LAS NIEBLAS DE LA GUERRA

 11 de marzo de 2026

La guerra de Trump y Netanyahu entra en una fase de confusión. Tras las primeras oleadas de bombardeos sobre cientos de objetivos militares, económicos y políticos de Irán, la operación Furia Épica se ha extendido, como era de esperar, por la región del Golfo Pérsico.

El foco principal de atención está puesto ahora en el Estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte del flujo comercial petrolero del planeta. Irán trata de obstruirlo y Estados Unidos de impedir que lo haga, destruyendo las embarcaciones que siembran de minas sus aguas.

Para definir esta situación, un analista militar de THE ECONOMIST ha empleado el concepto “escalada horizontal”, en contraste con la “escalada vertical”, que supondría un aumento cuantitativo y cualitativo de los ataques israelíes y norteamericanos contra objetivos en Irán (1). El despliegue territorial de la guerra es lo que ha provocado el pánico de los mercados energéticos y bursátiles de los últimos días.

Pero la principal causa de incertidumbre ha sido, de nuevo, el estilo de actuación de Trump. Como en todas las crisis internacionales que ha ocasionado desde su regreso a la Casa Blanca, su tendencia a la improvisación, su inconsistencia intelectual y su vanidad desatada reduce el mundo a una subasta de mercadillo.

1) LA CONFUSIÓN DE LOS OBJETIVOS.

Los analistas han tratado de identificar los objetivos de la operación. Pero se han topado con la palabrería de Trump y la escasa claridad de sus colaboradores, que se han limitado a hacer el coro a su jefe y a repetir evidencias. Las contradicciones impiden a día de hoy avizorar los propósitos de la Casa Blanca.

La sensación de confusión es creciente. ¿Qué se pretendía con los feroces ataques iniciados el 28 de febrero? ¿Concluir la tarea de junio; es decir, destruir y/o inutilizar definitivamente el complejo nuclear iraní? ¿Aniquilar o reducir al mínimo el arsenal de misiles balísticos del régimen islámico? ¿Degradar, por añadidura, el resto de su arsenal militar? ¿O se trataba de ir más allá y, mediante toda esa destrucción, provocar la caída de la República Islámica y propiciar un cambio de sistema político? (2).

Al cabo, lo único claro es que Trump se ha convertido en algo que prometió siempre no ser: uno más de los “Presidentes adictos a las guerras”, como ha señalado Stephen Walt, profesor de Relaciones Internacionales en Harvard (3).

Las incoherencias del Comandante en Jefe contrastan con la discreta actuación de su compadre, el primer ministro israelí, que parece tener más claro lo que pretende: librarse de una vez por todas del incordio iraní y de sus protegidos en el Líbano y prepararse para la nueva batalla: la anexión de lo que queda de Palestina (Cisjordania).

2) RESISTENCIA Y NATURALEZA DEL RÉGIMEN

La otra niebla de singular importancia es la capacidad del régimen iraní para sobrevivir a esta lluvia de fuego y vulnerabilidad en que vive desde primeros de mes. La liquidación física de su líder parecía un golpe mortal para un sistema vertical de poder, como corresponde a una teocracia, por muy institucionalizada que sea, con su entramado de organismos, instituciones y aparatos que lo refuerzan.

Se sabía que el Guía Supremo, intuyendo la cercanía de su muerte, había ordenado la multiplicación de capas dirigentes para superar desapariciones sucesivas y asegurar la continuidad del régimen islámico. Con ello se pretendía forzar a sus enemigos a una prolongación indeseada de la guerra más allá de sus intereses. En la resistencia parecía residenciarse la clave de la victoria. O, si se quiere, la evitación de la derrota definitiva.

Es muy pronto para decir aún si esta esta estrategia ha funcionado. Quizá con otros líderes en Washington y Jerusalén, podría ser. Pero los actuales no parecen limitados por la racionalidad, o por otra racionalidad que no sea la supervivencia política a costa de lo que sea.  Estamos ante es una guerra de fanatismos regionales alimentada por egocentrismos incurables y urgencias políticas insalvables.

Como deriva de la incógnita en torno a la permanencia del sistema iraní, surgen las preguntas sobre la transformación de su naturaleza. Al emerger la figura del hijo de Jamenei, Mojtaba, como sucesor en el puesto de Guia Supremo, la República Islámica se convierte en hereditaria. De esta forma, adopta una forma típicamente monárquica. Esto pervierte sus orígenes legitimadores, construidos sobre el derrocamiento de la Corona imperial. Lo que otorgó un enorme vigor inicial al liderazgo religioso de la Revolución fue la incorporación de numerosos sectores populares, deseosos de poner fin a la oprobiosa dinastía de los Pahlavi.

A lo largo de casi medio siglo, aquella Revolución se ha ido desnaturalizando, ha perdido su componente popular y se ha reducido a una red de aparatos represivos dedicados a perpetuar los privilegios de las nuevas castas de poder. Un destino lamentable común a la mayoría de las Revoluciones a lo largo de la Historia.

Por otro lado, la deriva hereditaria es también un signo de los sistemas autoritarios en la región. Las Repúblicas no se distinguen en lo esencial de las Monarquías. Los Assad trataron de perpetuarse en Siria, al frente de una minoría confesional, como lo intentara Saddam Hussein en Irak. Más tímidamente lo intentó también Sadat en Egipto o Gaddafi en Libia. Si la tentación de la sangre no se consumó fué porque se interpusieron otros designios violentos más fuertes. Sólo Argelia, un país con un sistema de poder más colectivo bajo el liderazgo indiscutible del Ejército, parece haber escapado a esta inclinación histórica. Si Líbano o Yemen no han caído también en ella ha sido más por debilidad extrema que por fortaleza institucional.

Por tanto, habrá que esperar a ver en qué se transforma esta República Islámica ya hereditaria: si en una teocracia más pragmática o en una dictadura teocrática-militar, en la que el Corán y la Espada vivan en un conveniente equilibrio (4). Hay algunas pistas que permiten abonar esta evolución. Mojtaba es un religioso de cualificación mediana. Aunque hace un tiempo se le consideró un relevo natural, en los últimos años había salido de las quinielas sucesorias. Desde sus primeras armas en la guerra de los ochenta contra Irak, se le vincula a los Guardianes de la Revolución, el brazo armado del régimen y su, ahora más que nunca, columna vertebral (5).

También es conocida la amistad y proximidad de Mojtaba con Alí Larijani, investido como una suerte de regente por Jamenei ante un eventual vacío de poder. Este Rasputín de la nueva dinastía lo ha sido casi todo en la república clerical: burócrata destacado, jefe negociador del proyecto nuclear y speaker del Parlamento y ahora  titular del puesto de Consejero de Seguridad, aparentemente gris pero poderoso (6).

Trump había dicho antes de conocerse la designación de Mojtaba que el nuevo líder de Irán tendría que contar con su consentimiento. Como en Venezuela. No parece que le hayan hecho mucho caso en Teherán. ¿Le llevará su ego a pedir a los israelíes que liquiden al hijo como hicieron con el padre? ¿O esperará a ver qué dirección toma el sucesor? Aunque los iranólogos consideren que el nuevo Guía Supremo pertenece al sector intransigente, las circunstancias pueden obligarlo a cambiar de rumbo (7). Los 88 clérigos de la Asamblea de Expertos que lo han elegido según las estipulaciones constitucionales (supuestamente, porque esa es otra niebla de la guerra), no parecen haber actuado con criterios de pureza ideológica, sino de pragmatismo impuesto por los acontecimientos.

3) LA PRESIÓN SOBRE LOS ARSENALES

Otro factor que refuerza la incertidumbre sobre la sostenibilidad de la campaña militar es la capacidad para producir armamento y munición en cantidad suficiente, sin vaciar los arsenales o privar de reservas otros posibles frentes bélicos emergentes o actuales.

Algunos militares han reflexionado sobre este dilema en los últimos días. Se teme que cierto tipo de sistemas armamentísticos empleados masivamente en la campaña, como interceptores de los misiles y drones iraníes (Shahed), se consuman antes de paralizar la reproducción de los arsenales enemigos (8). Irán nunca constituirá una amenaza insoportable para Israel o Estados Unidos, pero puede complicar sus planes o sembrar dudas en sus opiniones públicas sobre la conveniencia de continuar con la guerra.

No es sólo un problema productivo, sino económico. El Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, un think-tank muy relacionado con el establishment militar, estima que en las 100 primeras horas de guerra, el Pentágono se fundió material bélico por un valor de 3,7 mil millones de dólares. Al termino de la primera semana ya se había alcanzado la cifra de 6 mil millones (9). Y subiendo...

