30 de septiembre
La
reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi
nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para
alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias,
que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de
manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y
ahora parece más claro que nunca.
A
falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y
agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro
de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida. China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza
notable, envuelta en las mejores maneras posibles.
¿Para
qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados?
Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta
sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces
de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos. La proyección de liderazgo une a ambas
partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en
el interior de cada parte (1).
Trump
y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema
político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita
sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los
comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar
una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.
Para
el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce
sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que
corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del
Partido Comunista en octubre.
AJUSTES
EN LA CONTIENDA COMERCIAL
Los
analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio
de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el
régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del
extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra
comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de
aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias
proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales
exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del
desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos
meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera
querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía.
Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).
Los
responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la
tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en
eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata
de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.
El
alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su
importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales
bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son
aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.
Estados
Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más
aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de
Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y
otros productos ligados a la automoción.
El
desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente
una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria
evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora,
comprometida por la guerra arancelaria. Pero
EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía
económica mundial (5).
LA
IA, ORILLADA
Más
allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas
partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo
de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el
control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.
A
decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en
este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia
cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance
tecnológico.
Por
otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le
ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas.
Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no
podían pasar completamente por alto la cuestión.
A
falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus
prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión
ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la
“superinteligencia” (como él la denomina).
Xi,
en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el
bien común, y de vigilar que su
evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado
de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar
ideas. Casi nada.
SIN
NOVEDAD EN LOS FRENTES
En
los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como
también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido
referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán.
Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República
Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría
que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de
la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados
Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y
energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.
China
no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se
especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por
ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de
14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien
que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano
en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el
propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte
legal (6).
El
dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas
norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de
Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes
norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no
golpea.
Se
rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le
brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim
Jong-Il para frenar o encauzar el ya imparable
programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima
discreción.
La
pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá
contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en
Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones
internacionales al hermético régimen de Pyongyang.
Sobre
Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la
cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie
en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una
“iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la
relación bilateral entre Pekín y Moscú.
A
la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no
haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe
darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos
pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu
Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump
pretende presentar como otro de sus logros internacionales.
Los
dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este
otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir,
la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus
corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.
NOTAS
(1) “Xi Jinping’s Return
to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER
FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.
(2) “The U.S.-China
Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC
AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.
(3) “Why Beijing isn’t
taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.
(4) “America Has Lost Its
Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.
(5) “China Still Has What
America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen
de Economía Internacional). FOREIGN
AFFAIRS, 21 de septiembre.
(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembreCUMBRE USA-CHINA: MUCHA POMPA Y DOS OSOS PANDA
La
reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi
nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para
alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias,
que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de
manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y
ahora parece más claro que nunca.
A
falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y
agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro
de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida. China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza
notable, envuelta en las mejores maneras posibles.
¿Para
qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados?
Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta
sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces
de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos. La proyección de liderazgo une a ambas
partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en
el interior de cada parte (1).
Trump
y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema
político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita
sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los
comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar
una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.
Para
el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce
sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que
corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del
Partido Comunista en octubre.
AJUSTES
EN LA CONTIENDA COMERCIAL
Los
analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio
de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el
régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del
extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra
comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de
aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias
proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales
exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del
desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos
meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera
querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía.
Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).
Los
responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la
tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en
eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata
de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.
El
alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su
importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales
bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son
aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.
Estados
Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más
aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de
Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y
otros productos ligados a la automoción.
El
desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente
una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria
evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora,
comprometida por la guerra arancelaria. Pero
EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía
económica mundial (5).
LA
IA, ORILLADA
Más
allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas
partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo
de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el
control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.
A
decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en
este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia
cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance
tecnológico.
Por
otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le
ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas.
Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no
podían pasar completamente por alto la cuestión.
A
falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus
prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión
ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la
“superinteligencia” (como él la denomina).
Xi,
en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el
bien común, y de vigilar que su
evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado
de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar
ideas. Casi nada.
SIN
NOVEDAD EN LOS FRENTES
En
los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como
también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido
referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán.
Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República
Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría
que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de
la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados
Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y
energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.
China
no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se
especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por
ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de
14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien
que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano
en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el
propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte
legal (6).
El
dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas
norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de
Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes
norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no
golpea.
Se
rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le
brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim
Jong-Il para frenar o encauzar el ya imparable
programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima
discreción.
La
pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá
contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en
Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones
internacionales al hermético régimen de Pyongyang.
Sobre
Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la
cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie
en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una
“iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la
relación bilateral entre Pekín y Moscú.
A
la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no
haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe
darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos
pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu
Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump
pretende presentar como otro de sus logros internacionales.
Los
dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este
otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir,
la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus
corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.
NOTAS
(1) “Xi Jinping’s Return
to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER
FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.
(2) “The U.S.-China
Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC
AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.
(3) “Why Beijing isn’t
taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.
(4) “America Has Lost Its
Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.
(5) “China Still Has What
America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen
de Economía Internacional). FOREIGN
AFFAIRS, 21 de septiembre.
(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembre
