18 de marzo de 2026
Esta máxima de Cicerón está más vigente que nunca. Cuando se ha rebasado ya la segunda semana, el interés por la guerra de Irán se ha convertido en la guerra del Estrecho de Ormuz, por delante de la destrucción del arsenal iraní, la capacidad del régimen para subsistir y, desde luego, el futuro de los iraníes. Ni siquiera las victimas (las iraníes, por supuesto) reciben demasiada atención. Se habla de casi tres mil muertos, de ellos dos mil civiles, pero no hay seguridad sobre estos números.
El
asesinado más ilustre de los últimos días ha sido Ali Larijani, que era mucho
más de lo que su cargo (Consejero Jefe de Seguridad Nacional) indicaba. Se le
consideraba un primer ejecutivo y unificador de corrientes del régimen y
negociador de referencia con vecinos y adversarios. Los observadores creen que
su desaparición radicalizará aún más al régimen, reforzará la opción del
martirio y hará más difícil un final pactado.
También
ha sido asesinado Gholamreza Soleimani, el general que controlaba los basijis,
las milicias represivas de la contestación al régimen. Israel añade así dos
muescas más en el listado de la venganza.
Pero
la atención principal se centra en los efectos económicos de la guerra. El
precio del petróleo se ha convertido en pesadillo cíclica de dos generaciones
de consumidores occidentales. Desde 1973, no hay sobresalto que ocupe más
atención pública que el coste de barril, por su repercusión múltiple en
la subida de los precios de casi todo: combustible para los transportes,
fertilizantes para la agricultura, envase de alimentos, productos químicos
varios y un largo etcétera)
ORMUZ,
EPICENTRO DE LA GUERRA
En
esta guerra de Irán, con mayor motivo, ya que era fácil de suponer que gran
parte del juego estratégico se iba a librar en el estrecho de Ormuz, enclave por
el cual el petróleo extraído de los yacimientos del Golfo Pérsico alcanza aguas
internacionales y se dirige hacia todo el planeta. Aunque la irregular
dependencia mundial se haya reducido en las últimas décadas, no se ha eliminado
ni mucho menos. Y ello a pesar de los esfuerzos de los países de la zona por
construir vías alternativas al circuito comercial del petróleo, como ilustra
Marie de Vergés en LE MONDE (1).
Irán
había advertido repetidamente con bloquear el estrecho. La operación estaba
clara: no hacía falta destruir o inutilizar la navegación de los barcos que
llevaran la carga con destino a países enemigos, bastaba con hacer pesar esa
amenaza para que los petroleros detuvieran su actividad, que las compañías de
seguros incrementaran sus primas por riesgo y las navieras sus tarifas de flete.
Era la única ventaja iraní y la ha utilizado, como analiza Caitlin Talmadge,
una experta de Instituto Tecnológico de Massachussets (2). La estrategia del
miedo es la munición psicológica de las guerras.
Irán
salvaguarda los petroleros que sacan su crudo, claro está. Asume el riesgo de
que Estados Unidos los destruya, pero Trump afronta un doble dilema: militar y
económico. Si lo hace, no sólo se expone a represalias iraníes durante los
ataques; también contribuiría a elevar el precio del petróleo al reducir la
cantidad de circulación.
Al
final, el oscilante Presidente ha elegido bombardear la isla de Kharg, donde se
encuentra la principal terminal extractora iraní. Se ignora aún con qué
resultados. Esa es la mayor debilidad de la estrategia norteamericana: es
incapaz de mantener el rumbo porque no parece tener una idea clara de lo que
pretende con esta guerra (3).
La
historia reciente ofrece algunas lecciones. Dos shocks petroleros de
dimensiones catastróficas (1973-74 y 1979) hicieron aprender a Occidente que
convenía reducir la amenaza del desabastecimiento y la carestía energética. De
dos maneras: una, limitando la capacidad del enemigo potencial regional de
provocar el caos; y dos, adoptando una estrategia paliativa, cuando lo primero
no resulta del todo eficaz. Si la cotización del crudo no ha subido aún por
encima de los 120 $ es porque se han liberado 400 millones de barriles de las
llamadas reservas estratégicas.
