24 de junio de 2026
La
semana nos ha dejado dos novedades sin aparente relación: la dimisión del
Primer Ministro británico, Keir Stermer, y el triunfo del ultraderechista
Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia (el
margen inferior a un punto sobre el izquierdista Cepeda aconseja cierta
prudencia antes de dar este resultado como definitivo).
En
realidad, en ambos acontecimientos hay un nexo poco visible: la pujanza de la extrema
derecha como fuerza no sólo de movilización y perturbación comunicativa y
social, sino también como alternativa de gobierno.
OTRA
MUESCA ULTRA EN AMÉRICA LATINA
Colombia,
de confirmarse el triunfo de Aberlardo de la Espriella hace subir a 12 los
países capturados por el mensaje demagógico, populista y revanchista de una
derecha latinoamericana empeñada en revertir los escasos avances de los años
tibiamente progresistas (1). Perú podría engrosar la lista, si finalmente Keiko
Fujimori se impone en las presidenciales cuando se concluya el largo y tortuoso
recuento (2). Los aprendices de Trump,
algunos con largo recorrido político previo, han visto en el magnate norteamericano
un factor multiplicador de sus propuestas y la inspiración exitosa para la
manipulación de masas (3).
En
Colombia, ese revanchismo es más evidente que en otros lugares, porque durante
muchas décadas la violencia física e institucional había impedido el acceso de
la izquierda moderada al poder. Los años de Gustavo Petro han sido escasos,
contradictorios y permanentemente amenazados por la sombra que se proyectaba
desde el norte. Con Trump, la intimidación ha sido explícita y no sólo verbal:
la excusa de una confusa y tramposa lucha contra el narcotráfico ha dado lugar
a vulneraciones inaceptables del derecho internacional y de la soberanía
nacional colombiana.
De
la Espriella agrupa el voto de la derecha colombiana que no duda en arrojarse
en brazos de cualquier forma de solución radical, cuando otras más moderadas no
consiguen imponerse electoralmente. Como ocurre en casi toda la región, la
pertinaz ausencia de soluciones a corto, medio y largo plazo ha ido desincentivando
la participación política de las clases populares.
El
sistema liberal ha sido una desgracia para Iberoamérica, pero los discursos
alternativos no han prendido más allá de las prebendas sociales propiciadas por
el alza coyuntural y efímera de los precios de las materias primas. Agotado el
maná, la izquierda se ha disuelto en la desunión y la falta de soluciones
estructurales.
Si
cruzamos el Océano Atlántico, observamos que la ultraderecha (algo distinta a
la latinoamericana) nunca ha estado tan cerca de alcanzar cuotas de poder no
disfrutadas hasta ahora.
LOS
APUROS DEL LABORISMO
En
Gran Bretaña, la revuelta laborista que ha obligado a Starmer a abandonar su
resistencia y resignarse a dimitir ha estado alentada por el miedo al triunfo
inédito de la extrema derecha reunida en torno al partido Reform UK,
liderado por el ex tory Nigel Farage.
El
éxito de esta formación escindida de los conservadores y fundamentalmente
xenófoba en las elecciones locales de mayo disparó todas las alarmas en los
partidos del consenso centrista (4). El giro en la política migratoria de
Starmer, al pasar de un supuesto humanismo inicial a las “simpatías” por las
ocurrencias xenófobas de la primera ministra italiana y su externalización del
control y reclusión de inmigrantes en Albania, despertó críticas acervas en el
sector progresista del laborismo.
El
ascenso continuado de Farage en los sondeos ha condicionado demasiado las
respuestas del 10 de Downing Street. En este sentido, el laborismo de derechas
no se ha distinguido mucho del conservadurismo a la deriva desde la crisis del
Brexit. Gran Bretaña ha entrado en la senda francesa; es decir, cómo hacer
políticas reaccionarias sin que lo parezcan. Lo cual resulta imposible, salvo
que se quiera cerrar los ojos.
Starmer
ha cometido muchos más errores. Sin ser cruel, se podría llegar a decir que ha
incurrido en todos los posibles e incluso en algunos autoinfligidos por
torpeza, desatención o falta alarmante de reflejos. Se ha agarrado al puesto con
actitud de zombi político similar a la mostrada por Biden sobre sus opciones de
reelección. Su discurso de despedida refleja que no ha terminado de entender
las razones profundas de su desventura (5).
