UCRANIA: LA ÚLTIMA GUERRA EUROPEA


28 de noviembre de 2018

Desde el pasado fin de semana parece haberse reavivado la última guerra europea: la que enfrenta a Rusia y Ucrania desde hace cuatro años y medio. El incidente naval ocurrido en el estrecho de Kerst (que separa los mares Negro y Azov), discutido punto de delimitación de las aguas territoriales de cada parte amenaza con provocar una escalada que parecía, si no controlada, al menos en estado de latencia en los últimos dos años.

Más allá de las habituales versiones contradictorias que suelen producirse en este tipo de situaciones, lo que parece claro es que existe nula voluntad de conciliación. Lo cual no quiere decir que Rusia y Ucrania tengan apetito de más guerra. Parece tratarse más bien de un ejercicio clásico de posturing (postureo): no aparentar debilidad, de orgullo, de prestigio.


La guerra ruso-ucraniana, nunca declarada, por supuesto, es una consecuencia de la oleada o auge nacionalista en Europa, que se inició en los territoriales oriental tras la caída del muro de Berlín y el proceso de debilitamiento terminal de la URSS, hasta su extinción, en 1991. De las ruinas de los regímenes comunistas no surgieron procesos democráticos sólidos, sino expresiones nacionalistas más o menos agresivas, todas ellas generadoras de desestabilización política, cultural, religiosa y territorial, que sacudieron fronteras y plantearon una inestabilidad crónica. La disolución de la URSS no sólo representó el final de régimen instaurado por Lenin, sino la desintegración del vasto territorio soviético y la aparición de numerosas entidades cuya delimitación territorial, cultural y religiosa nunca había estado completamente consolidada, antes y después de la revolución de octubre. Esa inestabilidad no se limitaba al antiguo espacio soviético; por el contrario, se manifestó inicialmente en los llamados países satélites y afines. En Checoslovaquia, el conflicto se resolvió pacíficamente, pero no así en Yugoslavia.

La antigua Unión Soviética se descosió por todos los lados, con excepción del duro costado oriental. Al noroeste, se desgajaron los bálticos (pioneros del desgarro); en la región centroasiática las repúblicas con mayoría musulmana se apuntaron al impostado renacer islámico; el acceso más virulento ocurrió en el Cáucaso, con o sin componente religioso añadido. Pero el episodio más doloroso para las autoridades pos-soviéticas (nacionalistas a su vez, también) fue el desgarro por el oeste, la secesión y la hostilidad de Ucrania.

La mayoría de los rusos no entienden la separación de Ucrania y Rusia. Para ellos, se trata de un mismo país. No hay fosas étnicas, culturales o religiosas en las que se han apoyado el resto de los movimientos secesionistas europeos. Pero, como en los casos anteriores, un factor resultó esencial para la desintegración: la ambición de las nuevas élites políticas (o más bien viejas blanqueadas).

Moscú no aceptó la separación ucraniana. En realidad, la mitad del país nunca estuvo conforme, o no completamente conforme, aunque los agobios de la vida cotidiana aplazaron los movimientos de reacción. Por su parte, los nacionalistas ucranianos cometieron todos los errores posibles y más, por muchas revoluciones coloridas (naranja, en Ucrania) con que se quiso vestir un proceso caótico, sospechoso y fallido, plagado de corrupción e incompetencia.

Los unionistas reaccionaron, estimulados por ese espejismo de renacimiento nacional del vecino oriental, bajo la égida de Putin. Las regiones fronterizas con Rusia, apoyadas en su superioridad industrial, por caduca y ruinosa que resultaran, equilibraron la balanza de poder y evitaron la culminación del proceso de desacoplamiento. Estados Unidos frenó su aspiración de arrancar a Ucrania de la casa común rusa y renunció a la integración del nuevo estado en la OTAN, bajo la premisa (cierta, pero no completa) de que aún no cumplía las credenciales democráticas debidas.

