LA CRISIS DE LOS SUBMARINOS

 21 de septiembre de 2021

Entre los asuntos más esperados de la escena internacional actual no estaba una crisis mayor entre aliados occidentales. Pero eso es exactamente lo que ha ocurrido tras el anuncio de un nuevo pacto de defensa entre Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña, conocido por el acrónimo AUKUS. Para intentar explicar su alcance trataremos de desgranar el contenido de pacto, las formas en las que se ha producido y el momento en que ha tenido lugar.

1) UN PACTO MILITAR ORIENTADO A CONTRARRESTAR EL AUGE DE CHINA

AUKUS emerge impulsado por un contrato de de armamento, pero se viene fraguando desde hace tiempo. Australia revocó la compra a Francia de una docena de submarinos con combustible diésel y optó por otros de propulsión nuclear con tecnología de los Estados Unidos, hasta ahora sólo compartida por el Reino Unido. Según las autoridades de Camberra, los ingenios franceses se habían quedado obsoletos y, además, la fabricación se había retrasado y encarecido (1). ¿A qué se ha debido un cambio tan repentino, cuando en los contratos armamentísticos estas vicisitudes son habituales?

a explicación oficial australiana es que las exigencias defensivas han aumentado de manera exponencial debido a la asertiva política exterior de Pekín, acompañada de un ambicioso programa de expansión militar, en particular orientado a ejercer una hegemonía naval en el área del Pacífico y, concretamente, en las aguas del Mar de sur de China. Aseguran los especialistas que los submarinos de propulsión nuclear gozarán de autonomía para patrullar por las zonas de potencial conflicto sin ser avistadas con anticipación por los sistemas de vigilancia china, además de otras ventajas operativas derivadas de una capacidad tecnológica más avanzada (2).

 2) UNA MANERA DE PROCEDER IMPROPIA ENTRE ALIADOS

La pérdida de un contrato ya comprometido y tan sustancioso como éste habría provocado un gran malestar por mucho que se hubieran explicado las razones con la más exquisita diplomacia. Pero todo parece indicar que, en este caso, no se han guardado ni las formas más elementales que deben esperarse entre aliados. Francia afirma con rotundidad e indignación incontenida que tanto Estados Unidos como Australia le han ocultado su trato hasta el último momento. El ministro de exteriores, Le Drien, no pudo ser más contundente: “se trata de una puñalada por la espalda”. Es chocante escuchar este lenguaje entre aliados mayores.

Por si no fuera poco, París adoptó de inmediato dos medidas para dejar claro que lo ocurrido era inaceptable: llamó a consultas a sus embajadores en Washington y Camberra (3) y, en tono menor pero de carácter simbólico, canceló una fiesta organizada con motivo del 240º aniversario de la batalla de Yorktown, en la que tropas americanas y fuerzas francesas derrotaron al Imperio británico y sellaron el triunfo de los independentistas (4).

En los medios se ha comparado la tensión franco-norteamericana con el desencuentro ocurrido por la falta de apoyo de París a la invasión norteamericana de Irak en 2003. Pero en esa ocasión no era sólo Francia la que se opuso a la administración Bush, sino la mayoría de las potencias europeas (excepción de la Gran Bretaña de Blair, la España de Aznar y el Portugal de Durao Barroso, reunidos en la famosa foto de las Azores junto al presidente estadounidense). Puestos a buscar una crisis similar, se podría evocar la de la “silla vacía”, cuando el General De Gaulle retiró a Francia del Comité Militar de la OTAN, al que nunca volvería.

Australia y Estados Unidos no avalan la versión francesa. Los oceánicos aseguran que el primer ministro Morrison advirtió a Macron en un par de ocasiones sobre su disconformidad con la marcha del proceso de compra-venta y la pérdida de idoneidad de los submarinos en cuestión. Los norteamericanos han sido más discretos en sus manifestaciones, sin duda para no añadir sal a la herida francesa. Apenas si han apelado a las necesidades de defensa de un aliado que se encuentra en primera línea de un potencial conflicto contra un adversario considerado como prioritario en estos momentos, como es China (5). Inútil para aplacar la cólera de París, donde se sostiene que lo ocurrido ha provocado una “crisis de confianza”.

3) RECONCILIACIÓN ATLÁNTICA EN PROBLEMAS

La crisis estalla en un momento delicado, por la acumulación de frustraciones aliadas:

- La administración Biden se encontraba en pleno proceso de restañamiento de las heridas ocasionadas por Trump, debido a sus reproches por la falta de compromiso europeo en la defensa común. Hay mucho mito y un conveniente acomodo en las élites norteamericanas sobre el estado de las relaciones transatlánticas. Las desavenencias, como se ha dicho aquí, son anteriores a Trump, aunque el expresidente se encargara de airearlas y exacerbarlas. De la misma manera que Biden no es precisamente un apasionado creyente en el matrimonio feliz de europeos y norteamericanos. La proclamada reconciliación caminaba a paso lento, mientras se estaba cociendo esta operación australiana que, evidentemente, no facilitaría las cosas, al menos con uno de los polos fundamentales de la relación (6).

- En diciembre pasado, la administración Biden se tomó a mal que la Unión Europea concluyera un acuerdo de inversiones con Pekín, sin esperar a pactar las condiciones con ella. Tanto el secretario (de Estado) Blinken como el consejero (de seguridad) Sullivan expresaron su malestar. Paradójicamente, no fue Francia quien presionó en contra de los deseos de Estados Unidos, sino la canciller Merkel, siempre dispuesta a hacer avanzar los intereses económicos de la industria alemana por encima de otras consideraciones europeas o aliadas. La UE se ha alineado con Francia, al menos formalmente, aunque pronto se dejarán sentir los matices.

- La caótica retirada de Afganistán ha provocado los reproches europeos a la Casa Blanca por su falta de empeño en las necesarias tareas de coordinación operativas y de calendario, sólo reconducidas ya con el proceso en marcha.  

- El fracaso en Afganistán había alimentado también las dudas sobre el compromiso de los EE.UU en la defensa de sus aliados asiáticos. AUKUS podría ser un corolario oportuno del matntra exterior de Biden (America is back) y el primer resultado práctico del Quad, la nueva alianza en el Indo-Pacífico, para “contener” a China (7).

- Un nuevo enredo envenena el pacto de divorcio entre europeos y británicos. Desde Londres se ha vuelto a demandar un retraso en la aplicación del calendario. Y no es casual que París haya sido la capital más sonoramente opuesta, aunque con el respaldo al menos formal del resto de sus socios comunitarios. Boris Johnson había vendido como ventaja adicional del Brexit el designio de Global Britain, es decir, una nueva política exterior, más orientada hacia Asia que hacia Europa (en la retórica al menos), anclada en la “relación especial” con Estados Unidos. Biden, sin embargo, no avala los designios de Johnson y ha echado agua fría sobre su empeño en un tratado comercial bilateral preferencial (8).  

Dos riesgos mayores: primero, la reacción de Pekín, que ha calificado el AUKUS de “irresponsabilidad grave” que solo puede “acelerar la carrera de armamentos”; y, segundo, el negativo efecto que supondrán estos submarinos de propulsión nuclear (que no de armas atómicas) en el empeño de la proliferación (9). El pivot to Asia no nacerá sin dolor.


NOTAS

(1) “L’Australie rompt ‘le contrat du siècle’ avec la France sur les sous-marines, au profit des technologies américaines et britanniques”. LE MONDE, 16 de septiembre.

(2) “AUKUS deal showing France and the EU that Biden not all he seems”. PATRICK WINTOUR (Diplomatic editor). THE GUARDIAN, 16 de septiembre.

(3) “Sous-marines australiens: France rapelle a son ambassadeurs à Washington et a Camberra ‘pour consultations’”. LE MONDE, 17 de septiembre.

(4) “Secrets talks and a hidden agenda: behind the U.S. Defense deal that France called a ‘betrayal’”. DAVID E. SANGER. THE NEW YORK TIMES, 18 de septiembre.

