LA TRAGEDIA DE CUBA

27 de mayo de 2026            

En numerosas ocasiones se ha anunciado el final del sistema político de Cuba. A comienzos de los 60, cuando Estados Unidos intentó segar por la fuerza el despliegue de la Revolución. En el albor de los 70, cuando empezaron a aflorar las primeras contradicciones del castrismo y fracasos estrepitosos, como la emblemática campaña de la zafra, émulo no declarado de los experimentos de la Revolución Cultural china, aunque los dirigentes de La Habana tomaron partido por Moscú y no por Pekín en el cisma comunista. En los 80, cuando la sangría de las intervenciones solidarias anticolonialistas y antiimperialistas en África drenaron los escasos recursos de un Estado asfixiado por el bloqueo de los Estados Unidos y por los errores encadenados de la planificación y el sectarismo del modelo estatalista. Y, por supuesto, en los 90, después de la caída de la URSS, cuando la Cuba oficial se quedó sin el apoyo cada vez más insuficiente de la solidaridad del lejanísimo y también exhausto comunismo europeo.

La victoria de Chaves en Venezuela devolvió cierta esperanza a los dirigentes cubanos. De pronto, una República libertadora aparecía al otro lado del Caribe como proyecto de hermandad revolucionaria.

En un viaje profesional que hice a Cuba poco antes de la muerte de Fidel Castro, un mando intermedio del Estado me dijo que el gran líder consideraba al Comandante venezolano una especie de hijo llamado a defender y prolongar la herencia revolucionaria. Si había la oportunidad de anunciar algo positivo o abanderar alguna causa internacional, Fidel le cedía siempre el protagonismo a Hugo Chávez.

Cuando esa burbuja también estalló y la revolución bolivariana se estancó en contradicciones, corrupciones, represión e ineficacia, los herederos de Fidel comprendieron que el final, esta vez sí, estaba realmente cerca.

La presencia de Obama en la Casa Blanca reavivó ciertas esperanzas. Por primera vez no se hablaba desde Washington con el tono monocorde de la agresividad o el ultimátum. Obama fue el primer Presidente norteamericano que visitó Cuba en décadas, cenó en un paladar con su familia, suavizó las arbitrarias y dañinas sanciones norteamericanas y, sobre todo, abrió la puerta a una solución política. Deseosos de aferrarse a una esperanza inesperada, los herederos de Fidel atribuyeron al Presidente afro-americano una voluntad de cambio de mayor alcance que la que realmente tuvo.

Todo ese espejismo se evaporó bruscamente cuando Trump ganó sus primeras elecciones en 2016. Se restablecieron las sanciones, el bloqueo se reforzó y la política de vínculos familiares que permitieron respirar a la isla se interrumpió. Biden no volvió a la senda conciliadora de Obama. Contrariamente a lo permisivo que se mostró con Israel, se comportó con dureza frente a La Habana. Al fin y al cabo político de la guerra fría, el último Presidente demócrata sólo tuvo ojos y mente para el peligro que representaba Moscú.

LA INCÓGNITA DE TRUMP 2.0

Y ahora, con el regreso de un Trump oportunista, vengativo y errático, sólo podía ocurrir lo que está ocurriendo. Como no se puede detectar casi nada coherente, es inútil aplicar análisis racionales a lo que pueda hacer su administración en Cuba.

Todas las hipótesis parten del secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela y la subsiguiente operación de reciclado del régimen chavista en algo que todavía no se sabe qué es o en qué se convertirá. A Trump las sutilezas propias de Kissinger no le importan un ardite. Le vale con que Caracas les abra los pozos, o diga que lo va a hacer, y despliegue una retórica de cooperación que sustituya a la chavista clásica de combate y confrontación.

En Cuba, Trump parece darle vueltas a todo. Ora impone un bloqueo petrolero para forzar una rendición del régimen, ora deja abierta la puerta a una negociación, sin que se advierta qué objetivos pretende. Se escuchan ofertas de ayuda económica, gestionadas por la Iglesia, sin que La Habana lo rechace con la habitual retórica de los principios inquebrantables.  

Dicen los que conocen los entresijos de esta administración que Trump ha dejado el dossier cubano en manos de su Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, el norteamericano de origen cubano Marco Rubio. Un portavoz sin matices de la galaxia reaccionaria de Miami, el antiguo senador por Florida no ha dejado de desear un solo día la humillación del régimen de Castro. No obstante, sus cálculos políticos le conducen a procurar una solución “que evite la sangre”, aunque no termina de verse sobre qué bases puede diseñarse ese acuerdo preventivo (2). Quienes han respaldado la carrera política de Rubio se sentirán traicionados si la nomenklatura castrista se escapa viva y se reserva alguna suerte de privilegios.

Tampoco se sabe en que “nueva Cuba” están pensado los estrategas de la “liberación”, aunque podemos imaginarlo. Si Trump quiere hacer de Gaza una riviera turística, no es muy audaz aventurar que sueñe con convertir el país caribeño en un monumental resort, plagado de negocios lucrativos sólo para sus amigos, cómplices, donantes, compinches y mafiosos de Miami.

Trump quiso hacerse el generoso cuando hace unas semanas pasó por el alto el bloqueo para que un barco ruso hiciera llegar petróleo a las autoridades cubanas y aliviar la espantosa situación que se está viviendo. “Lo están pasando mal, así qué importa si alguien les quiere ayudar”, dijo el dirigente que presume de no tener escrúpulos con sus enemigos y adversarios. Otro gesto más de complacencia hacia su amigo Putin, para quien Cuba no es sino una pieza de museo en el recuerdo empolvado de la guerra fría.  Días después, en su línea de palo y zanahoria, Trump impuso nuevas sanciones a dirigentes cubanos implicados en el sector de la energía y en la “violación de derechos humanos”.

Pero en su habitual política de zigzagueos, lo último que se le ha ocurrido a Trump es ordenar al Departamento de Justicia que presente cargos contra Raúl Castro, por conspiración y asesinato de súbditos norteamericanos. El trasfondo fue una operación acontecida en 1994, cuando el entonces Ministro de Defensa y número dos del régimen era Ministro de Defensa. La defensa antiaérea cubana derribó dos aviones de Hermanos al Rescate, un grupúsculo anticastrista de Florida que pretendía repartir comida (¿también armas?).  Como es evidente que La Habana no entregará al hermanísimo, se ha evocado el escenario de una extracción como se hizo en enero con Maduro.

Naturalmente, Trump ignora operaciones cometidas por los protegidos de Estados Unidos. La más mortífera fue el atentado hace ahora 50 años contra un avión en vuelo de la compañía Cubana de Aviación, cometidos por una trama del exilio en Florida, que se saldó con la muerte de las 73 personas a bordo.

La farsa de la negociación pareció agotarse cuando Rubio afirmó que “Cuba representa un gran peligro para la seguridad nacional” de Estados Unidos, una afirmación evidentemente falsa.

Las autoridades de La Habana han respondido a esta estrategia de confusa presión con un esfuerzo de obligado pragmatismo. Por un lado, reciben a enviados de Trump con cierta deferencia y afirman que están dispuestos a negociar “sobre bases de reciprocidad e igualdad”. Incluso aceptan la visita del director de la CIA, la institución que ha intentado durante decenios no sólo derribar el sistema cubano, sino liquidar físicamente a sus dirigentes.

