con que contaba hasta ahora esa difusa y desunida agregaduría del centro-izquierda ha salvado el asiento. Hungría seguirá siendo, pese a los resultados del 12 de abril, el país más derechista, conservador y nacionalista de Europa. Simplemente ha desaparecido el amigo por antonomasia de Putin. Eso es en realidad lo que se celebra en Bruselas, París, Berlín, Varsovia y Roma.

LA GUERRA DE TRUMP: RETÓRICA, CRÍMENES Y AISLAMIENTO

 8 de abril de 2026

El alto el fuego acordado en la noche del martes sobre la bocina del enésimo ultimátum de Trump es tan incierto como todo el desarrollo de este conflicto bélico disparatado y caótico. Los bombardeos cesarán, de momento, se suavizarán las sanciones a Irán y se abrirá el tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz para que circule el petróleo y otros productos vitales para el funcionamiento de la economía mundial. Se aleja, por ahora, el fantasma de la recesión. Al final, de eso se trataba.

Pakistán se apunta un tanto diplomático, aunque no se sabe aún si la clave del `”éxito” ha sido los buenos oficios del país indostánico, la intervención in extremis de China, el instinto de supervivencia de Irán, después de llevar al límite su capacidad de resistencia, o la desesperación de Trump por encontrar una salida del embrollo en que se había metido hasta tener que amenazar con arrasar “toda una civilización”, según dejó escrito en esas píldoras de su red social susceptibles de análisis psico-políticos.

Trump parecía visiblemente nervioso los últimos días. Es bien sabido que le puede la impaciencia. La guerra es un negocio mucho más delicado que aquellos que él ha practicado, con poca finura y mucho barro, a lo largo de su trayectoria empresarial. Le cuesta entender lo que es el poder, cómo utilizarlo decentemente y, últimamente, hasta observar reglas básicas de educación y compostura.

Los términos empleados para hacer claudicar al maltrecho régimen iraní constituyen n reflejo muy vívido de su estilo. Uno de sus últimos post (“Abrid el puto estrecho [de Ormuz], locos bastardos o el infierno os espera”), quizás el más replicado de los últimos años, refleja con brutal claridad la personalidad de su autor.

Un profesor de historia de la Universidad de Texas, Gregory A. Daddis, autor de un libro con un sugerente título (“Fe y Miedo: las relaciones de América con la guerra desde 1945”) ha dado algunas claves sobre este lenguaje muy belicoso de Trump. “En la guerra, la retórica importa (...) y se pudo ver también en las incursiones militares de Ronald Reagan y  and George W. Bush. Pero, señala Daddis, “Trump y sus principales lugartenientes han elevado el uso del discurso beligerante y amenazante”. Pese a que “las amenazas pueden a veces obtener resultados, el lenguaje de Trump socavará los objetivos de la política exterior de EEUU a largo e incluso medio plazo” (1). 

A este tono guerrerista se une un lenguaje tabernario impropio de alguien que ostenta una responsabilidad semejante. Más allá de la excitación mediática, a casi nadie impresiona ya esta exhibición de mal gusto y zafiedad. Medios y exponentes de la sociedad civil norteamericanos se han liberado del debido respeto al sillón presidencial y comienzan a llamar a las cosas por su nombre. Empieza a hablarse ya con claridad de crímenes de guerra. La amenaza postrera de bombardear y arrasar centrales eléctricas, puentes y otras infraestructuras de Irán, hasta hacer “retroceder a Irán a la Edad de piedra” si el gobierno de este país no se plegaba a sus exigencias, disparó las alarmas.

Un centenar de expertos legales expresó su “seria preocupación por las violaciones de la ley humanitaria internacional, incluyendo potenciales crímenes de guerra”, en una carta publicada en el sitio especializado Just Security. Una de las firmantes, la profesora de Derecho Internacional en Yale, Oona Hathaway, ha dicho al NEW YORK TIMES, que “es difícil comprender hasta qué punto se han ignorado por completo las reglas”, en referencia a la destrucción ocasionada hasta la fecha (2).

