OBAMA, LA LUCHA DE CLASES Y LAS MATEMÁTICAS.

22 de septiembre de 2011

Obama se ha puesto duro. O pretende dar la sensación de que lo ha hecho. Se acabó el tiempo de las componendas. El año que le queda hasta someterse a la prueba de la reelección lo dedicará a defender su visión de América, la de una buena parte de su partido y la de la base social que lo llevó a la Casa Blanca. ¿Es tarde?
El otro día, en uno de los lugares preferentes de la Casa Blanca para los momentos solemnes, el Rose Garden, el presidente de los Estados Unidos “trazó una raya bien marcada” (como tituló THE NEW YORK TIMES) sobre las exigencias de sus adversarios republicanos en materia de reducción del déficit, de política fiscal y de prioridades presupuestarias.
En pocas palabras, Obama rectifica. Lógicamente, sus asesores, colaboradores y propagandistas no lo presentan así. Pero es obvio que el Presidente ha admitido, de forma indirecta, que su estrategia de negociación y compromiso con la oposición republicana, no ha procurado grandes beneficios. Ni a él, ni a la mayoría del país, cuyos intereses él dice defender.
Obama dejó claro que no dudará en vetar cualquier iniciativa legislativa que recorte el gasto de los programas sanitarios para los sectores sociales más modestos (Medicaid y Medicare), si ello no lleva aparejado el aumento de la presión fiscal a los más ricos. Más drástico se puso el Presidente con la Seguridad Social, cuya estabilidad y dotación consideró innegociable.
EL NECESARIO FIN DEL REPLIEGUE
El Presidente se ha pasado un año, desde el triunfo republicano en las elecciones de medio mandato, en noviembre de 2010, intentando un apaño con la nueva mayoría conservadora, para reducir el déficit y crear un supuesto entorno favorable para la inversión, que favoreciera la salida de la crisis. No sólo sus esfuerzos y renuncias no dieron resultado, sino que (como le han venido advirtiendo destacados tribunos y líderes de opinión progresistas y algunos miembros destacados del ala izquierda, e incluso centristas, del Partido Demócrata), tal comportamiento sólo ha servido para que se reforzara el sector más conservador de la clase política norteamericana.
Ya le pasó a Bill Clinton durante su primer mandato. Los republicanos se hicieron con el control del Congreso a los dos años de que él llegara a la Casa Blanca. El poco experimentado exgobernador de Arkansas sólo encontró el camino de marcha atrás. La reforma sanitaria quedo arrumbada y el discurso político presidencial se hizo confuso y espeso.
Obama, con más recursos dialécticos y menos complejos, creyó que él podía sortear esa presión, acompañando a los republicanos en ciertas fases del ‘concierto’, en el convencimiento de que, si no en la partitura, sí podría influir al menos en el ‘tempo’. El resultado ha sido que, como ya hicieron con el anterior presidente demócrata, los republicanos lo pusieron contra la pared. Para ello no han dudado en manipular las cifras, desplegar una propaganda engañosa e incluso obstaculizar y boicotear la recuperación económica y la solvencia internacional del país. Nunca se vio más clara esta estrategia que con motivo de la gestión de la deuda y la liberación de fondos para el funcionamiento corriente de la administración.
Desde latitudes progresistas, los consejos, primero, las advertencias después, y los sones de la alarma, más tarde, no consiguieron que Obama endureciera su postura. El Presidente no consideró que había llegado el momento de enseñar los dientes, seguramente porque su aparente buena comunicación con el nuevo líder republicano, John A. Boehner, le hacía creer que éste podría mantener bajo control a los desmandados radicales conservadores. Cuando sintió la pistola republicana contra su sien se percató de lo desarmado que estaba. De lo expuesta que se encontraba su presidencia.
Ahora, superada la llamada crisis de la deuda, y ante la necesidad de rehacer su base social para afrontar el año electoral, Obama parece volver a los orígenes: es decir, a la defensa de los principios, al proyecto en torno al que giraba el sentido de su mandato. Las encuestas no le son favorables. Pero hay otro dato subyacente no menos importante: los ciudadanos menos posicionados en el espectro político manifiestan que un Presidente debe luchar por sus ideas. En este concepto abundaba estos días THE NEW YORK TIMES, el diario más influyente del país entre los políticos más cercanos al Presidente. En un editorial titulado “Crisis de liderazgo”, el periódico afirma que “América ya no acepta teorías económicas desaprobadas hace 25 años”. Es decir, el neoliberalismo anarquizante que pretende aniquilar el Estado, el Gobierno, la corrección pública de las desigualdades.
UNA CUESTION DE JUSTICIA
Una investigación actualizada sobre la pobreza en Estados Unidos resulta demoledora. Hay más de 46 millones de norteamericanos por debajo del umbral de la pobreza. Casi la mitad, unos 20 millones, son pobres absolutos o muy pobres. Son las cifras más negativas desde que empezaron a realizarse estos estudios, hace medio siglo. Sólo el año pasado cayeron en ese pozo negro de la realidad social más de dos millones y medio de personas. La desigualdad ha superado todos los récords. La renta media de los diez por ciento más pobres cayó doce puntos en la última década, mientras que los diez por ciento más ricos disminuyó apenas un punto y medio. Como era de esperar, las minorías son las más duramente golpeadas por el estancamiento económico, la falta de respuestas políticas y la inmovilidad social.
La directora del semanario progresista THE NATION, Katrina Van den Heuvel, plantea diez iniciativas para mejorar la vida cotidiana de los sectores más desfavorecidos de la población. Estas ideas, en su conjunto, precisan de un compromiso político más decidido y combativo del que se ha exhibido ahora desde la Casa Blanca.
Esta realidad está ya permeando el debate social. Quizás por ello, las encuestas indican que la mayoría de los ciudadanos no quieren que se recorten más la inversión social sin una presión fiscal más equilibrada y progresista. La propaganda conservadora, lubrificada por unos medios por lo general cómplices y rehenes del dinero contaminado por la mercantilización criminal de la política, intenta hacer creer lo contrario, con más éxito de lo que resultaría concebible. Más de la mitad de los consultados creen que los ricos deben pagar más impuestos: Obama recogió este principio en su literalidad el otro día. Y una proporción similar del electorado no quiere que los programas sociales redistributivos sean neutralizados: otra enseña que el presidente dice querer ahora defender sin ambigüedades.
Ahora bien, lo que se sabe de las intenciones de la Casa Blanca deja espacio a las dudas. El plan de reducción del déficit en tres billones y medio de dólares, a conseguir en diez años, contempla que un 60% provenga del recorte de la inversión social y un 40% del aumento de la presión fiscal sobre el segmento más rico de la población y las corporaciones.
Los republicanos ya han anunciado que el aumento de impuestos perjudica la recuperación de la economía, argumento cuya falacia es continuamente desmontada con cifras por los economistas de centro izquierda como Krugman, Stiglitz y otros. Los políticos y comentaristas más cercanos al presidente echan de menos concreciones y compromisos más sólidos.
Es urgente que el presidente “demuestre de qué lado está”, como le pide también el mencionado TIMES en su editorial. El otro día, quizás para no sonar demasiado ideológico o partidista, afirmó que su visión equilibrada de la reducción del déficit no respondía “a una visión de lucha de clases, sino a las matemáticas”. No está claro que esta ‘discreción política’ ayude al presidente a reconectar con amplios sectores de su base. Las matemáticas son ineludibles, su atención es condición necesaria para una buena gestión. Pero no suficiente para restaurar una política obligada a corregir injusticias.