Cuando la ficción negociadora empezó a presentar tonos obscenos, se rescató parte de la retórica de la resistencia y se apeló a la combatividad del pueblo cubano. El último clavo ardiendo al que se agarra Cuba es que el voluble Presidente haya quedado empachado del fracaso político y estratégico en Irán.

Pero se duda mucho de que el régimen cubano pueda resistir mucho más tiempo. Con una población privada de fuel, viviendo a oscuras, sin el alivio de los muy precarios servicios públicos y en un escenario en que la escasez se ha tornado ya hambre, el legendario orgullo cubano se disuelve lentamente en la desesperación.

Mientras se pliega a hablar con esta administración, el gobierno llena las cárceles de presos políticos o de conciencia y deja salir a prisioneros comunes (dos mil, en abril), como poco práctica baza negociadora ante los belicosos norteamericanos. Algunas ong’s sostienen que la población carcelaria, incrementada desde la represión del estallido de protesta de julio de 2021, ha alcanzado una cifra récord: hay más de 1.200 personas entre rejas. Muchos de los 550 liberados en enero del año pasado tras un acuerdo con el Vaticano, volvieron a prisión en los meses siguientes. Las condiciones de los detenidos son pavorosas, según documentan algunas organizaciones humanitarias (3).

UN PROYECTO PARA CUBA

En un artículo que pretende ser ecuánime, o al menos equilibrado, el catedrático de la Universidad de Miami, Michael J. Bustamente, hace un repaso de las responsabilidades de la catástrofe en que ha quedado sumido el país.

No es fácil encontrar a un articulista norteamericano que hable con sinceridad de “coacción económica de Estados Unidos” o de “castigo colectivo” al pueblo cubano”. Y mucho de la necesidad de que Washington “debería rendir cuentas de su papel en la larga y torturada trayectoria de Cuba” (4).

Bustamente, ciertamente, denuncia la represión  (innegable), la ineficacia (palmaria), la corrupción (cada vez más indisimulable) de la casta dirigente cubana. Pero lo más interesante es su idea de construir un “nueva historia nacional” no sobre el imaginario egoísta y revanchista de los exiliados en Florida, sino a partir de las necesidades del pueblo que ha sufrido tanto un externo permanente como decisiones equivocadas e incompetentes y una represión tenaz e injusta de la discrepancia.

Si acaso, el enfoque de Bustamente peca de ingenuidad. Es imposible pensar que Estados Unidos va a permitir que se alumbre a cien kilómetros de sus costas algo que no sea pura sumisión a los intereses de los negocios norteamericanos. Hay toda una costra de resentimiento que se abatirá sobre Cuba en cuanto se consume la caída del régimen.

La gran pregunta ahora es hasta dónde está dispuesto a llegar la casta gobernante en La Habana, sabedora que de millones de ciudadanos temen un revanchismo que emite ya señales de venganza. La mayoría de la población está harta del régimen y exhausta por una realidad de privaciones y  desesperanza. Pero también sabe que poco o nada se puede esperar de quienes han apretado su cuello y menos aún de sus lacayos organizados en Florida.

Por supuesto, habrá también quien prefiera ver a los yanquis y a sus vasallos enseñorearse de las destruidas calles y parques de las ciudades y costas cubanas, si acompañan su dominación con la promesa de una cierta recuperación del tejido productivo. Se agarrarán a la ilusión de una soñada prosperidad, al precio que sea. Pocos recordarán lo que pasó en la Unión Soviética o en otros países del Este y Centro de Europa tras la caída del comunismo. La memoria es frágil. Y las opciones cada vez son más reducidas.


NOTAS

(1) “Cuba Says It’s Ready to Negotiate”. JACK NICAS. THE NEW YORK TIMES, 20 de mayo.

(2) “Rubio says Cuba is threat to US as Havana accuses him of 'lies'”. SOFÍA FERREIRA. BBC, 22 de mayo.

(3) “A Cuba, malgré les pressions des Etats-Unis, les arrestations d’opposants se poursuivent”. JEAN BAPTISTE SAINT-CYR. LE MONDE, 17 de mayo.

(4) “Cuba merece una nueva historia nacional” MICHAEL J. BUSTAMANTE. THE NEW YORK TIMES, 23 de mayo.

CHINA, BISAGRA DEL PODER MUNDIAL

20 de mayo de 2026

En apenas unos días, el Presidente de China ha recibido en Pekín a sus homólogos norteamericano y ruso. En lo que va de año, Xi Jinping ha sido también anfitrión de los máximos dirigentes de Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña, España y algún otro. El mundo pasa por Pekín. China se posiciona como pieza clave en el actual tablero internacional.

Se discute mucho en estos tiempos hasta donde ha llegado el poderío chino. En la esfera económica, nadie discute que China es ya la segunda potencia mundial y muchos vaticinan que este siglo se consumará su hegemonía. Otros cuestionan esta último pronóstico y señalan los puntos débiles de las estructuras económicas chinas. Uno de ello es Theodore Bunzel, un veterano especialista en la materia, quien señala que el gigante  de Asia-Pacífico “no se puede permitir escalar una confrontación económica con los Estados Unidos” (1).

Esta opinión contrasta con las de quienes resaltan que el fortalecimiento de China ha sido en parte inducido por los errores occidentales. Algunos altos cargos y asesores relevantes en las administraciones demócratas recientes sostienen que la errática e inepta política de Trump está acelerando este proceso de afirmación de liderazgo mundial chino. Es el caso de Henrietta Levin (exconsejera en el Departamento de Estado): “América ha perdido su ventaja sobre China” (2). O de Rebecca Lissner y Mira Rap-Hooper (asesores influyentes en el equipo de Biden), para quienes “las concesiones de Estados Unidos están favoreciendo la capacidad de influencia china” (3).

DE LAS AMENAZAS A LOS HALAGOS

La reciente visita de Trump a Pekin ha reforzado estas impresiones. La fanfarria del encuentro ha sustituido a la sustancia, estiman la mayoría de los observadores. Con su facundia verbal acostumbrada, el Presidente norteamericano dejó caer que había conseguido ciertos compromisos de Xi (compra de aviones Boeing o de carne americana), que no figuran reflejados en la versión china de la reunión. Ni confirmaron tampoco miembros del staff norteamericano.

Esta “cumbre atmosférica” (como solían denominarse los encuentros entre las superpotencias en tiempos de la guerra fría) es un buen síntoma del callejón  sin salida en el que se ha metido Trump con su libreto de amenazas, extorsiones y bravuconadas en su relación con el mundo.

China ha sido quizás el ejemplo más humillante de las limitaciones del poderío americano. Sin estridencias, pero con firmeza, Pekín ha respondido a cada una de las represalias de Trump, poniendo en evidencia su ausencia total de estrategia. Pero fiel a su estilo de rudeza en guante de seda, los chinos han favorecido siempre pasarelas de salida a la tensión, como en el caso de la prohibición de la exportación de tierras raras y la graduación de aranceles.

