EL GIRO EUROPEO HACIA ASIA

28 de enero de 2026

Europa está empeñada en su particular pivot to Asia (giro hacia Asia), término que empleó Obama al comienzo de su mandato para indicar un cambio estratégico de preferencias en la política exterior y económica de los Estados Unidos. Para el primer presidente afroamericano, Europa seguía siendo un aliado valioso y esencial para el mantenimiento del orden liberal internacional, pero dejaría pronto de ser la joya de la corona del sistema de alianzas creado durante y después de II Guerra Mundial.

En apenas tres lustros ese pivot to Asia se ha quedado parcialmente detenido, pero no debido a una vuelta a la apuesta preferencial europea de Estados Unidos, sino por la confusa visión de Trump que algunos asimilan al arcaico sistema de competencia entre las grandes potencias (great-power competition).

Europa tiene miedo de Estados Unidos. O esa es al menos la percepción en medios políticos, diplomáticos y estratégicos. A la espera de un restablecimiento de la normalidad en la era post-Trump, el liderazgo europeo parece decidido a adoptar decisiones a largo plazo que preserven los intereses generales de Europa. O de las élites que gestionan el futuro de Europa.

Más fácil proclamarlo para tranquilizar los ánimos que hacerlo efectivo, debido al alto grado de dependencia de Europa con respecto a Estados Unidos en sectores clave del poderío internacional: militar, comercial, energético, tecnológico, etc.

LA DEPENDENCIA EUROPEA DE EEUU

Con motivo de la crisis artificial de Groenlandia, aún lejos de estar resuelta, el diario francés LE MONDE publicó un largo y documentado informe sobre las claves de la debilidad europea en un hipotético pulso recrudecido con Estados Unidos (1). Las cifras resultan más que inquietantes. Condensamos las más significativas:

- la tasa de dependencia armamentística supera el 50% y se acerca al 66% si se excluye a Francia, el país europeo con el sistema de armamento propio más potente.

- las importaciones de armamento en Europa han aumentado un 155% en el periodo 2020-2024, con respecto a los cinco años anteriores; más de la mitad de ese montante (53%) procedieron de Estados Unidos, en gran parte debido a la guerra de Ucrania.

- el acceso al Espacio y la vigilancia espacial europea depende en un 90% de los datos suministrados por el Comando militar espacial de Estados Unidos; la dependencia de la compañía, Starlink, es completa, como se ha comprobado en la guerra de Ucrania.

- 11 de los 21 cables submarinos que conectan ambos lados del Atlántico pertenecen a actores norteamericanos.

- las compañías de servicios digitales de EEUU absorben el 83% de los 265 mil millones de € anuales, gastados en software y la nube de uso profesional en Europa.

- en materia de energía, el Gas natural licuado (GNL) de Estados Unidos ha sustituido al gas ruso en al aprovisionamiento europeo; ya supone el 60% de las importaciones europeas y, si no hay alteraciones dramáticas, alcanzará el 80% en tanto sólo tres o cuatro años (otro factor esperable de la guerra económica contra Rusia).

- el sistema de pagos internacional, por tarjetas y en línea, también deja a Europa a merced de Estados Unidos: VISA y Mastercard aseguran más del 60% de las compras con dinero de plástico de los europeos y Pay Pal, Google Pay, Amazon Pay y AliPay dominan las transacciones en línea.

Este arsenal de datos ofrece un panorama desalentador, en caso de que el actual clima  de acritud en las relaciones transatlánticas empeore aún más; y aunque no  llegara la sangre al río, la capacidad de presión/extorsión de una administración imprevisible no es desdeñable.

Por eso, Europa pretende profundizar en vías alternativas hacia el Este lejano, zona del mundo con mayor dinamismo económico. Al final de ese movimiento oriental se encuentra China, la superpotencia en ciernes, el desafío más importante para el orden liberal occidental, antes de que Trump lo pusiera patas arriba.

En este giro se han incorporado Canadá, el país de la OTAN más expuesto por el cambio de vientos en su vecino del sur. El discurso de su premier, Mark Carney, en el foro de Davos quizás sea algún día comparado, mutatis mutandis, con el famoso discurso de Churchill en la Universidad de Missouri, en 1946, cuando pronunciara aquel famoso vaticinio del telón de acero.

Carney dijo lo que muchos colegas suyos occidentales llevan en la punta de la lengua y sólo dejan que se les escape a cuentagotas: el orden que ha organizado el mundo y la hegemonía occidental en las últimas ocho décadas ha terminado, es hora de construir un nuevo sistema multipolar que no gravite en torno a la órbita hegemónica de los Estados Unidos (2). Carney llegaba a esa tribuna sagrada  del pensamiento liberal procedente de China donde había suscrito una serie de acuerdos comerciales y de inversión, aún muy modestos en cifras, pero ambiciosos en propósitos.

Otros dirigentes europeos han hecho el viejo camino de Marco Polo, con espíritu similar y objetivos aún más amplios. La cooperación occidental en la contención del creciente poderío chino ha saltado por los aires y se impone una dinámica europea, a la que está asociada Canadá, pero sin ataduras políticas o institucionales.