(5) “A new U.S. alliance responds to Chine’s threat- and U.S. military complacence. DAVID IGNATIUS. THE WASHINGTON POST, 16 de septiembre.

(6) “The AUKUS dominoes are just starting to fall”. STEPHEN M.WALT. FOREIGN POLICY, 18 de septiembre.

(7) “Why the Quad alarms China”. KEVIN RUUD (ex-primer ministro australiano). FOREIGN AFFAIRS, 6 de agosto.

(8) “Britain’s hope of early post-Brexit trade deal with US appears dashed”. THE GUARDIAN, 21 de septiembre.

(9) “What does the Australian submarine deal mean for the no-proliferation?” . THE ECONOMIST, 17 de septiembre; “Sous-marines australiens: des risques de prolifération nucléaire dans le zone indo-pacifique”. LE MONDE, 17 de septiembre.

 

UNA TEMPORADA ELECTORAL CLAVE PARA EUROPA

 15 de septiembre de 2021

La temporada política europea comienza con las elecciones generales en Alemania (26 del presente mes) y concluye con las presidenciales (mayo) y legislativas (junio) en Francia. El resultado es incierto en todas ellas. Sólo algo está claro: Merkel, que no es candidata, no seguirá siendo la canciller federal, después de quince años. En Francia, Macron no tiene ni mucho menos asegurada la reelección, aunque conserve cierta posición de ventaja, desafiado desde la derecha más que desde la izquierda.

ALEMANIA: ¿CAMBIO DE GUARDIA?

Merkel se despide jaleada por un coro mediático e internacional (con escasas críticas), pese a ciertas inconsistencias políticas, un legado de rigidez económica en Europa y el fracaso en la selección de los sucesores potenciales en su partido.  

A diez días de las elecciones, las encuestas predicen un triunfo insuficiente del SPD (Partido Socialdemócrata), socio menor de la actual gross koalition comandada por la CDU (Unión Cristiano Demócrata). El candidato socialdemócrata, Olaf Scholz, no ha tenido que demostrar grandes cualidades para superar al democristiano Armin Laschet en la preferencia popular y mediática. Ambos tienen experiencia de gobierno (Scholz, como jefe de gobierno en Hamburgo; Laschet, en el mismo puesto pero en Renania-Westfalia, el länder más poblado del país).  Pero el hombre del SPD, actual vicecanciller y ministro de Finanzas, presenta un hoja de servicios impecable para el alemán medio, mientras que el renano es un gris gestor que actuó de manera incompetente en las lluvias torrenciales de este verano. Hasta entonces cubierto bajo la protección de Merkel, Laschet quedó expuesto como un político de segunda.

Merkel ya había fracasado anteriormente en esta tarea con la exjefa del gobierno en el Sarre, Anette Kramp-Karrenbauer (AKK), elegida jefa del partido y aspirante a la cancillería. El pacto con los  nacionalistas xenófobos de la AfD para echar los izquierdistas del gobierno de Turingia arruinó su futuro político, aunque Merkel la mantuvo en la cartera de Defensa, que ocupaba desde la salida de Ursula Von der Leyen para presidir la Comisión Europea.

Al comienzo de la campaña, Merkel jugó un papel discreto. Pero el pobre desempeño de Laschet le ha obligado a comprometerse más activamente y, contrariamente a sus instintos, a criticar ciertos pronunciamientos del candidato socialdemócrata. Scholz había dicho que el gobierno y millones de ciudadanos habían actuado como “cobayas” para animar a toda la población a vacunarse. Merkel replicó en un reciente debate en el Bundestag que nadie merecía ser denominado con ese término.

Por lo demás, las relaciones entre la actual canciller y el jefe de filas de sus socios de gobierno ha sido más bien plácida. De hecho, Scholz se presenta, sin recato, como “el mejor sucesor” de Merkel, sin que nadie en el SPD se remueva en su asiento. Para un partido que ha acumulado sucesivos fracasos electorales y una alarmante pérdida de identidad ideológica, un posible triunfo, siquiera relativo, el día 26 habría sido una quimera hace sólo unos meses.

Otra cosa será formar gobierno, si se confirman las encuestas. Las distintas opciones reciben nombres marcados por la composición de los colores de marca de cada partido. Así, la opción más barajada es la “semáforo” (rojo del SPD, verde de los ecologistas y ámbar de los liberales). La combinación izquierdista (SPD-Verdes-Die Linke o excomunistas) está casi descartada, aunque dieran los números, que es dudoso, por la desconfianza de ecologistas y socialdemócratas hacia los izquierdistas, en particular los del antiguo Este.

Aunque la CDU recuperase parte de su desencantado electorado, no parece que le pueda bastar un arreglo con los ecologistas. Con los socialdemócratas quizás tampoco, aparte de que la gross koalition parece definitivamente agotada. Si los verdes se sumaran a los dos grandes (opción “Kenia”) se garantizaría la sacrosanta estabilidad. La solución “Jamaica” (negro de la CDU, verdes de los ecologistas y amarillo de los liberales) parece la preferida de los de Merkel, pero no cuajó en 2017. La esperada apretura de los resultados anuncian largas y duras negociaciones de coalición. Merkel podría ser todavía canciller en Navidad.

FRANCIA: LAS SALVAS INICIALES

En Francia, se sigue con enorme atención las elecciones alemanas, con más razón que nunca. Ya sin Merkel, el peso del Eliseo en Europa puede y debe crecer. Macron hará valorar esto en su campaña, a pesar de que sus “visiones europeístas” han sido acogidas con más frialdad de la que él esperaba y/o deseaba. Ya no está Trump en la Casa Blanca. Biden no es un “enemigo”, pero tampoco parece proclive a gestos exagerados de entusiasmo.

El actual presidente sabe que no puede dar por seguro un segundo quinquenato, pero piensa que lo disputará ventajosamente en segunda vuelta. Sus rivales están aún por decidir. La nacionalista populista Marine Le Pen sigue siendo la favorita. Se repetiría, en ese caso, el duelo de 2017. Quizás sea lo que el propio Macron desea para volver a invocar la unidad republicana frente a la amenaza de la extrema derecha.

Macron teme más a una figura conservadora de prestigio. De los que ya se han postulado destacan tres: Xavier Bertrand, exjefe de Hauts-de-France; Valerie Précresse, presidenta de Ile-de-France; y Michel Barnier, el hombre Brexit de la CE. Barnier es el que tiene mejor cartel exterior. Pero ha sorprendido su mensaje nacionalista (más bien gaullista) en el lanzamiento de su campaña. No parece coherente con el europeísmo que le tocó jugar en las negociaciones sobre el divorcio británico. Bertrand y Pécresse también tienen pedigree en la derecha  liberal-conservadora francesa pero no es fácil que el electorado progresista les prefiera a Macron en una hipotética segunda vuelta.

En la izquierda, sigue reinando la confusión y la división. Los desmayados intentos de negociar un pacto de unidad para recuperar la dignidad han sido fallidos, hasta la fecha. Entre los socialistas, dos integrantes del gobierno Hollande han avanzado sus candidaturas: Le Foll (exportavoz del ejecutivo) y Montebourg (exministro y conspicuo crítico de la deriva liberal).

La última en declararse es la que tiene el perfil más relevante: la actual alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Esta hija de humildes inmigrantes españoles eligió unos astilleros en Ruan para hacer oficial su candidatura. Gesto simbólico: su padre trabajó en los talleres navales de San Fernando antes de emigrar. Gesto social: Hidalgo quiere recuperar al electorado trabajador que ha huido del PSF. Y gesto político: los macronistas creen que ella carece de apoyos fuera de París y, por tanto, no debería ser rival en el Hexágono.

En los ecologistas europeístas, aliados habituales de los socialistas, se han promovido, hasta la fecha, tres candidatos, y otros dos de grupos verdes menores. La criba se hará este mismo mes. En la izquierda radical repetirá el insumiso Melenchon y el líder comunista Roussel.

