5 de mayo de 2011
La liquidación -por qué no decir claramente el asesinato- de Bin Laden va camino de convertirse en el culebrón más sensacional del mandato de Obama. Como era de esperar, las primeras informaciones sobre la operación militar no fueron precisas, o más bien resultaron bastante imprecisas en aspectos sensibles. Ya estamos habituados a ello. La novedad, en este caso, es que las contradicciones, errores o inexactitudes han salido muy pronto a la luz. Los principales responsables atribuyen estos problemas a la precipitación por dar una noticia tan esperada por la población, a la voracidad de los medios y a una cierta desconexión entre servicios. Puede ser. (1)
INFORMACION Y VALORES
Durante horas, la Casa Blanca ha estado considerando hacer públicas las fotos del supuesto cadáver del líder de Al Qaeda. Finalmente, para sorpresa de muchos, no lo hará. Esta decisión ha motivado una fuerte polémica, política y mediática. Aparte del morbo, que opera en cantidades nada despreciables, los observadores señalan los dos polos opuestos del debate. Por un lado, mostrar el resultado tangible de la operación permitiría despejar los rumores o leyendas sobre la identidad de los muertos en Abbottabad y privaría a los jihadistas de propalar la tesis de que su emir sigue vivo y que todo habría sido un montaje, por extravagante que resulte. Desde una visión contraria, la difusión de las fotos podría suponer un abono del martirologio islamista, debido al terrible estado de los restos de Bin Laden.
Pero, más allá de estas consideraciones, el otro gran asunto de política interna en Estados Unidos gira en torno a la legalidad e ilegalidad de la acción, la moralidad, los principios, los famosos values, que tanto gusta evocar en aquellos pagos, como elemento activo de identidad política, pero también de propaganda.
Resulta incómodo para la administración Obama admitir ahora que Bin Laden no iba armado, contrariamente a lo proclamado en un principio. O que tampoco sea cierto que intentara emplear a una mujer -al parecer, una de sus esposas- para protegerse. Distintos portavoces han señalado en segunda instancia que los asaltantes abrieron fuego legítimamente, porque no podían saber si el 'objetivo' tenía dispuesto un cinturón de explosivos y podía inmolarse en cualquier momento, provocando una masacre.
El episodio altera el discurso humanitario de la administración en materia antiterrorista, ya de por si cuestionado por el incumplimiento de promesas relacionadas con la gestión del dossier Guantánamo. En cambio, a los norteamericanos, a los ciudadanos de a pie, que se respetaran escrupulosamente las normas o no parece bastante secundario, a juzgar por las celebraciones callejeras, las emotivas ceremonias públicas o las encuestas de urgencia.
La popularidad de Obama ha subido como la espuma, entre otras cosas, porque sus seguidores no se atreven a ir contra-corriente y los adversarios le reconocen con los dientes apretados el valor demostrado. Naturalmente, haría muy bien el presidente en no fiarse de estos apoyos envenenados. De hecho, destacados dirigentes republicanos, vinculados directamente o no a la administración Bush, ya andan aireando que la información más relevante en la localización del correo que sirvió de cebo para llegar hasta el líder de Al Qaeda fue obtenida a través de los métodos que Obama y muchos demócratas criticaron cuando estaban en la oposición. Uno de los más denostados, el waterboarding (una especie de simulación de ahogamiento) le fue aplicado al arquitecto del 11-S, como a muchos de sus secuaces, y de una de esas eficaces sesiones brotó la identidad de eslabón mágico. Tampoco nada nuevo en el guión de esta secuencia.
LA BRUMOSA CUESTION PAKISTANÍ
Pero lo que probablemente tenga más alcance de este episodio sea el impacto en las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán. El gobierno pakistaní se ha referido a la operación como una "acción unilateral no autorizada", y no -distinción capital- como una "violación de la soberanía territorial" (expresión en cambio utilizada por el ex-presidente Musharraf).
Resulta un poco extraño que, en una zona de alta concentración militar como ésa, la irrupción de los helicópteros pakistaníes pasara inadvertida durante tanto tiempo. Resulta también extraño que, tras la operación, las autoridades militares pakistaníes hayan asumido la custodia de algunos detenidos ilustres (el hijo y algunas esposas de Bin Laden, entre otras personas cuya identidad de momento desconocemos).
La versión oficial norteamericana es que "no se compartió información con ningún otro país, incluido Pakistán". Esta afirmación puede ser verdadera, falsa, parcialmente verdadera o parcialmente falsa. Nos explicamos.
Puede ser verdadera, según la tesis de que los servicios de seguridad estadounidenses se fían poco o nada de sus homólogos pakistaníes y, por tanto, cualquier información previa sólo podría perjudicar, si no arruinar la operación.
Puede ser falsa, y que determinados sectores de la inteligencia, de las fuerzas armadas o del gobierno, pudieran estar al corriente (a última hora y sin capacidad de maniobra, eso sí), pero que se negara en público para no exponer aún más a las iras integristas la colaboración con Washington.
Puede ser parcialmente verdadera, en el sentido de que se hubiera mantenido un silencio férreo acerca de los detalles operativos, pero no tanto sobre los aspectos generales, sobre todo aquellos que se derivaran del intenso intercambio de información producido en la última década entre ambos países.
O puede ser parcialmente falsa, si consideramos que pudo haber algún tipo de alerta, aviso o señal en círculos o ámbitos que no pusieran en peligro en modo alguno la ejecución de la operación.
La prensa pakistaní, portavoz de distintos intereses y sensibilidades en el país, se rasga las vestiduras estos días. Se mueve entre el lamento por "la violación de la soberanía de Pakistán, mucho más grave que en el caso de los ataques aéreos sin piloto" (THE NEWS); la incómoda sensación de incompetencia por no haber detectado "cómo un terrorista de primer orden como Osama ha podido esconderse en Abbottabad"; o, peor aún, la "vergüenza" por haber negado durante tanto tiempo que Bin Laden estuviera en Pakistán (THE TRIBUNE); y la humillación por haber expuesto a las fuerzas de elite pakistaníes al ridículo de no haberse enterado de una incursión militar extranjera, lo que abre interrogantes serios sobre la solidez de la seguridad en el país (DAWN).
Existen motivos para suponer que hay mucho de impostura en las supuestas fricciones entre Pakistán y Estados Unidos. Por muchas diferencias, insatisfacciones, cortocircuitos y deslealtades que puedan destacarse, existe un interés estratégico compartido que data de los años ochenta. No hace falta acudir a las tesis conspirativas para recordar que una dosis bien administrada de 'amenaza islámica' puede resultar enormemente conveniente para justificar ciertas políticas.
Si bien parece cierta la duplicidad pakistaní con respecto a la amenaza islamista, no es menos evidente el doble lenguaje en Washington y ciertas "lágrimas de cocodrilo". Destacados parlamentarios, republicanos y demócratas, reclaman reducir o incluso suprimir los 3 mil millones de dólares de ayuda anual a Pakistán. Sin embargo, al término de una reciente gira por el país, una delegación del Congreso encabezada por el flamante presidente de la Cámara, se ha deshecho en elogios sobre la actitud de Islamabad en la lucha antiterrorista y ha advertido contra la tentación de interrumpir o cuestionar la cooperación bilateral.
POCOS CAMBIOS A LA VISTA
Esta situación, que algún incauto podría reputar de 'esquizofrénica' tiene la ventaja de proporcionar un manto de ambigüedad, que resulta muy beneficiosa cuando se trata de un asunto tan resbaladizo como la lucha contra el terror islamista. No cabe esperar grandes cambios después de la desaparición de Bin Laden. Hace mucho tiempo ya que la guerra en Afganistán no está motivada por el peligro operativo de Al Qaeda, que resulta mucho más amenazante en otros lugares. Lo que se pretendería evitar es el retorno al poder de los talibanes. Pero esta eventualidad puede neutralizarse mejor con un acuerdo pactado que mediante una prolongada, desgastante y carísima intervención militar. Lo que probablemente actúa de fondo es el seguimiento y control de la tensión indo-pakistaní, el mayor foco de riesgo de una conflagración nuclear, el punto más crítico del planeta para la paz mundial.
(1) Muy recomendable el artículo de JEREMY SCAHILL en THE NATION sobre la operación y la unidad de élite que la realizó:
http://www.thenation.com/blog/160332/jsoc-black-ops-force-took-down-bin-laden
LA MUERTE DE UN FANTASMA
2 DE MAYO DE 2011
La operación que ha conducido a la localización y muerte del legendario líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, en una mansión ubicada en Abbottabad, a medio centenar de kilómetros al norte de Islamabad, la capital de Pakistán, deja algunas apreciaciones de urgencia, que sintetizamos a continuación:
Una derrota importante, pero simbólica para Al Qaeda. Como se ha dicho hasta la saciedad, desde los gobierno y desde los gabinetes de expertos, Bin Laden era una referencia moral, histórica, simbólica, pero no un auténtico dirigente operativo. Ni siquiera estratégico. Por voluntad propia y por la necesidad que impone la lucha antiterrorista global, los seguidores del fundador de Al Qaeda hace mucho tiempo que se estructuran en organizaciones locales, muy flexibles, muy ágiles, muy ‘horizontales, si cabe expresarlo así. En cada país –o, a lo máximo. En cada región o zona-, cada franquicia de Al Qaeda actua según lo determinan sus condiciones y sus decisiones adoptadas con casi absoluta autonomía.
Un nuevo capítulo para Al Qaeda. El número dos, el egipcio Al Zawahiri, no parece ser uno de los otros muertos en la operación: al parecer, uno de los hijos de Bin Laden, dos correos y una mujer que fue utilizada como escudo humano por alguno de los islamistas. Hay muchas dudas sobre la herencia del liderazgo. Al Zawahiri tenía la confianza del máximo dirigente, pero se duda mucho que reúna el consenso de los otros dirigentes para gestionar su legado. Lo más probable es que, con la desaparición de Bin Laden, se intensifique la ‘horizontalidad’ de los equipos operativos. Podría no haber necesariamente un ‘número uno’, desaparecido su inspirador y líder moral y simbólico. Muchos leones al frente de numerosas camadas de leones, por utilizar una expresión habitual en la retórica jihadista.
Una victoria para Obama. El presidente ha cumplido lo que prometió: centrarse en la persecución, captura o liquidación del principal responsable del mayor atentado terrorista contra Estados Unidos. Las dudas sobre la intensidad o adecuación de los esfuerzos de esta administración quedaran de momento apagadas. Pero no hay que descartar que emerjan de nuevo, si se produjera una represalia de cierta dimensión o como resultado de cualquier otra circunstancia que permita deslizar críticas más bien oportunistas.
Una prueba más de la militarización de la CIA. La liquidación de Bin Laden se asemeja más a una acción militar en toda regla que a una operación encubierta propia de un servicio de inteligencia. Hace unos días, al anunciarse que el próximo director de la CIA sería el general David Petreus, actual jefe del operativo militar norteamericano en Afganistán, se confirmó esta tendencia, hace tiempo observada en la estrategia militar y antiterrorista de Estados Unidos. El Pentágono y la CIA han iniciado una confluencia en metodología, tácticas y operativas cada vez más acusada, de forma que la Central de Inteligencia se encuentra cada vez más militarizada, y las Fuerzas Armadas actúan cada vez con más asiduidad como una agencia de operaciones encubiertas y dedican más recursos a la recogida y análisis de inteligencia.