Con sus visitas a Pekín, Macron, Merz y Starmer, las primeras espadas del nuevo directorio informal europeo (E3), han empezado el año intentando recomponer las relaciones con el gigante asiático sobre bases puramente pragmáticas. No se pretenden cambios geoestratégicos dramáticos, pero si asegurarse una pacífica y hasta fructífera rivalidad.

LA CARTA INDIA

En este giro hacia Asia, Europa ya ha cimentado acuerdos comerciales con Indonesia, Japón, Malasia o Filipinas. Pero la estación más significativa es la India, una potencia que muy pronto desbancará a la nipona como cuarta economía mundial (después de EE.UU, China y Alemania) y aspira a convertirse en actor esencial de un nuevo equilibrio internacional.

La visita que esta semana han realizado dirigentes comunitarios europeos (Ursula Von der Leyen y Antonio Costa) ha consagrado un acuerdo de reducción casi total de las tarifas comerciales que ahorrará 4 mil millones de € anuales y otros compromisos de cooperación económica que llevaban veinte años en la cocina de las negociaciones técnicas.  En el sector del automóvil los aranceles bajarán del 110% al 10% para una cuota de 250.000 vehículos (3).

La dimensión en términos cuantitativos de este nuevo eje es menor. En la actualidad, India es sólo el noveno socio comercial de la UE, con sólo un 2,4% del total de los intercambios comunitarios, frente al 17,3% con EE.UU y el 14,6% con China. Con un valor total de 50 mil millones de dólares, las exportaciones europeas a la India son equivalentes a las dirigidas hacia los países latinoamericanos del Mercosur, con los que se acaba de cerrar también un trabajoso y polémico acuerdo de libre cambio relativo.

Para la India, el alcance y las dimensiones de esta iniciativa estratégica es mucho más importante. En 2024, el valor de sus exportaciones de bienes y servicios a la UE (105 mil millones de €) fué similar al de las ventas a Estados Unidos (129 mil millones de €). En todo caso, no estamos ante un liberalización sin limitaciones. Hay muchos sectores que seguirán sometidos a ciertas limitaciones normativas proteccionistas.

Aunque la expresión de Von der Leyen (“este es la madre de todos los acuerdos”) suene un tanto hiperbólica, al gusto de Trump, no se puede minimizar su alcance. El comercio India-UE representa el tercio de los intercambios mundiales, las economías de ambas partes reúnen el 25% del PIB mundial y sus poblaciones suman 2 mil millones de personas (4).

Más allá del campo estrictamente comercial y económico, India y la UE “intentan preservar su autonomía estratégica como actores secundarios en sus respectivas esferas, India vs. China en el Indo-Pacífico y Europa vs América en el Atlántico”, dice el especialista de la Chatham House británica (5).

Nueva Delhi contempla esta nueva iniciativa exterior como una ampliación de su estrategia de diversificación en la que lleva tiempo empeñado. Durante décadas, la URSS y luego Rusia fueron los principales clientes de la India. Ésta se abastecía de petróleo, gas y armamento rusos y vendía productos manufacturados, tecnología digital y servicios ofimáticos.

Estados Unidos aprovechó el cambio político arrastrado por la liberalización de los primeros años noventa para meter una cuña entre Delhi y Moscú y ofrecer a la nueva generación de dirigentes ultranacionalistas indios de este siglo la atractiva cooperación en materia nuclear y de seguridad. Trump ha alterado los términos del acercamiento, con su política mercantilista de tarifas intimidatorias. A India le impuso un 25% complementario por continuar comprando petróleo ruso. Pero los imperativos estratégicos y la afinidad ideológica con el nacionalismo autoritario de Modi mantienen abiertos los cauces de diálogo y colaboración (5).

India se ha movido entre Rusia y Estados Unidos como pivotes de apoyo frente a Pekín. Pero la modificación de los tiempos y al acercamiento ruso-chino ante la asertividad de Estados Unidos ha estimulado esta apertura de India fuera de la región Indo-Pacífico.

Esto no quiere decir que el nacionalismo indio pretenda romper con Moscú, Por el contrario, como se ha visto en los últimos años, el nacionalismo autoritario en ambas potencias ha permitido mantener los ámbitos de cooperación, como se ha visto en la elusión india de las sanciones norteamericanas a Moscú por la guerra de Ucrania. Las diferencias políticas y de valores y los reproches por las tradicionales conexiones indias con Rusia (energéticas y militares) quedan opacadas por la necesidad de este pivot to Asia europeo.

 

NOTAS

(1) “De la défense aux systèmes de paiement, les multiples dépendances de l’Europe à l’égard des Etats-Unis”. LE MONDE, 24 de enero.

(2) “Canada Flexes on Global Stage With an Eye to Its Own Survival”. MARTINA STEVIS-GRIDNEFF & IAN AUSTEN. THE NEW YORK TIMES, 20 de enero.

(3) https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/en/qanda_26_185

(4)  “India, EU clinch long-delayed trade deal”. FOREIGN POLICY, 27 de enero.

