EUROPA VOTA BAJO EL ESPECTRO DEL NACIONAL-POPULISMO



                
El espectro del nacional-populismo sobrevuela las elecciones europeas que se celebran desde este jueves al domingo en los 28 países miembros. Encuestas y analistas le auguran un auge notable, hasta un 30%, según algunos de ellos.
                
Hace dos años se vivió el maratón electoral (Holanda, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Austria y Chequia) como un test decisivo para comprobar si el proyecto de integración europea seguía teniendo futuro. Los nacional-populistas fueron frenados, pero no derrotados. Ahora estamos ante el desafío de ese voto anti-establishment, ya que estos comicios se tienen como secundarios y, por tanto, menos arriesgados para manifestar el malestar social (1).  
                
FACTORES QUE HAN IMPULSADO Y LIMITADO EL RIESGO EXTREMISTA
                
1) La responsabilidad de los partidos del llamado consenso centrista (democristianos, conservadores, socialdemócratas y liberales, fundamentalmente), que no han sabido orquestar una respuesta eficaz y justa a la pavorosa crisis económica y social de la última década, favoreciendo el incremento de la desigualdad, el empobrecimiento de las clases medias, y la marginación creciente de las capas populares
                
2) El incremento de la presión migratoria, como consecuencia de la agudización de los conflictos en África y Oriente Medio, tras el desastre de la política neocon y la fallida primavera árabe. Los compromisos europeos a favor del desarrollo en esas áreas desestabilizadas y conflictivas se han ido debilitando.
               
3) El agotamiento de las ideologías europeas dominantes en la segunda mitad del siglo anterior y su incapacidad para implantar en unas sociedades bajo presión un discurso político sincero y comprometido, lo que ha favorecido el auge de opciones extremas: nacionalistas, populistas, xenófobas, seudo-libertarias e incluso nostálgicas del autoritarismo.
                
4) La heterogeneidad y dispersión del fenómeno ha limitado el alcance de su amenaza sobre el llamado orden liberal, al no haber sido capaces de ofrecer una alternativa continental o supranacional, quizás precisamente por haber quedado atrapados en la trampa de su discurso nacional y despectivo de cualquier cosa que suponga compromisos transnacionales.
                
5) Una extraña connivencia con la Rusia de Putin, más por interés puramente material (supuesto apoyo económico) que por sintonía con la deriva nacional-autoritaria del Kremlin. El último escándalo que le ha costado el puesto al líder nacional-populista de Austria y el colapso del gobierno derechista en Viena es uno más de una cadena que ha afectado a las formaciones de Francia o Italia, entre otras.
                
6) La capacidad para influir de formas diversas en las fuerzas políticas tradicionales, sobre todo del centro-derecha, forzando el acomodo de programas a sus ideas con más gancho (Francia, España), provocando disensiones en coaliciones conservadoras (Alemania, entre la CDU y su hermana, la CSU bávara), incluso aceptándolos como socios menores de gobierno (Austria, hasta hace sólo unos días).
                
7) La pasividad o negligencia del centro derecha, al exculpar, justificar o permitir a ciertas formaciones con responsabilidad de gobierno en sus países los excesos cometidos contra las libertades y normas democráticas, como son los casos del FIDESZ húngaro, socio aún, aunque bajo suspensión temporal del Partido Popular europeo, o del partido polaco Ley y Justicia (PIS), aliado de los tories británicos en el Grupo Conservador y Reformista.
                
Así pues, los factores impulsores del auge nacional-populista han sido compensados por otros que han frenado o amortiguado su impacto político. La Eurocámara es una institución muy criticada por los populistas por su carácter supranacional y sus dispendios (2), aunque paradójicamente haya servido como terreno propicio para el despliegue de ideologías de protesta (en la derecha, pero también en la izquierda). No lo suficiente, sin embargo, para amenazar seriamente la hegemonía centrista. Curiosamente, el factor división ha jugado un papel de contrapeso al reducir la influencia de los contestatarios.
                
LAS RENCILLAS DEL NACIONAL-POPULISMO
                
Los nacional-populistas no han sido capaces de unificar credos ni sumar efectivos para asaltar la institución más representativa del entramado político europeo. En la actualidad, están esparcidos en tres grupos de la Eurocámara.
                
El más fuerte (por encima del 10% de los eurodiputados) es el Grupo de Conservadores y Reformistas, comandado por el Partido Conservador británico, euroescéptico, por supuesto, pero supuestamente alejado de postulados populistas. El otro partido grande de este grupo es es el muy derechista PIS polaco. Como le ocurre al PPE con FIDESZ, los tories han demostrado pocos escrúpulos al maridarse con un partido que quiebra cada día compromisos básicos de la democracia y los valores europeos, como la independencia judicial o la libertad de información, por no hablar del revisionismo de la II guerra mundial.
                
Otras dos formaciones de este grupo son dos de los partidos xenófobos nórdicos más pujantes, los Demócratas suecos y los Verdaderos finlandeses.
                
La Europa de la Libertad y la Democracia Directa (EFDD), con más del 5% de los eurodiputados, está liderada por Alternativa por Alemania (AfD, partido xenófobo que nació como oposición al euro). Además cuenta en sus bancadas con dos formaciones francesas de discurso euroescéptico y escindidas de los bloques principales de la derecha: Patriotes, del otrora mano derecha de Marine Le Pen, Florien Philippot, ahora tratando de explotar el fenómeno de los gillets jaunes; y Debout France, expresión de los soberanistas procedentes del gaullismo más rancio. Se han unido a este grupo otros disconformes, en este caso con el Partido Conservador británico, agrupados en el Brexit Party, y el sector más derechista del Movimiento 5 estrellas de Beppe Grillo.
                
El otro grupo es la Europa de las Naciones y las Libertades (ENL), algo menos del 5% de los parlamentarios. Aglutina el nacionalismo de repliegue o rechazo, conservador y retrógrado, bajo el liderazgo intelectual del Rassemblement National (exFrente Nacional) de Marine Le Pen, el impulso enérgico de la Lega italiana y la influencia gubernamental de los sedicentes liberales austríacos (FPÖ), hasta que ha estallado el escándalo del video que destapa una supuesta operación corrupta con una representante de los oligarcas rusos. En este grupo se cobijan también unos disidentes eurocríticos del centro-derecha alemán, reunidos en el Die Blaue Partei, el minúsculo pero bullicioso Partido del Brexit, heredero del UKIP del polémico Neil Farage y los xenófobos flamencos del Vlaams neerlandés.          
                
Por tanto, el nacional-populismo está dividido. Sus líderes son incapaces de ponerse de acuerdo, debido al lastre que supone su retórica patriotera y por una lucha de egos no resuelta. La politóloga Nathalie Brack ha estudiado los límites de su actuación en el Europarlamento (3).
                
