LA TURBIDEZ DE LAS DERECHAS EUROPEAS

 

21 de octubre de 2026

Una de las incógnitas de la campaña electoral en España es si, de ganar, como indican algunas encuestas, el PP tendría que gobernar con VOX, a dónde estaría dispuesto a llegar para conseguirlo y qué líneas rojas interpondría. Los acuerdos de gobierno autonómicos nos brindan muchas pistas. Pero ¿son replicables a escala nacional?

Durante mucho tiempo, la derecha conservadora y liberal (autodenominada centrista, por oportunismo sociológico y electoral) proclamaba que se atenía a un “cordón sanitario” para evitar el acceso de la extrema derecha a los ejecutivos nacionales.

Con el paso del tiempo, ese “cordón” se ha convertido en gasa traspasable, que ha permitido excepciones en forma de fórmulas flexibles: colaboración exterior, pactos legislativos, acuerdos parciales sobre aspectos programáticos, etc.

LA ULTRADERECHA YA TOCA PODER

A día de hoy, digan lo que digan los dirigentes de la derecha en sus proclamas solemnes, la incorporación de la ultraderecha en los gobiernos es un hecho creciente que a casi nadie escandaliza. En el estudio se han tenido en cuenta a los partidos de ideología o con programas de extrema derecha en Europa. Conviene señalar a quienes se tiene por tales. Se trata de los partidos adscritos a los tres bloques del Parlamento Europeo que se reclaman de esas doctrinas (1): 

- Conservadores y Reformistas Europeos. Liderados por el partido neofascista de Meloni, los Fratelli d’Italia. Los otros miembros más influyentes son el PiS polaco, de orientación ultranacionalista conservadora, y la Nueva Alianza Flamenca (NVA) belga, nacionalistas con veleidades separatistas. Tiene pujanza creciente la Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR). Del norte de Europa se unen los Demócratas suecos y el Partido finés (antes Verdaderos finlandeses). Los países bálticos aportan a los influyentes Agrupación Polaca y Campesinos verdes, de Lituania; y  los nacionalistas de Alianza Nacional y Lista  Unida, de Letonia.  Se suman también Solución Griega y los otrora relevantes populistas búlgaros de Esta Gente. El resto son pequeños grupúsculos de importancia desigual, procedentes de Dinamarca (Demócratas daneses), Croacia (Movimiento por la Patria) y España (Se acabó la fiesta).

- Patriotas. El más numeroso e influyente. Reúne al Reagrupamiento Nacional, (RN), liderado por  Marina le Pen; los nacionalistas libertarios holandeses, los nacionalistas secesionistas belgas de Vlaas Belang; la Lega Norte italiana; la Chega portuguesa; Foni Logikis, de Grecia; los nacionalistas-conservadoras daneses del Folke Partei; los nacionalistas xenófobos austriacos del FPÖ; el FIDESZ húngaro de Viktor Orbán; los populistas derechistas de ANO, en Chequia; los nacionalistas letones de Letonia Primero; y Vox, en España.

- Europa de las Naciones Sobernas. Es el grupo ultraderechista  más radical. Está comandado por la pujante Alternativa por Alemania (AfD), el “partido de moda”, por sus recientes éxitos en los länder orientales. También tiene peso nacional notable el partido checo Libertad y Democracia Directa (SPD), que forma parte del gobierno del populista Babis. Los demás son  marginales en sus países: Repúblika (Eslovaquia), Reconquéte (Francia), Nowa Nadzieja (Polonia), Revival (Bulgaria), Mi Hazánk (Hungría) y Suvereniu Tautu (Lituania).

En el mapa inferior se señalan los países donde gobierna de una u otra forman partidos de extrema derecha y la importancia que tienen. Se han incluido también países externos a la Unión Europea.

Los paises coloreados por completo en negro son aquellos en los que esos partidos detentan el papel predominante y, en consecuencia, la jefatura del Ejecutivo. Se trata de Italia, Bélgica y de la República Checa.

En Italia, preside el Consejo de Ministros la neofascista Giorgia Melonia. Aunque a lo largo de estos años ha ido moderando su lenguaje, nunca ha abjurado de sus orígenes leales al legado de Mussolini. Su estilo pragmático le ha permitido granjearse ciertas simpatías en el Partido Popular Europeo. No en vano, en su coalición gobernante participan no sólo la Lega Norte (aliada de Le Pen en Bruselas), sino también Forza Italia del desaparecido Berlusconi, que es miembro del PP europeo. No obstante, la irrupción del exgeneral Vanacci, al frente de otra formación de ultraderecha, Futuro Nazionale (con casi un 9% de intención de voto en las encuestas), le ha obligado  a radicalizar puntualmente algunos de sus discursos (2).

En Bélgica, los nacionalistas de la Nueva Alianza Flamenca fueron los más votados en las elecciones de hace dos años, pero tras varios intentos fallidos, consiguieron un pacto de gobierno con algunos partidos del consenso centrista (liberales y socialcristianos francófonos o valones; y socialistas y cristiano-demócratas flamencos). Se trata de una especie de gran coalición con no pocas tensiones, pero de momento estable, para los estándares belgas.

En Chequia, el Gobierno está presidido por el populista ultraconservador Andrej Bubis, apoyado por otras dos fuerzas de similar orientación: los nacionalistas fascistoides de Libertad y Democracia Directa (SPD), miembros del Grupo Soberanista del PE, el más radical de la ultraderecha; y los Automovilistas, populistas de extrema derecha y socios de Vox en Estrasburgo.

Además, en el mapa están señalizados con un círculo negro los países donde los ultraderechistas no controlan o encabezan el gobierno, pero forman parte de él:

- En Finlandia, el Partido de los Fineses (anteriormente, Verdaderos finlandeses), soporte de la Coalición Nacional, adscrita al PP europeo.