Finalmente, Marine Le Pen también tendrá competidores en la extrema derecha, algunos antiguos compañeros de partido. Pero la figura emergente es Eric Zemmour, un periodista polemista, xenófobo y mago de las ondas, a imagen y semejanza de los tribunos demagogos de la Fox norteamericana. Aún no es candidato, pero se le trata como tal.

LA AGITACIÓN EN EL MAGREB ALCANZA AL GOLFO ARÁBIGO

8  de septiembre de 2021 


El Magreb (norte de África) ha vivido un verano de gran agitación diplomática y de múltiples maniobras presentidas. A pesar de la consolidación del alto el fuego en Libia (habrá elecciones en diciembre), la región se encuentra muy lejos de una cierta estabilidad. Dos acontecimientos han disparado las alarmas: la interrupción del proceso político en Túnez (desde el 23 de julio) y la ruptura de relaciones diplomáticas entre Argelia y Marruecos (24 de agosto).

TÚNEZ: HACIA LA CONFIRMACIÓN DEL GOLPE


Cada día que pasa parecen confirmarse los temores iniciales sobre la verdadera naturaleza de la decisión presidencial de suspender el Parlamento y cambiar la jefatura del gobierno y los ministerios claves. Kaïs Sayed invocó “peligro inminente” para la seguridad nacional como justificación de su actuación y aseguró que las medidas tendrían una vigencia (inicial) de un mes. Pero al término de este periodo, prolongó sine die la alteración del equilibrio constitucional y la concentración de poderes en su persona, ya sin base legal alguna (1). El país se encuentra en un compás de incertidumbre, pero con las libertades recortadas (2). Sayed se apoya en un aparente respaldo de la mayoría de la población. El partido islamista Ennahdha, el más numeroso en votos y militantes, no ha conseguido movilizar a la población contra el Presidente, que se apoya discretamente en los militares. Es la primera vez desde la independencia, en 1956, que el Ejército juega algún tipo de protagonismo en la política tunecina (3).


ARGELIA Y MARRUECOS, DONDE SOLÍAN


La ruptura de relaciones diplomáticas en Rabat y Argel fue todo menos una sorpresa. La tradicional rivalidad entre los dos países que compiten históricamente por la hegemonía en la región se agravó en los últimos meses al coincidir viejas fricciones (Sahara Occidental) con otras nuevas, en forma de crisis repentinas. 

El motivo que más ha contribuido al envenenamiento de la situación fue una declaración del embajador marroquí en la ONU en favor de la autodeterminación de la Kabilia, una región del norte de Argelia, que se extiende también a Marruecos. Argel se indignó ante una manifestación semejante, sobre todo porque pocos días antes el Rey Mohamed VI se había pronunciado solemnemente por una mejora de las relaciones con su vecino oriental. La sospecha de duplicidad marroquí se extendió en los despachos argelinos y disparó la acusación sobre una financiación marroquí del Movimiento por la Liberación de Kabilia, organización clandestina argelina. 

La siempre débil confianza bilateral ya se había visto seriamente erosionada al conocerse que el estado marroquí había sido uno de los clientes de Pegasus, la empresa israelí que ha facilitado medios de espionaje electrónico. Argel cree que Rabat ha utilizado esta herramienta para espiar a numerosas autoridades argelinas (4).

A partir de aquí se acumularon otros agravios de veracidad más dudosa. Argelia llegó a culpar a Rabat de instigar los incendios que han asolado este verano ciertas regiones del país. 

Esta crisis diplomática bilateral pone en riesgo el acuerdo gasístico entre ambos países (exportación de gas argelina a España y Europa a través de Marruecos), que debe renovarse a finales de octubre. El ministro argelino de exteriores insinuó que Argelia cumplirá con los acuerdos internacionales, pero eludió ser más preciso. Para España, hay una vía alternativa para asegurar los casi 10.000 millones de metros cúbicos de gas argelino, a través del gasoducto que transcurre por el Mar de Alborán hasta Almería (5).


UN PULSO REGIONAL

Aparte del Sahara, sempiterno factor de confrontación entre ambos vecinos desde los años setenta, el realineamiento de las alianzas regionales hasta los confines del Golfo arábigo esclarece el contexto de estas crisis (6).

Los acuerdos Abraham, promovidos por Trump, consagraron públicamente el acercamiento entre Israel y países árabes moderados o pro-occidentales como el propio Marruecos, los Emiratos, Bahréin y Sudán. El desarrollo de este pacto regional ha sido relativamente rápido. En mitad del verano, el nuevo ministro de exteriores de Israel Yaïr Lapid visitó Rabat y realizó pronunciamientos que Argelia consideró hostiles. El incidente podría haberse diluido enseguida, si no fuera por el ambiente de tensión argelino-marroquí, pero también por la agitación diplomática de fondo en la región.

Los Emiratos han participado activamente en la guerra de Libia en apoyo del mariscal Haftar, junto con Egipto y Rusia, y, por tanto, en contra el gobierno interino reconocido por la ONU, apoyado por Turquía y por Qatar. Estos realineamientos responden a la posición frente al islamismo. Los EAU (igual que Arabia Saudí) batallan ferozmente contra la politización del Islam, igual que Egipto, cuyos generales no dudaron en derrocar al gobierno de los Hermanos Musulmanes en 2013, tras la turbulenta revolución de 2011. Por el contrario, la Turquía del islamista autoritario Erdogan jugó muy fuerte en favor del gobierno interino libio, dominado por islamistas moderados. Qatar, rival de saudíes y emiratíes, se alineó con Ankara y Tripoli. 

En esta madeja de alianzas entra Túnez. El presidente, contrario a la formación islamista Ennahdha, ha buscado apoyos en Egipto y en los Emiratos. Cada día que pasa parece más claro que Sayed está actuando según el libreto del general egipcio Al-Sisi, al acabar con la democracia bajo la excusa de proteger al país del peligro de una dictadura religiosa. El presidente tunecino visitó Egipto en abril de este año. Es difícil creer que no tratara con Al Sisi de una eventual intervención presidencial para corregir el rumbo político tunecino y alejar a los islamistas del poder. Previamente, en diciembre de 2019, cuando Ennahdha gozaba de gran influencia, Erdogan visitó Túnez para buscar su apoyo en la guerra de Libia, por entonces en una fase álgida.

Estas maniobras alcanzan a Argelia y a Marruecos, por el juego de poder regional. Rabat comparte con Abu Dhabi la iniciativa de la colaboración con Israel, bajo el amparo de Washington. Biden no ha suspendido la declaración trumpiana de apoyo a la soberanía marroquí sobre el Sahara ni se ha pronunciado en contra de la participación de los EAU (y de Arabia) en la guerra del Yemen, que vive un inestable paréntesis ante unas perspectivas de negociación de muy incierto alcance.

Argelia contempla el pulso regional entre laicos e islamistas con incomodidad. La guerra contra el FIS (Frente Islámico de Salvación) en los años noventa ha dejado muchas heridas en el país. Las autoridades argelinas no quieren que se reabran y tratan de fomentar un diálogo constructivo con los islamistas moderados, mientras persiguen a los radicales. No quieren excesos de sus vecinos. Ni de los islamistas ni de los laicos. Se han mantenido equidistantes en la guerra de Libia y contemplan los acontecimientos en Túnez con aprensión. 


NOTAS

(1) “Political uncertainty deepens in Tunisia”. SARAH FEUER, GRANT RUMLEY, BEN FISHMAN Y AARON YELIN. THE WASHINGTON INSTITUTE, 31 de agosto.

(2) AMNISTÍA INTERNACIONAL, 26 de agosto.

(3) “Keep Tunisia’s military out of politics” RADWAN A. MASMOUDI (president del Center for the study of Islam & Democracy, Washington). FOREIGN POLICY, 2 de septiembre.

(4) “Entrevista con Isabelle Werenfels, investigadora del Instituto alemán de asuntos internacionales y seguridad. LE MONDE, 2 de septiembre; “Ruptura Argelia-Marruecos: mucho más allá del Sahara”. PACO AUDIJE. PERIODISTAS.es, 31 de agosto. “Algeria-Morocco ruptura: an unfunny comedy of errors”. DAVID POLLOCK. THE WASHINGTON INSTITUTE, 27 de Agosto. 