TURQUIA: APERTURA A ORIENTE, INQUIETUD EN OCCIDENTE

15 de septiembre de 2011

Uno de los asuntos laterales más apasionantes del pulso diplomático y publicitario en torno al reconocimiento del Estado de Palestina en la ONU es el papel creciente de Turquía. Algunos analistas, como se mencionó aquí algunas semanas, creen que se está fraguando una segunda república en aquel país de setenta millones de habitantes, puente entre Oriente y Occidente, aliado atlántico respetado y respetable y vigorosa potencia económica en alza, aunque no todavía con credenciales suficientes para añadir 'T' al paquete BRIC de los países emergentes.
El primer ministro Erdogan es uno de los dirigentes extranjeros más populares en un mundo árabe en convulsión. El más importante, podría decirse, sin apenas riesgo de error. No es ya que supere a Obama -si es que alguna vez el presidente norteamericano consiguió hacerse querer sólidamente. Es que casi es observado como una referencia alternativa. Que goce de un poder incomparablemente inferior, sólo es un inconveniente menor. De Erdogan gusta el proyecto de cambio tranquilo, pero firme, y una prosperidad sólida pero autónoma. Pero, además, algo que Obama no puede ofrecer: hablarle claro y sin doble lenguaje a Israel.
Ya es un acontecimiento que un primer ministro participe en una cumbre de la Liga Árabe como ha hecho Erdogan hace unos días. Y no para deslizarse por la retórica habitual en la zona. El primer ministro turco, voluntariamente o no, se ha convertido en el embajador más enérgico de la causa palestina y de la causa árabe (ésta última más ambigua y escurridiza).
Erdogan presente credenciales de autenticidad que Obama sigue sin ofrecer. Cuando dice ante la Liga Árabe que el reconocimiento del Estado palestino en la ONU no es una opción diplomática sino una 'cuestión de justicia' no se limita a esa 'langue du bois' tan habitual entre los dirigentes árabes. Lo respalda con el incidente de la flotilla de Gaza. El ataque de la marina israelí, los nueve turcos muertos, el pulso diplomático en tornos a los informes (dos) de las Naciones Unidas, el agrio intercambio de reproches y acusaciones y, por últimos, la crisis de los embajadores (retirada del turco, llamada a consultas de israelí) acredita que Erdogan no está haciendo 'posturing', no se limita a sacar pecho. Es una manifestación de independencia.
El momento es propicio como ningún otro en décadas, según coinciden muchos analistas. Las revueltas democráticas árabes han propiciado el debilitamiento de unos regímenes corruptos y gastados, sin que, de momento, hayan podido construir una alternativa. Ésa es la gran preocupación del momento en la vigilada Libia, pero también en los otros países del norte de África donde prendió el impulso del cambio. Turquía fué evocada por muchos como un modelo a seguir. Los elementos que se concilian para dibujar la alternativa son: una autoridad civil fuerte y con respaldo popular, un islamismo orgulloso aunque moderado, una prosperidad creciente que empieza a notarse entre los más desfavorecidos, una nueva dimensión exterior tras décadas de aislacionismo servilista.
Naturalmente, permanecen muchos factores que obstaculizan este presentido liderazgo de Turquía en la región: el recuerdo del Imperio Otomano como potencia opresora, la dependencia de Occidente, tan forzada como conveniente en algunos aspectos, y el carácter aún incipiente -por tanto, frágil de esa nueva República en ciernes.
EL PESO DE LA AMISTAD CUESTIONADA
Pero hay otro factor que aconseja la prudencia. La amistad israelo-turca tiene sólidos fundamentos y anclajes fornidos. Prueba de ello es que la tensión política, diplomática y mediática no ha debilitado todavía la buena salud de las relaciones económicas bilaterales. Turquía sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Israel. Cuatro mil millones de dólares en intercambios mercantiles avalan esta realidad.
Pero hay otro ámbito de especial importancia: la cooperación militar. Naturalmente, este capítulo podría ser el primero en resentirse si la acritud política se sale del cauce. Turquía ha contado con la tecnología militar israelí para consolidar su posición de potencia en el Mediterráneo, pero sobre todo, para actuar con sistemas no convencionales contra la guerrilla kurda del PKK. El ejemplo más elocuente son los aviones con los que la aviación turca pone al descubierto los escondites y campamentos en las montañas kurdas.
En reciprocidad, los militares turcos son muy apreciados en Israel: por su profesionalidad y por su orientación pro-occidental, pero también como fuente de valiosa información. Erdogan acaba de ganar un pulso a las Fuerzas Armadas turcas al imponer, por primera vez en décadas, el criterio civil sobre el castrense en un asunto de promociones y nombramientos. El episodio resultó revelador de la fortaleza del primer ministro. La dimisión de toda la cúpula militar y el ascenso a los puestos de mando de las figuras más próximas al jefe del gobierno pareció confirmar que una revolución silenciosa estaba produciéndose en la milicia, el pilar fundamental del kemalismo. ¿Pero está dicha la última palabra?
El garante de la cooperación israelo-turca es Estados Unidos. Hasta el punto de que, en realidad, no cabe hablar de una relación bilateral, sino trilateral, según la expresión de Fabio Romano, profesor de Relaciones Internacionales en Trieste. Para Washington, esta ruptura entre Tel Aviv y Ankara resultaría un problema de envergadura. Ambos países han constituido el eje de la estrategia de seguridad norteamericana durante décadas. Estados Unidos no está preparado para una alteración decisiva de este recurso.
Hasta ahora, el Departamento de Estado se ha abstenido de 'vaciar' el espacio adquirido por Ahmet Davotoglu, el ambicioso e 'innovador' ministro de Exteriores turco. Con cautela, la diplomacia norteamericana ha preferido aprovechar el impulso positivo que el islamismo moderado de Erdogan podría imprimir al nuevo rumbo en los países árabes convulsos. Como una especie de antídoto contra derivas fundamentalistas radicales. Otro buen ejemplo es la condena turca de la represión en Siria, un vecino con el hasta ahora se estaba en buenos términos. Pero los síntomas 'negativos' se percibían desde hace tiempo. Ya costó asimilar en el Pentágono que Erdogan se mostrara tan colaborador con Teherán en la disputa por el control de la energía nuclear iraní. No es previsible que Washington admita ahora que la 'renacida' potencia turca desequilibre el juego de alianzas regionales. Y más cuando Obama necesita demostrar a su electorado judío que sigue protegiendo los intereses de Israel.
En definitiva, Turquía como oportunidad y como problema. Ése es el dilema que Occidente se plantea con el antiguo 'enfermo de Europa'. A ese mundo que oprimió durante siglos, el espacio árabe, se abre de nuevo la otrora 'Sublime Puerta', ahora proyectando un nuevo proyecto. Algunos han sentido una corriente molesta, perturbadora.

