EL PÁNICO A LA ULTRADERECHA COMO MOTOR POLÍTICO

 24 de junio de 2026

La semana nos ha dejado dos novedades sin aparente relación: la dimisión del Primer Ministro británico, Keir Stermer, y el triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia (el margen inferior a un punto sobre el izquierdista Cepeda aconseja cierta prudencia antes de dar este resultado como definitivo).

En realidad, en ambos acontecimientos hay un nexo poco visible: la pujanza de la extrema derecha como fuerza no sólo de movilización y perturbación comunicativa y social, sino también como alternativa de gobierno.

OTRA MUESCA ULTRA EN AMÉRICA LATINA

Colombia, de confirmarse el triunfo de Aberlardo de la Espriella hace subir a 12 los países capturados por el mensaje demagógico, populista y revanchista de una derecha latinoamericana empeñada en revertir los escasos avances de los años tibiamente progresistas (1). Perú podría engrosar la lista, si finalmente Keiko Fujimori se impone en las presidenciales cuando se concluya el largo y tortuoso recuento (2).  Los aprendices de Trump, algunos con largo recorrido político previo, han visto en el magnate norteamericano un factor multiplicador de sus propuestas y la inspiración exitosa para la manipulación de masas (3).

En Colombia, ese revanchismo es más evidente que en otros lugares, porque durante muchas décadas la violencia física e institucional había impedido el acceso de la izquierda moderada al poder. Los años de Gustavo Petro han sido escasos, contradictorios y permanentemente amenazados por la sombra que se proyectaba desde el norte. Con Trump, la intimidación ha sido explícita y no sólo verbal: la excusa de una confusa y tramposa lucha contra el narcotráfico ha dado lugar a vulneraciones inaceptables del derecho internacional y de la soberanía nacional colombiana.

De la Espriella agrupa el voto de la derecha colombiana que no duda en arrojarse en brazos de cualquier forma de solución radical, cuando otras más moderadas no consiguen imponerse electoralmente. Como ocurre en casi toda la región, la pertinaz ausencia de soluciones a corto, medio y largo plazo ha ido desincentivando la participación política de las clases populares.

El sistema liberal ha sido una desgracia para Iberoamérica, pero los discursos alternativos no han prendido más allá de las prebendas sociales propiciadas por el alza coyuntural y efímera de los precios de las materias primas. Agotado el maná, la izquierda se ha disuelto en la desunión y la falta de soluciones estructurales.

Si cruzamos el Océano Atlántico, observamos que la ultraderecha (algo distinta a la latinoamericana) nunca ha estado tan cerca de alcanzar cuotas de poder no disfrutadas hasta ahora.

LOS APUROS DEL LABORISMO

En Gran Bretaña, la revuelta laborista que ha obligado a Starmer a abandonar su resistencia y resignarse a dimitir ha estado alentada por el miedo al triunfo inédito de la extrema derecha reunida en torno al partido Reform UK, liderado por el ex tory Nigel Farage.

El éxito de esta formación escindida de los conservadores y fundamentalmente xenófoba en las elecciones locales de mayo disparó todas las alarmas en los partidos del consenso centrista (4). El giro en la política migratoria de Starmer, al pasar de un supuesto humanismo inicial a las “simpatías” por las ocurrencias xenófobas de la primera ministra italiana y su externalización del control y reclusión de inmigrantes en Albania, despertó críticas acervas en el sector progresista del laborismo.

El ascenso continuado de Farage en los sondeos ha condicionado demasiado las respuestas del 10 de Downing Street. En este sentido, el laborismo de derechas no se ha distinguido mucho del conservadurismo a la deriva desde la crisis del Brexit. Gran Bretaña ha entrado en la senda francesa; es decir, cómo hacer políticas reaccionarias sin que lo parezcan. Lo cual resulta imposible, salvo que se quiera cerrar los ojos.

Starmer ha cometido muchos más errores. Sin ser cruel, se podría llegar a decir que ha incurrido en todos los posibles e incluso en algunos autoinfligidos por torpeza, desatención o falta alarmante de reflejos. Se ha agarrado al puesto con actitud de zombi político similar a la mostrada por Biden sobre sus opciones de reelección. Su discurso de despedida refleja que no ha terminado de entender las razones profundas de su desventura (5).

En un largo e incisivo análisis para THE GUARDIAN el columnista Jonathan Freedland repasa las causas del naufragio de Starmer, un dirigente que carecía de carrera política y parlamentaria (6). Había llegado al laborismo desde su carrera como fiscal, con un perfil profesional y tecnocrático. En un partido donde las conspiraciones y luchas internas están tan arraigadas, no parecía muy venturosa la carrera de Starmer. Pero se procuró el apoyo de los sectores más moderados al asumir la depuración de los seguidores del líder izquierdista anterior, Jeremy Corbin. Sin haberse empeñado con entusiasmo en esta tarea, probablemente no se habría convertido en candidato casi indiscutible en las elecciones de julio de 2024.

Hay otro factor que explica su victoria de ese año, en términos de presencia parlamentaria, la más aplastante del laborismo desde 1935. Desde la iniciativa del referéndum sobre el Brexit ahora hace justamente 10 años, Gran Bretaña ha había tenido hasta 2024 seis primeros ministros tories (cuatro hombres y dos mujeres). Se iban sucediendo sin la mínima lealtad y dejando el país por lo general peor de lo que lo encontraron, con un partido a la deriva y la demagogia antieuropea en permanente revisión y corrección para ir limitando daños.

Starmer, como líder de la oposición, jugó a un europeísmo tibio, que nunca cuestionó el Brexit, pero entendió que había que encuadrarlo en un ámbito de relación con los antiguos socios continentales más constructivo y positivo. Como en todas las áreas de su gestión, se refugió en la ambigüedad y la indefinición para protegerse de posibles desgastes. Al final, ha ocurrido todo lo contrario. Ni el laborismo ni el ciudadano británico en general han podido identificar el proyecto que Starmer tenía para el país, si es que tenía alguno.

En la base laborista, los recortes en los servicios públicos que el Primer Ministro alentaba sin implicarse personalmente en su defensa, dejando esa tarea ingrata a sus ministros correspondientes, han ido provocando una corrosión enorme. El estancamiento brutal de la economía nacional y la resistencia de Starmer a políticas fiscales más audaces, a veces en franca contradicción con el programa vigente del partido y la opinión de algunos de sus dirigentes más notables, le han ido conduciendo a un callejón sin salida.

