ANTE EL OTOÑO DEL DESCONTENTO JUVENIL

 7 de octubre de 2026

La juventud está en el corazón de las protestas en este inicio de lo apunta como un “otoño del descontento” en Europa. Los jóvenes que claman por un derecho efectivo a una vivienda digna en España y los bachilleres franceses que reclaman una enseñanza de calidad que rompa el círculo vicioso de la infrafinanciación y los recortes presupuestarios. En ambos países se vive en pleno clima electoral, inmediato el español, a poco más de medio año el francés.

No se trata de problemas o coyunturas nacionales. En toda Europa se vive una situación crítica, con mayor o menor grado de presión. La ultraderecha acecha y la derecha se aprovecha. Los partidos del consenso centrista tratan de dulcificar las recetas neoliberales que tantas crisis sociales han provocado, pero hay muchas contradicciones acumuladas (1).

FRANCIA: LA IRA DE LAS AULAS

Las movilizaciones juveniles pueden tener incidencia notable en estas dos citas electorales.  En Francia, el estallido de las aulas ha cogido por sorpresa a la clase política. No parece de momento claro quién puede sacar más partido de esta última protesta social, que ha obligado al cierre de miles de institutos en todo el país. Más de 5.000 alumnos han sido detenidos, un hecho sin precedentes. El apoyo de algunos sindicatos sacó este martes a casi medio millón de personas a las calles francesas, según los organizadores (la mitad, según la policía).

Los insumisos de izquierda han apoyado vivamente a los estudiantes, pero los actos de violencia podrían ser utilizado contra ellos. La izquierda crítica se ha desmarcado de las actuaciones más radicales, aunque no de forma tan clara como los socialistas y centristas. El primer ministro Lecornu ha dado el tono al rechazar el concepto “violencias policiales”, que ha denominado “accidentes”.

Si los incidentes callejeros se agravan y la derecha manipula con habilidad el miedo al desorden, el giro hacia la ultraderecha se podría consolidar y ampliar. Pero en estas crisis casi siempre salen ganando los conservadores, que se presentan como garantes de estabilidad frente al aventurerismo a izquierda y a derecha. La victimización de la policía, puede beneficiar a los partidos de orden.

En medio de una batalla presupuestaria sin resolver, con la deuda pública por las nubes (119% del PIB), se barajan varias fórmulas para mantener el cordón sanitario que ha dejado al partido de Marine Le Pen fuera del Eliseo y de Matignon. El centro quiere ahora un acuerdo con las familias socialistas, tan divididas como siempre y más desconcertadas que nunca ante el empuje hegemónico de la izquierda crítica polarizada en torno a La Francia Insumisa. Gabriel Attal, delfín desventurado de Macron y efímero jefe de gobierno en las rondas de picadillo del presidente francés, ha propuesto un pacto nacional para evitar que la política más popular del Hexágono se convierta en Presidenta de una República a la que pretende dar la vuelta como a un calcetín.

Pero Attal ni siquiera es el favorito de su espacio político. El que fuera primer jefe de Gobierno de Macron, Edouard Philippe, aparece como el mejor colocado en las encuestas. Pero para disputar el Eliseo con garantías necesita dos logros que no parecen de momento a su alcance: primero, arrebatar al izquierdista populista Jean-Luc Mélenchon el segundo puesto en la primera vuelta; y segundo, concitar el apoyo del centro y la derecha (y quizás el centro-izquierda) para batir a Le Pen en la batalla definitiva (2).

Los socialistas -qué novedad- andan a la greña. El segundo debate televisivo fue lamentable. Los ataques personales, algunos con muy mala intención, dejaron en muy segundo plano las propuestas constructivas. Las aguas bajan muy revueltas en el PSF y afines desde hace mucho tiempo. El mejor colocado para obtener el apoyo de los militantes como candidato ni siquiera pertenece a la disciplina del partido. Se trata de Raphaël Glucksman, líder de la plataforma Place Publique, que acampó en el Parlamento europeo como megáfono de aspiraciones políticas mayores. Este dirigente de lejano origen judío ashkenazi, hijo de André Glucksmann, uno de los “nuevos filósofos” liberales que hicieron era en los ochenta, pone sordina a las críticas del PSF a Israel, acentuadas después de la guerra de Gaza. Pero, sobre todo, abomina de cualquier tipo de entendimiento con Mélenchon.

El Primer Secretario del PSF, Olivier Faure, no es un entusiasta de ese pacto, pero no lo descarta, por si fuera necesario, o más bien imprescindible. El problema es que otros dirigentes del partido, como el jefe de la bancada del puño y la rosa en la Asamblea Nacional, Boris Vallaud está más cerca de Glucksman que de su jefe político. En ese torbellino de puñaladas abiertas y/o esquinadas se ha colado una varias veces exministra y candidata derrotada en 2006, Ségolène Royal, que se ha mostrado más cercana a Faure que a Glucksman, al que ha reprochado pretender vaciar al PSF.

Otro candidato apunta en el horizonte, por si socialistas y afines terminan de despedazarse del todo: el expresidente François Hollande. Pese al desprestigio que lo ha condenado al ostracismo, conserva cierta capacidad de maniobra en su partido, como representante de su ala más derechista. Podría muñir un acuerdo con liberales y centristas macronistas para forzar un duelo final contra Le Pen. Pero esa fórmula no atraería votos de la izquierda. Por el contrario, la reedición del Nuevo Frente Popular ha quedado enterrada. Sólo la posibilidad de un acuerdo in extremis con LFI pondría al PSF al borde de la implosión.

LA ULTRADERECHA, A LA CONQUISTA DEL VOTO JOVEN

El descontento juvenil no encuentra fórmulas electorales indiscutibles, aunque la izquierda crítica sigue siendo su opción preferida. La ultraderecha ha percibido un campo de oportunidad y parece dispuesta a explotarlo, sobre todo en la población masculina. También en esto hay una brecha de género.