MÉXICO: TERROR CRUDO, INTERVENCIÓN SILENCIOSA

2 de septiembre de 2011

La guerra de Libia y la represión en Siria, por no hablar de la gestión política de la manipulación financiera, han privado de foco a otro de los acontecimientos de agosto: el brutal atentado en un casino de la ciudad mexicana de Monterrey, supuestamente perpetrado por Los Zetas, uno de los cárteles más sanguinarios del narcoimperio.
Medio centenar de personas murieron al ser incendiado el Casino Royal, uno de los más importantes y conocidos de la ciudad. El impacto ha sido tremendo, a pesar de que en México ningún acontecimiento violento parece ya provocar asombro. Se trata del mayor número de víctimas en una sola acción delictiva en muchos años. Pero, sobre todo, el atentado cobra un significado relevante también por el escenario de la tragedia.
Monterrey es la segunda ciudad de México, aunque en realidad es la más próspera, la más rica, sede de varias universidades, capital industrial y cultural de la República. Y lo más importante: hasta hace poco tiempo, se creía ajena a los estragos del narcoterrorismo, la enfermedad que corroe el país hasta sus cimientos. Hoy, el 90% de su población se confiesa aterrada, según una reciente encuesta reproducida por LOS ANGELES TIMES.
De un tiempo a esta parte, Monterrey se ha convertido en el objetivo de las bandas criminales. La vida económica de la ciudad proporciona un botín indiscutible y ofrece oportunidades muy jugosas para esconder, disimular o blanquear los negocios ligadas al tráfico de estupefacientes. Los casinos constituyen uno de esos instrumentos de simulación.
Durante años, la mayoría de los casinos habían sido ilegales en México. Durante el mandato de Vicente Fox, el anterior presidente, se regularizaron e impulsaron estos establecimientos de juego. El artífice de este proceso fue Santiago Creel, ministro del Interior en la época (primer lustro del nuevo siglo). La tendencia se ha mantenido con el actual presidente, Felipe Calderón. En los años de gobierno del PAN (el partido conservador que quebró la hegemonía del PRI), el número de casinos se ha multiplicado por siete. Hay unos ochocientos en todo el país, según datos de una investigación realizada por la prestigiosa revista PROCESO. Se calcula que más de un centenar son aún ilícitos.
Todo indica que el atentado contra el Casino Royal se debe a una extorsión. El propietario, al parecer, no se avino a pagar la comisión que le exigían Los Zetas, el cartel más peligroso y sanguinario (aunque no el más poderoso) de los que operan en el país. En su expansión por la zona costera del Golfo, esta banda criminal ha puesto sus tentáculos sobre Monterrey. El dueño del casino debía prever con seguridad lo que podía ocurrirle, porque, de hecho, residía desde hace meses en Estados Unidos.
El atentado tuvo tal impacto que el presidente Calderón envió más de un millar de hombres de la Policía Federal para reforzar la busca y captura de los responsables. Al cabo de unos días fueron detenidas cinco personas. La policía se ha esforzado por presentar resultados con una rapidez inhabitual. Se ha ofrecido como prueba de la autoría los videos tomados en una gasolinera cercana donde los criminales se abastecieron de combustible con el prendieron fuego al local. Las propias cámaras del casino habían registrado el momento en que los coches de los autores del atentado llegaron al casino y su posterior huida del edificio, ya en llamas.
Pero ni las exhibiciones de fuerza ni los aparentes “éxitos policiales” sirven para convencer a una población instalada ya en el escepticismo. Para comprender hasta donde se ha llegado en la perversión de los aparatos estatales, es altamente recomendable el libro de la periodista mexicana ANABEL HERNÁNDEZ titulado “Los señores del Narco”.
LA POLITICA FRACASADA DE CALDERÓN
En su discurso de respuesta al atentado de Monterrey, el presidente Calderón introdujo una variable novedosa. Por primera vez, se refirió a un acto de estas características con el término “terrorismo”. Este detalle es importante. Como afirmó uno de los editorialistas del diario REFORMA, “elevar la categoría del enemigo ayuda a dar legitimidad a una política duramente cuestionada”. En efecto, después de otro atroz espectáculo de terror precisamente en su estado nativo, Michoacán, un un episodio de guerra interna por el poder entre clanes, el presidente Calderón decidió militarizar la lucha contra el narcotráfico.
El resultado ha sido desigual, en el mejor de los casos. Terrible, desde cualquier punto de vista. Treinta y seis mil muertos, desde entonces. El último año, 2010, fue el más sangriento, con más de diez mil víctimas mortales. Para muchos, síntoma inequívoco de fracaso. Los cárteles decidieron responder al desafío poniendo en juego todo su poder destructivo, en todos los ámbitos. No sólo han aumentado cuantitativamente los crímenes. La crueldad ha superado todos los registrados conocidos en las ejecuciones. Se ha adoptado una política de desafío total. Las bandas se despedazan entre ellas, incluso colaborando torvamente con el Estado cuando se trata de debilitar o aniquilar al rival. Y el Estado sigue ese juego con tal de privar de oxigeno a una u otra facción. Pero el mal de fondo, la corrupción, la penetración de los cárteles en todas las esferas del Estado, no parecía ceder. A comienzos de este año, parecía inevitable acudir a lo que hasta ahora, salvo en algunos periodos escogidos, se había evitado o, al menos, limitado lo más posible: la ayuda del vecino del Norte.
¿COOPERACION O DEPENDENCIA?
Con razón, autoridades y ciudadanía contemplan a Estados Unidos como causa indiscutible del problema narco. No en vano, sin el voraz mercado norteamericano no habría negocio, las bandas no se habrían enriquecido, no gozarían del ilimitado poder de corromper que obscenamente exhiben. Y peor aún: son suministradores norteamericanos los que han convertido a los cárteles en auténticos ejércitos dotados de arsenales terribles. Siete de cada diez armadas incautadas en acciones policiales o en enfrentamientos armados procedían del mercado estadounidense. La administración Obama admitió, con más claridad que otras anteriores, la responsabilidad de Estados Unidos en esta materia. Se han tomado algunas medidas, pero ninguna lo suficientemente efectiva, hasta la fecha. El bazar bélico continúa abierto. El negocio es el negocio
Lo que en cambio parece que avanza es la silenciosa colaboración militar entre los dos Estados. Este mes, días antes de la masacre de Monterrey, el NEW YORK TIMES reveló que unidades policiales especiales de México preparaban acciones ultrasecretas en territorio estadounidense, para escapar a la vigilancia y la penetración de los narcos. Con el apoyo de la inteligencia norteamericana, estos efectivos policiales mexicanos han realizado operaciones relámpago con gran discreción, eficacia y contundencia.
Más aún: aviones autopilotados (los famosos drones, tan polémicos por su actuación en las regiones tribales pastunes de la frontera afgano-pakistaní) estarían efectuando acciones de vigilancia y recopilación de información sobre movimientos y establecimientos estratégicos de las mafias en territorio mejicano. Otros aviones completarían esta tarea con operaciones de detección y escucha de comunicaciones de los cárteles. Además, la DEA, agencia norteamericana antinarcóticos, dispondría de un centro de inteligencia en una base militar mexicana, en el que ofrecen sus servicios antiguos agentes, personal de la CIA y militares retirados.
Este programa de cooperación hubiera resultado impensable hasta hace poco tiempo. De hecho, públicamente, o se niega o se rechaza cualquier comentario que conduzca a su confirmación. A comienzos de año, las declaraciones de un alto cargo del Pentágono, anunciando una inevitablemente implicación militar estadounidense en México provocó un aparente escándalo, con las manidas protestas diplomáticas. El “nacionalismo emocional” mexicano obliga a estos ejercicios aparentes de soberanía. Pero cada día parece más evidente que el fracaso del combate contra el narcotráfico y la exasperación ciudadana obligará a la dirigencia política (y militar) mejicana a aceptar la creciente dependencia de Estados Unidos. Se trata de una opción estratégica delicada y plagada de peligros. Pero, para muchos, inevitable, en gran medida.

