TRUMP: GANANCIAS Y RIESGOS DEL FAROLEO

12 de marzo de 2025

Trump ha convertido el tablero internacional en una gigantesca mesa de póker. Las relaciones entre países, las alianzas, las reglas del juego entre adversarios se han tornado impredecibles, cambiantes a cada momento, arriesgadas. Cualquier tratado es susceptible de ser vulnerado o de ser interpretado a capricho (1). Una  decisión de hoy puede ser sustituida por otra contraria mañana. Ni siquiera en los turbulentos años 30 del siglo pasado se había llegado a tanto. Se sabía que Hitler era un tipo peligroso pero incluso los dirigentes que se engañaban a sí mismos podían intuir cuales eran sus objetivos estratégicos, aunque no alcanzaran a imaginar las barbaridades que estaba dispuesto a cometer.

El mundo occidental, aún hegemónico en el Planeta Tierra, vive un momento de desconcierto sin precedentes en los tiempos modernos. Los más cínicos entre las élites dirigentes sostienen o dejan entender que todo esto se trata de una afección pasajera que desaparecerá... o se la hará desaparecer por el “bien de la mayoría”. Puede ser, pero cabe preguntarse cuántos destrozos se pueden soportar.

No es casual ni azaroso que Trump utilizara el juego de naipes en la bochornosa escena del Despacho Oval para describir las opciones del Presidente de Ucrania. “No tienes cartas” en la guerra contra Rusia, le espetó. Es decir, hubiera sido más brutal aún, pero no inexacto, que le hubiera dicho “se te ve el farol”. Ese es el tipo de lenguaje en el que el ocupante de la Casa Blanca se siente a gusto. No en vano, el arte del faroleo es su estilo político. Con la diferencia de que él si cree tener buenas bazas en su mano. Lógicamente, para obtener el máximo rendimiento.

Los constantes cambios de opinión, las decisiones que apenas se mantienen un días o unas horas, las contradicciones incluso en la misma aparición ante los medios, la combinación de chanzas y amenazas (veladas o explícitas) responden a esa visión de los pulsos internacionales. Como soy el más fuerte  -sería su lógica-, estoy en condiciones de obtener lo que me proponga, pero el reto consiste en hacerlo con el menor coste posible.

LA CLAUDICACIÓN DE ZELENSKI

De momento, le ha dado resultado con el protegido ucraniano ahora en desgracia. El impulso de orgullo de Zelenski ha tenido un corto vuelo. La claudicación del Presidente ucraniano es evidente y se ha desplegado con un inevitable aire de humillación. La congelación sólo por unos días de la ayuda militar y de los datos de inteligencia militar le han hecho doblar la rodilla (2). Incluso rodeado de sus aliados europeos, tuvo que admitir que había sido un error llevar la contraria públicamente a Trump. Había sido advertido de que no lo hiciera, pero creyó que sus habilidades como showman televisivo le permitiría salir airoso del envite. No ha sido así.

Con Rusia, Trump también está faroleando. Una vez sometido el díscolo peón, ahora necesita que ese juego de equívocos que lleva años manteniendo con el Kremlin le reporte algún rédito sustancioso en clave personal. Hay motivos para sospechar que la paz en Ucrania le importa un bledo al Presidente regresado. Es su vanidad es casi lo único que le impulsa. En ese asunto y en todos los demás.

El trágala de Jeddah -no puede hablarse de acuerdo, en puridad- es el paso que la Casa Blanca necesitaba para escuchar la apuesta de Putin. Por la experiencia de las actuaciones del líder ruso, no cabe esperar de él actuaciones transparentes. Por el momento, sigue con su costoso esfuerzo de mejorar posiciones en el campo de batalla antes de comprometerse en una vía negociada. La leyenda de que Trump y Putin son aliados encubiertos es un elemento más del juego de propaganda que enturbia este conflicto desde el principio. Trump no tiene aliados (quizás ni siquiera entienda de verdad ese concepto), sino socios con los que hay que entenderse sin descartar engañarlos. Y a Putin le pasa lo mismo, aunque con otro estilo. Lo avala su carrera profesional, basada en la mentira y la extorsión.

En el mundo liberal, la alarma cunde. Al menos como ejercicio público. Esta visión angelical de una Europa trastornada por la deriva norteamericana es también muy difícil de creer. Los dirigentes políticos europeos son tributarios de una tradición colonial en la que imperaba siempre el espíritu del más fuerte y la retórica de los derechos humanos se sacrificaba en el altar de los intereses de las élites. Resulta candoroso escuchar las apasionadas proclamas de los líderes británico o francés, sobre el derecho a la independencia del pueblo de Ucrania. No hace tiempo que sus predecesores pactaron con Putin (los acuerdos de Minsk I y II) que sabían positivamente que no se iban a cumplir: ni por los rusos ni por los ucranianos (3).