- en Croacia, el Movimiento por la Patria un pequeño grupo ultraconservador y nacionalista, que proporciona a los nacionalistas conservadores de HDZ (el partido nacionalista histórico de Franjo Tudjman, afiliado al PP europeo) los diputados necesarios para alcanzar la mayoría absoluta).

- en Eslovaquia, el Partido Nacionalista eslovaco (SNS), con tendencias filofascistas, constituye un apoyo imprescindible del gobierno de los exsocialistas de Robert Fico.

- en Lituania, la Agrupación de Electores polacos (LLRA) y la Alianza de Familias Cristianas (KSS), junto a los agraristas de la Unión de Campesinos y Verdes (LVZS).

En el mapa se ha incluido tambien a Serbia, que no está en la UE ni parece que vaya a acceder en mucho tiempo. El país es un feudo del Partido Progresista (SNS), liderado por el ultranacionalista Alexander Vucic, cercano a Putin y a otras formaciones de ultraderecha europeas y camarada de trapicheos en los negocios de la familia Trump.

Más allá de los puestos gubernamentales conquistados, la creciente importancia e influencia de la extrema derecha en Europa reside en la adopción de algunos de los capítulos de sus programas por los ejecutivos, participen en ellos o no. La derechización se ha consumado no sólo en Italia, Bélgica, Chequia, Finlandia, Eslovaquia o Lituania. Los partidos del PP europeo han asumido discursos y medidas de la ultraderecha en inmigración, identidad, derechos sociales y culturales, seguridad y otros asuntos en Austria, Alemania, Suecia y Portugal. Este empuje ultra también ha alcanzado a los partidos liberales que gobiernan en Francia, Paises Bajos, Polonia y Letonia (3).

LA TENTACIÓN ALCANZA AL CENTRO-IZQUIERDA

Incluso ha contaminado a los ejecutivos liderados por los socialdemócratas. El caso más claro es el de Dinamarca, con la primera ministra Frederiksen como estandarte de una política de inmigración dura y críticas severas a su correligionario Pedro Sánchez por la política de regularización en España.

Lo mismo se apunta en Bulgaria, donde ha triunfado una opción difusa de centro izquierda nacionalista. En Lituania, no han tenido problemas para apoyarse en la minoría de origen polaco y en los agraristas, aliados de Meloni en el Parlamento Europeo, para asegurarse la jefatura del gobierno.En Eslovaquia, los socialistas históricos, herederos del viejo partido comunista, han asumido un discurso tan nacionalista y xenófobo que les valió la expulsión del Grupo europeo.  No han tenido problema alguno en compartir gobierno con los ultras del Partido Nación y Libertad (SNS). Con todo, esta cooperación es más programática y oportunista que estratégica.

Las derechas, en cambio, evidencia una proximidad programática cada vez mayor con la ultraderecha. Esquivan matices ideológicos o de discurso. Las fuerzas socio-económicas que las apoyan, financian y utilizan sienten que los riesgos para su estrategia de conquista del poder no provienen de un centro-izquierda en crisis, sino de las movilizaciones sociales impulsadas o apoyadas desde sectores más críticos.

LAS REVUELTAS JUVENILES

Las protestas estudiantiles y juveniles en Francia, Bélgica, España y Portugal, aunque de características distintas y alcance diverso, constituyen la  la expresión más sonora de ese descontento social, ante una ultraderecha crecida y la falta de respuestas eficaces de los partidos tradicionales de gobierno.

En Francia, la protesta ha virado a revuelta con ribetes violentos. Aún es pronto para saber si los disturbios, saqueos de tres mil negocios y enfrentamientos con la policía responde a una estrategia programada (y por quién) o a una radicalización provocada por la frustración y desesperación de sectores sociales marginados.

El gobierno liberal-conservador francés ha asumido los errores de cálculo en el “insuficiente despliegue policial”. Pero también se ha apresurado a acusar, sin pruebas, a la izquierda crítica (La Francia Insumisa) de alentar a  “redes en la sombra” afines, y de justificar esta deriva radical, con fines electoralistas.

Sin embargo, la orgía de violencia, destrozos y exhibición de vandalismo del pasado sábado benefician a las derechas. Si bien el partido ultra de Marine Le Pen ha hecho gala de sus habituales alardes de llamada al orden, la autoridad y la sacralización de la Policía, los macronistas han reactivado su discurso de moderación frente a lo que su líder, el Presidente de la República, denominó la “amenaza de los dos extremos” (de derecha e izquierda).

Esta estrategia política parece la última baza del centro-derecha para impedir que en las elecciones presidenciales de mayo pasen a la segunda vuelta el Reagrupamiento Nacional y La Francia Insumisa, que hoy son los favoritos (4).

Con medidas fuertes, como el toque de queda, la detención de casi tres mil personas y un endurecimiento del despliegue policial, el Gobierno de París quiere convencer a las clases medias de que puede garantizar el orden. Pero esta semana han ido más lejos: algunos de sus líderes han dejado caer la posibilidad de ilegalizar a La France Insumisa (5). Este orden de combate de las derechas ha incomodado a socialistas y ecologistas, alejados ahora de los insumisos. Olivier Faure (PSF) dijo que se puede cuestionar a LFI, pero “en una democracia no se manipula la verdad para eliminar a un oponente”. 

La tensa política francesa, el probable reforzamiento de la extrema derecha en Italia y la perspectiva de un acuerdo de gobierno estatal entre el PP y Vox en España acreditan que las derechas europeas han entrado en una fase de turbidez.

NOTAS

(1) https://www.europarl.europa.eu/about-parliament/es/organisation-and-rules/organisation/political-groups

(2) “Rise of far-right leader Roberto Vannacci challenges Meloni as she celebrates Italian milestone”. ANGEL GIUFFRIDA. THE GUARDIAN, 3 de septiembre.

