23 de septiembre de 2026
La guerra de Ucrania puede convertirse en el Afganistán de Putin, según los pronósticos optimistas de algunos dirigentes y estrategas occidentales europeos. Pero otros analistas, en especial rusos críticos con el régimen, no piensan lo mismo, al menos a corto plazo. En puertas de entrar en el quinto invierno de la “campaña militar especial” (término empleado por el Kremlin), Rusia trata de gestionar el actual atasco en sus pretensiones con dos recetas fundamentales:
1)
la aceleración de la producción militar de nueva generación con decisivas
aportaciones exteriores;
2)
el control férreo de la población y la incomodidad de las élites aliadas del
régimen.
UNAS
ELECCIONES DE RUTINA
Empecemos
por ésta última. Las recientes elecciones legislativas han arrojado el
resultado previsto y confeccionado desde la cúspide del poder. Según resultados
aún provisionales, el partido oficialista, Rusia Unida, ha obtenido el 58% de los votos (ocho
puntos más que hace cinco años) y unos 355 diputados (treinta por encima de los
obtenidos en 2021) Eso supone que Putin y su lugarteniente Medvedev controlarán
directamente a más de las tres cuartas partes de los legisladores en la Cámara
Baja. El cuarto restante no les ocasionará quebraderos de cabeza.
La principal fuerza de la oposición será el Partido
Comunista, que se queda por debajo del 14% (pierde cinco puntos) y no tendrá
más de 50 diputados. Los herederos de la URSS mantienen una
posición ambivalente sobre la guerra de Ucrania. Fuera del partido oficial,
otros comunistas se muestran claramente en contra y censuraran el nacionalismo
del Presidente, pero carecen de influencia.
El tercer partido sigue siendo el paleonacionalista
Liberal-Democrático
(nombre equívoco, como el de tantas otras formaciones de
extrema derecha en Europa), que ha subido ligeramente, dos puntos, hasta rozar
el 9%) y apoya la guerra.
El resto de formaciones de centro o derecha, no
reunirán más del 10% de diputados de la Duma y estarán privados de peso
político relevante. Yabloko, el tradicional partido liberal de
corte occidental fundado por Grigory Yavlinsky en los primeros años de la nueva
Rusia, ha sido prohibido por sus posiciones muy críticas hacia el Kremlin. Pero
debe recordarse que en 2021, antes de la guerra de Ucrania, ya no obtuvo
representación parlamentaria.
Putin tiene un Parlamento de paja y un aparato de
seguridad remodelado a su interés y conveniencia, con hombres de su entera
confianza al mando. El control policial de la población y de las élites es
férreo e inclemente. A veces, no tiene necesidad de recurrir a la represión
directa, pero cuando se siente presionado, siquiera ligeramente no duda en
hacerlo.
Entre la ciudadanía hay una combinación de pasividad
y temor. La degradación de la situación económica no es explosiva, aunque las
riendas del descontento pueden dejar de ser eficaces a medio plazo. Los ataques
ucranianos contra las refinerías y líneas de suministro comercial en el oeste
del país y alrededores de Moscú han hecho daño: “han creado problemas”,
reconoció el propio Putin.
UN APARATO MILITAR Y POLICIAL ENGRASADO
Putin, en todo caso no parece seriamente
preocupado. En este diagnóstico coinciden los analistas rusos residentes en
Europa. Hace un par de meses, tres de los más conspicuos, Alexander Gabuev,
Alexandra Prokopenko y Tatiana Stanovaya, aseguraban que incluso una
“debilitada Rusia seguiría guerreando”. Los autores del artículo argumentaban
que pese al estancamiento económico (0,4% de crecimiento previsto en 2026), la
presión inflacionista, la subida de los tipos de interés hasta el 14% y el
rebasamiento del déficit público en casi un 50% por encima de las previsiones
del gobierno, el aparato productivo ruso “no está al borde del colapso”. Rusia
dedica el 8% del PIB en el esfuerzo militar, una cantidad considerable, pero
sólo el 40% del índice ucraniano y muy debajo del que alcanzaron la URSS y
Estados Unidos durante la II guerra mundial (1).
Dos especialistas occidentales en Rusia, Michael Kimmage
y Maria Lipman comparte este diagnóstico. El régimen cree que la población
puede soportar cierta subida adicional de los precios y que los negocios están
en condiciones de absorber el coste de los daños ocasionados por los ataques
ucranianos. (2).
Gabuev, Prokopenko y Stanovaya consideran que la
confianza de Putin está cimentada en la ferocidad de su aparato represivo y la
persistencia de las herramientas de propaganda. El Centro Levada, uno de los
más creíbles de Rusia en la medición de la opinión cívica, asegura que dos
terceras partes de la población apoya aún la guerra y sólo una cuarta parte se
opone. La otra parte del trabajo de los
tres analistas críticos rusos se concentra en el amplio margen de que dispone
la industria de guerra del Kremlin. Y en esto coinciden con los analistas
occidentales que siguen muy de cerca el despliegue militar ruso y sus acuerdos
de cooperación principalmente con tres países: China, Irán y Corea.
En un reciente trabajo sobre el arsenal militar que
Moscú está utilizando en esta “nueva fase de la guerra”, el semanario liberal
THE ECONOMIST vaticina que estas armas de nueva generación y/o transformación
están en condiciones de lograr una superioridad que podría ser decisiva a largo
plazo. Las remesas de nuevos drones Shahed con tecnología propia (pero también
iraní y china), el desarrollo de los misiles balísticos, y capacidades de
vigilancia electrónica y la mejorada tecnología de comunicación espacial les
son suficientes a Moscú para saturar la mermada defensa antiaérea ucraniana.