4) EL EFECTO SOBRE LOS VECINOS

Las monarquías petroleras del Golfo no querían esta guerra. O eso decían abierta o privadamente sus dirigentes, con declaraciones y con actos. En los últimos años se había producido una evolución significativa en las posiciones hacía la República iraní. De ser los principales instigadores de una campaña militar contundente que arruinara para siempre el programa nuclear enemigo, se pasó a una situación de coexistencia pacífica, bajo la mediación discreta e inteligente de China. Lo que provocó, dicho sea de paso, cierta alarma en Washington y un nerviosismo creciente en Israel.

El genocidio en Gaza interrumpió el acercamiento a Israel de las petromonarquías del Golfo y de otros reinos árabes. El debilitamiento del “eje de la resistencia” liderado por Irán, como consecuencia de la amplitud de las represalias israelíes tras el 7 de octubre de 2023, redujo el poder intimidatorio de los ayatollahs. A eso hay que añadir el cambio de perspectiva estratégica de los príncipes y emires del Golfo, más interesados en los negocios que en una estéril pugna geopolítica. A esta narrativa se apuntó Trump, que olió ganancias privadas en el cambio de rumbo.

Pero la nueva mayoría política en Israel, muy escorada hacia el fanatismo étnico y religioso, el expansionismo territorial y el oportunismo político ha ido forzando las cosas hasta volver a focalizar a la Casa Blanca sobre las ventajas de la liquidación del régimen en Teherán (10).

La guerra coloca a las monarquías del Golfo donde nunca han querido estar: en el ojo de los huracanes bélicos que han devastado Oriente Medio. Muy acostumbrados a contemplar la destrucción de sus vecinos y la sucesión de familias y regímenes, solían ofrecer sus oficios y carteras como apaciguamientos y soluciones interesadas. Ahora están sometidos a la venganza desesperada de su archienemigo regional al que creían haber embridado.

El Presidente iraní, una figura casi decorativa sometida al entramado religioso-militar, dijo hace unos días que interrumpirían sus ataques a los vecinos árabes si éstos dejaban de colaborar con la agresión sionista-americana. Pero portavoces de los Guardianes de la Revolución corrigieron, aclararon o matizaron las declaraciones del débil Jefe del Estado: bases, instalaciones e intereses norteamericanos en esos países continuarían siendo objetivos de los misiles y drones iraníes (11).

A Irán le interesa provocar una ruptura o por lo menos una escisión entre Estados Unidos y sus aliados árabes del Golfo. Y el mejor camino para hacerlo es interrumpir el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz, bloquear la economía regional, paralizar los ingresos por la exportación de gas y petróleo y dañar las infraestructuras energéticas de sus vecinos. ¿Hasta dónde podrá llegar esta República Islámica asediada, sin sufrir unas represalias que debiliten aún más sus exiguas capacidades de resistencia? Esa es otra de las nieblas de esta guerra.

5) EL PAPEL DE LAS OTRAS POTENCIAS

De todas las guerras recientes en Oriente Medio esta última, junto con la impulsada por los neocon en 2003, es la única privativa del eje norteamericano-israelí. Las  potencias medias, ya sean económicas, militares o territoriales, han participado en mayor o menor medida en otras operaciones bélicas anteriores, por convicción o por arrastre, en particular en la llamada “guerra contra el terror” (mediados de la década anterior), por la supuesta amenaza del extremismo islamista.

En esta ocasión, han asistido al despliegue bélico con incomodidad creciente, reforzada por la crispación que las políticas de Trump han venido provocando en el último año. A estas alturas, nadie cree poder influir en las decisiones del dirigente político más poderoso del planeta. De ahí que las reacciones parezcan ejercicios de impotencia más o menos disimuladas. O de prudencia.

China ha condenado esta guerra, pero en términos contenidos. El partenariado suscrito con Irán en 2016 no ha tenido efectos militares. Estamos a menos de un mes de una cumbre Trump-Xi y no parece que Pekín esté interesada en arruinarla de antemano. Los chinos son muy persistentes en la defensa de sus intereses y sus actuaciones están siempre orientadas a ese fin. Aunque China sea la principal perjudicada, puesto que casi la mitad del petróleo que consume procede del Golfo Pérsico, tiene reservas para seis meses; de modo que debe esperarse que actúe con cautela para acortar la crisis por medios diplomáticos.

Rusia está fuera de esta guerra, como de las anteriores en la región. Pero si en las últimas el daño reputacional fue escaso, ahora es diferente. El Kremlin ha jugado a estabilizar interesadamente el régimen iraní con un ambiguo apoyo militar que se ha quedado en apenas un suministro armamentístico de cierto nivel. No se han activado mecanismos de asistencia considerable. En consecuencia, Moscú ha dejado de ser un socio fiable para regímenes autoritarios sometidos a la hostilidad de EE.UU (12).

No obstante, Rusia puede verse curiosamente beneficiada por la guerra, al desviarse la atención internacional de su atascada campaña en Ucrania. Si se agravara la situación energética, podría seducir  a Trump para que pusiera sobre la mesa una propuesta de estabilización de los mercados, a cambio de una suavización de las sanciones internacionales. Por el momento, son meras especulaciones, pero podría ganar fuerza si la situación de inestabilidad se prolongara.

Europa es un caso aparte. La mayoría de las potencias ha esquivado las iras de Trump, cuando no le han seguido hipócritamente el juego. El nuevo e informal triunvirato de la política exterior europea (que excede a la UE por la presencia británica) ha ido bandeando la crisis como ha podido, alertando sobre los riesgos de una crisis económica perturbadora y una inestabilidad geoestrategia creciente. Cada cual ha actuado conforme a sus intereses propios y sus instintos de prestigio. Alemania, cuidándose mucho de no poner en riesgo su alianza con Washington. Francia, alardeando de poder militar, para no quedar reducida a actor de reparto, como ya hiciera en la primera y la segunda guerra del Golfo. Gran Bretaña, tratando de salvar su “relación especial” con Estados Unidos, sin comprometerse esta vez en operaciones militares que agravarían su situación financiera. El resto son comparsas.

La excepción española resulta muy significativa de la humillación a la que parece haberse resignado Europa. Todos los medios liberales occidentales (pero sobre todo europeos) han destacado estos días la oposición a la guerra del gobierno español y sus posibles motivaciones. Desde el genocidio de Gaza, España ha marcado claramente su posición en el tablero europeo. La resistencia de Pedro Sánchez a elevar el gasto militar según las exigencias del Presidente norteamericano en la última cumbre de la OTAN consumó la brecha entre Washington y Madrid. La guerra de Irán ha convertido la ruptura en hostilidad política y personal. En la izquierda no se detectaba un ánimo tan contrario a Estados Unidos desde los primeros años ochenta. Pero el tiempo no pasa en balde, las estructuras militares españolas están engarzadas con la OTAN y Estados Unidos y no hay voluntad política sería de profundizar en la crisis.

6) EL FANTASMA DE LA CRISIS ECONÓMICA

Es la niebla que ahora consume más páginas y minutos en los medios y energía en los dirigentes políticos y económicos. Los indicadores, como suele ocurrir en estas crisis bélicas, presentan figuras de dientes de sierra. Alzas espectaculares de precios del petróleo y retrocesos rápidos (de 90 $ a 120 $ el barril de crudo y a la inversa), sacudidas en el mercado del gas y nerviosismo en las cotizaciones bursátiles con altas y bajas en sólo unas horas, al ritmo de las declaraciones contradictorias de Trump (13). Las tensiones especulativas tampoco son ajenas a estas oscilaciones.

La guerra de Ucrania ya ofreció un ejemplo de las consecuencias económicas de una guerra en los tiempos actuales y las respuestas coordinadas de los estados y agentes. El G7 ha acelerado la liberación de reservas de crudo, entre otras medidas (14). En todo caso, la capacidad de los gobiernos y de los poderes reales en los resortes de amortiguación de este tipo de crisis son hoy mayores que hace medio siglo, cuando el mundo se enfrentó casi inerme a los shocks petroleros de 1973-74 y de 1979.

Hoy hay más actores energéticos que entonces. Y aunque Rusia parece haber salido de la ecuación de los suministros, es evidente que una prolongación del actual incendio en Oriente Medio le puede devolver al tablero del juego directo de intereses.

Trump, con su habitual palabrería, ha dicho que Estados Unidos se puede permitir un zarandeo como el de estos días. Quizás tenga más razón de lo que los mercados le reconocen. Después de todo, su Secretario del Tesoro es un miembro destacado de Wall Street y nada es más sensible el actual Presidente que a los intereses de la élite económica norteamericana.


NOTAS

(1) “A widening war in the Middle East”. SHASANSK JOSHI. THE ECONOMIST, 2 de marzo.

(2) “In War’s First Week, a Punishing Military Campaign With No Coherent Endgame”. THE NEW YORK TIMES, 7 de marzo; “Trump’s ever-changing rationale for war on Iran – how the story has shifted”. JOSEPH GEDEON. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(3) “The United States Is Still Addicted to War. Why every U.S. president ends up in a major military campaign”. STEPHEN M WALT. FOREIGN POLICY, 2 de marzo.