Algunos de las estrellas nacional-populistas (Salvini, Le Pen) pretenden ahora de nuevo aunar fuerzas en un solo grupo, cuando se constituya el nuevo Parlamento (4). Pero se mantienen varias incógnitas. A saber, qué pasará con FIDESZ. Si el PPE necesita sus votos para mantener la hegemonía, es dudoso que terminen expulsándolo del grupo definitivamente. Si lo hacen, el partido de Orban debería recalar en ese nuevo grupo unificado de la derecha soberanista.
                
Por otro lado, de consumarse el Brexit, los tories británicos dejarán al grupo Conservador integrado solamente por el partido polaco gobernante Ley y Justicia y pocas formaciones residuales adicionales, lo que puede acelerar una migración de todos ellos al PPE o a los nacional-populistas. Estaríamos ante una reestructuración del nacional-populismo.
                
LA DISPERSIÓN DEL CENTRO DERECHA
                
Otra de las claves a dilucidar en esta ronda electoral es la capacidad del centrismo político para someter esta contestación aparentemente antisistema bajo límites manejables, como hasta ahora. La lucha por la hegemonía complica seriamente este propósito. A día de hoy, la fuerza dominante en el Parlamento europeo es el centro derecha, con 217 diputados (casi el 29%). Aspira a continuar siéndolo, pero no lo tiene asegurado. Las familias políticas que gobiernan en los estados europeos están divididas en tres grupos: Populares democristianos, Conservadores y reformistas y  Liberales-demócratas.
                
En el Partido Popular europeo, en origen de inspiración democristiana, cohabitan formaciones genuinamente adscritas a esa ideología, arraigadas en Alemania, Holanda, Bélgica, Austria o Dinamarca, con otras de perfil netamente conservador. Es el caso del Partido Popular español, cuyo perfil es poco tributario de la doctrina social católica ya desde hace años, o de Forza Italia, cuyo auge ocurrió a costa precisamente de la Democracia Cristiana italiana, fuerza hegemónica durante décadas, a la sombra del Vaticano. Y qué decir de Los Republicanos franceses, antiguos gaullistas, que nunca pudieron ser considerados como partido confesional. No es de extrañar que la derecha francesa, más atomizada de lo que sus éxitos electorales indican debido al sistema electoral de agrupamientos en segunda vuelta, se encuentre dispersa en varios grupos políticos del PE.
                
El gran lastre del PPE es la presencia en sus filas del partido húngaro FIDESZ, liberal en sus orígenes, en el tardocomunismo de finales de los ochenta, pero inscrito ahora en la tendencia iliberal, autoritaria y dudosamente democrática. EL PPE ha sancionado al partido del primer ministro Viktor Orban, pero no ha querido expulsarlo, porque aporta una decena de diputados que le ayudan a sostener su hegemonía en Estrasburgo. El líder del PPE y aspirante a presidir la próxima Comisión Europa (spitzen kandidat) es el bávaro alemán Manfred Weber (CSU), que mantiene puntos de vista sobre migración próximos al nacional-populismo.
                 
Los liberales de la ALDE agrupan a un 9% de los eurodiputados. Macron ha asumido el liderazgo externo del grupo, aunque su dirigente parlamentario sea el belga Guy Van Verhofstadt y los alemanes del FPD provean una buena parte de sus actas parlamentarias. Ciudadanos se inscribe lógicamente en este grupo, con la incómoda compañía del PdCat y, sorprendentemente, el PNV, al que no podríamos calificar de liberal en España (de origen democristiano, conservador en lo social y nacionalista en su ambición estratégica).
                
El líder francés se presenta en estas elecciones como la máxima garantía para frenar al nacional-populismo, como ya hiciera con notable éxito en las presidenciales de su país (6). Pero su estrella se ha apagado un poco por la contestación social y la falta de sintonía con otros líderes europeos. Macron  no se resiste al papel de comparsa de los liberales y pretender acabar con la alternancia entre populares y socialistas (7). Sus diferencias con la canciller Merkel han bloqueado las expectativas de restauración del motor franco-alemán que se abrieron con la llegada al Eliseo del joven dirigente francés (8).
                
LOS SOCIALDEMÓCRATAS, EN ARDUA BÚSQUEDA BUSCA DEL LIDERAZGO PERDIDO
                
El centro-izquierda se presenta unido en torno a los Socialdemócratas, que aparecen como el grupo político europeo ideológicamente más cohesionado. Con 184 escaños, disponen de una cuarta parte de la Eurocámara. Públicamente aspiran a conseguir el 30%, lo que les convertiría en el principal grupo parlamentario. Pero las encuestas les predicen un descenso importante, debido a su debilitamiento en algunos de sus feudos tradicionales del centro y norte del continente (Alemania, Francia, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Suecia o Finlandia).         
                
Paradójicamente, el líder de los socialistas europeos y declarado candidato a presidir la futura Comisión es el políglota e influyente Franz Timmermans (actual número dos de la CE), perteneciente al partido holandés, uno de los más castigados en las recientes elecciones.
                
No obstante esta profunda crisis, la socialdemocracia presenta algunos polos claros de recuperación. Numéricamente, el partido más fuerte en las filas socialistas es el Labour británico, que podría llegar de nuevo a Downing St, si no se lo impiden las contradicciones internas por el Brexit. Por esta misma razón, si se consuma la salida del Reino Unido de la UE, la pérdida de efectivos en las filas socialistas será de consideración.
                
La corriente más pujante viene ahora del sur, con gobiernos monocolores en España, Portugal y Malta. Y tampoco son desdeñables las aportaciones que este grupo recibe de la secciones reconvertidas de los antiguos partidos comunistas de Europa Oriental (dominantes aún en Rumania y fuertes en Eslovenia, Chequia, Eslovaquia y Bulgaria), aunque hayan sido barridos en Hungría y Polonia.
                
LA IZQUIERDA ALTERNATIVA, ANTE OPUESTAS PERSPECTIVAS
                
Finalmente, la izquierda no socialista tiene dos polos de referencia: ecologistas, de un lado, e izquierda reivindicativa más comunistas, de otro, con el 7% de diputados cada uno.
                
El Grupo Los Verdes-Alianza de la Libre Europa reúne a la gran mayoría de los partidos ecologistas, liderados por alemanes, franceses, centroeuropeos y nórdicos. Los sondeos indican que pueden salir reforzados. La otra rama está integrada por partidos nacionalistas de izquierda o reivindicativos, como el Partido Nacionalista Escocés (SNP), los nacionalistas galeses del Playm Cimru y los republicanos independentistas catalanes de Esquerra (ERC).
                
La Izquierda Unitaria aglutina a a los sectores críticos, como el alemán Die Linke o la France Insoumise de Melenchon, la Syriza del primer ministro griego Tsipras, Izquierda Unida de España y una larga lista de los partidos comunistas más convencionales del sur de Europa. Es llamativa la presencia en este grupo, y no en el anterior, del Sinn Feinn, cuyo objetivo fundacional es la reunificación de Irlanda. A pesar de la desafección hacia los socialdemócratas, no se les augura una mejora de posiciones.
                

NOTAS

(1) “European Elections Will gauge the power of Populism”. STEVEN ERLANGER. THE NEW YORK TIMES, 20 de mayo.