En
un largo e incisivo análisis para THE GUARDIAN el columnista Jonathan Freedland
repasa las causas del naufragio de Starmer, un dirigente que carecía de carrera
política y parlamentaria (6). Había llegado al laborismo desde su carrera como
fiscal, con un perfil profesional y tecnocrático. En un partido donde las
conspiraciones y luchas internas están tan arraigadas, no parecía muy venturosa
la carrera de Starmer. Pero se procuró el apoyo de los sectores más moderados
al asumir la depuración de los seguidores del líder izquierdista anterior,
Jeremy Corbin. Sin haberse empeñado con entusiasmo en esta tarea, probablemente
no se habría convertido en candidato casi indiscutible en las elecciones de
julio de 2024.
Hay
otro factor que explica su victoria de ese año, en términos de presencia
parlamentaria, la más aplastante del laborismo desde 1935. Desde la iniciativa
del referéndum sobre el Brexit ahora hace justamente 10 años, Gran Bretaña ha
había tenido hasta 2024 seis primeros ministros tories (cuatro hombres y dos
mujeres). Se iban sucediendo sin la mínima lealtad y dejando el país por lo
general peor de lo que lo encontraron, con un partido a la deriva y la
demagogia antieuropea en permanente revisión y corrección para ir limitando
daños.
Starmer,
como líder de la oposición, jugó a un europeísmo tibio, que nunca cuestionó el
Brexit, pero entendió que había que encuadrarlo en un ámbito de relación con
los antiguos socios continentales más constructivo y positivo. Como en todas
las áreas de su gestión, se refugió en la ambigüedad y la indefinición para
protegerse de posibles desgastes. Al final, ha ocurrido todo lo contrario. Ni
el laborismo ni el ciudadano británico en general han podido identificar el
proyecto que Starmer tenía para el país, si es que tenía alguno.
En
la base laborista, los recortes en los servicios públicos que el Primer
Ministro alentaba sin implicarse personalmente en su defensa, dejando esa tarea
ingrata a sus ministros correspondientes, han ido provocando una corrosión
enorme. El estancamiento brutal de la economía nacional y la resistencia de
Starmer a políticas fiscales más audaces, a veces en franca contradicción con
el programa vigente del partido y la opinión de algunos de sus dirigentes más
notables, le han ido conduciendo a un callejón sin salida.
Para
complicar aún más las cosas, Sir Keir ha sido el primer jefe de gobierno
británico que no ha gozado del privilegio de la “relación especial” con Estados
Unidos. Pese a su intento inicial de practicar una adulación contenida a Trump,
el Premier se ha visto obligado a poner coto a este tóxico empeño. En
esos esfuerzos iniciales de preservación del vínculo privilegiado hay que
inscribir el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en
Estados Unidos, pese a que en los meandros de Downing Street se conocían las
peligrosas conexiones del veterano político laborista (asesor de Blair,
exministro, etc.) con el depredador sexual Epstein. El destape progresivo de
las torpezas de la Jefatura del Gobierno en la gestión del destructivo nombramiento
dejó una herida incurable en la solidez del exfiscal.
Starmer,
como han hecho decenas de jefes de gobierno en Europa, trató de compensar los
fracasos en política interior con iniciativas exteriores de cierto relumbre.
Cegada o llena de minas la vía atlántica, el Primer Ministro encontró en un eje
francoalemán en horas bajas un factor de protagonismo político. Aunque la
fórmula E3 (una suerte de Directorio europeo) se ha limitado a la conducción de
la política europea en la guerra de Ucrania, la visibilidad exterior de Starmer
ha sido una de sus pocas apariciones libres de la polémica o el escándalo. Como
era evidente, tales compensaciones no han valido de nada en el ánimo partidista
de Gran Bretaña que, cuando huele la sangre, se lanza despiadadamente contra
sus presas. Nadie, ni la en su día intocable Margaret Thatcher (o antes el
propio Churchill), se ha librado de este comportamiento destructivo de líderes
políticos.