(3) “Gobiernos europeos: partidos, coaliciones, primeros ministros”. CIDOB, 29 de junio y actualizaciones posteriores.

(4) “Manifestations du 17 octobre: entre LFI et le gouvernement, un face-à-face de plus en plus virulent qui resserre les rangs à gauche”. LE MONDE, 21 de octubre.

(5) “Gérard Larcher: «La France a été prise en flagrant délit de faiblesse»”. LE FIGARO, 19 de octubre.

OLOR A DIÉSEL EN LAS GUERRAS ESTANCADAS

14 de octubre de 2026

La disponibilidad y el precio del diésel -este consecuencia en gran parte de aquel- se han convertido en la clave de las dos guerras con mayor foco de atención en el mundo en la actualidad, ambas en fase de estancamiento.

La Administración Trump es la mayor responsable del caos energético actual, por acción, omisión o interferencia. Su última ocurrencia ha sido levantar parcialmente a Rusia, de forma unilateral, sin acuerdo con los aliados, la prohibición de exportar fuel en los mercados internacionales.

Los argumentos aducidos por el extravagante inquilino de la Casa Blanca son cuestionables. Ucrania -ha asegurado- está causando un daño a agricultores y consumidores norteamericanos al atacar las refinerías rusas que producen diésel, provocando escasez en el mercado y la subsiguiente subida de precios. Trump denominó esta iniciativa como “tregua energética”. En pocas palabras, se trata de propiciar ingresos a Moscú, a cambio de un alivio indeterminado para los consumidores mundiales.

El problema es que los contendientes no forman parte de la decisión americana.  Zelensky la rechazó de forma expresa y con ironía. El Kremlin reaccionó primero con un silencio sepulcral y luego con hechos. Los ataques rusos continúan: el último, este martes contra una planta en Kiev.

Para mayor descrédito de la medida trumpiana, estudios independientes acreditan que el impacto de la guerra de Irán en los mercados energéticos es mayor que el del conflicto ruso-ucraniano. En algo más de un año han salido de circulación un millón de barriles diarios de diésel (1). 

Trump trata inútilmente de esconder su responsabilidad en una guerra que sólo él y su cómplice Netanyahu provocaron. Acostumbrado a tratar de tapar una mentira con otra mayor, Trump se termina enredando y parece fiar todo a que el pudrimiento de la crisis obligue a una salida para la que espera, llegado el momento, encontrar otro argumento falaz.

La guerra está congelada en Ormuz. Si algo ha conseguido el mando militar norteamericano es bloquear la salida de petróleo iraní, provocando una presión aún mayor sobre su economía. Esa fue la segunda fase de la guerra contra el régimen de Teherán: al no conseguir su derrumbamiento por medios militares directos, se optó por la asfixia definitiva de sus finanzas.

Los análisis más objetivos indican que Irán está sufriendo y que parte de sus élites recomienda con cierta impaciencia más flexibilidad con Washington. Pero, al parecer, en el círculo del fantasmal Mojtaba Jamenei se ha impuesto un círculo de radicales al que él se siente muy unido por trayectoria e ideología: su Consejero de Seguridad Nacional, Moshe Rezaei, y el nuevo Jefe de las Fuerzas paramilitares represivas, Hossein Taeb (2).

Según algunas fuentes, la estrategia iraní estriba en reforzar el sistema de resistencia económica contra las sanciones occidentales, que el régimen implantó hace 15 años, y provocar una derrota republicana en las elecciones de medio mandato a primeros de noviembre, que imprima un cambio de guion en la administración estadounidense. Cálculos arriesgados, si es que son ciertos.

YEMEN, DERIVA DE LA GUERRA CONTRA IRÁN

La guerra de Trump/Netanyahu excede la solapa iraní. Uno de los principales aliados de Teherán, y desde luego el más solvente, los huthíes yemeníes han puesto en jaque al aliado hasta ahora preferente de Washington en la región: Arabia Saudí.

Esa guerrilla de inspiración chií heterodoxa lleva más de diez años desafiando el orden en la Península arábiga. Ha ido conquistando y estabilizando posiciones en Yemen, ninguneando al Gobierno oficial y humillando a las dos potencias zonales: las petromonarquías saudí y emiratí. El mayor éxito de los huthíes ha sido quizás haber propiciado la quiebra en las relaciones entre Riad y Abu Dhabi, ya muy tensionadas por sus diferencias en otros conflictos cercanos y, en particular, en el Mar Rojo y África Oriental.

Arabia y los Emiratos ya no sostienen la misma estrategia en Yemen. Ambos quieren la derrota de los huthíes pero no defienden las mismas alternativas de poder. Riad sigue apostando por un gobierno mal llamado central (que es, en realidad un títere), mientras Abu Dhabi apuesta por unas guerrillas centrífugas sin que se perciba bien su estrategia, más allá de dañar los intereses saudíes.

Envalentonados por sus triunfos militares y políticos, los huthíes han seguido avanzando hasta conquistar el estratégico puerto suroriental yemení de Mokha, que es vital para el control del estrecho de Bab-el-Mandeb, punto de conexión de la salida del Mar Rojo al Océano Índico. Con el bloqueo parcial de Ormuz, este enclave se convirtió en la alternativa para asegurar la exportación parcial de crudo de los productores regionales al resto del planeta.

EL INFERNAL MAPA DE CONFLICTOS EN EL MAR ROJO

BANDO

ETIOPÍA

SUDÁN

VECINOS

ORIENTE M.

