GUERRAS LATENTES

14 de abril de 2021

En el confuso y peligroso panorama internacional parecen haber amainado algunos de los conflictos bélicos recientes. Sin embargo, es una impresión engañosa. En muchos de esos casos, se está lejos de una pacificación estable y duradera. Como mucho, podría decirse que nos encontramos en un estado de guerras latentes, categoría en la cual debemos añadir otros conflictos que no han degenerado en conflagración abierta o clásica. Todavía. Seleccionamos tres casos, para este comentario.

IRÁN-ISRAEL: LA AMENAZA FANTASMA

El caso más relevante, por sus implicaciones estratégicas, regionales y globales, es la hostilidad existencial entre Israel e Irán. Ambos países libran desde hace años una guerra sorda o interpuesta, que cada parte ejecuta a su manera o con sus recursos. Israel, con operaciones de sabotaje, asesinatos selectivos o ataques militares directos contra los aliados del enemigo. Irán, fortaleciendo su red de influencia regional y, ayudado involuntariamente por la torpeza de la anterior administración norteamericana, avanzando en su programa nuclear.

El último episodio de esta guerra latente ha sido el apagón provocado en la central de procesamiento de uranio de Natanz, que ha obligado a su paralización momentánea. Fuentes de inteligencia norteamericanas atribuyen la acción a los servicios especiales israelíes. Las autoridades sionistas ni siquiera se han molestado en negarlo (1). Este último acto de sabotaje coincide, no casualmente, con la reanudación de las negociaciones en Viena, para restablecer el acuerdo nuclear con Irán. EEUU participa indirectamente en los contactos: de momento evitan compartir mesa con Irán, pero Alemania, Francia y Reino Unido) le tienen al corriente de las conversaciones (2).

Israel ha dejado claro que hará todo lo posible para que ese acuerdo (JCPOA, por sus siglas en inglés) permanezca en el punto muerto al que lo condenó Trump con su retirada y su política de “máxima presión” contra el régimen de los ayatollahs. La administración Biden quiere dar un giro de 180 grados, pero se toma muchas cautelas, por la hostil oposición de los republicanos y la belicosa posición israelí.

El clima de las relaciones bilaterales israelo-americanas vuelve a ser ríspido, como lo fuera en la era de Obama; no en vano, aparte del desencuentro sobre Irán, Biden sufrió algunos desaires del gobierno de Netanyahu. El primer ministro israelí tiene de nuevo la oportunidad de prolongar su liderazgo político, pero está más acorralado si cabe por el triple proceso judicial que lo debilita y con menos posibilidades que nunca de construir una nueva mayoría parlamentaria. Si no lo consigue, habrá nuevas elecciones, las quintas en poco más de dos años. Y para entonces, podría haber sido condenado por cualquiera de los cargos que pesan sobre él: corrupción, abuso de poder y quiebra de confianza. En ese contexto, sólo el mantenimiento de un pulso bélico con Irán puede instaurar en el país un clima de emergencia nacional al que agarrarse para preservar sus opciones políticas.

Irán, por su parte, ha sobrevivido a las sanciones de Trump (que Biden aún no ha levantado) y mantiene sus posiciones en la región (Siria, Yemen, Líbano, Irak), pero necesita desesperadamente un respiro. La sucesión del Guía Supremo y las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina. Los conservadores cuentan con muchas bazas para copar todas las instancias de poder. El régimen intenta consolidar una inverosímil cooperación con China. En este pulso Irán-Israel no faltan las escaramuzas navales, cada vez más inquietantes (3).

UCRANIA: EL DILEMA DE PUTIN

Otro escenario de guerra latente es Ucrania. En las últimas semanas, los servicios de inteligencia occidentales han confirmado el incremento en 14.000 hombres de los efectivos militares rusos en Crimea y en la frontera, lo que elevaría el número total a 40.000 soldados en cada una de esas zonas. El gobierno de Kiev ha denunciado esta acción “intimidatoria”. Rusia rebate que esas sean sus intenciones y afirma que se trata de un “asunto interno” (4).

La guerra en Ucrania (13.000 muertos y un millón de desplazados) se encuentra congelada desde los acuerdos de Minsk (2015), aplicado solo a medias. La ambigüedad de sus provisiones ha provocado esta situación de no paz-no guerra. Moscú quiere que se apliquen los derechos de autonomía (una independencia encubierta) a las regiones rusófilas del este, antes de retirar sus efectivos de la zonas en disputa. El gobierno ucraniano exige una secuencia inversa. La confianza es nula. Hace un año ya que al joven e inexperto presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se le acaba el crédito político, no tanto por la continuidad latente del conflicto, sino por la falta de mejoría en la situación social y económica. Una hostilidad renovada frente a Rusia es el único factor de legitimación que le resta, frente a unos oligarcas que detentan el poder real y unos aparatos de seguridad que ejercen una función de tutela (5).

Putin también atraviesa por apuros, debido a los efectos de la pandemia, al efecto de las sanciones norteamericanas y a un incremento del malestar ciudadano. La popularidad del presidente ruso es la más baja en años. Las protestas callejeras de enero tuvieron más que ver con la degradación de la situación social que con la detención del opositor Alexei Navalny. Los “éxitos” internacionales ya no son suficientes para proyectar una impresión positiva desde el Kremlin (6). La nueva administración norteamericana es menos complaciente, aunque poco o nada obtuvo Putin de la anterior, pese a la retórica del establishment de Washington.

Los analistas no creen que Rusia vaya a invadir Ucrania. Algunos creen que Moscú, con su denuncia de que Kiev prepara una limpieza étnica en la región del Don, podría estar recreando el escenario georgiano de 2008, cuando el entonces presidente de aquel país quiso acabar con el estatus semiindependiente de las regiones rusófilas y acabó precipitando la intervención rusa. Georges W. Bush no consideró prudente una confrontación directa con Moscú y Georgia perdió aquella guerra.

Ucrania cuenta con un respaldo retórico de Occidente, pero es improbable que se pase del estado de latencia al de guerra abierta y esa escalada bélica arrastre a la OTAN. El riesgo existe, naturalmente, pero los intereses en juego, simbolizado en el proyecto del gasoducto NordStream-2, hacen pensar en la preservación de la contención (7).

AFGANISTÁN: RETIRADA, AL FIN

El tercer escenario de guerra latente corresponde al conflicto más antiguo de los examinados. Después de tres meses de consideraciones y debates discretos, el presidente Biden ha optado por una vía intermedia. Ni retirada el 1 de mayo, como había pactado Trump con los talibanes, en un chapucero acuerdo sin garantías; ni mantenimiento sine die de la presencia militar norteamericana, como reclaman militares y halcones. La retirada de las tropas de combate se aplaza al 11 de septiembre, cuando se cumplirá el vigésimo aniversario del múltiple atentado yihadista, que precipitó la aventura militar en Afganistán. Quedarán en el país unos centenares de efectivos para proteger la embajada, y poco más.

                Dos décadas de guerra han dejado 2.400 muertos norteamericanos (las víctimas afganas se cuentan por decenas de miles) y un coste de 2 billones de dólares. Bin Laden fue eliminado en 2010 en la vecina Pakistán, cuando ya era una anciana sombra sin apenas influencia. La nueva generación yihadista que lo sucedió ha sido derrotada pero no extinguida. Los talibanes se creen en condiciones de volver a ser la fuerza dominante en el país (8).