En Europa,  la conclusión inmediata del desgarro transatlántico es esta urgencia armamentística envuelta en un paquete financiero improvisado a toda prisa, para apaciguar las primeras aprensiones sociales (4) . Los gobiernos del consenso centrista se protegen preventivamente de las críticas. Los liberales, como Macron, prometiendo que no va a ser necesario subir los impuestos (5); los conservadores, como Merz, el canciller in pectore, abjurando de sus rígidas reglas fiscales de contención del gasto y la deuda (6); los laboristas, justificando los primeros recortes en materia social (7).

El complejo industrial-militar siempre ha sido un factor de riesgo para el sistema democrático como denunció Eisenhower, cuando se despidió de la Casa Blanca a mediados de los 50. Bien lo sabía él, que era un producto de ese poder real. Durante las dos décadas siguientes, los Estados atendieron más las necesidades sociales que los escenarios de catástrofe militar. No fue casualidad que la revolución conservadora de los años ochenta se aparejara con un repunte de los gastos militares sin precedentes desde la II Guerra Mundial. Y no han cesado de aumentar desde entonces. El presupuesto militar de EE.UU es mayor que el de los 15 países que le siguen.


Fuente: Instituto de Estudios Estratégicos (Universidad de Georgestwon)

Empieza a clarificarse que el debate sobre este “esfuerzo en Defensa” tiene poco que ver con las amenazas militares reales y mucho con el riesgo de perder la batalla de la competencia que algunos sectores industriales perciben ante la irrupción de rival geoestratégico del siglo XXI.

En el juego de póker de Trump con sus socios comerciales más importantes (europeos, canadiense, mexicano), la apuesta es arriesgada, pero corregible. O eso piensa él, aunque los mercados bursátiles le haya mostrado ya su malestar y los gurús económicos ya estén avisando de una recesión autoinfligida (8).

Pero la verdadera partida de Trump la tendrá que jugar con China. En esa mesa no estará sentado sólo el Presidente croupier, sino muchos políticos y agentes del capitalismo americano que creen necesario frenar como sea a China. Si ya no funcionara el desrisking (reducir riesgos sin romper la baraja), habrá que adoptar el decoupling (desvincular las economías occidentales de las cadenas de suministro chinas). Las tácticas trileras de quien se creer poseedor de la mejor mano podrían resultarles útil a quienes juegan a mucho más largo plazo. Hay una partida mucho más importante que hace tiempo se está librando en una sala trasera y no bajo los focos de este liderazgo dopado por la cultura visual.

 

 NOTAS

(1) “All of the Trump Administration’s Major Moves in the First 50 Days”. THE NEW YORK TIMES, 11 de marzo (actualizado a diario).

(2) “Visualizing Ukraine’s military aid after the U.S. freeze”. THE WASHINGTON POST, 11 de marzo.

(3) “The Minsk Conundrum: Western Policy and Russia’s War in Eastern Ukraine” CHATTAM HOUSE.

https://www.chathamhouse.org/2020/05/minsk-conundrum-western-policy-and-russias-war-eastern-ukraine-0/minsk-2-agreement

(4) “Les dépenses militaires, un levier pour la croissance… et pour l’inflation”. BEATRICE MADELEINE. LE MONDE, 10 de marzo.

(5) “Face à la «menace russe», Emmanuel Macron sollicite la «force d’âme» des Français”. LE MONDE, 6 de marzo.

(6) “A fantastic start for Friedrich Merz. The incoming chancellor signals massive increases in defence and infrastructure spending”. THE ECONOMIST, 5 de marzo.

(7) “Starmer decries ‘worst of all worlds’ benefits system ahead of deep cuts”. THE GUARDIAN, 10 de marzo.

(8) “The Incoherent Case for Tariffs. Trump’s Fixation on Economic Coercion Will Subvert His Economic Goals”. CHAD BOWNE Y DOUGLAS IRWIN (Peterson Institute). FOREIGN AFFAIRS, 11 de marzo.

 

 

UCRANIA Y EL DILEMA DE EUROPA

 5 de marzo de 2025

Estas dos últimas semanas han conmovido las estructuras internacionales. Los comportamientos y decisiones del Presidente de los EE.UU han sacudido los cimientos del Orden Liberal al dar alas a algunos de sus adversarios. Este juicio es discutible, pero es un sentir general de gobiernos, políticos, académicos y analistas. Hay una desazón perfectamente perceptible en los atlantistas militantes y una perplejidad en los críticos de la Alianza occidental. Por motivos distintos, y hasta opuestos, ninguno de ellos se puede creer lo que está ocurriendo. Vayamos por partes.

Los atlantistas consideran una tragedia el giro que ha dado Trump, por mucho que estuviera anunciado. Nunca se creyeron que llegaría a socavar el fundamento de la solidaridad occidental. Ese ha sido el principio rector desde 1945 y, si tomamos en cuenta sus precursores, desde 1918.

Los más optimistas creen que la Alianza Atlántica ha sido sacudida pero es todavía salvable (1). Los más pesimistas consideran que el azote de Trump será tan profundo y violento que Europa debe aprovechar el momento para hacer virtud de la necesidad y convertir la crisis en oportunidad (2).