Para complicar aún más las cosas, Sir Keir ha sido el primer jefe de gobierno británico que no ha gozado del privilegio de la “relación especial” con Estados Unidos. Pese a su intento inicial de practicar una adulación contenida a Trump, el Premier se ha visto obligado a poner coto a este tóxico empeño. En esos esfuerzos iniciales de preservación del vínculo privilegiado hay que inscribir el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, pese a que en los meandros de Downing Street se conocían las peligrosas conexiones del veterano político laborista (asesor de Blair, exministro, etc.) con el depredador sexual Epstein. El destape progresivo de las torpezas de la Jefatura del Gobierno en la gestión del destructivo nombramiento dejó una herida incurable en la solidez del exfiscal.

Starmer, como han hecho decenas de jefes de gobierno en Europa, trató de compensar los fracasos en política interior con iniciativas exteriores de cierto relumbre. Cegada o llena de minas la vía atlántica, el Primer Ministro encontró en un eje francoalemán en horas bajas un factor de protagonismo político. Aunque la fórmula E3 (una suerte de Directorio europeo) se ha limitado a la conducción de la política europea en la guerra de Ucrania, la visibilidad exterior de Starmer ha sido una de sus pocas apariciones libres de la polémica o el escándalo. Como era evidente, tales compensaciones no han valido de nada en el ánimo partidista de Gran Bretaña que, cuando huele la sangre, se lanza despiadadamente contra sus presas. Nadie, ni la en su día intocable Margaret Thatcher (o antes el propio Churchill), se ha librado de este comportamiento destructivo de líderes políticos.

Para dar el golpe de gracia en el sistema británico es imprescindible una solución de recambio que salga del templo del Parlamento. Los diputados británicos, elegidos por sufragio mayoritario en circunscripciones uninominales, tienen un margen de autonomía superior al de sus colegas de otros países europeos. Si los MP’s se conjuran para derribar a uno de los suyos, la débil maquinaria de los partidos no puede hacer nada o casi nada.

En el caso de Starmer, se habían quemado casi todas las opciones. La única que parecía solvente o con la suficiente capacidad de movilizar a la mayoría en el Labour era la de Andy Burnham, que se había marchado de Londres para hacer carrera local hasta convertirse en el alcalde del Gran Manchester, una villa del norte del país famosa por su aversión a los tories.

Burnham se ha dejado querer durante meses, pero al no ser parlamentario, no tenía opciones de ser candidato. Al final, después de presiones no disimuladas, consiguió que dimitiera una diputada de su región de anclaje y se produjera una elección anticipada (by election) para cubrir el escaño. El aspirante mató dos pájaros de un tiro: consiguió su asiento en Westminster y venció por 20 puntos al candidato de Reform UK, convirtiéndose en antídoto del fantasma populista.

Nadie sabe muy bien qué va a cambiar el nuevo líder, si es que consigue, como parece, culminar con éxito los procedimientos de elección que comenzarán el próximo 9 de julio. Es un moderado, pero con un discurso un más progresista que el actual Primer ministro. Tiene mejores dotes oratorias y una imagen más resultona. En sustancia, no parece que vaya a impulsar un giro de timón (7). Bastará de momento con unificar de nuevo a sus seguidores en los asientos parlamentarios, tras devolverles la esperanza de poder presentar batalla a los ultras, que siguen avanzando en el continente y al otro lado del Atlántico.

 La semana nos ha dejado dos novedades sin aparente relación: la dimisión del Primer Ministro británico, Keir Stermer, y el triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia (el margen inferior a un punto sobre el izquierdista Cepeda aconseja cierta prudencia antes de dar este resultado como definitivo).

En realidad, en ambos acontecimientos hay un nexo poco visible: la pujanza de la extrema derecha como fuerza no sólo de movilización y perturbación comunicativa y social, sino también como alternativa de gobierno.

OTRA MUESCA ULTRA EN AMÉRICA LATINA

Colombia, de confirmarse el triunfo de Aberlardo de la Espriella hace subir a 12 los países capturados por el mensaje demagógico, populista y revanchista de una derecha latinoamericana empeñada en revertir los escasos avances de los años tibiamente progresistas (1). Perú podría engrosar la lista, si finalmente Keiko Fujimori se impone en las presidenciales cuando se concluya el largo y tortuoso recuento (2).  Los aprendices de Trump, algunos con largo recorrido político previo, han visto en el magnate norteamericano un factor multiplicador de sus propuestas y la inspiración exitosa para la manipulación de masas (3).

En Colombia, ese revanchismo es más evidente que en otros lugares, porque durante muchas décadas la violencia física e institucional había impedido el acceso de la izquierda moderada al poder. Los años de Gustavo Petro han sido escasos, contradictorios y permanentemente amenazados por la sombra que se proyectaba desde el norte. Con Trump, la intimidación ha sido explícita y no sólo verbal: la excusa de una confusa y tramposa lucha contra el narcotráfico ha dado lugar a vulneraciones inaceptables del derecho internacional y de la soberanía nacional colombiana.

De la Espriella agrupa el voto de la derecha colombiana que no duda en arrojarse en brazos de cualquier forma de solución radical, cuando otras más moderadas no consiguen imponerse electoralmente. Como ocurre en casi toda la región, la pertinaz ausencia de soluciones a corto, medio y largo plazo ha ido desincentivando la participación política de las clases populares.

El sistema liberal ha sido una desgracia para Iberoamérica, pero los discursos alternativos no han prendido más allá de las prebendas sociales propiciadas por el alza coyuntural y efímera de los precios de las materias primas. Agotado el maná, la izquierda se ha disuelto en la desunión y la falta de soluciones estructurales.

Si cruzamos el Océano Atlántico, observamos que la ultraderecha (algo distinta a la latinoamericana) nunca ha estado tan cerca de alcanzar cuotas de poder no disfrutadas hasta ahora.

LOS APUROS DEL LABORISMO

En Gran Bretaña, la revuelta laborista que ha obligado a Starmer a abandonar su resistencia y resignarse a dimitir ha estado alentada por el miedo al triunfo inédito de la extrema derecha reunida en torno al partido Reform UK, liderado por el ex tory Nigel Farage.

