LAS NIEBLAS DE LA GUERRA

 11 de marzo de 2026

La guerra de Trump y Netanyahu entra en una fase de confusión. Tras las primeras oleadas de bombardeos sobre cientos de objetivos militares, económicos y políticos de Irán, la operación Furia Épica se ha extendido, como era de esperar, por la región del Golfo Pérsico.

El foco principal de atención está puesto ahora en el Estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte del flujo comercial petrolero del planeta. Irán trata de obstruirlo y Estados Unidos de impedir que lo haga, destruyendo las embarcaciones que siembran de minas sus aguas.

Para definir esta situación, un analista militar de THE ECONOMIST ha empleado el concepto “escalada horizontal”, en contraste con la “escalada vertical”, que supondría un aumento cuantitativo y cualitativo de los ataques israelíes y norteamericanos contra objetivos en Irán (1). El despliegue territorial de la guerra es lo que ha provocado el pánico de los mercados energéticos y bursátiles de los últimos días.

Pero la principal causa de incertidumbre ha sido, de nuevo, el estilo de actuación de Trump. Como en todas las crisis internacionales que ha ocasionado desde su regreso a la Casa Blanca, su tendencia a la improvisación, su inconsistencia intelectual y su vanidad desatada reduce el mundo a una subasta de mercadillo.

1) LA CONFUSIÓN DE LOS OBJETIVOS.

Los analistas han tratado de identificar los objetivos de la operación. Pero se han topado con la palabrería de Trump y la escasa claridad de sus colaboradores, que se han limitado a hacer el coro a su jefe y a repetir evidencias. Las contradicciones impiden a día de hoy avizorar los propósitos de la Casa Blanca.

La sensación de confusión es creciente. ¿Qué se pretendía con los feroces ataques iniciados el 28 de febrero? ¿Concluir la tarea de junio; es decir, destruir y/o inutilizar definitivamente el complejo nuclear iraní? ¿Aniquilar o reducir al mínimo el arsenal de misiles balísticos del régimen islámico? ¿Degradar, por añadidura, el resto de su arsenal militar? ¿O se trataba de ir más allá y, mediante toda esa destrucción, provocar la caída de la República Islámica y propiciar un cambio de sistema político? (2).

Al cabo, lo único claro es que Trump se ha convertido en algo que prometió siempre no ser: uno más de los “Presidentes adictos a las guerras”, como ha señalado Stephen Walt, profesor de Relaciones Internacionales en Harvard (3).

Las incoherencias del Comandante en Jefe contrastan con la discreta actuación de su compadre, el primer ministro israelí, que parece tener más claro lo que pretende: librarse de una vez por todas del incordio iraní y de sus protegidos en el Líbano y prepararse para la nueva batalla: la anexión de lo que queda de Palestina (Cisjordania).

2) RESISTENCIA Y NATURALEZA DEL RÉGIMEN

La otra niebla de singular importancia es la capacidad del régimen iraní para sobrevivir a esta lluvia de fuego y vulnerabilidad en que vive desde primeros de mes. La liquidación física de su líder parecía un golpe mortal para un sistema vertical de poder, como corresponde a una teocracia, por muy institucionalizada que sea, con su entramado de organismos, instituciones y aparatos que lo refuerzan.

Se sabía que el Guía Supremo, intuyendo la cercanía de su muerte, había ordenado la multiplicación de capas dirigentes para superar desapariciones sucesivas y asegurar la continuidad del régimen islámico. Con ello se pretendía forzar a sus enemigos a una prolongación indeseada de la guerra más allá de sus intereses. En la resistencia parecía residenciarse la clave de la victoria. O, si se quiere, la evitación de la derrota definitiva.

Es muy pronto para decir aún si esta esta estrategia ha funcionado. Quizá con otros líderes en Washington y Jerusalén, podría ser. Pero los actuales no parecen limitados por la racionalidad, o por otra racionalidad que no sea la supervivencia política a costa de lo que sea.  Estamos ante es una guerra de fanatismos regionales alimentada por egocentrismos incurables y urgencias políticas insalvables.