Un aparente refuerzo de los que continúan sospechando del apoyo directo o indirecto del establishment militar pakistaní, o de algunos de sus componentes, al complejo islámico radical de Al Qaeda y aliados, colaboradores y cómplices. Bin Laden se encontraba en un distrito de Islamabad, Abbottabad, que alberga también una de las principales bases militares de la capital y una academia militar. En esa zona habían encontrado refugio anteriormente otros destacados dirigentes islámicos radicales.
Un síntoma más de las tensas relaciones de Washington con Islamabad. Ni el gobierno ni, por supuesto, el mando militar pakistaní fueron informados con antelación de la fase final de la operación. Ambos gobiernos han tenido interés en resaltar la colaboración de los servicios antiterroristas pakistaníes. Pero hace unos días se hizo público el último reproche oficial norteamericano a Pakistán por falta de energía, de interés en la persecución de Al Qaeda: en este caso, el portavoz fue el Jefe del Comando militar conjunto de Estados Unidos, el almirante Mike Mullen.
Una oportunidad para redefinir la estrategia en Afganistán. Hamid Karzai intentará convencer a la comunidad internacional que el santuario terrorista no se encuentra en su país, sino en Pakistán. El presidente afgano se ha apresurado a destacar esta idea, en su primera reacción pública a la desaparición del líder islamista. Karzai está tratando de crear el ambiente político, militar y diplomático para intensificar y acelerar las negociaciones con la dirigencia talibán, o al menos con un sector de ella, con el objetivo de lograr el fin de las hostilidades. Estados Unidos contempla con aprensión estas iniciativas del presidente afgano, del que hace tiempo que no se fía.
La operación que ha conducido a la localización y muerte del legendario líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, en una mansión ubicada en Abbottabad, a medio centenar de kilómetros al norte de Islamabad, la capital de Pakistán, deja algunas apreciaciones de urgencia, que sintetizamos a continuación:
Una derrota importante, pero simbólica para Al Qaeda. Como se ha dicho hasta la saciedad, desde los gobierno y desde los gabinetes de expertos, Bin Laden era una referencia moral, histórica, simbólica, pero no un auténtico dirigente operativo. Ni siquiera estratégico. Por voluntad propia y por la necesidad que impone la lucha antiterrorista global, los seguidores del fundador de Al Qaeda hace mucho tiempo que se estructuran en organizaciones locales, muy flexibles, muy ágiles, muy ‘horizontales, si cabe expresarlo así. En cada país –o, a lo máximo. En cada región o zona-, cada franquicia de Al Qaeda actua según lo determinan sus condiciones y sus decisiones adoptadas con casi absoluta autonomía.
Un nuevo capítulo para Al Qaeda. El número dos, el egipcio Al Zawahiri, no parece ser uno de los otros muertos en la operación: al parecer, uno de los hijos de Bin Laden, dos correos y una mujer que fue utilizada como escudo humano por alguno de los islamistas. Hay muchas dudas sobre la herencia del liderazgo. Al Zawahiri tenía la confianza del máximo dirigente, pero se duda mucho que reúna el consenso de los otros dirigentes para gestionar su legado. Lo más probable es que, con la desaparición de Bin Laden, se intensifique la ‘horizontalidad’ de los equipos operativos. Podría no haber necesariamente un ‘número uno’, desaparecido su inspirador y líder moral y simbólico. Muchos leones al frente de numerosas camadas de leones, por utilizar una expresión habitual en la retórica jihadista.
Una victoria para Obama. El presidente ha cumplido lo que prometió: centrarse en la persecución, captura o liquidación del principal responsable del mayor atentado terrorista contra Estados Unidos. Las dudas sobre la intensidad o adecuación de los esfuerzos de esta administración quedaran de momento apagadas. Pero no hay que descartar que emerjan de nuevo, si se produjera una represalia de cierta dimensión o como resultado de cualquier otra circunstancia que permita deslizar críticas más bien oportunistas.
Una prueba más de la militarización de la CIA. La liquidación de Bin Laden se asemeja más a una acción militar en toda regla que a una operación encubierta propia de un servicio de inteligencia. Hace unos días, al anunciarse que el próximo director de la CIA sería el general David Petreus, actual jefe del operativo militar norteamericano en Afganistán, se confirmó esta tendencia, hace tiempo observada en la estrategia militar y antiterrorista de Estados Unidos. El Pentágono y la CIA han iniciado una confluencia en metodología, tácticas y operativas cada vez más acusada, de forma que la Central de Inteligencia se encuentra cada vez más militarizada, y las Fuerzas Armadas actúan cada vez con más asiduidad como una agencia de operaciones encubiertas y dedican más recursos a la recogida y análisis de inteligencia.
Un aparente refuerzo de los que continúan sospechando del apoyo directo o indirecto del establishment militar pakistaní, o de algunos de sus componentes, al complejo islámico radical de Al Qaeda y aliados, colaboradores y cómplices. Bin Laden se encontraba en un distrito de Islamabad, Abbottabad, que alberga también una de las principales bases militares de la capital y una academia militar. En esa zona habían encontrado refugio anteriormente otros destacados dirigentes islámicos radicales.
Un síntoma más de las tensas relaciones de Washington con Islamabad. Ni el gobierno ni, por supuesto, el mando militar pakistaní fueron informados con antelación de la fase final de la operación. Ambos gobiernos han tenido interés en resaltar la colaboración de los servicios antiterroristas pakistaníes. Pero hace unos días se hizo público el último reproche oficial norteamericano a Pakistán por falta de energía, de interés en la persecución de Al Qaeda: en este caso, el portavoz fue el Jefe del Comando militar conjunto de Estados Unidos, el almirante Mike Mullen.
Una oportunidad para redefinir la estrategia en Afganistán. Hamid Karzai intentará convencer a la comunidad internacional que el santuario terrorista no se encuentra en su país, sino en Pakistán. El presidente afgano se ha apresurado a destacar esta idea, en su primera reacción pública a la desaparición del líder islamista. Karzai está tratando de crear el ambiente político, militar y diplomático para intensificar y acelerar las negociaciones con la dirigencia talibán, o al menos con un sector de ella, con el objetivo de lograr el fin de las hostilidades. Estados Unidos contempla con aprensión estas iniciativas del presidente afgano, del que hace tiempo que no se fía.
RAZONES Y EXCUSAS
28 de abril de 2011
Cada día que pasa, la gestión internacional de las revueltas ciudadanas en el mundo árabe se torna más incómoda, más incierta, más costosa. La guerra se estanca en Libia. En los otros dos países bajo alta tensión, Yemen y Siria, la solución no parece más clara. Los palestinos reaccionan al estancamiento del proceso de paz con un desafío de unidad. Obama se queda sin espacio y las tensiones migratorias adoptan en Europa un rostro feo.
¿HACIA UNA GUERRA LARGA EN LIBIA?
Se prolonga la campaña militar en Libia, en parte por el retraimiento parcial de Estados Unidos. Aunque el resto de aliados occidentales parece contar con potencial suficiente para debilitar decisivamente a las fuerzas gubernamentales, de momento no se percibe una rendición inmediata de Gadafi. La participación reciente de los drones, los aviones sin piloto podrán resolver alguna situación complicada y minimizar riesgos. Pero el problema continúa siendo el mismo que desde el principio de los combates: nula profesionalidad de los rebeldes, inadecuada utilización del armamento a su disposición, atrincheramiento eficaz de los efectivos oficialistas, tal vez, cierta confusión en la gestión de prioridades y objetivos.
DESCONFIANZA EN YEMEN
El presidente yemení juega con los tiempos y saca un partido asombroso de su debilidad. Consigue desesperar a la oposición, que está deseando aceptar el acuerdo forjado por los protectores renuentes del Golfo, pero se ve sometida al maximalismo de los ciudadanos que han hecho el gasto en la calle y recibido los disparos de la guardia pretoriana de Saleh. No se fían los manifestantes de un acuerdo que deja margen de maniobra a su marrullero presidente actual. Los norteamericanos están deseando que la crisis se cierre, están dispuestos a concederle ciertos privilegios al presidente o a su familia, con tal de que se empiece a recuperar cuanto antes el tiempo perdido en la vigilancia y control de los efectivos de Al Qaeda pertrechados en el país. Las tribus no tienen prisa, y su agenda no es la de la oposición política, ni la de los manifestantes, ni la de Estados Unidos o los vecinos. Pero siguen teniendo la clave de la resolución de la crisis.
SIRIA: CREDITO AGOTADO
En Siria, el presidente Assad ha perdido todo el crédito que aún tenía, que era muy poco. Seguir aireando el mantra de las reformas resulta, a estas alturas, sarcástico. Hace ocho años, en un viaje por el país, ya pudimos comprobar que las esperanzas alumbradas por su llegada al poder se habían debilitando notablemente. El deterioro desde entonces ha sido creciente e ininterrumpido. Ahora, que se ha visto confrontado al dilema de seguir la vía egipcia o la vía libia, ha optado más bien por esta última. Se dirá lo que se quiera, pero no ha sido más brutal la represión de Gadafi que la de Assad. En todo caso, la amplitud de la protesta siria ha sido menor, hasta la fecha. Todo indica que, a medida que los sirios incrementen su revuelta, el presidente sirio no tiene espacio para dar marcha atrás.
Los especialistas en Siria aseguran que en Damasco se han recrudecido las batallas palaciegas larvadas desde la desaparición de Hafez el Assad. Las informaciones hablan de pulsos familiares a cara de perro, de zancadillas, de traiciones, de alianzas cruzadas, rotas y de nuevo recompuestas, entre hermanos, cuñados, primos... LE MONDE pronostica "un cierre de filas, vital para la supervivencia de la familia, en torno a personajes cada vez más poderosos, que harán lo que sea necesario para salvaguardar sus intereses". Pero hay otra clave igualmente importante: el papel del ejército en la consolidación de la hegemonía de los alauíes como minoría (apenas un 12 por ciento) gobernante del país. Contrariamente a lo ocurrido en Egipto, el destino de la élite militar parece ligado a la suerte del clan gobernante.
Ante la violencia creciente y cada día más inquietante en las ciudades sirias, las cancillerías occidentales muestran una contención llamativa. Nuevamente, Obama ha marcado el tono. El resto de las capitales occidentales influyentes tratan de forjar una condena en la ONU que, dadas las circunstancias y antecedentes, sabe a poco: suena al "mínimo común exigible". Sería una ingenuidad impresionante esperar otra cosa, cabe decir, una contundencia como la exhibida en Libia. Por muchas razones, el régimen sirio no es el libio. No porque sea más decente, más respetuoso de la vida o de los derechos de sus ciudadanos. Simplemente, resulta más útil en el actual equilibrio geoestratégico. Aquí, las razones se tornan excusas.
La postura constructiva de Damasco en el proceso de paz tiene tanto de espejismo como la voluntad democratizadora o reformista. Después de años de intentos más o menos discretos, de iniciativas impulsadas por Turquía o, más discretamente aún, por Washington, no se percibían avances significativos. Sin la recuperación incondicional de los Altos de Golán, no parece que Assad hijo se encontrara en condiciones de aceptar componendas con Israel.
EL ÓRDAGO PALESTINO
Las negociaciones de paz han estado lastradas una década por el fracaso de Camp David, la última tentativa seria de alcanzar un acuerdo para resolver la cuestión palestina, clave de bóveda de todo lo demás. En estos dos años de Obama -los de Bush apenas cuentan-, la intransigencia y la mala fe de Israel en su política de colonización de los territorios ocupados ha impedido que la facción más moderada de los palestinos se aviniera al propósito vacío de volver a la dinámica negociadora.