El éxito de esta formación escindida de los conservadores y fundamentalmente xenófoba en las elecciones locales de mayo disparó todas las alarmas en los partidos del consenso centrista (4). El giro en la política migratoria de Starmer, al pasar de un supuesto humanismo inicial a las “simpatías” por las ocurrencias xenófobas de la primera ministra italiana y su externalización del control y reclusión de inmigrantes en Albania, despertó críticas acervas en el sector progresista del laborismo.

El ascenso continuado de Farage en los sondeos ha condicionado demasiado las respuestas del 10 de Downing Street. En este sentido, el laborismo de derechas no se ha distinguido mucho del conservadurismo a la deriva desde la crisis del Brexit. Gran Bretaña ha entrado en la senda francesa; es decir, cómo hacer políticas reaccionarias sin que lo parezcan. Lo cual resulta imposible, salvo que se quiera cerrar los ojos.

Starmer ha cometido muchos más errores. Sin ser cruel, se podría llegar a decir que ha incurrido en todos los posibles e incluso en algunos autoinfligidos por torpeza, desatención o falta alarmante de reflejos. Se ha agarrado al puesto con actitud de zombi político similar a la mostrada por Biden sobre sus opciones de reelección. Su discurso de despedida refleja que no ha terminado de entender las razones profundas de su desventura (5).

En un largo e incisivo análisis para THE GUARDIAN el columnista Jonathan Freedland repasa las causas del naufragio de Starmer, un dirigente que carecía de carrera política y parlamentaria (6). Había llegado al laborismo desde su carrera como fiscal, con un perfil profesional y tecnocrático. En un partido donde las conspiraciones y luchas internas están tan arraigadas, no parecía muy venturosa la carrera de Starmer. Pero se procuró el apoyo de los sectores más moderados al asumir la depuración de los seguidores del líder izquierdista anterior, Jeremy Corbin. Sin haberse empeñado con entusiasmo en esta tarea, probablemente no se habría convertido en candidato casi indiscutible en las elecciones de julio de 2024.

Hay otro factor que explica su victoria de ese año, en términos de presencia parlamentaria, la más aplastante del laborismo desde 1935. Desde la iniciativa del referéndum sobre el Brexit ahora hace justamente 10 años, Gran Bretaña ha había tenido hasta 2024 seis primeros ministros tories (cuatro hombres y dos mujeres). Se iban sucediendo sin la mínima lealtad y dejando el país por lo general peor de lo que lo encontraron, con un partido a la deriva y la demagogia antieuropea en permanente revisión y corrección para ir limitando daños.

Starmer, como líder de la oposición, jugó a un europeísmo tibio, que nunca cuestionó el Brexit, pero entendió que había que encuadrarlo en un ámbito de relación con los antiguos socios continentales más constructivo y positivo. Como en todas las áreas de su gestión, se refugió en la ambigüedad y la indefinición para protegerse de posibles desgastes. Al final, ha ocurrido todo lo contrario. Ni el laborismo ni el ciudadano británico en general han podido identificar el proyecto que Starmer tenía para el país, si es que tenía alguno.

En la base laborista, los recortes en los servicios públicos que el Primer Ministro alentaba sin implicarse personalmente en su defensa, dejando esa tarea ingrata a sus ministros correspondientes, han ido provocando una corrosión enorme. El estancamiento brutal de la economía nacional y la resistencia de Starmer a políticas fiscales más audaces, a veces en franca contradicción con el programa vigente del partido y la opinión de algunos de sus dirigentes más notables, le han ido conduciendo a un callejón sin salida.

Para complicar aún más las cosas, Sir Keir ha sido el primer jefe de gobierno británico que no ha gozado del privilegio de la “relación especial” con Estados Unidos. Pese a su intento inicial de practicar una adulación contenida a Trump, el Premier se ha visto obligado a poner coto a este tóxico empeño. En esos esfuerzos iniciales de preservación del vínculo privilegiado hay que inscribir el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, pese a que en los meandros de Downing Street se conocían las peligrosas conexiones del veterano político laborista (asesor de Blair, exministro, etc.) con el depredador sexual Epstein. El destape progresivo de las torpezas de la Jefatura del Gobierno en la gestión del destructivo nombramiento dejó una herida incurable en la solidez del exfiscal.

Starmer, como han hecho decenas de jefes de gobierno en Europa, trató de compensar los fracasos en política interior con iniciativas exteriores de cierto relumbre. Cegada o llena de minas la vía atlántica, el Primer Ministro encontró en un eje francoalemán en horas bajas un factor de protagonismo político. Aunque la fórmula E3 (una suerte de Directorio europeo) se ha limitado a la conducción de la política europea en la guerra de Ucrania, la visibilidad exterior de Starmer ha sido una de sus pocas apariciones libres de la polémica o el escándalo. Como era evidente, tales compensaciones no han valido de nada en el ánimo partidista de Gran Bretaña que, cuando huele la sangre, se lanza despiadadamente contra sus presas. Nadie, ni la en su día intocable Margaret Thatcher (o antes el propio Churchill), se ha librado de este comportamiento destructivo de líderes políticos.

Para dar el golpe de gracia en el sistema británico es imprescindible una solución de recambio que salga del templo del Parlamento. Los diputados británicos, elegidos por sufragio mayoritario en circunscripciones uninominales, tienen un margen de autonomía superior al de sus colegas de otros países europeos. Si los MP’s se conjuran para derribar a uno de los suyos, la débil maquinaria de los partidos no puede hacer nada o casi nada.

En el caso de Starmer, se habían quemado casi todas las opciones. La única que parecía solvente o con la suficiente capacidad de movilizar a la mayoría en el Labour era la de Andy Burnham, que se había marchado de Londres para hacer carrera local hasta convertirse en el alcalde del Gran Manchester, una villa del norte del país famosa por su aversión a los tories.

Burnham se ha dejado querer durante meses, pero al no ser parlamentario, no tenía opciones de ser candidato. Al final, después de presiones no disimuladas, consiguió que dimitiera una diputada de su región de anclaje y se produjera una elección anticipada (by election) para cubrir el escaño. El aspirante mató dos pájaros de un tiro: consiguió su asiento en Westminster y venció por 20 puntos al candidato de Reform UK, convirtiéndose en antídoto del fantasma populista.

