ALARDES ULTRAS EN EUROPA: ALGO MÁS QUE ALGARADAS

5 de septiembre de 2018

                
El verano ha estado cargado de alardes ultraderechistas en Europa, para escándalo de los sectores más sensibles de la población, pero ante la indiferencia, resignación o incluso pasividad de buena parte de la ciudadanía.
                
Los acontecimientos más gruesos tuvieron lugar en Chemnitz, localidad de Sajonia, länder oriental de Alemania. Sucesivas manifestaciones, marchas y pronunciamientos xenófobos, racistas y violentos aventaron los crecientes temores a una deriva autoritaria en la sociedad alemana.
                
El desencadenante fue el asesinato de un ciudadano germano-cubano, supuestamente cometido por dos refugiados, uno iraquí y otro sirio. Diversos grupos del espectro ultra se apresuraron a tomar el centro de la ciudad para denunciar la inseguridad y el riesgo de criminalidad que la afluencia de extranjeros refugiados ha provocado en todo el país. La policía quedó desbordada, lo que alentó a los manifestantes a prolongar y endurecer sus protestas, hasta que grupos de extrema izquierda decidieron oponer una resistencia activa.
                
Chemnitz es un síntoma de este renacido malestar alemán supuestamente provocado por el incremento de la inmigración, o más bien por la manipulación de la que es objeto. Se trata, no obstante, de un fenómeno que, como bien se sabe, trasciende el ámbito alemán para convertirse en el fenómeno más desestabilizador de las sociedades europeas actuales. En las semanas previas habíamos asistido a la polémica atizada por la derecha xenófoba gobernante italiana, ante la llegada de personas desesperadas desde África a través del Mediterráneo.
                
Se corre el peligro de considerar los actos violentos de Chemnitz, el cierre de los puertos meridionales de Italia o las innumerables muestras de intransigencia que se suceden en espacios públicos y privados europeos como expresiones desagradables e inquietantes, pero en absoluto mayoritarias o generalizadas. Incluso es razonable admitir que una excesiva propagación de alarma termina sirviendo de altavoz a estas manifestaciones inaceptables.
                
Pero conviene evitar la confianza en que la sangre no llegará al río, o en que estas tendencias terminarán agotándose en sí mismas. Estos días se debate en Alemania sobre la inercia o falta de reflejos de los aparatos del Estado en la prevención de estos sobresaltos extremistas. La proliferación de grupos ultras, más o menos coordinados, confusos en sus objetivos aunque coincidentes en sus métodos, hubiera merecido una mayor atención. Ciertamente, no han faltado políticos y ciudadanos que llevaban tiempo alertando de ello (1).
                
LA DIMENSIÓN INSTITUCIONAL

Lo más preocupante es que estas algaradas xenófobas encuentran eco estructurado en el espacio institucional. El triunfo de la xenófoba Lega en las recientes elecciones italianas se ha visto prolongado en las últimas semanas con encuestas que apuntan a un crecimiento de las preferencias electorales del partido del popular ministro del Interior. Pero Salvini, tan amante de las fronteras, no límites para su visión y propone ampliarla en un movimiento europeo (2). 
                
En Alemania, se registra un fortalecimiento demoscópico de Alternativa por Alemania (AfD), la primera formación radical derechista en ingresar en el Bundestag (90 diputados), como suelen señalar los analistas políticos alemanes. Esto último exige un matiz. La rama bávara de la democracia cristiana, la CSU (Unión Cristiano Social) constituye el partido hegemónico de ese länder desde hace décadas y sus posiciones no han sido precisamente moderadas; de hecho, en los últimos años ha radicalizado su mensaje en materia migratoria, hasta el punto de poner en riesgo extremo la coalición de toda la vida con la CDU de la canciller Merkel.
                
Baviera celebra elecciones autonómicas en septiembre. Hasta hace sólo unas semanas los principales líderes de la CSU creyeron rentable radicalizar sus propuestas hostiles a la inmigración, para no dejarse ganar el terreno por la AfD. Sin embargo, el efecto de este empeño parece haber sido el contrario al esperado. Las encuestas habrían indicado un estancamiento, o incluso un retroceso en las perspectivas electorales, lo que ha motivado un cambio inesperado de mensaje, en este caso, en la dirección moderada (3).
                
Los ecos de Sajonia y el termómetro de Baviera reflejan el desencaje del panorama socio-político alemán. La fragmentación de la voluntad electoral responde a esta tendencia, y puede verse incrementada con la reciente aparición de un nuevo movimiento, en este caso en el extremo opuesto del espectro político. De las filas de Die Linke (La Izquierda) ha surgido una iniciativa, autodenominada Aufstehen (algo así como Levantamiento o En pie), que pretende aglutinar el malestar social por la apertura de fronteras, pero desde posiciones de izquierda. Uno de sus promotoras es Sarah Wagenknecht, hasta ahora líder adjunta de Die Linke, partido nacido por la convergencia entre la izquierda socialista de Oskar Lafontaine y los restos del PDS (trasunto del SED, el extinto partido comunista único de la Alemania Oriental).
                
Las frustraciones sociales generadas por la reunificación alemana en el territorio oriental han sido durante años un fecundo campo de cultivo para todo tipo de manifestaciones de malestar y radicalidad políticas. Pero ha sido la ultraderecha quien ha atraído a la gran mayoría de los descontentos. Wagenknecht ha dicho que “está harta de dejar la calle en manos de la ultraderecha” y pretende canalizar esa malestar hacia posiciones de protesta izquierdista (4). Una manifestación más de la insurgencia frente al consenso centrista, que parecía tener en Alemania su feudo más sólido.
                
DEMONIOS EN EL PARAÍSO

Algo similar ocurre en Suecia, otrora baluarte del modelo reformista de posguerra y principal ejemplo de éxito de la socialdemocracia europea. Las elecciones de este próximo domingo pueden certificar la consolidación de la ultraderecha xenófoba como partido de gobierno y la confirmación de la decadencia socialdemócrata. La derecha parece dispuesta a considerar una coalición con estos parvenus para acceder al gobierno, privilegio del que ha disfrutado en muy pocas ocasiones a lo largo de las siete u ocho últimas décadas. Se perfilaría, en definitiva, una versión sueca de la fórmula austriaca, la convergencia de las derechas, diferentes más en estéticas que en mensajes y programas.
                
Suecia sigue el itinerario alemán, danés y europeo. Como dice el conspicuo Carl Bildt, líder de los moderaten (liberales), “el modelo sueco se ha fundido”. El país ha acogido a más de 150.000 extranjeros desde 2015, una cifra considerable para una población de poco más de 10 millones de habitantes. La crisis ha tensionado el emblemático sistema de protección social sueco y el virus de la austeridad ha corroído convicciones antaño sólidas (5).
                
