ISRAEL: KING BIBI, EN SU LABERINTO

10 de abril de 2019

                
Las elecciones israelíes han permitido a un Netanyahu bajo sospecha aspirar a formar gobierno y convertirse, si el mandato prospera, en el primer ministro más longevo en la historia del país. Las urnas han dejado el habitual panorama fragmentado que el sistema electoral y la creciente pluralidad política propician. Ahora empieza la fase crucial en el juego político israelí: el mercadeo de promesas, compromisos y favores. Después de la victoria, la la larga fatiga de las recompensas.
               
NETANYAHU DOBLEGA A LOS GENERALES
                
Netanyahu puede presumir de haber consolidado su divisa de King Bibi, vale decir, líder de una República cada vez más asimilable a una monarquía. Culmina así una carrera que lo coloca casi al nivel del venerable padre fundador del Estado, David Ben Gurion: no para consolidar su legado, sino para demolerlo.  
                
El mérito de Netanyahu consiste en haber vaciado de cualquier consideración moral el proyecto originario de Israel como estado-nación. La utopía socialista o colectivista que intentó conferir al sionismo una orientación de justicia social, de igualdad y fraternidad tras el infierno de la shoah ya no existe. Hoy Israel es otra cosa bien distinta: las victorias militares contra sus enemigos árabes ensoberbecieron a la pequeña nación y fueron erosionando sus fundamentos morales hasta convertirla en una potencia ocupante por encima de cualquier otra definición. El cinismo ha matado a la utopía.
                
Y en este Israel cínico, el mejor rey no puede ser otro que el mayor cínico del reino, que es Benjamín Netanyahu. El articulista norteamericano Bren Stephens, en absoluto hostil a Israel, crítico feroz de Obama cuando era jefe de opinión del Wall Street Journal, lo ha retratado con maestría en su columna del New York Times, donde ahora escribe: “Netanyahu es un hombre para quien no hay consideración moral que esté por delante del interés político, y para su principal interés político es él mismo. Es un cínico envuelto en una ideología que esconde un plan” (1).
                
Naturalmente, aunque se le tenga por un Rey (según el concepto bíblico, por supuesto, no el aplicable a las monarquías constitucionales), Bibi no es un dictador. Le encaja mejor el retrato de Gran Manipulador, de demagogo griego. Posee una inteligencia política singular, una capacidad acreditada para manejar los escenarios y triturar a los rivales aprovechando sus vulnerabilidades, ya sean adversarios claros o cooperantes ocasionales. Nadie acumula más ministros frustrados devenidos enemigos acérrimos, incluso en la tórrida política israelí.
                
Uno de ellos es precisamente su rival más directo en estas elecciones, el general retirado y exjefe de las IDF (Fuerzas de defensa de Israel), Benny Gantz, líder del Partido de la Resiliencia. Como tantos otros, pasó de colaborar con King Bibi a denostarlo y considerarlo un lastre para el país, un tipo en el que no se puede confiar. Gantz, personaje ideológicamente ambiguo, y no sólo por su condición de militar, creyó que su hoja de servicios le proporcionaba argumentos potentes para desafíar al monarca. Como jefe del Tsahal (Ejército), dirigió la última guerra: contra Hamas, en Gaza, una operación abusiva y plagada de denuncias por uso excesivo de la fuerza.
                
Durante la campaña, Gantz se rodeó de antiguos compañeros de armas, hasta aglutinar una coalición de exgenerales, con el propósito de conectar con esa persistente sensación de inseguridad que atormenta y pervierte el instinto político israelí desde hace décadas. Pactó primero con Yaïr Lapid, popular periodista y líder del partido centrista Yesh Aid (Hay un futuro), y formó la coalición Kahol Lavan (Azul y Blanco, los colores de la bandera nacional); luego se atrajo a otros dos soldados insignes, Moshe Yaalon (exjefe de la inteligencia militar y luego del Tsahal, para auparse luego al puesto de Ministro de Defensa, en 2013, a las órdenes de Bibi) y Gabi Ashkenazi (también veterano jefe del Ejército). No en vano a esta coalición se la conoce como la Junta. En cualquier otro país, tal agregación de pesados galones podría resultar alarmante: no en Israel, donde todo ciudadano es militar y las Fuerzas Armadas sigue siendo la institución más respetada del país.
                