(2) “Très cher Parlament européen. LE MONDE, 16 de mayo.

(3) “Emmanuel Macron y Matteo Salvini offer two visions for Europe” RACHEL DONADIO. THE ATLANTIC, 21 de mayo.

(4) “Opposing Europe in the European Parliament”. NATHALIE BRACK. PALGRAVE MCMILLAN, (e-book), 2018.

(5) “2019 European Parliament Elections will change the EU’s political dynamics”. STEFAN LEHME y HEATHER GRABBE. CARNEGIE EUROPE, 11 de diciembre 2018.

(6) “Emmanuel Macon y Matteo Salvini offer two visions for Europe” RACHEL DONADIO. THE ATLANTIC, 21 de mayo.

 (7) “Pourquoi Macron veut garder la main sur le présidence de la Commission Européenne”. MICHAELA WIEGEL. FRANKFURTER ALLGEMEINE ZEITUNG, 16 de mayo (reproducido por COURRIER INTERNATIONAL, 21 de mayo)

(8) “Merkel-Macron. Après les disensions, la reconciliation. SUDDEUTSCHE ALLGEMEINE ZEITUNG, 17 de mayo (reproducido en COURRIER INTERNATIONAL)



LAS GUERRAS DE TRUMP: ¿SÓLIDAS, LÍQUIDAS O GASEOSAS?


16 de mayo de 2019
                
La primavera llega cargada con tambores batientes de confusas crisis internacionales, rumbos de colisión en el siempre sensible Golfo Pérsico, represalias comerciales de grueso calibre y largo alcance con China e incremento de tensiones en diversas zonas mundiales (Corea del Norte y Venezuela). El protagonista esencial de este clima de inquietud es el inquilino de la Casa Blanca, que soporta a duras penas una guerra política interna más sorda pero mucho más destructiva para sus ambiciones de continuar en el puesto.
                
LA GUERRA COMERCIAL CON CHINA
                
De todas estos sobresaltos, el que más daño está haciendo, de momento, es la inepta confrontación comercial con China. Fastidiado por unas negociaciones complejas y tediosas que se alargan más de lo que su escasa paciencia le permite soportar, Trump se ha embarcado en una dinámica de represalias tarifarias y de cierre de aduanas a productos tecnológicos sensibles que sólo pueden generar una escalada y alejar la solución razonable de la disputa.
                
Las prácticas económicas y mercantiles de Pekín son desde luego ventajistas. Pero Estados Unidos lleva tiempo consintiéndolas, porque se ha creído siempre que, a la postre, la inmersión del gigante asiático chino en el capitalismo internacional terminaría consumiendo su autoritarismo y llevando a las fuerzas dinámicas de la sociedad hacia el orden liberal. Importa poco que el mismo análisis se hiciera de Rusia, con un resultado opuesto al esperado.
                
Trump se ha propuesto presionar a China con su manual de aguerrido hombre de negocios, convencido de que puede lograr que el gigante asiático se avenga a sus convenientes reglas. Algunos analistas consideran que no le faltan argumentos, porque, contrariamente a quienes han exagerado el peligro amarillo, China está muy lejos todavía de desafiar la hegemonía norteamericana (1).
                
Pero el presidente hotelero ha repartido muy mal las llaves del acoso a Pekín. Se ha indispuesto con sus aliados tradicionales en Europa, Asia y Oceanía al plantear otras disputas comerciales inoportunas (2). Su ignorante arrogancia le ha llevado a gestionar el problema de manera arbitraria e intempestiva. No hay ventaja mayor para los herederos del Imperio Medio que su rival se deje conducir por la impaciencia. Ellos conciben la lucha como un ejercicio de tenacidad. La enorme dimensión del dossier chino fluirá seguramente por la fuerza de las cosas y dejará de aparecer como una sólida roca en el sendero de la globalización capitalista, para adoptar la forma de un caudal tempestuoso pero líquido que será posible canalizar y embalsar.
               
LA EXHIBICIÓN DE FUERZA EN EL GOLFO
               
La otra crisis global del momento viene sazonada con música militar. Trump flexiona músculos ante Irán, por instigación de su consejero Bolton. La República Islámica chií es una asignatura pendiente para este sobreviviente de la patrulla neocon, que siempre consideró insuficiente el desastre de Irak y apostaba por terminar la tarea derribando el régimen de los ayatollahs. No convencieron a Bush de tan ambicioso proyecto.
                
Ahora, Bolton cree que le ha llegado su segunda oportunidad (3). Ha procedido con astucia, sabiendo lo necesitado que está su Jefe de aportes de popularidad que una campaña internacional siempre proporciona. Aprovechando la fijación de Trump en desbaratar el acuerdo nuclear para borrar cualquier rastro del legado de Obama, Bolton ha cargado las tintas sobre las amenazas que Irán representa para la estabilidad regional, el suministro mundial de crudo e incluso la propia seguridad de Estados Unidos.
                
Tal ha sido su empeño que ha conseguido que el Pentágono elabore un plan de contingencia a la medida de las grandes ocasiones. El despliegue militar en el Golfo, desvelado por el NEW YORK TIMES, es inquietante (4). No obstante llevará semanas, si no meses, encaminar hacia la zona los 120.000 hombres previstos en el plan, y aún este número resulta insuficiente para un ataque por tierra, como han señalado los propios jefes militares.
                
Una vez que Washington se retirara del acuerdo nuclear, era de esperar que Irán moviera ficha. Ha tardado en hacerlo y lo  ha hecho cautelosamente, sin incumplir en lo fundamental lo pactado, dejando la puerta abierta a un gesto de Europa (puede contar con Rusia y China, pero su apoyo no es suficiente ni concluyente).
               
Con ironía y dominio del relato mediático, el jefe de la diplomacia iraní y arquitecto del acuerdo nuclear, Javad Zarif, hizo recaer ya hace un mes la responsabilidad de lo que pueda ocurrir en las cuatro Bs: Bolton, Bibbi (Netanyahu), Bin Salman (el príncipe heredero saudí) y Bin Zayed (el homólogo de los Emiratos).
                
Por el contrario, a los ayatollahs, sobre todo al Supremo Jamenei, les gusta hacer gruesas proclamas y predicciones apocalípticas sobre el destino de los pérfidos enemigos. Pero la teocracia iraní sabe muy bien que la continuidad del régimen, y por lo tanto de sus privilegios, pasa por no deslizarse hacia un conflicto sólido con el Gran Satán.
                
Congresistas demócratas consideran la actual escalada una crisis “manufacturada” por Bolton y Trump. En la misma línea, los aliados europeos consideran injustificado este impulso bélico, porque no aprecian un incremento del riesgo de ataque iraní en el Golfo (5). Los sabotajes a algunos petroleros el pasado fin de semana pueden ser provocaciones o fabricaciones, aún se ignora.
                