En Alemania, el SPD parece atrapado en una gross-koalition que le condena a la militarización de la economía por la obsesión rusa y le desangra a favor de la ultraderecha en los territorios del Este. La destrucción de la izquierda en Italia no ha tocado fondo. El espectro político se ensancha por la ultraderecha, aunque parecía imposible hace apenas un año. A Meloni no le amenazan sus socios derechistas de coalición, bastante afines, por otro lado, sino por el exgeneral Vannacci, al frente de Futuro Nazionale, una fuerza anti musulmana e identitaria aún más radical que los Fratelli (3).

En los cinco estados más importantes de Europa, por territorio y población, los sondeos predicen un incremento notable de la ultraderecha, como se refleja en el siguiente gráfico:

El incremento en las expectativas de voto es contundente en todos los casos: más de seis puntos en Alemania (AfD), animado por los recientes éxitos en los länder orientales; cuatro puntos en Francia (Reagrupamiento Nacional + Reconquête); tres puntos y medio en Italia (debido a la irrupción de Futuro Nazionale, con casi 9 puntos en los sondeos); y los 5,5 puntos de crecimiento que la mayoría de las encuestas conceden a VOX en España.

Que los bachilleres franceses y los jóvenes movilizados por el derecho a hogar en España no apoyen a la ultraderecha, no quiere decir que los extremistas estén  privados del voto juvenil: lo tienen, por despecho o por desconcierto.

Cada día son más los jóvenes que huyen del consenso centrista, abocado en al voto de la cúspide de las pirámides de edad. En Francia, los ciudadanos menores de 25 años apoyan mayoritariamente (40%) a los insumisos de izquierda (LFI) y los siguientes en la escala, hasta los 35, se reparte entre este partido y el de Le Pen (4).

Estos datos parecen confirma la progresión del voto joven a la extrema derecha, ya que en 2024, un tercio de los ciudadanos de entre 18 y 35 años depositó su confianza en el RN.

En Alemania, resulta significativo el apoyo por debajo de los varones por debajo 25 años a la AfD, no así las mujeres, lo que redujo la media del voto al 19% en 2024. En el tramo siguiente (de 25 a 34 años), el partido cosechó el mismo resultado que el nacional general (20,8%). Todo indica que el voto joven contribuye de forma muy decisiva a incrementar las expectativas de voto general por encima del 27%, hasta convertirse en la principal formación alemana. Aún así, conviene recordar que la mayoría de los más jóvenes prefieren votar a la izquierda radical que a la extrema derecha. Eso explica el triunfo de Die Linke en Berlín hace sólo unas semanas.

En Italia, los Fratelli de Meloni ganan en las dos horquillas de edad, lo que supone un cambio de tendencia, ya que en las elecciones de 2022, el partido neofascista sólo obtuvo el 10,6% de los votos entre electorado menor de 25 años y un  16,4% entre los 25 y los 34 años, ambos guarismos muy debajo del total general (26,1%). Y en España, los más jóvenes se reparten entre PSOE (más mujeres) y VOX (más hombres), pero los ultras superan a los socialistas en el tramo siguiente (5).

La batalla por el voto joven puede ser el gran reto de las formaciones políticas europeas de los próximos años. La izquierda debería pelear por un espacio que le ha pertenecido durante décadas y que, como le ha ocurrido con tantas otras cosas, ha malgastado. Al cabo, ha dicho el alcalde de Nueva York, “si la democracia no resuelve las necesidades básicas de la gente, no sirve para nada”.


NOTAS

(1) “In both France and Spain, ruling parties must prove they can give young protesters hope”. JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 5 de octubre.

(2) “RN et LFI restent très fragiles, car ils sont confrontés à des contradictions difficilement surmontables”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 6 de octubre.

(3) “En Italie, Giorgia Meloni, concurrencée sur sa droite, durcit le ton contre l’islam”. ALLAN KAVAL. LE MONDE, 22 de septiembre

(4) https://www.lemonde.fr/politique/article/2026/09/13/enquete-electorale-presidentielle-2027-marine-le-pen-entame-la-campagne-sur-un-socle-inedit-au-c-ur-d-un-electorat-inquiet-et-en-colere_6772946_823448.html

(5) https://www.europeandatajournalism.eu/cp_data_news/are-young-voters-turning-right/

CUMBRE USA-CHINA: MUCHA POMPA.... Y DOS OSOS PANDA

30 de septiembre

La reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias, que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y ahora parece más claro que nunca.

A falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida.  China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza notable, envuelta en las mejores maneras posibles.

¿Para qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados? Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos.  La proyección de liderazgo une a ambas partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en el interior de cada parte (1).

Trump y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.

Para el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del Partido Comunista en octubre.

AJUSTES EN LA CONTIENDA COMERCIAL

Los analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía. Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).

Los responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.

El alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.

Estados Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y otros productos ligados a la automoción.

El desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora, comprometida por la guerra arancelaria.  Pero EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía económica mundial (5).

LA IA, ORILLADA

Más allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.

A decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance tecnológico.

Por otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas. Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no podían pasar completamente por alto la cuestión.

A falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la “superinteligencia” (como él la denomina).

Xi, en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien común, y de vigilar  que su evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar ideas. Casi nada.

 

SIN NOVEDAD EN LOS FRENTES

En los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán. Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.

China no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de 14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte legal (6).

El dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no golpea.

Se rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim Jong-Il para frenar  o encauzar el ya imparable programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima discreción.

La pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones internacionales al hermético régimen de Pyongyang.

Sobre Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una “iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la relación bilateral entre Pekín y Moscú.

A la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump pretende presentar como otro de sus logros internacionales.

Los dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir, la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.

 

NOTAS

(1) “Xi Jinping’s Return to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.

(2) “The U.S.-China Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.

(3) “Why Beijing isn’t taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.

(4) “America Has Lost Its Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(5) “China Still Has What America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen de Economía Internacional). FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembreCUMBRE USA-CHINA: MUCHA POMPA Y DOS OSOS PANDA

La reciente Cumbre chino-norteamericana en Washington no ha defraudado a casi nadie. Poco se esperaba y casi nada se sacó en claro. No están los tiempos para alardes internacionales de envergadura. Ni siquiera estas dos superpotencias, que reúnen más del 40% del PIB mundial, están en condiciones de abordar de manera efectiva los grandes desafíos mundiales. Nunca ha existido un G-2, y ahora parece más claro que nunca.