La sombra de los crímenes de guerra oscurece aún más una campaña militar a todas luces ilegal, sangrienta y confusa en cuanto a objetivos y criterios de salida. De ahí la intemperancia más subida de lo habitual, que es ya decir, de un Presidente cada día más hundido en los índices de popularidad, incluso entre sus ardientes partidarios, los ultra del universo MAGA  (3).

La comunidad diplomática, académica y burocrática de Estados Unidos ha llegado a una conclusión semejante. Incluso los altos cargos militares han dejado de estar a salvo, después del paso fulminante a la reserva del Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra. El Secretario de Defensa (de Guerra, según el guiño raramente coherente de Trump) es uno de los miembros más incompetentes del Gobierno, pero precisamente por eso uno de los que puede estar más tranquilo sobre su continuidad en el puesto.

La deriva de la guerra había ahondado la fosa ya existente entre Trump y sus aliados en el mundo occidental. Ni W. Bush y su cohorte de neocons (con sus ofensivos comentarios sobre la vieja Europa) se atrevieron a tanto para justificar otra guerra ilegal como la de Irak.

En los desencuentros con sus aliados se ha sobrepasado el nivel de las discrepancias políticas o estratégicas (que siempre han existido) hasta vulnerar las reglas básicas de la cortesía personal. La salidas de tono de Trump no han respetado siquiera a las familias de sus colegas. Se ha llegado a una fase de congelación política y diplomática que quizás deje poco espacio a otra cosa que no sea control de daños.

EL ÚLTIMO GOBERNANTE AMIGO

Promotor oportunista de la extrema derecha en Europa, el empresario neoyorquino cada vez tiene menos gobernantes que le bailen el agua. El último aliado que le queda en un gobierno europeo, el húngaro Víktor Orbán, podría ser obligado a bajarse del pedestal autoritario en el que se instaló hace tres lustros largos. Ante las elecciones legislativas de este domingo, las encuestas predicen un final abrupto -y hasta hace pocos meses inesperado- del control férreo que el promotor de la llamada democracia iliberal ha ejercido sobre las instancias políticas, sociales e institucionales del país (4).

Para echarle una mano salvadora de última hora, Trump ha enviado a Budapest a su Vicepresidente y protector de los ultraderechistas europeos. Exponente de la derecha religiosa militante, J. D. Vance es el miembro más ideologizado de la corte presidencial. Con el primer ministro húngaro comparte su discurso sobre la combatividad cristiana para “defender la civilización occidental” de los peligros que le acechan. Retórica tramposa y reaccionaria que puede resultarle útil en la fidelización de ese universo sinuoso de la derecha evangélica para fortalecer sus opciones presidenciales en 2028.

Peter Magyar, el presentido líder del recambio político en Budapest, es cuña de la propia madera orbanista. Se trata de un antiguo colaborador que desertó de las filas del FIDESZ para encabezar una plataforma política que abarca desde la derecha al centro-izquierda, denominada TISZA (Respeto y Libertad).  Magyar es muy conservador y nacionalista, pero quiere restablecer el diálogo y la cooperación con la UE, incorporarse a la estrategia de presión contra Rusia y acabar con la situación de excepcionalidad de Hungría en el concierto europeo. Eso sería un revés para Trump y para sus potenciales sucesores en el espectro ultraconservador.

En caso de ganar, Magyar no lo tendrá fácil. Tiene lealtades que cuidar. Liberales y socialdemócratas han aceptado el liderazgo de Magyar más por necesidad que por vocación. Es muy probable que las tensiones surjan en cuanto empiece a gobernar. Pero, sobre todo, Orban ha tejido tenazmente un ecosistema político y social para perpetuarse en el poder (5).