Ahora se prepara otra ofensiva de relaciones públicas del primer ministro israelí, con el apoyo inestimable de los republicanos estadounidenses, que le han invitado a hablar ante el Congreso. Nula lealtad institucional de la derecha norteamericana, que debe obligar a la Casa Blanca a mover ficha, a recuperar la iniciativa, según le aconsejan los medios liberales, como THE NEW YORK TIMES. Tampoco se percibe con claridad, en el actual contexto convulso de la zona, que puede ofertar Obama.
El acuerdo de gobierno entre las dos grandes facciones palestinas -Fatah y Hamas-, anunciado esta misma semana, parece ser una única respuesta posible a la debilidad del presidente norteamericano. El movimiento nacional palestino parece haber optado por la cohesión, después de más de una década de lamentables divisiones. Hoy está más cerca que ayer el propósito de proclamar unilateralmente el Estado palestino independiente, en septiembre, durante las sesiones de la Asamblea General de la ONU, con un amplio respaldo diplomático internacional. Obama no podrá desconocer sin más la iniciativa, ni puede regresar a un incondicional apoyo a Israel, sin poner en peligro lo que ha construido estos dos años en la opinión pública árabe. Ahora, menos que nunca.
EL FANTASMA MIGRATORIO
La agitación árabe tiene efectos nada desdeñables de este lado del Mediterráneo, como era de esperar. La guerra libia ya ha desencadenado un flujo migratorio, que no ha hecho más que empezar. La huida de ciudadanos libios y de emigrantes tunecinos que se ganaban la vida en ese país ha reventado las frágiles costuras europeas. Italia optó por liberar presión en Lampedusa (25.000 llegados para una población local de 6.000) otorgando visas de seis meses para circular libremente por el abierto espacio europeo. El 'problema' le repercutió de pleno a la vecina Francia. París, como se temía, no tardó en reaccionar, y lo hizo a la manera sarkoziana: con maneras fuertes. En este caso, amenazando con levantar de nuevo las fronteras interiores de la Unión, si no se revisa de inmediato los mecanismos de Schengen.
Se comprende la urgencia de la situación -la presión migratoria no ha hecho más que comenzar, seguramente- y las presiones electorales de alto voltaje. Pero debería exigirse otro estilo de gobernar, de afrontar la crisis. Manca finezza. En Roma y en París. Por lo que se ha visto, tampoco sobra paciencia. Algo en común tienen esos dos líderes: la presión de dos fuerzas xenófobas -Frente Nacional y Liga Norte- muy potentes, pujantes, influyentes, que amenazan con comerle buena parte de sus respectivas bases electorales. Sarkozy y Berlusconi viven permanentemente en la tentación populista, como resalta THE INDEPENDENT. También en esto, razones y excusas.
Cada día que pasa, la gestión internacional de las revueltas ciudadanas en el mundo árabe se torna más incómoda, más incierta, más costosa. La guerra se estanca en Libia. En los otros dos países bajo alta tensión, Yemen y Siria, la solución no parece más clara. Los palestinos reaccionan al estancamiento del proceso de paz con un desafío de unidad. Obama se queda sin espacio y las tensiones migratorias adoptan en Europa un rostro feo.
¿HACIA UNA GUERRA LARGA EN LIBIA?
Se prolonga la campaña militar en Libia, en parte por el retraimiento parcial de Estados Unidos. Aunque el resto de aliados occidentales parece contar con potencial suficiente para debilitar decisivamente a las fuerzas gubernamentales, de momento no se percibe una rendición inmediata de Gadafi. La participación reciente de los drones, los aviones sin piloto podrán resolver alguna situación complicada y minimizar riesgos. Pero el problema continúa siendo el mismo que desde el principio de los combates: nula profesionalidad de los rebeldes, inadecuada utilización del armamento a su disposición, atrincheramiento eficaz de los efectivos oficialistas, tal vez, cierta confusión en la gestión de prioridades y objetivos.
DESCONFIANZA EN YEMEN
El presidente yemení juega con los tiempos y saca un partido asombroso de su debilidad. Consigue desesperar a la oposición, que está deseando aceptar el acuerdo forjado por los protectores renuentes del Golfo, pero se ve sometida al maximalismo de los ciudadanos que han hecho el gasto en la calle y recibido los disparos de la guardia pretoriana de Saleh. No se fían los manifestantes de un acuerdo que deja margen de maniobra a su marrullero presidente actual. Los norteamericanos están deseando que la crisis se cierre, están dispuestos a concederle ciertos privilegios al presidente o a su familia, con tal de que se empiece a recuperar cuanto antes el tiempo perdido en la vigilancia y control de los efectivos de Al Qaeda pertrechados en el país. Las tribus no tienen prisa, y su agenda no es la de la oposición política, ni la de los manifestantes, ni la de Estados Unidos o los vecinos. Pero siguen teniendo la clave de la resolución de la crisis.
SIRIA: CREDITO AGOTADO
En Siria, el presidente Assad ha perdido todo el crédito que aún tenía, que era muy poco. Seguir aireando el mantra de las reformas resulta, a estas alturas, sarcástico. Hace ocho años, en un viaje por el país, ya pudimos comprobar que las esperanzas alumbradas por su llegada al poder se habían debilitando notablemente. El deterioro desde entonces ha sido creciente e ininterrumpido. Ahora, que se ha visto confrontado al dilema de seguir la vía egipcia o la vía libia, ha optado más bien por esta última. Se dirá lo que se quiera, pero no ha sido más brutal la represión de Gadafi que la de Assad. En todo caso, la amplitud de la protesta siria ha sido menor, hasta la fecha. Todo indica que, a medida que los sirios incrementen su revuelta, el presidente sirio no tiene espacio para dar marcha atrás.
Los especialistas en Siria aseguran que en Damasco se han recrudecido las batallas palaciegas larvadas desde la desaparición de Hafez el Assad. Las informaciones hablan de pulsos familiares a cara de perro, de zancadillas, de traiciones, de alianzas cruzadas, rotas y de nuevo recompuestas, entre hermanos, cuñados, primos... LE MONDE pronostica "un cierre de filas, vital para la supervivencia de la familia, en torno a personajes cada vez más poderosos, que harán lo que sea necesario para salvaguardar sus intereses". Pero hay otra clave igualmente importante: el papel del ejército en la consolidación de la hegemonía de los alauíes como minoría (apenas un 12 por ciento) gobernante del país. Contrariamente a lo ocurrido en Egipto, el destino de la élite militar parece ligado a la suerte del clan gobernante.
Ante la violencia creciente y cada día más inquietante en las ciudades sirias, las cancillerías occidentales muestran una contención llamativa. Nuevamente, Obama ha marcado el tono. El resto de las capitales occidentales influyentes tratan de forjar una condena en la ONU que, dadas las circunstancias y antecedentes, sabe a poco: suena al "mínimo común exigible". Sería una ingenuidad impresionante esperar otra cosa, cabe decir, una contundencia como la exhibida en Libia. Por muchas razones, el régimen sirio no es el libio. No porque sea más decente, más respetuoso de la vida o de los derechos de sus ciudadanos. Simplemente, resulta más útil en el actual equilibrio geoestratégico. Aquí, las razones se tornan excusas.
La postura constructiva de Damasco en el proceso de paz tiene tanto de espejismo como la voluntad democratizadora o reformista. Después de años de intentos más o menos discretos, de iniciativas impulsadas por Turquía o, más discretamente aún, por Washington, no se percibían avances significativos. Sin la recuperación incondicional de los Altos de Golán, no parece que Assad hijo se encontrara en condiciones de aceptar componendas con Israel.
EL ÓRDAGO PALESTINO
Las negociaciones de paz han estado lastradas una década por el fracaso de Camp David, la última tentativa seria de alcanzar un acuerdo para resolver la cuestión palestina, clave de bóveda de todo lo demás. En estos dos años de Obama -los de Bush apenas cuentan-, la intransigencia y la mala fe de Israel en su política de colonización de los territorios ocupados ha impedido que la facción más moderada de los palestinos se aviniera al propósito vacío de volver a la dinámica negociadora.
Ahora se prepara otra ofensiva de relaciones públicas del primer ministro israelí, con el apoyo inestimable de los republicanos estadounidenses, que le han invitado a hablar ante el Congreso. Nula lealtad institucional de la derecha norteamericana, que debe obligar a la Casa Blanca a mover ficha, a recuperar la iniciativa, según le aconsejan los medios liberales, como THE NEW YORK TIMES. Tampoco se percibe con claridad, en el actual contexto convulso de la zona, que puede ofertar Obama.
El acuerdo de gobierno entre las dos grandes facciones palestinas -Fatah y Hamas-, anunciado esta misma semana, parece ser una única respuesta posible a la debilidad del presidente norteamericano. El movimiento nacional palestino parece haber optado por la cohesión, después de más de una década de lamentables divisiones. Hoy está más cerca que ayer el propósito de proclamar unilateralmente el Estado palestino independiente, en septiembre, durante las sesiones de la Asamblea General de la ONU, con un amplio respaldo diplomático internacional. Obama no podrá desconocer sin más la iniciativa, ni puede regresar a un incondicional apoyo a Israel, sin poner en peligro lo que ha construido estos dos años en la opinión pública árabe. Ahora, menos que nunca.
EL FANTASMA MIGRATORIO
La agitación árabe tiene efectos nada desdeñables de este lado del Mediterráneo, como era de esperar. La guerra libia ya ha desencadenado un flujo migratorio, que no ha hecho más que empezar. La huida de ciudadanos libios y de emigrantes tunecinos que se ganaban la vida en ese país ha reventado las frágiles costuras europeas. Italia optó por liberar presión en Lampedusa (25.000 llegados para una población local de 6.000) otorgando visas de seis meses para circular libremente por el abierto espacio europeo. El 'problema' le repercutió de pleno a la vecina Francia. París, como se temía, no tardó en reaccionar, y lo hizo a la manera sarkoziana: con maneras fuertes. En este caso, amenazando con levantar de nuevo las fronteras interiores de la Unión, si no se revisa de inmediato los mecanismos de Schengen.
Se comprende la urgencia de la situación -la presión migratoria no ha hecho más que comenzar, seguramente- y las presiones electorales de alto voltaje. Pero debería exigirse otro estilo de gobernar, de afrontar la crisis. Manca finezza. En Roma y en París. Por lo que se ha visto, tampoco sobra paciencia. Algo en común tienen esos dos líderes: la presión de dos fuerzas xenófobas -Frente Nacional y Liga Norte- muy potentes, pujantes, influyentes, que amenazan con comerle buena parte de sus respectivas bases electorales. Sarkozy y Berlusconi viven permanentemente en la tentación populista, como resalta THE INDEPENDENT. También en esto, razones y excusas.
EL MALESTAR DE LAS REVOLUCIONES ÁRABES
14 de abril de 2011
Un creciente malestar se apodera de los líderes políticos, de la opinión pública y del sector más activo y preocupado de la ciudadanía occidental, a medida que el proceso de cambios en el mundo árabe se complica y enturbia.
LIBIA. La intervención militar se prolonga, debido a una combinación de factores que no presentan una clara y fácil solución a corto plazo, a saber:
- la oposición al régimen de Gadafi no parece capaz de articular un proyecto confiable a corto plazo, por mucho que recibe avales y gestos precipitados de legitimidad por parte de sus protectores occidentales
- la solución militar se antoja dudosa, por la incompetencia, falta de preparación, confusión e inadecuación de apoyo sobre el terreno; es cierto que la situación puede cambiar de forma rápida, pero no termina de vislumbrarse cómo y mediante qué palanca.