Por de pronto, esta crisis puede servir para desviar la atención del acoso demócrata al Presidente de las 10.000 mentiras, por los efectos del Informe Mueller y sus opacos negocios y cuentas fiscales. Lo más probable es que este ruido bélico se licue y luego se evapore en forma de retirada discreta sin mayores consecuencias. Pero es innegable que  cualquier incidente, o accidente, puede prender la mecha de una confrontación de gruesas consecuencias.
                
LOS ESCENARIOS SECUNDARIOS: COREA DEL NORTE Y VENEZUELA
                
En Corea del Norte, las nuevas pruebas misilísticas y la reanudación de otras tareas menores relacionadas con el desarrollo de su arsenal nuclear de Pyongyang tienen más aire de rutina que de desafío a Washington. Son gestos que suenan pero no constituyen una amenaza a la altura del esfuerzo que supone para una población hambrienta y sojuzgada.
                
La atrabiliaria iniciativa de paz con el líder norcoreano acabó en fiasco. Trump se ha aburrido del dossier norcoreano, ahora que sabe que no obtendrá el Nobel por hacerse fotos en dos resorts exóticos al otro lado del Pacífico.
                
Lo más probable es que este ruido de las últimas semanas se consuma como la estela de los cohetes y se vuelva a una estrategia de negociación más sólida, que no esté basada en la retórica del fire & furious, ni en una paz ficticia de dos líderes desiguales en estatura física pero similares en envergadura ética.
                
En Venezuela, un desenlace sólido es cada vez más probable, precisamente porque es más plausible y la percepción del riesgo es menor para la Casa Blanca, aunque no para los venezolanos. El fracaso del reciente golpe hace temer otra intentona, quizás más violenta.

NOTAS

(1) Para hacerse una idea completa y objetivo de la dimensión de la disputa comercial chino-norteamericana, es muy útil el desglose presentado en la BBC en su página web. https://www.bbc.co.uk/search?q=Trade+war%3A+US-China+trade+battle+in+charts

(2) “Why U.S. allies aren’t rushing to back Trump’s China trade war”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 14 de mayo.

(3) Ver mi anterior comentario, en este mismo blog.

(4) “White House reviews military plans against Iran, in echoes of Iraq war”. THE NEW YORK TIMES, 13 de mayo.

(5) “Skeptical U.S. allies resist Trump’s new claims of threats from Iran”. THE NEW YORK TIMES, 14 de mayo,

ESTADOS UNIDOS: BOLTON, AL MANDO


8 de mayo de 2019
                
Tantos bandazos ha dado Trump en política exterior que cabe preguntarse si tiene realmente una que merezca siquiera tal consideración, más allá de lugares comunes, bravuconadas, caprichos y concesiones insustanciales a quienes escucha en cada momento.
                
Más obsesionado con demoler lo edificado por su antecesor que por corregir de forma coherente su orientación, como le piden algunos políticos republicanos con anclaje en la materia, el presidente hotelero pica aquí y allá guiado por sus instintos. Esta guts policy cada día desconcierta menos a quienes quiera que se consideren todavía los suyos, ya no alarma a unos aliados que lo han dejado por imposible y sitúa a los adversarios en una extraña posición de expectativa, convencidos de que alguien lo frenará antes de deslizarse en la catástrofe.
                
En las semanas que han transcurrido desde el afloramiento del informe Mueller, el presidente de las diez mil mentiras en 800 días de mandato (fact checker del Washington Post) (1), Trump ha pasado de una ficticia sensación de triunfo y alivio al modo combativo y desafiante que tanto le gusta. Se levanta con una amenaza y se acuesta con una represalia. En el entreacto, sus esforzados colaboradores tratan de enfocar el tiro, a sabiendas de que se trata de un tarea propia de Sísifo. El último desafío: niega a los demócratas sus últimas declaraciones de la renta, documentación básica para investigar posibles conductas delictivas.
                
Sobresalen en esta hora de su errático mandato dos figuras de muy distinta extracción: el fanático John Bolton, superviviente del naufragio neocon, más fiel a su agenda ideológica que a los deseos de la Casa Blanca (ésta o las anteriores); y el más convencional Mike Pompeo, que exhibe una sintonía más instintiva que intelectual con el patrón.
                
Pompeo se ocupa de los asuntos exteriores corrientes, mientras Bolton se concentra en culminar el diseño de pax americana iniciado en la presidencia de G.W. Bush. El Secretario Pompeo practica el juego diplomático, sonríe a los aliados del hemisferio y del otro lado del Atlántico, pero baraja las cartas y añade los comodines que le hacen falta. El Consejero Bolton urde sus estrategias menos expuesto al escrutinio público y se asegura sólo la imprescindible atención del despacho oval. Recomendable el perfil que ha publicado THE NEW YORKER (2).
                
VENEZUELA, COMO SAINETE DEL TABLERO MUNDIAL
                
Un buen ejemplo de ese recurso de los comodines es el último episodio venezolano. Ya conocíamos ejemplos abundantes de los clásicos manuales para dar golpes de Estado; desde ahora, disponemos de otro sobre cómo no darlos. Tardaremos en saber lo que ocurrió en las primeras horas del 30 de abril en Caracas. Si hubo traición de unos o traición de otros; o si ambas partes engañaron a los suyos y a los ajenos, suponiendo que podamos colocarlos en la casilla que les corresponda (3).
                
Pompeo ofreció versiones que desmintieron a Trump y que dejaron en mal lugar a Guaidó y en descubierto a López, el auténtico hombre de Washington.  En realidad, todos los que ahora llevan la voz cantante en la oposición venezolana lo son, pero unos fungen de  escogidos y otros de comparsas. Tras el último gatillazo, ya no se avergüenzan de avenirse a la intervención directa de los marines, como acaba de confesar el propio Guaidó (4). Para ello se ampararían en el artículo 187 (11) de la Constitución que habilita al Presidente (o al "Encargado”: o sea él) a autorizar misiones militares extranjeras en el territorio nacional (5). Lo que deja a la oposición moderada, más sensata o razonable cada vez más arrinconada, casi reducida a la irrelevancia.
                
Del otro lado, de los restos del chavismo, apenas se mantiene el instinto de supervivencia, el cálculo de clan o incluso el puramente personal. Que Cuba o Rusia conduzcan el barco averiado y en desguace de la revolución bolivariana es algo que no sabemos con seguridad. Los intereses de La Habana y Moscú pueden ser parcialmente coincidentes, pero no igualmente prioritarios. Venezuela aliviaba el aislamiento del castrismo y resolvía su necesidad energética. Para Moscú, se trata más bien de una palanca en el juego de tensiones posguerra fría con Washington.
                