Nadie sabe muy bien qué va a cambiar el nuevo líder, si es que consigue, como parece, culminar con éxito los procedimientos de elección que comenzarán el próximo 9 de julio. Es un moderado, pero con un discurso un más progresista que el actual Primer ministro. Tiene mejores dotes oratorias y una imagen más resultona. En sustancia, no parece que vaya a impulsar un giro de timón (7). Bastará de momento con unificar de nuevo a sus seguidores en los asientos parlamentarios, tras devolverles la esperanza de poder presentar batalla a los ultras, que siguen avanzando en el continente y al otro lado del Atlántico.


NOTAS

(1) “Colombia se suma al avance de la ultraderecha en América Latina”. SILVIA BLANCO. EL PAÍS, 23 de junio.

(2) “Peru Awaits Election Results”. CATHERINE OSBORN. FOREIGN POLICY, 11 de junio.

(3) “Les Etats-Unis imposent leur tutelle à une partie de l’Amérique latine”. ANGELINA MONTOYA. LE MONDE, 13 de junio.

(4) “Nigel Farage hails ‘historic shift in politics’ after Reform UK election gains”. BEN QUINN. THE GUARDIAN, 8 de mayo.

(5)” Prime Minister Keir Starmer's resignation speech in full”. BBC, 22 de junio.

(6)” The rise and fall of Keir Starmer: where did it all go wrong?”. JONATHAN FREEDLAND. THE GUARDIAN, 22 de junio.

(7)” Andy Burnham may find Sir Keir Starmer a hard act to follow”. THE ECONOMIST, 22 de junio.

EL ACUERDO MÁS INCIERTO PARA LA GUERRA MÁS TONTA

17  de junio de 2026 

El Donald Trump candidato a la Casa Blanca dijo en su día que el acuerdo nuclear de la administración Obama con Irán era el “más tonto” que había suscrito jamás Estados Unidos. Hipérboles habituales aparte, quería seducir a Israel y al sector del establishment norteamericano partidario de no resignarse a la supervivencia del régimen de los ayatollahs. Cuando ganó las elecciones hizo saltar por los aires el JCPOA (Plan integral Conjunto) y restableció las sanciones contra Irán, sin aportar prueba alguna de incumplimiento de la otra parte, lo que supuso una vulneración del Derecho Internacional. Periódicamente amenazaba con bombardear y destruir el arsenal nuclear iraní, pero acabó su mandato sin intentarlo siquiera.

Con su vuelta a la Casa Blanca, Trump tenía una espina clavada en su orgullo de líder fuerte e incontestado. En junio del año pasado, tras unas negociaciones que él mismo se encargó de boicotear, hizo un primer ensayo militar de “asustar” al régimen islámico, para obligarlo a claudicar. No lo consiguió. La espina seguía provocando ulceraciones en su ego.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se encargó de que Trump no olvidara el asunto, hasta que por fin consiguió seducirlo para que acabara el trabajo, sin contemplaciones. Una nueva ronda de actuaciones represivas del aparato paramilitar iraní le sirvieron de excusa para lanzar una operación militar de gran envergadura, cuyo objetivo no podía ser otro que destruir la arquitectura de poder en Teherán y favorecer el cambio de régimen. Trump se soñaba a sí mismo como “liberador” de Irán. Ya se sabe cómo ha acabado el empeño.

POTENCIA MILITAR, DEBILIDAD ESTRATÉGICA

Estados Unidos ha bombardeado 130.000 objetivos en Irán y sus defensas han interceptado 1.700 misiles y drones iraníes. Según datos del Comando Militar Central, el aparato militar norteamericano ha destruido el 85% de las fábricas que producen los misiles y drones de la República Islámica, ha hundido la práctica totalidad de sus buques de guerra y destruido el 75% de la infraestructura de lanzamiento de sus misiles (1). El Pentágono ha esquilmado sus reservas de armas. Pero lo peor ha sido el fracaso estratégico. ¿Por qué?

En primer lugar, porque no ha conseguido los objetivos políticos presentidos. Y son presentidos, porque Trump, en parte debido a su confusión intelectual, pero también por su habitual cálculo para eludir responsabilidades, nunca trazó con claridad lo que perseguía con la guerra. Fue adoptando decisiones sobre la marcha, según los resultados que se fueran obteniendo, e iba acomodando su verborrea a las conveniencias políticas de cada momento.

Aún así, al propio Trump le traicionaban sus excesos verbales e imprudencias y dejó entender que tres objetivos parecían irrenunciables: la destrucción por completo del programa nuclear iraní y de sus arsenales y fábricas de misiles de medio y largo alcance y el debilitamiento extremo del régimen para propiciar un cambio de sistema político.

Ninguno de estos objetivos iba acompañado de estrategias adecuadas y opciones de sustitución, en caso de problemas o dificultades que impidieran su ejecución. En el libreto de Trump, nada sale mal, porque nada de eso puede ocurrir.

La segunda razón que convierte esta operación militar técnicamente exitosa en un fracaso son las consecuencias económicas que ha acarreado. Irán consiguió poner en marcha un mecanismo de bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, vía marítima por la que circula el 70% de los productos energéticos de exportación hacia los cinco continentes, en mayor o menor intensidad. Y no sólo eso: otros productos químicos como los fertilizantes, imprescindibles para asegurar la producción alimentaria mundial, transitan por esa ruta marítima. Occidente entró en pánico y Trump pasó de alardear de poder militar a vestirse con sus disfraces de genio de la diplomacia y la disuasión.

Hay un tercer motivo que impide a Trump vender esta forzada tregua en un éxito: la opacidad de los términos que la definen y la incertidumbre que la rodea. Desde el 8 de abril, cuando se alcanzó un alto de fuego luego cientos de veces vulnerado, el Presidente de EE. UU. ha proclamado el final de las hostilidades al menos en 40 ocasiones. Bombardeos salpicados de amenazas apocalípticas y de invitaciones a la conversación se han sucedido ante la incredulidad general. En vísperas de que se conozca el contenido concreto y desarrollado del acuerdo, ya parece cierto que los asuntos importantes, como el futuro del programa nuclear iraní, la navegabilidad sin peaje (toll free) a medio y largo plazo en Ormuz y el régimen de sanciones contra Irán quedaran a expensas de una negociación para la que las dos partes se dan un plazo de 60 días.

