4 de noviembre de 2026
Los
medios se han apresurado a titular la victoria del Partido Demócrata en las
elecciones legislativas de medio mandato como una “gigantesca oleada azul” o un
“tsunami azul” y una “derrota” de Donald Trump.
No
hay duda de que los resultados son contundentes y que el Presidente de los
Estados Unidos ha quedado seriamente debilitado. Pero aún es pronto para augurar
las consecuencias para el país y para el mundo. Trump dispone aún de mucho
poder desde el control del Ejecutivo para contrarrestar la presión de los
demócratas para que rectifique algunas de sus políticas y para limitar posibles
derivas que el Jefe del Estado pueda emprender de ahora en adelante.
Procede
primero efectuar un repaso a los resultados, aún provisionales, para centrar la
dimensión del cambio legislativo.
Los
demócratas invierten la balanza de poder en el Senado, la Cámara más influyente
(no por casualidad, la menos democrática): tendrán a partir de enero 53 o 54
escaños (falta por dilucidar el puesto en Alaska), frente a los 47 que contaban
hasta ahora; a la inversa, los republicanos pierden seis puestos, de 53 a 47 o
46 cuando se reabra el Senado. Lo más relevante ha sido el triunfo demócrata no
sólo en estados bisagra como Ohio, Georgia. Maine o Carolina del Norte, donde
Trump ganó fácil en 2024, sino también en feudos republicanos como Texas (desde
1932), Iowa, Kansas o Carolina del Sur.
En
la Cámara de Representantes, elegida por criterios de proporcionalidad mayor (con
los matices a que obligan la manipulación de las circunscripciones), los resultados
conocidos a la hora de escribir estas líneas señala una victoria mucho más
notable de los demócratas: apuntan a un incremento de hasta 30 escaños, lo que les
situaría en los 245, 26 por encima de la
barrera (219) que necesitaban para reunir la mayoría. Los republicanos, por el
contrario, perderían más de 80 y estarían en la frontera de los 190 asientos.
Desde
los años de Obama no disfrutaba el partido del burrito de una ventaja tan amplia
sobre sus rivales del elefante, aunque se fuera reduciendo en las pruebas
electoras de cada mitad de mandato respectivo.
|
|
CÁMARA REPRESENTANTES |
SENADO |
||
|
|
PºRepublicano |
PºDemócrata |
PºRepublicano |
PºDemócrata |
|
2008 |
178 (-24) |
257 (+24) |
41 (-8) |
57 (+8) |
|
2010 |
242 (+64) |
193 (-64) |
47 (+6) |
51 (-6) |
|
2012 |
234 (-8) |
201 (+8) |
45 (-2) |
53 (+2) |
|
2014 |
247 (+13) |
188 (-13) |
54 (+9) |
44 (-9) |
LA DIMENSIÓN DEL CAMBIO
La
primera pregunta que se hacen los norteamericanos ahora es qué cambios reales
cabe esperar tras estos resultados. Y las respuestas hay que encuadrarlos en varios
planos: jurídico-políticos y político-psicológicos o propagandísticos.
Jurídicamente, el legislativo puede limitar el poder del Presidente, no anularlo. En el siguiente cuadro, construido a partir de las predicciones de politólogos consultados por Foreign Policy, se resumen las acciones que los demócratas tienen en sus manos para frenar o hacer retroceder a Trump en política exterior, defensa y desarrollo tecnológico vinculado al complejo militar-industrial (1).
|
General |
Modificar los gastos en
Defensa y ayuda exterior. |
|
Control legislativo más
exigente a altos cargos del Gobierno y sus |
|
|
Corrupción |
Lucha contra la mezcla
de intereses nacionales y privados en los |
|
|
Recorte de los fondos
para financiar las operaciones militares |
|
Escrutinio más estrecho
mediantes audiencias e investigaciones |
|
|
|
Presionar para
restablecer la convergencia con Europa |
|
Forzar a la Casa Blanca
a proporcionar las armas necesarias |
|
|
Acelerar la provisión
de ayuda en días o semanas, no meses |
|
|
|
Obstaculizar las
operaciones militares contra el narcotráfico,
mediante restricción de fondos |
|
Incrementar la
vigilancia de la Administración mediante |
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|
Exigir y eventualmente
paralizar acuerdos sobre explotación |
|
|
Presionar a favor de la
democratización en Venezuela |
|
|
|
Frenar su desarrollo
hasta garantizar la seguridad: |
|
Ilegalizar el uso de
falsedades (deepfakes) en política |
|
|
Imponer marcas de agua
en el contenido generado por IA |
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|
Prohibir los compañeros
IA (bots friendship) |
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|
Procesos de aprobación
para nuevos modelos avanzados |
A esto se podrían añadir las políticas en materia económica, migración y social, que son las más contestadas por la mayoría de la población en los últimos meses. A saber: medidas activas para reducir el coste de la vida, limitación de las actuaciones de la policía migratoria, restablecimiento del refuerzo económico del sistema sanitario (Obamacare) y otras.
Como señalan los profesores norteamericanos
Daniel Drezner y Elisabeth Sanders, los Presidentes, cuando se convierten en “pato
cojos” (lame duck), es decir, en la fase final de sus mandatos, “tienden a
centrarse en política exterior donde los poderes del cargo les permiten actuar
sin las molestar restricciones de la política interna” (2). Así que es muy
posible que asistamos a ciertas batallas sobre el relato de la guerra y la paz,
la necesaria restauración del Orden liberal y la sanación de las alianzas en
Europa y Asia.