ORIENTE MEDIO, O LA OPORTUNIDAD DEL AJUSTE DEFINITIVO
                
Bolton atiende de reojo estas “menudencias” del patio trasero y se concentra en los grandes tableros geoestratégicos. La rivalidad árabe-israelí es puramente retórica. Los autócratas árabes están más empeñados que nunca en oprimir a sus pueblos y menos dispuestos a hostigar siquiera gestualmente al otrora enemigo sionista. La Casa Saud y sus clientes crediticios se concentran prioritariamente en debilitar al vecino persa. Concluido el para ellos doloroso periodo de Obama, toca ahora aprovechar la ocasión de hacer negocios con una Casa Blanca más accesible que nunca. Aguardan el plan de paz del yernísimo Kushner con una rutinaria despreocupación. Lo que les motiva es el arsenal de presiones boltonianas contra el enemigo iraní, que no ha estado más contra las cuerdas en cuarenta años de revolución. Esta semana asistimos a una nueva escalada verbal, con despliegue militar incluido. Por su parte, los ayatollahs, irritados por el socavamiento norteamericano del acuerdo nuclear y frustrados por la impotencia europea, anuncian la reanudación del algunos aspectos secundarios de su programa atómico, sin salirse de los límites, de momento.
                
El nacional-etnicismo populista de Israel también se regocija de estos tiempos felices. Palestina ha dejado de ser ese problema de seguridad, siempre sobrevalorado, exageración rentable, para reducirse a un asunto manejable de orden público. El último intercambio de fuego con Hamas en y desde Gaza responde a esa nueva situación. Desactivado el riesgo de la escalada, cada cual obtiene más o menos la legitimación que a ambas partes conviene. Israel y Hamas se han convertido en una suerte de enemigos íntimos (6).
                
A los islamistas palestinos, cada día más pálidos por comparación a lo que anida en los sótanos, estas operaciones le permiten blindarse frente a una ANP constreñida en una Cisjordania cada vez más amenazada por la expansión de las colonias judías y muy lejos de un Estado propio. A Netanyahu, recientemente revalidado en las urnas por mor de un relato engañoso, lo consolida como el padre que vela por el sueño de la nación, aunque de vez en cuando sufra una pesadilla o un sobresalto.
                
Bolton se mueve como pez en el agua en este escenario de acosamiento de enemigos desiguales, neutralización o impotencia de aliados e introspección de la oposición interior. Maneja a su gusto los dossieres exteriores, todos los estratégicos, naturalmente, y algún que otro secundario, con Pompeo de oficial de apoyo en el puente de mando. Carece de oponentes de consideración, incluso en la bancada republicana del Capitolio, donde preocupa más cómo resistir otra oleada demócrata en 2020 que el empeño inútil por corregir el rumbo de una Casa Blanca imprevisible. Mientras el Presidente de las diez mil mentiras se entrega a recurrentes disputas comerciales con Pekín o se entretiene en confusos intercambios charlatanes con el Kremlin, Bolton dispone las piezas de un proyecto de dominación sin cabeza visible, fiel a sus convicciones y no a un líder inexistente.  
               

NOTAS

(1) “10.000!”. FACT CHECKER. THE WASHINGTON POST, 3 de mayo.

(2) “John Bolton on the warpath”. DEXTER FILKINS. THE NEW YORKER, 6 de mayo.

(3) “How a plot filled with intrigue and betrayal failed to oust Venezuela’s President”. THE WASHINGTON POST, 3 de mayo; “Secret Venezuela files warn about Maduro confident”. THE NEW YORK TIMES, 2 de mayo.

(4) “Guaidó says that opposition overestimated military support for uprising” (Entrevista exclusiva con el corresponsal en Caracas ANTHONY FAIOLA). THE WASHINGTON POST, 4 de mayo.

(5) “Will Guaidó call for a U.S. military intervention?”. GIANCARLO FIORELLA. FOREIGN AFFAIRS, 17 de abril.

(6) “Israel and Hamas need each other”. DAVID AARON MILLER. FOREIGN AFFAIRS, 29 de marzo.

SRI LANKA: RIVALIDAD REGIONAL Y RASGOS NIHILISTAS EN EL ATENTADO DE PASCUA

30 de abril de 2019

                
El atentado del Domingo de Pascua en Sri Lanka nos ha hecho recordar que no son las sociedades occidentales las que padecen los peores azotes de la violencia terrorista. La dimensión de la tragedia (dos centenares y medio de muertos, tras una reducción de un 30% en el número provisional por errores técnicos) convierte a este atentado en uno de los más mortíferos del fenómeno terrorista a escala planetaria.
                
La autoría de la cadena de explosiones en iglesias cristianas y hoteles de Sri Lanka fué reclamada por un oscuro grupo yihadista local afiliado, afecto o vinculado al DAESH (Estado Islámico), recientemente expulsado de sus últimos bastiones en Siria.
                
Durante días, y aún hoy, se mantuvieron serias dudas sobre la autenticidad de estos pronunciamientos. Pero la atención local se centró en la polémica por la desatención oficial a las advertencias de un alto riesgo de atentados, en gran parte debido a una confrontación en la cúspide del poder entre el Presidente de la República y el jefe del gobierno.
                
Sri Lanka (la Ceylán colonial británica) es un estado multiétnico y religiosamente plural, bajo tensión desde los albores de su nacimiento. La mayoría cingalesa, de religión budista, ejerce un dominio considerable (70%) sobre las otras minorías importantes: hindú (12,5%), musulmana (casi un 10%) y cristiana (7,5%).
                
ANTECEDENTES SANGRIENTOS
                
Durante las décadas de los ochenta, noventa del pasado siglo y primera del presente, un sector radical de la minoría tamil se agrupó en una autoproclamada organización armada de liberación  denominada los tigres, con la pretensión de lograr la independencia en regiones del norte y este del país donde esa etnia era mayoritaria. Los tigres tamiles fueron los primeros en adoptar la modalidad de atentados suicidas. Protagonizaron acciones de una brutalidad escalofriante, con decenas y hasta centenares de muertos. El estado les hizo frente con no menos contundencia.
                
En las fases álgidas del conflicto, la India, que cuenta también con una importante minoría tamil, trató de ejercer el papel de mediador. Incluso desplegó soldados en la isla bajo bandera de la ONU, en calidad de fuerzas de paz. Esta experiencia resultó un absoluto fracaso y dejó algunos rastros de especial  significación. Un extremista tamil asesinó al entonces primer ministro, Rajiv Gandhi.  Al final, sólo la fuerza consiguió doblegar a los tigres tamiles que fueron derrotados por el estado hace ahora diez años. El balance de esos años de plomo es pavoroso: 70.000 muertos y 140.000 desaparecidos (1).
                
El atentado de Pascua tiene poco que ver directamente con esta saga sangrienta, pero se inscribe en la fuerte tensión interétnica que se extiende por esta zona meridional de Asia. La minoría musulmana cingalesa pasa por ser moderada y no cuestiona su lealtad al Estado. Pero hay sectores que se han radicalizado en los últimos años. En paralelo, han crecido también los sectores extremistas budistas de la mayoría cingalesa, que presionan a favor de políticas más intransigentes hacia las minorías, y en particular la musulmana.
                
Estas tensiones están alimentadas por la rivalidad regional que protagonizan India y Pakistán (ambas excolonias británicas, como Sri Lanka). India es un subcontinente con centenares de etnias y todos los credos religiosos existentes en el planeta, mientras Pakistán se creo como un proyecto nacional ligado a la defensa y promoción de la confesión islámica.
                