Pese a la competencia de la industria militar de Kiev, la superior dimensión de
las capacidades militares rusas pueden resultar un factor determinante en la
guerra (3).
En estos momentos, importa poco o importa menos que
los frentes del Este y Sur de Ucrania se encuentren estancados. A lo largo de
este año, Rusia sólo ha podido conquistar 100 km2 de territorio ucraniano.
Tampoco parece pesar mucho en el ánimo del Kremlin que perezcan más de veinte
mil de sus soldados cada mes, principalmente en esa franja fronteriza
denominada “zona de la muerte” y que la tasa de reposición de combatientes
empiece a agotarse. Moscú aspira a contar con nuevas dotaciones de infantería
norcoreana.
UN ENTORNO EXTERIOR APROVECHABLE
Putin cuenta también con alguna ventaja en el plano
diplomático, debido a la coyuntura internacional. Aunque sus relaciones con
Trump no parecen tan fluidas como durante el primer mandato del Presidente
norteamericano, el sesgo prorruso del magnate neoyorquino no ha desaparecido.
El pacto de Anchorage (Alaska), el año pasado, no se ha traducido en una
política de presión sobre Ucrania. Al contrario, Trump ha apoyado sanciones
adicionales a Moscú (4). Pero la diplomacia informal del Presidente, a través
de sus parientes y colegas de negocios, continúa. Los amagos de presión más
discreta sobre Zelenski no han cesado (5).
El Kremlin cuenta también con las urgencias de
Trump en estas semanas de vísperas de las elecciones legislativas de medio
mandato y la previsible victoria arrolladora de los candidatos demócratas a la
Cámara de Representantes y, en menor medida, al Senado. La oposición, con la
representación más nutrida de progresistas y socialistas en décadas, lleva una
media de diez puntos de ventaja a los republicanos. La implicación cautelosa de
Trump en la campaña no está logrando de momento los frutos esperados. La guerra
contra Irán pesa como una losa en el índice de popularidad del Presidente, que
sigue por los suelos, y en las expectativas positivas ante una más que probable
cohabitación.
Las derivas previsibles de Trump en un entorno
político más hostil que el actual pueden alumbrar iniciativas arriesgadas en política
interior y exterior, como un acuerdo engañoso con Irán para salvar la cara y un
pacto propagandístico con Kim Jong-Il sobre el programa nuclear norcoreano. En
ambos casos, Putin puede jugar de mediador/muñidor con Teherán y Pyongyang, a
cambio, desde luego, de un empujón suficiente para debilitar el ánimo resistente
de Ucrania.
Además, el nuevo viento electoral en Alemania
reconforta al líder ruso. El triunfo de la AfD en los comicios regionales de
Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, combinado con el éxito en
Berlín de la izquierda crítica hacia la guerra (Die Linke) son música
para los oídos de Putin. El canciller Merz ha quedado sumamente debilitado. Es
la primera vez desde la posguerra que su partido, la CDU, se queda por debajo
de representación en un länder (el de Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Las
fuerzas políticas favorables a un entendimiento con Moscú para poner fin a la
guerra son más fuertes que nunca.
Las tensiones en el gobierno de Gran Coalición con los socialdemócratas se han agudizado. Ya se escuchan voces de flexibilización en algunas políticas (como la reforma de las pensiones) con las que quiere ampliar el margen presupuestario para favorecer el rearme y la financiación del esfuerzo de guerra ucraniano.
El resto de Europa tiembla, aunque los dirigentes del consenso liberal no sacan las conclusiones oportunas sobre las causas del ascenso de la ultraderecha de Varsovia a Lisboa y del Báltico al Mediterráneo. Putin, en opinión de la mayoría de los analistas, está convencido de que Europa terminará condicionando su aparentemente entusiasta apoyo a Kiev a una iniciativa paralela de acuerdo diplomático, por presión de Washington. Por de pronto, la UE ya ha condicionado el nuevo paquete de ayudas (90 mil millones de €) al “progreso democrático”, tras los escándalos de corrupción que han sacudido al gobierno.
El Presidente ruso quiere llevar a esas negociaciones, si finalmente se producen, una ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables. La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).
El
Presidente ruso quiere llegar a esas eventuales negociaciones, si finalmente se producen, en situación de ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos
mínimamente presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables.
La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda
ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los
últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques
cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de
espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades
militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales
europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de
estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia
reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).
De momento, Putin aprieta dientes y puños para que
no se ponga en duda su voluntad de seguir adelante en la batalla militar. El
invierno será duro y cruel para los ucranianos, tanto o más que el anterior,
con más bombardeados contra centrales térmicas y eléctricas. Putin se cree
seguro en la cálida ciudadela del Kremlin. ¿Serán acertados sus cálculos? El
tiempo dirá.
NOTAS
(1) “Why a Weaker Russia
Keeps Fighting. Putin Sees Little Need to Negotiate. ALEXANDER GABUEV, ALEXANDRA
PROKOPENKO Y TATIANA STANOVAYA. FOREIGN AFFAIRS, 31 de julio.
(2)
“Putin Will Not Yield. Pressure
and Pain Won’t Sap Russia’s Resolve in Ukraine. MICHAEL KIMMAGE & MARIA
LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de septiembre.
(3)
“Russia has entered a new phase of total war. Ukrainians are feeling the pain”.
THE
ECONOMIST, 17 de septiembre.
(4) “Donald Trump signe la loi
Graham, permettant de nouvelles sanctions contre la Russie”. PIOTOR SMOLAR. LE MONDE, 19 de septiembre.
(5) “Trump Wants Putin to
End the War. He May Offer Russia Business Deals First”. ANTON
TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.
(6) “European spy chiefs warn Moscow is
planning more decisive action against Nato”. SHAUN WALKER. THE
GUARDIAN, 20 de septiembre.