A falta de sustancia, mucha pompa y boato, despliegue ostentoso de amabilidad y agasajos por parte del anfitrión y gratitud impostada del huésped, todo dentro de una coreografiada puesta en escena de manera calculada y un tanto rígida.  China y EE. UU. se contemplan con una desconfianza notable, envuelta en las mejores maneras posibles.

¿Para qué entonces celebrar una Cumbre de la que se esperaban tan pingües resultados? Por razones internas de cada una de las partes, y también por transmitir cierta sensación de que, en este mundo convulso, los principales patrones son capaces de controlar sus diferencias sin desbordes dramáticos.  La proyección de liderazgo une a ambas partes, por instinto de prestigio en el exterior y de necesidades políticas en el interior de cada parte (1).

Trump y Xi ganan tiempo. Sobre todo el norteamericano, que se mueve en un ecosistema político más agitado. Aunque ya antes de iniciarse el ceremonial de la visita sabía que no podía ofrecer demasiado a los electores de su país ante los comicios legislativos de medio mandato, en noviembre, pudo por lo menos dejar una tarjeta de alivio en la guerra comercial que él irresponsablemente inició.

Para el líder chino, los apremios son menores, porque el control férreo que ejerce sobre sus huestes y ciudadanos es casi absoluto. En todo caso, prefiere evitar que corran aguas subterráneas viscosas durante la celebración del 5º Pleno del Partido Comunista en octubre.

AJUSTES EN LA CONTIENDA COMERCIAL

Los analistas norteamericanos comparten un pesimismo creciente sobre el equilibrio de poder entre Estados Unidos y China (2). La inmensa mayoría cree que el régimen autoritario chino ha sabido leer con sagacidad los bluffs del extravagante Presidente norteamericano y ha navegado los embates de la “guerra comercial” con relativo éxito o escaso daño (3). Aunque la escalada de aranceles llegó al 145%, la réplica china en forma de represalias proporcionadas y sobre todo de suspensión de las exportaciones de minerales exclusivos y tierras raras amenazó con bloquear sectores sensibles del desarrollo tecnológico de Estados Unidos. Trump se vio obligado en los últimos meses a pactar para que Pekin levantara parcialmente la mano. Ahora hubiera querido ampliar la excepciones y brechas en esta materia, pero Pekín no se fía. Sin cerrar de todo la puerta, parece claro que exige más garantías (4).

Los responsables de Economía de ambas partes ya habían pactado una extensión de la tregua comercial hasta enero-febrero. Los chinos habrían querido más, pero en eso no ha cedido Trump, que sigue creyendo, contra toda evidencia, que se trata de una palanca de presión sobre Pekín, si llegara el caso.

El alivio comercial adicional, anunciado una vez terminada la cumbre, tiene su importancia, porque afecta a más de un 10% de los intercambios comerciales bilaterales. Pero las mercancías incluidas no son “sensibles”: es decir, no son aquellas en las que cada parte se juega la baza de presión sobre el otro.

Estados Unidos no ha logrado que China le compre más soja, más carne de vacuno o más aviones Boeing. De la misma manera que Pekín sigue sin contar con luz verde de Washington para vender en Estados Unidos más coches eléctricos, baterías y otros productos ligados a la automoción.

El desequilibrio comercial bilateral, claramente favorable a China, no supone necesariamente una ventaja para el régimen de Pekín, ya que gran parte de la precaria evolución de la economía china depende precisamente de la pujanza exportadora, comprometida por la guerra arancelaria.  Pero EE.UU depende de activos chinos esenciales para aferrarse a la supremacía económica mundial (5).

LA IA, ORILLADA

Más allá de las disputas comerciales, el asunto del momento era saber si ambas partes podrían llegar a algún tipo de consenso sobre el control de desarrollo de la Inteligencia Artificial. Alguien ha llegado a comparar este empeño con el control de los arsenales nucleares durante la guerra fría.

A decir verdad, no era realista ni razonable esperar avances significativos en este dominio, por razones obvias. China contempla con enorme suspicacia cualquier intento norteamericano por establecer límites a su avance tecnológico.

Por otro lado, tampoco Trump se ha mostrado partidario de frenar a un sector que le ha sido tan favorable y generoso en las donaciones de sus campañas políticas. Pero ante el clima de preocupación de las últimas semanas, los dos líderes no podían pasar completamente por alto la cuestión.

A falta de un compromiso compartido, cada cual acuñó su fórmula acorde a sus prioridades políticas y estratégicas. Trump se reafirmó en su visión ultraliberal de no defender más controles y desdeñó los peligros de la “superinteligencia” (como él la denomina).

Xi, en cambio, subrayó “la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien común, y de vigilar  que su evolución permanezca siempre bajo control humano”. Al final, el único resultado de la cumbre ha sido establecer un “canal comunicación” en el que intercambiar ideas. Casi nada.

 

SIN NOVEDAD EN LOS FRENTES

En los dos grandes conflictos internacionales del presente, ningún avance, como también cabía esperar. En las manifestaciones públicas se ha eludido referencias expresas, aunque parece claro que se hablado de Ucrania y de Irán. Washington cree que China esta proporcionando apoyo satelital a la República Islámica para sus operaciones militares ofensivas y defensivas. Pekín querría que la guerra acabase cuanto antes , porque es gran dependiente del petróleo de la zona, pero Teherán le proporciona el crudo necesario de momento. Que Estados Unidos siga distraído en Oriente Medio le priva de concentrar recursos y energía en Extremo Oriente y, en consecuencia, le resta influencia en Taiwan.