Malmöe constituye una avanzadilla del avance populista ultra. La segunda ciudad del país, principal urbe meridional, es el laboratorio de la nueva realidad política, pero sobre todo de la manipulación de mitos y miedos. El paro, el aumento de la población musulmana y la criminalidad (la real y la ficticia o exagerada) ha servido de fertilizante a la extrema derecha, en una ciudad dual, en la que el espejo deformado de Rosengard (el “Chicago escandinavo”) es vecino de un centro encantador o del distrito high-tech de Västra-Hamnen (6).
                
El auge extremista exige algo más que denuncias y alarmas. Dos profesores de la Universidad de Viena, Markus Wagner y Tomas Meyer, proponen una reflexión sobre el efecto de la inmigración y la crisis en el discurso y la praxis de los partidos políticos europeos (7). Más allá de los clichés, prejuicios o posiciones aparentemente de principios, se antoja imprescindible una revisión de la estrategias. La asunción por la derecha moderada europea de ciertos presupuestos de la ultraderecha no ha hecho a esta más moderada, sino al contrario (de ahí el afloramiento neonazi sin tapujos en Chemnitz, por ejemplo). A su vez, el desplazamiento de la óptica liberal a la autoritaria es ahora más perceptible en el centro-izquierda que hace treinta años.

NOTAS

(1) “The Riots in Chemnitz and their aftermath: the return of the ugly German”. DER SPIEGEL, 31 de Agosto.

(2) “Salvini lance l’idée de une ‘Ligue des ligues’ en Europe”. LE MONDE, 2 de julio.          

(3) “Ebranlé par l’extrême droite, la CSU recentra sa campagne en Bavière”. LE MONDE, 29 de agosto.

(4) “Una izquierda por las fronteras”. LA VANGUARDIA, 5 de septiembre.

(5) “Sweden was long seen as a ‘moral superpower’. That maybe changing”. THE NEW YORK TIMES, 3 de septiembre.

(6) “Malmö, epouvantail de l’extrême droite”. LE MONDE, 31 de agosto.

(7) “Decades under influence. How european’s parties have been shifting right”. MARKUS WAGNER y THOMAS MEYER. FOREIGN AFFAIRS, 4 de abril.

PAKISTÁN: EL EJÉRCITO ELIGE EL POPULISMO

 1 de agosto de 2018

                
Las recientes elecciones legislativas en Pakistán parecen haber confirmado el triunfo de una populista tercera vía o, dicho de otro modo, el alejamiento de las opciones políticas tradicionales. Se trataría de un cambio sólo en apariencia. En realidad, se impone el único poder que cuenta en el país: el Ejército.
                
El vencedor formal de las elecciones es el nacional populista Imran Khan, excapitán del equipo nacional de cricket y campeón del mundo en 1992, venciendo en la final a la expotencia colonial, Inglaterra, en una gesta que le convirtió, desde entonces, en una especie de héroe nacional. Aquel éxito remoto no fue ajeno a la intervención militar. El entonces todopoderoso presidente-general (golpista, por supuesto) Zia Ul-haq lo había convencido unos años antes para que tomara de nuevo los palos tras una prematura retirada, con tal fortuna que su regreso significó el mayor éxito internacional de su país.
                
Khan era por entonces una celebridad... pero muy lejos de la patria. Se había educado al gusto de las élites, en Oxford. Frecuentaba círculos de la alta sociedad británica, se labró reputación de bon-vivant y play-boy y se esposó con la hija del multimillonario James Goldsmith, con quien tuvo dos hijos (1)
                
El pedigrí de Khan le sirvió para dejarse seducir por la tentación de la política, empeño para el que no parecía destinado. Pero una cosa era acertar con la bola y otra con el arte de canalizar votos. Khan era demasiado ajeno al laberinto de favores, clientelas y resortes del poder en su país y fracasó. A finales de los noventa, además, el Ejército se cansó de permitir a las plutocracias políticas que pretendieran gobernar y tomó de nuevo las riendas, sin disimulo ni figuras interpuestas.
                
El excapitán de cricket no se rindió nunca del todo y siguió intentándolo, no tanto por la solidez de sus propuestas, confusas, erráticas, contradictorias, sino por la debilidad de sus rivales, las dos grandes familias (dinastías/empresas) políticas del país: los Sharif y los Bhutto, centro derecha y centro izquierda, respectivamente (2).
                
La historia de Pakistán (“país de los puros”, reza su denominación oficial) constituye una enorme e interminable tragedia. Es el sexto país más poblado del mundo y el segundo en fieles musulmanes, dotado de arma nuclear y vivero de grupos extremistas islámicos, socio a la vez de Estados Unidos y de China en ese gozne geoestratégico que une el Extremo Oriente con el Oriente Medio. Nació de la herida original de la India independiente, para establecerse como la patria de los musulmanes.  Pero lejos de ser religiosamente puro, tuvo que afrontar la diversidad religiosa y étnica y lo hizo al modo trágico. La segregación de Bengala Oriental (Bangladesh) fue uno de los episodios más espantosos de las últimas décadas.
                
Antes y después de esa enorme catástrofe, Pakistán era, fundamentalmente un Estado cuartel. La democracia política no ha dejado de ser una mera apariencia, un instrumento de los militares para administrar su omnímodo poder, según las circunstancias. Cuando ciertas élites políticas cobraron más autonomía de la otorgado, los militares no dudaron en acabar con sus pretensiones. Ocurrió con la familiar Bhutto, primero en los setenta, con el sangriento derrocamiento de Zulfikar Alí Bhutto, líder de un proyecto popular construido desde arriba. Parecida suerte corrió su hija Benazir, destituida primero y asesinada después (tanto da por quien, ya que es imposible concebir un complot sin el conocimiento/aquiescencia militar, debido a los alargados tentáculos del Ejército entre los grupos extremistas islámicos que odiaban a la carismática líder pakistaní.
                