La caída del gobierno discretamente pro-Kremlin de Yanukovich, después de una revuelta en parte espontánea, en parte alentada desde Estados Unidos y, más tímidamente, desde Europa, destapó la caja de los truenos. Putin entendió que no había otra opción que superar la fase de resistencia y pasar al ataque. La toma de Crimea fue una apuesta arriesgada, económicamente gravosa pero militarmente asumible. ¿Una estrategia calculada? ¿Una operación de prestigio? ¿Una oportunidad de demostrar que Rusia estaba definitivamente
de vuelta? ¿El punto final a dos décadas de humillación? Proliferan las interpretaciones (1).


Por simpatía o por designio, las regiones orientales de Ucrania se rebelaron contra las nuevas autoridades proccidentales ucranianas. Se inició una guerra de desgaste, que nunca tuvo una resolución clara. Tras el hecho consumado en Crimea, no parecía plausible que Occidente aceptara un bocado mayor de Rusia en las regiones fronterizas ucranianas. El Kremlin acudió a una fórmula ya ensayada en el Cáucaso (Abjasia, Osetia,
Transnistria): entidades semindependientes, no unidas formalmente a Rusia, pero dependientes casi al completo de la verdadera madre patria. Se crearon las repúblicas de Donetsk y Lugansk, bajo control separatista y protección rusa.

Los diversos intentos europeos (con la avenencia norteamericana) de abordar el conflicto se centraron, en realidad, a frenarlo militarmente y a plantear iniciativas poco prácticas de conciliación: los denominados acuerdos de Minsk. Pero mientras la diplomacia componía bonitas palabras, Occidente imponía sanciones económicas a Moscú y reforzaba su dispositivo militar en los países aliados más próximos al
oso ruso, alegando el riesgo de tentaciones imperiales rusas, que Putin contribuía a alentar con su retórica nacionalista de grandeza recobrada y su continuado apoyo a los separatistas pro-rusos.

Nunca hubo voluntad de conciliación entre las élites anti-rusas de Ucrania y el Kremlin. Washington rescató de un cajón del orígen de la guerra fría la estrategia del
containment (o contención). La guerra en las regiones orientales ucranianas se estancó (2). El Kremlin aprendió a hacer virtud de las necesidades y acomodarse al régimen de sanciones. Como parece indicar un documentado trabajo del WASHINGTON POST, se ha creado una vital línea económica y financiera entre Rusia y las repúblicas separatistas, a través de Osetia del sur (3).

En Ucrania, las cosas han ido de mal en peor. El gobierno de Poroshenko no sólo ha demostrado notablemente incompetente, sino que ha comprado de forma pasiva o negligente ante la endémica corrupción. La ayuda occidental, escasa e irregular, tampoco ha sido un factor decisivo para la mejora del país. El presidente ucraniano, una especie de Trump más triste, pretende la reelección en marzo, pero sus posibilidades parecían escasas hasta ahora. Nada como un calculado incidente militar con aspecto de crisis potencialmente peligrosa para reavivar sus opciones de victoria.

Esta es la interpretación que hace el Kremlin de lo sucedido en Kerst. Una versión interesada, por supuesto, igual que la sostenida en Kiev. La confusa interpretación del acuerdo de 2003 sobre libertad de navegación, enfrentada a las normas rusas tras la toma de Crimea enmarcan una disputa que no es en absoluto jurídica sino de poder. La península era decisiva para Rusia no sólo por razones culturales. Allí radica la flota meridional del estado ruso desde siempre (el puerto de Sebastopol), que pasó a ser compartido con Ucrania, desde la separación. Tras la recuperación rusa, Ucrania perdió prácticamente toda su fuerza naval. Este último incidente presenta aires de una revancha simbólica o teatral: para Moscú, una provocación sin paliativos; para Kiev, el ejercicio legítimo de la libertad de navegación (4).

