ALEMANIA: MERKEL Y EL VIAJE A JAMAICA

27 de septiembre de 2017

Las negociaciones para formar gobierno en Alemania ya han comenzado, con la discreción y el espíritu anti-drama que caracteriza el estilo de la Canciller Merkel. La fórmula Jamaica es una tarea difícil, cuyo éxito no está garantizado.

Liberales y verdes difieren en importantes asuntos de fondo: medio ambiente, refuerzo de la zona euro, inmigración y ciertos aspectos de la política económica y social. Y ambos grupos presentan posiciones de discordia con el socio mayor, la CDU. No obstante, los observadores piensan que, en nombre del supremo valor de la estabilidad, compartido por la inmensa mayoría del espectro político, habrá acuerdo.

LAS BAZAS DE LA CANCILLER

Estos días la prensa local y los analistas extranjeros especializados en la política alemana han intentado desgranar los diversos elementos de fractura (1). Pero, por encima de ello, han insistido en la capacidad de Angela Merkel en forjar consensos. A modo de ejemplo, se cita como ejemplo, el esfuerzo realizado hace cuatro años para forjar la gross koalition con los socialdemócratas. Ahora, como entonces, Merkel se verá obligada a concesiones. No es algo que moleste mucho a la canciller alemana, que acredita una carrera política marcada por el pragmatismo, no por las convicciones.

Cuando tuvo que adoptar ciertas políticas ajenas al ideario tradicional de su partido (como el abandono diferido de la energía nuclear, para favorecer acuerdos con los verdes en algunos länder), lo hizo. Cuando ha tenido que girar a la izquierda para asegurar una fórmula de gobierno (como la aprobación del salario mínimo, exigido por el SPD), lo hizo. Cuando tuvo que rectificar una línea de actuación para consolidar la cohesión interna (como en el caso de los refugiados), lo hizo.  Esta flexibilidad se ve favorecida por una indefinición recurrente mientras dura el debate. Los críticos suelen reprocharle la ambigüedad de sus discursos. Sólo cuando ha decidido el sentido de su posición se pronuncia con cierta claridad.

Sin embargo, se tiene otra idea de Merkel en Europa. Se la tiene por una líder firme, contundente. Lejos de ser una canciller de hierro, se ha comportado como una hábil maniobrera, como una táctica consumada. Ha conectado con ese espíritu intuitivamente conservador de las clases medias alemanas, absolutamente refractarias al conflicto, a los sobresaltos, a los giros bruscos. Merkel ha sido, más que cualquier otro de sus predecesores, la líder de eso que se ha venido en llamar el consenso centrista. El centro es un territorio muy amplio, con zonas amplias de exposición y esquinas menos visibles de encuentro y negociación. En ese espacio, Merkel se mueve como pez en el agua.

El ejemplo más claro lo tenemos con la política económica y social. La CDU ha practicado siempre un conservadurismo compasivo que le ha permitido atemperar el rigor de los planteamientos neoliberales con el mantenimiento, con retoques a la baja, del estado de bienestar. Merkel ha domeñado a los sectores más duros de su partido ofreciendo a cambio la garantía de permanencia en el poder mediante concesiones medidas a sus inevitables socios de coalición. No es que Merkel no tenga rivales en el partido. Los tiene, son activos y, en algunos momentos, se ha dejado ver, escuchar y notar con toda la claridad que puede esperarse en Alemania. Pero nunca han tenido capacidad para desafiar su liderazgo. Todo indica, sin embargo, que Merkel ha entrado en el ocaso de su carrera política. Cuatro mandatos parecen el tope no escrito de un líder político desde la posguerra. Adenauer (que no acabó el último) o Kohl (que sí lo agotó) marcan el camino.

OPOSICION DEBILITADA O LIMITADA

Sin embargo, esa caducidad presentida, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en una baza para ella. Puede arriesgar más, puede quemarse en la acción de gobierno y, sobre todo, puede arriesgar en la justificación de concesiones para apuntalar los acuerdos de gobierno. Invocará la estabilidad, por supuesto, por patriotismo, mientras convencerá a sus potenciales sucesores de que ellos pueden ir preparando la alternativa de una CDU con perfiles más claros, de cara a 2021.