Ambas potencias, por lo demás dotadas de armamento nuclear, viven en permanente estado de beligerancia desde la independencia. Reivindicaciones territoriales sin resolver y una hostilidad permanente han desencadenado varios brotes bélicos de consideración. Pakistán es acusado por la India de armar, financiar y proteger a grupos terroristas que han actuado periódicamente en su territorio.
                
El juego de tensiones étnicas y religiosas traspasan las porosas fronteras de estos países del Asia meridional hasta conectar con otras potencias del Medio Oriente. Se cruzan acusaciones y anidan todo tipo de teoría conspiratorias. Las redes sociales han contribuido, también en esta ocasión, a favorecer la propagación de amenazas y falsas campañas de intimidación y persecución. Es comprensible que las autoridades de Sri Lanka clausuraran las redes sociales tras los atentados, por temor a que se desencadenase un ciclo de represalias.
                
¿LOS CRISTIANOS, OBJETIVO PREFERENTE?
                
La selección de la minoría cristiana como objetivo (local, en el caso de las Iglesias y occidental, en los hoteles) ha sido presentada por los supuestos autores de las masacres como una respuesta vengativa a la acción terrorista cometida en dos mezquitas de Nueva Zelanda por el supremacista australiano Brenton Tarrant, a comienzos de abril (2).
                
Tras ese atentado, las fuerzas de seguridad turcas aseguraron haber frustrado una operación de represalia del DAESH contra ciudadanos australianos y neozelandeses. Los cristianos se sienten cada día más inseguros en Sri Lanka; no en vano han sufrido cerca de un centenar de episodios de violencia de desigual intensidad el año pasado y un número proporcional a ese en los primeros cuatro meses de 2019. Las organizaciones evangélicas han denunciado este clima de alarma.
                
Algunos analistas creen que los sectores budistas más extremistas pueden utilizar los atentados de Pascua para erigirse en protectores de los cristianos como coartada para ejercer presión contra los musulmanes. No se descarta que la India del fundamentalista hindú Narendra Modi pueda hacer causa común con los extremistas budistas cingaleses por su combate contra el yihadismo (3).
                
El primer ministro indio se está sometiendo a escrutinio electoral. Los comicios en la India se prolongan durante más de un mes (debido a la extensión continental del país) y hasta mediados de año no se sabrá si podrá formar gobierno, aunque, como parece revalide su triunfo en las urnas. Narendra Modi, un dirigente etno-nacionalista con unas credenciales fundamentalistas inquietantes, no ha conseguido encauzar a la India por el sendero de prosperidad que prometió. Sus reformas económicas liberales han resultado fallidas. El ensayo de conciliación con Pakistán y ambos estados volvieron a situarse en el umbral de una nueva guerra abierta hace unos meses en el escenario clásico de Cachemira.
                
En definitiva, la debilidad de las estructuras de seguridad, una tradición de violencia endémica, el caldo de cultivo de la precariedad económica y la marginación social, la fragilidad de los lazos interculturales y el terreno abonado de las manipulaciones exteriores son factores que favorecen la amplificación del fenómeno terrorista en estas zonas de Asia. Ese carácter nihilista, desesperado y apocalíptico lo hemos presenciado también en tiempos recientes en Oriente Medio, como señalan Max Fisher y Amanda Taub, dos periodistas que se esfuerzan por interpretar las claves de los principales conflictos internacionales (4). Pero es en Asia donde parece cobrar una dimensión de normalidad que provoca la alarma y el desconcierto en propios y extraños.

NOTAS

(1) THE GUARDIAN, 22 de abril.

(2) “The hazy link between the attacks in Sri Lanka and New Zealand”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 25 de abril.

(3) “The religious tensions behind the attacks in Sri Lanka”. NEIL DEVOTTA Y SUMIT GANGULI. FOREIGN AFFAIRS, 24 de abril.

(4) “Sri Lanka and the disturbing new normal in terror”. MAX FISHER Y AMANDA TAUB. THE INTERPRETER. THE NEW YORK TIMES

UCRANIA: DE LA TRAGEDIA A LA FARSA

22 de abril de 2019

                
Se ha consumado lo que hace sólo unos meses parecía una boutade política fruto de la exasperación y el desencanto. El cómico Volodimir Zelensky se ha convertido en el nuevo presidente de Ucrania tras derrotar abrumadoramente (73% de los votos, según el escrutinio provisional) al actual ocupante del cargo, Petro Poroshenko.
                
El triunfo del showman convierte en realidad la serie televisiva que él mismo dirige e interpreta: un ciudadano común (en este caso, un profesor de Historia) se convierte en Jefe del Estado, tras denunciar los fallos y abusos del sistema político y dejar en evidencia a la clase política. De gran éxito en todo el país, tanto en las áreas occidentales antirusas como en las orientales prorrusas, la producción sintoniza con la decepción de buena parte de la sociedad ucraniana, debido a la prolongación de la crisis económica, el hundimiento del nivel de vida, la emigración desesperada y la persistencia de las redes de corrupción.
                
Zelensky ya no es una hipótesis alocada, en expresión editorializada del NEW YORK TIMES (1), ni una digresión divertida al modo del francés Coluche en los ochenta, sino una ficción hecha realidad, siguiendo el libreto, mutatis mutandis, del italiano Beppe Grillo, según resalta el semiólogo galo François Jost (2).  
                
LAS RAZONES DE UNA VICTORIA NO TAN SORPRENDENTE
                
Poco ha importado la carencia de experiencia política del joven Zelensky. Al contrario, ésa ha sido una de las claves de su éxito. La simplicidad de su mensaje conecta con la corriente que se extiende desde el otro lado del Atlántico a los Urales: el sistema es el culpable, las élites han tomado como rehenes a las poblaciones para mantener sus privilegios sin importarles el daño causado, las recetas para resolver los problemas son simples si se quiere aplicarlas.
                
La música es universal: el nacional-populismo, en su versión más simplista y engañosa. Superación -sólo aparente- de la fractura derecha-izquierda y proyección interclasista de un discurso hueco, impreciso, voluntarista y contradictorio, envuelto en un patriotismo zafio o falsamente heroico. Un virus trumpiano... O, mejor dicho, un virus que venía incubándose desde los comienzos de la gran depresión de finales de la década anterior, mutó en una variante peligrosa en Estados Unidos y se ha convertido en una epidemia socio-política global con focos de especial virulencia en todos los continentes.
                
En Ucrania, este virus nacional-populista presenta un rostro amable, lejos de la agresividad del filipino Duterte, la sagacidad manipuladora del húngaro Orban, la brutalidad del general egipcio Al Sisi o el fanatismo ultra del brasileño Bolsonaro. Volodimir Zelensky representa “un soplo de aire fresco” para algunos analistas, tanto occidentales como locales. Pero unos y otros admiten que hay mucho cartón y sospecha de trampa detrás de este actor ingenuo y ambicioso a la vez.
                