(5) “Europe is aiming to sign a long-awaited free-trade deal with India”. THE ECONOMIST, 25 de enero.

(6) “America Must Salvage Its Relationship With India. Or risk losing a global swing state”. RICHARD FONTAINE. FOREIGN AFFAIRS, 16 de enero.

 

SOBREVIVIR A TRUMP

21 de enero de 2026

Con Trump desatado y un tanto imprevisible, Europa se esfuerza por dar una respuesta conservadora. La elevación del tono de los últimos días tiene más de postureo que de estrategia. El libreto sigue siendo el mismo: firmeza aparente mientras se espera que pase el temporal sin provocar daños irreparables. Algunas afirmaciones sobre el final del orden liberal y la necesidad de crear uno nuevo (eso sí, con las mismas bases) suenan coyunturales, parte del discurso de resistencia hasta que haya un cambio en la Casa Blanca y se restablezca el equilibrio. O un desequilibrio aceptable.

El segundo mandato de Trump es prolífico en ruido y corto en sustancia, atronador en las exhibiciones de fuerza y absolutamente vacío en las propuestas de fondo. La superficialidad de sus decisiones se oculta detrás del tremendismo de sus actuaciones. Se ha visto en Gaza, en Irán, en sus guerras aduaneras, en Venezuela y seguramente pasará lo mismo en Groenlandia. Trump es autor de videoclips políticos pero no productor capaz de construir o inspirar un film consistente. Es reflejo de su tiempo, en su fase final: la decantación de una vida plagada de farsas y delitos de los que ha escapado o a los que ha sobrevivido, amparado en un sistema corrupto y agotado.

Más allá del cruce de declaraciones, de burlas, de amenazas, de acusaciones cruzadas entre los líderes todavía aliados, conviene poner las luces largas e intentar entender las consecuencias a largo plazo de esta fractura que se califica de inédita en los medios. Se olvida que Europa y Estados Unidos se posicionaron en bandos distintos en la segunda guerra post-1945 en Oriente Medio (Suez). O se pone sordina a las mofas arrogantes de dirigentes norteamericanos (la vieja y la nueva Europa: es decir, la Europa que replica si quiera tímidamente y la Europa que simplemente se allana) hace algo más de veinte años. Las fricciones el vínculo transatlántico no son cosa de ahora, aunque nunca llegaran a este nivel de estruendo.

LA VIEJA EUROPA Y EL “NUEVO ORDEN”

En Europa se construyen ahora discursos de aparente originalidad o novedad, cuando en realidad lo que se apunta es la conservación del viejo sistema liberal, con el argumento de que se trata de un orden que merece ser conservado. No da la impresión de que se quiera aprovechar la crisis para revisar ciertos principios que han demostrado su caducidad. La Europa que pretende “resistir” a Trump (no a Estados Unidos y a su lógica imperial, sólo a Trump) ofrece recetas propias de un mundo antiguo embellecido en un envoltorio retórico de multilateralismo, cooperación internacional y predictibilidad jurídica. Sin embargo, se omite reconocer que ese otro mundo emergente ajeno a Europa no se cree esas tomas de posiciones cargadas de aparente razón. El último ejemplo: la acritud de la polémica con Trump ha dejado en segundo plano el debate del Mercosur, en el que han aflorado los viejos prejuicios de una Europa no tan generosa como pintan sus dirigentes.

Hay también una Europa First, aunque se camufle bajo una máscara amable. La ultraderecha europea es anterior a Trump. no producto del impulso del magnate norteamericano. Que ahora cabalgue a sus lomos no explica por completo su auge actual. Las raíces de la xenofobia, del racismo, de los mensajes de odio, del nacionalismo acre y reaccionario no se debe a cables submarinos con origen al otro lado del Atlántico. Los demonios europeos tienen causas propias, autóctonas. Se puede decir más: son más auténticos que ese pastiche norteamericano del MAGA. A los exponentes del orden liberal europeo les viene hasta cierto punto muy bien Trump y estos subproductos de política rápida, para ocultar los fracasos propios.

Estos días se ha estado especulando con la posibilidad de que Europa supere la política de halagos y apaciguamiento seguida hacia el Presidente norteamericano y se ponga seria. Aunque está reciente el cierre en falso de la agresión tarifaria trumpiana con un acuerdo humillante para Europa, algunos han visto en los amagos hostiles de Macron la vanguardia de ese giro. ¿Espejismo? ¿Cortina de humo para oscurecer el desorden mayúsculo en Francia, del cual el Presidente ha sido su mayor causante?

¿Qué pasaría si Trump no rectifica y apaña una operación militar de película para colocar la bandera norteamericana sobre el helado suelo de Groenlandia, como insinúa en un post de Inteligencia Artificial? Pues seguramente se emitirá una salva artillera de comunicados, se harán llamamientos dramáticos a la sensatez, se apelará a la amistad sagrada con el pueblo americano y sus representantes, se recordará Normandía, Sicilia, las Ardenas, los fructíferos años de la Guerra fría, la arquitectura emblemática de San Francisco o las sublimes realizaciones de la paz más longeva de la historia de la humanidad. Y todo ello con ánimo constructivo,  para reconducir la crisis y diluir el ensayo de ocupación militar en un modelo de seguridad compartida en el Ártico, frente a los enemigos de verdad. Una riña de familia a la que no se quitará importancia, pero a la que se opondrá la inevitable reconciliación propia de una amistad, de una familia. 

