LOS TRES TENORES DE LA ESCENA INTERNACIONAL


14 de marzo de 2018
           
Trump, Putin, Xi Jinping. Son los líderes de las tres principales potencias mundiales (aunque esto sea discutible, al menos en uno de los casos). Tres estilos diferentes pero un mismo propósito: cuestionar y rechazar el modelo de gobernanza liberal occidental, desde presupuestos político-culturales distintos. Y una coincidente ausencia de referencia ideológica solvente, aunque la retórica diga lo contrario.
            
Estos tres personajes, cada uno a su manera, van a modelar los próximos años de las relaciones internacionales con inquietantes perspectivas. Dos de ellos, el chino y el ruso, parten de un entorno crecientemente autoritario (Putin) o autoritario sin ambages (Xi) y el tercero se encuentra embarcado en la disolución de premisas y valores que han conformado Occidente desde mediados de los años cuarenta.
        
De los tres, Trump es el más precario, no sólo por el sometimiento a dinámicas electorales imperativas, sino por la fragilidad de su proyecto, si es que puede hablarse de algo digno de tal nombre relacionado con el actual presidente norteamericano. Esta debilidad favorece y alienta las tendencias autoritarias en Pekín y Moscú, en la medida en que renuncia a combatirlas, a reducir sus efectos, a acentuar sus límites.

Como tenor otrora principal, el líder de Estados Unidos pierde influencia a ojos vista en el coro que le ha reconocido su liderazgo, su condición de voz cantante desde 1945. Trump se ha saltado todos los libretos, desconoce el repertorio clásico de un presidente norteamericano y, lo que resulta más irritante, desafina condenadamente. La decisión de imponer tarifas y aranceles a las importaciones de acero y aluminio, basada en sus engañosos principios de primacía norteamericana (“America first”) amenaza con desencadenar una guerra comercial, algo extemporáneo y destructivo.

Los otros dos le siguen en su descarriada interpretación de la partitura con una mezcla de desconcierto y complacencia. La imprevisibilidad de Trump inquieta a sus pares, pero para ellos esta conducta presenta una ventaja indudable: la única superpotencia no les pedirá cuentas por sus salidas de tono, por sus gallos, por sus interpretaciones abusivas, siempre que no se opongan a las suyas. La democracia liberal y los derechos humanos ya no constituyen una exigencia en el sistema de convivencia. Es la era de los strongmen (hombres fuertes), según el modelo de los tres tenores: Erdogan, Sisi, Duterte, Mohamed Bin Salman, etc.

El estilo Trump ofrece a diario muestras abrumadoras, ejemplos inagotables. El último, su enésimo viraje en el dossier coreano. Primero planteó una negociación sin base programática ni estrategia coherente. Cuando el líder norcoreano le dejó en ridículo con las pruebas nucleares y sus avances en el programa de misiles, el errático presidente se entregó a un inmaduro y tabernario juego de amenazas bélicas, con sonrojantes afirmaciones impropias de un dirigente mundial.

Ahora, de repente, cogido por sorpresa por un gambito astuto del frívolamente despreciado líder de Corea del Norte, se aviene a una cumbre sin establecer primero condiciones, agenda y objetivos. Y encima sus colaboradores, abochornados por la enésima salida de pata de banco de su jefe, se empeñan en decir que Washington no ha hecho concesiones. Como ha señalado Jeffrey Lewis, responsable de programas nucleares del Instituto de Monterrey, “la cumbre es la concesión”.

El capricho, el estilo irreflexivo e impulsivo de Trump constituye un quebradero constante de cabeza para esta administración. No hay forma de articular un equipo de gobierno coherente, cuando sus principales exponentes se enteran de las decisiones de su jefe por tuits intempestivos o por los breaks informativos en las televisiones.

En medio de este caos, el responsable de la diplomacia ha sido el último en caer. Nadie derramará una lágrima por este ejecutivo petrolero que en un año ha estado a punto de arruinar la cultura diplomática de Estados Unidos con la avenencia de la Casa Blanca, o su indiferencia, que tanto da. Tillerson no ha querido asumir la chapuza de la cumbre con Kim y esa discrepancia ha precipitado su cese. En todo caso, su salida del gobierno se esperaba desde comienzos de año. Le sustituye un nacionalista muy cercano al presidente, Mike Pompeo, el militar que hasta ahora dirigía la CIA como a Trump le gustaba. El “gobierno de los generales” se refuerza, aunque ya han surgido desavenencias entre ellos. Al frente de la inteligencia exterior estará Gina Haspel, una de las responsables de la "cárceles secretas" y la tortura de prisioneros en la etapa de G.W. Bush.

