17 de junio de 2026
El Donald Trump candidato a la
Casa Blanca dijo en su día que el acuerdo nuclear de la administración Obama con
Irán era el “más tonto” que había suscrito jamás Estados Unidos. Hipérboles
habituales aparte, quería seducir a Israel y al sector del establishment
norteamericano partidario de no resignarse a la supervivencia del régimen de
los ayatollahs. Cuando ganó las elecciones hizo saltar por los aires el JCPOA
(Plan integral Conjunto) y restableció las sanciones contra Irán, sin aportar
prueba alguna de incumplimiento de la otra parte, lo que supuso una vulneración
del Derecho Internacional. Periódicamente amenazaba con bombardear y destruir
el arsenal nuclear iraní, pero acabó su mandato sin intentarlo siquiera.
Con su vuelta a la Casa Blanca,
Trump tenía una espina clavada en su orgullo de líder fuerte e incontestado. En
junio del año pasado, tras unas negociaciones que él mismo se encargó de
boicotear, hizo un primer ensayo militar de “asustar” al régimen islámico, para
obligarlo a claudicar. No lo consiguió. La espina seguía provocando
ulceraciones en su ego.
El primer ministro israelí, Benjamín
Netanyahu, se encargó de que Trump no olvidara el asunto, hasta que por fin
consiguió seducirlo para que acabara el trabajo, sin contemplaciones. Una nueva
ronda de actuaciones represivas del aparato paramilitar iraní le sirvieron de
excusa para lanzar una operación militar de gran envergadura, cuyo objetivo no
podía ser otro que destruir la arquitectura de poder en Teherán y favorecer el
cambio de régimen. Trump se soñaba a sí mismo como “liberador” de Irán. Ya se
sabe cómo ha acabado el empeño.
POTENCIA MILITAR, DEBILIDAD
ESTRATÉGICA
Estados Unidos ha bombardeado
130.000 objetivos en Irán y sus defensas han interceptado 1.700 misiles y
drones iraníes. Según datos del Comando Militar Central, el aparato militar
norteamericano ha destruido el 85% de las fábricas que producen los misiles y
drones de la República Islámica, ha hundido la práctica totalidad de sus buques
de guerra y destruido el 75% de la infraestructura de lanzamiento de sus
misiles (1). El Pentágono ha esquilmado sus reservas de armas. Pero lo peor ha
sido el fracaso estratégico. ¿Por qué?
En primer lugar, porque no ha
conseguido los objetivos políticos presentidos. Y son presentidos, porque
Trump, en parte debido a su confusión intelectual, pero también por su habitual
cálculo para eludir responsabilidades, nunca trazó con claridad lo que
perseguía con la guerra. Fue adoptando decisiones sobre la marcha, según los
resultados que se fueran obteniendo, e iba acomodando su verborrea a las
conveniencias políticas de cada momento.
Aún así, al propio Trump le
traicionaban sus excesos verbales e imprudencias y dejó entender que tres
objetivos parecían irrenunciables: la destrucción por completo del programa
nuclear iraní y de sus arsenales y fábricas de misiles de medio y largo alcance
y el debilitamiento extremo del régimen para propiciar un cambio de sistema
político.
Ninguno de estos objetivos iba
acompañado de estrategias adecuadas y opciones de sustitución, en caso de
problemas o dificultades que impidieran su ejecución. En el libreto de Trump,
nada sale mal, porque nada de eso puede ocurrir.
La segunda razón que convierte esta
operación militar técnicamente exitosa en un fracaso son las consecuencias
económicas que ha acarreado. Irán consiguió poner en marcha un mecanismo de
bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, vía marítima por la que circula el 70%
de los productos energéticos de exportación hacia los cinco continentes, en
mayor o menor intensidad. Y no sólo eso: otros productos químicos como los
fertilizantes, imprescindibles para asegurar la producción alimentaria mundial,
transitan por esa ruta marítima. Occidente entró en pánico y Trump pasó de
alardear de poder militar a vestirse con sus disfraces de genio de la
diplomacia y la disuasión.
Hay un tercer motivo que impide a
Trump vender esta forzada tregua en un éxito: la opacidad de los términos que
la definen y la incertidumbre que la rodea. Desde el 8 de abril, cuando se
alcanzó un alto de fuego luego cientos de veces vulnerado, el Presidente de EE.
UU. ha proclamado el final de las hostilidades al menos en 40 ocasiones. Bombardeos
salpicados de amenazas apocalípticas y de invitaciones a la conversación se han
sucedido ante la incredulidad general. En vísperas de que se conozca el
contenido concreto y desarrollado del acuerdo, ya parece cierto que los asuntos
importantes, como el futuro del programa nuclear iraní, la navegabilidad sin
peaje (toll free) a medio y largo plazo en Ormuz y el régimen de
sanciones contra Irán quedaran a expensas de una negociación para la que las
dos partes se dan un plazo de 60 días.
O sea, todo en el aire. Como dice
Daniel Byman, profesor de la Escuela de Servicio exterior de la Universidad de Georgetown,
Estados Unidos tendrá que negociar con unos nuevos líderes embravecidos y
reforzados (2). No puede descartarse un pronto regreso a las hostilidades, si
alguna de las dos partes percibe una situación favorable a sus intereses (3).
