21 de marzo de 2011
Ocho años después, día por día, del ataque unilateral contra Iraq, las principales potencias occidentales, en esta ocasión con el apoyo inicial de la Liga Árabe, ha emprendido acciones armadas en otro país árabe. En esta ocasión, el consenso internacional es mucho más amplio, la operación tiene un objetivo preciso –proteger a la población civil que se ha levantado contra el denostado régimen de Gadaffi- y un alcance supuestamente limitado.
El resultado de las primeras acciones ha sido el esperado. Las defensas antiaéreas libias se consideran neutralizadas, se ha infringido un aviso disuasivo en Bengazi, que habría frenado la reconquista de la ciudad por las tropas gubernamentales e incluso se le ha mandado un mensaje personal al máximo dirigente libio, con la destrucción de uno de sus palacios. En definitiva, se ha cimentado con hechos la amenaza de un uso contundente de la fuerza. De momento, de manual.
Pero el paso emprendido este fin de semana no está exento de riesgos. Son los siguientes:
1) Si hay víctimas civiles abundantes, la operación puede convertirse en un arma de de doble filo, en un boomerang. Aunque Gadaffi asegure que los ataques de la OTAN han provocado muertes inocentes desde el primer momento y sus datos carezcan de credibilidad, no pasará mucho tiempo antes de que se verifique la existencia de víctimas civiles.
2) Que, como consecuencia de lo anterior, pero no sólo de lo anterior, algunos países árabes comiencen a girar en redondo sobre sus posiciones. De hecho, la Liga Árabe ya está diciendo que apoyó el establecimiento de una zona de exclusión aérea, para evitar que los aviones de Gadafi bombardearan a la población civil en su represión del levantamiento, pero no respaldó ataques aéreos generalizados contra instalaciones o maquinaria militar del líder libio.
3) Libia puede quedar dividida, con la oposición controlando el Este y Gadafi el resto del país, falta de control y peligro de caos. La tentación de dividir el país puede resultar nefasta. Si se confirma que se trabaja con esa hipótesis, aventuramos dos motivos: uno, que se pretende asegurar parte del abastecimiento del petróleo; dos, que se admite privadamente que no será fácil desalojar a Gadaffi del poder sin una intervención masiva y prolongada, opción que produce auténticas pesadillas en las capitales europeas y un rechazo frontal en Washington.
4) La falta de una autoridad clara en Libia puede ser explotada por sectores islámicos radicales, que deslegitimen tanto a Gadaffi, por su actitud represiva mantenida en los últimos años, como a la oposición, por su complicidad con Occidente y por haber permitido que se inmiscuya en los asuntos del país.
5) Si se produce un escenario represivo en otro país árabe, como ya empieza a apuntarse cada día con más claridad en Yemen, las potencias occidentales se podrían enfrentar al reproche del ‘doble rasero’. Si se actúa en Libia para proteger a la población civil, no será fácil argumentar que los yemeníes no tienen el mismo derecho a esa protección. Pero en Yemen, la caída del régimen no pasa por los cálculos de Estados Unidos, que dependen enormemente de la cooperación del Presidente Saleh para combatir el crecimiento de Al Qaeda en ese país como base de refugio, actuación y planificación, después de su repliegue en Afganistán. ¿Y qué decir si los episodios represivos se acentúan en los ‘países amigos’ como Bahrein o la propia Arabia? ¿Protegeremos también a sus poblaciones, si los dirigentes no se muestran razonables? Como la respuesta sería negativa, las operaciones militares en Libia quedarían en entredicho.
6) La oposición libia necesita clarificar cuanto antes su programa político, sus prioridades en este momento dramático del país. Es comprensible que las operaciones militares no les hayan dejado tiempo. Pero alguien tendrá que estar pensando, ahora precisamente, en esos asuntos. Si eso se demora, o siguen produciéndose cacofonías, surgirán una creciente incomodidad en Occidente.
7) Las divisiones en la administración Obama sobre la conveniencia de esta operación podrían agudizarse en los próximos días, si no se obtiene resultados contundentes de forma inmediata. El pasado sábado, THE NEW YORK TIMES describía muy claramente los distintos bandos, las valoraciones distintas y hasta opuestas, en relación a la operación militar en Libia. Finalmente, los defensores de los ‘principios’ (con la embajadora Rice y el senado Kerry a la cabeza) ganaron el corazón de Obama, frente al pragmatismo del Pentágono, que se ha resistido hasta el final. Parece que el cambio de tornas de Hillary Clinton, a favor de la línea dura, favoreció la decisión del Presidente. Pero Obama ha dejado claro que pondrá fin a la implicación norteamericana cuanto antes. Cuando quiera hacerlo, podría ocurrir que no fuera oportuno.
EL PODER DECLINANTE DE JAPÓN
17 de marzo de 2011
El terremoto, el tsunami y la alarma nuclear subsiguiente han sumido a Japón en un momento de incertidumbre de enormes dimensiones. El país otrora más poderoso de Asia vive la situación "más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial", ha afirmado su primer ministro, el voluntarioso pero endeble Naoto Kan. No exagera. Sin embargo, esta acumulación reciente de desgracias representa sólo la puntilla en un largo proceso de decadencia.
EL FINAL DE JAPON INC.
Hace veinte años, las perspectivas de Japón eran bien distintas. Los expertos económicos -o al menos los que se dedican a vaticinar- aseguraban que al iniciarse la segunda década del siglo XXI -es decir, el tiempo que vivimos-, Japón habría desbancado a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. Japón como otra forma de Imperio del Sol naciente. Lo que ha ocurrido, como se sabe, no ha sido precisamente eso. Al concluir la primera década del siglo, la economía japonesa pesaba lo mismo que cuando se hicieron aquellas optimistas predicciones. Con las actualizaciones de cambio correspondientes, el producto interior bruto se ha estancado en 5,7 billones de dólares. En cambio, el líder supuestamente destronado había duplicado el valor numérico de su poderío económico, hasta alcanzar los 14,7 billones de dólares (Datos de la OCDE). Japón no sólo no ha desbancado a Estados Unidos del primer puesto, sino que hace apenas nueve meses perdió la segunda posición, en beneficio de China, que es la potencia que amenaza ahora la hegemonía norteamericana. ¿Qué ha pasado en Japón para que se hayan defraudado esas expectativas tan brillantes?
JAPON=DEFLACION
Hay bastante consenso entre los economistas en el análisis sobre la concatenación de fenómenos que han conducido a esta situación. Incluso se habla abiertamente de 'modelo japonés ' como definitorio de una serie de políticas y comportamientos económicos.
Japón vivió una fiebre especulativa en los ochenta que generó, básicamente, dos tipos de burbujas, una bursátil y otra inmobiliaria, con amplias y nocivas consecuencias para el sector financiero -que ha estado varias veces al borde del colapso- y para toda la actividad económica en general. A comienzos de los noventa, poco después de las predicciones triunfalistas mencionadas, las burbujas reventaron. Los sucesivos gobiernos intentaron sostener la situación mediante respaldos de dinero público que generaron un crónico déficit público, el más alto del mundo (200% del PIB). Posteriores políticas de austeridad para corregir esta tendencia no resolvieron la depresión económica y se instaló en el país una deflación persistente, durante toda una generación, hasta el punto de que Japón se ha convertido en el exponente arquetípico de este comportamiento económico en los tiempos actuales.
La caída de los precios en términos reales ha sido de tal envergadura que, por citar el ejemplo del mercado inmobiliario, el más emblemático en la crisis del país, el valor medio de una propiedad es hoy la misma que en 1983. Si tomamos como referencia el mercado de valores, las empresas que cotizan en Bolsa valen hoy cuatro veces menos que en 1989.
PESIMISMO, REPLIEGUE, NUEVOS HÁBITOS SOCIALES
Las sucesivas manifestaciones de la crisis económica (financiera, bursátil, presupuestaria, económicas) ha provocado auténticos tsunamis sociales. Los expertos advierten un indiscutible cambio en el patrón de vida de Japón a lo largo de la presente generación, durante las últimas dos décadas. No ayudó mucho el desprestigio casi generalizado de una clase política atrapada en la corrupción, el clientelismo, la incompetencia.
El pesimismo ha condenado el consumismo japonés. El miedo a las consecuencias de la crisis ha provocado un repliegue en los hábitos aparentemente consolidados de la clase media japonesa de pedir créditos, adquirir bienes de consumo y servicios. El ciclo endeudarse y gastar es ya historia. Los japoneses ya no inundan aeropuertos y museos mundiales con sus pequeñas cámaras fotográficas. Ahora viajan mucho menos y son muchos menos los que viajan.
El presidente del Instituto de Investigación sobre Hábitos de Mercado y Consumo, Hisazaku Matsuda, decía en un reciente libro glosado por THE NEW YORK TIMES hace unos meses que los japoneses habían pasado de 'consumistas devoradores' a 'consumption-haters' (personas que odian consumir).
Pero no se ha reducido el gasto en consumo, en el ocio, en el disfrute, en lo que parece superfluo. En un sector de primera necesidad como la vivienda, la deflación ha tenido efectos devastadores, porque muchos propietarios que han querido sostener con la venta de su piso una mala situación económica o laboral se encuentran con que el valor del mismo es varias veces inferior a la hipoteca que aún no han terminado de pagar.
La crisis se ceba con especial crudeza en las nuevas generaciones. Los jóvenes se hacinan en las famosas 'microcasas', auténticas cajas de cerillas en el paisaje urbano. Las aspiraciones de un joven japonés de clase media, o media alta, de completar sus estudios en las universidades norteamericanas se han desvanecido por completo. Este ambiente de pesimismo ha incidido en el clima laboral. La tradicional laboriosidad japonesa se resquebraja. Los jóvenes que trabajan no pasan tantas horas en la oficina o en el taller. Conscientes de que los sueldos no les van a permitir un nivel de vida como el que han conocido en sus padres o abuelos, se sienten sin estímulos para el esfuerzo. Pocos se sienten animados a pedir créditos, a crear sus empresas, a asumir riesgos.
En el plano social, la depresión de las expectativas ha llevado a una crisis de la pareja y del universo emocional. Se ha incrementado aún más el índice de suicidios, que ya era notablemente alto antes de la crisis, en comparación con otras potencias industriales avanzadas. El cine o la literatura japonesa de estas dos últimas décadas ofrecen abundantes ejemplos de esta 'melancolía social' que amenaza con arruinar ese espíritu emprendedor que se percibía desde Occidente.
FORTALEZAS PARA RESISTIR.
Y, a pesar de todo lo anterior, Japón dispone aún de fortalezas importantes para remontar. Continua siendo una potencia industrial de primer orden y no ha perdido pie en la vanguardia tecnología. Dedica un 3,8% de PIN a investigación y desarrollo, una cifra que ya se querría en Europa.
Hace unos días, el corresponsal de LE MONDE en Tokio destacaba, como lo han hecho otros colegas, el ejemplo de civismo del japonés golpeado por las actuales catástrofes naturales. Atribuía Philippe Mesmer esta actitud a la educación: "desde la escuela -aseguraba- se transmite el valor del grupo, se aprende a hacer las cosas juntos". Afrontar en bloque la tragedia. Ese, efectivamente, ha sido un valor de la sociedad japonesa.
Pero la educación no es la única explicación. Contrariamente a China, el capitalismo nipón adoptó ciertas provisiones del capitalismo renano y se dotó de ciertos mecanismos de cohesión social, que amortiguó las diferencias sociales propias del sistema. El paro, pese a los tsunamis económicos y sociales no supera el 5%. La población tiene sus necesidades básicas y menos básicas bastante cubiertas. La población de elevada edad está bien cuidada. No hay tensiones sociales alarmantes, aunque la reducción del papel corrector del Estado pueden hacer aflorar problemas latentes. En todo caso, lo más inquietante es el estado de ánimo de los más jóvenes. El fracaso reiterado de la clase política, la frustración ante fórmulas 'renovadoras' como la representada por el actual primer ministro añaden pesimismo al escenario.
Las consecuencias de este último desastre están aún por evaluar con rigor. Pero seguramente contribuirán a debilitar las respuestas públicas y, por lo tanto, a ahondar la crisis social en el país. LE MONDE concluye su editorial dedicado a los efectos duraderos de la catástrofe con una frase elocuente: 'Japón vive un momento churchilliano'. Sangre, sudor y lágrimas...
El terremoto, el tsunami y la alarma nuclear subsiguiente han sumido a Japón en un momento de incertidumbre de enormes dimensiones. El país otrora más poderoso de Asia vive la situación "más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial", ha afirmado su primer ministro, el voluntarioso pero endeble Naoto Kan. No exagera. Sin embargo, esta acumulación reciente de desgracias representa sólo la puntilla en un largo proceso de decadencia.
EL FINAL DE JAPON INC.
Hace veinte años, las perspectivas de Japón eran bien distintas. Los expertos económicos -o al menos los que se dedican a vaticinar- aseguraban que al iniciarse la segunda década del siglo XXI -es decir, el tiempo que vivimos-, Japón habría desbancado a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. Japón como otra forma de Imperio del Sol naciente. Lo que ha ocurrido, como se sabe, no ha sido precisamente eso. Al concluir la primera década del siglo, la economía japonesa pesaba lo mismo que cuando se hicieron aquellas optimistas predicciones. Con las actualizaciones de cambio correspondientes, el producto interior bruto se ha estancado en 5,7 billones de dólares. En cambio, el líder supuestamente destronado había duplicado el valor numérico de su poderío económico, hasta alcanzar los 14,7 billones de dólares (Datos de la OCDE). Japón no sólo no ha desbancado a Estados Unidos del primer puesto, sino que hace apenas nueve meses perdió la segunda posición, en beneficio de China, que es la potencia que amenaza ahora la hegemonía norteamericana. ¿Qué ha pasado en Japón para que se hayan defraudado esas expectativas tan brillantes?
JAPON=DEFLACION
Hay bastante consenso entre los economistas en el análisis sobre la concatenación de fenómenos que han conducido a esta situación. Incluso se habla abiertamente de 'modelo japonés ' como definitorio de una serie de políticas y comportamientos económicos.
Japón vivió una fiebre especulativa en los ochenta que generó, básicamente, dos tipos de burbujas, una bursátil y otra inmobiliaria, con amplias y nocivas consecuencias para el sector financiero -que ha estado varias veces al borde del colapso- y para toda la actividad económica en general. A comienzos de los noventa, poco después de las predicciones triunfalistas mencionadas, las burbujas reventaron. Los sucesivos gobiernos intentaron sostener la situación mediante respaldos de dinero público que generaron un crónico déficit público, el más alto del mundo (200% del PIB). Posteriores políticas de austeridad para corregir esta tendencia no resolvieron la depresión económica y se instaló en el país una deflación persistente, durante toda una generación, hasta el punto de que Japón se ha convertido en el exponente arquetípico de este comportamiento económico en los tiempos actuales.
La caída de los precios en términos reales ha sido de tal envergadura que, por citar el ejemplo del mercado inmobiliario, el más emblemático en la crisis del país, el valor medio de una propiedad es hoy la misma que en 1983. Si tomamos como referencia el mercado de valores, las empresas que cotizan en Bolsa valen hoy cuatro veces menos que en 1989.
PESIMISMO, REPLIEGUE, NUEVOS HÁBITOS SOCIALES
Las sucesivas manifestaciones de la crisis económica (financiera, bursátil, presupuestaria, económicas) ha provocado auténticos tsunamis sociales. Los expertos advierten un indiscutible cambio en el patrón de vida de Japón a lo largo de la presente generación, durante las últimas dos décadas. No ayudó mucho el desprestigio casi generalizado de una clase política atrapada en la corrupción, el clientelismo, la incompetencia.
El pesimismo ha condenado el consumismo japonés. El miedo a las consecuencias de la crisis ha provocado un repliegue en los hábitos aparentemente consolidados de la clase media japonesa de pedir créditos, adquirir bienes de consumo y servicios. El ciclo endeudarse y gastar es ya historia. Los japoneses ya no inundan aeropuertos y museos mundiales con sus pequeñas cámaras fotográficas. Ahora viajan mucho menos y son muchos menos los que viajan.
El presidente del Instituto de Investigación sobre Hábitos de Mercado y Consumo, Hisazaku Matsuda, decía en un reciente libro glosado por THE NEW YORK TIMES hace unos meses que los japoneses habían pasado de 'consumistas devoradores' a 'consumption-haters' (personas que odian consumir).
Pero no se ha reducido el gasto en consumo, en el ocio, en el disfrute, en lo que parece superfluo. En un sector de primera necesidad como la vivienda, la deflación ha tenido efectos devastadores, porque muchos propietarios que han querido sostener con la venta de su piso una mala situación económica o laboral se encuentran con que el valor del mismo es varias veces inferior a la hipoteca que aún no han terminado de pagar.
La crisis se ceba con especial crudeza en las nuevas generaciones. Los jóvenes se hacinan en las famosas 'microcasas', auténticas cajas de cerillas en el paisaje urbano. Las aspiraciones de un joven japonés de clase media, o media alta, de completar sus estudios en las universidades norteamericanas se han desvanecido por completo. Este ambiente de pesimismo ha incidido en el clima laboral. La tradicional laboriosidad japonesa se resquebraja. Los jóvenes que trabajan no pasan tantas horas en la oficina o en el taller. Conscientes de que los sueldos no les van a permitir un nivel de vida como el que han conocido en sus padres o abuelos, se sienten sin estímulos para el esfuerzo. Pocos se sienten animados a pedir créditos, a crear sus empresas, a asumir riesgos.
En el plano social, la depresión de las expectativas ha llevado a una crisis de la pareja y del universo emocional. Se ha incrementado aún más el índice de suicidios, que ya era notablemente alto antes de la crisis, en comparación con otras potencias industriales avanzadas. El cine o la literatura japonesa de estas dos últimas décadas ofrecen abundantes ejemplos de esta 'melancolía social' que amenaza con arruinar ese espíritu emprendedor que se percibía desde Occidente.
FORTALEZAS PARA RESISTIR.
Y, a pesar de todo lo anterior, Japón dispone aún de fortalezas importantes para remontar. Continua siendo una potencia industrial de primer orden y no ha perdido pie en la vanguardia tecnología. Dedica un 3,8% de PIN a investigación y desarrollo, una cifra que ya se querría en Europa.
Hace unos días, el corresponsal de LE MONDE en Tokio destacaba, como lo han hecho otros colegas, el ejemplo de civismo del japonés golpeado por las actuales catástrofes naturales. Atribuía Philippe Mesmer esta actitud a la educación: "desde la escuela -aseguraba- se transmite el valor del grupo, se aprende a hacer las cosas juntos". Afrontar en bloque la tragedia. Ese, efectivamente, ha sido un valor de la sociedad japonesa.
Pero la educación no es la única explicación. Contrariamente a China, el capitalismo nipón adoptó ciertas provisiones del capitalismo renano y se dotó de ciertos mecanismos de cohesión social, que amortiguó las diferencias sociales propias del sistema. El paro, pese a los tsunamis económicos y sociales no supera el 5%. La población tiene sus necesidades básicas y menos básicas bastante cubiertas. La población de elevada edad está bien cuidada. No hay tensiones sociales alarmantes, aunque la reducción del papel corrector del Estado pueden hacer aflorar problemas latentes. En todo caso, lo más inquietante es el estado de ánimo de los más jóvenes. El fracaso reiterado de la clase política, la frustración ante fórmulas 'renovadoras' como la representada por el actual primer ministro añaden pesimismo al escenario.
Las consecuencias de este último desastre están aún por evaluar con rigor. Pero seguramente contribuirán a debilitar las respuestas públicas y, por lo tanto, a ahondar la crisis social en el país. LE MONDE concluye su editorial dedicado a los efectos duraderos de la catástrofe con una frase elocuente: 'Japón vive un momento churchilliano'. Sangre, sudor y lágrimas...
DEL 'YES, WE CAN' AL 'IF CAN...'
10 de marzo de 2011
Las potencias occidentales se encuentran atrapadas en su propia retórica acerca de cómo apoyar las revueltas populares árabes. Como ya se había apreciado desde aquí, Gadaffi ha proporcionado la oportunidad a Occidente de lavar la mala conciencia, olvidar años de errores y malas prácticas, de dobles raseros y discursos hipócritas, y apuntarse al bando de los "buenos", de los que reclaman democracia y libertades, justicia y vida digna.
En realidad, estamos ante una prolongación de la impostura. El debate sobre la conveniencia y las modalidades de una intervención militar se eterniza, en parte de forma justificada por la complejidad de las consideraciones legales, políticas y operacionales, pero también por las dudas sobre la rentabilidad de tal decisión.
UNA CALCULADA DEMORA
Una autorización de la ONU a la imposición de una zona de exclusión aérea para mantener a los aviones y helicópteros de Gadaffi en tierra es improbable, por no decir imposible, debido al veto previsible de China y Rusia en el Consejo de Seguridad. Un consenso entre los aliados de la OTAN para ejecutar la operación también parece enfrentarse a dudas y problemas que cuesta explicar a una opinión pública muy condicionada por el relato apasionado de la mayoría de los medios de comunicación, más ávidos del espectáculo de la novedad que comprometidos en la comprensión de los acontecimientos.