LAS CAUSAS DE LA DEBILIDAD EUROPEA

La debilidad de la respuesta europea no se trata de flojera política o de prudencia propia de estadistas, sino de debilidad estratégica. Europa se ha movido a lo largo de las últimas décadas con aparente habilidad, pese a su cuádruple dependencia (financiera, militar, tecnológica y energética), exhibiendo músculo del soft-power: su cultura, su orden político más o menos pluralista, su modelo social (cada vez más resquebrajado), su calidad industrial envejecida.

El crecimiento imparable de las estructuras políticas supranacionales europeas se presentaban como muestra de  fortaleza, cuando en realidad alimentaban el riesgo de su creciente debilidad. La exhibición de superioridad institucional ha terminado por convertirse en causa de incomprensión por parte de amplias mayorías de la población, mientras los problemas sociales estructurales  se iban agrandando de crisis en crisis. La brecha entre la Europa oficial y la real se ha hecho más evidente y menos resoluble.

Se han acometido pocos esfuerzos auténticos para superar las dependencias que han lastrado la capacidad de Europa tendente a construir un proyecto político que resultara útil a las mayorías sociales. Sólo se ha actuado cuando ha surgido una necesidad imperiosa, y casi siempre a medias. Y de forma asimétrica. Por mucho que se pretenda ahora, jamás Europa ha tenido la voluntad de construir una defensa autónoma propia. La respuesta, como en casi todo, ha sido institucional y burocrática. En lo material, en lo operativo, Europa no ha dejado nunca de ser dependiente de Estados Unidos, retóricas solemnes aparte. No digamos ya en lo tecnológico. Los intentos han sido protagonizados por intereses corporativos privados, enfocados a la regla del máximo beneficio económico. Las políticas comunes europeas han estado siempre destinadas a blindar intereses sectoriales por lo general conservadores. La política social, la armonización fiscal y otros proyectos más ambiciosos se han topado siempre con vetos y obstáculos interesados.

Los intentos de superar la dependencia energética sólo se avivaron con la guerra de Ucrania. Sorprende la crudeza de la hostilidad europea hacia esta nueva Rusia nacionalista, después de décadas de complacencia y cooperación entusiasta con el entramado político-empresarial mantenido con el Kremlin de Putin desde sus inicios. Los negocios de algunas compañías energéticas europeas con el Estado rusos y sus cómplices oligarcas han pasado desapercibidos para la mayoría de la opinión pública europea y, naturalmente, se han omitido de los más recientes pronunciamientos altisonantes sobre la agresividad rusa.

Es fácil escribir ahora de forma crítica sobre Estados Unidos y su política exterior, debido a la personalidad atrabiliaria y lamentable de su principal dirigente. Pero pocas veces se examina si los excesos actuales no son sino derivadas ineducadas de estrategias que hunden sus raíces décadas atrás. La supuesta amistad de Estados Unidos y Europa no se fundamenta tanto en ideales compartidos de libertad, justicia y legalidad internacionales, sino en el interés mutuo de sus élites por conservar un orden liberal que arropa problemas estructurales y conflictos sociales en la carcasa de un sistema político e institucional convertido en modelo pretendidamente planetario.

Ninguno de los dirigentes políticos europeos (los actuales o los que aguardan la oportunidad de la alternancia) tiene una estrategia para superar la actual disputa agria con el padrino norteamericano. Ni siquiera está claro que lo pretendan de verdad. Más bien da la impresión de que quieren preservar las herramientas de complicidad hasta que amaine la tormenta atlántica y en Washington se vuelva a la normalidad de lo previsible, para hacer frente tanto al irredentismo ruso, como al desafío chino, sin olvidar la incómoda pero más manejable (o eso se piensa) contestación del Sur Global. Más que oponerse de verdad a Trump, lo que subyace en las conductas de las élites políticas en Europa es capear la anomalía. Sobrevivir.

IRÁN: LA REVUELTA CONTRA EL DIOS CLERICAL

14 de enero de 2026

Una pregunta está en el aire desde finales de año: ¿estamos ante el fin de la República Islámica de Irán? La revuelta ciudadana más importante de los últimos años amenaza la estabilidad del régimen político establecido en 1979, tras la caída del Sha y la conquista del poder por la élite de clérigos chiíes que supieron interpretar con astucia y acierto el enorme malestar económico, social y político de una Monarquía brutal y represiva.

Hoy, dos generaciones después, la protesta en la calle se dirige contra un sistema que ha introducido reaccionarias normas religiosas y morales  hasta los rincones más íntimos de la sociedad. Las nuevas élites se han olvidado de todo lo popular y positivo que tuvo la Revolución de 1979 y se han atrincherado en esferas de enriquecimiento y poder abusivo similares a las derrotadas hace 47 años.