Ni siquiera es seguro que Orbán acepte deportivamente su derrota, si ésta se produce. La semana pasada acusó a Ucrania de intentar plantar unos explosivos para destruir el gas ruso que llega a Hungría a través de la vecina Serbia, país gobernando por un régimen nacionalista autoritario, alineado con el húngaro. Orbán presentó el incidente como una muestra de lo que espera a Hungría en caso de victoria de Magyar. “Hungría se verá empujada a la guerra en Ucrania”, ha venido a decir (5). El candidato de la oposición aseguró que todo se trataba de un montaje desesperado para evitar su victoria electoral.

“Hungría, el país menos libre y más corrupto de la UE, es también el más amistoso con Putin”, según THE ECONOMIST (6). La hostilidad de Orban hacia Kiev es notoria desde el principio, por las vinculaciones que mantiene con Putin desde hace años. Este papel de  caballo de troya del Kremlin en la UE ha provocado fuertes tensiones en Bruselas. El ministro de exteriores húngaro telefoneaba a su colega ruso para tenerle al corriente de las deliberaciones en los consejos europeos. Budapest acaba de bloquear un empréstito a Kiev, vital para continuar manteniendo el esfuerzo de guerra.

Una Hungría conservadora pero respetable debilitaría las posiciones del trumpismo en Europa. El FIDESZ formó parte de la bancada popular en el Europarlamento, hasta que sus protectores alemanes de la CDU-CSU no tuvieron más remedio que  forzar su expulsión del grupo. Después de un periodo de soledad política, Orbán se integró en la extrema derecha europea menos hostil a Rusia (los Patriotas), junto a Marine Le Pen, Matteo Salvini, Alice Weidel y Santiago Abascal. Está por ver donde se integrarán los de TISZA en el Parlamento europeo cuando haya próximas elecciones, si es que esta fórmula se mantiene en el tiempo venidero (7).

NOTAS

(1) “Trump’s rhetorical terror”. GREGORY A. DADDIS. FOREIGN POLICY, 6 de abril.

(2) “Trump Revels in Threats to Commit War Crimes in Iran”. EDWARD WONG. THE NEW YORK TIMES, 5 de abril.

(3) “Joe Rogan and the influencers who built Maga are revolting over Iran. Was this an alliance doomed to fail? JASON OKUNDAYE. THE GUARDIAN, 5 de abril.

(4) “Hungary elections: what is at stake and who is likely to win? JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 3 de abril.

(5) “En Hongrie, vent d’inquiétude dans le capitalisme de connivence de Viktor Orban”. JEAN-BAPTISTE CHASTAND. LE MONDE, 6 de abril.

(6) "Defeating Viktor. Lessons for the world from tiny Hungary". THE ECONOMIST, 1 de abril.

(7) ”Hungary’s Orban Visits Military Near Border as Serbia Denies Explosives Find Staged”. BALKAN INSIGHT, 6 de abril.

(8) “Face au cas Orban, jugé trop proche du Kremlin, les Européens restent démunis”. VIRGINIE MALINGRE. LE MONDE, 1 de abril.

GUERRA DE IRÁN: RETABLO DEL DESCONCIERTO

 1 de abril de 2026

En las guerras recientes siempre hay un momento de desconcierto. Un punto en el que los planes parece que no se van a cumplir, que surgen dudas sobre la estrategia y, consecuencia, de ello también acerca de los resultados. Ocurrió en las sucesivas campañas de demolición del régimen iraquí de Saddam Hussein, es todavía evidente en la “operación militar especial rusa” en Ucrania, se apreció en cierto modo en el genocidio de Gaza y hemos llegado a ese punto en el actual conflicto en Irán y la zona del Golfo Pérsico. Con frecuencia, las dudas provienen de analistas, medios y dirigentes no implicados en la planificación, decisión y ejecución de las actuaciones bélicas. Pero se basan en las inconsistencias de quienes supuestamente gobiernan la situación.

Con la actual administración norteamericana (o mejor dicho, con su Comandante en Jefe), el desconcierto es la marca constante, desde el inicio de la crisis, y antes. Más aún: se puede decir que no hay política presidencial que no esté impregnada de desconcierto. Es su seña de identidad. Y no precisamente involuntaria: Trump se precia de ello, como una táctica genial, como una prueba de su competencia.