(5) “Crisis algéro-marrocaine: l’avenir incertain du gazoduc Maghreb-Europe”. SAFÍA AYACHE (corresponsal en Argel). LE MONDE, 3 de septiembre.

(6) “Efervescence diplomatique régionale autor de la situation politique en Tunisie”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 25 de agosto. 




ESTADOS UNIDOS Y LA CRISIS DE CREDIBILIDAD

2 de septiembre de 2021

El controvertido final de la intervención militar norteamericana en Afganistán ha provocado una cascada de críticas tanto de la oposición republicana como de las filas demócratas, académicos, diplomáticos, estrategas, editorialistas, activistas de derechos humanos y sociales, etc. Los reproches son amplios y muy diferentes según el caso, pero desde el calamitoso episodio de Vietnam no se había generado un ambiente de pesimismo sobre la capacidad de Estados Unidos para liderar el orden liberal internacional.

Las consideraciones críticas giran en torno a la noción de credibilidad, no tanto a la de los recursos (militares, diplomáticos, económicos o culturales). Como ocurriera en las distintas etapas del aislacionismo, en los siglos XIX y XX, el debate se focaliza en las prioridades de las élites, pero también en la voluntad de la ciudadanía. ¿Lo que la élite decide es lo que la mayoría de los norteamericanos desean? Es una cuestión tramposa, porque la posición de los ciudadanos suele estar condicionada por la manera en que las élites presentan la realidad, definen los intereses nacionales y presentan las opciones de actuación.

En todo caso, un fracaso sin paliativos como el de Afganistán deja a las élites con un margen de maniobra más estrecho que de costumbre. Este caso ha servido de epítome de la “guerra contra el terror”, lanzada por la administración Bush en 2001, aunque desde el final de la guerra fría, durante el mandato de Clinton, este pilar de la política exterior y de las asignaciones militares ya había adquirido una posición predominante en el pensamiento estratégico. El balance, veinte o treinta años después, no es positivo.

Los analistas difieren en el diagnóstico. Para los partidarios acérrimos de la acción sin complejos ni reservas, el problema principal ha residido en la discontinuidad del esfuerzo y la escasa resistencia a las presiones ante las dificultades, aparte de problemas secundarios de naturaleza logística o diplomática. Un crítica por defecto, en definitiva.

Los más críticos replican con una impugnación general de la obsesión por la política antiterrorista, el drenaje de recursos, la militarización del pensamiento político, la minoración de la acción diplomática, el desprecio por el conocimiento de las zonas de conflicto, etc. Una crítica por exceso.

Los neutros toman elementos críticos de cada uno de los anteriores, pero tienden a focalizarse en los aspectos operativos, en los detalles, en las cuestiones de orden práctico  en los errores. Una crítica modulada.

Finalmente, sólo unos pocos, desde la izquierda, plantean una crítica sistémica, una visión más amplia del papel hegemónico de Estados Unidos en el mundo, de la arrogancia del poder casi absoluto, de la ausencia de contrapeso real, de deriva de una lógica imperial que se manifiesta brutalmente en cada crisis, cuando interesa. Cuando más se pone en evidencia es cuando fracasa, como es el caso de Afganistán.

Conviene tener en cuenta que, en este debate como en casi todos de orden político, las posiciones personales y corporativas juegan un papel nada desdeñable. Los militares suelen culpabilizar a los políticos y, en menor medida a los diplomáticos; los académicos resaltan las carencias y manipulaciones de los militares, la ignorancia de los políticos y la impotencia de los diplomáticos; y éstos lamentan la creciente falta de recursos y su marginación en los procesos de toma de decisiones.

De todo lo leído y escuchado estas dos últimas semanas sobre la pesadilla afgana y de la inminencia del vigésimo aniversario del 11 de septiembre, es muy destacable la reflexión de Ben Rhodes, el que fuera Consejero de Seguridad Nacional de Obama en sus últimos años. Una voz crítica de la “guerra contra el terror”, sin excluir a la administración de la formó parte

Rhodes denuncia que ese “proyecto” ha condicionado toda la política exterior del país en las últimas dos décadas y, lo que es peor, su “vasta infraestructura sigue activa”. Los “abusos en materia de vigilancia, detención e interrogación” practicados por la administración Bush facilitaron la “militarización del pensamiento político”. Obama no pudo o no supo desmontar ese tinglado y Trump lo ensalzó, justificó y utilizó contra sus oponentes políticos internos. Una de las principales consecuencias de la fallida estrategia contra el terror ha sido el auge del terrorismo interno, practicado por de la extrema derecha, xenófobo, racista y reaccionario. Mientras el 11 de septiembre generó un esfuerzo multimillonario en la captación de recursos, el 6 de enero (toma del Congreso por los extremistas de derecha) ni siquiera se ha investigado con la profundidad exigida, debido al obstáculo de los republicanos (1).

El exconsejero de seguridad considera que el Presidente Biden debe empezar a desmantelar ese complejo de la “guerra contra el terror”, sin ambages ni dilaciones, si no quiere que la propia prosperidad de la sociedad norteamericana se vea seriamente comprometida. Aunque su reflexión está escrita antes del episodio final en Afganistán, sus críticas a la desventurada intervención norteamericana en aquel país, pero también en Irak, son contundentes e inequívocas.

El historiador de la Universidad de Columbia Stephen Wertheim reclama el fin de la “presidencia imperial”, es decir, el poder de la Casa Blanca para “declarar y autorizar el uso de la fuerza militar” en caso de amenaza para la seguridad nacional, una medida adoptada por el Congreso en 2001, con sólo un voto en contra (2). En otros trabajos, Wertheim se ha mostrado crítico con la noción de “primacía” de los Estados Unidos en el orden mundial (3).

En una línea pragmática se mueven analistas con Daniel Byman, experto en yihadismo de la Brookings, o Cinthya Miller-Idriss, investigadora del extremismo derechista blanco. Byman estima que “hay que vivir con la amenaza islamista”, pero sin perder de vista que, en estos veinte años, el terrorismo interno ha causado muchas más muertes que el islamismo radical. En coincidencia con Rhodes, Miller-Idriss asegura que la guerra contra el terror ha reforzado a la extrema derecha violenta (4).

Desde la “doctrina realista de las relaciones internacionales”, el profesor de Harvard Stephen Walt aboga por la liquidación de las guerras interminables y la aceptación de que Estados Unidos ni puede ni debe seguir ejerciendo de gendarme internacional, por el bien de sus propios ciudadanos. Se debe poner fin a la creencia de que hay un modelo de gobernanza, con independencia de lo que consideren las poblaciones. La construcción de naciones ha sido un fracaso desde su propia concepción (5).

Frente a estas posiciones, surgen las de quienes creen que, al cabo, la “guerra contra el terror ha sido un éxito en la medida en que ha logrado su objetivo estratégico: “prevenir otro ataque contra EE.UU.”. Consideran, sin embargo, que el balance es ambivalente, porque el proyecto no se ha desarrollado plenamente, aunque al menos ha servido para modernizar el aparato militar, reorientarlo hacia funciones de seguridad y dotar a fuerzas locales de capacidad para combatir las amenazas terroristas (6). Estos autores asumen que no se ha modificado el Oriente Medio, porque los estados hostiles mantienen su capacidad para desafiar el actual orden internacional, por lo que es necesario profundizar en la estrategia.              


NOTAS

(1) “Them and Us. How America lets its enemies hijack its foreign policy”. BEN RHODES. FOREIGN POLICY, septiembre-octubre 2021.

(2) “Rnd the Imperial Presidency”. STEPHEN WERTHEIM. THE NEW YORK TIMES, 25 de agosto.

(3) “Delusions of dominance. Biden can’t restore American primacy- and shouldn’t try”. FOREIGN AFFAIRS, 25 de enero.