Trump utiliza los asuntos internacionales para desviar la atención de la sombra que lo persigue y amenaza con destruir su presidencia: las conexiones con Rusia y la posible participación, complicidad o complacencia en los intentos del Kremlin por interferir y condicionar las últimas elecciones presidenciales. El fiscal especial Mueller está a punto de presentar conclusiones. Trump asegura que se siente tranquilo, pero los pasos que da entre bambalinas reflejan una preocupación creciente.

Putin contempla con lejanía esta situación. Contrariamente a lo que han proclamado los medios, el presidente ruso no esperaba gran cosa del magnate inmobiliario, más allá de su negligencia. Sabía que, para disimular cualquier actividad incriminatoria, Trump acentuaría sus posiciones de dureza frente a Kremlin. Pero, a la postre, esta actitud es también engañosa, irrelevante.

El presidente ruso se dispone a revalidar el control absoluto de su país, en unas elecciones que son puro trámite. Sus siete competidores apenas si llegan al 10% de los votos. El modelo Putin combina autoritarismo político, populismo económico y nacionalismo retórico. El ciudadano ruso es cínico, y cada vez más. No compra un mensaje de democracia, después del monumental fiasco de los noventa. Los apparatchiks se convirtieron en oportunistas empresarios. El comunismo se resolvió en un capitalismo salvaje, despiadado, criminal. 

De aquel desastre sólo emergieron unos servicios secretos reforzados, un gobierno opaco, oscuro e inclemente que ha enterrado la ideología y los principios y se ha refugiado en un discurso ampuloso de orgullo y dignidad nacionales.  Rusia camina hacia un modelo autoritario y personal de poder, basado en el control férreo de la sociedad y el clientelismo, asertivo en el exterior, más para tapar sus debilidades que como reflejo de su potencia real. El reciente caso del espía disidente asesinado con gas recrea las peores evocaciones de la guerra fría.

El tercer tenor es que goza de un registro más sólido y se atiene a un libreto más trabajado. Pero, como los otros dos, no tiene intención alguna de compartirlo a no ser que sus socios en el escenario acepten sus solos (sus designios) sin interferencias.

Al eliminar la limitación de mandatos presidenciales, Xi Jinping ha confirmado su condición de líder chino mas poderoso, incontestado y absoluto desde el Mao posterior a la revolución cultural. Se ha quitado de en medio a sus rivales mediante la herramienta de la lucha contra la corrupción, una manera muy taimada de purga a gran escala.

El proyecto de Xi se basa, como el de Putin, en dos grandes pilares: la mejora de las condiciones de vida de la población y la afirmación del poderío nacional de China en la escena externa. Pero contrariamente a su colega ruso, el gran mandarín de los tiempos actuales asienta su poder sobre bases más amplias, más firmes, más sistémicas. No depende de una banda de amigos (cronies). Goza de una estructura estatal mucho más desarrollada y compleja.

Tres tenores que sólo coinciden cuando pronuncian el verso del autoritarismo y de la sed de poder y la arrogancia. En absoluto puede esperarse de ellos un Yalta o un Potsdam. Sólo una cacofonía desalentadora y peligrosa.


EL BURDEL ITALIANO Y LA PENITENCIA ALEMANA


7 de marzo de 2018

                
“¡Qué burdel!”. Así caricaturizaba el diario IL TEMPO la situación política en Italia tras los resultados de las recientes elecciones generales. El titular va más allá de la ironía o el cinismo tan propio de la prensa transalpina. La imagen vulgarizada del periódico juega con la relatividad moral de la política italiana, la falta de principios ideológicos, de referencias programáticas, de honestidad de los dirigentes.
                
En efecto, la Italia política ha sido y es (¿por cuánto tiempo) un burdel donde cada cual se vende al mejor postor, o al que cree que puede pagarle la mejor tarifa. Estamos de momento en la fase de presentación y reconocimiento del género. ¿Quién se acostará con quién y cuánto costará el servicio? Nadie se atreve a pronosticarlo.
                
