RUSIA ANTE EL QUINTO INVIERNO

 23 de septiembre de 2026

La guerra de Ucrania puede convertirse en el Afganistán de Putin, según los pronósticos optimistas de algunos dirigentes y estrategas occidentales europeos. Pero otros analistas, en especial rusos críticos con el régimen, no piensan lo mismo, al menos a corto plazo. En puertas de entrar en el quinto invierno de la “campaña militar especial” (término empleado por el Kremlin), Rusia trata de gestionar el actual atasco en sus pretensiones con dos recetas fundamentales:

1) la aceleración de la producción militar de nueva generación con decisivas aportaciones exteriores;

2) el control férreo de la población y la incomodidad de las élites aliadas del régimen.

UNAS ELECCIONES DE RUTINA

Empecemos por ésta última. Las recientes elecciones legislativas han arrojado el resultado previsto y confeccionado desde la cúspide del poder. Según resultados aún provisionales, el partido oficialista, Rusia Unida, ha obtenido el 58% de los votos (ocho puntos más que hace cinco años) y unos 355 diputados (treinta por encima de los obtenidos en 2021) Eso supone que Putin y su lugarteniente Medvedev controlarán directamente a más de las tres cuartas partes de los legisladores en la Cámara Baja. El cuarto restante no les ocasionará quebraderos de cabeza.

La principal fuerza de la oposición será el Partido Comunista, que se queda por debajo del 14% (pierde cinco puntos) y no tendrá más de 50 diputados. Los herederos de la URSS mantienen una posición ambivalente sobre la guerra de Ucrania. Fuera del partido oficial, otros comunistas se muestran claramente en contra y censuraran el nacionalismo del Presidente, pero carecen de influencia.

El tercer partido sigue siendo el paleonacionalista Liberal-Democrático (nombre equívoco, como el de tantas otras formaciones de extrema derecha en Europa), que ha subido ligeramente, dos puntos, hasta rozar el 9%) y apoya la guerra.

El resto de formaciones de centro o derecha, no reunirán más del 10% de diputados de la Duma y estarán privados de peso político relevante. Yabloko, el tradicional partido liberal de corte occidental fundado por Grigory Yavlinsky en los primeros años de la nueva Rusia, ha sido prohibido por sus posiciones muy críticas hacia el Kremlin. Pero debe recordarse que en 2021, antes de la guerra de Ucrania, ya no obtuvo representación parlamentaria.

Putin tiene un Parlamento de paja y un aparato de seguridad remodelado a su interés y conveniencia, con hombres de su entera confianza al mando. El control policial de la población y de las élites es férreo e inclemente. A veces, no tiene necesidad de recurrir a la represión directa, pero cuando se siente presionado, siquiera ligeramente no duda en hacerlo.

Entre la ciudadanía hay una combinación de pasividad y temor. La degradación de la situación económica no es explosiva, aunque las riendas del descontento pueden dejar de ser eficaces a medio plazo. Los ataques ucranianos contra las refinerías y líneas de suministro comercial en el oeste del país y alrededores de Moscú han hecho daño: “han creado problemas”, reconoció el propio Putin.

UN APARATO MILITAR Y POLICIAL ENGRASADO

Putin, en todo caso no parece seriamente preocupado. En este diagnóstico coinciden los analistas rusos residentes en Europa. Hace un par de meses, tres de los más conspicuos, Alexander Gabuev, Alexandra Prokopenko y Tatiana Stanovaya, aseguraban que incluso una “debilitada Rusia seguiría guerreando”. Los autores del artículo argumentaban que pese al estancamiento económico (0,4% de crecimiento previsto en 2026), la presión inflacionista, la subida de los tipos de interés hasta el 14% y el rebasamiento del déficit público en casi un 50% por encima de las previsiones del gobierno, el aparato productivo ruso “no está al borde del colapso”. Rusia dedica el 8% del PIB en el esfuerzo militar, una cantidad considerable, pero sólo el 40% del índice ucraniano y muy debajo del que alcanzaron la URSS y Estados Unidos durante la II guerra mundial (1).

Dos especialistas occidentales en Rusia, Michael Kimmage y Maria Lipman comparte este diagnóstico. El régimen cree que la población puede soportar cierta subida adicional de los precios y que los negocios están en condiciones de absorber el coste de los daños ocasionados por los ataques ucranianos. (2).

Gabuev, Prokopenko y Stanovaya consideran que la confianza de Putin está cimentada en la ferocidad de su aparato represivo y la persistencia de las herramientas de propaganda. El Centro Levada, uno de los más creíbles de Rusia en la medición de la opinión cívica, asegura que dos terceras partes de la población apoya aún la guerra y sólo una cuarta parte se opone.  La otra parte del trabajo de los tres analistas críticos rusos se concentra en el amplio margen de que dispone la industria de guerra del Kremlin. Y en esto coinciden con los analistas occidentales que siguen muy de cerca el despliegue militar ruso y sus acuerdos de cooperación principalmente con tres países: China, Irán y Corea.

En un reciente trabajo sobre el arsenal militar que Moscú está utilizando en esta “nueva fase de la guerra”, el semanario liberal THE ECONOMIST vaticina que estas armas de nueva generación y/o transformación están en condiciones de lograr una superioridad que podría ser decisiva a largo plazo. Las remesas de nuevos drones Shahed con tecnología propia (pero también iraní y china), el desarrollo de los misiles balísticos, y capacidades de vigilancia electrónica y la mejorada tecnología de comunicación espacial les son suficientes a Moscú para saturar la mermada defensa antiaérea ucraniana. Pese a la competencia de la industria militar de Kiev, la superior dimensión de las capacidades militares rusas pueden resultar un factor determinante en la guerra (3).

En estos momentos, importa poco o importa menos que los frentes del Este y Sur de Ucrania se encuentren estancados. A lo largo de este año, Rusia sólo ha podido conquistar 100 km2 de territorio ucraniano. Tampoco parece pesar mucho en el ánimo del Kremlin que perezcan más de veinte mil de sus soldados cada mes, principalmente en esa franja fronteriza denominada “zona de la muerte” y que la tasa de reposición de combatientes empiece a agotarse. Moscú aspira a contar con nuevas dotaciones de infantería norcoreana.

