1 de abril de 2026
En las guerras recientes siempre hay un momento de desconcierto. Un punto en el que los planes parece que no se van a cumplir, que surgen dudas sobre la estrategia y, consecuencia, de ello también acerca de los resultados. Ocurrió en las sucesivas campañas de demolición del régimen iraquí de Saddam Hussein, es todavía evidente en la “operación militar especial rusa” en Ucrania, se apreció en cierto modo en el genocidio de Gaza y hemos llegado a ese punto en el actual conflicto en Irán y la zona del Golfo Pérsico. Con frecuencia, las dudas provienen de analistas, medios y dirigentes no implicados en la planificación, decisión y ejecución de las actuaciones bélicas. Pero se basan en las inconsistencias de quienes supuestamente gobiernan la situación.
Con
la actual administración norteamericana (o mejor dicho, con su Comandante en
Jefe), el desconcierto es la marca constante, desde el inicio de la crisis, y
antes. Más aún: se puede decir que no hay política presidencial que no esté
impregnada de desconcierto. Es su seña de identidad. Y no precisamente
involuntaria: Trump se precia de ello, como una táctica genial, como una prueba
de su competencia.
EL
SEVERO VEREDICTO DEL ESTABLISHMENT
Cuando
se entra en la quinta semana de la guerra de Irán, la opinión generalizada de
analistas, académicos, exresponsables y líderes ajenos al poder real es que el
Presidente norteamericano no sabe muy bien lo que quiere, o no sabe cómo
conseguirlo, o acaso se siente demasiado sorprendido por la evolución de los
acontecimientos como para establecer un rumbo estable. Como es habitual en sus
procesos de toma de decisiones (si puede aplicarse este concepto a su estilo de
gobierno), la impredecibilidad es lo único seguro.
Es
útil repasar las evaluaciones de académicos y/o antiguos miembros de los
equipos de elaboración política y estratégica, que han intervenido en mayor o
menor medida en el diseño de las políticas hacia Irán de los recientes
gobiernos norteamericanos. En estas últimas semanas han vertido sus diagnósticos
y recomendaciones en FOREIGN AFFAIRS, la publicación faro del establishment
exterior y de seguridad de los EE.UU.
“América
no tiene buenas opciones en Irán. Trump necesita una rampa de salida”, opina Ila
Goldenberg, principal asesor sobre Irán en el primer mandato de la administración de Barak Obama, el único
Presidente norteamericano desde 1979 que ha suscrito un acuerdo con Irán,
bombardeado en todo momento por propios y extraños. Otro colaborador del
expresidente afroamericano, el Coordinador de la Coalición contra el Daesh,
James Jeffrey, asegura que “la guerra en Irán puede llegar a parecerse a la de
Ucrania”, en el sentido de un calamitoso exceso de confianza.
La
presunción de la libertad de acción para tomar en cada momento la decisión que
el Presidente considere más conveniente, generalmente para salir lo más airoso
posible del enésimo lío en que se ha metido, es conceptualizada en medios
académicos como “realismo flexible”; es decir, una deriva oportunista de la doctrina
realista de las Relaciones internacionales y de Seguridad, caracterizada por la
libertad de acción sin coherencia intelectual. Pero dos asesoras de Biden en la
zona de Asia Occidental y el Indo-Pacífico (Rebecca Lissner y Mira Rapp-Hooper),
estiman que la “promesa” de este “realismo flexible” es falsa y se reduce a una
“política exterior sin principios”; al menos en lo que respecta a Irán.
La
supuesta “flexibilidad” es una forma de enmascarar que “la guerra de Irán ha
escapado a sus autores (...) y la escalada está haciendo añicos la ilusión del
control de Washington, según consideran Robert A. Pape, director del Proyecto
de Seguridad y Amenazas, en Chicago); y Alí Vaez, en la actualidad, director de
Irán en el International Crisis Group.
Dos
profesores de Relaciones Internacionales en la Universidad neoyorquina de
Columbia, Richard K. Betts y Stephen Biddle, pintan un panorama sombrío del
futuro inmediato. Según ellos, “el precio de la incoherencia estratégica en
Irán provocará que los beneficios de la guerra no superarán a su coste”.
Para
que todo no vaya a peor y se evite la “pesadilla” de una escalada aún mayor, el
principal responsable de los asuntos de Seguridad y Defensa de la Institución
Brooking, cercana a los demócratas, Michael O’Hanlon, recomienda que intervenga
el Congreso, autorizando ataques aéreos limitados y descartando el empleo de
fuerzas de tierra”.
LOS
MEDIOS LIBERALES AMPLIFICAN EL ECO CRÍTICO
Si
los analistas, académicos y estrategas se muestran con tal severidad, no le van
a la zaga los principales medios liberales.
“Trump
zigzaguea sobre Irán, asegurando que ha habido grandes progresos, sin dejar de
emitir amenazas”, titulan los corresponsales en la zona y en la Casa Blanca del
NEW YORK TIMES).
Ravi
Agrawal, editor de una de las principales publicaciones especializadas, FOREIGN
POLICY, afirma con rotundidad que “Trump está perdiendo la guerra de Irán y,
después de un mes, la República Islámica la está ganando en la medida en que
sobrevive”.