El sistema electoral combinaba la modalidad mayoritaria y proporcional. En la primera se premia al candidato individual y en la segunda al partido o, más propiamente, a la coalición. Esta combinación inédita ha facilitado un resultado con “dos vencedores”: el populista Movimiento 5 estrellas ha sido el partido con más porcentaje de votos y de diputados (32%), pero la coalición de la derecha y la extrema derecha (o de la extrema derecha con dos disfraces distintos) ha obtenido el mejor rédito, con un 37%. Lejos, unos y otros, del 40% necesario para poder formar un gobierno estable.
                
Era lo que se esperaba, más o menos. El presidente Mattarella, figura encargada de buscar la fórmula viable de gobierno, lo tiene difícil. La coalición derechista no reúne los diputados para obtener la confianza de la cámara, aún en el supuesto caso de que la Lega y Forza Italia se pusieran de acuerdo con el liderazgo, sin olvidarse del socio menor, los fratellos neofascistas.
                
Los ciudadanos han añadido más picante a las consultas poselectorales al otorgarle a la Lega más votos que a Forza Italia en el bloque derechista. Lo que altera la percepción de liderazgo en una hipotética coalición de gobierno. Berlusconi ha sido superado por Salvini, el joven líder bombástico de la antigua formación nordista. Il Cavaliere parece definitivamente amortizado, quizás la única buena noticia entre tanto sobresalto.
                
Las relaciones entre Berlusconi y Salvini no son ejemplares. De ahí que algunos analistas políticos italianos, acostumbrados al juego eterno de la deslealtad, la traición o el simple oportunismo, contemplen un acuerdo entre Lega y M5E.
                
EL SEMI-VUELCO TERRITORIAL
                
El semi-vuelco territorial es uno de los principales datos arrojados por las elecciones. La Lega ya había dejado de ser exclusivamente un partido del norte en su denominación y planteamiento políticos y doctrinarios, para convertirse en una opción de todo el país.  El electorado del sur ha “comprado” su transformación al otorgarle la segunda posición en el Mezzogiorno (mediodía), sólo por detrás del Movimiento Cinco Estrellas. Ha podido influir que el nuevo, joven y escasamente preparado líder de esta formación populista, Luca Di Maggio, sea originario de Nápoles.
                
Más allá de estos juegos poselectorales en los que los italianos han demostrado una consumada maestría, las elecciones dejan un regusto de inquietud e incertidumbre. Los dos vencedores mantienen posiciones críticas sobre el proyecto europeo. Algo especialmente chocante en un país que hasta hace pocos años era un baluarte del europeísmo (1)
                
Una eventual coalición entre la Lega y el M5E haría encender las alarmas en Bruselas, París, Berlín y otras capitales europeas. La dupla Salvini-Di Maggio estaría más cerca de la que componen el húngaro Orban y el polaco Kaczynski, que la representada por Merkel y Rajoy. Y, por supuesto, el leguista está más próximo a Marine Le Pen que a Macron.
                
No obstante, algunos comentaristas creen que ni Salvini ni Di Maggio, en esa supuesta “coalición de los dos vencedores”, o en cualquier otra, se atreverán a voltear el tablero europeo, más allá de ciertas peticiones de cambios, en particular en el dossier migratorio. Los leguistas mantienen posiciones claramente xenófobas y racistas, mientras los populistas se han parapetado en una ambigüedad oportunista o confusa (2).
               
EL CALVARIO SOCIALDEMÓCRATA
                
Por lo demás, las elecciones han significado un castigo para el centroizquierda (por debajo del 20% de los votos), uno más en una larga y dolorosa cadena de frustraciones. La desnaturalización de la opción progresista no hacía augurar otra cosa. En nombre de la gobernabilidad a toda costa, la socialdemocracia, en cada una de las formas que adopta en el viejo continente, ha perdido el alma; o mejor dicho, ha abandonado a su electorado.
                
Lo dice muy bien el analista Tony Barber en el FINANCIAL TIMES: no es el proyecto original de la socialdemocracia (estado de bienestar, creciente igualdad y trabajo estable) lo que ha sido rechazado por millones de electores, sino la tolerancia del socialismo democrático ante “los peores excesos del capitalismo financiero” y la “colusión con la derecha para que los menos favorecido paguen la factura del rescate” (3).
                