China no se ha apartado un ápice de sus pretensiones de reunificación nacional. Se especuló antes de la cumbre con que Trump hiciera otro gesto grato a Xi, por ejemplo, la ampliación de la moratoria de venta de armas a Taipei por valor de 14.000 millones de dólares. No se anunció nada. Pero en este punto surgió, bien que a posteriori, la única “sorpresa” de la Cumbre. El embajador norteamericano en Pekín dijo que Trump habría ofrecido a Xi vender armas a China, algo que el propio Presidente no desmintió, pese a que tal decisión no tendría soporte legal (6).

El dossier de Taiwan es uno de lo que más preocupan a los estrategas norteamericanos, quienes llevan temiendo desde hace años un giro radical de Trump en la política de “ambigüedad estratégica” practicada por los Presidentes norteamericanos (con distintos matices) desde hace décadas. Trump amaga pero no golpea.

Se rumoreó también antes de la cumbre que Trump podría sugerir a Xi que le brindara apoyo o cierta complicidad en su nuevo intento de acercamiento a Kim Jong-Il para frenar  o encauzar el ya imparable programa nuclear norcoreano. De haberse tratado, se ha llevado con la máxima discreción.

La pieza norcoreana aparece cada vez en más tableros. Se sabe que Rusia podrá contar con más soldados de ese país asiático para reforzar sus posiciones en Ucrania. Se sabe que Moscú y Pekín han dejado de cumplir con las sanciones internacionales al hermético régimen de Pyongyang.

Sobre Ucrania, Trump no ha debido mostrar demasiado interés. La solidez de la cooperación ruso-china está acreditada, por desequilibrada que parezca, y nadie en Washington cree que esta Administración sea la llamada a intentar una “iniciativa Kissinger”, es decir la aplicación de una cuña que subvierta la relación bilateral entre Pekín y Moscú.

A la postre, el resultado de la Cumbre es escuálido, como se esperaba. Al no haber sobresaltos ni salidas de tono del sospechoso habitual, el resultado debe darse por aceptable. Y como guinda de tanto pastel, China ha enviado dos osos pandas (animales de especial protección) a un zoo de Atlanta. Ping-ping y Fu Shuang se han convertido en “iconos” de esta “amistad” con China que Trump pretende presentar como otro de sus logros internacionales.

Los dos líderes volverán a encontrarse en citas internacionales multilaterales este otoño. Quizás para entonces, el problema más acuciante del momento, es decir, la prolongación del conflicto en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, con sus corrosivas consecuencias económicas, haya entrado en vías de cierto arreglo.

 

NOTAS

(1) “Xi Jinping’s Return to Washington: A State Visit to Build Stability”. EDWARD D. KAGAN. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 22 de septiembre.

(2) “The U.S.-China Summit: Too Big and Too Small to Fail”. SCOTT KENNEDY. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES, 18 de septiembre.

(3) “Why Beijing isn’t taking the bait with Trump”. RYAN HASS. BROOKINGS, 9 de septiembre.

(4) “America Has Lost Its Leverage Over China”. HENRIETTA LEVIN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de mayo.

(5) “China Still Has What America Needs”. ADAM S. POSEN (Presidente del Instituto Petersen de Economía Internacional). FOREIGN AFFAIRS, 21 de septiembre.

(6) “What to Make of the Trump-Xi Summit”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, 29 de septiembre 

RUSIA ANTE EL QUINTO INVIERNO

 23 de septiembre de 2026

La guerra de Ucrania puede convertirse en el Afganistán de Putin, según los pronósticos optimistas de algunos dirigentes y estrategas occidentales europeos. Pero otros analistas, en especial rusos críticos con el régimen, no piensan lo mismo, al menos a corto plazo. En puertas de entrar en el quinto invierno de la “campaña militar especial” (término empleado por el Kremlin), Rusia trata de gestionar el actual atasco en sus pretensiones con dos recetas fundamentales:

1) la aceleración de la producción militar de nueva generación con decisivas aportaciones exteriores;

2) el control férreo de la población y la incomodidad de las élites aliadas del régimen.

UNAS ELECCIONES DE RUTINA

Empecemos por ésta última. Las recientes elecciones legislativas han arrojado el resultado previsto y confeccionado desde la cúspide del poder. Según resultados aún provisionales, el partido oficialista, Rusia Unida, ha obtenido el 58% de los votos (ocho puntos más que hace cinco años) y unos 355 diputados (treinta por encima de los obtenidos en 2021) Eso supone que Putin y su lugarteniente Medvedev controlarán directamente a más de las tres cuartas partes de los legisladores en la Cámara Baja. El cuarto restante no les ocasionará quebraderos de cabeza.

La principal fuerza de la oposición será el Partido Comunista, que se queda por debajo del 14% (pierde cinco puntos) y no tendrá más de 50 diputados. Los herederos de la URSS mantienen una posición ambivalente sobre la guerra de Ucrania. Fuera del partido oficial, otros comunistas se muestran claramente en contra y censuraran el nacionalismo del Presidente, pero carecen de influencia.

El tercer partido sigue siendo el paleonacionalista Liberal-Democrático (nombre equívoco, como el de tantas otras formaciones de extrema derecha en Europa), que ha subido ligeramente, dos puntos, hasta rozar el 9%) y apoya la guerra.

El resto de formaciones de centro o derecha, no reunirán más del 10% de diputados de la Duma y estarán privados de peso político relevante. Yabloko, el tradicional partido liberal de corte occidental fundado por Grigory Yavlinsky en los primeros años de la nueva Rusia, ha sido prohibido por sus posiciones muy críticas hacia el Kremlin. Pero debe recordarse que en 2021, antes de la guerra de Ucrania, ya no obtuvo representación parlamentaria.

Putin tiene un Parlamento de paja y un aparato de seguridad remodelado a su interés y conveniencia, con hombres de su entera confianza al mando. El control policial de la población y de las élites es férreo e inclemente. A veces, no tiene necesidad de recurrir a la represión directa, pero cuando se siente presionado, siquiera ligeramente no duda en hacerlo.

Entre la ciudadanía hay una combinación de pasividad y temor. La degradación de la situación económica no es explosiva, aunque las riendas del descontento pueden dejar de ser eficaces a medio plazo. Los ataques ucranianos contra las refinerías y líneas de suministro comercial en el oeste del país y alrededores de Moscú han hecho daño: “han creado problemas”, reconoció el propio Putin.

