ALEMANIA: LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DE LA EXTREMA DERECHA

16 de septiembre de 2026

Cada vez que un partido de extrema derecha obtiene un buen resultado en  unas elecciones en Europa se agita el pánico entre partidos e instituciones del orden liberal. Si el sobresalto procede de Alemania, como ha sido el caso, con el triunfo de AfD en las regionales de Sajonia-Anhalt, se genera la tormenta perfecta: se evoca el nacional-socialismo y otras formas de fascismo de los años treinta.

Pero no estamos en los años treinta. Europa es muy distinta y el mundo ha cambiado profunda y radicalmente. Las instituciones liberales son más fuertes ahora que entonces, los aparatos coercitivos de los Estados liberales tienen muy engarzados sus intereses corporativos con la ideología política dominante, las redes de protección social son más sólidas (aunque se hayan visto debilitadas en las últimas décadas precisamente por las recetas liberales) y la población evidencia un ánimo combativo sensiblemente menor, debido a la atracción del consumismo, la alteración  de los vínculos de clase y la inversión de valores.

Lo anterior no quiere decir que no exista riesgo para el sistema de derechos y libertades. Pero conviene analizar cuánto peligro radica en el ascenso social y electoral de la ultraderecha y cuánto procede de las políticas reactivas de los partidos del consenso centrista, desde los conservadores a la socialdemocracia. En toda Europa, las élites políticas han empezado a adoptar políticas inicialmente patrocinadas e impulsadas por la ultraderecha en los ámbitos más sensibles del ánimo ciudadano, como la migración, la identidad cultural, el sentimiento nacional y otros.

En Francia, por ejemplo, desde el triunfo de los lepenistas en las elecciones europeas en 2019, el gobierno Macron ha impulsado leyes restrictivas. Una sobre Seguridad pública, que restringe las libertades públicas; otra sobre inmigración que preveía la desposesión de la nacionalidad francesa a los ciudadanos que estuviera acusados de delitos contra las fuerzas de orden; y una más, que ponía el foco en las limitaciones del Islam político.

Por lo demás, se exagera la capacidad de las formaciones de ultraderecha nacional para forjar alianzas operativas entre ellas y condicionar el rumbo político de Europa. Precisamente por sus prejuicios nacionalistas, cualquier esfuerzo de carácter transfronterizo genera desconfianza e incluso rechazo en sus filas.  Incluso en los asuntos en los que suelen converger, las recetas de unos grupos y otros no son necesariamente. Por ejemplo, en el crucial tema de la inmigración, AfD promete la expulsión de dos millones de ciudadanos alemanes de origen extranjero, mientras Reagrupament National (RN), el partido de Marine Le Pen, plantea el control estricto, no la “remigración”.

Por eso, la ultraderecha ha ido arrastrando una división permanente en el Parlamento Europeo y carece de una voz común en el ámbito social y mediático. Ciertamente, en los últimos años se han hecho esfuerzos de acercamiento y orillado los principales factores de división, pero no los han superado del todo. 

DE LA FIESTA A LA FRUSTRACIÓN

En Alemania, el peligro parecía conjurado desde hace medio siglo, cuando las penurias y humillaciones de la posguerra dieron paso a la prosperidad y el orgullo “sano” que se codificó en el “milagro alemán”.

Cuando, en los ochenta, Alemania ya se había convertido en la principal potencia económica europea, se detectaron los primeros síntomas de inquietud, pero sin llegar nunca al nivel de seria preocupación. El marco podía ser la divisa más fuerte de Europa, pero la Bundeswehr seguía siendo un ejército desdentado, la descentralización del poder era la más amplia del continente, las instituciones eran sólidas e independientes del poder político, la población alemana era muy homogénea y la migración muy reducida y funcional para el desarrollo del país.

Todo cambió a comienzos de los noventa, debido a varios factores. El más influyente, sin duda, fue la reunificación del país, tras la caída del régimen comunista en el Este. Los primeros intentos de una aproximación gradual se vieron sobrepasados muy pronto por la euforia de un reencuentro rápido y la ilusión de una transfusión de la prosperidad occidental en el anémico nivel de vida en el Este.

Ya se sabe lo que ocurrió. Cayo el muro represivo, pero se levantó otro de distinta naturaleza: social, psicológico, moral. El Oeste dejó de sentirse como un espejo en el que el Este ansiaba mirarse para convertirse en un dominador que imponía sus normas, controlaba los recursos de los nuevos länders, despreciaba al recién llegado y lo mantenía en un papel secundario en la República Federal.

La fiesta de la reunificación se convirtió en una crisis nacional, que se ha prolongado a lo largo de tres décadas. La brecha económica y social apenas se ha reducido, o incluso, en algunos parámetros, ha aumentad:

- la población se ha incrementado en un 10% en el Oeste y ha decrecido un 16% en el Este.

- el PIB por cápita en el Este es 18 puntos más bajo que el Oeste (71,77/100)

- el sueldo medio de un asalariado en el Oeste es de 4.800 €, mientras en el Este no llega a los 4.000 € (3.973 €).

- la migración interalemana ha crecido en más de un millón de personas, pero de forma muy desigual: envejece el Este y rejuvenece el Oeste.

- único indicador positivo para el Este: la fortaleza del sistema de guarderías en las regiones de la exRDA rebaja la brecha económica de genero al 5%, frente al 14% en los länder occidentales (Datos del Instituto Alemán de Economía, reproducidos por Der Spiegel).

El mapa de la desigualdad económica y social es muy nítido. El siguiente gráfico, elaborado por el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP) localiza con claridad las zonas más deprimidas del estado. La mayoría se encuentran en el Este, con sólo dos focos en el Oeste (la cuenca del Ruhr y el Sarre), debido a la crisis del sector minero a la desindustrialización metalúrgica, básicamente.













https://www.govdata.de/dl-de/by-2-0

Pese a los esfuerzos políticos por reducir el impacto de esta brecha en el sentir político, la escisión electoral se ha ido agrandando. En un primer momento, una izquierda heredera del viejo partido comunista pero más orientada al socialismo democrático crítico dominó en los länders del Este. Luego, desde el cambio social, con el incremento de la inmigración y la tensión en los servicios sociales, dejó el camino sembrado a la ultraderecha.

El voto al extremismo derechista no superó el umbral del 5%, sumando todas las formaciones de esa familia política. Tras la crisis migratoria de 2015, AfD se consolidó como hegemónica en la extrema derecha y reunió el 12,64% de los votos en las elecciones federales. Descendió dos puntos y medio en 2021 (10,39%), pero se recuperó con fuerza en 2025 hasta reunir la quinta parte de los votantes (20,8%).  En el Este, la progresión ha sido mucho más acusada. El siguiente gráfico recoge la evolución del voto a AfD en las tres últimos elecciones regionales en los cinco länder orientales. 

(El empuje de AfD se reforzará con toda seguridad tras los resultados de las elecciones de este domingo en Berlin y Mecklemburgo-Pomerania Occidental).

El dominio hegemónico en Sajonia-Anhalt tiene una explicación bastante clara. Se trata del segundo länder más pobre de la República Federal (sólo le va a la zaga Mecklenburgo-Pomerania Occidental), y el que más acusadamente está sufriendo la baja natalidad. Para cubrir la demanda de trabajadores se ha acudido a la inmigración, lo que ha abonado el discurso xenófobo de AfD.  Originalmente, este partido fue impulsado por economistas de la parte occidental del país que estaban preocupados por la pérdida de soberanía económica y el reflotamiento de las economías del sur continental. Poco a poco, otros dirigentes más afines a la ultraderecha han terminado por controlar el partido. Europa sigue siendo objeto de las críticas, pero se ha adoptado un perfil más populista para atraerse a las masas descontentas por la crisis del sector exportador debido a la competencia de China, las tensiones en las prestaciones sociales y los relatos manipulados sobre la identidad nacional y cultural.