PROTESTA ENORME, REPRESIÓN BRUTAL

En esta crisis está jugando un papel indirecto decisivo la desenfrenada actividad de la administración americana. La prudencia calculada con la que actuaron anteriores Presidentes ha sido sustituida por un lenguaje ambivalente (negociador y desafiante a la vez) de la Casa Blanca actual. Israel cuenta ya sin reservas con Estados  Unidos para asestar el golpe definitivo al que considera su principal enemigo existencial.

Después de los ataques combinados de junio y de la operación militar en Venezuela, Trump no esconde sus amenazas de intervención para forzar la caída del régimen, utilizando como pretexto la represión brutal de las protestas contra la carestía insoportable de la vida, la volatilización del rial y los cortes de agua. Pero, no por ello, se muestra abierto a negociar. Libreto similar al empleado con el poschavismo.

El corte de Internet y un apagón informativo mayor aún de los impuestos en ciclos de protestas anteriores impide saber con precisión el número de víctimas, pero parece seguro que se superan las cifras de otros años. Se habla ya de casi tres mil muertos, miles de detenidos y ejecuciones inminentes. Las bolsas con cadáveres se alinean en las morgues de la capital y de muchas otras ciudades del país. Los hospitales están saturados y las comisarías de policía, atestadas (1).

Las autoridades se han visto tan desbordadas que ni siquiera han intentado ocultar o minimizar la dimensión de lo que ocurre. Como suele ser habitual, el Presidente adopta el papel más conciliador, mientras que el Guía Supremo, otros cabecillas religiosos y los portavoces de los aparatos paramilitares (Guardianes de la Revolución y milicias Basiji) reiteran el discurso sobre la conspiración internacional para derribar el régimen y las llamadas a la resistencia contra cualquier operación directa de invasión, agresión o ataque. Lo que no quita que, por cauces diplomáticos públicos y privados, muestren su disposición a negociar con el Gran Satán (Estados Unidos) para intentar salvar la continuidad del régimen. A estas alturas, los ayatollahs están más solos que nunca, tras la derrota de sus principales aliados en la región.

¿HACIA EL FINAL DEL RÉGIMEN?

De crisis en crisis, y acechada por sanciones internacionales continuas y crecientes, la República Islámica empezó a pudrirse en la corrupción y el fanatismo hipócrita de los grandes clérigos que transformaron el nuevo Estado en una teocracia inmisericorde e ineficaz. Analistas y politólogos iraníes afincados en Occidente, parte de una fuga constante de cerebros, coinciden en que el régimen no superará esta prueba.

Alí Vaez, profesor de la Universidad John Hopkins y colaborador del Internacional Crisis Group, cree que “un colapso total de la República Islámica no es necesariamente inminente, pero la revolución iraní se aproxima a su final”. La clave de los próximos acontecimientos podría residir en lo que haga por fin Trump: ”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para todos” (2).

Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).

Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas, Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones: una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.

La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50% y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión económica han terminado de hundir al país. La división de las élites revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.

La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes.  Sus apoyos circunstanciales mayores, China y Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que complete el ciclo terminal del régimen (4).

LA SOMBRA DEL SHAH

La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque, sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la transición hacía un régimen constitucional.

El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor de la Corona, pero sin entusiasmo.

Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak, Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual Monarquía persa restaurada cabalgando a  lomos de un nacionalismo que marginase intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de reserva y revancha.

 

NOTAS

(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979 revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.

(2) Iran’s protests seem different this time. Is the regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.

(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.

(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.

(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.

”Si Estados Unidos hace poco, podría no mover la aguja (...), si hace demasiado, podría romper esa aguja, con consecuencias impredecibles para todos” (2).

Una de las mayores especialistas occidentales en Irán, Suzanne Mollany, vicepresidenta de la Brookings Institution, ya predijo en un libro publicado hace cinco años que al régimen se le habían acabado las estrategias de supervivencia. El sistema se había vuelto irreformable y la Revolución se encaminaba hacia una fase de metástasis. Las protestas de los últimos años por motivos económicos, sociales o culturales (y en especial la protesta feminista por la muerte de la joven Masha Amini, tras ser brutalmente golpeada en una comisaría por no llevar adecuadamente el hijab,), ha desencadenado una nueva Revolución de signo contrario a la de 1979 que, con la ayuda americana, podría conseguir derribar a los ayatollahs (3).

Otro iraní reclutado por entidades académicas norteamericanas, Karim Sadjadpour (Carnegie Foundation), se abona también a esta tesis de la “contrarrevolución”. En un artículo compartido con el politólogo estadounidense Jack Goldstone, recurre a las cinco condiciones necesarias que éste ha establecido en sus estudios históricos para explicar las revoluciones: una crisis fiscal, unas élites divididas, una coalición opositora diversa, una convincente narrativa de resistencia y un entorno internacional favorable. En Irán, según Sadjadpour, se dan todas ellas.