Así las cosas, el tiempo pasa, el régimen libio recompone sus fuerzas, aprovecha las vacilaciones occidentales y construye un discurso con opciones alternativas. Por el contrario, el bando rebelde empieza a dar muestras inequívocas de falta de recursos, de precaria preparación militar, de discrepancias políticas, de debilidad orgánica, de incapacidad para aparcar contradicciones. Y en esas, también se demora en apostar por una estrategia estable y coherente.
La dilación en la resolución de la crisis libia no es casual ni constituye una novedad en el tratamiento de este tipo de conflictos. Por el contrario, hay una metodología que, pese a la impresión externa de confusión y prolijidad, responde a la preservación de los intereses.
Occidente querría que cayera Gadaffi, pero no a cualquier precio. Occidente querría que los rebeldes se impusieran, pero no sin saber antes, y con garantías, qué piensan hacer con el país. Occidente querría que pase lo que pase, nuestros intereses queden preservados. En Libia, esos intereses son: abastecimiento garantizado del petróleo libio, freno al flujo de emigrantes con destino a las playas europeas, mantenimiento de la unidad del país por cuestiones pragmáticas y blindaje contra cualquier aprovechamiento por parte de Al Qaeda -o de otros elementos extremistas islámicos, o de fuerzas progresistas menos dóciles- de un eventual debilitamiento del nuevo poder ejecutivo.
QUE RESULTE LO QUE CONVENGA
Ése será el principio regidor de la decisión político-diplomática que se adopte en relación con una intervención militar: que nos convenga lo que resulte. Pero hay otro aspecto esencial a considerar: el precio a pagar para dar cumplimiento a lo anterior.
La administración norteamericana es perfectamente consciente de que tendrá que ser el principal contribuyente en este esfuerzo, por mucho que algunos aliados quieran salir en la foto de la resolución de la crisis, aportando elementos de fuerza de cierta -pero limitada- significación.
Quizás los que estos días han hablado más claro -en ocasiones, hasta demasiado públicamente- han sido los mandos militares del Pentágono. El entusiasmo de algunos medios y dirigentes políticos en favor del apoyo militar a los rebeldes ha sido contestado con cierta arrogancia profesional y comentarios despectivos apenas disimulados del tipo de 'establecer una zona de exclusión aérea no es un ejercicio de video-juego'. Naturalmente, el sentido de estos comentarios y de otros más fundamentados o razonados no ha sido ridiculizar a los políticos o a los propagandistas selectivos de la causa democrática árabe, sino ajustarse a lo esencial: ¿para qué intervenir? En un análisis reciente sobre este debate, David Sanger, el titular del NEW YORK TIMES para asuntos de seguridad internacional, escribe:
"La institución militar norteamericana mantiene en privado una actitud escéptica ante gestos humanitarios que suponen riesgo para la vida de nuestras tropas en función de una causa coyuntural, mientras el interés nacional es sólo muy tenue".
Dicho de forma menos alambicada: que no merece la pena el esfuerzo. Sustituyan 'gestos humanitarios' por 'exigencias propagandísticas o de imagen' y compondremos un encuadramiento más real del debate en marcha.
Por estas razones, no debemos descartar que la demora en la decisión responda a la estrategia de forzar una rendición honorable de Gadaffi sin que sea necesario poner a volar los 'aviones preventivos' de la OTAN. LE MONDE da cuenta de escaramuzas diplomáticas para forzar la 'retirada pactada' del líder libio, que naturalmente han sido desautorizadas de forma contundente en Tripoli. La propia oposición -o sectores de ella- se apuntarían a esta salida, aunque los más vehementes mantengan el discurso de 'no negociar con el dictador'.
'OBAMLET'
Obama duda, ergo tarda. Se lo reprochan propios y ajenos, partidarios y adversarios. Los mismos republicanos que le censuraron que dejara caer a Mubarak, le achuchan ahora con insistencia para que empuje violentamente a Gadaffi fuera de la escena internacional. Que lo mande al infierno con Saddam, si es preciso. Los suyos, incluso los que hasta ahora más en la ayuda en la tarea exterior, como el senador Kerry, también le piden más coraje, más energía, por motivaciones y con un discurso distinto. Pero no le ofrece soluciones decisivas.
Para el presidente norteamericano, no vale con hacer lo que resulta más popular. Lo que hoy puede ser aplaudido, podría resultar una pesada hipoteca mañana. Algunas facciones de los propios rebeldes libios se oponen categóricamente a la intervención extranjera (occidental), aunque con una mano rechacen y con la otra demanden.
Obama sabe, por instinto, que intervenir militarmente en un país musulmán, después de todo lo ocurrido, resulta muy arriesgado. El ruido y la atención preferente a la situación libia ha dejado en segundo plano dos hechos recientes muy molestos para Washington: la enésima masacre de civiles en Afganistán por errores de cálculo o de ejecución de las armas ciegas norteamericanas y la renovación de las 'comisiones militares' (tribunales fantasma) de Guantánamo.
En Afganistán, los militares exigen manos libres y gestión fría de los 'accidentes'. Acabar el trabajo sin miramientos. El ejército norteamericano ha causado más víctimas civiles desarmadas en las áridas estepas afganas que Gadaffi estos días en sus levantiscas ciudades. Las invocaciones a tribunales internacionales para enjuiciar, castigar y reparar crímenes de guerra deberían ser más sólidas y coherentes.
En Guantánamo, Obama ha abolido formalmente la tortura, ha introducido más garantías judiciales y legales y ahora ha prometido revisar periódicamente las condiciones legales de los presos. Pero, en lo fundamental, ha asumido la 'doctrina Bush'. Con una insana complacencia se lo restregaban destacados republicanos esta semana. Con cierto pesar, lo admitían los portavoces de las principales organizaciones cívicas de derechos humanos, que confiaban en obtener resultados más alentadores del Presidente, aunque reconocen que la clase política ha hecho todo lo posible para impedírselo.
Al negarse a que los detenidos de Guantánamo sean juzgados en los tribunales civiles de sus estados, la mayoría de los congresistas, incluidos numerosos demócratas, prefieren taparse la nariz, y seguir avalando una práctica judicial monstruosa, injusta e incluso ineficaz, con tal de que la opinión pública perciba que no se flojea con el terrorismo islamista.
En ambos escenarios de la cacareada 'lucha contra el terror', Obama está vendido, ciertamente, pero tampoco da muestras de la 'rebeldía' que vendió como candidato. Del 'Yes, We can' hemos pasado al 'If we can'. Del 'Sí, podemos' al 'si podemos...'
Las potencias occidentales se encuentran atrapadas en su propia retórica acerca de cómo apoyar las revueltas populares árabes. Como ya se había apreciado desde aquí, Gadaffi ha proporcionado la oportunidad a Occidente de lavar la mala conciencia, olvidar años de errores y malas prácticas, de dobles raseros y discursos hipócritas, y apuntarse al bando de los "buenos", de los que reclaman democracia y libertades, justicia y vida digna.
En realidad, estamos ante una prolongación de la impostura. El debate sobre la conveniencia y las modalidades de una intervención militar se eterniza, en parte de forma justificada por la complejidad de las consideraciones legales, políticas y operacionales, pero también por las dudas sobre la rentabilidad de tal decisión.
UNA CALCULADA DEMORA
Una autorización de la ONU a la imposición de una zona de exclusión aérea para mantener a los aviones y helicópteros de Gadaffi en tierra es improbable, por no decir imposible, debido al veto previsible de China y Rusia en el Consejo de Seguridad. Un consenso entre los aliados de la OTAN para ejecutar la operación también parece enfrentarse a dudas y problemas que cuesta explicar a una opinión pública muy condicionada por el relato apasionado de la mayoría de los medios de comunicación, más ávidos del espectáculo de la novedad que comprometidos en la comprensión de los acontecimientos.
Así las cosas, el tiempo pasa, el régimen libio recompone sus fuerzas, aprovecha las vacilaciones occidentales y construye un discurso con opciones alternativas. Por el contrario, el bando rebelde empieza a dar muestras inequívocas de falta de recursos, de precaria preparación militar, de discrepancias políticas, de debilidad orgánica, de incapacidad para aparcar contradicciones. Y en esas, también se demora en apostar por una estrategia estable y coherente.
La dilación en la resolución de la crisis libia no es casual ni constituye una novedad en el tratamiento de este tipo de conflictos. Por el contrario, hay una metodología que, pese a la impresión externa de confusión y prolijidad, responde a la preservación de los intereses.
Occidente querría que cayera Gadaffi, pero no a cualquier precio. Occidente querría que los rebeldes se impusieran, pero no sin saber antes, y con garantías, qué piensan hacer con el país. Occidente querría que pase lo que pase, nuestros intereses queden preservados. En Libia, esos intereses son: abastecimiento garantizado del petróleo libio, freno al flujo de emigrantes con destino a las playas europeas, mantenimiento de la unidad del país por cuestiones pragmáticas y blindaje contra cualquier aprovechamiento por parte de Al Qaeda -o de otros elementos extremistas islámicos, o de fuerzas progresistas menos dóciles- de un eventual debilitamiento del nuevo poder ejecutivo.
QUE RESULTE LO QUE CONVENGA
Ése será el principio regidor de la decisión político-diplomática que se adopte en relación con una intervención militar: que nos convenga lo que resulte. Pero hay otro aspecto esencial a considerar: el precio a pagar para dar cumplimiento a lo anterior.
La administración norteamericana es perfectamente consciente de que tendrá que ser el principal contribuyente en este esfuerzo, por mucho que algunos aliados quieran salir en la foto de la resolución de la crisis, aportando elementos de fuerza de cierta -pero limitada- significación.
Quizás los que estos días han hablado más claro -en ocasiones, hasta demasiado públicamente- han sido los mandos militares del Pentágono. El entusiasmo de algunos medios y dirigentes políticos en favor del apoyo militar a los rebeldes ha sido contestado con cierta arrogancia profesional y comentarios despectivos apenas disimulados del tipo de 'establecer una zona de exclusión aérea no es un ejercicio de video-juego'. Naturalmente, el sentido de estos comentarios y de otros más fundamentados o razonados no ha sido ridiculizar a los políticos o a los propagandistas selectivos de la causa democrática árabe, sino ajustarse a lo esencial: ¿para qué intervenir? En un análisis reciente sobre este debate, David Sanger, el titular del NEW YORK TIMES para asuntos de seguridad internacional, escribe:
"La institución militar norteamericana mantiene en privado una actitud escéptica ante gestos humanitarios que suponen riesgo para la vida de nuestras tropas en función de una causa coyuntural, mientras el interés nacional es sólo muy tenue".