Dos factores externos socavaron el idílico proyecto de la reunificación: la guerra de los Balcanes y el hundimiento de la Unión Soviética, fenómenos distintos pero interconectados.

Alemania percibió la crisis de los Balcanes como un factor de oportunidad para sentar una influencia sin apenas resistencia práctica en esa amplia región de Europa. Yugoslavia, dominada hasta cierto punto por Serbia, nunca fue del agrado del mundo germánico. Su desaparición forzada tuvo en Berlin un agente muy activo. En Europa, Francia y otras potencias no vieron con buenos ojos exte expansionismo discreto de Alemania, pero no pudo evitarlo. A cambio de tener manos libres en la conformación de un nuevo orden socio-económico en las exrepublicas yugoslavas, Berlin aceptó sustituir el marco por el euro.

En las dos décadas siguientes, lo que iba a ser un nuevo periodo de prosperidad balcánico bajo control alemán se diluyó en la frustración. En la guerra de Kosovo, de finales de los noventa, Alemania asumió la financiación y el suministro militar de la dudosa milicia separatista (a cuyo liderazgo se juzga ahora en el Tribunal de Crímenes de La Haya).  Con el paso del tiempo, los Balcanes se transformaron en una de las principales rutas de la migración procedente de Oriente Medio y Asia Central, tras las revoluciones fallidas de la Primavera árabe y la guerra de Afganistán. La promesa se convirtió en pesadilla.

Consecuencias aún mayores ha comportado la desaparición de la URSS. Rusia asumió la mayor parte de la herencia soviética. En los años noventa, el destino de la nueva Alemania y la nueva Rusia parecían entrelazados con bastante armonía. Los gobernantes alemanes vieron a la riqueza petrolero y gasística rusa como una alternativa a la dependencia tradicional de Oriente Medio. Las élites políticas y económicas de ambos países compartieron proyecto. El epítome más conocido fue el fichaje del exCanciller socialdeócrata Schröeder como alto ejecutivo de Gazprom, la empresa estatal rusa de gas. Alemania había cambiado de dependencia energética, no la había eliminado.

Desde finales de la primera década de este siglo, las relaciones bilaterales empezaron a tensarse. Fue precisamente en Munich, en 2007, durante la tradicional conferencia de Seguridad europea, cuando Vladímir Putin dejó muy claro que Rusia no seguiría siendo el actor secundario en las relaciones con Occidente. El año siguiente se produjo la intervención rusa en la vecina República exsoviética de Georgia, a favor de los separatistas de la región de Osetia del Sur, de población mayoritariamente rusa. En Occidente, se paso de la cooperación a la contención. Alemania, empero, mantuvo el nivel de intercambios energéticos con Moscú. Hasta que Putin ordenó la toma de Crimea, que Rusia siempre consideró parte del país. 

CAMBIO DE ERA

En 2022, la invasión de todo el Este de Ucrania consumó la ruptura entre Alemania y Rusia. El entonces Canciller socialdemócrata Olaf Scholz proclamó un “cambio de era” (zeitenwende) y anunció un programa de inversión y reforzamiento de la capacidad militar de la República Federal y de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania. Los tabúes que se mantenian desde el final de la segunda guerra mundial empezaron a caer.

Con el gobierno actual de democristiano derechista Friedrich Merz, la política militarista de Berlin se ha acentuado. La sacrosanta política alemana de  equilibrio presupuestario y el control de la deusa ya no se aplica al gasto militar. Se ha aprobado un fondo de medio billón de euros para renovar y ampliar las infraestructuras de defensa. La ayuda a Ucrania supera ya con creces los 60 mil millones de dólares. La crisis de la industria exportadora por la competencia china ha disparado la tentación de convertir al sector militar en el nuevo motor de la economía nacional.

En el plano social y económico el impacto de la gestión de la guerra en Ucrania  ha sido tremendo. La economía está estancada La producción industrial ha descendido casi un 10% desde 2022. El ciclo de la alta dependencia energética tampoco se ha resuelto, simplemente está cambiando de origen: del gas ruso se va a pasar al gas licuado norteamericano.

La inflación y la crisis subsiguiente ha perjudicado sobre todo al Este, de ahí que en los länder orientales el sentimiento antiruso abonado por los dirigentes occidentales no haya tenido tanto predicamento. No se trata tanto de que hayan reverdecido las conexiones entre  los territorios de la extinta exRDA y sus protectores soviéticos/rusos. De hecho, las tensiones entre Moscú y Berlin-Este se mantuvieron incluso durante los años álgidos de la guerra  fría, por no hablar del divorcio entre Gorbachov y Honecker, en los años de agonía de ambos Estados. No hay nostalgia comunista en la sintonia entre el Kremlin y los líderes de la AfD. Los dos son nacionalistas. No se añora el estatalismo, sino la sensación, verdadera o falsa, de una seguridad material básica.

La insistencia de los medios liberales alemanes y europeos en presentar a la AfD practicamente como un “caballo de Troya” del Kremlin y una amenaza para el proyecto de la Unión Europea es una exageración, que sirve para eludir las responsabilidades por un proceso de reunificación fallido e injusto. En este empeño han ayudado, sin duda, reflejos de los dirigentes ultranacionalistas que recuerdan al régimen nacionalsocialista. Pero ni estamos en los años treinta, ni la sociedad alemana, incluida la oriental querría ni remotamente la recreación de un régimen tan perverso.

La clase política alemana debería preguntarse si el muro de fuego (brandmauer) ha sido la mejor fórmula para alejar a la AfD de la cercanía del poder. Quizás lo mejor para disipar las falsas promesas de las ultraderechas sea testarlas en los gobiernos. Suecia acaba de ofrecer un ilustrativo ejemplo al respecto: el partido ultra Demócratas de Suecia, colaborador externo de la coalición conservadora-liberal, ha retrocedido tres puntos, perdido más de 215.000 votos y tendrá 11 diputados menos en el Riksdag.

Si el avance de AfD continúa, ya no es descartable que la CDU imprima un giro radical en su política de alianzas (otro zeitenwende, éste interno) y se plantee la vía sueca (tambien ensayada en Finlandia) de cohabitación flexible con los ultranacionalistas. Si la táctica del aislamiento no ha funcionado, quizás haya que probar con la domesticación. Todo, claro, en nombre de la defensa de la democracia alemana. 

 

REFERENCIAS

  “Entre protestation et conquête du pouvoir: l'AfD à l'approche des élections régionales à l'Est”. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 3 de septiembre.

 “The AfD crashes the CDU’s party”. TOM NUTALL. THE ECONOMIST, 7 de septiembre

 “The AfD’s victory in Saxony-Anhalt marks a turning point for Germany – but perspective is important”. GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 10 de septiembre.

 “Germany’s ‘Firewall’ Against the Far Right Is Being Tested as Never Before”. JIM TANKERSLEY. THE NEW YORK TIMES, 7 de septiembre.

 “Germany’s Shattered Consensus”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 8 de septiembre.