(4) “The good enough doctrine. Learning to live with Terrorism”. DANIEL BYMAN; “From 9/11 to 1/6. The war on terror supercharged te far-right”- CINTHYA MILLER-IDRISS. FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre 2021.

(5) “Could the United States still lead the world if It wanted to?”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 17 de julio.

(6) “America failed its way to counterterrorism success”. MICHEL O’HANLON y HAL BRANDS. FOREIGN AFFAIRS, 12 de agosto; “Why American can recover from failures like Afghanistan and Iraq”. ROBERT D. KAPLAN. THE ECONOMIST, 23 de agosto [este artículo forma parte de una serie sobre el “futuro de la potencia norteamericana”].

LOS TALIBAN REMUEVEN EL TABLERO ASIÁTICO

 23 de agosto de 2021

La fulminante victoria de los taliban en Afganistán no hará retroceder veinte años esa parte del tablero geoestratégico global, porque desde 2001 se han producido muchos cambios, pero sí puede alterar los equilibrios actuales. Veamos los escenarios previsibles, siempre sujetos a giros o sorpresas en una zona tan volátil. Podemos establecer tres tipos de efectos, por su condición o naturaleza: percepciones, intereses y alianzas.

LAS PERCEPCIONES

1) Pérdida de confianza en el compromiso de Estados Unidos con sus aliados, pese al mantra exterior de Biden (“America is back”). Los contrarios a la retirada militar practican el juego de la autoprofecía cumplida y advierten que la credibilidad norteamericana se ha resentido (según algunos, profundamente) por la terca insistencia del Presidente en no mantener un contingente militar suficiente para impedir la victoria talibán (1). Pero también hay quienes consideran que, a la larga, la retirada es conveniente y será beneficiosa (2).

2) Ganancia indirecta de China, Rusia e Irán, los tres rivales más señalados de Estados Unidos en estos momentos, en todo caso de distinta consideración y alcance. La derrota en Afganistán abona la tesis de la decadencia del orden internacional liderado por Washington, que Pekín, Moscú y Teherán difunden entre sus socios y/o aliados por todo el mundo. En el juego constante de la propaganda, lo ocurrido en Afganistán modifica el marcador. Pero esta aparente victoria podría resultar una pesada carga (3).

3) Empujón anímico a los combatientes islámicos radicales que, tras la derrota del ISIS en Siria e Irak, se encontraban en fase de repliegue en las distintas regiones de Asia, aunque mantengan cierta pujanza en África. La perspectiva de recuperación del santuario afgano no está garantizada, por supuesto, pero los agitadores de la yihad recobran la esperanza (4).

LOS INTERESES

4) Estados Unidos avanza en la minoración de Asia Occidental y Meridional como áreas de prioridad estratégica, para concentrarse en la vasta región denominada Asia-Pacífico, que será -es ya- el escenario de la pugna por la hegemonía mundial en el siglo XXI. Biden comparte la opinión de los estrategas americanos favorables a detraer recursos militares, económicos y humanos de Oriente Medio y zonas aledañas para centrarse en fortalecer sus posiciones en el Extremo Oriente. Ahora que el petróleo de aquella zona ha dejado de ser tan decisivo, la participación ventajosa en los flujos comerciales en torno al Pacífico se ha convertido en el objeto mayor del empeño norteamericano. La actuación norteamericana en esa zona se concentrará en conjurar el riesgo yihadista y proteger sus intereses económicos (5).

5) China contempla el cambio de régimen en Afganistán como una oportunidad para extender su penetración económica exterior, (iniciativa Belt and Road) y acceder a sus reservas de  minerales raros. Los taliban pueden facilitar a Pekín otra plataforma de alcance hacia Asia Central y facilitar la conexión con su aliado pakistaní, que absorbe desesperadamente inversiones chinas (carreteras, puertos, etc.), para reflotar su economía y afrontar la presión demográfica. Pekín puede ofrecer al nuevo emirato incentivos suficientes para neutralizar el respaldo a los musulmanes uigures de Xinjiang (6). China ha reforzado la protección del corredor de Wakhan, un espacio de apenas 75 kilómetros de largo y 15 de ancho, creado por británicos y rusos a finales del siglo XIX como zona de seguridad entre sus respectivos imperios. El corredor conecta China con Afganistán, entre una inestable región de Tayikistán y el acceso a  Cachemira, escenario de la guerra latente entre China e India (7).

6) Rusia contempla la victoria taliban como una mezcla de satisfacción y cautela. La derrota norteamericana es una compensación de la debacle propia en los ochenta, que aceleró el derrumbamiento de la URSS. Putin apoyó inicialmente la intervención norteamericana, pero con los años fue mostrándose ambivalente. Ahora, el Kremlin querría unos taliban hostiles a Washington, o al menos no cooperantes, pero no le interesa la recuperación del santuario yihadista, por los efectos desestabilizadores que pudiera tener en Asia Central, región en la que Rusia aún ejerce una notable influencia. Moscú ha iniciado hace poco nuevas maniobras militares conjuntas con Tayikistán y Uzbekistán (tayikos y uzbekos son las dos minorías más importantes de Afganistán) (9). Tampoco pierde de vista Rusia el posible efecto del cambio en el Cáucaso, muchos de cuyos islamistas radicales se formaron en el Afganistán taliban.

7) India y Pakistán tienen intereses contrapuestos. New Delhi se siente perjudicada por la victoria taliban, debido a los lazos estrechos que éstos tienen con su archienemigo Pakistán. India era el quinto suministrador de ayuda al derrocado gobierno afgano. La relación de conveniencia económica entre los nuevos taliban y China agrava los temores de un gobierno ultranacionalista como el de Modi, que utiliza la tensión recurrente con Islamabad y Pekín como arma política rentable (10). Pakistán juega con varias barajas, pero siempre bajo la obsesión de la amenaza india. En la porosa zona fronteriza de Baluchistán, de mayoría pastún, han anidado, crecido y proyectado su fuerza grupúsculos radicales que han protagonizado acciones terroristas en India, como Lashkar-e-Toiba o Jaish-e-Mohammed. El riesgo para Islamabad estriba en que el cambio en Kabul pueda alentar a los talibán locales que quieren un régimen islámico más puro (11).  

8) Irán comparte frontera oriental con Afganistán. La minoría hazara, de confesión chií, cuenta con la protección de la vecina república islámica. La hostilidad histórica entre ayatollahs y taliban (aspirantes a liderar las dos ramas del Islam) se ha ido rebajando a medida que se han recrudecido las tensiones entre Teherán y Washington, debido al programa nuclear iraní y a las presiones israelíes sobre el establishment norteamericano. Cuando la retirada norteamericana empezó a parecer irreversible, se reforzaron pública y hasta ostensiblemente los lazos entre Irán y los taliban. Las diferencias doctrinarias han dejado de ser prioritarias, como se ha visto también en Palestina, con la colaboración de los iraníes y los sunníes de Hamas o de la Yijad Islámica. O como ocurriera con Al Qaeda, que pasó de ser un enemigo jurado a gozar de cierto apoyo en las influyentes esferas de los Guardianes de la Revolución.

LAS ALIANZAS

Así las cosas, las alianzas regionales pueden someterse a ciertos ajustes, pero bien entendido siempre que no hablamos de un esquema rígido como el existente durante la guerra fría, sino de estructuras flexibles y dependientes de coyunturas cambiantes.

- Afganistán puede mantenerse en una cierta y engañosa neutralidad, más inclinada a entenderse y negociar con China y Rusia, pero sin provocar a Estados Unidos con apoyos a redes islamistas que pretendan atacar intereses norteamericanos. Si Washington no se cree los mensajes de moderación de los taliban, podría bloquear la entrega a Kabul de 460 millones procedentes de los derechos de giro del FMI, prevista para finales de este mes.

- La alianza del nuevo Afganistán con Pakistán está fuera de duda, por interés propio y por presión de China, a la que conviene mantener a India sin influencia importante en el país.

- Con Irán es previsible una especie de pacto de no agresión, que libere a los taliban de tensiones en su flanco occidental y le permita concentrarse en la reconstrucción del país bajo sus normas de conducta.