La derrota italiana subraya aún más la arriesgada decisión de los socialdemócratas alemanes de seguir manteniendo el gobierno de coalición con Angela Merkel. Las bases han revalidado la decisión de la dirección del partido por un margen de dos a uno (66%). A pesar de la claridad del resultado, el ambiente ha sido de funeral, de incomodidad, de creciente polarización, debido a la “repolitización del debate político como no ocurría en Alemania desde los años sesenta”, como sostiene Ulrich von Allemann, un politólogo de Düsseldorf (4)
                
De hecho, la decisión de seguir en la GrosKo (gross koalition) no se ha adoptado por convicción, sino, según la gastada fórmula italiana, con la nariz tapada. Se ha justificado por pura supervivencia: unas nuevas elecciones podrían acentuar el descalabro en las urnas, hasta el punto de ser superados por los populistas nacionalistas de Alternativa por Alemania (AfD).
                
La contradicción es perversa: el alejamiento de las referencias políticas e ideológicas desgasta social y electoralmente al partido y para revertir esta tendencia y evitar males mayores se incide en el error. El ala juvenil del SPD (los Jusos) denuncia esta política como suicida, pero los dirigentes más tradicionales del partido se aferran dramáticamente a ella (5).
                
El pragmatismo fue precisamente lo que impulsó al entonces joven y carismático alcalde de Florencia al liderazgo de la herencia comunista italiana, de la que resta una memoria cada vez más débil. Renzi era una especia de Blair del sur, otra de esas ilusiones de rostro atractivo con las que la socialdemocracia oculta sus carencias, errores y desconciertos.
                
Para bien o para mal, Renzi ha sido un émulo fallido del expremier ministro británico. El fracaso del domingo le ha hecho dimitir, aunque dice que permanecerá al frente del PD (desnaturalizado hasta en su denominación) para vigilar que no se apoyen soluciones de gobierno populistas, xenófobas o antieuropeas. Es la última traca en una historia de salvas sin verdadero impacto en la política italiana.

NOTAS.

(1) “Italie: un des pays le plus europhiles est devenu eurmorose et euroesceptique”. Entrevista con MARC LAZAR, profesor de Sciences Po en París y en Roma. LE MONDE, 6 de marzo.    

(2) “Two ways to read Five Star’s victory. RACHEL DONADIO. THE ATLANTIC, 5 de marzo.

(3) “Europe center left has lost voters’ trust”. TONY BARBER. FINANCIAL TIMES, 27 de febrero.

(4) “Allemagne: SPD, le gran desarroi”. THOMAS WIEDER. LE MONDE, 1 de marzo.

(5) “The 28-year-old socialist who could end the Merkel era”. KATRIN BENNHOLD. THE NEW YORK TIMES, 2 de marzo.

ITALIA: FASCISMO DE POLICHINELA

28 de febrero de 2018
                  
Al final, el riesgo más cierto de populismo en Europa occidental no venía de Austria, Holanda, Francia o Alemania. El eslabón frágil vuelve a situarse en el sur. Italia es, en este momento, la gran amenaza de una deriva racista y xenófoba, anclada en referentes históricos y apoyada en factores actuales de alta densidad perturbadora.
                  
Las elecciones del domingo se presentan inciertas. Por ley, no se pueden hacer sondeos después de dos semanas antes de la jornada electoral. La última encuesta, realizada por Ipsos para el Corriere della Sera (1) señala a la coalición derechista (Forza Italia, Liga y neofascistas) en cabeza de las preferencias (35,6%). Pero la formación más votada sería el movimiento populista Cinco estrellas (MS5), que rondaría el 28,6%, muy lejos, empero, del 40% necesario para poder formar gobierno sin recurrir a una alianza. Le seguiría muy de cerca una difusa e incierta coalición de centro-izquierda encabezada por el PD, que rozaría el 28%. Un tercio se confiesa aún indeciso.
                  
El nuevo sistema electoral, que distribuye los escaños en parte por voto directo mayoritarios a los candidatos uninominales y en parte por el voto proporcional obtenido por partidos y/o coaliciones, dificulta los cálculos. Por no hablar del voto oculto, escondido o directamente engañoso. Nadie se atreve a hacer pronósticos.