(4) “Iran’s Revolutionary Guards: The Spine of a Militarized State”. NEIL MCFARQHUAR. THE NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(5) “Who is Mojtaba Khamenei, Iran's new supreme leader?”. BBC, 8 de marzo.

(6) “Iran’s Wartime Leader Isn’t a Dealmaker. Ali Larijani has a pragmatic temperament—but a worldview shaped by the system he now leads”. ALÍ ALFONEH. FOREIGN POLICY, 6 de marzo.

(7) “Iran’s New Leader, Ayatollah Khamenei’s Son, Is a Mysterious Figure”. FARNAZ FASSIHI. THE NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(8) “The Drone Attrition Trap”. DAVID PETRAEUS. FOREIGN POLICY, 5 de marzo; “Shrinking weapon stockpiles and regime-change uncertainty: doubts shadow US-Israel war on Iran”. JOSÉ OLIVARES. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(9) “$3.7 Billion: Estimated Cost of Epic Fury’s First 100 Hours”. MARC CANCIAN & CHRIS PARK. CENTER FOR STRATEGIC INTERNATIONAL STUDIES, 5 de marzo.

(10) “The chaos of a failed state in Iran would be a perfectly acceptable outcome for Netanyahu”. ALUF BENN (Editor de HAARETZ). THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(11) “Offer from Iran’s president to not attack neighbours provokes internal backlash”. PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(12) “Why Are China and Russia Not Rushing to Help Iran?”. ALEXANDER GABUEV & TEMUR UMAROV. CARNEGIE, 10 de marzo.

(13) “Oil markets are starting to take the Iran war seriously”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 9 de marzo; “The wild 24-hour rise and fall of oil prices”. WILL GOTTSEGEN. THE ATLANTIC, 9 de marzo;

(14) “Why has the Iran war sparked fears of stagflation for the global economy?” LUCA ITTIMANI. THE GUARDIAN, 9 de marzo

 

 


LAS IMPOSTURAS DE LA GUERRA DE TRUMP Y NETANYAHU

 4 de marzo de 2026

Estados Unidos e Israel han atacado Irán sin amparo en la legalidad internacional, mientras Trump decía negociar con Teherán. La fuerza empleada (y por emplear) supera con mucho la destrucción de recursos militares y se intuye destinada a eliminar toda una élite de dirigentes y un sistema político. A partir de aquí, el relato de los que han perpetrado los ataques se inscribe en el capítulo de las imposturas geopolíticas, diplomáticas, legales y éticas que conectan con décadas de narrativas similares. A saber:

1) Irán supone una amenaza para la paz y la estabilidad de Oriente Medio y, por ende, de todo el planeta. Es el mantra de Israel y Estados Unidos desde 1979. Esta afirmación es una exageración basada más en propaganda que en realidades. El sistema teocrático iraní es un peligro para su población, pero en absoluto ha supuesto ni supone un riesgo existencial para Estados Unidos, que controla férreamente la región. Ni tampoco para Israel, porque nadie podía pensar seriamente que a Irán se le permitiría llevar a término su proyecto nuclear. Estos días -y los que vendrán- han puesto de manifiesto que la dupla norteamericana-israelí intentará destruir o neutralizar el poderío militar de Irán, sea su amenaza real o imaginada. En junio, Trump dijo que había “obliterado” el proyecto nuclear y ahora resulta que no era así. Esta operación en curso no será sencilla, quizás. Pero su complejidad es manejable para la superpotencia mundial y la potencia regional más poderosa de todos los tiempos.

También constituye una estimación deliberadamente deformada  la capacidad de Irán para responder a los ataques, por mucho que el régimen islámico siga haciendo patéticas proclamaciones de lo contrario. No lo hizo en junio pasado. No pudo contestar ni simbólicamente al martirio de Gaza. No se ha vengado de la eliminación sistemática de sus científicos nucleares. Y nunca hubo una réplica proporcionada al asesinato en 2020 del general Qasem Soleimani, entonces comandante todopoderoso de la Guardia Revolucionaria y el llamado “eje de la resistencia” (aliados regionales de Teherán). El armamento de Irán no es despreciable, pero muy inferior a los arsenales norteamericano e israelí. Puede ocasionar daños humanos o materiales y causar cierta sensación de caos temporal en la región, pero no le basta siquiera para retrasar o entorpecer la oleada militar combinada de sus enemigos.

Esta retórica del enemigo peligroso no es nueva: es una constante de todas las potencias hegemónicas a lo largo de la historia. Hay que agrandar la capacidad del rival para justificar políticas agresivas o de fuerza, elaborar un discurso de rearme y, llegado el momento oportuno, activar la acción militar, según convenga.

Superado el cliché útil del comunismo (otra amenaza sobrevalorada), la dupla norteamericana-israelí en Oriente Medio ha ido utilizando la emergencia de países hostiles, agentes no estatales, milicias religiosas o simples grupúsculos aventureros como amenazas capaces de perturbar el control occidental de la zona.

2) El blindaje interior del régimen iraní es casi impenetrable. Los amos de la región han matado al dictador y a medio centenar de sus principales dirigentes en las primeras horas de su ofensiva. Siempre se ha intuido que la vida de Jamenei y sus aláteres dependía de la voluntad del inquilino de la Casa Blanca y de su sintonía de objetivos con el protegido israelí. Nunca una superpotencia ha tenido esa capacidad para eliminar de un plumazo a sus enemigos exteriores. Pero se han puesto muchos esfuerzos para hacer creer que segar la vida de los altos clérigos iranís exigía un alto precio en recursos materiales y humanos. Ya no será tan fácil seguir con ese relato.

3) El orden internacional liberal es el faro de las actuaciones de los Estados occidentales. Este mito hace mucho tiempo que no se sostiene. Si bien es verdad que Estados Unidos siempre intenta que sus decisiones tengan un encaje jurídico en el sistema normativo de las Naciones Unidas, lo cierto es que, cuando no lo consigue, sigue actuando como si nada. Hace caso omiso a los llamamientos de los políticos, funcionarios y diplomáticos que le recuerdan tímidamente sus obligaciones. Ahora que en el despacho oval se sienta un gobernante al que le traen sin cuidado esas sutilezas o hipocresías, se ha puesto de manifiesto la futilidad de la impostura. Israel ya hace mucho tiempo que deja de ocuparse, siquiera de boquilla, por esas formalidades; de hecho, considera a la ONU como inservible, hostil y  digna de desprecio.

4) Estados Unidos está preocupado por los ciudadanos iraníes que son reprimidos brutalmente por el régimen islámico y desea una restauración democrática en el sistema del país. Casi nadie se cree ya este tipo de recursos propagandísticos, pero las élites norteamericanas siguen propagándolos igualmente. Para Washington, la cruel represión de las protestas económicas, sociales, culturales o de cualquier otro tipo importan en la medida en que pueden servir de pretexto para la deslegitimación del régimen y, sobre todo, para dotar de falso contenido moral a sus actuaciones de fuerza.

De hecho, es evidente que Trump no tiene un plan de recambio contrastado. Podría aceptar a una versión edulcorada y sumisa del régimen islámico si actúa de manera similar al nuevo gobierno sirio, que ha transformado sus orígenes fundamentalistas islámicos en una versión adaptada del modelo agradable a Occidente (veremos por cuanto tiempo y con qué sinceridad, porque las denuncias de doble lenguaje son cada día más frecuentes). O dicho de otra forma, una “salida venezolana”. Convertir en cómplices a élites del régimen al que quería liquidar resulta muy tentador para Trump, que no tiene interés alguno en cuestiones éticas. Pero Irán no es Venezuela.

Que ni a Trump -ni a la mayoría de sus antecesores- les importa muy poco los derechos cívicos, lo demuestra la trayectoria de EE.UU en el propio Irán, sin ir más lejos. La CIA aplicó el manual de desestabilización en 1953, simplemente porque el primer ministro iraní de la época no se plegó a los intereses norteamericanos. Washington favoreció la restauración de una monarquía feudal, que enseguida se empleó con una brutalidad extrema en la represión de los derechos de la población.

Israel, todo hay que decirlo, ha ido abandonando estos falsos argumentos morales en la justificación de sus políticas de fuerza y agresión. Como si los derechos humanos y las libertades resultaran conceptos o valores extraños en la región, las élites israelíes no tienen empacho alguno en despojar a sus actuaciones de otra justificación que no sea la de eliminar sin contemplaciones a cualquiera que suponga un riesgo teórico para su dominio absoluto en la región, bajo el mantra de la seguridad y el uso y abuso de la aberrante aniquilación que supuso el Holocausto para la población judía.