EL CALVARIO DE LA IZQUIERDA
                
Gantz casi lo consigue. Su coalición ha igualado en escaños al Likud (35). Pero le falta lo más importante: los aliados con los que sumar para obtener los 61 que se necesitan para una mayoría de gobierno en la Knesset (Parlamento). El centrismo de Azul y Blanco no suma lo suficiente con la izquierda, debilitada y en desordenada retirada.
                
Los laboristas se han entregado a un lento y penoso suicidio político (su actual líder, Abby Gabbaiy, es otro exministro de Bibi). Los herederos del socialismo primigenio (Ben Gurion, Levi Eshkol, Golda Meier) o del socialismo pragmático (Isaac Rabin o Simon Peres) sólo tendrán 6 diputados, frente a los 15 actuales (24, si se cuentan los que aportaba la coalición con la centrista Tzipi Livni). A la izquierda, resiste el Meretz, con cuatro diputados, uno menos, pero sin influencia política alguna.
                
En cuanto a los árabes israelíes, que en 2015 votaron con más afluencia que nunca, animados por una lista única, ahora se han retraido, desalentados por la división: apenas habrá seis diputados árabes frente a los 13 de ahora.
                
LA CONSOLIDACIÓN DEL NACIONAL-POPULISMO RELIGIOSO
                
El giro de Israel a la derecha es ya más que una circunstancia coyuntural. Es una tendencia sistémica. El cuadro parlamentario se completa con un puzzle de partidos religiosos y minúsculas formaciones ultraderechistas que han conseguido superar la barrera del 3,25% y ganarse el derecho a disfrutar de representación parlamentaria. Netanyahu intentará pastorearlos a su conveniencia, en su idea, como sostiene  Aluf Benn, editor jefe del diario progresista HAARETZ, de reemplazar a la vieja élite del Estado (Ejército, judicatura, medios) por ese Israel conservador, populista, prosaico y ajeno a las ensoñaciones fundacionales (2).
                
Este es el panorama que se dibuja tras estos comicios anticipados por los apuros judiciales de Bibi. El Rey, al frente de una cohorte de pequeños partidos unidos por el rechazo a la sociedad laica, abierta y moderna que, en realidad, hace mucho tiempo que dejó de existir o que está confinada en reducidos núcleos urbanos.
                
Los ultraortodoxos son socios interesados de Netanyahu, a cambio de concesiones  fundamentalistas. Los ocho diputados de Shas (sefarditas/orientales) y otros tantos de Yahadut Hatorah (ashkenazis/occidentales) pondrán el score de Bibi en 51. Los diputados que le resten para llegar a la cifra mágica de 61, e incluso algunos más, los obtendrá de distintos partidos extremistas: cinco de Ysrael Beitenu (cuyo líder, Lieberman, otro exministro, es el representante de los inmigrantes procedentes de la antigua URSS y países otrora satélites); cinco más, de la Unión de las derechas (conglomerado de escindidos del Likud y versos libres); y otros cuatro de Kulanu (partido del ambicioso exministro de Economía del Rey). Fracaso, en cambio, de la Nueva Derecha de los ultras Bennet (exministro de educación) y Shaked (la ex de Justicia), que se quedan fuera de la Knesset. Al cabo, cuadran las cifras. Pero, como siempre en Israel, hay algo más difícil que ganar elecciones y formar gobierno: mantenerse en el poder.
                
EL RIESGO

Ese es el gran desafío de este Netanyahu paradójico. Aparece en la cúspide de su poder, pero es más frágil que nunca. Lo asedian los casos judiciales. El fiscal general, Avichai Mandelblit (otro ex: su antiguo secretario particular), considera su procesamiento en los próximos meses su encausamiento por soborno, fraude y abuso de confianza, supuestamente cometidos en tres casos diferentes, relacionados con el intercambio de favores, concesiones fraudulentas y tráfico de influencias. En el argot político-mediático son los casos 1000, 2000, 3000 y 4000 (el tercero ha sido sobreseído por falta de pruebas sólidas).
                