NORUEGA: EL TESORO DE LA CONFIANZA

28 de julio de 2011

Casi todo se ha dicho ya de los crímenes que han sacudido Noruega. Aunque quedan por aclarar algunos detalles y circunstancias sobre la preparación de los atentados y la actuación policial, lo verdaderamente importante, a estas alturas, es extraer las conclusiones y avanzar las consecuencias de un acto tan terrible e inesperado en un país como aquel, modelo y ejemplo del progreso humano.

UNA APARENTE SORPRESA
Estos días, todos los medios y numerosos analistas han resaltado la inmensa paradoja que representa el hecho de que uno de los peores crímenes múltiples sucedidos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial haya tenido lugar en un país pacífico, avanzado, próspero y, ante todo, igualitario como ningún otro en el mundo.
Pero es justamente por eso. Precisamente por ser como era, al ser sometido a los cambios acaecidos por el impacto de la globalización, el riesgo de un sobresalto estaba creciendo silenciosamente en ese rincón europeo de magnifica belleza.
La especificidad de Noruega reposa en dos pilares fundamentales. El primero, un sistema político construido sobre la noción (llamémosle socialista democrática, sin complejos) de que cualquier ciudadano debe tener sus necesidades materiales resueltas y los servicios sociales más que básicos a su alcance, con independencia de su renta. El segundo, un recurso de extraordinaria riqueza y rentabilidad, el petróleo, que le ha permitido una autonomía energética y un excedente considerable para consolidar su proyecto socio-político.
En los años noventa, el gran consenso nacional noruego, con todos los matices, discrepancias y disidencias que se quiera, empezaba a verse sometido a tensiones por la llegada creciente de extranjeros inmigrantes. Como en otros lugares, se desplegó un debate, no siempre templado, sobre el impacto de esa población ‘distinta’, que arrastra consigo valores, creencias, necesidades diferentes a los ‘naturales’ del país.
Comenzó a evidenciarse el malestar de quienes, después de haber aceptado de mayor o menor grado una distribución razonablemente equitativa de la riqueza, sienten que se está yendo demasiado lejos al hacerla extensiva a los extranjeros. Surgió el Partido del Progreso –hiriente nombre para lo que esa formación política defiende y representa. Se trataba de uno más de los partidos con tintes xenófobos, sesgo ultraderechista y tentaciones revisionistas del sistema democrático. Noruega empezó a parecerse a otros países europeos en los que se encendieron las luces rojas del racismo y la intolerancia.
Aún así, todo parecía bajo control. Si bien es cierto que la inmigración se había duplicado en este periodo descrito (es decir, desde el comienzo de los noventa hasta el final de la primera década del nuevo siglo), los extranjeros apenas si suponen el 10% de la población total. Y no lo es menos que el Partido del Progreso había consolidado sus posiciones entre las clases más alarmadas por este fenómeno, hasta obtener el 23% de los votos en las últimas elecciones generales (septiembre de 2009), lo que le convertía en el segundo partido del país y en la principal formación de oposición al gobierno socialdemócrata. En ese lecho de malestar anidó durante años Anders Behring Breivik, el individuo que ha perpetrado la masacre.
Los dirigentes del Partido del Progreso han condenado en los términos más duros el acto criminal, para dejar claro que sus diferencias con el modelo de estado de bienestar construido durante décadas no es compatible con semejante barbaridad. Puede considerarse una actitud sincera. Pero es exigible a esos políticos que analicen si no han facilitado sin querer la incubación del monstruo.