                Biden no confía en este gobierno afgano, como Obama tampoco esperaba nada bueno del precedente. Altos cargos norteamericanos propusieron recientemente una especie de transición pactada y participativa, que el ejecutivo afgano recibió con irritación y los talibán han despreciaron (9). Veinte años de ocupación no han servido para sentar las bases de una pacificación duradera. Ciertamente, una restauración integrista sería catastrófica para ciertos sectores sociales (las mujeres, primordialmente, pero no sólo ellas), aunque no es tan seguro que el país vuelva a ser santuario de yihadistas. O no más que otros. Biden nunca estuvo de acuerdo con la estrategia contrainsurgente. Aplacada la amenaza terrorista internacional ha llegado a la comprensible conclusión de que, pese a la falta de consenso interno (10), es hora de acabar con la más emblemática y prolongada de las guerras interminables (endless wars).

 

NOTAS

(1) “Iran apparently strikes an Iranian nuclear facility -again”. THE ECONOMIST, 12 de abril.

(2) “U.S. prepare fot further talks with Iran, as Tehran blames Israel for attack on nuclear facility”. THE WASHINGTON POST, 13 de abril.

(3) “Iran and Israel’s undeclared wars at Sea (part 2): the potential for military escalation”. FARZIN NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 13 de abril.

(4) “Is Russia going to war in Ukarine?”. BBC, 13 de abril; “En Ukraine, dangereuse escalade dans le Donbass”. FAUSTINE VINCENT. LE MONDE, 2 de abril.

(5) “Zelensky’s first year: new beginning or false dawn?”. STEVEN PIFER. BROOKINGS, 20 de mayo de 2020; “The uneven first year of Zelenskiy’s Presidency”. GWENDOLINE SESSEN. CARNEGIE, 19 de mayo de 2020

(6) “Russia’s weal strongman. The perilious bargains that keep Putin in power”. TIMOTHY FRYE. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2021.

(7) “Is Russia preparing to go to war in Ukraine?”. AMY MCKINNON. FOREIGN POLICY, 9 de abril. .

(8) “The Taliban think they have already won, peace deal or not”. ADAM NOSSITER. THE NEW YORK TIMES, 30 de marzo.

(9) “The Hail Mary of power-sharing in Afghanistan. MICHAEL O’HANLON y OMAR SHARIFI. BROOKINGS, 29 de marzo.

(10) “In or out of Afghanistan is not a political choice”. SARA KREPS y DOUGLAS KRINER. FOREIGN AFFAIRS, 22 de marzo; “Americans are not unanimously war-weary of Afghanistan”. MADIHA AFZAL y ISRAA SABER. BROOKINGS, 19 de marzo.

BIDEN: EL INESPERADO ENTERRADOR DE LA REVOLUCIÓN NEOCONSERVADORA

 7 de abril de 2021

Hace apenas quince meses, cuando el Coronavirus era aún una amenaza en ciernes y  las primarias demócratas no habían empezado, pocos predecían que el casi octogenario Joseph Biden se fuera a convertir en el líder mundial probablemente con mayor impacto en Occidente desde Ronald Reagan. Aún no lo es, pero cada día que pasa quiebra un pronóstico o altera la proyección que su carrera política, su temperamento y sus convicciones políticas hacían razonablemente esperar.

Para no incurrir en malentendidos, hay que empezar diciendo que esta “sorpresa” no se deriva de una equivocación colectiva y mucho menos de una conversión personal. Una vez más, la Historia elige personajes secundarios o dirigentes medianos para encarnar giros decisivos. Y en Estados Unidos, esta máxima es más cierta que en cualquier otro lugar.

Si echamos la vista atrás, hay muchos puntos de contacto entre Reagan y Biden, a pesar de sus posiciones políticas aparentemente opuestas. Ninguno de los dos era un líder brillante, deslumbrante, imaginativo o carismático. Los dos pueden considerarse ejemplos de una clase política reconocible. Ambos acreditaban experiencia, aunque desigual: Reagan había sido gobernador de California, el estado más poderoso y poblado de la Unión; Biden, llevaba 30 años ininterrumpidos en el Senado y había cumplido un mandato como Vicepresidente.

EL ENGAÑOSO PRESTIGIO DE REAGAN

Hace ahora cuarenta años que Ronald Reagan se convertía en el 40º presidente de los Estados Unidos. El mundo se encontraba inmerso en el segundo shock petrolero en apenas ocho años. El crecimiento económico se encontraba estancado y agravado por una inflación imparable (estanflacion: combinación de estancamiento e inflación ). En pleno trauma por la humillación de los rehenes de Irán, una economía incapaz de salir a flote, el poderío estable aparente del comunismo soviético y el triunfo de partidos y movimientos izquierdistas en el mundo en desarrollo, Estados Unidos parecía más a la defensiva que nunca desde 1945.

Esa era, al menos, la narrativa propagandística de la derecha más combativa. Había que reaccionar pronta y contundentemente. No había espacio para medias tintas. Había que poner fin a las terceras vías, a los modelos de reforma de capitalismo, la socialdemocracia, el Estado del bienestar, el fortalecimiento sindical, la cultura liberal, los movimientos por los derechos civiles y de las minorías, etc. Había que lanzar una “revolución neoconservadora”. Y las circunstancias y los laboratorios de ideas creyeron que la persona para encarnarlo no debía ser una figura cumbre del panorama político, sino un relaciones públicas, un carca simpático.

A sus setenta años, Reagan se convirtió en el presidente de mayor edad de la historia norteamericana. Y seguramente uno de los menos dotados intelectualmente. Actor mediocre y oportunista sin complejos, interpretó el papel que se reservó para él de manera satisfactoria. Reagan bajó los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, restringió o eliminó los programas sociales que se habían creado durante la etapa de Johnson (otro político astuto pero en absoluto tocado por el áurea de líder imprescindible, como Kennedy) y lanzó la carrera armamentística más ambiciosa de la historia, por tierra, mar, aire... y espacio sideral. Este empeño se codificó en dos lemas: “El Estado es el problema, no la solución” y “Hacer grande a América de nuevo”. La economía-vudú reaganiana partía de la supuesta creencia de que al disponer de más dinero, los ricos invertirían más en la economía y todos se beneficiarían de su esa reforzada prosperidad (el llamado efecto trickledown o goteo). En realidad, la popularidad de Reagan se basó en una gigantesca mentira, como denuncia un reciente documental (1)

El legado de la revolución conservadora es apabullante: incremento exponencial de la desigualdad, unas sociedades escindidas, falta de oportunidades para las inmensas mayorías, precarización y degradación de las condiciones laborales y quiebra del principio del progreso generacional (por primera vez, los hijos no viven mejor que sus padres), etc. En estos años, la riqueza nacional en manos del 1% más rico ha pasado del 22% al 37%. Nueve de cada diez ciudadanos son ahora, de media, trece puntos más pobres que antes de Reagan (2).

Desde finales de los 70, los demócratas han sido seducidos y/u obligados a comulgar con ciertos dogmas para poder financiar sus campañas políticas y aspirar a ser elegidos por una ciudadanía manipulada por medios serviles y/o dependientes.

HACIENDO VIRTUD DE LA NECESIDAD

Ahora, bajo la abrumadora destrucción, humana, económica y social del COVID-19, el presidente norteamericano ha emprendido dos vastas iniciativas públicas convergentes (un plan de estímulo económico, ayudas sociales y beneficios fiscales a las familias y un gigantesco programa de renovación de infraestructuras y promoción de la economía verde y la transición energética), por valor de 4 billones de dólares, lo que equivale al 80% del gasto contemplado en los Presupuestos Generales del Estado Español para 2021.