Atlantistas optimistas y pesimistas convergen en este último punto: se recupere o no el vínculo transatlántico, Europa debe caminar decididamente hacia un mayor y mejor compromiso defensivo. O sea, debe incrementar sus gastos militares y gastar -se proclama- de manera más eficaz e inteligente. Esta va a ser la consigna de los gobiernos europeos anclados en el consenso centrista, que son casi todos. Se avecinan conflictos.

EL REARME QUE VIENE

Ucrania va a ser el banco de pruebas de esta nueva Europa De la Defensa. De momento, la única conclusión concreta de la cumbre europea del pasado fin de semana con el presidente Zelenski fueron palmadas en la espalda y  protestas de solidaridad. En privado se admite que sin la cooperación norteamericana, la protección prometida a Ucrania es simple ilusión. El escaldado Presidente ucraniano ya está dando muestras de su disposición a pasar por el aro de Trump para negociar la paz (3).

La Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha avanzado una cifra para este esfuerzo militar: unos 800.000 millones de euros, cantidad similar a los fondos de recuperación del COVID. En esa cantidad se incluiría la autorización de deuda por un valor de 150.000 millones para que la UE preste dinero bonificado a los países miembros que presenten planes de inversiones militares. El problema es que no sobra el dinero. La UE aún no ha pagado la deuda contraída por el Plan de Recuperación y los intereses subsiguientes, que alcanza una suma equivalente al 20% del presupuesto anual del Club (4). Lo que no consiguieron las necesidades sociales en la crisis financiera parece allanado ahora para el esfuerzo militar. Un mensaje. Y un peligro (5).

Casi todos los gobiernos europeos -con muy pocas excepciones- son débiles, en el sentido de que dependen de coaliciones políticas sometidas a fuerte presión. Repasemos el mapa político actual.

- Alemania se encamina hacia la quinta Gran Coalición de la República Federal con el esfuerzo bélico como supuesto factor aglutinador. Los dos partidos del futuro gobierno han alcanzado un acuerdo de principio para que los gastos militares que superen el 1% del PIB no computarán en el mecanismo de freno de la deuda. Una especie de barra semilibre que atizará el riesgo de que los costes sociales refuercen el discurso de la oposición ultraderechista alineada con Trump y Rusia.

- Francia sigue enganchada del decreto-ley para dotarse de las herramientas básicas de gobierno como los Presupuestos y otras medidas esenciales, con una ultraderecha al acecho que se ha distanciado de Putin, pero quiere aprovecharse del tirón de Trump.

-Italia está gobernada por una ultraderecha atlantista y claramente contraria a Rusia, pero decididamente trumpista.

-España depende de una coalición en la que su socio menor recela de cualquier decisión que implique mayores gastos militares y, aunque sus simpatías prorrusas nostálgicas del periodo soviético se van desvaneciendo, cuesta admitir, con cierta razón, que se opte por el aislamiento de Moscú como principal palanca.

-Polonia está en manos de una mayoría liberal-conservadora que es tan  claramente antirrusa, como la oposición ultraconservadora.

En un panorama similar al alemán (gobierno de gran coalición o de coalición amplia entre los partidos del consenso centrista) se encuentran Rumanía, Bélgica, Austria (donde acaba de constituirse una coalición que aleja del poder a la extrema derecha afín al Kremlin), Chequia (aunque quizás por poco tiempo), Estonia (coalición social-liberal) y Letonia (coalición social-liberal-verde).

Disfrutan de una situación como Italia, más cómoda en este asunto de la guerra de Ucrania, gobiernos liberal-conservadores con mayoría clara (Grecia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo) o con la comprensión o el apoyo parlamentario de una extrema derecha poco afín a Moscú (Suecia, Finlandia, Croacia y Lituania). A estos habría que añadir los gobiernos de centro-izquierda, como el social-demócrata de Dinamarca (con una extrema derecha debilitada y alejada de Moscú) y Malta y los de coalición social liberal en Eslovenia y Chipre.

El apoyo reforzado a Ucrania y el rechazo a un entendimiento con Rusia en las actuales circunstancias puede provocar en los gobiernos de Holanda (formado por una coalición  en la que en este caso se encuentra una ultraderecha, el Partido de la Libertad, poco inclinado a hostigar a Rusia.  Cercanos a Moscú son los gobiernos de Hungría y Eslovaquia. Por tanto, la unidad es relativa, como en cualquier asunto importante.

Pero si se introduce la variable de las relaciones con la América de Trump, las tensiones se incrementan exponencialmente. Los Bálticos y Polonia no apoyarán una estrategia de confrontación con Estados Unidos.

EL POST-BREXIT HA COMENZADO

Otro aliado externo a la UE que puede provocar fricciones es el Reino Unido. Su protagonismo en esta primera fase de la crisis ucraniana ha sido evidente. La cumbre del alivio tras la bronca del Despacho Oval se celebró en Londres. No en vano, el premier Starmer ha sido el único que ha puesto sobre la mesa el despliegue de una fuerza europea de protección en Ucrania, cuando se acuerde un alto el fuego. El presidente francés hizo flotar la idea hace unas semanas, pero muy a su manera especulativa. Alemanes y mediterráneos se resistirán o negarán a aportar botas sobre el terreno (boots on the ground).