5) Los aliados árabes de Estados Unidos en la zona ejercen un papel de equilibrio, moderación o estabilidad. Esos estados, que son monarquías absolutistas, actúan exclusivamente según los intereses de sus élites, sin ninguna o muy poca consideración de los derechos de los demás, ni siquiera de sus propios habitantes inmigrados. Prueba de ello es el papel que están ejerciendo en otros conflictos regionales o de proximidad.

El caso más doloroso es la guerra interna de Sudán, país africano que sufre, en estos momentos, la crisis humanitaria más grave del panorama internacional, según estimación compartida por la ONU y sus agencias, estados vecinos y alejados u organizaciones humanitarias. Los Emiratos Árabes Unidos están apoyando económica, militar y políticamente a uno de los bandos (las fuerzas paramilitares rebeldes) y Arabia Saudí al otro (el Ejército formal). Los dos bandos sudaneses han cometido masacres espantosas y carecen de la mínima legitimidad moral para ejercer el poder en su país. Lo mismo puede decirse de la intervención de estos los reinos del Golfo en Yemen, donde han pasado de ser aliados contra los protegidos de Irán (los hutíes), a respaldar a facciones enfrentadas. O, por agotar el argumento, tampoco están actuando de manera más constructiva en el conflicto latente entre Etiopía (apoyada por Riad) y Eritrea (con el favor de Dubai).

En Washington se sabe todo esto, que gusta más o menos, pero no lo suficiente como para presionar a sus responsables. Y no se diga que esto pasa ahora, con Trump. Biden se tuvo que comer la indignación que provocó la muerte y descuartizamiento del periodista saudí Kassoghi, crítico con los dirigentes de su país, en el consulado saudí en Estambul. La prensa norteamericana y sectores del Partido Demócrata exigieron a Biden una reacción acorde. Pero aparte de calificar de “estado paria” al reino saudí, todo quedó en aguas de borrajas. Pese a las contundentes muestras que había reunido la inteligencia americana sobre la implicación del aparato de seguridad saudí, controlado por el Príncipe heredero y líder de facto del Reino, nada ocurrió. Poco más que una tormenta diplomática diluida en un barril de petróleo o sepultada en las montañas de bonos saudíes que contribuyen a sostener la deuda estadounidense.

Irán ha atacado estos y otros reinos de la región, cortados por el mismo patrón, aliados de sus enemigos. Son actos de venganza primaria que no amenazan su estabilidad, asegurada con celo por su gran protector. Por lo demás, las petromonarquías han ejercido operaciones de desestabilización del régimen chií iraní durante decenios.

6) China y Rusia aprovecharán las crisis de Oriente Medio para debilitar la hegemonía de Estados Unidos en el orden mundial. Una vez más hemos asistido a la pasividad de los “amigos” de Irán. Como en el pasado mes de junio, Moscú y Pekín han dejado claro que ni pueden ni quieren arriesgar sus intereses ni prioridades por apoyar a un régimen que en el fondo detestan. La credibilidad de estas dos grandes potencias ha quedado de nuevo en entredicho y sólo quienes se empeñan en hacernos creer que constituyen una amenaza para Estados Unidos pueden seguir defendiendo esta tesis. Otra cosa es que, a medio y largo plazo, China fortalezca sus bazas como proveedor de minerales esenciales, como el galio, para la producción del armamento que se destruya o se dañe en la actual campaña bélica.

7) La diplomacia tiene un papel relevante que jugar en Oriente Medio y, en particular, en la gestión de los asuntos más conflictivos. La experiencia ha demostrado que las negociaciones de todo tipo emprendidas en la región no han servido para acercarnos a una solución justa y duradera de la cadena de conflictos. A lo sumo, han servido para justificar políticas presupuestarias, militares y diplomáticas. Los sucesivos planes de paz no han contentado casi nunca a todas las partes o han sido instrumentos de quienes ejercen la hegemonía regional.

En cuanto al acuerdo sobre el control del programa nuclear iraní, muñido por la administración Obama (JCPOA), lo cierto es que nunca fue del agrado de los sectores intransigentes de la República Islámica. Ni del Partido Republicano de EE.UU; ni siquiera de sectores demócratas. Tampoco de los países de la región, que lo consideraban insuficiente para embridar el riesgo de un Irán nuclear. Y, por supuesto, siempre arrastró la hostilidad belicosa de Israel, mediante sabotajes armados abiertos o encubiertos. La llamada solución diplomática ha sido casi siempre una distracción, nunca una solución. Se apoyaba más desde fuera de la región que desde dentro: sobre todo desde Europa, siempre agarrada al pensamiento mágico de la paz en la región.

Este último intento, sólo para la galería, emprendido por la administración Trump, partía de una base insostenible: o se aceptaban las exigencias norteamericanas o habría ataque militar. Las cartas estaban marcadas antes de iniciarse la partida. Ya lo vimos en el genocidio de Gaza o en cualquier sobresalto con que se desbordan las crisis en Oriente Medio. La diplomacia sólo es un adorno, mientras se afinan las armas.

8) Los aliados occidentales de Washington pueden jugar un papel de moderación o de aproximación de posturas, para alejar el peligro bélico. Después de Gaza, ha quedado claro el papel que este Washington de hoy reserva a Europa en la región: pagar y callar (a lo que habría que añadir adular al Presidente norteamericano, por querer convertir un campo de muerte en un resort para solaz de los ricachones de toda laya y condición. Las discretas críticas escuchadas estos días ponen en evidencia la inanidad de su posición ante la deriva de la región. Para más escarnio, hasta se han escuchado ofertas de colaboración militar restringida, como la alemana y, en menor medida, la francesa.

9) Una guerra puede desestabilizar Oriente Medio y provocar una crisis económica mundial. No es muy probable, aunque depende de la duración de la guerra. Quizás no se vaya más allá de una inquietud pasajera, de una alza efímera en el precio del petróleo o de movimientos en sierra de las cotizaciones bursátiles (al alza los valores vinculados con el sector industria-militar; a la baja, casi todos los demás). Los ataques iraníes a instalaciones petroleras saudíes o emiratíes pueden causar pérdidas e interrupciones, pero es difícil que colapsen el sistema de distribución. Tampoco está claro que una interrupción momentánea del tráfico de petroleros genere un nuevo shock energético en Occidente. No estamos en 1973 o en 1979. La dependencia del petróleo está lejos de los niveles de hace medio siglo. Asia y China (que compra el 80% del petróleo iraní a precios reducidos) serían los más perjudicados, pero siempre estará Rusia para acudir al rescate. Ya se sabe la eficacia relativa de las sanciones.

En todo caso, las repercusiones económicas se le endosarán a Irán, el gran villano de la historia. Una razón más para acabar de una vez con un sistema político que, por muy odioso que sea, no será aniquilado por razones morales, sino por oponerse al designio de los intereses supremos.

GUERRAS Y NEGOCIOS

25 de febrero de 2026

Una guerra se enquista, la de Ucrania, y otra se dibuja en el horizonte, la de Irán. ¿O ésta se trata en realidad de un espejismo o una artimaña?

En Ucrania, cuando se entra en el quinto año de conflicto bélico, los frentes están cerca de la congelación. Los avances rusos son menores a 100 metros por día. En 2025, Rusia sólo ha conquistado un 0,83% del territorio ucraniano. A un precio terrible: cerca de 400.000 muertos, tres veces más que sus rivales (1). La destrucción se traslada a las ciudades e infraestructuras energéticas. Con la predominancia de los drones, ambos bandos han modificado sus tácticas de combate, como describe Michael Kofman, analista de la Fundación Carnegie (2). Las operaciones militares son escasamente influyentes en las llamadas negociaciones de paz, ahora reducidas a los contactos bilaterales ruso-americanos, ante la renuencia de Ucrania y la desconfianza de Europa.

En Irán, el régimen negocia también con Washington sin que se sepa exactamente lo que cada parte pretende. Los ayatollahs querrían conservar lo que aún permanece en pie  de su programa nuclear, destruido parcialmente -aunque se ignora en qué grado- en los bombardeos israelíes y norteamericanos del pasado junio. Eso es lo que se admite, pero es evidente que los líderes de la República Islámica pretender asegurar su supervivencia, en el momento quizás más delicado en sus 47 años de turbulenta trayectoria. En cuanto a Estados Unidos, no se sabe si Trump se conformara con la cancelación del proyecto atómico. Ya que este objetivo no parece probable, la fase diplomática sería sólo el preludio de una operación militar que concluya el trabajo de junio, destruya los misiles iraníes más peligrosos y degrade a la Guardia Revolucionaria.