El
Jefe de los corresponsales de THE ECONOMIST en Estados Unidos, John Prideaux
señala “tres grandes problemas en la estrategia de Trump en Irán: 1) falta de
claridad en la cúspide, 2) una inesperada ventaja estratégica de Teherán, 3) la
Casa Blanca no es un aparato de gobierno sino una corte” ().
El
diario francés LE MONDE resalta la “confusión de Donald Trump”, al aplazar un
ultimátum previamente impuesto a Teherán para obtener la reapertura del
estrecho de Ormuz, asegurando que se cursaban negociaciones con Irán
-afirmación desmentida por los responsables iraníes”.
Uno
de los corresponsales más veteranos en Oriente Medio, Jeremy Bowen, de la BBC, afirma
que “Trump está librando una guerra basándose en sus instintos y no está
funcionando”. Y uno de los mejores analistas británicos de las relaciones
exteriores, el corresponsal diplomático del diario THE GUARDIAN, Patrick
Wintour, sostiene que “Trump ha empeorado la posición de Estados Unidos frente
a Irán.
La
posición política y mediática de todos los citados es, evidentemente, contraria
a Trump en este y otros asuntos de la actualidad. Pero la incomodidad se
empieza a dejar sentir también entre sus seguidores, colaboradores y cómplices
políticos internos. “El apoyo republicano a la guerra de Trump contra Irán se
tambalea. A los legisladores les preocupa el coste, el posible uso de las
fuerzas terrestres y los objetivos no claros”, dice Rachel Oswald, periodista
de FOREIGN POLICY acreditada en el Congreso.
ISRAEL:
AUTONOMÍA LIMITADA
Trump
no es el único blanco de las críticas. Israel, más disciplinado siempre en la
consecución a toda costa de sus intereses, o de los intereses de sus
dirigentes, lleva la guerra por donde cree que le conviene. Netanyahu puede
hacer aparentemente caso omiso a los cambios de humor de Trump, pero no es en
absoluto independiente de las decisiones de su aliado y protector y mucho menos
de sus urgencias políticas.
“Israel
después de la guerra de Irán. La falsa promesa de la victoria total”, estima Shira
Efron, encargada de Israel en la Corporación RAND. Nathan J. Brown, un veterano
analista de Oriente Medio, ahora colaborador de la Fundación Carnegie y
profesor en la Universidad Georges Washington, considera que Israel se ha
abonado a las “guerras perpetuas” y su estrategia de seguridad “ya no se
fundamenta en la disuasión y en la diplomacia, sino en la dominación y la
degradación”.
En
cuanto a la tesis sobre la inducción israelí de la guerra, directamente o a
través de sus eficaces agentes, Stephen Walt profesor de Relaciones
Internacionales en Harvard cree, sin dudarlo, que el lobby judío arrastra una
importante responsabilidad.
A
esta tesis se oponen tres veteranos negociadores de los procesos de paz. Steven
Simon sostiene que Israel no empujó a Washington a la guerra. Más rotundos se
han mostrado Daniel C. Kurtzer, profesor en la Universidad de Princeton y
exembajador de EEUU en Israel y Egipto; y Aaron David Miller, analista de la
Fundación Carnegie: “la guerra fue una decisión del Presidente norteamericano,
y él es el único responsable”.
La
idea más extendida en Jerusalén es expresada por uno de los corresponsales del
NEW YORK TIMES: “Netanyahu tiene la guerra que siempre quiso, pero en los
términos de Trump. El primer ministro israelí quería un cambio de régimen en
Teherán, pero Trump parece dispuesto a conformarse con algo menos”.
EL
SHOCK EN LAS MONARQUÍAS PETROLERAS
Finalmente,
el desconcierto se ha apoderado también de los aliados árabes de Trump, que no
querían esta guerra, pero la están sufriendo en parte y desconfían ahora de la
protección duradera que les brinde el amigo americano, aunque no parecen tener
alternativas creíbles. Las inquietudes principales son destacadas por los
especialistas:
“Los
Estados Unidos pueden perder el Golfo. Los ataques iraníes a sus vecinos son
una prueba de que los norteamericanos no pueden protegerlos”, augura Marc
Lynch, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Georges
Washington.
Las
petromonarquías han experimentado con crudeza una vulnerabilidad hasta ahora
sólo especulativa. Irán les ha hecho responsable de poner sus respectivos
territorios al servicio de Estados Unidos y de Israel, de ahí que, en lo
sucesivo, afirma Muhamad Seloom, profesor de Relaciones Internacionales y
Seguridad en la Universidad de Doha, “quieran ser socios, no meras plataformas”.
Los
planes de desarrollo económico y de expansión regional e internacional de estos
reinos modernos y arcaicos a la vez pueden verse relegados a favor de mayores
inversiones en seguridad. Según Amr Hamzawy, director del Programa de Oriente
Medio en la Fundación Carnegie, “a guerra de Irán está devolviendo a la región
a una era más aislada y propensa a los conflictos”.
Otros
analistas, en cambio, no apuestan por cambios dramáticos, Rob Geist-Pinfold,
experto en seguridad del King’s College y profesor de la Universidad John
Hopkins; y Dania Thafer, directora ejecutiva del Forum Internacional del Golfo,
pronostican que “las estrategias principales de los países del Golfo no
cambiarán”.