UN APARATO MILITAR Y POLICIAL ENGRASADO

Putin, en todo caso no parece seriamente preocupado. En este diagnóstico coinciden los analistas rusos residentes en Europa. Hace un par de meses, tres de los más conspicuos, Alexander Gabuev, Alexandra Prokopenko y Tatiana Stanovaya, aseguraban que incluso una “debilitada Rusia seguiría guerreando”. Los autores del artículo argumentaban que pese al estancamiento económico (0,4% de crecimiento previsto en 2026), la presión inflacionista, la subida de los tipos de interés hasta el 14% y el rebasamiento del déficit público en casi un 50% por encima de las previsiones del gobierno, el aparato productivo ruso “no está al borde del colapso”. Rusia dedica el 8% del PIB en el esfuerzo militar, una cantidad considerable, pero sólo el 40% del índice ucraniano y muy debajo del que alcanzaron la URSS y Estados Unidos durante la II guerra mundial (1).

Dos especialistas occidentales en Rusia, Michael Kimmage y Maria Lipman comparte este diagnóstico. El régimen cree que la población puede soportar cierta subida adicional de los precios y que los negocios están en condiciones de absorber el coste de los daños ocasionados por los ataques ucranianos. (2).

Gabuev, Prokopenko y Stanovaya consideran que la confianza de Putin está cimentada en la ferocidad de su aparato represivo y la persistencia de las herramientas de propaganda. El Centro Levada, uno de los más creíbles de Rusia en la medición de la opinión cívica, asegura que dos terceras partes de la población apoya aún la guerra y sólo una cuarta parte se opone.  La otra parte del trabajo de los tres analistas críticos rusos se concentra en el amplio margen de que dispone la industria de guerra del Kremlin. Y en esto coinciden con los analistas occidentales que siguen muy de cerca el despliegue militar ruso y sus acuerdos de cooperación principalmente con tres países: China, Irán y Corea.

En un reciente trabajo sobre el arsenal militar que Moscú está utilizando en esta “nueva fase de la guerra”, el semanario liberal THE ECONOMIST vaticina que estas armas de nueva generación y/o transformación están en condiciones de lograr una superioridad que podría ser decisiva a largo plazo. Las remesas de nuevos drones Shahed con tecnología propia (pero también iraní y china), el desarrollo de los misiles balísticos, y capacidades de vigilancia electrónica y la mejorada tecnología de comunicación espacial les son suficientes a Moscú para saturar la mermada defensa antiaérea ucraniana. Pese a la competencia de la industria militar de Kiev, la superior dimensión de las capacidades militares rusas pueden resultar un factor determinante en la guerra (3).

En estos momentos, importa poco o importa menos que los frentes del Este y Sur de Ucrania se encuentren estancados. A lo largo de este año, Rusia sólo ha podido conquistar 100 km2 de territorio ucraniano. Tampoco parece pesar mucho en el ánimo del Kremlin que perezcan más de veinte mil de sus soldados cada mes, principalmente en esa franja fronteriza denominada “zona de la muerte” y que la tasa de reposición de combatientes empiece a agotarse. Moscú aspira a contar con nuevas dotaciones de infantería norcoreana.

UN ENTORNO EXTERIOR APROVECHABLE

Putin cuenta también con alguna ventaja en el plano diplomático, debido a la coyuntura internacional. Aunque sus relaciones con Trump no parecen tan fluidas como durante el primer mandato del Presidente norteamericano, el sesgo prorruso del magnate neoyorquino no ha desaparecido. El pacto de Anchorage (Alaska), el año pasado, no se ha traducido en una política de presión sobre Ucrania. Al contrario, Trump ha apoyado sanciones adicionales a Moscú (4). Pero la diplomacia informal del Presidente, a través de sus parientes y colegas de negocios, continúa. Los amagos de presión más discreta sobre Zelenski no han cesado (5).

El Kremlin cuenta también con las urgencias de Trump en estas semanas de vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato y la previsible victoria arrolladora de los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes y, en menor medida, al Senado. La oposición, con la representación más nutrida de progresistas y socialistas en décadas, lleva una media de diez puntos de ventaja a los republicanos. La implicación cautelosa de Trump en la campaña no está logrando de momento los frutos esperados. La guerra contra Irán pesa como una losa en el índice de popularidad del Presidente, que sigue por los suelos, y en las expectativas positivas ante una más que probable cohabitación.

Las derivas previsibles de Trump en un entorno político más hostil que el actual pueden alumbrar iniciativas arriesgadas en política interior y exterior, como un acuerdo engañoso con Irán para salvar la cara y un pacto propagandístico con Kim Jong-Il sobre el programa nuclear norcoreano. En ambos casos, Putin puede jugar de mediador/muñidor con Teherán y Pyongyang, a cambio, desde luego, de un empujón suficiente para debilitar el ánimo resistente de Ucrania.

Además, el nuevo viento electoral en Alemania reconforta al líder ruso. El triunfo de la AfD en los comicios regionales de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, combinado con el éxito en Berlín de la izquierda crítica hacia la guerra (Die Linke) son música para los oídos de Putin. El canciller Merz ha quedado sumamente debilitado. Es la primera vez desde la posguerra que su partido, la CDU, se queda por debajo de representación en un länder (el de Mecklemburgo-Pomerania Occidental). Las fuerzas políticas favorables a un entendimiento con Moscú para poner fin a la guerra son más fuertes que nunca.

Las tensiones en el gobierno de Gran Coalición con los socialdemócratas se han agudizado. Ya se escuchan voces de flexibilización en algunas políticas (como la reforma de las pensiones) con las que quiere ampliar el margen presupuestario para favorecer el rearme y la financiación del esfuerzo de guerra ucraniano.