UN ENTORNO EXTERIOR APROVECHABLE

Putin cuenta también con alguna ventaja en el plano diplomático, debido a la coyuntura internacional. Aunque sus relaciones con Trump no parecen tan fluidas como durante el primer mandato del Presidente norteamericano, el sesgo prorruso del magnate neoyorquino no ha desaparecido. El pacto de Anchorage (Alaska), el año pasado, no se ha traducido en una política de presión sobre Ucrania. Al contrario, Trump ha apoyado sanciones adicionales a Moscú (4). Pero la diplomacia informal del Presidente, a través de sus parientes y colegas de negocios, continúa. Los amagos de presión más discreta sobre Zelenski no han cesado (5).

El Kremlin cuenta también con las urgencias de Trump en estas semanas de vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato y la previsible victoria arrolladora de los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes y, en menor medida, al Senado. La oposición, con la representación más nutrida de progresistas y socialistas en décadas, lleva una media de diez puntos de ventaja a los republicanos. La implicación cautelosa de Trump en la campaña no está logrando de momento los frutos esperados. La guerra contra Irán pesa como una losa en el índice de popularidad del Presidente, que sigue por los suelos, y en las expectativas positivas ante una más que probable cohabitación.

Las derivas previsibles de Trump en un entorno político más hostil que el actual pueden alumbrar iniciativas arriesgadas en política interior y exterior, como un acuerdo engañoso con Irán para salvar la cara y un pacto propagandístico con Kim Jong-Il sobre el programa nuclear norcoreano. En ambos casos, Putin puede jugar de mediador/muñidor con Teherán y Pyongyang, a cambio, desde luego, de un empujón suficiente para debilitar el ánimo resistente de Ucrania.

Además, el nuevo viento electoral en Alemania reconforta al líder ruso. El triunfo de la AfD en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, combinado con el éxito en Berlín de la izquierda crítica hacia la guerra (Die Linke) son música para los oídos de Putin. El canciller Merz ha quedado sumamente debilitado. Es la primera vez desde la posguerra que su partido, la CDU, se queda por debajo de representación en un länder (el de Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Las fuerzas políticas favorables a un entendimiento con Moscú para poner fin a la guerra son más fuertes que nunca.

Las tensiones en el gobierno de Gran Coalición con los socialdemócratas se han agudizado. Ya se escuchan voces de flexibilización en algunas políticas (como la reforma de las pensiones) con las que quiere ampliar el margen presupuestario para favorecer el rearme y la financiación del esfuerzo de guerra ucraniano.

El resto de Europa tiembla, aunque los dirigentes del consenso liberal no sacan las conclusiones oportunas sobre las causas del ascenso de la ultraderecha de Varsovia a Lisboa y del Báltico al Mediterráneo. Putin, en opinión de la mayoría de los analistas, está convencido de que Europa terminará condicionando su aparentemente entusiasta apoyo a Kiev a una iniciativa paralela de acuerdo diplomático, por presión de Washington. Por de pronto, la UE ya ha condicionado el nuevo paquete de ayudas (90 mil millones de €) al “progreso democrático”, tras los escándalos de corrupción que han sacudido al gobierno.

El Presidente ruso quiere llevar a esas negociaciones, si finalmente se producen, una ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables. La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

El Presidente ruso quiere llegar a esas eventuales negociaciones, si finalmente se producen, en situación de ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos mínimamente presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables.

La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

De momento, Putin aprieta dientes y puños para que no se ponga en duda su voluntad de seguir adelante en la batalla militar. El invierno será duro y cruel para los ucranianos, tanto o más que el anterior, con más bombardeados contra centrales térmicas y eléctricas. Putin se cree seguro en la cálida ciudadela del Kremlin. ¿Serán acertados sus cálculos? El tiempo dirá.

 

NOTAS

(1) “Why a Weaker Russia Keeps Fighting. Putin Sees Little Need to Negotiate. ALEXANDER GABUEV, ALEXANDRA PROKOPENKO Y TATIANA STANOVAYA. FOREIGN AFFAIRS, 31 de julio.

(2)Putin Will Not Yield. Pressure and Pain Won’t Sap Russia’s Resolve in Ukraine. MICHAEL KIMMAGE & MARIA LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de septiembre.

(3) “Russia has entered a new phase of total war. Ukrainians are feeling the pain”. THE ECONOMIST, 17 de septiembre.

(4) “Donald Trump signe la loi Graham, permettant de nouvelles sanctions contre la Russie”. PIOTOR SMOLAR. LE MONDE, 19 de septiembre.

(5) “Trump Wants Putin to End the War. He May Offer Russia Business Deals First”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.

(6) “European spy chiefs warn Moscow is planning more decisive action against Nato”. SHAUN WALKER. THE GUARDIAN, 20 de septiembre.

ALEMANIA: LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DE LA EXTREMA DERECHA

16 de septiembre de 2026

Cada vez que un partido de extrema derecha obtiene un buen resultado en  unas elecciones en Europa se agita el pánico entre partidos e instituciones del orden liberal. Si el sobresalto procede de Alemania, como ha sido el caso, con el triunfo de AfD en las regionales de Sajonia-Anhalt, se genera la tormenta perfecta: se evoca el nacional-socialismo y otras formas de fascismo de los años treinta.

Pero no estamos en los años treinta. Europa es muy distinta y el mundo ha cambiado profunda y radicalmente. Las instituciones liberales son más fuertes ahora que entonces, los aparatos coercitivos de los Estados liberales tienen muy engarzados sus intereses corporativos con la ideología política dominante, las redes de protección social son más sólidas (aunque se hayan visto debilitadas en las últimas décadas precisamente por las recetas liberales) y la población evidencia un ánimo combativo sensiblemente menor, debido a la atracción del consumismo, la alteración  de los vínculos de clase y la inversión de valores.

Lo anterior no quiere decir que no exista riesgo para el sistema de derechos y libertades. Pero conviene analizar cuánto peligro radica en el ascenso social y electoral de la ultraderecha y cuánto procede de las políticas reactivas de los partidos del consenso centrista, desde los conservadores a la socialdemocracia. En toda Europa, las élites políticas han empezado a adoptar políticas inicialmente patrocinadas e impulsadas por la ultraderecha en los ámbitos más sensibles del ánimo ciudadano, como la migración, la identidad cultural, el sentimiento nacional y otros.