 “German Democracy, as We Knew It, Is Over”. JOHN KAMPFNER. FOREIGN POLICY, 9 de septiembre.

 “Europe’s next Hegemon. The perils of German Power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.

“I know why many east Germans vote AfD. And no, it’s not an inherited longing for dictatorship”. CAROLINA WÜRFEL. THE GUARDIAN, 15 de septiembre.

 “¿Una Alemania lista para la guerra?”. PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre

 



LA CRISIS DE CEUTA, EN UNA DINÁMICA REGIONAL CONVULSA

  9 de septiembre de 2026

La crisis de este verano en Ceuta ha tenido un amplio eco exterior. Pero las reacciones y comentarios, por lo general, se han centrado en el asunto migratorio y menos en el impacto que un deterioro de la situación de convivencia pueda tener para el Norte de África, una región que vive un agravamiento notable, por encima de lo que desgraciadamente allí es habitual.

Todos los países de Magreb atraviesan momentos que bien puede ser calificados de críticos. Marruecos, el más involucrado en la crisis de Ceuta, parece, a primera vista el que goza de mayor estabilidad. Pero es un espejismo. La aparente mejoría de la situación económica y la solidez engañosa de su sistema político puede inducir fácilmente a la confusión.

MARRUECOS: LOS CÁLCULOS DEL RÉGIMEN

Marruecos se ha beneficiado siempre de un apoyo occidental innegable, en sucesivas etapas de la historia reciente. Por no irnos muy atrás, desde comienzos de este siglo, al ofrecerse a Estados Unidos y Europa como gendarme contra el islamismo radical después de los múltiples atentados del 11 de septiembre. La retórica de la seguridad que proporcionaba Marruecos frente a otros Estados supuestamente más débiles o menos eficaces en la lucha contra el radicalismo islamista saltó por los aires al conocerse la procedencia de algunos de los responsables de los atentados de Madrid en 2004.

Posteriormente, Marruecos supo mantenerse como referencia indispensable para Occidente al sumarse al grupo de países árabes dispuesto a entablar relaciones plenas con Israel, en el marco de los Acuerdos Abraham, auspiciados por Trump al término de su primer mandato presidencial.

El gesto de Marruecos no era gratis. A cambio, la administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, pese a las resoluciones vigentes de la ONU. Esta decisión de Washington supuso un giro en la política de sus aliados europeos, que con Alemania y Francia a cabeza compraron el Plan de Autonomía marroquí sobre el territorio, “pendiente de descolonización”. España, potencia administradora, fue la siguiente pieza que se ganó Marruecos, en una decisión muy controvertida y nunca explicada satisfactoriamente por el gobierno.

El Sahara es la piedra angular de la política exterior de Marruecos. Presiona a los países que puede presionar, con sus armas, poderosas, pero no tanto como al régimen real le gustaría que fueran, y se muestra sumiso y solicito con quienes no puede hacer otra cosa. Trump se ha convertido en un protector muy conveniente para Rabat. Otros presidentes u otras administraciones han sido igualmente favorables a Marruecos en las últimas décadas, pero ninguna había llegado a cuestionar el proceso de descolonización ni a dar por muerto el derecho de la población saharaui a pronunciarse sobre su futuro.

Lo que ofrece ahora Marruecos a Trump es un alineamiento con Israel, en un momento de convulsión de las alianzas regionales. Junto con los Emiratos, el reino alauí va muy delante de otros estados árabes en la senda de la conciliación con el Estado judío. Ante las complicaciones que está ocasionando la estúpida guerra contra Irán, la actual administración se ha visto obligada a reconsiderar el peso de sus aliados en la región y a presionar a favor de fórmulas que incorporen a Israel en una red de alianzas bilaterales o multilaterales solventes. Marruecos no va a regatear su apoyo, si consigue resolver de una vez el dossier saharaui (1).

El silencio de la administración Trump en la crisis de Ceuta resulta ensordecedor. Las referencias a posibles interferencias directas o indirectas de los servicios de inteligencia israelí resultan compatibles con estos realineamientos en la amplia región del Norte de África y Oriente Medio.

Los vecinos de Marruecos también arrastran situaciones internas muy pesadas.

ARGELIA: UN DIFÍCIL EQUILIBRIO

Argelia, en una permanente dialéctica de conflicto/entendimiento con los dos países europeos más cercanos (Francia y España), contempla con inquietud la creciente revaloración de su enemigo marroquí (2). En Argel, principal valedor de los independentistas saharauis, el giro de París y Madrid hizo mucha mella. Con mucha paciencia y trabajosa diplomacia las dos capitales europeas han subsanado el daño infligido, pero no sin dejar un reguero de resentimiento y desconfianza, más profundo e intenso con Francia, debido a otros asuntos conflictivos nunca resueltos, que datan de la época coloniaL.

El caso es que el régimen argelino, que juega a un equilibrio con las potencias occidentales, la emergente China y su tradicional aliada Rusia, no termina de resolver sus problemas económicos endémicos, ni de legitimar un sistema político corroído por el autoritarismo y la corrupción. Las sucesivas crisis argelinas desde los noventa han arruinado la legitimidad originaria de la revolución anticolonialista. En el otrora Tercer Mundo (hoy Sur Global), Argelia ha perdido el poder de atracción del que gozó un tiempo ya muy lejano. El maná del petróleo no ha servicio ni para garantizar la prosperidad del país, ni para favorecer un régimen de derechos y libertades.

Pero los focos más ardientes de la región hay que situarlos en Túnez y Libia.

LIBIA: UN CAOS RENTABLE PARA ALGUNOS

En Libia, quince años después del derrocamiento de Gaddafi, se vive tal situación de caos económico, vacío institucional  e inseguridad crónica que no resulta extraño que algunos añoren los tiempos de la Jamahiriya (la República de las masas del Coronel).

Desde 2014, tras la primera fase de la guerra civil inicial, el país sigue dividido en dos, territorial, económica y políticamente. Y eso sin entrar en detalles, que nos llevarían a incrementar la pormenorización de las fracturas (3). En la región occidental de Tripolitania (en torno a la capital, Tripoli) hay un gobierno reconocido por la ONU en su momento y hoy carente de cualquier legitimidad, al prolongar su vigencia sus cabecillas sin respeto alguno de la legalidad internacional. Está liderado por Abdel Hamid Dbeibah, pero sólo formalmente; en la práctica, quien lleva las riendas es su sobrino Ibrahim, al frente de un tinglado clientelar establecido sobre el control de los pozos petroleros locales.

La región oriental de la Cirenaica, en torno a Benghazzi, es el feudo relativo de un colaborador de la primera hora de Gaddaffi y luego renegado y exagente de la CIA, el general Jalifa Haftar. Pero, como ocurre con sus enemigos del otro lado del país, las segundas generaciones van asumiendo el poder cotidiano. Uno de los hijos de Haftar, Saddam, es el hombre fuerte de este clan, apoyado en un férreo control militar y, también como en el otro lado, alimentado por  exportación ilegal de petróleo. De esta forma, la principal riqueza del país se convierte en la garantía de poder de los dos cabecillas, para desgracia del pueblo libio, que ha visto cómo a una dictadura de un iluminado le ha sustituido el caos tan africano de señores de la guerra sostenidos por la corrupción y el bandidaje.