Netanyahu adelantó las elecciones precisamente para zafarse de este acoso judicial. Su objetivo es adoptar una ley que le blinde de ser procesado mientras ocupe el cargo de primer ministro. Lo que en Israel se conoce como Ley francesa, porque en la V República el Presidente es inmune. Como ha escrito Nathan Sachs, director del Center for Middle East Policy, “para Netanyahu, estas elecciones representan no sólo una batalla por su vida política, sino posiblemente por su libertad personal” (3).
                
Lo duro empieza ahora, porque, tras superar el desafío de los generales, Bibi tiene que mantener su heterogénea retaguardia bajo control, y para ello tendrá que obligarse a aceptar condiciones y algún que otro chantaje. Nada a lo que no esté acostumbrado, por supuesto. Pero en esta ocasión, lo que pende no es la pérdida del poder, sino la privación de libertad.
                
Las exigencias de religiosos y ultraderechistas se perfilan en tres grandes ámbitos: la judeización del país (es decir, la asimilación de ciudadano al origen étnico) que ya está consagrada por Ley, pero que puede experimentar refuerzos incrementales; la anexión de Judea y Samaria (aspiración de los partidarios del Gran Israel), es decir, de la Cisjordania ocupada (que pondría fin al proyecto de dos Estados y, por tanto, a un proceso de paz ya moribundo desde hace años); y la creciente difuminación de la frontera entre Estado y Religión, el ahogamiento de la laicidad y el fundamentalismo creciente.
                
Netanyahu ha pilotado este viraje ultraconservador, sin comulgar necesariamente con todas sus provisiones, y plenamente consciente de sus peligrosas consecuencias, confiando en poder revertirlo antes de la catástrofe. Pero ahora carece del margen de maniobra que ha tenido estos años pasados. Sus aliados menores podrían chantajearlo con una derrota en la Knesset y forzar su caída, lo que le abocaría a una más que probable condena a prisión. Por el contrario, su baza, única pero no desdeñable, es hacer creer a estos enanos políticos que con cualquier otro jefe de gobierno (Gantz o quien sea), sus objetivos quedarían trastornados. En  palabras de Daniel Shapiro, embajador norteamericano en Israel durante el mandato de Obama, “Netanyahu tratará de ofrecer lo mínimo y ellos de extraer lo máximo” (4).
                
Bibi cuenta con otro cínico en Washington para proteger su agenda político-personal: el presidente hotelero. Trump ya le dado a Netanyahu todo lo que ha podido: reconocimiento de Jerusalén como capital israelí, aceptación de la anexión del Golán sirio ocupado, liquidación del acuerdo nuclear con Irán y un respaldo incondicional de la Casa Blanca inédito. El plan de paz que el yernísimo Kushner supuestamente pergeña en la más completa de las discreciones quizás nunca vea la luz, o se convierta en un plan de guerra (anexión de territorios ocupados, apartheid territorial, blindaje político-militar). En definitiva, en un desastre, como sostienen Denis Ross (veterano negociador con Clinton y Obama), David Makovski, director del proyecto árabe-israelí del TWI, Instituto de Washington para el Medio Oriente (5).
                
Para finalizar, otra incógnita es la respuesta palestina y de los países árabes. Éstos últimos, hundidos en el descrédito, hace tiempo que son irrelevantes. Las petromonarquías del Golfo, la república autoritaria de Egipto y el débil pero resistente reino de Jordania han avalado la deriva israelí, debido a la obsesión persa. Los palestinos se desangran en su guerra civil encubierta entre Hamas y Fatah, atrapados por la gerontocracia de su liderazgo político y la ineficacia de su aparato administrativo.

NOTAS

(1) “Time for Netanyahu to go”. BRETT STEPHENS. THE NEW YORK TIMES, 1 de marzo.

(2) “Netanyahu’s Referendum. What’s at stake for the israeli prime minister in the early election”. ALUF BENN. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.

(3) “Israel elections primer: final polls and what they mind”. NATHAN SACHS. FOREIGN POLICY, 8 de abril.

(4) “As Netanyahu seeks reelection, the future of the West Bank is now on the ballot”. THE NEW YORK TIMES, 7 de abril.