O sea, todo en el aire. Como dice Daniel Byman, profesor de la Escuela de Servicio exterior de la Universidad de Georgetown, Estados Unidos tendrá que negociar con unos nuevos líderes embravecidos y reforzados (2). No puede descartarse un pronto regreso a las hostilidades, si alguna de las dos partes percibe una situación favorable a sus intereses (3).

Un cuarto factor amenaza esta delicada pieza de ficción diplomática. El gobierno israelí está visiblemente incómodo por el intento de Trump de forzar el parón de la campaña militar en el Líbano, después de miles de muertos entre la población civil, un destrozo de material e infraestructuras sin precedentes, la reocupación de una amplia franja meridional del país y la sensación de que Hezbollah, la milicia chií proiraní sigue activa. Por eso, Israel esquiva expresamente la tregua (4).

Las supuestas desavenencias entre Trump y Netanyahu son objeto de distintas evaluaciones de los analistas internacionales. Unos creen que, en efecto, al Presidente norteamericano le ha irritado que el Primer ministro israelí no se aviniera a sus necesidades políticas por intransigencia, por presiones de sus socios más radicales o por las urgencias electorales israelíes (comicios inciertos en otoño). Otros, en cambio, consideran que se han exagerado estas discrepancias, porque Israel ya es un pasivo incluso entre la base electoral republicana ante las elecciones de medio mandato del próximo otoño (5).

LA SOMBRA DE LA GUERRA

Con este panorama, Trump se encuentra con la hostilidad demócrata y un partido republicano que no parece dispuesto a secundarle en su intento triunfalista de presentar la detención de las hostilidades como una reivindicación de la política seguida desde febrero hasta aquí. Importantes portavoces del GOP como el senador sureño Lindsey Graham o el propio Presidente de la Cámara de los Representantes, Mike Johnson, han dejado traslucir sus dudas (6).

En Irán, el acuerdo también ha creado fricciones. Las facciones que se han impuesto en Teherán desde el comienzo de la guerra, es decir, el aparato militar de los Guardianes de la Revolución y el sector pragmático del régimen, encabezado por el Presidente del Parlamento, Mohamed Bagher Ghalibaf, y el ministro de Exteriores, Abbas Araghtchi, presentan el acuerdo como una victoria, por la simple razón de que el régimen islámico sigue en pie. Obvian la destrucción de infraestructuras y el amplio aniquilamiento del arsenal militar y contemplan la remodelación de Oriente Medio con autocomplacencia (7).

Sólo los llamados “inquietos”, es decir una facción muy extremista encabezada por el Saïd Jalili, negociador nuclear de Ahmadineyad en la segunda década del siglo, cuestionan el pacto con Estados Unidos y lo presentan como una “traición al Guía mártir”. Agrupados en el Frente para la estabilidad de la Revolución Islámica, no parece que tengan una influencia decisiva: pueden ser útiles como recurso de propaganda, pero no podrán alterar las decisiones de quienes ejercen el poder en Teherán (8).

En el mejor de los casos, nos esperan semanas difíciles de palabras gruesas y sensación de vuelta a la guerra de un día para otro. Y, en el mejor de los casos, una muy lenta recuperación económica, favorecida por el descenso despacioso de los precios de los productos energéticos. La inflación no desaparecerá de pronto y el crecimiento será menor en casi un punto (0,8%) que las previsiones anteriores (9).

La guerra de Trump y Netanyahu, cuando se convirtió en la guerra de Ormuz, aparte de cruel, se convirtió en la más tonta de las muy tontas emprendidas por Estados Unidos en esa zona del mundo.


NOTAS

(1) “The Middle East Powe Paradox”. How the Iran War Will Transform America’s Military Role. DANA STROUL. FOREIGN AFFAIRS, 16 de enero.

(2) “The Truce Between the U.S. and Iran Was the Easy Part”. DANIEL BYMAN. FOREIGN POLICY, 15 de junio.

(3) “A deal is only the beginning of the end of the US-Iran war. And they could start fighting again in the hope of getting a better one”. THE ECONOMIST, 15 de enero.

(4) “Netanyahu Says Israel Will Keep Forces in Lebanon, Despite U.S.-Iran Deal”. EPHRAT LIVNI. THE NEW YORK TIMES, 15 de junio.

(5) “'Crazy' phone call between Trump and Netanyahu complicates Iran talks”. BERND DEBUSSMANN. BBC, 4 de junio.

(6) “Iran Hawks Side-Eye Trump’s Deal. The president will feel criticisms from this group most keenly”. EMMA ASHFORD. FOREIGN POLICY, 15 de junio.

(7) “Iran’s New Grand Strategy. How a Remade Islamic Republic Will Reshape the Middle East”. NARGES BAJOGHLI & VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 3 de junio.

(8) “Accord Iran-Etats-Unis: à Téhéran, les conservateurs protestent, mais le cœur du pouvoir fait bloc”. GHAZAL GOLSHIRI. LE MONDE, 16 de enero.

(9) “Trump Has His Iran Deal. How Soon Until Oil Prices Come Down?”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 15 de enero; Pourquoi l’inflation mettra du temps à refluer, malgré une réouverture, même rapide, du détroit d’Ormuz”. ERIC ALBERT. LE MONDE, 16 de junio.

UN MUNDIAL A LA MEDIDA DE TRUMP

10 de junio de 2026

Trump es un personaje rapaz, siempre alerta ante la mínima posibilidad de colmar su vanidad y apuntarse éxitos reales o ficticios. La última de sus presas es el Mundial de Fútbol, que deberá compartir con Canadá y Mexico. Sólo en el aspecto organizativo. Trump no deja espacio a nadie más, y menos a sus dos vecinos, a los que no ha incluido en sus caprichosas guerras comerciales. Y no contento con eso, se ha permitido proferir amenazas de anexión (al del norte) o intervención militar para resolver el problema del narcopoder (al del sur).

El fútbol tiene un inmenso poder de atracción, incluso en un país como Estados Unidos que, pese a los esfuerzos políticos, comerciales y deportivos, sigue sin ser una potencia mundial como en otros deportes.  Una tentación irresistible para Trump, por mucho que él diste mucho de ser un aficionado. Como hace con todo en su vida, intenta convertirlo en ganancia, personal más que nacional.

