8 de julio de 2026
Trump vuelve a encontrarse con sus aliados
formales de la posguerra mundial después de haber pervertido los festejos del
250 aniversario de la Independencia americana y de haber ofrecido una muestra
más de su tóxica relación con el jefe de la FIFA para favorecer a la selección
estadounidense de fútbol
El Presidente que más se ha enriquecido en
el cargo provocó otro escándalo muy de los suyos al incurrir en un tráfico de
influencias de libro. Telefoneó a Gianni Infantino para que se le retirara la
sanción de suspensión de un partido a su delantero norteamericano más goleador (Folarin
Balogun), que había recibido una tarjeta roja en un partido anterior. En su habitual
inversión de la realidad, Trump presentó su gesto como “reparación de una injusticia”.
Su compinche futbolístico, Gianni Infantino, se calló pero logró que los órganos
disciplinarios de la FIFA accedieran a la petición /exigencia del presidente
norteamericano. Jugarreta inútil: pese a que Balogun jugó el partido contra Bélgica,
Estados Unidos perdió por goleada (1-4) y se despidió del Mundial. Se hizo
justicia cósmica, contrapuesta a la falsa justicia que Trump predica y ejerce.
Bélgica, el rival a priori perjudicado por
la cacicada del tándem tóxico que ha pilotado el Mundial de fútbol, no sólo es
un país europeo, sino que además es la sede central de la OTAN. Una casualidad paradójica.
De hecho, Trump no termina de perdonar las tarjetas rojas que le ha sacado a
sus aliados europeos: deben cumplir su sanción, que consiste, básicamente, en
gastar un dinero equivalente al de Estados Unidos en la defensa común.
LOS AFANES DE RUTTE
El Infantino de la OTAN es el propio
Secretario General de la Organización, el holandés Mark Rutte, un liberal
conservador que gobernó su país durante una década y ha encontrado acomodo dorado
en la burocracia atlantista. Desde su puesto político-propagandístico-diplomático,
Rutte ha halagado hasta la náusea al “papaíto Trump”, para incomodidad de sus
propios colegas y de los fervientes atlantistas. Pero se le disculpa por el bien
de la causa, como ha codificado THE ECONOMIST: “si una ridícula adulación
de Trump puede salvar la OTAN, asumámosla” (1). Curiosa aplicación de los
principios marxistas-grouchistas del semanario liberal británico
El empeño de Rutte ha consistido en que su
insistente peloteo rindiera frutos en la cumbre de Ankara. O sea, que Trump le perdonara
la tarjeta roja a Europa y suspendiera sus amenazas de retirada de armamento y
soldados del continente. En mayo, se hicieron públicos los planes norteamericanos
de traer de vuelta un tercio de los aviones de combate, la mitad de los
bombarderos estratégicos B-52, todos los misiles Tomahawk y Dark Eagle
estacionados en Alemania, cientos de buques de guerra y miles de soldados. Según
cálculos del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington, para reemplazar
estos efectivos, Europa debería gastarse casi 900 mil millones de euros, una
suma imposible de asumir (2).
El último acto de este cortejo del obsequioso
holandés fue su última visita a la Casa Blanca. Apoyado en un bizarro despliegue
de mapas y gráficos en el propio Despacho oval, Rutte trató de convencer a
Trump de los esfuerzos aliados por acercarse a ese objetivo del 5% del PIB en
gasto militar en 2030 (3,5% directo y 1,5% en infraestructuras relacionadas). Los
datos desplegados por Rutte son más que discutibles, según los analistas, pero él
sabe mejor que nadie lo poco que le importa a Trump la realidad. En pleno
berrinche del magnate americano por la renuencia europea a participar en la guerra
israelo-norteamericana contra Irán, lo importante era suavizar sus ánimos ante
la cumbre de Ankara.