(5) “Golan policy may invite Israel’s right to annex West Bank territory. That would spell disaster”. DENNIS ROSS y DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON POST, 29 de marzo;

ARGELIA: LA CRISIS NO ESTÁ CERRADA


8 de abril de 2019
            
Abdelatif Buteflika se ha convertido en el quinto jefe de Estado árabe obligado a abandonar su puesto por la presión popular. Después de mes y medio de protestas populares tenaces y valientes, los distintos filtros del régimen argelino han ido mostrándose cada vez más predispuestos a sacrificar la figura poco más ya que ritual con el propósito de salvaguardar sus órganos vitales.
         
En paralelo a esta aparente retirada paso a paso, medida y calculada quizás para sopesar el grado de conformidad o inconformidad ciudadana, el régimen ha librado un ajuste de cuentas o un reequilibrio interno de fuerzas. A la postre, quien ha decidido el juego ha sido el actor más fuerte: las fuerzas armadas.
            
Cuando hace una semana el jefe del Ejército, el general Ahmed Gaid Salah sancionó que el presidente no estaba ya en condiciones de dirigir el país y, por lo tanto, debía aplicarse el artículo 102 de la Constitución, que contempla la inhabilitación por razones de salud, la suerte de Butteflika quedó sellada.
      
Otras ramas del régimen habían intentado maniobras transitorias para ganar tiempo, como instrumentalizar la previa decisión del propio presidente de renunciar a la cuarta reelección u otras oscuras operaciones políticas de transición, empleando a figuras de prestigio internacional (1).
           
La decisión militar hizo rápidamente recordar el ejemplo egipcio: las fuerzas armadas interpretan de manera aparentemente sorpresiva un giro de conducta, dan la espalda al protegido o a la figura de autoridad y se ponen del lado del pueblo. Sin duda, para salvar lo esencial del régimen que, en la práctica, dirigen y tutelan (2).
            
Otros analistas, aun aceptando esta analogía, consideran que el caso argelino presenta diferencias singulares con respecto al antecedente egipcio, debido a las características propias de la estructura de poder argelino y, sobre todo, a la fuerza de la legitimidad histórica del régimen (3). Es una disquisición más académica que política. A la postre la trama político-burocrática-empresarial-militar no puede desentrañarse con facilidad. Los militares no han oficiado sólo de guardianes pretorianos de la revolución institucionalizada: han sido también beneficiarios del sistema.
             
EL FINAL DE UN DÉSPOTA MÁS

La impresión es que Butteflika se ha despedido de la historia sin ni siquiera poder escribir la última línea de su relato con cierta dignidad. No se ha encontrado tiempo para un tributo de última hora, menos para una despedida con honores. Es probable que su hermano y alter ego, Said, se resistiera hasta el último momento a este final con aire de bochorno. Como suele ocurrirles a los déspotas, en la hora de la liquidación, no es fácil encontrar a quien le escriba el epitafio político. 
            
La trayectoria del ya expresidente argelino está plagada de gestos de soberbia política e institucional, envueltos en una liturgia gestual y populista. Como fiel servidor que fue del coronel Bumedian, el militar que derrocó a Ben Bella e instauró la deriva autoritaria de la revolución, Butteflika se ancló en el capricho y la opacidad. Nunca permitió que se investigara debidamente una trama corrupta por la que se desviaron más de 60 millones de francos a través de una red de consulados argelinos en el extranjero. Como presidente se encargó de neutralizar al Tribunal de Cuentas y abortar la investigación judicial que intentaba rastrear la operación (4). 
            
Con Butteflika ya en el baúl de los trastos rotos, la clase política y empresarial que ha crecido a la sombra del poder se pregunta cómo neutralizar el impulso renovador de la calle. Los argelinos han protagonizado una impecable protesta, firme y pacífica a la vez, como atestiguan algunos testigos presenciales que nos han dejado valiosos documentos de estas semanas (5). Entre bastidores, los exponentes del régimen han ido preparando planes de contingencia. Todos ellos pasan por persuadir al Ejército de que lo mejor es mantener firme el control de los acontecimientos.

LOS ESCENARIOS PREVISIBLES
    
En cuanto a los escenarios de futuro inmediato, la politóloga argelina Louise Dris Aït-Hamadouche señala los más previsibles. El primero, que se desarrolle lo establecido en la Constitución; es decir, tras la retirada del jefe del Estado, un periodo de transición bajo la autoridad del presidente del Senado y la organización de elecciones presidenciales. Una segunda posibilidad sería que, por presión popular, el régimen se viera desbordado y aceptara la creación de un “colegio presidencial” formado por personalidades consensuadas con la oposición y un gobierno técnico. Finalmente, no es descartable una reforma constitucional que propiciara un cambio más profundo, una transición pactada hacia un nuevo equilibrio de poderes (6).
            