En Francia, por ejemplo, desde el triunfo de los lepenistas en las elecciones europeas en 2019, el gobierno Macron ha impulsado leyes restrictivas. Una sobre Seguridad pública, que restringe las libertades públicas; otra sobre inmigración que preveía la desposesión de la nacionalidad francesa a los ciudadanos que estuviera acusados de delitos contra las fuerzas de orden; y una más, que ponía el foco en las limitaciones del Islam político.

Por lo demás, se exagera la capacidad de las formaciones de ultraderecha nacional para forjar alianzas operativas entre ellas y condicionar el rumbo político de Europa. Precisamente por sus prejuicios nacionalistas, cualquier esfuerzo de carácter transfronterizo genera desconfianza e incluso rechazo en sus filas.  Incluso en los asuntos en los que suelen converger, las recetas de unos grupos y otros no son necesariamente. Por ejemplo, en el crucial tema de la inmigración, AfD promete la expulsión de dos millones de ciudadanos alemanes de origen extranjero, mientras Reagrupament National (RN), el partido de Marine Le Pen, plantea el control estricto, no la “remigración”.

Por eso, la ultraderecha ha ido arrastrando una división permanente en el Parlamento Europeo y carece de una voz común en el ámbito social y mediático. Ciertamente, en los últimos años se han hecho esfuerzos de acercamiento y orillado los principales factores de división, pero no los han superado del todo. 

DE LA FIESTA A LA FRUSTRACIÓN

En Alemania, el peligro parecía conjurado desde hace medio siglo, cuando las penurias y humillaciones de la posguerra dieron paso a la prosperidad y el orgullo “sano” que se codificó en el “milagro alemán”.

Cuando, en los ochenta, Alemania ya se había convertido en la principal potencia económica europea, se detectaron los primeros síntomas de inquietud, pero sin llegar nunca al nivel de seria preocupación. El marco podía ser la divisa más fuerte de Europa, pero la Bundeswehr seguía siendo un ejército desdentado, la descentralización del poder era la más amplia del continente, las instituciones eran sólidas e independientes del poder político, la población alemana era muy homogénea y la migración muy reducida y funcional para el desarrollo del país.

Todo cambió a comienzos de los noventa, debido a varios factores. El más influyente, sin duda, fue la reunificación del país, tras la caída del régimen comunista en el Este. Los primeros intentos de una aproximación gradual se vieron sobrepasados muy pronto por la euforia de un reencuentro rápido y la ilusión de una transfusión de la prosperidad occidental en el anémico nivel de vida en el Este.

Ya se sabe lo que ocurrió. Cayo el muro represivo, pero se levantó otro de distinta naturaleza: social, psicológico, moral. El Oeste dejó de sentirse como un espejo en el que el Este ansiaba mirarse para convertirse en un dominador que imponía sus normas, controlaba los recursos de los nuevos länders, despreciaba al recién llegado y lo mantenía en un papel secundario en la República Federal.

La fiesta de la reunificación se convirtió en una crisis nacional, que se ha prolongado a lo largo de tres décadas. La brecha económica y social apenas se ha reducido, o incluso, en algunos parámetros, ha aumentad:

- la población se ha incrementado en un 10% en el Oeste y ha decrecido un 16% en el Este.

- el PIB por cápita en el Este es 18 puntos más bajo que el Oeste (71,77/100)

- el sueldo medio de un asalariado en el Oeste es de 4.800 €, mientras en el Este no llega a los 4.000 € (3.973 €).

- la migración interalemana ha crecido en más de un millón de personas, pero de forma muy desigual: envejece el Este y rejuvenece el Oeste.

- único indicador positivo para el Este: la fortaleza del sistema de guarderías en las regiones de la exRDA rebaja la brecha económica de genero al 5%, frente al 14% en los länder occidentales (Datos del Instituto Alemán de Economía, reproducidos por Der Spiegel).

El mapa de la desigualdad económica y social es muy nítido. El siguiente gráfico, elaborado por el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP) localiza con claridad las zonas más deprimidas del estado. La mayoría se encuentran en el Este, con sólo dos focos en el Oeste (la cuenca del Ruhr y el Sarre), debido a la crisis del sector minero a la desindustrialización metalúrgica, básicamente.













https://www.govdata.de/dl-de/by-2-0

Pese a los esfuerzos políticos por reducir el impacto de esta brecha en el sentir político, la escisión electoral se ha ido agrandando. En un primer momento, una izquierda heredera del viejo partido comunista pero más orientada al socialismo democrático crítico dominó en los länders del Este. Luego, desde el cambio social, con el incremento de la inmigración y la tensión en los servicios sociales, dejó el camino sembrado a la ultraderecha.

El voto al extremismo derechista no superó el umbral del 5%, sumando todas las formaciones de esa familia política. Tras la crisis migratoria de 2015, AfD se consolidó como hegemónica en la extrema derecha y reunió el 12,64% de los votos en las elecciones federales. Descendió dos puntos y medio en 2021 (10,39%), pero se recuperó con fuerza en 2025 hasta reunir la quinta parte de los votantes (20,8%).  En el Este, la progresión ha sido mucho más acusada. El siguiente gráfico recoge la evolución del voto a AfD en las tres últimos elecciones regionales en los cinco länder orientales. 

(El empuje de AfD se reforzará con toda seguridad tras los resultados de las elecciones de este domingo en Berlin y Mecklemburgo-Pomerania Occidental).

El dominio hegemónico en Sajonia-Anhalt tiene una explicación bastante clara. Se trata del segundo länder más pobre de la República Federal (sólo le va a la zaga Mecklenburgo-Pomerania Occidental), y el que más acusadamente está sufriendo la baja natalidad. Para cubrir la demanda de trabajadores se ha acudido a la inmigración, lo que ha abonado el discurso xenófobo de AfD.  Originalmente, este partido fue impulsado por economistas de la parte occidental del país que estaban preocupados por la pérdida de soberanía económica y el reflotamiento de las economías del sur continental. Poco a poco, otros dirigentes más afines a la ultraderecha han terminado por controlar el partido. Europa sigue siendo objeto de las críticas, pero se ha adoptado un perfil más populista para atraerse a las masas descontentas por la crisis del sector exportador debido a la competencia de China, las tensiones en las prestaciones sociales y los relatos manipulados sobre la identidad nacional y cultural.

Dos factores externos socavaron el idílico proyecto de la reunificación: la guerra de los Balcanes y el hundimiento de la Unión Soviética, fenómenos distintos pero interconectados.