Lo que ocurra de ahora en adelante es muy incierto. Poroshenko ha decretado una confusa ley marcial pretextando peligro de nuevas agresiones rusa, pero la oposición política y civil lo considera una maniobra para restringir libertades y favorecer un discurso patriótico y oportunista. Trump manda sus habituales mensajes incoherentes, deseoso de zafarse de una inexplicada relación con Putin, pero acosado por una investigación que amenaza su presidencia. Una Merkel debilitada como nunca trata fútilmente de propiciar moderación en el Kremlin. Se echa en falta, como recordaba hace unos meses Michel Mac Faul, el principal asesor de Obama para vivir con Putin (5). Entretanto, la última guerra europea, destructiva e insidiosa como todas las generadas por el nacionalismo, está lejos de resolverse.


NOTAS

(1)   “Why Putin took Crimea. The gambler in the Kremlin”. DANIEL TREISMAN. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2016.

(2)    “Moscow meddling: The forgotten war in Eastern Ukraine”. CHRISTIAN NEEF. DER SPIEGEL, 14 de noviembre.

(3)   “To avoid sanctions, Moscu goes off the grid”. THE WASHINGTON POST, 21 de noviembre.

(4)   “In standoff with Russia, what does Ukraine’s martial law decree means? THE NEW YORK TIMES, 27 de noviembre.

(5)   “Russia as It is. A grand strategy to confront Putin”. MICHAEL MAC FAUL. FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2018.





LAS DOS ALMAS PERDIDAS DE THERESA MAY

21 de noviembre de 2018

                
Theresa May no es la sucesora de Margaret Thatcher para los conservadores británicos. Ni en la felicidad del triunfo, ni en la desdicha del fracaso. Ni siquiera en el drama shakespeariano de la conjura o la traición. La premier de este atribulado inicio de siglo carece de la pasión que derramaba su antecesora a finales de la centuria pasada. Cada una es producto de su tiempo, como casi todos los líderes políticos. Pero Thatcher contribuyó a definir el suyo, mientras May se acomoda al que le ha tocado vivir, que no protagonizar. La dama de hierro fue una transformer; la mujer que ocupa ahora el 10 de Downing Street apenas si pudiera ser definida como una adapter.
                
El pasado martes, Rafael Behr, articulista de THE GUARDIAN, escribía, a cuenta de este  turbulento proceso de separación británica de la Unión Europea que Theresa May era una remainer en lo económico y una brexiter en lo cultural. Estas dos almas, que unos pueden considerar paralelas y otros contradictorias, reflejan en realidad el oportunismo político de la dirigente británica, una constante de su carrera política. Nunca se ha sabido bien que línea defendía Theresa May cuando llegó a la cúspide de un sistema tan masculinizado como el de los tories.
                
Cuando el malhadado David Cameron quiso cortar el nudo gordiano de la cuestión europea que estrangulaba el debate en su partido convocando un referéndum supuestamente clarificador, May se posicionó con la tibieza habitual en ella en el lado de los remainer, de los que, de mala gana pero con pragmatismo sin disimulo, considerana preferible quedarse, eso si modificando las condiciones de pertenencia. Participó en la campaña del referéndum como si no fuera con ella, como si tuviera miedo a comprometerse demasiado, más por una estética del deber que como una manifestación sincera de lealtad.
                
Triunfó el NO a Europa, ganó el Brexit, Cameron se marchó a casa y, con mayor o menos convencimiento, el derrotado primer ministro abrió las puertas de la sucesión a su secretaria del Interior. May, formalmente del lado de los remainers, se convirtió en ejecutora de los designios de los brexiteers. Ni siquiera necesitó cambiar el discurso, porque nunca tuvo uno que mereciera tal nombre. Su estilo político no consiste en marcar el rumbo, sino en navegar con el menor desgaste político, surfear sobre el oleaje y llegar a puerto como sea.
                