La crisis fiscal es aterradora, con un inflación que supera el 50% y una divisa nacional que ha perdido el 97% de su valor, Las sanciones internacionales por el programa nuclear, la corrupción y la mala gestión económica han terminado de hundir al país. La división de las élites revolucionarias es palpable: el régimen se ha quedado reducido a la figura del Guia Supremo, un hombre anciano y enfermo terminal que no ha conseguido asegurar su reelección y que está en manos de un aparato de seguridad y represión convertido prácticamente en un Estado paralelo con intereses muy definidos.

La oposición, hasta ahora atomizada y débil, ha conseguido aunar esfuerzos, perder parcialmente el miedo y presentar un frente común de lucha en torno a una narrativa convincente y en auge en los tiempos actuales: el nacionalismo, como alternativa a la teocracia antiamericana y antiisraelí. Las causas exteriores que legitimaban su proyección mundial de la República Islámica ya no cuentan con apoyo significativo. Ese entorno favorable de otros tiempos, quinta condición revolucionaria, se ha vuelto contra unos clérigos acosados, que han perdido a su aliado sirio y apenas si pueden sostener a sus protegidos Hezbollah, Hamás y milicias chiíes iraquíes.  Sus apoyos circunstanciales mayores, China y Rusia, no se muestran muy dispuestos a impedir una acción norteamericana que complete el ciclo terminal del régimen (4).

LA SOMBRA DEL SHAH

La contrarrevolución que se prefigura no es necesariamente una democracia liberal. Si nos atenemos al comportamiento acreditado de Trump, es muy posible que la actual administración norteamericana avale el regreso de Reza Pahlevi, hijo del depuesto Shah, quien fuera gendarme de los intereses norteamericanos en el Golfo Pérsico y pieza clave del orden estadounidense en la fase final de la Guerra Fría. El heredero, exiliado y formado militarmente en Estados Unidos, no disimula sus ambiciones de reanudar la dinastía, aunque, sabedora de su escasa base social, de momento se ofrezca para favorecer la transición hacía un régimen constitucional.

El Bazar, la conjunción de intereses económicos nacionalistas, podría aceptar el regreso de la Monarquía, aunque a finales de los setenta actuara como uno de los agentes decisivos en su caía. El pragmatismo de los hombres negocios, comerciantes y ciertas capas de la clerecía, desatendidas o marginadas por los ganadores de la corrupción teocrática, podrían jugar a favor de la Corona, pero sin entusiasmo.

Occidente podría celebrar inicialmente la caída del régimen. Pero no parecen están preparadas para todas las consecuencias del cambio, como indica Holly Dagres, otra observadora de Irán (5). Los ejemplos turbulentos de Irak, Siria o Yemen deberían alertar contra precipitados derrumbes. Una eventual Monarquía persa restaurada cabalgando a  lomos de un nacionalismo que marginase intereses de otras minorías étnicas y sociales podría reactivar palancas del régimen islámico derrotado pero no necesariamente eliminado como opción de reserva y revancha.

 

NOTAS

(1) Iran's rulers face biggest challenge since 1979 revolution. LYSE DOUCET. BBC, 12 de enero.

(2) Iran’s protests seem different this time. Is the regime on the brink? ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 11 de enero.

(3) “The new Iranian revolution has begun”. SUZANNE MALLONEY. BROOKINGS, 12 de enero.

(4) “Is the Iranian Regime About to Collapse?. KARIM SADJADPOUR & JACK GOLDSTONE. THE ATLANTIC, 10 de enero.

(5) “Iran Is Teetering. The West Isn’t Prepared”. HOLLY DAGRES. NEW YORK TIMES, 10 de enero.

VENEZUELA: LA CRUDA REALIDAD

 7 de enero de 2026

Algo no puede negársele a Donald Trump: no envuelve sus acciones en solemnes discursos sobre la legalidad internacional o el orden liberal, como han hecho sus antecesores en la Casa Blanca. Actúa con la brutalidad propia de los negocios en el capitalismo que ha mamado en su país. Las leyes sólo son respetadas si convienen al objetivo deseado: el fin se impone a los medios.

Venezuela ha sido el último, pero no el único ejemplo: los ataques a embarcaciones en el Caribe y el bloqueo marítimo posterior (preludio de la intervención en Caracas), el bombardeo de las instalaciones nucleares iraníes y otras acciones militares puntuales no han contado con las justificaciones teóricas habituales de sus antecesores.

Trump ni entiende las sutilezas estratégicas y políticas de las alianzas internacionales, ni le importan. Es un dirigente medieval; es decir, ajeno a las normas que definieron el comportamiento en las relaciones entre Estados soberanos modernos. Sólo cuando sus asesores le soplan algo a la oreja adopta un discurso aparentemente más civilizado. Pero, contrariamente a lo que hizo en su primer mandato, ahora se ha rodeado de sicofantes que lo alaban, guardan discreto silencio ante sus atropellos o incluso lo alientan a actuar, como el Secretario de Estado y Consejero de Seguridad, Marco Rubio, o el jefe de gabinete adjunto y zar de la política migratoria, Stephen Miller.

