29 de abril de 2026
Los
recientes resultados electorales en Hungría y Bulgaria han sido destacados por
la caída de la autocracia de Orbán y la emergencia de un hombre fuerte con
sólidas conexiones rusas, respectivamente. Lo que pierde Moscú en Budapest parece
ganarlo en Sofía, aunque con menos estridencias. El nacionalismo populista
compensa sus fuerzas entre el corazón oriental de Europa y las tierras bajas
del Mar Negro.
Pero
por debajo del radar se advierte otra tendencia muy inquietante para el centro
izquierda europeo: la práctica desaparición de la vida parlamentaria en esos
dos países de las fuerzas socialdemócratas. Ni húngaros ni búlgaros adscritos a
la Internacional Socialista o al Grupo Socialista-Demócrata del PE tendrán
diputados nacionales.
ÚLTIMAS DERROTAS: HUNGRÍA Y BULGARIA
Hungría
fue el pionero en el reciclaje de los comunistas en socialistas en el Este de
Europa. Los referentes alemán y austríaco eran muy atractivos y exitosos por
entonces. Y el gambito funcionó durante bastante tiempo. Los socialistas
magiares alcanzaron el 45% en 2006 y participaron en cuatro gobiernos
poscomunistas. Pero en 2010 el terremoto Orban los dejo por debajo de la
barrera del 20%. Desde entonces, sólo han acumulado penas. La derrota
desencadenó división y escisión. Un nuevo partido, Coalición Democrática, consiguió
representación en Estrasburgo y terminó siendo el flotador de los socialistas
húngaros. Pero en la coalición conservadora que ha acabado con la era Orbán no
han tenido hueco. En abril no han llegado al 2% de los votos y quedarán fuera de
su parlamento.
En Bulgaria, en cambio, el liderazgo de los comunistas reconvertidos en socialistas se disolvió en apenas dos años, con una brusca caída en la mitad de los noventa y una lenta pero inexorable erosión hasta la irrelevancia de estos días, pese a haber reunido en una plataforma unitaria a la mayoría de las formaciones progresistas: menos del 3% de los votos
Estas
desgracias en Hungría y Bulgaria adquieren categoría de catástrofe al sumarse a
la miserable situación en los otros tres vecinos centroeuropeos: Polonia,
República Checa y Eslovaquia. En otros países con antiguos regímenes
prosoviéticos, el socialismo que creció sobre las ruinas de los partidos
comunistas han mantenido cierta presencia, pero tienden a la baja, cuando no a
la fagocitación por las tendencias nacionalistas.
ENTRE
NACIONALISMO Y ULTRALIBERALISMO
Los
dos países más influyentes de Centroeuropa, Polonia y Chequia, con experiencias
distintas de salida del comunismo, gozaron siempre de mejores conexiones con
Europa Occidental que sus vecinos. Eso explica que, pese a la presión
nacionalista, siempre se hayan mantenido fuerzas centristas de fuste.
En
Polonia, los socialdemócratas aguantaron muy bien el nuevo régimen, con alzas
constantes hasta el cambio del siglo. En los primeros años del XXI se produjo un
desplome enorme: desde una cifra superior al 40% de los votos hasta un pírrico
10% en la mitad de la primera década. Después vino un periodo de oscilaciones
suaves hasta el último retroceso (5%). Una fuerza menor obligada a colaborar
con la coalición liberal-conservadora (Plataforma Cívica), frente al
nacionalismo ultra del PiS (Ley y Derecho).
En la República Checa, las fortunas socialdemócratas no alcanzaron las cotas polacas, pero se mantuvieron en torno a un saludable 30% durante casi dos décadas, después de los confusos años poscomunistas iniciales. Luego descendieron invariablemente hasta aproximadamente el mismo 5%. Desde 2021 no están en el Parlamento nacional.
LA HERIDA
ESLOVACA
Pero
el caso más sangrante es el de Eslovaquia. Una mirada superficial podría hacer
pensar que el país más pobre de Centroeuropa rompe esta tendencia depresiva de
la socialdemocracia. Los partidos que siguen considerándose tributarios de ese
doctrina han mantenido un liderazgo político con escasos retrocesos desde la
década de los noventa. Es un espejismo.
Dirección
Socialdemócrata rozó su techo (45%) en 2012 después de una subida constante,
para descender ligeramente por encima del 20% en 2020. Y ahí cambió todo. Bajo
el liderazgo del populista Robert Fico, el partido protagonizó un viraje
sorprendente hacia el nacionalismo de inspiración orbanista, sin el
componente católico. Los líderes socialistas europeos en Bruselas se alarmaron,
pero a pesar de las severas llamadas de atención, Fico siguió en su línea. La
ruptura parecía inevitable. El socialismo eslovaco se ancló en el nacionalismo
populista con un oportunismo rentable y en 2023 elevó su marcha ascendente.
Los socialistas del continente habían visto un posible recambio con la escisión del exprimer ministro Peter Pellegrini, quien fundó un nuevo partido socialdemócrata (HLAS: Voz), admitido pronto en el club europeo. Pero este nuevo líder no tardó en tomar el rumbo populista de sus antiguos correligionarios. Del exiguo 3% obtenido en 2020 pasó al 14% en 2023, ya con mensajes nacional-populistas. La cooperación se detuvo y la socialdemocracia continental se quedó sin referente eslovaco. Ambos partidos “rebeldes” suman hoy un envidiable 37%. El socialismo democrático ha dejado de existir en el Parlamento de Bratislava.