Dicho de forma menos alambicada: que no merece la pena el esfuerzo. Sustituyan 'gestos humanitarios' por 'exigencias propagandísticas o de imagen' y compondremos un encuadramiento más real del debate en marcha.
Por estas razones, no debemos descartar que la demora en la decisión responda a la estrategia de forzar una rendición honorable de Gadaffi sin que sea necesario poner a volar los 'aviones preventivos' de la OTAN. LE MONDE da cuenta de escaramuzas diplomáticas para forzar la 'retirada pactada' del líder libio, que naturalmente han sido desautorizadas de forma contundente en Tripoli. La propia oposición -o sectores de ella- se apuntarían a esta salida, aunque los más vehementes mantengan el discurso de 'no negociar con el dictador'.
'OBAMLET'
Obama duda, ergo tarda. Se lo reprochan propios y ajenos, partidarios y adversarios. Los mismos republicanos que le censuraron que dejara caer a Mubarak, le achuchan ahora con insistencia para que empuje violentamente a Gadaffi fuera de la escena internacional. Que lo mande al infierno con Saddam, si es preciso. Los suyos, incluso los que hasta ahora más en la ayuda en la tarea exterior, como el senador Kerry, también le piden más coraje, más energía, por motivaciones y con un discurso distinto. Pero no le ofrece soluciones decisivas.
Para el presidente norteamericano, no vale con hacer lo que resulta más popular. Lo que hoy puede ser aplaudido, podría resultar una pesada hipoteca mañana. Algunas facciones de los propios rebeldes libios se oponen categóricamente a la intervención extranjera (occidental), aunque con una mano rechacen y con la otra demanden.
Obama sabe, por instinto, que intervenir militarmente en un país musulmán, después de todo lo ocurrido, resulta muy arriesgado. El ruido y la atención preferente a la situación libia ha dejado en segundo plano dos hechos recientes muy molestos para Washington: la enésima masacre de civiles en Afganistán por errores de cálculo o de ejecución de las armas ciegas norteamericanas y la renovación de las 'comisiones militares' (tribunales fantasma) de Guantánamo.
En Afganistán, los militares exigen manos libres y gestión fría de los 'accidentes'. Acabar el trabajo sin miramientos. El ejército norteamericano ha causado más víctimas civiles desarmadas en las áridas estepas afganas que Gadaffi estos días en sus levantiscas ciudades. Las invocaciones a tribunales internacionales para enjuiciar, castigar y reparar crímenes de guerra deberían ser más sólidas y coherentes.
En Guantánamo, Obama ha abolido formalmente la tortura, ha introducido más garantías judiciales y legales y ahora ha prometido revisar periódicamente las condiciones legales de los presos. Pero, en lo fundamental, ha asumido la 'doctrina Bush'. Con una insana complacencia se lo restregaban destacados republicanos esta semana. Con cierto pesar, lo admitían los portavoces de las principales organizaciones cívicas de derechos humanos, que confiaban en obtener resultados más alentadores del Presidente, aunque reconocen que la clase política ha hecho todo lo posible para impedírselo.
Al negarse a que los detenidos de Guantánamo sean juzgados en los tribunales civiles de sus estados, la mayoría de los congresistas, incluidos numerosos demócratas, prefieren taparse la nariz, y seguir avalando una práctica judicial monstruosa, injusta e incluso ineficaz, con tal de que la opinión pública perciba que no se flojea con el terrorismo islamista.
En ambos escenarios de la cacareada 'lucha contra el terror', Obama está vendido, ciertamente, pero tampoco da muestras de la 'rebeldía' que vendió como candidato. Del 'Yes, We can' hemos pasado al 'If we can'. Del 'Sí, podemos' al 'si podemos...'
DEL BLOQUEO EN LIBIA A LAS SEÑALES EN YEMEN
3 de Marzo de 2011
La crisis libia se prolonga y deja en suspenso el proceso de revueltas en el resto del mundo árabe. El debate de estos últimos días sobre las opciones militares para detener la represión del levantamiento contra Gadaffi ha puesto de manifiesto los límites de una interferencia externa en los acontecimientos. Entretanto, se reactivan otras alarmas.
En Libia, la opción más comentada estos días, el llamado 'embargo de los cielos', la 'no fly zone', al estilo de lo decidido en Irak o en Bosnia. Para algunos se trataría de una intervención indirecta. En realidad, no. Impedir que los aviones de Gadaffi bombardeen posiciones rebeldes implicaría medidas militares directas. Como advertía el jefe militar del Pentágono para Oriente Medio, el general Mattis, al fin y al cabo, tal operación exigiría neutralizar las defensas antiaéreas libias y tal objetivo no se podría lograr si adoptar actuaciones ofensivas plenas. Inevitable escalada.
LA INTERVENCION MILITAR ES INDESEABLE...
En resumen, éstas serían las razones que hacen improbable una operación militar abierta en favor de los insurgentes contra Gadaffi.
1) No hay consenso de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. China se niega sistemáticamente a la injerencia militar en asuntos de otros países, y menos por cuestiones relacionadas con violaciones de derechos humanos, ya que estaría sentando un precedente para avalar otras intervenciones peligrosas. Tampoco Rusia suele avenirse a estas prácticas, por razones similares, aunque se muestra más cooperativa en la búsqueda de alternativas que conduzcan a soluciones parecidas. Si la autorización de la ONU, tal operación, tenga la apariencia que tenga, sería ilegal. O, para decirlo de forma más imprecisa, unilateral. En esta ocasión, no hay estómago para eso.
2) División de percepciones en la Alianza Atlántica. Los europeos se muestran muy reticentes o claramente contrarios (Turquía, por ejemplo; también Francia), tanto por razones políticas como por consideraciones prácticas. Aunque la situación actual es potencialmente peligrosa (recuperación de Gadaffi, riesgo de guerra civil prolongada), una intervención militar directa aceleraría, a corto plazo, la huida masiva de población y desencadenaría una auténtica crisis humanitaria. Los actuales problemas en las fronteras de Egipto y Túnez se ampliarían a las salidas marítimas.
3) Escaso entusiasmo de los propios libios opuestos a Gadaffi. Estos días, el debate sobre la conveniencia de la ayuda militar exterior ha sido intenso entre los sublevados. Las consideraciones morales se han cruzado con los cálculos políticos. Parecen ser mayoría los que rechazan la intervención extranjera, conscientes de que podría convertirse en un arma propagandística inesperada en manos de Gadaffi. Ya ha empezado a reavivar el fantasma del viejo colonialismo europeo, al que sacó tanto partido en sus apaños con Berlusconi. Pero si la resistencia del régimen se prolonga, si la sangre sigue corriendo y los muertos aumentando, ese celo de independencia podría debilitarse.
4) Dudas sobre la orientación de los sublevados y la viabilidad de una alternativa política en Libia. Más allá de las difusas simpatías que puedan despertar los sectores que han decidido librarse del Coronel Gadaffi, se ignora profundamente quienes podrían controlan el movimiento revolucionario, o a quien puede beneficiar la caída de la dictadura. La debilidad de la oposición tradicional es conocida. Y entre los sublevados da la impresión de que la voz cantante la llevan personajes que hasta hace dos días formaban parte de la nomenclatura del régimen, en el gobierno, en las fuerzas armadas o en el entramado paralelo de poder que la familia Gadaffi ha venido construyendo desde hace décadas. En otras palabras, no sabemos quiénes son 'los nuestros'.
5) Establecimiento de un precedente ante otros posibles casos, si continúan prendiendo las revueltas y algún otro gobernante decide morir matando, como Gadaffi. Sólo que el próximo podría no ser tan antipático, ni su derribo tan propicio para los intereses occidentales. Aunque los discursos se modifican con cierta facilidad y el cinismo dispone de un amplio arsenal para decir una cosa y la contraria, la situación no sería cómoda.
... ENTONCES NO LA LLAMEMOS INTERVENCION MILITAR
Descartada una intervención abierta, es decir, tomar partido claramente por los rebeldes, debilitando, neutralizando o incluso aniquilando las capacidades armadas de Gadaffi y precipitando su caída, se barajan otras opciones más sutiles.
- No es descabellado suponer que los sublevados han recibido ya algún tipo de asistencia militar, particularmente de inteligencia, de información. Si no de instrucción o de asistencia práctica. De ser así, cabe pensar que irá en aumento.
- Por lo demás, el actual despliegue naval es una forma de intervención. No sólo por su papel disuasorio evidente y por su aliento explícito a que continúe la defección de militares y otros exponentes de fuerza. También porque, como asegura Philippe Leymarie en LE MONDE DIPLOMATIQUE, "constituye de hecho un cordón de seguridad que desalienta una fuga en masa de libios por mar o de emigrantes africanos hacia Europa".
YEMEN, EN BASTIDORES
El próximo escenario de crisis podría estar preparándose en el extremo meridional de la península arábiga. Estos últimos días se han sucedido acontecimientos interesantes en Yemen. Poderosos dirigentes tribales han retirado pública y ruidosamente su apoyo al presidente Saleh. Él ha respondido con el palo y la zanahoria: ofertando un gobierno de unidad nacional y cesando a los gobernadores de las provincias díscolas. Una fórmula poco imaginativa, seguramente, pero probablemente la única a su alcance, a estas alturas.
La prensa occidental, especialmente la norteamericana, se ha dedicado a analizar el delicado equilibrio tribal y la capacidad de maniobra del jefe de un Estado tan frágil como el yemení. Parece que a Saleh le salva la desconfianza que despierta en algunas de esas poderosas tribus otras opciones de poder alternativas a la actual. No sólo están unas tribus con otras, sino que en el seno de las más poderosas se advierten tendencias distintas y hasta opuestas. De ahí que los distintos análisis consultados estos días (en el WASHINGTON POST, en el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR, en el WALL STREET JOURNAL, en LOS ANGELES TIMES) sugieran escenarios muy resbaladizos.
El otro acontecimiento que ha generado importante inquietud en Washington ha sido la aparición pública del influyente clérigo Abdul Majid al-Zindani expresando públicamente su oposición al presidente. Al Zindani fue mentor de Osama Bin Laden y aunque no parece con capacidad suficiente para liderar un movimiento sedicioso, algunos observadores estiman que si las distintas facciones tribales no alcanzaran un consenso y se produjera algo parecido a un vacío de poder, su figura podría crecer.