La otra familia ilustre, los Sharif, han corrido una suerte menos dramática, pero no más afortunada. El jefe del clan, Nawaz, rival de los Bhutto desde posiciones mucho más conservadores, musulmán nacionalista, pretendió seducir a los militares y quizás lo hizo durante un tiempo, pero su gran error consistió en poder actuar por su cuenta. Pagó por ello, con pena de oprobio y destierro. Más recientemente, la filtración de existencia de cuentas opacas en paraísos fiscales publicadas por Wikileaks, quizás inducida desde el poderoso aparato de inteligencia militar, el ISI, le condujeron a prisión y a su inhabilitación política, apenas una semanas antes de las elecciones. En compañía de su hija, para abortar cualquier tentación dinástica. Fue su hermano el encargado de liderar la debilitada Liga Musulmana, presa fácil de un Imran Khan, ya a lomos de la yeguada militar. (3)
                
En efecto, la estrella legendaria del cricket parece ser la nueva marioneta de los generales. Algunos investigadores, como Christina Fair, de Georgetown, han acreditado la variedad de artimañas e incluso de groseras manipulaciones para favorecer el triunfo de Khan (4) Sin descartar el fraude puro y duro, según denuncias bastante creíbles. Casi 400.000 soldados controlaron los colegios electorales, oficialmente para prevenir disturbios, pretensión inútil ya que los grupos terroristas se emplearon con la aparente impunidad acostumbrada (5).
                
Khan se había ganado el favor militar en años anteriores regresando al Islam. Hizo ostentación de su condición de renacido, enterrando su vida casquivana de los noventa. Después de divorciarse de la multimillonaria británica (con quien sigue manteniendo buenas relaciones) se casó dos veces más. Su actual esposa es una devota musulmana que parece haberle influido en la adopción de políticas ultraconservadoras. A pesar de que su base electoral son las clases medias urbanas, hastiadas de la corrupción, y supuestamente más occidentalizadas, Khan ha apoyado leyes sumamente retrógradas en materia de género, lo que le ha ganado el favor de partidos y movimiento ultraconservadores. También le ha hecho guiños de complicidad a los talibán pakistaníes. No han faltado tampoco demostraciones de brutalidad de algunos de sus seguidores, como denuncia en un artículo espeluznante la nieta de Zulfikar Alí Bhutto (6).
                
En cuando a sus propuestas exteriores, se ha refugiado en la ambigüedad. Para no irritar a los militares, ha mantenido un discurso de firmeza frente a la India, la archienemiga existencial del país, sin cerrar del todo la puerta a la negociación, para no incurrir en el error que le costó el puesto a Sharif. Con Estados Unidos ha jugado al caliente y al frío. Ha sorteado con cierta habilidades las embestidas de Trump, sin entrar demasiado al trapo de las provocaciones. Después de todo, en Pakistán hay quien dice que Khan guarda una cierta semejanza con el presidente hotelero, aunque suavizada por su educación británicas y sus maneras suaves (7). Con China tendrá que mantener la relación de dependencia crónica. No le bastará con eso. Pakistán necesita urgente financiación internacional (se habla de un inminente préstamo de 15 mil millones de dólares del FMI) para sostener una divisa ultra devaluada y salvar infraestructuras, en particular la eléctrica, al borde del colapso.
                
Khan tendrá que hacer tragables esos ineludibles compromisos internacionales a sus inevitable socios internos. A pesar de su victoria, está obligado a pactar con varios grupos pequeños de orientación religiosa y conservadora, inspirados y pastoreados por el Ejército. Aunque algunos analistas apunten la posibilidad de sorpresas (8), lo más probable es que la gestión del futuro primer ministro se vea fuertemente condicionada, tutelada, vigilada. A la postre, lo de siempre.


NOTAS

(1) “Au Pakistan, la revanche del ‘capitan’ de cricket Imran Khan. LE MONDE, 27 de julio.

(2) “The rise, fall and rise again of Imran Khan, Pakistan’s next leader”. THE NEW YORK TIMES, 26 de julio.

 (3) “Is Democracy Dying in Pakistan”. AHMED RASHID. FOREIGN AFFAIRS, 19 de julio.

(4) “Pakistan’s sham election. How the Army chose Imran Khan”. C.CHRISTINE FAIR. FOREIGN AFFAIRS, 27 de julio.

(5) “Pakistan election in disarray as incumbent rejects result”. THE GUARDIAN, 26 de julio.

(6) “Imran Khan is only a player in the circus run by Pakistan’s military”. FATIMA BHUTTO. THE GUARDIAN, 24 de julio.

(7) “After Pakistani heated election, key parties lend support to Imran Khan”. THE NEW YORK TIMES, 28 de julio.

(8) “¿Did Pakistan’s Imran Khan win a ‘dirty’ election or a real mandate?”. MADIHA AFZAL. BROOKING INSTITUTION, 27 de julio.

GEOPOLÍTICA DEL FÚTBOL: CUANDO EL BALÓN VUELVE A SER PATRIÓTICO


25 de julio de 2018

            
El fútbol y la política están indefectiblemente vinculados, por mucho que no pocos agentes del uno y de la otra se empeñen en negarlo o condenarlo, incluso quienes más alientan o se aprovechan de esa convergencia. El reciente Campeonato Mundial de Fútbol ha sido un escaparate privilegiado de ello.
            
El fútbol se politiza en la medida en que es un recurso propagandístico de gran alcance e intensidad. Y la política se reduce, con bastante frecuencia, a los impulsos propios del fútbol más profesional, menos romántico u olímpico, cuando se afianza la competitividad, la victoria por encima de cualquier otro objetivo y el ataque o la descalificación del contrario.
            
El Mundial tiene otro efecto equívoco. Edulcora la tendencia globalizadora, que en el fútbol es tan señalada como en la economía. No en vano, no existe un deporte más dominado por las dinámicas del negocio. Pocos espectáculos mueven tanto dinero como el fútbol. No hay estrellas mejor pagadas que los mitos del balompié.
            
La globalización ha borrado las señas de identidad nacionales en la rivalidad que enfrenta a los clubes, sociedades capitalistas o afines en su gran mayoría. Los equipos más competitivos en Europa (meca del fútbol, aún) están integrados por jugadores de diversos países (europeos o no), incluso de forma mayoritaria en el caso de los más potentes. Son muy pocos los nacionales que tienen ficha en esos clubes. El caso de Athletic de Bilbao, tantas veces considerado obsoleto y un tanto rancio, es una excepción en el panorama europeo, por lo demás contemplada con una mezcla de simpatía y desprecio, según qué miradas.
           
El Mundial (o la Eurocopa y la Copa Libertadores, por citar sólo los más importantes campeonatos regionales) ofrecen el orgullo ceremonial de “vestir la camiseta nacional”. Los jugadores (no los entrenadores, en cambio) se alinean de nuevo por banderas y escuchan el himno patrio antes del partido. Luego, en el terreno de juego se agrupan en el esfuerzo con otros futbolistas que son rivales en las ligas donde juegan durante el año, y se enfrentan a otros que son colegas en sus clubes pero con los que no comparten pasaporte.
            