Como siempre ocurre con el libreto de Trump en los conflictos internacionales, domina la confusión. El despliegue militar en las cercanías de Irán es el mayor desde 2003, cuando Bush (W) ordenó atacar a Irak para derribar a Saddam Hussein. En las aguas de Golfo se encuentra ya un tercio de la fuerza naval estadounidense y unos 200 aviones. Trump dispone de un arsenal apabullante en orden de combate (3). Dicen los expertos que el coste inmenso de este despliegue se convertiría en un despilfarro de no llevarse a término. Pero es evidente que para forzar la claudicación de Teherán, Trump tiene que transmitir el mensaje de que el ataque es no sólo posible sino casi inevitable.

El presidente norteamericano no es muy respetuoso con la verdad o con el rigor para apoyar sus tretas tácticas, de ahí que haya malinterpretado o manipulado al Jefe de Estado Mayor Conjunto, el General Dan Caine, al poner en su boca que una eventual operación militar sería ejecutable con un altísimo porcentaje de éxito. Sin embargo, las fuentes del Pentágono que han sido consultadas por los corresponsales acreditados no ofrecen esa visión, ni mucho menos. Más bien Caine habría señalado las dificultades a las que se enfrenta la actual fuerza expedicionaria norteamericana. Dicho de otra manera: Irán no es Venezuela. Eliminar al Guía Supremo Jamenei -o extraerlo del país- no sería comparable a lo que se hizo con Maduro (4).

EL MÉTODO TRANSACCIONAL

El estilo Trump ya no sorprende a nadie, pero eso no quiere decir que las opciones se puedan manejar con un nivel aceptable de certidumbre. Y no sólo por la volatilidad de sus decisiones. A estas alturas, parece que el negociante convertido en Presidente tan sólo pretende obtener ganancias económicas en estos dos conflictos.

En Ucrania, esta interpretación no puede considerarse especulativa. Los participantes lo han admitido parcialmente, aunque sin ofrecer detalles. Trump quiere que la guerra acabe cuanto antes, sin preocuparse demasiado por las exigencias de Ucrania. Le resulta más cómodo asumir las pretensiones rusas, porque, pese a una aparente dureza, no está dispuesto a presionar a su colega del Kremlin.

Trump quiere acceder a las tierras raras rusas -igual que a las chinas- y asegurarse condiciones favorables y prometedoras para inversiones norteamericanas. De ahí que la dupla negociadora estadounidense esté integrada por su amigo y exsocio Steve Witkoff y su yerno, Jared Kushner, un financiero especulador. Ni el Departamento de Estado ni el Pentágono juegan un papel destacado en las negociaciones (5).

En Irán, Trump juega con varias barajas: la israelí, que quiere que se complete ya el trabajo iniciado en junio y acabar de una vez por todas con la supuesta amenaza iraní; la de sus aliadas monarquías del Golfo, que no quieren ahora una operación militar a gran escala, que provocaría un alto riesgo de desestabilización en la zona; y finalmente, la de los sectores sociales y políticos iraníes que confían en que Washington se decida por fin a forzar la caída de un régimen para ellos oprobioso.

Esta amalgama contradictoria de intereses abona la cautela instintiva de Trump, al que sólo le gustan las operaciones bélicas cortas y espectaculares, pero abomina de las que acarrean implicarse a fondo. Tampoco parece que el presidente norteamericano haya optado por una alternativa al régimen islámico. Para decepción de los monárquicos, no ha recibido al heredero de los Pahlavi en el despacho oval, ni ha apoyado su pretensión de convertirse en el futuro dirigente del país, para pilotar una supuesta transición a la democracia. Da la impresión de que Trump quiere repetir la fórmula Venezuela; es decir, seleccionar alguna figura manejable del régimen actual y negociar una evolución que convenga a sus intereses y los de sus aliados.

El problema es que los ayatollahs están muy constreñidos por sus limitadas opciones de supervivencia y una retórica de resistencia que tiene poco que ver con la practicada por el poschavismo. Si renuncia al programa nuclear, quedará muy desacreditado en el interior y en el exterior. Según algunos expertos, los grandes clérigos no tendrán más remedio que librar una batalla necesariamente existencial. La declaración del Guía Jameini prediciendo que el portaaviones Gerald Ford será hundido si Estados Unidos ataca es, evidentemente, una bravuconada, pero también una señal de que el régimen está dispuesto a morir matando (6)

Aún en el supuesto de que la operación militar norteamericana pudiera decapitar a la República Islámica y, eventualmente, conducir a su eliminación, no está claro que la actual administración de Washington pueda controlar y orientar la situación a favor de sus intereses. Lo más probable, según buena parte de los especialistas, es el caos; es decir, un alto riesgo de desintegración por la presión de grupos regionales y étnicos en varias partes del país. Este tipo de predicciones han resultado exageradas en el pasado, pero no del todo privadas de fundamento. En el antecedente de Irak, si bien no se produjo una catástrofe generalizada, el país sufrió un periodo de enorme inestabilidad y de enfrentamiento entre las distintas facciones armadas de las confesiones sunní y chií, durante largo tiempo hostiles (7).

Un analista versado en cuestiones mediorientales como March Lynch, de la Universidad de George Washington, dibuja cuatro escenarios: una República Democrática, débil y sin muchos apoyos exteriores; la restauración de la Monarquía, sólo apoyada por Israel y por ciertos sectores de Estados Unidos; el derrumbamiento general y un periodo más o menos prolongado de tensiones étnicas y territoriales que sumirían el país en el caos; y, finalmente, la más probable según el autor, una dictadura militar bajo el mando de la Guardia Revolucionaria, pero privada de su actual carácter más desafiante, parecido a las Repúblicas autoritarias de la región en sus aspectos institucionales, pero cercana a las vecinas monarquías del Golfo y abierta a cierta cooperación con Estados Unidos (8).  Esta última versión agradaría a Trump, por lo similar a la solución venezolana, pero se antoja demasiado forzada.

Otro experto en Irán, Ross Harrison, éste de Middle East Institute, considera que para derribar al régimen no bastaría con “cortar la cabeza de la serpiente”; es decir, eliminar a Jamenei, ya que el aparato institucional y de seguridad es muy complejo y tupido y podría resistir un duro trauma como ese (9).

De hecho, una periodista como Farnaz Fassihi, que lleva décadas cubriendo Irán para THE NEW YORK TIMES, asegura, basada en numerosas entrevistas con conspicuos miembros del sistema, que la cúpula islámica ha diseñado un “plan de supervivencia”. El sustituto de Jameini, si éste muere, sería Ali Larijani, actual jefe del Consejo de Seguridad, expresidente del Parlamento y en su día negociador del programa nuclear en las fases de mayor dureza de Teherán. Larijani no podría ser el nuevo Guía, porque carece de las credenciales religiosas imprescindible, pero si la figura de autoridad para la travesía del desierto, hasta que el régimen recompusiera sus mecanismos de poder.  De hecho, Larijani ya está ejerciendo de facto el poder civil supremo, oscureciendo al Presidente de la República, Massud Pezeshkian, un médico de perfiles vagamente reformistas, cuyo autoridad no se aleja mucho de su residencia en Teherán (10).

En ambos conflictos, Trump actúa movido por los negocios y seducido por imponer la ley de la fuerza. Pero los actores necesarios para lograr sus propósitos son esquivos y contradictorios. Su método transaccional podría ser insuficiente.


NOTAS

(1) “How Russia’s fatalities compare with Ukraine’s”. THE ECONOMIST, 23 de febrero.

(2) “Ukraine’s War of Endurance. The Fight for Advantage in the Conflict’s Fifth Year”. MICHAEL KOFMAN. FOREIGN AFFAIRS, 16 de febrero.

(3) “U.S. Military in the Middle East: Numbers Behind Trump’s Threats Against Iran”. MARC CANCIAN & CHRIS PARK. CENTER FOR STRATEGIC INTERNACIONAL STUDIES, 20 de febrero.

(4) “Trump Says Top General Predicts Easy Victory Over Iran; He Says Otherwise in Private”. THE NEW YORK TIMES, 23 de febrero; “Trump’s top general foresees acute risks in an attack on Iran”. THE WASHINGTON POST, 23 de febrero.

(5) “La Russie et les Etats-Unis négocient des accords économiques bilatéraux massifs, en marge des pourparlers de paix”. MARIE JÈGO. LE MONDE, 19 de febrero.

(6) “For Iran’s Rulers, Refusing U.S. Demands Is a Risk Worth Taking”. ERIKA SOLOMON. THE NEW YORK TIMES, 23 de febrero.

(7) “The United States Is Dangerously Misreading Iran”. ALI HASHEM. FOREIGN POLICY, 23 de febrero.

(8) “Four Scenarios for a Postwar Iran”. MARC LYNCH. FOREIGN POLICY, 20 de febrero.

(9) “Même si le Guide suprême est l’autorité centrale, “couper la tête du serpent” ne suffirait pas à faire tomber le régimen”. Entrevista con ROSS HARRISON (MIDDLE EAST INSTITUTE). LE MONDE, 21 de febrero.