Otro factor que juega a favor de Merkel es la debilidad de la oposición. El SPD debe girar a la izquierda. No tanto corbinizarse, porque esa opción parece muy ajena a la intención de la mayoría de sus líderes e inclsuo al impulso de gran parte de la militancia. Pero debe encontrar un camino alejado de una vez y con claridad de ese consenso centrista que lo ha maniatado y desnaturalizado en las últimas décadas. No está claro que lo consiga, y desde luego parece imposible que lo haga durante la actual legislatura. La oposición que prometió Schulz nada más encajar la derrota electoral está aún por definir (2).

El otro agente de rechazo es la derecha xenófoba. El ascenso de la AfD es lo que está capturando el interés de la prensa internacional estos días, como en su momento ocurrió con el Frente Nacional u otras formaciones ultras. No debe subestimarse el peligro que supone la consolidación de esta corriente nacionalista, porque ha sabido resucitar el sentimiento de pertenencia y la recuperación del orgullo nacional (3). Pero tampoco conviene exagerar su fuerza. El peligro no reside en su llegada al poder, que es muy improbable, porque cuando se acercan a ese objetivo, generan una reacción, como en Francia y Holanda. Lo inquietante es que los valores indeseables que estas fuerzas defienden se inoculan en el resto de los partidos, en los conservadores, sobre todo. Incluso se implantan con cierta solidez en la psicología de las masas, exasperadas por a falta de soluciones estables. Y, desde luego, se dejan sentir en muchos medios de comunicación, que proclaman nobles valores, pero practican estilos informativos y narrativos muy apegados al populismo y al sensacionalismo.

Paradójicamente, la amenaza de la ultraderecha puede servirle a Merkel para convencer a su partido de mantener esa línea centrista en un doble sentido, es decir, no solo como equidistancia entre opciones ideológicas, sino como terreno amplio en el que navegar sin demasiadas ataduras. El gran reto de Merkel consiste en persuadir a liberales y verdes de la necesidad de renunciar a sus convicciones, de adecuar sus programas, de disciplinar a sus bases, para neutralizar el fantasma de la ultraderecha, que tantos demonios evoca en Alemania.

NOTAS:

(1)  “Merkel’s Next Steps”. SUDHA DAVID-WILP. FOREIGN AFFAIRS, 25 de septiembre.

(2)  “Merkel affaiblie faceun in paysage politique en grand partie inédite”. LE MONDE, 25 de septiembre.

(3)  “The future of socialdemocrats in Germany”. MICHAEL BRÖNING. FOREIGN AFFAIRS, 25 de septiembre.

(4)  “What the Far Right’s Rise May Mean for Germany’s Future”. AMANDA TAUB. THE NEW YORK TIMES, 27 de septiembre.


ALEMANIA: GRIETAS EN LA SACROSANTA ESTABILIDAD

25 de septiembre

Al final, las elecciones alemanas no han resultado tan previsibles. Ciertamente, los pronósticos se cumplieron en lo fundamental –triunfo de Merkel, descenso de los dos grandes partidos y ligero ascenso de los pequeños-, pero el elemento sobresaliente ha sido el auge de la extrema derecha por encima de las previsiones.

Estas son las primeras conclusiones que pueden extraerse de la jornada.

1) MERKEL TENDRÁ UN CUARTO MANDATO, PERO A UN PRECIO CONSIDERABLE

La CDU apenas alcanza el 33%, pierde casi nueve puntos y tendrá 66 escaños menos, en claro beneficio de la derecha, liberal o xenófoba. Victoria amarga e incómoda. Las tensiones sociales no han podido ser tapadas con el discurso complaciente de Merkel. El malestar por la inmigración es el síntoma y no tanto el problema. Durante sus tres mandatos, la desigualdad social ha alcanzado niveles no conocidos desde la posguerra, aunque haya una percepción de bienestar y prosperidad en la mayoría de la población. Los votos que se le escapan a la derecha no podrá recuperarlos fácilmente a la izquierda. Angela Merkel está obligada a fuertes concesiones para seguir gobernando.