No sólo estos factores internos explican la interminable guerra libia. Las potencias extranjeras juegan un papel decisivo. Haftar y su clan se han visto apoyados por Arabia Saudí y los Emiratos, desde el Golfo, y por el autoritario régimen militar (sólo en apariencia civil) de Egipto. En su momento, también Rusia apostó por este general de fortuna, aunque últimamente, tras la reestructuración de la política de Kremlin en el Sahel, ha tomado alguna distancia. Como hace cualquier autócrata de la zona, Haftar vendió a Occidente la póliza del seguro contra el islamismo. No le fue difícil. La Cirenaica era un hervidero de milicias inicialmente opuestas al régimen de Gaddafi, que degeneraron en bandas dedicadas a controlar pozos de petróleo y redes de abastecimiento. Haftar ha puesto orden, pero no del todo, y aún se enfrenta a revueltas o amenazas de tales en el Fezzan y otras zonas meridionales del país.

Dbeibah goza del apoyo de Turquía, como principal valedor, sin olvidar a las potencias europeas que han intentado mantener su influencia en el país (Francia e Italia, sobre todo). Erdogan chocó con Putin en Siria y vio en Libia una plataforma importante para proyectar sus intereses en África. La orientación islamista moderada del patrón de la Tripolitania le ofrecía claramente esa oportunidad.

En los años anteriores  a Trump, Estados Unidos estuvo apoyando al nominal gobierno de Trípoli. Pero el caprichoso Presidente ha volteado las opciones. Ahora se ha erigido en promotor de una solución de conciliación entre los dos bandos, con su estilo de enviar a un próximo de la familia, el padre del marido de su hija Tiffany, Massad Boulos, para que forje un acuerdo entre los dos cabecillas.  Y, de paso, deje contratos suculentos sobre la explotación futura del petróleo libio. Las multinacionales Chevron y Conoco-Philipps ya han tomado posiciones sobre el terreno.

Por el momento, y salvo unos ejercicios militares impensables conjuntos,  no se han cosechado resultados prometedores de esta operación diplomática tan opaca y carente de legitimidad. Sólo una cosa parece clara: el pueblo libio no va a tener ocasión de pronunciarse sobre estos enjuagues (4).

Europa es, como en casi toda África, un actor cada vez más secundario. Libia, entre otras muchas cosas, es una plataforma de lanzamiento de la migración clandestina y ha sido, en los años del post-gaddafismo, terreno especialmente propicio para las mafias del sector, como está suficientemente acreditado. Ninguna de las dos facciones parece responder a la influencia europea, aunque los de Tripoli suenen más cercanos, aunque sólo sea porque aducen su aval onusiano. Pero las pretensiones de la ONU sobre una consulta popular hace tiempo que dejaron de ser tenidas en cuenta. En los manejos de Trump y su consuegro, ha sido completamente marginada.

TÚNEZ: UNA TIRANÍA CONSENTIDA

En Túnez, estas inconsecuencias europeas se están pagando caras. El apoyo tibio al actual Presidente, Kaïs Saïed, un profesor de Derecho convertido en dictador desde que disolviera todas las instituciones o las conformara a su antojo, en 2021, se ha convertido en un fiasco notable. En la actualidad, Saïed ni siquiera mantiene un contacto fluido con Bruselas ni con las principales capitales europeas. Hace dos años recibió a Von der Leyen y Meloni, como adalides de un control migratorio de dudosa legalidad y de miserable moral. A pesar de las violaciones continuas de derechos y libertades, con más de un centenar de dirigentes de la oposición política y sindical en la cárcel o expulsados del país y el sofocamiento de cualquier iniciativa crítica en el país, la UE siguió enviando dinero al gobierno tunecino, durante al menos dos años desde la deriva dictatorial de Saïed (5).

Como ya ocurrió con el golpe del General Al Sisi en Egipto, en nombre de control del islamismo y, en este caso, de la migración irregular, cualquier déspota parece resultar útil a una buena parte de los dirigentes europeos. Mientras el país se hunde en una miseria política y material, con la crisis económica más profunda de toda la región, se hace la vista gorda. El verano ha sido especialmente tenso, con manifestaciones de protesta por los cortes de electricidad, las carencias de alimentos y de agua, el estrangulamiento de las redes de aprovisionamiento y una sensación de colapso en los servicios públicos, unido a una represión implacable. La división de la oposición entre los islamistas, los partidarios del depuesto régimen militar de Ben Alí en 2011 y los sectores progresistas impide que se haya podido forjar una alternativa de poder creíble. Los observadores creen que la situación es explosiva (6).

EGIPTO: AUTORITARISMO Y AMBIVALENCIA

De Egipto, qué se puede decir. En el corregido sistema de alianzas en Oriente Medio (que siempre ha sido la referencia de las élites del país, y no el Magreb), Egipto parece inclinarse por el lado no completamente entregado a los intereses israelíes. Pero se trata de un espejismo. El Cairo no ha revisado en profundidad las relaciones con su vecino judío, ha participado oscuramente en la gestión del calvario de Gaza y, sobre todo, no puede permitirse incomodar en demasía a Estados Unidos, de cuya ayuda económica y militar depende la estabilidad del régimen.

Al Sisi es uno de los generales africanos que tanto gustan a Trump: autoritario y sin escrúpulos a la hora de machacar a quienes se le oponen o resisten. La población egipcia aguanta a duras penas un vínculo diplomático cada vez más impopular con Israel. Pero tampoco se ha sumado, de momento y pese a las expectativas iniciales, al Pacto de la Meca (ver análisis de la semana anterior), impulsado por Arabia, Turquía y Pakistán. Estos tres países son también dependientes de Estados Unidos, de forma diferente y en distinto grado. Pero Egipto supera a todos ellos en debilidad política y estratégica. Es una incógnita cuánto tiempo puede mantener Al Sisi esta ambivalencia regional (7).

 

NOTAS

(1) “Entre le Maroc et les Etats-Unis, une lune de miel diplomatique et militaire”. CÉLIA CUORDIFEDE. LE MONDE, 6 de febrero.

(2) “Entre l’Algérie et le Maroc, une inquiétante course aux armements”. ALEXANDRE AUBLANC. LE MONDE, 4 de febrero.

(3) “En Libye, quinze ans après la chute de Kadhafi, le modèle autoritaire du maréchal Haftar s’est étendu dans la majorité du pays”. NISSIM GASTELLI. LE MONDE, 2 de febrero.

(4) “Dans une Libye divisée, Donald Trump mise sur son ‘art du deal’ pour se poser en faiseur de paix”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 7 de septiembre.

(5) “Twin protests erupt in Tunisia and Lybia”. NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 29 de julio; “En Tunisie, Kaïs Saïed, qui fait face à une forte colère sociale, s’isole sur la scène internationale”. MONIA BEN HAMADI. LE MONDE, 27 de julio.

(6) “Five Years After Saied’s Power Grab, Tunisia Is Isolated and Unmoored”. SABINA HENENBERG Y SARAH YERKES. CARNEGIE, 27 de julio.

(7)“Egypt’s Tightrope Walk Between Saudi Arabia and the UAE”. HAISAM HASSANEIN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 23 de enero.

 

 

EL PACTO DE LA MECA: UN ENSAYO DE DEFENSA REGIONAL

  3 de septiembre de 2026

El pacto defensivo suscrito este mes de agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán es el acto político más importante de los últimos años en la región que concentra la mayor densidad de población musulmana del mundo.

No es el primer pacto de esta naturaleza ni será el último. No sustituye a otros anteriores, ni pretende convertirse en un modelo o un ejemplo a seguir por otros agentes regionales. Pero ha sacudido la zona, por el momento en que se ha anunciado, las características de sus socios y la ambición que demuestran los tres firmantes, implícita o explícitamente.