Para financiar este gigantesco esfuerzo, Biden y la secretaria del Tesoro Yellen plantean aumentar los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, revirtiendo así uno de los principales paradigmas de la “revolución neoconservadora”: que la presión fiscal es un gran obstáculo para la prosperidad (3). El plan Biden-Yellen prevé anular los regalos de Trump y elevar el tipo impositivo al 28% para las grandes empresas (siete puntos más; en todo caso aún inferior al 35% que consiguió Obama del Congreso tras el desfondamiento financiero). Además,  es la primera vez que un gobierno norteamericano propone gravar a las compañías multinacionales, que han sido las grandes beneficiarias del neoliberalismo.

Biden, un político del establishment, en absoluto crítico de lo que ha ocurrido durante estas cuatro últimas décadas, se convierte en el defensor inesperado de la intervención activa del Estado en la economía de libre mercado, emulando modestamente a Roosevelt (4). Su proclamada cercanía a los sindicatos en poco o nada situaba a Biden en terrenos ideológicos progresistas. De hecho, durante las primarias demócratas se desmarcó expresamente de las propuestas más a la izquierda, formuladas por Bernie Sanders o Elisabeth Warren.

En los últimos tres meses, sin embargo, estamos oyendo a un presidente que adopta programa y lenguaje de esa izquierda demócrata, a la que no pertenece y en la que él no confía. Los centristas o escépticos de su partido callan, sin duda convencidos de que conseguirán templar esas propuestas en los pasillos del Congreso, como hicieron con el plan de salvamento económico y con la reforma sanitaria de Obama. La eliminación de la subida del salario mínimo a 15 $ ha sido un anticipo. Los más progresistas temen que el presidente tenga asumidos esos recortes, pero están dispuestos a defender el triunfo intelectual que supone siquiera la presentación pública de estas políticas, y a dar batalla (5).

Naturalmente, Biden no quiere conducir el país hacia un socialismo democrático (6). Son las circunstancias las que le han obligado a poner su firma a las políticas públicas más ambiciosas en noventa años. La Historia, de nuevo, ha elegido al menos esperado, no al mejor dotado o al más brillante. Pero sí a uno de los más dispuestos a hacer lo que sea necesario para salvar al sistema. Sin complejos ideológicos o doctrinarios.


NOTAS

(1) El documental “The Reagans”, de la productora audiovisual SHOWTIME, destapa el ejercicio de propaganda falaz que hizo del 40º Presidente un líder nacional y mundial.

(2) Datos recogidos en el trabajo “The Starving State. Why Capitalism’s salvation depends on Taxation”. JOSEPH STIGLITZ, TODD TUCKER y GABRIEL ZUCMAN. FOREIGN AFFAIRS, Enero-febrero de 2020.

(3) “Joe Biden’s quietly revolutionary first 100 days”. EDWARD LUCE. FINANCIAL TIMES, 18 de marzo.

(4) “Biden is facing a Roosevelt moment”. KATRINA VAN DEN HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 30 de marzo.

(5) Stimulus bill as a political weapon? Democrats are counting on it”. JONATHAN MARTIN. THE NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(6) “No, Joe Biden won’t give us Socialdemocracy”. MATT KARP. JACOBIN, 15 de marzo.

 

ISRAEL: LA VOTACIÓN INTERMINABLE

 31 de marzo de 2021

Las cuartas elecciones generales israelíes en dos años no han arrojado una mayoría suficiente para garantizar un gobierno mínimamente estable. Se habla abiertamente ya de las quintas elecciones antes del verano. Una inestabilidad sin precedentes.

El sistema electoral proporcional puro y la atomización del espectro político explican este bloqueo. Pero habría que añadir el de la versión local de la polarización: partidarios y adversarios de Netanyahu, el primer ministro desde 2009 (y líder más longevo de Israel, si se cuenta un primer periodo de gobierno en los años noventa).

King Bibi, como se le conoce coloquialmente, ha secuestrado la democracia israelí. Todo, o casi todo, gira en torno a su figura. A sus intereses personales, más que a su proyecto político. Su designio consiste ya en escapar al triple proceso judicial abierto contra él por corrupción, malversación de fondos y abuso de confianza. La clase política se divide entre quienes creen que el primer ministro debe ser sometido a la justicia, sin privilegios ni salvaguardas, y quienes pretenden defenderlo por convicción o por conveniencia.

Hace una década larga, Netanyahu se convirtió en el líder de una derecha nacionalista decidida a cuestionar primero y enterrar más tarde el proceso de paz con los palestinos, estimular la colonización de los territorios ocupados e imprimir un giro conservador y tradicionalista en la sociedad israelí. La usura del poder y su indisimulada ambición le han llevado a pertrecharse contra cualquier intento de alternativa (1). Netanyahu ha sustituido la visión por la maniobra permanente, el proyecto por el oportunismo. Las instituciones son cada vez más serviles y ahora se atenta contra la judicatura. Un caso comparable al de Hungría y Polonia, según analistas críticos o Samy Cohen, politólogo judío residente en Francia (2).

UNOS RESULTADOS NO CONCLUYENTES

Los resultados del 23 de marzo no han resuelto el atolladero. El partido de Bibi, el Likud, ha obtenido 30 de los 120 diputados de la Knesset (Parlamento); es decir, la mitad menos uno de los que necesita para gobernar con mayoría (61). A partir de aquí comienzan las cuentas. En la columna de potenciales aliados figuran los habituales de los últimos años: los diputados ultraortodoxos sefardíes del Shas (9) y los askenazíes de Unión en la Torá (7). Eso hacen 46. En cualquier lugar, lo más natural sería el pacto con los afines. No en Israel.

La ultraderecha nacionalista se divide en dos partidos, Israel Beitenu (Nuestra casa Israel), de Avigdor Libermann, que concentra gran parte del voto de los inmigrantes rusos y de Europa oriental); y Yamina, una coalición dirigida por Naftalí Bennet, que aglutina a dirigentes que han roto agriamente con Netanyahu. Cada uno de ellos tiene 7 diputados.

Liebermann mantiene su abierta hostilidad hacia los ultraortodoxos por el asunto de la exención del servicio militar (que Netanyahu les otorgó como precio a su apoyo); por tanto,  su apoyo es muy dudoso. Bennet ha conseguido unificar a esa derecha que quiere jubilar cuanto antes a Netanyahu. En ese empeño se han malogrado numerosas figuras, y Bibi sigue reinando.

Otro dirigente que se separó esta legislatura del Likud para construir una alternativa a Netanyahu fue el exministro de Educación (antes, de Interior), Gideon Sa’ar. Su partido, New Hope (Nueva Esperanza) apenas ha conseguido 6 escaños. Nada desdeñable, pero insuficiente para proclamarse como garante de una regeneración interna en la derecha nacionalista. Por lo demás, su proyecto sólo difiere del de Netanyahu en lo táctico, no en lo estratégico, como se pone de manifiesto en una entrevista concedida a un think-tank norteamericano (3).

PACTO CON DIOS Y CON EL DIABLO

Netanyahu puede pescar en el extremismo religioso sionista. Conviene aclarar que los judíos practicantes celosos y políticamente activos se dividen, básicamente, en sionistas y ultraortodoxos (antisionistas). Estos últimos, los haredim (temerosos de Dios) se opusieron al Estado de Israel como proyecto político, por considerar que no hay más autoridad que Dios. Más tarde, algunos adoptaron el pragmatismo: puesto que el Estado sionista era una realidad duradera, se organizaron políticamente para extraer ventajas de él, tanto en la comunidad sefardí (de origen oriental) como en la ashkenazí (occidental).

