¿UNA SEGUNDA PRIMAVERA ÁRABE?

6 de noviembre de 2019

                
Las recientes manifestaciones en Líbano e Irak exigiendo una vida digna y la retirada de los dirigentes políticos actuales ha precipitado análisis y reflexiones sobre una reactivación de la fallida primavera árabe de 2011-2013. Habría que añadir en esta nueva oleada del despertar ciudadano la continuidad de las protestas en Argelia o las movilizaciones populares en Sudán, que derribaron a Omar Bachir y abrieron un proceso de cambios aún por evaluar.
                
Irak y Líbano son países muy diferentes, pero comparten ciertos rasgos comunes, que podrían explicar en parte las razones de las protestas públicas actuales:
                
- división comunitaria por confesiones religiosas o étnicas: chiíes, sunníes y kurdos, en Irak; y en Líbano, además de las dos primeras comunidades musulmanes anteriores, drusos y cristianos, fundamentalmente.
                
- sectarismo político, aunque gestionado de forma diferente en uno y otro país: en Líbano rige un acuerdo de reparto de los principales cargos del ejecutivo y legislativo, mientras en Irak se intenta establecer una cooperación política entre las tres comunidades, sin demasiado éxito, no obstante.
                
- fuerte influencia histórica y presente de potencias extranjeras, tanto vecinas (Irán, Israel, Arabia Saudí) como lejanas (Estados Unidos).
                
- deterioro creciente de las condiciones de vida de amplias capas sociales, no sólo de las más desfavorecidas.
                
- amenaza seria de desestabilización grave, sin excluir la deriva bélica, debido a las fracturas internas, pero también a las ambiciones externas.
                
Si estos son, a grandes rasgos, las semejanzas entre Líbano e Irak existen notables diferencias, que abundan en la profundización de las respectivas crisis internas.
                
LÍBANO: LA SOLUCIÓN PENDIENTE
                
Líbano ha vivido las dos últimas décadas bajo la ilusoria pretensión de haber superado la sucesión de guerras civiles que desangraron y destruyeron el país. Los acuerdo de Taïf, a finales de los ochenta, consolidaron un equilibrio de poder entre cristianos maronitas, sunníes y chiíes     que, en apariencia, han venido funcionando mal que bien. Nada imaginativo, ni siquiera nuevo: existía antes, aunque se le dio nuevo impulso y respaldo regional. Lo que cambió en Líbano desde comienzos de los noventa fue la intervención de las potencias vecinas.
                
Israel dejó de actuar a través de sus aliados cristianos, en particular la facción falangista de los Gemayeh, como había hecho para prevenir las acciones armadas de las facciones palestinas, y se dejó llevar por la tentación de la invasión directa y prolongada cuando las milicias chíies de Hezbollah, financiadas, entrenadas y armadas por Irán, se convirtieron en principal enemigo libanés. Con resultado catastrófico: derrota política y militar.
                
Irán es la potencia regional con mayor peso actual en Irak y Líbano y, por tanto, la que más tiene que perder con las recientes protestas (1). La creciente influencia demográfica, política y militar de los chiíes en las últimas décadas ha sido el factor más decisivo en el juego de poder en el Líbano. Hezbollah ha pasado de ser un movimiento de contestación de desfavorecidos a un factor indesplazable de poder, más allá incluso de las fronteras nacionales. Sus milicias han resultado decisivas en la victoria del régimen de Assad en la guerra de Siria.
                
Israel considera a Hezbollah la vanguardia militar de Irán en la región y una amenaza de primer orden para su seguridad. Hoy en día, éste es el próximo conflicto bélico más probable en Oriente Medio. Es paradójico, no obstante, que su fortaleza se puede convertir precisamente en causa directa de su debilidad. Hezbollah ha intentado frenar las protesta porque ya es parte del establishment libanés. De hecho, es la formación más refractaria a los cambios (2).
                
También los saudíes tratan de contrarrestar la influencia de Irán. De hecho, hace dos años mantuvieron retenido durante unas horas al primer ministro sunní Hariri, durante una visita oficial a Ryad y lo obligaron a leer una declaración de dimisión, que luego anuló. Ahora, Hariri ha dimitido otra vez, quizás en un intento de momento infructuoso por aplacar las protestas. No se descarta que el presidente Michel Aoun, cristiano, le encargue de nuevo la formación de un gobierno, que podría ser de amplia base, aunque algunos analistas consideran que el empresario sunní, hijo de un anterior jefe de gobierno que se sospecha fue asesinado por agentes sirios, esté ya amortizado (3).
                
El presidente Aoun es una figura histórica de enorme influencia, con una trayectoria volátil. En su día fue aliado de los israelíes, como la mayoría de los políticos cristianos, pero luego fue sopesando sus alianzas y ahora es un colaborador interesado de Hezbollah, para preservar un cierto equilibrio. No se ha entendido bien con Hariri y se ha alejado de Israel.
                