Trump se ha ido acomodando al ritmo chino, acudiendo a otro de sus reflejos habituales: compensar con halagos y obsecuencias lo que no ha podido lograr con la amenaza de la fuerza. Es sabido que el presidente norteamericano admira el estilo autoritario por considerar que es mucho más práctico y consigue resultados más rápidos que los sistemas liberales debilitados por factores internos y externos. En Pekín, no ha tenido empacho en hacer gala de esa admiración (“es usted un gran líder... y así se lo digo a todo el mundo”, halagó a Xi), combinada con referencias retóricas sobre la cultura milenaria del pueblo chino, para ocultar la ausencia de compromisos relevantes concretos.

En cambio, Xi Jinping, sin amargar la cordialidad del encuentro, dejó claro desde el comienzo de la cumbre lo que más le interesa a su régimen en este momento: que China no aceptará interferencias en la gestión de la unificación del país; es decir, el asunto Taiwán. “Estados Unidos debe manejar el asunto de Taiwán con la máxima precaución”. La frase es suficientemente clara y respetuosa a la vez. En todo lo demás, Xi sabe que con Trump lo que hoy se pacte puede quedar mañana en agua de borrajas; y, por lo tanto, deriva la letra pequeña al trabajo de las burocracias gubernamentales. Esta confrontación de estilos (y de niveles de competencia política) es lo que ha llevado a algunos comentaristas a calificar la cumbre de “banal” (4).

Seguramente, en dos días de paseos y charlas ha habido más de lo que sabemos. Es muy probable que en privado Xi le haya sugerido a su colega que sea más flexible en la reconducción de la guerra contra Irán (un aliado sui generis de China, no hay que olvidarlo). Pero públicamente no trascendieron más que generalidades sin valor informativo aparente. Sobre Ucrania, por ejemplo, el Financial Times afirma que Xi le confesó a Trump que Putin se habría arrepentido de haber ordenado la invasión, pero el presidente americano ha dicho que no recuerda haberle oído tal afirmación.

LA “AMISTAD ETERNA”

Apenas dos días después de despedir a Trump, Xi Jinping ha recibido en la zona reservada de la capital china a su “amigo íntimo”, el Presidente ruso, Vladímir Putin. Los elogios inmaduros del mandatario americano ha dejado paso a fórmulas más políticas aunque no exentas de calidez. La verdadera relación personal entre Xi y Putin es imposible de verificar, pero parece evidente que en más de cuarenta encuentros han conseguido forjar un nexo de confianza. No hay fuerza que la fomentada en la necesidad, dice el adagio.

La cuestión es cómo se expresa esa necesidad mutua. La inmensa mayoría de los analistas estima que Rusia es el socio dependiente y China el dominante. Las cifras económicas son abrumadoras. China absorbe ya el 30% de lo que Rusia vende en el exterior y el 40% de lo que Moscú compra fuera procede de su gran vecino del sur. En cambio lo que China obtiene en Rusia sólo significa el 4% de sus importaciones, similar a lo que compra a Vietnam (5).

No obstante, el contenido de las importaciones chinas de Rusia tiene una capital importancia, ya que se trata fundamentalmente de materia prima energética: gas y petróleo, ambos imprescindibles para asegurar la capacidad productiva del país. “Amistad eterna o sin límites” aparte, China se aprovecha del impuesto tope internacional al precio del crudo ruso para comprar más barato.

Con la guerra de Irán y el cierre de Ormuz, los productos energéticos de Rusia han adquirido aún mayor prioridad para China: se han convertido en suministros seguros, frente a la inestabilidad que nubla y seguramente nublará durante un tiempo los procedentes de Oriente Medio. De nuevo, la necesidad se convierte en cimiento poderoso de la amistad.

Putin no va a dejar de aprovechar la oportunidad. Contrariamente a Trump, que amenaza a China para luego halagarla cuando se da cuenta de que su táctica agresiva no ha funcionado, Putin ofrece reforzar su ayuda como corresponde al comportamiento entre “amigos”, esperando ser atendido con reciprocidad.

Hace tiempo que Rusia quería construir el segundo gasoducto entre Rusia y China (Fuerza de Siberia 2, de 7.000 kilómetros de longitud, a través de Mongolia), para incrementar el volumen de importaciones al país vecino y, por lo tanto, reforzar los ingresos del Estado. Xi Jinping se mostraba reticente, porque no le hacía gracia depender tanto del suministro energético de su amigo ruso. De ahí que China, en su reciente Plan Quinquenal apostara por la electrificación extendida del país y el desarrollo de las energías renovables.

Pero la guerra de Irán ha terminado de eliminar las reservas de Pekín y el acuerdo para la financiación china del gasoducto está a punto de concluirse. Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie en Moscú, tal vez el think-tank occidental más influyente y conectado de la capital rusa, considera que “sólo queda precisar las cantidades de gas que China se compromete a comprar cada año y el préstamo a Moscú para financiar la construcción del gasoducto” (6). [En el momento de enviar este escrito, se ha sabido que el acuerdo se anunciará este miércoles, según el Kremlin]

En términos geoestratégicos, el eje Pekín-Moscú cobra una dimensión más equilibrada que en el ámbito económico. La cooperación militar ruso-china es sustancial y cada vez más amplia. China está interesada en la tecnología aeronaval rusa (aviación, submarinos atómicos, etc.) y Rusia obtiene de China componentes de doble uso (civil/militar) que eluden el régimen de sanciones a Moscú y pueden ser utilizados para reforzar el arsenal ruso en Ucrania.

La robustez de las relaciones bilaterales chino-rusas producen escalofríos en el establishment norteamericano, de ahí la irritación que manifiestan por las frivolidades e inconsistencias estratégicas de su Presidente. Incluso los aliados de Estados Unidos ha renunciado ya a concertar su estrategia hacia China con esta Casa Blanca y han optado por buscar espacio propio en la voluntad de Pekín.


NOTAS

(1) “There’s No Need to Fear China’s Economy”. THEODORE BUNZEL. FOREIGN POLICY, 13 de mayo.

(2) “America Has Lost Its Leverage Over China. How Trump and Xi Could Cement Beijing’s Advantage for Years to Come”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(3) “Spheres by Default. How U.S. Concessions Are Quietly Becoming Chinese Influence”. REBECCA LISSNER & MIRA RAPP-HOOPER. FOREIGN AFFAIRS, 16 de mayo.

(4) “The Trump-Xi Summit Was Remarkably Banal. A more confident China is happy to downplay presidential visits”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 15 de mayo.

(5) “Now it’s Vladimir Putin’s turn to visit Beijing”. THE ECONOMIST, 18 de mayo.

(6) “Vladimir Poutine attendu en Chine dans le sillage de Donald Trump pour demander à Xi Jinping un soutien renforcé”. MARIE JÉGO & LOUIS IMBERT. LE MONDE, 19 de mayo.

 

 

 

 

LA DERROTA DEL LABORISMO COMO SÍNTOMA

 13 de mayo de 2026

Las elecciones locales y regionales del Reino Unido han confirmado lo que se preveía desde hace meses: el derrumbe del laborismo, el retroceso significativo de los conservadores, el auge sin precedentes de la extrema derecha y un debilitamiento del bipartidismo expresado en el ascenso de los verdes y el refuerzo de los nacionalistas escoceses y galeses.