LAS CLAVES DEL PACTO

¿Por qué Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se han aliado de forma preferente, sin que pretendan crear una alianza cerrada a otros? Por varias razones:

1) Son las tres potencias político-militares más relevantes de la zona, desde el Mediterráneo a los  confines de la China.

2) Tienen capacidades complementarias: Arabia Saudí dispone de gran músculo energético y financiero; Turquía disfruta de un potente ejército convencional y además está coordinado con la OTAN; y Pakistán es el único de los tres socios que tiene armamento nuclear.

3) Sus intereses particulares no son competitivos: Arabia esta inquieta sobre todo por la inestabilidad en el Golfo Pérsico; Turquía está atenta a la deriva de los conflictos más cercanos al Mediterráneo; y Pakistán mantiene desde hace décadas un pulso con la India, en el otro extremo del rango geográfico del Pacto.

4) Comparten, en términos generales, la misma visión del Islam en el orden de sus sociedades y en la dimensión geopolítica; es decir, sus ciudadanos profesan, en su inmensa mayoría, la confesión sunní y, por tanto, tienen en el chiísmo más reivindicativo o combatiente un enemigo común.

5) Son agentes  regionales preferentes para Estados Unidos, cada cual en su ámbito territorial propio, pero también comparten ciertos agravios y/o dudas sobre la fortaleza y estabilidad del compromiso de seguridad norteamericano.

6) Cada uno de los socios respeta las prioridades del otro y no pretende arrastrar a los demás a un conflicto general si ello no respondiera a necesidades específicas de seguridad.

Este último punto es la clave, a pesar de que es el que ha generado una mayor confusión. La provisión de la solidaridad, igual que está definido en la OTAN, en su famoso artículo 5, puede invitar a pensar que, en caso de ser objeto de agresión, cualquiera de los socios puede demandar a los otros dos su participación en el esfuerzo defensivo que fuera necesario.

Sin embargo, el Pacto de la Meca no es terminante en ese sentido. Nada es imperativo u obligatorio, o no como supuestamente lo es en la OTAN (aunque esto también es matizable). Los tres firmantes se han cuidado de resaltar en declaraciones expresas que el mecanismo que se activaría en ese supuesto sería el contemplado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que establece el principio inherente del derecho a una autodefensa individual y colectiva. Dicho de otra forma: los socios no se han obligado a una respuesta automática militar en caso de agresión a cualquiera de ellos.

Evidentemente, la solidaridad defensiva que el Pacto de la Meca consagra deja abiertas especulaciones sobre el posible alcance de esa cooperación militar, pero las declaraciones políticas de sus líderes en la ceremonia de signatura del Pacto fueron concluyentes.

¿UNA ALIANZA CONTRA ALGUIEN?

También ha generado cierto debate el objetivo estratégico del Pacto, en dos de sus consideraciones fundamentales: ¿está dirigido contra alguien o es una respuesta a una amenaza específica? y ¿se trata de poner las bases de acuerdos regionales defensas más autónomos de Estados Unidos, como se pretende por ejemplo en Europa y, en menor medida, en el Extremo Oriente?

Los signatarios niegan que estén actuando contra alguien. ¿Son del todo sinceros o simplemente tratan de no provocar a Irán, país que puede ser el más inquieto por este pacto?

Evidentemente, Arabia es el menos creíble, porque ha sido objeto de represalias iraníes, en respuesta a los ataques militares norteamericanos de los últimos seis meses. Más allá de la rivalidad confesional (sunníes vs. chiíes), los dos países compiten por la hegemonía política en Oriente Medio y han apoyado a fuerzas opuestas en distintos conflictos locales. Además, en Riad han sido muy activos en la demanda a Estados Unidos para que no permitiera el desarrollo del programa nuclear iraní, adoptando posiciones de presión análogas a las desplegadas por Israel, aunque de mucho menor alcance.

No obstante lo anterior, Arabia Saudí, a la vista del fracaso de los sucesivos planes de neutralización atómica de Irán, ha hecho esfuerzos de acercamiento a su rival, bajo el patrocinio de China, una gran potencia cada vez más influyente en la región. Antes de la guerra actual, Riad y Teherán disfrutaban de un deshielo en sus relaciones. Este esfuerzo no se ha arruinado del todo, pero se ha complicado visiblemente.

Turquía y Pakistán tienen una relación menos tensa con Irán, no exenta de problemas y falta de confianza, naturalmente, pero sin llegar a comprometer el diálogo de los últimos años. Pakistán incluso ha sido aceptado por Teherán como muñidor de los intentos de mediación para detener o pausar la guerra, lo que se ha evaluado como el mayor éxito diplomático de Islamabad en décadas.

 

A la vista de los acontecimientos más recientes, está por ver si esta Alianza tiene suficiente para contener la presente crisis y prevenir otras nuevas.

Aunque Irán sea la amenaza no mencionada (el elefante en la habitación), estos tres países temen también y casi con la misma intensidad el poder desatado de Israel, más virulento que nunca, debido a la tolerancia sin límites de la Casa Blanca a sus desmanes.

Seguramente no es casualidad que el Pacto de la Meca, en preparación desde hace mucho tiempo y preludiado por el acuerdo bilateral saudí-pakistaní, cristalizara poco después de que el Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, proclamara a los cuatro vientos el nacimiento de un eje por él mismo denominado “Alianza del Hexágono”, compuesto por Israel, Grecia, India, Chipre y otros dos estados signatarios de los acuerdos Abraham, patrocinados por Trump, que el dirigente judió no identificó.

La enemistad de algunos de esos países con los de la triada de La Meca es más que notoria. Grecia y Chipre no han resuelto sus diferencias históricas con Turquía después de la invasión turca de la isla hace más de 50 años. Las tensiones en el Mar Egeo son continuas, no sólo por cuestiones territoriales, sino también y sobre todo por el control de los yacimientos de gas natural allí existentes. India es el enemigo histórico de Pakistán, con escaramuzas y episodios bélicos recurrentes de mayor o menor intensidad, que comportan el alto riesgo propio de un conflicto entre potencias dotadas de armas nucleares.

Uno de los dos países Abraham no citados por Netanyahu es, sin duda, los Emiratos Árabes Unidos, un rival cada vez más acusado de Arabía Saudí, no sólo en la competencia por el liderazgo en el Golfo Pérsico, sino también en la región de África Oriental y el Mar Rojo, donde apoyan facciones combatientes en la guerra interna de Sudan o en el pulso continuo entre Etiopía y Eritrea, con implicación de guerrillas secesionistas en dos regiones etíopes (Tigray y Oromia), o en la más distante Libia.

LLAMADA DE ATENCIÓN A EE.UU

No se ve muy claramente qué papel puede jugar el Pacto de la Meca en el control de las crisis africanas, ni siquiera en una modificación de de los pulsos estratégicos en Oriente Medio y el Asia meridional. Pero una cosa es segura: se trata de una llamada de atención a Estados Unidos para que cuente con ellos a la hora de decidir sus prioridades en la zona.