El presidente Saleh es consciente de que gran parte de sus opciones para hacer valer su agenda en la crisis depende de la habilidad con que juegue esta carta de la amenaza islámica, del peligro de una toma del poder por los socios o agentes del Al Qaeda. De ahí que Saleh haya aireado estos días la injerencia norteamericana e israelí en las revueltas árabes con un oportunismo sonrojante. Naturalmente, ha omitido reconocer que él es precisamente uno de los principales cómplices de la intervención norteamericana en la zona. Sin el apoyo directo -y masivo- de Washington, protegiendo sus espaldas y lubrificando las lealtades que lo sostienen, probablemente ya habría compartido el destino de Ben Alí y de Mubarak.
En el resto de puntos calientes, parece haber un compás de espera para ver lo que ocurre en Libia y si hay cambio de doctrina en Occidente. Después de todos, estas revoluciones también constituyen, y muy especialmente, un espectáculo televisivo, una especie de culebrón... Todos atentos a la pantalla.
La crisis libia se prolonga y deja en suspenso el proceso de revueltas en el resto del mundo árabe. El debate de estos últimos días sobre las opciones militares para detener la represión del levantamiento contra Gadaffi ha puesto de manifiesto los límites de una interferencia externa en los acontecimientos. Entretanto, se reactivan otras alarmas.
En Libia, la opción más comentada estos días, el llamado 'embargo de los cielos', la 'no fly zone', al estilo de lo decidido en Irak o en Bosnia. Para algunos se trataría de una intervención indirecta. En realidad, no. Impedir que los aviones de Gadaffi bombardeen posiciones rebeldes implicaría medidas militares directas. Como advertía el jefe militar del Pentágono para Oriente Medio, el general Mattis, al fin y al cabo, tal operación exigiría neutralizar las defensas antiaéreas libias y tal objetivo no se podría lograr si adoptar actuaciones ofensivas plenas. Inevitable escalada.
LA INTERVENCION MILITAR ES INDESEABLE...
En resumen, éstas serían las razones que hacen improbable una operación militar abierta en favor de los insurgentes contra Gadaffi.
1) No hay consenso de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. China se niega sistemáticamente a la injerencia militar en asuntos de otros países, y menos por cuestiones relacionadas con violaciones de derechos humanos, ya que estaría sentando un precedente para avalar otras intervenciones peligrosas. Tampoco Rusia suele avenirse a estas prácticas, por razones similares, aunque se muestra más cooperativa en la búsqueda de alternativas que conduzcan a soluciones parecidas. Si la autorización de la ONU, tal operación, tenga la apariencia que tenga, sería ilegal. O, para decirlo de forma más imprecisa, unilateral. En esta ocasión, no hay estómago para eso.
2) División de percepciones en la Alianza Atlántica. Los europeos se muestran muy reticentes o claramente contrarios (Turquía, por ejemplo; también Francia), tanto por razones políticas como por consideraciones prácticas. Aunque la situación actual es potencialmente peligrosa (recuperación de Gadaffi, riesgo de guerra civil prolongada), una intervención militar directa aceleraría, a corto plazo, la huida masiva de población y desencadenaría una auténtica crisis humanitaria. Los actuales problemas en las fronteras de Egipto y Túnez se ampliarían a las salidas marítimas.
3) Escaso entusiasmo de los propios libios opuestos a Gadaffi. Estos días, el debate sobre la conveniencia de la ayuda militar exterior ha sido intenso entre los sublevados. Las consideraciones morales se han cruzado con los cálculos políticos. Parecen ser mayoría los que rechazan la intervención extranjera, conscientes de que podría convertirse en un arma propagandística inesperada en manos de Gadaffi. Ya ha empezado a reavivar el fantasma del viejo colonialismo europeo, al que sacó tanto partido en sus apaños con Berlusconi. Pero si la resistencia del régimen se prolonga, si la sangre sigue corriendo y los muertos aumentando, ese celo de independencia podría debilitarse.
4) Dudas sobre la orientación de los sublevados y la viabilidad de una alternativa política en Libia. Más allá de las difusas simpatías que puedan despertar los sectores que han decidido librarse del Coronel Gadaffi, se ignora profundamente quienes podrían controlan el movimiento revolucionario, o a quien puede beneficiar la caída de la dictadura. La debilidad de la oposición tradicional es conocida. Y entre los sublevados da la impresión de que la voz cantante la llevan personajes que hasta hace dos días formaban parte de la nomenclatura del régimen, en el gobierno, en las fuerzas armadas o en el entramado paralelo de poder que la familia Gadaffi ha venido construyendo desde hace décadas. En otras palabras, no sabemos quiénes son 'los nuestros'.
5) Establecimiento de un precedente ante otros posibles casos, si continúan prendiendo las revueltas y algún otro gobernante decide morir matando, como Gadaffi. Sólo que el próximo podría no ser tan antipático, ni su derribo tan propicio para los intereses occidentales. Aunque los discursos se modifican con cierta facilidad y el cinismo dispone de un amplio arsenal para decir una cosa y la contraria, la situación no sería cómoda.
... ENTONCES NO LA LLAMEMOS INTERVENCION MILITAR
Descartada una intervención abierta, es decir, tomar partido claramente por los rebeldes, debilitando, neutralizando o incluso aniquilando las capacidades armadas de Gadaffi y precipitando su caída, se barajan otras opciones más sutiles.
- No es descabellado suponer que los sublevados han recibido ya algún tipo de asistencia militar, particularmente de inteligencia, de información. Si no de instrucción o de asistencia práctica. De ser así, cabe pensar que irá en aumento.
- Por lo demás, el actual despliegue naval es una forma de intervención. No sólo por su papel disuasorio evidente y por su aliento explícito a que continúe la defección de militares y otros exponentes de fuerza. También porque, como asegura Philippe Leymarie en LE MONDE DIPLOMATIQUE, "constituye de hecho un cordón de seguridad que desalienta una fuga en masa de libios por mar o de emigrantes africanos hacia Europa".
YEMEN, EN BASTIDORES
El próximo escenario de crisis podría estar preparándose en el extremo meridional de la península arábiga. Estos últimos días se han sucedido acontecimientos interesantes en Yemen. Poderosos dirigentes tribales han retirado pública y ruidosamente su apoyo al presidente Saleh. Él ha respondido con el palo y la zanahoria: ofertando un gobierno de unidad nacional y cesando a los gobernadores de las provincias díscolas. Una fórmula poco imaginativa, seguramente, pero probablemente la única a su alcance, a estas alturas.
La prensa occidental, especialmente la norteamericana, se ha dedicado a analizar el delicado equilibrio tribal y la capacidad de maniobra del jefe de un Estado tan frágil como el yemení. Parece que a Saleh le salva la desconfianza que despierta en algunas de esas poderosas tribus otras opciones de poder alternativas a la actual. No sólo están unas tribus con otras, sino que en el seno de las más poderosas se advierten tendencias distintas y hasta opuestas. De ahí que los distintos análisis consultados estos días (en el WASHINGTON POST, en el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR, en el WALL STREET JOURNAL, en LOS ANGELES TIMES) sugieran escenarios muy resbaladizos.
El otro acontecimiento que ha generado importante inquietud en Washington ha sido la aparición pública del influyente clérigo Abdul Majid al-Zindani expresando públicamente su oposición al presidente. Al Zindani fue mentor de Osama Bin Laden y aunque no parece con capacidad suficiente para liderar un movimiento sedicioso, algunos observadores estiman que si las distintas facciones tribales no alcanzaran un consenso y se produjera algo parecido a un vacío de poder, su figura podría crecer.
El presidente Saleh es consciente de que gran parte de sus opciones para hacer valer su agenda en la crisis depende de la habilidad con que juegue esta carta de la amenaza islámica, del peligro de una toma del poder por los socios o agentes del Al Qaeda. De ahí que Saleh haya aireado estos días la injerencia norteamericana e israelí en las revueltas árabes con un oportunismo sonrojante. Naturalmente, ha omitido reconocer que él es precisamente uno de los principales cómplices de la intervención norteamericana en la zona. Sin el apoyo directo -y masivo- de Washington, protegiendo sus espaldas y lubrificando las lealtades que lo sostienen, probablemente ya habría compartido el destino de Ben Alí y de Mubarak.
En el resto de puntos calientes, parece haber un compás de espera para ver lo que ocurre en Libia y si hay cambio de doctrina en Occidente. Después de todos, estas revoluciones también constituyen, y muy especialmente, un espectáculo televisivo, una especie de culebrón... Todos atentos a la pantalla.
EL PATÉTICO FINAL DE GADDAFI
24 de Febrero de 2011
La contrarrevolución árabe necesitaba un estandarte. ¿Y quien mejor que el coronel Gaddafi para jugar ese papel? Mesiánico -aunque venido a menos- , incendiario reducido a fuegos artificiales, aislado más que nunca, convertido en caricatura de sí mismo, lastrado por la humillación que supuso el cierre del caso Lockerbie... Del 'perro rabioso' estigmatizado por Reagan en 1986 apenas queda un eco vacío. Después de amortizar, uno tras otro, todos sus delirios revolucionarios, el ‘coronel’ ha rendido no pocos ‘servicios’ a Occidente durante los últimos años: en la lucha contra el terrorismo de Al Qaeda, en el control de la inmigración africana, en las garantías concedidas a las compañías extranjeras.
Ahora, con todo su tinglado en amenaza de extinción, el converso Gaddafi habría querido venderle a Occidente su ‘último servicio’: frenar el proceso revolucionario en el mundo árabe. Como están las cosas, tal objetivo sólo podría lograrse mediante una escalada represiva. Para hacer retroceder a los suyos y para prevenir levantamientos populares en otros países donde la tensión es creciente.
Por lo que se conoce, la matanza está en marcha. El panorama que pintan los 'informadores ciudadanos' (valga la expresión) es dantesco. Una carnicería. Salvando errores y exageraciones -que suele haberlos, como hemos aprendido en décadas de profesión-, la represión está siendo desproporcionada, inaceptable y seguramente criminal. Sin ambages.
Hasta ahora nadie se había atrevido a ejecutar una respuesta represiva de este calibre, sin contemplaciones. En parte, por presiones de Estados Unidos y sus aliados. Aunque, se diga lo que se quiera en público, los poderes occidentales (gobiernos, empresas...) están inquietos por el proceso y no han sabido o no han podido canalizarlo.
LA ‘UTILIDAD’ DE LA REPRESION
Para Estados Unidos hubiera sido una tragedia no haber contenido el reflejo represivo de las autoridades de Bahréin el pasado fin de semana. A Washington no le hubiera cabido otro remedio que replantearse ciertas políticas en el Golfo. Todo el discurso oficial hacia las reaccionarias monarquías petroleras se hubiera cuarteado mucho más que en Egipto.