EL SEVERO VEREDICTO DEL ESTABLISHMENT

Cuando se entra en la quinta semana de la guerra de Irán, la opinión generalizada de analistas, académicos, exresponsables y líderes ajenos al poder real es que el Presidente norteamericano no sabe muy bien lo que quiere, o no sabe cómo conseguirlo, o acaso se siente demasiado sorprendido por la evolución de los acontecimientos como para establecer un rumbo estable. Como es habitual en sus procesos de toma de decisiones (si puede aplicarse este concepto a su estilo de gobierno), la impredecibilidad es lo único seguro.

Es útil repasar las evaluaciones de académicos y/o antiguos miembros de los equipos de elaboración política y estratégica, que han intervenido en mayor o menor medida en el diseño de las políticas hacia Irán de los recientes gobiernos norteamericanos. En estas últimas semanas han vertido sus diagnósticos y recomendaciones en FOREIGN AFFAIRS, la publicación faro del establishment exterior y de seguridad de los EE.UU.

“América no tiene buenas opciones en Irán. Trump necesita una rampa de salida”, opina Ila Goldenberg, principal asesor sobre Irán en el primer mandato de la  administración de Barak Obama, el único Presidente norteamericano desde 1979 que ha suscrito un acuerdo con Irán, bombardeado en todo momento por propios y extraños. Otro colaborador del expresidente afroamericano, el Coordinador de la Coalición contra el Daesh, James Jeffrey, asegura que “la guerra en Irán puede llegar a parecerse a la de Ucrania”, en el sentido de un calamitoso exceso de confianza.

La presunción de la libertad de acción para tomar en cada momento la decisión que el Presidente considere más conveniente, generalmente para salir lo más airoso posible del enésimo lío en que se ha metido, es conceptualizada en medios académicos como “realismo flexible”; es decir, una deriva oportunista de la doctrina realista de las Relaciones internacionales y de Seguridad, caracterizada por la libertad de acción sin coherencia intelectual. Pero dos asesoras de Biden en la zona de Asia Occidental y el Indo-Pacífico (Rebecca Lissner y Mira Rapp-Hooper), estiman que la “promesa” de este “realismo flexible” es falsa y se reduce a una “política exterior sin principios”; al menos en lo que respecta a Irán.

La supuesta “flexibilidad” es una forma de enmascarar que “la guerra de Irán ha escapado a sus autores (...) y la escalada está haciendo añicos la ilusión del control de Washington, según consideran Robert A. Pape, director del Proyecto de Seguridad y Amenazas, en Chicago); y Alí Vaez, en la actualidad, director de Irán en el International Crisis Group.

Dos profesores de Relaciones Internacionales en la Universidad neoyorquina de Columbia, Richard K. Betts y Stephen Biddle, pintan un panorama sombrío del futuro inmediato. Según ellos, “el precio de la incoherencia estratégica en Irán provocará que los beneficios de la guerra no superarán a su coste”.

Para que todo no vaya a peor y se evite la “pesadilla” de una escalada aún mayor, el principal responsable de los asuntos de Seguridad y Defensa de la Institución Brooking, cercana a los demócratas, Michael O’Hanlon, recomienda que intervenga el Congreso, autorizando ataques aéreos limitados y descartando el empleo de fuerzas de tierra”.

LOS MEDIOS LIBERALES AMPLIFICAN EL ECO CRÍTICO

Si los analistas, académicos y estrategas se muestran con tal severidad, no le van a la zaga los principales medios liberales.

“Trump zigzaguea sobre Irán, asegurando que ha habido grandes progresos, sin dejar de emitir amenazas”, titulan los corresponsales en la zona y en la Casa Blanca del NEW YORK TIMES).

Ravi Agrawal, editor de una de las principales publicaciones especializadas, FOREIGN POLICY, afirma con rotundidad que “Trump está perdiendo la guerra de Irán y, después de un mes, la República Islámica la está ganando en la medida en que sobrevive”.