Alemania percibió la crisis de los Balcanes como un factor de oportunidad para sentar una influencia sin apenas resistencia práctica en esa amplia región de Europa. Yugoslavia, dominada hasta cierto punto por Serbia, nunca fue del agrado del mundo germánico. Su desaparición forzada tuvo en Berlin un agente muy activo. En Europa, Francia y otras potencias no vieron con buenos ojos exte expansionismo discreto de Alemania, pero no pudo evitarlo. A cambio de tener manos libres en la conformación de un nuevo orden socio-económico en las exrepublicas yugoslavas, Berlin aceptó sustituir el marco por el euro.

En las dos décadas siguientes, lo que iba a ser un nuevo periodo de prosperidad balcánico bajo control alemán se diluyó en la frustración. En la guerra de Kosovo, de finales de los noventa, Alemania asumió la financiación y el suministro militar de la dudosa milicia separatista (a cuyo liderazgo se juzga ahora en el Tribunal de Crímenes de La Haya).  Con el paso del tiempo, los Balcanes se transformaron en una de las principales rutas de la migración procedente de Oriente Medio y Asia Central, tras las revoluciones fallidas de la Primavera árabe y la guerra de Afganistán. La promesa se convirtió en pesadilla.

Consecuencias aún mayores ha comportado la desaparición de la URSS. Rusia asumió la mayor parte de la herencia soviética. En los años noventa, el destino de la nueva Alemania y la nueva Rusia parecían entrelazados con bastante armonía. Los gobernantes alemanes vieron a la riqueza petrolero y gasística rusa como una alternativa a la dependencia tradicional de Oriente Medio. Las élites políticas y económicas de ambos países compartieron proyecto. El epítome más conocido fue el fichaje del exCanciller socialdeócrata Schröeder como alto ejecutivo de Gazprom, la empresa estatal rusa de gas. Alemania había cambiado de dependencia energética, no la había eliminado.

Desde finales de la primera década de este siglo, las relaciones bilaterales empezaron a tensarse. Fue precisamente en Munich, en 2007, durante la tradicional conferencia de Seguridad europea, cuando Vladímir Putin dejó muy claro que Rusia no seguiría siendo el actor secundario en las relaciones con Occidente. El año siguiente se produjo la intervención rusa en la vecina República exsoviética de Georgia, a favor de los separatistas de la región de Osetia del Sur, de población mayoritariamente rusa. En Occidente, se paso de la cooperación a la contención. Alemania, empero, mantuvo el nivel de intercambios energéticos con Moscú. Hasta que Putin ordenó la toma de Crimea, que Rusia siempre consideró parte del país. 

CAMBIO DE ERA

En 2022, la invasión de todo el Este de Ucrania consumó la ruptura entre Alemania y Rusia. El entonces Canciller socialdemócrata Olaf Scholz proclamó un “cambio de era” (zeitenwende) y anunció un programa de inversión y reforzamiento de la capacidad militar de la República Federal y de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania. Los tabúes que se mantenian desde el final de la segunda guerra mundial empezaron a caer.

Con el gobierno actual de democristiano derechista Friedrich Merz, la política militarista de Berlin se ha acentuado. La sacrosanta política alemana de  equilibrio presupuestario y el control de la deusa ya no se aplica al gasto militar. Se ha aprobado un fondo de medio billón de euros para renovar y ampliar las infraestructuras de defensa. La ayuda a Ucrania supera ya con creces los 60 mil millones de dólares. La crisis de la industria exportadora por la competencia china ha disparado la tentación de convertir al sector militar en el nuevo motor de la economía nacional.

En el plano social y económico el impacto de la gestión de la guerra en Ucrania  ha sido tremendo. La economía está estancada La producción industrial ha descendido casi un 10% desde 2022. El ciclo de la alta dependencia energética tampoco se ha resuelto, simplemente está cambiando de origen: del gas ruso se va a pasar al gas licuado norteamericano.

La inflación y la crisis subsiguiente ha perjudicado sobre todo al Este, de ahí que en los länder orientales el sentimiento antiruso abonado por los dirigentes occidentales no haya tenido tanto predicamento. No se trata tanto de que hayan reverdecido las conexiones entre  los territorios de la extinta exRDA y sus protectores soviéticos/rusos. De hecho, las tensiones entre Moscú y Berlin-Este se mantuvieron incluso durante los años álgidos de la guerra  fría, por no hablar del divorcio entre Gorbachov y Honecker, en los años de agonía de ambos Estados. No hay nostalgia comunista en la sintonia entre el Kremlin y los líderes de la AfD. Los dos son nacionalistas. No se añora el estatalismo, sino la sensación, verdadera o falsa, de una seguridad material básica.

La insistencia de los medios liberales alemanes y europeos en presentar a la AfD practicamente como un “caballo de Troya” del Kremlin y una amenaza para el proyecto de la Unión Europea es una exageración, que sirve para eludir las responsabilidades por un proceso de reunificación fallido e injusto. En este empeño han ayudado, sin duda, reflejos de los dirigentes ultranacionalistas que recuerdan al régimen nacionalsocialista. Pero ni estamos en los años treinta, ni la sociedad alemana, incluida la oriental querría ni remotamente la recreación de un régimen tan perverso.

La clase política alemana debería preguntarse si el muro de fuego (brandmauer) ha sido la mejor fórmula para alejar a la AfD de la cercanía del poder. Quizás lo mejor para disipar las falsas promesas de las ultraderechas sea testarlas en los gobiernos. Suecia acaba de ofrecer un ilustrativo ejemplo al respecto: el partido ultra Demócratas de Suecia, colaborador externo de la coalición conservadora-liberal, ha retrocedido tres puntos, perdido más de 215.000 votos y tendrá 11 diputados menos en el Riksdag.

Si el avance de AfD continúa, ya no es descartable que la CDU imprima un giro radical en su política de alianzas (otro zeitenwende, éste interno) y se plantee la vía sueca (tambien ensayada en Finlandia) de cohabitación flexible con los ultranacionalistas. Si la táctica del aislamiento no ha funcionado, quizás haya que probar con la domesticación. Todo, claro, en nombre de la defensa de la democracia alemana. 

 

REFERENCIAS

  “Entre protestation et conquête du pouvoir: l'AfD à l'approche des élections régionales à l'Est”. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 3 de septiembre.