A

GOBIERNO CENTRAL

REBELDES MILITARES (RSF)

SOMALILAND

EAU
ISRAEL

B

GUERRILLAS SECESIONISTAS REBELDES (*)

EJÉRCITO SUDÁN (SAF)

ERITREA
SOMALIA
EGIPTO

ARABIA SAUDÍ
TURQUÍA
(PAKISTÁN)


(*) FRENTE DE LIBERACIÓN DEL PUEBLO DEL TIGRÉ (TPLF);  MOVIMIENTO NACIONAL AHMARA (FANO ); EJÉRCITO DE LIBERACIÓN DE OROMO (OLA);  FRENTE DE LIBERACIÓN NACIONAL DE OGADÉN (ONLF); MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN DEL PUEBLO BENISHANGUL; MOVIMIENTO DEMOCRÁTICO DEL PUEBLO GUMUZ

Este tramado de conflictos y alianzas (informales más que formales) responde a una tradición muy inveterada en África: los enemigos de mi adversario son mis amigos. Si una pieza se altera, el tablero entero se modifica (5). En ningún sitio esto ha sido más claro que en Etiopía.





 

 

El actual gobierno central del Premio Nobel Abiy Ahmed se enfrenta de nuevo a la rebelión de los secesionistas de la región norteña del Tigré. Una campaña militar anterior en 2022 concluyó sin resultados claros, aunque favorables al régimen de Addis Abeba. Previamente, Abiy había conseguido pacificar las relaciones con la vecina Eritrea, un país ahora independiente pero que hasta 1991 había formado parte de Etiopía. Se da la circunstancia de que Abiy lideró una coalición de partidos regionales opuesta a los gobernantes etíopes desde los años 70, originarios del Tigré. Abiiy y el Presidente eritreo, Isaías Afwerki, fueron cercanos durante años. Pero las pretensiones del líder etíope de recuperar la salida del país al mar, perdida con la secesión eritrea, y otras pretensiones hegemónicas acabaron con esa amistad y puso al régimen de Asmara contra el de Addis Abeba.

Un enrevesado juego de tronos que ha implicado a los países vecinos del cuerno de África. Somalia ya era enemigo tradicional de Etiopía desde la guerra fría. En Addis Abeba, un gobierno militar marxista había derribado al Emperador Haile Selassie, mientras en Mogadiscio mandaba el prooccidental Siad Barre. Por contra, la región de Somaliland se separó de la caótica disciplina del gobierno somalí en 1991, acercándose a Etiopía por razones prácticas.

Egipto se ha convertido en un enemigo de Etiopía por la gestión del Alto Nilo. La gran presa del Alto Nilo perjudica los regadíos egipcio. El gobierno de Sudán se alineó con el de El Cairo en este conflicto. De ahí que cuando el Ejército sudanés, auténtico patrón del país, se fracturó entre las fuerzas regulares y las especiales, los rebeldes encontraran apoyo informal del gobierno etíope.

Y luego entraron los países de la Península Arábiga y sus aliados. Arabia Saudí se ha posicionado a favor del Presidente de facto y jefe del Ejército regular de Sudán Abdelfatah al-Burhan, debido a intereses compartidos desde hace mucho tiempo. En consecuencia, se ha situado en el bando contrario al gobierno central etíope. En cambio, Emiratos se posicionó claramente del lado de las Fuerzas especiales de Soporte Rápido (RSF), comandada por el general Dagalo, conocido por su apoyo (Hemedti), al que ha brindado dinero y armas.

El alineamiento opuesto de las dos petromonarquías del Golfo ha colocado a Israel junto a los Emiratos y el Gobierno central etíope (por lo demás contrario a una hegemonía musulmana en la región), mientras que Turquía se ve vinculada a Arabia Saudí por su afinidad sunní y, recientemente, por el Pacto de la Meca, que forja una imprecisa solidaridad defensiva entre ambos países y Pakistán.

Conclusión: Occidente se ve atrapado en las contradicciones de unas guerras estancadas que no puede o no sabe cómo terminar, mientras la trampa energética provoca empobrecimiento y malestar creciente en sus poblaciones. 

 

NOTAS

(1) “Which war is having the biggest impact on diesel prices - Iran or Ukraine?”. BEN CHU. BBC, 12 de octubre.

(2) “Iran’s theory of Victory”. NARGE BAJOGHLI & VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 9 de octubre

(3) “Why are the Houthis attacking Saudi airports and how are the missiles getting through”. JASON BURKE. THE GUARDIAN, 12 de octubre.

(4) “Why the Gulf’s most powerful countries are at odds. A feud between Saudi Arabia and the UAE will have far-reaching consequences”. THE ECONOMIST, 17 de febrero.

(5) “The New Red Sea Wars.Conflicts in the Middle East and the Horn of Africa Have Become Inseparable” ALAN BOSWELL. FOREIGN AFFAIRS, 6 de octubre.

ANTE EL OTOÑO DEL DESCONTENTO JUVENIL

 7 de octubre de 2026

La juventud está en el corazón de las protestas en este inicio de lo apunta como un “otoño del descontento” en Europa. Los jóvenes que claman por un derecho efectivo a una vivienda digna en España y los bachilleres franceses que reclaman una enseñanza de calidad que rompa el círculo vicioso de la infrafinanciación y los recortes presupuestarios. En ambos países se vive en pleno clima electoral, inmediato el español, a poco más de medio año el francés.

No se trata de problemas o coyunturas nacionales. En toda Europa se vive una situación crítica, con mayor o menor grado de presión. La ultraderecha acecha y la derecha se aprovecha. Los partidos del consenso centrista tratan de dulcificar las recetas neoliberales que tantas crisis sociales han provocado, pero hay muchas contradicciones acumuladas (1).

FRANCIA: LA IRA DE LAS AULAS

Las movilizaciones juveniles pueden tener incidencia notable en estas dos citas electorales.  En Francia, el estallido de las aulas ha cogido por sorpresa a la clase política. No parece de momento claro quién puede sacar más partido de esta última protesta social, que ha obligado al cierre de miles de institutos en todo el país. Más de 5.000 alumnos han sido detenidos, un hecho sin precedentes. El apoyo de algunos sindicatos sacó este martes a casi medio millón de personas a las calles francesas, según los organizadores (la mitad, según la policía).