La experiencia nos dice que el Congreso,
salvo en momentos muy concretos, se lo piensa mucho antes de enfrentarse a un
Presidente en ejercicio, quien, no olvidemos, dispone del arma política del
veto para oponerse a decisiones legislativas. Conviene matizar esta afirmación.
Generalmente, los demócratas son más cautelosos que los republicanos, aunque no
siempre. Clinton, Obama y en menor medida Biden sufrieron el acoso de representantes
y senadores del GOP (Great Old Party). En contraste, los Presidentes Republicanos
después de Nixon afrontaron una oposición menos severa.
Se puede alegar ahora que Trump es diferente.
Y es verdad. Pero el actual Presidente tiende al gobierno directo como ningún
otro de la era reciente; es decir, establecer, por instinto y por oportunismo,
un vínculo directo con la población a través de las redes sociales y de la televisión.
Puede decirse que, hasta cierto punto, para entablar batallas políticas con sus
rivales no necesita tanto a sus aliados supuestos republicanos, a los que, en
muchos casos, desprecia.
A partir de enero, si no antes, el
Presidente se dedicará presumiblemente a inundar el país de interpretaciones
falsarias de la realidad, en su línea habitual, pero con energías renovadas,
dictadas por la venganza política, que con tanto entusiasmo ejerce, o por la necesidad
narcisista de cuidar su legado. Como dice la sentencia: un animal (político) herido
puede ser más mucho más peligroso.
No es descartable, sin embargo, que Trump
adopte un hipócrita rumbo conciliador, si consigue seducir al segmento más
centrista (conservador) de los legisladores azules de la conveniencia de un gran pacto nacional o
zarandajas de esa naturaleza. Al cabo, como se sabe, Trump carece de
convicciones que no sean las dictadas por su interés personal (generalmente
económico) o su vanidad. Igual que hasta ahora ha cultivado su imagen de
agitador, se ha erigido en defensor de valores ultraconservadores que eran difícilmente
incompatibles con su trayectoria personal y empresarial, ahora puede encontrar
su salvación en muñidor de una gran encuentro nacional.
En este empeño no le resultará difícil encontrar
la complicidad de decenas de políticos demócratas que pueden estar más preocupados
(como los donantes de sus campañas políticas) en frenar a los progresistas de
su partido que en deconstruir a Trump.
Esta es, sin duda, la incógnita política
más interesante del actual momento político. En los últimos años no se ha asistido
sólo a la degradación del sistema de poder de los Estados Unidos (de cual Trump
es síntoma, no causa). También se ha podido apreciar, por primera vez desde los
años sesenta, la emergencia de una corriente renovadora que puede acabar con el
bipartidismo desde dentro, al anidar en el Partido Demócrata un sector menos
conformista que pueda converger con la sociedad civil contestaria.
En el proceso de primarias previo a las elecciones
se ha comprobado que candidatos claramente críticos con el sistema, aunque no partidarios
de una ruptura radical, han derrotado a sus colegas más conservadores y sumisos.
En Michigan, uno de los laboratorios del cambio, una candidata convencional, en
su disgusto, se negó a respaldar al candidato demócrata que la había derrotado
en las primarias, Abu Al-Sayyed, y compareció junto al rival republicano para
pedir que lo votaran a él. No le valió de nada. El político progresista de
perfil socialista será el primer senador musulmán en la historia de los EEUU.
El control partidista en Estados Unidos no
tiene nada que ver con la disciplina de hierro que se practica en Europa, lo
que hace que las fracturas políticas, adobadas con estímulos personales
convenientes, estén a la orden del día. Pero estas deslealtades son más habituales
entre los demócratas que en las filas republicanas, cuyas candidaturas suelen estar
mejor lubricadas por el dinero que impera sobre los mecanismos políticos.
Será interesante escrutar la nueva nomenclatura
del Capitolio para poner disponer de una estimación fidedigna sobre el giro a
la izquierda en el nuevo Legislativo. Uno de los sitios progresistas más
destacados ha hecho una primera aproximación de urgencia: “los recién elegidos son
notablemente más progresistas que los que renuevan, la mayoría por encima del 40-60%.
En el Senado [renovado sólo en un tercio] se observa la misma tendencia: los
recién llegados progresistas también superan el 40%” (3).
Un examen más detallado debe permitir
augurar hasta donde pueden presionar estos demócratas progresistas para
imprimir un giro a la izquierda en el Congreso. La atención pública suele centrarse
en los políticos más mediáticos o a los que se atribuye un futuro más prometedor
en la escala de poder norteamericano, no tanto en las convicciones de
transformación que acreditan. También conviene señalar que el término
progresista es poco preciso, porque depende de qué agente lo emplee. Los medios
conservadores ven izquierdistas por todas partes, mientras los grupos más auténticamente
críticos son mucho más exigentes con estas etiquetas.
En todo caso, algo parece claro: los
demócratas socialistas, quizás la corriente más cohesionada y mejor organizada
de la izquierda demócrata, ha obtenido el mejor resultado de la historia (4).
Habrá más representantes que se denominan socialistas en el Capitolio a partir
de 2027. Si a ellos se suman los candidatos electos en las cámaras de los
estados y en los municipios, se puede hablar ya del germen de un futuro partido
socialista democrático con capacidad para ejercer cierta influencia en la
política norteamericana.
NOTAS
(1) “5
Foreign-Policy Priorities for Democrats After the Midterms”. FOREIGN POLICY,
26 de octubre.
(2) “The danger of a lame-duck Trump. How Far Will He
Go to Make Peace—and War? DANIEL W. DREZNER & ELISABETH N. SAUNDERS. FOREIGN
AFFAIRS, 4 de noviembre.