2) UNA COALICIÓN TRABAJOSA, INCIERTA E INESTABLE

Liberales y verdes se perfilan como los potenciales socios de la CDU para sumar la mayoría en el Bundestag. Sería la llamada coalición Jamaica, porque los colores de los partidos que la compondrían coinciden con los de la bandera del país caribeño (negro, amarillo y verde).  Difícil operación política, en todo caso: casi una cuadratura del círculo. Liberales y verdes se encuentran en las antípodas en política ecológica y migratoria. La consulta a las bases que las respectivas direcciones han anunciado para decidir sobre la entrada en el gobierno puede resultar un quebradero de cabeza para la canciller en funciones.

3) ¿FIN DEL MITO DEL BALUARTE DEL ORDEN LIBERAL

Alemania no es tan distinta. A pesar de los intentos de no pocos analistas de presentarla como el baluarte del orden liberal frente a los populismos nacionalistas, xenófobos y antieuropeos, la realidad es que el electorado alemán no se ha comportado de manera diferente al de otros países europeos. Alternativa por Alemania (AfD) pasa de rozar el 5% en 2012 a arañar el 13% este año. Curiosamente, un porcentaje casi idéntico al obtenido por el Frente Nacional en la primera vuelta de las últimas elecciones legislativas en Francia. Un ascenso indiscutible, inquietante e imposible de ignorar o menospreciar. AfD se convierte en el tercer partido del país. Su discurso en contra de la inmigración y de la acogida de refugiados se ha instalado en una parte considerable de la sociedad alemana. Pero, además de eso, en AfD aparecen, cada vez con menos disimulo, actitudes y opiniones revisionistas del trauma alemán de los años treinta y cuarenta. Sin llegar, por ahora, a justificar el nazismo, algunos de sus dirigentes reprochan al sistema una excesiva autoflagelación, reprochan los complejos y la vergüenza y alientan la recuperación del orgullo alemán, con propósitos indefinidos.

4) FIN DE ERA PARA LA SOCIALDEMOCRACIA.

El SPD sigue la senda desastrosa del resto de partidos homólogos europeo. Pierde cinco puntos con respecto a 2012 y se queda en el 20,5% de los votos emitidos, su peor registro desde el final de la guerra. Como se temía, la estrategia de la grosse koalition para moderar el efecto de la hegemonía de la derecha e introducir ciertos avances en política social o europea ha resultado del todo decepcionante. No extraña, por ello, que Martín Schulz anunciase en la noche del domingo que el SPD pasará a la oposición, sin duda alguna. Ni siquiera las apelaciones de Merkel a la estabilidad podrían modificar esta decisión. Algunos dirigentes querrían ese entendimiento con el centro derecha, pero la base es completamente opuesta, como ocurre en otros lugares de Europa. El fracaso en Alemania sanciona el final de una era en la socialdemocracia europea. El inesperado resultado favorable de los laboristas parece sugerir que sólo con un giro a la izquierda se podrá recuperar a un electorado desengañado y desmovilizado.

5) LOS MINORITARIOS DEBILITAN EL BIPARTIDISMO

Los tres partidos pequeños que aspiran a cuestionar el bipartidismo han obtenido unos resultados positivos. Los mejor parados han sido los liberales, que vuelven al Bundestag, y con fuerza. Rozan el 11% de los votos, serán el segundo partido de la previsible coalición y estarán en condiciones de obtener ciertas concesiones de Merkel en materia económica. La política de la canciller, deudora del cristianismo social, se había acercado mucho a las propuestas socialdemócratas, tanto por convencimiento cuanto por oportunismo político. Los liberales se sitúan a la derecha, al menos en el terreno económico y social, aunque en los asuntos morales presumen de posiciones más abiertas que los democristianos.

Los Verdes mejoran apenas unas décimas. La participación en una eventual coalición de gobierno amenaza con acentuar las divisiones ya evidentes en el partido. No debe darse por seguro una posición favorable de la militancia.

Finalmente, la izquierda también sube medio punto y tendrá cinco diputados más. No puede decirse que haya capitalizado el descenso del SPD. Con el 9% hará oír su voz contraria a la política económica y al proyecto europeo de integración anclado en las recetas de la austeridad. Pero no es previsible un acercamiento a los socialistas.