Los insumisos de izquierda han apoyado vivamente a los estudiantes, pero los actos de violencia podrían ser utilizado contra ellos. La izquierda crítica se ha desmarcado de las actuaciones más radicales, aunque no de forma tan clara como los socialistas y centristas. El primer ministro Lecornu ha dado el tono al rechazar el concepto “violencias policiales”, que ha denominado “accidentes”.

Si los incidentes callejeros se agravan y la derecha manipula con habilidad el miedo al desorden, el giro hacia la ultraderecha se podría consolidar y ampliar. Pero en estas crisis casi siempre salen ganando los conservadores, que se presentan como garantes de estabilidad frente al aventurerismo a izquierda y a derecha. La victimización de la policía, puede beneficiar a los partidos de orden.

En medio de una batalla presupuestaria sin resolver, con la deuda pública por las nubes (119% del PIB), se barajan varias fórmulas para mantener el cordón sanitario que ha dejado al partido de Marine Le Pen fuera del Eliseo y de Matignon. El centro quiere ahora un acuerdo con las familias socialistas, tan divididas como siempre y más desconcertadas que nunca ante el empuje hegemónico de la izquierda crítica polarizada en torno a La Francia Insumisa. Gabriel Attal, delfín desventurado de Macron y efímero jefe de gobierno en las rondas de picadillo del presidente francés, ha propuesto un pacto nacional para evitar que la política más popular del Hexágono se convierta en Presidenta de una República a la que pretende dar la vuelta como a un calcetín.

Pero Attal ni siquiera es el favorito de su espacio político. El que fuera primer jefe de Gobierno de Macron, Edouard Philippe, aparece como el mejor colocado en las encuestas. Pero para disputar el Eliseo con garantías necesita dos logros que no parecen de momento a su alcance: primero, arrebatar al izquierdista populista Jean-Luc Mélenchon el segundo puesto en la primera vuelta; y segundo, concitar el apoyo del centro y la derecha (y quizás el centro-izquierda) para batir a Le Pen en la batalla definitiva (2).

Los socialistas -qué novedad- andan a la greña. El segundo debate televisivo fue lamentable. Los ataques personales, algunos con muy mala intención, dejaron en muy segundo plano las propuestas constructivas. Las aguas bajan muy revueltas en el PSF y afines desde hace mucho tiempo. El mejor colocado para obtener el apoyo de los militantes como candidato ni siquiera pertenece a la disciplina del partido. Se trata de Raphaël Glucksman, líder de la plataforma Place Publique, que acampó en el Parlamento europeo como megáfono de aspiraciones políticas mayores. Este dirigente de lejano origen judío ashkenazi, hijo de André Glucksmann, uno de los “nuevos filósofos” liberales que hicieron era en los ochenta, pone sordina a las críticas del PSF a Israel, acentuadas después de la guerra de Gaza. Pero, sobre todo, abomina de cualquier tipo de entendimiento con Mélenchon.

El Primer Secretario del PSF, Olivier Faure, no es un entusiasta de ese pacto, pero no lo descarta, por si fuera necesario, o más bien imprescindible. El problema es que otros dirigentes del partido, como el jefe de la bancada del puño y la rosa en la Asamblea Nacional, Boris Vallaud está más cerca de Glucksman que de su jefe político. En ese torbellino de puñaladas abiertas y/o esquinadas se ha colado una varias veces exministra y candidata derrotada en 2006, Ségolène Royal, que se ha mostrado más cercana a Faure que a Glucksman, al que ha reprochado pretender vaciar al PSF.

Otro candidato apunta en el horizonte, por si socialistas y afines terminan de despedazarse del todo: el expresidente François Hollande. Pese al desprestigio que lo ha condenado al ostracismo, conserva cierta capacidad de maniobra en su partido, como representante de su ala más derechista. Podría muñir un acuerdo con liberales y centristas macronistas para forzar un duelo final contra Le Pen. Pero esa fórmula no atraería votos de la izquierda. Por el contrario, la reedición del Nuevo Frente Popular ha quedado enterrada. Sólo la posibilidad de un acuerdo in extremis con LFI pondría al PSF al borde de la implosión.

LA ULTRADERECHA, A LA CONQUISTA DEL VOTO JOVEN

El descontento juvenil no encuentra fórmulas electorales indiscutibles, aunque la izquierda crítica sigue siendo su opción preferida. La ultraderecha ha percibido un campo de oportunidad y parece dispuesta a explotarlo, sobre todo en la población masculina. También en esto hay una brecha de género.

En Alemania, el SPD parece atrapado en una gross-koalition que le condena a la militarización de la economía por la obsesión rusa y le desangra a favor de la ultraderecha en los territorios del Este. La destrucción de la izquierda en Italia no ha tocado fondo. El espectro político se ensancha por la ultraderecha, aunque parecía imposible hace apenas un año. A Meloni no le amenazan sus socios derechistas de coalición, bastante afines, por otro lado, sino por el exgeneral Vannacci, al frente de Futuro Nazionale, una fuerza anti musulmana e identitaria aún más radical que los Fratelli (3).

En los cinco estados más importantes de Europa, por territorio y población, los sondeos predicen un incremento notable de la ultraderecha, como se refleja en el siguiente gráfico:

El incremento en las expectativas de voto es contundente en todos los casos: más de seis puntos en Alemania (AfD), animado por los recientes éxitos en los länder orientales; cuatro puntos en Francia (Reagrupamiento Nacional + Reconquête); tres puntos y medio en Italia (debido a la irrupción de Futuro Nazionale, con casi 9 puntos en los sondeos); y los 5,5 puntos de crecimiento que la mayoría de las encuestas conceden a VOX en España.