Esta inversión nacionalista de un futbol sin patria genera una energía política que es muy difícil ignorar. Los dirigentes contemplan en la ceremonia del Mundial (o sus versiones regionales menores) una oportunidad para unificar mensajes, capitalizar orgullos e incrementar índices de popularidad.    
        
Se ha resaltado el uso que el presidente ruso ha hecho del Mundial, igual que otros autócratas se beneficiaron de anteriores citas históricas. Ahí está en el torneo argentino de 1978, celebrado en pleno auge de la dictadura militar, o el campeonato mexicano, jugado pocos días después de la matanza de la Plaza de Tlatelolco, en 1968. Otros ejemplos son más sutiles o menos clamorosos: como la victoria (sin mayores consecuencias) de la RDA sobre la RFA en el Mundial celebrado en Alemania durante la plena vigencia de la Ostpolititk de Willy Brandt.
            
LA VICTORIA DE PUTIN    
            
Muchos analistas parecen decididos a reconocer que el líder ruso ha ganado el entorchado propagandístico o político, aunque Rusia quedara apeada en cuartos de final, después de eliminar a España, precisamente. Putin, sin embargo, dosificó muy bien su presencia en los palcos, entre otras cosas porque los invitados eludieron cuanto pudieron aparecer junto a él (1).

El patrón del Kremlin eligió bien cuando reforzar su defensa y los momentos propicios para pasar al ataque. El gol más influyente tuvo lugar acabado el torneo: durante la cumbre con Donald Trump en Helsinki. Putin entregó a Trump un balón oficial del Mundial con mensaje adosado: “la pelota está ahora en su tejado”. No se refería a la competición deportiva, claro está, aunque Estados Unidos acabara de ganar la puja para organizar el Mundial de 2026, en colaboración con sus socios ahora malavenidos de la NAFTA (Canadá y México).

Con este guiño esférico y envenenado, Putin coronó una rueda de prensa calificada como humillante por muchos políticos, medios y analistas norteamericanos. El líder ruso hurgo con paciencia y astucia en la herida de las relaciones bilaterales, profundamente erosionadas por la rivalidad geopolítica, la supuesta interferencia rusa en las elecciones norteamericanas y, sobre todo, las sospechas de colusión entre la campaña del candidato hotelero y los servicios de inteligencia rusos.
       
ÁFRICA: AMARGURA Y GLORIA.
          
Una vez más, el Mundial fue una ilusión frustrado para las naciones africanas. Pero no tanto para los africanos ( o para los descendientes de africanos). Sus hazañas deportivas se enredaron con la patata siempre caliente de la inmigración. La notable participación en el equipo francés de jugadores de origen africano alentó un debate sobre los méritos nacionales. Un caso compartido con otras selecciones que llegaron a semifinales, como la belga o la inglesa (2).

Sectores próximos al antiguo Frente Nacional galo comentaron con cierto sarcasmo que la identidad francesa quedaba desvaída en los bleus. A estos comentarios de tono racista se replicó que los jugadores de origen africano eran tan franceses como los de ascendencia europea. Pero la discusión se complicó un poco más. Hubo quien alertó sobre la intención de quienes veían en los jugadores africanos un ejemplo de las bondades de la integración: al cabo, sostenían esos críticos, los futbolistas son parte de esa élite migratoria y no ejemplo significativo de las condiciones de vida que soporta la mayoría de quienes comparten su origen (3).

LOS FANTASMAS NACIONALISTAS

El nacionalismo sedicente encontró su expresión más ruidosa no en el sueño (deportivo) truncado de la anfitriona Rusia, sino en el exhibicionismo ruidoso de la modesta Croacia, con su jefa de Estado ataviada como una hincha más en palcos, inmediaciones de los estadios y (sin pudor digno de mejor causa) en los vestuarios.

La muy joven nación croata desplegó mucho orgullo, pero escondió con cuidado sus no pocas vergüenzas adheridas a la propaganda del fútbol. Su principal estrella, Luca Modric, jugador del Real Madrid, está inmerso en una causa judicial en su país, por supuesta complicidad y/o encubrimiento del expresidente del Dinamo de Zagreb, Zdravko Mamic. Este personaje está procesado por corrupción. Modric, como otros compañeros suyos de selección, se habría avenido a sus prácticas fraudulentas con motivo de su traspaso, hace diez años, al club inglés del Tottenham (4), donde jugó unos años antes de ser fichado por Florentino Pérez. Hijo de refugiados croatas de la ciudad de Osijek, en la Eslavonia oriental, Modric ha asumido ese discurso nacionalista que sirvió tanto para la guerra de independencia como para la construcción del nuevo país. Las hinchadas croatas suelen resucitar los peores demonios de la simpatía filonazi durante la segunda guerra mundial.

Un ejemplo de distinto corte lo hemos encontrado en Bélgica, donde la rivalidad entre flamencos y valones, muy agudizada por el oleaje nacionalista de los últimos años en Europa, suele quedar temporalmente amortiguada por el empeño común de la selección nacional. Sólo la cerveza, dicen algunos, compite con el fútbol como factor aglutinador del país. Claro que la ilusión de un triunfo belga, alentada por el mejor juego entre los 32 participantes, se mostró tal final tan efímera como la espuma del alcohólico brebaje.

En unas pocas semanas, antes de que se acaben las vacaciones estivales para muchos de los aficionados, volverá a rodar el balón en las ligas europeas, bajo la sombra de las banderas. Mientras tanto, la globalización futbolística, engrasada por el dinero de televisiones y de las marcas publicitarias, acallará los himnos y propiciará fichajes y contratos millonarios. El orgullo nacional pasará a segundo plano y ocupará el centro de atención la rivalidad apátrida de los equipos multinacionales y multiétnicos.


NOTAS

(1) “Russia’s goals won’t end with the World Cup”. DANIEL B. BAER. FOREIGN POLICY, 2 de julio.

(2) “The World Cup is a victory for the inmigration dream”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 12 de julio.

(3) “L’équipe de la France, objet politque, malgré elle”. LE MONDE, 11 de julio.

(4) “Croatia’s soccer stars should be heroes. Instead, they are hated”. MATTHEW HALL. FOREIGN POLICY, 6 de julio.

(5) “Contra les bleus, les belges joueront bien plus qu’une demi-final. COURRIER INTERNATIONAL, 10 de julio.

NICARAGUA: EL COMANDANTE EN SU LABERINTO


19 de julio de 2018
           
Nicaragua es uno de los ejemplos más lacerantes de la decepción revolucionaria. La oleada de represión y violencia que vive desde hace tres meses en el pequeño país centroamericano evidencia el fracaso de la última rebelión genuinamente popular del siglo XX, de cuyo triunfo se cumplen este jueves 39 años.