Para
dar el golpe de gracia en el sistema británico es imprescindible una solución
de recambio que salga del templo del Parlamento. Los diputados británicos,
elegidos por sufragio mayoritario en circunscripciones uninominales, tienen un
margen de autonomía superior al de sus colegas de otros países europeos. Si los
MP’s se conjuran para derribar a uno de los suyos, la débil maquinaria de los
partidos no puede hacer nada o casi nada.
En
el caso de Starmer, se habían quemado casi todas las opciones. La única que
parecía solvente o con la suficiente capacidad de movilizar a la mayoría en el
Labour era la de Andy Burnham, que se había marchado de Londres para hacer
carrera local hasta convertirse en el alcalde del Gran Manchester, una villa
del norte del país famosa por su aversión a los tories.
Burnham
se ha dejado querer durante meses, pero al no ser parlamentario, no tenía
opciones de ser candidato. Al final, después de presiones no disimuladas,
consiguió que dimitiera una diputada de su región de anclaje y se produjera una
elección anticipada (by election) para cubrir el escaño. El aspirante
mató dos pájaros de un tiro: consiguió su asiento en Westminster y venció por
20 puntos al candidato de Reform UK, convirtiéndose en antídoto del
fantasma populista.
Nadie
sabe muy bien qué va a cambiar el nuevo líder, si es que consigue, como parece,
culminar con éxito los procedimientos de elección que comenzarán el próximo 9
de julio. Es un moderado, pero con un discurso un más progresista que el actual
Primer ministro. Tiene mejores dotes oratorias y una imagen más resultona. En
sustancia, no parece que vaya a impulsar un giro de timón (7). Bastará de
momento con unificar de nuevo a sus seguidores en los asientos parlamentarios,
tras devolverles la esperanza de poder presentar batalla a los ultras, que
siguen avanzando en el continente y al otro lado del Atlántico.
En
realidad, en ambos acontecimientos hay un nexo poco visible: la pujanza de la extrema
derecha como fuerza no sólo de movilización y perturbación comunicativa y
social, sino también como alternativa de gobierno.
OTRA
MUESCA ULTRA EN AMÉRICA LATINA
Colombia,
de confirmarse el triunfo de Aberlardo de la Espriella hace subir a 12 los
países capturados por el mensaje demagógico, populista y revanchista de una
derecha latinoamericana empeñada en revertir los escasos avances de los años
tibiamente progresistas (1). Perú podría engrosar la lista, si finalmente Keiko
Fujimori se impone en las presidenciales cuando se concluya el largo y tortuoso
recuento (2). Los aprendices de Trump,
algunos con largo recorrido político previo, han visto en el magnate norteamericano
un factor multiplicador de sus propuestas y la inspiración exitosa para la
manipulación de masas (3).
En
Colombia, ese revanchismo es más evidente que en otros lugares, porque durante
muchas décadas la violencia física e institucional había impedido el acceso de
la izquierda moderada al poder. Los años de Gustavo Petro han sido escasos,
contradictorios y permanentemente amenazados por la sombra que se proyectaba
desde el norte. Con Trump, la intimidación ha sido explícita y no sólo verbal:
la excusa de una confusa y tramposa lucha contra el narcotráfico ha dado lugar
a vulneraciones inaceptables del derecho internacional y de la soberanía
nacional colombiana.
De
la Espriella agrupa el voto de la derecha colombiana que no duda en arrojarse
en brazos de cualquier forma de solución radical, cuando otras más moderadas no
consiguen imponerse electoralmente. Como ocurre en casi toda la región, la
pertinaz ausencia de soluciones a corto, medio y largo plazo ha ido desincentivando
la participación política de las clases populares.
El
sistema liberal ha sido una desgracia para Iberoamérica, pero los discursos
alternativos no han prendido más allá de las prebendas sociales propiciadas por
el alza coyuntural y efímera de los precios de las materias primas. Agotado el
maná, la izquierda se ha disuelto en la desunión y la falta de soluciones
estructurales.
Si
cruzamos el Océano Atlántico, observamos que la ultraderecha (algo distinta a
la latinoamericana) nunca ha estado tan cerca de alcanzar cuotas de poder no
disfrutadas hasta ahora.