El resto de Europa tiembla, aunque los dirigentes del consenso liberal no sacan las conclusiones oportunas sobre las causas del ascenso de la ultraderecha de Varsovia a Lisboa y del Báltico al Mediterráneo. Putin, en opinión de la mayoría de los analistas, está convencido de que Europa terminará condicionando su aparentemente entusiasta apoyo a Kiev a una iniciativa paralela de acuerdo diplomático, por presión de Washington. Por de pronto, la UE ya ha condicionado el nuevo paquete de ayudas (90 mil millones de €) al “progreso democrático”, tras los escándalos de corrupción que han sacudido al gobierno.

El Presidente ruso quiere llevar a esas negociaciones, si finalmente se producen, una ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables. La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

El Presidente ruso quiere llegar a esas eventuales negociaciones, si finalmente se producen, en situación de ventaja sustancial en el dominio militar y conseguir unos objetivos mínimamente presentables para dar carpetazo a la guerra en condiciones favorables.

La otra cara menos amable es la presión que Putin pueda ejercer sobre los gobiernos europeos. La alarma que se ha desatado en los últimos meses sobre supuestas operaciones de guerra híbrida (provocaciones, ataques cibernéticos, interferencia en procesos electorales, infiltración creciente de espías y agentes, etc.) pilotadas por los servicios de inteligencia y unidades militares especiales rusas ha creado un ambiente prebélico en las capitales europeas de la Alianza Atlántica. Se dice que existen pruebas muy solventes de estos intentos rusos de desestabilización. Pero por su condición de materia reservada no pueden ser contrastados de forma pública (6).

De momento, Putin aprieta dientes y puños para que no se ponga en duda su voluntad de seguir adelante en la batalla militar. El invierno será duro y cruel para los ucranianos, tanto o más que el anterior, con más bombardeados contra centrales térmicas y eléctricas. Putin se cree seguro en la cálida ciudadela del Kremlin. ¿Serán acertados sus cálculos? El tiempo dirá.

 

NOTAS

(1) “Why a Weaker Russia Keeps Fighting. Putin Sees Little Need to Negotiate. ALEXANDER GABUEV, ALEXANDRA PROKOPENKO Y TATIANA STANOVAYA. FOREIGN AFFAIRS, 31 de julio.

(2) “Putin Will Not Yield. Pressure and Pain Won’t Sap Russia’s Resolve in Ukraine. MICHAEL KIMMAGE & MARIA LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 14 de septiembre.

(3) “Russia has entered a new phase of total war. Ukrainians are feeling the pain”. THE ECONOMIST, 17 de septiembre.

(4) “Donald Trump signe la loi Graham, permettant de nouvelles sanctions contre la Russie”. PIOTOR SMOLAR. LE MONDE, 19 de septiembre.

(5) “Trump Wants Putin to End the War. He May Offer Russia Business Deals First”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.

(6) “European spy chiefs warn Moscow is planning more decisive action against Nato”. SHAUN WALKER. THE GUARDIAN, 20 de septiembre.

ALEMANIA: LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DE LA EXTREMA DERECHA

16 de septiembre de 2026

Cada vez que un partido de extrema derecha obtiene un buen resultado en  unas elecciones en Europa se agita el pánico entre partidos e instituciones del orden liberal. Si el sobresalto procede de Alemania, como ha sido el caso, con el triunfo de AfD en las regionales de Sajonia-Anhalt, se genera la tormenta perfecta: se evoca el nacional-socialismo y otras formas de fascismo de los años treinta.

Pero no estamos en los años treinta. Europa es muy distinta y el mundo ha cambiado profunda y radicalmente. Las instituciones liberales son más fuertes ahora que entonces, los aparatos coercitivos de los Estados liberales tienen muy engarzados sus intereses corporativos con la ideología política dominante, las redes de protección social son más sólidas (aunque se hayan visto debilitadas en las últimas décadas precisamente por las recetas liberales) y la población evidencia un ánimo combativo sensiblemente menor, debido a la atracción del consumismo, la alteración  de los vínculos de clase y la inversión de valores.

Lo anterior no quiere decir que no exista riesgo para el sistema de derechos y libertades. Pero conviene analizar cuánto peligro radica en el ascenso social y electoral de la ultraderecha y cuánto procede de las políticas reactivas de los partidos del consenso centrista, desde los conservadores a la socialdemocracia. En toda Europa, las élites políticas han empezado a adoptar políticas inicialmente patrocinadas e impulsadas por la ultraderecha en los ámbitos más sensibles del ánimo ciudadano, como la migración, la identidad cultural, el sentimiento nacional y otros.

En Francia, por ejemplo, desde el triunfo de los lepenistas en las elecciones europeas en 2019, el gobierno Macron ha impulsado leyes restrictivas. Una sobre Seguridad pública, que restringe las libertades públicas; otra sobre inmigración que preveía la desposesión de la nacionalidad francesa a los ciudadanos que estuviera acusados de delitos contra las fuerzas de orden; y una más, que ponía el foco en las limitaciones del Islam político.

Por lo demás, se exagera la capacidad de las formaciones de ultraderecha nacional para forjar alianzas operativas entre ellas y condicionar el rumbo político de Europa. Precisamente por sus prejuicios nacionalistas, cualquier esfuerzo de carácter transfronterizo genera desconfianza e incluso rechazo en sus filas.  Incluso en los asuntos en los que suelen converger, las recetas de unos grupos y otros no son necesariamente. Por ejemplo, en el crucial tema de la inmigración, AfD promete la expulsión de dos millones de ciudadanos alemanes de origen extranjero, mientras Reagrupament National (RN), el partido de Marine Le Pen, plantea el control estricto, no la “remigración”.

Por eso, la ultraderecha ha ido arrastrando una división permanente en el Parlamento Europeo y carece de una voz común en el ámbito social y mediático. Ciertamente, en los últimos años se han hecho esfuerzos de acercamiento y orillado los principales factores de división, pero no los han superado del todo. 

DE LA FIESTA A LA FRUSTRACIÓN

En Alemania, el peligro parecía conjurado desde hace medio siglo, cuando las penurias y humillaciones de la posguerra dieron paso a la prosperidad y el orgullo “sano” que se codificó en el “milagro alemán”.