Que los bachilleres franceses y los jóvenes movilizados por el derecho a hogar en España no apoyen a la ultraderecha, no quiere decir que los extremistas estén  privados del voto juvenil: lo tienen, por despecho o por desconcierto.

Cada día son más los jóvenes que huyen del consenso centrista, abocado en al voto de la cúspide de las pirámides de edad. En Francia, los ciudadanos menores de 25 años apoyan mayoritariamente (40%) a los insumisos de izquierda (LFI) y los siguientes en la escala, hasta los 35, se reparte entre este partido y el de Le Pen (4).

Estos datos parecen confirma la progresión del voto joven a la extrema derecha, ya que en 2024, un tercio de los ciudadanos de entre 18 y 35 años depositó su confianza en el RN.

En Alemania, resulta significativo el apoyo por debajo de los varones por debajo 25 años a la AfD, no así las mujeres, lo que redujo la media del voto al 19% en 2024. En el tramo siguiente (de 25 a 34 años), el partido cosechó el mismo resultado que el nacional general (20,8%). Todo indica que el voto joven contribuye de forma muy decisiva a incrementar las expectativas de voto general por encima del 27%, hasta convertirse en la principal formación alemana. Aún así, conviene recordar que la mayoría de los más jóvenes prefieren votar a la izquierda radical que a la extrema derecha. Eso explica el triunfo de Die Linke en Berlín hace sólo unas semanas.

En Italia, los Fratelli de Meloni ganan en las dos horquillas de edad, lo que supone un cambio de tendencia, ya que en las elecciones de 2022, el partido neofascista sólo obtuvo el 10,6% de los votos entre electorado menor de 25 años y un  16,4% entre los 25 y los 34 años, ambos guarismos muy debajo del total general (26,1%). Y en España, los más jóvenes se reparten entre PSOE (más mujeres) y VOX (más hombres), pero los ultras superan a los socialistas en el tramo siguiente (5).

La batalla por el voto joven puede ser el gran reto de las formaciones políticas europeas de los próximos años. La izquierda debería pelear por un espacio que le ha pertenecido durante décadas y que, como le ha ocurrido con tantas otras cosas, ha malgastado. Al cabo, ha dicho el alcalde de Nueva York, “si la democracia no resuelve las necesidades básicas de la gente, no sirve para nada”.


NOTAS

(1) “In both France and Spain, ruling parties must prove they can give young protesters hope”. JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 5 de octubre.

(2) “RN et LFI restent très fragiles, car ils sont confrontés à des contradictions difficilement surmontables”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 6 de octubre.

(3) “En Italie, Giorgia Meloni, concurrencée sur sa droite, durcit le ton contre l’islam”. ALLAN KAVAL. LE MONDE, 22 de septiembre

(4) https://www.lemonde.fr/politique/article/2026/09/13/enquete-electorale-presidentielle-2027-marine-le-pen-entame-la-campagne-sur-un-socle-inedit-au-c-ur-d-un-electorat-inquiet-et-en-colere_6772946_823448.html

(5) https://www.europeandatajournalism.eu/cp_data_news/are-young-voters-turning-right/

CUMBRE USA-CHINA: MUCHA POMPA.... Y DOS OSOS PANDA

30 de septiembre

La reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias, que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y ahora parece más claro que nunca.

A falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida.  China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza notable, envuelta en las mejores maneras posibles.

¿Para qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados? Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos.  La proyección de liderazgo une a ambas partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en el interior de cada parte (1).

Trump y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.

Para el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del Partido Comunista en octubre.

AJUSTES EN LA CONTIENDA COMERCIAL

Los analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía. Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).

Los responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.

El alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.

Estados Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y otros productos ligados a la automoción.

El desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora, comprometida por la guerra arancelaria.  Pero EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía económica mundial (5).

LA IA, ORILLADA

Más allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.

A decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance tecnológico.

Por otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas. Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no podían pasar completamente por alto la cuestión.

A falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la “superinteligencia” (como él la denomina).

Xi, en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien común, y de vigilar  que su evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar ideas. Casi nada.

 

SIN NOVEDAD EN LOS FRENTES

En los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán. Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.

China no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de 14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte legal (6).

El dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no golpea.

Se rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim Jong-Il para frenar  o encauzar el ya imparable programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima discreción.

La pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones internacionales al hermético régimen de Pyongyang.

Sobre Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una “iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la relación bilateral entre Pekín y Moscú.

A la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump pretende presentar como otro de sus logros internacionales.

Los dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir, la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.

 

NOTAS

(1) “Xi Jinping’s Return to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.

(2) “The U.S.-China Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.

(3) “Why Beijing isn’t taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.

(4) “America Has Lost Its Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(5) “China Still Has What America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen de Economía Internacional). FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembreCUMBRE USA-CHINA: MUCHA POMPA Y DOS OSOS PANDA

La reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias, que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y ahora parece más claro que nunca.

A falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida.  China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza notable, envuelta en las mejores maneras posibles.

¿Para qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados? Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos.  La proyección de liderazgo une a ambas partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en el interior de cada parte (1).

Trump y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.

Para el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del Partido Comunista en octubre.

AJUSTES EN LA CONTIENDA COMERCIAL

Los analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía. Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).

Los responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.

El alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.

Estados Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y otros productos ligados a la automoción.

El desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora, comprometida por la guerra arancelaria.  Pero EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía económica mundial (5).

LA IA, ORILLADA

Más allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.

A decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance tecnológico.

Por otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas. Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no podían pasar completamente por alto la cuestión.

A falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la “superinteligencia” (como él la denomina).

Xi, en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien común, y de vigilar  que su evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar ideas. Casi nada.

 

SIN NOVEDAD EN LOS FRENTES

En los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán. Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.