(10) “Inside Iran’s Preparations for War and Plans for Survival”. FARNAZ FASSIHI. THE NEW YORK TIMES, 22 de febrero.

DEL PUÑO DE HIERRO AL GUANTE DE SEDA

 18 de febrero de 2026

La Gran Misa anual de la Seguridad Occidental en Munich se ha oficiado con una resignación apenas barnizada de una esperanza forzada en la supervivencia del Orden Liberal Internacional. Después del puñetazo del año pasado, propinado por el Vicepresidente norteamericano, D. J. Vance, ahora le tocó el turno al Jefe de la diplomacia, Marco Rubio, que aplicó una palmadita paternalista en guante de seda.

Rubio no es un liberal al uso, o sólo lo es en materia económica; en geopolítica, pertenece al ala dura del Partido Republicano, entregada a Trump, a la fuerza, por instinto de supervivencia o por oportunismo. Producto del exilio cubano, el actual Secretario de Estado ha sido siempre un reaccionario en política exterior. Aspiró a la Presidencia en 2016, pero fue vapuleado por Trump, como otra media docena de aspirantes que pretendían enterrar el modesto legado de Obama. Luego hizo el camino de Damasco hacia las grutas trumpistas, y el Jefe máximo lo acogió con una mezcla de condescendencia y desdén, para que, con su verbo esquinado, esparciera su evangelio ultraconservador.

Ahora Rubio se ha ganado cierta confianza en el mundo MAGA, porque se ha empeñado en demostrar que ha dejado atrás la ortodoxia republicana del orden liberal. En Munich, Rubio no ha corregido el discurso de Vance: lo ha hecho más tragable, pero sólo para los predispuestos del consenso centrista europeo, que quieren ver brotes verdes donde sólo hay, en realidad, cardos y espinas.

La exposición de Rubio no dejó lugar a dudas. La civilización occidental está en peligro y Estados Unidos no está dispuesto a gestionar su decadencia, sino a combatir por su recuperación. Si Europa se une en este empeño, estupendo; en caso contrario, seguirá sola y con una implacable defensa de sus intereses.  Los mensajes de Vance y Rubio son “las dos caras de una misma moneda”, resume la directora del Instituto Italiano de Relaciones Exteriores, Nathalie Tocci (1). O la táctica del “poli bueno y el poli malo”, que parecen distintos pero trabajan para el mismo fin, como prefiere caracterizarlo el profesor de Harvard Stephen Walt (2).

Prueba de que esta suavización de Washington es un espejismo fue el resto de la agenda de Rubio en Europa. Después de Munich visitó Bratislava y Budapest, donde gobiernan los principales exponentes del nacionalismo patriótico europeo tan apreciados por esta administración norteamericana. Hungría vive vísperas electorales y Rubio dejó claro a Orban, en su momento político más delicado en tres lustros, que Trump quiere que siga en el poder.

Pese a todo, los políticos alemanes de la gross koalition han preferido ver el vaso de Munich medio lleno; otros líderes europeos no se engañan y dicen que está a punto de vaciarse. Las sensibilidades europeas tienen que ver con la historia y con las urgencias políticas, pero sobre todo con el peso de las dependencias.

¿HACIA UNA ALEMANIA HEGEMÓNICA?

El canciller Merz cabecea con nostalgia ante el debilitamiento de la protección americana de las últimas ocho décadas. La gratitud por la victoria sobre el nazismo es comprensible en la derecha y el centro-izquierda alemán. Pero pesa tanto o más el dique estratégico levantado frente a la “amenaza” del estalinismo durante la guerra fría. Ahora, como ya advirtiera Merkel, Alemania debe prepararse para asumir responsabilidades, durante 80 años enterradas. El país más poblado y rico de Europa se dispone a convertirse, otra vez, en el más musculoso. Un fantasma resurge de nuevo: el de la Alemania hegemónica.

Sobre este temor empiezan ya a reflexionar analistas occidentales como Liana Fix. Esta experta en temas germánicos del Consejo de Relaciones Exteriores, sanedrín estratégico de Washington, presenta cifras contundentes. “En 2025, [Alemania] gastó más en defensa que cualquier otro país europeo en términos absolutos. Su presupuesto militar  se sitúa en el cuarto puesto del ranking mundial, después del de Rusia. Se espera que el gasto militar anual ascienda a 189 mil millones de $ en 2029, más del triple del que se registró en 2022” (3).

En la OTAN están seguros de que, en tan sólo unos años, el presupuesto militar alemán duplicará los de Francia y Gran Bretaña juntos. La Bundeswehr volverá a ser un ejército de soldados profesionales si la actual campaña de atracción de voluntariado no arroja resultados satisfactorios.

Un zeitewende (cambio histórico), como lo definió el anterior Canciller, Olaf Schol) que tendrá un impacto enorme en todo el continente y, en particular, en los vecinos de la potencia renacida, resalta Fix.

Esta es la paradoja de Europa. Obsesionada con el miedo a Rusia, desengañada por el desinterés americano, se encomienda a una militarización que va a condicionar el pulso económico de los próximos años y despertar viejos temores que se creían superados.

LA APRENSIÓN FRANCESA

Francia encabeza ese grupo de países que se esfuerza desesperadamente por  controlar el desbarajuste de la seguridad europea. Ahora cuenta con algo que no existía ni en 1914 ni en 1939: la exclusividad nuclear, sólo compartida con Gran Bretaña. No por casualidad, el discurso del Presidente francés en Munich ha sido tanto el más escéptico por el guante de seda de Rubio como el más activo en la promoción de un proyecto comunitario de defensa. De momento, en París no se hace explicita la desconfianza hacia esa potencia militar alemana en ciernes, pero las divergencias con Berlín son palpables.  Macron es un pato cojo, pero quiere dejar un legado, y no hay otro mayor que diseñar una nueva seguridad europea que impida sustituir una hegemonía por otra (4).

La editorialista en asuntos exteriores del diario LE MONDE, Sylvie Kauffmann, considera “revelador” que fueran tres dirigentes alemanes quienes dieron la señal de aplaudir al término del discurso de Rubio en Munich: el ministro de defensa, Pistorius (socialdemócrata); el de exteriores, Wadephul (cristiano-demócrata); y, a la derecha, el social-cristiano Marcus Söder, líder en Baviera, länder anfitrión de la reunión (5).

Alemania quiere una autonomía relativa de Estados Unidos, suave, que eluda cualquier ruptura, que le garantice un lugar de privilegio en la nueva arquitectura de la seguridad europea. Francia es más ambiciosa: ¿por recelos hacia Estados Unidos o por temor a una Alemania demasiado fuerte? Este dilema no aparecerá en los discursos públicos, pero ya está en los cenáculos privados, y no sólo en París, sino también en Varsovia, en Riga, Tallín, Vilnus y muchas capitales más.

El otro gran actor de la alternativa al orden occidental actual es Gran Bretaña. Pero si Berlín es reticente a una separación radical de Washington, Londres permanece atado al vínculo transatlántico: por necesidad y por vocación. El actual Premier, un hombre que vive en estado de premura política permanente,  fue cauteloso al máximo en Munich. Aunque Starmer ha ido mucho más lejos que sus antecesores en el fortalecimiento de las relaciones con Europa hasta llegar a una coordinación de los arsenales nucleares de Londres y París, no está dispuesto a la renuncia del “imperativo estratégico del vínculo transatlántico”, como le ha dicho Sophie Gastón, del King College londinense a Katia Adler, de la BBC (6).

Trump no aprecia estas sutilezas estratégicas, pero los postureos europeos de resistencia a sus exigencias en materia comercial y militar no le van a disuadir de afirmar un nuevo liderazgo americano más exigente y determinante. El actual Presidente no persigue seguramente un nuevo Orden, como dicen sus exégetas dentro y fuera de Estados Unidos, sino simplemente una satisfacción vanidosa en forma de claudicación amable de Europa. 

Mejor por las buenas que por las malas. Esa ha sido la divisa de Trump en los amagos de las guerras de los aranceles, y todo indica que será la que aplique en el apartado de la seguridad. Rubio está más dotado que Vance para ese propósito de la sumisión dulce. Otra cosa es lo que dure el anterior senador por Florida es esa posición de privilegio que supone aunar la Secretaría de Estado y el pilotaje de Seguridad Nacional. Sólo Kissinger disfrutó de ella (1973-1975), en la época convulsa del ocaso de Nixon y el efímero mandato de Ford. En los Estados (des)Unidos de Trump sólo importa él.

El movimiento MAGA cuenta con otro apoyo reforzado fuera de Europa. En Japón, la derechista Sanae Takaichi ha conseguido la victoria electoral más contundente desde 1946 (7). Aparte de su duro discurso antiinmigración, se ha atrevido a desafiar a Pekín, al comprometerse en la defensa de Taiwán en caso de invasión china. No sólo eso: Tokio invertirá medio billón de dólares en EE.UU, fruto del reciente acuerdo/chantaje comercial (8). Takaichi puede ser para Trump lo que Thatcher fue para Reagan.


