6 de mayo de 2026
Trump
quiere retirar los soldados norteamericanos de Europa, enfadado por la falta de
colaboración de sus aliados en su insensata guerra contra Irán. A golpe de
represalias, como en él es habitual, la ha emprendido con el socio mayor,
Alemania, pero ha advertido con hacer lo mismo con Italia (decepcionado con
Meloni) y con España (a la que no tolera las críticas del gobierno sobre sus
decisiones en Oriente Medio).
Aunque
las decisiones de Trump no suelen ser fiables debido a sus continuos cambios de
humor y opinión, lo que ha dicho de momento es que quiere que vuelvan a Estados
Unidos unos 5.000 soldados de los cerca de 40.000 que tiene Estados Unidos
desplegados en una treintena de bases e instalaciones militares alemanas.
“YANKEE,
COME HOME”
Durante
décadas uno de los lemas fundamentales de la izquierda crítica europea era “Yankee,
go home”. Quién iba a decir que con una guerra en Europa lanzada por la
vieja Rusia, Trump iba a transmutar esa proclama en “Yankee, come home”.
El
malestar del Presidente norteamericano con Europa en general y con Alemania en
particular viene de lejos. Pero la gota que ha colmado el vaso ha sido un
atrevido comentario del Canciller sobre la guerra de Irán. En un coloquio con
escolares, Friedrich Merz se permitió decir que Estados Unidos había sido
“humillado”, debido al bloqueo del estrecho de Ormuz y a la tenaz resistencia
del régimen iraní, a pesar de dos meses de amplios e intensos bombardeos.
Debería
sorprender que un dirigente político como Merz, que ha hecho su fortuna en un
fondo de inversiones norteamericano, se comporte de forma tan imprudente con un
colega que ha demostrado una piel tan fina como el actual inquilino de la Casa
Blanca. Pero este Canciller suele cometer estos gafes. Un año en el cargo le ha
desgastado enormemente. Su índice de aceptación aparece por debajo del 20%. Su
Partido, la CDU, es superado por los ultras de AfD en intención de voto.
La
réplica de Trump era de esperar: espetó al Canciller que se ocupará de “arreglar
su fallido país”, en vez de criticarlo a él (1). Y, a continuación, anunció la retirada de parte de las tropas
americanas.
CAMBIO
DE ERA
Después
de la invasión rusa de Ucrania, el entonces Canciller federal, Olaf Scholz,
dijo que Europa estaba asistiendo a una Zeitwende (“cambio de
era”). Ante lo que se percibía como una
amenaza directa y reforzada de Moscú, Europa debía de asumir una mayor
responsabilidad en su defensa. Ese designio se ha transformado notablemente en
apenas cuatro años, no porque haya habido una modificación del comportamiento
ruso, sino por el cambio radical en la Casa Blanca.
La
vuelta de Trump al poder ha sido devastadora para el vínculo transatlántico. Los
desplantes y regañinas de Trump a sus colegas han sido continuos e impropios
entre países aliados: represalias comerciales sólo neutralizadas a medias, padrinazgo
político de las extremas derechas, exigencias intemperantes sobre el incremento
de gasto militar y enfados infantiles ante la mínima discrepancia con las
decisiones de política exterior de esta administración estadounidense.
En
Europa Occidental, Alemania e Italia (las dos potencias derrotadas en la
Segunda Guerra Mundial, en parte por la participación americana) han sido los
partidarios más claros de evitar una ruptura con Trump. Los alemanes por
coherencia con una política practicada desde la posguerra frente a las
consecuencias de la división del país y la supuesta amenaza de la URSS. Los
italianos, por gratitud ante lo ocurrido en la contienda y por su condición de
guardianes del flanco sur occidental, a lo que se unió la sintonía ideológica entre
la neofascista jefa del gobierno y el oportunista ultraconservador
norteamericano.