Los religiosos sionistas, defensores del Estado de Israel con convicción plena, han ido adoptando posiciones más extremas. Han aprovechado sus votos en la Knesset para sacarle concesiones a Netanyahu, como el resto de miniformaciones conservadoras.  En esta ocasión, el propio primer ministro, sabedor de que tendría que contar cada voto para seguir en el puesto, alentó la unificación de distintas corrientes en una coalición que agruparía a un sector de  Tkuma (Resurrección) y Oztma Yehudit (Hogar Judío), dos formaciones con abiertas posiciones racistas, partidarias de la expulsión de los palestinos de los territorios bíblicos de Judea y Samaria (Cisjordania). La segunda es heredera del grupúsculo terrorista fundado por el desaparecido rabino Meir Kahane. Netanyahu espera contar con sus 6 diputados.

En esta lucha desesperada por mantenerse en el sillón e intentar escapar al castigo de la justicia, Netanyahu parece dispuesto “aliarse con el diablo”. O con  diablos distintos y hasta opuestos a los anteriores, en este caso los islamistas árabes israelíes de Ra’am. Les ha cortejado abiertamente (4). En las elecciones anteriores este grupo minoritario acudió a las urnas con el resto de formaciones árabes en la Lista Conjunta. Bibi ha hecho penitencia con esta minoría, después de haberla ninguneado o faltado al respeto, como cuando en 2015 alertó a sus bases de que los árabes “iban a votar en manada”. Una alianza del Likud con Ra’am es totalmente antinatural. Pero ese es el signo de los tiempos.

IMPOTENCIA DEL CENTRO Y LA IZQUIERDA

En la oposición, las opciones no son mejores. El ensayo centrista (en realidad, centro-derechista) de Kajol Lavan (Azul y Blanco), llamado el partido de los generales por el origen de sus líderes, ha sido un fiasco más. Su líder, Benny Gantz, es ya otra víctima más del astuto Bibi. Para no repetir elecciones, se avino a un pacto fáustico, que consistía en la habitual fórmula de gobierno de coalición con la permuta del puesto de primer ministro a mitad de mandato. Antes de que le tocara el turno, Netanyahu orquestó una disputa sobre el proyecto presupuestario y, después de asegurarse que el caos del Covid-19 se había resuelto con una eficaz campaña de vacunación, forzó la ruptura del acuerdo de gobierno y, por tanto, las nuevas elecciones.  Kajol Lavan se rompió. De los 33 diputados de hace un año ha pasado a 8. Uno de los socios, Yesh Atid (Hay futuro), liberal, liderado por Yaid Lapid, una popular figura mediática, ha mantenido gran parte del capital político centrista, al conseguir 17 diputados.

El socialismo democrático casi ha duplicado su fuerza parlamentaria. El laborismo, otrora pilar fundamental del proyecto sionista, se ha recuperado, después de estar a punto de precipitarse en la irrelevancia política, tras una larga y penosa decadencia (5). Bajo el liderazgo, por primera vez en su historia, de una mujer, Merav MIchaeli, los laboristas han duplicado su representación (pasan de 4 a 7 diputados), en alianza de nuevo con el pequeño partido liberal Gesher (Puente). A su izquierda, Merev (Vigor) ha logrado un buen resultado al meter a seis de los suyos (tres más que ahora) en la Knesset. En cuanto a los árabes, la Lista Conjunta contará con 6 diputados, al restarse los 4 islamistas.

Así las cosas, el campo pro-Netanyahu podría tener 52 diputados seguros: 30 del Likud, 16 de dos los partidos ultraortodoxos y 6 de los religiosos sionistas extremistas. Le faltarían nueve para la mayoría. El heterogéneo bando contrario sumaría 48: 17 de Yeish Atid, 8 de Azul y Blanco, 6 de New Hope, 7 Laboristas, 6 del Meretz y 4 de la Lista conjunta árabe. Los dudosos son 18: 7 de Israel Beitenu y otros 7 de Yasmina, y 4 de los islamistas.

Los cálculos para cerrar las alianzas no tendrán que ver con la coherencia ideológica o programática. El factor decisivo será la actitud ante el futuro de Netanyahu: supervivencia u ostracismo. Si no hay veredicto concluyente, habrá quintas elecciones. Un ciclo sin final. 

 

NOTAS

(1) “For or against Netanyahu, Israelis can’t quit him”. LAHAV HARKOV. THE JERUSALEM POST, 22 de marzo.

(2) “On the verge of an illiberal democracy”. ALON PINKAS. HAARETZ, 22 de marzo; “En Isräel, l’era Netanyahu n’est pas sans rappeler celle Viktor Orban en Hongrie”. SAMY COHEN. LE MONDE, 24 de marzo.

(3) “New leadership in Israel: a conversation with Gideon Saar”. ROBERT SATLOFF. THE WASHINGTON INSTITUTE, 10 de febrero.

(4) “Israel round four: new and old dynamics”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 9 de febrero. 

(5) “How Liberals lost in Israel”. YEHUDA MIRSKY. FOREIGN POLICY, 25 de marzo.

YANG Y VANG: LA DUALIDAD DEL PULSO EEUU-CHINA

24 de marzo de 2021

Alaska es un lugar frío. Un escenario que ni pintado para escenificar el clima actual de las relaciones chino-norteamericanas. La reunión de altos cargos diplomáticos/estratégicos entre ambos países en Anchorage rebasó con creces el guion anunciado: tensión y sustanciales desacuerdos. Eso de cara a las cámaras, a las respectivas audiencias, enrocadas ambas en una desconfianza mutua. De puertas adentro, en cambio, el tono fue distinto.

Por parte de Estados Unidos, manejaron el encuentro el Secretario de Estado, Anthony Blinken, y el Consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. La delegación china estaba encabezada por el responsable de asuntos exteriores del PCCH, Yang Jiechi, y por el ministro de exteriores, Wang Yi. Dualidad Partido-Estado, más burocrática que real. Pero útil a efectos de propaganda y postureo.

Blinken resaltó en su intervención introductoria de anfitrión las críticas a Pekín por las violaciones de derechos humanos en Xinjiang, la restricción de libertades en Hong-Kong y la hostilidad creciente hacia Taiwan y otros vecinos de China.

En su turno inicial de palabra, los chinos se repartieron estudiadamente los papeles. Yang asumió el rol de poli malo, de portavoz de las maneras fuertes para afirmar la férrea voluntad china de afirmar su hegemonía mundial.  Aparentemente irritado por el zarandeo, el político Yang contragolpeó a tambor batiente durante 16 minutos (ocho veces más de lo estipulado). Reprochó a Estados Unidos su imperialismo, su cinismo en el discurso humanitario y su arrogancia por tratar de imponer su discurso moralista mientras cierra los ojos antes los abusos contra los afroamericanos y otras minorías norteamericanas.

Con el ambiente sobrecargado, el diplomático Wang puso el énfasis en las áreas de cooperación entre las dos grandes potencias mundiales, sin dejar de reclamar a Washington una actitud más constructiva. En su rol de poli bueno, encarnó la otra cara del poderío chino: su compromiso con el bienestar mundial.

Molesto por el tono de Yang, Blinken pidió a los periodistas presentes que no se marcharan para que pudieran escuchar su réplica contundente. Le recordó lo que Biden dijo a Xi Jinping en su primera conversación como presidente: el discurso chino sobre el declive de EE.UU. es un gran error de cálculo. Y añadió un consejo que el en su día vicepresidente le ofreció al líder chino hace unos años: apostar contra Estados Unidos es una mala apuesta.

En esta pelea de gallos, el jerarca comunista chino quiso tener la última palabra y abundó en las reprimendas. Después de compartir públicamente estos entremeses fríos, ambas partes pasaron a los platos templados de la negociación y el compromiso, según cuentas varias fuentes que pudieron conocer el posterior desarrollo de la reunión (1).