Irán
ha conseguido provocar el pánico con el bloqueo de Ormuz. No porque pueda salir
victoriosa del conflicto, sino porque puede poner muy cara la victoria de
Estados Unidos e Israel. Trump ha dicho, con su verbosidad habitual, que “vale
la pena unos días de subida de los precios del crudo si es para eliminar la
amenaza iraní”. No ha sido muy convincente, a tenor del comportamiento de los
mercados. Para los norteamericanos, la única amenaza real es la que afecta a
los bolsillos, cartera de valores, cuentas bancarias, etc. En el mundo MAGA, esta presión refuerza la
incomprensión ante esta aventura que cada día que pasa se ve como un
empeño de Israel: la “guerra de Netanyahu”, la denominan sus seguidores y sus
rivales. Las encuestas indican un rechazo creciente entre la base republicana y
un clamor a favor de una salida honrosa, pero rápida.
Eso
pasa por poder presentar algún resultado que justifique un final de la guerra
sin sembrar la duda de la precipitación, la improvisación o el trabajo a medio
hacer. Podría ser la constatación de la destrucción total del programa nuclear
iraní. Eso ya lo anunció Trump en junio pasado y no era verdad. Ahora necesitaría
pruebas sólidas para resultar creíble. El acceso al uranio enriquecido, al
parecer almacenado en forma de gas en el subsuelo de Isfahán, es de muy difícil
acceso y capturarlo sería una operación muy arriesgada (4). Otra opción para
justificar la salida sería acreditar la degradación severa del poderío militar enemigo. Tampoco
será fácil, si se tiene en cuenta la estrategia iraní de construir unos
arsenales ocultables, modestos pero útiles a sus fines.
En
cuanto a los objetivos políticos, Denis Ross, veterano asesor para la región de
varios Presidentes, sugiere que, “si no se puede lograr la caída del régimen
islámico, se intente su debilitamiento”.
Es decir, un premio de consolación (5).
Otra
perspectiva aún menos prometedora ofrece Nate Swanson, responsable del dossier
iraní en el Consejo de Seguridad de Biden: “Teherán fijará los términos de la
paz”. El desarrollo del argumento es sencillo: “Irán no necesita anotarse éxitos militares cada día. Al régimen
le basta con seguir infligiendo suficiente daño para provocar el nerviosismo de
los países vecinos, de los mercados del público americano” (6).
Otros
especialistas coinciden en que no hay opciones fáciles para evitar que Irán
pueda prolongar la guerra y, por tanto, encarecerla. El arsenal que Teherán utiliza
para sembrar el caos en Ormuz es modesto pero eficaz: drones, submarinos
enanos, lanchas rápidas con misiles móviles, etc. No todo es destruible con
esta guerra sin infantería. Habría que conquistar parte de la costa iraní del
Golfo para eliminarlo. Y, desde luego, desplegar barcos barredores de minas,
sometidos a un peligro constante; o, en el mejor de los casos, generador de un
coste muy elevado por el tiempo que llevaría su labor, unos dos meses, calcula
un general británico, basándose en la experiencia de 1991 en Irak (7). El coste de la guerra sigue subiendo. Se
alcanzaron los 4 mil millones de $ en el primer día; esta cantidad se triplicó
al llegar a la semana; y ahora se cuentan en decenas de miles de millones.
Hay
otro factor que se está complicando sobre manera: la velocidad a la que se
están consumiendo los arsenales norteamericanos e israelíes. Los sistemas de protección antimisiles
(Patriot y THAAD) son carísimos y su ritmo de producción es muy inferior a la
de su consumo en esta campaña intensiva. La estrategia de saturar los arsenales
iraníes ha tenido también el paradójico efecto de agotar las capacidades
propias.
MÁS
TENSIONES EN LA ALIANZA OCCIDENTAL
Otro
factor de inquietud es la tensión suplementaria que el conflicto pueda ejercer
sobre la alianza occidental. Que Trump pidiera ayuda para despejar el tráfico
en Ormuz, en su habitual tono amenazante (“me acordaré de quienes no nos
ayuden”), enrareció un clima ya bastante áspero en las relaciones
transoceánicas. Al comprobar que no iba a obtener lo que pretendía, primero le
restó importancia y, finalmente, volvió a explayarse con desprecios y
descalificaciones.