Alemania tendrá que combatir contra el sobresalto de la inestabilidad y deberá contener el populismo de los extremos. En el tablero político de mando se han encendido luces de seria advertencia. Los socialdemócratas no pueden seguir escondiéndose de una crisis y deben encarar una reflexión profunda. Merkel deja de ser incuestionable. El cuarto mandato de la canciller puede ser, como los de Adenauer y Kohl, el de su inevitable decadencia política. La excepcionalidad alemana se ha terminado.
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ALEMANIA: LAS ELECCIONES DE LA RUTINA

20 de septiembre de 2017

Alemania vota este domingo en un clima de continuidad y distensión que la distingue de otros escenarios europeos y occidentales.

Hace nueve meses, las perspectivas eran algo diferentes. Los sorprendentes resultados de las presidenciales norteamericanas animaron un exagerado temor a una deriva populista en Europa. La derrota de las fuerzas xenófobas y antiliberales en Holanda y Francia y las dudas sobre la viabilidad del Brexit después de retroceso tory en Gran Bretaña le han restado dramatismo a estos comicios alemanes.

A todo ello se añade la evaporación de la perspectiva de cambio político. La canciller Merkel se dispone a obtener un cuarto mandato, tras el espejismo de un ascenso socialdemócrata. El nuevo liderazgo del SPD en la persona del otrora presidente de Parlamento europeo, Martin Schultz, no ha tenido vigor suficiente para acabar con la era merkeliana.

MÁS MERKEL

Así las cosas, la única incógnita aparente de estas elecciones es la fórmula de gobierno que sucederá a la gross coalition actual. Naturalmente, dependerá de los resultados. Por lo pronto, se descarta un ejecutivo monocolor, porque parece imposible una mayoría absoluta de los democristianos (CDU).

Tampoco se baraja la continuidad. La alianza entre los dos grandes parece agotada. La efímera posibilidad de éxito electoral llevó al SPD a romper los puentes de colaboración con la CDU y sería inconsecuente y oportunista restablecerlos ahora.

Lo que resta es una coalición de la CDU con dos de los partidos menores. Si no le alcanza la suma de los liberales del FPD, que debe regresar al Bundestag tras una penosa travesía del desierto, Merkel intentará atraerse los verdes, que se han ido fracturando y moderando. No se espera que la canciller solicite el respaldo de los xenófobos de Alternativa por Alemania (AfD), que entrarán con seguridad en el Parlamento, debido a las insalvables distancias que han mantenido con ella en estos años pasados.

En la oposición restarían también los socialdemócratas y los izquierdistas de Die Linke. Una debacle democristiana podría permitir al SPD componer una coalición con los verdes y con la izquierda, pero este escenario es altamente improbable.

Detrás de esta matemática escasamente especulativa asoma la estabilidad del sistema político alemán. El bipartidismo nunca ha ejercido un dominio absoluto en la Alemania de posguerra, aunque las distintas soluciones de gobierno siempre han pivotado en torno a democristianos y socialdemócratas, o bien sumando fuerzas estas dos formaciones o agregando cada una de ellas a uno de los partidos menores (por debajo del 10%). Por lo tanto, puede hablarse, en cierto modo, de un bipartidismo imperfecto o variable. O, en términos más actuales de un “consenso centrista”.

UNA ESTABILIDAD CON SOMBRAS BAJO CONTROL

El escaso espacio para la sorpresa o el frenazo del populismo que ha provocado alarma en otros países europeos no significa que Alemania sea un plácido lugar sin tensiones ni problemas. Una mayoría de politólogos occidentales –pero sobre todo los norteamericanos- presentan a la Alemania merkeliana como el gran baluarte liberal frente a las turbulencias populistas (Trump, Brexit, xenofobia, neoautoritarismo, etc.)

Esta visión sobrevalora la capacidad de Alemania, e incluso su voluntad. Las ambiciones alemanas tienen más que ver con su bienestar económico que con su liderazgo político. El escarmiento de los dramáticos fracasos del sueño de grandeza alemana en la primera mitad de siglo pasado dio paso a un pragmatismo mantenido en los últimos sesenta años, que ha demostrado ser mucho más eficaz.