No conviene extrapolar estos resultados locales a nivel estatal, pero es indudable que reflejan bastante fielmente un estado de ánimo político. Y, en cierto modo, un aviso, una advertencia de un amplio segmento de electores que reclama cambios, aunque no haya consenso sobre su amplitud y sentido.




El laborismo ha desperdiciado en apenas dos años una de las mayorías más amplias de las últimas décadas, aunque siempre que se hacen estas valoraciones conviene recordar que el sistema electoral británico distorsiona lo que sancionan las urnas.

El primer ministro Starmer ha sido un pasivo para su partido. El laborismo ha tenido muchos líderes grises en el pasado, productos más de intrigas de aparato y compromisos entre sectores que de una depurada reflexión sobre las necesidades de su electorado. Y las ocasiones en que el partido se deslumbraron por la brillantez natural o artificial de un líder carismático, las cosas tampoco fueron mejor a medio o largo plazo: los éxitos se convirtieron en un fraude ideológico o programático.

Starmer pertenece a la primera de las categorías: un líder de circunstancias, al que los resultados electorales convirtieron en una supuesta solución reformista para sacar al país del marasmo en que lo había hundido la incompetente gestión del Brexit por sucesivos liderazgos tories.

El actual primer ministro, un exfiscal con reflejos burocráticos persistentes, se dedicó antes e inmediatamente después de su victoria en 2024 a limpiar el partido de los residuos izquierdistas que habían ocupado puestos de cierta influencia en la maquinaria del partido durante los años de liderazgo de Jeremy Corbin.  El recurso del antisemitismo sirvió para legitimar una purga entre unos medios de comunicación predispuestos y unas élites encantadas de ver cómo se conjuraban elementos peligrosos en uno de los partidos de gobierno en el país. A continuación, Starmer compuso un gobierno de barones y baronesas que desde el principio trataron de combinar sus aspiraciones políticas de futuro con las aspiraciones de las bases.

El regreso de Trump a la Casa Blanca complicó una revisión ambigua del proceso del Brexit, con el que se pretendía recuperar pie en Europa sin poner en riesgo las ensoñaciones de la “relación especial” transatlántica y una ambiciones fuera de rango en el antiguo territorio imperial en el Asia emergente. El desarrollo de las sucesivas crisis internacionales dejaron al laborismo indefinido en evidencia.

Como coralario de esta errática política exterior, las manipulaciones para elegir al antiguo gurú de la tercera vía blairista, Peter Mandelson, como embajador ante la corte trumpista fue la gota que desbordó el vaso del descontento. Los resabios burocráticos se combinaron con el puro oportunismo para arrojar un resultado calamitoso. Las conexiones del político ya jubilado con el depredador sexual y amigo de parrandas de Trump eran conocidas en Downing Street, pero o se ignoraron o se consideraron amortizadas. Error de cálculo y pésima opción ética.

Previamente, el laborismo gubernamental había ido despojándose de sus propuestas sociales más a la izquierda, mientras resolvía con visible torpeza los habituales escándalos de corrupción, abuso de poder o simples descuidos de algunos de sus colaboradores (a la par que rivales potenciales) más próximos (véase la vicepremier Angela Reyner).

En el Reino Unido, cuando se inicia la guerra fratricida en los partidos, no hay quien la pare. Cuando se huele sangre, se es implacable. Muchos dirigentes locales laboristas están resentidos con Starmer por haberlos arrastrado a las tinieblas políticas. Y los aspirantes a sustituirlos se mueven con la cautela y astucia de los chacales. En el Reino Unido, la ceremonia sacrificial se libra en cada casa y no por asedio externo.

Si Starmer aún no ha recibido la puñalada de Bruto es porque la alternativa que reúne más apoyo, el alcalde del Gran Manchester, Andrew Burham, no es parlamentario y, por tanto, no puede ser líder del partido. Cuando, recientemente, con motivo de una elección parcial anticipada, surgió la oportunidad de que se presentara como candidato los fontaneros de Starmer bloquearon la operación para despejar de rivales internos la atribulada situación del líder del partido. Otro aspirante, el actual ministro de Sanidad, Wes Streeting, no parece contar con apoyos suficientes en la bancada laborista (1).

Que Starmer era un zombi político antes de las elecciones lo avanzaban todos los sondeos fiables. Y que su derrumbamiento venía acompañado de un auge tan espectacular como engañoso de la ultraderecha, también; en otras razones, porque los conservadores penaban por recuperarse de unos años deplorables en el gobierno.

Como no todo el votante laborista iba a depositar su enfado o su frustración en las proclamas demagógicas y xenófobas de la ultraderecha, empezó a forjarse una alternativa hasta hace poco inesperada y seguramente precaria de un ecologismo residual de clase media e ideología difusa. El Partido Verde británico ha sido hasta la fecha poco más que una curiosidad y difícilmente parecía predestinado a convertirse en una opción política de rescate. Pero Starmer y sus (escasos) fieles han preferido estos meses ignorar estas luces verdes y se han dedicado a resaltar los peligros y amenazas de la ultraderecha, pese a la inconsistencia de las propuestas del partido Reform UK, agrupado en torno a la figura pintoresca de su líder, Neil Farage.

Los sondeos, empero, indican una proyección inquietante de un opción política construida en torno al blindaje del Brexit, carente de un proyecto económico y social que vaya más allá de eslóganes simplistas sobre el nostálgico poderío británico.



Que Reform UK sea en estos momentos el partido con mayor proyección de voto en el Reino Unido a escala nacional no anticipa necesariamente el resultado real de las próximas elecciones, porque hay un componente de malestar y voluntad de rechazo. Pero tiene una validez innegable como síntoma del fracaso de las opciones habituales de gobierno. El diagnóstico de la muerte del bipartidismo haya muerto se puede antojar pronto prematuro, porque el sistema electoral condiciona y favorece esa estructuración reduccionista del panorama político.

Lo que sí puede ocurrir es que, si no se enderezan conservadores y laboristas, los dos próximos partidos de la alternancia sean distintos a los actuales. Los últimos sondeos ponen a laboristas y ecologistas al mismo nivel en la intención de votos, pero hay que relativizar estos datos, que pueden ser efímeros. No se puede descartar una fusión o convergencia de tories y ultras, que sería, en realidad, una reunificación, porque el origen de Reform UK se encuentra en el tronco conservador (2).

El laborismo lo tiene más difícil. Starmer ha prolongado la crisis con su actitud numantina. En una comparecencia de urgencia esta misma semana, el todavía líder laborista ha rechazado dimitir, ha prometido correcciones, sin muchas precisiones, y se ha esforzado por transmitir un mensaje de esperanza bastante hueco. Los medios más afines no le han seguido el libreto, quizás porque la alternativa en el liderazgo no está cuajada (3). Para plantear el desafío, las normas internas laboristas establecen que un 20% de los parlamentarios den el paso adelante. Se está cerca, pero aún no se ha alcanzado esta cifra. Pero se tiene la percepción de que otro traspiés echará por tierra este precario salvavidas al que parece haberse agarrado el premier laborista.

 

NOTAS

(1) “Burnham allies warn against quick ‘coronation’ of Streeting if Starmer quits”. THE GUARDIAN, 12 de mayo.