UNA MÁQUINA DE HACER DINERO

La FIFA, organizadora del mayor evento de masas mundial, es una multinacional que ha llevado hasta la náusea la mercantilización del fútbol, sin privarse de cualquiera de los mecanismos del aprovechamiento sin límites del capitalismo deportivo, como el tráfico de influencias, la corrupción y la utilización de los sentimientos nacionalistas y de los valores universales.

Hay una conexión intangible entre el estilo FIFA y el estilo Trump, que se basa en el ejercicio constante de la manipulación mercantil y emocional. Sólo importa lo que parece. La realidad es un factor incómodo que se puede ocultar, escamotear o convertir en algo distinto y hasta opuesto, si es preciso. El arte de esconder el balón.

Por eso, en la sacralizada ceremonia del sorteo de la fase final del Mundial, Gianni Infantino, el patrón de la FIFA, un suizo de origen italo-libanés que responde al tópico conveniente del self-made man, rozó el ridículo en su exhibición de halagos hiperbólicos a Trump y le concedió un galardón inédito y creado expresamente para él: el premio de la paz de la FIFA. El magnate americano llevaba semanas furioso, rumiando su malestar porque los caballeros del Nobel habían ninguneado sus expresos deseos de recibir la distinción política más glamurosa, para concederla a una política venezolana que quizás él sólo conociera de oídas, María Corina Machado, líder de la oposición ultraconservadora al régimen chavista.

Infantino se puso empalagosamente obsequioso con un Presidente encantado de estar allí, aunque no sepa casi nada de soccer (fútbol en USA). Trump no dijo una palabra de interés sobre el Mundial. Se dedicó a desplegar su ego, en presencia de los otros dos líderes anfitriones vecinos, el Premier canadiense, Mark Carney, y la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que hicieron el papelón de comparsas o mariachis, tratando de no enrojecer demasiado.

Infantino se ha convertido en otro amigo más del corifeo de Trump. Lo invitó a la presentación de su fallida iniciativa sobre el futuro de Gaza, en el que se rodeó de otros halagadores y genuflexos dirigentes de países sumisos. Pero el bromance con Infantino puede no resistir algunos de los estallidos de malhumor del voluble Presidente; sin ir más lejos, cuando se percate de que el fútbol tiene pocas glorias que ofrecerle.

La selección de Estados Unidos, pese a su mejoría desde la última vez que albergó un Mundial, hace 32 años, no es previsible que llegue muy lejos. Cuando los 26 norteamericanos que componen el equipo sean eliminados, es muy probable que a Trump se le escape alguno de sus desprecios y la FIFA quede retratada en una posición incómoda.

Mientras eso llegue, el Mundial es un escenario donde se libran las batallas de propaganda de los conflictos internacionales del momento; en este caso, la guerra contra Irán. El país del antiguo Imperio persa se ha ganado un puesto entre los 48 participantes. Ni siquiera Trump, con su batería de arbitrariedades siempre desplegada, ha podido impedir su presencia e, ironías del destino, le ha tocado jugar en Estados Unidos, y no en Canadá o México (1).

El magnate intentó que se les descalificara y se le diera entrada a Italia, que no logró la clasificación para la fase final por tercera vez consecutiva. Otro gesto de cortesía hacia su preferida europea, Giorgia Meloni, con quien todavía se llevaba bien, antes de que Trump arremetiera contra el Papa Prevost y la dirigente italiana se viera obligada a afearle el gesto: se acabó la luna de miel política.  En todo caso, la treta trumpista no funcionó. Al cabo, la FIFA sabe que en este negocio la credibilidad es esencial y que una cosa es el peloteo y otra los códigos sagrados de la pelota.

No obstante, de algo han servido las presiones de Trump, que amenazó con regatear con los visados de los jugadores, técnicos y auxiliares iraníes. Al final, la selección persa jugará en Estados Unidos la fase de grupos, pero tendrá que cruzar la frontera sur para descansar y dormir en México (2). Infantino no ha tenido más remedio que plegarse a esta otra sanción no declarada contra la República Islámica. Después de todo, los Mundiales no son los Juegos Olímpicos, donde el COI actúa como plenipotenciario organizador y es soberano sobre el perímetro donde se disputan los torneos.

El Mundial y las Olimpiadas coinciden, en cambio, en su condición de escenarios ocasionales de los pulsos geopolíticos. En Qatar, hace cuatro años, Rusia no pudo aspirar a estar entre los elegidos, por la invasión de Ucrania unos meses antes. La tarjeta roja del mundo occidental continúa. A las potencias del Orden Liberal les repugnaba Putin, pero no las flagrantes violaciones de los derechos y libertades universales en el emirato organizador y las leyes laborales que favorecían la explotación de los obreros que construyeron los estadios e infraestructuras en torno al Campeonato. Infantino vió la oportunidad de seguir llenando las arcas de petrodólares y concedió el Mundial de 2034 a Arabia Saudí. La hipocresía política ha adoptado forma de balón para rodar sobre el verde tapete de la geopolítica.

Otra preocupación ronda en la FIFA. Es muy probable que Trump utilice algún que otro incidente en México para reprochar al gobierno de Sheinbaum su “floja” posición en seguridad (3), lo que crearía un indeseable conflicto diplomático en ese universo de placidez ficticia que ha tratado de configurar el patrón del fútbol mundial.

EL PAPA INFANTINO

Infantino es el repartidor de juego en este campo híbrido del deporte, la política y los negocios. Pese a que hace una década accedió al puesto para limpiar las corruptelas de su antecesor, el también suizo Blatter, prometiendo austeridad y juego limpio, el patrón del fútbol mundial tiene ahora unos ingresos cuatro veces superiores al que se puso al comienzo de su gestión (4).

Desbarata los ataques de los contrarios -que los hay- con destreza. Entra el corte con sutileza, sin que se note demasiado, nutre de balones (contratos) a las Federaciones de cada país miembro, asegura para la FIFA bazas ganadoras para seguir sumando tantos y se reserva el gol de oro: todos participan en la circulación del juego, pero él es al final quien define.