El Reino Unido tiene otro argumento que refuerza su posición en estos momentos: dispone, como Francia, de arsenal nuclear propio y de una potencia militar incuestionable, por no hablar de su experiencia en este tipo de despliegues de fuerza.

Alemania, entre los grandes, es el eslabón más débil. El futuro canciller es un atlantista radical, de los que están muy afectados por este desenganche americano de Europa. Friedrich Merz no renunciará a una reconciliación con la administración Trump lo más pronto posible, aunque se le planteen concesiones desde Washington. Está por ver qué piensan los socialdemócratas, cuya base social no está del todo convencida de las bondades de la gross koalition y más si se profundiza en el rearme.

LAS IZQUIERDAS, ANTE LA CRISIS OCCIDENTAL

Finalmente, conviene hacer una reflexión sobre los desgarros entre la izquierda moderada y radical ante las nuevas perspectivas. Los socialdemócratas han abrazado la causa de Ucrania de manera excesivamente emocional, motivados por la repugnancia que les produce el alineamiento de Putin con la extrema derecha europea. Es un argumento comprensible. Pero la izquierda excomunista o comunista reconvertida se resiste a comprar la narrativa que considera a Rusia la única responsable de la guerra. Y no les falta razón. La OTAN no tuvo en cuenta los legítimos intereses de seguridad (o de percepción de seguridad, que viene a ser lo mismo), al expandirse hacia el Este, contrariamente a sus compromisos al final de la guerra fría. Ucrania era una línea roja para Moscú y los aliados occidentales dijeron respetar esas aprensiones. La evolución de la crisis ucraniana ha supuesto una ruptura con esos compromisos y la respuesta contundente o brutal de Moscú (según las opiniones).

También es discutible que Rusia represente una amenaza para la seguridad europea, como se dice para justificar el incremento de los gastos militares. Para cualquier gobierno en el Kremlin (el actual o uno liberal), una cosa es Ucrania y otra es Polonia o los países bálticos. Moscú no tiene capacidad para enfrentarse a un país de la OTAN y salir vencedor. Es el factor de las minorías rusas en los países vecinos lo que el nacionalismo ruso, que Putin aproveche para consolidar su base de poder.  Si se le pide a la izquierda crítica europea que sea menos complaciente o simplemente pasiva con la Rusia putinista, también la socialdemocracia debería recuperar la visión de Willy Brandt, que construyó la Ostpolitik en los años setenta para hacer posible la distensión, sin por ello renunciar a los valores democráticos y a defender a los disidentes del Este.

 

NOTAS

(1) “Europe’s Moment of Truth. The Transatlantic Alliance Is Under Grave Threat—but Not Yet Doomed”. WOLFGANG ISCHINGER. FOREIGN AFFAIRS, 2 de marzo.

(2) “Europe is running out of hope Trump is still open to persuasion over Ukraine”. PATRICK WINCOUR (Corresponsal Diplomático). THE GUARDIAN, 4 de marzo.

(3) “Zelensky Offers Terms to Stop Fighting, Assuring U.S. That Ukraine Wants Peace”. MARC SANTORA. THE NEW YORK TIMES, 4 de marzo.

(4) “‘No more excuses’: Europe under pressure on defence spending three years after Russian invasion. JENNIFER RANKIN. THE GUARDIAN, 24 de febrero.

(5) “La Europa marcial, una bomba antisocial”. FRÉDÉRIC LEBARON Y PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, marzo de 2025.

LA LETRA PEQUEÑA DE LAS ELECCIONES ALEMANAS

26 de febrero de 2025

Las elecciones del 23 de febrero han consagrado el cambio previsto en Alemania. El país volverá al carril derecho. Ma non troppo. La crisis que azota el país -quizás la más profunda de las grandes potencias europeas- ha alterado los equilibrios políticos. Sin embargo, la estabilidad del sistema hace que raramente las elecciones provoquen un terremoto (Gráfico 1).


                                                                      Gráfico 1

Las sacudidas estratégicas desde 2022 han condicionado decisivamente los resultados electorales. La guerra de Ucrania ha sido el factor pivotal, que ha provocado el desenganche parcial de la dependencia energética alemana de Rusia, como consecuencia de las sanciones. El encarecimiento de los combustibles ha lastrado los resultados de la industria y los servicios, hasta el punto de provocar dos años de recesión económica, por primera vez en la segunda guerra mundial. A esto hay que añadir el efecto de la competencia automovilística china, que ha deprimido la capacidad exportadora del sector. Estos condicionamientos han castigado seriamente a la coalición gobernante. Socialdemócratas, ecologistas y liberales retroceden y todos los partidos de la oposición (Die Linke, CDU-CSU y AfD) mejoran sus porcentajes (Gráfico 2).