Alemania ha pasado de la supremacía militarista a la hegemonía económica haciendo el menor ruido posible. Pero no siempre ha podido pasar de puntillas. El proyecto europeo ha sido el marco en que el liderazgo alemán ha sido asumido en el interior y aceptado en el exterior.

Sin embargo, la rígida posición alemana en la gestión de la crisis económica de la pasada década ha empeorado la percepción que se tiene de Alemania en otros lugares de Europa. Mientras Berlín asumía el rol disciplinario en Europa, le brotaban de nuevo fantasmas indeseables en casa. La apariciónde fuerzas tributarias de antiguas resonancias trágicas bajo nuevos disfraces provocó alarmas dentro y fuera del país.

La crisis migratoria de 2015 otorgó a Merkel una oportunidad única para enderezar esta deriva antipática de Alemania. De canciller de hierro pasa a canciller de seda. El rigor se convirtió en humanitarismo, por efecto de la propaganda y de la propia debilidad, inconsecuencia y miedo de sus socios europeos. Pero la pretendida generosidad (que era más bien conveniencia) hacia los desplazados de las guerras lejanas fue mejor valorada en Europa que en sectores conservadores de su propio país.

Y entonces vino la inevitable rectificación. Angela adoptó una posición menos angelical. Luego, los acontecimientos antes mencionados le ayudaron a presentarse como el exponente de la estabilidad occidental en un orden convulso. El país recuperó su apreciada normalidad, que algunos comentaristas tildan de aburrida.

Alemania tiene aversión a hiperliderazgos y sobresaltos. La reunificación resultó un proceso largo, complicado y penoso, pero ya parece superado. La prosperidad xige una tranquilidad de hierro. Las tensiones son inevitables en el ámbito social y territorial, pero parecen bajo control. La proyección exterior se mantiene bajo parámetros de influencia económica y discreción diplomática, que eclipsan los medidos y muy limitados compromisos militares, siempre éstos bajo paraguas europeo.

Por todo ello, las elecciones de este fin de semana constituirán un ejercicio más de la rutina democrática alemana, que ni siquiera las sospechas de hackeo exterior (ruso) podrán alterar.

EL DRAMA DE LOS ROHINGYA Y LOS LÍMITES DE LA PROTECCIÓN HUMANITARIA

14 de septiembre de 2017
                
En los últimos días estamos asistiendo a un nuevo episodio de uno de los dramas más lacerantes del panorama internacional: el de la minoría rohingya en Birmania, o Myanmar, (denominación que ha adoptado el país desde hace algún tiempo.
                
El ejército birmano, uno de los más brutales y sanguinarios del planeta, ha lanzado una nueva campaña de persecución contra esa población de credo musulmán. Casi 400.000 personas se han visto obligados a huir de sus míseros hogares en busca de un incierto refugio en Bangladesh, territorio originario de la mayoría de sus ancestros. Los lugares de acogimiento a los que llegan están saturados y carecen de condiciones decentes de vida.
                
El Consejo de Seguridad de la ONU, reunido este miércoles, ha resuelto el relativo y problema de conciencia de la comunidad internacional con una resolución meliflua, sin nervio, en la que se limita a reclamar a Birmania que efectúe “pasos inmediatos para detener la violencia contra los rohingyas”.
                
Previamente a esta discreta e inane decisión, altos responsables de la Naciones Unidas, como el delegado de derechos humanos o el propio Secretario General habían calificado la represión birmana como “limpieza étnica”. Tal calificación equivale a crimen de guerra en derecho internacional. Justifica una pose de indignación, pero no parece que vayan a derivarse consecuencias. La desesperación y más que probable muerte de decenas de miles de personas por la acción insoportable de un régimen oprobioso merece menos esfuerzo y, por supuesto, menos determinación, que el programa militar atómico de Corea, por ejemplo.
                
UNA HISTORIA ATORMENTADA
                
Como en la mayoría de las catástrofes humanitarias o en las situaciones de abuso estructural en el otrora llamado Tercer Mundo, o el mundo menos desarrollado, el atropello de la minoría rohingya hunde sus raíces en la época colonial. Se agradece el esfuerzo del diario francés LE MONDE por recordarnos el origen de este drama (1).
                