 “The AfD crashes the CDU’s party”. TOM NUTALL. THE ECONOMIST, 7 de septiembre

 “The AfD’s victory in Saxony-Anhalt marks a turning point for Germany – but perspective is important”. GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 10 de septiembre.

 “Germany’s ‘Firewall’ Against the Far Right Is Being Tested as Never Before”. JIM TANKERSLEY. THE NEW YORK TIMES, 7 de septiembre.

 “Germany’s Shattered Consensus”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 8 de septiembre.

 “German Democracy, as We Knew It, Is Over”. JOHN KAMPFNER. FOREIGN POLICY, 9 de septiembre.

 “Europe’s next Hegemon. The perils of German Power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.

“I know why many east Germans vote AfD. And no, it’s not an inherited longing for dictatorship”. CAROLINA WÜRFEL. THE GUARDIAN, 15 de septiembre.

 “¿Una Alemania lista para la guerra?”. PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre

 



LA CRISIS DE CEUTA, EN UNA DINÁMICA REGIONAL CONVULSA

  9 de septiembre de 2026

La crisis de este verano en Ceuta ha tenido un amplio eco exterior. Pero las reacciones y comentarios, por lo general, se han centrado en el asunto migratorio y menos en el impacto que un deterioro de la situación de convivencia pueda tener para el Norte de África, una región que vive un agravamiento notable, por encima de lo que desgraciadamente allí es habitual.

Todos los países de Magreb atraviesan momentos que bien puede ser calificados de críticos. Marruecos, el más involucrado en la crisis de Ceuta, parece, a primera vista el que goza de mayor estabilidad. Pero es un espejismo. La aparente mejoría de la situación económica y la solidez engañosa de su sistema político puede inducir fácilmente a la confusión.

MARRUECOS: LOS CÁLCULOS DEL RÉGIMEN

Marruecos se ha beneficiado siempre de un apoyo occidental innegable, en sucesivas etapas de la historia reciente. Por no irnos muy atrás, desde comienzos de este siglo, al ofrecerse a Estados Unidos y Europa como gendarme contra el islamismo radical después de los múltiples atentados del 11 de septiembre. La retórica de la seguridad que proporcionaba Marruecos frente a otros Estados supuestamente más débiles o menos eficaces en la lucha contra el radicalismo islamista saltó por los aires al conocerse la procedencia de algunos de los responsables de los atentados de Madrid en 2004.

Posteriormente, Marruecos supo mantenerse como referencia indispensable para Occidente al sumarse al grupo de países árabes dispuesto a entablar relaciones plenas con Israel, en el marco de los Acuerdos Abraham, auspiciados por Trump al término de su primer mandato presidencial.

El gesto de Marruecos no era gratis. A cambio, la administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, pese a las resoluciones vigentes de la ONU. Esta decisión de Washington supuso un giro en la política de sus aliados europeos, que con Alemania y Francia a cabeza compraron el Plan de Autonomía marroquí sobre el territorio, “pendiente de descolonización”. España, potencia administradora, fue la siguiente pieza que se ganó Marruecos, en una decisión muy controvertida y nunca explicada satisfactoriamente por el gobierno.

El Sahara es la piedra angular de la política exterior de Marruecos. Presiona a los países que puede presionar, con sus armas, poderosas, pero no tanto como al régimen real le gustaría que fueran, y se muestra sumiso y solicito con quienes no puede hacer otra cosa. Trump se ha convertido en un protector muy conveniente para Rabat. Otros presidentes u otras administraciones han sido igualmente favorables a Marruecos en las últimas décadas, pero ninguna había llegado a cuestionar el proceso de descolonización ni a dar por muerto el derecho de la población saharaui a pronunciarse sobre su futuro.

Lo que ofrece ahora Marruecos a Trump es un alineamiento con Israel, en un momento de convulsión de las alianzas regionales. Junto con los Emiratos, el reino alauí va muy delante de otros estados árabes en la senda de la conciliación con el Estado judío. Ante las complicaciones que está ocasionando la estúpida guerra contra Irán, la actual administración se ha visto obligada a reconsiderar el peso de sus aliados en la región y a presionar a favor de fórmulas que incorporen a Israel en una red de alianzas bilaterales o multilaterales solventes. Marruecos no va a regatear su apoyo, si consigue resolver de una vez el dossier saharaui (1).

El silencio de la administración Trump en la crisis de Ceuta resulta ensordecedor. Las referencias a posibles interferencias directas o indirectas de los servicios de inteligencia israelí resultan compatibles con estos realineamientos en la amplia región del Norte de África y Oriente Medio.

Los vecinos de Marruecos también arrastran situaciones internas muy pesadas.

ARGELIA: UN DIFÍCIL EQUILIBRIO

Argelia, en una permanente dialéctica de conflicto/entendimiento con los dos países europeos más cercanos (Francia y España), contempla con inquietud la creciente revaloración de su enemigo marroquí (2). En Argel, principal valedor de los independentistas saharauis, el giro de París y Madrid hizo mucha mella. Con mucha paciencia y trabajosa diplomacia las dos capitales europeas han subsanado el daño infligido, pero no sin dejar un reguero de resentimiento y desconfianza, más profundo e intenso con Francia, debido a otros asuntos conflictivos nunca resueltos, que datan de la época coloniaL.

El caso es que el régimen argelino, que juega a un equilibrio con las potencias occidentales, la emergente China y su tradicional aliada Rusia, no termina de resolver sus problemas económicos endémicos, ni de legitimar un sistema político corroído por el autoritarismo y la corrupción. Las sucesivas crisis argelinas desde los noventa han arruinado la legitimidad originaria de la revolución anticolonialista. En el otrora Tercer Mundo (hoy Sur Global), Argelia ha perdido el poder de atracción del que gozó un tiempo ya muy lejano. El maná del petróleo no ha servicio ni para garantizar la prosperidad del país, ni para favorecer un régimen de derechos y libertades.

Pero los focos más ardientes de la región hay que situarlos en Túnez y Libia.

LIBIA: UN CAOS RENTABLE PARA ALGUNOS

En Libia, quince años después del derrocamiento de Gaddafi, se vive tal situación de caos económico, vacío institucional  e inseguridad crónica que no resulta extraño que algunos añoren los tiempos de la Jamahiriya (la República de las masas del Coronel).

