ISRAEL Y PALESTINA: UNO O DOS ESTADOS, CERO SOLUCIONES

20 de noviembre de 2019

                
A casi nadie debe sorprenderle el último paso de la Administración Trump sobre el conflicto israelo-palestino. El Secretario Pompeo ha hecho oficial lo que venía siendo una evidencia manifiesta: que su jefe no considera ilegal la construcción de colonias judías en los territorios ocupados desde 1967. Esta decisión contradice la legalidad internacional, es decir, las resoluciones de la ONU y las medidas que de ellas se derivan. Es bien sabido que a Trump le importa muy poco la arquitectura jurídica mundial, aunque no sea precisamente hostil a Estados Unidos. La pregunta pertinente es por qué ahora.
                
Como dice David Aaron Miller, un antiguo asesor de Obama, próximo a las posiciones israelíes menos extremistas, la explicación debe buscarse, en primer lugar, en las necesidades políticas de Trump. Pero, conviene no confundirse, el objeto de atención no es el electorado judío, que es mayoritariamente más conciliador y no comparte la deriva extremista de la derecha israelí, sino los sectores evangélicos que ven la hegemonía de Israel como un designio divino (1). Para ellos, la legitimación de las colonias es música celestial.
                
Ciertamente, este último paso en la parcialidad norteamericana es más bien simbólico, y en eso coincide casi todo el mundo. Después del traslado de la embajada a Jerusalén, del reconocimiento de la anexión de facto de los Altos del Golán sirios y de la oposición práctica a un Estado palestino operativo, no podía esperarse más que este “último clavo en el ataúd del proceso de paz”.
                
Los palestinos se han tomado la declaración de Pompeo como un agravio, claro está, pero sin hacer demasiado drama, porque tienen asumido desde hace tiempo que solo cabe esperar la salida de Trump de la Casa Blanca para recuperar cierta normalidad. Pero esa eventualidad, incluso si se hiciera realidad, no significaría una evolución positiva.
                
COLONIZACIÓN DISPARADA
                
A fuer de ser sinceros, la solución “dos Estados” parece agotada irremisiblemente. Cada vez son más las voces que lo proclaman abiertamente, y no necesariamente quienes siempre han sido hostiles a esa opción. Desde Oslo hasta aquí la colonización no ha dejado de crecer. Al contrario, se ha acelerado. Desde 1967 hasta el acuerdo de paz entre Israel y Palestina se habían instalado en tierra ocupada 100.000 colonos. Desde 1993 hasta la fecha, esa población ha aumentado en 400.000 más, según cálculos conservadores, que no cuentan las colonias “salvajes”, es decir, no autorizadas por el gobierno israelí, pero toleradas cuando no alentadas. En lo que va de año, se han creado más de ocho mil plazas habitacionales en Cisjordania (sin contar Jerusalén), un incremento de casi el 50% con respecto al año anterior, bajo lo que se ha venido en denominar “efecto Trump” (2).
                
La colonización no solo supone una vulneración flagrante de las resoluciones 242 y 338 de las Naciones Unidas: implica, en realidad, la inviabilidad de ese Estado palestino, porque imposibilita algo tan esencial para su funcionalidad como una razonable continuidad territorial.
                
Pero lo decisivo es que esta política de recolonización intensiva no está ligada a la coyuntura política. Si bien es cierto que la hegemonía de la derecha ha impulsado la extensión de las colonias y, a la postre, el compromiso de anexión de la Cisjordania, verbalizado por Netanyahu en las dos últimas campañas electorales, no puede esperarse un cambio real en caso de cambio político. La izquierda se ha vaporizado.
                
La alternativa en Israel es una suerte de coalición centrista dirigida por exgenerales, hartos del populismo del primer ministro, pero en absoluto partidarios de una flexibilización de posiciones en el asunto palestino. El bloque se denomina Kajol Lavan (Azul y Blanco), colores de la bandera nacional: nada que temer sobre el nacionalismo que propugna. En estos días se sabrá si su líder, Benny Gantz, antiguo jefe del Ejército, es capaz de formar gobierno, después del fracaso de Netanyahu, o habrá que ir a unas terceras elecciones consecutivas.
                
¿UN SOLO ESTADO?
                
Pero aún si el liderazgo palestino se resignara a dar por muerto Oslo, ¿qué alternativa quedaría? Desde luego, no otra intifada, tras el mal recuerdo de la última. La amargura que provoca la ocupación y el timo del proceso de paz es innegable. Pero la desafección entre la población palestina y sus líderes, tanto en Cisjordania como en Gaza, desalienta la rebelión. Estos días hemos visto cómo Israel ha castigado duramente los ataques con cohetes lanzados por el grupo radical minoritario Jihad Islámica, que el gobierno de Hamas no ha respaldado.
                