Brexit means Brexit fue su mantra durante el inicio de su mandato. Una consigna con la que quiso apaciguar a los euroescépticos que desconfiaban de ella para encabezar el sonoro divorcio con Europa. Para apalancar esta confianza forzada, pobló de brexiters su gabinete, y en puestos no precisamente menores, como el de Exteriores (el mercurial Johnson) o el propio encargado del divorcio (el taimado Davis). A los conservadores euroresignados alarmados por el resultado de la consulta, May les pareció una partenaire sospechosa. Nunca la tuvieron, y  con razón, como fiable defensora de sus tesis.
                
May se adaptó al espíritu imperante marcado por el orgullo del nacional-populismo tory, aunque ella, por carácter y temperamento, se encuentre muy alejada de ese sentimiento político. Comenzó a mostrarse muy brexiter, sin serlo, mientras navegaba por las aguas agitadas de Westminster, pero se protegía con su armadura adapter al visitar Bruselas u otras capitales europeas, componiendo el pragmático gesto de it’s this way (esto es lo que hay).
                
Esta ambigüedad calculada fue brillantemente captada por el semanario liberal THE ECONOMIST (sólidamente remainer), que motejó a la primera ministra como Theresa Maybe. Theresa quizás o Theresa tal vez. Es decir, Theresa... depende de las circunstancias.
                
Pero esta argucia exitosa o resultona tenía fecha de caducidad, marcada por la lentitud de las negociaciones de separación con Bruselas y por la exasperación de sus colegas políticos, incluyendo los propios miembros de su gabinete. Incluso los más templados empezaron a preguntarse si May tenía una estrategia o sólo seguía instrucciones de  un manual de supervivencia. Hubo deserciones, proliferaron las caras largas en las reuniones de Downing Street y se creó en una atmosfera confusa, de niebla política, de futuro incierto, de todo es posible... incluido un referéndum de salida. El Brexit means Brexit empezó a ser asaltado por la duda sobre si Brexit means whatever... o será lo que sea.
                
Este pasado verano, May, auxiliada por sherpas y apoyada solamente por unos pocos ministros más o menos fieles, o tan escurridizos como ella, alentó el Plan de Chequers, con el convencimiento de que había dado con la piedra filosofal, es decir, tomar de la UE lo conveniente (los beneficios económicos) y zafarse de lo molesto (las exigencias de la libre circulación de personas, es decir la inmigración, o la justicia europea). El gambito era un wishfull thinking, tan indefinido que hizo desconfiar a los brexiters duros y obtuvo sólo el apoyo tibio de los brexiters más pragmáticos. Con esta debilidad sin disimulo se presentó May en Bruselas en octubre. Y se vino con las orejas calientes. Macron, en su habitual tono tenor, y Merkel, casi siempre barítona, le descalificaron el expediente.
                
Las últimas semanas han sido un calvario para Theresa, la dúctil. Ha tenido que emplear todas sus habilidades y exprimir su aparentemente inagotable capacidad de paciencia para mantener a flote la barca, en espera de que apareciera el horizonte. El escabroso asunto de Irlanda, el backstop o barrera de seguridad, para garantizar una frontera que no pareciera una frontera, que conciliara el acuerdo de pacificación en Irlanda del Norte con la sacrosanta vinculación del Ulster al Reino Unido, estuvo a punto de arruinar definitivamente el acuerdo. Finalmente, se optó por la frialdad de las soluciones técnicas, para intentar aplacar el ardor de los sentimientos nacionalistas. Pero se trata de un apaño, no hay que engañarse.
                
El proceso del Brexit ha sido, estos dos años y medio, un relato bífido, un solapamiento de las negociaciones técnicas UE-UK  con las pasiones políticas en Londres. Lo anticipó Barnier, el negociador jefe de la UE, unos días antes de que sustanciara el acuerdo latente: la suerte dependerá de lo que pase en Westminster, no de lo que puedan pactar los europeos con el gobierno británico. Y así ha sido.
                