Desde 2014, tras la primera fase de la guerra civil inicial, el país sigue dividido en dos, territorial, económica y políticamente. Y eso sin entrar en detalles, que nos llevarían a incrementar la pormenorización de las fracturas (3). En la región occidental de Tripolitania (en torno a la capital, Tripoli) hay un gobierno reconocido por la ONU en su momento y hoy carente de cualquier legitimidad, al prolongar su vigencia sus cabecillas sin respeto alguno de la legalidad internacional. Está liderado por Abdel Hamid Dbeibah, pero sólo formalmente; en la práctica, quien lleva las riendas es su sobrino Ibrahim, al frente de un tinglado clientelar establecido sobre el control de los pozos petroleros locales.

La región oriental de la Cirenaica, en torno a Benghazzi, es el feudo relativo de un colaborador de la primera hora de Gaddaffi y luego renegado y exagente de la CIA, el general Jalifa Haftar. Pero, como ocurre con sus enemigos del otro lado del país, las segundas generaciones van asumiendo el poder cotidiano. Uno de los hijos de Haftar, Saddam, es el hombre fuerte de este clan, apoyado en un férreo control militar y, también como en el otro lado, alimentado por  exportación ilegal de petróleo. De esta forma, la principal riqueza del país se convierte en la garantía de poder de los dos cabecillas, para desgracia del pueblo libio, que ha visto cómo a una dictadura de un iluminado le ha sustituido el caos tan africano de señores de la guerra sostenidos por la corrupción y el bandidaje.

No sólo estos factores internos explican la interminable guerra libia. Las potencias extranjeras juegan un papel decisivo. Haftar y su clan se han visto apoyados por Arabia Saudí y los Emiratos, desde el Golfo, y por el autoritario régimen militar (sólo en apariencia civil) de Egipto. En su momento, también Rusia apostó por este general de fortuna, aunque últimamente, tras la reestructuración de la política de Kremlin en el Sahel, ha tomado alguna distancia. Como hace cualquier autócrata de la zona, Haftar vendió a Occidente la póliza del seguro contra el islamismo. No le fue difícil. La Cirenaica era un hervidero de milicias inicialmente opuestas al régimen de Gaddafi, que degeneraron en bandas dedicadas a controlar pozos de petróleo y redes de abastecimiento. Haftar ha puesto orden, pero no del todo, y aún se enfrenta a revueltas o amenazas de tales en el Fezzan y otras zonas meridionales del país.

Dbeibah goza del apoyo de Turquía, como principal valedor, sin olvidar a las potencias europeas que han intentado mantener su influencia en el país (Francia e Italia, sobre todo). Erdogan chocó con Putin en Siria y vio en Libia una plataforma importante para proyectar sus intereses en África. La orientación islamista moderada del patrón de la Tripolitania le ofrecía claramente esa oportunidad.

En los años anteriores  a Trump, Estados Unidos estuvo apoyando al nominal gobierno de Trípoli. Pero el caprichoso Presidente ha volteado las opciones. Ahora se ha erigido en promotor de una solución de conciliación entre los dos bandos, con su estilo de enviar a un próximo de la familia, el padre del marido de su hija Tiffany, Massad Boulos, para que forje un acuerdo entre los dos cabecillas.  Y, de paso, deje contratos suculentos sobre la explotación futura del petróleo libio. Las multinacionales Chevron y Conoco-Philipps ya han tomado posiciones sobre el terreno.

Por el momento, y salvo unos ejercicios militares impensables conjuntos,  no se han cosechado resultados prometedores de esta operación diplomática tan opaca y carente de legitimidad. Sólo una cosa parece clara: el pueblo libio no va a tener ocasión de pronunciarse sobre estos enjuagues (4).

Europa es, como en casi toda África, un actor cada vez más secundario. Libia, entre otras muchas cosas, es una plataforma de lanzamiento de la migración clandestina y ha sido, en los años del post-gaddafismo, terreno especialmente propicio para las mafias del sector, como está suficientemente acreditado. Ninguna de las dos facciones parece responder a la influencia europea, aunque los de Tripoli suenen más cercanos, aunque sólo sea porque aducen su aval onusiano. Pero las pretensiones de la ONU sobre una consulta popular hace tiempo que dejaron de ser tenidas en cuenta. En los manejos de Trump y su consuegro, ha sido completamente marginada.

TÚNEZ: UNA TIRANÍA CONSENTIDA

En Túnez, estas inconsecuencias europeas se están pagando caras. El apoyo tibio al actual Presidente, Kaïs Saïed, un profesor de Derecho convertido en dictador desde que disolviera todas las instituciones o las conformara a su antojo, en 2021, se ha convertido en un fiasco notable. En la actualidad, Saïed ni siquiera mantiene un contacto fluido con Bruselas ni con las principales capitales europeas. Hace dos años recibió a Von der Leyen y Meloni, como adalides de un control migratorio de dudosa legalidad y de miserable moral. A pesar de las violaciones continuas de derechos y libertades, con más de un centenar de dirigentes de la oposición política y sindical en la cárcel o expulsados del país y el sofocamiento de cualquier iniciativa crítica en el país, la UE siguió enviando dinero al gobierno tunecino, durante al menos dos años desde la deriva dictatorial de Saïed (5).

Como ya ocurrió con el golpe del General Al Sisi en Egipto, en nombre de control del islamismo y, en este caso, de la migración irregular, cualquier déspota parece resultar útil a una buena parte de los dirigentes europeos. Mientras el país se hunde en una miseria política y material, con la crisis económica más profunda de toda la región, se hace la vista gorda. El verano ha sido especialmente tenso, con manifestaciones de protesta por los cortes de electricidad, las carencias de alimentos y de agua, el estrangulamiento de las redes de aprovisionamiento y una sensación de colapso en los servicios públicos, unido a una represión implacable. La división de la oposición entre los islamistas, los partidarios del depuesto régimen militar de Ben Alí en 2011 y los sectores progresistas impide que se haya podido forjar una alternativa de poder creíble. Los observadores creen que la situación es explosiva (6).

EGIPTO: AUTORITARISMO Y AMBIVALENCIA

De Egipto, qué se puede decir. En el corregido sistema de alianzas en Oriente Medio (que siempre ha sido la referencia de las élites del país, y no el Magreb), Egipto parece inclinarse por el lado no completamente entregado a los intereses israelíes. Pero se trata de un espejismo. El Cairo no ha revisado en profundidad las relaciones con su vecino judío, ha participado oscuramente en la gestión del calvario de Gaza y, sobre todo, no puede permitirse incomodar en demasía a Estados Unidos, de cuya ayuda económica y militar depende la estabilidad del régimen.