Después de cuarenta años de dictadura de los Somoza, brutal, sanguinaria, auspiciada y protegida por Estados Unidos, han seguido otras cuatro décadas de revolución popular, desencanto, contrarrevolución armada no culminada pero calculadamente desestabilizadora, intentos liberales más o menos fallidos, democracia discutida y discutible, transformación de los ideales revolucionarios en esquemas burocráticos y reflejos de casta. Hasta llegar, en la actualidad, a una amarga reproducción deformada de un autoritarismo torpe y brutal,

Hace tiempo que el sandinismo se disolvió en sus contradicciones y errores, en sus abusos y debilidades personales y de clan, en sus excesos y cortedades. Los líderes de la revolución rompieron dolorosamente y hasta violentamente entre ellos, tomaron caminos distintos y distantes, reclamaron herencias legítimas e ilegítimas y dejaron o no pudieron evitar una deriva indeseable.
          
Daniel Ortega, el primus interpares de aquellos nueve comandantes que  compusieron el mando colegiado de la Revolución, tuvo más voluntad, ambición o audacia que sus colegas para asumir el timón político. Después de ser desalojado del gobierno electoralmente en 1990, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, aún con su denominación original, era irreconocible para la mayoría de sus fundadores cuando recuperó el poder por las urnas en 2007, con Daniel Ortega como estandarte.
        
El segundo Daniel era otro Daniel, como el sandinismo ya no era el sandinismo. Las viejas proclamas revolucionarias y los ardores ideológicos se habían transformado en eslóganes oportunistas. Al espíritu frentista le sustituyó un instinto pactista. Los antiguos enemigos (en particular la jerarquía católica y el empresariado) fueron seducidos por ese Daniel Ortega redivivo, reformado, adaptado a las nuevas realidades del país, aunque conservara, por razones táctica, cierta retórica de antaño para consumo interno, pero sobre todo para seducir a la Venezuela chavista, que le proporcionaría notable apoyo económico y financiero (1).

            
La burguesía nicaragüense, que siempre receló de la transformación del “nuevo” sandinismo, terminó comprando el discurso oportunista de Ortega. No por ingenuidad, por supuesto: por interés, por codicia.
            
La alianza con la Iglesia, o mejor dicho con la jerarquía eclesiástica, tuvo un alcance político mayor. El todopoderoso Cardenal Miguel Obando y Bravo, enemigo histórico principal del sandinismo, y luego inspirador de la contrarrevolución, se convirtió en legitimador esencial de la transformación orteguiana. Algunas versiones explican este giro por un pacto innoble, inconfesable: a cambio de la vista gorda sobre los negocios fraudulentos de un protegido de Obando (un hijo bastardo, según ciertos rumores vox populi), el arzobispo se avino a extender su bendición sobre Ortega y su esposa, Rosario Murillo, con quien había vivido en unión libre (o sea, en pecado) durante veinte años, y los unió cristianamente en el altar (2).
         
Ortega no se conformó con este enjuague de poder. Sinceramente o no, empezó a deslizarse hacia un cristianismo militante, que no era precisamente el de la teología de la liberación, sino el de un fundamentalismo formalista y un tanto místico.
            
Con los empresarios, el Presidente-comandante mostró también una ductilidad muy del agrado de los partidarios hemisféricos de la libre empresa (del neoliberalismo, más bien) en esa parte cautiva del continente. En Washington importó poco que Ortega se alineara con la línea chavista de las izquierdas latinoamericanas, porque proclamaba una cosa, pero, en el frente interno, hacía otra bien distinta.

            
El país creció económicamente, las inversiones extranjeras se sintieron atraídas por el reformismo orteguiano y hasta se agradecía el autoritarismo rampante que garantizaba el control social, el embridamiento, cuando no la neutralización, de la oposición y la progresiva evolución hacia un régimen personal… o familiar. Tanto daba Daniel como Rosario, ya convertida en vicepresidenta, ideóloga, mentora y auténtica líder en la sombra de una Nicaragua cada vez más sombría, más espectral (3).
            
Esta primavera, las contradicciones de tal engendro saltó por los aires, cuando los indicios de crisis obligaron al régimen a recortar beneficios sociales e imponer cargas fiscales para mantener el edificio clientelar construido durante una década. La Iglesia, siempre atenta a los bandazos sociales, empezó a alejarse del régimen, sobre todo cuando Obando abandonó primero la escena y luego este mundo material al que siempre mostró tanto apego (4).
            
La punta de lanza de la protesta social contra el orteguismo (en realidad, el murillismo) han sido los estudiantes. Bajo un impulso ideológico difuso, quizás por el agotamiento de las últimas décadas, los estudiantes asumieron el liderazgo de una sociedad civil narcotizada, neutralizada o desconcertada. En abril, las protestas se tornaron más contundentes, el régimen se asustó, la policía comenzó a tirar a matar y esa violencia latente siempre en Centroamérica emergió de nuevo con la brutalidad habitual. La sombra de Somoza impregnó las memorias y las conciencias: “Daniel y Somoza son la misma cosa”, gritan desde entonces los estudiantes. Una proclama devastadora para la legitimidad histórica del sandinismo (5).    
            
Trescientos muertos en tres meses son muchos muertos para afirmar que los revoltosos son una “minoría tóxica” (Murillo dixit). La policía y las fuerzas de seguridad parecen leales a la pareja gobernante, como suele ocurrir en todos los regímenes autoritarios, apoyados naturalmente por unidades paramilitares. Sin embargo, no existe la misma convicción con el ejército. La politización de los primeros años de gobierno revolucionario dio paso a unas fuerzas armadas más profesionales, menos ideologizadas. Aunque Ortega trató de reinstaurar lealtades originales entre los uniformados, no está claro que los militares unan su destino al del régimen si la represión se mantiene y la sangre sigue corriendo (6).
            
El diálogo, impulsado por la Iglesia y apoyado por una oposición variopinta y desorganizada, parece la opción más sensata. Las cancillerías también abogan por esa vía, con prudencia y cálculo, aún sabiendo que tienen una influencia relativa sobre el gobierno (7). Confían, sin embargo, en que el debilitado patronazgo venezolano y el aislamiento del clan Ortega-Murillo obligue a la pareja a transigir. Porque, en caso contrario, como ha escrito Víctor Hugo Tinoco, otro histórico del sandinismo, si el Comandante se obstina podría perderlo todo.


NOTAS

(1) “Au Nicaragua, Daniel Ortega se cramponne au pouvoir et réprime dans le sang”. FRÉDÉRIC SALIBA. LE MONDE, 11 de julio.

(2) “Church ans State in Nicaragua”. IAN BATESON. FOREIGN AFFAIRS, 19 de octubre de 2017.