Una de las facetas más destacadas en su manejo del balón es la habilidad con que ha sabido ganarse a las Federaciones africanas y del mundo árabe. Pese a su trayectoria inequívocamente occidentalista, las naciones emergentes que están a las puertas de la élite del binomio euroamericano le agradecen las oportunidades que les ha brindado para sacar rédito de las competiciones más afamadas y rentables. Suráfrica organizó el Mundial de 2010 (el que ganó España) cuando Infantino aún no era titular indiscutible en el primer equipo de la FIFA, pero ya gozaba de minutos para demostrar sus habilidades.

En la edición actual estarán presente 10 países africanos y 8 asiáticos, un 37,5% del total. De esos 18, siete son árabes. Marruecos se ha ganado el privilegio de sentarse a la mesa con los grandes. Infantino le premia al otorgarle, junto a España y Portugal, la sede del próximo Campeonato. Por primera vez, dos Mundiales consecutivos se jugarán en países árabes, los dos aliados de Occidente. Marruecos es algo más: es país Abraham, es decir, socio de Israel, mientras Arabia Saudí aún no se ha dado ese paso, por imagen.

En este Mundial agigantado hay hueco para selecciones cuyos países no son potencias futbolísticas ni políticas, como Haití, Cabo Verde, Curaçao o Uzbekistán. China no ha conseguido alcanzar nivel de competitividad suficiente, al contrario que Japón y Corea del Sur, sus competidoras estratégicas prooccidentales. Todo sea por ese guiño de multiculturalidad con el que adornar una gestión plagada de sombras.


NOTAS

(1) “Iran’s Soccer Team Allowed Into U.S. for World Cup, but Many Staff Denied”. TARIQ PANJA. THE NEW YORK TIMES, 5 de junio.

(2) “Sleeping in Mexico, Playing in America”. The journey of Iran’s World Cup team sets a dangerous precedent for international soccer. BOBBY GHOSH. FOREIGN POLICY, 5 de junio.

(3) “The World Cup will test Mexico’s control over its territory”. THE ECONOMIST, 7 de junio.

(4) “Gianni Infantino, l’empereur décrié du foot business”. YANN BOUCHEZ, RÉMI DUPRÉ & ALEXANDRE LEMARIÉ. LE MONDE, 4 de junio.

LOS APRENDICES DE BRUJO, EN APUROS

 3 de junio de 2026

Los líderes autoritarios (ya hubieren sido elegidos o impuestos mediante golpes de Estado) suelen ampararse en guerras que ellos mismos provocan o favorecen para superar problemas políticos, por general también autoinducidos.

El caso histórico más reciente es el de los dictadores militares argentinos, que quisieron desviar la atención de las monstruosidades generadas en seis años de gobierno incontrolado y en la gestión ruinosa del país, invadiendo las Islas Malvinas, para reavivar el espíritu patriótico de la mayoría de la población. Por mucha legitimidad que asistieran a los argentinos en el reclamo de esos territorios australes, era evidente desde el principio que la respuesta fue equivocada, inútil y, a la postre, suicida para sus intereses.

También Occidente cayó en operaciones similares con las guerras coloniales, aunque en estos casos, las motivaciones no sólo eran tácticas u oportunistas, sino que respondían a los intereses de las élites a las que esos gobiernos representaban.

En otras ocasiones, se pretendía resolver un conflicto mayor adquiriendo ventaja, o negándosela al adversario principio, mediante una victoria militar que se quería contundente, como le ocurrió a Estados Unidos en Vietnam, en la fase final pero no menos aguda de la guerra fría.

En Afganistán, la gerontocracia de una URSS ya en estado comatoso se embarcó en una operación de sustitución de un gobierno afín por otro incondicional, mal calculada y peor ejecutada. El resultado fue una guerra que no supo luchar y terminó perdiendo de la peor manera posible: a costa no sólo de la renuncia del control territorial, sino de la ruina del escaso prestigio que aún tenía.

Las sucesivas guerras contra la exagerada amenaza terrorista, en sus distintas versiones y amplitudes, tuvieron también mucho de trampa, es decir, de motivaciones poco claras o inconfesables. Los atentados en calles y lugares públicos de Occidente crearon, sin duda, un clima social propicio para imaginadas soluciones militares, que nunca fueron tales.

Y así llegamos a las dos últimas guerras mayores actuales (Ucrania e Irán), protagonizadas respectivamente por dos viejos rivales de la guerra fría (América y Rusia), pero con rumbos y sistemas políticos bien distintos a los de las décadas posteriores a 1945. Ambos comparten la base fundamental del oportunismo y el recubrimiento justificador de un nacionalismo revanchista que los rusos pintan de renacimiento y recuperación de la influencia mundial y los americanos presentan como el restablecimiento de la grandeza no tan lejana.

Las dos cabezas de ese proyecto nacionalista (uno más doctrinario, el otro más instrumental) se han visto abocados al destino de la guerra como tentación de incremento de poder y legitimidad. Y a los dos les esta saliendo peor de lo esperado.

PUTIN SE ATASCA EN UCRANIA

Vladímir Putin transita por el quinto año de “operación militar especial” con un 20% del territorio ucraniano ocupado, que no asegurado, cientos de miles de víctimas, una economía con tensiones inflacionistas y anémico crecimiento, paro en cifras ya inquietantes y apoyo ciudadano menguante.

La guerra ha pasado por diversas fases, favorables y adversas. Ahora se encuentra en un estancamiento que cada cual lee a su manera. Putin dijo la semana pasada en Astaná (Kazajstán) que el conflicto está en fase terminal. Pero otras opiniones más independientes lo ponen en duda (1).

Ucrania, que pareció sucumbir a primeros de año a un ataque de pesimismo, cuando se confirmó que Estados Unidos había dejado definitivamente de ser un apoyo fiable, de repente se ha encontrado con un arsenal de drones y misiles Hornet (largo alcance) con los que percute en el interior de Rusia, generando inquietud en la población del enemigo. Sus bazas negociadoras crecen (2).