(2) “Reform UK risks blowing a once-in-a-century moment. Nigel Farage’s party is filled with Tory throwbacks”. BAGEHOT. THE ECONOMIST, 14 de enero.

(3) “How Keir Starmer lost authority over two days of confusion and drama”. PETER WALKER & JESSICA ELGOT. THE GUARDIAN, 12 de mayo.

 

EL CAPITALISMO RENANO SE VISTE DE CAQUI

  6 de mayo de 2026

Trump quiere retirar los soldados norteamericanos de Europa, enfadado por la falta de colaboración de sus aliados en su insensata guerra contra Irán. A golpe de represalias, como en él es habitual, la ha emprendido con el socio mayor, Alemania, pero ha advertido con hacer lo mismo con Italia (decepcionado con Meloni) y con España (a la que no tolera las críticas del gobierno sobre sus decisiones en Oriente Medio).

Aunque las decisiones de Trump no suelen ser fiables debido a sus continuos cambios de humor y opinión, lo que ha dicho de momento es que quiere que vuelvan a Estados Unidos unos 5.000 soldados de los cerca de 40.000 que tiene Estados Unidos desplegados en una treintena de bases e instalaciones militares alemanas.

“YANKEE, COME HOME”

Durante décadas uno de los lemas fundamentales de la izquierda crítica europea era “Yankee, go home”. Quién iba a decir que con una guerra en Europa lanzada por la vieja Rusia, Trump iba a transmutar esa proclama en “Yankee, come home”.

El malestar del Presidente norteamericano con Europa en general y con Alemania en particular viene de lejos. Pero la gota que ha colmado el vaso ha sido un atrevido comentario del Canciller sobre la guerra de Irán. En un coloquio con escolares, Friedrich Merz se permitió decir que Estados Unidos había sido “humillado”, debido al bloqueo del estrecho de Ormuz y a la tenaz resistencia del régimen iraní, a pesar de dos meses de amplios e intensos bombardeos.

Debería sorprender que un dirigente político como Merz, que ha hecho su fortuna en un fondo de inversiones norteamericano, se comporte de forma tan imprudente con un colega que ha demostrado una piel tan fina como el actual inquilino de la Casa Blanca. Pero este Canciller suele cometer estos gafes. Un año en el cargo le ha desgastado enormemente. Su índice de aceptación aparece por debajo del 20%. Su Partido, la CDU, es superado por los ultras de AfD en intención de voto.

La réplica de Trump era de esperar: espetó al Canciller que se ocupará de “arreglar su fallido país”, en vez de criticarlo a él (1).  Y, a continuación,  anunció la retirada de parte de las tropas americanas.

CAMBIO DE ERA

Después de la invasión rusa de Ucrania, el entonces Canciller federal, Olaf Scholz, dijo que Europa estaba asistiendo a una Zeitwende (“cambio de era”).  Ante lo que se percibía como una amenaza directa y reforzada de Moscú, Europa debía de asumir una mayor responsabilidad en su defensa. Ese designio se ha transformado notablemente en apenas cuatro años, no porque haya habido una modificación del comportamiento ruso, sino por el cambio radical en la Casa Blanca.

La vuelta de Trump al poder ha sido devastadora para el vínculo transatlántico. Los desplantes y regañinas de Trump a sus colegas han sido continuos e impropios entre países aliados: represalias comerciales sólo neutralizadas a medias, padrinazgo político de las extremas derechas, exigencias intemperantes sobre el incremento de gasto militar y enfados infantiles ante la mínima discrepancia con las decisiones de política exterior de esta administración estadounidense.

En Europa Occidental, Alemania e Italia (las dos potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, en parte por la participación americana) han sido los partidarios más claros de evitar una ruptura con Trump. Los alemanes por coherencia con una política practicada desde la posguerra frente a las consecuencias de la división del país y la supuesta amenaza de la URSS. Los italianos, por gratitud ante lo ocurrido en la contienda y por su condición de guardianes del flanco sur occidental, a lo que se unió la sintonía ideológica entre la neofascista jefa del gobierno y el oportunista ultraconservador norteamericano.

La dupla germano-italiana se distribuyó los papeles en este juego de contención de daños en la agitada relación transatlántica. Los alemanes se ofrecieron como agente mayor de la defensa europea para contentar al irritable socio mayor, rompiendo con décadas de timidez militar. Meloni se contentó con palabras halagadoras, a cambio de esparcir las proclamas demagógicas de la derecha tradicional y combatir sin complejos la supuesta superioridad socio-cultural izquierdista (el wokismo).

Era de esperar que ese acuerdo para salir del paso no lograra restañar las grietas en la Alianza Atlántica. Las discrepancias eran demasiado amplias y profundas: una relación comercial agria, falta de una estrategia común hacia el desafío chino, políticas contrarias sobre la amenaza rusa, visiones no coincidentes en la cooperación con el Sur global, ásperos enfrentamientos sobre el modelo político y social, etc.

Las guerras de Oriente Medio han terminado de complicar unas relaciones bajo tensión creciente. Primero, Gaza: en particular los planes de Trump para convertir ese territorio palestino en un resort turístico con desprecio total y absoluto por la martirizada población y sus derechos políticos reconocidos por la mayoría de la comunidad internacional. Y ahora esta guerra bilateral israelo-norteamericana sin aval jurídico alguno, que ha provocado miles de muertos inocentes y ha generado una crisis energética y económica gratuita en casi todo el mundo por el bloqueo del estrecho de Ormuz, enclave de tránsito del 25% del tráfico petróleo.

Por todo ello, Europa parece decidida a reducir la dependencia militar de Washington y construir una  estrategia de defensa más autónoma. Pero el proyecto está aún muy verde. No por razones políticas, sino por imperativos estratégicos, económicos y técnicos. Hay exceso de proclamas y déficit de soluciones viables. Se avanza con mucha cautela, porque se sigue pensando que después de Trump las aguas se calmarán.

UN REARME SIN PRECEDENTES

El modelo económico alemán ha diferido sensiblemente del anglosajón en el orden internacional de las últimas décadas. El fuerte peso del sector público y la participación de los sindicatos en la organización de la producción han sido las principales características de ese “capitalismo renano” que intentó combinar los principios e intereses de la industria y el comercio privados con los derechos de los trabajadores y empleados en una sociedad que se pretendía interclasista. Esa fue la base social del consenso centrista alemán, que ha gravitado sobre la alternancia de gobierno entre democristianos y socialdemócratas desde 1949, cuando no sobre la cooperación entre ambos en la fórmula de la Gross-Koalition.

Ahora, con la crisis desplegada y tres competidores de Europa activos (EE.UU, Rusia y China), Alemania se ve obligada a introducir cambios sustanciales en su modelo. Frente al desenganche norteamericano, tiene que producir armas y sistemas militares efectivos. Frente a la proclamada amenaza rusa, tiene que resultar suficientemente disuasorio y liquidar la dependencia energética que ha tenido de Moscú en las últimas décadas. Y frente al desafío económico chino, tiene que reinventar su modelo productivo para preservar su liderazgo exportador industrial. Ese viejo capitalismo renano se ve obligado a vestirse de caqui, a convertir una inesperada industria militar en motor de un nuevo desarrollo económico.