                                                                                                   Gráfico 2

LA VICTORIA DEMOCRISTIANA ES MÁS QUE DISCRETA

La victoria de la CDU es más discreta de lo esperado. Obtiene 4,4 puntos, pero se ha quedado muy lejos de obtener el apoyo que disfrutó en la era de Merkel y de Kohl. De hecho, se trata del segundo triunfo más reducido desde 1949. La impresión es que han sido los errores ajenos lo que le permitirá a la suma de partidos democristianos volver a la Cancillería (Gráfico 3).

                                                                           Gráfico 3

LA GRAN COALICIÓN NO ESTÁ ASEGURADA

En Alemania, para formar una coalición de gobierno que tenga mayoría, se necesita la mitad más uno de los diputados del Bundestag (630); es decir, 316 (Gráfico 4).

                                                           Gráfico 4

Nada más conocer su triunfo, Merz volvió a descartar la alianza con la ultraderecha (columna más a la derecha del gráfico). Ambos  sumarían 352 diputados, 36 más de los necesarios. Por tanto,  sólo hay tres opciones a día de hoy para formar una coalición de gobierno.

Los analistas alemanes predicen que se impondrá la fórmula clásica de la Gran Coalición (GROKO). Pero no hay garantías de que pueda funcionar. Democristianos (CDU-CSU) y socialdemócratas (SPD) suman 322 diputados (202-120) en el Bundestag, sólo seis más de los necesarios para tener mayoría. Bastaría por tanto que media docena de diputados del SPD votaran en contra de alguna ley o decisión del Gobierno para que la Gross Koalition colapsara.

Quizás no sea muy probable, pero no es descartable. La iniciativa de Merz para endurecer la  política migratorio hace pocas semanas fracasó y provocó grandes manifestaciones en todo el país. Un sector del SPD no se fía del instinto ultraconservador del futuro canciller. De ahí que las dudas sobre la viabilidad futura de esta colaboración entre los dos grandes partidos, empleada en cuatro ocasiones desde 1949 (tres de ellas durante el mandato de Merkel, por cierto). No estamos ahora en este último escenario, ni mucho menos. Merkel se situaba en la izquierda de la CDU y nunca se planteó cuestionar los avances sociales impulsados por el SPD en los años de esplendor de Brandt. Merz fue un rival interno muy ácido de la excanciller y está alineado con la derecha del partido. Merkel lo mantuvo a raya e incluso hizo que abandonara la primera línea de la política. Ahora ha conseguido colmar su aspiración de ser canciller, pero el entorno no puede ser más problemático.

La opción tripartita (KENIA, por los colores de la bandera de ese país) resulta aún más incierta, ya que democristianos y verdes se encuentran muy alejados en política migratoria y económica, aunque tienen puntos de encuentro en el tema internacional del momento, que es la guerra de Ucrania.

EL DILEMA SOCIALDEMÓCRATA

El derrumbe socialdemócrata no ha sido el primero en los últimos treinta años. Ni siquiera el más acusado (Gráfico 5).

                                                Gráfico 5

Este año ha perdido 9,3 puntos, un enorme correctivo, pero en 2009,  después del fracaso del modelo liberal que quiso implantar Schröeder, amigo y socio de Putin ya por entonces, retrocedió 11,2 puntos y perdió el 40% de su electorado (más de siete millones de votos).

El debate en el SPD sobre su participación en el nuevo gobierno como socio menor no será académico. Hay muchos reproches a la forma en la que Scholz ha gestionado la guerra de Ucrania. Si bien al principio fue cauteloso, luego comenzó a volar todos los puentes con el Kremlin, convencido de que Putin tenía un objetivo maximalista. No ha sido tan contundente sobre el programa de rearme y el considerable aumento de los gastos en defensa, promovido por el ministro del ramo y uno de sus posibles sucesores en el gobierno y en el partido, Boris Pistorius.

Aunque los tiempos en que el reforzamiento militar del país constituían un tabú ya pasaron, hay todavía un amplio sector en la militancia del SPD que no quiere sacrificar los programas sociales para gastar más en defensa. Ese debate, que es hoy la clave de la política europea, será decisivo a la hora de fijar la participación en una gran coalición.

LOS LÍMITES DEL AUGE ULTRADERECHISTA

El éxito de la ultraderecha es incontestable, Sin embargo, el avance de la AfD fue más pronunciado en 2013, cuando triplicó su porcentaje de votos: pasó de 4,70 a 12,6. De no tener representación parlamentaria se encontró con casi un centenar de diputados en el Bundestag (Gráfico 6).


                                                      Gráfico 6

La dirigente ultraderechista quizás tuviera razón cuando, en la noche electoral, predijo que ni la gran coalición ni otras fórmulas más amplias (con los verdes) conseguirán la estabilidad del país, por lo que el país está abocado a otras elecciones muy pronto. Alice Weidel sabe que conforme vaya pasando el tiempo y la situación económica sea tan deprimente, sus posibilidades de convertirse verdaderamente en “alternativa” de poder aumentarán.  