Políticamente, la “corrección” que pretendía Putin como baza para consolidar su poder personal y su proyecto político se ha convertido en un problema del que no sabe cómo librarse sin perder la cara y quien sabe si la poltrona del Kremlin. La alianza entre oligarcas entregados, temerosos o colaboracionistas y los aparatos de fuerza (militar, policial, inteligencia) se fractura. Por primera vez en un cuarto de siglo, Putin no tiene el futuro asegurado, pese a que se haya procurado cambios constitucionales que se lo permitirían jurídicamente (3)

TRUMP SE CANSA DE IRÁN

Trump es otro cantar. La guerra no era plato de su devoción; al contrario, uno de sus clichés favoritos era evitar conflictos bélicos (típicamente los de Oriente Medio) que no eran del interés de Estados Unidos, para concentrarse en el ejercicio de la hegemonía económica, aunque utilizara medios de presión, coerción y chantaje.

Con el tiempo, sin embargo, el voluble Presidente le cogió gusto al gatillo y tuvo la tentación autoritaria clásica: una especie de cesarismo del siglo XXI, en el que la abrumadora superioridad tecnológica de la maquinaria militar americana sometiera a los resistentes más díscolos.

La destrucción del sistema político de Irán era un bocado demasiado apetitoso para Trump. El régimen de los ayatollahs se encontraba aislado, muy debilitado regionalmente, corroído por la corrupción y socavado por las sanciones de las potencias occidentales, debido a su empeño en seguir adelante con un programa nuclear que no terminaba de convertirse en garantía eficaz de supervivencia.

Después de un primer ensayo el año pasado, la intensa campaña de bombardeos israelo-norteamericanos de marzo debería haber doblegado a Irán, pero no ha sido así. Ninguno de los objetivos (no declarados, pero implícitos para cualquier Presidente de Estados Unidos desde 1979) se ha cumplido: el régimen continúa en pie e incluso se han fortalecido los sectores más duros (los paramilitares Guardianes de la Revolución), la represión continúa siendo implacable, la oposición civil no ha tenido espacio ni cohesión para articular un proyecto de país alternativo y el programa nuclear no ha sido aniquilado, como proclamó el Presidente norteamericano). Además, puede atacar objetivos norteamericanos en los vecinos países del Golfo. Ante esta deriva inesperada del conflicto, los autócratas iraníes parecen tentados por la guerra permanente (4).

ISRAEL E IRÁN, AFERRADOS A LA GUERRA

Pero la clave principal de la nueva orientación estratégica iraní reside en su capacidad para convertir la guerra de Trump y Netanyahu en la guerra de Ormuz. El estrangulamiento del estrecho mantiene en vilo a la economía global, y sólo las reservas estratégicas y una diversificación energética creciente ha evitado un shock completo. Los efectos del bloqueo recíproco (el inicial iraní y la réplica americana para evitar la salida por ese enclave del gas y petróleo de Teherán, alimento imprescindible de su resistencia) empiezan a ser muy notorios. Según los expertos, aunque el tráfico marítimo se restablezca pronto, los efectos de la crisis se dejaran notar muchos meses más (5).

De ahí la desesperación de Trump por anunciar continuamente la inminencia de un acuerdo, que la realidad desmiente horas después; a lo cual, el inconsistente líder responde con amenazas hiperbólicas de destrucción del oponente que casi nadie se toma ya en serio (6). Cuando se rebasen los 500 días de mandato, su índice de desaprobación ciudadana alcanza el 60% (7).

Pero se resiste a aceptar esta lógica el primer ministro israelí, adicto a la guerra para defender con uñas y dientes sus intereses políticos y personales. Después del genocidio de Gaza, Netanyahu quiso destruir a la milicia chií libanesa de Hezbollah, el principal aliado de Irán en la región. Después de decenas de miles de muertos, la destrucción salvaje del sur del país y más de un millón de personas desplazadas forzosas, Hezbollah sigue en pie, debilitado, pero aún capaz de responder con drones, misiles y armas antitanques (8).

En Israel, hay un malestar creciente. La oposición derechista y centrista se ha unido en una coalición que, en este momento, parece favorita para ganar las elecciones de octubre y desalojar del poder a la conjunción ultraconservadora-neofascista actual (9). Pero lo preocupante para Netanyahu es que Trump está harto de su intransigencia y le despacha con destempladas correcciones públicas, por mantener los bombardeos contra las guerrillas libanesas. Las pasarelas de la Casa Blanca se tornan puentes levadizos y el vínculo se amarga.

Los temerarios autócratas mayores de este tiempo han caído en sus propias trampas. Las guerras que han desencadenado socavan su base de poder. Se aprecia cada vez con más claridad su esfuerzo por construir discursos paralelos de negociación y paz que hagan olvidar sus fracasadas estrategias de guerra útil.

NOTAS

(1)Où en est la guerre en Ukraine? Suivez l’évolution des combats en cartes et graphiques. LE MONDE, 2 de junio,

(2)” Ukraine Turns the Tide. Why a Cease-Fire Is Now a Real Possibility”. JACK WATLING. FOREIGN AFFAIRS, 1 de junio.

(3) “A Less Muscular Victory Day Parade Shows Putin’s Growing Vulnerability”. THE NEW YORK TIMES, 8 de mayo; “In Russia, the Public Mood Is Souring. The Russian regime is now visibly motivated by fear”. ALEXANDER BAUNOV. CARNEGIE, 7 de mayo.

(4) “Iran Embraces a Forever War. Tehran’s New Strategic Calculus”. MOHAMMAD AYATOLLAHI TABAAR. FOREIGN AFFAIRS, 2  de junio.

(5) “The Energy Crisis Will Long Outlast the Iran War. The baked-in damage to oil and gas production will take months to undo”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 1 de junio.

(6) “Trump Hits the Stalemate Phase of His International Interventions, and It Stings”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 31 de mayo.

(7) “Tracking the Presidency”. THE ECONOMIST, 27 de mayo.

(8)” Israel’s assault on southern Lebanon in video, maps and charts”. THE GUARDIAN, 11 de mayo; Israel’s Lebanon Strategy Is Self-Defeating”. STEVEN SIMON. FOREIGN POLICY, 14 de mayo; “Hezbollah’s Trap for Israel”, SHIRA EFRON. FOREIGN AFFAIRS, 2 de junio.

(9) “A Trump Deal With Iran Could Spell Trouble for Netanyahu”. AARON DAVID MILLER Y CHARLES KURTZER. FOREIGN POLICY, 1 de junio; “Trump fragilise Nétanyahou en le contraignant à reporter son offensive sur Beyrouth”. LUC BRONNER. LE MONDE, 2 de junio.