Al final, la propuesta de acuerdo consiste, en realidad, en prolongar el partido, no en resolverlo. En Europa se ha preferido no precipitar una situación caótica que la clarificación de la espina británica. May pretende disponer de algo con lo que blindarse para prolongar su paciente lucha por mantenerse. Ha variado ligeramente de guion al elegir el órdago para desafiar a los brexiters más recalcitrantes, sabedora de que no hay una alternativa mejor que la suya. May opera con una lógica pura de poder. No es una ideóloga, es una superviviente.
                
Esta ambivalencia dialéctica entre sus dos almas le ha servido para resistir, pero ambas han quedado deterioradas o perdidas en el empeño. Ha capeado la rebelión impotente en su gobierno y ha abortado la sangría de las cartas de desconfianza en el Comité 1922, otra antigualla del conservadurismo tory, que opera como una suerte de tribunal donde se prescribe el camino del calvario de los  premiers desventurados.
                
Dijo Churchill que a los primeros ministros conservadores se les debía de apoyar hasta la reverencia mientras gozaran de la confianza del partido, pero merecían ser lanceados cuando la perdían. Esta sentencia del histórico referente de los tories parece haber sido aprendida por Theresa May, aunque muy a sus manera. Después de todo, lo suyo no es la convicción, sino la condición.         

GUERRAS PASADAS Y PRESENTES


14 de noviembre de 2018             
                
Las conmemoraciones del centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial se han convertido en un ejercicio más del uso de la historia con cálculos políticos oportunistas, abiertamente en el caso de Trump y de forma más sibilina por parte de Macron, dos presidentes aparentemente opuestos pero con ciertas semejanzas en la maña política.
               
LA MALA DIGESTIÓN DE TRUMP
                
A Trump no le gustan los viajes, que se preparan regular y luego él se encarga de estropearlos sin remedio. Si los anfitriones son los aliados preferentes de EE. UU, todavía peor. Por esa razón, este viaje estaba plagado de riesgos. El presidente norteamericano estaba a otra cosa. Le preocupaba mucho más el recuento de Florida, o la suma de escaños de los demócratas a medida que se iban concluyendo los escrutinios, o las broncas internas en su staff. Además, la última cumbre de la OTAN había dejado un regusto amargo que los diplomáticos profesionales no pudieron endulzar. Los fastos del terrible acontecimiento que cerró el siglo largo exigían un liderazgo más sutil, más sensible. O sea lo contrario de lo que Trump quiere y puede ofrecer.
                
Trump llegó a Paris de muy mala gana, como desvela el WASHINGTON POST (1). Ya en el Air Force One tuvo una conversación telefónica difícil, y no era la primera, con la Premier May, que prefirió quedarse en Londres, para atender las negociaciones del Brexit. No es la primera vez que ocurre.                   
                
El discurso del ocupante nacional-populista de la Casa Blanca es de sobra conocido: Europa debe hacer mucho más (o sea gastar más) en su propia defensa y Estados Unidos debe pagar menos. Quizás por eso, debía haberle sonado bien que, en vísperas del emotivo encuentro, Macron abogara de nuevo por la creación de un Ejército europeo. Pero a Trump le pudo el malhumor y prefirió entenderlo como una afrenta. Hurgó sin tacto en las discordias transatlánticas: la factura militar aliada, el pacto nuclear con Irán y la balanza comercial.
                
Al cabo, Trump se dio un tiro en el pie al borrarse a última hora del acto de homenaje a los compatriotas caídos, cuyos restos yacen en el cementerio de Aisne-sur-Marne, debido a las adversas condiciones meteorológicas, aunque luego dijera que se lo había aconsejado su servicio de seguridad. Una afrenta a los veteranos, ejemplo asombroso de torpeza, incluso para alguien tan descuidado como él. Ya de regreso no se privó de evocar los bajos índices de popularidad de su otrora amigo Macron y añadió la injuria al insulto al ridiculizar el desempeño de los franceses en las dos guerras mundiales (2).
                 