Algunas voces palestinas en el exterior y en el interior llevan tiempo proclamando que hay que enterrar Oslo y no empeñarse en resucitarlo. El proceso de paz, mortecino e ineficaz, ha permitido la pervivencia de un liderazgo y una burocracia protectora a su alrededor, una ayuda económica a cuentagotas y un atrincheramiento inane. El Director de la Campaña pro Palestina en Estados Unidos, Yousef Munayyer, acaba de publicar un ensayo en el que aboga claramente por abandonar la estrategia de los dos Estados y proclama que “los palestinos deben reconocer la realidad de que sólo hay y siempre habrá un Estado entre el río [Jordán] y el mar [Mediterráneo] y dirigir sus esfuerzos a procurar que ese Estado se convierta en un hogar viable para todos los habitantes del territorio, ya sean judíos o palestinos” (3).
                
La tesis de Munayyer se apoya en una proyección política histórica: Israel no podrá por mucho tiempo impedir que la población palestina goce de igualdad de derechos civiles y políticos, como Suráfrica no pudo mantener indefinidamente el apartheid. Cita, además, encuestas en Estados Unidos que apoyarían esta evolución democrática del actual Estado. Los esfuerzos conciliadores deben encaminarse hacia la elaboración de una constitución inclusiva que garantice la igualdad de derechos y la convivencia pacífica, sin distinción de razas y credos.
                
Sin embargo, lo que se está observando en Israel es justo lo contrario: un refuerzo de las opciones étnico-nacional-religiosas que pretenden convertir el Estado en una entidad sólo para los judíos. Incluso los partidos religiosos, que siempre habían rechazado esta opción por considerar que no era la voluntad de Yahvé, se han vuelto nacionalistas, lo que ha dado lugar a un bloque muy compacto contrario a esa evolución que Munayyer predice.
                
Ciertamente, una administración norteamericana más cabal debería reconducir el proceso. Pero no conviene hacerse ilusiones. Israel se ha replegado sobre sí mismo y cree estar a salvo de cualquier presión, como se ha visto durante el mandato de Obama. Tampoco hay mucho apetito en el aparato político-diplomático-militar por reflotar la fórmula de los “dos estados”. Como acaba de escribir Michel Doran, un veterano de este eterno asunto exterior norteamericano, “la cesión de territorio no traerá la paz”. (4).
                
EL FACTOR IRANÍ
                
Otro factor pesa muy en contra de una mayor atención al dossier palestino: Irán. Trump ha querido externalizar la preservación de los intereses norteamericanos en la dupla israelo-saudí. Otras administraciones venideras pueden tener la tentación de ajustar que no abandonar esa opción. Pero, para ello, deberán resolver lo que otro veterano del entorno negociador, Steve Simon, considera como “obsesión iraní” (5).
                
El acuerdo nuclear, dinamitado por el presidente hotelero, se deshace semana a semana. Las sanciones arrinconan a la República Islámica, que se ha visto obligada a duplicar el precio del combustible de automoción (6), provocando una nueva oleada de protestas y, por lo que se sabe, una respuesta represiva contundente que ha provocado decenas de muertos (7).
                
La suerte de Palestina, ligada siempre a los avatares regionales, se antoja tan oscura o más que en los peores tiempos, pero envuelta en una mayor desesperanza por el agotamiento de opciones que en su día parecieron vías de solución.


NOTAS

(1) “Why has the United States said that Israel settlements are no longer illegal?”. DAVID AARON MILLER. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 18 de noviembre.

(2) “Israël approuve la construction des nouveaux milliers de logements dans les colonies”. LE MONDE, 31 de octubre.

(3) “There Will be a One-State solution. But what kind of State will be?”. YOUSEF MUNAYYER. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre.

(4) “The dream place ot the americans. Why ceding land will not bring peace”. MICHAEL S. DORAN. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre.

(5) “America’s Great Satan. The 40-year obsession with Iran”, DANIEL BENJAMIN Y STEVE SIMON. FOREIGN AFFAIRS, noviembre-diciembre.

(6) “Iran’s Gasoline protests: regimen unpopular but resilient”. PATRICK CLAWSON, MEHDI KHALAJI y FARZIN NADIMI. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEA EAST POLICY, 18 de noviembre.

(7) “Répression des manifestations en Iran: l’ONU et Amnesty redoutent une lourde bilan humaine”. LE MONDE, 20 de noviembre.

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