NOTAS

(1) “Why Marco Rubio’s ‘reassuring’ speech to Europe was nothing of the kind”. NATHALIE TOCCI. THE GUARDIAN, 16 de febrero.

(2) “Trump Is Playing Good Cop/Bad Cop With Europe”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 17 de febrero.

(4) “Europe’s next hegemon. The perils of German Power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero “America offers Europe warmer words, but a deep chill remains”. THE ECONOMIST, 14 de febrero.

(5) “A la Conférence de Munich sur la sécurité, le message de Rubio était le même, sur le fond, que celui de Vance”. SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE, 16 de febrero.

(6) “Trump's new world order has become real and Europe is having to adjust fast”. KATY ADLER. BBC, 14 de febrero.

(7) “Japon: le raz-de-marée Takaichi et le nouveau visage du pouvoir”. CÉLINE PAJON. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 11 de febrero.

(8) “Trump Hails Japan’s First Batch of U.S. Investments”. RIVER AKIRA DAVIS & ANA SWANSON. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

 

 

EPSTEINGATE

11 de febrero de 2026

El escándalo que sacude Occidente por las relaciones entre miembros de las élites políticas, económicas e institucionales  (norteamericana y europeas) con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, suicidado en su celda de Nueva York en 2019, está dejando un rastro fétido que está causando una crisis política y de confianza en algunos países.

El asunto es tanto más corrosivo cuanto que su esclarecimiento se está dilatando en demasía debido a las obstrucciones y manipulaciones de Donald Trump, el líder que fue salpicado en primer lugar por las actividades salaces y delictivas del personaje. Sólo cuando fue presionado por sus teóricos correligionarios republicanos, el magnate-Presidente se decidió a publicar millones de documentos de los archivos de Epstein. Pero hay serias sospechas de que se haya guardado lo más comprometedor de sus contactos y relaciones con el depredador sexual (1).

Desde 2005, los tentáculos de esa peligrosa amistad acosan a miembros de la realeza británica (el Príncipe Andrew) y noruega, a un expresidente norteamericano (Bill Clinton),  y a políticos de notable notoriedad (como el gurú laborista de Tony Blair), el ministro de Cultura de Mitterrand, Jack Lang, y el exprimer ministro israelí Ehud Barak.

Pero éstos son solo algunos. Numerosos empresarios, financieros, asesores políticos, diplomáticos, actores y famosos de la vida social, de todo tipo y condición, se encuentran en la maraña de las orgías y servicios más o menos a la carta de Epstein. En algunos casos, sólo se han podido documentar contactos, relaciones epistolares, visitas, participación en eventos, etc. No todos ellos pueden ser considerados sospechosos de actos sexuales delictivos, pero tan peligrosa y desaconsejable compañía o bien pueden arruinar sus carreras, o enturbiar su prestigio.

Quizás el caso de mayor alcance hasta la fecha sea el que afecta al premier británico, Keir Starmer, no personalmente, pero si por sus decisiones. El nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos cuando ya sabía de sus relaciones con Epstein lo coloca ahora en una posición insostenible para muchos colegas de su propio partido. Lo más peligroso para Starmer es que Mandelson, cuando era ministro, compartió con el depredador sexual informes confidenciales durante la crisis financiera y comentarios despectivos sobre Gordon Brown, el entonces PM. De momento, su jefe de gabinete y hombre de confianza, Morgan Mac Sweeney, ya ha dimitido, como inspirador de ese envenenada  designación (2).

La bajísima popularidad del líder laborista por su pésima gestión socio-económica, las renuncias de la agenda social y los conflictos o fricciones con miembros de su equipo de gobierno ha convertido su continuidad en 10, Downing Street en un mar de dudas. Nunca, desde que hay registros, cualquiera de sus predecesores ha aparecido tan hundido en las encuestas de aceptación, al año y medio del inicio de su mandato.

Pese a todo, Starmer parece dispuesto a luchar por su puesto y su proyecto político (3). Pero en el sistema británico, una vez que la discordia se instala en el corazón de cada partido, los rivales expresos o potenciales del rival empieza a oler a sangre, la cacería difícilmente remite. Las elecciones parciales de mayo dictarán sentencia.  El cabecilla laborista en Escocia, Anar Sarwar, ha sido uno de los primeros en retar a sir Keir.

Otra que aparece entre bastidores en la anterior número dos del Gobierno Starmer, Angela Reyner, cabeza de fila del ala centro-izquierdista del Labour. El incumplimiento de la promesa de no subir los impuestos a la clase trabajadora y los recortes sociales, debido a la pésima situación económica del Reino le costaron el puesto. Aunque Reyner no se ha posicionado formalmente como alternativa a su antiguo jefe, muchos creen que, de no poder frenarse la sangría actual, su candidatura será inevitable (4).

Otra figura que aparece en el horizonte como posible challenger es el alcalde de Manchester, Andy Burham, éste en el otro lado del espectro laborista. Es un aspirante desde hace años, pero cuando Starmer lidero la defenestración del izquierdista Jeremy Corbyn, hoy en día al frente de una formación diferente, con más problemas que opciones serias de ser una alternativa para el electorado laborista más crítico.

El drama del Labour es que, como ya ocurriera en Francia con el hundimiento de la izquierda a favor del Frente Nacional, el debilitamiento vertiginoso y contundente del histórico partido de Attlee y Wilson está engordando a la ultraderecha nacionalista, xenófoba y brexiter radical de Reform UK, que acaricia el 30%.

Aunque este partido hecho de remiendos de tories insatisfechos y outsiders políticos empieza a convertirse en atractivo para muchos políticos conservadores desconcertados, el electorado que lo ha llevado a la cúspide de los sondeos no procede solamente de latitudes derechistas. Grandes masas de la clase media trabajadora se dejan seducir por un mensaje simplista y nacionalista, ante la falta de vigor del Labour, su pésima gestión económica y la mediocridad de sus dirigentes.

La crisis provocada por las conexiones entre Epstein y Mandelson, quizás el exponente más destacado de la tercera vía o Nuevo Laborismo de Blair, es lateral, una especie de venganza del pasado. Pero en estos tiempos convulsos, cualquier cosa sirve para hundir aún más a Starmer y a su desorientado gobierno. Como dice THE ECONOMIST, “el Primer Ministro es un enfermo que no se puede permitir coger un resfriado” (5).

El escándalo Epstein empieza a ser algo parecido al de la pederastia para la Iglesia, aunque su extensión y amplitud no pueda compararse. Ha causado estupor la cantidad de celebridades que se apuntaban a esas depravaciones de bajos vuelos.  La atención pública no sólo responde al habitual e imparable reflejo del morbo, sino también a la demostración, una vez más, de la hipocresía social de unos dirigentes o personajes influyentes que pontifican sobre los valores occidentales, mientras hacen de su vida privada un lodazal repugnante o miran para otro lado.

TRUMP ATRAPADO EN SUS FALSEDADES

Trump es un ejemplo de la mentira descarada de sus proclamas propagandísticas. Aunque era un secreto a voces sus amistades peligrosas desde su irrupción en el famoseo de los noventa y su desapego a cualquier forma de moral pública, en los últimos años había tratado de cimentar su carrera política aproximándose a los grupos religiosos ultraconservadores. Se trataba de una operación falsaria de beneficio mutuo. La agenda extremista se aprovecha de tener un aliado en la Casa Blanca y de la posible continuidad, desde 2029, en la figura del Vice Presidente Vance (ese sí, genuinamente uno de los suyos), a cambio de los millones de votos que los movimientos de bases y las plataformas religiosas de recolección de dinero e influencia social y mediática le aseguraban a Trump.

Las relaciones más que estrechas entre el magnate neoyorquino y el libertino agente de pretendidos placeres inconfesables supone una complicación en un momento de estancamiento de su proyección presidencial por la caída libre de sus índices de popularidad y la acumulación de fracasos domésticos e internacionales. Sus cacareados éxitos diplomáticos se esfuman o se enredan, sus órdagos quedan reducidos a faroles, y sus amigos activos o pasivos empiezan a cuestionarse la rentabilidad de sus alianzas.

Trump dispone aún de un amplio margen de maniobra y de una cuota de atención mediática desproporcionada para remontar el vuelo, según los cabecillas de sus huestes más fieles. Pero está tocado y quizás en el momento más delicado de su segundo mandato.

 

NOTAS

(1) “How Trump Appears in the Epstein Files”. THE NEW YORK TIMES, 1 de febrero.

(2) “Starmer’s Chief of Staff Resigns, Citing Role in Hiring Friend of Epstein”. MICHAEL SHEAR. THE NEW YORK TIMES, 8 de febrero.