La
dupla germano-italiana se distribuyó los papeles en este juego de contención de
daños en la agitada relación transatlántica. Los alemanes se ofrecieron como
agente mayor de la defensa europea para contentar al irritable socio mayor,
rompiendo con décadas de timidez militar. Meloni se contentó con palabras
halagadoras, a cambio de esparcir las proclamas demagógicas de la derecha
tradicional y combatir sin complejos la supuesta superioridad socio-cultural
izquierdista (el wokismo).
Era
de esperar que ese acuerdo para salir del paso no lograra restañar las grietas
en la Alianza Atlántica. Las discrepancias eran demasiado amplias y profundas:
una relación comercial agria, falta de una estrategia común hacia el desafío
chino, políticas contrarias sobre la amenaza rusa, visiones no coincidentes en
la cooperación con el Sur global, ásperos enfrentamientos sobre el modelo
político y social, etc.
Las
guerras de Oriente Medio han terminado de complicar unas relaciones bajo
tensión creciente. Primero, Gaza: en particular los planes de Trump para
convertir ese territorio palestino en un resort turístico con desprecio total
y absoluto por la martirizada población y sus derechos políticos reconocidos
por la mayoría de la comunidad internacional. Y ahora esta guerra bilateral
israelo-norteamericana sin aval jurídico alguno, que ha provocado miles de
muertos inocentes y ha generado una crisis energética y económica gratuita en casi
todo el mundo por el bloqueo del estrecho de Ormuz, enclave de tránsito del 25%
del tráfico petróleo.
Por
todo ello, Europa parece decidida a reducir la dependencia militar de
Washington y construir una estrategia de
defensa más autónoma. Pero el proyecto está aún muy verde. No por razones
políticas, sino por imperativos estratégicos, económicos y técnicos. Hay exceso
de proclamas y déficit de soluciones viables. Se avanza con mucha cautela,
porque se sigue pensando que después de Trump las aguas se calmarán.
UN
REARME SIN PRECEDENTES
El
modelo económico alemán ha diferido sensiblemente del anglosajón en el orden
internacional de las últimas décadas. El fuerte peso del sector público y la
participación de los sindicatos en la organización de la producción han sido
las principales características de ese “capitalismo renano” que intentó
combinar los principios e intereses de la industria y el comercio privados con
los derechos de los trabajadores y empleados en una sociedad que se pretendía
interclasista. Esa fue la base social del consenso centrista alemán, que ha
gravitado sobre la alternancia de gobierno entre democristianos y
socialdemócratas desde 1949, cuando no sobre la cooperación entre ambos en la
fórmula de la Gross-Koalition.
Ahora,
con la crisis desplegada y tres competidores de Europa activos (EE.UU, Rusia y
China), Alemania se ve obligada a introducir cambios sustanciales en su modelo.
Frente al desenganche norteamericano, tiene que producir armas y sistemas
militares efectivos. Frente a la proclamada amenaza rusa, tiene que resultar
suficientemente disuasorio y liquidar la dependencia energética que ha tenido
de Moscú en las últimas décadas. Y frente al desafío económico chino, tiene que
reinventar su modelo productivo para preservar su liderazgo exportador
industrial. Ese viejo capitalismo renano se ve obligado a vestirse de caqui, a
convertir una inesperada industria militar en motor de un nuevo desarrollo
económico.
La
fórmula consabida de la Gross-Koalition parecía dar consistencia
sistémica a los nuevos propósitos alemanes. Democratacristianos y
socialdemócratas se pusieron de acuerdo en impulsar el mayor programa de rearme
e inversión militar desde el III Reich. Alemania se gastará más de 160 mil
millones de € de aquí a final de la década para fortalecer su sistema de
Defensa, lo que supondrá un 3,5% del PIB.
Pero
hay numerosos inconvenientes, tal y como se percibe el empeño desde dentro y
desde fuera del país. Desde dentro, el supuesto consenso nacional no parece muy
sólido. En una interesantísima entrevista con la corresponsal de LE MONDE en
Berlín, la economista Philippa Sigl-Glöckner resalta que los gastos consagrados
a la defensa e infraestructuras “no
generarán crecimiento o no el suficiente para compensar los problemas
estructurales” de la economía alemana (2).
