TAIWAN, TEATRO DE BATALLA PROPAGANDÍSTICA

A comienzos de este mes de octubre, en sólo unos pocos días, un centenar y medio de aviones de combate chinos penetraron en la zona de identificación de la defensa aérea de Taiwan; acciones sin precedentes por su intensidad y amplitud, que en Taipei y Washington fueron interpretadas como provocadoras. En ningún momento hubo riesgo serio de confrontación. Aunque los aviones chinos se aventuraron más de lo habitual, no penetraron más allá del espacio por encima de las 12 millas náuticas que la directiva de defensa taiwanesa ha fijado como línea roja. Por otro lado, es política oficial de Taipei “no disparar primero”, salvo orden expresa. (1).

 La prueba de fuerza parecía motivada por impulsos propagandísticos. Por esos días se conmemoraba en ambos países el 110 aniversario de la fundación de la República de China, que el régimen comunista abrogó al triunfar la Revolución y declarar la República Popular en 1949, mientras los nacionalistas que se replegaron a la isla de Formosa han mantenido oficiosamente su fidelidad a la primera China independiente.

En una alocución ante la Asamblea de Pueblo, Xi Jinping empleó un tono veladamente amenazante hacia los “compatriotas de la isla”: “los que olvidan sus raíces, traicionan a su país y tratan de romperlo no acabarán bien”.  A continuación, reiteró el mantra de los últimos años: la unificación se hará realidad cuando China complete su proceso de “rejuvenecimiento”; “por medios pacíficos”, precisó. Le replicó la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen: “tenemos que asegurar que nadie podrá obligarnos a seguir el camino que otros nos pretenden marcar, que no asegura una vida democrática y libre para Taiwan ni la soberanía a sus 23 millones de ciudadanos (2).

En los dos últimos años, Taiwan ha reforzado su reputación en el mundo liberal, debido a su eficaz y transparente gestión de la COVID-19. El país ha sido modelo de desarrollo capitalista y un competente productor de tecnología. Su industria de semiconductores es una de las mejor valoradas del mundo. Las autoridades de Taipei no provocan innecesariamente a China con bravuconadas verbales, pero no rehúyen decisiones acordes a sus principios, aunque puedan irritar a su vecino poderoso: véase el ofrecimiento de refugio a los hongkoneses que son objeto de acoso o persecución en China.

 LAS ESPECULACIONES BÉLICAS

 Estratregas, militares, diplomáticos y polticos se preguntan: ¿puede China invadir Taiwan en un futuro no muy lejos, digamos cuatro o cinco años, como se ha dicho recientemente?  (3). Potencia militar le sobra, sin duda. ¿Pero sería capaz de afrontar las consecuencias? ¿Podría evitar una respuesta militar de Estados Unidos?  Y, en caso negativo, ¿le bastaría con oponer una amenaza de destrucción creíble, incluida la derivada del uso de sus armas nucleares?  ¿Bastaría la ventaja geoestratégica china para disuadir a Washington de una operación de guerra total por el coste humano y material que tendría para Estados Unidos? ¿Sobreviviría el régimen chino a una prueba de esa naturaleza? Incluso sin una destrucción insoportable, un escenario de guerra “limitada” supondría un retroceso, no de años, sino de décadas, en el desarrollo económico y social de China: la ruina de un entramado de relaciones, canales de suministro, intercambios y vínculos de dependencia sin los cuales todo lo conseguido en cuarenta años se echaría a perder. No es difícil anticipar que tal situación acarrearía el final del régimen y quien sabe si una desintegración nacional. Justo lo contrario de esa unificación de la nación china que se presenta como destino manifiesto. Y luego está el riesgo, no menor, de un malentendido o un error de cálculo (4). 

EL EQUILIBRIO, CUESTIONADO 

Más allá de las especulaciones y los “juegos de guerra”, la pugna es fundamentalmente política. Y propagandística. Que China no renuncie a la unificación es algo lógico y comprensible desde su perspectiva ideológica y doctrinal. Que Taiwán aspire a conservar su autonomía y su libertad, también: no en vano, la absorción supondría la renuncia a lo conseguido en 70 años.

Es una tradición china acudir a figuras de intimidación que, en realidad, están dirigidas al consumo interno más que a sus potenciales enemigos externos. Mao se jactaba de ridiculizar al “imperialismo norteamericano”, calificándolo como “tigre de papel”. Mientras, su primer ministro, Chu En-lai, trabajaba afanosamente con Washington para favorecer una relación bilateral beneficiosa también para Pekín.

Ciertamente, la China de hoy no es el país subdesarrollado de inicios de los setenta, o la potencia previsible de comienzos de los ochenta. Ni siquiera la emergente superpotencia de primeros de este siglo.  China es ya la segunda economía mundial y desafía la supremacía norteamericana. No pretende impulsar la revolución mundial, como predicaba Mao, pero tampoco permanece en la actitud de repliegue que representó Deng. El “pequeño timonel” acuñó otra sentencia en cierto modo confuciana que ha sido santo y seña del comportamiento chino hasta hace diez años: “hide your strength bite your time” (“oculta tu fuerza, aprovecha tu momento”).