(3) “Keir Starmer says he is ‘not prepared to walk away’ after call for resignation”. PIPPA CRERAR Y JESSICA ELGOT. THE GUARDIAN, 9 de febrero.

(4) ”‘Rayner for leader’ site proves race to succeed Starmer is well under way”. KIRAN STACEY. THE GUARDIAN, 9 de febrero.

(5) “Keir Starmer: a sick man who can’t afford to catch a cold”. THE ECONOMIST, 9 de febrero.

 

CHINA: UNA PURGA ENIGMÁTICA

  4 de febrero de 2026    

Desde su llegada al poder hace trece años, el máximo (y único) líder chino, Xi Jinping, ha demostrado que no le tiembla el pulso a la hora de purgar y supuestamente sanear los aparatos del Estado o más bien eliminar políticamente a sus rivales. En las sucesivas destituciones, reestructuraciones y promociones nunca se ha sabido bien si se trata de eliminar la corrupción y mejorar la eficiencia de la administración (discurso oficial) o de desembarazarse de potenciales enemigos políticos, ante su intención de convertirse en líder vitalicio, como Mao.

La última purga ha sido sonada. Xi ha puesto bajo investigación al general Zhang Youxia, que hasta ahora era su mano derecha en la Comisión Militar Central del Partido Comunista. Este organismo es más poderoso de lo que su denominación da a entender. De hecho, Deng Xiao Ping dirigió desde ahí el cambio de rumbo de China, a finales de los 70, después de las purgas que acabaron con los maoístas (la denominada “banda los cuatro”) que pretendían prolongar la herencia del fundador del nuevo Estado.

La caída de Zhang es tanto más llamativa cuanto que era amigo personal de Xi. Ambos pertenecen a la dinastía de los ‘príncipes rojos’, es decir, hijos de veteranos combatientes de la Revolución y la “larga marcha”. Además, el ahora defenestrado general era el único de los militares en la cúspide de las Fuerzas Armadas que atesoraba experiencia de combate: en la guerra contra Vietnam (1979) y posteriores campañas fronterizas (1984).

La sensación dominante en el círculo de reputados analistas es que la caída de Zhang es la culminación de la tercera fase de purgas de Xi en el Ejército, que han acabado con la carrera profesional (y en algunos casos con la libertad) de un centenar del altos cargos militares. La última fase se inició en 2023, con motivo del Congreso del Partido: desde entonces más de 60 jefes, oficiales y altos responsables de la industria de Defensa han sido eviscerados. Sólo el año pasado, casi un millón de militares han sido objetos de sanciones disciplinarias.

POR QUÉ LA PURGA?

Los expertos le dan vuelta a los motivos que han provocado esta decisión de largo alcance del Presidente chino. Hay cuatro teorías principales, no excluyentes entre sí:

a) Lucha contra la corrupción (línea oficial). No es descartable, aunque opere como cajón de sastre y cortina de humo para enmascarar conflictos políticos internos. Zhang había sido director del Departamento de Desarrollo armamentístico, muy afectado por corruptelas desde hace tiempo; como consecuencia de estas malas prácticas, las ventas de los ocho productores chinos de armas habían descendido un 10% en 2024. Se sabe que desde 2007 hasta la llegada al poder de Xi, en 2012, la CIA sobornó a buen número de militares que fueron ascendiendo en la escala jerárquica hasta que muchos de ellos fueron descubiertos por la Inteligencia china.

b) Espionaje. En algunos medios norteamericanos se ha publicado que se tenían sospechas de que Zhang habría pasado información al Pentágono sobre los sistemas y planes de la disuasión nuclear.

c) Rivalidad política. Pese a su aparente amistad y carrera compartida, se especula con que el depuesto militar hubiera creado un círculo de oposición uniformada a las pretensión de “poder sin límites” de Xi y su pretensión de optar a un cuarto mandato en el próximo Congreso del Partido, que se celebrará el año que viene.

d) Desavenencias sobre Taiwán. Según esta interpretación, el dirigente militar creía que el Ejército Popular de Liberación (EPL) no estaba todavía en condiciones de lanzar una operación de asalto y conquista de la isla, mientras Xi sigue aferrado a su objetivo de completar la unificación nacional en 2027, conforme a la propaganda vigente.

En cada una de estas tesis hay elementos de contestación o interrogantes sin resolver.

El latiguillo de la corrupción es recurrente, pero no se entiende bien que Xi haya esperado tanto para proceder a la purga. De hecho, de todos los altos cargos del estamento militar en la Comisión Militar Central, sólo permanece el encargado de disciplina, es decir, el agente anticorrupción, Zhang Shengmin.

La tesis del espionaje parece poco consistente y suele ser abonada por grupos disidentes del exilio. Ha sido publicada en el The Wall Street Journal, el diario de los negocios neoyorquinos, propiedad de los Murdoch.

La rivalidad política tampoco parece convincente, ya que la avanzada edad del purgado (75 años)  y su perfil estrictamente militar le alejan de camarillas en el partido. Por otro lado, si ese fuera el caso, a Xi le hubiera resultado más cómodo esperar al año que viene cuando Zhang ya no pudiera acceder a una nueva prórroga que retrasara más su ya dilatada jubilación.

En cuanto a las discrepancias sobre la actuación en Taiwán, tampoco se dispone de datos que lo avalen con suficiente seriedad. Como se verá más adelante, la sustitución de Zhang no tiene por qué ser tan perjudicial para los planes del Presidente.

CONSECUENCIAS

Además de las causas, los análisis de los últimos días se extienden sobre las consecuencias de este último terremoto en la cúspide del poder.

Con respecto a la más evidente, es decir, la sustitución de los destituidos, tras las sucesivas limpias en las Fuerzas Armadas, hay división de opiniones: unos piensan que Xi tendrá problemas para reponer los huecos con jefes y oficiales de solvencia, mientras otros, entre ellos muchos exponentes del Pentágono, creen que en las nuevas generaciones puede hallarse personal no sólo preparado, sino más leal y agradecido por su promoción.

Pero el aspecto que más interesa a los analistas occidentales es el del efecto sobre el dossier Taiwán. La idea predominante es que podrían retrasarse los planes. Pero supuestos conocedores del Ejército y del Partido, como el analista y exagente de la CIA Christopher Johnson aconseja cautela al respecto, por varias razones.

En primer lugar, porque, aun cuando Xi se hubiera sentido impaciente ante las recomendaciones prudentes de su examigo Zhang, eso no quiere decir necesariamente que el máximo líder desconfiara de la lealtad de los más altos mandos de las Fuerzas Armadas. La reunificación nacional es cuestión de Estado y no se perciben quiebras.

Segundo, el ascenso de una nueva hornada de jefes y oficiales podría garantizar un mayor entusiasmo, si cabe, por la operación militar más importante del Ejército Popular desde la guerra de liberación.

Y finalmente, en todo caso, la decisión de ocupar la isla renegada nunca será militar, sino política, y las circunstancias actuales son particularmente favorables, debido al desinterés de Trump por mantener el compromiso de defensa de Taiwán que han mantenido sus antecesores en la Casa Blanca.

Lo que parece fuera de toda duda es que Xi está decidido a que se cumpla uno de los axiomas de la revolución y del sistema chinos: que el Partido tiene que ejercer un liderazgo sin limitaciones ni dudas sobre las Fuerzas Armadas. “El partido manda sobre las armas, las armas nunca mandan sobre el partido”, decía un editorial del periódico del Ejército en octubre. En esta línea,  Xi se autodesignó, ya en 2016, comandante en jefe, asumiendo no sólo el control administrativo, sino también el mando operacional. El máximo líder no quiere que en China ocurra lo que en los países comunistas europeos a finales de los 80: los partidos resultaron sobrepasados, cuando sus aparatos de seguridad cedieron ante los movimientos de contestación político-social.


REFERENCIAS

- “The unsettling implications of Xi’s military purgue”. CHRISTOPHER JOHNSON. FOREIGN AFFAIRS, 30 de enero.

- “Xi, the destroyer”. JONATHAN A. CZIN & JOHN CULVER. FOREIGN AFFAIRS, 2 de febrero.

- “Why Xi keeps gutting his own army”. SHASHANKS JOSHI. THE ECONOMIST, 2 de febrero.

- “China’s disappearing Generals”. AMY CHANG & ALAS. THE NEW YORK TIMES, 2 de febrero.

- “Xi’s military purgue may set back his Taiwan ambitions”. CHRIS BUCKLEY. THE NEW YORK TIMES, 29 de enero.

- “L’enigme et le onde de choc de la purgue des plus haut gradés de l’armée par Xi Jingpin”. HAROLD THIBAUT. LE MONDE, 30 de enero.

- “Why are China’s generals so quiet as Xi purgues them? The PLA is a politically neutered army. DENG YUWEN. FOREIGN POLICY, 30 de octubre.