Las combinaciones políticas son dispares (2). La derecha recupera la formula favorita posterior a la I República: un menage a trois de conveniencia más que de convicciones. Los tres socios potenciales (berlusconianos, leguistas y neofascistas) se necesitan tanto como desconfían unos de otros. Por eso, Il Cavaliere se ofrece a derecha e izquierda en una hipotética versión italiana de la gran coalicion. Al fin y al cabo, ese es su rasgo marxiano: “si no te valen estos principios, tengo otros”.

LA XENOFOBIA COMO ALGUTINADOR

A los tres les une el mensaje xenófobo. Pero la partitura de cada uno presenta diferencias apreciables. La triada reaccionaria italiana fue frágil desde el principio, pero se sostuvo en la argamasa del poder. Ya es significativo que Berlusconi aspire de nuevo a su tercer periodo de gobierno. Ni las causas judiciales pendientes, ni la decrepitud disimulada por maquillajes y restauraciones sin límite, ni la falacia absoluta de su programa le han conseguido sacar de la escena. Por demérito de sus rivales, más que por méritos propios, naturalmente.            
                 
El peor escenario para Berlusconi es que la Liga sobrepase a su Forza Italia como partido más votado de la derecha (no procede decir hegemónico). El líder de los nordistas, Mateo Salvini, le disputa el estandarte. Es joven, carismático, enérgico y calculadamente demagogo. Le ha devuelto a la Liga lo que perdió tras la enfermedad y decadencia de su fundador, el ronco Bossi: la perspectiva del resurgimento. El alimento que ha vigorizado de nuevo a la Lega (ya desprovista de su carácter excluyentemente nordista) es la inmigración. Los 600.000 inmigrantes que han llegado a Italia en los últimos cuatro años han creado un caldo de cultivo para su mensaje racista, xenófobo, populista y demagogo. Marine Le Pen lo ha apadrinado y bendecido.
                  
El asesinato de un nigeriano al que se atribuyó sin prueba seria alguna la muerte de una italiana, a primeros de este mes, amplificó las alarmas. El agresor es un seguidor leguista que decía tener como objetivo limpiar Italia de extranjeros y preservar la identidad católica y la raza blanca. Salvini suavizó el discurso de su ‘soldado’, arrojando sobre el gobierno del centro-izquierda la responsabilidad de la violencia, por no haber sabido, querido o podio frenar la “avalancha” migratoria.
                  
Berlusconi se ha puesto de perfil ante la estridencia racista, pero no impugnó el mensaje fundamental: la inseguridad en las calles es consecuencia de la inmigración. Mucho más convencidos, los neofascistas rebautizados ahora como Fratelli (hermanos) se escudan en sus proclamas de nacionalismo rancio e identitario.
                  
Italia ha tenido que gestionar la llegada de centenares de miles de personas procedentes del norte y de África tras la convulsión desencadenada por la ‘primavera árabe”. El caos en Libia ha sido el factor determinante, no sólo por la afluencia de ciudadanos de este país, sino por el descontrol reinante, que ha impedido el control de los puertos y la salida desde sus puertos y costas de miles y miles de subsaharianos.

El exprimer ministro Renzi y su sucesor, Paolo, Gentiloni, se han desgañitado pidiendo ayuda a Europa, pero los sucesivos dispositivos han sido insuficientes para abordar el desafío migratorio (3). El venenoso debate de la inmigración ha contribuido al debilitamiento de la izquierda italiana. En realidad, el desbordamiento del Estado frente la enorme afluencia de personas que huyen de la miseria, la guerra y la desesperación ha sido la puntilla a una gestión errática, desconcertada y carente de referencias ideológicas y políticas.
                  
Como en otras partes de Europa, la desfigurada izquierda italiana no sabe a dónde va, después de haberse empeñado en borrar demasiadas huellas. Las familias clásicas durante décadas parecen apestadas, o por el fracaso del sistema socialista o por la corrupción; pero también por los falsarios mensajes del publicismo político local.

LABORATORIO DE LA IMPUDICIA POLÍTICA

En medio se mueve sin rumbo claro el Movimiento 5 estrellas, grupo heterogéneo, populista, ambiguo… y de dudosa solvencia:  en sus experiencias de gobierno municipal en Roma y Turín ha demostrado notable impericia. Conservan el encanto tan italiano de la novedad. El cinismo no les ha destruido aún. Papa Grillo ha dejado el sitio al joven Di Magio, otro producto de marketing sin demasiada sofisticación (4).