- las discrepancias en la Alianza Atlántica pueden resultar lógicas y hasta razonables, incluso positivas, porque reflejaría la pluralidad de puntos de vista y la relativa autonomía de juicio de sus integrantes; pero deja una impresión incómoda que esas diferencias respondan en muchas ocasiones no ya a intereses nacionales, como se ha dicho tantas veces, sino a las urgencias políticas de los dirigentes de cada aliado.
- el habitual cansancio de los medios de comunicación y de la opinión pública, que esperaba una campaña más contundente y que, si bien la resistencia de Gadafi podría prolongarse durante unas semanas, no parecía contemplado de antemano que el máximo dirigente libio estuviera en condiciones de revertir la situación y encontrarse en condiciones de negociar con cierto margen su apartamiento pactado del poder.
Mientras se gestiona lo mejor que se puede el estancamiento en Libia, se contempla con preocupación los procesos de cambio en otros países ya sacudidos por la revolución o en expectativa o riesgo –según el enfoque ideológico en cada caso- de verse arrastrados por ella. Repasamos los principales escenarios.
-SIRIA. Se acabó el mito de la estabilidad, como elemento sustentador de la situación excepcional del régimen de Damasco. Las protestas sociales y políticas en Siria han superado la etapa inicial de demandas de reformas para entrar, de forma inequívoca en la exigencia de un cambio de régimen. Todas las esperanzas de reformismo prudente que despertó Bachir al Assad se esfumaron hace tiempo. Su decepcionante discurso en el Parlamento, en el que la calle esperaba una cosa y el amedrentado Presidente ofreció otra muy distinta parece haber marcado el punto de inflexión. El diario francés LE MONDE aseguraba recientemente en un editorial consagrado a este asunto que “los días del Estado baasista heredados de Hafez El Assad (…) estaban contados”. En parecidos términos se expresan representantes de las organizaciones de derechos humanos que se han atrevido a aparecer con sus opiniones en los medios occidentales. Bajo el seudónimo colectivo de Mustafá Nour, un número indeterminado de activistas publicó hace unos días un artículo de considerable extensión al respecto, en el que parecían dispuestos a perder pública y demostrablemente el miedo.
Este grupo de opositores relacionado con las protestas de ong’s de antigua y nueva cuña se preocupa de denunciar la supuesta seguridad de Siria, con denuncias que parecen justificadas y ajustadas. Para un país que vive desde 1963, casi cincuenta años, en estado de emergencia, las promesas de reformas y cambios del desacreditado Bashir El Ássad suenan ya a música celestial. Assad no cede, pero lo hará tarde o temprano, pronostican observadores y contestatarios dentro y fuera del país. El régimen ha dado algunas muestras si no de debilidad, sí al menos de preocupación, como por ejemplo las concesiones a kurdos (promesa de concesión de ciudadanía, reconocimiento del nuevo año como fiesta en todo el Estado) e islamistas moderados (cierre de un casino, rehabilitación de profesoras suspendidas por llevar el niqab, autorización para un canal de televisión por satélite, etc.). Se trata, por supuesto, de pequeños gestos, pero indicarían la voluntad del régimen de neutralizar la extensión de las protestas en sectores propicios al descontento, según THE NEW YORK TIMES. El incremento de la represión, la elevación de la cifra de muertos como consecuencia de las intervenciones policiales cada vez más duras y sangrientas reflejarían el temor de las autoridades a la pérdida del control. Algunos analistas consideran que en el interior del régimen se está produciendo un sordo debate sobre la mejor estrategia a seguir. Pero la decepcionante intervención de Assad ante el Parlamento terminó de desanimar a quienes todavía creían en una rectificación del supuesto ‘presidente reformista’.
EGIPTO. Vuelven las manifestaciones y protestas, como síntoma de una insatisfacción que no debería sorprender. A pesar de que se han ido tomando medidas que permitirían confiar en la institucionalización de un nuevo sistema político más abierto, los sectores sociales más dinámicos, más impacientes o más lúcidos que propulsaron la revolución han dejado ver claramente su desconfianza. Estos últimos días hemos podido leer en la prensa occidental algunos relatos sobre ‘microrevoluciones’ en pequeños ámbitos sociales, donde el ‘viejo régimen’ parece intacto. El Ejército, al que se respetó de forma inteligente para evitar un baño de sangre y favorecer el triunfo de la revolución, muestra resistencias esperables a un cambio demasiado profundo de las estructuras. Como dice en el NEW YORK TIMES Nabil Fuad, un general retirado y ahora profesor de asuntos estratégicos, los militares egipcios “no están preparados para la tarea que están acometiendo”. Dicho de otra forma, no se puede esperar que se comporten como demócratas de la noche a la mañana. Que Mubarak y sus hijos hayan sido puestos en una especie de arresto domiciliario y que se les vaya a investigar por supuesta corrupción parece una respuesta táctica a este rebrote de protestas en la calle. Habrá que esperar para ver si existe una voluntad real de seguir purgando los focos dictatoriales.
BAHREIN. Después de una pequeña pausa, las protestas se reanudaron desde primeros de este mes. La respuesta del gobierno ha sido fundamentalmente represiva. Portavoces de la oposición y medios independientes locales han denunciado la generalización de los malos tratos y las torturas en cárceles y centros de detención y la generalización de persecuciones y despidos laborales. La presencia palpable de fuerzas de seguridad saudí ha creado fuerte incomodidad en Washington. Pero no hay señales de que esto vaya a traducirse en una suerte de reprimenda. La reciente visita del Secretario de Defensa Gates a Arabia ha estado envuelta de una notable discreción. Se ignora si la administración de Obama ha obtenido un compromiso de contención por parte del rey Abdullah, al que se le considera muy molesto por lo que considera un abandono norteamericano de sus leales aliados en la zona.
YEMEN. Crece la sensación de que el Presidente Saleh parece decidido a defender su suerte y resistir hasta el final, si no obtiene compromisos satisfactorios acerca de la preservación de los intereses de sus allegados. La preocupación norteamericana se centra exclusivamente en salvar lo salvable del dispositivo anti-Al Qaeda en el país y puede apostarse a que apoya cualquier opción que se lo garantice mínimamente.
En definitiva, lo que hace un par de meses se contemplaba como un proceso imparable e irreversible a favor de la libertad y la democratización, se percibe ahora como un escenario cargado de dudas y temores. La respuestas represivas e incluso involucionistas cobran fuerza, ante una cierta complacencia occidental.
Un creciente malestar se apodera de los líderes políticos, de la opinión pública y del sector más activo y preocupado de la ciudadanía occidental, a medida que el proceso de cambios en el mundo árabe se complica y enturbia.
LIBIA. La intervención militar se prolonga, debido a una combinación de factores que no presentan una clara y fácil solución a corto plazo, a saber:
- la oposición al régimen de Gadafi no parece capaz de articular un proyecto confiable a corto plazo, por mucho que recibe avales y gestos precipitados de legitimidad por parte de sus protectores occidentales
- la solución militar se antoja dudosa, por la incompetencia, falta de preparación, confusión e inadecuación de apoyo sobre el terreno; es cierto que la situación puede cambiar de forma rápida, pero no termina de vislumbrarse cómo y mediante qué palanca.
- las discrepancias en la Alianza Atlántica pueden resultar lógicas y hasta razonables, incluso positivas, porque reflejaría la pluralidad de puntos de vista y la relativa autonomía de juicio de sus integrantes; pero deja una impresión incómoda que esas diferencias respondan en muchas ocasiones no ya a intereses nacionales, como se ha dicho tantas veces, sino a las urgencias políticas de los dirigentes de cada aliado.
- el habitual cansancio de los medios de comunicación y de la opinión pública, que esperaba una campaña más contundente y que, si bien la resistencia de Gadafi podría prolongarse durante unas semanas, no parecía contemplado de antemano que el máximo dirigente libio estuviera en condiciones de revertir la situación y encontrarse en condiciones de negociar con cierto margen su apartamiento pactado del poder.
Mientras se gestiona lo mejor que se puede el estancamiento en Libia, se contempla con preocupación los procesos de cambio en otros países ya sacudidos por la revolución o en expectativa o riesgo –según el enfoque ideológico en cada caso- de verse arrastrados por ella. Repasamos los principales escenarios.
-SIRIA. Se acabó el mito de la estabilidad, como elemento sustentador de la situación excepcional del régimen de Damasco. Las protestas sociales y políticas en Siria han superado la etapa inicial de demandas de reformas para entrar, de forma inequívoca en la exigencia de un cambio de régimen. Todas las esperanzas de reformismo prudente que despertó Bachir al Assad se esfumaron hace tiempo. Su decepcionante discurso en el Parlamento, en el que la calle esperaba una cosa y el amedrentado Presidente ofreció otra muy distinta parece haber marcado el punto de inflexión. El diario francés LE MONDE aseguraba recientemente en un editorial consagrado a este asunto que “los días del Estado baasista heredados de Hafez El Assad (…) estaban contados”. En parecidos términos se expresan representantes de las organizaciones de derechos humanos que se han atrevido a aparecer con sus opiniones en los medios occidentales. Bajo el seudónimo colectivo de Mustafá Nour, un número indeterminado de activistas publicó hace unos días un artículo de considerable extensión al respecto, en el que parecían dispuestos a perder pública y demostrablemente el miedo.
Este grupo de opositores relacionado con las protestas de ong’s de antigua y nueva cuña se preocupa de denunciar la supuesta seguridad de Siria, con denuncias que parecen justificadas y ajustadas. Para un país que vive desde 1963, casi cincuenta años, en estado de emergencia, las promesas de reformas y cambios del desacreditado Bashir El Ássad suenan ya a música celestial. Assad no cede, pero lo hará tarde o temprano, pronostican observadores y contestatarios dentro y fuera del país. El régimen ha dado algunas muestras si no de debilidad, sí al menos de preocupación, como por ejemplo las concesiones a kurdos (promesa de concesión de ciudadanía, reconocimiento del nuevo año como fiesta en todo el Estado) e islamistas moderados (cierre de un casino, rehabilitación de profesoras suspendidas por llevar el niqab, autorización para un canal de televisión por satélite, etc.). Se trata, por supuesto, de pequeños gestos, pero indicarían la voluntad del régimen de neutralizar la extensión de las protestas en sectores propicios al descontento, según THE NEW YORK TIMES. El incremento de la represión, la elevación de la cifra de muertos como consecuencia de las intervenciones policiales cada vez más duras y sangrientas reflejarían el temor de las autoridades a la pérdida del control. Algunos analistas consideran que en el interior del régimen se está produciendo un sordo debate sobre la mejor estrategia a seguir. Pero la decepcionante intervención de Assad ante el Parlamento terminó de desanimar a quienes todavía creían en una rectificación del supuesto ‘presidente reformista’.
EGIPTO. Vuelven las manifestaciones y protestas, como síntoma de una insatisfacción que no debería sorprender. A pesar de que se han ido tomando medidas que permitirían confiar en la institucionalización de un nuevo sistema político más abierto, los sectores sociales más dinámicos, más impacientes o más lúcidos que propulsaron la revolución han dejado ver claramente su desconfianza. Estos últimos días hemos podido leer en la prensa occidental algunos relatos sobre ‘microrevoluciones’ en pequeños ámbitos sociales, donde el ‘viejo régimen’ parece intacto. El Ejército, al que se respetó de forma inteligente para evitar un baño de sangre y favorecer el triunfo de la revolución, muestra resistencias esperables a un cambio demasiado profundo de las estructuras. Como dice en el NEW YORK TIMES Nabil Fuad, un general retirado y ahora profesor de asuntos estratégicos, los militares egipcios “no están preparados para la tarea que están acometiendo”. Dicho de otra forma, no se puede esperar que se comporten como demócratas de la noche a la mañana. Que Mubarak y sus hijos hayan sido puestos en una especie de arresto domiciliario y que se les vaya a investigar por supuesta corrupción parece una respuesta táctica a este rebrote de protestas en la calle. Habrá que esperar para ver si existe una voluntad real de seguir purgando los focos dictatoriales.