El Jefe de los corresponsales de THE ECONOMIST en Estados Unidos, John Prideaux señala “tres grandes problemas en la estrategia de Trump en Irán: 1) falta de claridad en la cúspide, 2) una inesperada ventaja estratégica de Teherán, 3) la Casa Blanca no es un aparato de gobierno sino una corte” ().

El diario francés LE MONDE resalta la “confusión de Donald Trump”, al aplazar un ultimátum previamente impuesto a Teherán para obtener la reapertura del estrecho de Ormuz, asegurando que se cursaban negociaciones con Irán -afirmación desmentida por los responsables iraníes”.

Uno de los corresponsales más veteranos en Oriente Medio, Jeremy Bowen, de la BBC, afirma que “Trump está librando una guerra basándose en sus instintos y no está funcionando”. Y uno de los mejores analistas británicos de las relaciones exteriores, el corresponsal diplomático del diario THE GUARDIAN, Patrick Wintour, sostiene que “Trump ha empeorado la posición de Estados Unidos frente a Irán.

La posición política y mediática de todos los citados es, evidentemente, contraria a Trump en este y otros asuntos de la actualidad. Pero la incomodidad se empieza a dejar sentir también entre sus seguidores, colaboradores y cómplices políticos internos. “El apoyo republicano a la guerra de Trump contra Irán se tambalea. A los legisladores les preocupa el coste, el posible uso de las fuerzas terrestres y los objetivos no claros”, dice Rachel Oswald, periodista de FOREIGN POLICY acreditada en el Congreso.

ISRAEL: AUTONOMÍA LIMITADA

Trump no es el único blanco de las críticas. Israel, más disciplinado siempre en la consecución a toda costa de sus intereses, o de los intereses de sus dirigentes, lleva la guerra por donde cree que le conviene. Netanyahu puede hacer aparentemente caso omiso a los cambios de humor de Trump, pero no es en absoluto independiente de las decisiones de su aliado y protector y mucho menos de sus urgencias políticas.

“Israel después de la guerra de Irán. La falsa promesa de la victoria total”, estima Shira Efron, encargada de Israel en la Corporación RAND. Nathan J. Brown, un veterano analista de Oriente Medio, ahora colaborador de la Fundación Carnegie y profesor en la Universidad Georges Washington, considera que Israel se ha abonado a las “guerras perpetuas” y su estrategia de seguridad “ya no se fundamenta en la disuasión y en la diplomacia, sino en la dominación y la degradación”.

En cuanto a la tesis sobre la inducción israelí de la guerra, directamente o a través de sus eficaces agentes, Stephen Walt profesor de Relaciones Internacionales en Harvard cree, sin dudarlo, que el lobby judío arrastra una importante responsabilidad.

A esta tesis se oponen tres veteranos negociadores de los procesos de paz. Steven Simon sostiene que Israel no empujó a Washington a la guerra. Más rotundos se han mostrado Daniel C. Kurtzer, profesor en la Universidad de Princeton y exembajador de EEUU en Israel y Egipto; y Aaron David Miller, analista de la Fundación Carnegie: “la guerra fue una decisión del Presidente norteamericano, y él es el único responsable”.

La idea más extendida en Jerusalén es expresada por uno de los corresponsales del NEW YORK TIMES: “Netanyahu tiene la guerra que siempre quiso, pero en los términos de Trump. El primer ministro israelí quería un cambio de régimen en Teherán, pero Trump parece dispuesto a conformarse con algo menos”.

 

 

EL SHOCK EN LAS MONARQUÍAS PETROLERAS

Finalmente, el desconcierto se ha apoderado también de los aliados árabes de Trump, que no querían esta guerra, pero la están sufriendo en parte y desconfían ahora de la protección duradera que les brinde el amigo americano, aunque no parecen tener alternativas creíbles. Las inquietudes principales son destacadas por los especialistas:

“Los Estados Unidos pueden perder el Golfo. Los ataques iraníes a sus vecinos son una prueba de que los norteamericanos no pueden protegerlos”, augura Marc Lynch, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Georges Washington.