Antes de anunciarse este pacto tripartito, Arabía Saudí había elevado el umbral de su cooperación con Washington al sumar el elemento nuclear. Estados Unidos brindaría tecnología atómica a los saudíes, sin descartar el enriquecimiento de uranio, siempre que ello no se utilizara con fines militares. El acuerdo vulneraba el Pacto de No Proliferación Nuclear del que Washington, forma parte, pero es sabido que Trump hace mofa continua de los compromisos internacionales de su país. Con todo, lo que ha sumido el acuerdo en la incertidumbre ha sido que el Presidente lo condicionara a posteriori al establecimiento de relaciones diplomáticas de Arabia con Israel. El trono saudí rechazó abiertamente esta interpretación, porque no se atenía a la literalidad de lo acordado.

Aparte de la inconsistencia que supone bombardear a un país (Irán) porque no se atiene a las normas de la no proliferación nuclear, mientras se pacta con un vecino un marco de cooperación nuclear que se sale de los limites establecidos no sólo por las leyes internacionales, sino también por Estados Unidos en particular, este nuevo derrape de Trump ha tenido implicaciones bilaterales serias.  El fiasco diplomático, de dimensiones enormes incluso para el estándar trumpista, molestó sobremanera en Riad y añadió más dudas a la credibilidad de la actual administración norteamericana entre sus aliados del Golfo.

Todas estas cuestiones gravitan sobre el Pacto de la Meca y le confiere un alcance que va más allá de sus objetivos iniciales. En todo caso, no hay que engañarse: más allá de Trump, el establishment estratégico norteamericano ve con buenos ojos acuerdos de este tipo, siempre que estén supeditados a la convergencia con los intereses generales de Estados Unidos en esta amplia región del mundo.

 

REFERENCIAS:

“The Mecca Agreement: From Imported Security to Regional Joint Security”. JALID AL-JABER. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“What Is the Mecca Joint Defense Pact—and What It Is Not?”. ALI BAKIR. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 13 de agosto.

“The Mecca Agreement: From Diversifying Alliances to Regional Strategic Balance”. IBRAHIM AL-SHEIKH. AFKAR / MIDDLE EAST COUNCIL, 12 de agosto.

“What’s Netanyahu’s planned ‘hexagon’ alliance – and can it work?”. ELIS GJIEVORI. AL JAZEERA, 23 de febrero.

“America Enabled the Gulf’s African Adventurism”. ZURI LINETSKY & MICHAEL WOLDEMARIAM. FOREIGN POLICY, 3 de junio.

“The End of the American Middle East”. MARC LYNCH. FOREIGN AFFAIRS, 18 de agosto.

 

The flow of arms and money feeding the war in Sudan can be cut. What is missing is the Will”. HUBERT KINKOH. CHATHAM HOUSE, 20 de mayo.

 

“Trump’s Saudi Nuclear Deal Is Diplomatic Malpractice”. DANIEL KURTZER & AARON DAVID MILLER. FOREIGN POLICY, 27 de julio.

“The Looming Nuclear Crisis in the Gulf”. YOEL GUZANSKI. FOREIGN AFFAIRS, 3 de agosto.


INCENDIOS, ABANDONOS Y RESPONSABILIDADES

29 de julio de 2026

Mientras el sur de Europa arde con una voracidad inusitada. La abrumadora dimensión de esas calamidades, amplificadas por el impacto de unas imágenes aterradoras, reaviva el debate sobre las causas de estas plagas que sólo en parte son naturales. Las referencias actualizadas a la causalidad del cambio climático se enfrentan a una reacción virulenta del negacionismo ultraconservador, inasequible a las evidencias científicas.

Resulta paradójico que poderes públicos y privados europeos se empeñen en priorizar la supuesta “amenaza rusa”, proyectando la invasión y guerra de Ucrania como un probable antecedente de lo que nos espera si no nos rearmamos hasta los dientes, mientras los verdaderos peligros se manifiestan en estos fuegos devastadores, pero también en lacras sociales como la degradación de los sistemas educativos, la imposibilidad real de disponer de hogares asequibles, la saturación de los servicios sanitarios o la desatención de colectivos vulnerables. La calcinación de bosques, campos y núcleos urbanos son más sensacionales, pero igual de dañinas resultan esas otras catástrofes que cancelan el futuro de amplias colectividades humanas.

Todos podemos ver estos días el poder destructor del fuego en Europa, pero no los efectos de unas lluvias torrenciales que están ocasionando daños enormes en poblaciones e infraestructuras de toda Asia, de Afganistán a Taiwán. Si en Francia y España han tenido que ser evacuadas, hasta la fecha, más de 300.000 personas por los incendios, sólo en una región de China (Guangdong) se ha desalojado de sus hogares a un triple más de población. Seiscientos ríos corren serio riesgo de desbordamiento al elevarse su caudal más de un 35% con respecto a sus niveles habituales de los últimos cinco años. Los habituales tifones han adquirido una virulencia inusitada y se prevé que se agrave en los próximos años (1).

Por referirnos sólo al abandono ecológico, la mentalidad belicista que sufrimos ha dejado relegadas las estrategias mundiales de afrontamiento del riesgo climático, pese a las pretéritas declaraciones oficiales. Los objetivos de las sucesivas cumbres internacionales se revisan a la baja. Un ambiente de resignación envuelto en justificaciones poco convincentes se ha apoderado del discurso de las élites mundiales.

En Occidente, la psicosis de una nueva guerra fría privilegia un esfuerzo militar que tendrá -lo está teniendo ya- un efecto pernicioso sobre los planes de transición hacia una economía sostenible y el freno al deterioro ambiental. Se culpa a la actual administración norteamericana de haber provocado este giro o este frenazo (según el grado de pesimismo de la evaluación). Pero la indudable actitud reaccionaria de Trump en esta materia no explica por si sola el abandono creciente de otros máximos responsables políticos.

VOCES NO ESCUCHADAS

El pasado mes de mayo agencias internacionales relacionadas con el análisis del cambio climático y decenas de expertos internacionales lanzaron una advertencia que pasó casi desapercibida: 2026 podría ser uno de los años más extremos en la historia ambiental, sólo por detrás de 2024. El retorno inminente de “El Niño”, uno de los fenómenos más temidos de una naturaleza humanamente alterada, se citaba como una causa más del agravamiento ambiental, pero no la más decisiva.  Los datos disponibles en los primeros meses de años anticipaban males mayores.

Aunque el umbral de alerta del incremento de la temperatura en un 1,5º (fijado en la Cumbre de 2015 en París) aún no ha sido alcanzado (estamos en torno al 1,38º), nos estamos acercando peligrosamente. La temperatura de los océanos se está de nuevo aproximando a su récord histórico, el hielo del Ártico ha retrocedido un año más, tras uno de inviernos más cálidos que se recuerdan (con temperaturas por encima de los 30º por encima del círculo polar). El tórrido verano se ha vuelto a adelantar, comiéndose un año más la primavera.

Organismos oficiales europeos como Copernicus, servicio de monitoreo de la evolución climática, han señalado a este pasado mes de junio como terrible para los objetivos de lucha contra el cambio climático. Las temperaturas en superficie registradas han superado en más de 3º a la media de las últimas décadas, sobrepasando los 2,85º alcanzados el año anterior. Y gran parte de las causas se encuentran en la quema de carbón y otros productos altamente contaminantes en industrias y servicios.

El fuego que arrasa bosques y campos ya había resultado devastador antes de la estación estival. En los cuatro primeros meses de 2026, se quemaron en todo el planeta 150 millones de has., un 50% más que la media reciente para el mismo periodo anual. En Europa, los incendios devoraron un millón de has. en 2025.