BAHREIN. Después de una pequeña pausa, las protestas se reanudaron desde primeros de este mes. La respuesta del gobierno ha sido fundamentalmente represiva. Portavoces de la oposición y medios independientes locales han denunciado la generalización de los malos tratos y las torturas en cárceles y centros de detención y la generalización de persecuciones y despidos laborales. La presencia palpable de fuerzas de seguridad saudí ha creado fuerte incomodidad en Washington. Pero no hay señales de que esto vaya a traducirse en una suerte de reprimenda. La reciente visita del Secretario de Defensa Gates a Arabia ha estado envuelta de una notable discreción. Se ignora si la administración de Obama ha obtenido un compromiso de contención por parte del rey Abdullah, al que se le considera muy molesto por lo que considera un abandono norteamericano de sus leales aliados en la zona.
YEMEN. Crece la sensación de que el Presidente Saleh parece decidido a defender su suerte y resistir hasta el final, si no obtiene compromisos satisfactorios acerca de la preservación de los intereses de sus allegados. La preocupación norteamericana se centra exclusivamente en salvar lo salvable del dispositivo anti-Al Qaeda en el país y puede apostarse a que apoya cualquier opción que se lo garantice mínimamente.
En definitiva, lo que hace un par de meses se contemplaba como un proceso imparable e irreversible a favor de la libertad y la democratización, se percibe ahora como un escenario cargado de dudas y temores. La respuestas represivas e incluso involucionistas cobran fuerza, ante una cierta complacencia occidental.
SOMBRAS DE AL QAEDA
7 de Abril de 2011
En la misma semana han coincidido dos asuntos que acercan el tratamiento del desafío radical islámico del pasado reciente y del presente y futuro próximo, en los Estados Unidos.
El Ministro de Justicia y, a la sazón Fiscal General de Estado, Eric Holder, se ha 'rendido' a las presiones y boicoteos de los políticos norteamericanos -no sólo los conservadores, también no pocos 'moderados' y hasta presuntos progresistas- y ha renunciado a que un tribunal civil ordinario de Nueva York juzgue al supuesto 'cerebro' de los atentados del 11 de septiembre, Jalil Sheij Mohammed. El órgano competente serán las denostadas Comisiones Militares de Guantánamo, a pesar del compromiso electoral de Obama, que prometió su desaparición.
Por otro lado, distintos expertos de la lucha antiterrorista norteamericana han dado la voz de alarma sobre el fortalecimiento de la franquicia de Al Qaeda en Yemen, debido al virtual colapso de las operaciones de control, seguimiento y persecución de las células combatientes radicales, como consecuencia del caos político que vive el país.
DECEPCION
El Ministro-Fiscal General Holder es un hombre honesto pero se ha visto privado del necesario apoyo desde las instancias más altas del Estado. En noviembre de 2009 propuso que la vista oral del juicio a Jalil Sheij Mohammed se celebrara en un Tribunal civil de Nueva York. Como es sabido, la práctica totalidad de los republicanos y no pocos demócratas se habían negado insistentemente, con argumentos que Dahlia Lithwick calificado de "falsos y peligrosos"; a saber: que los juicios abiertos son demasiados peligrosos, caros, porosos a las filtraciones, una oportunidad para la propaganda enemiga e indeseados por el ciudadano".
Holder no ha tenido más remedio que claudicar. En su comparecencia pública de esta semana, no evitó cierta amargura a confirmar su decisión. Quizás no estuviera pensando sólo en los adversarios políticos que lo han boicoteado estos dos años, sino en el propio Presidente y en su círculo de asesores. La Casa Blanca no se atrevió a enfrentarse con una clase política intimidada por el discurso patriotero y alarmista que aún envuelve la tragedia del 11S.
El triunfo de la doctrina jurídica más reaccionaria en los procesos contra Al Qaeda supone uno de los reveses más serios para Obama desde su triunfo electoral y siembra de dudas sus ulteriores compromisos progresistas en materia de defensa de los derechos humanos y de la recuperación de una práctica política y jurídica consistente con la tradición más abierta de la democracia norteamericana.
Los medios más sensibles con el respeto hacia el estado de derecho y a la preeminencia de la justicia civil sobre la militar en materia antiterrorista afirman que ha triunfado la "cobardía". El NEW YORK TIMES se lamenta de que se haya perdido la oportunidad de "demostrar al mundo que el miedo al terrorismo no nos llevará a transigir con el Estado de Derecho". Los portavoces conservadores, que apoyaron la doctrina Bush no le reconocen a Obama el mérito, sino más bien destacan que se haya visto obligado a rectificar. Cierto, pero, al fin y al cabo, una muestra más de que el pensamiento conservador no se muestra apaciguable.
Obama ha lanzado esta semana su candidatura para 2012, con su habitual gusto por la modernidad de los instrumentos. Los que todavía confían en que su presidencia puede significar un avance para la nación echan en falta, por desgracia, algo más de consistencia en la defensa de los principios.
LA CONSAGRACION DEL SANTUARIO
El otro asunto relacionado con el terrorismo tiene que ver con nuevas estimaciones acerca del agravamiento del peligro terrorista
Si creemos a los distintos expertos antiterroristas -no necesariamente neutrales y desde luego interesados en la transmisión de ciertas valoraciones-, el caos político imperante en Yemen por la descomposición del régimen del presidente Saleh estaría propiciando el fortalecimiento de Al Qaeda en el país.
El otrora colaborador de Washington en la persecución de islamistas estaría más preocupado de salvar el pellejo y poner a buen recaudo la fortuna familiar que de atender las necesidades de seguridad exterior. Las unidades consagradas a la lucha contra la franquicia local de Al Qaeda habrían sido destinadas en las últimas semanas a proteger su posición política particular, al cabo indefendible, según los principales analistas norteamericanos.
Al parecer, según estas estimaciones, tanto técnicas como políticas, a las que ha tenido acceso el NYT, Saleh ha dejado de preocuparse, incluso en las formas, por el combate antiterrorista. El cinismo con el que permitió que Estados Unidos bombardeara posiciones islamistas con la condición de que pareciese que era él quien daba las órdenes ya no resulta rentable. Altos cargos norteamericanos le habrían advertido que la Casa Blanca le ha retirado su apoyo y no tiene más remedio que negociar su abandono del poder. En esa operación nos encontraríamos ahora. Pero Al Qaeda no espera, "llena el hueco", dicen esos expertos, y mientras, se amplifica la señal de alarma en Washington.
En un comentario para THE NATION, el investigador y periodista Jeremy Scahill, conocido por sus documentadas denuncias del auge mercenario en la seguridad exterior estadounidense, asegura que lo que le preocupa al establishment no es quien mande en Yemen, sino que "la política antiterrorista de Washington, responsable de la muerte de docenas de civiles, puede enfrentarse a la oposición declarada del pueblo, si la democratización se abre paso".
Estados Unidos dispone en Yemen de lo más granado de su operativo anti-terrorista: asesores, formadores, entrenadores, espías, agentes especiales, la panoplia electrónica más avanzada y la maquinaria más precisa de rastreo, detección y aniquilamiento. Pero desde que comenzaron las revueltas en el mundo árabe y el virus se introdujo en Yemen, casi todo está parado. En realidad, los problemas habían comenzado antes, en mayo pasado, cuando uno de los ataques aéreos ejecutados por pilotos norteamericanos segaron la vida a numerosos civiles. Entre las víctimas, un gobernador provincial aliado del presidente. Saleh, molesto, ordenó la cancelación de esas operaciones mortíferas desde el aire, hasta que se calmaran los ánimos.
Como se sabe, ha ocurrido todo lo contrario. Para desasosiego de los responsables antiterroristas estadounidenses, que no ven el momento de librarse de Saleh. No parece fácil. Como reconoció recientemente el propio jefe del Pentágono, Robert Gates, en una entrevista por televisión, no se dispone de un recambio inmediato. La opción más plausible es que el gris número dos de Saleh negocie con los partidos de la oposición, reunidos en una endeble alianza, y con los estudiantes y los grupos cívicos más activos de la movilización popular una solución que permita salvar lo salvable, frenar el auge de Al Qaeda y no perder pie en la zona más sensible de este Oriente Medio en ebullición.
En la misma semana han coincidido dos asuntos que acercan el tratamiento del desafío radical islámico del pasado reciente y del presente y futuro próximo, en los Estados Unidos.
El Ministro de Justicia y, a la sazón Fiscal General de Estado, Eric Holder, se ha 'rendido' a las presiones y boicoteos de los políticos norteamericanos -no sólo los conservadores, también no pocos 'moderados' y hasta presuntos progresistas- y ha renunciado a que un tribunal civil ordinario de Nueva York juzgue al supuesto 'cerebro' de los atentados del 11 de septiembre, Jalil Sheij Mohammed. El órgano competente serán las denostadas Comisiones Militares de Guantánamo, a pesar del compromiso electoral de Obama, que prometió su desaparición.
Por otro lado, distintos expertos de la lucha antiterrorista norteamericana han dado la voz de alarma sobre el fortalecimiento de la franquicia de Al Qaeda en Yemen, debido al virtual colapso de las operaciones de control, seguimiento y persecución de las células combatientes radicales, como consecuencia del caos político que vive el país.
DECEPCION
El Ministro-Fiscal General Holder es un hombre honesto pero se ha visto privado del necesario apoyo desde las instancias más altas del Estado. En noviembre de 2009 propuso que la vista oral del juicio a Jalil Sheij Mohammed se celebrara en un Tribunal civil de Nueva York. Como es sabido, la práctica totalidad de los republicanos y no pocos demócratas se habían negado insistentemente, con argumentos que Dahlia Lithwick calificado de "falsos y peligrosos"; a saber: que los juicios abiertos son demasiados peligrosos, caros, porosos a las filtraciones, una oportunidad para la propaganda enemiga e indeseados por el ciudadano".
Holder no ha tenido más remedio que claudicar. En su comparecencia pública de esta semana, no evitó cierta amargura a confirmar su decisión. Quizás no estuviera pensando sólo en los adversarios políticos que lo han boicoteado estos dos años, sino en el propio Presidente y en su círculo de asesores. La Casa Blanca no se atrevió a enfrentarse con una clase política intimidada por el discurso patriotero y alarmista que aún envuelve la tragedia del 11S.
El triunfo de la doctrina jurídica más reaccionaria en los procesos contra Al Qaeda supone uno de los reveses más serios para Obama desde su triunfo electoral y siembra de dudas sus ulteriores compromisos progresistas en materia de defensa de los derechos humanos y de la recuperación de una práctica política y jurídica consistente con la tradición más abierta de la democracia norteamericana.
Los medios más sensibles con el respeto hacia el estado de derecho y a la preeminencia de la justicia civil sobre la militar en materia antiterrorista afirman que ha triunfado la "cobardía". El NEW YORK TIMES se lamenta de que se haya perdido la oportunidad de "demostrar al mundo que el miedo al terrorismo no nos llevará a transigir con el Estado de Derecho". Los portavoces conservadores, que apoyaron la doctrina Bush no le reconocen a Obama el mérito, sino más bien destacan que se haya visto obligado a rectificar. Cierto, pero, al fin y al cabo, una muestra más de que el pensamiento conservador no se muestra apaciguable.