ISLAMOFOBIA Y OTRAS PERVESIONES
La mayoría de las sandeces contenidas en el Manifiesto del asesino no proviene de su mente enferma o atrabiliaria. Muchas están fundamentadas en un discurso irresponsable y peligroso que ha ido permeando los medios y entornos sociales desde el 11 de septiembre. Ese estúpido sentimiento de ‘cruzado’ con el que Breivik adorna sus brutales posiciones racistas no es producto exclusivamente de sus delirios fanáticos. Hay una conexión con el ambiente de miedo, rechazo y animosidad que hay en Occidente hacia la población islámica.
En un magnífico artículo para THE NATION, Gary Younge (1) analiza la construcción de un imaginario musulmán violento en Europa, espejo y reflejo del fomentado en Estados Unidos, tras los sucesivos episodios violentos de la última década. A pesar de la obsesión islamófoba del ‘cruzado noruego’, Younge recuerda que los musulmanes representan apenas un 3% de la población noruega, y añade otros datos que evidencian las distorsiones dominantes en las alarmistas predicciones sobre la ‘invasión islámica’ en Occidente.
Resulta significativo que los medios atribuyeran inicialmente la matanza de Utoya a un grupo vinculado con Al Qaeda. No ya algunos de los medios del inefable Murdoch, sino no pocos ‘liberales’ o ‘serios’. Hoy por hoy, el terrorismo ha pasado a ser una divisa islámica. Para defender lo contrario, hay que porfiar. Younge, en su artículo, recoge unos datos concluyentes de Europol, según los cuales, los atentados o proyectos de atentado atribuibles al extremismo islámico representan un porcentaje mínimo de los actos terroristas en Europa. El ‘separatismo’ continua siendo (85% de los atentados) la principal amenaza para la convivencia pacífica.
Breivik ha delirado durante años sobre ese ambiente de sospechas y peligros irreales. Otros prejuicios extremistas de intolerancia y aversión a la solidaridad y la inserción social han ido forjando en su mente extraviada un proyecto monstruoso. Tampoco debe descuidarse el efecto de ese fenómeno fundamentalmente norteamericano de los ‘criminales solitarios’, los inadaptados, los enemigos de lo público, de lo colectivo, del Estado. Una especie de anarquismo de derechas, profundamente conservador, que ha dado lugar al movimiento del ‘Tea Party’. En definitiva, un ultraindividualismo salvaje que alumbra salvadores, visionarios.
Beivik ha bebido de todo ello. Del malestar de sus conciudadanos ante el fenómeno migratorio, del que sólo son capaces de ver una cara. Del discurso político xenófobo, que en Noruega no justifica la violencia, pero le proporciona argumentos. De la islamofobia occidental rampante. De la ofensiva irracional contra una saludable y más equitativa distribución de los recursos. Del avance dificultoso pero firme de los derechos de las minorías (mujeres, inmigrantes, personas con discapacidad, homosexuales, etc.). No debería resultar exagerado opinar que el espantoso despliegue de maldad exhibido en Oslo y Utoya ha sido una recreación casi cinematográfica de esa perversión interior, de esa indigesta asimilación de aberrantes valores (?) en alza.
El espléndido novelista noruego Jo Nesbo acaba de dejar una reflexión escrita (2) sobre la tragedia que estos días vive su país. Afirma con dolor que Noruega nunca volverá a ser la misma después de lo ocurrido. Pero, en la misma línea de lo que ha proclamado el primer ministro Stoltenberg y otros miembros de su gobierno (ágiles y oportunos en su reacción), no hay nada que pueda o debe doblegar el gran tesoro del modelo noruego: la confianza. Aunque no hay vuelta atrás, aunque nunca se recobre la inocencia perdida, sostiene Nesbo, “los noruegos rehusamos que nadie nos prive de nuestro sentido de seguridad y confianza. Rehusamos perder esta batalla contra el miedo (…) Rehusamos permitir que el miedo cambie la forma en que construimos nuestra sociedad”.
La mejor condena para el perturbado fanático que pretendía salvar la civilización cristiana no es el cumplimiento cabal de los treinta años de reclusión que pudieran caerle, si es considerado culpable de un ‘crimen contra la humanidad’. Es la derrota del miedo, de la intolerancia, la preservación de lo que ha convertido a Noruega es un ejemplo razonable para tantas sociedades: el tesoro de la confianza en el ser humano para construir una sociedad justa donde quepan todos.



(1) http://www.thenation.com/article/162270/europes-homegrown-terrorists?rel=emailNation

(2) http://www.nytimes.com/2011/07/27/opinion/27nesbo.html?nl=todaysheadlines&emc=tha212