Las petromonarquías han experimentado con crudeza una vulnerabilidad hasta ahora sólo especulativa. Irán les ha hecho responsable de poner sus respectivos territorios al servicio de Estados Unidos y de Israel, de ahí que, en lo sucesivo, afirma Muhamad Seloom, profesor de Relaciones Internacionales y Seguridad en la Universidad de Doha, “quieran ser socios, no meras plataformas”.

Los planes de desarrollo económico y de expansión regional e internacional de estos reinos modernos y arcaicos a la vez pueden verse relegados a favor de mayores inversiones en seguridad. Según Amr Hamzawy, director del Programa de Oriente Medio en la Fundación Carnegie, “a guerra de Irán está devolviendo a la región a una era más aislada y propensa a los conflictos”.

Otros analistas, en cambio, no apuestan por cambios dramáticos, Rob Geist-Pinfold, experto en seguridad del King’s College y profesor de la Universidad John Hopkins; y Dania Thafer, directora ejecutiva del Forum Internacional del Golfo, pronostican que “las estrategias principales de los países del Golfo no cambiarán”.

EXÁMENES POLÍTICOS EN EUROPA A LA SOMBRA DE LAS GUERRAS

 

25 de marzo de 2026

La guerra de Irán se complica, la de Ucrania se pudre y Europa no tiene apenas con quien entenderse. Ni siquiera consigo misma. Las crisis bélicas y sus inevitables consecuencias económicas ya están contribuyendo a ahondar las crisis políticas internas preexistentes, como se ha puesto de manifiesto en las últimas citas con las urnas, aunque en intensidad y con efectos dispares. Los partidos en el gobierno sufren, por lo general, castigos notables, con escasas excepciones.

LA CLAVE ALEMANA

Alemania ha celebrado este mes dos elecciones regionales: en Baden-Wurtemberg y en Renania-Palatinado. Los dos partidos de coalición gobernante, democristianos y socialdemócratas han tenido suertes opuestas: favorable, los primeros; negativa, los segundos. Lo que indica de nuevo el negocio ruinoso que el SPD emprendió con esta fórmula política, agravadas en contextos de crisis internacional.

El Canciller Merz  ha sacado partido de su política cautelosa hacia Trump. Esto se explica en parte por su trayectoria personal. La carrera profesional del Canciller está muy ligada a los intereses del capitalismo financiero norteamericano y difícilmente gustará de adoptar posiciones críticas por intemperante que sea su interlocutor. Pero es la posición exterior alemana de fondo (el indestructible vínculo transatlántico) lo que fundamente su conducta. Aunque el genocidio de Gaza y ahora esta guerra ilegal contra Irán haya exacerbado la incomodidad de Berlín con este Washington de gatillo fácil y lengua suelta, Merz evitará crear más crispación.

El electorado del Canciller ha revalidado esta conducta. En las elecciones regionales de Baden-Würtemberg la CDU ganó cinco puntos y medio y 14 diputados. A punto estuvo de quitarle la hegemonía a los Verdes. Y este fin de semana pasado acabó con 35 años de dominio socialdemócrata en Renania-Palatinado, después de ganar tres puntos y 8 escaños más.

Por el contrario, el SPD sigue cosechando fracasos electorales en su vinculación poco comprensible con la fórmula de la Gross Koalition. Sus líderes, defensores de la política de rearme más radical de Europa, no parece sacar las conclusiones. ¿A quién beneficia esta sangría socialista? Naturalmente a la extrema derecha, que sube como la espuma.

DINAMARCA: FRENAZO A METTE

En Dinamarca la primera ministra, Mette Frederiksen, dirigente socialista de moda en los medios liberales, ha sufrido un frenazo importante en las elecciones del 24 de marzo. El Partido Socialdemócrata sigue siendo el más votado, pero ha perdido más de cinco puntos y doce de los 50 escaños que tenía en el Folketing (Parlamento). Se trata de los peores resultados de los socialistas desde 1901. Frederiksen tendrá de nuevo que pactar para seguir gobernando, ya que, junto con los otros partidos de izquierda (bloque rojo), dispondrá de 84 diputados, seis menos de la mayoría absoluta. La derecha (bloque azul) se ha quedado en 77. Decidirán los 14 escaños de los Moderados, que ahora eran compañeros de viaje de la izquierda.