Obama ha lanzado esta semana su candidatura para 2012, con su habitual gusto por la modernidad de los instrumentos. Los que todavía confían en que su presidencia puede significar un avance para la nación echan en falta, por desgracia, algo más de consistencia en la defensa de los principios.
LA CONSAGRACION DEL SANTUARIO
El otro asunto relacionado con el terrorismo tiene que ver con nuevas estimaciones acerca del agravamiento del peligro terrorista
Si creemos a los distintos expertos antiterroristas -no necesariamente neutrales y desde luego interesados en la transmisión de ciertas valoraciones-, el caos político imperante en Yemen por la descomposición del régimen del presidente Saleh estaría propiciando el fortalecimiento de Al Qaeda en el país.
El otrora colaborador de Washington en la persecución de islamistas estaría más preocupado de salvar el pellejo y poner a buen recaudo la fortuna familiar que de atender las necesidades de seguridad exterior. Las unidades consagradas a la lucha contra la franquicia local de Al Qaeda habrían sido destinadas en las últimas semanas a proteger su posición política particular, al cabo indefendible, según los principales analistas norteamericanos.
Al parecer, según estas estimaciones, tanto técnicas como políticas, a las que ha tenido acceso el NYT, Saleh ha dejado de preocuparse, incluso en las formas, por el combate antiterrorista. El cinismo con el que permitió que Estados Unidos bombardeara posiciones islamistas con la condición de que pareciese que era él quien daba las órdenes ya no resulta rentable. Altos cargos norteamericanos le habrían advertido que la Casa Blanca le ha retirado su apoyo y no tiene más remedio que negociar su abandono del poder. En esa operación nos encontraríamos ahora. Pero Al Qaeda no espera, "llena el hueco", dicen esos expertos, y mientras, se amplifica la señal de alarma en Washington.
En un comentario para THE NATION, el investigador y periodista Jeremy Scahill, conocido por sus documentadas denuncias del auge mercenario en la seguridad exterior estadounidense, asegura que lo que le preocupa al establishment no es quien mande en Yemen, sino que "la política antiterrorista de Washington, responsable de la muerte de docenas de civiles, puede enfrentarse a la oposición declarada del pueblo, si la democratización se abre paso".
Estados Unidos dispone en Yemen de lo más granado de su operativo anti-terrorista: asesores, formadores, entrenadores, espías, agentes especiales, la panoplia electrónica más avanzada y la maquinaria más precisa de rastreo, detección y aniquilamiento. Pero desde que comenzaron las revueltas en el mundo árabe y el virus se introdujo en Yemen, casi todo está parado. En realidad, los problemas habían comenzado antes, en mayo pasado, cuando uno de los ataques aéreos ejecutados por pilotos norteamericanos segaron la vida a numerosos civiles. Entre las víctimas, un gobernador provincial aliado del presidente. Saleh, molesto, ordenó la cancelación de esas operaciones mortíferas desde el aire, hasta que se calmaran los ánimos.
Como se sabe, ha ocurrido todo lo contrario. Para desasosiego de los responsables antiterroristas estadounidenses, que no ven el momento de librarse de Saleh. No parece fácil. Como reconoció recientemente el propio jefe del Pentágono, Robert Gates, en una entrevista por televisión, no se dispone de un recambio inmediato. La opción más plausible es que el gris número dos de Saleh negocie con los partidos de la oposición, reunidos en una endeble alianza, y con los estudiantes y los grupos cívicos más activos de la movilización popular una solución que permita salvar lo salvable, frenar el auge de Al Qaeda y no perder pie en la zona más sensible de este Oriente Medio en ebullición.
LA GUERRA DE LIBIA: DOCTRINA Y CIRCUNSTANCIAS
31 de marzo de 2011
La guerra libia -porque de eso se trata, sin eufemismos- parece haber entrado en una fase de fortuna variable. En realidad, lo que varía es la intensidad de los apoyos occidentales, factor fundamental y determinante para que los rebeldes avancen o los gubernamentales recuperen lo perdido. El resto es secundario.
La intervención bélica occidental se había dotado de la legitimidad exigible en estos casos. Con las excepciones conocidas, y no sólo las esperadas (Rusia, China, etc.). Desde el voto favorable, que no unánime, del Consejo de Seguridad de la ONU, se han cuarteado, sin embargo, las adhesiones. Y crece el cuestionamiento de aspectos esenciales de la operación. Aunque, es preciso decirlo de antemano, por razones diferentes.
A Obama le habían llovido críticas, desde izquierda y derecha, y de diversa naturaleza y condición. Los llamados liberales o progresistas le han reprochado dos cosas: primero, que tardara en actuar; segundo, que no pidiera autorización al Congreso para implicarse en una operación que es una guerra, se pinte la mona como se pinte. Los conservadores aprovecharon las vacilaciones en la Casa Blanca para exigir al Presidente justo lo contrario de lo que habían defendido para Egipto: que se actuara con contundencia para echar al 'dictador'; cuando Obama decidió apoyar la intervención militar, le afearon también que orillara al legislativo.
LA LÓGICA DE OBAMA
Obama respondió a este malestar complejo con un discurso que, como todos los suyos, no podía pasar desapercibido. Buena construcción, argumentación impecable, dosis emocional adecuada... y pragmatismo como regusto final, para que nadie se llame a engaño. Al centro-izquierda (según latitudes norteamericanas, claro está) le convenció el discurso; a la izquierda, si, pero no del todo; y a la derecha, pues si, aunque diga que no, como viene siendo habitual, por mucho que el presidente se empeñe en buscar puntos de encuentro con ella.
Los más entusiastas llegaron a proclamar que el Presidente había avanzado una 'doctrina Obama' sobre la intervención militar exterior. Para tal afirmación, señalaban los argumentos centrales del Presidente:
-que Estados Unidos debe comprometerse militarmente en una zona cuando peligren intereses económicos o vitales para el país, pero también cuando se corra el riesgo grande de producirse una catástrofe humanitaria ('no quiero esperar a ver desfilar los cadáveres', dijo).
-que la intervención no debe hacerse en solitario, sino en cooperación, coordinación y acuerdo con los aliados (superando así los reflejos unilateralistas de los 'neocon').
-que siempre hay que sopesar el coste, económico, militar y político, de la operación y, por tanto, fijar límites y plazos.
Los que han visto en estas propuestas esquemáticas las bases de una 'doctrina' destacan su sencillez y claridad, elementos que los militares suelen agradecer sobremanera.
Ningún Presidente que se precie puede darse el lujo de no tener una 'doctrina' en política exterior. Cierto es que algunas 'doctrinas han resultado más exitosas y perdurables que otras. Algunos querrían que esta visión sistemática de Obama pudiera equipararse a la 'doctrina Truman', que fijó las reglas y condiciones del intervencionismo norteamericano al término de la Segunda Guerra Mundial, es decir, durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética.
Pero nada más circular titulares y comentarios sobre la 'doctrina Obama', brotaron análisis que ponían en duda la importancia y, sobre todo, las pretensiones del Presidente. Desde la propia Casa Blanca se restó solemnidad a la iniciativa. Conocedores de la temperatura presidencial, los periodistas del NYT que siguen los asuntos internacionales de la Casa Blanca han advertido que, si surge otro punto caliente de dimensión similar, no podrá encontrarse en el discurso mencionado un anticipo de la decisión que se adopte.
Según John Dickerson, en SLATE, no se trata de la 'doctrina Obama', sino de la 'doctrina Libia'. Robert Litwak, destacado miembro del think tank Centro Wilson, ha resumido el debate con una frase tan sencilla como aguda: "no puede hablarse de 'doctrina', porque el Presidente no es un doctrinario". Muy cierto. Dicho de otra manera, Obama no ha establecido una doctrina, sino que ha respondido a una 'circunstancia'. Puro pragmatismo: puro Obama. Lo cual no resta importancia ni conveniencia a la actuación presidencial.
EL PESO DE LAS CIRCUNSTANCIAS
Otra cosa es el manejo de las 'circunstancias'. Resulta a estas alturas bastante incomprensible que se siga manteniendo el discurso de que Estados Unidos y sus aliados occidentales no están interviniendo en la guerra libia, que no están tomando partido, que lo único que desean es que Gadafi se vaya pero sin que ellos lo echen, sólo sus opositores. Si los rebeldes progresan, es porque los aliados machacan las posiciones y la maquinaria militar gubernamental. Eso lo acreditan todos los periodistas y otros observadores presentes en el terreno. Esta dependencia absoluta está provocando malestar en el liderazgo político, precisamente porque resulta demasiado evidente.
Otra 'circunstancia' que amenaza con complicar las cosas es la entrega de armas a los rebeldes, un escalón más de la intervención. No hay mandato de la ONU para ello, porque el embargo lo impide. Se buscan fórmulas para evitar todo el proceso que implicaría una nueva resolución, correctora y ampliadora de la anterior. Se ha sabido que Obama ha firmado en secreto una orden con luz verde para suministrar material militar directo. No debe extrañar a nadie. Un día antes había dicho en televisión que ni confirmaba ni descartaba esa opción.Ya dijimos al comienzo, cuando la guerra era sólo interna, que Occidente encontraría los medios de procurar información relevante a los rebeldes. Es muy ingenuo suponer que no lo está haciendo ya, incluso antes de la resolución de la ONU.
En realidad, no son consideraciones morales sino prácticas lo que retrasa el suministro masivo y declarado de armas. Otro reflejo pragmático. Otra 'circunstancia'. Que la inteligencia norteamericana ha detectado entre los rebeldes a efectivos de Al Qaeda, o próximos a, o simpatizantes de. Y así lo ha reconocido el Jefe Militar de la OTAN, Almirante Stavridis, en el Senado de Estados Unidos.
Que al Presidente está crisis le distrae de los asuntos estratégicos de su mandato, es un hecho incontrovertible. Que no se aclara el panorama económico y el político se muestra cada día más enrevesado, es otra realidad palpable. Que no se percibe un criterio rector de su acción política, es algo opinable, pero muy desestabilizador. A Obama le interesa la agenda interior, porque sólo obteniendo resultados palpables y convincentes en los asuntos económicos, sociales y políticos que agobian a América puede asegurarse la reelección. No está el horno para fanfarrias exteriores. En Washington, urge afinar las circunstancias para que nada pueda perturbar el necesario y urgente ajuste de la partitura.
La guerra libia -porque de eso se trata, sin eufemismos- parece haber entrado en una fase de fortuna variable. En realidad, lo que varía es la intensidad de los apoyos occidentales, factor fundamental y determinante para que los rebeldes avancen o los gubernamentales recuperen lo perdido. El resto es secundario.
La intervención bélica occidental se había dotado de la legitimidad exigible en estos casos. Con las excepciones conocidas, y no sólo las esperadas (Rusia, China, etc.). Desde el voto favorable, que no unánime, del Consejo de Seguridad de la ONU, se han cuarteado, sin embargo, las adhesiones. Y crece el cuestionamiento de aspectos esenciales de la operación. Aunque, es preciso decirlo de antemano, por razones diferentes.
A Obama le habían llovido críticas, desde izquierda y derecha, y de diversa naturaleza y condición. Los llamados liberales o progresistas le han reprochado dos cosas: primero, que tardara en actuar; segundo, que no pidiera autorización al Congreso para implicarse en una operación que es una guerra, se pinte la mona como se pinte. Los conservadores aprovecharon las vacilaciones en la Casa Blanca para exigir al Presidente justo lo contrario de lo que habían defendido para Egipto: que se actuara con contundencia para echar al 'dictador'; cuando Obama decidió apoyar la intervención militar, le afearon también que orillara al legislativo.