China no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de 14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte legal (6).

El dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no golpea.

Se rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim Jong-Il para frenar  o encauzar el ya imparable programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima discreción.

La pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones internacionales al hermético régimen de Pyongyang.

Sobre Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una “iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la relación bilateral entre Pekín y Moscú.

A la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump pretende presentar como otro de sus logros internacionales.

Los dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir, la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.

 

NOTAS

(1) “Xi Jinping’s Return to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.

(2) “The U.S.-China Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.

(3) “Why Beijing isn’t taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.

(4) “America Has Lost Its Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(5) “China Still Has What America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen de Economía Internacional). FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembre 

RUSIA ANTE EL QUINTO INVIERNO

 23 de septiembre de 2026

La guerra de Ucrania puede convertirse en el Afganistán de Putin, según los pronósticos optimistas de algunos dirigentes y estrategas occidentales europeos. Pero otros analistas, en especial rusos críticos con el régimen, no piensan lo mismo, al menos a corto plazo. En puertas de entrar en el quinto invierno de la “campaña militar especial” (término empleado por el Kremlin), Rusia trata de gestionar el actual atasco en sus pretensiones con dos recetas fundamentales:

1) la aceleración de la producción militar de nueva generación con decisivas aportaciones exteriores;

2) el control férreo de la población y la incomodidad de las élites aliadas del régimen.

UNAS ELECCIONES DE RUTINA

Empecemos por ésta última. Las recientes elecciones legislativas han arrojado el resultado previsto y confeccionado desde la cúspide del poder. Según resultados aún provisionales, el partido oficialista, Rusia Unida, ha obtenido el 58% de los votos (ocho puntos más que hace cinco años) y unos 355 diputados (treinta por encima de los obtenidos en 2021) Eso supone que Putin y su lugarteniente Medvedev controlarán directamente a más de las tres cuartas partes de los legisladores en la Cámara Baja. El cuarto restante no les ocasionará quebraderos de cabeza.

La principal fuerza de la oposición será el Partido Comunista, que se queda por debajo del 14% (pierde cinco puntos) y no tendrá más de 50 diputados. Los herederos de la URSS mantienen una posición ambivalente sobre la guerra de Ucrania. Fuera del partido oficial, otros comunistas se muestran claramente en contra y censuraran el nacionalismo del Presidente, pero carecen de influencia.

El tercer partido sigue siendo el paleonacionalista Liberal-Democrático (nombre equívoco, como el de tantas otras formaciones de extrema derecha en Europa), que ha subido ligeramente, dos puntos, hasta rozar el 9%) y apoya la guerra.

El resto de formaciones de centro o derecha, no reunirán más del 10% de diputados de la Duma y estarán privados de peso político relevante. Yabloko, el tradicional partido liberal de corte occidental fundado por Grigory Yavlinsky en los primeros años de la nueva Rusia, ha sido prohibido por sus posiciones muy críticas hacia el Kremlin. Pero debe recordarse que en 2021, antes de la guerra de Ucrania, ya no obtuvo representación parlamentaria.

Putin tiene un Parlamento de paja y un aparato de seguridad remodelado a su interés y conveniencia, con hombres de su entera confianza al mando. El control policial de la población y de las élites es férreo e inclemente. A veces, no tiene necesidad de recurrir a la represión directa, pero cuando se siente presionado, siquiera ligeramente no duda en hacerlo.

Entre la ciudadanía hay una combinación de pasividad y temor. La degradación de la situación económica no es explosiva, aunque las riendas del descontento pueden dejar de ser eficaces a medio plazo. Los ataques ucranianos contra las refinerías y líneas de suministro comercial en el oeste del país y alrededores de Moscú han hecho daño: “han creado problemas”, reconoció el propio Putin.

UN APARATO MILITAR Y POLICIAL ENGRASADO

Putin, en todo caso no parece seriamente preocupado. En este diagnóstico coinciden los analistas rusos residentes en Europa. Hace un par de meses, tres de los más conspicuos, Alexander Gabuev, Alexandra Prokopenko y Tatiana Stanovaya, aseguraban que incluso una “debilitada Rusia seguiría guerreando”. Los autores del artículo argumentaban que pese al estancamiento económico (0,4% de crecimiento previsto en 2026), la presión inflacionista, la subida de los tipos de interés hasta el 14% y el rebasamiento del déficit público en casi un 50% por encima de las previsiones del gobierno, el aparato productivo ruso “no está al borde del colapso”. Rusia dedica el 8% del PIB en el esfuerzo militar, una cantidad considerable, pero sólo el 40% del índice ucraniano y muy debajo del que alcanzaron la URSS y Estados Unidos durante la II guerra mundial (1).

Dos especialistas occidentales en Rusia, Michael Kimmage y Maria Lipman comparte este diagnóstico. El régimen cree que la población puede soportar cierta subida adicional de los precios y que los negocios están en condiciones de absorber el coste de los daños ocasionados por los ataques ucranianos. (2).

Gabuev, Prokopenko y Stanovaya consideran que la confianza de Putin está cimentada en la ferocidad de su aparato represivo y la persistencia de las herramientas de propaganda. El Centro Levada, uno de los más creíbles de Rusia en la medición de la opinión cívica, asegura que dos terceras partes de la población apoya aún la guerra y sólo una cuarta parte se opone.  La otra parte del trabajo de los tres analistas críticos rusos se concentra en el amplio margen de que dispone la industria de guerra del Kremlin. Y en esto coinciden con los analistas occidentales que siguen muy de cerca el despliegue militar ruso y sus acuerdos de cooperación principalmente con tres países: China, Irán y Corea.