LA INCIERTA RUINA DEL IMPERIO MURDOCH

21 de julio de 2011

Sería catastrófico que el escándalo que amenaza con arruinar al imperio Murdoch quedara finalmente en un asunto de malas prácticas periodísticas aderezadas o reforzadas con el picante de la corrupción policial y la venalidad política.
Debería aprovecharse la situación para promover una reflexión en profundidad sobre al menos tres asuntos básicos de la vida ciudadana o, si se quiere, de la salud democrática:
- el poder crecientemente oligopólico de ciertos medios en el control del relato de la actualidad y en la conformación de los estados de opinión y diagnóstico de la sociedad.
- la conveniencia de regular el comportamiento de los medios en relación con la protección de la vida privada de las personas, del interés común y de los valores democráticos
- las relaciones con demasiada frecuencia obscenas entre ciertos poderes mediáticos y distintos sectores o familias políticas.
El ‘caso News of the World’ (en adelante, NoTW), o mejor dicho, el ‘caso Murdoch’ está siendo paradigmático en ese sentido. Pero sería infantil cree que se trata del único exponente de semejante perversión cívico-mediática-política.
El escándalo del espionaje telefónico, complicado con la complicidad, el encubrimiento o la permisividad policiales y la indiferencia, el miedo o la conveniencia políticas no convierte al asunto que domina las portadas y espacios informativos de estos días en un caso único. Ni siquiera podemos decir que se trata de un fenómeno exclusivamente británico.
El olor a escándalo tiene la virtualidad de provocar una reacción social que haga a partir de ahora más difícil la continuidad o impunidad de estas prácticas fraudulentas. Pero es dudoso que vaya a servir de vacuna para erradicarlas por completo.
Es aún pronto para decir si el imperio Murdoch ha iniciado un periodo de decadencia inevitable, en dirección cierta a su extinción o fragmentación o neutralización. El magnate australiano se presentó en la comparecencia pública (por cierto, política, simplemente, y, en consecuencia, sin responsabilidades que le preocupen seriamente, de momento) con una actitud aparentemente humilde, avergonzada, pero en absoluto concesiva o derrotada.
Murdoch compra tiempo, porque conoce una de las principales claves para entender el pulso público de las sociedades actuales: todo es efímero, pasajero, fútil. Lo que los medios, con su capacidad magnética para fijar las conciencias a iconos y mensajes, convierten hoy en trascendente lo que mañana olvidarán o sustituirán por otro asunto, al que le aguardará el mismo ciclo vital.
Sin duda, News Corporation pagará facturas de algunos platos rotos, o manchados, o envenenados. Es probable que sus ejecutivos sigan cayendo, los menos afortunados, para siempre, los mejor agarrados, mientras amaine la tormenta. Experto en la preparación, cocción, presentación, servicio y digestión de escándalos, la factoría Murdoch no carece de recursos para hacer lo propio con lo de casa.
Después de todo, en los sótanos o trasteros o discos duros de sus medios debe haber munición suficiente para seguir asustando a gente, por mucho que ahora todo el mundo se exhiba con tanta ‘valentía’ frente al hombre que los ha tenido tanto tiempo en el puño de sus caprichos. Los optimistas creerán que ha llegado la hora de la revancha: ahora que huele a sangre en Fleet Street, los humillados políticos o los altos funcionarios bajo sospecha no pueden permitirse el lujo de demorar el golpe de gracia.
En su comparecencia pública, un diputado laborista quiso saber por qué Murdoch fue la segunda persona que visitó a Cameron en Downing Street, después de que éste se convirtiera en Primer Ministro, y por qué acudió a la cita por una puerta trasera. ‘No lo sé, hice lo que me indicaron’, contestó el magnate a lo primero. A lo segundo calló. Pero no su hijo, James, que dio una pista de lo que vendrá a continuación si el escándalo continuaba: con el laborista –aseveró- mi padre también accedía por esa puerta trasera.
Un observador ha hablado de ‘revolving doors’ (puertas giratorias) para describir la relación entre cierta prensa y destacadas esferas políticas en el Reino Unido. El símil es brillante. Para que avance uno, el otro debe moverse también. Uno entra y otro sale, y luego el movimiento se efectúa al revés. Cameron ha esperado mucho para decir que ‘lamenta’ haber contratado a Coulson, uno de los druidas de ese auténtico imperio de la maledicencia o el chisme. Los laboristas se lo reprochan ahora, sabedores de que su exjefe de filas, Tony Blair, picaba mucho más alto, lo más alto, en la mercancía de favores. Miliban pude decir ahora que habla por él y que Blair es ya historia. Pero no podrá evitar que se le replique que su discurso se ha construido a toro pasado.
Los cambios en la empresa podrán ser profundos. Habrá que reemplazar a los ejecutivos y editores atrapados en la tela de araña tejida por la avaricia del propio grupo. Hasta es posible cierto repliegue temporal, para acallar las demandas de limpieza o hasta que se extingan los rumores de sangre. Algunos analistas de los medios predicen el freno en seco de la carrera del principal heredero, James, y otros creen que la herencia se va a malbaratar por la fragmentación inevitable que la amenaza.
El historiador de medios Patrick Eveno dice en una entrevista publicada en LE TRIBUNE DE GENEVE que “seis niños de tres madres diferentes son empujados a entenderse para gestionar miles de millones de dólares, lo que inevitablemente va a conducir al desmantelamiento”. Si algo o alguien no lo remedia, podríamos asistir a un culebrón digno de las primeras del grupo.
Los más críticos, o pesimistas, o viejos de lugar apuestan por el escenario de la vuelta a la normalidad, una vez que escampe. Es probable que durante un tiempo, se exhiba una mayor prudencia, una discreción más elegante, ciertas normas formales. Aparte, claro está, de apartamientos sonados, de vacaciones doradas. Pero dentro de un tiempo, cuando los políticos y la sociedad –y, last but no least, los otros medios- anden entretenidos en otros escándalos, en otras portadas de esas que parecen que no puede ser apagadas con nada, Murdoch, o sus herederos, o sus émulos emergerán de nuevo, seguramente con otras maneras y otras estrategias.
Para que esto no ocurra, habría que dar una respuesta satisfactoria a los tres asuntos de debate propuestos al comienzo de este comentario. Pero a ver quién se atreve a colocar ese cascabel al gato. Después de todo, siempre hay una campaña electoral próxima, un sustancioso negocio que cerrar… O un escándalo promisorio que cubrir.