En un amplio reportaje realizado después de recorrer Ucrania de oeste a este y de norte a sur, un periodista del semanario alemán DER SPIEGEL concluye que Zelensky ha logrado quebrar el paradigma de la división entre Oriente y Occidente del país y “unificar el país” a partir de un rasgo que lo define por encima de cualquier otro: no es un político (3).
                
Zelensky, originario del centro rusófono, industrial y en crisis,  ha ganado en la mitad occidental, que mira a Europa y a Estados Unidos y ve en Rusia una enemiga y una agresora, pero también en las regiones cercanas al gran vecino oriental, que lo ven como protector o incluso parte del mismo tronco común, cultural, religioso y político. 
                
El resultado electoral, según la mayoría de observadores, es tanto una victoria de lo desconocido precisamente por serlo, como la derrota de lo conocido, por decepcionante, tras las ilusorias expectativas por la revolución del Maidan de hace cinco años.
 
Las reformas del todavía presidente Poroshenko han sido avaladas por Occidente, aunque no sin insatisfacción. La lucha contra la corrupción ha ido languideciendo hasta convertir el celo inicial en complicidad. Los cambios prometidos en el sistema de justicia han sido frustrantes sobremanera, al profundizar el amiguismo y el servilismo hacia el poder. La liberalización económica que tanto encandilaba a Occidente ha sido utilizada para reforzar el poder de los oligarcas, sin proporcionar alivio ni mejora a las capas populares, El FMI, después de mantener en suspenso nuevas líneas de apoyo financiero, desbloqueó en enero el último crédito, decisión que pareció reforzar la opción de Poroshenko. Al final, este balance fallido ha favorecido al outsider (4).
                
LA INCERTIDUMBRE QUE VIENE
                
Aparte de la ambigüedad de las propuestas del sorprendente vencedor, tanto en política económica como exterior, más allá de fórmulas sincopadas y biempensantes, son dos las preocupaciones fundamentales: su capacidad para gobernar y su comportamiento ante las previsibles presiones de Moscú, que no ha dejado de conservar su pesada influencia (5).
                
Zelensky es, de momento, sólo Jefe del Estado (in pectore). En el sistema político ucraniano, sus funciones son limitadas (política exterior, defensa y poco más). Necesita una mayoría parlamentaria para hacer efectivo su gobierno. Es decir. Ucrania es más como Francia que como Estados Unidos. Las elecciones legislativas se celebrarán en octubre. Zelensky creó un partido para apoyar su candidatura y lo denominó como su propia serie televisiva: Servidor del Pueblo (de nuevo, la realidad superada por la ficción). Ahora, debe convertirlo en una maquinaria para conquistar una mayoría parlamentaria. No es imposible, como demostró Macron en 2017, aunque las realidades sean bien distintas. No en vano, ha sido el presidente francés uno de los primeros dirigentes europeos en felicitar a Zelensky.
                
La otra preocupación principal son las relaciones entre Kiev y Moscú. En su serie de ficción, Zelensky ignora la anexión rusa de Crimea y la guerra separatista en las regiones orientales. Lo que ha llevado a muchos a considerarlo como un “caballo de Troya” de Moscú. Los más prudentes, o el propio Poroshenko en campaña, le han negado capacidad y coraje para hacer frente al gran vecino del Este.  Zelensky se ha limitado a prometer que acabará la guerra, pero sin hablar de victoria militar, y cesará la imposición de la lengua ucraniana sobre la rusa. Se supone que intentará negociar, después de procurarse un apoyo suficiente de los reticentes o descreídos protectores occidentales.
                
No es descabellado imaginarse a Zelensky en el despacho oval halagando a su colega de fatigas televisivas para que le abra la agenda de un Putin en guardia. Pero no hay que hacer demasiado cálculos. A Trump le importa poco Ucrania, o no le importa más que en la medida en que no le haga parecer demasiado enfeudado a turbios intereses con el Kremlin, que el informe Mueller ha puesto en evidencia, más allá de las calificaciones jurídicas.
                
El nuevo presidente ucraniano ha hecho guiños a la UE, ha prometido reformas más liberales y fichado a algunas figuras reformistas, es decir, lo que su antecesor no ha querido, podido o sabido ejecutar (6). Pero el joven candidato no ha podido quitarse de encima la sospecha de ser, al cabo, una marioneta de otro oligarca, su patrón televisivo Ihor Kolomoïski. Estos seis meses, Zelensky tendrá que navegar sin brújula sólida, con la marejada bélica en un inquietante estancamiento y  un entramado de intereses dispuesto a transformar una ficción hecha realidad en una realidad puramente ficticia.


NOTAS

(1) “A TV character running for President? Crazy!”. THE NEW YORK TIMES, 17 de abril.

(2) “Ukraine: Quand la fiction tient lieu de programme”. Entrevista con el semiólogo y profesor de la Soborna, FRANÇOIS JOST. LE MONDE, 8 de abril.

(3) “Ukraine turns to a comedian for comfort”. CHRISTIAN ESCH. DER SPIEGEL, 18 de abril.

(4) “Ukraine’s elections: Can Zelensky lead a transformation”. SERGEI ALEKSASHENKO. BROOKINGS INSTITUTION, 1 de abril.

(5) “Ukraine’s runoff election is more than a constest of personalities”. DANIEL TWINING. FOREIGN POLICY, 20 de abril.


(6) “Ukraine: Volodymir Zelensky reporte la présidentielle, le país fait un salte dans l’inconnu”. LE MONDE, 22 de abril.

PRIMAVERA DE ESPERANZA Y FUEGO EN EL NORTE DE ÁFRICA

16 de abril de 2019

                
A primera vista, la primavera árabe parece reavivarse ocho años después en la ribera sur del Mediterráneo. El movimiento popular y ciudadano contra la opresión y la pobreza que floreció en 2011 y pereció a fuego y sangre parece brotar de nuevo en la franja septentrional de África, pero con diferente despliegue y desigual suerte.
                
En Argelia y Sudán (el más meridional de estos escenarios), los ciudadanos han forzado a sus longevos líderes a abandonar su puesto. En Libia estaba convocada para estas fechas una Conferencia nacional para culminar una pacificación esquiva y tramposa, pero la ofensiva militar lanzada por uno de los principales contendientes ha obligado a suspenderla.
                
La crisis en Argelia y Sudán está aún lejos de cerrarse. Sólo se ha logrado un cambio a medias. Los aparatos de poder (militar, burocrático y económico) se encuentran aún intactos o al menos conservan cierto control. Del caso argelino nos hemos ocupado en análisis anteriores. Sudán merece ahora un comentario más detenido.
                
SUDÁN: AJUSTE INTERNO DE CUENTAS
                 
El país del Alto Nilo ha sido durante tres décadas uno de los focos de preocupación occidental, por motivos bien diversos: movimientos secesionistas, guerras civiles de larga duración, enfrentamientos étnicos y religiosos y abrigo de organizaciones islamistas (refugio en su día de un Bin Laden en estado embrionario).
                