Pero la parte más interesante del documento de conclusiones eran las críticas directas a la respuesta de gobiernos y núcleos de poder mundiales, por estimar que la lucha contra el calentamiento global había sido “relegada a un segundo plano” (2). Las emisiones de gas de efecto invernadero provocadas la combustión de energías fósiles no se han detenido al ritmo tantas veces prometido.

LA ABDICACIÓN EUROPEA

En efecto, incluso Europa, que había asumido un liderazgo en la lucha contra la degradación medio ambiental, ha dado marcha atrás en el impulso de una nueva economía ecológica. Se ha flexibilizado el plan de prohibición de fabricación de vehículos de combustión previsto para 2035 y se han rebajado los objetivos de reducción de emisiones (un 40% con respecto a las existentes en 1990, en 2040), justificándose en exigencias de competitividad económica. El llamado “pacto europeo está políticamente muerto, por miedo a que sea utilizado por la extrema derecha en ascenso. El Consejo Científico Europeo sobre el clima profundiza en estos reproches  a los órganos decisorios de la Unión.

Paradójicamente, mientras se evidencia este paso atrás de Europa, China, la gran señalada como responsable principal de la degradación climática en los tiempos presentes, se pone a la cabeza de la economía verde. Hace apenas tres años, los chinos producían casi nueve de cada diez paneles solares y tres cada cuatro baterías de lito, iconos de la nueva energía sostenible. Hoy ya se encuentran por delante de cualquiera en la fabricación y exportación de coches eléctricos. Como dice Leah Aranowsky, una de las principales académicas en el pensamiento ecológico actual, si Occidente fue pionero “en el proyecto de reconstrucción medioambiental y en asignación de recursos financieros para mitigar el cambio climático, China está cosechando ahora los beneficios materiales” (3)

Antes de estos incendios en la Gironda y en el oeste de Madrid, el fuego ya había destruido amplias masas de foresta en el sur de Europa, anticipando la dimensión desbocada de la catástrofe. En Francia se habían quemado a primeros de julio una superior cuatro veces superior a la media establecida desde que hay registros, duplicando las cifras de un país habitualmente asolado por los incendios como es España. Pero los daños no se han limitado al Sur del continente, siempre más expuesto a estos peligros. Si tomamos las cifras disponibles para toda la Unión Europea, al final del primer semestre del año se había quemado un 56% de superficie más que la media de años precedentes (4).

En España se puede escuchar a tertulianos en radio y televisión despreciando el “fanatismo climático” y haciéndose eco de falsedades y atribuciones sectarias de responsabilidades. En Francia, colaboradores presentes y pasados de Macron apuntan a Europa por no haber favorecido la adopción de estrategias comunes para reforzar el  “mecanismo europeo de protección civil que permite a los 27 coordinar su ayuda en urgencias de gran amplitud” (5)

El fuego real de este verano debería de modificar la óptica de prioridades de los gobiernos europeos si no se quiere que otras catástrofes potenciales se ciernan sobre las poblaciones por las que dicen velar.


NOTAS

(1) “Extreme rainfall across Asia brings flash floods and typhoons”, NATASHA MAY & JONATHAN WATTS. THE GUARDIAN, 28 de julio.

(2) “Climat: alors que 2026 s’annonce extrême, des scientifiques s’alarment de voir le réchauffement «relégué au second plan». AUDREY GARRIC. LE MONDE, 12 de mayo. (De la misma autora y en el mismo lugar: “L’Europe, épicentre du réchauffement climatique, à l’épreuve de ses contradictions”).

(3) “The End of Climate Politics. As the West debated a green energy future, Beijing was building it”. LEAH ARONOWSKY. FOREING POLICY,  15 de junio.

(4) “Western Europe records hottest-ever June as heatwaves intensify”. ARIT NIRANJAN & DAMIAN HARRINGTON. THE GUARDIAN, 9 de julio.

(5) “A Bordeaux, Emmanuel Macron appelle à l’unité ‘pour gagner la bataille’ contre l’incendie”. NATHALIE SEGAUNES. LE MONDE, 28 de julio.

 

EL ESLÓGAN COMO PROGRAMA POLÍTICO

22 de julio de 2026

Andy Burnham ya es primer ministro británico, sin pasar por las urnas, aunque haya necesitado de los votos (unas elecciones parciales forzadas en mayo) para convertirse en parlamentario y cumplir con la condición para plantear la batalla por el liderazgo en el Partido Laborista. Ha sido una operación política muy propia de Gran Bretaña: la trituradora de un primer ministro por los suyos. Aquí encaja perfectamente ese proverbio por algunos atribuido a Voltaire: “Que Dios me libre de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo”.

El decapitado político, Keir Starmer, ha vivido unos meses de agonía, similares (mutatis mutandis) a la de Joe Biden en 2024: después de ganar de manera convincente las elecciones ese mismo año, el desgaste ha sido más duro y rápido de lo esperado. Nunca un primer ministro ha dilapidado un capital político tan grande en tan poco tiempo. El agotamiento del modelo económico y social y las disfuncionalidades del laborismo no bastan para explicar un fracaso semejante. El liderazgo de Starmer ha sido confuso, contradictorio, desfalleciente.

Esta es la razón por la que Burnham se decidió a dar el paso: hace tiempo que se preparaba para este desafío. Desde su puesto en la alcaldía de Manchester, una de las ciudades más ancladas en el centroizquierda, ha construido un relato político alternativo a la política de austeridad blanda de Starmer (1). Pero, vagas promesas sociales aparte, nadie sabe cómo va a gobernar ahora el país (2).

En sus primeras palabras desde el 10, Burnham ha demostrado que maneja bien el uso de los eslóganes: “hay que distribuir el poder por todo el país” (descentralización); “hay que aceptar que la gente esté harta de los políticos” (compresivo con la desafección); “hay que darle a la gente un respiro (la empatía tan resultona como escurridiza); “hay que ser mejores” (autocrítica política de manual). Todo ello apoyado con gestos en pro del recurrente giro social: la primera acción del nuevo Primer ministro ha sido visitar un albergue de los sin techo y proclamar que “hay que acabar con la rudeza de dormir en la calle” (3).

Más allá de este empeño por entrar con buen pie y sonar distinto, la prueba de componer el gobierno ha resultado de lo más convencional: ha repartido poder entre pesos pesados del partido y ha elegido dirigentes que no puedan resultar perturbadores para el consenso centrista (4). Incluso se puede decir que ha compensado su discurso de tibio izquierdismo otorgando las llaves del Tesoro al exministro de Defensa, John Healey, que le entregó su dimisión a Starmer, porque el Gobierno no acometía un plan de Defensa más ambicioso. Y aquí puede saltar la primera contradicción de Burnham: o cañones o mantequilla, que para las dos cosas no se puede, máxime si se mantiene el compromiso de frugalidad fiscal.

Los conservadores, no obstante, creen que la elección se debe a que Healey será dócil y se dejará dictar las decisiones más importantes sobre “tasar y gastar” (5).

EL DOBLE JUEGO DE ZELENSKY

Al otro lado de Europa, en Ucrania, el populismo de Zelenski se ha visto sometido a otra dura prueba. En realidad, el Presidente suele malgastar en casa el rédito político que tan relativamente fácil obtiene fuera. Las proclamas sobre la libertad, la independencia y la defensa de Ucrania se embarran en la política interna: ni controla la corrupción, ni escapa al favoritismo, ni deja de un lado un autoritarismo creciente. Ahora parece haber cometido un error en un terreno en el que él siempre se ha sentido fuerte: frustra los instintos populares en favor del establishment estatal, en particular militar, para luego rectificar.