LOS
APUROS DEL LABORISMO
En
Gran Bretaña, la revuelta laborista que ha obligado a Starmer a abandonar su
resistencia y resignarse a dimitir ha estado alentada por el miedo al triunfo
inédito de la extrema derecha reunida en torno al partido Reform UK,
liderado por el ex tory Nigel Farage.
El
éxito de esta formación escindida de los conservadores y fundamentalmente
xenófoba en las elecciones locales de mayo disparó todas las alarmas en los
partidos del consenso centrista (4). El giro en la política migratoria de
Starmer, al pasar de un supuesto humanismo inicial a las “simpatías” por las
ocurrencias xenófobas de la primera ministra italiana y su externalización del
control y reclusión de inmigrantes en Albania, despertó críticas acervas en el
sector progresista del laborismo.
El
ascenso continuado de Farage en los sondeos ha condicionado demasiado las
respuestas del 10 de Downing Street. En este sentido, el laborismo de derechas
no se ha distinguido mucho del conservadurismo a la deriva desde la crisis del
Brexit. Gran Bretaña ha entrado en la senda francesa; es decir, cómo hacer
políticas reaccionarias sin que lo parezcan. Lo cual resulta imposible, salvo
que se quiera cerrar los ojos.
Starmer
ha cometido muchos más errores. Sin ser cruel, se podría llegar a decir que ha
incurrido en todos los posibles e incluso en algunos autoinfligidos por
torpeza, desatención o falta alarmante de reflejos. Se ha agarrado al puesto con
actitud de zombi político similar a la mostrada por Biden sobre sus opciones de
reelección. Su discurso de despedida refleja que no ha terminado de entender
las razones profundas de su desventura (5).
En
un largo e incisivo análisis para THE GUARDIAN el columnista Jonathan Freedland
repasa las causas del naufragio de Starmer, un dirigente que carecía de carrera
política y parlamentaria (6). Había llegado al laborismo desde su carrera como
fiscal, con un perfil profesional y tecnocrático. En un partido donde las
conspiraciones y luchas internas están tan arraigadas, no parecía muy venturosa
la carrera de Starmer. Pero se procuró el apoyo de los sectores más moderados
al asumir la depuración de los seguidores del líder izquierdista anterior,
Jeremy Corbin. Sin haberse empeñado con entusiasmo en esta tarea, probablemente
no se habría convertido en candidato casi indiscutible en las elecciones de
julio de 2024.
Hay
otro factor que explica su victoria de ese año, en términos de presencia
parlamentaria, la más aplastante del laborismo desde 1935. Desde la iniciativa
del referéndum sobre el Brexit ahora hace justamente 10 años, Gran Bretaña ha
había tenido hasta 2024 seis primeros ministros tories (cuatro hombres y dos
mujeres). Se iban sucediendo sin la mínima lealtad y dejando el país por lo
general peor de lo que lo encontraron, con un partido a la deriva y la
demagogia antieuropea en permanente revisión y corrección para ir limitando
daños.
Starmer,
como líder de la oposición, jugó a un europeísmo tibio, que nunca cuestionó el
Brexit, pero entendió que había que encuadrarlo en un ámbito de relación con
los antiguos socios continentales más constructivo y positivo. Como en todas
las áreas de su gestión, se refugió en la ambigüedad y la indefinición para
protegerse de posibles desgastes. Al final, ha ocurrido todo lo contrario. Ni
el laborismo ni el ciudadano británico en general han podido identificar el
proyecto que Starmer tenía para el país, si es que tenía alguno.
En
la base laborista, los recortes en los servicios públicos que el Primer
Ministro alentaba sin implicarse personalmente en su defensa, dejando esa tarea
ingrata a sus ministros correspondientes, han ido provocando una corrosión
enorme. El estancamiento brutal de la economía nacional y la resistencia de
Starmer a políticas fiscales más audaces, a veces en franca contradicción con
el programa vigente del partido y la opinión de algunos de sus dirigentes más
notables, le han ido conduciendo a un callejón sin salida.