La clave, una vez más reside en los militares. No parece probable que el ejército argelino se despolitice por completo; esto es, que renuncie a ejercer su influencia, por no decir a su hegemonía en la orientación de los acontecimientos. Se ha mostrado prudente y contenido durante estas semanas de protesta, pero nunca ha renunciado a ejercer el control. Por el contrario, ha demostrado que sigue marcando los tiempos de la crisis.
            
Otro factor importante es la ausencia de una alternativa estructurada y organizada. La calle ha barrido definitivamente a unos partidos desacreditados y estériles, tanto a los serviles como a los opositores.

            
Por todo ello, el intento o la apariencia de consenso, de acuerdo nacional sería lo más aconsejable. La vía egipcia ha podido ser válida para liquidar lo agotado pero no parece efectiva para construir la continuidad. A la postre, si la situación se deteriorara, no se puede descartar que se agite el riesgo de un renacimiento islamista para evitar un excesivo relajamiento de los mecanismos de fuerza o, peor aún, de cierto encantamiento con los espejismos de la democracia y la libertad.


 NOTAS


(1) En l’Algérie, l’armée a précipité la démission de Bouteflika malgré la resistance de son entourage”. AMIR AKEF. LE MONDE, 3 de abril.

(2) “Lesson for Algeria from the 2011 egyptian uprising”. ADEL ABDEL GHAFFAR y ANNA L. JACOBS. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de marzo.

(3) “Buteflika resigns: next steps in uncharted territory”. BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 3 de abril.

(4) “Abdelaziz Bouteflika, une fin sans gloire”. YASSINE BABOUCHE Y FAIÇAL METAOUI. TOUT SUR L’ALGERIE, 2 de abril.

(5) “A protest made in Algeria”. DALIA GHANEM. FOREIGN POLICY, 2 de abril.

(6) “Il est ilusoire d’envisager une dépolitization immédiate de l’armée”.Entrevista con LOUISE DRIS-AÏT-HAMADOUCHE. LE MONDE, 4 de abril.

NOTAS

(1) En l’Algérie, l’armée a précipité la démission de Bouteflika malgré la resistance de son entourage”. AMIR AKEF. LE MONDE, 3 de abril.

(2) “Lesson for Algeria from the 2011 egyptian uprising”. ADEL ABDEL GHAFFAR y ANNA L. JACOBS. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de marzo.

(3) “Buteflika resigns: next steps in uncharted territory”. BEN FISHMAN. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR AND MIDDLE EAST, 3 de abril.

(4) “Abdelaziz Bouteflika, une fin sans gloire”. YASSINE BABOUCHE Y FAIÇAL METAOUI. TOUT SUR L’ALGERIE, 2 de abril.

(5) “A protest made in Algeria”. DALIA GHANEM. FOREIGN POLICY, 2 de abril.

(6) “Il est ilusoire d’envisager une dépolitization immédiate de l’armée”.Entrevista con LOUISE DRIS-AÏT-HAMADOUCHE. LE MONDE, 4 de abril.

UCRANIA: EL VIRUS TRUMP, EN LAS PUERTAS DE RUSIA


3 de abril de 2019
            
La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ucrania confirma el auge del populismo sin fronteras. Un cómico carente de experiencia política alguna, sin proyecto político definido ni estructura partidaria cuajada se ha situado en cabeza.
            
Volidimyr Zelensky, un actor de comedia televisiva, ha obtenido el 30% de los sufragios, doce puntos más que el actual presidente, Petro Poroshenko. Ambos se disputarán el principal cargo del país en la segunda vuelta. Queda eliminada la polémica e incombustible Yulia Timoshenko, insider y agitadora a la vez de la política ucraniana.

LA CORRUPCIÓN COMO REVULSIVO

Las razones del triunfo de un completo outsider parecen bastante claras. La gran mayoría de los ciudadanos se siente profundamente decepcionada por la marcha del país y responsabiliza a la clase política del fracaso del proyecto nacional, después de dos revoluciones, una guerra inacabada (y tal vez inacabable) y muchas promesas incumplidas o frustradas.