Berlusconi fue antes que Trump.  Colusión entre negocios privados e intereses públicos; el show-business como metodología; el machismo, epítome de la vulgaridad, amiguismo frente a competencia, desprecio del ridículo irrespetuoidad, frivolidad, improvisación y desgobierno. Todo eso lo hemos visto antes a orillas de Tíber que en las riberas del Potomac.

Se apunta ahora la nueva farsa: un neofascismo difuso, nacionalista, xenófobo, cómodo con las nuevas tecnologías y las redes sociales, bufonesco y vulgar, populista y resultón, inconsistente y pegadizo. Un fascismo de polichinela.


NOTAS

(1) CORRIERE DELLA SERA, 23 de febrero.

(2) IL SOLE 24 ORE, 25 de febrero.
           
(3) “L’Italie, seule dans le tempête migratoire”. JÉRÔME GAUTHERET. LE MONDE, 23 de febrero.

(4) CORRIERE DELLA SERA, 12 de febrero.

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POLONIA Y EUROPA: LA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA

21 de febrero de 2018

                
Ya se sabe que vivimos en el tiempo de la posverdad. El neologismo, incorporado muy recientemente en el Diccionario de la RAE, se refiere a la “distorsión deliberada de la realidad, mediante la manipulación de creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.
                 
La posverdad es una de las consecuencias de las fake news (falsas noticias), tan en boga en el área anglosajona. A veces, los más vocingleros denunciantes de estas informaciones tóxicas son los principales productores de lo que denuncian. Ahí tenemos el twiteador en jefe del mundo occidental como ejemplo insuperable de referencia.
                
Otra dimensión de la posverdad, relacionada con la anterior, pero con mayor calado político, sociológico y cultural, sería la falsificación, manipulación o mistificación de la historia. La mentira pura y dura.
                
En Europa este peligro, o esta enfermedad, es una constante histórica. Ahí están los ejemplos clásicos como el caso Dreyfuss, o los mitos sobre las amenazas exageradas o simplemente inventadas en las que se refugiaron el antisemitismo, el nacionalismo de distinto pelaje, el nazismo, el estalinismo y la propia democracia liberal.
                
LA MANCHA POLACA
                
En estos días asistimos a la más reciente recreación de la falsedad o el maquillaje de la verdad histórica. Son los mismos perros con distintos collares. En Polonia, la controvertida ley sobre la Shoah ha vuelto a encender las alarmas en organizaciones cívicas defensoras de la memoria histórica. El texto legal minimiza la responsabilidad de los polacos en el genocidio cometido en su territorio. Pero, sobre todo, criminaliza a quien responsabilice al gobierno o a ciudadanos polacos de instigar los crímenes nazis, con penas de prisión de hasta tres años (1).
                
Polonia no tuvo un régimen colaboracionista durante la ocupación nazi, como Francia, Hungría, Austria o Noruega, entre otros. Pero está acreditada la participación de instituciones e individuos polacos en el Holocausto judío. El tono virulento y antiliberal del gobierno local está virando claramente hacia el antisemitismo, según numerosas entidades de memoria. Los responsables de la Maison d’Izieu creen que asistimos a un “revisionismo de Estado” en Polonia. Serge Karlsfeld, miembro de la dirección de la Fundación Auschwitz-Birkenau, recuerda a los polacos que contribuyeron a salvar la vida de miles de judíos y pide un consenso social para modificar la ley impulsada por la derecha polaca ultranacionalista (2).
                
La clave de esta nueva reedición de la falsificación reside en el discurso del victimismo, que aparece como instrumento recurrente de ciertos sectores políticos polacos. El primer ministro Morawiecky ha llegado a decir que, desde la caída del régimen comunista, Polonia se ha comportado como un “conveniente niño llorón”.
                
Sin embargo, como señala Judy Dempsey, la directora del programa europeo de la Carnegie Fundation, Polonia se ha ganado elogios muy notables en el entorno europeo, ha revisado sus cómplices relaciones con Ucrania durante el nazismo, ha establecido nuevas bases de relación con Israel y ha asumido responsabilidades sobre la narrativa antisemita. Ha sido con el gobierno derechista del partido Ley y Justicia (PiS) cuando el país ha sido empujado hacia la senda del revisionismo histórico y la adulteración o el disimulo de la verdad (3).
                