Al Sisi es uno de los generales africanos que tanto gustan a Trump: autoritario y sin escrúpulos a la hora de machacar a quienes se le oponen o resisten. La población egipcia aguanta a duras penas un vínculo diplomático cada vez más impopular con Israel. Pero tampoco se ha sumado, de momento y pese a las expectativas iniciales, al Pacto de la Meca (ver análisis de la semana anterior), impulsado por Arabia, Turquía y Pakistán. Estos tres países son también dependientes de Estados Unidos, de forma diferente y en distinto grado. Pero Egipto supera a todos ellos en debilidad política y estratégica. Es una incógnita cuánto tiempo puede mantener Al Sisi esta ambivalencia regional (7).

 

NOTAS

(1) “Entre le Maroc et les Etats-Unis, une lune de miel diplomatique et militaire”. CÉLIA CUORDIFEDE. LE MONDE, 6 de febrero.

(2) “Entre l’Algérie et le Maroc, une inquiétante course aux armements”. ALEXANDRE AUBLANC. LE MONDE, 4 de febrero.

(3) “En Libye, quinze ans après la chute de Kadhafi, le modèle autoritaire du maréchal Haftar s’est étendu dans la majorité du pays”. NISSIM GASTELLI. LE MONDE, 2 de febrero.

(4) “Dans une Libye divisée, Donald Trump mise sur son ‘art du deal’ pour se poser en faiseur de paix”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 7 de septiembre.

(5) “Twin protests erupt in Tunisia and Lybia”. NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 29 de julio; “En Tunisie, Kaïs Saïed, qui fait face à une forte colère sociale, s’isole sur la scène internationale”. MONIA BEN HAMADI. LE MONDE, 27 de julio.

(6) “Five Years After Saied’s Power Grab, Tunisia Is Isolated and Unmoored”. SABINA HENENBERG Y SARAH YERKES. CARNEGIE, 27 de julio.

(7)“Egypt’s Tightrope Walk Between Saudi Arabia and the UAE”. HAISAM HASSANEIN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 23 de enero.

 

 

EL PACTO DE LA MECA: UN ENSAYO DE DEFENSA REGIONAL

  3 de septiembre de 2026

El pacto defensivo suscrito este mes de agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán es el acto político más importante de los últimos años en la región que concentra la mayor densidad de población musulmana del mundo.

No es el primer pacto de esta naturaleza ni será el último. No sustituye a otros anteriores, ni pretende convertirse en un modelo o un ejemplo a seguir por otros agentes regionales. Pero ha sacudido la zona, por el momento en que se ha anunciado, las características de sus socios y la ambición que demuestran los tres firmantes, implícita o explícitamente.

LAS CLAVES DEL PACTO

¿Por qué Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se han aliado de forma preferente, sin que pretendan crear una alianza cerrada a otros? Por varias razones:

1) Son las tres potencias político-militares más relevantes de la zona, desde el Mediterráneo a los  confines de la China.

2) Tienen capacidades complementarias: Arabia Saudí dispone de gran músculo energético y financiero; Turquía disfruta de un potente ejército convencional y además está coordinado con la OTAN; y Pakistán es el único de los tres socios que tiene armamento nuclear.

3) Sus intereses particulares no son competitivos: Arabia esta inquieta sobre todo por la inestabilidad en el Golfo Pérsico; Turquía está atenta a la deriva de los conflictos más cercanos al Mediterráneo; y Pakistán mantiene desde hace décadas un pulso con la India, en el otro extremo del rango geográfico del Pacto.

4) Comparten, en términos generales, la misma visión del Islam en el orden de sus sociedades y en la dimensión geopolítica; es decir, sus ciudadanos profesan, en su inmensa mayoría, la confesión sunní y, por tanto, tienen en el chiísmo más reivindicativo o combatiente un enemigo común.

5) Son agentes  regionales preferentes para Estados Unidos, cada cual en su ámbito territorial propio, pero también comparten ciertos agravios y/o dudas sobre la fortaleza y estabilidad del compromiso de seguridad norteamericano.

6) Cada uno de los socios respeta las prioridades del otro y no pretende arrastrar a los demás a un conflicto general si ello no respondiera a necesidades específicas de seguridad.

Este último punto es la clave, a pesar de que es el que ha generado una mayor confusión. La provisión de la solidaridad, igual que está definido en la OTAN, en su famoso artículo 5, puede invitar a pensar que, en caso de ser objeto de agresión, cualquiera de los socios puede demandar a los otros dos su participación en el esfuerzo defensivo que fuera necesario.

Sin embargo, el Pacto de la Meca no es terminante en ese sentido. Nada es imperativo u obligatorio, o no como supuestamente lo es en la OTAN (aunque esto también es matizable). Los tres firmantes se han cuidado de resaltar en declaraciones expresas que el mecanismo que se activaría en ese supuesto sería el contemplado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que establece el principio inherente del derecho a una autodefensa individual y colectiva. Dicho de otra forma: los socios no se han obligado a una respuesta automática militar en caso de agresión a cualquiera de ellos.

Evidentemente, la solidaridad defensiva que el Pacto de la Meca consagra deja abiertas especulaciones sobre el posible alcance de esa cooperación militar, pero las declaraciones políticas de sus líderes en la ceremonia de signatura del Pacto fueron concluyentes.

¿UNA ALIANZA CONTRA ALGUIEN?

También ha generado cierto debate el objetivo estratégico del Pacto, en dos de sus consideraciones fundamentales: ¿está dirigido contra alguien o es una respuesta a una amenaza específica? y ¿se trata de poner las bases de acuerdos regionales defensas más autónomos de Estados Unidos, como se pretende por ejemplo en Europa y, en menor medida, en el Extremo Oriente?

Los signatarios niegan que estén actuando contra alguien. ¿Son del todo sinceros o simplemente tratan de no provocar a Irán, país que puede ser el más inquieto por este pacto?

Evidentemente, Arabia es el menos creíble, porque ha sido objeto de represalias iraníes, en respuesta a los ataques militares norteamericanos de los últimos seis meses. Más allá de la rivalidad confesional (sunníes vs. chiíes), los dos países compiten por la hegemonía política en Oriente Medio y han apoyado a fuerzas opuestas en distintos conflictos locales. Además, en Riad han sido muy activos en la demanda a Estados Unidos para que no permitiera el desarrollo del programa nuclear iraní, adoptando posiciones de presión análogas a las desplegadas por Israel, aunque de mucho menor alcance.