El cese del Ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, el joven tecno-héroe que supo construir una flota ganadora de drones con los que amendrentar al Kremlin, provocó el mayor movimiento de protesta callejera de los últimos tiempos.  Zelensky se encontró con una disputa irreconciliable entre el líder civil de la Defensa nacional y el Comandante del convencional aparato militar, el general Oleksandr Syrskyi. Según palabras del Presidente, no tuvo más remedio que elegir bando y optó por el alto cargo castrense, sabedor de que a su base social y a buena parte de la mayoría no le iba a gustar (6). No siempre basta un hábil manejo de los eslóganes para resolver problemas complejos. La estrategia de Fedorov puede haber resultado exitosa, pero probablemente no lo suficiente para asegurar el éxito de la vigente campaña militar, que no parece tener fin.

Al parecer, los mandos militares recelaban de un plan de Fedorov consistente en reemplazar los blindados, la artillería y gran parte de la infantería por sistemas robóticos muy sofisticados. Para una guerra que hasta hace bien poco era corolario de los conflictos bélicos del siglo pasado, este proyecto se adentraba con vertiginosa rapidez en el siglo XXI. Los analistas occidentales, generalmente favorables al líder ucraniano, consideraron que el General Syrskyi y su Estado Mayor están demasiado apegados a las viejas doctrinas militares soviéticas.

La oposición ucraniana, que existe, aunque sea débil y esté dividida, va más allá de esta explicación técnica o profesional y sospecha que con el cese del “padre de los drones”, el Presidente se quitó de en medio a un potencial rival político (7). Se trata de una arriesgada e interesada interpretación. Sobre todo, porque el General Syrskyi ofreció públicamente razonamientos que avalaban las explicaciones del Presidente.

Al final, la calle planteó un ultimátum: o prescindía de Syrskyi o tendría que afrontar una revuelta. En otro de sus gambitos, Zelensky ha preferido ceder, ha destituido al general, y ha nombrado en su lugar a otro militar popular muy bregado en combate, Mijailo Drapatyi. Para coser este desaguisado, el camaleónico Presidente ha ofrecido a Fedorov un indeterminado “puesto prominente” en el Estado y a Syrskyi le ha cubierto de elogios. Todo ello en nombre de la unidad nacional y para no ensuciar el triunfalismo dominante. La cuestión ahora es cómo reaccionarán los militares más conservadores. (8).

TRUMP SE ATRAGANTA CON SU RETÓRICA

Y si alguien gobierna, o desgobierna, con eslóganes es el Presidente de Estados Unidos. Ha utilizado todos los suyos para intentar salir del laberinto en que se ha metido al dejarse convencer por su amigo Netanyahu atacando militarmente a Irán. El tan cacareado Memorial de Entendimiento que debía dar un respiro, restablecer el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz, estabilizar el precio de los recursos energéticos que se exporta desde los países ribereños y ofrecer una perspectiva de acuerdo de seguridad regional (con la resolución del problema nuclear iraní) se ha terminado convirtiendo en un galimatías irresoluble que prolonga la guerra sine die y socava la ya escasa popularidad de Trump.

Como resume con brillantez el analista militar del semanario THE ATLANTIC, “el Presidente sólo dispone de malas opciones”. “O cede el control del estrecho de Ormuz a Irán, aceptando un sistema de peajes (…) que garantiza a un poder hostil la oportunidad de cerrar un importante corredor marítimo (…) O se embarca en una guerra mayor por tierra, ya que las operaciones recientes han evidenciado las limitaciones del poder aéreo” (9).

Ambas opciones resultan devastadoras ante las elecciones de medio mandato, en noviembre, que pueden hacer perder a los Republicanos el control legislativo y debilitar aún más a la Casa Blanca. No parece que los habituales eslóganes de poder fuerte, de sospechas infundadas de amaños electorales o de radicalismo inventado de los demócratas vayan a servir a Trump para evadirse de la deslizante rampa hacia el fracaso.

Después de un viaje a Pekín, plagado de halagos y concesiones a Pekín, acusó a China de interferencia en las elecciones de 2020 y alertó de brechas de seguridad ante los próximos comicios, por supuesto sin ofrecer prueba alguna y en contra los informes al efecto de los servicios de inteligencia norteamericanos.

Mientras, presiona al Congreso para que acepte que su abogado personal sea la cabeza del Departamento de Justicia y del FBI. En paralelo, moviliza el aparato represivo migratorio para combatir la supuesta permisividad de la oposición con el crimen y porosidad de las fronteras.

El libreto que le dio resultado en 2024 ya no parece funcionar. No malgasta ocasión para hacer valer un autoritarismo sin control y una exhibición hueca de poder, dentro y fuera de Estados Unidos. Cuando se ponen en evidencia sus reiteradas contradicciones acude al conocido truco de presentar sus inconsistencias como una más de sus habilidades para desconcertar al adversario.

En el exterior, los eslóganes de Trump ya no intimidan tanto, pero aún tienen cierto efecto. Burnham lo telefoneó antes de anunciar su gobierno. ¿Quería el flamante Primer Ministro despejar el aire y demostrarle que es sensible a su demanda de un mayor gasto militar de los aliados europeos?

No han faltado estos días, claro, nuevas amenazas de represalias comerciales contra sus aliados. Empezó por España, luego Canadá y ahora su mano derecha insinúa que puede extenderlas a más de medio centenar de países, pese a que los tribunales hayan considerado ilegales estas medidas.

Sin que haya resuelto una guerra en curso, amenaza con otra en el Caribe, a la vista de que Cuba no sigue la vía venezolana. La palabrería altisonante se la encomienda a su Consejero de Seguridad y Secretario de Estado, Marco Rubio, quien, con la más rancia retórica de guerra fría, presenta a La Habana como centro de una conspiración comunista y terrorista mundial. Y complementa la acusación con la denuncia de una operación subversión orquestada por la extrema izquierda, a la que pronto le encontrará socios o cómplices locales. En otra administración, este lenguaje resultaría inquietante; en esta, desencadena el sonrojo.

 

NOTAS

(1) “A very quick guide to new prime minister Andy Burnham”. ALEX BOYD & DUNCAM WALKER. BBC, 16 de julio.

(2) “Andy Burnham hits the ground strolling. Britain’s new prime minister promises a lot but reveals little”. THE ECONOMIST, 20 de julio.

(3) “Burnham pledges to end rough sleeping in England in first speech as prime minister”.KIRAN STACEY. THE GUARDIAN, 20 de julio.

(4) “Andy Burnham’s first Labour cabinet: who’s in and who’s out?” ROWENA MASON & PETER WALKER. THE GUARDIAN, 20 de julio.

(5) ”Why Burnham chose Healey”. THE DAILY TELEGRAPH, 21 de julio

(6) “The Rise and Fall of Ukraine’s Drone Warfare Mastermind”. ANDREW KRAMER. THE NEW YORK TIMES, 17 de julio.

(7) “En Ukraine, Volodymyr Zelensky assume d’ouvrir une crise politique avec son remaniement”. ARIANE CHEMIN. LE MONDE, 17 de julio.

(8) “Zelensky sacks Ukraine's top army commander after days of protests”. JAROSLAV KUKIV. BBC, 21 de julio.

(9) “Trump Has Only Terrible Choices With Iran”. BRYNN TANNEHILL. THE ATLANTIC, 17 de julio