(3) “The Unchecked demise of the Nicaraguan democracy”. OLIVER DELLA COSTA STUENKEL y ANDREAS E. FELDMAN. CARNEGIE ENDOWMENT FOR PEACE, 16 de noviembre de 2017.

(4) “Nicaragua’s toppling trees: strike ominous note for Daniel Ortega’s rule”. THE GUARDIAN, 28 de abril.

 (5) “We are Nicaragua. Student’s revolt, bur now face a more dauting task”. THE NEW YORK TIMES,  27 de abril de 2018.

(6) “Can Nicaragua’s military prevent a civil war”. ORLANDO J. PÉREZ. FOREIGN POLICY, 3 de julio.

(7) “Las masacres de Nicaragua exigen una firme reacción de la comunidad internacional”. MANUEL DE LA IGLESIA CARUNCHO.



OTAN: DE 30 AÑOS DE RECORRIDO EN CÍRCULO AL FUEGO AMIGO

11 de julio de 2018


Que no haya sorprendido a cualquiera mínimamente informado no impide que la tronada de Donald Trump contra sus aliados atlánticos en Bruselas deje de ser asunto de interés máximo en Europa. La OTAN soporta fuego interno, del principal socio, en un momento especialmente inoportuno, si es que alguno pueda ser oportuno en una alianza político-militar. Trump regaña a los amigos y éstos temen que se entregue a los abrazos con Putin en Helsinki, capital evocadora de las más célebres ambigüedades durante la guerra fría.
                
La OTAN atravesó momentos de incertidumbre tras el derrumbamiento de la URSS, ante las dudas razonables sobre la necesidad de su mantenimiento, desaparecido el enemigo que había justificado su creación en 1949. La amalgama de intereses políticos, económicos, empresariales y militares que sostienen la organización encontraron la manera de justificar su viabilidad por los desafíos que los nuevos escenarios posguerra fría planteaban.
                
Se realizaron interpretaciones libres o dudosas del Tratado de Washington, se formuló  un nuevo concepto estratégico muy dinámico (adaptado a una coyuntura muy variable) y se convino en definir un “nuevo orden internacional” que transformaba la naturaleza misma de la Alianza. En efecto, en lugar de un pacto contra alguien (la URSS), una especie de gran compañía de seguridad para amigos y exenemigos: una nueva arquitectura de seguridad continental, ahora euroasiática. Con este planteamiento se inició el crecimiento de la OTAN, como efecto ineludible esa nueva visión optimista (no necesariamente realista).
                
Pero esa oferta de brazos abiertos no fue una barra libre. A los países satélites se les recibía con entusiasmo (más aún: se les invitaba a entrar), pero para la heredera de la URSS se orquestó un procedimiento más alambicado (un Consejo de Cooperación). Entre otras cosas, porque la nueva Rusia nunca se sintió cómoda como un “aliado externo”, cuando había sido uno de los polos del poder militar en Europa durante medio siglo.
                
Tampoco Moscú tragó de buena gana que sus antiguos satélites se convirtieran en entusiastas conversos de los antiguos enemigos. A medida que las ilusiones del proclamado por Bush Sr. como “nuevo orden internacional” se convertía en creciente desorden y en Rusia se imponía el nacionalismo como confusa referencia ideológica, la nueva Pax europea se agrió.
                
Superado el shock económico, político y social de finales de los noventa, la flamante Federación Rusa comenzó a resurgir, engrasada por las retribuciones de sus materias primas en los nuevos mercados y alimentada por el sentimiento de orgullo patrio inducido desde el Kremlin. La alianza entre los viejos aparatchiks de seguridad y los nuevos ricos (oligarcas) que surgieron de la delincuente privatización y otros procesos de “transición a la economía de mercado” fue la base de la nueva Rusia de Putin, un personaje de segunda fila convertido en el ‘cirujano de hierro’ que  numerosos sectores de la torturada sociedad rusa anhelaban.
                
La crisis chechena fue la oportunidad que el proyecto encabezado por Putin necesitaba para iniciar el camino de regreso a los esplendores de antaño. Años después, la intervención en Georgia (sesgadamente contada en los medios occidentales), acabó definitivamente con el nuevo orden. Empezó a hablarse del regreso a la “guerra fría”, o de otra “guerra fría”, distinta de la anterior, pero igualmente inquietante. La evolución de este enfriamiento en Europa es conocida y tiene en Crimea su punto de referencia fundamental, definitorio. La visión que en Occidente se ha venido construyendo sobre la actual política exterior de Rusia (ambiciosa, asertiva, sin complejos) ha colocado el debate sobre la seguridad europea (y global) bajo la perspectiva de la confrontación. De Gorbachov a Putin: treinta años de un recorrido en círculo.

... Y EN ESO LLEGÓ TRUMP        
                
El actual presidente norteamericano tiene la insólita virtud de destrozar casi todo lo que toca (e incluso lo que no toca). Y uno de los estropicios más sonoros ha sido el manotazo al mecano de la seguridad europea, que era, hasta ahora, uno de los elementos más sólidos del llamado “orden liberal internacional”.
                
Con su simplista fórmula del America First, Trump ha atentado contra la noción misma de alianza. El presidente-hotelero no es capaz de ver más allá de la relación cliente-proveedor, ni tiene otra referencia que el contrato o la factura. No puede apreciar las ventajas para EE.UU. de una Europa segura o confiada si no le cuadran las cuentas, es decir, si los clientes no pagan lo que consumen. Lo decía antes de ganar la mayoría de los votos del Colegio electoral y lo ha seguido machaconamente recordando en sus tuits y otros conductos de sus regañinas (1) .
                
El mensaje de Trump a sus socios europeos es simple: Ustedes disfrutan del producto militar, Estados Unidos paga el coste y, en señal de “agradecimiento”, nos devuelven una estructura comercial que nos hace soportar un déficit de miles de millones de dólares. Poco importa que el singular empresario sea poco riguroso con las cifras o que haga lecturas tramposas de las balanzas comerciales. Se mantiene en sus trece, pese a todos los intentos de sus colegas por encauzarle hacia una discusión más racional (2).
                
EL DEBATE SOBRE EL ESFUERZO EUROPEO EN DEFENSA
                
Estrategas y cabezas de huevo de la seguridad occidental admiten que algo de razón lleva Trump en sus reproches. Sus antecesores en la casa Blanca no han dejado de reclamar un reparto más equitativo de la factura. Pero lo han hecho con diplomacia, con tiento, sin poner en peligro la solidez de la alianza. A Trump no le van esos modales. Habla para los americanos que no gozan de las virtudes de la finura, que no gustan de entretenerse en los detalles.
                