LAS ILUSIONES DE LA DEFENSA EUROPEA
Las cifras reales de ese esfuerzo por aplacar
la ira trumpista indican que los plazos fijados en Copenhague para 2035 difícilmente
se cumplirán. Pero para entonces Trump ya no estará en la Casa Blanca y el sucesor,
por conservador MAGA que sea, seguramente tendrá una visión más pragmática y
menos rupturista con el viejo orden. No obstante, es cierto que los gastos
militares están aumentando en toda Europa. Se alcanzó el objetivo del 2% del PIB
fijado 2025, después de un incremento del 20% el año anterior al plazo. En lo
que va de década, la contribución de los aliados de Washington en la defensa
común pasó del 30 al 40 por ciento, un incremento considerable que supuso alcanzar
un monto total superior al medio millar de millones de dólares (3).
Mientras tanto, los líderes europeos no
presentan este esfuerzo militarista como una concesión a Trump, sino como una
necesaria y realista adaptación a un entorno estratégico en el que el paraguas de
acero norteamericano ya no está garantizado.
Pero la tarea es políticamente discutible y económicamente inasumible,
según la mayoría de expertos y observadores. Para ponerse al día con las
supuestas necesidades de seguridad, la mayoría de los países europeos tendrían
que rebajar muy ostensiblemente su ya debilitado sistema de protección y/o
promoción social. Algo que puede ser socialmente explosivo y resultar
electoralmente ruinoso.
Ni siquiera los gobiernos más decididos a
emprender este esfuerzo militar son capaces de armar un discurso político para
convencer a sus electorados. La Gross Koalition alemana está penando
para cuadrar cuentas y maquillar el inmenso desplazamiento de gasto que esos
planes comportan. Ante el riesgo de dar munición a la ultraderecha (que
discrepa de la “amenaza rusa”), Berlín trata ahora de vender un programa económico
que haga compatible el gasto militar y el modelo social (4). Cuadratura del
círculo.
En Gran Bretaña, con el nuevo líder
laborista y primer ministro en ciernes, aupado por un vago discurso de
reconstrucción económica y social, la hipoteca militar exigida se antoja un
inconveniente insoportable. Andy Burham no ha enseñado aún todas las cartas de
su programa de gobierno. Pero sería suicida que comprometiera parte del acervo social
laborista para fortalecer la agenda militar (5). Starmer tuvo la tentación,
pero se frenó y precipitó la dimisión de su Secretario de Defensa. Es admitido que
para impulsar el presupuesto militar no hay más remedio que reducir la
inversión en hospitales y escuelas.
En Francia, el Presidente es un pato cojo
que ni siquiera ha conseguido asegurar la continuidad de su proyecto mediante
la cohesión de su mayoría política. Los macronistas han dejado de existir
como grupo compacto, la derecha se prepara para pasar factura a un liberalismo
que la ha despreciado y la ultraderecha está dispuesta a librar la batalla de
su vida para romper el tabú que le ha cerrado las puertas del Eliseo durante
décadas.
Aunque a Marine Le Pen la justicia no le
haya perdonado la tarjeta roja por el desvío de fondos (salarios de asesores de
parlamentarios europeos empleados en otros gastos de su partido), se le ha
permitido, con restricciones jugar el siguiente partido, el decisivo y quizás
último de su vida política: la elección presidencial de 2027 (6).
No está claro que Marine Le Pen pueda quebrar
el sistema de la V República, diseñado para impedir el acceso al poder de
formaciones fuera del núcleo aceptable de la política francesa. No le vale con
revalidar e incluso ampliar su condición de partido mayoritario: necesita una
mayoría absoluta que el el establishment (de los exgaullistas
conservadores hasta los socialistas pasando por la dispersa galaxia liberal) le
niegan contumazmente. Pero la perspectiva de riesgo por sí sola es un factor
limitador adicional para estos planes europeístas de defensa. Le Pen ve con ojos
aún más críticos que sus rivales políticos la sumisión de la industria militar
francesa en un confuso conglomerado europeo.