Ucrania es el país más pobre de Europa. Su renta per cápita está por debajo de los 3.000 $, inferior a la de la minúscula Moldavia, otra de las repúblicas del suroeste exsoviético), y un tercio de la de Rusia. Dos millones de personas han abandonado el país en los últimos años. Los economistas calculan que Ucrania necesitará medio siglo para alcanzar el desarrollo de su otra gran vecina, Polonia (1).

Pero con ser fundamental este paisaje depresivo, la principal lacra que atenaza el desarrollo del país es la corrupción. Aunque dicen los analistas de la evolución ucraniana que se han hecho mejoras en los últimos años, lo cierto es que la percepción ciudadana sigue siendo negativa. Los llamados oligarcas, es decir una casta de hombres económicos muy poderosos con capacidad para manipular y condicionar las decisiones de los dirigentes políticos, son los verdaderos amos. Están enfrentados entre sí, al menos algunos de ellos, pero también comparten el designio de marcar el destino nacional a su antojo y conveniencia.

El propio Poroshenko es uno de esos oligarcas, al frente de un imperio comercial que gira en torno al chocolate. Desde su triunfo electoral en 2014, con el respaldo explicito de Occidente (traducido en dólares, créditos y compromisos de ayuda militar), el actual jefe del Estado presenta un balance muy desigual de su gestión. Prometió acabar con la guerra, eliminar la corrupción e impulsar el desarrollo económico y social. No ha conseguido ninguno de los tres objetivos, al menos de forma convincente: la guerra está congelada pero no terminada, la corrupción sigue presentando niveles escandalosos y el país parece firmemente anclado en el vagón de cola continental. 

Sobre este panorama de pobreza, malestar e incertidumbre se erige la figura, no del todo inesperada, del populismo. Las encuestas predecían desde primeros de año un debilitamiento de la veterana Timoshenko (2), un estancamiento del incumbent y el crecimiento irresistible de Zelensky. Esta vez, los sondeos no se han equivocado.

UN POPULISMO FICTICIO.

Como Trump, Zelensky se coloca en cabeza impulsado por la televisión. Pero, contrariamente al s
how de dudoso gusto y baja catadura del magnate neoyorquino, el actor ucraniano ha cimentado su candidatura en una narrativa pretendidamente basada en la realidad, aunque con rigor discutible. En su serie, titulada El servidor del pueblo, el autor y protagonista representa a un joven que vive aún en casa de sus padres. Agobiado por las dificultades de encontrar trabajo y labrarse un porvenir, se enfrenta con el sistema y se propone conquistar el poder para cambiar la dinámica de las cosas. Zelensky ha convertido a su candidato ficticio en aspirante real y a su personaje en líder político.
Uno de los principales especialistas norteamericanos en Ucrania, Alexander Motyl, crítico de la Rusia
putiniana y del sistema soviético, ha diseccionado la serie El sriviente del pueblo. Resalta que, en la representación de la realidad del país, el cómico ha omitido aspectos tan fundamentales como la ocupación de Crimea por unidades militares rusas (2014) o la guerra en las regionales orientales del bajo Don. Motyl cree que Zelenski es, en realidad, un populista pro-ruso y coincide con Poroshenko, su favorito explícito, en que este crítico de la corrupción y el patronazgo es, en realidad, una marioneta de otro de los oligarcas, Igor Kolomoiskyi, el dueño, entre otras empresas, de la cadena que emite su producción televisiva (3).

LAS BAZAS DE POROSHENKO.
No está claro que este impulso de protesta le alcance a Zelensky para confirmar su triunfo definitivo. Los analistas predicen que Poroshenko obtendrá los apoyos necesarios para imponerse en la segunda vuelta. La falta de proyecto político del candidato de protesta podría ser determinante. Un poco como Marine Le Pen, que agita y revuelve el escenario político, pero carece de apoyos para ocupar el lugar principal. Para algunos, el voto inicial ha sido una llamada de atención o un desahogo, pero a la hora de la verdad se retomará, bien que con desgana, el camino conocido (4).

