13 de octubre de 2011
Se aproxima un año -o, si se quiere, un curso- cargado de citas electorales en dos países marcadamente influyentes, Estados Unidos y Francia, los que habitualmente marcan tendencia, al menos en España, incursa a su vez en el mismo proceso político.
Los dirigentes que defienden sus puestos se afanan por buscar un mensaje salvador con el que compensar la falta de un programa ganador. Si por programa se entiende un compromiso firme, realizable; y por ganador, un respaldo sólido, inequívoco del electorado. Por su parte, los aspirantes intentan hacer creer que disponen de la clave para superar la catástrofe actual, aunque en privado admiten que sus posibilidades se deben más al desgaste de sus rivales que a la viabilidad de sus propuestas.
OBAMA, ENTRE LA HISTORIA Y EL ABISMO
En Estados Unidos, el incumbent, el titular del puesto presidencial, Barak Obama, batalla por recuperar el pulso que tanta esperanza (demasiado ingenuamente) despertó en 2008. Los presidentes norteamericanos se toman su reelección por una cuestión de orgullo personal, de acreditación política. No ser reelegido equivale a fracasar sin matices.
Obama afronta ahora una reelección que la crisis y sus propias vacilaciones han complicado más de lo que muchos se imaginaban cuando se sentó en el despacho Oval. La gran esperanza de renovación de América ha quedado convertida en un mal menor, en un relato convencional y conocido. Su base social le exige más compromiso, otra política, otras políticas. La derecha lo presiona, lo arrincona, lo obliga a rectificar, lo pone contra la pared de la crisis, del desempleo, del tramposo discurso de los 'values' (valores, principios... pamplinas).
Un año tiene Obama para recuperar el encanto perdido. Un año para recomponer su agenda, liquidar responsable pero firmemente guerras inútiles y carísimas y ocuparse de lo que necesita la mayoría social: puestos de trabajo, un sistema sostenible de salud y bienestar social, una solución justa y fiable de la emigración.
El movimiento indignado que 'ocupa' Wall Street ha sido visto como un 'tea party' al revés. No está claro. Como resaltan Naomi Klein y Katrina Van den Heuvel en THE NATION, no se encuentran fácilmente pancartas en favor del presidente en esas concentraciones cívicas de protesta contra el sistema. Aunque Obama no renuncie a seducir a esos desencantados, la maquinaría demócrata teme que la clase media se espante de su aparente 'radicalismo'.
Tiene Obama a su favor el desconcierto republicano. Más allá del lamentable cacareo del 'tea party', la derecha estadounidense sólo parece capaz de destruir. Destruye sus bases más sólidas para entregarse a experimentos ficticios, liquida candidatos o pseudo candidatos, ignora deliberadamente soluciones reales. Las escaramuzas han dejado en el camino, o dañado seriamente, a hombres de paja (Pawlenty) o de plomo (Perry), a mujeres de látex (Bachman, Pallin). Ahora el 'front runner', el favorito del momento, es el ex-gobernador de Massachussets, Mitt Romney, demasiado conservador para ser del nordeste, demasiado liberal para los dueños del santo grial republicano.
Pero surge una figura que puede equilibrar el debate, un 'Obama de derechas', con pedigrí de 'self made man'... ¡Sureño y negro! Un afroamericano de derechas. Si no resultó suficiente la primicia de un negro candidato en 2008, ahora serían dos los descendientes de esclavos luchando por el poder máximo. Se llama Herman Cáin. Familia humilde, empresario exitoso, mano dura en los negocios (reflotamiento de un pizzería), pico de oro en las tertulias, buen manejo de los medios... Y, last but no least, resonancias islamófobas. Un contrapeso perfecto para el elocuente Obama. Un duelo con morbo. Dos 'gladiadores' para el circo ya incuestionable de las elecciones norteamericanas.
http://www.guardian.co.uk/world/2011/oct/08/herman-cain-pizza-boss-whitehouse
FRANCIA: UTILIDAD DE LA MEDIOCRIDAD
En Francia, los socialistas se encuentran en pleno fragor primario para decidir el mejor rival de Sarkozy. Es de esperar que acierten, pero no pocos pensamos que el mejor rival del actual presidente es él mismo... La crisis económica y financiera ha desnudado las carencias de este político demasiado acorde con los tiempos. Atrapado entre la ambición de romper con el pasado y la tentación de seguir utilizando los mismos resortes de siempre, Sarkozy sólo habrá dejado el legado de una gestión con aroma autoritario y escasa originalidad, un dudoso glamour. Y las mismas sospechas de siempre sobre la honestidad de la práctica política.
Los socialistas elegirán entre dos figuras que en otro tiempo serían menores, pero hoy se presentan como destacables. Buenos ministrables, quizás jefes de gobierno, pero, por mor 'de lo que hay', aspirantes al Eliseo. François Hollande parece mejor colocado que Martine Aubrey. Al primero se le sitúa más a la derecha que a la segunda. Pero el desconcierto de la izquierda francesa (de toda la izquierda europea) convierte esas referencias en palabrería. Cada uno destaca de su curriculum lo que le falta a su rival. Hollande controla más el aparato político, pero carece de experiencia gubernamental. Aubrey aventa su imagen de 'ministra de las 35 horas', frente a su contestado liderazgo partidario.
Los dos cabalgan sobre el fracaso de su antecesora socialista, la malograda Segoléne Royal, perdida en un discurso sin mensaje, en la confusión sublimada del socialismo francés. Ahora, la candidata derrotada en 2006, dice apoyar a su ex-marido, Hollande, del que se separó en plena campaña al hacerse pública la infidelidad conyugal de él. Es una incógnita hasta qué punto Hollande agradecerá este gesto de 'la madre de sus hijos' o lo sentirá (resentirá) como un 'regalo envenenado' de su 'antigua compañera'.
Por contra, Aubrey cuenta con más posibilidades de hacerse con el respaldo del outsider socialista, Arnaud Montebourg, el tercero en la primera ronda de las primarias. Su mensaje vagamente altermundista, crítico con el sistema, ma non troppo, se encuentra más cerca del sesgo 'izquierdista' de la alcaldesa de Lille. Pero el nuevo 'enfant terrible' del socialismo francés espera ofertas, antes de pronunciarse. A nadie sorprendería que ante la perspectiva de una buena cartera gubernamental recortara o recondujera algunas de sus propuestas más 'atrevidas': la 'tutela pública de los bancos', la fiscalidad exigente de las finanzas, la eliminación de los paraísos fiscales, una 'desmundialización' (fórmula más moderna del viejo proteccionismo), el combate (reforzado) contra la corrupción, la renovación (o superación) de la Quinta República en favor de un sistema más parlamentario, menos atrofiado en la cabeza del Estado...
(http://www.lemonde.fr/politique/article/2011/10/11/programmes-montebourg-plutot-moins-eloigne-d-aubry-que-de-hollande_1585448_823448.html)
En todo caso, por encima de las disputas nominales, la ocasión podría ser útil para estimular el debate sobre una necesaria salida progresista de la crisis. Si eso es todavía posible...
ENEMIGOS ESCURRIDIZOS, ARMAS CASI PERFECTAS, ÉTICA DUDOSA
6 de octubre de 2011
La eliminación del clérigo Anwar Al-Awlaki en el norte de Yemen, en una operación de la CIA, ejecutada por un avión pilotado a distancia (drone), ha merecido menos atención mediática de la que probablemente merecía. Y ello, por varias razones: 1) la importancia del objetivo (equiparable a Bin Laden, en estimación de algunos expertos); 2) las consideraciones éticas sobre le legitimidad (y la legalidad) de la equívocamente denominada ‘guerra contra el terror’; y 3) la confirmación de los drones como arma pivotal de la estrategia militar en esta aparente fase final de la campaña contra el extremismo islámico.
EJECUCIONES EXTRAJUDICIALES
El clérigo Al Awlaki es un caso singular de líder islamista combatiente. Era de origen norteamericano y nunca perdió su nacionalidad. Hablaba un inglés no sólo perfecto, sino plagado de giros propios de los barrios de San Diego y otras ciudades donde predicó durante años. Hijo de padres yemeníes, sólo regresó al país de su familia en 2004, para incorporarse a la franquicia de Al Qaeda en la Península arábiga. El debilitamiento de las milicias islámicas le confirió pronto una notable importancia, puesto que,tras las operaciones militares en Afganistán y Pakistán, el epicentro de la lucha yihadista se estableció en Yemen.
Ahora bien, Al Awlaki no era un líder militar. Se trataba de un ideólogo, un inspirador. Los servicios antiterroristas norteamericanos lo consideraban como una especie de Goebels de Al Qaeda. Su huella ha querido verse en tres de los acontecimientos terroristas más sonados en Estados Unidos desde el 11-S: el frustrado atentado sobre el aeropuerto de Detroit, el envío de explosivos a Chicago y la matanza perpetrada por un suboficial musulmán norteamericano en un cuartel de Texas. Los protagonistas de esas acciones se dijeron seducidos o inspirados por este clérigo de mirada miope, aire intelectual y aspecto frágil. En THE ECONOMIST se leía esta semana que Al-Awlaki tenía la habilidad de “estimular las zonas erógenas de jóvenes musulmanes desafectos en Europa y América, capturar su imaginación, persuadirlos de viajar a Yemen para ser entrenados y luego enviados de nuevo a sus países como terroristas del tipo ‘lobos solitarios’, dispuestos a esperar y golpear…”.
La caracterización del semanario británico codifica bastante bien la imagen que se ha construido en Occidente de la actual generación de líderes y militantes yihadistas. El fanatismo, la falta de empatía, el desprecio por la vida humana, la deshumanización… Como suele ocurrir con la propaganda, elementos de la realidad se confunden con interpretaciones, prejuicios y manipulaciones groseras. En todo caso, después de dos años de persecución fallida, Al Awlaki se había convertido en ‘most wanted’, el enemigo más codiciado por los ‘guerreros antiterroristas’.
En un comentario para la publicación electrónica THE DAILY BEAST, Bruce Riedel, asesor en los primeros meses de Obama y uno de los principales expertos en yihadismo, cree que Al Awlaki era, efectivamente, un comunicador eficaz, un propagandista apasionado, pero no un líder operativo. Conocía o trató a tres de los 19 operadores del 11-S, pero parece comprobado que no tuvo nada que ver con el magno atentado de 2001. ¿Por qué Obama, al notificar su eliminación, lo calificó de ‘líder de las operaciones externas de Al Qaeda en la Península Arábiga? Sencillamente, para justificar la decisión de acabar con él.
UN COMPLICADO DEBATE ÉTICO
Es cierto que, en el momento de ser liquidado, Al Awlaki iba acompañado de otros dos miembros destacados de Al Qaeda. Uno de ellos, era Samir Khan, fundador de la web islamista ‘Inspire”. También de origen estadounidense, se autoproclamaba orgullosamente un “traidor a América”. El otro era Ibrahim Al Ashiri, supuestamente el ‘ingeniero’ que habría diseñado los últimos explosivos atribuidos a Al Qaeda.
La Casa Blanca había solicitado un informe jurídico para avalar la caza y eliminación del clérigo. Al ser ciudadano norteamericano, cualquier acción del gobierno contra su vida podría constituir un delito, un crimen. El dictamen lo filtró el pasado fin de semana el WASHINGTON POST. Los argumentos para esta nueva ‘ejecución extrajudicial’ son, básicamente, los siguientes: el objetivo era alguien que estimulaba e inspiraba el asesinato de otros ciudadanos norteamericanos; además, se había alistado en un bando declaradamente enemigo de Estados Unidos; y, finalmente, resultaba casi imposible detener, por las circunstancias y características del país donde operaba y se movía.
Organizaciones y comentaristas críticos no se consideran satisfechos con estas consideraciones legales que se han empleado para legitimar la acción. La American Civil Liberties Union (ACLU), una de las principales ong’s de acción cívica de Estados Unidos, condenó la operación y podría emprender acciones legales. En THE NATION, el columnista Tom Hayden cree que la “necesidad política” que ha guidado la decisión de Obama podría comportar “graves consecuencias”, más allá de su inmediato rédito político. El procedimiento seguido contra Al-Awlaki y sus secuaces –señala Hayden- ha sido el denominado ‘prosecutorial model’, típico de la actuaciones encubiertas en la guerra contra el narcotráfico, la criminalidad organizada (Mafia) o, más reciente, el terrorismo. Aparentemente eficaz, este modelo arroja muy serias dudas sobre la salud del Estado de derecho, previene el control y escrutinio público y es susceptible de todo tipo de abusos. A la postre, recuerda Hayden, no es fácil de identificar el beneficio que estas actuaciones han reportado a los suburbios de numerosas ciudades norteamericanas. Ni al prestigio del sistema político norteamericano, cabría añadir.