Del
lado europeo, se aprecia un cierto tono de desquite, incluso en los más
permisivos con las extravagancias de la Casa Blanca. Los alemanes dijeron “ésta
no es nuestra guerra”. Los italianos, orgullosos de la entente Meloni-Trump, también
escurrieron el bulto. Macron propuso una operación conjunta para garantizar la
libertad de navegación, pero, ¡oh, la, la, cuando hubiera acabado la guerra. Se
debate en la UE una solución similar a la que, en 2022, bajo los auspicios de
la ONU y de Turquía, permitió resolver el bloqueo ruso en el Mar Negro de la
exportación de trigo ucraniano (8).
Desde
los adversarios estratégicos, tampoco podía esperarse mucha ayuda, por
supuesto. Los rusos proporcionan silente apoyo a Irán (inteligencia satelital y
poco más), para no comprometer el pacto con Trump en Ucrania. Putin observa con
Irán el mismo comportamiento que con otros supuestos socios: la cooperación
tiene límites estrictos y no se corren riesgos si los intereses propios no
están en juego.
Los
chinos son los más dependientes de Ormuz, pero disponen de reservas para más de
un año y, lo que es más importante, Irán deja pasar a los barcos que se dirigen
a China, aunque no los de otros países del Golfo. Por eso, Pekín quiere que
acabe cuanto antes esta guerra insensata. No actúan directamente, debido a sus
acuerdos con Irán, pero es de suponer que lo hagan por vías diplomáticas. De
momento, la cumbre Trump-Xi se ha aplazado, a petición del primero, con el
argumento de que un Comandante en Jefe no puede distraerse de la guerra. Seguramente, el verdadero motivo es menos
cartesiano. Trump no quiere presentarse ante el competidor chino como un
dirigente que no sabe resolver una guerra. Mal ejemplo para Taiwan.
Irán
cuenta -o debería contar- con sufrir una
destrucción devastadora, que quizás llegue a ser comparable a la que padeció
Irak en doce años de intermitentes e intensos bombardeos. Como no puede
impedirlo, la estrategia de los ayatollahs está muy clara: infligir a sus
enemigos un coste material que estará a años luz del que su país padezca, pero quizás
sea suficiente para estimular la forzar el final de las operaciones militares.
En esta desigual partida de ajedrez se ha convertido la guerra. El corolario lo
ha sintetizado el intelectual de origen iraní residente en Beirut, otra ciudad
atormentada: “el primer y último perdedor de la guerra es el pueblo iraní” (9).
NOTAS
(1) “Le difficile
contournement du détroit d’Ormuz, artère cruciale pour le transit du pétrole et
du gaz”. MARIE DE VERGÈS. LE MONDE, 11 de marzo.
(2) “The Hormuz Minefield. In the Strait, Iran
Holds the Advantage—and America Has No Good Options”. CAITLIN TALMADGE.
FOREIGN AFFAIRS, 13 de marzo.
(3) “The escalation trap: how the Iran war could
become more costly and complex” PETER BEAUMONT. THE GUARDIAN, 14 de marzo; “Entering
War’s Third Week, Trump Faces Stark Choices”. THE NEW YORK TIMES, 15 de
marzo.
(4) “Trump’s Next Decision: Whether to Retrieve Iran’s
Nuclear Fuel, Whatever the Risk”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES,
17 de marzo.
(5) “An achievable goal in Iran. Instead of regime
change, try regime weakening”. DENNIS ROSS. THE ATLANTIC, 13 de marzo.
(6) “How America’s
War on Iran Backfired. Tehran Will Now Set the Terms for Peace”. NATE
SWANSON. FOREIGN AFFAIRS, 17 de marzo.K
(7) “Wary allies show there's no quick fix to Trump's
Iran crisis” PAUL ADAMS. BBC, 15 de marzo.
(8) “Détroit d’Ormuz: les Européens refusent d’être
entraînés par Donald Trump dans sa guerre contre l’Iran”. LE MONDE, 17 de marzo. “Trump’s threats to Nato reveal glaring absence of any strategy on
Iran”. DAN SABBAGH. THE GUARDIAN, 16 de marzo.
(9) “Le peuple iranien demeure le premier et dernier
perdant de la guerre au Moyen-Orient”. ANOUSH GANJIPOUR. LE MONDE, 10
de marzo.

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