- China se guiará por motivaciones pragmáticas, sin avenirse a alianzas cerradas que obliguen a compromisos militares, como hace con el resto de países socios mercantiles, vecinos o lejanos.

- Rusia no tendrá tampoco interés de seducir a los taliban para que se integre en los mecanismos de cooperación vigentes en Asia Central, ni presionará, en sintonía con China, para modificar el estatus de Afganistán en la Organización de Shanghai (integrada por Rusia, China y los cinco estados de Asia Central), donde participa como simple observador

- India tratará de dejar abierto un canal con los taliban, para no perder opciones de futuro, en caso de que el régimen islámico se derrumbe de nuevo.

En definitiva, el tablero geoestratégico en estas zonas de Asia Central y meridional está abierto a tensiones, pactos, acuerdos bilaterales, trilaterales y regionales, pero sin que se aviste una configuración estricta de alianzas, debido a los intereses cruzados de los actores.

 

REFERENCIAS

(1) “Was pulling out of Afghanistan a mistake. Yes”. RYAN CROKER (Ex-embajador en Afghanistán). CARNEGIE, 18 de agosto;

(2)“Afghanistan hasn’t damaged U.S. credibility”. STEPHEN M. WALT (Universidad de Harvard). FOREIGN POLICY, 21 de agosto; “Was a pulling out of Afghanistan a mistake. No”. STEPHEN WERTHEIM. (Universidad de Columbia). CARNEGIE, 18 de agosto;

(3) “Nobody wins in Afghanistan. For China y Russia, the country is a liability not an asset”. ADAM WEINSTEIN (Instituto Quincy). FOREIGN POLICY, 20 de agosto.

(4) “The Taliban retakes Afghanistan”. DANIEL L. BYMAN y BRUCE RIEDEL. BROOKINGS, 16 de agosto.

(5) “How will Afghanistan affect the Biden Presidency”. AARON DAVID MILLER. CARNEGIE, 18 de agosto; “How should the United States engage with Afghanistan’s new Taliban government”. JAMES SCHWEMLEIN. CARNEGIE, 18 de agosto; “Taliban retakes Afghanistan”. VANDA FELBAB-BROWN. BROOKINGS, 16 de agosto; “Taliban retakes Afghanistan”. DOUGLAS A. REDIKER. BROOKINGS, 16 de agosto.

(6) “How will China to profit from the taliban,’s take over in Afghanistan”. RYAN HASS. BROOKINGS, 18 de agosto. “China won’t repeat America’a mistakes in Afghanistan” AZEEM IBRAHIM (USA War College). FOREIGN POLICY, 17 de agosto.

(7) “China is protecting the thin corridor to the afghan heartland”. SAM DUNNING. FOREIGN POLICY, 14 de agosto.

(8) “How Russia stands to gain thanks to Biden’s Afghanistan disaster. ANNA BORSHCHEVKAYA. THE WASHINGTON INSTITUTE, 18 de agosto; Russia sees potential cooperation with the Taliban, but also prepares for the worst”. THE WASHINGTON POST, 18 de agosto; “What is Russia’s response to Afghanistan”. DIMITRI TRENIN. CARNEGIE MOSCOW, 18 de agosto;

(9) “With afghan collapse, Moscow takes charge in Central Asia”. THE NEW YORK TIMES, 19 de agosto.

(10) “Post-american Afghanistan and India’s geopolitics. C. RAJA MOHAN (Universidad de Singapur). FOREIGN POLICY, 18 de agosto; “What the Taliban takeover means for India”. SUMIT GANGULY. FOREIGN POLICY, 17 de agosto; “What will India’s diplomacy with a Taliban led Afghanistan look like (Afghanistan under the Taliban)”. RUDRA CHAUDHURY. CARNEGIE, 18 de agosto.

(11) How is Pakistan reacting to Taliban rule in Afghanistan”; AQIL SHAH. CARNEGIE, 18 de agosto.“Pakistan’s pyrric victory in Afghanistan”. HUSAIN HAQQANI. FOREIGN AFFAIRS, 22 de julio;

(12) “Iran is poised to exploit the uncertaintities of the Afghan collapse”. FARZIN NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE, 18 de agosto; “Why Iran will welcome the Taliban takeover in Afghanistan”. SHELLY KITTLESON. FOREIGN POLICY, 18 de agosto; “What is Iran’ view of Taliban rule in Afghanistan”. KARIM SADJADPOUR. CARNEGIE, 18 de agosto.

 

AFGANISTÁN: LA “GUERRA RELÁMPAGO” DE LOS TALIBAN

 16 de agosto de 2021

La victoria vertiginosa de las milicias taliban ha sorprendido a la opinión pública internacional. A pesar de contar con una fuerza cinco o seis veces menor, los insurgentes han convertido la “guerra de posiciones” de los últimos meses, consistente en la consolidación del dominio de las zonas rurales y poco pobladas, en una “guerra de movimientos” simultánea en varios frentes, aprovechando la debilidad patente del adversario y la anunciada pasividad de Estados Unidos, que estaba culminando su retirada militar (1).

La escasa o nula actitud combativa del ejército y las fuerzas de seguridad afganas, se debe a distintos factores de primer orden, a saber:

a) la falta de suministros tanto logísticos (alimentos, combustible, etc.) como militares (armas, municiones, refuerzos), debido al caos organizativo y a la corrupción que desde hace años socava el funcionamiento de los aparatos de seguridad

b) la escasa motivación de los combatientes gubernamentales, que han preferido salvar la vida o cambiar de bando, por oportunismo, por convicción o por desesperanza.

c) la retirada de los contratistas privados, que aseguraban las líneas de equipamiento, adiestramiento y suministro de los gubernamentales, sobre todo de la fuerza aérea

d) la sorprendente flaqueza de los otrora poderosos “señores de la guerra” o jefes tribales militares de las etnias minoritarias en el norte y el oeste del país, algunos de los cuales han rendido, casi sin disparar un tiro, la defensa de ciudades que se consideraban bastiones oficialistas o aliados como Kunduz, Sheberghan, Herat, Mazar-e-Sharif y Jalalabad. La entrada en Kabul fue más un desfile que una operación militar (2).

LA ACTITUD DE ESTADOS UNIDOS

La administración Biden tenía motivos más que sobrados para esperarse una campaña taliban contundente y rápida, incluso inmediata. Veamos algunos indicios

- los bombardeos aéreos norteamericanos de junio y julio, ante el temor de una ofensiva taliban que ya se intuía, rompieron el compromiso de Trump de no atacar si los taliban respetaban las ciudades: la prevención terminó provocando lo que se quería evitar.

- los planes de emergencia que han circulado incluso en los medios de comunicación, ante el escenario de un  pronto derrumbamiento de las defensas gubernamentales afganas.

- la infructuosa ronda de conversaciones indirectas de paz, en Qatar, intento fallido del gobierno para detener el anticipado triunfo taliban y cínico de éstos para desviar la atención.

 - los contactos diplomáticos de los taliban con Moscú, Pekín y Teherán, para presentar desconocidas y dudosas garantías sobre el nuevo Emirato Islámico de Afganistán.

 La retirada militar norteamericana debía estar completada el 31 de agosto, de modo que el vigésimo aniversario del 11 de septiembre (origen de este desastre) se celebraría con todas las tropas en casa y un engañoso discurso oficial de misión cumplida y final de la guerra más larga en la historia de Estados Unidos. La aceleración final no dejará espacio para el triunfalismo, aunque a buen seguro se hará virtud de la necesidad. Si la evacuación se completa sin dramatismo, es decir, si se evita un escenario Saigón (3), se hará un balance positivo en la Casa Blanca, donde lo que importaba desde hace tiempo era acabar con la pesadilla y liquidar la experiencia afgana.