LA SOLEDAD DE MACRON
                
La UE no ha respondido hasta ahora a este despliegue hosco del America First con una postura clara, coherente y coordinada. Para gran pesar de Macron, que ha fracasado tanto en este empeño como en su proclamado proyecto de reflotar la Unión Europea, basado en una fórmula de más Europa y más unida.
                
Macron ha buscado en vano la complicidad de la canciller Merkel. Pero la dirigente alemana, pese a sus buenas intenciones, reafirmadas en su discurso del martes ante el Parlamento de Estrasburgo sobre una necesaria seguridad europea, se ha visto atrapada en las maniobras internas de su partido. Al final, se ha resignado a una despedida por fases que puede ser más rápida de lo que ella quisiera. Merkel ha renunciado a seguir liderando su partido, la Unión Cristiano-demócrata, pero pretende seguir al frente del gobierno.
                Sus correligionarios rivales tienen otros planes. En su último número, el semanario DER SPIEGEL nos ofrece un relato apasionante de la lucha de poder interna en la CDU y un comentario editorial en el que pide a la canciller que se retire de una vez y de por terminado su servicio público, eso sí reconociéndole los méritos... Nobleza obliga (3).
                
En el resto de Europa, poco apoyo sólido puede encontrar Macron. Qué se podría esperarse de Gran Bretaña, siempre escurridiza cuando se trata de la relación transatlántica, y por demás ahogada ahora en las contradicciones, maniobras, trampas, traiciones y dramas del Brexit. Rebelión abierta en Italia, con guiños descarados de simpatía hacia Trump por parte de la Lega, el socio menor pero más pujante del gobierno, y de hostilidad manifiesta hacia Bruselas y París por los asuntos del presupuesto y la gestión inmigración. Inestabilidad política en España, en plena transformación del tablero político y la redefinición territorial. Por no hablar del abierto desafío de los recién llegados centroeuropeos, más trumpianos que el propio Trump, y más peligrosos, por contar con estructuras partidarias más fieles y articuladas.
                
Bajo el Arco del Triunfo, Macron pretendió conjurar los “demonios” europeos y opuso al nacionalismo rampante el “patriotismo” como valor positivo y solidario frente a la “traición” que representan los egoísmos de cada Estado que sólo pretenden defender lo suyo a costa de los otros. El inquilino del Eliseo compuso una de su figuras favoritas al presumir de ser francés sin despreciar a los demás. Corrección política en estado puro.
                
El problema es que a Macron le hacen un caso muy relativo sus socios europeos y, lo que es peor, cada vez menos ciudadanos franceses (4). En un año y medio se ha evaporado un caudal político que algunos siempre sostuvimos que era un tanto artificial, mediático, coyuntural. Francia no está en condiciones de liderar Europa, porque carece, hoy en día, de un liderazgo interno con suficiente solidez.
                
LA CASA BLANCA, EN ORDEN DE COMBATE
                
De vuelta en casa, el presidente hotelero rumia con amargura la conquista demócrata de la Cámara de Representantes y otros logros de última hora, que pueden hacerle la vida imposible, o muy cara, en el segundo tramo de su mandato. Trump se ha puesto en guardia. Después de librarse del fiscal general (a la sazón, ministro de justicia en EE. UU.) y colocar en su puesto a un mandado con una dudosa hoja de servicios (5), envió un mensaje muy claro al Partido Demócrata: si venís a por mí os presentaré batalla (6).
                
¿Pero eso es lo que quieren los demócratas? ¿Es eso lo que van a hacer? Hay muchas dudas al respecto (7). El nuevo partido mayoritario en la House está tan dividido como siempre, si no más. Se pueden distinguir tres grandes (que no únicas) corrientes: la derechista, heredera de los blue dogs (apenas distinguible de los republicanos moderados hartos de Trump); la centrista (exigente con el presidente pero dispuesta a llegar a acuerdo no lesivos con él); y la izquierda (partidarios en mayor o menor medida de las investigaciones sobre el inquilino de la Casa Blanca, hasta llegar al impeachment si es necesario, aunque dispersos y divididos entre los progresistas, más templados (Warren, Gillam, Abrams, Rourke), y los socialistas, jóvenes, neófitos y enérgicos defensores de un programa de justicia e igualdad.
                