Un cuarto factor amenaza esta
delicada pieza de ficción diplomática. El gobierno israelí está visiblemente
incómodo por el intento de Trump de forzar el parón de la campaña militar en el
Líbano, después de miles de muertos entre la población civil, un destrozo de
material e infraestructuras sin precedentes, la reocupación de una amplia franja
meridional del país y la sensación de que Hezbollah, la milicia chií proiraní
sigue activa. Por eso, Israel esquiva expresamente la tregua (4).
Las supuestas desavenencias entre
Trump y Netanyahu son objeto de distintas evaluaciones de los analistas
internacionales. Unos creen que, en efecto, al Presidente norteamericano le ha
irritado que el Primer ministro israelí no se aviniera a sus necesidades
políticas por intransigencia, por presiones de sus socios más radicales o por
las urgencias electorales israelíes (comicios inciertos en otoño). Otros, en
cambio, consideran que se han exagerado estas discrepancias, porque Israel ya
es un pasivo incluso entre la base electoral republicana ante las elecciones de
medio mandato del próximo otoño (5).
LA SOMBRA DE LA GUERRA
Con este panorama, Trump se
encuentra con la hostilidad demócrata y un partido republicano que no parece
dispuesto a secundarle en su intento triunfalista de presentar la detención de
las hostilidades como una reivindicación de la política seguida desde febrero
hasta aquí. Importantes portavoces del GOP como el senador sureño Lindsey
Graham o el propio Presidente de la Cámara de los Representantes, Mike Johnson,
han dejado traslucir sus dudas (6).
En Irán, el acuerdo también ha
creado fricciones. Las facciones que se han impuesto en Teherán desde el
comienzo de la guerra, es decir, el aparato militar de los Guardianes de la
Revolución y el sector pragmático del régimen, encabezado por el Presidente del
Parlamento, Mohamed Bagher Ghalibaf, y el ministro de Exteriores, Abbas Araghtchi,
presentan el acuerdo como una victoria, por la simple razón de que el régimen
islámico sigue en pie. Obvian la destrucción de infraestructuras y el amplio aniquilamiento
del arsenal militar y contemplan la remodelación de Oriente Medio con
autocomplacencia (7).
Sólo los llamados “inquietos”, es
decir una facción muy extremista encabezada por el Saïd Jalili, negociador
nuclear de Ahmadineyad en la segunda década del siglo, cuestionan el pacto con
Estados Unidos y lo presentan como una “traición al Guía mártir”. Agrupados en
el Frente para la estabilidad de la Revolución Islámica, no parece que tengan
una influencia decisiva: pueden ser útiles como recurso de propaganda, pero no
podrán alterar las decisiones de quienes ejercen el poder en Teherán (8).
En el mejor de los casos, nos
esperan semanas difíciles de palabras gruesas y sensación de vuelta a la guerra
de un día para otro. Y, en el mejor de los casos, una muy lenta recuperación
económica, favorecida por el descenso despacioso de los precios de los
productos energéticos. La inflación no desaparecerá de pronto y el crecimiento será
menor en casi un punto (0,8%) que las previsiones anteriores (9).
La guerra de Trump y Netanyahu,
cuando se convirtió en la guerra de Ormuz, aparte de cruel, se convirtió en la
más tonta de las muy tontas emprendidas por Estados Unidos en esa zona del
mundo.
NOTAS
(1) “The Middle East Powe Paradox”.
How the Iran War Will
Transform America’s Military Role. DANA STROUL. FOREIGN AFFAIRS, 16 de
enero.
(2) “The Truce Between the U.S. and Iran Was the Easy Part”. DANIEL
BYMAN. FOREIGN POLICY, 15 de junio.
(3) “A deal is only the beginning
of the end of the US-Iran war. And they could start fighting again in the hope
of getting a better one”. THE ECONOMIST, 15 de enero.
(4) “Netanyahu
Says Israel Will Keep Forces in Lebanon, Despite U.S.-Iran Deal”.
EPHRAT LIVNI. THE NEW YORK TIMES, 15 de junio.
(5) “'Crazy' phone call between Trump and Netanyahu complicates Iran talks”. BERND DEBUSSMANN. BBC, 4 de junio.
(6) “Iran Hawks Side-Eye Trump’s
Deal. The president will
feel criticisms from this group most keenly”. EMMA ASHFORD. FOREIGN POLICY,
15 de junio.
(7) “Iran’s New Grand Strategy. How a Remade Islamic Republic
Will Reshape the Middle East”. NARGES BAJOGHLI & VALI NASR. FOREIGN
AFFAIRS, 3 de junio.
(8) “Accord Iran-Etats-Unis: à Téhéran, les conservateurs
protestent, mais le cœur du pouvoir fait bloc”. GHAZAL GOLSHIRI. LE MONDE,
16 de enero.
(9) “Trump Has His Iran Deal. How Soon Until Oil Prices Come Down?”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 15 de enero; “Pourquoi l’inflation mettra du temps à refluer, malgré une réouverture, même rapide, du détroit d’Ormuz”. ERIC ALBERT. LE MONDE, 16 de junio.

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