La fórmula consabida de la Gross-Koalition parecía dar consistencia sistémica a los nuevos propósitos alemanes. Democratacristianos y socialdemócratas se pusieron de acuerdo en impulsar el mayor programa de rearme e inversión militar desde el III Reich. Alemania se gastará más de 160 mil millones de € de aquí a final de la década para fortalecer su sistema de Defensa, lo que supondrá un 3,5% del PIB.

Pero hay numerosos inconvenientes, tal y como se percibe el empeño desde dentro y desde fuera del país. Desde dentro, el supuesto consenso nacional no parece muy sólido. En una interesantísima entrevista con la corresponsal de LE MONDE en Berlín, la economista Philippa Sigl-Glöckner resalta que los gastos consagrados a la defensa e  infraestructuras “no generarán crecimiento o no el suficiente para compensar los problemas estructurales” de la economía alemana (2).

Esta investigadora, independiente pero cercana al Partido Socialdemócrata, considera que el gran desafío del país frente a la creciente competencia de China  debe consistir en cambiar el modelo productivo. Y eso no puede gravitar de manera preferente sobre una reforzada industria militar.

La idea de que la fabricación de armamentos compensará la crisis del sector automovilístico es ilusoria. Si bien la mano de obra empleada por la industria militar se ha incrementado en un 50% en la última década, esta fuerza de trabajo suplementaria (unas 17.000 personas) es insignificante para la que se perderá en la industria del motor, que emplea hoy a casi un millón de trabajadores.

Para Sigl-Glöckner, “Alemania debe modernizar masivamente sus servicios públicos, construir suficientes viviendas, descarbonizar y recuperar el papel puntero en la innovación”. Cada año ingresan 800.000 infantes nuevos en las escuelas. La educación va a precisar de 127.000 millones de euros de inversión en lo que resta de década. Parte de estos fondos deben salir, en su opinión, de lo que ahora se emplea en subvencionar el sobrevalorado coste energético para las industrias tradicionales.

Este pensamiento crítico es raro en estos tiempos en Alemania. Aunque los dos socios de la Gran Coalición mantienen diferencias importantes sobre el modelo económico y las inversiones sociales, algo habitual en esa fórmula de responsabilidad compartida, no hay discrepancias de peso sobre la política de rearme. El ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius, es tanto o más ferviente defensor del incremento de la inversión en Defensa que el cristiano conservador Canciller Merz

Los socios europeos de Alemania contemplan este entusiasmo militar con cierta aprensión. La historia pesa, y si a todos interesa que la potencia germana tire del carro armamentístico ante las vacilaciones del otro lado del Atlántico, se mide el riesgo de un exceso. La última vez que Alemania se convirtió en primera potencia militar europea es bien sabido lo que pasó. Hoy en día, Alemania es ya el cuarto país del mundo en gasto defensivo. Se teme que si la ultraderecha continua subiendo, esta tendencia a la superioridad militar crezca. Los sondeos otorgan a la AfD (Alternativa por Alemania) un 27% de los votos, si las elecciones se celebraran ahora; es decir, se convertiría en la principal fuerza política del país, aunque no necesariamente podría gobernar si se mantuviera el “cordón sanitario” del resto de fuerzas políticas.

Incluso los analistas favorables a la política alemana actual creen que aparte de  embarcarse en un gasto tan intensivo, los líderes del país deben afrontar dos tareas más importantes. En primer lugar, definir un doctrina de defensa, sin la cual se corre el riesgo de incurrir en una “incoherencia estratégica”, en opinión de Grégoire Roos, director del Programa Europa del think-tank británico Chatham House (3).

El otro esfuerzo, conectado con el anterior, consiste en integrar su sistema defensivo con el de sus vecinos europeos, como resalta Liana Fix, especialista norteamericana en Alemania (4). Pero se está muy lejos de eso. El neonacionalismo, imperante en todos los ámbitos políticos y sociales, es especialmente activo entre los impulsores del esfuerzo militar.

La industria pesada respaldó e impulso el poderío del nazismo. Sin el músculo del hierro y el acero, la maquinaría de guerra de Hitler no hubiera conquistado Europa en apenas dos años. Esa lección no debe olvidarse, en opinión de la mayoría de historiadores alemanes y europeos.


NOTAS

(1) “US withdrawing 5,000 troops from Germany after Merz says US ‘humiliated’ by Iran”. ANGELA GIUFFRIDA & JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 2 de mayo.

(2) “L’Allemagne ne produit plus d’innovations révolutionnaires”. LE MONDE, 3 de mayo.

(3) “Germany rearms-but can it lead? Europe’s hesitant superpower in waiting”, GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 1 de mayo.

(4) “Europe’s next hegemon. The perils of German power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero. 


LA SOCIALDEMOCRACIA, IRRELEVANTE EN LOS PAÍSES CENTROEUROPEOS EX-COMUNISTAS


29 de abril de 2026

Los recientes resultados electorales en Hungría y Bulgaria han sido destacados por la caída de la autocracia de Orbán y la emergencia de un hombre fuerte con sólidas conexiones rusas, respectivamente. Lo que pierde Moscú en Budapest parece ganarlo en Sofía, aunque con menos estridencias. El nacionalismo populista compensa sus fuerzas entre el corazón oriental de Europa y las tierras bajas del Mar Negro.

Pero por debajo del radar se advierte otra tendencia muy inquietante para el centro izquierda europeo: la práctica desaparición de la vida parlamentaria en esos dos países de las fuerzas socialdemócratas. Ni húngaros ni búlgaros adscritos a la Internacional Socialista o al Grupo Socialista-Demócrata del PE tendrán diputados nacionales.

ÚLTIMAS DERROTAS: HUNGRÍA Y BULGARIA

Hungría fue el pionero en el reciclaje de los comunistas en socialistas en el Este de Europa. Los referentes alemán y austríaco eran muy atractivos y exitosos por entonces. Y el gambito funcionó durante bastante tiempo. Los socialistas magiares alcanzaron el 45% en 2006 y participaron en cuatro gobiernos poscomunistas. Pero en 2010 el terremoto Orban los dejo por debajo de la barrera del 20%. Desde entonces, sólo han acumulado penas. La derrota desencadenó división y escisión. Un nuevo partido, Coalición Democrática, consiguió representación en Estrasburgo y terminó siendo el flotador de los socialistas húngaros. Pero en la coalición conservadora que ha acabado con la era Orbán no han tenido hueco. En abril no han llegado al 2% de los votos y quedarán fuera de su parlamento.


En Bulgaria, en cambio,  el liderazgo de los comunistas reconvertidos en socialistas se disolvió en apenas dos años, con una brusca caída en la mitad de los noventa y una lenta pero inexorable erosión hasta la irrelevancia de estos días, pese a haber reunido en una plataforma unitaria a la mayoría de las formaciones progresistas: menos del 3% de los votos


  SOCIALDEMOCRACIA EN BULGARIA


Estas desgracias en Hungría y Bulgaria adquieren categoría de catástrofe al sumarse a la miserable situación en los otros tres vecinos centroeuropeos: Polonia, República Checa y Eslovaquia. En otros países con antiguos regímenes prosoviéticos, el socialismo que creció sobre las ruinas de los partidos comunistas han mantenido cierta presencia, pero tienden a la baja, cuando no a la fagocitación por las tendencias nacionalistas.