LA ENGAÑOSA
EXCEPCIÓN RUMANA
Sólo
en Rumania el socialismo democrático ha mantenido el tipo estas tres décadas y
media, con estabilidad y participación en las alternancias de gobierno. Pero
desde hace años, coincidencia con una decadencia que parece imparable desde
hace una década, se observa también la tentación del nacionalismo populista,
como los eslovacos.
Actualmente, Rumanía está gobernada por una gran coalición de liberal-conservadores (PNL, adscrito al Partido Popular europeo) y socialistas. Pero los ministros del PSD (Partido Social-Demócrata) se han retirado del ejecutivo por discrepancias con sus socios del centro-derecha. Lo que anuncia más que probables elecciones, en las que del socialismo rumano sólo resten las siglas, pero muy poca conexión con su ideario.
En
otros dos países excomunistas, en concreto los ex yugoslavos Eslovenia y
Croacia, los socialdemócratas se han mantenido con desigual fortuna. La
autonomía del sistema autogestionario yugoslavo con respecto a Moscú no
favoreció la conversión exitosa de los partidos de la Liga Comunista en
socialismos de las nuevas repúblicas, al menos en los primeros años, sin duda
por el empuje arrollador de los nacionalismos.
Los eslovenos no pasaron de la barrera del 15% hasta 2004, cuando experimentaron una fuerte subida, hasta sobrepasar el 30%, pero este impulso fue efímero. El efecto rebote les hizo caer al 10% cuatro años después y desde entonces han seguido perdiendo votos, hasta quedar por debajo del 7% en las últimas dos citas electorales.
En
Croacia, la marea nacionalista extremista de los primeros noventa, alimentada
por la guerra contra Serbia y Bosnia, redujo a los neosocialistas a una
posición marginal en el Sabor, el desengaño posbélico les colocó en
posición de fuerza alternativa sólida y sus opciones fueron creciendo hasta la
segunda década del presente siglo. Luego comenzaron a resentirse de la crisis
económico-financiera en el continente y del nuevo auge nacionalista. Con todo,
la socialdemocracia se mantiene en torno al 25%, un nivel envidiable en la
zona.
SOCIALDEMOCRACIA EN CROACIA
Aunque
muchas de las causas de esta crisis regional de la socialdemocracia radican en
especificidades nacionales, hay también factores comunes a todos los casos.
1)
La caída del comunismo coincidió con el desarme ideológico del socialismo
democrático. El auge neoconservador en lo político y ultraliberal en lo
económico de los ochenta inoculó el virus del individualismo y la creencia en
la tiranía del mercado.
2)
La socialdemocracia no estaba preparada para recoger el testigo del comunismo
de forma tan rápida y abrupta. La transformación rápida de los partidos
comunistas en socialistas fue una falsa solución, que terminó siendo un
inconveniente, cuando las nuevas formaciones liberales y conservadoras desacreditaron
la operación como un intento de preservación del viejo sistema.
3)
Los nuevos socialismos del centro y este europeo negociaron mal la
contradicción entre el espejismo del mercado y las aspiraciones de libertad de
las masas sociales. El ultraliberalismo supo seducir a las sedicentes clases
medias, pero también a las capas populares. La voz moderada de la socialdemocracia
se dejó de escuchar con claridad.
4)
Con la crisis económico-financiera de finales de la primera década del siglo,
aquellos partidos socialdemócratas que consiguieron a duras penas mantener su
presencia en gobiernos de coalición pagaron la factura del desfondamiento
social. En lugar de culpar a los partidos conservadores y liberales, los
electores castigaron al centro-izquierda, negándole su voto y dirigiendo su
malestar hacia propuestas conservadoras o incluso mucho más radicales y de
signo contrario.
5)
La crisis migratoria de mediados de la segunda década incrementó la tensión
sobre estos países, en particular sobre los centrales. Algunos de ellos se
convirtieron en lugar de paso de la ruta de los Balcanes para los huidos de la
inestabilidad crónica desatada tras la primavera árabe y la fase final de la
guerra en Afganistán. Eso provoco un nuevo repunte de la fiebre nacionalista y
xenófoba entre las masas populares, privando a los socialistas de su base
política natural.
6)
Desplazados a la oposición, los partidos socialdemócratas se quedaron en tierra
de nadie. Los liberal-conservadores atacaron a los nacionalistas en auge no
sólo por sus proclamas de destrucción del orden liberal basado en normas, sino
también por sus recetas de centralismo y renacionalización, más
propagandísticas que reales, dejando a los socialistas como sospechosos de
colaboracionismo con recetas “fracasadas”.
7)
En la guerra cultural subsiguiente, los socialdemócratas han sido blanco de
ataques tanto de la derecha nacionalista como de la liberal, por sus posiciones
progresistas en materia de género, raza y origen.
8)
La última deriva ha sido, si cabe, la más perniciosa, consistente en despojarse
de los últimos elementos progresistas para convertirse en nacionalistas
populistas. La senda eslovaca ya ha prendido en Rumanía y es posible que se
extienda por toda la región.