El NEW YORK TIMES asegura que los saudíes no se fiaban de la 'lealtad' de los Estados Unidos y habían decidido proporcionar apoyo militar al gobierno de Al-Jalifa, si resultara necesario. Esta opción habría incomodado mucho a la Casa Blanca, no tanto al Pentágono.
Arabia Saudí había levantado la voz sin disimulo, advirtiendo a Estados Unidos que el cortafuegos de la península arábiga es innegociable. Para los jeques de la familia Saud, la pesadilla es que los chiíes triunfantes en Bahréin pudieran encender ínfulas contestatarias en los chiíes que pueblan las provincias petroleras orientales. Ignoramos hasta donde ha llegado la preocupación, pero han corrido rumores de que las autoridades religiosas chiíes han sido llamadas a capítulo para mantener a sus fieles a raya. En todo caso, este riesgo de contagio del malestar de los chiíes de Bahréin a sus correligionarios del oriente saudí había servido de alarma útil para aplacar el entusiasmo de las simpatías revolucionarias, más propagandísticas que reales en las cancillerías occidentales.
Por lo tanto, si alguien iba a decidirse a apretar con entusiasmo el gatillo, lo más conveniente es que no fuera 'uno de los nuestros'. A falta de los ayatollahs iraníes, más astutos, Gaddafi era el villano adecuado. Su pretendido ‘heroísmo revolucionario’ ('resistir hasta la última bala', 'morir por la revolución', 'sacrificio hasta el final’) resulta ahora patético. ¿Y qué decir de su hijo predilecto, Saif Al Islam? Con su pose entre paternalista y matona, su traje de corte occidental y sus argumentos de sociología tribal, con sus palabras blandas para trasladar amenazas duras, el reputado sucesor ha hecho trizas su pedigrí 'reformista'.
Si fracasa en esta estrategia de huida hacia adelante, como parece que está ocurriendo, Gadaffi será hombre muerto. Si prevalece, no tardará en ser un cadáver. Las tribus, que han soportado su excentricidad porque era rentable, se aprestarán a buscar otra fórmula para mantener el equilibrio en el país.
La cuestión es si, pase lo que pase en Libia, este ‘sacrificio’ de Gaddafi puede haber servido como medicina preventiva. Está por ver si la revolución queda confinada a Túnez y Egipto (y aún en estos dos casos restan muchas dudas por despejar). En el resto de países leales, Occidente se conformaría con ajustes políticos y sociales cosméticos, retóricos, pequeñas concesiones a la oposición, mucho de democracia electrónica y poco de justicia social. Sería un cierre que haría respirar a más de uno. Los autócratas, con o sin corona, volverían a dormir tranquilos.
DAÑOS COLATERALES
En todo caso, la deriva libia y está comportando otras consecuencias inmediatas. La más inmediata, si la represión no remite, es el riesgo de una afluencia masiva de ciudadanos libios aterrados a los puertos italianos, sobre todo. La obsequiosa amabilidad de Berlusconi con el 'compañero dirigente' libio en los primeros momentos de la crisis se explica en parte por esta razón. Pero no únicamente. IL GIORNALE, uno de los periódicos de Il Cavalieri, comentaba contrito que tanto si cae como si triunfa, será muy incómodo seguir cultivando esa amistad, y añade: 'los contratos millonarios de las empresas italianas estarán en peligro'. Más claro, agua.
La otra gran preocupación es el petróleo. Si se prolonga mucho la crisis libia, el precio seguirá aumentando. Lo que constituye una amenaza suplementaria sobre las dificultades de la recuperación económica y la salida de la crisis. Otra razón para que Gaddafi creyera que la represión del levantamiento podría ser secretamente contemplada con alivio en Occidente.
UNA REFLEXION PRESTADA
Finalmente, quisiera traer aquí una reflexiones sobre las 'revoluciones árabes', realizadas en el diario CLARIN por el sociólogo aléman Ulrich Beck, tan querido en estas páginas. Bajo la divisa de que 'en política también puede haber milagros', Beck recupera el mensaje de Hanna Arendt acerca del milagro de la acción política: 'la posibilidad irreductible, presente siempre y en todo lugar, de poder empezar de nuevo'.
Beck establece unos paralelismos entre las revoluciones de 1989 en Europa central y oriental. A saber: el carácter pacífico de los levantamientos, la ruina económica y moral de los países, la privación de oportunidades, el anhelo de una vida digna, entre otras semejanzas, que compartimos. Pero lo más interesante de su análisis es la diferencia que establece entre ambos procesos revolucionarios. La caída del muro se celebró y se festejó en todo el mundo. En cambio, las revueltas árabes han provocado sentimientos contradictorios. "Se puede entender el levantamiento árabe también como una protesta paradójica en nombre de valores occidentales contra el dominio todavía vigente de Occidente", afirma con mucha razón Beck.
Las revueltas árabes han desmentido la exageración del terrorismo islamista o del virus del extremismo religioso como antídotos contra la apertura y la democratización. Los tiranos lo han empleado con obscenidad con el consentimiento, la complicidad y el respaldo militar de Occidente.
La contrarrevolución árabe necesitaba un estandarte. ¿Y quien mejor que el coronel Gaddafi para jugar ese papel? Mesiánico -aunque venido a menos- , incendiario reducido a fuegos artificiales, aislado más que nunca, convertido en caricatura de sí mismo, lastrado por la humillación que supuso el cierre del caso Lockerbie... Del 'perro rabioso' estigmatizado por Reagan en 1986 apenas queda un eco vacío. Después de amortizar, uno tras otro, todos sus delirios revolucionarios, el ‘coronel’ ha rendido no pocos ‘servicios’ a Occidente durante los últimos años: en la lucha contra el terrorismo de Al Qaeda, en el control de la inmigración africana, en las garantías concedidas a las compañías extranjeras.
Ahora, con todo su tinglado en amenaza de extinción, el converso Gaddafi habría querido venderle a Occidente su ‘último servicio’: frenar el proceso revolucionario en el mundo árabe. Como están las cosas, tal objetivo sólo podría lograrse mediante una escalada represiva. Para hacer retroceder a los suyos y para prevenir levantamientos populares en otros países donde la tensión es creciente.
Por lo que se conoce, la matanza está en marcha. El panorama que pintan los 'informadores ciudadanos' (valga la expresión) es dantesco. Una carnicería. Salvando errores y exageraciones -que suele haberlos, como hemos aprendido en décadas de profesión-, la represión está siendo desproporcionada, inaceptable y seguramente criminal. Sin ambages.
Hasta ahora nadie se había atrevido a ejecutar una respuesta represiva de este calibre, sin contemplaciones. En parte, por presiones de Estados Unidos y sus aliados. Aunque, se diga lo que se quiera en público, los poderes occidentales (gobiernos, empresas...) están inquietos por el proceso y no han sabido o no han podido canalizarlo.
LA ‘UTILIDAD’ DE LA REPRESION
Para Estados Unidos hubiera sido una tragedia no haber contenido el reflejo represivo de las autoridades de Bahréin el pasado fin de semana. A Washington no le hubiera cabido otro remedio que replantearse ciertas políticas en el Golfo. Todo el discurso oficial hacia las reaccionarias monarquías petroleras se hubiera cuarteado mucho más que en Egipto.
El NEW YORK TIMES asegura que los saudíes no se fiaban de la 'lealtad' de los Estados Unidos y habían decidido proporcionar apoyo militar al gobierno de Al-Jalifa, si resultara necesario. Esta opción habría incomodado mucho a la Casa Blanca, no tanto al Pentágono.
Arabia Saudí había levantado la voz sin disimulo, advirtiendo a Estados Unidos que el cortafuegos de la península arábiga es innegociable. Para los jeques de la familia Saud, la pesadilla es que los chiíes triunfantes en Bahréin pudieran encender ínfulas contestatarias en los chiíes que pueblan las provincias petroleras orientales. Ignoramos hasta donde ha llegado la preocupación, pero han corrido rumores de que las autoridades religiosas chiíes han sido llamadas a capítulo para mantener a sus fieles a raya. En todo caso, este riesgo de contagio del malestar de los chiíes de Bahréin a sus correligionarios del oriente saudí había servido de alarma útil para aplacar el entusiasmo de las simpatías revolucionarias, más propagandísticas que reales en las cancillerías occidentales.
Por lo tanto, si alguien iba a decidirse a apretar con entusiasmo el gatillo, lo más conveniente es que no fuera 'uno de los nuestros'. A falta de los ayatollahs iraníes, más astutos, Gaddafi era el villano adecuado. Su pretendido ‘heroísmo revolucionario’ ('resistir hasta la última bala', 'morir por la revolución', 'sacrificio hasta el final’) resulta ahora patético. ¿Y qué decir de su hijo predilecto, Saif Al Islam? Con su pose entre paternalista y matona, su traje de corte occidental y sus argumentos de sociología tribal, con sus palabras blandas para trasladar amenazas duras, el reputado sucesor ha hecho trizas su pedigrí 'reformista'.
Si fracasa en esta estrategia de huida hacia adelante, como parece que está ocurriendo, Gadaffi será hombre muerto. Si prevalece, no tardará en ser un cadáver. Las tribus, que han soportado su excentricidad porque era rentable, se aprestarán a buscar otra fórmula para mantener el equilibrio en el país.
La cuestión es si, pase lo que pase en Libia, este ‘sacrificio’ de Gaddafi puede haber servido como medicina preventiva. Está por ver si la revolución queda confinada a Túnez y Egipto (y aún en estos dos casos restan muchas dudas por despejar). En el resto de países leales, Occidente se conformaría con ajustes políticos y sociales cosméticos, retóricos, pequeñas concesiones a la oposición, mucho de democracia electrónica y poco de justicia social. Sería un cierre que haría respirar a más de uno. Los autócratas, con o sin corona, volverían a dormir tranquilos.
DAÑOS COLATERALES
En todo caso, la deriva libia y está comportando otras consecuencias inmediatas. La más inmediata, si la represión no remite, es el riesgo de una afluencia masiva de ciudadanos libios aterrados a los puertos italianos, sobre todo. La obsequiosa amabilidad de Berlusconi con el 'compañero dirigente' libio en los primeros momentos de la crisis se explica en parte por esta razón. Pero no únicamente. IL GIORNALE, uno de los periódicos de Il Cavalieri, comentaba contrito que tanto si cae como si triunfa, será muy incómodo seguir cultivando esa amistad, y añade: 'los contratos millonarios de las empresas italianas estarán en peligro'. Más claro, agua.