En un reciente trabajo sobre el arsenal militar que Moscú está utilizando en esta “nueva fase de la guerra”, el semanario liberal THE ECONOMIST vaticina que estas armas de nueva generación y/o transformación están en condiciones de lograr una superioridad que podría ser decisiva a largo plazo. Las remesas de nuevos drones Shahed con tecnología propia (pero también iraní y china), el desarrollo de los misiles balísticos, y capacidades de vigilancia electrónica y la mejorada tecnología de comunicación espacial les son suficientes a Moscú para saturar la mermada defensa antiaérea ucraniana. Pese a la competencia de la industria militar de Kiev, la superior dimensión de las capacidades militares rusas pueden resultar un factor determinante en la guerra (3).

En estos momentos, importa poco o importa menos que los frentes del Este y Sur de Ucrania se encuentren estancados. A lo largo de este año, Rusia sólo ha podido conquistar 100 km2 de territorio ucraniano. Tampoco parece pesar mucho en el ánimo del Kremlin que perezcan más de veinte mil de sus soldados cada mes, principalmente en esa franja fronteriza denominada “zona de la muerte” y que la tasa de reposición de combatientes empiece a agotarse. Moscú aspira a contar con nuevas dotaciones de infantería norcoreana.

UN ENTORNO EXTERIOR APROVECHABLE

Putin cuenta también con alguna ventaja en el plano diplomático, debido a la coyuntura internacional. Aunque sus relaciones con Trump no parecen tan fluidas como durante el primer mandato del Presidente norteamericano, el sesgo prorruso del magnate neoyorquino no ha desaparecido. El pacto de Anchorage (Alaska), el año pasado, no se ha traducido en una política de presión sobre Ucrania. Al contrario, Trump ha apoyado sanciones adicionales a Moscú (4). Pero la diplomacia informal del Presidente, a través de sus parientes y colegas de negocios, continúa. Los amagos de presión más discreta sobre Zelenski no han cesado (5).

El Kremlin cuenta también con las urgencias de Trump en estas semanas de vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato y la previsible victoria arrolladora de los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes y, en menor medida, al Senado. La oposición, con la representación más nutrida de progresistas y socialistas en décadas, lleva una media de diez puntos de ventaja a los republicanos. La implicación cautelosa de Trump en la campaña no está logrando de momento los frutos esperados. La guerra contra Irán pesa como una losa en el índice de popularidad del Presidente, que sigue por los suelos, y en las expectativas positivas ante una más que probable cohabitación.

Las derivas previsibles de Trump en un entorno político más hostil que el actual pueden alumbrar iniciativas arriesgadas en política interior y exterior, como un acuerdo engañoso con Irán para salvar la cara y un pacto propagandístico con Kim Jong-Il sobre el programa nuclear norcoreano. En ambos casos, Putin puede jugar de mediador/muñidor con Teherán y Pyongyang, a cambio, desde luego, de un empujón suficiente para debilitar el ánimo resistente de Ucrania.

Además, el nuevo viento electoral en Alemania reconforta al líder ruso. El triunfo de la AfD en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, combinado con el éxito en Berlín de la izquierda crítica hacia la guerra (Die Linke) son música para los oídos de Putin. El canciller Merz ha quedado sumamente debilitado. Es la primera vez desde la posguerra que su partido, la CDU, se queda por debajo de representación en un länder (el de Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Las fuerzas políticas favorables a un entendimiento con Moscú para poner fin a la guerra son más fuertes que nunca.

Las tensiones en el gobierno de Gran Coalición con los socialdemócratas se han agudizado. Ya se escuchan voces de flexibilización en algunas políticas (como la reforma de las pensiones) con las que quiere ampliar el margen presupuestario para favorecer el rearme y la financiación del esfuerzo de guerra ucraniano.

El resto de Europa tiembla, aunque los dirigentes del consenso liberal no sacan las conclusiones oportunas sobre las causas del ascenso de la ultraderecha de Varsovia a Lisboa y del Báltico al Mediterráneo. Putin, en opinión de la mayoría de los analistas, está convencido de que Europa terminará condicionando su aparentemente entusiasta apoyo a Kiev a una iniciativa paralela de acuerdo diplomático, por presión de Washington. Por de pronto, la UE ya ha condicionado el nuevo paquete de ayudas (90 mil millones de €) al “progreso democrático”, tras los escándalos de corrupción que han sacudido al gobierno.

El Presidente ruso quiere llevar a esas negociaciones, si finalmente se producen, una ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables. La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

El Presidente ruso quiere llegar a esas eventuales negociaciones, si finalmente se producen, en situación de ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos mínimamente presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables.

La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

De momento, Putin aprieta dientes y puños para que no se ponga en duda su voluntad de seguir adelante en la batalla militar. El invierno será duro y cruel para los ucranianos, tanto o más que el anterior, con más bombardeados contra centrales térmicas y eléctricas. Putin se cree seguro en la cálida ciudadela del Kremlin. ¿Serán acertados sus cálculos? El tiempo dirá.

 

NOTAS

(1) “Why a Weaker Russia Keeps Fighting. Putin Sees Little Need to Negotiate. ALEXANDER GABUEV, ALEXANDRA PROKOPENKO Y TATIANA STANOVAYA. FOREIGN AFFAIRS, 31 de julio.

(2) “Putin Will Not Yield. Pressure and Pain Won’t Sap Russia’s Resolve in Ukraine. MICHAEL KIMMAGE & MARIA LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de septiembre.

(3) “Russia has entered a new phase of total war. Ukrainians are feeling the pain”. THE ECONOMIST, 17 de septiembre.

(4) “Donald Trump signe la loi Graham, permettant de nouvelles sanctions contre la Russie”. PIOTOR SMOLAR. LE MONDE, 19 de septiembre.

(5) “Trump Wants Putin to End the War. He May Offer Russia Business Deals First”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.

(6) “European spy chiefs warn Moscow is planning more decisive action against Nato”. SHAUN WALKER. THE GUARDIAN, 20 de septiembre.