LA LÓGICA DE OBAMA
Obama respondió a este malestar complejo con un discurso que, como todos los suyos, no podía pasar desapercibido. Buena construcción, argumentación impecable, dosis emocional adecuada... y pragmatismo como regusto final, para que nadie se llame a engaño. Al centro-izquierda (según latitudes norteamericanas, claro está) le convenció el discurso; a la izquierda, si, pero no del todo; y a la derecha, pues si, aunque diga que no, como viene siendo habitual, por mucho que el presidente se empeñe en buscar puntos de encuentro con ella.
Los más entusiastas llegaron a proclamar que el Presidente había avanzado una 'doctrina Obama' sobre la intervención militar exterior. Para tal afirmación, señalaban los argumentos centrales del Presidente:
-que Estados Unidos debe comprometerse militarmente en una zona cuando peligren intereses económicos o vitales para el país, pero también cuando se corra el riesgo grande de producirse una catástrofe humanitaria ('no quiero esperar a ver desfilar los cadáveres', dijo).
-que la intervención no debe hacerse en solitario, sino en cooperación, coordinación y acuerdo con los aliados (superando así los reflejos unilateralistas de los 'neocon').
-que siempre hay que sopesar el coste, económico, militar y político, de la operación y, por tanto, fijar límites y plazos.
Los que han visto en estas propuestas esquemáticas las bases de una 'doctrina' destacan su sencillez y claridad, elementos que los militares suelen agradecer sobremanera.
Ningún Presidente que se precie puede darse el lujo de no tener una 'doctrina' en política exterior. Cierto es que algunas 'doctrinas han resultado más exitosas y perdurables que otras. Algunos querrían que esta visión sistemática de Obama pudiera equipararse a la 'doctrina Truman', que fijó las reglas y condiciones del intervencionismo norteamericano al término de la Segunda Guerra Mundial, es decir, durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética.
Pero nada más circular titulares y comentarios sobre la 'doctrina Obama', brotaron análisis que ponían en duda la importancia y, sobre todo, las pretensiones del Presidente. Desde la propia Casa Blanca se restó solemnidad a la iniciativa. Conocedores de la temperatura presidencial, los periodistas del NYT que siguen los asuntos internacionales de la Casa Blanca han advertido que, si surge otro punto caliente de dimensión similar, no podrá encontrarse en el discurso mencionado un anticipo de la decisión que se adopte.
Según John Dickerson, en SLATE, no se trata de la 'doctrina Obama', sino de la 'doctrina Libia'. Robert Litwak, destacado miembro del think tank Centro Wilson, ha resumido el debate con una frase tan sencilla como aguda: "no puede hablarse de 'doctrina', porque el Presidente no es un doctrinario". Muy cierto. Dicho de otra manera, Obama no ha establecido una doctrina, sino que ha respondido a una 'circunstancia'. Puro pragmatismo: puro Obama. Lo cual no resta importancia ni conveniencia a la actuación presidencial.
EL PESO DE LAS CIRCUNSTANCIAS
Otra cosa es el manejo de las 'circunstancias'. Resulta a estas alturas bastante incomprensible que se siga manteniendo el discurso de que Estados Unidos y sus aliados occidentales no están interviniendo en la guerra libia, que no están tomando partido, que lo único que desean es que Gadafi se vaya pero sin que ellos lo echen, sólo sus opositores. Si los rebeldes progresan, es porque los aliados machacan las posiciones y la maquinaria militar gubernamental. Eso lo acreditan todos los periodistas y otros observadores presentes en el terreno. Esta dependencia absoluta está provocando malestar en el liderazgo político, precisamente porque resulta demasiado evidente.
Otra 'circunstancia' que amenaza con complicar las cosas es la entrega de armas a los rebeldes, un escalón más de la intervención. No hay mandato de la ONU para ello, porque el embargo lo impide. Se buscan fórmulas para evitar todo el proceso que implicaría una nueva resolución, correctora y ampliadora de la anterior. Se ha sabido que Obama ha firmado en secreto una orden con luz verde para suministrar material militar directo. No debe extrañar a nadie. Un día antes había dicho en televisión que ni confirmaba ni descartaba esa opción.Ya dijimos al comienzo, cuando la guerra era sólo interna, que Occidente encontraría los medios de procurar información relevante a los rebeldes. Es muy ingenuo suponer que no lo está haciendo ya, incluso antes de la resolución de la ONU.
En realidad, no son consideraciones morales sino prácticas lo que retrasa el suministro masivo y declarado de armas. Otro reflejo pragmático. Otra 'circunstancia'. Que la inteligencia norteamericana ha detectado entre los rebeldes a efectivos de Al Qaeda, o próximos a, o simpatizantes de. Y así lo ha reconocido el Jefe Militar de la OTAN, Almirante Stavridis, en el Senado de Estados Unidos.
Que al Presidente está crisis le distrae de los asuntos estratégicos de su mandato, es un hecho incontrovertible. Que no se aclara el panorama económico y el político se muestra cada día más enrevesado, es otra realidad palpable. Que no se percibe un criterio rector de su acción política, es algo opinable, pero muy desestabilizador. A Obama le interesa la agenda interior, porque sólo obteniendo resultados palpables y convincentes en los asuntos económicos, sociales y políticos que agobian a América puede asegurarse la reelección. No está el horno para fanfarrias exteriores. En Washington, urge afinar las circunstancias para que nada pueda perturbar el necesario y urgente ajuste de la partitura.
UNA COALICION QUEBRADIZA
24 de marzo de 2011
El presidente Obama, guerrero reticente, quiere deshacerse del 'compromiso libio' cuanto antes. No lo tiene fácil, porque, como era de esperar, entre los aliados se han desatado las habituales discrepancias que suelen manifestarse en materia de defensa, seguridad y operaciones militares exteriores.
Estos celos, recelos y profusión de matices y enfoques nacionales entre los aliados han servido a mucho tiempo a Estados Unidos para determinar la agenda internacional en momentos de crisis, con amplio margen de maniobra. Pero en ocasiones como ésta, es más fuerte la incomodidad que supone 'no dejarlos solos'.
Las noticias que se han filtrado de los contactos en el seno de la OTAN volverían a poner en evidencia la fragilidad de las estrategias conjuntas europeas en materia de defensa y seguridad internacional. Como ha ocurrido durante décadas, en el periodo de guerra fría, y en los últimos veinte años, los intereses, perspectivas y urgencias nacionales dificultan el consenso y provocan disfunciones.
Si es cierto que los embajadores francés y alemán dejaron la mesa del Consejo Atlántico este martes al escuchar las críticas del Secretario General, el danés Rasmussen, la situación no parece muy edificante. Son varios las razones de las fricciones, pero no son muy originales. O muy diferentes a las habituales en este tipo de situaciones críticas.
Por lo que se sabe entre bastidores (ya que públicamente todo es consenso, armonía y enfoque en el asunto fundamental), Francia prefiere una coalición internacional bajo liderazgo franco-británico que mantenga alejado de la OTAN el foco del protagonismo político y diplomático. Alega París -con más propiedad, el Eliseo- que conviene emplazar la responsabilidad de las operaciones en curso más allá del ámbito atlántico u occidental, y señala la necesaria y conveniente implicación de la Liga Árabe y de otras potencias emergentes, ahora renuentes pero recuperables. El papel de la OTAN sería instrumental, pero no político, según el planteamiento francés.
En realidad, la posición de Francia siempre genera polémica o debate en la comunidad atlantista. En esta ocasión, la actuación del inquilino del Eliseo ha sido especialmente llamativa. Después de haber tenido que soportar justificadas críticas por su inhibición en episodio inaugural de Túnez, si no complicidad con el depuesto Ben Alí, Nicolás Sarkozy ha visto en la crisis libia la oportunidad para 'recuperar prestigio' entre la opinión pública de aquella zona y recobrar cierta posición diplomática de fuerza entre los aliados occidentales. No está claro que lo haya conseguido. Es muy del gusto de la potencia francesa agrandar su importancia internacional -que es innegable-, aprovechando incluso los momentos menos oportunos. Molestó a algunos de sus aliados que los aviones franceses abrieran fuego contra el dispositivo militar de Gadafi, sin previo aviso, el pasado fin de semana. Máxime, cuando la diplomacia francesa había utilizado ciertos recursos dilatorios que retrasaron el comienzo oficial de las operaciones militares, entre otros su empeño en solemnizar la ejecución de la resolución 1973 en una reunión convocada en París que algunos vieron innecesario o puramente mediática.
El caso alemán es más comprensible. Desde el final del nazismo, es tradicional la resistencia de los dirigentes alemanes a dejarse fotografiar en operaciones militares fuera de sus fronteras, que la Constitución continua acotando muy estrictamente a motivaciones indisputadamente defensivas. Esa línea se ha franqueado o interpretado con cierta libertad, o incluso libérrimamente, en algunas ocasiones, como en los Balcanes o en Afganistán. No es que el humor de los alemanes haya cambiado, sino que se les ha demandado con frecuencia una mayor contribución, como corresponde a su condición de país rico. En el caso libio, la muy ortodoxa Ángela Merkel, ha seguido la senda de sus predecesores y se ha mantenido al margen. Para una canciller tan estricta con la tesorería, estas operaciones reportan escasos beneficios a medio y largo plazo y, a la postre, en lo que interesa, siempre resultan caros.
El otro socio discrepante o altisonante ha sido la Italia de Berlusconi, anfitrión de las bases desde donde se acomete buena parte de la misión: garantizar la zona de exclusión aérea y la destrucción de la maquinaria militar libia, si ésta es empleada para doblegar las posiciones rebeldes conquistadas durante la revuelta. El primer ministro italiano bastante ha hecho con no poner demasiado pegas, pero se ha descolgado todo lo que ha podido. Los intereses económicos y la perspectiva de que Gadafi, pese a todo, se mantenga total o parcialmente al frente del país explican esta ambigüedad de un gobierno como el italiano tan poco aficionado a moverse desde el campo de los principios en sus actuaciones políticas.
Finalmente, otro socio del que se presumían reticencias es Turquía. La nueva política exterior de Ánkara mira más hacia el Este que hacia el Oeste, más al Sur que al norte. A los islamistas moderados de Erdogan les preocupa más no perjudicar su intensa campaña de 'soft power' entre la sociedades árabes que la lealtad ciega a un discurso y a unos intereses occidentales tan interpretables. Turquía pisa con pies de plomo, pone una vela a Gadafi y otra a la oposición, se convierte en 'pepito grillo' de sus aliados y cree preservar intacto su nuevo posicionamiento o 'ajuste' de su agenda diplomática.
España, entretanto, aplica el principio de que todo lo que venga de Obama es bueno y saludable y, con independencia de las interesadas críticas de la derecha o de la esperable posición del espectro socio-político más a la izquierda, acentúa el exceso su interés de que no se ponga para nada en duda su compromiso con la coalición internacional en contra del ahora amortizado socio libio.
MÁS ALLÁ DE LA PROTECCIÓN DE LOS REBELDES
Por lo demás, resulta poco creíble que no se pretenda cambiar un régimen (derribar a Gadafi, su familia, su clan, su entramado de intereses), cuando algunas de las operaciones militares parecen claramente diseñadas tanto a impedir que sus tropas ataquen a los rebeldes, cuanto a debilitar sus defensas en Tripoli, para incitar a los opositores a que asalten la fortaleza central. En los discursos de Obama no hay empeño en esconder que Washington "quiere otro gobierno", aunque se añada que el cambio político "compete al pueblo libio".