Como deriva de la incógnita en torno a la permanencia del sistema iraní, surgen las preguntas sobre la transformación de su naturaleza. Al emerger la figura del hijo de Jamenei, Mojtaba, como sucesor en el puesto de Guia Supremo, la República Islámica se convierte en hereditaria. De esta forma, adopta una forma típicamente monárquica. Esto pervierte sus orígenes legitimadores, construidos sobre el derrocamiento de la Corona imperial. Lo que otorgó un enorme vigor inicial al liderazgo religioso de la Revolución fue la incorporación de numerosos sectores populares, deseosos de poner fin a la oprobiosa dinastía de los Pahlavi.

A lo largo de casi medio siglo, aquella Revolución se ha ido desnaturalizando, ha perdido su componente popular y se ha reducido a una red de aparatos represivos dedicados a perpetuar los privilegios de las nuevas castas de poder. Un destino lamentable común a la mayoría de las Revoluciones a lo largo de la Historia.

Por otro lado, la deriva hereditaria es también un signo de los sistemas autoritarios en la región. Las Repúblicas no se distinguen en lo esencial de las Monarquías. Los Assad trataron de perpetuarse en Siria, al frente de una minoría confesional, como lo intentara Saddam Hussein en Irak. Más tímidamente lo intentó también Sadat en Egipto o Gaddafi en Libia. Si la tentación de la sangre no se consumó fué porque se interpusieron otros designios violentos más fuertes. Sólo Argelia, un país con un sistema de poder más colectivo bajo el liderazgo indiscutible del Ejército, parece haber escapado a esta inclinación histórica. Si Líbano o Yemen no han caído también en ella ha sido más por debilidad extrema que por fortaleza institucional.

Por tanto, habrá que esperar a ver en qué se transforma esta República Islámica ya hereditaria: si en una teocracia más pragmática o en una dictadura teocrática-militar, en la que el Corán y la Espada vivan en un conveniente equilibrio (4). Hay algunas pistas que permiten abonar esta evolución. Mojtaba es un religioso de cualificación mediana. Aunque hace un tiempo se le consideró un relevo natural, en los últimos años había salido de las quinielas sucesorias. Desde sus primeras armas en la guerra de los ochenta contra Irak, se le vincula a los Guardianes de la Revolución, el brazo armado del régimen y su, ahora más que nunca, columna vertebral (5).

También es conocida la amistad y proximidad de Mojtaba con Alí Larijani, investido como una suerte de regente por Jamenei ante un eventual vacío de poder. Este Rasputín de la nueva dinastía lo ha sido casi todo en la república clerical: burócrata destacado, jefe negociador del proyecto nuclear y speaker del Parlamento y ahora  titular del puesto de Consejero de Seguridad, aparentemente gris pero poderoso (6).

Trump había dicho antes de conocerse la designación de Mojtaba que el nuevo líder de Irán tendría que contar con su consentimiento. Como en Venezuela. No parece que le hayan hecho mucho caso en Teherán. ¿Le llevará su ego a pedir a los israelíes que liquiden al hijo como hicieron con el padre? ¿O esperará a ver qué dirección toma el sucesor? Aunque los iranólogos consideren que el nuevo Guía Supremo pertenece al sector intransigente, las circunstancias pueden obligarlo a cambiar de rumbo (7). Los 88 clérigos de la Asamblea de Expertos que lo han elegido según las estipulaciones constitucionales (supuestamente, porque esa es otra niebla de la guerra), no parecen haber actuado con criterios de pureza ideológica, sino de pragmatismo impuesto por los acontecimientos.

3) LA PRESIÓN SOBRE LOS ARSENALES

Otro factor que refuerza la incertidumbre sobre la sostenibilidad de la campaña militar es la capacidad para producir armamento y munición en cantidad suficiente, sin vaciar los arsenales o privar de reservas otros posibles frentes bélicos emergentes o actuales.