LA ALARMA DE LOS EXPERTOS

A los militares, estrategas y beneficiados del negocio bélico les costará más tiempo digerir el resultado. A finales de julio, cuando ya se percibía que las cosas podían ir más deprisa de los previsto y se sospechaba que un eventual derrumbamiento del gobierno central afgano podía ser cosa de semanas y no de meses, empezaron a circular propuestas de rectificación de las instrucciones presidenciales. Resignados a la retirada ordenada por Biden,  algunos especialistas plantearon una intervención flexible, temporal y selectiva que garantizara una posición decente del gobierno afgano para negociar una paz digna, en forma de reparto de poder o de acuerdo nacional de reconciliación.

Una de esas voces fue la de Seth Jones, antiguo asesor de la unidad de comandos especiales norteamericanos sobre el terreno y actual director del programa de Seguridad Internacionales del Centro de estudios estratégicos e internacional de Washington, uno de los think-tanks más influyentes. Jones afirmaba la tercera semana de julio que “una victoria de los taliban no era inevitable” si la Casa Blanca enmendaba la decisión, a su juicio, “errónea” de la retirada militar, con la adopción de ciertas medidas rectificadoras, a saber:

- asistencia militar reforzada a las fuerzas gubernamentales seleccionadas (unidades especiales y aviación, sobre todo), por medios aéreos y terrestres.

- misiones aéreas de combate, para destruir las milicias taliban más amenazantes, y de inteligencia, para dotarse de información precisa y constante sobre la evolución de la situación   

- operaciones encubiertas de los comandos especiales de la CIA, para asesorar y entrenar a unidades selectas del ejército afgano y a las milicias aliadas, como se hizo en los 90 con la entonces Alianza del norte, que combatió al gobierno de los taliban (4).

Hace apenas unos días, otro veterano de la guerra afgana, el exgeneral John Allen, un militar del cuerpo de marines que fue jefe de las tropas internacionales (ISAF) y ahora es el presidente de la Brookings Institution, cercana a los demócratas, demandaba a la Casa Blanca que modificara su enfoque y procediera siquiera a facilitar medidas correctoras que salvaran lo aún salvable. Sus recomendaciones eran, básicamente, las siguientes:

- fijar una línea roja a los taliban, tanto en lo que se refiera a “operaciones ofensivas de combate” como a su conducta en las áreas capturadas, que se concretaría en impedir la toma de Kabul y prevenir acciones de represalia o represión en las localidades bajo su dominio.

- advertencia clara e inequívoca de intervención militar directa si estas líneas rojas son traspasadas por los taliban.

- aceleración e intensificación de los preparativos de entrada en combate, tanto de los comandos especiales, como de los asesores sobre el terreno y de la fuerza aéreas.

- determinación de los recursos militares a emplear: reactivación de la base aérea de Bagram, empleo de misiles tácticos tierra-tierra de alta precisión con capacidad para efectuar operaciones ininterrumpidas de ataque contra las unidades ofensivas taliban, etc. (5).

Estas dos opiniones, sólo una muestra de las que se han podido conocer en los últimas semanas, indican el alejamiento de la realidad de personas supuestamente bien informadas. Hasta el final, los “cerebros” de la intervención norteamericana presentaban una imagen distorsionada o voluntarista de las fuerzas militares y de seguridad afganas.

LA FIRMEZA DE BIDEN

Los medios también han criticado al presidente. THE NEW YORK POST, afín a la derecha populista republicana, proclamaba a toda página que “Afganistán será el Vietnam de Biden”, sin mencionar que fue Trump quien firmó un acuerdo con los taliban que consagró la retirada militar. Los “liberales”, como THE NEW YORK TIMES o THE WASHINGTON POST, cercanos a la Casa Blanca, le han reprochado “falta de sensibilidad” o “incomprensión sobre los efectos de la seguridad nacional” que el “abandono” de Afganistán podría comportar. Pero en sus páginas se ha venido denunciando repetidamente la corrupción del gobierno afgano y la incompetencia del Ejército.

Biden ha mantenido firmemente una postura que mantiene desde hace años. En sus memorias, Obama cuenta cómo, después de una reunión con el Consejo de Seguridad, Biden le llevó aparte un momento y le dijo que “no se dejara intimidar por estos militares”. El entonces vicepresidente sostuvo, contra todos los demás, que la misión originaria (liquidar a Bin Laden y desarticular la infraestructura de apoyo de Al Qaeda) ya se había completado con éxito. En su opinión, era un error pretender “construir un país”, o proteger indefinidamente a unos dirigentes que habían mostrado su incompetencia y, lo que es peor, su venalidad. Dos billones de dólares han sido enterrados en Afganistán. Biden se negaba  derivar allí más fondos, cuando su prioridad es conseguir del Congreso más de 6 billones de dólares en reconstrucción de infraestructuras y programas sociales.  

Ya en el despacho oval, Biden se ha atenido a esta línea de conducta, reforzada por la evolución de los acontecimientos. La prioridad de la seguridad nacional ha sido fijada en Rusia y China y no en Oriente Medio o en Afganistán. Se le reprocha a Biden que no contemple el problema con una visión más amplia. Un triunfo de los taliban, argumentan los críticos,  puede ser utilizado o instrumentalizado por China y Rusia como una muestra más de la falta de credibilidad de Washington como aliado y/o protector de países medios o dependientes y favorecer estrategias de acercamiento o colaboración de éstos con Pekín y Moscú.

Biden no se ha dejado engatusar por argumentos geoestratégicos de dudosa fiabilidad. Se ha limitado a enviar tropas para proteger la evacuación de los más de 600 soldados que aún quedaban y del personal civil y colaboradores, para evitar un Saigón (6).  El presidente ya parece contar con un Emirato Islámico en Afganistán. Su esfuerzo se centrará en tratar de que el nuevo régimen se comporte de manera soportable, es decir, que no brinde su territorio como santuario de fuerzas islamistas agresivas ni coopere activamente con los rivales geoestratégicos de Estados Unidos en contra de los intereses norteamericanos.

El factor más inquietante es la suerte de los civiles afganos, en especial de las mujeres. Pero no esto es, lamentablemente, la mayor preocupación de casi nadie en las esferas de poder, por mucho que se proclame otra cosa. Ya hay casi medio millón de afganos desplazados de sus hogares. La solicitud de asilo en Occidente ha crecido en los últimos dos meses, cuando la victoria taliban no parecía tan cercana. Si las promesas de moderación taliban resultan ser falsas, podría registrarse una nueva oleada de refugiados, superior a la de 2015, que ocasionó la crisis humanitaria más importante en Europa desde las guerras yugoslavas. Y eso con la pandemia aún activa y a sólo unas semanas de las elecciones alemanas.  Aún peor sería que los países limítrofes cerraran sus fronteras, pese a las demandas insistentes de las cancillerías occidentales. A esta hora, la incertidumbre es máxima.

 

NOTAS

(1) “The afghan military was built over 20 years. How did it collapse so quickly?”. THE NEW YORK TIMES, 13 de agosto.

(2) “En Afghanistan, les raisons de l’effondrement de l’armée” JACQUES FOLLOROU. LE MONDE, 14 de agosto.

(3) “Is this the ‘last chopper out of Saigon’ moment for Afghanistan”. ROBBIE GRAMMAR. FOREIGN POLICY, 12 de agosto.

(4) “A Taliban victory is not inevitable. How to prevent catastrophe in a post-american Afghanistan”. SETH G. JONES. FOREIGN AFFAIRS, 21 de julio.

(5) “Biden must reverse his decision to quit Afghanistan. The administration must act now. Here’s what they must do”. JOHN R. ALLEN. DEFENSE ONE, 13 de agosto.

(6) “Biden authorizes additional troops to Kabul as Taliban closes in on capital”. THE WASHINGTON POST, 14 de agosto.