En Sudán se han sucedido regímenes militares en las últimas décadas: favorables a Occidente en la época de Gafaar Al-Numeiri o de orientación islamista, con Al Bachir, desde 1989. La dictadura de este último ha sido especialmente penosa, por la represión brutal y sanguinaria del movimiento contestario en la región de Darfur y la secesión de la parte meridional del país, que alumbró el nuevo Estado de Sudán del Sur, a su vez hundido al poco tiempo de su independencia, en una devastadora guerra civil aún en desarrollo (1).
                
El régimen de Bachir perduró con mano de hierro, alimentado por la renta petrolera y una trama subordinada de intereses económicos, que le permitió dotarse de una estructura de clanes y clientelas en que sustentarse. Como suele ocurrir en estos sistemas, el debilitamiento coyuntural de algunos de los pilares en que se apoyan termina por provocar un estado de ruina que lo hacen inviable.
               
Desde el pasado diciembre, los ciudadanos, agobiados por el alza de los precios de los productos básicos, vencieron el miedo y se lanzaron a la calle. No sin pagar un precio. Las protestas han causado decenas de muertos. Ciertos sectores de las fuerzas armadas, que habían anticipado -si no alentado- las protestas, se posicionaron para tomar el relevo cuando la situación estuviera madura. Y así ha sido en este mes de abril (2).
                
Pero no parecía haber consenso militar sobre el rumbo adoptar. El líder o portavoz del golpe que destituyó a Bachir, Ahmed Awaf Ibn Auf, prometió una restauración del poder civil en un plazo máximo de dos años, pero dimitió o fue destituido 24 horas después, sin que dieran las razones, por otro militar, Abdel-Fatah al-Burhan Abdel-Rahman. El jefe de la inteligencia, Salam Gosh, también ha dejado su puesto, pero se ignora si conserva algún control. Algunos analistas apuntan a una lucha de facciones, en las que meten baza algunas potencias de la zona (Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Egipto o Turquía), habituales interferentes en asuntos internos de otros países (Libia o Yemen) en la búsqueda de la hegemonía regional. A esta hora, resulta imposible pronosticar qué clan se impondrá o cuanto durará su éxito (3).
                
LIBIA: LA TENTACIÓN DEL HOMBRE FUERTE
                
No es descartable que Sudán asista otro baño de sangre, o se produzca una extensión del conflicto, como ha ocurrido en Libia. El caos que padece este país tras la caída del régimen de Gaddaffi está lejos de resolverse. La responsabilidad occidental es innegable. La OTAN provocó el hundimiento del dictador sin tener un plan sólido de recambio. Al contrario, parecía evidente que la rivalidad entre las milicias contrarias al régimen preludiaba un periodo de inestabilidad y desorden.
                
Ocho después, tras el colapso de la producción petrolera, la emergencia de un refugio para un Daesh en retirada de sus frentes primigenios y el paso franco para las mafias que controlan la emigración desde el Sahel hacia Europa, el pandemónium libio había llegado al punto máximo de la exasperación.
                
Tras sucesivos intentos de acuerdo y pacificación entre las milicias, políticos y tecnócratas respaldados por los gobiernos occidentales y residuos recuperados del régimen anterior, parecía abrirse paso un intento serio de conciliación. Bajo fórmula de la Conferencia Nacional, las principales facciones estaban llamados a encontrarse en la ciudad histórica de Gadamesh, precisamente en estas fechas, para sentar las bases de una pacificación definitiva.
                
Pero una de las partes principales, el autodenominado Ejército de Liberación Nacional (ALN), con mando en la ciudad oriental de Benghazzi pero dotado de tentáculos firmes en dos tercios del país y el control de numerosas explotaciones petroleras, decidió inclinar el tablero a su favor y lanzar una ofensiva de gran alcance en dirección a Trípoli (4). En la capital resiste un Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA), avalado por la ONU. Pero, sometido a las milicias, ni gobierna siquiera la capital, ni expresa la voluntad nacional, ni se asienta en un acuerdo sólido.
                
El ALN está dirigió por Jalifa Hiftar, un militar disidente del ejército de Gaddaffi, huido a Estados Unidos en los ochenta y captado por la CIA. Retornó a su país tras la caída del líder de la Jamahiriya, con la ambición de poner orden en la salvaje disputa a que se entregaron las milicias “liberadoras” y, sobre todo, acabar con el islamismo extremista que punto estuvo de crear un Emirato de reserva tras el repliegue en Irak y Siria.
                
Hiftar se encontró con más dificultades de la previstas, pero perseveró en su empeño y supo conseguir la simpatía de potencias no necesariamente coincidentes, a medida que el caos se prolongaba y profundizaba (5). Hoy en día, no sólo goza del respaldo de Egipto, Arabia Saudí o Emiratos, los actores regionales habituales; también le escuchan Putin (por su perfil de cirujano de hierro) e incluso Macron, que lo invitó a París, sin el consenso de sus socios europeos. Italia, el país más afectado por las consecuencias migratorias del infierno libio, se atiene al aparente consenso internacional, pero se ignora cómo puede actuar Salvini, llegado el caso. Estados Unidos, tras el trauma del consulado de Benghazzi y el desenganche de Trump, ha dudado sobre qué baza jugar en el caos libio. Parece ahora inclinarse por la figura autoritaria de Hiftar, aunque solo sea porque el hilo conductor de la actual política exterior es el instinto del presidente hotelero, pero esa no es la opinión del establishment (6).
                
Así pues, asistimos de nuevo a un doble juego conocido. Occidente está comprometido en el proceso patrocinado por la ONU, pero se maneja un plan B. Hiftar parece haber detenido su asalto a Tripoli, bien por presión de sus padrinos exteriores, bien porque las milicias enemigas que protegen la ciudad se han juramentado defenderla hasta la muerte y él no estuviera convencido de un éxito seguro. La segunda primavera libia se hará esperar.


NOTAS

(1) “Soudan: la méchanique d’un desastre”. JEAN-PHILIPPE RÉMY. LE MONDE, 12 de abril.

(2) “After Bashir’s fall, what’s next for Sudan”. ALBERTO M. FERNÁNDEZ. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR EAST, 11 de abril.

(3) “Military factions vie por power after coup in Sudan”. JUSTIN LYNCH, ROBBIE GRAMER Y JEFCOATE O’DONNELL. FOREIGN POLICY, 12 de abril.

(4) “Military advances on libyan capital raising prospects of renewed civil war”. THE NEW YORK TIMES, 4 de abril; Libya: des combats au sud de Tripoli font craindre un nouvel embrasement”. LE MONDE, 8 de abril.

(5) “The Mariscal Haftar, incontournable pour toute solution à la crisis libyenne”. (Artículo original de THE LIBYAN ADRESS de BENGHAZZI y reproducido por COURRIER INTERNATIONAL,  el 14 de marzo).

(6) “Libya is entering in a new civil war. America can stop it”. FRANK WEHREY y JEFFREY FELTMAN. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNACIONAL PEACE, 5 de abril; “With interests in Libya under threat, US must adopt urgency”, BEN FISHMAN (Investigador del WASHINGTON INSTITUTE FOR THE NEAR EAST POLICY). THE HILL, 15 de abril.