No obstante lo anterior, Arabia Saudí, a la vista del fracaso de los sucesivos planes de neutralización atómica de Irán, ha hecho esfuerzos de acercamiento a su rival, bajo el patrocinio de China, una gran potencia cada vez más influyente en la región. Antes de la guerra actual, Riad y Teherán disfrutaban de un deshielo en sus relaciones. Este esfuerzo no se ha arruinado del todo, pero se ha complicado visiblemente.

Turquía y Pakistán tienen una relación menos tensa con Irán, no exenta de problemas y falta de confianza, naturalmente, pero sin llegar a comprometer el diálogo de los últimos años. Pakistán incluso ha sido aceptado por Teherán como muñidor de los intentos de mediación para detener o pausar la guerra, lo que se ha evaluado como el mayor éxito diplomático de Islamabad en décadas.

 

A la vista de los acontecimientos más recientes, está por ver si esta Alianza tiene suficiente para contener la presente crisis y prevenir otras nuevas.

Aunque Irán sea la amenaza no mencionada (el elefante en la habitación), estos tres países temen también y casi con la misma intensidad el poder desatado de Israel, más virulento que nunca, debido a la tolerancia sin límites de la Casa Blanca a sus desmanes.

Seguramente no es casualidad que el Pacto de la Meca, en preparación desde hace mucho tiempo y preludiado por el acuerdo bilateral saudí-pakistaní, cristalizara poco después de que el Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, proclamara a los cuatro vientos el nacimiento de un eje por él mismo denominado “Alianza del Hexágono”, compuesto por Israel, Grecia, India, Chipre y otros dos estados signatarios de los acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, que el dirigente judió no identificó.

La enemistad de algunos de esos países con los de la triada de La Meca es más que notoria. Grecia y Chipre no han resuelto sus diferencias históricas con Turquía después de la invasión turca de la isla hace más de 50 años. Las tensiones en el Mar Egeo son continuas, no sólo por cuestiones territoriales, sino también y sobre todo por el control de los yacimientos de gas natural allí existentes. India es el enemigo histórico de Pakistán, con escaramuzas y episodios bélicos recurrentes de mayor o menor intensidad, que comportan el alto riesgo propio de un conflicto entre potencias dotadas de armas nucleares.

Uno de los dos países Abraham no citados por Netanyahu es, sin duda, los Emiratos Árabes Unidos, un rival cada vez más acusado de Arabía Saudí, no sólo en la competencia por el liderazgo en el Golfo Pérsico, sino también en la región de África Oriental y el Mar Rojo, donde apoyan facciones combatientes en la guerra interna de Sudan o en el pulso continuo entre Etiopía y Eritrea, con implicación de guerrillas secesionistas en dos regiones etíopes (Tigray y Oromia), o en la más distante Libia.

LLAMADA DE ATENCIÓN A EE.UU

No se ve muy claramente qué papel puede jugar el Pacto de la Meca en el control de las crisis africanas, ni siquiera en una modificación de de los pulsos estratégicos en Oriente Medio y el Asia meridional. Pero una cosa es segura: se trata de una llamada de atención a Estados Unidos para que cuente con ellos a la hora de decidir sus prioridades en la zona.

Antes de anunciarse este pacto tripartito, Arabía Saudí había elevado el umbral de su cooperación con Washington al sumar el elemento nuclear. Estados Unidos brindaría tecnología atómica a los saudíes, sin descartar el enriquecimiento de uranio, siempre que ello no se utilizara con fines militares. El acuerdo vulneraba el Pacto de No Proliferación Nuclear del que Washington, forma parte, pero es sabido que Trump hace mofa continua de los compromisos internacionales de su país. Con todo, lo que ha sumido el acuerdo en la incertidumbre ha sido que el Presidente lo condicionara a posteriori al establecimiento de relaciones diplomáticas de Arabia con Israel. El trono saudí rechazó abiertamente esta interpretación, porque no se atenía a la literalidad de lo acordado.

Aparte de la inconsistencia que supone bombardear a un país (Irán) porque no se atiene a las normas de la no proliferación nuclear, mientras se pacta con un vecino un marco de cooperación nuclear que se sale de los limites establecidos no sólo por las leyes internacionales, sino también por Estados Unidos en particular, este nuevo derrape de Trump ha tenido implicaciones bilaterales serias.  El fiasco diplomático, de dimensiones enormes incluso para el estándar trumpista, molestó sobremanera en Riad y añadió más dudas a la credibilidad de la actual administración norteamericana entre sus aliados del Golfo.

Todas estas cuestiones gravitan sobre el Pacto de la Meca y le confiere un alcance que va más allá de sus objetivos iniciales. En todo caso, no hay que engañarse: más allá de Trump, el establishment estratégico norteamericano ve con buenos ojos acuerdos de este tipo, siempre que estén supeditados a la convergencia con los intereses generales de Estados Unidos en esta amplia región del mundo.

 

REFERENCIAS:

“The Mecca Agreement: From Imported Security to Regional Joint Security”. JALID AL-JABER. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“What Is the Mecca Joint Defense Pact—and What It Is Not?”. ALI BAKIR. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“The Mecca Agreement: From Diversifying Alliances to Regional Strategic Balance”. IBRAHIM AL-SHEIKH. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 12 de agosto.

“What’s Netanyahu’s planned ‘hexagon’ alliance – and can it work?”. ELIS GJIEVORI. AL JAZEERA, 23 de febrero.

“America Enabled the Gulf’s African Adventurism”. ZURI LINETSKY & MICHAEL WOLDEMARIAM. FOREIGN POLICY, 3 de junio.

“The End of the American Middle East”. MARC LYNCH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.

 

The flow of arms and money feeding the war in Sudan can be cut. What is missing is the Will”. HUBERT KINKOH. CHATHAM HOUSE, 20 de mayo.

 

“Trump’s Saudi Nuclear Deal Is Diplomatic Malpractice”. DANIEL KURTZER & AARON DAVID MILLER. FOREIGN POLICY, 27 de julio.

“The Looming Nuclear Crisis in the Gulf”. YOEL GUZANSKI. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.