Cuando, en los ochenta, Alemania ya se había convertido en la principal potencia económica europea, se detectaron los primeros síntomas de inquietud, pero sin llegar nunca al nivel de seria preocupación. El marco podía ser la divisa más fuerte de Europa, pero la Bundeswehr seguía siendo un ejército desdentado, la descentralización del poder era la más amplia del continente, las instituciones eran sólidas e independientes del poder político, la población alemana era muy homogénea y la migración muy reducida y funcional para el desarrollo del país.

Todo cambió a comienzos de los noventa, debido a varios factores. El más influyente, sin duda, fue la reunificación del país, tras la caída del régimen comunista en el Este. Los primeros intentos de una aproximación gradual se vieron sobrepasados muy pronto por la euforia de un reencuentro rápido y la ilusión de una transfusión de la prosperidad occidental en el anémico nivel de vida en el Este.

Ya se sabe lo que ocurrió. Cayo el muro represivo, pero se levantó otro de distinta naturaleza: social, psicológico, moral. El Oeste dejó de sentirse como un espejo en el que el Este ansiaba mirarse para convertirse en un dominador que imponía sus normas, controlaba los recursos de los nuevos länders, despreciaba al recién llegado y lo mantenía en un papel secundario en la República Federal.

La fiesta de la reunificación se convirtió en una crisis nacional, que se ha prolongado a lo largo de tres décadas. La brecha económica y social apenas se ha reducido, o incluso, en algunos parámetros, ha aumentad:

- la población se ha incrementado en un 10% en el Oeste y ha decrecido un 16% en el Este.

- el PIB por cápita en el Este es 18 puntos más bajo que el Oeste (71,77/100)

- el sueldo medio de un asalariado en el Oeste es de 4.800 €, mientras en el Este no llega a los 4.000 € (3.973 €).

- la migración interalemana ha crecido en más de un millón de personas, pero de forma muy desigual: envejece el Este y rejuvenece el Oeste.

- único indicador positivo para el Este: la fortaleza del sistema de guarderías en las regiones de la exRDA rebaja la brecha económica de genero al 5%, frente al 14% en los länder occidentales (Datos del Instituto Alemán de Economía, reproducidos por Der Spiegel).

El mapa de la desigualdad económica y social es muy nítido. El siguiente gráfico, elaborado por el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP) localiza con claridad las zonas más deprimidas del estado. La mayoría se encuentran en el Este, con sólo dos focos en el Oeste (la cuenca del Ruhr y el Sarre), debido a la crisis del sector minero a la desindustrialización metalúrgica, básicamente.













https://www.govdata.de/dl-de/by-2-0

Pese a los esfuerzos políticos por reducir el impacto de esta brecha en el sentir político, la escisión electoral se ha ido agrandando. En un primer momento, una izquierda heredera del viejo partido comunista pero más orientada al socialismo democrático crítico dominó en los länders del Este. Luego, desde el cambio social, con el incremento de la inmigración y la tensión en los servicios sociales, dejó el camino sembrado a la ultraderecha.

El voto al extremismo derechista no superó el umbral del 5%, sumando todas las formaciones de esa familia política. Tras la crisis migratoria de 2015, AfD se consolidó como hegemónica en la extrema derecha y reunió el 12,64% de los votos en las elecciones federales. Descendió dos puntos y medio en 2021 (10,39%), pero se recuperó con fuerza en 2025 hasta reunir la quinta parte de los votantes (20,8%).  En el Este, la progresión ha sido mucho más acusada. El siguiente gráfico recoge la evolución del voto a AfD en las tres últimos elecciones regionales en los cinco länder orientales. 

(El empuje de AfD se reforzará con toda seguridad tras los resultados de las elecciones de este domingo en Berlin y Mecklemburgo-Pomerania Occidental).

El dominio hegemónico en Sajonia-Anhalt tiene una explicación bastante clara. Se trata del segundo länder más pobre de la República Federal (sólo le va a la zaga Mecklenburgo-Pomerania Occidental), y el que más acusadamente está sufriendo la baja natalidad. Para cubrir la demanda de trabajadores se ha acudido a la inmigración, lo que ha abonado el discurso xenófobo de AfD.  Originalmente, este partido fue impulsado por economistas de la parte occidental del país que estaban preocupados por la pérdida de soberanía económica y el reflotamiento de las economías del sur continental. Poco a poco, otros dirigentes más afines a la ultraderecha han terminado por controlar el partido. Europa sigue siendo objeto de las críticas, pero se ha adoptado un perfil más populista para atraerse a las masas descontentas por la crisis del sector exportador debido a la competencia de China, las tensiones en las prestaciones sociales y los relatos manipulados sobre la identidad nacional y cultural.

Dos factores externos socavaron el idílico proyecto de la reunificación: la guerra de los Balcanes y el hundimiento de la Unión Soviética, fenómenos distintos pero interconectados.

Alemania percibió la crisis de los Balcanes como un factor de oportunidad para sentar una influencia sin apenas resistencia práctica en esa amplia región de Europa. Yugoslavia, dominada hasta cierto punto por Serbia, nunca fue del agrado del mundo germánico. Su desaparición forzada tuvo en Berlin un agente muy activo. En Europa, Francia y otras potencias no vieron con buenos ojos exte expansionismo discreto de Alemania, pero no pudo evitarlo. A cambio de tener manos libres en la conformación de un nuevo orden socio-económico en las exrepublicas yugoslavas, Berlin aceptó sustituir el marco por el euro.

En las dos décadas siguientes, lo que iba a ser un nuevo periodo de prosperidad balcánico bajo control alemán se diluyó en la frustración. En la guerra de Kosovo, de finales de los noventa, Alemania asumió la financiación y el suministro militar de la dudosa milicia separatista (a cuyo liderazgo se juzga ahora en el Tribunal de Crímenes de La Haya).  Con el paso del tiempo, los Balcanes se transformaron en una de las principales rutas de la migración procedente de Oriente Medio y Asia Central, tras las revoluciones fallidas de la Primavera árabe y la guerra de Afganistán. La promesa se convirtió en pesadilla.