Trump, eso puede darse por seguro, tratará de hurgar en las contradicciones demócratas para reforzar su posición y afrontar la reelección con razonables garantías. Si las cosas se tuercen, y aunque pueda sortear la investigación del fiscal especial Mueller, no es descartable que se haga a un lado, aduciendo confusas conspiraciones contra su persona, para no someterse a la humillación de la derrota, que su vanidad no sabría tolerar.

NOTAS

(1) “Five days of fury: inside Trump’s Paris temper, election woes and staff upheaval”. THE WASHINGTON POST, 14 de noviembre.

(2) “Trump bromance with Macron fizzles spectacularly”. THE ATLANTIC, 13 de noviembre.

(3) “After Angie.What Comes Next for Conservatives” y “Merkel Should Step Down from the Chancellery”. DER SPIEGEL, 8 de noviembre.

(4) Macron Hopes WWI Ceremonies Warn of Nationalism’s Dangers. Is Anyone Listening. THE NEW YORK TIMES, 8 de noviembre.

(5) “Matthew Whitaker. An Attack Dog with Ambition Beyond Protecting Trump”. THE NEW YORK TIMES, 9 de noviembre; “Matthew Whitaker is unfit for the job”. Editorial. THE WASHINGTON POST, 9 de noviembre.

(6) “With Sessions Firing, Trump Quickly Tests Democratic Resolve”. THE NEW YORK TIMES, 7 de noviembre.

(7) “Midterm elections return Democrats to a debate over their 2020 presidential choice_ Passion or pragmatism”. THE WASHINGTON POST, 10 de noviembre; “Winning the House, Democrats Vow to Check and Balance Trump”. JOHN NICHOLS. THE NATION, 8 de noviembre; “Meet the new Hous democrats: They may not toe the line”. THE NEW YORK TIMES, 13 de noviembre.

EE.UU.: LAS ELECCIONES DE MITAD DE MANDATO PROFUNDIZAN LA DIVISIÓN POLÍTICA

7 de noviembre de 2018

                
El veredicto de las midterm ha sido desigual: los demócratas conquistan la Cámara de Representantes con suficiente holgura, pero los republicanos avanzan puestos en el Senado. No ha habido blue wave (oleada azul), pero si un fortalecimiento suficiente para frenar la agenda de Trump y consolidar las investigaciones que pesan sobre el presidente, aunque la mayoría reforzada del Great Old Party en el Senado puede hacer más difícil el impeachment. La causa progresista avanza aunque algunos de sus principales exponentes no hayan triunfado. El auge de la participación en más del 35% es el reflejo de una mayor movilización ciudadana.
                
Éstas son las principales claves de la gran jornada electoral de ayer, considerada como una de la más importantes de la política norteamericana en las últimas décadas.
                
1) El Partido Demócrata dominará la Cámara de Representantes al arrebatar más de los 23 escaños necesarios al Partido Republicano para obtener una superioridad aún pendiente de definir. La Cámara baja permitirá al partido azul frenar la agenda de Trump, impulsar la investigación sobre sus maniobras en la campaña electoral de 2016 y sus dudosas conexiones con la Rusia de Putin y, lo que puede ser más destructivo, esclarecer sus irregularidades empresariales y financieras.
                
2) Trump puede contar con un cierto colchón de protección al reforzar el Great Old Party (GOP) el control del Senado, con la ganancia de 2-3 escaños. Si los senadores republicanos deciden proteger a su líder nominal, Trump puede escapar a la destitución, aunque quede muy expuesto de cara a la reelección en 2020. Asimismo, el presidente podrá asegurar la nominación de nuevos puestos en su ejecutivo, ya que es la Cámara Alta tiene la atribución de confirmarlos.
                