UNA ESTRATEGIA PENDIENTE

Yang y Wang son las caras, abierta y oculta, del diálogo/confrontación con Pekín. Hay que acostumbrarse a ello, tanto para relativizar las disputas, como para templar los logros... cuando se produzcan. A pesar del relativo ruido mediático por el alboroto de Anchorage, la reunión respondió a lo esperado. Después de todo, Blinken había dicho días antes en Tokio (2) que en las relaciones con China hay áreas de confrontación, de competencia y de cooperación. La estrategia anclada en esa tríada conceptual llevará tiempo, semanas o quizás meses, según Kurt Campbell, el principal encargado de esta tarea en el CSN (3); mientras tanto, primarán las medidas más sonoras, de las que Alaska es reflejo ampliado y distorsionado.

Después de Anchorage, Estados Unidos anunció sanciones contra responsables chinos vinculados con la represión de los uigures (comunidad musulmana de Xinjiang). La UE hizo lo propio, menos de cien días después de cerrar un polémico acuerdo de inversiones con Pekín. Otro manifestación del caliente y el frío. (Entre paréntesis: con Rusia, Europa sigue la misma ruta de confrontación, pero sin un aparente carril lento para la cooperación, aunque Alemania libera el arcén para que transite el gas del Nord Stream-2. Intereses obligan).

China será el gran asunto de la era Biden, y de las venideras. Estrategas, políticos, diplomáticos, militares y académicos no paran de producir diagnósticos, análisis, dictámenes, pronósticos y recomendaciones, menos neutrales de lo que sus autores pretenden.

Desde el campo liberal se recomienda firmeza en los principios e inteligencia en la gestión. No debe valer todo para prevenir que las sanciones se conviertan en boomerangs contra los intereses propios. Hay cierto voluntarismo en esta posición: colaborar en lo que interesa y apretar en lo inaceptable.El principal punto de esa agenda de cooperación es el cambio climático, aprovechando la buena disposición que Pekín está manifestando en los últimos tiempos (4). Otro área de prioridad es la tecnológica, donde el desafío chino en el 5G alarma sobremanera (5). Pero se olvida a veces que el contrario también juega, y tiene muchas cartas. No será fácil convencer a los chinos sobre una hoja de ruta para salvar el planeta, si se insiste en llamarles la atención sobre asuntos en los que, Yang dixit, Pekín no tolera lecciones (6).

Desde latitudes conservadoras sopla el mismo viento gélido que en Alaska: una visión de confrontación a cara de perro, bajo la óptica reaganiana de negociar sólo para favorecer la capitulación del adversario. Dos autores del muy derechista Instituto de la Empresa Americana lo han codificado con la fórmula trumpiana de suma cero (7).

Esta perspectiva de guerra fría se basa en las debilidades del adversario. A pesar de su poderío, China es un gigante con los pies más frágiles de lo que parece. El crecimiento económico se ha reducido a la mitad en la última década larga y la productividad ha descendido un 10%. La deuda, por el contrario, ha aumentado hasta alcanzar el 335% del PIB en 2020. Su gente  envejece, en parte debido a sus política antinatalista de una generación atrás, y se predice que un tercio de la población que celebrará el centenario de la China comunista en 2049 serán pensionistas. La sed de poder de China llevará a sus vecinos a protegerse más y mejor, con la ayuda de Washington, claro

Esta debilidad subyacente, empero, no hace a China menos peligrosa, sino mucho más, argumentan estos autores, e invocan el ejemplo de la Alemania de 1914. Para afrontar esta paradoja, se propone no intentar modificar el comportamiento de China sino degradar su poderío, limitando su capacidad tecnológica y protegiendo y reforzando a sus adversarios regionales (8). Una lógica de guerra fría, que elude un dato significativo: el presupuesto militar chino es cuatro veces inferior al del Pentágono.

En la Casa Blanca de 2021 prima la lógica cooperadora con límites bien definidos. Pero frente a la lógica dual de Yang y Wang, no está garantizada una estrategia eficaz. China es hoy un buen negocio para muchos aliados, una oportunidad tentadora en un ambiente incierto. Para armonizar perspectivas y políticas, Blinken se ha detenido en Bruselas para hablar con Borrell con vistas a reavivar el Foro chino, la esfera de cooperación aliada, como días antes había hecho con sus socios asiáticos, Japón y Corea.


NOTAS

(1) “The US and China get finally real with each other”. THOMAS WRIGHT. BROOKINGS, 22 de marzo.

(2) https://www.state.gov/secretary-antony-j-blinken-with-izumi-oguri-of-nippon-tv/

(3) “That was fast: Blowups with China and Russia in Biden’s first 60 days”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 20 de marzo.

(4) “Avoiding the climate canard in the US-China relations”. RYAN HASS. BROOKINGS, 4 de enero.

(5) “What the Cold War can teach Washington about China tech tensions”. BRENDAN THOMAS-NOONE. CENTER FOR STRATEGIC INTERNATIONAL STUDIES (CSIS), 12 de enero.

(6) “Chine assume des ‘grandes divergences’ avec les Etats-Unis. FRÉDÉRICK LEMAÎTRE (Pekin correspondant). LE MONDE, 12 de marzo.

(7) Dos artículos recientes de ZACK COOPER y HAL BRANDS en FOREIGN AFFAIRS resumen este punto de vista: “America only win when China’s regimen fails”(11 de marzo) y “U.S.-China rivalry is a battle over values” (16 de marzo).

(8) “Competition with china could be short and sharp”. MICHAEL BECKLEY y HAL BRANDS. FOREIGN AFFAIRS, 17 de diciembre. 

EL INDO-PACÍFICO, POLO GEOESTRATÉGICO DEL SIGLO XXI

 17 de marzo de 2021

En una videocumbre celebrada este pasado fin de semana, los líderes de Estados Unidos, Japón, Australia y la India han impulsado el Quad (de Cuadrilátero), un proyecto de seguridad y cooperación en los océanos Índico y Pacífico. Para algunos, una suerte de OTAN asiática en ciernes, con la intención declarada de “frenar a China”. Para otros, una ambiciosa iniciativa  que aún está por definir y estructurar

En el comunicado conjunto de la cumbre se afirma el compromiso en favor de una “región libre, abierta, inclusiva, saludable, anclada en valores democráticos y a salvo de coerciones”. Una insinuación a China, a la que no se menciona en el texto oficial, porque no fue el centro del debate, según  el Consejero de Seguridad norteamericano, Jake Sullivan. Los cuatro líderes acordaron crear tres nuevos grupos de trabajo sobre el COVID, Tecnologías emergentes y Cambio climático, tres desafíos prioritarios de la administración Biden, compartidos por sus socios. La próxima cumbre se quiere presencial, a finales de este mismo año (1).

UNA IDEA JAPONESA

El proyecto fue, en su origen, una idea del  anterior primer ministro japonés, Shinzo Abe, en 2007, durante su primer mandato. Inicialmente, se concibió como un mecanismo multilateral de consultas, basado en el trabajo realizado años antes para afrontar el tsunami de 2004. Luego la idea se fue diluyendo.

Obama formuló el concepto pivot to Asia para reequilibrar las prioridades de la política exterior norteamericana. Pero más que prolongar o profundizar en el Quad, promovió el TPP, el  acuerdo comercial regional más ambicioso hasta la fecha. Trump se retiró por su irreflexiva idea de que Estados Unidos no salía ganando. Pero, en cambio, asumió el término Indo-Pacífico como instrumento de presión comercial y confrontación política y diplomática con China. No obstante, el único elemento concreto de su periodo fueron las maniobras Malabar, ejercicios navales indo-americanos a los que se invitó a Japón y Australia, celebrados en la segunda quincena del pasado noviembre. No era algo novedoso, ya que se habían realizado por primera vez en 2007.