OBSCENIDAD

13 de julio de 2011

Los trapos sucios del imperio Murdoch se acumulan en páginas y espacios de sus medios rivales. Son muy sucios esos trapos. Pero huelen aún más por viejos, por conocidos, que por sucios. De hecho, muchas de las ‘revelaciones’ leídas y escuchadas desde que estalló el escándalo del pirateo de los teléfonos móviles, la semana pasada, hacen referencia a sospechas, noticias, investigaciones y casos sin cerrar o indebidamente cerrados de hace años. Todo el mundo sabía, con mayor o menos grado de detalle, el tipo de periodismo (?) que practicaba la factoría Murdoch. (Por cierto, no sólo ella). Quizá lo novedoso de estos últimos días es que, por primera vez en décadas, el gran King-maker aparece más vulnerable que nunca. Los que se han visto sometidos por sus intereses y caprichos, tanto en la política como en las instituciones o en los medios, se disponen ahora a pasarle factura.
Seamos claros. Murdoch no sería tan poderoso, si no hubiera contado con un entorno permisivo. Cómplice, en muchos casos. En la política, en la policía, en los otros medios, en sus propios clientes, los lectores. Incluso en la China, pretendidamente comunista, donde disfruta de un privilegio chocante.
UN CONCUBINATO LAMENTABLE
La clase política, que ahora se complace con la posibilidad de limitar severamente su capacidad de intimidación, es responsable del poder acumulado por el magnate australiano, pionero de la globalización mediática y sumo sacerdote de la podredumbre informativa.
Murdoch es a menudo presentado como un ultraconservador, dispuesto a defender su modelo de sociedad a machamartillo. Lo es. Pero su comportamiento no ha sido el de un ideólogo o un doctrinario, sino el de un oportunista. Hundió a los laboristas a comienzos de los noventa, cuando parecían en condiciones de regresar al poder después del naufragio moral y político del thatcherismo. En realidad, machacó a una facción laborista, la tradicional, la que representó el filosindicalista Kinnock. En una campaña agresiva y contracorriente, consiguió darle la vuelta a los sondeos y propiciar el triunfo de John Major, a quien, en todo caso, nunca tuvo como uno de los suyos: por blando, por tibio. Su diario emblemático de entonces, THE SUN, se atribuyó la victoria electoral de los tories. Nadie le discutió la bravuconada.
En la siguiente cita electoral, los medios de Murdoch elevaron a los ‘nuevos laboristas’. En realidad, a Tony Blair, que cortejó al magnate en cuanto se vio con oportunidad de alcanzar su oreja. Dicen los mentideros, que fue el propio Kinnock el que le aconsejó hacerlo, si quería vivir en el diez de Downing Street. El joven Blair venía avalado por sus posiciones heterodoxas en materia de seguridad y lucha contra el crimen, contra la delincuencia, asuntos muy del gusto del voraz tiburón mediático. En la bochornosa gestión de la manipulada guerra contra Irak, la alianza entre Blair y Murdoch alcanzó el cénit.
Pero más allá de estos dos casos ampliamente conocidos, no han sido pocos los ejemplos de favoritismo político, de sectarismo, de influencia, de presión, de intimidación. Murdoch utilizaba a los políticos de todos los colores para sacar adelante las políticas que se ajustaban a su credo, pero ante todo las que amparaban y fortalecían sus intereses empresariales. Hasta convertirse en una “para-corporación”. (D.D.Guttenplan, THE NATION).
PERMISIVIDAD SOCIAL E INSTITUCIONAL
No bastaba con la clase política, para ese empeño. A fuerza de pervertir la curiosidad de unos ciudadanos reducidos a puros consumidores, los medios de Murdoch necesitaban ir continuamente más allá. Para satisfacer el gusto por el secreto, por la invasión de la vida privada, por el linchamiento de cualquier ciudadano con un mínimo perfil de notoriedad, había que ignorar los límites. No ya de los éticos, rebasados con creces desde hacía mucho tiempo atrás. De los legales.
Lo que está produciendo más escándalo estos días son las relevaciones de la colusión entre ejecutivos, directivos y mamporreros ‘pseudoprofesionales’ de Murdoch con agentes corruptos de la policía. Los sobornos, las generosas propinas, las recompensas inmediatas o diferidas a cambio de proporcionar información, de bloquear investigaciones o de filtrar su contenido para neutralizarlas resultan de tal gravedad que todo el sistema institucional británico se ha visto sometido a una sacudida escalofriante.
El primer ministro Cameron lo ha reconocido, con su habitual frialdad, como si se tratara de un asunto ajeno. Con su proverbial habilidad, parece haber conseguido que, ante la avalancha de revelaciones, o de recordatorios de fechorías medio olvidadas, haya quedado medio desplazado el hecho de que el mismo acudió a uno de las criaturas perversas de Murdoch para fortalecer su carrera hacia el poder. Varios medios anglosajones señalaban estos días la ironía que supuso esta debilidad de Cameron. Cuando era sólo un aspirante, despreciaba notoriamente el amarillismo impreso. Perteneciente a un generación más joven, el entonces candidato se mostraba firmemente convencido de la decadencia de los tabloides y de la hegemonía irresistible del poder audivisual y, sobre todo, digital. Y, sin embargo, acudió a Coulson, un sabueso con galones de rotativas murdochianas, para dirigir su política de comunicación. Prescindió de él cuando estalló el escándalo hace cinco años, pero intentó por todos los medios defender el honor de su empleado. Como forma de exonerarse a si mismo, en realidad.
El cierre de News of the World no significa, como se ha resaltado ahora desde numerosas tribunas, un gesto de arrepentimiento o contrición del insaciable empresario australiano. Se trata de una medida de cálculo, (oportunismo, una vez más), para proteger su operación de control absoluto de BSkyB, la gran cadena televisiva digital de pago. Una ambición multimillonaria perseguida desde hace largo tiempo. Murdoch quiere ahora retrasar el escrutinio público, la decisión de los reguladores, hasta que pase la tormenta y un nuevo ataque de amnesia política y social le permita acosar la presa más adelante, en mejores condiciones de éxito.
Muchos analistas aseguran que esta vez el daño ha sido demasiado grave y la ventilación demasiado escandalosa. Murdoch ha sido víctima de su propia obscenidad, ha quedado herido de muerte por sus propias armas. Ahora debe comprender lo que supone explotar la vulnerabilidad por encima de cualquier consideración. Los que le tenían ganas, o cuentas pendientes con él, no le dejarán fácilmente escapar, se lee en la prensa británica estos días. El imperio se creía indestructible y ahora en todos sus corredores lucen y chillan las luces rojas. Murdoch –creen o quieren creer sus competidores- está a la defensiva.
Unas palabras sobre la responsabilidad del resto de los medios sobre el ascenso de esa forma de hacer periodismo (?). Cabe preguntarse si no ha faltado coraje en la denuncia de ese estilo pernicioso. El negocio informativo se encuentra en la crisis más grave que se recuerda. En paralelo, el ejercicio profesional vive también horas amargas, procesos inquietantes de deterioro y desconcierto. El virus Murdoch –o lo que su hegemonía representa- ha contaminado el panorama mediático más de lo que se admite públicamente. Por poner sólo un ejemplo, la CNN, elevada con exageración manifiesta a los altares, no estuvo a la altura de las circunstancias durante los años de (W) Bush, precisamente por la ansiedad de no dejarse aniquilar por el patrioterismo, la intoxicación y la desvergüenza de la cadena FOX (buque insignia de Murdoch en Estados Unidos).
Y, finalmente, no deberíamos eludir la responsabilidad de los propios ciudadanos. El público británico ha devorado con deleite la basura mediática. En 2010, año ruinoso para la prensa en todo Occidente, THE SUN y el ahora clausurado NEWS OF THE WORLD arrojaron unos beneficios conjuntos cercanos a los 100 millones de euros. Las tiradas millonarias han alentado, alimentado y fortalecido ese monstruo obsceno y le han dado legitimidad. Resulta un tanto hipócrita que esas masas sedientas de escándalos, de personajes linchados, de secretos ventilados, se rasguen ahora las vestiduras porque conozcan que una niña secuestrada ha sido espiada por el diario que ellos se comían junto con su desayuno cada mañana durante años. Muchos lectores deben sentir ahora una indigestión insoportable. De cómo traten ese malestar intestinal e intelectual depende en gran medida el porvenir de la información como servicio público y, en gran medida, la salud de la democracia.