Xi parece haberle dado la vuelta a la consigna: airea tus intenciones para aprovechar mejor tu momento. No es el uso de la fuerza strictu sensu lo que quizás tenga en mente el actual liderazgo chino, sino su capacidad de intimidación. Lo que Xi pretendería es asustar a Taiwán, convencer a sus atrevidos dirigentes de que, a las malas, Washington se arrugará, no pondrá en peligro su prosperidad o su prestigio y se limitará a poner condiciones hipotéticas a la reunificación. Es decir, una nueva edición de Hong Kong. Y ya se sabe cómo ha terminado la experiencia “un país, dos sistemas”.  En el arsenal propagandístico de Pekín ocupa un lugar cada vez más preferente las referencias al origen japonés de una parte de la población taiwanesa; en realidad, sólo se trata del 10%, pero los medios chinos les atribuyen las posiciones más hostiles.

Es un cálculo arriesgado, pero probablemente Pekín no dispone de una baza mejor para que Taiwán acepte esa “unificación por medios pacíficos” que Xi airea. China podría sufrir mucho de un embite militar, pero para Taiwán sería absolutamente destructivo.

Hay que aclarar que ninguna fuerza de Taiwan ha pretendido siquiera declarar formalmente la independencia, para no provocar inevitablemente a China. Pero, a partir de este consenso básico, las sensibilidades varían. Hay partidos pro-chinos, es decir partidarios de la unificación, es decir, de la absorción de la isla por el continente. Son precisamente los herederos del Kuomintang, el partido nacionalista, para quienes es preferible la unidad que esta situación de división de sistemas. El nacionalismo, ya se sabe, le hace pocos ascos al autoritarismo, si con ello avanza en sus imaginarios políticos.

Pero ese nacionalismo arcaico es hoy minoritario. Tsai Ing-wen, al frente del Partido progresista, representa a la mayoría del país, aunque existan divisiones ideológicas notables. En estos sectores se valora por encima de todo la autonomía del país, que se identifica con los valores del orden liberal. Se asume el apoyo condicionado de Estados Unidos como algo sustancial al sistema de equilibrios y al realismo de las relaciones internacionales. La falta de estatus en la esfera diplomática global se compensa con reconocimientos puntuales y, sobre todo, con un robusto comercio que garantiza la salud del país. En un ensayo dirigido a la opinión pública y a las élites norteamericanas, Tsai ha hecho una apasionada defensa de su país (5).

AMBIGÜEDAD ESTRATÉGICA 

Washington ha mantenido una política de “ambigüedad estratégica”. No ha reconocido nunca oficialmente a Taiwán como estado soberano, porque jurídicamente no lo es, pero ha tratado con él como si lo fuera y ha promovido unas relaciones económicas privilegiadas y unos vínculos militares nada desdeñables, para irritación de Pekín.

A lo largo de estás décadas, el estado de opinión sobre Taiwán en los centros de poder norteamericanos ha variado en función del momento político, diplomático y estratégico. Hace cincuenta años, cuando Nixon y Kissinger sorprendieron al mundo acometiendo el deshielo con Pekín, las relaciones con Taiwán pasaron por un periodo de cautela máxima. Algo similar ocurrió tras la muerte de Mao y el control del poder por Deng, en la segunda mitad de los años setenta. Después de la masacre de Tiananmen, Taiwán volvió a ser objeto de atención preferente en Washington. Y lo mismo ha ocurrido desde la llegada del asertivo Xi Jinping, hace casi diez años.

Después de Trump y con la guerra comercial en pleno desarrollo, la temperatura de la ciudadanía norteamericana parece haber cambiado hacia una mayor beligerancia. Una reciente encuesta del Consejo de Relaciones exteriores de Chicago indicaba que, por vez primera en 75 años, más de la mitad de los norteamericanos estaban a favor de defender militarmente a Taiwán de una hipotética agresión china (6). Tal estado de ánimo no debe interpretarse a rajatabla. Llegado el momento, es difícil asegurar qué opinión prevalecería en un país que está harto de intervenciones militares.


NOTAS

(1) “XI and Tsai give speeches after Chinese incursions”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, China Brief, 13 de octubre; “In a surge of military flights, China tested and warned Taiwan”. THE NEW YORK TIMES, 3 de octubre.

(2) “La Chine et Taiwan plus éloignés que jamais”. FRÉDÉRIC LEMAÎTRE, corresponsal en Pekin. LE MONDE, 11 de octubre;

(3) “The Taiwan temptation. Why Beinjing might resort to force”. SKYLAR MASTRO. FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2021.

(4) “How to prevent an accidental war over Taiwan”. BONNY LIN y DAVID SACKS. FOREIGN AFFAIRS, 12 de octubre.

(5) “Taiwan and the fight for democracy. TSA ING-WEN. FOREIGN AFFAIRSE, noviembre-diciembre.

(6) https://www.thechicagocouncil.org/research/public-opinion-survey/first-time-half-americans-favor-defending-taiwan-if-china-invades?utm_campaign=wp_todays_worldview&utm_medium=email&utm_source=newsletter&wpisrc=nl_todayworld

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