Poroshenko se ha presentado a la reelección con un proyecto inequívocamente nacionalista, que se condensa en su lema: “Ejercito, fe y lengua”. Estos últimos años se han destinado fondos cuantiosos para construir unas fuerzas armadas capaces de recuperar la integridad del territorio nacional y asegurar su defensa, con un resultado fallido a medias. Se han promovido la lengua y la cultura ucranianas, muy similares a las rusas, pero artificialmente presentadas como distintas y promovidas con ánimo reivindicativo (5). Y,
last but no least, se ha propiciado la ruptura con la Iglesia ortodoxa rusa para establecer una línea nacional-religiosa autónoma (6).
Los símbolos que maneja el presidente ucraniano son los arquetípicos del nacionalismo combatiente. Pero contrariamente a Zelensky, Poroshenko mira hacia el Oeste en busca de respaldos, de dinero y de garantías. Lo ha obtenido a regañadientes o con condiciones no siempre a su alcance. Occidente lo mira con recelo o como la opción menos mala, más como dique frente al Kremlin que como socio fiable. No gusta en los despachos de Bruselas los experimentos populistas. Desde luego, no los trágicos, pero tampoco los cómicos.

Otra cosa es es el capricho de la Casa Blanca, cuyo actual inquilino se siente vanidosamente complacido por el crecimiento de la cohorte de admiradores que proliferan, tanto en la Europa poscomunista como en la occidental. Sólo el sesgo correcto y severamente antirruso de sus asesores exteriores podría disuadir de Trump de un extemporáneo pronunciamiento que pudiera investir a este candidato ficticio.
    
       


NOTAS

(1) “Will a comic actor become Ukraine’s next President? Why Volodimyr Zelenskiy won the first round of elections”. MELINDA HARING. FOREIGN AFFAIRS, 2 de abril.

(2) “Yulia Timoshneko attemps comeback in Ukrainian election. CHRISTINA ESCH. DER SPIEGEL, 28 de febrero.

(3) “Ukraine’s TV President is dangerously pro-russian”. ALEXANDER J. MOTYL. FOREIGN POLICY, 1 de abril.

(4) “No joke: Ukraine TV comedian wins election’s first round”. THE NEW YORK TIMES, 31 de marzo.

(5) “Is the risk of ethnic conflict growing in Ukraine?”. ELISE GIULIANO. FOREIGN AFFAIRS, 18 de marzo.

(6) “In Ukraine, après le schisme les convulsions religieuses”. LE MONDE, 13 de febrero.


THERESA DE LOS MIL DÍAS

28 de marzo de 2019
              
Como una Ana Bolena de estos tiempos, Theresa May rendirá su cabeza (política) mil días después de haber llegado a lo más alto. No será el Rey (o la Reina) quien la arroje al cadalso, sino el alter ego del poder británico, el Parliament, o más bien sus partenaires tories, que la escogieron como segunda esposa, tras repudiar al primerizo Cameron, un pretendiente que nunca pudo complacer los anhelos soberbios de un Reino rupturista.
                
Ciertamente, la severa y encallecida Theresa carecía de los encantos seductores de aquella damisela perturbadora e intrigante del Renacimiento. Pero ambas practicaban, aunque con desigual habilidad, el arte del doble juego, la ambigüedad y la deliberada indefinición para confundir a adversarios, rivales o tibios.
                
Esta licenciosa digresión ucrónica encaja en el panorama surrealista que se dibuja en el distrito londinense de Westminster, sede de las principales instituciones británicas. Después del doble rechazo al farragoso y inconvincente acuerdo de separación con Europa, agotadas todas las estratagemas de dilaciones y órdagos, exhaustas las invocaciones al desastre o a la catástrofe, May se encuentra en la torre del castillo aguardando la implacable sanción del destino. Ofrece su cabeza al soberano para salvar su legado político, una carta otorgada que no podrá garantizar lo que se le exigía: la reconquista de la glorioso independencia nacional.
                
El dilema del divorcio de Europa ha consumido la energía no sólo de los políticos  o los burócratas más dilectos del Reino. Lo más grave es que ha atizado los impulsos fratricidas más enconados de la nación británica. El Brexit ha sido más destructivo que la tan novelada guerra de las dos rosas, porque ha roto amistades, separado familias y perturbado el diálogo social.
                