El acto de piratería en Venezuela ilustra la cruda realidad. Cruda, por carente del mínimo respaldo legal, ni norteamericano ni internacional; cruda también, por el objetivo expreso perseguido: el control del petróleo. El restablecimiento de la supuesta normalidad democrática, vulnerada por el gobierno de Maduro antes y después de las últimas elecciones venezolanas, según la evaluación occidental, no ha sido ni invocada ni pretendida (1). De hecho, Trump cuenta, a priori, con los otros líderes del poschavismo para asegurar sus objetivos. Siempre que acepten sus órdenes serán mantenidos en sus puestos y respetados sus privilegios. Una apuesta arriesgada (2).

EL PAPELÓN DE CORINA

Se entiende la perplejidad de la oposición venezolana. Corina Machado, bendecida en Occidente, insinuó su disponibilidad a ser llevada en volandas por el aparato militar norteamericano hasta el sillón del Palacio de Miraflores. Pero en los últimos meses se acumularon los desencuentros entre Machado y los fontaneros de Trump (3). Los insignes caballeros del Nobel complicaron involuntariamente las cosas al otorgarla el cada vez más desprestigiado premio de la excelencia internacional, que Trump tanto codicia. No ha sido suficiente que Corina primero le dedicara y ahora le ofreciera a su deseado protector compartir el galardón. Tarde. Según algunos, Trump se ha sentido desposeído por la opositora venezolana. Cruz y raya.  Corina tendrá que esperar, y no poco. Ya no se trata de combatir contra un sistema político en descomposición, sino de replicar o convencer al Emperador que creía amigo y cómplice.

CALOR EN EL ÁRTICO

Los medios liberales se quedan cortos cuando hablan de la recuperación de la doctrina Monroe para describir la actual política exterior de Estados Unidos. El Presidente al que se debe ese concepto planteó una transacción a las potencias europeas en decadencia: yo me inhibo en sus asuntos continentales a cambio de que ustedes no se metan en los americanos, que de eso ya me encargo yo. Trump no propone pacto alguno ni limita su radio de acción: actúa a conveniencia, en América, en Europa y en todas partes. Ya sea con aranceles agresivos para forzar la rendición política de sus rivales, o con otro tipo de amenazas, que se quedan sin respuesta proporcionada.

El trabajoso comunicado de la UE sobre el acto de piratería en Venezuela es buena muestra de ello. Las protestas de legalidad quedaron ahogadas en la impotencia de las actuaciones. Todo se camufla, vanamente, en la artificiosidad del lenguaje diplomático. Los esfuerzos de España por endurecer el tono encontraron poco eco. En Francia, hay frustración, a derecha e izquierda, por la tibieza de Macron (4). Alemania y el eje oriental impusieron la cautela. No se ve claro cómo se puede lograr la “autonomía estratégica” que se proclama, cuando no se demuestra independencia de juicio ni siquiera ante casos tan escandalosos como el presente (5).

Que la opción del apaciguamiento no funciona con ante el belicoso socio mayor se demuestra con el caso de Groenlandia. De repente, lo que parecía un capricho si no olvidado sí al menos postergado cobra de nuevo presencia inquietante. El gobierno socialdemócrata danés anda estos días muy perturbado. Se siente el calor amenazante de Caracas en el gélido invierno nórdico. Los analistas están convencidos de que una operación sería un paseo militar.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha dicho que una intervención militar norteamericana en Groenlandia supondría el fin de la OTAN. Oídos sordos en la Casa Blanca, que ha insistido en las amenazas. Europa ha vuelto a protestar, pero en el reciente comunicado de París se aprecia más aprensión que determinación. En caso de invasión, la UE haría, muy probablemente, virtud de la necesidad. Invocaría el peligro ruso, apelaría al permanente vínculo transatlántico por encima de personas y coyunturas y buscaría una “fórmula imaginativa” para asumir el nuevo estado de cosas. La Alianza Atlántica se debilitaría pero no desaparecería. Perdería su liturgia política de los valores y el orden basado en reglas, pero se mantendría el aparato militar, con la vista puesta en la “amenaza” rusa y el “desafío chino”.

Se dice estos días que Trump está cambiando el Orden internacional. Es discutible. Lo que hace es ignorar el libreto que lo protege bajo un manto de legitimidad. La escuela realista de las relaciones internacionales establece que las conductas entre Estados y/o Naciones están regidas por los intereses, no por los principios. Las consideraciones morales son secundarias, e instrumentales, por lo general. Se ha visto de nuevo ahora.

LA TRAMPA DEL PETRÓLEO

Pero volvamos a la cruda realidad venezolana. Como cualquier otra realidad, no está exenta de contradicciones o complicaciones mayores y menores. Incluso Trump, en su crudeza conductual, necesita de excusas para justificar, que no para esconder, sus actuaciones ante su base electoral y social,

La causa de la lucha contra el narcotráfico tampoco es original de Trump. Ya la utilizó un gentleman de la política norteamericana como Georges Herbert Walker Bush (Bush padre para entendernos), cuando saldó cuentas con el panameño Noriega, un viejo colega de las operaciones encubiertas, ilegales por naturaleza. Otrora a sueldo de la CIA, el militar panameño rindió no pocos servicios a sus jefes de Langley, hasta que creyó poder volar sin obedecer a sus antiguos patrones. Como jefe que fue de la Agencia, Bush le hizo pagar convenientemente sus desvíos narcotraficantes.