En la tercera década del siglo XIX, después de conquistar el territorio de Arakan, en el oeste de Birmania, el Imperio británico alentó la inmigración de población musulmana desde la fronteriza región de Bengala Oriental. Las razones de esta política son de distinta naturaleza. Desarrollo económico y necesidad de mano de obra abundante, desde luego. Pero también resultaba conveniente neutralizar a la mayoría budista de ese nuevo territorio del Imperio con la aportación notable de población de otro origen étnico y de distinta confesión religiosa.
                
Esta manipulación de la población de diferentes extracciones étnicas o religiosas se produjo más a las claras durante la segunda guerra mundial. Después de la invasión japonesa de Birmania, hubo enfrentamientos violentos entre las comunidades budista y musulmana. Los japoneses apoyaron a los primeros y los británicos a los contrarios, no por simpatía con sus causas, sino para debilitar al adversario.
                
En los años cincuenta, en este territorio ya mixto de Arakan, que adopta el nombre de estado de Rakhin, surge un movimiento activista que reclama la creación de un estado musulmán en condiciones semejantes al del resto de entidades que componen la Unión birmana de posguerra. Las autoridades birmanas y la gran mayoría de la población budista rechazan de forma tajante esta aspiración, niegan la existencia misma de esta población como minoría y considera a sus integrantes como simples exiliados bengalíes.
                
LA EXCUSA INSOSTENIBLE DEL TERRORISMO
                
Esta política birmana favorece la aparición de grupos guerrilleros en los sesenta, que adoptan formalmente el nombre de rohingya. Unos tienen carácter secular y otros adoptan credos islamistas. Los movimientos migratorios de las décadas anteriores han diversificado la población a la que esos grupos dicen representar. Para entonces no son ya sólo personas de origen bengalí, sino también de procedencia árabe, turca y persa.       
                
A comienzos de los setenta, se produjo la partición de Pakistán y la conversión de su territorio oriental (Bengala) en el nuevo estado de Bangladesh, lo que provocó otro drama humano de pavorosas proporciones, que tuvo una repercusión notable en Occidente y generó un movimiento de solidaridad y compasión.
                
La aparición de Bangladesh alentó inicialmente a estos movimientos contestatarios e insurreccionales entre la minoría rohingya, pero sus divisiones internas, la falta de arraigo social, el rechazo de la mayoritaria población budista y el carácter ferozmente represivo del régimen militar birmano los han ido reduciendo a la irrelevancia.
                
En la actualidad, existe un autodenominado Ejército de salvación de los rohingyas de Arakan, que han realizado algunos ataques de baja intensidad contra puestos policiales birmanos, pero que adolecen de una mínima capacidad militar. De ahí que las imputaciones de terrorismo que arguyen las autoridades, militares y ahora también civiles, de Myanmar para justificar la persecución de los rohingyas constituyan una simple excusa para esconder una política xenófoba con tintes genocidas.
                
LA COMPLICIDAD DE AUNG SAN SUU KYI
                 
Especialmente llamativa ha sido la postura de la dirigente birmana Aung San Suu Kyi. Antes de consolidarse como la líder de facto del país, la Premio Nobel de la Paz de 1991 se había pronunciado a favor de una actitud “tolerante, comprensiva y constructiva” con respecto a la minoría rohingya. No ha sido eso lo que ha hecho. Hace unas semanas, en una entrevista con la BBC que produjo gran impacto, aunque no quizá gran sorpresa, rechazó rotundamente el calificativo de “limpieza étnica”. Posteriormente, ha observado un silencio cómplice con las operaciones represivas (2).
                
La Nobel de la Paz paquistaní Malala y otras figuras de la escena internacional han sido muy críticos con la líder birmana y alguno ha habido que le ha solicitado que devuelva el premio del Instituto noruego por no haber hecho honor al mérito que conlleva (3). Otro galardonado con esa distinción, el Presidente Obama amparó la transición democrática birmana, aunque eran más que dudosas las garantías sobre el respeto de los derechos humanos básicos que cabía esperar de las autoridades birmanas.
                