Algunos militares han reflexionado sobre este dilema en los últimos días. Se teme que cierto tipo de sistemas armamentísticos empleados masivamente en la campaña, como interceptores de los misiles y drones iraníes (Shahed), se consuman antes de paralizar la reproducción de los arsenales enemigos (8). Irán nunca constituirá una amenaza insoportable para Israel o Estados Unidos, pero puede complicar sus planes o sembrar dudas en sus opiniones públicas sobre la conveniencia de continuar con la guerra.

No es sólo un problema productivo, sino económico. El Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, un think-tank muy relacionado con el establishment militar, estima que en las 100 primeras horas de guerra, el Pentágono se fundió material bélico por un valor de 3,7 mil millones de dólares. Al termino de la primera semana ya se había alcanzado la cifra de 6 mil millones (9). Y subiendo...

4) EL EFECTO SOBRE LOS VECINOS

Las monarquías petroleras del Golfo no querían esta guerra. O eso decían abierta o privadamente sus dirigentes, con declaraciones y con actos. En los últimos años se había producido una evolución significativa en las posiciones hacía la República iraní. De ser los principales instigadores de una campaña militar contundente que arruinara para siempre el programa nuclear enemigo, se pasó a una situación de coexistencia pacífica, bajo la mediación discreta e inteligente de China. Lo que provocó, dicho sea de paso, cierta alarma en Washington y un nerviosismo creciente en Israel.

El genocidio en Gaza interrumpió el acercamiento a Israel de las petromonarquías del Golfo y de otros reinos árabes. El debilitamiento del “eje de la resistencia” liderado por Irán, como consecuencia de la amplitud de las represalias israelíes tras el 7 de octubre de 2023, redujo el poder intimidatorio de los ayatollahs. A eso hay que añadir el cambio de perspectiva estratégica de los príncipes y emires del Golfo, más interesados en los negocios que en una estéril pugna geopolítica. A esta narrativa se apuntó Trump, que olió ganancias privadas en el cambio de rumbo.

Pero la nueva mayoría política en Israel, muy escorada hacia el fanatismo étnico y religioso, el expansionismo territorial y el oportunismo político ha ido forzando las cosas hasta volver a focalizar a la Casa Blanca sobre las ventajas de la liquidación del régimen en Teherán (10).

La guerra coloca a las monarquías del Golfo donde nunca han querido estar: en el ojo de los huracanes bélicos que han devastado Oriente Medio. Muy acostumbrados a contemplar la destrucción de sus vecinos y la sucesión de familias y regímenes, solían ofrecer sus oficios y carteras como apaciguamientos y soluciones interesadas. Ahora están sometidos a la venganza desesperada de su archienemigo regional al que creían haber embridado.

El Presidente iraní, una figura casi decorativa sometida al entramado religioso-militar, dijo hace unos días que interrumpirían sus ataques a los vecinos árabes si éstos dejaban de colaborar con la agresión sionista-americana. Pero portavoces de los Guardianes de la Revolución corrigieron, aclararon o matizaron las declaraciones del débil Jefe del Estado: bases, instalaciones e intereses norteamericanos en esos países continuarían siendo objetivos de los misiles y drones iraníes (11).

A Irán le interesa provocar una ruptura o por lo menos una escisión entre Estados Unidos y sus aliados árabes del Golfo. Y el mejor camino para hacerlo es interrumpir el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz, bloquear la economía regional, paralizar los ingresos por la exportación de gas y petróleo y dañar las infraestructuras energéticas de sus vecinos. ¿Hasta dónde podrá llegar esta República Islámica asediada, sin sufrir unas represalias que debiliten aún más sus exiguas capacidades de resistencia? Esa es otra de las nieblas de esta guerra.

5) EL PAPEL DE LAS OTRAS POTENCIAS

De todas las guerras recientes en Oriente Medio esta última, junto con la impulsada por los neocon en 2003, es la única privativa del eje norteamericano-israelí. Las  potencias medias, ya sean económicas, militares o territoriales, han participado en mayor o menor medida en otras operaciones bélicas anteriores, por convicción o por arrastre, en particular en la llamada “guerra contra el terror” (mediados de la década anterior), por la supuesta amenaza del extremismo islamista.