Con Maduro, Trump ha emprendido un camino más dudoso. Un memorándum de la Inteligencia norteamericana ya anticipó en mayo que Maduro no dirige las operaciones del cartel Tren de Aragua hacia EEUU. La trayectoria del proceso ahora iniciado es incierta, pero será muy difícil que el depuesto Presidente venezolano salga ileso y rehabilitado. Su carrera política y su fortuna personal están acabadas.

Pase lo que pase, las vicisitudes judiciales se ahogarán en el flujo petrolero venezolano. Que podría no ser tan venturoso como proclama Trump. Los expertos en este sector energético han señalado estos días las complicaciones de esta cruda operación de restitución imperialista.

La periodista francesa Marie de Vergès, especialista en la materia, argumenta que “después de dos decenios de corrupción, falta de inversiones y robos, se necesitarán años y enormes cantidades de dinero para recuperar el nivel máximo de producción”. El lamentable estado de las infraestructuras y las características del crudo venezolano en los yacimientos del Orinoco, muy pesado y azufroso, exigen inversiones costosas. Por tanto, pese a las ingentes reservas (las mayores del mundo), nada de riqueza rápida.  De ahí que las compañías multinacionales a las que Trump ha invitado a sumarse a la operación se hayan mostrado circunspectas (6).

Lo cual no quiere decir que vayan a desaprovechar la oportunidad. Las acciones de Chevron, única compañía que opera en Venezuela debido a un acuerdo con el régimen, han subido un 5% en los últimos días. Se huele negocio, aunque no sea inmediato.

Pero hay otros inconvenientes, que señalan los propios especialistas norteamericanos en esa zona del mundo. El encargado de los asuntos del Hemisferio en el Consejo de Seguridad de la Casa Blanca durante el mandato de Biden, Juan S. González, advierte que no estamos en los tiempos de Monroe, que esas recetas ya no valen. China tiene intereses en las infraestructuras venezolanas, contratos y compromisos firmados, y exigirá su cumplimiento. “La supremacía militar no echará a China de Venezuela” (7).

González señala tres “caminos” o escenarios para Venezuela. El primero, una “transición controlada”, lo que coincide con lo que dijo Trump el día 3, aunque sus palabras no deben ser tenidas demasiado en cuenta. El segundo, la “continuidad criminalizada”, es decir la persistencia de los agentes del actual régimen, a quienes se permitirá pervivir a cambio de plegarse a las exigencias del tutelaje norteamericano. Y el tercero, la “escalada violenta” entre los “actores armados” y EE.UU, lo que convertiría la pretendida operación de estabilización en un conflicto abierto.

El estratega demócrata evidencia el pensamiento clásico liberal norteamericano sobre esta región: paternalismo y buenas maneras para conseguir lo mismo que Trump pretende por las bravas. La fuerza debe ser utilizada sólo como último recurso, respeto de las normas. Siempre que se escriban y apliquen desde Washington.

No en vano, dirigentes y comentaristas afectos al Orden liberal ya han dicho que lo peor del despliegue espectacular de fuerza norteamericana en Caracas es que sirve de precedente o justificación para lo que puedan eventualmente hacer China en Vietnam o Rusia en cualquier otro lugar (8). Como se ve, los discursos siempre giran hacia el mismo lugar y lo que ha sido estos días lágrimas de cocodrilo por el ninguneo de las normas del derecho internacional podrían convertirse en sólidos motivos para condenar y reaccionar de forma contundente si la vulneración de la ley proviene de latitudes menos amistosas.

 

NOTAS

(1) “Trump leads the world into a geopolitical Wild West”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 4 de enero.

(2) “The many risks to Donald Trump’s plans to ‘run’ Venezuela. The regime that was led by Nicolás Maduro may well prove tricky to control “. THE ECONOMIST, 4 de enero.

(3) “Why Trump Refused to Back Venezuela’s Machado: Fears of Chaos, and Fraying Ties”. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero.

(4) “Les omissions d’Emmanuel Macron sur le Venezuela risquent de sonner comme un aveu d’impuissance”.  SOLEMN DE ROYER. LE MONDE, 5 de enero.

(5) “The Cost of Europe’s Weak Venezuela Response” ROSA BALFOUR. CARNEGIE, 6 de enero.

(6) “Pétrole au Venezuela: relancer l’industrie, un pari risqué au coût colosal”. MARIE DE VÈRGES. LE MONDE, 6 .de enero.

(7) “The End of the Beginning in Venezuela”. JUAN S. GONZÁLEZ. FOREIGN AFFAIRS, 4 de enero.

(8) “Trump’s Foray Into Venezuela Could Embolden Russia’s and China’s Own Aggression”. ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 5 de enero; “Trump Sets a Devastating Precedent in Venezuela”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 2 de enero