El apoyo que la AfD recibirá de Trump en su estrategia de desgaste de un hipotético gobierno de gross koalition no necesariamente será un activo. La AfD está aislada del resto de la ultraderecha europea por su coqueteo con los eslóganes, símbolos y referencia del nazismo. Marine Le Pen expulsó a los ultras alemanes de su antiguo grupo parlamentario europeo. No parece que, de momento, ni ella ni sus compadres ultras estén por la labor de admitirla en el nuevo grupo de ‘Patriotas’ que se ha constituido en la Cámara de Estrasburgo.

LA SORPRENDENTE RECUPERACIÓN DE LA IZQUIERDA

El avance de la izquierda inconformista. Die Linke K (La Izquierda) sube 4 puntos con respecto a 2021 y aumentará su representación parlamentaria en 25 diputados, un 80% más de los que tenía hasta ahora (Gráfico 7).

                                                 Gráfico 7

El crecimiento podría haber sido mayor si no hubiera sido por la escisión liderada por Sarah Wagenknecht, que hasta hace sólo unos meses aspiraba a convertirse en hegemónica en esa franja izquierdista del electorado. A pesar de sus buenos resultados en la europeas, sus seguidores se han llevado ahora una gran decepción al no alcanzar el umbral estipulado del 5% ni colocar a ninguno de sus candidatos en la ronda nominal y quedarse, por tanto, fuera del próximo Bundestag . Die Linke, una formación que nació de la fusión entre los herederos del antiguo partido comunista del Este y la izquierda del partido socialdemócrata, experimenta una revitalización con la que nadie contaba, ni siquiera ellos mismos, hasta hace sólo unas semanas. Baste decir que ha ganado en Berlín, con el 19,9% de los votos.

DOS ALEMANIAS

La tendencia divergente entre el Este y el Oeste de Alemania, treinta y cinco años después de la unificación sigue sin estrecharse. Y esa realidad empuja a los länder orientales hacia los llamados “extremos”. AfD ha ganado en los cinco länder del Este, y de forma contundente: Turingia (38,6%), Sajonia (37,3%), Alta Sajonia (37,1%), Meklemburgo-Pomenaria (35%) y Brandenburgo (32,5%). Die Linke queda por detrás de la CDU en los cinco länder. Pero supera al SPD en Turingia y Sajonia, está a la par en Alta Sajonia y ligeramente por debajo en Meckemburgo-Pomerania. Por supuesto, en todos ellos supera ampliamente a los Verdes (Gráfico 8).


                                                                             Gráfico 8

ALEMANIA, EN EL CRUCE DE LAS PARADOJAS EUROPEAS

La paradoja de la política alemana es que, siendo la gran defensora de la presencia militar norteamericana en Europa (desde el bloqueo de Berlín, pasando por la crisis de los euromisiles de los primeros años sesenta o las azarosas negociaciones sobre la unificación), se ve abocada ahora a promover la autonomía estratégica, debido a la hostilidad con que se está comportando la administración Trump.  Esta inesperada confrontación aleja aún más una reconciliación pragmática con Rusia, que aparece más próxima a la Casa Blanca que la propia Europa, por vez primera en la Historia.

 

¿HACIA EL FINAL DE LA OTAN? (TAL Y COMO LA CONOCEMOS)

19 de febrero de 2025

La Alianza Atlántica es una organización militar, pero por encima de ello, política. El sustento de cualquier entidad de ese tipo, reside en la confianza y la adopción de decisiones con un cierto grado de acuerdo. Al menos sobre el papel. El socio mayor de cualquier alianza es el garante de su continuidad y vitalidad. ¿Qué pasa cuando el socio principal no sólo actúa por su cuenta, sino que lo hace en contra de los intereses de sus aliados? La respuesta es sencilla.

En apenas un mes, el gran patrón ha hecho trizas ese activo fundamental de la Alianza, de la que sus miembros presumían (quizás con cierta candidez) hasta hace apenas unos meses. Peor aún: se ha convertido cómplice del adversario (1).

Cuando en campaña Trump prometía acabar de un plumazo con la guerra de Ucrania, los aliados oponían gestos de escepticismo más que de desconfianza. La mayoría pensaba que el Presidente retornado experimentaría otro ejemplo de momento norcoreano: por exceso de vanidad y arrogancia, por falta de seriedad.

Trump ha superado sus desatinos. No sólo se embarca en una operación incierta, sino que desprecia a sus aliados, los reprende y pretende imponerles una “solución”. Y más escandaloso resulta todavía que, al menos en este arranque de la operación, margine a uno de los bandos en guerra. Ucrania no ha sido invitada a los prolegómenos; si acaso, informada de que se le consultará más adelante. Pero ya se le ha advertido que se olvide recuperar los territorios invadidos. Esto es algo que impone la realpolitik, pero si se obvia de entrada, ¿qué se negociará en realidad?  También se anticipa que Ucrania no será admitida en la OTAN (o lo que sea en que se convierta después de esto). Ninguna novedad, es cierto. Pero tampoco se deslizan alternativas de seguridad creíble para prevenir nuevas violaciones de soberanía (2). El estilo despótico de la administración norteamericana hace empalidecer el de Kissinger en el cénit de su misiones viajeras.