Es dudoso que otras elecciones, las segundas en dos años, puedan arreglar el entuerto, porque es probable que arrojen un resultado idéntico o muy parecido al actual. La fractura va más allá de las posiciones ideológicas. La pertinaz división conservadora encuentra réplica no menos agria en sus oponentes laboristas. En ambos campos hay partidarios de una u otra rosa (brexiter o remainer) y terceros incomprendidos que tratan inútilmente de tender puentes sobre fosas cada vez más abismales. Solo los marginales liberales o los alejados escoceses se mantienen unidos en su oposición a la ruptura con la UE.
                
Desde el pasado lunes, el Parlamento ha tomado el control del Brexit, reduciendo a la primera ministra a una especie de jefa de negociado en el callejón de Downing Street. Theresa May ha convertido el take back control (“recuperar el control”), famoso lema de Dominic Cummings, el publicista que diseñó la campaña del Brexit, en failure of control (o “pérdida de control”), en expresión de Stephen Paduano, un periodista colaborador de la London School of Economics, uno de los templos de la inteligencia británica (1).  
                
Pero, como era de esperar, este guiño orwelliano de poder parlamentario tampoco ha servido para salir del atolladero. Las ocho propuestas indicativas presentadas por los diputados como alternativas al dos veces repudiado Acuerdo de Retirada fueron rechazadas por el pleno de los Comunes, este miércoles.
                
Las propuestas que más cerca estuvieron de prosperar fueron la del histórico tory pro-europeo Kenneth Clarke de negociar una “amplia o permanente unión aduanera” entre el Reino Unido y la UE, o la de un par de laboristas (Kyle y Wilson), que consistía en someter a  referéndum cualquier acuerdo que pudiera salir de esta agónica ronda  parlamentaria (2).
                
Nadie confía en nadie. Como en las piezas más sombrías de la dramaturgia shakespeariana, el Reino se consume en la recriminación o la desconfianza. Tampoco falta el impulso ciego de la traición, y no en sentido alegórico. El diario conservador TELEGRAPH desveló hace unos días que los brexiteers más radicales contactaron con los nacional-populistas polacos, italianos y húngaros para que sus gobiernos ejercieran el veto e hicieran imposible la prolongación del artículo 50 (3).
                
Europa espera con impaciencia cada vez menos contenida. La diplomacia ha agotado ya sus habilidades y encubrimientos. Los días de prolongación del Brexit concedidos a una humillada primera ministra resultan tan irreales y estériles como las maniobras de una Theresa May sentenciada.
                
Amanda Sloat, la analista de la BROOKINGS para el Brexit, prevé un futuro incierto, tanto si al final, por acoso y derribo, saliera adelante el Acuerdo de Retirada (WA), como si se impone el Brexit duro (4).
                 
La ruptura radical implicará renunciar a las cláusulas pactadas del divorcio, sin periodo de transición y sin salvaguarda o excepción para la frontera entre las dos Irlandas.
                
Pero incluso el WA resucitado tampoco despejará los nubarrones. Gran Bretaña y Europa -anticipa Sloat- se enfangarán en un interminable proceso de discusión, pieza a pieza, regulación a regulación, sobre aduanas, tarifas, normativas, controles sanitarios, patrones de calidad, etc.
                
Se avecina, si algo inesperado no lo remedia, un tiempo de niebla densa en el Canal de Mancha, un factor atmosférico que convoca la nostalgia y la melancolía, como apuntaba con mezcla de ironía y tristeza Sam Byers, un escritor británico residente en Estados Unidos (5).
                
Al cabo, como Bolena en su tiempo, May no ha sabido colmar la ambición que devora a su furibundo señor. Ana no pudo dar al Rey el vástago que prolongara la dinastía. Theresa no ha sabido proporcionar a ese Reino replegado sobre sí mismo el mapa hacia un futuro glorioso libre de las ataduras continentales.

NOTAS

(1) “This is what ‘Taking back control’ looks like”. STEPHEN PADUANO. FOREIGN POLICY, 27 de marzo. https://foreignpolicy.com/2019/03/27/this-is-what-taking-back-control-looks-like/

(2) THE GUARDIAN, 28 de marzo.



(5) “Britain is drowning itself in nostalgia”. SAM BYERS. THE NEW YORK TIMES, 23 de marzo. https://www.nytimes.com/2019/03/23/opinion/sunday/britain-brexit.html