Algunos especialistas llevan años planteando modificar el sentido del debate. El verdadero problema de la OTAN, argumentan, no es que los aliados europeos gasten poco o menos de lo que deberían en defensa, sino que gastan mal. Lo peor de la presión de Trump sería que esos países aumentaran sus gastos militares, pero lo hicieran en lo que no deben (3).
                
Hubo un tiempo en que las iniciativas europeas de defensa, casi siempre impulsadas por París, suscitaban recelos no sólo en Washington o en Londres, si no en Berlín (o Bonn, en su día), porque se contemplaban como rivales. Ya no. Y Trump ha ayudado a desvanecer esos temores. Merkel no lo pudo decir más claro tras visitar la Casa Blanca el año pasado: los europeos tenemos que empezar a garantizar nuestra propia seguridad (4).
                
En los últimos años se ha avanzado en una iniciativa de defensa europea autónoma basada en la integración de las fuerzas armadas nacionales, la compatibilidad de armamento,  recursos, dispositivos y estructuras de mandos (5). Ese esfuerzo se ha hecho sin ignorar a la OTAN. Al contrario, la Alianza ha reforzado sus capacidades lo más cerca posible de la frontera rusa. Ha crecido y se ha hecho más flexible la fuerza de intervención rápida, con un ojo puesto en los débiles estados bálticos, se está planificando un dispositivo similar para Polonia y ya se plantea un esfuerzo de parecido alcance para las regiones del Mar Negro y los Balcanes (6). Se van a crear dos nuevos mandos para la defensa adelantada y a reforzar la ciberseguridad para las amenazas informáticas, la guerra futura (presente, en realidad. No en vano, se avanza en el cumplimiento del compromiso de Gales (2004) de aumentar las inversiones militares de los países miembros hasta llegar al 2% de PIB en 2024. Ocho aliados ya han alcanzado ese umbral.
                
Alemania, principal objetivo de los ataques de Trump, ha hecho un esfuerzo notable. Después de un lustro de incrementos ininterrumpidos, el presupuesto militar se ha elevado a 38,5 mil millones de euros, todavía medio punto por debajo del objetivo fijado en Gales. Los socialdemócratas han opuesto resistencia, porque sus líderes, militantes y mayoría de votantes no terminan de entender esta necesidad, cuando hay desafíos sociales más apremiantes, pero casi la mitad de los alemanes, quizás contagiados de la fiebre nacionalista, parece ver con buenos ojos estas “atenciones” hacia sus fuerzas armadas, aunque consideren al señor Trump como el mayor peligro actual para la paz mundial (7).
                
Pero a Trump no le van los proyectos a largo plazo. No piensa estratégicamente. No se lo permite su visión populista y egomaníaca. Trabaja en corto y quizás no se vea mucho tiempo como Presidente. Esa es, tal vez, la mejor noticia para la Alianza Atlántica: que la tormenta perfecta del fuego amigo sea efímera.

NOTAS

(1) “Why NATO matters (Editorial)”. THE NEW YORK TIMES, 8 de julio.

(2) “Worried NATO partners wonder if Atlantic allies can survive Trump”. JULIAN BORGER. Editor-Jefe de Internacional. THE GUARDIAN, 8 de julio.

(3) “Trump’s meaningless debate on NATO spending debate”. JEREMY SHAPIRO (Director de Investigación del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales), 9 de julio.

(4) “NATO allies prepare to push back at Trump (but not too much)”. STEVEN ERLANGER. Corresponsal diplomático en Europa. THE NEW YORK TIMES, 9 de julio.

(5) “Letting Europe go on its own way. The case for strategic autonomy”. SVEN BISCOP (Director del departamento de Europa del Instituto Egmont de Relaciones Internacionales de Bruselas). 6 de julio.

(6) “NATO in the age of Trump”. JULIANNE SMITH Y YIM TOWNSEND. FOREIGN AFFAIRS, 9 de julio.

(7) “Spare a thought for the Bundeswehr”. ELISABETH BRAW (Centro para el análisis de la política europea). FOREIGN POLICY, 9 de julio.


MÉXICO: EXPECTATIVAS E INCERTIDUMBRES EN TORNO A AMLO

 4 de julio de 2018

                
Se ha roto el maleficio en México. La izquierda tendrá la oportunidad de gobernar. O al menos una cierta izquierda, la que representa una figura incombustible, contradictoria, polémica y, para algunos, cercanos y opuestos, imprevisible.
                
Andrés Manuel López Obrador ha barrido a la tercera: veinte puntos más que su principal oponente, el derechista Ricardo Anaya, y seis adicionales con respecto a Meade, el candidato del eterno y ya casi irreconocible PRI. Atrás quedan los intentos fallidos de 2006 y 2012, por la desconfianza de una mayoría de electores o por las trampas de un sistema esencialmente tramposo: nunca pudo acreditarse. AMLO (acrónimo por el que le conoce todo el universo político-mediático) cumple el designio de su vida, que excede la ambición personal, para conectar con una misión nacional: acabar con la resignación que impregna el sentimiento profundo de millones de mexicanos. Convencerse de que el cambio es posible.
                
LA ILUSIÓN DEL CAMBIO
                
No hay un solo dirigente en México que concite más apoyo y a la vez más rechazo. Así las cosas, estaríamos anticipando un periodo de fuerte polarización. Algo así como una vía venezolana. Nada más lejos de ello. López Obrador ha sido definido como populista por no pocos analistas y observadores, rivales, neutros y algunos próximos ideológicos. Lo es sólo en tanto en cuanto es el líder político mexicano que mejor conoce y más conecta con la sensibilidad popular. Pero puede acreditar sensatez de gestión. Gobernó la capital federal justo en el inicio del cambio de centuria y lo hizo con pragmatismo. Sin más estridencias que su retórica. Sentó las bases de una ciudad más segura y limpia, estableció puentes y ofreció resultados. Algo que nunca pensaron sus rivales y enemigos que pudiera hacer (1).
                
Después de esa etapa, los fracasos por alcanzar la presidencia agudizaron su perfil más bronco, alimentaron su frustración y extendieron la sospecha de su disolución en el ánimo impotente de la revancha. Pero AMLO conjuró todo ello con el principal rasgo de su carácter, como ha visto muy bien el intelectual Jesús Silva Herzog: la tenacidad (2). Que es lo contrario de esa resignación antes mencionada como lastre del espíritu colectivo nacional.
                