Pero, además de estas dificultades socioeconómicas,
hay factores técnico-militares que alejan la perspectiva de una defensa “más
europea”. Los aliados europeos han avanzado poco, pese a la retórica, en hacer
compatibles sus sistemas militares y en superar sus “egoísmos nacionales” en la
promoción de una industria defensiva común, entre otros obstáculos.
Según Elie Tenembaum, especialista en la
materia del Instituto francés de Relaciones Internacionales (IFRI), “la
autonomía de capacidades aún no está al alcance de Europa”. Se precisa de un “esfuerzo
sostenido” de inversión de capital productivo, investigación y desarrollo (I+D)
y otros elementos que garanticen la “independencia operativa y tecnológica” (7).
Otros expertos señalan las carencias
operativas: defensas antiaéreas, escasos arsenales de armamento ofensivo
flexibles (drones, misiles) y de materiales de vigilancia, por no hablar del
factor humano, escaso y renuente.
La lentitud, por decirlo suavemente, de las
iniciativas de integración es otro factor debilitador adicional. Mientras
Estados Unidos tiene 33 distintos tipos de armamento, Europa alcanza los 174
(12 modelos de carros de combate y 14 de aviones de combate), según ha recodado
Timothy Garton-Ash (8).
Francia
se agarra a su “nacionalismo militar” desde la época gaullista y recela del
nuevo impulso armamentístico alemán. Polonia no desea comprar armas preferentemente
a sus socios europeos y confía más en el mercado americano. Los países del sur,
muy lejos de Rusia, arrastran los pies en este esfuerzo tan insuficientemente
fundamentado. El abandono reciente del proyecto de caza europeo evidencia que la
división práctica se impone sobre los discursos políticos retóricos (9).
En
este panorama de manipulación de las cifras, proyección de giro “favorable” en
la guerra de Ucrania, debilidades crecientes en el poder de Putin (sin que de
ello se derive disminución del “peligro ruso”) y desorden generalizado en la estructura
industrial de defensa, la cohesión aliada parece comprometida más que nunca. No
todas las tarjetas rojas las saca o las perdona Trump a su antojo. Por mucho que
el comunicado final de la cumbre de Ankara pinte un escenario prometedor, lo
cierto es que la zozobra seguirá dominando las relaciones entre ambos lados del
Atlántico durante el futuro inmediato.
NOTAS
(1) “If ludicrous Trump flattery can save
NATO, bring it on”. THE ECONOMIST, 6 de julio.
(2) “Sommet de l’OTAN : face au
désengagement américain, les armées des pays européens gagnent en puissance
mais de façon dispersée”. PHILIPPE JACQUÉ. LE MONDE, 6 de julio.
(3) “The Transatlantic Alliance Can’t
Survive Without Trust”. WOLFGANG ISCHINGER. FOREIGN AFFAIRS, 6 de julio.
(4) “As Far Right Rises, German Leaders
Look to Jump-Start the Economy”. JIM TANKERSLEY & CHRISTOPHER
SCHUETZE. THE NEW YORK TIMES, 2 de julio.
(5)
“Andy Burnham urged to be radical on economy
to help Labour win next election”. RICHARD PARTINGTON. THE GUARDIAN, 2 de julio.
(6)
“Marine Le Pen candidate à la présidentielle: le jour où la députée RN a repris
la main et défié la justice”. CLÉMENT GUILLOU & CORINE LESUEUR. LE
MONDE, 8 de julio.
(7)
“Quelle autonomie capacitaire pour l’Europe? Une analyse
multi-domaine”. ELIE TENEMBAUM y OTROS. IFRI, 29 de octubre de 2025.
(8) “Germany’s military power is on the
rise. This time it must be firmly embedded in Europe”. TIMOTHY GARTON-ASH. EUROPEAN COUNCIL ON
FOREIGN RELATIONS, 7 de mayo-
(9)
“Europe Is Struggling to Lead NATO”. ANCHAL VOHRA. FOREIGN POLICY, 7 de julio.