ENTRE NACIONALISMO Y ULTRALIBERALISMO

Los dos países más influyentes de Centroeuropa, Polonia y Chequia, con experiencias distintas de salida del comunismo, gozaron siempre de mejores conexiones con Europa Occidental que sus vecinos. Eso explica que, pese a la presión nacionalista, siempre se hayan mantenido fuerzas centristas de fuste.

En Polonia, los socialdemócratas aguantaron muy bien el nuevo régimen, con alzas constantes hasta el cambio del siglo. En los primeros años del XXI se produjo un desplome enorme: desde una cifra superior al 40% de los votos hasta un pírrico 10% en la mitad de la primera década. Después vino un periodo de oscilaciones suaves hasta el último retroceso (5%). Una fuerza menor obligada a colaborar con la coalición liberal-conservadora (Plataforma Cívica), frente al nacionalismo ultra del PiS (Ley y Derecho).

En la República Checa, las fortunas socialdemócratas no alcanzaron las cotas polacas, pero se mantuvieron en torno a un saludable 30% durante casi dos décadas, después de los confusos años poscomunistas iniciales. Luego descendieron invariablemente hasta aproximadamente el mismo 5%. Desde 2021 no están en el Parlamento nacional.

LA HERIDA ESLOVACA

Pero el caso más sangrante es el de Eslovaquia. Una mirada superficial podría hacer pensar que el país más pobre de Centroeuropa rompe esta tendencia depresiva de la socialdemocracia. Los partidos que siguen considerándose tributarios de ese doctrina han mantenido un liderazgo político con escasos retrocesos desde la década de los noventa. Es un espejismo.

Dirección Socialdemócrata rozó su techo (45%) en 2012 después de una subida constante, para descender ligeramente por encima del 20% en 2020. Y ahí cambió todo. Bajo el liderazgo del populista Robert Fico, el partido protagonizó un viraje sorprendente hacia el nacionalismo de inspiración orbanista, sin el componente católico. Los líderes socialistas europeos en Bruselas se alarmaron, pero a pesar de las severas llamadas de atención, Fico siguió en su línea. La ruptura parecía inevitable. El socialismo eslovaco se ancló en el nacionalismo populista con un oportunismo rentable y en 2023 elevó su marcha ascendente.

Los socialistas del continente habían visto un posible recambio con la escisión del exprimer ministro Peter Pellegrini, quien fundó un nuevo partido socialdemócrata (HLAS: Voz), admitido pronto en el club europeo. Pero este nuevo líder no tardó en tomar el rumbo populista de sus antiguos correligionarios. Del exiguo 3% obtenido en 2020 pasó al 14% en 2023, ya con mensajes nacional-populistas. La cooperación se detuvo y la socialdemocracia continental se quedó sin referente eslovaco. Ambos partidos “rebeldes” suman hoy un envidiable 37%. El socialismo democrático ha dejado de existir en el Parlamento de Bratislava.

LA ENGAÑOSA EXCEPCIÓN RUMANA

Sólo en Rumania el socialismo democrático ha mantenido el tipo estas tres décadas y media, con estabilidad y participación en las alternancias de gobierno. Pero desde hace años, coincidencia con una decadencia que parece imparable desde hace una década, se observa también la tentación del nacionalismo populista, como los eslovacos.

Actualmente, Rumanía está gobernada por una gran coalición de liberal-conservadores (PNL, adscrito al Partido Popular europeo) y socialistas. Pero los ministros del PSD (Partido Social-Demócrata) se han retirado del ejecutivo por discrepancias con sus socios del centro-derecha. Lo que anuncia más que probables elecciones, en las que del socialismo rumano sólo resten las siglas, pero muy poca conexión con su ideario.

SOCIALDEMOCRACIA EN RUMANÍA


EL CONTRASTE EXYUGOSLAVO

En otros dos países excomunistas, en concreto los ex yugoslavos Eslovenia y Croacia, los socialdemócratas se han mantenido con desigual fortuna. La autonomía del sistema autogestionario yugoslavo con respecto a Moscú no favoreció la conversión exitosa de los partidos de la Liga Comunista en socialismos de las nuevas repúblicas, al menos en los primeros años, sin duda por el empuje arrollador de los nacionalismos.

Los eslovenos no pasaron de la barrera del 15% hasta 2004, cuando experimentaron una fuerte subida, hasta sobrepasar el 30%, pero este impulso fue efímero. El efecto rebote les hizo caer al 10% cuatro años después y desde entonces han seguido perdiendo votos, hasta quedar por debajo del 7% en las últimas dos citas electorales.









En Croacia, la marea nacionalista extremista de los primeros noventa, alimentada por la guerra contra Serbia y Bosnia, redujo a los neosocialistas a una posición marginal en el Sabor, el desengaño posbélico les colocó en posición de fuerza alternativa sólida y sus opciones fueron creciendo hasta la segunda década del presente siglo. Luego comenzaron a resentirse de la crisis económico-financiera en el continente y del nuevo auge nacionalista. Con todo, la socialdemocracia se mantiene en torno al 25%, un nivel envidiable en la zona.

 SOCIALDEMOCRACIA EN CROACIA



Aunque muchas de las causas de esta crisis regional de la socialdemocracia radican en especificidades nacionales, hay también factores comunes a todos los casos.

1) La caída del comunismo coincidió con el desarme ideológico del socialismo democrático. El auge neoconservador en lo político y ultraliberal en lo económico de los ochenta inoculó el virus del individualismo y la creencia en la tiranía del mercado.

2) La socialdemocracia no estaba preparada para recoger el testigo del comunismo de forma tan rápida y abrupta. La transformación rápida de los partidos comunistas en socialistas fue una falsa solución, que terminó siendo un inconveniente, cuando las nuevas formaciones liberales y conservadoras desacreditaron la operación como un intento de preservación del viejo sistema.

3) Los nuevos socialismos del centro y este europeo negociaron mal la contradicción entre el espejismo del mercado y las aspiraciones de libertad de las masas sociales. El ultraliberalismo supo seducir a las sedicentes clases medias, pero también a las capas populares. La voz moderada de la socialdemocracia se dejó de escuchar con claridad.

4) Con la crisis económico-financiera de finales de la primera década del siglo, aquellos partidos socialdemócratas que consiguieron a duras penas mantener su presencia en gobiernos de coalición pagaron la factura del desfondamiento social. En lugar de culpar a los partidos conservadores y liberales, los electores castigaron al centro-izquierda, negándole su voto y dirigiendo su malestar hacia propuestas conservadoras o incluso mucho más radicales y de signo contrario.

5) La crisis migratoria de mediados de la segunda década incrementó la tensión sobre estos países, en particular sobre los centrales. Algunos de ellos se convirtieron en lugar de paso de la ruta de los Balcanes para los huidos de la inestabilidad crónica desatada tras la primavera árabe y la fase final de la guerra en Afganistán. Eso provoco un nuevo repunte de la fiebre nacionalista y xenófoba entre las masas populares, privando a los socialistas de su base política natural.