López Obrador no es un ideólogo, si por tal se tiene a un líder que defiende un cuerpo doctrinario de ideas inspirador de propuestas programáticas reconocibles. No es un hombre de partido (ha militado en varios, los ha dirigido, creado, usado y abandonado). Ha construido su proyecto en torno a su carisma, o mejor a su infatigable propósito. Este preponderancia de lo personal sobre lo político, lo partidario, lo ideológico o lo doctrinal es lo que sirve a no pocos para propalar prevenciones sobre una temida deriva autoritaria en su mandato (3).
                
Para buena parte de la mayoría absoluta que lo ha votado (54%), esas prevenciones han quedado relegadas a la necesidad de un cambio, de un giro en el destino nacional. No radical, pero sí nítido, reconocible, contrastable.
                
Obrador no ha ofrecido un programa detallado. No es un tecnócrata, es un visionario. No apela tanto a la racionalidad, cuanto al sentimiento, a la motivación. No confía ni poco ni mucho en las instituciones (que él moteja como la “mafia del poder”), demasiado contaminadas, ciertamente, sino en el compromiso personal. En el principal caballo de batalla de su mensaje, el combate contra la corrupción, AMLO no ofrece un arsenal estructurado de medidas, sino su ejemplo particular. Como él ha sido y es honesto, algo que nadie discute, se confiesa convencido de que su actitud virtuosa se filtrará hacia por  todo el cuerpo político e impregnará el conjunto de la vida nacional. Esta concepción es lo que ha llevado a los Krauze, estandartes de ese liberalismo elitista que es celebrado fuera pero poco entendido dentro, a calificar el discurso de Obrador como “pensamiento mágico” (4).
                
Ciertamente, hay en el  lenguaje de AMLO una dosis excesiva de buenismo, o de virtuosismo. Se comprende que, para muchos intelectuales, incluso los de izquierda, esto sea una manifestación de demagogia. Pero para una amplia mayoría de las capas populares, ese lenguaje es creíble, ilusionante. De eso se trata y ése ha sido el principal motivo de su triunfo.
                
Algo similar ocurre con el resto de sus propuestas ante los grandes desafíos de México: la desigualdad (y su corolario, la extrema pobreza); el estancamiento económico endémico; la triada perversa que forman el crimen organizado (y organizador), la violencia y la impunidad; la debilidad institucional; la fragilidad del sistema educativo; y las contradictorias y explosivas relaciones con el vecino del norte (5).
               
LAS INCÓGNITAS DE UN PROYECTO INDEFINIDO
                
Las soluciones que AMLO propone no superan el umbral de las promesas, dicen con cierta razón sus críticos. Poca o muy poca concreción. Mucho voluntarismo. La confianza popular puede quebrarse demasiado pronto si los resultados positivos se hacen esperar y la inveterada resignación puede ahogar la impetuosa ilusión.
                
Para conjurar este riesgo, Obrador cree tener una herramienta menos expuesta pero bastante acreditada en su carrera: el pragmatismo. Como alcalde del DF negoció y se entendió con empresarios, con magnates, con los que resuelven problemas o tienen capacidad para hacerlo. Como no es un ideólogo, tal maridaje no le produjo problemas de conciencia. No ha tenido empacho en recibir apoyo de sectores evangelistas, que conectan con su visión conservadora en materia de valores. Parece haber pactado con figuras del mundo económico para espantar fantasmas chavistas que nunca han sido de su gusto (6). Quiere revisar ciertos aspectos de la privatización del entramado petrolero, pero parece haber renunciado a sus antiguos postulados de una férrea renacionalización.
                
Con los cárteles del narcotráfico, también se espera que sea cauteloso, que no blando (no lo fue como alcalde de la capital). Pero tampoco suicida o aventurero. Pretende unificar los aparatos de seguridad, ponerse al mando, seguir de cerca estrategias y operaciones de calibre. Pero no desaprovechará cualquier ventana que ofrezca un respiro después de 30.000 desaparecidos en una década y 25.000 muertos sólo el año pasado.
                
Con Estados Unidos tiene otro reto mayor. Por carácter, podrá entenderse con Trump, al que sabrá hablar con un lenguaje que en cierto modo comparten, como indicaría su primera conversación tras las elecciones (7).  A los dos dirigentes periféricos del sistema les separa un abismo, pero les unen ciertos instintos. Los dos grandes desafíos bilaterales son la inmigración y el tratado comercial NAFTA (que incluye a Canadá).
                
México ya no exporta tantas personas como antaño hacia el norte, como pretende Trump con su tramposo lenguaje. La gran mayoría de las personas que quieren alcanzar el engañoso ELDORADO son centroamericanos atormentados por la pobreza o la violencia. México es la plataforma de paso, el salto intermedio y, a veces, el destino provisional de muchos de estos infortunados. Hay un océano de entendimientos posibles y un riesgo muy alto de malentendidos entre México y Washington en esta materia (8). El muro de Trump es sólo uno más de los obstáculos que amenazan con envenenar más las relaciones de vecindad.
                
El dossier comercial es espinoso y puede ser motivo de la primera crisis del mandato de AMLO. Algunas propuestas de autoabastecimiento agrícola que surgen de la experiencia personal del presidente electo en las regiones del atrasado sureste del país pueden chocar con los intereses exportadores de los granjeros norteamericanos.
                
En definitiva, las esperanzas y los interrogantes se alinean como fuerzas impetuosas pero contrapuestas en el horizonte del cambio en México. Como siempre, todo el tiempo dirá si el país de Juárez y de Madero encuentra por fin el camino de la justicia social o vuelve a naufragar en el pantano de las ilusiones perdidas.
               
NOTAS

(1) “López Obrador, an atypical Leftist, wins Mexico presidency in landslide”. AZAM AHMED y PAULINA VILLEGAS. THE NEW YORK TIMES, 1 de julio.

(2) “La tenacidad de López Obrador. JESÚS SILVA HERZOG. EL PAÍS, 27 de junio.

(3) “López Obrador and the Future of the Mexican Democracy. Will He Further Erode the Checks of Executive Power? FOREIGN AFFAIRS, 2 de julio.

(4) “The magical thinking of Mexico’s new President”. LEON KRAUZE. THE WASHINGTON POST, 2 de julio.

(5) “Lopez Obrador: five things in the president-elect’s inbox”. BBC, 2 de julio.

(6) “Andrés Manuel López Obrador is no Hugo Chávez”. PAUL IMISON. FOREIGN POLICY, 17 de abril.

(7) “Trump and Mexico’s new leader, both headstrong, begin with a ‘good conversation’”. THE NEW YORK TIMES, 2 de julio.

(8) “What if Mexico Stops cooperating on Migration? Why U.S Needs to Engage constructively. ANDREW SELEE. FOREIGN AFFAIRS, 3 de julio.