La amplísima dimensión de la zona geográfica del Indo-Pacífico plantea muchos problemas para definir estrategias coherentes y sólidas. Los intereses de los supuestos socios de la iniciativa no siempre son coincidentes. Y sus posturas frente al poderío chino, aunque coincidentes en cierto modo, no siempre son homogéneas (2).

EL PESO DE CHINA

El pasado mes de noviembre, quince días después de las elecciones presidenciales norteamericanas y precisamente durante las maniobras Malabar, China se apuntaba un éxito importante al conseguir que quince países de esa zona suscribieran un tratado de libre comercio denominado RCEP (Amplio Partenariado económico regional). Sus integrantes no son países neutros o sin una clara vinculación con Washington, sino sus aliados más sólidos en la región, como Japón, Australia y Corea del Sur; los dos primeros, a la sazón, integrantes del Quad.

 Esta aparente contradicción no lo es tanto, si se analiza la realidad regional. China es el destino de más de la tercera parte de las exportaciones de Australia y el primer socio comercial de Japón (20% de sus ventas en el exterior). No es esta la única paradoja en el Indo-Pacífico. Incluso los países que mantienen con Pekín conflictos de soberanía en territorios insulares del Mar del sur de China, singularmente Filipinas y Vietnam (aparte del propio Japón), también son socios del RCEP. China es el actor principal de ese escenario, guste o no.

Ese partenariado económico y comercial tiene sus efectos políticos y diplomáticos, como señalaba recientemente el editorialista de LE MONDE Alain Frachon (3). Cuando Australia se atrevió a pedir una investigación internacional sobre la responsabilidad de China en la expansión del COVID-19, Pekín le impuso penalizaciones comerciales y propagó un video sobre los “crímenes” de los soldados australianos en Afganistán. Anteriormente, el primer ministro australiano en 2013, Kevin Rudd se apartó del Quad y ahora es un destacado partidario de evitar tensiones con Pekín (4). Para Australia, el Quad y el RCEP pueden ser compatibles. ¿Lo serán?

India, como era de esperar, no se ha apuntado al tratado libre comercio auspiciado por China. Ambas potencias pasan por momento de especial tensión, tras las graves escaramuzas del pasado junio en el Himalaya. Sucesivas administraciones norteamericanas han tratado de conseguir un reposicionamiento de Nueva Delhi en el equilibrio asiático. La asertividad china y el acercamiento entre Pekín y Moscú han enfriado la habitual concertación entre India y Rusia y supone un factor de oportunidad para Washington. Pero los centros de poder indios son muy cautelosos y evitan provocaciones contra China.

También el Reino Unido acaba de señalar al Indo-Pacífico como región prioritaria de atención, en la redefinición de su política exterior tras el Brexit (5)

UN PROPÓSITO PARA EL QUAD

Defensores y escépticos debaten sobre la viabilidad del Quad como estructura multilateral de seguridad y cooperación según el modelo atlántico. En el mundo post-COVID parece afianzarse la potencia de China, que despliega una exhibición de su poder económico, militar y diplomático, no sólo en su área natural de influencia (el Extremo Oriente), sino en corredores de expansión que se extienden por el Índico, Asia Central, Europa y África y, al otro lado del mapa, por Suramérica.

Algunos analistas se han dedicado a señalar posibles áreas de cooperación ampliada del Quad, para que la confluencia de intereses comunes se sobreponga a los intereses nacionales encontrados. Salvatore Babones, del Centro de Estudios de Sidney, identifica la libertad de navegación y la seguridad marítima en los corredores oceánicos como el principal objeto de este cuadrilátero de potencias (6).

Dos investigadores del Carnegie, Evan Feigenbaum James Schwemlein, consideran que el Quad debe establecer mecanismos prácticos de cooperación en materias como la distribución de vacunas, el mercado de las tecnologías verdes, las normas de financiación de infraestructuras o el aseguramiento de las cadenas de suministro mundial; es decir, una agenda civil o económica para vigilar y controlar uno de los factores del expansionismo chino y sus programas de la nueva ruta de la seda (7).

Otros autores entienden que esta ambición del Indo-Pacífico constituye un mal cálculo estratégico para Washington, porque fusiona dos zonas diferenciadas del planeta, por disponibilidad de recursos y confiabilidad de socios. En estos aspectos, Estados Unidos es fuerte en el Pacífico y débil en el Índico. Para Van Jackson, un especialista en Asia y profesor en Nueva Zelanda, este proyecto constituye una “locura estratégica” de ciertos grupos de poder en Washington, en particular el  Pentágono, que desearía asegurarse más fondos y una modernización permanente de sus arsenales (8). No es casual que uno de los principales abogados del Quad sea el que fuera secretario de Defensa de Trump, el exgeneral James Mattis, quien lo considera “la tarea más importante de Biden” (9).

La nueva administración está calibrando la relación con China. Tras la cumbre del Quad, el jefe de la diplomacia, Anthony Blinken, y el Consejero Sullivan se reúnen este jueves con sus pares chinos en Alaska. No hay conciliación a la vista. Más bien al contrario, si Washington introduce en la discusión los derechos humanos en Xinjiang, los derechos políticos en Hong Kong o la libertad de Taiwán. El pivot to Asia será, en la práctica, un pivot to China.

 

NOTAS

(1) “In historic summit, Quad comits to meeting key Indo-Pacific challenges”. ABHIJNAN REJ. THE DIPLOMAT, 13 de marzo.

(2) “L’Indo-Pacifique, une alliance XXL pour contrer la Chine”. NATALIE GUIBERT y BRICE PEDROLETTI. LE MONDE, 13 de noviembre.

(3) Plus un pays est plus économique dependant de la Chine, plus est soumis à una sorte de loi du silence”. ALAIN FRACHON. LE MONDE, 3 de diciembre.

(4) “How to keep U.S.-Chinese tensions from sparking a war”. KEVIN RUDD. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.

(5) https://www.bbc.com/news/uk-56410532?xtor=AL-72-%5Bpartner%5D-%5Bgnl.newsletters%5D-%5Bheadline%5D-%5Bnews%5D-%5Bbizdev%5D-%5Bisapi%5D&xtor=ES-213-[BBC%20News%20Newsletter]-2021March16-[top+news+stories]

(6) “Quad Summit Will show if it’s just a talking shop”. SALVATORE BABONES. FOREIGN POLICY, 10 de marzo.

(7) “How Biden can make the Quad endure”. EVEN FEIGENBAUM Y JAMES SCHWEMLEIN. CARNEGIE, 11 de marzo.

(8) “America’s Indo-Pacifc folly. Adding new commitments in Asia only can invite disaster”. VAN JACKSON. FOREIGN AFFAIRS, 12 de marzo.

(9) “Getting the Quad right is Biden’s most important job”. JAMES MATTIS, MICHAEL AUSLIN y JOSEPH FELTER. FOREIGN POLICY, 10 de marzo.

 

GEOPOLÍTICA Y ÉTICA DE LAS VACUNAS

 10 de marzo de 2021

Después de un año, más de dos millones y medio de muertos y ciento veinte millones de seres humanos afectados directamente por la COVID-19  en todo el mundo, un conflicto político y diplomático amenaza con reforzar la desprotección frente al virus y sus variantes.

En su momento, desde la trumpiana Casa Blanca se señaló a China como el origen del mal (“el virus chino”), con insinuaciones sobre la voluntariedad de la catástrofe, lo que añadió un elemento más a un escenario de nueva guerra fría sui generis entre superpotencias que rivalizan por la hegemonía mundial.