El decepcionante comportamiento de la dama birmana puede explicarse, pero no justificarse, por la falta de autonomía política de la que en la práctica disfruta. El acuerdo impuesto por los militares para aceptar una peculiar transición democrática le impide acceder a un cargo de responsabilidad. Su partido, la Liga por la Democracia, fue el más votado en las últimas elecciones, pero ella no pudo ser candidata a la Presidencia por una absurda ley que niega este derecho a las personas que tengan hijos nacidos en el extranjero, como es el caso de ella. Una ley a medida.          
                
El calvario rohingya continuará hasta que la atención mediática se desvanezca, como ha ocurrido en otras ocasiones. El drama de los misérrimos tiene un alcance muy corto.


NOTAS:

(1) LE MONDE, 13 de septiembre.

(2) WASHINGTON POST, 6 de septiembre.


(3) THE GUARDIAN, 5 de septiembre.

COREA DEL NORTE: UN DILEMA SIN SOLUCIÓN

 6 de septiembre de 2017
                
El dilema de Corea del Norte parece lejos de una resolución aceptable. Los sucesivos análisis que se han ido haciendo a lo largo del verano sobre la mejor manera de responder a los desafíos del régimen norcoreano apuntan diferentes líneas de acción, pero todos coinciden en una cosa: no hay una opción clara. Al cabo, el resultado es una sucesión de frustraciones: la respuesta militar arrastra consecuencias inaceptables, la vía diplomática ya se ha demostrado inviable y la presión económica parece impracticable o no decisiva.
                
LA LOCURA DE LA OPCIÓN MILITAR
                
Al dotarse de una capacidad de respuesta disuasoria (núcleo de la estrategia nuclear vigente desde 1945), la dinastía Kim cree haberse garantizado una protección existencial. Pyongyang ha blindado su seguridad bajo riesgo de catástrofe inaceptable para sus enemigos. El régimen pretende mantener su sistema medieval de gobierno (olvídense del comunismo), fortificándose en una ciudadela atómica. Corea del Norte no aspira a ganar. Se ha limitado a convertir en inaceptable su derrota, su extinción.
                
La desaparición de la Unión Soviética y la suerte que han corrido algunos de los dictadores que se amparaban en la implícita protección del mundo bipolar han servido a los Kim (y en particular al actual) de lección decisiva. Kim Jong-Un no quiere acabar como Saddam o como Gaddafi. Tampoco acepta que su suerte dependa de un protector externo, como le pasa a Assad con Rusia o Iran. Prefiere tener todas las cartas en la mano. O la única que puede hacer dudar a sus enemigos: que su extinción signifique un daño insufrible para sus verdugos.
                
Por eso, la retórica militarista de Trump es inútil. Peor aún: “legitima” el programa militar del dictador norcoreano, según Antoine Bondaz, responsable del área de Asia septentrional de la Fundación de Investigaciones estratégicas (1). Ese diluvio de “fuego y furia” que Trump evocó no acabaría sólo con Corea del Norte. En su perdición, Kim Jong-Un podría tener la capacidad de ocasionar una catástrofe inimaginable a su vecino y rival del sur, castigaría horriblemente a Japón y, muy probablemente, podría eliminar de mapa a San Francisco (pongamos por caso). Algo inaceptable para cualquier presidente sensato (o incluso con altas dosis de insensatez como el actual). Los expertos parecen coincidir en la inviabilidad de un ataque preventivo que eliminaría el arsenal nuclear norcoreano antes de que pudiera dispararse el primer misil. Y uno sólo bastaría para infligir un daño inaceptable.
                
UNA APROXIMACIÓN "REALISTA"
                
Algunos reclaman paciencia y consideran que se pueden reconducir la crisis desde la firmeza. El director del Instituto de Estudios USA-Corea del Sur, David Kang, sostiene que la supuesta irresponsabilidad de Kim es un mito. En su opinión, el “lobo de Pyongyang” no se comporta como un loco, sino como el ejecutivo de una multinacional. Sabe muy bien lo que se hace. Pretende no sólo asegurar la continuidad del régimen, sino hacerlo más autónomo, reforzar su base productiva, fomentar el desarrollo y mejorar las condiciones de vida de la población, lógicamente sin aflojar en absoluto su naturaleza ultra autoritaria (2).
                