IRAK, ENTRE IRÁN Y ESTADOS UNIDOS
                
Irak presenta un panorama aún más endiablado. Las elecciones del año pasado no arrojaron un resultado concluyente. El gobierno que finalmente pudo constituirse es deudor de muchas lealtades contrapuestas. Irán conserva una influencia decisiva, no sólo a través de su engrasado aparato financiero de los partidos chiíes, sino fundamentalmente por la presión de las milicias afines (Fuerzas de Movilización popular), decisivas en la derrota del Daesh. Hay acuerdos con los sunníes moderados, o con los kurdos, aunque a regañadientes.
                
La influencia de Estados Unidos, aún menguante, no es todavía desdeñable. La retirada norteamericana no es completa, su peso en la estructura de seguridad es importante y las presiones para que Bagdad resista a las exigencias de Teherán son constantes. Washington se sintió muy molesto por el gobierno sectario de Al Maliki, encontró mejor interlocutor en Al Abadi y ahora tiene serias dudas sobre la solidez y eficacia de Al Mahdi. Los tres, chiíes, pero con sensibilidades diferentes y distintos grados de dependencia del vecino Irán.
                
Un factor clave en la hegemonía chií es la posición del Gran Ayatollah Al Sistani, una figura indiscutible y venerada por los masas y por las élites políticas y sociales. El santón chií, desde su discreto rincón de Kerbala, trata de mantener unido el país y pone mala cara a los intentos de interferencia de sus correligionarios iraníes, con los que nunca ha tenido una relación cómoda. Pero tampoco acepta las imposiciones norteamericanas. Se le escucha y se le hace caso, pero no dicta la política cotidiana. Otros clérigos chiíes, como el otrora antinorteamericano radical Moqtada Al-Sadr, ahora más conciliador, ejercen una fuerte influencia debido a su peso parlamentario pero sobre todo a su implantación social entre las masas más desfavorecidas del chiismo en las grandes aglomeraciones urbanas como Sadr City.
                
En las calles de la capital y en otras ciudades el desafío es cada vez mayor y menos sectario. Se proclama la voluntad de prolongar la huelga general hasta que se produzca un cambio político profundo, aunque ya se contabilizan 270 muertos en las protestas. Como en Líbano, las fuerzas proiraníes parecen el blanco preferente. (4).
                
FUTURO INCIERTO
                
Las manifestaciones en Irak y Líbano coinciden en denunciar la corrupción, reclamar la renovación de las respectivas clases políticas, medidas efectivas que mejoren la vida cotidiana de la población y un mejor reparto de la riqueza. Son reivindicaciones que estaban en el origen de la primavera árabe de 2011. Algunos analistas se preguntan si estamos ante el renacimiento de aquel movimiento ciudadano
                
La directora para Oriente Medio del think-tank CARNEGIE considera que las las condiciones que favorecieron la primera oleada de protestas siguen intactas: estancamiento del crecimiento económico, desempleo extendido sobre todo entre la juventud, incremento de la pobreza y de la falta de oportunidades,  deterioro de los servicios públicos y autoritarismo de las élites, entre otros (5).
                
Otro analista, el diplomático y  exministro jordano Marwan Muasher, estima que los ciudadanos árabes han aprendido de los errores de entonces y extraído las consecuencias de la deriva desastrosa en Siria, Libia y Yemen o de la involución en Egipto (6). Los ejemplos más recientes de Sudán y Argelia, que se detectan con menos intensidad en una veintena de países más, consagran una vía pacífica de protestas. Pero admite que es difícil saber si estamos en realidad ante una Primavera árabe 2.0 y si esta versión será más eficaz que la precedente.


NOTAS

(1) “Iran is losing the Middle East protests in Lebanon and Iraq show”. HANIN GHADDAR. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST, 22 de octubre.

(2) “Hezbollah’s old tricks won’t work in Lebanon”. MICHAL KRANZ. FOREIGN POLICY, 4 de noviembre.

(3) “After the Lebanon protests: between the Party of God and Party of People”. MAHA YAHYA. CARNEGIE MIDDLE EAST, 1 de noviembre.

(4) “L’Irak en grève ‘jusqu’à la chute du régimen’”. LE MONDE, 3 de noviembre; “La soif du vengeance des familles de manifestants tués”. LE MONDE, 6 de noviembre.

(5) “The Middle East’s lost decades. Development, dissent and the future of the Arab world”. MAHA YAHIA. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre 2019.

(6) “Is this the Arab Spring 2.0?”. MARWAN MUASHER. CARNEGIE MIDDLE EAST, 30 de octubre.              

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