En esta ocasión, han asistido al despliegue bélico con incomodidad creciente, reforzada por la crispación que las políticas de Trump han venido provocando en el último año. A estas alturas, nadie cree poder influir en las decisiones del dirigente político más poderoso del planeta. De ahí que las reacciones parezcan ejercicios de impotencia más o menos disimuladas. O de prudencia.

China ha condenado esta guerra, pero en términos contenidos. El partenariado suscrito con Irán en 2016 no ha tenido efectos militares. Estamos a menos de un mes de una cumbre Trump-Xi y no parece que Pekín esté interesada en arruinarla de antemano. Los chinos son muy persistentes en la defensa de sus intereses y sus actuaciones están siempre orientadas a ese fin. Aunque China sea la principal perjudicada, puesto que casi la mitad del petróleo que consume procede del Golfo Pérsico, tiene reservas para seis meses; de modo que debe esperarse que actúe con cautela para acortar la crisis por medios diplomáticos.

Rusia está fuera de esta guerra, como de las anteriores en la región. Pero si en las últimas el daño reputacional fue escaso, ahora es diferente. El Kremlin ha jugado a estabilizar interesadamente el régimen iraní con un ambiguo apoyo militar que se ha quedado en apenas un suministro armamentístico de cierto nivel. No se han activado mecanismos de asistencia considerable. En consecuencia, Moscú ha dejado de ser un socio fiable para regímenes autoritarios sometidos a la hostilidad de EE.UU (12).

No obstante, Rusia puede verse curiosamente beneficiada por la guerra, al desviarse la atención internacional de su atascada campaña en Ucrania. Si se agravara la situación energética, podría seducir  a Trump para que pusiera sobre la mesa una propuesta de estabilización de los mercados, a cambio de una suavización de las sanciones internacionales. Por el momento, son meras especulaciones, pero podría ganar fuerza si la situación de inestabilidad se prolongara.

Europa es un caso aparte. La mayoría de las potencias ha esquivado las iras de Trump, cuando no le han seguido hipócritamente el juego. El nuevo e informal triunvirato de la política exterior europea (que excede a la UE por la presencia británica) ha ido bandeando la crisis como ha podido, alertando sobre los riesgos de una crisis económica perturbadora y una inestabilidad geoestrategia creciente. Cada cual ha actuado conforme a sus intereses propios y sus instintos de prestigio. Alemania, cuidándose mucho de no poner en riesgo su alianza con Washington. Francia, alardeando de poder militar, para no quedar reducida a actor de reparto, como ya hiciera en la primera y la segunda guerra del Golfo. Gran Bretaña, tratando de salvar su “relación especial” con Estados Unidos, sin comprometerse esta vez en operaciones militares que agravarían su situación financiera. El resto son comparsas.

La excepción española resulta muy significativa de la humillación a la que parece haberse resignado Europa. Todos los medios liberales occidentales (pero sobre todo europeos) han destacado estos días la oposición a la guerra del gobierno español y sus posibles motivaciones. Desde el genocidio de Gaza, España ha marcado claramente su posición en el tablero europeo. La resistencia de Pedro Sánchez a elevar el gasto militar según las exigencias del Presidente norteamericano en la última cumbre de la OTAN consumó la brecha entre Washington y Madrid. La guerra de Irán ha convertido la ruptura en hostilidad política y personal. En la izquierda no se detectaba un ánimo tan contrario a Estados Unidos desde los primeros años ochenta. Pero el tiempo no pasa en balde, las estructuras militares españolas están engarzadas con la OTAN y Estados Unidos y no hay voluntad política sería de profundizar en la crisis.