TOCQUEVILLE Y ROBESPIERRE

7 de julio de 2011

El caso Strauss-Kahn ha violentado una vez más las delicadas percepciones mutuas entre Francia y Estados Unidos. No en el plano político o diplomático, por supuesto. Intelectuales y propagandistas, sociólogos y periodistas han entrado sin reservas en la tarea de afilar el debate, de propagarlo, de destacar sus fricciones.
Sin entrar en el fondo de la cuestión, en los hechos que realmente ocurrieron en la suite del Sofitel de Manhattan –que, de momento, continúan siendo una incógnita-, lo cierto es que el “affaire” ofrece material suficiente para una buena reflexión sobre el funcionamiento del sistema judicial norteamericano, el comportamiento de ciertos medios (los que fijan la agenda de la actualidad, al menos para el gran público), los prejuicios y estereotipias en ambos lados del Átlantico o el rol no siempre atemperante de intelectuales y líderes de opinión.
DSK ha sido puesto en libertad, debido a las inconsistencias, contradicciones y mentiras palmarias de su acusadora, la empleada del hotel. Todo ello ha arruinado su credibilidad. Peor que eso, una conversación telefónica con uno de sus exmaridos despierta la sospecha de haber preparado un montaje para “cazar” al mujeriego político francés y, eventualmente, sacarle dinero. El propio abogado de la mujer guineana ha reconocido “errores” en su cliente, pero no ha mostrado intención alguna de retirar la demanda.
La fiscalía de Nueva York ha errado profundamente en el procedimiento, y también lo admite, aunque de forma muy matizada y, naturalmente, sin que ello signifique la anulación de las pesquisas realizadas hasta ahora y mucho menos el abandono de la causa. Al fiscal jefe, Cyrus Vance, Jr., nombre patricio de resonancias políticas de primer orden en Estados Unidos, le han llovido críticas estos días por la manera en que su oficina ha llevado el caso. La prensa norteamericana más sensacionalista reparte mandobles entre la incompetencia del equipo del alto funcionario y una suerte de ‘astuta perfidia’ francesa.
Más allá del morbo irresistible que ha despertado lo acontecido, es interesante detenerse un poco en el tratamiento informativo, político e intelectual de la noticia. A estas alturas de la perversión mediática, no debería extrañarnos absolutamente nada. Así que estas líneas están libres de escándalo, indignación o apasionamiento. En pocos asuntos como el de la libertad de expresión, libertad de opinión, comportamiento mediático se desparrama tanto juicio apresurado y pomposo. Gustan mucho los norteamericanos de presumir de ese principio sacrosanto de su sistema político y de citas reiteradas de pronunciamientos de Jefferson y algún otro de los ‘padres fundadores’.
Lo cierto es que la libertad de expresión y todo lo que se deriva de la protección establecida en la primera enmienda a la Constitución ha servido a veces para justificar prácticas, actitudes y comportamientos, pero sobre todo estructuras y mañas destinadas justamente a todo lo contrario. En las últimas décadas, en nombre de esa libertad de expresión, se ha ido produciendo una creciente concentración de la propiedad de los medios de comunicación y un blindaje de las posiciones de férreo dominio de las grandes corporaciones en los órganos de dirección o control de los medios. Los intelectuales críticos han venido denunciando esta situación, con escasa éxito hasta el momento en la percepción pública.
En el caso DSK, los tabloides y una parte de los medios ‘serios’ pusieron en circulación los peores instintos. Los mensajes aceitosos flotaron persistentemente en titulares de prensa, radio y televisión. Se apreció un cierto regodeo en la desgracia de un político que representa –o a quien interesadamente se atribuyen- todos los tópicos de lo que más detesta la derecha cerril, prejuiciosa y paleta de Estados Unidos.
Ahora, que el caso vira en redondo y huele a que DSK podría pasar de villano a víctima, de culpable a inocente, se invierten los términos y son los medios franceses, pero también algunos de sus analistas e intelectuales los que se cobran viejas cuentas. “Los franceses experimentan una especie de amarga exultación” por el giro del caso, comenta Steven Erlanger en un revelador artículo sobre este penúltimo encontronazo entre galos y yanquis. El periodista del NEW YORK TIMES, gran conocedor de Europa, recoge en su artículo opiniones y valoraciones de sociólogos y politólogos tradicionalmente conectados con los ambientes intelectuales, profesionales y universitarios norteamericanos. En casi todos ellos, se aprecia un elegante pero inequívoco sentimiento de reivindicación de los valores franceses o europeos, frente a un cierto primitivismo e inmadurez de la justicia norteamericana. Una de sus fuentes evoca como síntoma la persistencia de la pena de muerte en la cultura judicial y política de Estados Unidos. “Ahora se ha visto reforzada esta sensación de que Estados Unidos no se porta como un país completamente civilizado al comportarse la policía de esta forma, pretendiendo humillar”. Y esto lo dice Dominique Moïsi, un experto francés en relaciones internacionales y visitante habitual de universidades, centros de estudios e instituciones estadounidenses!
Naturalmente, no han pasado desapercibidos en Estados Unidos los comentarios del siempre polémico (aunque no necesariamente ecuánime y, desde luego, obstinadamente egocéntrico) Bernard Henry-Lévy. El otrora ‘enfant terrible de la nueva filosofía francesa’ ha calificado de “pornográfico” el tratamiento recibido por su “amigo” DSK en Estados Unidos desde el momento de su detención. Henry-Lévy denuncia en un comentario para Daily Beast la “canibalización de la justicia por el espectáculo”. Con su habitual gusto por ser –y sonar- políticamente incorrecto, el intelectual francés argumenta que el acaso DSK ha dañado la concepción de la presunción de inocencia y ha incurrido en la tentación de “sacralizar la palabra de la víctima”. En definitiva, lejos de esa admiración de Tocqueville por lo que consideraba el sistema de justicia más democrático del mundo, Henry-Lévy afirma que en esta y otras ocasiones ha triunfado un estilo “robespierrista” y “barrésista”, un chauvinismo a la americana portador de los peores reflejos.
Más allá de la provocación acostumbrada en esa pluma, en THE NATION podemos leer una interesante reflexión de Patricia J. Williams, una profesora de leyes de la Universidad de Columbia, experta en asuntos de mujer. No hay tiempo aquí para entrasacar sus interesantes reflexiones. Pero me quedo con sus críticas de una práctica de exhibición del culpable, más entusiasta cuanto más destacado o poderoso es el infortunado, o el atrapado, o desenmascarado, en las precipitaciones del sistema para señalar y exponer a los presuntos delincuentes, la voracidad de los medios, su complicidad enfermiza con el aparato judicial.
En esta idea abunda también LE MONDE en su último comentario editorial sobre el caso. A pesar de su esfuerzo de contención y equilibrio, el diario francés expresa críticas templadas sobre los deslices combinados de esas dos instituciones básicas del sistema democrático. “Se dirá que ésta es la suerte que la justicia y la prensa reservan a todo detenido que es una celebridad. Puede ser. Pero esto no resta nada del sentimiento de incomodidad y malestar ante la forma en que se ha embalado la máquinaria mediática-judicial, en un momento en que hubiera sido preciso demostrar calma y prudencia”.
Mucho nos tememos que se trate de una batalla perdida.