¿UN INSTRUMENTO PERFECTO?
El otro elemento sugestivo del caso Al-Awlaki es la consagración de los aviones pilotados a distancia como instrumento definitivo en la lucha contra el terror, en concreto, en la eliminación de objetivos especialmente escurridizos. El clérigo ahora liquidado había escapado en varias ocasiones. Los servicios de inteligencia lo rastreaban día y noche. Finalmente, detectaron su presencia en una región remota de Yemen. Estaba privado del apoyo que habitualmente recibía de algunas tribus locales. Las autoridades yemeníes se han sentido picados en su orgullo, porque los norteamericanos no han reconocido públicamente la importancia de su contribución en la localización del objetivo. Después de todo, el caos político que vive Yemen, tras la huida del presidente Saleh (momentáneamente de regreso, aunque no se sabe por cuánto tiempo), había perjudicado la labor local ‘antiterrorista’ en el país. En todo caso a la postre, en la eliminación de Al Awlaki ha sido decisivos los drones, los aviones Predator, armados con misiles hellfire.
Este último éxito compensa polémicas previas, ya que no siempre han sido tan precisos estos aviones pilotados a distancia. Una reciente investigación del NEW YORK TIMES desvelaba que la CIA había minimizado los denominados ‘daños colaterales’; es decir, las víctimas civiles. Los ‘drones’ son ‘cachivaches’ muy caros. Le cuestan al contribuyente 5 mil millones de dólares. Pero mucho más cara resulta la guerra sin ellos. Quizás también por eso, Obama parece convencido de su uso generalizado. Durante sus casi tres años de mandato, los ‘drones’ han realizado una operación cada cuatro días (frente a una cada cuarenta, en los años de Bush). Los generales han pedido duplicar la asignación presupuestaria para seguir aumentando la flota.
Los ‘drones’ no se pilotan desde cabina, pero eso no quiere decir que ‘vuelen solos’. Se estima que cada aparato precisa de la atención y el seguimiento de 150 personas. Los militares reconocen que no es un instrumento perfecto, pero sí el más indicado, dadas las circunstancias de ‘esta guerra’. Al ser capaces de fijar la atención en un área fijada, ‘sin parpadear’, durante 18 horas seguidas, resultan especialmente adecuados para ‘cazar’ objetivos humanos singularmente escurridizos.
Más allá del uso de los ‘drones’, la ‘guerra contra el terror’ ha difuminado las fronteras entre las acciones de inteligencia en el exterior, las operaciones encubiertas y las acciones abiertamente militares. No es casualidad que el flamante director de la CIA sea el laureado General Petraeus, que lo ha sido todo en las guerras norteamericanas de este siglo XXI. La ‘militarización’ de los aparatos de inteligencia, como señala THE NEW YORK TIMES, tiene enormes repercusiones legales y políticas. Pero también morales. THE ECONOMIST, en una reflexión sobre los aspectos éticos en relación con el uso y resultado de los ‘drones’, admite su bondades técnicas, pero se pregunta si al servicio de las operaciones militares, cada vez más frecuentes, de la CIA, se debilita el exigible control del cumplimiento de las ‘normas de la guerra’.
Se trata de un debate apasionante sobre el que será preciso volver, porque impregnará toda la reflexión sobre el sentido y la práxis de las guerras presentes y futuras en este mundo unipolar.
La eliminación del clérigo Anwar Al-Awlaki en el norte de Yemen, en una operación de la CIA, ejecutada por un avión pilotado a distancia (drone), ha merecido menos atención mediática de la que probablemente merecía. Y ello, por varias razones: 1) la importancia del objetivo (equiparable a Bin Laden, en estimación de algunos expertos); 2) las consideraciones éticas sobre le legitimidad (y la legalidad) de la equívocamente denominada ‘guerra contra el terror’; y 3) la confirmación de los drones como arma pivotal de la estrategia militar en esta aparente fase final de la campaña contra el extremismo islámico.
EJECUCIONES EXTRAJUDICIALES
El clérigo Al Awlaki es un caso singular de líder islamista combatiente. Era de origen norteamericano y nunca perdió su nacionalidad. Hablaba un inglés no sólo perfecto, sino plagado de giros propios de los barrios de San Diego y otras ciudades donde predicó durante años. Hijo de padres yemeníes, sólo regresó al país de su familia en 2004, para incorporarse a la franquicia de Al Qaeda en la Península arábiga. El debilitamiento de las milicias islámicas le confirió pronto una notable importancia, puesto que,tras las operaciones militares en Afganistán y Pakistán, el epicentro de la lucha yihadista se estableció en Yemen.
Ahora bien, Al Awlaki no era un líder militar. Se trataba de un ideólogo, un inspirador. Los servicios antiterroristas norteamericanos lo consideraban como una especie de Goebels de Al Qaeda. Su huella ha querido verse en tres de los acontecimientos terroristas más sonados en Estados Unidos desde el 11-S: el frustrado atentado sobre el aeropuerto de Detroit, el envío de explosivos a Chicago y la matanza perpetrada por un suboficial musulmán norteamericano en un cuartel de Texas. Los protagonistas de esas acciones se dijeron seducidos o inspirados por este clérigo de mirada miope, aire intelectual y aspecto frágil. En THE ECONOMIST se leía esta semana que Al-Awlaki tenía la habilidad de “estimular las zonas erógenas de jóvenes musulmanes desafectos en Europa y América, capturar su imaginación, persuadirlos de viajar a Yemen para ser entrenados y luego enviados de nuevo a sus países como terroristas del tipo ‘lobos solitarios’, dispuestos a esperar y golpear…”.
La caracterización del semanario británico codifica bastante bien la imagen que se ha construido en Occidente de la actual generación de líderes y militantes yihadistas. El fanatismo, la falta de empatía, el desprecio por la vida humana, la deshumanización… Como suele ocurrir con la propaganda, elementos de la realidad se confunden con interpretaciones, prejuicios y manipulaciones groseras. En todo caso, después de dos años de persecución fallida, Al Awlaki se había convertido en ‘most wanted’, el enemigo más codiciado por los ‘guerreros antiterroristas’.
En un comentario para la publicación electrónica THE DAILY BEAST, Bruce Riedel, asesor en los primeros meses de Obama y uno de los principales expertos en yihadismo, cree que Al Awlaki era, efectivamente, un comunicador eficaz, un propagandista apasionado, pero no un líder operativo. Conocía o trató a tres de los 19 operadores del 11-S, pero parece comprobado que no tuvo nada que ver con el magno atentado de 2001. ¿Por qué Obama, al notificar su eliminación, lo calificó de ‘líder de las operaciones externas de Al Qaeda en la Península Arábiga? Sencillamente, para justificar la decisión de acabar con él.
UN COMPLICADO DEBATE ÉTICO
Es cierto que, en el momento de ser liquidado, Al Awlaki iba acompañado de otros dos miembros destacados de Al Qaeda. Uno de ellos, era Samir Khan, fundador de la web islamista ‘Inspire”. También de origen estadounidense, se autoproclamaba orgullosamente un “traidor a América”. El otro era Ibrahim Al Ashiri, supuestamente el ‘ingeniero’ que habría diseñado los últimos explosivos atribuidos a Al Qaeda.
La Casa Blanca había solicitado un informe jurídico para avalar la caza y eliminación del clérigo. Al ser ciudadano norteamericano, cualquier acción del gobierno contra su vida podría constituir un delito, un crimen. El dictamen lo filtró el pasado fin de semana el WASHINGTON POST. Los argumentos para esta nueva ‘ejecución extrajudicial’ son, básicamente, los siguientes: el objetivo era alguien que estimulaba e inspiraba el asesinato de otros ciudadanos norteamericanos; además, se había alistado en un bando declaradamente enemigo de Estados Unidos; y, finalmente, resultaba casi imposible detener, por las circunstancias y características del país donde operaba y se movía.
Organizaciones y comentaristas críticos no se consideran satisfechos con estas consideraciones legales que se han empleado para legitimar la acción. La American Civil Liberties Union (ACLU), una de las principales ong’s de acción cívica de Estados Unidos, condenó la operación y podría emprender acciones legales. En THE NATION, el columnista Tom Hayden cree que la “necesidad política” que ha guidado la decisión de Obama podría comportar “graves consecuencias”, más allá de su inmediato rédito político. El procedimiento seguido contra Al-Awlaki y sus secuaces –señala Hayden- ha sido el denominado ‘prosecutorial model’, típico de la actuaciones encubiertas en la guerra contra el narcotráfico, la criminalidad organizada (Mafia) o, más reciente, el terrorismo. Aparentemente eficaz, este modelo arroja muy serias dudas sobre la salud del Estado de derecho, previene el control y escrutinio público y es susceptible de todo tipo de abusos. A la postre, recuerda Hayden, no es fácil de identificar el beneficio que estas actuaciones han reportado a los suburbios de numerosas ciudades norteamericanas. Ni al prestigio del sistema político norteamericano, cabría añadir.
¿UN INSTRUMENTO PERFECTO?
El otro elemento sugestivo del caso Al-Awlaki es la consagración de los aviones pilotados a distancia como instrumento definitivo en la lucha contra el terror, en concreto, en la eliminación de objetivos especialmente escurridizos. El clérigo ahora liquidado había escapado en varias ocasiones. Los servicios de inteligencia lo rastreaban día y noche. Finalmente, detectaron su presencia en una región remota de Yemen. Estaba privado del apoyo que habitualmente recibía de algunas tribus locales. Las autoridades yemeníes se han sentido picados en su orgullo, porque los norteamericanos no han reconocido públicamente la importancia de su contribución en la localización del objetivo. Después de todo, el caos político que vive Yemen, tras la huida del presidente Saleh (momentáneamente de regreso, aunque no se sabe por cuánto tiempo), había perjudicado la labor local ‘antiterrorista’ en el país. En todo caso a la postre, en la eliminación de Al Awlaki ha sido decisivos los drones, los aviones Predator, armados con misiles hellfire.
Este último éxito compensa polémicas previas, ya que no siempre han sido tan precisos estos aviones pilotados a distancia. Una reciente investigación del NEW YORK TIMES desvelaba que la CIA había minimizado los denominados ‘daños colaterales’; es decir, las víctimas civiles. Los ‘drones’ son ‘cachivaches’ muy caros. Le cuestan al contribuyente 5 mil millones de dólares. Pero mucho más cara resulta la guerra sin ellos. Quizás también por eso, Obama parece convencido de su uso generalizado. Durante sus casi tres años de mandato, los ‘drones’ han realizado una operación cada cuatro días (frente a una cada cuarenta, en los años de Bush). Los generales han pedido duplicar la asignación presupuestaria para seguir aumentando la flota.
Los ‘drones’ no se pilotan desde cabina, pero eso no quiere decir que ‘vuelen solos’. Se estima que cada aparato precisa de la atención y el seguimiento de 150 personas. Los militares reconocen que no es un instrumento perfecto, pero sí el más indicado, dadas las circunstancias de ‘esta guerra’. Al ser capaces de fijar la atención en un área fijada, ‘sin parpadear’, durante 18 horas seguidas, resultan especialmente adecuados para ‘cazar’ objetivos humanos singularmente escurridizos.
Más allá del uso de los ‘drones’, la ‘guerra contra el terror’ ha difuminado las fronteras entre las acciones de inteligencia en el exterior, las operaciones encubiertas y las acciones abiertamente militares. No es casualidad que el flamante director de la CIA sea el laureado General Petraeus, que lo ha sido todo en las guerras norteamericanas de este siglo XXI. La ‘militarización’ de los aparatos de inteligencia, como señala THE NEW YORK TIMES, tiene enormes repercusiones legales y políticas. Pero también morales. THE ECONOMIST, en una reflexión sobre los aspectos éticos en relación con el uso y resultado de los ‘drones’, admite su bondades técnicas, pero se pregunta si al servicio de las operaciones militares, cada vez más frecuentes, de la CIA, se debilita el exigible control del cumplimiento de las ‘normas de la guerra’.
Se trata de un debate apasionante sobre el que será preciso volver, porque impregnará toda la reflexión sobre el sentido y la práxis de las guerras presentes y futuras en este mundo unipolar.
RUSIA: LA MATRIUSKA INVERSA
29 de septiembre de 2011
No hay sorpresas en la 'matriuska política' de estos tiempos en Rusia. La figura de Putin contenía la de Medveded y la de ésta llevaba en su interior la de su antecesor. El símil es válido, con una reserva. El tamaño del 'segundo Putin' no será necesariamente inferior al primero. Se trata tan sólo de un efecto óptico. Pronto, si no ya mismo, esa 'matriuska putiniana' crecerá y crecerá hasta alcanzar la misma dimensión y se convertirá en gemela de la anterior. Si no mayor.
Putin volverá a la presidencia. Pocos lo dudan. Sólo hace falta que las elecciones del próximo mes de marzo. La verdadera decisión se conoció hace unos días, en el transcurso del Congreso de Rusia Unida, el principal partido del país, el partido de Putin, de Medvedev, el aparato político de la nueva nomenklatura.
EL SENTIDO DEL TÁNDEM
Que a nadie haya sorprendido la noticia no significa, empero, que tenga menos alcance e importancia. Es cierto que Putin ejercía una especie de tutela sobre el actual Presidente Medvedev y que la transición tenía, según sospechas aparentemente confirmadas, camino de regreso. ¿Poli bueno y poli malo?, según ciertas percepciones occidentales? Pues... quizás. Algunos observadores y, lo que resulta más relevante, conspicuos gobiernos consideraron que el 'descenso' de Putin en la escala del poder ruso abría la oportunidad de una apertura y una liberalización del régimen. Tanto política como económicamente. Medvedev alentó esas expectativas con decisiones singularmente reformistas. Lo que nunca estuvo claro es que las hiciera sin el consentimiento y su sucesor/antecesor, mentor y patrono, Vladímir Putin.
La clase política y la burocracia diplomática y estatal norteamericana se aferraron a los gestos y medidas calculadas de Medvedev para apostar por un nuevo marco de relaciones con Moscú. La administración Obama, siempre tan voluntariosa (sin ironía), quiso codificar esos nuevos tiempos con el término 'reset'. O sea, 'resetear' las relaciones bilaterales: coloquial y significativo al mismo tiempo. El objetivo estratégico era superar, de una vez, las dos décadas de confusión, desconcierto e inquietud creciente que había dejado el vacío causado por la desaparición de la URSS. La guerra fría, la coexistencia pacífica, el deshielo, toda esa ristra de conceptos, tanto políticos como publicitarios, no habían encontrado un sustituto estable. El 'partenariado' que se intentó durante los caóticos años de Yeltsin se disolvió por la crisis del post-comunismo. La vuelta a unas maneras fuertes, dizque autoritarias, no supuso una vuelta a los años cincuenta, desde luego, pero dejó en suspenso, la definición de las relaciones entre la 'nueva Rusia' y el perplejo Occidente.
Que Rusia volvería a ciertas formas de autoritarismo era algo que muchos predijeron. Pero como la mayoría lo hizo desde latitudes supuestamente derrotadas (comunistas, socialistas, teóricos y politólogos de izquierda), los dueños del relato de esta última generación rechazaron desdeñosamente el diagnóstico. La rigidez ultraliberal expandía un optimismo sin rubor. En los años de Yeltsin costaba que en Occidente se reconociera que no había motivos para la satisfacción y que todo el proceso de transición en Rusia había sido un completo desastre y no tenía otra salida que una involución encubierta. No hacia el comunismo, por supuesto. Pero sí hacia formas políticas de dudoso pedigrí democrático.
Putin, criatura del KGB, supo convertirse en intérprete de una grandeza posible, tras años, décadas, de decadencia. Una grandeza huérfana de ideología, pero pletórica del orgullo que proporciona el manejo de materias primas codiciadas a este lado de los Urales. Frente a la liberalización culposa, ventajista y, en cierto modo, criminal de los primeros noventa, se impuso un modelo de control económico desde el Estado, más oligopólico que estatista. No se persiguió la propiedad privada ni los negocios particulares, ni siquiera los grandes. Lo que Putin y su gente hicieron fue asegurarse que el enriquecimiento particular o sectario correría parejo al fortalecimiento de las estructuras del poder público. Una especie de capitalismo de Estado, con Rosfnet (petróleo) y Gasprom (gas), como buques insignias. Como no cabía adoptar la vía china, se diseño y desarrolló un modelo que restablecía la 'autoridad' sin espantar a los negocios. Salvo, claro, a los que se creyeran tan arrogantes de desafiar al Kremlin, Jodorkovsky en cabeza. Con ellos, se aplicaría una 'terapia' ejemplar. Lo que no estuviera en el manual del KGB se podía encontrar en usos y costumbres del capitalismo mafioso, que ha sido un rasgo persistema del sistema que sucedió al 'socialismo real' en los antiguos países del 'Este'.
Medvedev proyectó una cierta relajación de ese modelo neoautoritario. En lo político y en lo económico. Pero, si compramos la idea de que el regreso de Putin estaba pactado desde un principio, como el propio tándem aseguró durante el mencionado Congreso de Rusia Unida, parece sensato suponer que hemos asistido a un proceso y no a una rectificación. Ya como primer ministro de Putin, Medvedev introdujo elementos liberalizadores y un lenguaje subliminal de atracción para Occidente. Visibilizaciones positivas.
LAS NUEVAS EXIGENCIAS
Siempre según la pareja complementaria, Medvedev también volverá a ser el jefe del gobierno. Los ciclistas cambiarán de posición. Pero la ruta será la misma. Y la máquina. No obstante, algunos partidarios de Medvedev se confiesan desencantados estos días. Pretenden hacer creer que a su jefe le han forzado la mano y que, quizás, no estaba tan seguro de que volvería a ocupar el asiento trasero, o el del copiloto. Puede ser. Pero suena extrañamente cándido.
Los analistas estiman que el modelo ruso de crecimiento basado en la exportación de los preciados tesoros energéticos se ha agotado. El petróleo y el gas constituyen la sexta parte del PIB ruso, pero aportan casi la mitad de los recursos fiscales del Estado. Sin embargo, este especular prestigio ruso no es sostenible por mucho más tiempo. Sobre todo, en lo que hace al petróleo. Se espera un nivel de producción de crudo no superior a los diez millones de barriles diarios. Los capitales extranjeros serán necesarios, imprescindibles, incluso. En todo caso, insuficientes: se anticipa un horizonte de endeudamiento para Rusia. Sólo una mano firme puede modelar y conducir. ¿Quién mejor que Putin -proclaman sus publicistas-, que ha demostrado no arrugarse y saber navegar en aguas turbulentas?
La Casa Blanca, a través de discretos portavoces, se ha mostrado cautelosa, sobria. No se cree en Washington que haya que plantearse el 'reseteo'. Se ha acudido a la socorrida fórmula de que no se han hecho políticas basadas en personalidades, sino en intereses estratégicos. Como tampoco se ha querido hacer alarde de la ausencia de sorpresa por el 'gambito' del Kremlin. Todo seguirá igual. Previsiblemente.
Si el primer Putin gustaba de presumir de haber restaurado la 'tranquilidad' en la población, tras años de zozobra e incertidumbre, el gran reto del segundo Putin es devolver la prosperidad al ruso medio y sacar de la pobreza a millones de ciudadanos. Las encuestas apuntalan su imagen de 'hombre fuerte y solvente'. Casi el 60% de la población lo quiere de nuevo al volante, aunque su partido pierda fuelle. A la mayoría de los rusos, el nuevo autoritarismo que pronostican algunos medios occidentales (menos las cancillerías, más pragmáticas) les resulta indiferente. Más aún: conveniente. Parecen querer más de lo mismo, pero en su versión menos edulcorada (la de Medvedev, menos popular). Los 'liberales' rusos se resienten. Algunos incluso piensan en el exilio (dicen algunos diarios norteamericanos) y recuerdan que si Putin agotara los dos mandatos de seis años que la reforma constitucional, realizada bajo el mandato de Medvedev, le permitiría cumplir, habría completado el periodo más largo de un dirigente en el poder, en lo que va de siglo. Sólo le habrá superado Stalin. Putin tendría para entonces, 2014, setenta y dos años. ¿Será el final definitivo de su carrera política?
No hay sorpresas en la 'matriuska política' de estos tiempos en Rusia. La figura de Putin contenía la de Medveded y la de ésta llevaba en su interior la de su antecesor. El símil es válido, con una reserva. El tamaño del 'segundo Putin' no será necesariamente inferior al primero. Se trata tan sólo de un efecto óptico. Pronto, si no ya mismo, esa 'matriuska putiniana' crecerá y crecerá hasta alcanzar la misma dimensión y se convertirá en gemela de la anterior. Si no mayor.
Putin volverá a la presidencia. Pocos lo dudan. Sólo hace falta que las elecciones del próximo mes de marzo. La verdadera decisión se conoció hace unos días, en el transcurso del Congreso de Rusia Unida, el principal partido del país, el partido de Putin, de Medvedev, el aparato político de la nueva nomenklatura.
EL SENTIDO DEL TÁNDEM
Que a nadie haya sorprendido la noticia no significa, empero, que tenga menos alcance e importancia. Es cierto que Putin ejercía una especie de tutela sobre el actual Presidente Medvedev y que la transición tenía, según sospechas aparentemente confirmadas, camino de regreso. ¿Poli bueno y poli malo?, según ciertas percepciones occidentales? Pues... quizás. Algunos observadores y, lo que resulta más relevante, conspicuos gobiernos consideraron que el 'descenso' de Putin en la escala del poder ruso abría la oportunidad de una apertura y una liberalización del régimen. Tanto política como económicamente. Medvedev alentó esas expectativas con decisiones singularmente reformistas. Lo que nunca estuvo claro es que las hiciera sin el consentimiento y su sucesor/antecesor, mentor y patrono, Vladímir Putin.
La clase política y la burocracia diplomática y estatal norteamericana se aferraron a los gestos y medidas calculadas de Medvedev para apostar por un nuevo marco de relaciones con Moscú. La administración Obama, siempre tan voluntariosa (sin ironía), quiso codificar esos nuevos tiempos con el término 'reset'. O sea, 'resetear' las relaciones bilaterales: coloquial y significativo al mismo tiempo. El objetivo estratégico era superar, de una vez, las dos décadas de confusión, desconcierto e inquietud creciente que había dejado el vacío causado por la desaparición de la URSS. La guerra fría, la coexistencia pacífica, el deshielo, toda esa ristra de conceptos, tanto políticos como publicitarios, no habían encontrado un sustituto estable. El 'partenariado' que se intentó durante los caóticos años de Yeltsin se disolvió por la crisis del post-comunismo. La vuelta a unas maneras fuertes, dizque autoritarias, no supuso una vuelta a los años cincuenta, desde luego, pero dejó en suspenso, la definición de las relaciones entre la 'nueva Rusia' y el perplejo Occidente.
Que Rusia volvería a ciertas formas de autoritarismo era algo que muchos predijeron. Pero como la mayoría lo hizo desde latitudes supuestamente derrotadas (comunistas, socialistas, teóricos y politólogos de izquierda), los dueños del relato de esta última generación rechazaron desdeñosamente el diagnóstico. La rigidez ultraliberal expandía un optimismo sin rubor. En los años de Yeltsin costaba que en Occidente se reconociera que no había motivos para la satisfacción y que todo el proceso de transición en Rusia había sido un completo desastre y no tenía otra salida que una involución encubierta. No hacia el comunismo, por supuesto. Pero sí hacia formas políticas de dudoso pedigrí democrático.
Putin, criatura del KGB, supo convertirse en intérprete de una grandeza posible, tras años, décadas, de decadencia. Una grandeza huérfana de ideología, pero pletórica del orgullo que proporciona el manejo de materias primas codiciadas a este lado de los Urales. Frente a la liberalización culposa, ventajista y, en cierto modo, criminal de los primeros noventa, se impuso un modelo de control económico desde el Estado, más oligopólico que estatista. No se persiguió la propiedad privada ni los negocios particulares, ni siquiera los grandes. Lo que Putin y su gente hicieron fue asegurarse que el enriquecimiento particular o sectario correría parejo al fortalecimiento de las estructuras del poder público. Una especie de capitalismo de Estado, con Rosfnet (petróleo) y Gasprom (gas), como buques insignias. Como no cabía adoptar la vía china, se diseño y desarrolló un modelo que restablecía la 'autoridad' sin espantar a los negocios. Salvo, claro, a los que se creyeran tan arrogantes de desafiar al Kremlin, Jodorkovsky en cabeza. Con ellos, se aplicaría una 'terapia' ejemplar. Lo que no estuviera en el manual del KGB se podía encontrar en usos y costumbres del capitalismo mafioso, que ha sido un rasgo persistema del sistema que sucedió al 'socialismo real' en los antiguos países del 'Este'.
Medvedev proyectó una cierta relajación de ese modelo neoautoritario. En lo político y en lo económico. Pero, si compramos la idea de que el regreso de Putin estaba pactado desde un principio, como el propio tándem aseguró durante el mencionado Congreso de Rusia Unida, parece sensato suponer que hemos asistido a un proceso y no a una rectificación. Ya como primer ministro de Putin, Medvedev introdujo elementos liberalizadores y un lenguaje subliminal de atracción para Occidente. Visibilizaciones positivas.
LAS NUEVAS EXIGENCIAS
Siempre según la pareja complementaria, Medvedev también volverá a ser el jefe del gobierno. Los ciclistas cambiarán de posición. Pero la ruta será la misma. Y la máquina. No obstante, algunos partidarios de Medvedev se confiesan desencantados estos días. Pretenden hacer creer que a su jefe le han forzado la mano y que, quizás, no estaba tan seguro de que volvería a ocupar el asiento trasero, o el del copiloto. Puede ser. Pero suena extrañamente cándido.
Los analistas estiman que el modelo ruso de crecimiento basado en la exportación de los preciados tesoros energéticos se ha agotado. El petróleo y el gas constituyen la sexta parte del PIB ruso, pero aportan casi la mitad de los recursos fiscales del Estado. Sin embargo, este especular prestigio ruso no es sostenible por mucho más tiempo. Sobre todo, en lo que hace al petróleo. Se espera un nivel de producción de crudo no superior a los diez millones de barriles diarios. Los capitales extranjeros serán necesarios, imprescindibles, incluso. En todo caso, insuficientes: se anticipa un horizonte de endeudamiento para Rusia. Sólo una mano firme puede modelar y conducir. ¿Quién mejor que Putin -proclaman sus publicistas-, que ha demostrado no arrugarse y saber navegar en aguas turbulentas?
La Casa Blanca, a través de discretos portavoces, se ha mostrado cautelosa, sobria. No se cree en Washington que haya que plantearse el 'reseteo'. Se ha acudido a la socorrida fórmula de que no se han hecho políticas basadas en personalidades, sino en intereses estratégicos. Como tampoco se ha querido hacer alarde de la ausencia de sorpresa por el 'gambito' del Kremlin. Todo seguirá igual. Previsiblemente.
Si el primer Putin gustaba de presumir de haber restaurado la 'tranquilidad' en la población, tras años de zozobra e incertidumbre, el gran reto del segundo Putin es devolver la prosperidad al ruso medio y sacar de la pobreza a millones de ciudadanos. Las encuestas apuntalan su imagen de 'hombre fuerte y solvente'. Casi el 60% de la población lo quiere de nuevo al volante, aunque su partido pierda fuelle. A la mayoría de los rusos, el nuevo autoritarismo que pronostican algunos medios occidentales (menos las cancillerías, más pragmáticas) les resulta indiferente. Más aún: conveniente. Parecen querer más de lo mismo, pero en su versión menos edulcorada (la de Medvedev, menos popular). Los 'liberales' rusos se resienten. Algunos incluso piensan en el exilio (dicen algunos diarios norteamericanos) y recuerdan que si Putin agotara los dos mandatos de seis años que la reforma constitucional, realizada bajo el mandato de Medvedev, le permitiría cumplir, habría completado el periodo más largo de un dirigente en el poder, en lo que va de siglo. Sólo le habrá superado Stalin. Putin tendría para entonces, 2014, setenta y dos años. ¿Será el final definitivo de su carrera política?
OBAMA, LA LUCHA DE CLASES Y LAS MATEMÁTICAS.
22 de septiembre de 2011
Obama se ha puesto duro. O pretende dar la sensación de que lo ha hecho. Se acabó el tiempo de las componendas. El año que le queda hasta someterse a la prueba de la reelección lo dedicará a defender su visión de América, la de una buena parte de su partido y la de la base social que lo llevó a la Casa Blanca. ¿Es tarde?
El otro día, en uno de los lugares preferentes de la Casa Blanca para los momentos solemnes, el Rose Garden, el presidente de los Estados Unidos “trazó una raya bien marcada” (como tituló THE NEW YORK TIMES) sobre las exigencias de sus adversarios republicanos en materia de reducción del déficit, de política fiscal y de prioridades presupuestarias.
En pocas palabras, Obama rectifica. Lógicamente, sus asesores, colaboradores y propagandistas no lo presentan así. Pero es obvio que el Presidente ha admitido, de forma indirecta, que su estrategia de negociación y compromiso con la oposición republicana, no ha procurado grandes beneficios. Ni a él, ni a la mayoría del país, cuyos intereses él dice defender.
Obama dejó claro que no dudará en vetar cualquier iniciativa legislativa que recorte el gasto de los programas sanitarios para los sectores sociales más modestos (Medicaid y Medicare), si ello no lleva aparejado el aumento de la presión fiscal a los más ricos. Más drástico se puso el Presidente con la Seguridad Social, cuya estabilidad y dotación consideró innegociable.
EL NECESARIO FIN DEL REPLIEGUE
El Presidente se ha pasado un año, desde el triunfo republicano en las elecciones de medio mandato, en noviembre de 2010, intentando un apaño con la nueva mayoría conservadora, para reducir el déficit y crear un supuesto entorno favorable para la inversión, que favoreciera la salida de la crisis. No sólo sus esfuerzos y renuncias no dieron resultado, sino que (como le han venido advirtiendo destacados tribunos y líderes de opinión progresistas y algunos miembros destacados del ala izquierda, e incluso centristas, del Partido Demócrata), tal comportamiento sólo ha servido para que se reforzara el sector más conservador de la clase política norteamericana.
Ya le pasó a Bill Clinton durante su primer mandato. Los republicanos se hicieron con el control del Congreso a los dos años de que él llegara a la Casa Blanca. El poco experimentado exgobernador de Arkansas sólo encontró el camino de marcha atrás. La reforma sanitaria quedo arrumbada y el discurso político presidencial se hizo confuso y espeso.
Obama, con más recursos dialécticos y menos complejos, creyó que él podía sortear esa presión, acompañando a los republicanos en ciertas fases del ‘concierto’, en el convencimiento de que, si no en la partitura, sí podría influir al menos en el ‘tempo’. El resultado ha sido que, como ya hicieron con el anterior presidente demócrata, los republicanos lo pusieron contra la pared. Para ello no han dudado en manipular las cifras, desplegar una propaganda engañosa e incluso obstaculizar y boicotear la recuperación económica y la solvencia internacional del país. Nunca se vio más clara esta estrategia que con motivo de la gestión de la deuda y la liberación de fondos para el funcionamiento corriente de la administración.
Desde latitudes progresistas, los consejos, primero, las advertencias después, y los sones de la alarma, más tarde, no consiguieron que Obama endureciera su postura. El Presidente no consideró que había llegado el momento de enseñar los dientes, seguramente porque su aparente buena comunicación con el nuevo líder republicano, John A. Boehner, le hacía creer que éste podría mantener bajo control a los desmandados radicales conservadores. Cuando sintió la pistola republicana contra su sien se percató de lo desarmado que estaba. De lo expuesta que se encontraba su presidencia.
Ahora, superada la llamada crisis de la deuda, y ante la necesidad de rehacer su base social para afrontar el año electoral, Obama parece volver a los orígenes: es decir, a la defensa de los principios, al proyecto en torno al que giraba el sentido de su mandato. Las encuestas no le son favorables. Pero hay otro dato subyacente no menos importante: los ciudadanos menos posicionados en el espectro político manifiestan que un Presidente debe luchar por sus ideas. En este concepto abundaba estos días THE NEW YORK TIMES, el diario más influyente del país entre los políticos más cercanos al Presidente. En un editorial titulado “Crisis de liderazgo”, el periódico afirma que “América ya no acepta teorías económicas desaprobadas hace 25 años”. Es decir, el neoliberalismo anarquizante que pretende aniquilar el Estado, el Gobierno, la corrección pública de las desigualdades.
UNA CUESTION DE JUSTICIA
Una investigación actualizada sobre la pobreza en Estados Unidos resulta demoledora. Hay más de 46 millones de norteamericanos por debajo del umbral de la pobreza. Casi la mitad, unos 20 millones, son pobres absolutos o muy pobres. Son las cifras más negativas desde que empezaron a realizarse estos estudios, hace medio siglo. Sólo el año pasado cayeron en ese pozo negro de la realidad social más de dos millones y medio de personas. La desigualdad ha superado todos los récords. La renta media de los diez por ciento más pobres cayó doce puntos en la última década, mientras que los diez por ciento más ricos disminuyó apenas un punto y medio. Como era de esperar, las minorías son las más duramente golpeadas por el estancamiento económico, la falta de respuestas políticas y la inmovilidad social.
La directora del semanario progresista THE NATION, Katrina Van den Heuvel, plantea diez iniciativas para mejorar la vida cotidiana de los sectores más desfavorecidos de la población. Estas ideas, en su conjunto, precisan de un compromiso político más decidido y combativo del que se ha exhibido ahora desde la Casa Blanca.
Esta realidad está ya permeando el debate social. Quizás por ello, las encuestas indican que la mayoría de los ciudadanos no quieren que se recorten más la inversión social sin una presión fiscal más equilibrada y progresista. La propaganda conservadora, lubrificada por unos medios por lo general cómplices y rehenes del dinero contaminado por la mercantilización criminal de la política, intenta hacer creer lo contrario, con más éxito de lo que resultaría concebible. Más de la mitad de los consultados creen que los ricos deben pagar más impuestos: Obama recogió este principio en su literalidad el otro día. Y una proporción similar del electorado no quiere que los programas sociales redistributivos sean neutralizados: otra enseña que el presidente dice querer ahora defender sin ambigüedades.
Ahora bien, lo que se sabe de las intenciones de la Casa Blanca deja espacio a las dudas. El plan de reducción del déficit en tres billones y medio de dólares, a conseguir en diez años, contempla que un 60% provenga del recorte de la inversión social y un 40% del aumento de la presión fiscal sobre el segmento más rico de la población y las corporaciones.
Los republicanos ya han anunciado que el aumento de impuestos perjudica la recuperación de la economía, argumento cuya falacia es continuamente desmontada con cifras por los economistas de centro izquierda como Krugman, Stiglitz y otros. Los políticos y comentaristas más cercanos al presidente echan de menos concreciones y compromisos más sólidos.
Es urgente que el presidente “demuestre de qué lado está”, como le pide también el mencionado TIMES en su editorial. El otro día, quizás para no sonar demasiado ideológico o partidista, afirmó que su visión equilibrada de la reducción del déficit no respondía “a una visión de lucha de clases, sino a las matemáticas”. No está claro que esta ‘discreción política’ ayude al presidente a reconectar con amplios sectores de su base. Las matemáticas son ineludibles, su atención es condición necesaria para una buena gestión. Pero no suficiente para restaurar una política obligada a corregir injusticias.
Obama se ha puesto duro. O pretende dar la sensación de que lo ha hecho. Se acabó el tiempo de las componendas. El año que le queda hasta someterse a la prueba de la reelección lo dedicará a defender su visión de América, la de una buena parte de su partido y la de la base social que lo llevó a la Casa Blanca. ¿Es tarde?
El otro día, en uno de los lugares preferentes de la Casa Blanca para los momentos solemnes, el Rose Garden, el presidente de los Estados Unidos “trazó una raya bien marcada” (como tituló THE NEW YORK TIMES) sobre las exigencias de sus adversarios republicanos en materia de reducción del déficit, de política fiscal y de prioridades presupuestarias.
En pocas palabras, Obama rectifica. Lógicamente, sus asesores, colaboradores y propagandistas no lo presentan así. Pero es obvio que el Presidente ha admitido, de forma indirecta, que su estrategia de negociación y compromiso con la oposición republicana, no ha procurado grandes beneficios. Ni a él, ni a la mayoría del país, cuyos intereses él dice defender.
Obama dejó claro que no dudará en vetar cualquier iniciativa legislativa que recorte el gasto de los programas sanitarios para los sectores sociales más modestos (Medicaid y Medicare), si ello no lleva aparejado el aumento de la presión fiscal a los más ricos. Más drástico se puso el Presidente con la Seguridad Social, cuya estabilidad y dotación consideró innegociable.
EL NECESARIO FIN DEL REPLIEGUE
El Presidente se ha pasado un año, desde el triunfo republicano en las elecciones de medio mandato, en noviembre de 2010, intentando un apaño con la nueva mayoría conservadora, para reducir el déficit y crear un supuesto entorno favorable para la inversión, que favoreciera la salida de la crisis. No sólo sus esfuerzos y renuncias no dieron resultado, sino que (como le han venido advirtiendo destacados tribunos y líderes de opinión progresistas y algunos miembros destacados del ala izquierda, e incluso centristas, del Partido Demócrata), tal comportamiento sólo ha servido para que se reforzara el sector más conservador de la clase política norteamericana.
Ya le pasó a Bill Clinton durante su primer mandato. Los republicanos se hicieron con el control del Congreso a los dos años de que él llegara a la Casa Blanca. El poco experimentado exgobernador de Arkansas sólo encontró el camino de marcha atrás. La reforma sanitaria quedo arrumbada y el discurso político presidencial se hizo confuso y espeso.
Obama, con más recursos dialécticos y menos complejos, creyó que él podía sortear esa presión, acompañando a los republicanos en ciertas fases del ‘concierto’, en el convencimiento de que, si no en la partitura, sí podría influir al menos en el ‘tempo’. El resultado ha sido que, como ya hicieron con el anterior presidente demócrata, los republicanos lo pusieron contra la pared. Para ello no han dudado en manipular las cifras, desplegar una propaganda engañosa e incluso obstaculizar y boicotear la recuperación económica y la solvencia internacional del país. Nunca se vio más clara esta estrategia que con motivo de la gestión de la deuda y la liberación de fondos para el funcionamiento corriente de la administración.
Desde latitudes progresistas, los consejos, primero, las advertencias después, y los sones de la alarma, más tarde, no consiguieron que Obama endureciera su postura. El Presidente no consideró que había llegado el momento de enseñar los dientes, seguramente porque su aparente buena comunicación con el nuevo líder republicano, John A. Boehner, le hacía creer que éste podría mantener bajo control a los desmandados radicales conservadores. Cuando sintió la pistola republicana contra su sien se percató de lo desarmado que estaba. De lo expuesta que se encontraba su presidencia.
Ahora, superada la llamada crisis de la deuda, y ante la necesidad de rehacer su base social para afrontar el año electoral, Obama parece volver a los orígenes: es decir, a la defensa de los principios, al proyecto en torno al que giraba el sentido de su mandato. Las encuestas no le son favorables. Pero hay otro dato subyacente no menos importante: los ciudadanos menos posicionados en el espectro político manifiestan que un Presidente debe luchar por sus ideas. En este concepto abundaba estos días THE NEW YORK TIMES, el diario más influyente del país entre los políticos más cercanos al Presidente. En un editorial titulado “Crisis de liderazgo”, el periódico afirma que “América ya no acepta teorías económicas desaprobadas hace 25 años”. Es decir, el neoliberalismo anarquizante que pretende aniquilar el Estado, el Gobierno, la corrección pública de las desigualdades.
UNA CUESTION DE JUSTICIA
Una investigación actualizada sobre la pobreza en Estados Unidos resulta demoledora. Hay más de 46 millones de norteamericanos por debajo del umbral de la pobreza. Casi la mitad, unos 20 millones, son pobres absolutos o muy pobres. Son las cifras más negativas desde que empezaron a realizarse estos estudios, hace medio siglo. Sólo el año pasado cayeron en ese pozo negro de la realidad social más de dos millones y medio de personas. La desigualdad ha superado todos los récords. La renta media de los diez por ciento más pobres cayó doce puntos en la última década, mientras que los diez por ciento más ricos disminuyó apenas un punto y medio. Como era de esperar, las minorías son las más duramente golpeadas por el estancamiento económico, la falta de respuestas políticas y la inmovilidad social.
La directora del semanario progresista THE NATION, Katrina Van den Heuvel, plantea diez iniciativas para mejorar la vida cotidiana de los sectores más desfavorecidos de la población. Estas ideas, en su conjunto, precisan de un compromiso político más decidido y combativo del que se ha exhibido ahora desde la Casa Blanca.
Esta realidad está ya permeando el debate social. Quizás por ello, las encuestas indican que la mayoría de los ciudadanos no quieren que se recorten más la inversión social sin una presión fiscal más equilibrada y progresista. La propaganda conservadora, lubrificada por unos medios por lo general cómplices y rehenes del dinero contaminado por la mercantilización criminal de la política, intenta hacer creer lo contrario, con más éxito de lo que resultaría concebible. Más de la mitad de los consultados creen que los ricos deben pagar más impuestos: Obama recogió este principio en su literalidad el otro día. Y una proporción similar del electorado no quiere que los programas sociales redistributivos sean neutralizados: otra enseña que el presidente dice querer ahora defender sin ambigüedades.
Ahora bien, lo que se sabe de las intenciones de la Casa Blanca deja espacio a las dudas. El plan de reducción del déficit en tres billones y medio de dólares, a conseguir en diez años, contempla que un 60% provenga del recorte de la inversión social y un 40% del aumento de la presión fiscal sobre el segmento más rico de la población y las corporaciones.
Los republicanos ya han anunciado que el aumento de impuestos perjudica la recuperación de la economía, argumento cuya falacia es continuamente desmontada con cifras por los economistas de centro izquierda como Krugman, Stiglitz y otros. Los políticos y comentaristas más cercanos al presidente echan de menos concreciones y compromisos más sólidos.
Es urgente que el presidente “demuestre de qué lado está”, como le pide también el mencionado TIMES en su editorial. El otro día, quizás para no sonar demasiado ideológico o partidista, afirmó que su visión equilibrada de la reducción del déficit no respondía “a una visión de lucha de clases, sino a las matemáticas”. No está claro que esta ‘discreción política’ ayude al presidente a reconectar con amplios sectores de su base. Las matemáticas son ineludibles, su atención es condición necesaria para una buena gestión. Pero no suficiente para restaurar una política obligada a corregir injusticias.
TURQUIA: APERTURA A ORIENTE, INQUIETUD EN OCCIDENTE
15 de septiembre de 2011
Uno de los asuntos laterales más apasionantes del pulso diplomático y publicitario en torno al reconocimiento del Estado de Palestina en la ONU es el papel creciente de Turquía. Algunos analistas, como se mencionó aquí algunas semanas, creen que se está fraguando una segunda república en aquel país de setenta millones de habitantes, puente entre Oriente y Occidente, aliado atlántico respetado y respetable y vigorosa potencia económica en alza, aunque no todavía con credenciales suficientes para añadir 'T' al paquete BRIC de los países emergentes.
El primer ministro Erdogan es uno de los dirigentes extranjeros más populares en un mundo árabe en convulsión. El más importante, podría decirse, sin apenas riesgo de error. No es ya que supere a Obama -si es que alguna vez el presidente norteamericano consiguió hacerse querer sólidamente. Es que casi es observado como una referencia alternativa. Que goce de un poder incomparablemente inferior, sólo es un inconveniente menor. De Erdogan gusta el proyecto de cambio tranquilo, pero firme, y una prosperidad sólida pero autónoma. Pero, además, algo que Obama no puede ofrecer: hablarle claro y sin doble lenguaje a Israel.
Ya es un acontecimiento que un primer ministro participe en una cumbre de la Liga Árabe como ha hecho Erdogan hace unos días. Y no para deslizarse por la retórica habitual en la zona. El primer ministro turco, voluntariamente o no, se ha convertido en el embajador más enérgico de la causa palestina y de la causa árabe (ésta última más ambigua y escurridiza).
Erdogan presente credenciales de autenticidad que Obama sigue sin ofrecer. Cuando dice ante la Liga Árabe que el reconocimiento del Estado palestino en la ONU no es una opción diplomática sino una 'cuestión de justicia' no se limita a esa 'langue du bois' tan habitual entre los dirigentes árabes. Lo respalda con el incidente de la flotilla de Gaza. El ataque de la marina israelí, los nueve turcos muertos, el pulso diplomático en tornos a los informes (dos) de las Naciones Unidas, el agrio intercambio de reproches y acusaciones y, por últimos, la crisis de los embajadores (retirada del turco, llamada a consultas de israelí) acredita que Erdogan no está haciendo 'posturing', no se limita a sacar pecho. Es una manifestación de independencia.
El momento es propicio como ningún otro en décadas, según coinciden muchos analistas. Las revueltas democráticas árabes han propiciado el debilitamiento de unos regímenes corruptos y gastados, sin que, de momento, hayan podido construir una alternativa. Ésa es la gran preocupación del momento en la vigilada Libia, pero también en los otros países del norte de África donde prendió el impulso del cambio. Turquía fué evocada por muchos como un modelo a seguir. Los elementos que se concilian para dibujar la alternativa son: una autoridad civil fuerte y con respaldo popular, un islamismo orgulloso aunque moderado, una prosperidad creciente que empieza a notarse entre los más desfavorecidos, una nueva dimensión exterior tras décadas de aislacionismo servilista.
Naturalmente, permanecen muchos factores que obstaculizan este presentido liderazgo de Turquía en la región: el recuerdo del Imperio Otomano como potencia opresora, la dependencia de Occidente, tan forzada como conveniente en algunos aspectos, y el carácter aún incipiente -por tanto, frágil de esa nueva República en ciernes.
EL PESO DE LA AMISTAD CUESTIONADA
Pero hay otro factor que aconseja la prudencia. La amistad israelo-turca tiene sólidos fundamentos y anclajes fornidos. Prueba de ello es que la tensión política, diplomática y mediática no ha debilitado todavía la buena salud de las relaciones económicas bilaterales. Turquía sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Israel. Cuatro mil millones de dólares en intercambios mercantiles avalan esta realidad.
Pero hay otro ámbito de especial importancia: la cooperación militar. Naturalmente, este capítulo podría ser el primero en resentirse si la acritud política se sale del cauce. Turquía ha contado con la tecnología militar israelí para consolidar su posición de potencia en el Mediterráneo, pero sobre todo, para actuar con sistemas no convencionales contra la guerrilla kurda del PKK. El ejemplo más elocuente son los aviones con los que la aviación turca pone al descubierto los escondites y campamentos en las montañas kurdas.
En reciprocidad, los militares turcos son muy apreciados en Israel: por su profesionalidad y por su orientación pro-occidental, pero también como fuente de valiosa información. Erdogan acaba de ganar un pulso a las Fuerzas Armadas turcas al imponer, por primera vez en décadas, el criterio civil sobre el castrense en un asunto de promociones y nombramientos. El episodio resultó revelador de la fortaleza del primer ministro. La dimisión de toda la cúpula militar y el ascenso a los puestos de mando de las figuras más próximas al jefe del gobierno pareció confirmar que una revolución silenciosa estaba produciéndose en la milicia, el pilar fundamental del kemalismo. ¿Pero está dicha la última palabra?
El garante de la cooperación israelo-turca es Estados Unidos. Hasta el punto de que, en realidad, no cabe hablar de una relación bilateral, sino trilateral, según la expresión de Fabio Romano, profesor de Relaciones Internacionales en Trieste. Para Washington, esta ruptura entre Tel Aviv y Ankara resultaría un problema de envergadura. Ambos países han constituido el eje de la estrategia de seguridad norteamericana durante décadas. Estados Unidos no está preparado para una alteración decisiva de este recurso.
Hasta ahora, el Departamento de Estado se ha abstenido de 'vaciar' el espacio adquirido por Ahmet Davotoglu, el ambicioso e 'innovador' ministro de Exteriores turco. Con cautela, la diplomacia norteamericana ha preferido aprovechar el impulso positivo que el islamismo moderado de Erdogan podría imprimir al nuevo rumbo en los países árabes convulsos. Como una especie de antídoto contra derivas fundamentalistas radicales. Otro buen ejemplo es la condena turca de la represión en Siria, un vecino con el hasta ahora se estaba en buenos términos. Pero los síntomas 'negativos' se percibían desde hace tiempo. Ya costó asimilar en el Pentágono que Erdogan se mostrara tan colaborador con Teherán en la disputa por el control de la energía nuclear iraní. No es previsible que Washington admita ahora que la 'renacida' potencia turca desequilibre el juego de alianzas regionales. Y más cuando Obama necesita demostrar a su electorado judío que sigue protegiendo los intereses de Israel.
En definitiva, Turquía como oportunidad y como problema. Ése es el dilema que Occidente se plantea con el antiguo 'enfermo de Europa'. A ese mundo que oprimió durante siglos, el espacio árabe, se abre de nuevo la otrora 'Sublime Puerta', ahora proyectando un nuevo proyecto. Algunos han sentido una corriente molesta, perturbadora.
Uno de los asuntos laterales más apasionantes del pulso diplomático y publicitario en torno al reconocimiento del Estado de Palestina en la ONU es el papel creciente de Turquía. Algunos analistas, como se mencionó aquí algunas semanas, creen que se está fraguando una segunda república en aquel país de setenta millones de habitantes, puente entre Oriente y Occidente, aliado atlántico respetado y respetable y vigorosa potencia económica en alza, aunque no todavía con credenciales suficientes para añadir 'T' al paquete BRIC de los países emergentes.
El primer ministro Erdogan es uno de los dirigentes extranjeros más populares en un mundo árabe en convulsión. El más importante, podría decirse, sin apenas riesgo de error. No es ya que supere a Obama -si es que alguna vez el presidente norteamericano consiguió hacerse querer sólidamente. Es que casi es observado como una referencia alternativa. Que goce de un poder incomparablemente inferior, sólo es un inconveniente menor. De Erdogan gusta el proyecto de cambio tranquilo, pero firme, y una prosperidad sólida pero autónoma. Pero, además, algo que Obama no puede ofrecer: hablarle claro y sin doble lenguaje a Israel.
Ya es un acontecimiento que un primer ministro participe en una cumbre de la Liga Árabe como ha hecho Erdogan hace unos días. Y no para deslizarse por la retórica habitual en la zona. El primer ministro turco, voluntariamente o no, se ha convertido en el embajador más enérgico de la causa palestina y de la causa árabe (ésta última más ambigua y escurridiza).
Erdogan presente credenciales de autenticidad que Obama sigue sin ofrecer. Cuando dice ante la Liga Árabe que el reconocimiento del Estado palestino en la ONU no es una opción diplomática sino una 'cuestión de justicia' no se limita a esa 'langue du bois' tan habitual entre los dirigentes árabes. Lo respalda con el incidente de la flotilla de Gaza. El ataque de la marina israelí, los nueve turcos muertos, el pulso diplomático en tornos a los informes (dos) de las Naciones Unidas, el agrio intercambio de reproches y acusaciones y, por últimos, la crisis de los embajadores (retirada del turco, llamada a consultas de israelí) acredita que Erdogan no está haciendo 'posturing', no se limita a sacar pecho. Es una manifestación de independencia.
El momento es propicio como ningún otro en décadas, según coinciden muchos analistas. Las revueltas democráticas árabes han propiciado el debilitamiento de unos regímenes corruptos y gastados, sin que, de momento, hayan podido construir una alternativa. Ésa es la gran preocupación del momento en la vigilada Libia, pero también en los otros países del norte de África donde prendió el impulso del cambio. Turquía fué evocada por muchos como un modelo a seguir. Los elementos que se concilian para dibujar la alternativa son: una autoridad civil fuerte y con respaldo popular, un islamismo orgulloso aunque moderado, una prosperidad creciente que empieza a notarse entre los más desfavorecidos, una nueva dimensión exterior tras décadas de aislacionismo servilista.
Naturalmente, permanecen muchos factores que obstaculizan este presentido liderazgo de Turquía en la región: el recuerdo del Imperio Otomano como potencia opresora, la dependencia de Occidente, tan forzada como conveniente en algunos aspectos, y el carácter aún incipiente -por tanto, frágil de esa nueva República en ciernes.
EL PESO DE LA AMISTAD CUESTIONADA
Pero hay otro factor que aconseja la prudencia. La amistad israelo-turca tiene sólidos fundamentos y anclajes fornidos. Prueba de ello es que la tensión política, diplomática y mediática no ha debilitado todavía la buena salud de las relaciones económicas bilaterales. Turquía sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Israel. Cuatro mil millones de dólares en intercambios mercantiles avalan esta realidad.
Pero hay otro ámbito de especial importancia: la cooperación militar. Naturalmente, este capítulo podría ser el primero en resentirse si la acritud política se sale del cauce. Turquía ha contado con la tecnología militar israelí para consolidar su posición de potencia en el Mediterráneo, pero sobre todo, para actuar con sistemas no convencionales contra la guerrilla kurda del PKK. El ejemplo más elocuente son los aviones con los que la aviación turca pone al descubierto los escondites y campamentos en las montañas kurdas.
En reciprocidad, los militares turcos son muy apreciados en Israel: por su profesionalidad y por su orientación pro-occidental, pero también como fuente de valiosa información. Erdogan acaba de ganar un pulso a las Fuerzas Armadas turcas al imponer, por primera vez en décadas, el criterio civil sobre el castrense en un asunto de promociones y nombramientos. El episodio resultó revelador de la fortaleza del primer ministro. La dimisión de toda la cúpula militar y el ascenso a los puestos de mando de las figuras más próximas al jefe del gobierno pareció confirmar que una revolución silenciosa estaba produciéndose en la milicia, el pilar fundamental del kemalismo. ¿Pero está dicha la última palabra?
El garante de la cooperación israelo-turca es Estados Unidos. Hasta el punto de que, en realidad, no cabe hablar de una relación bilateral, sino trilateral, según la expresión de Fabio Romano, profesor de Relaciones Internacionales en Trieste. Para Washington, esta ruptura entre Tel Aviv y Ankara resultaría un problema de envergadura. Ambos países han constituido el eje de la estrategia de seguridad norteamericana durante décadas. Estados Unidos no está preparado para una alteración decisiva de este recurso.
Hasta ahora, el Departamento de Estado se ha abstenido de 'vaciar' el espacio adquirido por Ahmet Davotoglu, el ambicioso e 'innovador' ministro de Exteriores turco. Con cautela, la diplomacia norteamericana ha preferido aprovechar el impulso positivo que el islamismo moderado de Erdogan podría imprimir al nuevo rumbo en los países árabes convulsos. Como una especie de antídoto contra derivas fundamentalistas radicales. Otro buen ejemplo es la condena turca de la represión en Siria, un vecino con el hasta ahora se estaba en buenos términos. Pero los síntomas 'negativos' se percibían desde hace tiempo. Ya costó asimilar en el Pentágono que Erdogan se mostrara tan colaborador con Teherán en la disputa por el control de la energía nuclear iraní. No es previsible que Washington admita ahora que la 'renacida' potencia turca desequilibre el juego de alianzas regionales. Y más cuando Obama necesita demostrar a su electorado judío que sigue protegiendo los intereses de Israel.
En definitiva, Turquía como oportunidad y como problema. Ése es el dilema que Occidente se plantea con el antiguo 'enfermo de Europa'. A ese mundo que oprimió durante siglos, el espacio árabe, se abre de nuevo la otrora 'Sublime Puerta', ahora proyectando un nuevo proyecto. Algunos han sentido una corriente molesta, perturbadora.
MÉXICO: TERROR CRUDO, INTERVENCIÓN SILENCIOSA
2 de septiembre de 2011
La guerra de Libia y la represión en Siria, por no hablar de la gestión política de la manipulación financiera, han privado de foco a otro de los acontecimientos de agosto: el brutal atentado en un casino de la ciudad mexicana de Monterrey, supuestamente perpetrado por Los Zetas, uno de los cárteles más sanguinarios del narcoimperio.
Medio centenar de personas murieron al ser incendiado el Casino Royal, uno de los más importantes y conocidos de la ciudad. El impacto ha sido tremendo, a pesar de que en México ningún acontecimiento violento parece ya provocar asombro. Se trata del mayor número de víctimas en una sola acción delictiva en muchos años. Pero, sobre todo, el atentado cobra un significado relevante también por el escenario de la tragedia.
Monterrey es la segunda ciudad de México, aunque en realidad es la más próspera, la más rica, sede de varias universidades, capital industrial y cultural de la República. Y lo más importante: hasta hace poco tiempo, se creía ajena a los estragos del narcoterrorismo, la enfermedad que corroe el país hasta sus cimientos. Hoy, el 90% de su población se confiesa aterrada, según una reciente encuesta reproducida por LOS ANGELES TIMES.
De un tiempo a esta parte, Monterrey se ha convertido en el objetivo de las bandas criminales. La vida económica de la ciudad proporciona un botín indiscutible y ofrece oportunidades muy jugosas para esconder, disimular o blanquear los negocios ligadas al tráfico de estupefacientes. Los casinos constituyen uno de esos instrumentos de simulación.
Durante años, la mayoría de los casinos habían sido ilegales en México. Durante el mandato de Vicente Fox, el anterior presidente, se regularizaron e impulsaron estos establecimientos de juego. El artífice de este proceso fue Santiago Creel, ministro del Interior en la época (primer lustro del nuevo siglo). La tendencia se ha mantenido con el actual presidente, Felipe Calderón. En los años de gobierno del PAN (el partido conservador que quebró la hegemonía del PRI), el número de casinos se ha multiplicado por siete. Hay unos ochocientos en todo el país, según datos de una investigación realizada por la prestigiosa revista PROCESO. Se calcula que más de un centenar son aún ilícitos.
Todo indica que el atentado contra el Casino Royal se debe a una extorsión. El propietario, al parecer, no se avino a pagar la comisión que le exigían Los Zetas, el cartel más peligroso y sanguinario (aunque no el más poderoso) de los que operan en el país. En su expansión por la zona costera del Golfo, esta banda criminal ha puesto sus tentáculos sobre Monterrey. El dueño del casino debía prever con seguridad lo que podía ocurrirle, porque, de hecho, residía desde hace meses en Estados Unidos.
El atentado tuvo tal impacto que el presidente Calderón envió más de un millar de hombres de la Policía Federal para reforzar la busca y captura de los responsables. Al cabo de unos días fueron detenidas cinco personas. La policía se ha esforzado por presentar resultados con una rapidez inhabitual. Se ha ofrecido como prueba de la autoría los videos tomados en una gasolinera cercana donde los criminales se abastecieron de combustible con el prendieron fuego al local. Las propias cámaras del casino habían registrado el momento en que los coches de los autores del atentado llegaron al casino y su posterior huida del edificio, ya en llamas.
Pero ni las exhibiciones de fuerza ni los aparentes “éxitos policiales” sirven para convencer a una población instalada ya en el escepticismo. Para comprender hasta donde se ha llegado en la perversión de los aparatos estatales, es altamente recomendable el libro de la periodista mexicana ANABEL HERNÁNDEZ titulado “Los señores del Narco”.
LA POLITICA FRACASADA DE CALDERÓN
En su discurso de respuesta al atentado de Monterrey, el presidente Calderón introdujo una variable novedosa. Por primera vez, se refirió a un acto de estas características con el término “terrorismo”. Este detalle es importante. Como afirmó uno de los editorialistas del diario REFORMA, “elevar la categoría del enemigo ayuda a dar legitimidad a una política duramente cuestionada”. En efecto, después de otro atroz espectáculo de terror precisamente en su estado nativo, Michoacán, un un episodio de guerra interna por el poder entre clanes, el presidente Calderón decidió militarizar la lucha contra el narcotráfico.
El resultado ha sido desigual, en el mejor de los casos. Terrible, desde cualquier punto de vista. Treinta y seis mil muertos, desde entonces. El último año, 2010, fue el más sangriento, con más de diez mil víctimas mortales. Para muchos, síntoma inequívoco de fracaso. Los cárteles decidieron responder al desafío poniendo en juego todo su poder destructivo, en todos los ámbitos. No sólo han aumentado cuantitativamente los crímenes. La crueldad ha superado todos los registrados conocidos en las ejecuciones. Se ha adoptado una política de desafío total. Las bandas se despedazan entre ellas, incluso colaborando torvamente con el Estado cuando se trata de debilitar o aniquilar al rival. Y el Estado sigue ese juego con tal de privar de oxigeno a una u otra facción. Pero el mal de fondo, la corrupción, la penetración de los cárteles en todas las esferas del Estado, no parecía ceder. A comienzos de este año, parecía inevitable acudir a lo que hasta ahora, salvo en algunos periodos escogidos, se había evitado o, al menos, limitado lo más posible: la ayuda del vecino del Norte.
¿COOPERACION O DEPENDENCIA?
Con razón, autoridades y ciudadanía contemplan a Estados Unidos como causa indiscutible del problema narco. No en vano, sin el voraz mercado norteamericano no habría negocio, las bandas no se habrían enriquecido, no gozarían del ilimitado poder de corromper que obscenamente exhiben. Y peor aún: son suministradores norteamericanos los que han convertido a los cárteles en auténticos ejércitos dotados de arsenales terribles. Siete de cada diez armadas incautadas en acciones policiales o en enfrentamientos armados procedían del mercado estadounidense. La administración Obama admitió, con más claridad que otras anteriores, la responsabilidad de Estados Unidos en esta materia. Se han tomado algunas medidas, pero ninguna lo suficientemente efectiva, hasta la fecha. El bazar bélico continúa abierto. El negocio es el negocio
Lo que en cambio parece que avanza es la silenciosa colaboración militar entre los dos Estados. Este mes, días antes de la masacre de Monterrey, el NEW YORK TIMES reveló que unidades policiales especiales de México preparaban acciones ultrasecretas en territorio estadounidense, para escapar a la vigilancia y la penetración de los narcos. Con el apoyo de la inteligencia norteamericana, estos efectivos policiales mexicanos han realizado operaciones relámpago con gran discreción, eficacia y contundencia.
Más aún: aviones autopilotados (los famosos drones, tan polémicos por su actuación en las regiones tribales pastunes de la frontera afgano-pakistaní) estarían efectuando acciones de vigilancia y recopilación de información sobre movimientos y establecimientos estratégicos de las mafias en territorio mejicano. Otros aviones completarían esta tarea con operaciones de detección y escucha de comunicaciones de los cárteles. Además, la DEA, agencia norteamericana antinarcóticos, dispondría de un centro de inteligencia en una base militar mexicana, en el que ofrecen sus servicios antiguos agentes, personal de la CIA y militares retirados.
Este programa de cooperación hubiera resultado impensable hasta hace poco tiempo. De hecho, públicamente, o se niega o se rechaza cualquier comentario que conduzca a su confirmación. A comienzos de año, las declaraciones de un alto cargo del Pentágono, anunciando una inevitablemente implicación militar estadounidense en México provocó un aparente escándalo, con las manidas protestas diplomáticas. El “nacionalismo emocional” mexicano obliga a estos ejercicios aparentes de soberanía. Pero cada día parece más evidente que el fracaso del combate contra el narcotráfico y la exasperación ciudadana obligará a la dirigencia política (y militar) mejicana a aceptar la creciente dependencia de Estados Unidos. Se trata de una opción estratégica delicada y plagada de peligros. Pero, para muchos, inevitable, en gran medida.
La guerra de Libia y la represión en Siria, por no hablar de la gestión política de la manipulación financiera, han privado de foco a otro de los acontecimientos de agosto: el brutal atentado en un casino de la ciudad mexicana de Monterrey, supuestamente perpetrado por Los Zetas, uno de los cárteles más sanguinarios del narcoimperio.
Medio centenar de personas murieron al ser incendiado el Casino Royal, uno de los más importantes y conocidos de la ciudad. El impacto ha sido tremendo, a pesar de que en México ningún acontecimiento violento parece ya provocar asombro. Se trata del mayor número de víctimas en una sola acción delictiva en muchos años. Pero, sobre todo, el atentado cobra un significado relevante también por el escenario de la tragedia.
Monterrey es la segunda ciudad de México, aunque en realidad es la más próspera, la más rica, sede de varias universidades, capital industrial y cultural de la República. Y lo más importante: hasta hace poco tiempo, se creía ajena a los estragos del narcoterrorismo, la enfermedad que corroe el país hasta sus cimientos. Hoy, el 90% de su población se confiesa aterrada, según una reciente encuesta reproducida por LOS ANGELES TIMES.
De un tiempo a esta parte, Monterrey se ha convertido en el objetivo de las bandas criminales. La vida económica de la ciudad proporciona un botín indiscutible y ofrece oportunidades muy jugosas para esconder, disimular o blanquear los negocios ligadas al tráfico de estupefacientes. Los casinos constituyen uno de esos instrumentos de simulación.
Durante años, la mayoría de los casinos habían sido ilegales en México. Durante el mandato de Vicente Fox, el anterior presidente, se regularizaron e impulsaron estos establecimientos de juego. El artífice de este proceso fue Santiago Creel, ministro del Interior en la época (primer lustro del nuevo siglo). La tendencia se ha mantenido con el actual presidente, Felipe Calderón. En los años de gobierno del PAN (el partido conservador que quebró la hegemonía del PRI), el número de casinos se ha multiplicado por siete. Hay unos ochocientos en todo el país, según datos de una investigación realizada por la prestigiosa revista PROCESO. Se calcula que más de un centenar son aún ilícitos.
Todo indica que el atentado contra el Casino Royal se debe a una extorsión. El propietario, al parecer, no se avino a pagar la comisión que le exigían Los Zetas, el cartel más peligroso y sanguinario (aunque no el más poderoso) de los que operan en el país. En su expansión por la zona costera del Golfo, esta banda criminal ha puesto sus tentáculos sobre Monterrey. El dueño del casino debía prever con seguridad lo que podía ocurrirle, porque, de hecho, residía desde hace meses en Estados Unidos.
El atentado tuvo tal impacto que el presidente Calderón envió más de un millar de hombres de la Policía Federal para reforzar la busca y captura de los responsables. Al cabo de unos días fueron detenidas cinco personas. La policía se ha esforzado por presentar resultados con una rapidez inhabitual. Se ha ofrecido como prueba de la autoría los videos tomados en una gasolinera cercana donde los criminales se abastecieron de combustible con el prendieron fuego al local. Las propias cámaras del casino habían registrado el momento en que los coches de los autores del atentado llegaron al casino y su posterior huida del edificio, ya en llamas.
Pero ni las exhibiciones de fuerza ni los aparentes “éxitos policiales” sirven para convencer a una población instalada ya en el escepticismo. Para comprender hasta donde se ha llegado en la perversión de los aparatos estatales, es altamente recomendable el libro de la periodista mexicana ANABEL HERNÁNDEZ titulado “Los señores del Narco”.
LA POLITICA FRACASADA DE CALDERÓN
En su discurso de respuesta al atentado de Monterrey, el presidente Calderón introdujo una variable novedosa. Por primera vez, se refirió a un acto de estas características con el término “terrorismo”. Este detalle es importante. Como afirmó uno de los editorialistas del diario REFORMA, “elevar la categoría del enemigo ayuda a dar legitimidad a una política duramente cuestionada”. En efecto, después de otro atroz espectáculo de terror precisamente en su estado nativo, Michoacán, un un episodio de guerra interna por el poder entre clanes, el presidente Calderón decidió militarizar la lucha contra el narcotráfico.
El resultado ha sido desigual, en el mejor de los casos. Terrible, desde cualquier punto de vista. Treinta y seis mil muertos, desde entonces. El último año, 2010, fue el más sangriento, con más de diez mil víctimas mortales. Para muchos, síntoma inequívoco de fracaso. Los cárteles decidieron responder al desafío poniendo en juego todo su poder destructivo, en todos los ámbitos. No sólo han aumentado cuantitativamente los crímenes. La crueldad ha superado todos los registrados conocidos en las ejecuciones. Se ha adoptado una política de desafío total. Las bandas se despedazan entre ellas, incluso colaborando torvamente con el Estado cuando se trata de debilitar o aniquilar al rival. Y el Estado sigue ese juego con tal de privar de oxigeno a una u otra facción. Pero el mal de fondo, la corrupción, la penetración de los cárteles en todas las esferas del Estado, no parecía ceder. A comienzos de este año, parecía inevitable acudir a lo que hasta ahora, salvo en algunos periodos escogidos, se había evitado o, al menos, limitado lo más posible: la ayuda del vecino del Norte.
¿COOPERACION O DEPENDENCIA?
Con razón, autoridades y ciudadanía contemplan a Estados Unidos como causa indiscutible del problema narco. No en vano, sin el voraz mercado norteamericano no habría negocio, las bandas no se habrían enriquecido, no gozarían del ilimitado poder de corromper que obscenamente exhiben. Y peor aún: son suministradores norteamericanos los que han convertido a los cárteles en auténticos ejércitos dotados de arsenales terribles. Siete de cada diez armadas incautadas en acciones policiales o en enfrentamientos armados procedían del mercado estadounidense. La administración Obama admitió, con más claridad que otras anteriores, la responsabilidad de Estados Unidos en esta materia. Se han tomado algunas medidas, pero ninguna lo suficientemente efectiva, hasta la fecha. El bazar bélico continúa abierto. El negocio es el negocio
Lo que en cambio parece que avanza es la silenciosa colaboración militar entre los dos Estados. Este mes, días antes de la masacre de Monterrey, el NEW YORK TIMES reveló que unidades policiales especiales de México preparaban acciones ultrasecretas en territorio estadounidense, para escapar a la vigilancia y la penetración de los narcos. Con el apoyo de la inteligencia norteamericana, estos efectivos policiales mexicanos han realizado operaciones relámpago con gran discreción, eficacia y contundencia.
Más aún: aviones autopilotados (los famosos drones, tan polémicos por su actuación en las regiones tribales pastunes de la frontera afgano-pakistaní) estarían efectuando acciones de vigilancia y recopilación de información sobre movimientos y establecimientos estratégicos de las mafias en territorio mejicano. Otros aviones completarían esta tarea con operaciones de detección y escucha de comunicaciones de los cárteles. Además, la DEA, agencia norteamericana antinarcóticos, dispondría de un centro de inteligencia en una base militar mexicana, en el que ofrecen sus servicios antiguos agentes, personal de la CIA y militares retirados.
Este programa de cooperación hubiera resultado impensable hasta hace poco tiempo. De hecho, públicamente, o se niega o se rechaza cualquier comentario que conduzca a su confirmación. A comienzos de año, las declaraciones de un alto cargo del Pentágono, anunciando una inevitablemente implicación militar estadounidense en México provocó un aparente escándalo, con las manidas protestas diplomáticas. El “nacionalismo emocional” mexicano obliga a estos ejercicios aparentes de soberanía. Pero cada día parece más evidente que el fracaso del combate contra el narcotráfico y la exasperación ciudadana obligará a la dirigencia política (y militar) mejicana a aceptar la creciente dependencia de Estados Unidos. Se trata de una opción estratégica delicada y plagada de peligros. Pero, para muchos, inevitable, en gran medida.
NORUEGA: EL TESORO DE LA CONFIANZA
28 de julio de 2011
Casi todo se ha dicho ya de los crímenes que han sacudido Noruega. Aunque quedan por aclarar algunos detalles y circunstancias sobre la preparación de los atentados y la actuación policial, lo verdaderamente importante, a estas alturas, es extraer las conclusiones y avanzar las consecuencias de un acto tan terrible e inesperado en un país como aquel, modelo y ejemplo del progreso humano.
UNA APARENTE SORPRESA
Estos días, todos los medios y numerosos analistas han resaltado la inmensa paradoja que representa el hecho de que uno de los peores crímenes múltiples sucedidos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial haya tenido lugar en un país pacífico, avanzado, próspero y, ante todo, igualitario como ningún otro en el mundo.
Pero es justamente por eso. Precisamente por ser como era, al ser sometido a los cambios acaecidos por el impacto de la globalización, el riesgo de un sobresalto estaba creciendo silenciosamente en ese rincón europeo de magnifica belleza.
La especificidad de Noruega reposa en dos pilares fundamentales. El primero, un sistema político construido sobre la noción (llamémosle socialista democrática, sin complejos) de que cualquier ciudadano debe tener sus necesidades materiales resueltas y los servicios sociales más que básicos a su alcance, con independencia de su renta. El segundo, un recurso de extraordinaria riqueza y rentabilidad, el petróleo, que le ha permitido una autonomía energética y un excedente considerable para consolidar su proyecto socio-político.
En los años noventa, el gran consenso nacional noruego, con todos los matices, discrepancias y disidencias que se quiera, empezaba a verse sometido a tensiones por la llegada creciente de extranjeros inmigrantes. Como en otros lugares, se desplegó un debate, no siempre templado, sobre el impacto de esa población ‘distinta’, que arrastra consigo valores, creencias, necesidades diferentes a los ‘naturales’ del país.
Comenzó a evidenciarse el malestar de quienes, después de haber aceptado de mayor o menor grado una distribución razonablemente equitativa de la riqueza, sienten que se está yendo demasiado lejos al hacerla extensiva a los extranjeros. Surgió el Partido del Progreso –hiriente nombre para lo que esa formación política defiende y representa. Se trataba de uno más de los partidos con tintes xenófobos, sesgo ultraderechista y tentaciones revisionistas del sistema democrático. Noruega empezó a parecerse a otros países europeos en los que se encendieron las luces rojas del racismo y la intolerancia.
Aún así, todo parecía bajo control. Si bien es cierto que la inmigración se había duplicado en este periodo descrito (es decir, desde el comienzo de los noventa hasta el final de la primera década del nuevo siglo), los extranjeros apenas si suponen el 10% de la población total. Y no lo es menos que el Partido del Progreso había consolidado sus posiciones entre las clases más alarmadas por este fenómeno, hasta obtener el 23% de los votos en las últimas elecciones generales (septiembre de 2009), lo que le convertía en el segundo partido del país y en la principal formación de oposición al gobierno socialdemócrata. En ese lecho de malestar anidó durante años Anders Behring Breivik, el individuo que ha perpetrado la masacre.
Los dirigentes del Partido del Progreso han condenado en los términos más duros el acto criminal, para dejar claro que sus diferencias con el modelo de estado de bienestar construido durante décadas no es compatible con semejante barbaridad. Puede considerarse una actitud sincera. Pero es exigible a esos políticos que analicen si no han facilitado sin querer la incubación del monstruo.
ISLAMOFOBIA Y OTRAS PERVESIONES
La mayoría de las sandeces contenidas en el Manifiesto del asesino no proviene de su mente enferma o atrabiliaria. Muchas están fundamentadas en un discurso irresponsable y peligroso que ha ido permeando los medios y entornos sociales desde el 11 de septiembre. Ese estúpido sentimiento de ‘cruzado’ con el que Breivik adorna sus brutales posiciones racistas no es producto exclusivamente de sus delirios fanáticos. Hay una conexión con el ambiente de miedo, rechazo y animosidad que hay en Occidente hacia la población islámica.
En un magnífico artículo para THE NATION, Gary Younge (1) analiza la construcción de un imaginario musulmán violento en Europa, espejo y reflejo del fomentado en Estados Unidos, tras los sucesivos episodios violentos de la última década. A pesar de la obsesión islamófoba del ‘cruzado noruego’, Younge recuerda que los musulmanes representan apenas un 3% de la población noruega, y añade otros datos que evidencian las distorsiones dominantes en las alarmistas predicciones sobre la ‘invasión islámica’ en Occidente.
Resulta significativo que los medios atribuyeran inicialmente la matanza de Utoya a un grupo vinculado con Al Qaeda. No ya algunos de los medios del inefable Murdoch, sino no pocos ‘liberales’ o ‘serios’. Hoy por hoy, el terrorismo ha pasado a ser una divisa islámica. Para defender lo contrario, hay que porfiar. Younge, en su artículo, recoge unos datos concluyentes de Europol, según los cuales, los atentados o proyectos de atentado atribuibles al extremismo islámico representan un porcentaje mínimo de los actos terroristas en Europa. El ‘separatismo’ continua siendo (85% de los atentados) la principal amenaza para la convivencia pacífica.
Breivik ha delirado durante años sobre ese ambiente de sospechas y peligros irreales. Otros prejuicios extremistas de intolerancia y aversión a la solidaridad y la inserción social han ido forjando en su mente extraviada un proyecto monstruoso. Tampoco debe descuidarse el efecto de ese fenómeno fundamentalmente norteamericano de los ‘criminales solitarios’, los inadaptados, los enemigos de lo público, de lo colectivo, del Estado. Una especie de anarquismo de derechas, profundamente conservador, que ha dado lugar al movimiento del ‘Tea Party’. En definitiva, un ultraindividualismo salvaje que alumbra salvadores, visionarios.
Beivik ha bebido de todo ello. Del malestar de sus conciudadanos ante el fenómeno migratorio, del que sólo son capaces de ver una cara. Del discurso político xenófobo, que en Noruega no justifica la violencia, pero le proporciona argumentos. De la islamofobia occidental rampante. De la ofensiva irracional contra una saludable y más equitativa distribución de los recursos. Del avance dificultoso pero firme de los derechos de las minorías (mujeres, inmigrantes, personas con discapacidad, homosexuales, etc.). No debería resultar exagerado opinar que el espantoso despliegue de maldad exhibido en Oslo y Utoya ha sido una recreación casi cinematográfica de esa perversión interior, de esa indigesta asimilación de aberrantes valores (?) en alza.
El espléndido novelista noruego Jo Nesbo acaba de dejar una reflexión escrita (2) sobre la tragedia que estos días vive su país. Afirma con dolor que Noruega nunca volverá a ser la misma después de lo ocurrido. Pero, en la misma línea de lo que ha proclamado el primer ministro Stoltenberg y otros miembros de su gobierno (ágiles y oportunos en su reacción), no hay nada que pueda o debe doblegar el gran tesoro del modelo noruego: la confianza. Aunque no hay vuelta atrás, aunque nunca se recobre la inocencia perdida, sostiene Nesbo, “los noruegos rehusamos que nadie nos prive de nuestro sentido de seguridad y confianza. Rehusamos perder esta batalla contra el miedo (…) Rehusamos permitir que el miedo cambie la forma en que construimos nuestra sociedad”.
La mejor condena para el perturbado fanático que pretendía salvar la civilización cristiana no es el cumplimiento cabal de los treinta años de reclusión que pudieran caerle, si es considerado culpable de un ‘crimen contra la humanidad’. Es la derrota del miedo, de la intolerancia, la preservación de lo que ha convertido a Noruega es un ejemplo razonable para tantas sociedades: el tesoro de la confianza en el ser humano para construir una sociedad justa donde quepan todos.
(1) http://www.thenation.com/article/162270/europes-homegrown-terrorists?rel=emailNation
(2) http://www.nytimes.com/2011/07/27/opinion/27nesbo.html?nl=todaysheadlines&emc=tha212
Casi todo se ha dicho ya de los crímenes que han sacudido Noruega. Aunque quedan por aclarar algunos detalles y circunstancias sobre la preparación de los atentados y la actuación policial, lo verdaderamente importante, a estas alturas, es extraer las conclusiones y avanzar las consecuencias de un acto tan terrible e inesperado en un país como aquel, modelo y ejemplo del progreso humano.
UNA APARENTE SORPRESA
Estos días, todos los medios y numerosos analistas han resaltado la inmensa paradoja que representa el hecho de que uno de los peores crímenes múltiples sucedidos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial haya tenido lugar en un país pacífico, avanzado, próspero y, ante todo, igualitario como ningún otro en el mundo.
Pero es justamente por eso. Precisamente por ser como era, al ser sometido a los cambios acaecidos por el impacto de la globalización, el riesgo de un sobresalto estaba creciendo silenciosamente en ese rincón europeo de magnifica belleza.
La especificidad de Noruega reposa en dos pilares fundamentales. El primero, un sistema político construido sobre la noción (llamémosle socialista democrática, sin complejos) de que cualquier ciudadano debe tener sus necesidades materiales resueltas y los servicios sociales más que básicos a su alcance, con independencia de su renta. El segundo, un recurso de extraordinaria riqueza y rentabilidad, el petróleo, que le ha permitido una autonomía energética y un excedente considerable para consolidar su proyecto socio-político.
En los años noventa, el gran consenso nacional noruego, con todos los matices, discrepancias y disidencias que se quiera, empezaba a verse sometido a tensiones por la llegada creciente de extranjeros inmigrantes. Como en otros lugares, se desplegó un debate, no siempre templado, sobre el impacto de esa población ‘distinta’, que arrastra consigo valores, creencias, necesidades diferentes a los ‘naturales’ del país.
Comenzó a evidenciarse el malestar de quienes, después de haber aceptado de mayor o menor grado una distribución razonablemente equitativa de la riqueza, sienten que se está yendo demasiado lejos al hacerla extensiva a los extranjeros. Surgió el Partido del Progreso –hiriente nombre para lo que esa formación política defiende y representa. Se trataba de uno más de los partidos con tintes xenófobos, sesgo ultraderechista y tentaciones revisionistas del sistema democrático. Noruega empezó a parecerse a otros países europeos en los que se encendieron las luces rojas del racismo y la intolerancia.
Aún así, todo parecía bajo control. Si bien es cierto que la inmigración se había duplicado en este periodo descrito (es decir, desde el comienzo de los noventa hasta el final de la primera década del nuevo siglo), los extranjeros apenas si suponen el 10% de la población total. Y no lo es menos que el Partido del Progreso había consolidado sus posiciones entre las clases más alarmadas por este fenómeno, hasta obtener el 23% de los votos en las últimas elecciones generales (septiembre de 2009), lo que le convertía en el segundo partido del país y en la principal formación de oposición al gobierno socialdemócrata. En ese lecho de malestar anidó durante años Anders Behring Breivik, el individuo que ha perpetrado la masacre.
Los dirigentes del Partido del Progreso han condenado en los términos más duros el acto criminal, para dejar claro que sus diferencias con el modelo de estado de bienestar construido durante décadas no es compatible con semejante barbaridad. Puede considerarse una actitud sincera. Pero es exigible a esos políticos que analicen si no han facilitado sin querer la incubación del monstruo.
ISLAMOFOBIA Y OTRAS PERVESIONES
La mayoría de las sandeces contenidas en el Manifiesto del asesino no proviene de su mente enferma o atrabiliaria. Muchas están fundamentadas en un discurso irresponsable y peligroso que ha ido permeando los medios y entornos sociales desde el 11 de septiembre. Ese estúpido sentimiento de ‘cruzado’ con el que Breivik adorna sus brutales posiciones racistas no es producto exclusivamente de sus delirios fanáticos. Hay una conexión con el ambiente de miedo, rechazo y animosidad que hay en Occidente hacia la población islámica.
En un magnífico artículo para THE NATION, Gary Younge (1) analiza la construcción de un imaginario musulmán violento en Europa, espejo y reflejo del fomentado en Estados Unidos, tras los sucesivos episodios violentos de la última década. A pesar de la obsesión islamófoba del ‘cruzado noruego’, Younge recuerda que los musulmanes representan apenas un 3% de la población noruega, y añade otros datos que evidencian las distorsiones dominantes en las alarmistas predicciones sobre la ‘invasión islámica’ en Occidente.
Resulta significativo que los medios atribuyeran inicialmente la matanza de Utoya a un grupo vinculado con Al Qaeda. No ya algunos de los medios del inefable Murdoch, sino no pocos ‘liberales’ o ‘serios’. Hoy por hoy, el terrorismo ha pasado a ser una divisa islámica. Para defender lo contrario, hay que porfiar. Younge, en su artículo, recoge unos datos concluyentes de Europol, según los cuales, los atentados o proyectos de atentado atribuibles al extremismo islámico representan un porcentaje mínimo de los actos terroristas en Europa. El ‘separatismo’ continua siendo (85% de los atentados) la principal amenaza para la convivencia pacífica.
Breivik ha delirado durante años sobre ese ambiente de sospechas y peligros irreales. Otros prejuicios extremistas de intolerancia y aversión a la solidaridad y la inserción social han ido forjando en su mente extraviada un proyecto monstruoso. Tampoco debe descuidarse el efecto de ese fenómeno fundamentalmente norteamericano de los ‘criminales solitarios’, los inadaptados, los enemigos de lo público, de lo colectivo, del Estado. Una especie de anarquismo de derechas, profundamente conservador, que ha dado lugar al movimiento del ‘Tea Party’. En definitiva, un ultraindividualismo salvaje que alumbra salvadores, visionarios.
Beivik ha bebido de todo ello. Del malestar de sus conciudadanos ante el fenómeno migratorio, del que sólo son capaces de ver una cara. Del discurso político xenófobo, que en Noruega no justifica la violencia, pero le proporciona argumentos. De la islamofobia occidental rampante. De la ofensiva irracional contra una saludable y más equitativa distribución de los recursos. Del avance dificultoso pero firme de los derechos de las minorías (mujeres, inmigrantes, personas con discapacidad, homosexuales, etc.). No debería resultar exagerado opinar que el espantoso despliegue de maldad exhibido en Oslo y Utoya ha sido una recreación casi cinematográfica de esa perversión interior, de esa indigesta asimilación de aberrantes valores (?) en alza.
El espléndido novelista noruego Jo Nesbo acaba de dejar una reflexión escrita (2) sobre la tragedia que estos días vive su país. Afirma con dolor que Noruega nunca volverá a ser la misma después de lo ocurrido. Pero, en la misma línea de lo que ha proclamado el primer ministro Stoltenberg y otros miembros de su gobierno (ágiles y oportunos en su reacción), no hay nada que pueda o debe doblegar el gran tesoro del modelo noruego: la confianza. Aunque no hay vuelta atrás, aunque nunca se recobre la inocencia perdida, sostiene Nesbo, “los noruegos rehusamos que nadie nos prive de nuestro sentido de seguridad y confianza. Rehusamos perder esta batalla contra el miedo (…) Rehusamos permitir que el miedo cambie la forma en que construimos nuestra sociedad”.
La mejor condena para el perturbado fanático que pretendía salvar la civilización cristiana no es el cumplimiento cabal de los treinta años de reclusión que pudieran caerle, si es considerado culpable de un ‘crimen contra la humanidad’. Es la derrota del miedo, de la intolerancia, la preservación de lo que ha convertido a Noruega es un ejemplo razonable para tantas sociedades: el tesoro de la confianza en el ser humano para construir una sociedad justa donde quepan todos.
(1) http://www.thenation.com/article/162270/europes-homegrown-terrorists?rel=emailNation
(2) http://www.nytimes.com/2011/07/27/opinion/27nesbo.html?nl=todaysheadlines&emc=tha212
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