6) EL FANTASMA DE LA CRISIS ECONÓMICA

Es la niebla que ahora consume más páginas y minutos en los medios y energía en los dirigentes políticos y económicos. Los indicadores, como suele ocurrir en estas crisis bélicas, presentan figuras de dientes de sierra. Alzas espectaculares de precios del petróleo y retrocesos rápidos (de 90 $ a 120 $ el barril de crudo y a la inversa), sacudidas en el mercado del gas y nerviosismo en las cotizaciones bursátiles con altas y bajas en sólo unas horas, al ritmo de las declaraciones contradictorias de Trump (13). Las tensiones especulativas tampoco son ajenas a estas oscilaciones.

La guerra de Ucrania ya ofreció un ejemplo de las consecuencias económicas de una guerra en los tiempos actuales y las respuestas coordinadas de los estados y agentes. El G7 ha acelerado la liberación de reservas de crudo, entre otras medidas (14). En todo caso, la capacidad de los gobiernos y de los poderes reales en los resortes de amortiguación de este tipo de crisis son hoy mayores que hace medio siglo, cuando el mundo se enfrentó casi inerme a los shocks petroleros de 1973-74 y de 1979.

Hoy hay más actores energéticos que entonces. Y aunque Rusia parece haber salido de la ecuación de los suministros, es evidente que una prolongación del actual incendio en Oriente Medio le puede devolver al tablero del juego directo de intereses.

Trump, con su habitual palabrería, ha dicho que Estados Unidos se puede permitir un zarandeo como el de estos días. Quizás tenga más razón de lo que los mercados le reconocen. Después de todo, su Secretario del Tesoro es un miembro destacado de Wall Street y nada es más sensible el actual Presidente que a los intereses de la élite económica norteamericana.


NOTAS

(1) “A widening war in the Middle East”. SHASANSK JOSHI. THE ECONOMIST, 2 de marzo.

(2) “In War’s First Week, a Punishing Military Campaign With No Coherent Endgame”. THE NEW YORK TIMES, 7 de marzo; “Trump’s ever-changing rationale for war on Iran – how the story has shifted”. JOSEPH GEDEON. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(3) “The United States Is Still Addicted to War. Why every U.S. president ends up in a major military campaign”. STEPHEN M WALT. FOREIGN POLICY, 2 de marzo.

(4) “Iran’s Revolutionary Guards: The Spine of a Militarized State”. NEIL MCFARQHUAR. THE NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(5) “Who is Mojtaba Khamenei, Iran's new supreme leader?”. BBC, 8 de marzo.

(6) “Iran’s Wartime Leader Isn’t a Dealmaker. Ali Larijani has a pragmatic temperament—but a worldview shaped by the system he now leads”. ALÍ ALFONEH. FOREIGN POLICY, 6 de marzo.

(7) “Iran’s New Leader, Ayatollah Khamenei’s Son, Is a Mysterious Figure”. FARNAZ FASSIHI. THE NEW YORK TIMES, 8 de marzo.

(8) “The Drone Attrition Trap”. DAVID PETRAEUS. FOREIGN POLICY, 5 de marzo; “Shrinking weapon stockpiles and regime-change uncertainty: doubts shadow US-Israel war on Iran”. JOSÉ OLIVARES. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(9) “$3.7 Billion: Estimated Cost of Epic Fury’s First 100 Hours”. MARC CANCIAN & CHRIS PARK. CENTER FOR STRATEGIC INTERNATIONAL STUDIES, 5 de marzo.

(10) “The chaos of a failed state in Iran would be a perfectly acceptable outcome for Netanyahu”. ALUF BENN (Editor de HAARETZ). THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(11) “Offer from Iran’s president to not attack neighbours provokes internal backlash”. PATRICK WINTOUR. THE GUARDIAN, 7 de marzo.

(12) “Why Are China and Russia Not Rushing to Help Iran?”. ALEXANDER GABUEV & TEMUR UMAROV. CARNEGIE, 10 de marzo.

(13) “Oil markets are starting to take the Iran war seriously”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 9 de marzo; “The wild 24-hour rise and fall of oil prices”. WILL GOTTSEGEN. THE ATLANTIC, 9 de marzo;

(14) “Why has the Iran war sparked fears of stagflation for the global economy?” LUCA ITTIMANI. THE GUARDIAN, 9 de marzo

 

 


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