La otra gran preocupación es el petróleo. Si se prolonga mucho la crisis libia, el precio seguirá aumentando. Lo que constituye una amenaza suplementaria sobre las dificultades de la recuperación económica y la salida de la crisis. Otra razón para que Gaddafi creyera que la represión del levantamiento podría ser secretamente contemplada con alivio en Occidente.
UNA REFLEXION PRESTADA
Finalmente, quisiera traer aquí una reflexiones sobre las 'revoluciones árabes', realizadas en el diario CLARIN por el sociólogo aléman Ulrich Beck, tan querido en estas páginas. Bajo la divisa de que 'en política también puede haber milagros', Beck recupera el mensaje de Hanna Arendt acerca del milagro de la acción política: 'la posibilidad irreductible, presente siempre y en todo lugar, de poder empezar de nuevo'.
Beck establece unos paralelismos entre las revoluciones de 1989 en Europa central y oriental. A saber: el carácter pacífico de los levantamientos, la ruina económica y moral de los países, la privación de oportunidades, el anhelo de una vida digna, entre otras semejanzas, que compartimos. Pero lo más interesante de su análisis es la diferencia que establece entre ambos procesos revolucionarios. La caída del muro se celebró y se festejó en todo el mundo. En cambio, las revueltas árabes han provocado sentimientos contradictorios. "Se puede entender el levantamiento árabe también como una protesta paradójica en nombre de valores occidentales contra el dominio todavía vigente de Occidente", afirma con mucha razón Beck.
Las revueltas árabes han desmentido la exageración del terrorismo islamista o del virus del extremismo religioso como antídotos contra la apertura y la democratización. Los tiranos lo han empleado con obscenidad con el consentimiento, la complicidad y el respaldo militar de Occidente.
LA CRECIDA DEMOCRÁTICA
17 de febrero de 2011
Egipto, don del Nilo, proclamó Herodoto. Las crecidas del río daban vida al país, porque regaban sus campos y alimentaban a sus gentes. En el arranque del siglo XXI, ha sido otra crecida, ésta política, de carácter democrático, la que puede convertirse en semilla promisoria de un futuro distinto y mejor para Egipto. Y para todos sus vecinos.
CON LA GUARDIA EN ALTO
Es muy posible que tengan razón los que aconsejan prudencia ante la evolución de los acontecimientos en Egipto, después de la aceleración histórica provocada por la crecida democrática de las últimas tres semanas. Tranquiliza, no obstante, que los propios líderes del movimiento juvenil que ha jubilado precipitadamente al raïs aseguren que mantienen de momento la confianza en la cúpula militar.
La situación es paradójica, cuando menos. Es verdad que el régimen sigue intacto, y que, salvo algunos policías expedientados y ciertos ex-ministros bajo la lupa, sólo Mubarak ha pagado los platos rotos. Es verdad que, nominalmente, en la cabeza del Estado se encuentra el militar más significado de la etapa anterior, el ministro de Defensa Tantawi, a quien los propios dirigentes de la revuelta motejaban como "el perrito faldero de Mubarak". Es verdad que las promesas de una democracia plena y sin trampas han conseguido por fin disolver las manifestaciones populares, después de dos semanas de seducción militar fallida.
Pero no es menos cierto que los primeros pasos prácticos resultan alentadores. El panel de juristas que prepara una nueva Constitución presenta una composición plural y hasta inesperada, con la presencia al frente de un destacado crítico del presidente depuesto, de un prestigioso jurista abiertamente identificado con los Hermanos Musulmanes y de otro cristiano de credo copto, la principal minoría del país. O que los pronunciamientos públicos de la cúspide castrense parecen negar cualquier eventualidad de permanencia en el poder más allá de lo que lleve organizar la consagración de una democracia abierta y pluralista. Incluso se ha autorizado la recogida de fondos para asistir a familias de los caídos durante las protestas. Y muchos detalles más que hacen mostrar un semblante de confianza a los 'jóvenes egipcios' que se han ganado la admiración mundial.
Y con eso y todo, en la medida en que nadie se convierte a la democracia de la noche a la mañana, los que se resistían a dejar la Plaza de Tahrir o los que no bajan la guardia merecen respeto y atención.
PERFIL DE UNA REVOLUCIÓN
En espera de que se despejen todas esas dudas, lo más interesante de estos días han sido los análisis y disecciones de las fuerzas revolucionarias. Con escasas discrepancias, éste sería el retrato robot del primer agente revolucionario en el mundo árabe desde mitad del siglo pasado:
- persona joven, en su treintena, como edad dominante;
- hombre o mujer, sin distinción significativa de género;
- liderazgo competente, preparado, reflexivo y flexible.
- mensaje laico, moderno, abierto y tolerante, que no ha excluido a la juventud de los Hermanos Musulmanes, en gran parte porque en ningún momento los islamistas han intentado pescar en río revuelto
- conocedores de los recursos comunicativos electrónicos (al menos a nivel de usuario, y más avanzado entre los líderes)
- inspiración en el propio movimiento tunecino, con viajes significativos en momentos cruciales de la apuesta revolucionaria.
- influencia de asociaciones democráticas horizontales y partidarias de la no violencia, poco conocidas en Occidente, como la serbia Otpor (que resultó decisivo en la caída de Milosevic), y el pensador norteamericano Gene Sharp, a quien de momento nadie cuelga sospechosas vinculaciones.
- madurez inesperada de una oposición acostumbrada a la humillación y el ninguneo, que ha sabido dejar el control del movimiento a sus verdaderos inspiradores y no apuntarse de forma oportunista un falso protagonismo.
PARTE PROVISIONAL DEL CONTAGIO
A medida que pasan los días, brotan los focos de tensión, se amplían y extienden las protestas y el virus contestatario gana pie en otros países islámicos: Argelia, Libia, Yemen, Irán, Irak (¡Irak!), Jordania, Marruecos, Bahrein... No hay tiempo para detenerse en todos. Los dos últimos han sorprendido a algunos, por cuando se consideraba que los tronos concitan un respeto reverencial que no infunden las repúblicas. ¿Será otra falsa creencia, como las que han quedado ridiculizadas a orillas del Nilo? A la hora de escribir esta crónica, Bahrein se perfila como el escenario más caliente. Tropas en las calles, contestación abierta, dinamismo bloguero, fuerte sensación de marginación de la mayoría chií (80% de la población) frente a un gobierno poco querido, el de la familia Jalifa, no por ser sunní, sino por su estilo autoritario y nepótico.
Con especial interés aguardamos los acontecimientos en Marruecos. La manifestación prevista para el domingo puede sacar a nuestro vecino de la falsa sensación de estabilidad en la que se agazapaba desde el comienzo de las protestas en la inmensa plaza pública árabe de este invierno.
Irán es un caso ciertamente aparte. Se trata del único país en el que los occidentales han alentado expresamente a los opositores que pretenden acabar con el régimen gobernante. Ni siquiera le acompaña Libia en esta categoría, después de que Gadaffi entrara ya hace años por el aro y perdiera hasta el mínimo eco contestatario de la hegemonía occidental. Importante e inoportuno ejercicio de hipocresía occidental: por muy despreciables que resulten los dirigentes de la República islámica, resulta obsceno el descaro con que se acude a la doble vara de medir.
DOBLE RASERO OCCIDENTAL
Estados Unidos ha hecho el mayor gasto hasta el momento en la gestión de la crisis, aunque su capacidad de influencia haya resultado limitada, como subrayan los atónitos analistas norteamericanos. Estos días se han ido conociendo con más detalle las contradicciones, dobles lenguajes y raseros, mensajes equívocos y fricciones en el interior de la administración Obama.
La preocupación de Obama ante la posibilidad cierta de ser colocado en el 'lado equivocado de la historia' por las poblaciones árabes desconcertó a muchos de sus más cercanos colaboradores, que tiraron del manual de los intereses y escondieron el de los valores. Quizás porque él mismo resultó por momentos preso de la ansiedad ante un cambio demasiado rápido. Al final, tuvo que convencer a algunos de sus irritados aliados, que le aconsejaban mantener la 'cabeza fría' y no llevar demasiado lejos la aplicación práctica de su famoso discurso pronunciado precisamente en El Cairo durante su primera gira por Oriente Medio.
Más allá del desconcierto, el papel de Occidente en este proceso abierto y de resultado aún incierto merece una profunda reflexión, aunque no hay que hacerse demasiadas ilusiones. No deja de resultar grotesco que, mientras las poblaciones árabes parecen decididas a levantarse contra sistemas de gobierno autoritarios, ineficaces, insensibles y caducos, una de las democracias con más carga de historia, la italiana, arrastre lo que arrastra. El caso Berlusconi resulta casi un guiño de la Historia, una coincidencia asombrosa y un signo del empobrecimiento democrático en Occidente.
Egipto, don del Nilo, proclamó Herodoto. Las crecidas del río daban vida al país, porque regaban sus campos y alimentaban a sus gentes. En el arranque del siglo XXI, ha sido otra crecida, ésta política, de carácter democrático, la que puede convertirse en semilla promisoria de un futuro distinto y mejor para Egipto. Y para todos sus vecinos.
CON LA GUARDIA EN ALTO
Es muy posible que tengan razón los que aconsejan prudencia ante la evolución de los acontecimientos en Egipto, después de la aceleración histórica provocada por la crecida democrática de las últimas tres semanas. Tranquiliza, no obstante, que los propios líderes del movimiento juvenil que ha jubilado precipitadamente al raïs aseguren que mantienen de momento la confianza en la cúpula militar.
La situación es paradójica, cuando menos. Es verdad que el régimen sigue intacto, y que, salvo algunos policías expedientados y ciertos ex-ministros bajo la lupa, sólo Mubarak ha pagado los platos rotos. Es verdad que, nominalmente, en la cabeza del Estado se encuentra el militar más significado de la etapa anterior, el ministro de Defensa Tantawi, a quien los propios dirigentes de la revuelta motejaban como "el perrito faldero de Mubarak". Es verdad que las promesas de una democracia plena y sin trampas han conseguido por fin disolver las manifestaciones populares, después de dos semanas de seducción militar fallida.
Pero no es menos cierto que los primeros pasos prácticos resultan alentadores. El panel de juristas que prepara una nueva Constitución presenta una composición plural y hasta inesperada, con la presencia al frente de un destacado crítico del presidente depuesto, de un prestigioso jurista abiertamente identificado con los Hermanos Musulmanes y de otro cristiano de credo copto, la principal minoría del país. O que los pronunciamientos públicos de la cúspide castrense parecen negar cualquier eventualidad de permanencia en el poder más allá de lo que lleve organizar la consagración de una democracia abierta y pluralista. Incluso se ha autorizado la recogida de fondos para asistir a familias de los caídos durante las protestas. Y muchos detalles más que hacen mostrar un semblante de confianza a los 'jóvenes egipcios' que se han ganado la admiración mundial.