Los resultados pinchan un poco el globo de Mette (como la llama todo el mundo en el país). La líder danesa ha visto cómo su estatura política se elevaba interna y externamente por la firmeza ante las claras amenazas de Trump de hacerse con el continente helado de Groenlandia, parte integrante del territorio nacional danés. Aunque Frederiksen no pretendió nunca ser una heroína y no cayó en la tentación populista de las declaraciones altisonantes, lo cierto es que fue lo bastante firme para que los medios liberales ensalzaran su coraje político.

La biografía política y personal de Mette también ha ayudado. Hija de un dirigente sindical y ella misma activista desde muy joven, ha ido construyendo un perfil muy popular a lo largo de estos últimos años. No ha disfrutado nunca del privilegio de una mayoría absoluta, pero ha sido muy hábil en muñir acuerdos de gobierno con partidos incluso conservadores. En este empeño le ha ayudado mucho su política migratoria muy restrictiva, que le ha acercado a los discursos de la derecha liberal e incluso del nacionalismo conservador, sin llegar a la xenofobia. Frederiksen le ha ido dando a cada franja electoral lo que más necesitaba o esperaba.

La supuesta eficacia de esta política ha quedado duramente ahora cuestionada. El xenófobo Partido del Pueblo danés se ha recuperado de manera un tanto sorprendente al pasar de 5 a 16 escaños. Su resultado electoral es matemáticamente inverso al cosechado por los socialistas, en votos y diputados.

Mette intuía que el apoyo que podía cosechar por la derecha no compensaría el castigo que podía recibir desde su base social. Por eso, para recuperar parte de su electorado natural, ofertó una propuesta impositiva que grava las grandes fortunas e intereses empresariales. No ha sido suficiente.

HUNGRÍA: ¿FIN A TRES LUSTROS DE ORBÁN?

La cita electoral en Hungría, el 12 de abril, se espera con gran interés. Por primera vez en tres lustros, el primer ministro nacional-conservador, Viktor Orbán, puede resultar derrotado. Peter Magyar lidera la amplia y heterogénea coalición opositora Tisza. En realidad, Magyar es un derivado de Orbán es decir, un disidente que ha compartido sus políticas derechistas, pero se distanció de él por no  estar de acuerdo con su discurso antieuropeo y prorruso. Orbán ha bloqueado los sucesivos programas de ayuda financiera a Ucrania aduciendo comportamientos poco amistosos de Kiev hacia su país, lo cual es más bien efecto que causa. Las últimas revelaciones pueden ser definitivas. Se ha denunciado que el ministro de exteriores filtraba a su colega ruso los debates en el Consejo europeo, imputación que Peter Szijjarto ha negado vehementemente. En Europa hay dudas  sobre hasta dónde puede llegar Orban para impedir su derrota.

ESLOVENIA: BLOQUEO POLÍTICO

La buena sintonía de Orban con Putin  es compartida con otros dirigentes de los países excomunistas de Europa Central que han vuelto al gobierno de sus países (República Checa y Eslovaquia) o que han estado a punto (Eslovenia). En esta República exyugoslava ha habido elecciones el pasado fin de semana y el liberal Robert Golob, al frente de una coalición con los socialdemócratas, ha obtenido sólo un diputado más que el partido nacionalista conservador (SDS) de Janez Jansa. Seguramente éste hubiera ganado, de no destaparse durante la campaña un escándalo de los que dejan huella. El gobierno esloveno de centro-izquierda fue uno de los más críticos de la campaña bélica de Israel en Gaza. Ahora se ha sabido que una empresa israelí se ha dedicado a urdir operaciones de espionaje del gobierno esloveno, con la participación de empresas nacionales, bajo el impulso y control de Jansa. 