Consecuencias aún mayores ha comportado la desaparición de la URSS. Rusia asumió la mayor parte de la herencia soviética. En los años noventa, el destino de la nueva Alemania y la nueva Rusia parecían entrelazados con bastante armonía. Los gobernantes alemanes vieron a la riqueza petrolero y gasística rusa como una alternativa a la dependencia tradicional de Oriente Medio. Las élites políticas y económicas de ambos países compartieron proyecto. El epítome más conocido fue el fichaje del exCanciller socialdeócrata Schröeder como alto ejecutivo de Gazprom, la empresa estatal rusa de gas. Alemania había cambiado de dependencia energética, no la había eliminado.

Desde finales de la primera década de este siglo, las relaciones bilaterales empezaron a tensarse. Fue precisamente en Munich, en 2007, durante la tradicional conferencia de Seguridad europea, cuando Vladímir Putin dejó muy claro que Rusia no seguiría siendo el actor secundario en las relaciones con Occidente. El año siguiente se produjo la intervención rusa en la vecina República exsoviética de Georgia, a favor de los separatistas de la región de Osetia del Sur, de población mayoritariamente rusa. En Occidente, se paso de la cooperación a la contención. Alemania, empero, mantuvo el nivel de intercambios energéticos con Moscú. Hasta que Putin ordenó la toma de Crimea, que Rusia siempre consideró parte del país. 

CAMBIO DE ERA

En 2022, la invasión de todo el Este de Ucrania consumó la ruptura entre Alemania y Rusia. El entonces Canciller socialdemócrata Olaf Scholz proclamó un “cambio de era” (zeitenwende) y anunció un programa de inversión y reforzamiento de la capacidad militar de la República Federal y de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania. Los tabúes que se mantenian desde el final de la segunda guerra mundial empezaron a caer.

Con el gobierno actual de democristiano derechista Friedrich Merz, la política militarista de Berlin se ha acentuado. La sacrosanta política alemana de  equilibrio presupuestario y el control de la deusa ya no se aplica al gasto militar. Se ha aprobado un fondo de medio billón de euros para renovar y ampliar las infraestructuras de defensa. La ayuda a Ucrania supera ya con creces los 60 mil millones de dólares. La crisis de la industria exportadora por la competencia china ha disparado la tentación de convertir al sector militar en el nuevo motor de la economía nacional.

En el plano social y económico el impacto de la gestión de la guerra en Ucrania  ha sido tremendo. La economía está estancada La producción industrial ha descendido casi un 10% desde 2022. El ciclo de la alta dependencia energética tampoco se ha resuelto, simplemente está cambiando de origen: del gas ruso se va a pasar al gas licuado norteamericano.

La inflación y la crisis subsiguiente ha perjudicado sobre todo al Este, de ahí que en los länder orientales el sentimiento antiruso abonado por los dirigentes occidentales no haya tenido tanto predicamento. No se trata tanto de que hayan reverdecido las conexiones entre  los territorios de la extinta exRDA y sus protectores soviéticos/rusos. De hecho, las tensiones entre Moscú y Berlin-Este se mantuvieron incluso durante los años álgidos de la guerra  fría, por no hablar del divorcio entre Gorbachov y Honecker, en los años de agonía de ambos Estados. No hay nostalgia comunista en la sintonia entre el Kremlin y los líderes de la AfD. Los dos son nacionalistas. No se añora el estatalismo, sino la sensación, verdadera o falsa, de una seguridad material básica.

La insistencia de los medios liberales alemanes y europeos en presentar a la AfD practicamente como un “caballo de Troya” del Kremlin y una amenaza para el proyecto de la Unión Europea es una exageración, que sirve para eludir las responsabilidades por un proceso de reunificación fallido e injusto. En este empeño han ayudado, sin duda, reflejos de los dirigentes ultranacionalistas que recuerdan al régimen nacionalsocialista. Pero ni estamos en los años treinta, ni la sociedad alemana, incluida la oriental querría ni remotamente la recreación de un régimen tan perverso.

La clase política alemana debería preguntarse si el muro de fuego (brandmauer) ha sido la mejor fórmula para alejar a la AfD de la cercanía del poder. Quizás lo mejor para disipar las falsas promesas de las ultraderechas sea testarlas en los gobiernos. Suecia acaba de ofrecer un ilustrativo ejemplo al respecto: el partido ultra Demócratas de Suecia, colaborador externo de la coalición conservadora-liberal, ha retrocedido tres puntos, perdido más de 215.000 votos y tendrá 11 diputados menos en el Riksdag.

Si el avance de AfD continúa, ya no es descartable que la CDU imprima un giro radical en su política de alianzas (otro zeitenwende, éste interno) y se plantee la vía sueca (tambien ensayada en Finlandia) de cohabitación flexible con los ultranacionalistas. Si la táctica del aislamiento no ha funcionado, quizás haya que probar con la domesticación. Todo, claro, en nombre de la defensa de la democracia alemana. 

 

REFERENCIAS

  “Entre protestation et conquête du pouvoir: l'AfD à l'approche des élections régionales à l'Est”. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 3 de septiembre.

 “The AfD crashes the CDU’s party”. TOM NUTALL. THE ECONOMIST, 7 de septiembre

 “The AfD’s victory in Saxony-Anhalt marks a turning point for Germany – but perspective is important”. GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 10 de septiembre.

 “Germany’s ‘Firewall’ Against the Far Right Is Being Tested as Never Before”. JIM TANKERSLEY. THE NEW YORK TIMES, 7 de septiembre.

 “Germany’s Shattered Consensus”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 8 de septiembre.

 “German Democracy, as We Knew It, Is Over”. JOHN KAMPFNER. FOREIGN POLICY, 9 de septiembre.

 “Europe’s next Hegemon. The perils of German Power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.

“I know why many east Germans vote AfD. And no, it’s not an inherited longing for dictatorship”. CAROLINA WÜRFEL. THE GUARDIAN, 15 de septiembre.

 “¿Una Alemania lista para la guerra?”. PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre