SIRIA Y YEMEN: DOS GUERRAS SIMILARES, DOS NARRATIVAS DIFERENTES

13 de Octubre de 2016
                
Raramente, el foco de interés mundial se pone en más de un escenario al mismo tiempo. Los conflictos armados (las guerras, para entendernos) son absorbentes, pero sólo una vez que capturan el interés público dominante. Absorbentes y excluyentes. Cuando se convierten en el asunto preferente, hacen olvidar a otros, no menos graves, no menos mortíferos, pero sí menos eficaces en la conquista de la pantalla.

Es por eso que, en estos momentos, la atención diplomática, política, humanitaria, mediática y propagandística está puesta en Siria, mientras otra guerra igualmente brutal, devastadora y peligrosa para la estabilidad regional y global, la de Yemen, casi está pasando desapercibida.

Este fenómeno de la atención dispar va más allá de eso que en los noventa, en otro momento de acumulación de desastres bélicos, se llamó la “fatiga de la compasión”. Porque, al cabo, de eso se trata. Las guerras se inician por razones que poco o nada tienen que ver con cuestiones humanitarias (aunque sí fieramente humanas, incluso las que se ocultan bajo pretextos religiosos o sobrenaturales), pero se convierten en asuntos de interés general o global, cuando son capaces de acumular tanto sufrimiento humano, siquiera remoto, delante de nuestros ojos que la mala conciencia, o la buena, nos obliga a prestarle atención.

Siria es una calamidad absoluta, porque ninguno de los contendientes es fiable. No hay una solución positiva, y eso explica que un actor tan decisivo como Estados Unidos no se haya comprometido a fondo. Los partidarios de un intervencionismo más activo, ya desde el posicionamiento liberal (que en EE.UU. equivale a “progresista”) o desde la perspectiva neocon en retroceso, reprochan a Obama su pasividad, incluso su falta de visión estratégica, cuando no lo hacen responsable directo del caos actual.

Afortunadamente no falta quien replica a bienintencionados o guerreros con sólidos argumentos. Como Steve Simon, uno de los principales conocedores de la región, responsable de Oriente Medio en la primera administración Obama y agudo analista. Contra la opinión mayoritaria y la venenosa intoxicación de los sectores más reaccionarios, Simon afirma que no hay que intervenir militarmente, que hay tener mucho cuidado sobre el grupo al que se apoya y los objetivos que se pretende defender. Con buen juicio, recomienda insistir en la vía diplomática, por gastada e ineficaz que se haya mostrado hasta ahora, para proteger lo más posible a la población civil, reducir su injustificado sufrimiento y propiciar una solución política a medio plazo.

La paciencia no vende, no es mediática, no captura las pantallas. Pero suele ser el mejor condimento para avanzar en soluciones complejas. Desde el momento en que una guerra se convierte en un arma política arrojadiza en conflictos políticos ajenos, la posibilidad de una solución pacífica se reduce. Ocurrió en Bosnia y está ocurriendo en Siria.

Pero, volviendo al dilema del principio, ¿por qué Siria preocupa tanto y en cambio a nadie parece interesarle lo que pasa en Yemen? Se puede decir que, siendo ambos conflictos muy graves y temibles, el sirio es más peligroso, más mortífero. Es discutible.

Yemen es un país más desconocido, no menos importante. Ni más pequeño, ni menos relevante geoestratégicamente. La persistencia del conflicto yemení es tan desestabilizadora de la región como el sirio. Pero este último tiene resuelto el elemento clave que convierte una guerra en preferencial: están más implantados los papeles de bueno y malo, de amigos y enemigos, de villanos y víctimas.

En Siria, se nos presentan dos grandes villanos que, a su vez, son enemigos entre sí: el régimen de Bashar el Assad y los extremistas islámicos del ISIS. No se puede derrotar a los dos a la vez, así que Estados Unidos y sus aliados han preferido destruir primero a los jihadistas, pero sin que ello permita reforzarse al gobierno. Pero tan importante son los villanos locales como quienes los protegen, como se argumentaba en tiempos de la guerra fría. Entonces como ahora, la Siria oficial es el feudo regional de Rusia (antes la Unión Soviética).

Las víctimas, los buenos pasivos, son la población civil, la gente corriente que sufre, se muere de hambre, enferma sin remedio ni alivio y muere. Otros actores intermedios, a los que protegemos sin proclamarlo demasiado, o no protegemos tanto como pretendemos, porque ni siquiera sabemos si merecen ser consideramos buenos o de los nuestros. Por eso no cuentan mucho. Es demasiado complicado explicar sus rivalidades o sus contradicciones. Son los actores invisibles. Hacen la guerra incomprensible al desbordar el contorno humano para convertirlo en un asunto político, socio-económico, ideológico, religioso; es decir, distante, ajeno.

El encaje sencillo, evidente, de la guerra de Siria en el renovado pulso de Occidente con Rusia, con la potencia euroasiática, enemigo tradicional durante décadas, desdibujado en los últimos veinticinco años, pero temible de nuevo, favorece la atención preferente por esta guerra en la ribera oriental del Mediterráneo. 

En Yemen, en cambio, la situación es igualmente compleja, pero el maniqueísmo de buenos y malos, las antinomias de amigos y enemigos son mucho más incómodas. Las mayores barbaridades de la guerra las está cometiendo Arabia Saudí, potencia regional, no nacional. Carnicerías por error, descuido o premeditación convierten la aparente inhibición de Estados Unidos en insostenible. 

Washington mantiene distancia del conflicto, pero alimenta los bombardeos saudíes con la inteligencia imprescindible para que Riad no haya perdido ya la guerra. Para compensar la irritación saudí por el acuerdo nuclear iraní, la Casa Blanca ha otorgado a su gran aliado árabe un respaldo del que posiblemente ya se haya arrepentido.

La última barbaridad, el bombardeo de una morgue en la capital, Sanaa, obligó a portavoces oficiales norteamericanos a pedir públicamente explicaciones a sus protegidos saudíes. Días antes, el ataque a un convoy humanitario en Siria, había desencadenado una tormenta en la ONU y la anunciada ruptura del cese el fuego. Imposible no distinguir el doble rasero. Inevitable el discurso ambivalente sobre crímenes de guerra y responsabilidades.

El reciente intercambio de acciones militares limitadas entre las fuerzas norteamericanas y los rebeldes huthies apoyados por Irán no debe conducir a una escalada, aunque eso es lo que le gustaría que ocurriera, parcialmente, al petromonarquía árabe.

Los bandos locales en uno y otro país están plagados de divisiones, contradicciones y crueldades. La población yemení sufre tanto como la siria. Y la forma en que el régimen casi feudal de la Casa Saud defiende sus pretendidos intereses en Yemen no es más comprensible o justificable que la actuación rusa en Siria. Pero no interesa poner el foco en Yemen, porque habría que dar muchas explicaciones sobre la inconsistencia de los apoyos que Occidente, con mayor o menos discreción según el caso, proporciona.

En definitiva, Siria y Yemen son dos guerras similares, devastadoras y crueles hasta lo insoportable, que despiertan enjuiciamientos morales y atención mediática y diplomática en absoluto equiparable. De ese tratamiento, se desprende una narrativa, diferente, desigual y, a la postre, profundamente cuestionable.


MARRUECOS: CONSOLIDACIÓN DE LOS ISLAMISTAS, DECEPCIÓN DE LA IZQUIERDA

 9 de octubre de 2016

Los islamistas marroquíes del PJD consolidan su mandato pero tendrán que negociar pactos para hacer estable su gobierno durante los próximos cuatros. Mejoran su representación parlamentaria por encima de lo esperado (de 107 a 125), pero necesitan 198 para contar con mayoría absoluta.
                
Sus socios más probables son los nacionalistas del Istiqlal, claramente en retroceso (han perdido catorce escaños y pasan de 60 a 46 escaños) y los oficialistas de la RNI (Unión Nacional de Independientes), que  tendrán que conformarse con 57 escaños, 13 menos que hasta ahora. Ambas formaciones se han sucedido estos cuatro años como fuerzas auxiliares en el gobierno anterior, pero durante la campaña se han mostrado muy críticas con el PJD.
                
No será una coalición fácil. Los islamistas cuentan con el apoyo del Movimiento Popular y otros partidos menores, aunque el desgaste que han sufrido en estos cuatros años al lado de los islamistas puede hacerles menos proclives a continuar con el respaldo al PJD.
                
La oposición será liderada por los liberales eclécticos del PAM, considerado como el partido más cercano a Palacio. Mejorar ostensiblemente su representación (superan la barrera del centenar de escaños) y se confirman como alternativa, debido a su creciente implantación local.
                
LA GRAN DECEPCIÓN DE LA IZQUIERDA
                
La izquierda es la gran derrotada de estas elecciones. Los dos partidos tradicionales, la Unión Socialista de Fuerzas Populares, pese a mantenerse en la oposición estos años de gobierno islamista, ha visto reducida a la mitad su presencia en el nuevo Parlamento (pasa de 39 a 20 diputados). Los ex-comunistas del Partido por el Progreso y el Socialismo (PPS), que optaron en cambio por coaligarse con el PJD, también retroceden (pasan de 18 a 12), pese a sus prometedores resultados en las municipales del año pasado. La gran decepción ha sido la izquierda renovadora, que sólo obtiene dos escaños. Su líder, la carismática profesora Nabila Mounib, no ha conseguido un asiento parlamentario.
                
No es probable que los socialistas de la USFP se ofrezcan ahora para reforzar el proyecto islamista después de haber dicho que la victoria del PJD podría poner a Marruecos en la senda de Siria, una observación poco afortunada. Los comunistas, malparados por esa cohabitación, pueden replantearse su posición, ahora que ya no son tan necesarios.
                
Los islamistas marroquíes son más pragmáticos aún que los de Túnez. Aceptan la preeminencia absoluta del Trono en la conducción de los asuntos estratégicos del país. Aunque el soberano parece decidido a convencer a propios y extraños que acepta algo parecido a la monarquía constitucional, todavía se reserva palancas formales e informales de poder que tienen poco que ver con este sistema propia de los reinos europeos.

                

MARRUECOS: UNAS ELECCIONES PARA REORIENTAR LAS REFORMAS

7 de Octubre de 2016
                
Marruecos, nuestro vecino del sur, renueva hoy su Parlamento. Una veintena de formaciones políticas se presentan con aspiraciones de representación, pero dos son las llamadas a disputarse el triunfo y, lo que es más importante, la capacidad de gobernar.
                
La primera y favorita es el Partido de la Justicia y el Desarrollo, de orientación islamista moderada, actualmente en el gobierno, con una relación de aceptable colaboración con el Trono y una fuerte implantación social.
                
El principal aspirante a protagonizar el cambio es el Partido de la Autenticidad y la Modernidad, compuesto por personalidades de distintas extracciones políticas e ideológicas. Impulsado hace cuatro años, por un amigo íntimo del Rey y hoy su más próximo consejero Fuad Ali Al-Himma, se le percibe como el partido de la Corona.
                
A una distancia considerable en expectativa de voto aparecen otras formaciones que podrían ser muy necesarias para componer una inevitable coalición de gobierno. La más importante de estas fuerzas secundarias es el histórico Istiqlal, nacionalista. Comparte con los islamistas una visión social conservadora, pero su experiencia de cohabitación en el gobierno saliente ha sido difícil y tormentosa y se resolvió en la ruptura. Los puentes pueden rehacerse, pero la confianza entre ambos está bajo mínimos.  
                
UN JUEGO DE IMPOSTURAS
                
La pugna entre los islamistas del PJD y los liberales del PMA refleja la colección de imposturas tradicionales en la política marroquí. Cada bando acusa al otro de ser algo diferente de lo que proyecta y ambos tienen parte de razón, pero ocultan intencionadamente su verdadera identidad (1).
                
EL PJD no es tan independiente del único poder real en Marruecos (que es la Corona, asistida de los principales aparatos del Estado) como ellos pretenden, ya que su carismático líder y primer ministro, Abdelilah Benkirane, se ha adaptado, sin mucha resistencia, al peculiar modelo de monarquía sintética, tradicionalista y modernizadora a la vez, anclada siempre en papel dual del trono, político y religioso: el Rey es el Amir Al-Muminin, o Comendador de los creyentes, de los fieles, de la población entera. Los islamistas se ha desmarcado por completo de la experiencia de los Hermanos Musulmanes egipcios y, por supuesto, se presenta como bastión frente al extremismo yihadista, pese a que algunos los acusan de doble juego o de ambiguedad.
                
Los liberales eclécticos, que se reclaman de la autenticidad y la modernidad, quizás no sean marionetas del Trono, o simples instrumentos del tahakoum, término que puede traducirse como Estado profundo, como aseguran sus rivales islamistas, pero sus vínculos con el poder real son innegables e inocultables. Su líder actual es Ilyas el-Omari, un rifeño procedente de la izquierda que se ha ido centrando, tanto ideológica como institucionalmente, para convertirse en verdadera opción de gobierno. Ahora exhibe un progresismo laico muy militante, que le lleva a exageraciones como proclamar que "el PJD no defiende Marruecos sino el Califato" (2). Niega Omari la complicidad con el poder, que le imputan sus adversarios islamistas pero también la izquierda renovadora. Que el ministerio del interior haya negado cualquier intento de propiciar la alternancia política, lejos de convencer a analistas y ciudadanos comunes, ha alentado justo lo contrario.
                
El Parlamento contará con 395 diputados. Tras la revuelta de 2011, Mohamed VI introdujo cambios constitucionales en virtud de los cuales el primer candidato a formar gobierno debe ser el líder de la formación más votada. Pero la atomización del paisaje político marroquí empuja ineludiblemente a entablar coaliciones, una operación muy complicada y azarosa.
                
En la actualidad, el PJD cuenta con 107 diputados, pero aspira a mejorar su representación, hasta los 115, según uno de sus portavoces. Con esa fuerza parlamentaria puede encabezar una coalición medianamente estable, atrayendo de nuevo al Istiqlal y a otras pequeñas formaciones más o menos instrumentalizadas por la Corona.
                
El PAM proclama que es opción de gobierno y airea sus buenos resultados en las elecciones municipales del año pasado. Logró imponerse en cuatro de los diez departamentos y cuenta con sólidas posiciones en algunos municipios grandes. Pero los islamistas, pese a su discreto balance en el terreno económico (escaso crecimiento de apenas un 1,5% en estos cuatro años) y los claroscuros en otra de sus políticas preferentes, la lucha contra la corrupción, mantienen un nivel aceptable de popularidad.
                
El otro asunto que concita gran interés social y político es el rol social de la mujer. La reforma del moudawana o código de familia ha sido muy modesto. El PAM se presenta como una fuerza modernizadora, si no feminista, comprometida claramente con la superación de viejos y muy tradicionales principales, que limitan los derechos de las mujeres y bloquean su proyección social (3).  Los islamistas, más pragmáticos que sus análogos en otros países árabes  camuflan su conservadurismo, y prueba de ello es su posición en el controvertido asunto de las herencias.
                
LA IZQUIERDA, VERDADERA OPCIÓN DE CAMBIO
                
La verdadera opción de cambio social y político y de renovación ideológica e incluso generacional la abandera una coalición denominada Federación de la Izquierda Democrática, que aglutina, entre otros, al Partido Socialista Unificado y a las fuerzas que alumbraron el Movimiento 20 de febrero, la expresión marroquí de la primavera árabe de 2011.
                
El objetivo de esta confluencia en la izquierda no tradicional es hacer de Marruecos una sociedad moderna y respetuosa del papel activo de la mujer, defender los derechos e intereses de las clases populares y avanzar hacia una monarquía plenamente constitucional.
                
Nabila Mounib es la cabeza de cartel de esa plataforma electoral de la izquierda renovada y la secretaria general del PSU, formación radical que se ha moderado para competir en el panorama político. Doctora y profesora universitaria, de gustos un tanto elitistas, pero muy contundente en sus críticas al régimen, se configura como una dirigente de futuro. En Palacio no la ven con malos ojos desde que consiguió convencer al gobierno sueco de que no reconociera a la República saharaui (4).
                
La izquierda se dibuja poco a poco en Marruecos como verdadera fuerza de cambio, aunque todavía es débil socialmente. Las movilizaciones de 2011 crearon una dinámica de renovación que luego se debilitó. Ahora parece resurgir, pero su fuerza se reduce a los mayores núcleos urbanos (5).No obstante, la persistencia de los veterano partidos demasiado comprometidos con la absoluta prevalencia de palacio (como los socialistas históricos de la USFP o los antiguos comunistas del Partido para el Progreso y el Socialismo, socio del PJD en el gobierno), o la influencia corporativa de los sindicatos, suponen un obstáculo para un proyecto global de renovación política y transformación social.
               
(1) "Morocco's Legislative Elections wil test the reform process" SARAH FEUER. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 5 de octubre.

(2) "Dossier. Législatives au Maroc 2016". JEUNE AFRIQUE. http://www.jeuneafrique.com/evenements/legislatives-au-maroc-2016/

(3) "Moroc's Liberal Challengers", ILIA BERMAN. FOREIGN AFFAIRS. 5 de octubre.

(4) "Au Maroc, Nabila Mounib veut incarne un 'troisième voie'". YOUSSEF AIT AKDIM. LE MONDE. 27 de septiembre.


(5) "L'amertume ds militants du 'primtemps marrocaine'".CHARLOTTE BOZONNET LE MONDE, 3 de octubre. 

COLOMBIA: LAS OPCIONES TRAS EL REFERÉNDUM

5 de Octubre de 2016
                
La conclusión más repetida tras la derrota de los acuerdos de paz en Colombia es que ha triunfado el NO. Es discutible. Más bien, ha triunfado la perplejidad, la indecisión o el simple desinterés por los intereses públicos, a tenor de la altísima abstención (más de las dos terceras partes del censo). Es un dato capital que en las zonas más afectadas por la guerra, donde ha habido más víctimas, el SI ha triunfado de forma abrumadora. Han sido los núcleos de población más alejados del conflicto los que han hecho fracasar políticamente el acuerdo.
                
En las últimas 72 horas se han adoptado algunas medidas por los protagonistas del proceso y se han apuntado escenarios alternativos desde puestos de observación y análisis.
                
LAS PRIMERAS ACTUACIONES DE LOS PROTAGONSITAS
                
1) El gobierno y las FARC no dan por muerta la paz y para escenificarlo sin demora, han vuelto a La Habana, aún no se sabe si para renegociar, modificar o replantear el acuerdo, o simplemente para concertar una respuesta pactada. Algo que no debe darse por garantizado: aunque las dos partes tienen interés en salvar el acuerdo, sus objetivos son diferentes.
                
2) El presidente Santos ha admitido que no tiene plan B. O dijo que no lo tenía, para no alentar una respuesta negativa, o para afirmar la idea de que la paz no podía ser moneda de cambio. De hecho, convirtió la firma de los acuerdos en una celebración de la paz, creyendo que el positivo efecto propagandístico le permitiría alcanzar un porcentaje favorable superior al 70%, como auguraban los sondeos más optimistas.
                
3) El líder guerrillero, Rodrigo Londoño, ha manifestado que defenderán el acuerdo con palabras y no con balas. Pero si desde el gobierno, o desde sectores del Ejército opuestos al proceso, consiguen arrinconar al gobierno, a Timochenko  y al resto de sus compañeros de dirección les podría resultar imposible controlar a sus comandantes intermedios y la sucesión de escaramuzas bélicas sería inevitable.
                
4) El ex-presidente Álvaro Uribe, el principal dirigente político opuesto al acuerdo, se ha mostrado cauteloso, en cierto modo conciliador y ha pretendido proyectar una imagen de estadista, al avenirse a una reunión con el Presidente Santos para encontrar una solución. Uribe es el vencedor político del chasco referendario, pero corre el riesgo, si no administra bien su éxito, de que se vuelva contra él, en caso de que se imponga de nuevo el escenario de una guerra fuera de control.
                
LAS OPCIONES PREVISIBLES
                
1) Una primera opción, la más deseable, sería un ajuste del acuerdo, incorporando algunas de las exigencias del bando del NO, en particular, la noción de justicia transicional (evitación de la pena de cárcel incluso para los delitos de sangre) y los derechos políticos blindados de los guerrilleros (puestos reservados en el Parlamento, en próximas elecciones). Lo más positivo sería que la renegociación no se prolongara mucho (sólo algunas semanas, no meses) y que el gobierno considerara innecesario convocar otro referéndum, como apunta Adam Isacson, responsable de la Oficina de Latinoamérica, en Washington (1).
                
En cuanto al contenido de las rectificaciones, la investigadora Valda Felbab-Brown afirma que "el liderazgo de las FARC necesitará aceptar algún grado de responsabilidad y arrepentimiento...y tendrá que aceptar un mayor grado de justicia jurídica por su comportamiento pasado y no sólo esperar perdón" (2).
                
Los defensores del NO sostienen que el gobierno ha sido muy complaciente con la guerrilla en la rendición de responsabilidades y, con toda seguridad, van a insistir ahora, con el resultado de la consulta encima de la mesa, que los guerrilleros con delitos de sangre probados afronten penas de "efectiva restricción de libertad" de entre cinco y ocho años.
                
El problema es que los guerrilleros difícilmente van a aceptar dejar las armas para entrar en la cárcel. Para ellos, tal escenario equivaldría a una "rendición" que no merecería la pena aceptar, y seguramente preferirían volver a las armas,  como sostiene acertadamente Isacson en su artículo antes citado.  Esto nos sitúa en el segundo escenario.
                
2) El regreso al escenario bélico para recalibrar fuerzas. Es la aspiración no declarada de los opositores al acuerdo. Uribe y los suyos creen que las FARC se encuentran muy debilitadas y, de habérseles presionado un poco más, se habían avenido a un trato más ajustado a la justicia, tal y como ellos la contemplan.    
                
La derecha radical se maneja con cierta hipocresía en la proclamación de la justicia. En la negociación para la reinserción de los paramilitares (las Autodefensas), que Uribe promovió, acordó y ejecutó, las supuestas penas de prisión pactadas estaban plagadas de agujeros, lo que permitió una cierta impunidad de hecho, aunque no de derecho.
                
Otro factor que pueda empujar a la reanudación de la guerra en el replanteamiento radical de los derechos políticos garantizados a los guerrilleros.  No es previsible que los uribistas acepten que no se modifique este capítulo del acuerdo.
                
3) La tercera opción que se está manejando es una reforma de la Constitución. Paradójicamente, la derecha más radical y la guerrilla coinciden en esta aspiración, aunque por razones distintas.
               
Los conservadores activos pretenden introducir valores de orientación religiosa y endurecer la persecución de ciertos delitos que tienen fuerte raigambre social y política.
                
La izquierda, por el contrario, aspira a que la Carta Magna garantice medidas de reforma agraria y reparto de la riqueza. De hecho, una de las mayores concesiones de las FARC en el acuerdo de paz ha sido precisamente la distribución de tierras a campesinos pobres.
              
El gobierno y los progresistas más moderados consideran muy arriesgado abrir ahora el melón constitucional. Consideran que la última reforma, efectuada en 1991, supuso la modernización de un texto centenario y la consagración de derechos de minorías (3).
               
En definitiva, lo inmediato sería impedir que el resultado del referéndum precipite el bloqueo de algunas provisiones previstas, como el traslado paulatino de los siete mil guerrilleros hacia las zonas de desmovilización y la liberación de niños soldados.

(1) "Back to Square One". ADAM ISACSON. THE CIPHER BRIEFING, 4 de octubre.

(2) "Voters said 'no' to peace in Colombia. What's next?". VANDA FELBAB-BROWN.  BROOKINGS INSTITUCIÓN, 3 de octubre.

(3) NEW YORK TIMES, 4 de octubre.


EN LA MUERTE DE SHIMON PERES: UN AVE RAPAZ RESISTENTE A LA EXTINCIÓN

29 de Septiembre de 2016

Con la muerte de Shimon Peres se extingue la generación de padres fundadores y artesanos iniciales del estado de Israel. Su desaparición es casi un símbolo de algo que viene siendo una tendencia imparable desde hace años: el fin de la última utopía del siglo XX.

Peres significa “águila” en hebreo. No es su verdadero nombre, sino la traducción a ese idioma del polaco Persky, su nombre original. El cambio se lo sugirió un amigo, mientras se encontraban cumpliendo una misión de vigilancia en el Sinaí, en 1948, durante la guerra originada por la proclamación del Estado de Israel.
                
El histórico dirigente fallecido ha hecho honor al significado de su nombre. Audaz, astuto y resistente, su  vida ha sobrepasado el lapso temporal de sus creencias. Como otros muchos líderes de su generación, Peres ha sido un pensador visionario, un político calculador y un hombre de acción. Pero, por encima de todo, un estratega.
                
UNOS INICIOS TÉCNICOS

Criado al amparo de Ben Gurion, el padre fundador de Israel, cumplió misiones muy delicadas de reconocimiento, vigilancia y logística de la defensa nacional en esos momentos iniciales en que la continuidad de Israel como estado parecía más comprometida. Como consecuencia de su buen hacer, terminó convirtiéndose en el creador de la industria militar defensa del país. Negoció acuerdos y contratos de armamentos con las principales potencias mundiales. No fue militar, pero sabía de la defensa de su país, de sus fortalezas y debilidades, tanto o más que cualquier de sus históricos y legendarios generales.

Muchas veces se ha dicho que las fuerzas armadas son la institución más importante de Israel. Y es muy cierto. No sólo debido a que sobre ellas ha descansado la supervivencia del joven Estado. También porque, al tener un servicio militar obligatorio y universal, la institución castrense es la más popular, la más respetada y apoyada. Como me dijo un intelectual israelí en los ochenta, el Ejército es el que sabe realmente lo que pasa en el país.

Ejército y política son vasos comunicantes en Israel. Más aún: un buen curriculum militar es una plataforma irresistible para forjar un porvenir político sólido. Peres no ganó batallas ni atesora honores de héroe de guerra, pero contribuyó decisivamente a hacer de Israel el estado militarmente más poderoso de la región, en un entorno totalmente hostil.
                
Por eso resultó un proceso natural su salto a la política pura, por así decirlo. Se afilió al laborismo, una elección práctica, al ser el partido de su padrino político. Pero nunca fue un doctrinario ni un dirigente muy apegado a convicciones socialistas. Algo que comparten muchos dirigentes de su generación. La etiqueta política era entonces una divisa de referencia que una lealtad ideológica.
                
En su trayectoria política, Peres ha conocido todas las estaciones. En las 18 veces en que ha sido ministro le tocó ocuparse de Defensa, la cartera más conectada con sus orígenes, de Exteriores, la más acorde con su sensibilidad, pero también asumió otras con contenido más tecnocrático o funcional, fruto de las circunstancias o del juego de alianzas políticas.
                
Como jefe de gobierno, Peres se empeñó más en tender puentes que en afilar posiciones. En ese empeño, sin embargo, cosechó más frustraciones que satisfacciones. No en vano, en su madurez política coincidió con el auge del nacionalismo y de irrendentismo religioso judío.
                
LA PAZ CON LOS PALESTINOS, EL GRAN MOMENTO

A esta última gran figura del panteón de hombres ilustres de Israel se le puede recordar por muchos méritos. Pero, en estas horas de homenajes y obituarios, quizás el más destacado es la firma del acuerdo de paz con los palestinos, del que fué artífice imprescindible. Sin embargo, como ministro de exteriores, cedió el protagonismo principal a su jefe de gobierno y correligionario, Isaac Rabin. De ahí que no apareciera en el lugar central de aquella foto de un soleado día de mediados de septiembre de 1993 en el jardín trasero de la Casa Blanca, junto al enemigo histórico, el líder de la OLP, Yasser Arafat. Los tres personajes se ganaron el Premio Nobel de la Paz por aquel logro, conocidos como los acuerdos de Oslo, hoy apenas respetados por nadie, denostados por casi todos y casi reducidos a cenizas.
                
En esa foto, Peres lució más sonriente que Rabin. La relación entre ambos, herederos naturales del liderazgo laborista personificado inicialmente por Ben Gurion y Golda Meir, fue siempre tormentosa y dolorosa. Rabin dejó escrito en sus memorias que Peres era un “conspirador infatigable”. En la mecánica de identificación de las corrientes laboristas tan propia de esos años, Rabin pasaba por ser “halcón” y Peres “paloma”. En cierto modo, era verdad, pero resultaba engañoso, como todas las simplificaciones políticas.
                
UNA ESPLÉNDIDA DECADENCIA

Tras el asesinato de Rabin por un extremista judío enemigo de la paz, Peres parecía destinado a disfrutar en exclusiva del liderazgo laborista. Pero la edad, la emergencia de nuevos y más jóvenes aspirantes, el pragmatismo del veterano referente y sus escasas habilidades para resultar popular lo fueron debilitando. Peres no compartió la hostilidad que demostraron otros de sus más jóvenes correligionarios hacia la derecha israelí, quizás por motivos generacionales. La convergencia hacia el centro pero desde polos opuestos llevó a Peres a entenderse y colaborar con un antiguo rival, el bombástico ex-general Sharon, en una muestra más de su pragmatismo político.

Luego le llegó, ya como figura más simbólica del Estado, la oportunidad de coronar su vida política con la responsabilidad de la Jefatura del Estado. Cumplió con la tarea de manera elegante y brillante. Dio altura, lustre y significación al cargo, como persona capaz de recorrer todos los senderos políticos sin incomodidad. La dignidad del puesto confirió solemnidad a sus aficiones literarias y filosóficas, le permitió explotar el prestigio internacional del que gozaba y ofrecer una imagen más amable de Israel, castigada duramente por sus excesos, su arrogancia y el alejamiento de sus aspiraciones originarias.      

“Sin Peres, Israel dejará de ser definitivamente joven”, titulaba un politólogo israelí, Shamuel Rosner, un artículo dedicado hace unos días a su figura, anticipando su inminente desaparición (1). En realidad, Israel ha perdido su juventud hace mucho tiempo. Con el debido respeto, Peres se mantenía como notario del fin de la inocencia, de la disolución de la originaria idea de nación democrática, igualitaria y experimental en la pura razón de Estado.


(1)    NEW YORK TIMES, 19 de septiembre.

                 

CLINTON vs. TRUMP: UN DUELO CON MORBO PERO SIN SORPRESAS

28 de septiembre de 2016
                
El primer debate de candidatos a la Casa Blanca se ha desarrollado sin sorpresas. Las expectativas de novedades llamativas, cartas debajo de la manga o balas de plata con que uno de ellos pudiera infligir un revés político relevante a su adversario no han tenido lugar.
                
Como viene ocurriendo desde el inicio de la fase final de la campaña, el duelo tuvo que ver más con las aptitudes y actitudes personales de ambos contendientes que sobre sus respectivas propuestas. Quizás esta pretensión sea simplemente vana, porque para ello tendría que haber dos candidatos auténticos, y no es eso lo que ocurre.

La contienda de 2016 se libra entre una candidata acreditada, formada, experimentada y sobre cuya trayectoria se pueden hacer todo tipo de evaluaciones y análisis, y una suerte de anti-candidato, un personaje bufo, estrafalario e inconsistente, imprevisible e inquietante, cuyo principal mérito ha sido mofarse de sus adversarios pasados y presentes, codificar un conjunto de tópicos demagógicos y exhibir una frívola habilidad en el manejo de los medios audiovisuales, con no poca complicidad de algunos de ellos y la pasividad de otros.

Así las cosas, el debate se resolvió en una disputa dialéctica previsible, en la que resultó ganadora la candidata demócrata, porque atesora una solidez y una experiencia de la que carece escandalosamente su rival. Hillary evitó el peor de los peligros: ofrecer una imagen arrogante, despectiva o pedante, como en otros momentos hicieron otros compañeros de partidos ante rivales republicanos mucho más sólidos que Trump (Gore u Obama, p,e.).

Clinton no se pareció a su marido en 1992 frente a Bush padre o frente a Dole en 1996, porque no hubiera sido creíble. Mantuvo su perfil de representante acreditado del sistema, del establishment, sin deslices populistas inoportunos o guiños a la sensibilidad más a la izquierda del electorado demócrata. Ante las acusaciones archiconocidas de Trump, adoptó una actitud tranquila y, en momentos muy escogidos, socarrona, pero sin exhibicionismo de superioridad. Las alusiones a su salud, formulada por su adversario republicano en términos sobradamente conocidos, fueron replicadas por Madam Secretary con la hoja de servicios en la mano. No se da la vuelta al mundo y se abordan problemas de dimensión y complejidad internacional con la energía escasa, vino a decir Clinton, con aplomo imperturbable.

Trump sólo podía tener un objetivo en el debate: extender las dudas ya conocidas sobre la personalidad de la candidata demócrata: su sinceridad, su honestidad política, su credibilidad. No parece haberlo conseguido. Hillary zanjó el espinoso asunto del uso de su correo privado para comunicaciones oficiales de la Secretaría de Estado con una admisión de los errores cometidos y una explicación corta pero clara del alcance de los mismos. Y ahí se quedó todo. El magnate evidenció poca agilidad o escasa habilidad para explorar las debilidades de su rival.

Hillary ha sido indemne de debate. Lo que es malo para Trump, que era quien más podía ganar en el acontecimiento. No sólo porque va por detrás, sino porque le resulta cada vez más complicado quebrar sus techos electorales. Los datos generales de intención de votos son poco indicativos, debido al sistema electoral. Lo relevante es la desventaja que Trump arrastra en los llamados swinging states, o estados en disputa, que necesita ganar desesperadamente para hacerse con la Casa Blanca. Aunque conserva opciones de triunfo en alguno, parece muy poco probable que obtenga la mayoría en un número suficiente de ellos para alcanzar los 270 votos necesarios en el Colegio Electoral para ser elegido Presidente.  

El electorado está bastante polarizado ideológicamente y las abismales diferencias en el perfil de los candidatos ahondan este fenómeno de fractura. Por lo general, en la política actual, tanto en Estados Unidos como en Europa, el factor personal se impone sobre el ideológico o el programático, por factores de sobra conocidos. Sin embargo, en los últimos tiempos, la irrupción del nacionalismo, del populismo o de otras opciones aparentemente rupturistas se han mostrado capaces de captar simpatías y votos en los segmentos más desanimados o más escépticos de la población. Pero estos segmentos del electorado no esperan programas más convincentes, ni discursos bien elaborados o sólidamente fundamentados, sino proclamas sencillas que conecten con sus frustraciones.

El debate de ayer había levantado algunas expectativas, pero no debió resolver la indecisión de esos millones de norteamericanos que todavía no saben a quién votar o incluso si votarán. En realidad, los verdaderos debates, los debates en los que se confrontaron modelos y propuestas, fueron los que protagonizaron Clinton y Sanders en las primarias demócratas. En el bando republicano, el favoritismo mediático por el histrión Trump condiciono el contenido de las confrontaciones dialécticas y la temperatura de las mismas. La debilidad de los otros contendientes y las contradicciones y perversiones políticas del Great Old Party contribuyeron también a ofrecer una pésima imagen de la opción conservadora.

Clinton sabe que contrarrestar la demagogia de Trump es tan importante como ganar la confianza de los seguidores de Sanders, que ha rendido un enorme servicio a la nación con la valentía, honestidad y pertinencia de sus propuestas. Cuanto más se acerque a ese universo de descontento primario que anida bajo la engañosa tutela de Trump, más corre Hillary el riesgo de provocar corrientes de abstencionismo en las bases tradicionales demócratas. Ese dilema no lo ha cambiado este debate, y será difícil que ocurra después de los dos siguientes.

No hay persona, entidad o corriente de opinión solvente, moderada o conservadora, que no admita que Clinton es la única candidata capacitada para el cargo. El desánimo republicano, neutralizado por el discurso y la propaganda, y sobre todo por la necesidad de conservar una mayoría con la que contrarrestar cuatro u ocho años más de una Casa Blanca demócrata, es lo que mantiene la ficción de que estamos ante unas elecciones como cualquier otra. No es así. Trump puede evitar una derrota no humillante, pero eso no le privará de haber sido un candidato vergonzante, un anti-candidato.

De aquí al próximo debate, el 9 de octubre, la campaña no deparara seguramente elementos novedosos. Trump intentará incidir sobre las grietas de credibilidad de Clinton, no para atraer a esos descontentos a su casilla de voto, sino para que no se acerquen a los colegios electorales. Hillary tendrá que seguir incidiendo en la inelegibilidad de su rival y en recuperar la confianza de los suyos en ella.

Después del segundo debate, que tendrá un formato town hall, es decir a base de preguntas del público asistente, las dos campañas quizás se vean obligadas a hacer ajustes. Luego, habrá que esperar a ver si surge o no la “sorpresa de octubre” (generalmente, un tópico), antes de someterse al veredicto del 8 de noviembre.


EL CUBO DE RUBIK-PUTIN, O RUSIA COMO PROBLEMA

21 de Septiembre de 2016

Uno de los principales objetivos en política exterior de Barack Obama cuando asumió la presidencia de los Estados Unidos fue reconsiderar la relación con Rusia: el famoso reset. A poco más de cien días para dejar la Casa Blanca, es evidente que las pautas de colaboración entre Washington y Moscú  han cambiado sustancialmente, pero no en el sentido en que esperaba el presidente norteamericano.
                
Rusia es el elefante en el salón de la política exterior estadounidense. Con una cierta simplificación, se escucha con frecuencia que hemos vuelto a los tiempos de la guerra fría. En puridad, no es así. Entre otras cosas, porque durante la guerra fría se atravesaron muchas etapas: tensión máxima (desde finales de los cuarenta hasta finales de los cincuenta), tensión descendente (desde finales de los cincuenta hasta casi mediados los sesenta), distensión (desde mediados los sesenta hasta finales de los setenta) y rebrote de la tensión (desde comienzos de los ochenta hasta la perestroika de Gorbachov).
                
Con la desaparición de la URSS se abrió un tiempo nuevo, en el que, aparte de ciertas formulaciones ilusorias (como el fin de la Historia o el triunfo cósmico del capitalismo, entre otras), se creyó llegado el momento de consolidar un orden internacional no basado en el equilibrio del terror (nuclear), sino en la cooperación de distintos polos de poder, aunque bajo la hegemonía de Estados Unidos como garante del sistema liberal democrático.
                
El gran problema de esa (sobre) optimista aspiración fue que ese nuevo orden se fundamentaba tanto en cimientos negativos como positivos. Del mundo bipolar se pasaba a uno engañosamente multipolar, por la influencia determinante de la única superpotencia restante. Se quiso proyectar a Rusia como potencia emergente, junto a otras como China, Brasil o India. Con la diferencia que estás dos últimas se encontraban en dinámicas ascendentes (pero muy relativas) y la primera en tendencia declinante.
                
Primero se cortejó a Rusia por su evolución democrática. Pero en realidad, se la trató como un gigantesco mercado, con escasa sensibilidad hacia la mayoría de su población. Se defendió de manera casi fanática un modelo sólo porque consagraba el capitalismo, cuando no se estaba construyendo un sistema democrático, sino rapaz, profundamente anti-igualitario y, en el fondo, fuertemente autoritario. La etapa Yeltsin fue un desastre para Rusia por su ciega conversión al sistema capitalista, sin contar con los recursos e instrumentos para su implantación y sus mecanismos de protección de los más débiles o desfavorecidos.
                
Para terminar de complicar las cosas, se aprovechó el debilitamiento del gigante ruso para ampliar la Alianza Atlántica, con falta de visión a largo plazo, porque, fuera o no esa la intención, alentó la percepción de los escépticos locales de que se estaba cercando a Rusia.
                
La reacción era de esperar. Al caos de esos años "revolucionarios" siguió una respuesta de tono crecientemente autoritario, que protagonizó (entonces, seguramente, sin que él mismo se diera cuenta) un oscuro ex-agente del KGB llamado Vladímir Putin,  consejero primero y una especie de revanchista después.      
                
La crisis financiera de finales de los ochenta mató el espejismo del capitalismo pseudo liberal en Rusia. El nuevo siglo trajo una nueva visión. Falta por codificar ese cambio, como Gorbachov hizo con la perestroika para su malhadado proyecto de reforma del comunismo. Para algunos, el término que define ese cambio es el de Nova Rossiya o Nueva Rusia. Una Rusia más fuerte, orgullosa de su pasado, del zarista y del soviético, del ortodoxo y del estatista, en una síntesis a veces extravagante, pero con un denominador común: la grandeza.
                
La expansión económica de las dos primeras décadas de este siglo hizo concebir en los nuevos apparatchiks del Kremlin (y sus provincias) la tentación de recuperar un estatus perdido.  Impulsados por las materias primas y por una retórica neonacionalista, el oscuro Putin se transformó en ese padre que la llamada alma rusa siempre anhela. Pero la irrupción de un nuevo ciclo bajista y algunos cálculos equivocados de poder excesivo (Crimea) lo frenaron en seco. Rusia dejó definitivamente de ser una oportunidad y se instaló en los despachos de poder occidental como un problema. 
                
La guerra de Siria sirvió para que Putin intentara recuperar la alta influencia de la que fue expulsada tras la primera guerra de Irak. Un campo de batalla para disimular la fragilidad de su proyecto de engrandecimiento nacional en el interior. Obama ha dicho con claridad que Siria puede ser para Putin lo que Afganistán significó para la gerontocracia soviética. Puede ser. Pero ese proceso puede ser doloroso no sólo para Rusia, sino para todo el mundo.
                
El fracaso del alto el fuego en Siria estaba anunciado, como anticipábamos en el último comentario. Algún día sabremos si el bombardeo norteamericano contra posiciones del ejército sirio fue una torpeza u otra cosa. Ciertas actitudes de algunos altos funcionarios norteamericanos no han ayudado a calmar a los rusos, y éstos aprovecharon la ocasión para dar por muerto el cese de hostilidades y otorgar luz verde a Assad en su ambición por revertir la situación militar, incluso con actuaciones deplorables como el ataque al convoy humanitario.
                
Simultáneamente, Putin consolidaba su cómodo apoyo parlamentario. La intimidación, el control de los medios  y la fragilidad de la oposición liberal y/o progresista deja Rusia a merced del Presidente. Poco le importa a éste la creciente apatía de la población (abstención record): al contrario, es garantía del triunfo de su enfoque autoritario y paternalista.
                
Putin ha intentado, desde el fiasco de Ucrania, tejer una red de relaciones externas que contrarreste el cerco occidental. Sigue cultivando unas relaciones de conciliación con China, aunque la desconfianza de Pekín mantenga el vuelo bajo; seduce a Japón con una música de cooperación, que Tokio contempla como herramienta para fortalecerse frente a Pekín; corteja a Irán como centro del poder del chiismo musulmán, pese a las abismales diferencias estratégicas o de civilización; juega al caliente y al frío con la enfadada Turquía,  eslabón frágil de la Alianza occidental; hace guiños continuos al neonacionalismo autoritario en Europa occidental , al tiempo que fomenta divisiones entre los aliados occidentales sobre el espinoso asunto de las sanciones; e incluso se permite desafiar al archirival norteamericano, espiando su engranaje político o flirteando con uno de los candidatos presidenciales.

                
Se dice con frecuencia que Putin y quienes lo secundan no han superado el umbral táctico, que carecen de un proyecto estratégico real, que juegan con la perplejidad occidental o la ansiedad de sus vecinos asiáticos agobiados por el auge chino. Es probable. Pero el caso es que Rusia se asemeja al famoso cubo de Rubik: se le da vueltas y vueltas para alinear los colores, para una acomodación aceptable sin confrontación, y no resulta fácil conseguirlo.