Por eso, algunos analistas se atreven a plantear lo que parece más plausible o menos malo: ya que no se ha sido capaz de prevenirlo, como reprocha Jeffrey Lewis, experto en política de no proliferación nuclear, hay que asumir el hecho consumado de una Corea del Norte nuclear y limitar el alcance de sus consecuencias (3). Después de todo, como se ha recordado estos días, el mundo ha aceptado algo no menos peligroso como el duelo nuclear implícito entre India y Pakistán.
                
Los “realistas”, como el profesor John Delury, investigador del Centro de Relaciones chino-norteamericanos y profesor de la Universidad de Yonsey, consideran, por tanto, que en vez de airear la amenaza militar, hay que concentrarse en congelar, limitar y someter la potencia nuclear norcoreana a estrictas reglas de actuación (4).
                
Desde Corea del Sur se defiende esta vía, aunque no de forma unánime. El actual presidente Moon, hijo de refugiados de la guerra de los 50, quiere evitar a toda costa la escalada militar. Ganó las elecciones con un programa digamos que pacifista, pero la agudización de la crisis le ha hecho adaptar su discurso. Mantiene su posición a favor de una salida negociada, pero Kim lo desprecia como un peón más del imperialismo americano. Moon se aviene ahora a instalar el sistema antimisiles (THAAD) que rechazaba como candidato y plantea un rearme del país. Otros dirigentes creen que hay que endurecer el discurso, pero no ofrecen alternativas muy claras de cómo hacerlo (5).
                
Trump no ha ayudado mucho volviendo a plantear, en mitad de este último episodio de la crisis, la posibilidad de rescindir el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur, basado en su absurdo y tramposo principio de “América first” y en la falsa pretensión de que los pactos comerciales vigentes perjudican a Estados Unidos.
                
EL DOBLE FILO DE LAS SANCIONES
                
El debate se replica en el asunto de las sanciones. Para los halcones, constituirían un último recurso antes de pasar a la respuesta militar. Para los pacifistas, una palanca que debería sostenerse en la lógica del palo y la zanahoria.  
                
La efectividad de las sanciones pasa por presionar a China, que es donde reside la clave de la supervivencia material de Kim. La embajadora norteamericana en la ONU ha evocado el embargo energético. Pero la guerra económica presenta limites e incógnitas considerables.  
                
Kerry Brown, profesor de estudios chinos del King College de Londres, pone en duda la capacidad de China para hacer claudicar a su protegido. Y aunque así fuera, es discutible que le compense hacerlo (6). Después de todo, el problema no es de Pekín, es de Seúl y Washington. El perjuicio que a los dirigentes chinos puede producirles el enojo norteamericano por la falta de energía en la presión contra Pyongyang es asumible. Un derrumbamiento de Corea del Norte le crearía a China un problema indesplazable de refugiados, entre otros. Y a largo plazo, tendría a una Corea unificada aliada de Occidente en su frontera sur. Por lo tanto, es preferible para Pekín mantener la carta norcoreana en la baraja que descartarla del juego.
                
La zanahoria que esgrimen los más constructivos consiste en premiar al régimen con reducir la presión, e incluso ofrecerle ciertos incentivos económicos (comercio, inversiones, etc.), si acepta plantarse en su potencial actual y no continuar con su programa nuclear.
                
La duda de quienes se muestran escépticos ante esta opción apaciguadora reside en las incógnitas sobre la verdadera motivación de Kim. ¿Se puede dar por seguro que el líder norcoreano sólo pretender blindar su seguridad, garantizar su existencia? ¿Puede descartarse que no pretenda atacar a Corea del Sur con armas convencionales, terreno en el que es muy superior a su rival, y forzar una reunificación de la península bajo sus condiciones? ¿Qué pasaría entonces? El fracaso estrepitoso de la vía diplomática combinada con la presión devendría de nuevo en el indeseable dilema militar.

NOTAS

(1) LE MONDE, 4 de septiembre.
(2) FOREING AFFAIRS, 9 de agosto.
(3) FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.
(4) FOREIGN AFFAIRS, 22 de agosto.
(5) NEW YORK TIMES, 4 de septiembre.
(6) BBC, 5 de septiembre.