Para
complicar aún más las cosas, Sir Keir ha sido el primer jefe de gobierno
británico que no ha gozado del privilegio de la “relación especial” con Estados
Unidos. Pese a su intento inicial de practicar una adulación contenida a Trump,
el Premier se ha visto obligado a poner coto a este tóxico empeño. En
esos esfuerzos iniciales de preservación del vínculo privilegiado hay que
inscribir el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en
Estados Unidos, pese a que en los meandros de Downing Street se conocían las
peligrosas conexiones del veterano político laborista (asesor de Blair,
exministro, etc.) con el depredador sexual Epstein. El destape progresivo de
las torpezas de la Jefatura del Gobierno en la gestión del destructivo nombramiento
dejó una herida incurable en la solidez del exfiscal.
Starmer,
como han hecho decenas de jefes de gobierno en Europa, trató de compensar los
fracasos en política interior con iniciativas exteriores de cierto relumbre.
Cegada o llena de minas la vía atlántica, el Primer Ministro encontró en un eje
francoalemán en horas bajas un factor de protagonismo político. Aunque la
fórmula E3 (una suerte de Directorio europeo) se ha limitado a la conducción de
la política europea en la guerra de Ucrania, la visibilidad exterior de Starmer
ha sido una de sus pocas apariciones libres de la polémica o el escándalo. Como
era evidente, tales compensaciones no han valido de nada en el ánimo partidista
de Gran Bretaña que, cuando huele la sangre, se lanza despiadadamente contra
sus presas. Nadie, ni la en su día intocable Margaret Thatcher (o antes el
propio Churchill), se ha librado de este comportamiento destructivo de líderes
políticos.
Para
dar el golpe de gracia en el sistema británico es imprescindible una solución
de recambio que salga del templo del Parlamento. Los diputados británicos,
elegidos por sufragio mayoritario en circunscripciones uninominales, tienen un
margen de autonomía superior al de sus colegas de otros países europeos. Si los
MP’s se conjuran para derribar a uno de los suyos, la débil maquinaria de los
partidos no puede hacer nada o casi nada.
En
el caso de Starmer, se habían quemado casi todas las opciones. La única que
parecía solvente o con la suficiente capacidad de movilizar a la mayoría en el
Labour era la de Andy Burnham, que se había marchado de Londres para hacer
carrera local hasta convertirse en el alcalde del Gran Manchester, una villa
del norte del país famosa por su aversión a los tories.
Burnham
se ha dejado querer durante meses, pero al no ser parlamentario, no tenía
opciones de ser candidato. Al final, después de presiones no disimuladas,
consiguió que dimitiera una diputada de su región de anclaje y se produjera una
elección anticipada (by election) para cubrir el escaño. El aspirante
mató dos pájaros de un tiro: consiguió su asiento en Westminster y venció por
20 puntos al candidato de Reform UK, convirtiéndose en antídoto del
fantasma populista.
Nadie
sabe muy bien qué va a cambiar el nuevo líder, si es que consigue, como parece,
culminar con éxito los procedimientos de elección que comenzarán el próximo 9
de julio. Es un moderado, pero con un discurso un más progresista que el actual
Primer ministro. Tiene mejores dotes oratorias y una imagen más resultona. En
sustancia, no parece que vaya a impulsar un giro de timón (7). Bastará de
momento con unificar de nuevo a sus seguidores en los asientos parlamentarios,
tras devolverles la esperanza de poder presentar batalla a los ultras, que
siguen avanzando en el continente y al otro lado del Atlántico.
NOTAS
(1) “Colombia
se suma al avance de la ultraderecha en América Latina”. SILVIA BLANCO. EL
PAÍS, 23 de junio.
(2) “Peru Awaits Election
Results”. CATHERINE OSBORN. FOREIGN POLICY, 11 de junio.
(3) “Les Etats-Unis
imposent leur tutelle à une partie de l’Amérique latine”. ANGELINA MONTOYA. LE
MONDE, 13 de junio.
(4) “Nigel Farage hails ‘historic shift in politics’ after Reform UK election
gains”. BEN QUINN. THE GUARDIAN, 8 de mayo.
(5)” Prime Minister
Keir Starmer's resignation speech in full”. BBC, 22 de junio.
(6)” The rise and
fall of Keir Starmer: where did it all go wrong?”. JONATHAN FREEDLAND. THE
GUARDIAN, 22 de junio.
(7)” Andy Burnham may find Sir Keir Starmer a hard act to
follow”. THE ECONOMIST, 22 de junio.