Adam Michnik, uno de los más notables disidentes polacos durante el régimen comunista, y todavía hoy director del diario Gazeta Wyzborca, discrepa de la interpretación general sobre las motivaciones del gobierno polaco y atribuye la Ley sobre el Holocausto al empeño de la derecha nacionalista por mandar un mensaje de orgullo a la población, de superación de las humillaciones históricas (4).
                
UN PROBLEMA EUROPEO
                
A nadie debe extrañar la autoría de la penúltima iniciativa de distorsión de la realidad histórica europea. El gobierno ultranacionalista polaco comparte con el húngaro el innoble liderazgo de la manipulación histórica y política, pero no se trata de una atribución exclusiva. Los distintos movimientos nacionalistas, xenófobos, identitarios, racistas o autoritarios de distinta índole anclan su auge actual en la adulteración de la historia, en la manipulación de los sentimientos, en la contaminación de la memoria. Las tres áreas de expansión de la epidemia son Centroeuropa, el Báltico y el sudeste continental. Todos bajo la influencia, inspiración o el mimetismo de un neo-nacionalismo ortodoxo en Rusia (5).
                
En Hungría, el autoritarismo blando del primer ministro Viktor Orban ha conseguido dominar el discurso político institucional y las pulsaciones sociales, con el argumento socorrido de la lucha contra la inmigración. El mandato del líder húngaro puede verse reforzado en los comicios legislativos del próximo mes de abril, debido a la concienzuda manipulación de los distritos electorales (6).
                
El veneno de la manipulación histórica, vinculado a las formas más peligrosas del nacionalismo y sus derivados, es un fenómeno del que no se libre prácticamente ningún país europeo, como sostiene Natalie Nougayrède. “El consenso sobre hechos básicos ya no está garantizado”, sostiene. Ni siquiera en Alemania, la nación que quizás más ha trabajado a favor de la vigilancia de la verdad histórica, debido a sus graves responsabilidades del pasado siglo. La Vergangenheitsbewältigung (noción de difícil traducción) combina las actitudes de análisis, aprendizaje y aceptación (7).
                
Sin embargo, pese a la constante tarea educativa, social y política realizada durante más de medio siglo, surgen también en Alemania grupos, movimientos, partidos y corrientes de opinión que empiezan a atreverse con cierto revisionismo del pasado. Aunque la apología, incluso la justificación o minimización de los crímenes, o simplemente de la ideología nazi, constituyen un delito en aquel país, se asiste a un creciente equilibrismo del discurso xenófobo y nacionalista que despierta menos rechazo que hace unos años.
                
Los síntomas de la adulteración histórica también se perciben en el resto de la Europa occidental, impulsada desde sectores revisionistas, nostálgicos o negacionistas. Ahí están los ejemplos de la Francia lepenista, la Gran Bretaña del Brexit, la España que se aferra a los símbolos y resonancias franquistas, la Italia asustada por la inmigración que acude a gestos e invocaciones fascistas, etc. Nougayréde reclama, con todo sentido, celebraciones, memoriales, programas educativos o museos en los que se reivindique la convivencia de los distintos tejidos nacionales europeos. Habría que añadir el apoyo y la promoción de las iniciativas de defensa de la memoria histórica y democrática. Mientras esas y otras iniciativas no se produzcan y arraiguen en la mentalidad europea, la historia seguirá convirtiéndose en uno de los campos de cultivo de la intolerancia y la violencia en el continente.


NOTAS

(1) “Poland`s Jews fear for the futures under the new Holocaust law”. CHRISTIAN DAVIS. THE OBSERVER, 10 de febrero.

(2) LE MONDE, 19 y 20 de febrero.

(3) Poland’s Narrative of Victimhood. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 6 de febrero.

(4) “In laws, rethoric and acts of violence, Europe is rewriting dark chapters of its past”. THE WASHINGTON POST, 19 de febrero.

 (5) “Rewriting History in Eastern Europe. Poland’s new Holocaust law and the politics of the past. VOLHA CHARNYSH y EVGENI FINKEL. FOREIGN AFFAIRS, 14 de febrero.

 (6) “As West fears of the rising autocrats, Hungary shows what’s possible”. PATRICK KINGSLEY. THE NEW YORK TIMES, 10 de febrero.

 (7) “Europe’s future now rests on who owns the history orf the past”. NATALIE NOUGAYRÈDE. THE GUARDIAN, 13 de febrero.