No le será fácil a Golob armar un gobierno tras haber perdido diez diputados en la Asamblea Nacional. El líder ultranacionalista puede intentar una incierta colaboración con otro grupo de ultraderecha. RESNI.CA, populista anticorrupción, antiélites y antivacunas, entra en el Parlamento con 5 diputados, tras haber recogido parte del voto perdido por Jansa, debido a sus turbias operaciones. El exjefe de Gobierno, uno de los líderes más radicales de la revuelta contra Yugoslavia en 1991, comparte con Orban cierto entendimiento con Putin. Si accede de nuevo al poder ejecutivo, habrá temblores en Bruselas y otras capitales comunitarias.

FRANCIA: CON LA VISTA YA EN EL ELISEO

Atención aparte merecen las municipales en Francia. Se ha confirmado el fin del macronismo político. Renaissance se torna en Decadence. El centrismo liberal que encarna el Presidente (suave en las formas, duro en el fondo) se deshace. Sólo uno de sus reticentes aliados, Edouard Philippe (Horizons) sale con ciertas, no muchas, posibilidades de competir por el Eliseo el año que viene.

La derecha dura se polariza en torno al dilema de acuerdo con Rasamblement National. El gaullismo clásico es ya un recuerdo. Los atlantistas pierden peso frente a los nacionalistas duros, que asumen gran parte del discurso lepenista, pero desprovisto de su retórica interclasista. Les Republicains han salido tocados pero no hundidos de las municipales: han perdido algunos feudos, como Niza, a favor del escindido Eric Ciotti, escorado a la extrema derecha, pero han conquistado a sus rivales progresistas otras plazas notables (Clemont-Ferrand, Estrasburgo, Besançon, Burdeos, Poitiers).

En la izquierda, los dispares resultados han recrudecido las viejas cuitas de siempre, ahora infectadas por el falso virus del antisemitismo. Pese a los intentos de Macron de forjar un entendimiento en la sombra entre todas las derechas en París, los socialistas han conservado el Hôtel de Ville de la capital. También han salvado Marsella y Lille, y sus aliados ecologistas mantienen Lyon. Pero el entendimiento del Primer Secretario socialista, Olivier Faure, con los Insumisos para evitar males mayores ha sido ambiguo, contradictorio y ha arrojado malos resultados en las urnas. Las rencillas en el PSF, siempre latentes, han aflorado con ruido y fuerza en las reuniones internas de evaluación de los resultados. Se perfila un año de recriminaciones y ataques feroces dentro de cada partido y entre las dos principales fuerzas de la izquierda francesa.

ITALIA: RESBALÓN DE MELONI

Dejamos para el final Italia. Georgia Meloni ha sufrido un buen varapalo con el rechazo en referéndum de su reforma de la Justicia. El Palacio Chiggi parecía inexpugnable hasta hace sólo unos días. Pero la primera ministra neofascista ha ido demasiado lejos, al cuestionar ciertos equilibrios que la ciudadanía no quiere ver alterados. Su propuesta sonaba demasiado a interferencia en la separación de poderes y purga de togas rojas. A Meloni le irritó que algunos magistrados le chafaran su proyecto xenófobo de los campos de detención de inmigrantes en Albania. Un 53,7% de los italianos le ha dicho NO en el referéndum y Meloni tendrá que recoger velas. Tampoco le ha ayudado el ambiente general de su entendimiento con Trump, del que ella ha presumido sin disimulos.

La mala noticia para la nebulosa de la izquierda política italiana es que la campaña contra los propósitos de Meloni no la han liderado los partidos asentados sino un amplio movimiento ciudadano de base, sin liderazgo claro, pero con fuerte empuje, que conecta con las manifestaciones a favor de los derechos palestinos, amén del malestar social por una economía declinante que sólo puede ir a peor con esta guerra, ya que Italia es uno de los países más afectados por la crisis energética. Se perfila una contestación en la que convergen sectores de izquierda y católicos progresistas.