Esta
investigadora, independiente pero cercana al Partido Socialdemócrata, considera
que el gran desafío del país frente a la creciente competencia de China debe consistir en cambiar el modelo productivo.
Y eso no puede gravitar de manera preferente sobre una reforzada industria
militar.
La
idea de que la fabricación de armamentos compensará la crisis del sector
automovilístico es ilusoria. Si bien la mano de obra empleada por la industria
militar se ha incrementado en un 50% en la última década, esta fuerza de
trabajo suplementaria (unas 17.000 personas) es insignificante para la que se
perderá en la industria del motor, que emplea hoy a casi un millón de
trabajadores.
Para
Sigl-Glöckner, “Alemania debe modernizar masivamente sus servicios públicos,
construir suficientes viviendas, descarbonizar y recuperar el papel puntero en
la innovación”. Cada año ingresan 800.000 infantes nuevos en las escuelas. La
educación va a precisar de 127.000 millones de euros de inversión en lo que
resta de década. Parte de estos fondos deben salir, en su opinión, de lo que
ahora se emplea en subvencionar el sobrevalorado coste energético para las
industrias tradicionales.
Este
pensamiento crítico es raro en estos tiempos en Alemania. Aunque los dos socios
de la Gran Coalición mantienen diferencias importantes sobre el modelo
económico y las inversiones sociales, algo habitual en esa fórmula de
responsabilidad compartida, no hay discrepancias de peso sobre la política de
rearme. El ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius, es tanto o
más ferviente defensor del incremento de la inversión en Defensa que el
cristiano conservador Canciller Merz
Los
socios europeos de Alemania contemplan este entusiasmo militar con cierta
aprensión. La historia pesa, y si a todos interesa que la potencia germana tire
del carro armamentístico ante las vacilaciones del otro lado del Atlántico, se
mide el riesgo de un exceso. La última vez que Alemania se convirtió en primera
potencia militar europea es bien sabido lo que pasó. Hoy en día, Alemania es ya
el cuarto país del mundo en gasto defensivo. Se teme que si la ultraderecha
continua subiendo, esta tendencia a la superioridad militar crezca. Los sondeos
otorgan a la AfD (Alternativa por Alemania) un 27% de los votos, si las
elecciones se celebraran ahora; es decir, se convertiría en la principal fuerza
política del país, aunque no necesariamente podría gobernar si se mantuviera el
“cordón sanitario” del resto de fuerzas políticas.
Incluso
los analistas favorables a la política alemana actual creen que aparte de embarcarse en un gasto tan intensivo, los
líderes del país deben afrontar dos tareas más importantes. En primer lugar,
definir un doctrina de defensa, sin la cual se corre el riesgo de incurrir en
una “incoherencia estratégica”, en opinión de Grégoire Roos, director del
Programa Europa del think-tank británico Chatham House (3).
El
otro esfuerzo, conectado con el anterior, consiste en integrar su sistema
defensivo con el de sus vecinos europeos, como resalta Liana Fix, especialista
norteamericana en Alemania (4). Pero se está muy lejos de eso. El neonacionalismo,
imperante en todos los ámbitos políticos y sociales, es especialmente activo
entre los impulsores del esfuerzo militar.
La
industria pesada respaldó e impulso el poderío del nazismo. Sin el músculo del
hierro y el acero, la maquinaría de guerra de Hitler no hubiera conquistado
Europa en apenas dos años. Esa lección no debe olvidarse, en opinión de la
mayoría de historiadores alemanes y europeos.
NOTAS
(1) “US withdrawing 5,000 troops from Germany after Merz
says US ‘humiliated’ by Iran”. ANGELA GIUFFRIDA & JOHN HENLEY. THE
GUARDIAN, 2 de mayo.
(2) “L’Allemagne ne produit plus d’innovations
révolutionnaires”. LE MONDE, 3 de
mayo.
(3) “Germany rearms-but can it lead? Europe’s hesitant
superpower in waiting”, GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 1 de mayo.
(4) “Europe’s next hegemon. The perils of German
power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.