Es razonable que se debate sobre si, de nuevo, el petróleo es la clave de las actuaciones. Obviamente, si Gadafi mantiene resortes de poder -total o parcialmente-, es previsible un giro del régimen. En un blog de LE MONDE especializado en la materia, se podía leer esta semana que las compañías occidentales radicales en Libia (Total, BASF, Repsol, etc.) ya están actualizando la evaluación de riesgos y se toman muy en serio las advertencias del líder libio sobre el previsible fin del negocio. FINANCIAL TIMES aseguraba esta semana que las empresas con intereses directos en Libia "temen una nacionalización del petróleo". O, alternativamente, el desvío de futuras concesiones a países como China, India o Brasil, que no votaron a favor de la intervención militar en Libia.
Pero, salvo en el caso de Italia, que obtiene de Libia el 25 por ciento del crudo que consume (frente al 9 por ciento de Francia, por ejemplo), la dependencia occidental del petróleo controlado por Gadafi es reducida, incluso aunque sus reservas sean las cuartas del continente africano por volumen y uno de los más apreciados por su calidad y su proximidad.
Habrá por tanto que esperar a que Obama sea capaz de armar una fórmula que permita a Estados Unidos alejarse de la primera línea y mantenerse en situación de disponible por si las cosas se complican militarmente y debe convocarse de nuevo a la caballería decisiva.
OTROS FRENTES DE CONFLICTO
En el ánimo de la Casa Blanca y del Pentágono debe pesar también el rebrote de otros frentes de crisis que parecían apaciguados en las últimas semanas por el efecto magnético del caso libio. Se acelera, por lo que parece, las tensiones en Yemen y continúa sin ofrecerse una salida convincente en Bahréin.
En Yemen, las defecciones de altos cargos militares, políticos y tribales continúan, tras la muerte de medio centenar de manifestantes por represión policial. El presidente Saleh es un político al que se le adelanta cada día un poco más la fecha de caducidad. Los responsables de la seguridad norteamericanas deben estar a buen seguro pactando con los potenciales dirigentes alternativos garantías suficientes de que el gran beneficiado del derrumbamiento del régimen no será la franquicia local de Al Qaeda.
Y, finalmente, distintas fuentes de solvencia, indican que las protestas ya han alcanzado cierto nivel de importancia en la siempre hermética Siria, hasta ahora relativamente a salvo de la 'contaminación democrática'. Otro régimen de escasas simpatías occidentales, pero con el que se tiene cierta deferencia por el vacilante proceso de diálogo encubierto con Israel (bajo patrocinio turco) y su papel clave en el control de los chiíes libaneses proiraníes de Hezbollah, cada día más influyentes para el futuro de su país.
El presidente Obama, guerrero reticente, quiere deshacerse del 'compromiso libio' cuanto antes. No lo tiene fácil, porque, como era de esperar, entre los aliados se han desatado las habituales discrepancias que suelen manifestarse en materia de defensa, seguridad y operaciones militares exteriores.
Estos celos, recelos y profusión de matices y enfoques nacionales entre los aliados han servido a mucho tiempo a Estados Unidos para determinar la agenda internacional en momentos de crisis, con amplio margen de maniobra. Pero en ocasiones como ésta, es más fuerte la incomodidad que supone 'no dejarlos solos'.
Las noticias que se han filtrado de los contactos en el seno de la OTAN volverían a poner en evidencia la fragilidad de las estrategias conjuntas europeas en materia de defensa y seguridad internacional. Como ha ocurrido durante décadas, en el periodo de guerra fría, y en los últimos veinte años, los intereses, perspectivas y urgencias nacionales dificultan el consenso y provocan disfunciones.
Si es cierto que los embajadores francés y alemán dejaron la mesa del Consejo Atlántico este martes al escuchar las críticas del Secretario General, el danés Rasmussen, la situación no parece muy edificante. Son varios las razones de las fricciones, pero no son muy originales. O muy diferentes a las habituales en este tipo de situaciones críticas.
Por lo que se sabe entre bastidores (ya que públicamente todo es consenso, armonía y enfoque en el asunto fundamental), Francia prefiere una coalición internacional bajo liderazgo franco-británico que mantenga alejado de la OTAN el foco del protagonismo político y diplomático. Alega París -con más propiedad, el Eliseo- que conviene emplazar la responsabilidad de las operaciones en curso más allá del ámbito atlántico u occidental, y señala la necesaria y conveniente implicación de la Liga Árabe y de otras potencias emergentes, ahora renuentes pero recuperables. El papel de la OTAN sería instrumental, pero no político, según el planteamiento francés.
En realidad, la posición de Francia siempre genera polémica o debate en la comunidad atlantista. En esta ocasión, la actuación del inquilino del Eliseo ha sido especialmente llamativa. Después de haber tenido que soportar justificadas críticas por su inhibición en episodio inaugural de Túnez, si no complicidad con el depuesto Ben Alí, Nicolás Sarkozy ha visto en la crisis libia la oportunidad para 'recuperar prestigio' entre la opinión pública de aquella zona y recobrar cierta posición diplomática de fuerza entre los aliados occidentales. No está claro que lo haya conseguido. Es muy del gusto de la potencia francesa agrandar su importancia internacional -que es innegable-, aprovechando incluso los momentos menos oportunos. Molestó a algunos de sus aliados que los aviones franceses abrieran fuego contra el dispositivo militar de Gadafi, sin previo aviso, el pasado fin de semana. Máxime, cuando la diplomacia francesa había utilizado ciertos recursos dilatorios que retrasaron el comienzo oficial de las operaciones militares, entre otros su empeño en solemnizar la ejecución de la resolución 1973 en una reunión convocada en París que algunos vieron innecesario o puramente mediática.
El caso alemán es más comprensible. Desde el final del nazismo, es tradicional la resistencia de los dirigentes alemanes a dejarse fotografiar en operaciones militares fuera de sus fronteras, que la Constitución continua acotando muy estrictamente a motivaciones indisputadamente defensivas. Esa línea se ha franqueado o interpretado con cierta libertad, o incluso libérrimamente, en algunas ocasiones, como en los Balcanes o en Afganistán. No es que el humor de los alemanes haya cambiado, sino que se les ha demandado con frecuencia una mayor contribución, como corresponde a su condición de país rico. En el caso libio, la muy ortodoxa Ángela Merkel, ha seguido la senda de sus predecesores y se ha mantenido al margen. Para una canciller tan estricta con la tesorería, estas operaciones reportan escasos beneficios a medio y largo plazo y, a la postre, en lo que interesa, siempre resultan caros.
El otro socio discrepante o altisonante ha sido la Italia de Berlusconi, anfitrión de las bases desde donde se acomete buena parte de la misión: garantizar la zona de exclusión aérea y la destrucción de la maquinaria militar libia, si ésta es empleada para doblegar las posiciones rebeldes conquistadas durante la revuelta. El primer ministro italiano bastante ha hecho con no poner demasiado pegas, pero se ha descolgado todo lo que ha podido. Los intereses económicos y la perspectiva de que Gadafi, pese a todo, se mantenga total o parcialmente al frente del país explican esta ambigüedad de un gobierno como el italiano tan poco aficionado a moverse desde el campo de los principios en sus actuaciones políticas.
Finalmente, otro socio del que se presumían reticencias es Turquía. La nueva política exterior de Ánkara mira más hacia el Este que hacia el Oeste, más al Sur que al norte. A los islamistas moderados de Erdogan les preocupa más no perjudicar su intensa campaña de 'soft power' entre la sociedades árabes que la lealtad ciega a un discurso y a unos intereses occidentales tan interpretables. Turquía pisa con pies de plomo, pone una vela a Gadafi y otra a la oposición, se convierte en 'pepito grillo' de sus aliados y cree preservar intacto su nuevo posicionamiento o 'ajuste' de su agenda diplomática.
España, entretanto, aplica el principio de que todo lo que venga de Obama es bueno y saludable y, con independencia de las interesadas críticas de la derecha o de la esperable posición del espectro socio-político más a la izquierda, acentúa el exceso su interés de que no se ponga para nada en duda su compromiso con la coalición internacional en contra del ahora amortizado socio libio.
MÁS ALLÁ DE LA PROTECCIÓN DE LOS REBELDES
Por lo demás, resulta poco creíble que no se pretenda cambiar un régimen (derribar a Gadafi, su familia, su clan, su entramado de intereses), cuando algunas de las operaciones militares parecen claramente diseñadas tanto a impedir que sus tropas ataquen a los rebeldes, cuanto a debilitar sus defensas en Tripoli, para incitar a los opositores a que asalten la fortaleza central. En los discursos de Obama no hay empeño en esconder que Washington "quiere otro gobierno", aunque se añada que el cambio político "compete al pueblo libio".
Es razonable que se debate sobre si, de nuevo, el petróleo es la clave de las actuaciones. Obviamente, si Gadafi mantiene resortes de poder -total o parcialmente-, es previsible un giro del régimen. En un blog de LE MONDE especializado en la materia, se podía leer esta semana que las compañías occidentales radicales en Libia (Total, BASF, Repsol, etc.) ya están actualizando la evaluación de riesgos y se toman muy en serio las advertencias del líder libio sobre el previsible fin del negocio. FINANCIAL TIMES aseguraba esta semana que las empresas con intereses directos en Libia "temen una nacionalización del petróleo". O, alternativamente, el desvío de futuras concesiones a países como China, India o Brasil, que no votaron a favor de la intervención militar en Libia.
Pero, salvo en el caso de Italia, que obtiene de Libia el 25 por ciento del crudo que consume (frente al 9 por ciento de Francia, por ejemplo), la dependencia occidental del petróleo controlado por Gadafi es reducida, incluso aunque sus reservas sean las cuartas del continente africano por volumen y uno de los más apreciados por su calidad y su proximidad.
Habrá por tanto que esperar a que Obama sea capaz de armar una fórmula que permita a Estados Unidos alejarse de la primera línea y mantenerse en situación de disponible por si las cosas se complican militarmente y debe convocarse de nuevo a la caballería decisiva.
OTROS FRENTES DE CONFLICTO
En el ánimo de la Casa Blanca y del Pentágono debe pesar también el rebrote de otros frentes de crisis que parecían apaciguados en las últimas semanas por el efecto magnético del caso libio. Se acelera, por lo que parece, las tensiones en Yemen y continúa sin ofrecerse una salida convincente en Bahréin.
En Yemen, las defecciones de altos cargos militares, políticos y tribales continúan, tras la muerte de medio centenar de manifestantes por represión policial. El presidente Saleh es un político al que se le adelanta cada día un poco más la fecha de caducidad. Los responsables de la seguridad norteamericanas deben estar a buen seguro pactando con los potenciales dirigentes alternativos garantías suficientes de que el gran beneficiado del derrumbamiento del régimen no será la franquicia local de Al Qaeda.
Y, finalmente, distintas fuentes de solvencia, indican que las protestas ya han alcanzado cierto nivel de importancia en la siempre hermética Siria, hasta ahora relativamente a salvo de la 'contaminación democrática'. Otro régimen de escasas simpatías occidentales, pero con el que se tiene cierta deferencia por el vacilante proceso de diálogo encubierto con Israel (bajo patrocinio turco) y su papel clave en el control de los chiíes libaneses proiraníes de Hezbollah, cada día más influyentes para el futuro de su país.
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