TÚNEZ: LA VERSIÓN BLANDA DE LA VÍA EGIPCIA

 28 de julio de  2021

Diez años después de la revolución que sirvió de estandarte a la posterior “primavera árabe”, Túnez se precipita hacia la confirmación de un fracaso similar al que se ha producido ya en toda la región del Norte de África y el Oriente próximo.  No ha sido una crisis repentina, por supuesto, sino un largo proceso de deterioro. Cierto es que en Túnez se han amortiguado las tensiones y se ha evitado, hasta ahora, una explosión bélica (como las registradas en Siria, Libia o Yemen), involuciones dramáticas (como en Egipto), o tensiones sociales explosivas (caso de Argelia). Los equilibrios políticos y la relativa solidez de las instituciones habían dejado a Túnez en el punto muerto que se observaba en las monarquías falsamente democráticas (Marruecos, Jordania o Bahréin)

Esa tensión latente, a fuego lento, se ha desbordado en los últimos días en forma de crisis constitucional o enfrentamiento institucional entre los principales poderes del país. El presidente Saied, elegido mayoritariamente hace dos años, estaba enfrentado de manera irremisible con un Parlamento fragmentado y carente de mayoría clara, en el que la fuerza principal son los islamistas moderados de Ennahda.

El pasado domingo, en una iniciativa polémica, Saied destituyó al primer ministro Mechichi y asumió temporalmente sus funciones hasta el nombramiento de un nuevo titular. Al mismo tiempo, suspendió por 30 días el legislativo y destituyó a los ministros de Defensa y Justicia (1). Para algunos, es un golpe de Estado. Para otros, se trata de una decisión radical pero legal, ya que el Presidente está amparado por el artículo 80 de la Constitución, que lo habilita para asumir los poderes del ejecutivo y suspender provisionalmente el Parlamento por razones de emergencia nacional.

Es inevitable que se hicieran, de inmediato, comparaciones con lo ocurrido en Egipto en 2013, cuando el entonces Ministro de Defensa y Jefe del Ejército, el General Sisi derribó al presidente constitucional Mohamed Morsi, apoyado en una protesta popular contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes, con la promesa de convocar elecciones libres y prevenir una dictadura religiosa que se anunciaba en ciernes. Nada de eso ocurrió, como es bien sabido. El Ejército recuperó el poder que había perdido tras la Revolución de 2011 y Egipto es hoy una dictadura militar más represiva aún que la de Mubarak.

Túnez presenta, naturalmente, muchas diferencias, pero también algunas similitudes con Egipto, que permiten considerar lo ocurrido estos días como una deriva suave a la egipcia. En el país de las pirámides, el líder de la rectificación política era un militar, sin legitimidad democrática para encabezar el control del Estado, siquiera de forma provisional. En Túnez es un civil elegido masivamente por la ciudadanía (73% de los votos), con cierto prestigio social (había sido catedrático de derecho constitucional) y sin servidumbres políticas aparentes.

El núcleo del debate actual es si Saied se ha extralimitado en la interpretación de sus poderes constitucionales extraordinarios.  ¿Hasta qué punto se encuentra Túnez ante una situación tan extrema que justifique medidas de alteración del orden político? (2).

En Egipto, los militares se apoyaron en los segmentos más progresistas de la sociedad, en particular la juventud que había protagonizado el movimiento de la Plaza Tahrir, para asumir el poder y neutralizar el peligro de una dictadura islamista. En Túnez, el presidente Saied se ha apoyado también en amplios sectores de una población desesperada por una crisis pavorosa que se manifiesta en tres frentes principales: sanitario, económico y político.

UNA CRISIS GENERAL

El Covid ha golpeado con dureza. Túnez es el país con más incidencia per cápita de África y el segundo del mundo. Se han contabilizado ya más de 18.000 muertos y sólo el 6% de la población está vacunado. El déficit de oxígeno en las últimas semanas ha provocado gran angustia. A eso hay que añadir el deterioro insoportable de la situación económica. Los atentados terroristas hicieron capotar el turismo internacional, que supone más del 10% de la riqueza nacional. El desempleo ha ido creciente sin parar y alcanzar a más de la tercera parte de la juventud. Túnez necesita con urgencia 7 mil millones de dólares para cuadrar las cuentas.

La crisis política es el tercer frente de desgarro. La tensión entre islamistas y laicos no se ha resuelto, pese a diversos intentos de conciliación. Aunque los islamistas tunecinos son más moderados que en otros países, su modelo de sociedad difiere notablemente del que sostienen las fuerzas no religiosas. Pero este no es el único problema. Los “laicos” están muy divididos. La atomización es paralizante. En las elecciones de 2019, más de veinte formaciones obtuvieron entre uno y tres diputados. La fuerza mayoritaria, los islamistas, apenas obtuvieron la cuarta parte de los escaños. En estos dos años, no ha habido colaboración política eficaz entre la Jefatura del Estado, el ejecutivo y el legislativo. El primer ministro Mechichi fue impuesto por Saied, pero pronto empezaron a discrepar hasta provocar una parálisis política preocupante. Mechihi cesó al ministro de Sanidad, un partidario de Saied, en plena crisis del Covid. El Presidente se negaba últimamente a firmar las leyes emitidas por el Parlamento y la orientación populista que le ayudó a conseguir el triunfo electoral se ha ido reforzando.

Los apoyos de Saied vienen, sobre todo, de la central sindical UGTT (Unión General de los Trabajadores Tunecinos), quizás las fuerza social más articulada del país, junto con los islamistas. Sin embargo, los socialdemócratas, que han respaldado por lo general al Presidente en los últimos dos años, se han desmarcado de su última iniciativa para acabar con el bloqueo político. El líder de Ennahda, Rached Ghanouchi, ha asumido el liderazgo de la resistencia. Al serle impedido el acceso al Parlamento, protagonizó una sentada junto a la puerta principal del edificio del legislativo y denunció el “golpe presidencial” (3).

CAUTELA INTERNACIONAL

La reacción internacional ha sido muy cauta. Europa permanece a la espera de que se clarifiquen las intenciones del Presidente (4). EE.UU. ha pedido a Saied que respete las normas democráticas, sin desautorizarlo expresamente, algo que recuerda también a lo que hizo en su día Obama en Egipto, engañado, confundido o quizás aliviado por el paso al frente del General Al-Sisi. Túnez ha sido un país importante en la estrategia occidental contra la expansión del terrorismo islamista en África, como atalaya de vigilancia lejana del Sahel, donde las ramas locales del extremismo acaban de forzar la retirada militar francesa.

Esa posición de vigía y su prestigio (discutible) como único caso exitoso de la primavera árabe le han reportado a Túnez ciertas recompensas (5). Pero, tarde o temprano, las tensiones tenían que estallar. Es posible que la apuesta de Saied agilice los apoyos de Europa y Estados Unidos para aliviar la presión social. Pero la situación es confusa. La versión blanda de la vía egipcia puede degenerar en un enfrentamiento civil o en una deriva autoritaria con apoyo de buena parte de la población, cuya preocupación prioritaria no es la democracia sino vivir cada día (6). En Túnez, contrariamente a Egipto, el ejército no parece tener tentaciones de poder directo. Pero recordemos que el último dictador, Ben Alí, ejecutor en su día del golpe, también blando, contra el anciano padre de la patria, Habib Burguiba, salió de las filas militares.


NOTAS

(1) “President Qaïs Saied has suspended Tunisia’s Parliament, dismissed the Prime Minister and enhanced his judicial authority”. DIWAN. CARNEGIE, 27 de julio; “Tunisie: le Président limoge deux ministres au lendemain de la suspension du Parlement”. LE MONDE, 27 de julio; Tunisia’s democracy totters as the President suspends parliament”. THE ECONOMIST, 26 de julio.

(2) “A coup in Tunisia?”. WILLIAN TODMAN. CENTER FOR STRATEGIC AND INTERNATIONAL STUDIES OF WASHINGTON, 28 de julio.

(3) “Political crisis in Tunisia: U.S: response options”. SARAH FEUER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 27 de julio.

(4) “Tunisia coup: What Europeans can do to save North Africa’s only democracy”. TAREK MEGERISI. EUROPEAN COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS, 26 de julio.

(5) “The International Community must use its leverage in Tunisie. SARAH YERKES (CARNEGIE). FOREIGN POLICY, 27 de julio.

(6) “Maybe the Tunisians never wanted Democracy”. STEVEN A. COOK. FOREIGN POLICY, 27 de julio.