Otro factor de malestar ha sido el comportamiento amateur de los escuderos de Trump en este desbaratamiento de los fundamentos de la Alianza Atlántica. El emisario especial para Ucrania, el exgeneral Kellogg, no se cortó en descartar el papel de Europa. El Secretario de Defensa, sobre cuya idoneidad pesan todo tipo de dudas, apuntó que pedirían a sus socios europeos esfuerzos militares de estabilización de una paz en cuyo diseño no habrían participado. Con posterioridad, el Secretario de Estado, Marco Rubio, en tanto político avezado, corrigió un tanto esos disparates, pero sin anularlos por completo. Una cacofonía muy propia del caos que caracteriza el estilo de gobierno del Presidente emprendedor. Este también ha puesto de su parte, al calificar de “groseramente incompetente” al gobierno ucraniano y reprocharle el mal uso de la ayuda recibida. Zelenski tendrá que navegar a vista, en un tiempo de suma debilidad y creciente autoritarismo. Muchos creen que su destino está sellado (3).

Europa no puede quejarse de haber sido cogida por sorpresa. Durante el primer mandato de Trump aprendió cómo se las gastaba el personaje. Que entonces tuviera que dar marcha atrás no garantizaba un amortiguamiento de sus instintos.  Trump ha vuelto con ánimo de revancha, y no se preocupa por ocultarlo: más bien al contrario. Está por ver qué tiene en la cabeza Trump en sus negociaciones incipientes con Rusia. A tenor de lo que ha dejado traslucir y de su estilo de tratante de bazar, lo más probable es que pretenda obtener minerales y recursos existentes en los territorios ocupados por Rusia: un 20% de la superficie nacional (4).

Putin debe estar disfrutando del momento, por varias razones. Primero, porque le facilita la salida de una situación que complicaba aunque no amenazaba la estabilidad de su régimen, como sostuvieron numerosos comentaristas liberales desde el inicio de la guerra. En segundo lugar, y esto es lo que quizás más interesa al Presidente de Rusia, la irrupción de Trump desbarata la estrategia occidental de aislamiento de Moscú: pase lo que pase a partir de ahora con Ucrania, la normalización de relaciones entre el Kremlin y la Casa Blanca es ya un hecho (5). Y el relanzamiento del Orden Liberal Internacional queda a beneficio de inventario.

UCRANIA YA HA PERDIDO LA GUERRA; LOS DEMÁS, TAMBIÉN

Antes de que Trump pateara el tablero internacional era una evidencia que Ucrania ya había perdido la guerra. No sólo por los avances lentos pero constantes del ejército ruso en territorio ucraniano. También por la creciente escasez de recursos de Kiev para revertir la situación. Ucrania se queda poco a poco sin hombres, pese a los intentos más o menos razonables de mantener la conscripción. El apoyo militar occidental que le ha permitido mantenerse a flote ha estado lastrado por el retraso, los condicionamientos y las limitaciones de uso. Sin Occidente, Ucrania habría perdido la guerra hace mucho tiempo. Con Occidente, simplemente ha prolongado la agonía.

Pero la derrota de Ucrania no equivale a la victoria de Rusia. Putin, diga lo que diga públicamente, no puede estar satisfecho. Ciertamente, ha conquistado terreno, pero sus objetivos eran más ambiciosos. La dimensión de la “operación militar especial” indicaba la voluntad de controlar el país vecino, forzar la caída de su gobierno y precipitar otro más amigable. Eso no lo ha conseguido, de momento al menos. Tampoco ha alejado a Kiev de los aliados, aunque a día de hoy no se sepa que garantías de seguridad y en qué condiciones puedan proporcionarle.  Ucrania, aún derrotada, seguirá siendo un vecino hostil, y ahora quizás aún más resentido y vindicativo. Cuando Trump desaparezca de la escena lo más probable es que otro Estados Unidos intente reparar los destrozos. En la Alianza y en Ucrania. Pero eso es política ficción, en estos momentos.

También ha perdido Europa, que ha visto sus economías sacudidas por el desenganche energético de Rusia. Alemania lleva tres años en recesión, algo que no ocurría desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y con la extrema derecha en las antesalas del poder. Para ese Estados Unidos que lidera el Orden liberal internacional el fracaso es también evidente. Había apostado a una derrota controlada de Rusia, para evitar el derrumbamiento un escenario incontrolado de inestabilidad y caos en un país con arsenales nucleares capaces de destruir el mundo. Rusia se ha debilitado, pero el régimen ha resistido. El Kremlin ha conseguido reforzar su alianza con China, aunque lo haya tenido que hacer en condiciones de debilidad.

Pero con lo que no se contaba, al menos de forma tan cruda y dañina era con este desastre geopolítico que coloca a la OTAN en el momento más delicado de su historia. Un entendimiento entre Washington-Moscú, sea cual sea su alcance, se hará a costa de Europa. Eso lo admiten ya abiertamente los dirigentes de este lado del Atlántico.