Y con eso y todo, en la medida en que nadie se convierte a la democracia de la noche a la mañana, los que se resistían a dejar la Plaza de Tahrir o los que no bajan la guardia merecen respeto y atención.
PERFIL DE UNA REVOLUCIÓN
En espera de que se despejen todas esas dudas, lo más interesante de estos días han sido los análisis y disecciones de las fuerzas revolucionarias. Con escasas discrepancias, éste sería el retrato robot del primer agente revolucionario en el mundo árabe desde mitad del siglo pasado:
- persona joven, en su treintena, como edad dominante;
- hombre o mujer, sin distinción significativa de género;
- liderazgo competente, preparado, reflexivo y flexible.
- mensaje laico, moderno, abierto y tolerante, que no ha excluido a la juventud de los Hermanos Musulmanes, en gran parte porque en ningún momento los islamistas han intentado pescar en río revuelto
- conocedores de los recursos comunicativos electrónicos (al menos a nivel de usuario, y más avanzado entre los líderes)
- inspiración en el propio movimiento tunecino, con viajes significativos en momentos cruciales de la apuesta revolucionaria.
- influencia de asociaciones democráticas horizontales y partidarias de la no violencia, poco conocidas en Occidente, como la serbia Otpor (que resultó decisivo en la caída de Milosevic), y el pensador norteamericano Gene Sharp, a quien de momento nadie cuelga sospechosas vinculaciones.
- madurez inesperada de una oposición acostumbrada a la humillación y el ninguneo, que ha sabido dejar el control del movimiento a sus verdaderos inspiradores y no apuntarse de forma oportunista un falso protagonismo.
PARTE PROVISIONAL DEL CONTAGIO
A medida que pasan los días, brotan los focos de tensión, se amplían y extienden las protestas y el virus contestatario gana pie en otros países islámicos: Argelia, Libia, Yemen, Irán, Irak (¡Irak!), Jordania, Marruecos, Bahrein... No hay tiempo para detenerse en todos. Los dos últimos han sorprendido a algunos, por cuando se consideraba que los tronos concitan un respeto reverencial que no infunden las repúblicas. ¿Será otra falsa creencia, como las que han quedado ridiculizadas a orillas del Nilo? A la hora de escribir esta crónica, Bahrein se perfila como el escenario más caliente. Tropas en las calles, contestación abierta, dinamismo bloguero, fuerte sensación de marginación de la mayoría chií (80% de la población) frente a un gobierno poco querido, el de la familia Jalifa, no por ser sunní, sino por su estilo autoritario y nepótico.
Con especial interés aguardamos los acontecimientos en Marruecos. La manifestación prevista para el domingo puede sacar a nuestro vecino de la falsa sensación de estabilidad en la que se agazapaba desde el comienzo de las protestas en la inmensa plaza pública árabe de este invierno.
Irán es un caso ciertamente aparte. Se trata del único país en el que los occidentales han alentado expresamente a los opositores que pretenden acabar con el régimen gobernante. Ni siquiera le acompaña Libia en esta categoría, después de que Gadaffi entrara ya hace años por el aro y perdiera hasta el mínimo eco contestatario de la hegemonía occidental. Importante e inoportuno ejercicio de hipocresía occidental: por muy despreciables que resulten los dirigentes de la República islámica, resulta obsceno el descaro con que se acude a la doble vara de medir.
DOBLE RASERO OCCIDENTAL
Estados Unidos ha hecho el mayor gasto hasta el momento en la gestión de la crisis, aunque su capacidad de influencia haya resultado limitada, como subrayan los atónitos analistas norteamericanos. Estos días se han ido conociendo con más detalle las contradicciones, dobles lenguajes y raseros, mensajes equívocos y fricciones en el interior de la administración Obama.
La preocupación de Obama ante la posibilidad cierta de ser colocado en el 'lado equivocado de la historia' por las poblaciones árabes desconcertó a muchos de sus más cercanos colaboradores, que tiraron del manual de los intereses y escondieron el de los valores. Quizás porque él mismo resultó por momentos preso de la ansiedad ante un cambio demasiado rápido. Al final, tuvo que convencer a algunos de sus irritados aliados, que le aconsejaban mantener la 'cabeza fría' y no llevar demasiado lejos la aplicación práctica de su famoso discurso pronunciado precisamente en El Cairo durante su primera gira por Oriente Medio.
Más allá del desconcierto, el papel de Occidente en este proceso abierto y de resultado aún incierto merece una profunda reflexión, aunque no hay que hacerse demasiadas ilusiones. No deja de resultar grotesco que, mientras las poblaciones árabes parecen decididas a levantarse contra sistemas de gobierno autoritarios, ineficaces, insensibles y caducos, una de las democracias con más carga de historia, la italiana, arrastre lo que arrastra. El caso Berlusconi resulta casi un guiño de la Historia, una coincidencia asombrosa y un signo del empobrecimiento democrático en Occidente.
UN GRAN DÍA PARA EGIPTO
11 de febrero de 2011
… Y para todos los pueblos árabes. Nadie habría aventurado hace apenas unas semanas que el moderno faraón pudiera ser abatido del pedestal blindado por décadas de autoritarismo, abuso de poder, miedo, embrutecimiento y complicidad exterior.
Mubarak no se ha ido. Lo han echado centenares de miles de personas, la mayoría jóvenes, que ha convertido su condición de esperanza potencial en auténtica realidad ilusionante de un futuro mejor para el país.
A media tarde del viernes no sabemos todos los detalles que han terminando doblegando la resistencia del raïs, cuyo último testimonio fue el decepcionante discurso de la noche del jueves.
Es más que probable que haya sido finalmente el Ejército el que le ha señalado la puerta de salida a un presidente que se había escondido y atrincherado en el Palacio de Heliópolis. En todo caso, es la institución militar la que toma el mando. Se trata de la mejor opción posible, siempre y cuando los militares interpreten correctamente y sin trampas la voluntad popular.
El actual Jefe de las Fuerzas Armadas, General Sami Hafez Enam, es un hombre de sesenta años que ha tenido una formación distinta a la de Mubarak, Suleiman y Tantawi (Ministro de Defensa), pertenecientes a una generación anterior. Pero se sabe muy poco de las deliberaciones que han celebrado estos días los altos mandos castrenses. Es significativo que se haya reunido el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ya que sólo lo había hecho anteriormente en 1967 y 1973, durante las dos guerras contra Israel.
El portavoz de la oposición con mejor predicamento en Occidente y entre la juventud laica egipcia, Mohamed ElBaradei, había solicitado ese esfuerzo patriótico a las Fuerzas Armadas. Reconociendo su importancia en la estabilización de una ‘transición ordenada’ (pero también inequívoca) hacia una verdadera democracia pluralista que garantice una mayor justicia social, ElBaradei propone que un militar forme parte de un Consejo Presidencial provisional junto a otros dos miembros por determinar. La hoja de ruta de la revolución propuesta por la oposición es sensata y de libro: disolución del Parlamento, abolición de la Constitución y redacción de un nueva bajo la que se celebren elecciones en el plazo de un año.
Queda por aclarar si se legalizarán todos los partidos, incluidos los más radicales o los islamistas, Aparte de otros muchos detalles que se irán dilucidando en los próximos días….
De momento, este viernes este día ocupa ya un lugar destacado en el calendario moderno de Egipto.
Por cierto, y como curiosidad, un día como hoy, hace 32 años (en 1979), triunfaba otra revolución en el mundo islámico. Los seguidores de Jomeini forzaban el final de la dictadura del Sha. Sólo una casualidad, por supuesto, ya que ni el momento, ni el contexto, ni el propósito de ambos acontecimientos históricos pueden o deben ser comparados.
… Y para todos los pueblos árabes. Nadie habría aventurado hace apenas unas semanas que el moderno faraón pudiera ser abatido del pedestal blindado por décadas de autoritarismo, abuso de poder, miedo, embrutecimiento y complicidad exterior.
Mubarak no se ha ido. Lo han echado centenares de miles de personas, la mayoría jóvenes, que ha convertido su condición de esperanza potencial en auténtica realidad ilusionante de un futuro mejor para el país.
A media tarde del viernes no sabemos todos los detalles que han terminando doblegando la resistencia del raïs, cuyo último testimonio fue el decepcionante discurso de la noche del jueves.
Es más que probable que haya sido finalmente el Ejército el que le ha señalado la puerta de salida a un presidente que se había escondido y atrincherado en el Palacio de Heliópolis. En todo caso, es la institución militar la que toma el mando. Se trata de la mejor opción posible, siempre y cuando los militares interpreten correctamente y sin trampas la voluntad popular.
El actual Jefe de las Fuerzas Armadas, General Sami Hafez Enam, es un hombre de sesenta años que ha tenido una formación distinta a la de Mubarak, Suleiman y Tantawi (Ministro de Defensa), pertenecientes a una generación anterior. Pero se sabe muy poco de las deliberaciones que han celebrado estos días los altos mandos castrenses. Es significativo que se haya reunido el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ya que sólo lo había hecho anteriormente en 1967 y 1973, durante las dos guerras contra Israel.
El portavoz de la oposición con mejor predicamento en Occidente y entre la juventud laica egipcia, Mohamed ElBaradei, había solicitado ese esfuerzo patriótico a las Fuerzas Armadas. Reconociendo su importancia en la estabilización de una ‘transición ordenada’ (pero también inequívoca) hacia una verdadera democracia pluralista que garantice una mayor justicia social, ElBaradei propone que un militar forme parte de un Consejo Presidencial provisional junto a otros dos miembros por determinar. La hoja de ruta de la revolución propuesta por la oposición es sensata y de libro: disolución del Parlamento, abolición de la Constitución y redacción de un nueva bajo la que se celebren elecciones en el plazo de un año.
Queda por aclarar si se legalizarán todos los partidos, incluidos los más radicales o los islamistas, Aparte de otros muchos detalles que se irán dilucidando en los próximos días….
De momento, este viernes este día ocupa ya un lugar destacado en el calendario moderno de Egipto.
Por cierto, y como curiosidad, un día como hoy, hace 32 años (en 1979), triunfaba otra revolución en el mundo islámico. Los seguidores de Jomeini forzaban el final de la dictadura del Sha. Sólo una casualidad, por supuesto, ya que ni el momento, ni el contexto, ni el propósito de ambos acontecimientos históricos pueden o deben ser comparados.
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