 EUROPA, EN EL OJO DEL HURACÁN

En la UE, el proceso de vacunación ha sido una tortura institucional y política desde el principio. Primero fueron los incumplimientos de los suministradores farmacéuticos, a los que la Comisión intentó presionar para luego echar marcha atrás, en medio de críticas sobre unos procesos de autorización demasiado burocráticos o más lentos de las urgentes exigencias del momento.  Luego, brotaron las discrepancias entre los países miembros sobre la gestión de las vacunas y su exportación a terceros. Las cifras acreditan el retraso europeo. Sólo el 6% de la población europea ha sido vacunado, frente a casi el 17% de los norteamericanos o el 33% de los británicos... por no mencionar la tasa israelí (57%). Todo ello con 600.000 muertos (1).

Finalmente, ha estallado el encontronazo con potencias amigas, con quienes se cruzan recriminaciones y reproches inusuales. Durante semanas se ha tratado de librar esta polémica con discreción relativa. Pero la falta de acuerdo y el ruido mediático por el decepcionante desarrollo de la vacunación ha hecho que la pelea se libre en abierto.

El presidente del Consejo europeo, Charles Michel, ha asumido la tarea de defender públicamente la actuación de la UE, tanto en el proceso de vacunación de sus ciudadanos como en la disponibilidad para hacer extensiva las vacunas a la mayor parte del mundo. Lo chocante ha sido su reproche directo y explícito a sus dos socios preferenciales. Michel señala a Gran Bretaña y a Estados Unidos por “haber impuesto la prohibición de exportar vacunas y/o sus componentes producidos en sus territorios” (2).

El propio Presidente del Consejo admite la irritación que ha provocado en Bruselas las acusaciones de “nacionalismo” dirigidas previamente de forma más o menos velada contra la UE por su gestión del procesos de producción, adquisición, autorización, distribución y administración de las vacunas.

El Foreign Office ha respondido elevando el tono y calificando como “falsas” las imputaciones de Michel. El representante de la UE en Londres ha sido llamado a capítulo. Como se ve, el Brexit blando es (siempre lo fue) una quimera. Esta bronca por las vacunas es sólo una de las que se han sucedido, con menos ruido, desde enero (3).

El malestar transatlántico está más soterrado. A la espera de la reconciliación post-Trump, ambas partes han tratado de minimizar sus diferencias. Más por necesidad que por convicción. La preocupación por China y Rusia obliga, aunque la perspectiva que se tiene en Washington y en algunas capitales europeas sea distinta, y más si se tiene en cuenta que en absoluto hay una posición compartida en Europa. La COVID-19, paradójicamente, ha ampliado el campo de propaganda de Pekín y Moscú.

Lo que el mando europeo reprocha a su socio norteamericano es el uso de la ley denominada Defensa de la producción, que se diseñó para tiempos de guerra y supone, en la práctica, el aseguramiento de productos esenciales para la población nacional. A eso se suma la agresiva campaña de apoyo financiero a las farmacéuticas emprendida por Trump y aún vigente, conocida como Operación Ward Speed (velocidad de la luz), cuyo monto se estima en unos 12.000 millones de euros, cuatro veces más de lo invertido en ese esfuerzo por la UE.

Más allá de los argumentos de unos y otros, parece evidente que la ansiedad por tener a sus poblaciones vacunadas cuanto antes y eliminar o atenuar las facturas sanitarias, políticas y económicas de esta megacrisis planetaria ha primado sobre la solidaridad o, para ser más preciso, la corresponsabilidad. Pero mientras los ricos riñen por los recursos y se enredan en las artimañas del proceso, los pobres se desesperan ante una carencia endémica. Y todo ello cuando se acumulan las dudas sobre la eficacia de las vacunas frente a las nuevas variantes (4).

UN TERCIO DE LA HUMANIDAD SIN PROTECCIÓN

La iniciativa COVAX, emprendida por la OMS y financiada por los países más potentes del mundo iba teóricamente a ser la herramienta de alivio de las desigualdades sanitarias y, en particular, del déficit de vacunas en el mundo subdesarrollo. Meses después, los resultados son decepcionantes, como denunció hace un mes el Sº General de la ONU, Antonio Guterres. En ese momento, ni una sola dosis vacunal había sido administrada en los 130 países más pobres, que albergan a 2.500 millones de personas. Los fondos llegan a cuentagotas, y no de todos los que se comprometieron (5).

Después de este toque de atención, Biden o Macron aseguraron que incrementarían su apoyo. El Presidente norteamericano ha prometido destinar otros 2 mil millones de dólares más a COVAX y duplicar esta cantidad si otros países también hacen el esfuerzo preciso. Su colega francés propuso que los aliados occidentales dediquen el 0,5% de sus stocks vacunales a los países pobres. Pero ellos, como otros dirigentes, están consumidos por la necesidad de proteger primero a sus poblaciones.

En esta curva del fracaso institucional o político, se debe incluir también el sesgo industrial de las grandes multinacionales farmacéuticas. Las empresas que han ganado la posición frente al COVID-19 no son los líderes del sector. Gigantes como GlasoSmithKline, Merck o Sanofi se han visto superadas por concurrentes menores. La razón no es técnica, sino comercial o estratégica. El mercado de las vacunas frente a epidemias no ha sido, hasta la fecha, un buen negocio (6).

UNA PROPUESTA ÉTICA

Así las cosas, es inevitable que surjan planteamientos éticos en los márgenes de la discusión política. Un grupo multidisciplinar de intelectuales de distintos países ha propuesto que, para evitar el acaparamiento de vacunas y conjurar el egoísmo nacional, se emplee un modelo de administración compartida basado en el umbral de mortalidad de la gripe ( ).

Se trataría de fijar como referente el 70% de una población nacional inmunizada. A partir de ahí, no se acumularían más dosis para uso interno y se facilitaría su distribución en los países más desfavorecidos.  Estos promotores pretenden así superar la polémica entre los “nacionalistas”, que defienden el empeño de cada Estado por cumplir con su obligación de proteger a sus ciudadanos (al fin y al cabo contribuyentes del apoyo financiero a las compañías farmacéuticas) y los “cosmopolitas” que presionan a favor de una mayor solidaridad mundial.

Ésta y otras propuestas similares difícilmente encajarán en las urgencias de una situación que ha hipotecado prioridades políticas y debilitado respuestas compartidas. Los enemigos y críticos de la globalización siguen ganando adeptos.

 

NOTAS

(1) “Vaccins contre le COID-19: comment l’Europe tente de combler son retard”. LE MONDE, 9 de marzo.

(2) “Unas palabras del Presidente” [Newsletter] . CONSEJO EUROPEO, 9 de marzo. https://nsl.consilium.europa.eu/104100/Newsletter/jzdplbo3pahrhalxxvpfysnmodokddwig74ibwkwljke5i37yyrq?culture=en-GB

(3) “Londres y Bruselles s’echarpent autour des exportations des vaccins”. COURRIER INTERNATIONAL, 10 de marzo.

(4) “The Pandemic that won’t end. COVID-19 variants and the peril of vaccine inequity”. MICHAEL T. OSTERHOLM y MARK OLSHAKER. FOREIGN AFFAIRS, 8 de marzo.  

(5) “The pandemic lead to a new forms of inequality”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 19 de febrero.

(6) “Why the biggest vaccine makers failed on COVID-19”. HANNAH KUCHLER y LEILA ABBOUD. FINANCIAL TIMES, 16 de febrero.  

(7) “How many vaccine doses can nations ethically hoard?” [VARIOS AUTORES]. FOREIGN AFFAIRS, 9 de marzo.