3) El país sale más dividido aún de estas elecciones correctivas. Se reproduce una situación similar a 2010, cuando Obama perdió el apoyo de la Cámara de Representantes debido al empuje conservador impulsado por el auge del tea party. El pulso entre conservadores y liberales, con los múltiples matices existentes a uno y otro lado, se incrementará. Nos esperan dos años de disputas políticas aún más feroces.
                
4) La izquierda obtiene un resultado prometedor. El legislativo contará con más representantes progresistas que nunca y una representación más amplia de las minorías, en particular las mujeres y los afroamericanos. Algunos candidatos emblemáticos han conseguido entrar en el Capitolio: Alexandra Ocasio-Cortez (la latina y socialista será la congresista más joven en la historia del país); Ayanna Presley, la primera afro-americana que gana un escaño de representante por Massachussets; el mismo caso de Jayana Hayes, ella por Connetticut; las musulmanas y socialistas Rashida Tlalib (hija de palestinos) e Ilhan Omar (de origen somalí); Verónica Escobar y Silvia García, primeras latinas en la House, por Texas; Sharice Davids, lesbiana, primera congresista nativa (indígena), obtiene un escaño por Kansas; Jared Pollis, será el primer gobernador gay, al ganar en Colorado.
                
Sin embargo, se han producido sonoras decepciones. Andrew Gillum, considerado como sucesor de Obama, no ha conseguido su propósito de convertirse en el primer gobernador afroamericano de Florida, al ser derrotado por el republicano y aliado de Trump Ron DeSantis, por apenas un punto de diferencia. El progresista Beto O’Rourke no ha podido arrebatarle el escaño del senado por Texas al ultraconservador Ted Cruz, que no oculta su aspiración a intentar de nuevo el asalto a la Casa Blanca. La afroamericana Stacey Abrams parece que se quedará a pocos votos de lograr la gobernación del sureño estado de Georgia.
                
5) En los llamados swinging states o estados cambiantes (los que suelen decidir las elecciones), se ha reflejado esta corrección hacia el centro-izquierda.  El territorio de Trump queda mermado con los avances demócratas en zonas como el Medio Oeste o la región de los lagos (Illinois, Michigan, Winconsin, Minnesotta), que han sido tradicionalmente demócratas, pero se inclinaron en 2016 del lado republicano, debido a la basculación del electorado blanco trabajador a favor del mensaje proteccionista y nacionalista de Trump.
                
6) Desde la Segunda Guerra Mundial nunca había votado tanta gente en unas elecciones de este tipo, lo que indica el incremento del interés ciudadano por la política. Según cifras provisionales, han votado 114 millones de personas, frente a los 83 millones de 2014, un aumento del 37%. Sin duda, el clima de polarización explica esta mayor afluencia a las urnas. Pero también la creciente sensación de que el país se encuentra en una delicada encrucijada. Algunas de las conquistas sociales se han percibido en peligro y otras causas emergentes han empujado a sectores habitualmente pasivos o descreídos a pronunciarse.
                
7) En la jornada de ayer también se celebraron referéndums sobre cuestiones de especial importancia. Por destacar algunos, en Florida, pese al triunfo del candidato conservador en la gobernación del Estado, los ciudadanos votaron a favor de acabar con la privación de voto para las personas con antecedentes penales.

                
Al cabo, las midterm estimularán el debate y la confrontación política, ya que los dos grandes partidos intentarán ofrecer la imagen del país que más le conviene a cada uno. Los demócratas son más fuertes frente a Trump, pero el presidente se hace fuerte ante un liderazgo republicano que ha tratado de hacer virtud de la necesidad con un aliado en la Casa Blanca al que nunca han considerado uno de los suyos. La izquierda ha dado un paso adelante, pero más tímido de lo deseado y tendrá que seguir trabajando en la movilización social y ciudadana para avanzar en la causa de la justicia social.