6) Desplazados a la oposición, los partidos socialdemócratas se quedaron en tierra de nadie. Los liberal-conservadores atacaron a los nacionalistas en auge no sólo por sus proclamas de destrucción del orden liberal basado en normas, sino también por sus recetas de centralismo y renacionalización, más propagandísticas que reales, dejando a los socialistas como sospechosos de colaboracionismo con recetas “fracasadas”.

7) En la guerra cultural subsiguiente, los socialdemócratas han sido blanco de ataques tanto de la derecha nacionalista como de la liberal, por sus posiciones progresistas en materia de género, raza y origen.

8) La última deriva ha sido, si cabe, la más perniciosa, consistente en despojarse de los últimos elementos progresistas para convertirse en nacionalistas populistas. La senda eslovaca ya ha prendido en Rumanía y es posible que se extienda por toda la región.


LA ASIMETRÍA ENTRE HUNGRÍA Y BULGARIA

22 de abril de 2026

El entusiasmo de la Europa liberal por la derrota de Orbán en Hungría ha quedado desvaído por los resultados de las elecciones legislativas de este pasado fin de semana en Bulgaria. El anterior Presidente de la República, Rumen Radev, ha conseguido un triunfo de una rotundidad inhabitual en el país, con casi el 45% de los votos y la mayoría absoluta de escaños en el nuevo Parlamento.

Radev es un antiguo general de Aviación, rusófilo y con un historial de buena sintonía con Moscú. Hace unos meses dimitió de su cargo institucional para montar una plataforma política denominada Progresistas, sin un perfil ideológico muy marcado, ecléctico, pero orientado básicamente a combatir la corrupción y superar la inestabilidad crónica. Bulgaria ha celebrado ocho elecciones en cinco años, sin conseguir forjar nunca una mayoría duradera de gobierno.

El centro-derecha europeo ha contemplado con desazón cómo los dos bloques afines en Bulgaria no han conseguido sus objetivos políticos en todos estos años. El más poderoso y durante mucho tiempo relativamente hegemónico, el GERB (Ciudadanos por el desarrollo europeo de Bulgaria), encuadrado en las filas del Partido Popular Europeo, ha ocupado la jefatura del gobierno, gracias a una coalición con la UDF (Unión de Fuerzas Democráticas), conglomerado de partidos conservadores desde la caída del régimen comunista en 1989. Pero entre ambas formaciones sólo llegaron a sumar el 25% de los votos, en el mejor de sus resultados, en octubre de 2024.

En años anteriores, el ejecutivo estuvo en manos de una coalición de partidos liberales bajo el liderazgo de dos formaciones (Bulgaria Democrática y Cambio Continuo), quienes, junto a otro partido afín (Movimiento de defensa de Derechos y Libertades), defensor de la minoría turca, han gestionado un gobierno débil e inestable.

XENOFOBIA Y POPULISMO

Bulgaria es un ejemplo más del fracaso de los regímenes poscomunistas en Europa Central y Oriental. La corrupción, el amiguismo, el aumento continuo de la brecha social y la fragilidad institucional han sido constantes. Desde Europa se ha visto con preocupación un tanto hipócrita esta deriva sin freno. En la medida en que las fuerzas prorrusas parecían reducidas a un papel marginal, se pasaban por alto los problemas. No era cosa menor, porque Bulgaria fue considerada durante la guerra fría como una provincia encubierta más de la URSS.

Frente a este dominio blando del centro-derecha, se han ido sucediendo dos corrientes políticas antisistema. La primera han sido iniciativas personalistas supuestamente combativas contra la corrupción, pilotadas por empresarios y hombres de negocio, inspirados en el berlusconismo o en los oligarcas descontentos rusos. Nunca se ha sabido si pretendían limpiar el sistema o más bien atrapar parte del pastel. El más exitoso fue Tal Nación, que participó del gobierno en 2021 y llegó al 7% de los votos hace año y medio, para desplomarse ahora por debajo del 1%.

La otra corriente es la extrema derecha xenófoba, racista y, en algunos caso, nostálgica del nazismo. Pero, como en otros países de la zona, nunca ha sido capaz de unificarse en una sola plataforma política. A lo largo de estos años se han sucedido distintos grupos, con denominaciones aparatosas, como Ataka, o grandilocuentes, como Moral, Unidad y Honor, que apenas superaban el 5%. El grupo actual más fuerte es Revival (Renacimiento), que creció entre el magma de la corrupción y el desgobierno de los últimos años, hasta desafiar los partidos del centro-derecha con un 13% de los votos, pero al que la marea Radev ha dejado ahora en un 4%.

La izquierda, fragmentada y desnortada, ha quedado reducida a un rol por completo marginal. Ni siquiera un esfuerzo de unidad en estas elecciones le ha servido. Con un 3% de los votos, no ha superado el umbral de la representación parlamentaria. El Partido Socialista, heredero del viejo Partido Comunista de la era soviética (aún existente pero como grupúsculo), en su desesperado intento por no desaparecer, formó parte del último gobierno dirigido por la derecha. 

EL PARAGUAS RADEV

Radev ha absorbido votos de todos estas latitudes políticas: de los partidos declarados expresamente prorrusos, de la izquierda en vía de extinción, de los confusos movimientos anticorrupción, del liberalismo debilitado y del conservadurismo teñido por el fraudulento sistema de los negocios. La oferta del expresidente es simplemente estabilidad, orden y limpieza.

Si en Hungría ha dominado el autoritarismo feroz, en Bulgaria se han vivido unos años de desgobierno. La corrupción ha sido común en ambos países, pero en el país de Centroeuropa ha estado centralizada con mano de hierro, mientras al borde del Mar negro, ha campado a sus anchas sin un poder ejecutivo fuerte.

Esta antiguo piloto de guerra ofrece ahora una promesa abstracta de decencia. Su mensaje del domingo es revelador: “Esta es una victoria de la esperanza sobre la desconfianza, una victoria de la libertad sobre el miedo y, finalmente, si se quiere, una victoria de la moralidad”. Palabras densas, ideas celestiales.

Los observadores europeos, que esperaban el resultado, aunque quizás con un margen tan amplio, se debaten entre el alivio de ver a uno de los países más pobres de Europa entrar por una senda de estabilidad, y la inquietud ante las dudas de su relación con Moscú. Radev habla con fluidez el ruso, y ha mantenido unos contactos constructivos con el Kremlin en su etapa de Jefe del Estado. Pero, contrariamente a Orbán, Radev no ha sido provocador ni siquiera polémico con la Unión Europea. Al contrario, durante la campaña se ha mostrado muy cercano a las instituciones europeas e incluso ha prometido un referéndum para decidir unirse al euro el año que viene.

En cierto modo, Radev sigue el camino de Magyar en Hungría. Pero con una diferencia: él no sale del tronco agrietado de los partidos que han usado y abusado del poder en los últimos años. Aunque pertenece a una institución conservadora que desprecia las soluciones aventureras de la ultraderecha y el populismo, no parece teñido, que se sepa, por la lacra de la corrupción.

Para una Europa que ha hecho de Rusia su enemigo, la sombra de un entendimiento bajo radar entre Radev y el Kremlin es una preocupación mayor. De ahí que las reacciones de los líderes y medios liberales haya sido mucho más discreta que hace un par de semanas con los resultados electorales en Hungría.