CRIMEN Y ESQUIVO CASTIGO

 3 de marzo de 2021

La desclasificación del informe de la CIA sobre el asesinato del disidente saudí Jamal Khashoggi confirma lo que era un evidencia traslúcida: que el príncipe heredero y máximo gobernante en la práctica, Mohamed Bin Salman (conocido como MBS) autorizó el crimen y, por tanto, debe ser considerado como responsable.

Joe Biden, hasta aquí, ha cumplido con lo que prometió: hacer público los entresijos de una operación execrable. Khashoggi fue retenido en la embajada saudí en Estambul, asesinado y posteriormente descuartizado. Sus restos no han sido encontrados. El ahora presidente calificó al reino saudí de “paria” y se comprometió a revisar las relaciones bilaterales. Una decisión más fácil de proclamar que de ejecutar, teniendo en cuenta la mutua dependencia entre ambos estados.

El Washington Post, diario en el que colaboraba habitualmente Khashoggi, ha revelado el trabajo realizado desde finales de enero para ajustar intereses de Estado y compromisos electorales (1). El resultado sigue on working (no completado), aunque se habían decidido ya algunas medidas antes de hacerse público el informe de inteligencia:

- cancelar la venta de armas destinadas a ser empleadas en la guerra de Yemen (de la que MBS es el principal inspirador y responsable) y designar el diplomático Tim Lenderking como enviado especial para negociar el fin de ese conflicto (Riad ha aceptado de inmediato esta misión, como era de esperar).

- denunciar el encarcelamiento de disidentes en el reino (en especial de las mujeres).

- no responder a las llamadas de felicitación del rey saudí al presidente Biden (se hizo finalmente en la víspera de la publicación del informe).

Una vez que el gran público conoció lo que la inteligencia norteamericana sabía del caso Khashoggi era inevitable ampliar la presión. Las decisiones, no obstante, han sido tibias:

- congelar los depósitos bancarios del exsubdirector de los servicios secretos saudíes, Ahmed Al-Assiri (supuesto responsable operativo del crimen) y de los integrantes de la unidad que ejecutó la operación

- las 76 personas que supuestamente intervinieron de una u otra manera en el caso (no se publicarán sus nombres) no obtendrán visa para entrar en Estados Unidos.

Nada concreto sobre MBS. Informalmente se dice que Biden no hablará directamente con él, sino con su padre, el Rey. Pero el monarca, con 85 años y una salud muy quebradiza, no se ocupa de los asuntos cotidianos. El príncipe lo controla todo. ¿Es viable ese “castigo”? ¿O es mero postureo?

Legisladores de ambos partidos han criticado la tibieza de la administración. Desde el 11 de septiembre, los saudíes cotizan a la baja en el Capitolio, aunque los congresistas incurren también en el postureo. Saben que la opinión pública tolera mal la indulgencia de la Casa Blanca con el Trono de Riad. Trump, ignorante de cualquier consideración ética o de pura decencia política, se dejó llevar por sus intereses empresariales privados y premió a los saudíes con la luz verde en Yemen y un jugoso contrato de armamento (que, en realidad, sólo se ejecutó parcialmente).

El jefe de la CIA en la administración Obama, John Brennan, tuiteó su insatisfacción por estas decisiones iniciales de Biden, que consideró “insuficientes”, por considerar que sólo mencionar a MBS como responsable del asesinato equivale a exonerarlo de sus consecuencias. Brennan propone que, para empezar, no se le permita entrar en Estados Unidos y que altos cargos norteamericanos eviten reunirse con él (2).

Obama tuvo una difícil relación con los saudíes debido a la negociación del acuerdo nuclear con Irán, pero se cuidó mucho de no dañar la relación con el reino. Biden camina por una senda similar. Ya no es el petróleo el principal factor de las relaciones bilaterales. Es Irán. O la percepción de la amenaza iraní sobre los intereses norteamericanos en la región. El nuevo presidente sabe que las cosas han cambiado en estos cuatro años.

Israel y Arabia Saudí mantienen una alianza de facto frente al “enemigo persa”. Las relaciones diplomáticas de los principales socios de Riad en el Golfo con la otrora “entidad sionista” parecen pasos previos calculados de una presión meditada y pautada. Ambos aliados tratan por todos los medios de condicionar la recuperación del acuerdo nuclear mediante la introducción de nuevas exigencias norteamericanas que obliguen a Teherán a rechazarlas.

Biden ha invitado a los ayatollahs a “volver a respetar el acuerdo”, es decir, a rectificar la superación de los límites fijados. Irán ha enriquecido uranio al 20%, muy por encima del 3,67% estipulado, y en una cantidad estimada en 2,400 kilos, doce veces lo permitido, aparte de reactivar el funcionamiento de las centrifugadoras de última generación. Pero todo ello ha sido después de que Trump, con su política de “máxima presión” denunciara el acuerdo y retirara a Estados Unidos de la obligación de cumplir con sus compromisos, especialmente el levantamiento de sanciones.

El jefe de la diplomacia iraní que negoció el JCPOA, Mohammad Javad Zarif,  reclama que se recupere el acuerdo original, el que se firmó, y no se pretende revisarlo para incluir otros asuntos que, en opinión de Teherán, nada tiene que ver con lo negociado (3). Esta línea es la oficial del régimen iraní, que ya ha desestimado una iniciativa europea para restablecer el diálogo entre Occidente e Irán.   

Biden ha nombrado a Robert Malley (un integrante del equipo de Obama y luego director ejecutivo del International Crisis Group) como responsable de las negociaciones con Irán. Ese think-tank recomendaba recientemente la “reavivación” del JCPOA y demandaba a las potencias europeas signatarias un esfuerzo en cuatro áreas: apoyar las gestiones de Washington en su nueva política, colaborar en el apoyo humanitario a Irán frente la COVID, estimular el comercio con Teherán y fomentar el diálogo constructivo entre los enemigos del Golfo Pérsico (4). Una minuta plagada de buenas intenciones, propia de un think-tank. De nuevo en la administración, Malley tendrá que sumergirse en los endemoniados detalles.

Para no parecer demasiado plegable a los deseos iraníes, el presidente ha inaugurado su palmarés militar con el bombardeo de un campamento de Kataeb Hezbollah, una milicia iraquí chií (proiraní), en el este de Siria, en represalia por un ataque de este grupo contra el aeropuerto de Erbil, en el Kurdistán iraquí, donde las fuerzas occidentales tienen una base (5).

El enredo del acuerdo nuclear exige decisiones más comprometidas. Como ya ocurrió en el periodo 2011-2015, es imposible tener a todo el mundo contento. Biden lo sabe mejor que nadie. Por instinto, alberga poca simpatía por cualquiera de los actores de esta disputa. Pero, contrariamente a Trump, se ha rodeado de colaboradores de ese establishment que se atiene cuidadosamente a las líneas maestras de la política exterior desde hace 70 años.


NOTAS

(1) “Inside THE Biden’s team deliberations over punishing the Saudi crown prince”. JOHN HUDSON y KAREN DEYOUNG. THE WASHINGTON POST, 2 de marzo.

(2) https://twitter.com/JohnBrennan/status/1366051008661626885

(3) “Iran wants the nuclear deal It made. Don’t ask Tehran meet new demands”. MOHAMMAD JAVAD ZARIF. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.

(4) “Reviving the JCPOA after maximum pressure”. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 29 de enero. https://www.crisisgroup.org/middle-east-north-africa/north-africa/libya/reviving-jcpoa-after-maximum-pressure

(5) “Biden’s warning to Iran and its proxies: implications of the Syria strike”. MICHAEL KNIGHTS. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 26 de febrero.