Tampoco puede pasar desapercibido que Trump haya elegido Arabia Saudí para iniciar esas supuestas negociaciones de paz. No sólo resulta un lugar ajeno a la comprensión del conflicto. Se trata, además, de un escenario completamente extravagante para un diseño democrático de futuro. El disparate es mayúsculo.

EUROPA, SIN RESPUESTA

A pesar de ello, no se vislumbra una respuesta europea coherente y fiable. Hace un par de semanas se reclamaba desde estas líneas una cumbre europea para afrontar la emergencia Trump. Macron -no podía ser otro- organizó esa reunión al más alto nivel, pero con un formato extraño, que ha provocado malestar entre los no convocados. La cita ha sido una suerte de cumbre europea, pero al margen de las instituciones comunitarias, “porque no era conveniente en estas circunstancias”, según la justificación del Eliseo (6). Macron pensaba sin duda en el lastre de Hungría o Eslovaquia, cuyos dirigentes no esconden su cercanía a Rusia.  Se pretendía evitar la división, pero, al cabo, se ha generado otra.

La presencia del Reino Unido, después del doloroso proceso del Brexit, tampoco ha resultado una bicoca. En la víspera, el premier Starmer metió presión a sus colegas al ofrecer soldados británicos para garantizar una supuesta misión de pacificación en Ucrania, cuyos contornos estaban aún por definir. La respuesta del canciller alemán, calificando la iniciativa de “prematura”, tiene todo el sentido del mundo. En esa posición reticente le secundaron el presidente del gobierno español y el jefe del gobierno polaco. Sir Keir tuvo que rectificar y apelar al “necesario apoyo americano” (7). Del Eliseo Europa no ha salido reforzada. Está más débil si cabe, al no haber transmitido una actitud unitaria ni una alternativa viable (8).

Lo ocurrido estos últimos días tiene un aire de opereta. Las comparaciones con la Conferencia de Múnich en 1938 son claramente extemporáneas. En 1938 hubo un intento de apaciguar a Hitler y darle vía libre en Checoslovaquia para evitar una guerra. Lo que se teme ahora es la voladura de una alianza para consolidar las conquistas de un conflicto bélico casi concluido.

Otro asunto que ha provocado la ansiedad europea ha sido el refuerzo explícito de los segundones de Trump a los líderes de la extrema derecha continental. Las reprimendas del Vicepresidente Vance o sus desplantes al canciller alemán para animar a su rival xenófoba en las elecciones del 23 de febrero resultan insólitas entre países aliados. No hay precedentes. Cuando en los años sesenta De Gaulle se retiró del Comité Militar de la OTAN (“la silla vacía”) no se fue a conspirar con el Kremlin. Ni se permitió dar lecciones a sus aliados sobre la forma de gobierno o los valores que debían defender.

Finalmente, otro rasgo preocupante es el discurso militarista de los agobiados líderes europeos a favor de un incremento desaforado de los gastos en defensa. Sostener que Rusia puede invadir cualquier otro país europeo (los bálticos o Polonia) es abusivo, cuando menos. Si Moscú no ha sido capaz de completar una operación victoriosa en Ucrania, ¿qué se puede esperar de otra aventura que sería mucho más compleja y claramente fuera de su alcance? Las resonancias de la guerra fría cobran de nuevo un vigor irracional.

Es pronto para decir si estos destrozos tienen arreglo, y, puestos a ser positivos, cuánto puede tardar la restauración y el precio que habría que pagar. Por ahora, Europa está en modo control de daños. Y la crisis, muy lejos de ser atajada.

 

NOTAS

(1) “Under Trump, a U.S. that once united Europe now divides it”. MICHAEL BIRNBAUM. THE WASHINGTON POST, 16 de febrero.

(2) “How Can It End? A Step-by-Step Guide to a Possible Ukraine Deal” ANTON TROIANOVSKI. THE NEW YORK TIMES, 17 de febrero.

(3) “La grande solitude de Volodymyr Zelensky”. ARIANE CHEMIN. LE MONDE, 17 de febrero.

(4) “Ukraine Rejects U.S. Demand for Half of Its Mineral Resources”. THE NEW YORK TIMES, 15 de febrero.

(5) “What Does Putin Hope to Gain From Ukraine Talks With Trump? TATIANA STANOVAYA. CARNEGIE, 13 de febrero.

(6) “Lâchés par Trump, les Européens cherchent la parade face à Poutine”. SYLVIE KAUFFMANN. LE MONDE, 17 de febrero.

(7) “US ‘backstop’ vital to deter future Russian attacks on Ukraine, says Starmer”. PATRICK WINCOUR. THE GUARDIAN, 17 de febrero.

(8) “Marginalisés par Trump et Poutine, les Européens divisés sur l’envoi de troupes à l’issue du minisommet de l’Elysée”. ALLAN KAVAL. LE MONDE, 18 de febrero.